Dr. Elio M Rivera
Resulta sorprendente.
Los discípulos estaban asustados.
Se habían dispersado.
Posteriormente los encontraremos escondidos.
Sin embargo, los principales sacerdotes y los fariseos recordaban perfectamente algo que Jesús había dicho:
Ellos no creían en Jesús.
Lo llamaron incluso:
“Aquel engañador.”
Pero recordaban su afirmación.
Y consideraban que tenían que hacer algo antes de que transcurrieran esos tres días.
En mi libro explico precisamente que los enemigos políticos y religiosos de Jesús sabían que Él había hablado de su resurrección y tomaron medidas para impedir que cualquier persona pudiera manipular su cuerpo.
Este detalle también tiene una enorme importancia.
Los sacerdotes no fueron ante Pilato diciendo:
“Tenemos miedo de que Jesús despierte.”
No pidieron médicos.
No pidieron que alguien verificara si todavía respiraba.
No dijeron que quizá hubiera sobrevivido a la crucifixión.
Su preocupación era completamente diferente.
Sabían que Jesucristo había muerto.
Sabían dónde estaba su cadáver.
Y querían impedir que alguien pudiera sacarlo de la tumba. En mi libro utilizo precisamente su petición a Pilato como evidencia de que conocían tanto la muerte de Jesús como el lugar donde reposaba su cuerpo.
Mateo lo dice claramente:
“No sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten.”
Éste era el temor.
No pensaban que Jesús pudiera levantarse de entre los muertos por su propio poder.
Pensaban que sus discípulos podían intentar fabricar una resurrección.
La posible estrategia sería sencilla:
Entrar en la tumba.
Robar el cadáver.
Esconderlo.
Y después decir al pueblo:
Por eso querían cerrar esa posibilidad antes de que existiera.
Su preocupación, tal como aparece también en mi investigación posterior, era que los seguidores de Jesús pudieran robar el cuerpo y después anunciar una resurrección falsa.
Este punto me parece extraordinariamente importante.
Una de las explicaciones posteriores para la tumba vacía fue precisamente:
“Los discípulos robaron el cuerpo.”
Pero los propios enemigos de Jesús ya habían pensado en esa posibilidad antes de que apareciera la tumba vacía.
Y tomaron medidas para impedirla.
Esto significa que no podemos estudiar posteriormente la teoría del robo como si la tumba hubiera quedado desprotegida.
No quedó así.
Los enemigos de Jesús hicieron todo lo que estaba dentro de su poder para impedir que alguien tocara el cuerpo durante aquellos primeros días. Ésta es también una de las conclusiones expresas de mi libro.
¿Por qué estaban tan preocupados?
Porque el problema no terminaba con la muerte de Jesús.
Jesús había tenido seguidores.
Multitudes lo habían escuchado.
Había realizado afirmaciones extraordinarias.
Y ahora existía el peligro de que sus discípulos anunciaran:
“Ha resucitado.”
Los sacerdotes dijeron a Pilato:
“Y será el postrer error peor que el primero.”
Para ellos, una proclamación de resurrección podía ser incluso más problemática que el ministerio de Jesús cuando estaba vivo.
Por eso el cuerpo se convirtió en el centro del problema.
Mientras el cadáver permaneciera dentro de la tumba, cualquier anuncio de resurrección podía ser refutado.
Bastaría abrir el sepulcro.
Mostrar el cuerpo.
Y terminar la historia.
Pero si el cuerpo desaparecía, surgiría un problema enorme.
Por eso los sacerdotes querían asegurarse de que:
Los dirigentes religiosos no confiaron simplemente en que la enorme piedra fuera suficiente.
Acudieron al gobernador romano.
Esto demuestra la importancia que daban al asunto.
Pidieron una medida oficial.
Pidieron que el sepulcro fuera asegurado.
Pilato respondió:
“Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.”
Mateo 27:65
Entonces ocurre algo fundamental:
“Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Mateo 27:66
A partir de ese momento existían tres barreras importantes entre el exterior y el cadáver:
La piedra.
El sello.
La guardia.
Cada una cumplía una función distinta.
La piedra era el obstáculo físico.
El sello indicaba que la tumba había sido oficialmente asegurada.
Y la guardia impedía que alguien pudiera acercarse y manipular el sepulcro.
Éste será precisamente el corazón de esta subserie.
Aquí comienza a cambiar completamente el escenario.
Inicialmente estamos frente al sepulcro privado de José de Arimatea.
Pero una vez que intervino Pilato, la situación dejó de ser solamente privada.
En mi trabajo posterior expreso esta idea diciendo que, después de ser sellada y quedar bajo custodia, la tumba había pasado a estar bajo la autoridad del Imperio.
Ya no bastaba con querer entrar.
Había que enfrentarse a las medidas impuestas por la autoridad romana.
Más adelante examinaremos en detalle si los discípulos pudieron haber robado el cuerpo.
Pero ya podemos formular varias preguntas.
¿Sabían dónde estaba la tumba?
Sí.
¿La entrada estaba cerrada?
Sí.
¿Había una gran piedra?
Sí.
¿La tumba había sido asegurada?
Sí.
¿Había guardias?
Sí.
Entonces cualquier teoría del robo tendrá que explicar cómo se superaron todas esas barreras.
Existe además otro problema.
Quienes supuestamente debían intentar robar el cuerpo eran los discípulos.
Pero, según los propios Evangelios, después de la crucifixión estaban llenos de miedo.
Juan dice:
“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos…”
Juan 20:19
En mi libro los describo en ese momento como acobardados, escondidos y desorganizados.
Por eso debemos imaginar lo que la teoría del robo requiere.
Los mismos hombres que habían huido durante el arresto tendrían que reorganizarse repentinamente.
Conseguir valor.
Ir hacia una tumba vigilada.
Superar a la guardia.
Violar el sello.
Mover la enorme piedra.
Sacar el cuerpo.
Y desaparecer sin ser detenidos.
Más adelante examinaremos esa posibilidad con mucho más detalle.
Existe aquí una ironía extraordinaria.
Los principales sacerdotes querían impedir que alguien pudiera afirmar que Jesucristo había resucitado.
Por eso protegieron el sepulcro.
