Por el Dr. Elio M. Rivera
Cada mañana contemplamos el amanecer con tanta naturalidad que pocas veces nos detenemos a pensar en el extraordinario equilibrio que hace posible un nuevo día. El Sol aparece en el horizonte, la Tierra continúa su recorrido alrededor de él y las estaciones siguen sucediéndose con admirable regularidad. Detrás de esa aparente sencillez existe uno de los sistemas más extraordinarios del universo conocido: nuestro sistema solar.
Durante miles de años, los seres humanos observaron el movimiento del Sol, de la Luna y de los planetas sin comprender completamente cómo funcionaban. Hoy, gracias a la astronomía, sabemos que vivimos en un pequeño planeta que gira alrededor de una estrella situada en uno de los brazos de la galaxia llamada Vía Láctea. También sabemos que la Tierra forma parte de un sistema cuidadosamente gobernado por leyes físicas extraordinariamente precisas.
La Biblia no pretende explicar la mecánica celeste ni describir la estructura del sistema solar según el lenguaje de la astronomía moderna. Sin embargo, sí presenta una verdad fundamental: el universo fue establecido por un Dios infinitamente sabio y poderoso.
“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
(Proverbios 3:19)
Esta afirmación resume perfectamente el mensaje bíblico. El universo no refleja improvisación ni desorden. Refleja la sabiduría del Dios que lo creó.
Nuestro sistema solar constituye un ejemplo extraordinario de ese orden. La Tierra gira alrededor del Sol manteniéndose a una distancia que permite la existencia de agua en estado líquido, indispensable para la vida tal como la conocemos. Además, realiza un movimiento de rotación que produce la sucesión del día y de la noche, mientras su inclinación origina las estaciones del año.
Todo ello ocurre con una regularidad tan extraordinaria que podemos calcular con precisión eclipses, estaciones, trayectorias planetarias e incluso enviar sondas espaciales a millones de kilómetros de distancia. La ciencia hace estos cálculos porque el universo funciona de manera ordenada.
La Biblia ya destacaba esa regularidad mucho antes del desarrollo de la astronomía moderna.
“Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche.”
(Génesis 8:22)
Después del diluvio, Dios promete la continuidad de los ciclos naturales. El día y la noche, las estaciones y los tiempos de la agricultura no serían producto del azar, sino de la fidelidad del Creador que sostiene su creación.
El profeta Jeremías también relaciona el movimiento de los cuerpos celestes con el gobierno de Dios.
“Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche…”
(Jeremías 31:35)
Observe una expresión muy interesante: “las leyes de la luna y de las estrellas.” La Biblia reconoce que los cuerpos celestes siguen un orden establecido por Dios. Hoy conocemos muchas de esas leyes mediante la física y la astronomía; sin embargo, las Escrituras ya afirmaban que el universo no funciona caóticamente.

El sistema solar, una maravilla de la creación.
El rey David contempló el cielo nocturno con profundo asombro.
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste…”
(Salmo 8:3)
David no disponía de telescopios ni conocía la inmensidad del cosmos. Aun así, comprendía que el cielo revelaba la grandeza de Dios. Si el salmista quedó maravillado contemplando apenas una pequeña parte del universo visible, cuánto más podemos maravillarnos hoy, cuando conocemos la inmensidad del sistema solar y del resto del cosmos.
Resulta especialmente interesante observar que la Tierra posee numerosas características que permiten la vida. Su tamaño, su gravedad, su atmósfera, la presencia de agua, su campo magnético y su posición dentro del sistema solar hacen posible el desarrollo de organismos vivos. La ciencia estudia cuidadosamente cada uno de estos factores y continúa descubriendo nuevos detalles acerca de la extraordinaria estabilidad de nuestro planeta.
La Biblia no analiza estos aspectos desde un punto de vista científico, pero sí afirma que Dios preparó la Tierra para ser habitada.
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó…”
(Isaías 45:18)
Este versículo resulta especialmente significativo. Isaías declara que Dios no creó la Tierra sin propósito. La formó para ser habitada. Aunque el profeta no explica los mecanismos físicos que hacen posible la vida, sí revela el propósito del Creador.
Es importante recordar que la ciencia responde muchas preguntas acerca del funcionamiento del sistema solar. Describe las órbitas planetarias, estudia la gravedad, analiza la composición del Sol y explora otros cuerpos celestes mediante sondas espaciales. Todo ello constituye uno de los grandes logros del conocimiento humano.
La Biblia responde otra pregunta: ¿por qué existe un sistema tan extraordinariamente ordenado? Las Escrituras atribuyen ese orden a la sabiduría del Dios que creó los cielos y la tierra.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Cada amanecer constituye un recordatorio de esa verdad. Cada estación del año, cada eclipse y cada movimiento de los planetas forman parte de un inmenso testimonio que señala hacia el Creador.
Con frecuencia pensamos en el sistema solar únicamente como un conjunto de planetas que giran alrededor del Sol. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica es mucho más que eso. Es una manifestación de la fidelidad, del orden y de la sabiduría de Dios.
Mientras la Tierra continúa recorriendo silenciosamente su órbita, el universo sigue proclamando el mismo mensaje que anunció desde el principio de la creación: detrás de este extraordinario orden se encuentra el Dios eterno, cuya inteligencia es infinita y cuya sabiduría sostiene todas las cosas.
Por ello, cada vez que levantamos la vista hacia el Sol, contemplamos la Luna o admiramos un cielo lleno de estrellas, estamos observando mucho más que cuerpos celestes. Estamos contemplando una parte de esa inmensa creación que, día tras día y noche tras noche, continúa anunciando la gloria del Dios que la hizo.
Referencias:
- NASA
- European Space Agency
- Fundamental Astronomy
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