Pero precisamente al protegerlo hicieron que posteriormente resultara mucho más difícil explicar la tumba vacía mediante un simple robo.
No dejaron la tumba abandonada.
No permitieron que cualquiera entrara.
No confiaron solamente en la piedra.
Pidieron una guardia.
Pidieron que el sepulcro fuera asegurado.
Y vigilaron el lugar durante el periodo que consideraban crítico.
Su petición fue específica:
¿Por qué?
Porque ese era el periodo relacionado con la afirmación de Jesús.
Querían superar precisamente ese límite.
Si después del tercer día el cadáver seguía dentro, desde su perspectiva el problema habría terminado.
Por eso en mi libro resumo que los sacerdotes tenían un enorme interés en que nadie tocara el cuerpo de Jesucristo, por lo menos durante aquellos tres días.
Dentro:
En la entrada:
Una enorme piedra.
Sobre la tumba asegurada:
El sello.
Frente a ella:
Una guardia.
Y detrás de todas estas medidas:
Los enemigos de Jesús, decididos a impedir que alguien pudiera sacar el cadáver.
Si estamos investigando la resurrección, esto cambia completamente nuestra pregunta.
Ya no basta preguntar:
¿Por qué estaba vacía la tumba?
Tenemos que preguntar:
Los enemigos de Jesús querían impedir un engaño.
No querían que nadie pudiera robar el cuerpo.
No querían escuchar que los discípulos proclamaran una resurrección.
Y por eso tomaron todas las medidas que consideraron necesarias.
Precisamente por esto considero que sus acciones se convierten en una pieza extraordinariamente importante de nuestro caso.
Ellos sabían que Jesús había muerto.
Sabían dónde estaba el cadáver.
Recordaban lo que había dicho acerca del tercer día.
Y se propusieron asegurarse de que:
Ahora debemos estudiar la primera de aquellas grandes medidas de seguridad.
No era un pequeño grupo de personas contratadas improvisadamente.
Se trataba de una fuerza destinada a custodiar el sepulcro.
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:1-15.
Juan 20:19.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Después de que los principales sacerdotes y los fariseos pidieron a Pilato que asegurara la tumba, Mateo registra una frase decisiva:
“Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Mateo 27:66
A partir de ese momento, la tumba donde había sido colocado el cuerpo de Jesucristo ya no estaba simplemente cerrada.
Estaba vigilada.
Y la pregunta que debemos hacernos es:
No conocemos con absoluta certeza cuántos soldados componían aquella guardia. En mis propios estudios he señalado que el número podía variar según la misión asignada. Lo importante no es inventar una cifra que el texto no proporciona, sino comprender qué clase de hombres eran los que estaban allí.
No debemos imaginar a unos cuantos hombres contratados apresuradamente para sentarse frente a la entrada.
Eran soldados profesionales.
Hombres entrenados para obedecer órdenes.
Acostumbrados al manejo de armas.
Preparados para enfrentar peligros.
En mi estudio los describo como militares entrenados desde jóvenes para la guerra, habituados a marchas extenuantes y al manejo de la espada, la lanza y el escudo.
Esto cambia completamente la manera en que debemos imaginar la escena.
No tenían que perseguir a un ejército.
No tenían que defender una ciudad.
No tenían que conquistar una fortaleza.
Su misión era mucho más concreta:
Ese era el problema que preocupaba a los enemigos de Jesús.
Ellos temían que los discípulos robaran el cadáver y luego anunciaran que Jesús había resucitado. Por esa razón acudieron a Pilato y pidieron protección oficial para el sepulcro.
Una orden romana no era una sugerencia.
Los soldados debían cumplirla.
En mi estudio explico que la disciplina romana era extremadamente severa y que un soldado que abandonaba su puesto o permitía que una misión importante fracasara podía enfrentar castigos gravísimos, incluso la muerte.
Esto significa que aquellos hombres tenían poderosos motivos para mantenerse vigilantes.
También debemos pensar en el contexto.
La tumba contenía el cuerpo de un hombre cuya muerte había provocado una enorme tensión política y religiosa.
Los principales sacerdotes habían ido personalmente ante Pilato.
Habían explicado el problema.
Pilato había autorizado que el sepulcro fuera asegurado.
Y ahora existía una misión oficial.
No era una tarea rutinaria sin importancia.
Más adelante estudiaremos la explicación de que los discípulos robaron el cuerpo mientras los soldados dormían.
Pero ya podemos observar el problema.
Si aquellos soldados estaban allí precisamente para impedir un robo, entonces dormir todos simultáneamente significaría dejar completamente desprotegida la misión.
Y si la disciplina romana era tan severa como explico en mi estudio, aquello tendría consecuencias serias.
Por eso la historia posterior acerca de unos guardias dormidos merece ser examinada con mucho cuidado.
Los soldados tampoco estaban frente a una tumba abierta.
Delante de ellos había una gran piedra.
La piedra había sido sellada.
Y ellos vigilaban el lugar.
Así que una persona que quisiera sacar el cuerpo tendría que superar varias barreras:
La guardia.
El sello.
La piedra.
No bastaba con acercarse silenciosamente.
Ahora miremos al otro lado.
¿Quiénes serían, según los enemigos de Jesús, los posibles ladrones?
Los discípulos.
Pero en mi libro los describo en ese momento como hombres acobardados, escondidos y desorganizados.
Los Evangelios mismos muestran ese temor.
Juan dice que estaban reunidos con las puertas cerradas:
“Por miedo de los judíos.”
Juan 20:19
Éstos serían los hombres que tendrían que enfrentarse a una guardia profesional.
Para robar el cuerpo tendrían que acercarse al sepulcro.
Evitar o vencer a los soldados.
Romper el sello.
Mover la piedra.
Entrar en la tumba.
Sacar el cuerpo.
Y huir sin ser detenidos.
Todo esto tendría que ocurrir mientras una guardia cuya misión específica era impedir precisamente ese acto estaba allí.
La teoría se vuelve cada vez más difícil.
Éste es uno de los aspectos que más me impresiona de todo el caso.
Si la tumba hubiera quedado abandonada, alguien podría decir:
“Quizá alguien entró.”
Si solamente hubiera existido una piedra, alguien podría decir:
“Quizá alguien la movió.”
Pero los enemigos de Jesús tomaron medidas adicionales.
Consiguieron una guardia.
Aseguraron el sepulcro.
Sellaron la piedra.
Y vigilaban precisamente el cuerpo que después desapareció.
Sin darse cuenta, los sacerdotes hicieron algo extraordinario.
Intentaron impedir un fraude.
Pero al hacerlo dejaron la tumba bajo vigilancia.
Eso significa que después, cuando el sepulcro apareció vacío, ya no podía explicarse tan fácilmente diciendo que alguien había entrado tranquilamente y se había llevado el cadáver.
Los propios enemigos habían intentado impedir precisamente esa posibilidad.
En mis estudios he tratado a esta guardia dentro del contexto de la autoridad romana porque la custodia fue autorizada por Pilato y el sepulcro quedó bajo una protección oficial. También la describo como una guardia integrada por soldados profesionales.
Lo que sí es absolutamente claro para nuestro argumento es esto:
No estamos hablando de hombres sin autoridad ni entrenamiento.
La tumba quedó bajo vigilancia oficial.
Mateo continúa el relato diciendo:
“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2
Y después:
“Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.”
Mateo 28:4
Esto es importante.
El relato no dice que los discípulos atacaron a los soldados.
No dice que los vencieron.
No dice que los sobornaron.
No dice que organizaron una operación clandestina.
Dice que ocurrió algo completamente diferente.
Cuando algunos de ellos regresaron a la ciudad, informaron a los principales sacerdotes de lo que había sucedido.
Mateo dice:
“Mientras ellas iban, he aquí unos de la guardia fueron a la ciudad, y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.”
Mateo 28:11
Esto significa que los guardias no desaparecieron simplemente de la historia.
Regresaron.
Y tuvieron que explicar por qué la tumba que debían proteger estaba abierta.
Los principales sacerdotes dieron dinero a los soldados y les dijeron:
“Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Más adelante dedicaremos un artículo completo a esta explicación.
Porque plantea un problema lógico inmediato:
Pero por ahora debemos concentrarnos en otra cosa.
Aquellos soldados estaban allí porque la tumba debía permanecer cerrada.
Y, sin embargo, terminó abierta.
Cuando reunimos las piezas, encontramos una escena extraordinaria.
Dentro de la tumba:
Cerrando la entrada:
Una enorme piedra.
Asegurando el lugar:
El sello.
Vigilando:
Una guardia profesional.
Y detrás de todo ello:
Los enemigos de Jesús, decididos a impedir que el cuerpo desapareciera.
Por eso, en mi libro concluyo que la guardia romana custodiaba la tumba y que los sacerdotes habían hecho todo lo que estaba en su poder para impedir que alguien tocara el cuerpo.
Ya no estamos preguntándonos simplemente:
¿Por qué estaba vacía la tumba?
Ahora debemos preguntar:
Pero todavía hay otra barrera que debemos comprender.
Porque delante de aquellos soldados no había solamente una enorme piedra.
La piedra había sido oficialmente asegurada.
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:1-15.
Juan 20:19.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
La guardia, la piedra y el sello romano
Para comprender el verdadero peso de la guardia colocada frente al sepulcro de Jesucristo, no basta con saber que allí había soldados.
Tenemos que comprender qué clase de disciplina gobernaba al ejército romano.
Roma no construyó uno de los imperios más poderosos de la antigüedad mediante un ejército improvisado. Sus soldados eran hombres sometidos a entrenamiento, obediencia y castigos extremadamente severos.
Y precisamente por eso la presencia de una guardia frente a la tumba cambia completamente nuestra investigación.
No eran hombres libres de abandonar su puesto
Una orden militar romana debía cumplirse.
Los soldados colocados frente al sepulcro tenían una misión muy sencilla:
Que nadie sacara el cuerpo.
No podían decidir abandonar el lugar.
No podían permitir que alguien entrara.
No podían ignorar una orden oficial.
En mis estudios describo a estos hombres como soldados profesionales, acostumbrados a marchas extenuantes, al manejo de la espada, la lanza y el escudo, y entrenados para obedecer órdenes sin vacilar.
La disciplina era extremadamente severa
En mi libro dedico una parte importante a este asunto.
Los castigos podían variar dependiendo de la gravedad de la falta.
Para infracciones menores podían existir castigos físicos.
Pero determinadas faltas graves podían terminar incluso en la muerte del soldado.
Esto es fundamental.
Cuando hablamos de la guardia de la tumba, no estamos hablando de vigilantes que podían quedarse dormidos y simplemente recibir una llamada de atención al día siguiente.
El fracaso podía costarles muy caro.
Algunas infracciones podían recibir pena de muerte
En mi libro enumero varias faltas consideradas graves dentro de la disciplina militar romana.
Entre ellas menciono:
Este último punto adquiere una enorme importancia cuando llegamos a la explicación posterior de la tumba vacía.
Dormirse durante una guardia no era una falta pequeña
Después de la resurrección, los principales sacerdotes dieron dinero a los soldados y les dijeron:
“Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Pero piense lo que estaban pidiendo a esos hombres que confesaran públicamente:
Que se habían quedado dormidos durante una misión oficial.
Dentro de la disciplina que describo en mi libro, eso podía considerarse una falta extremadamente grave, incluso susceptible de pena capital.
Por eso el relato continúa inmediatamente:
“Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.”
Mateo 28:14
¿Por qué había que ponerlos a salvo?
Porque reconocer el fracaso de la guardia podía tener consecuencias.
La promesa de protegerlos tiene sentido
Este detalle del Evangelio resulta especialmente interesante cuando conocemos la disciplina militar.
Los sacerdotes no solamente les dijeron qué debían contar.
También prometieron intervenir si Pilato se enteraba.
Es decir:
Ustedes digan que estaban dormidos.
Y si esto llega hasta el gobernador:
Nosotros nos encargaremos del problema.
Esto muestra que la historia propuesta exponía a los soldados a un riesgo real.
Existían castigos colectivos
La disciplina romana podía ser todavía más severa cuando la falta correspondía a una unidad completa.
En mi libro explico que, en algunos casos, cuando un pelotón o unidad había cometido una falta grave, podía recurrirse a un sorteo para escoger a uno de sus integrantes y ejecutarlo a manos de sus propios compañeros. La muerte podía producirse mediante flagelación o espada.
El propósito de una disciplina semejante era evidente:
Que todos vigilaran a todos.
El fracaso de uno podía afectar al grupo.
Esto vuelve todavía más difícil imaginar a toda la guardia dormida
Pensemos lógicamente.
Para que los discípulos robaran el cuerpo mientras la guardia dormía, no bastaba con que uno de los soldados se quedara dormido.
Todos los hombres capaces de impedir el robo tendrían que estar incapacitados al mismo tiempo.
Y si todos estaban durmiendo, entonces todos estaban poniendo en riesgo la misión.
¿Por qué un grupo de soldados sometidos a semejante disciplina se arriesgaría colectivamente de esa manera?
La teoría comienza a presentar problemas.
Además, una tumba no se vacía silenciosamente con facilidad
Supongamos, sin embargo, que todos estaban dormidos.
Los discípulos tendrían que llegar.
Acercarse al sepulcro.
Romper o violar el sello.
Mover una enorme piedra.
Entrar.
Manipular el cuerpo.
Sacarlo.
Y marcharse.
Todo esto sin despertar a los soldados.
La explicación exige muchas cosas simultáneamente.
Y si estaban dormidos, aparece otro problema
Los soldados supuestamente tenían que decir:
“Sus discípulos vinieron de noche y lo hurtaron mientras dormíamos.”
Pero surge una pregunta inevitable:
Si estaban dormidos, ¿cómo sabían que fueron los discípulos?
Un hombre dormido no puede observar quién llega.
No puede identificar a los ladrones.
No puede describir lo que hicieron.
Y no puede afirmar como testigo algo que ocurrió precisamente mientras estaba inconsciente.
Por eso esta explicación merece ser examinada con mucha cautela.
¿Por qué los sacerdotes querían soldados romanos?
En mi libro planteo otra pregunta.
Los judíos contaban con sus propios guardias.
Entonces, ¿por qué recurrir a soldados romanos?
Mi respuesta es que los sacerdotes conocían la disciplina que caracterizaba al ejército de Roma.
Sabían que aquellos hombres no podían fracasar fácilmente en una misión sin exponerse a castigos gravísimos.
Querían que nadie tocara el cuerpo.
Y escogieron una fuerza cuya disciplina hacía extremadamente peligrosa cualquier tentativa de robo.
Los soldados tenían dos razones para permanecer alerta
La primera era militar.
Tenían una orden.
La segunda era personal.
Su propia seguridad podía depender de cumplirla.
En uno de mis estudios posteriores resumo esta situación diciendo que aquellos hombres tenían razones de sobra para permanecer vigilantes porque no estaban cumpliendo una tarea rutinaria, sino una orden oficial del gobernador romano.
La guardia hacía muy peligroso cualquier intento de robo
Imagine ahora a los discípulos.
Pocas horas antes habían huido.
Estaban escondidos.
Tenían miedo.
Y supuestamente tendrían que acercarse a una tumba custodiada por soldados cuyo fracaso podía costarles la vida.
En mi libro planteo precisamente esta pregunta:
¿Quién de nosotros se atrevería a ir a robar un lugar sabiendo de antemano que está protegido por soldados de esta naturaleza?
Todavía faltaba el sello
Y debemos recordar algo más.
La guardia no estaba sola.
La enorme piedra había sido asegurada con el sello oficial.
En mi libro concluyo que la presencia simultánea de la guardia romana y del sello imperial hacía doblemente peligroso cualquier intento de robar el cuerpo de Jesucristo.
Un posible ladrón no solamente tendría que enfrentarse a soldados.
También tendría que desafiar abiertamente la autoridad representada por el sello.
Ahora la explicación del robo se vuelve mucho más difícil
Reunamos las piezas.
El cuerpo estaba dentro.
La piedra cerraba la entrada.
La tumba estaba sellada.
Soldados profesionales la vigilaban.
Los soldados estaban sometidos a una disciplina severa.
Dormirse durante una guardia podía traer consecuencias extremas.
Y los discípulos estaban atemorizados y desorganizados.
Por eso considero que la disciplina del ejército romano es una pieza fundamental dentro de nuestra investigación.
La conclusión
Los soldados colocados frente al sepulcro no tenían razones para permitir que alguien robara el cuerpo.
Tenían todas las razones para impedirlo.
Su disciplina era rígida.
Su misión era oficial.
Su propia seguridad podía estar en juego.
Por eso, cuando después aparece la explicación:
“Nos quedamos dormidos y los discípulos robaron el cuerpo”
debemos preguntar seriamente si aquella historia puede sostenerse.
La guardia no fue colocada para cumplir una función ceremonial.
Fue colocada para asegurarse de que el cuerpo permaneciera dentro.
Y ahora debemos estudiar la otra gran barrera colocada sobre aquel sepulcro:
¿Qué significaba el sello romano colocado sobre la tumba?
Referencias bíblicas
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:11-15.
Juan 20:19.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Hasta este momento hemos estudiado dos grandes obstáculos que protegían el cuerpo de Jesucristo.
Primero:
Una enorme piedra cerraba la entrada del sepulcro.
Segundo:
Una guardia vigilaba el lugar.
Pero los enemigos de Jesús todavía añadieron una tercera medida:
Mateo lo registra de manera muy clara:
“Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Mateo 27:66
La tumba no solamente quedó cerrada.
Quedó sellada oficialmente.
Y para comprender la importancia de este detalle necesitamos saber qué representaba aquel sello.
Cuando escuchamos la palabra sello, podríamos imaginar una pequeña marca sin demasiada importancia.
Pero en mi libro explico algo completamente diferente.
El sello representaba:
No se colocaba simplemente para indicar que alguien había cerrado la tumba.
Significaba que aquella entrada había quedado bajo una prohibición oficial.
Nadie podía abrirla sin desafiar directamente la autoridad que representaba el sello.
En mi libro describo el procedimiento de esta manera.
Se colocaban cuerdas sobre la piedra que cerraba la entrada, formando una especie de X.
Los extremos de aquellas cuerdas se fijaban con cera derretida.
Y antes de que la cera endureciera, se imprimía sobre ella el anillo que representaba la autoridad imperial.
De esta manera, para mover la piedra era necesario alterar el sistema que había sido colocado sobre ella.
Es decir:
No podía abrirse la tumba sin violar el sello.
Podemos explicarlo de una manera muy sencilla.
La gran piedra decía físicamente:
“No puedes entrar fácilmente.”
La guardia decía:
“No te permitiremos entrar.”
Y el sello decía legalmente:
Son tres obstáculos diferentes.
Uno físico.
Uno militar.
Uno legal.
En mi libro lo digo de manera directa:
Eso significa que quien veía aquel sello comprendía que no estaba simplemente frente a la propiedad privada de José de Arimatea.
La situación había cambiado.
La tumba había sido intervenida por la autoridad.
Violarla era desafiar al gobierno que la había protegido.
En mi libro utilizo una comparación que todavía resulta muy sencilla de entender.
En nuestros días, una autoridad gubernamental puede llegar a un negocio y colocar un aviso oficial de clausura.
El papel, la cinta o el sello físicamente no son particularmente fuertes.
Podrían romperse con las manos.
Pero casi nadie se atrevería a hacerlo.
¿Por qué?
Porque el verdadero poder no está en el pedazo de papel.
Está en:
Eso mismo debemos comprender acerca del sello romano.
La cera no era la verdadera barrera.
La cuerda tampoco.
La verdadera barrera era Roma.
En mi libro afirmo que violar aquel sello colocaba a la persona en abierta desobediencia contra la ley romana y podía exponerla incluso a una condena a muerte por crucifixión.
Así que pensemos en lo que esto significaba para cualquier persona que quisiera sacar el cuerpo.
No bastaba con tener fuerza suficiente para mover la piedra.
Había que aceptar las consecuencias de romper un sello oficial.
Supongamos nuevamente que los discípulos decidieron robar el cuerpo.
Tendrían que llegar a la tumba.
Evitar a los soldados.
Acercarse a la piedra.
Violar el sello.
Mover la enorme roca.
Entrar.
Sacar el cuerpo.
Y después desaparecer.
Pero ahora debemos añadir algo:
Sabían que al romper el sello estaban desafiando directamente a la autoridad romana.
En mi libro concluyo precisamente que la presencia simultánea del sello imperial y la guardia hacía doblemente peligroso cualquier intento de robar el cuerpo de Jesucristo.
Los discípulos.
Pero recordemos cómo estaban.
Habían huido.
Estaban asustados.
Se encontraban escondidos.
Tenían miedo de las autoridades.
Y ahora, según la teoría del robo, tendrían que convertirse repentinamente en hombres dispuestos a desafiar tanto a los soldados como al poder de Roma.
No considero que esta explicación encaje con el estado en que los Evangelios los presentan.
Permitía saber si la tumba había sido violada.
Mientras el sello permaneciera intacto, la piedra no había sido desplazada de la manera necesaria para entrar.
Si alguien movía la piedra y dañaba las cuerdas o la cera, quedaba evidencia de que alguien había intervenido.
Así que el sello no solamente prohibía.
También funcionaba como una marca visible de seguridad.
Recordemos nuevamente el texto:
“Aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Observe cómo Mateo une ambas cosas.
El sello.
Y los soldados.
No era una tumba simplemente cerrada con una piedra.
Era un sepulcro asegurado.
Esto es fundamental para nuestra investigación.
Los principales sacerdotes querían impedir que después alguien afirmara que Jesús había resucitado.
Por eso hicieron todo lo que estaba dentro de su poder para evitar que el cuerpo desapareciera.
En mi libro resumo esta situación diciendo que los sacerdotes tenían un enorme interés en que nadie tocara el cuerpo durante aquellos tres días y utilizaron todas las medidas disponibles para impedirlo.
Piedra.
Sello.
Guardia.
Desde su punto de vista, el problema estaba resuelto.
Mateo escribe:
“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2
Aquí aparece algo que para mí tiene una enorme importancia.
La piedra que tenía el sello fue removida.
Pero no fueron los discípulos quienes lo hicieron.
Mateo atribuye esa acción:
En mi libro presento mi propia conclusión acerca de este detalle.
Creo firmemente que el ángel removió la piedra por dos razones.
Primero, porque las primeras personas que llegarían serían mujeres que ya habían expresado preocupación por no poder moverla.
Y segundo, porque al removerla el ángel asumía también la responsabilidad de romper el sello.
De esa manera, ningún discípulo podía ser acusado de haberlo violado.
Para mí, éste es un detalle extraordinario.
Los enemigos de Jesús habían intentado cerrar todas las posibilidades humanas.
La piedra impedía entrar.
La guardia impedía acercarse.
El sello prohibía legalmente abrir.
Pero ninguna de esas medidas podía impedir lo que Dios había determinado.
La tumba que Roma había asegurado terminó abierta.
Si no hubiera existido sello, alguien podría decir:
“Simplemente alguien movió la piedra.”
Si no hubiera existido guardia:
“Alguien entró durante la noche.”
Pero tenemos una combinación extraordinaria.
Una piedra enorme.
Un sello oficial.
Una guardia.
Y después:
Ése es precisamente el problema que cualquier explicación alternativa tiene que resolver.
¿Qué significaba entonces el sello romano sobre la tumba?
Significaba que aquel sepulcro estaba protegido por la autoridad imperial.
Significaba que nadie tenía derecho a abrirlo.
Significaba que mover la piedra implicaba violar una orden oficial.
Y significaba que cualquier intento de sacar el cuerpo se convertía en una acción extremadamente peligrosa.
Por eso el sello es una pieza esencial de nuestra investigación.
No era decoración.
Y aun así…
la tumba terminó abierta.
La piedra fue removida.
El sello fue roto.
Los soldados huyeron.
Y el cuerpo ya no estaba allí.
Ahora podemos reunir las tres grandes barreras y formular una pregunta todavía más difícil:
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:1-6.
Marcos 16:1-4.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Después de comprender qué representaba el sello romano colocado sobre la tumba de Jesucristo, debemos hacernos una pregunta inevitable:
En mi libro la respuesta es directa.
El sello representaba la autoridad del gobierno imperial. No era simplemente una cuerda con cera. Era una orden oficial que indicaba que aquella tumba no debía ser violada.
Por eso, quien rompiera aquel sello se colocaba en abierta desobediencia contra Roma.
En mi investigación afirmo claramente:
Ésta no era una pequeña infracción administrativa.
Romper el sello significaba desafiar directamente la autoridad imperial que lo había colocado.
Esto cambia completamente la manera en que debemos imaginar cualquier intento de entrar en la tumba.
Físicamente, romper unas cuerdas o destruir cera no era difícil.
Cualquier hombre podía hacerlo.
El verdadero problema era lo que aquello significaba.
Detrás de aquellas cuerdas estaba:
El sello decía, en términos sencillos:
“Esta tumba está bajo la autoridad imperial. No la toque.”
Por eso el obstáculo no era físico.
Era legal.
En mi libro utilizo una comparación moderna.
Imagine que una dependencia gubernamental llega a un establecimiento y coloca un sello de clausura.
El papel puede romperse fácilmente.
La cinta puede cortarse.
Físicamente no representa ningún obstáculo.
Pero una persona sabe que si rompe aquel sello no está simplemente rompiendo papel.
Está violando una orden de la autoridad.
Lo mismo ocurría con el sello colocado sobre el sepulcro.
Ahora volvamos a los discípulos.
Para robar el cuerpo no bastaba con llegar hasta la tumba.
Tendrían que enfrentarse a la guardia.
Tendrían que romper el sello.
Tendrían que mover la enorme piedra.
Tendrían que sacar el cuerpo.
Y después tendrían que escapar.
Pero romper el sello significaba además exponerse a una condena romana.
Por eso, en mi libro concluyo que la presencia simultánea de la guardia y el sello imperial hacía doblemente peligroso cualquier intento de robar el cuerpo de Jesucristo.
Recordemos el estado de los discípulos.
Cuando arrestaron a Jesús, huyeron.
Pedro negó conocerlo.
Después de la crucifixión permanecieron escondidos por miedo.
Y ahora se supone que aquellos mismos hombres decidieron desafiar:
A los soldados.
A la autoridad romana.
Al sello imperial.
Y a la posibilidad de ser ejecutados.
Ésa es la clase de explicación que tendría que sostener la teoría del robo.
En mi libro explico que estos sellos se colocaban sobre tumbas que el gobierno no quería que fueran violadas.
Por eso el sello cumplía dos propósitos.
Primero, declaraba oficialmente que nadie podía abrir el sepulcro.
Segundo, si alguien lo hacía, quedaba evidente que había desafiado una orden romana.
Los sacerdotes no escogieron estas medidas accidentalmente.
Querían impedir que alguien sacara el cuerpo.
Por eso consiguieron:
Una piedra enorme.
Una guardia.
Y un sello imperial.
Cada medida hacía más difícil la siguiente.
El resultado era una tumba protegida física, militar y legalmente.
Mateo dice:
“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2
En mi libro hago una observación que considero muy importante.
No fueron los discípulos quienes removieron aquella piedra.
Fue el ángel.
Y para mí esto tiene relación directa con el sello.
En mi libro expreso mi convicción de esta manera:
Si los discípulos hubieran removido la piedra, habrían quedado expuestos a la condena correspondiente por violar el sello.
Por eso creo que el ángel removió la piedra, entre otras razones, para que ninguno de los discípulos quedara como responsable de haber roto el sello romano.
Para mí, éste es un detalle extraordinariamente significativo.
Pensemos en esto desde otra perspectiva.
Los sacerdotes temían que los discípulos robaran el cuerpo.
Entonces colocaron una protección que convertía cualquier intento de robo en una acción de consecuencias potencialmente mortales.
En otras palabras, ellos mismos hicieron todo lo posible para impedir exactamente la explicación que después intentarían utilizar:
“Los discípulos robaron el cuerpo.”
Eso vuelve el caso todavía más interesante.
Supongamos que realmente hubieran llevado a cabo el robo.
No habría sido simplemente una cuestión religiosa.
Habrían cometido una acción contra la autoridad romana.
Y los enemigos de Jesús tenían razones suficientes para perseguirlos.
Sin embargo, la historia no continúa con una búsqueda de discípulos acusados de haber violado el sello.
Continúa con otra explicación:
Que los soldados estaban dormidos.
Eso lo estudiaremos con mucho cuidado más adelante.
Un sello funciona porque las personas saben que romperlo tiene consecuencias.
Si no existiera castigo, el sello no tendría prácticamente ningún valor.
Pero si violarlo podía colocar a una persona frente a una ejecución romana, entonces el efecto era completamente diferente.
La persona no veía solamente cera.
Veía:
Ahora podemos comprender la magnitud del sistema de protección.
La piedra impedía físicamente la entrada.
La guardia impedía militarmente acercarse.
El sello impedía legalmente abrir.
Y la violación del sello podía costar la vida.
Por eso no estamos estudiando una tumba abandonada durante la noche.
Estamos estudiando una tumba que sus enemigos habían procurado hacer lo más segura posible.
¿Qué castigo podía recibir quien rompiera el sello romano?
De acuerdo con lo que presento en mi libro:
Ésa era la seriedad del sello.
Por eso considero que no puede tratarse como un detalle secundario de la historia.
Si alguien quería sacar el cuerpo de Jesucristo, tenía que estar dispuesto no solamente a enfrentar soldados y mover una enorme piedra.
Tenía que estar dispuesto a:
Y eso nos lleva a la pregunta que comienza a reunir todas las piezas de esta subserie:
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:1-4.
Mateo 28:11-15.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Dr. Elio M Rivera
Llegamos ahora a una pregunta que pone a prueba directamente una de las explicaciones más conocidas acerca de la tumba vacía:
En mi libro planteo esta posibilidad precisamente para examinarla. No basta con decir: “Tal vez robaron el cuerpo”. Hay que reconstruir lo que realmente tendrían que haber hecho.
Y cuando lo hacemos, la dificultad aumenta considerablemente.
La entrada había sido cerrada con una gran piedra.
Después la tumba fue asegurada.
La piedra fue sellada.
Y una guardia fue colocada frente al sepulcro.
Mateo dice:
“Entonces ellos fueron y aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y poniendo la guardia.”
Mateo 27:66
Por lo tanto, cualquier intento de sacar el cuerpo tendría que superar las tres barreras al mismo tiempo:
La piedra.
El sello.
La guardia.
Mi libro resume precisamente este escenario: los sacerdotes hicieron todo lo que estaba dentro de su poder para impedir que alguien tocara el cuerpo, mientras una guardia custodiaba la tumba y los discípulos permanecían acobardados, escondidos y desorganizados.
Ya estudiamos que las propias mujeres se preguntaban:
“¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Eso significa que no era un objeto que pudiera desplazarse fácilmente.
Para moverla habría que ejercer fuerza.
Y aquí aparece una pregunta muy sencilla:
La teoría del robo necesita responderlo.
Los discípulos supuestamente necesitaban entrar.
Eso significaba desplazar la piedra lo suficiente para abrir la entrada.
Después tendrían que entrar al sepulcro.
Manipular el cuerpo.
Sacarlo.
Y volver a marcharse.
No estamos hablando de una acción instantánea.
Habría requerido tiempo.
La piedra estaba asegurada.
Por eso cualquier intento por moverla implicaba alterar el sello que representaba la autoridad imperial.
En otras palabras, la operación no solamente sería físicamente difícil.
También significaría desafiar abiertamente a Roma.
En mi libro señalo que la presencia conjunta de la guardia y del sello imperial hacía doblemente peligroso cualquier intento de robar el cuerpo.
Los hombres que vigilaban el sepulcro no eran personas sin entrenamiento.
Eran soldados profesionales.
Habían aprendido a obedecer.
Estaban acostumbrados a las armas.
Y su disciplina era extremadamente severa.
En mis estudios posteriores describo a estos hombres como militares entrenados y hago notar que el fracaso de una misión podía traerles castigos gravísimos, incluso la muerte.
Así que tenían poderosos motivos para permanecer alerta.
Ahora miremos a los supuestos ladrones.
¿Quiénes eran los discípulos?
La mayoría eran pescadores.
Había personas comunes.
No eran soldados.
No tenían entrenamiento militar.
Nunca habían dirigido un ejército.
Nunca habían librado una batalla contra tropas romanas.
Y todavía existe algo más importante.
Cuando Jesús fue arrestado:
huyeron.
Pedro lo negó.
Los demás permanecieron escondidos.
Tenían miedo de convertirse en los siguientes perseguidos.
En mi libro describo su estado de ánimo con palabras muy claras:
Por lo tanto, la teoría del robo exige una transformación inmediata.
Los hombres que habían huido de quienes arrestaron a Jesús tendrían que decidir pocas horas después enfrentarse a una guardia militar.
Pensemos en la secuencia.
Tendrían que saber dónde estaban colocados los soldados.
Acercarse sin ser vistos.
Superar a la guardia o esperar que todos estuvieran dormidos.
Romper el sello.
Mover la piedra.
Entrar.
Sacar un cadáver.
Transportarlo.
Y abandonar el lugar sin que nadie los descubriera.
Todo esto realizado por un grupo que, según el escenario que describo en mis propios estudios, estaba sin experiencia militar, sin armas, sin organización y sin esperar siquiera que Jesús resucitara.
Ésta será posteriormente la explicación que se difundió:
“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Pero incluso aceptando esa posibilidad por un momento, aparece un problema.
Los discípulos tendrían que acercarse a varios soldados dormidos.
Después romper el sello.
Mover una enorme piedra.
Entrar.
Sacar el cuerpo.
Y marcharse.
Todo:
Resulta difícil imaginar que desplazar semejante piedra y manipular un cuerpo pudiera realizarse como una operación completamente silenciosa.
Si los soldados realmente estaban dormidos:
Si dormían, no vieron quién llegó.
No vieron quién movió la piedra.
No vieron quién entró.
No vieron quién sacó el cadáver.
Por lo tanto, no podían ser testigos de aquello que supuestamente ocurrió mientras dormían.
Este punto es fundamental.
Una teoría del robo presupone que los discípulos decidieron fabricar una falsa resurrección.
Pero en mi libro hago énfasis en que ellos mismos fueron tardos para creer y no comprendieron que Jesús se levantaría de entre los muertos. Cuando las mujeres llevaron la noticia, tampoco reaccionaron inmediatamente como hombres que estaban esperando el cumplimiento de un plan.
Entonces debemos preguntar:
¿Qué motivo tendrían para realizar semejante operación?
Robar el cuerpo no resolvería sus problemas.
Los aumentaría.
Ahora no solamente serían seguidores de un hombre ejecutado.
Se convertirían en hombres que habrían violado una tumba protegida por la autoridad.
Habrían roto el sello.
Habrían burlado o enfrentado a soldados.
Y podrían ser perseguidos.
Por eso la teoría exige que hombres aterrorizados eligieran voluntariamente aumentar enormemente el peligro sobre ellos mismos.
Este es quizá el problema más sencillo de visualizar.
Imagine la tumba durante la noche.
Frente a la entrada está la enorme piedra.
Junto al sepulcro está la guardia.
El sello impide legalmente intervenir.
La misión de los soldados es exactamente ésta:
Y la explicación alternativa sostiene que los discípulos consiguieron hacer exactamente eso.
Sin ser detenidos.
Sin ser descubiertos.
Y sin que nadie pudiera recuperar posteriormente el cadáver.
En mi libro resumo el caso de manera sencilla.
Jesús realmente había muerto.
Los sacerdotes querían impedir que alguien tocara su cuerpo durante aquellos días.
La guardia custodiaba el sepulcro.
Y los hombres que supuestamente tendrían que rescatar el cadáver estaban escondidos, acobardados y desorganizados.
Por eso considero que la teoría del robo no explica adecuadamente el conjunto de la evidencia.
Éste es un punto importante.
Quizá varios hombres fuertes pudieran, bajo circunstancias normales, desplazar una piedra pesada.
Pero ésa no es nuestra pregunta.
La verdadera pregunta es:
Cuando se formula correctamente, el problema cambia completamente.
No considero razonable pensar que aquellos discípulos, en el estado psicológico en que se encontraban, pudieran ejecutar con éxito semejante operación.
Estaban atemorizados.
No eran soldados.
No tenían experiencia militar.
La tumba estaba custodiada.
La piedra era enorme.
El sello hacía todavía más peligroso intervenir.
Y los propios enemigos de Jesús habían establecido precisamente esas medidas para impedir que el cuerpo fuera robado.
Por eso mi conclusión es:
Y ahora debemos examinar directamente la explicación que posteriormente se dio para justificar precisamente cómo habría podido ocurrir:
Mateo 26:56.
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:11-15.
Marcos 16:1-4.
Lucas 22:54-62.
Lucas 24:9-11.
Juan 20:19.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Después de estudiar la enorme piedra, la guardia y el sello romano, llegamos finalmente a la madrugada en que todo cambió.
Hasta ese momento, la situación parecía completamente controlada.
El cuerpo de Jesucristo había sido colocado dentro del sepulcro.
La entrada había sido cerrada.
La piedra había sido sellada.
Y soldados vigilaban el lugar.
Los enemigos de Jesús habían hecho todo lo posible para impedir que alguien sacara el cuerpo. En mis estudios posteriores llego a decir que, sin proponérselo, habían convertido aquel sepulcro en uno de los lugares más vigilados de Jerusalén.
Pero al amanecer del primer día de la semana ocurrió algo que ninguna de aquellas medidas pudo impedir.
Los Evangelios sitúan los acontecimientos durante las primeras horas del día.
Mateo comienza diciendo:
“Pasado el día de reposo, al amanecer del primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, a ver el sepulcro.”
Mateo 28:1
Marcos menciona también a María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé.
Lucas habla de varias mujeres.
Juan concentra inicialmente su relato en María Magdalena.
En mi libro intento armonizar estos relatos proponiendo que, apenas amanecía, probablemente dos o más grupos de mujeres se dirigían al sepulcro, algunas desde Jerusalén y otras desde Betania. Pero también aclaro expresamente que no puedo asegurar que cada detalle cronológico ocurriera exactamente en ese orden; lo presento como una reconstrucción que considero coherente.
Las mujeres no caminaban hacia el sepulcro esperando una resurrección.
Tampoco esperaban encontrar la entrada abierta.
Marcos registra su preocupación:
“Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Esto es importantísimo.
Mientras se acercaban, ellas daban por sentado que:
Su problema era cómo conseguirían moverla.
Mateo describe:
“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.”
Mateo 28:2
Aquí tenemos un cambio radical en el escenario.
La misma piedra que José había colocado.
La misma piedra que después había sido sellada.
La misma piedra que una guardia vigilaba.
Ahora estaba removida.
Mateo continúa:
“Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. Y de miedo de él los guardas temblaron y se quedaron como muertos.”
Mateo 28:3-4
Estos soldados, hombres acostumbrados a la disciplina militar, quedaron paralizados por el terror.
En mi libro señalo que los guardias vieron a los ángeles, experimentaron el terremoto y quedaron aterrorizados; después, cuando pudieron reaccionar, abandonaron el lugar para informar de lo sucedido.
No debemos pasar rápidamente por encima de este detalle.
Habíamos estudiado que abandonar una guardia podía traer consecuencias gravísimas.
Aquellos hombres lo sabían.
Y, sin embargo, se fueron.
En mi libro hago una observación muy fuerte: el miedo a lo que presenciaron fue mayor que su temor a las consecuencias de abandonar el lugar que custodiaban.
Para mí, eso significa que tuvieron que presenciar algo extraordinariamente impactante.
Marcos dice:
“Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:4
No dice que ellas la movieron.
No dice que encontraron hombres intentando desplazarla.
Cuando llegaron:
La barrera que las preocupaba había desaparecido.
Juan presenta la escena desde la perspectiva de María Magdalena:
“El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro.”
Juan 20:1
Su primera conclusión no fue:
“¡Jesús resucitó!”
Fue completamente diferente.
Corrió hacia Pedro y Juan y les dijo:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Esto es muy importante.
María no estaba predispuesta a interpretar inmediatamente una tumba vacía como evidencia de una resurrección.
Pensó que alguien había movido el cuerpo.
En mi libro propongo como posibilidad que María Magdalena se adelantara al resto de las mujeres, viera la tumba abierta y regresara corriendo antes de escuchar el anuncio de los ángeles.
Después, el resto de las mujeres habría llegado y recibido el mensaje de que Jesús había resucitado.
Nuevamente, ésta es una armonización que considero coherente, no una afirmación de que podamos demostrar cada minuto exacto de la secuencia.
Lo fundamental para nuestra investigación es lo que todos los relatos terminan estableciendo:
La piedra estaba removida.
La tumba estaba abierta.
El cuerpo ya no estaba allí.
El ángel les dijo:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6
La invitación es extraordinaria:
No se les pidió creer sin mirar.
Podían entrar.
Podían observar.
Podían comprobar que el lugar donde había sido colocado el cuerpo estaba vacío.
Esto es fundamental.
Mientras la piedra permaneciera cerrando el sepulcro, nadie podía observar fácilmente el interior.
Pero una vez removida, la tumba pudo ser examinada.
Las mujeres pudieron entrar.
Después Pedro entraría.
Juan entraría.
El lugar donde había estado el cuerpo quedó expuesto a la observación.
La piedra removida no ocultó la evidencia.
Cuando María les dio la noticia, Pedro y Juan corrieron.
Juan llegó primero.
Se inclinó.
Miró hacia dentro.
Y vio los lienzos.
Después Pedro entró.
En mi armonización señalo que ambos encontraron la tumba abierta y los lienzos acomodados; Juan se retiró creyendo, mientras Pedro permaneció asombrado.
Esto nos lleva a otra pieza importantísima que estudiaremos más adelante:
Éste es uno de los aspectos más importantes de esa madrugada.
Las mujeres no llegaron esperando una tumba vacía.
María interpretó inicialmente la ausencia del cuerpo como un traslado.
Los discípulos tampoco parecían estar esperando que Jesús resucitara.
Por eso los acontecimientos comenzaron a producir sorpresa, confusión y finalmente convicción.
No estamos leyendo la historia de un grupo que llegó al sepulcro para ejecutar un plan previamente acordado.
Estamos leyendo acerca de personas enfrentadas con algo que no esperaban encontrar.
Mateo dice que algunos miembros de la guardia fueron a la ciudad:
“Y dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.”
Mateo 28:11
Este detalle me parece extraordinario.
Los propios soldados encargados de impedir cualquier manipulación del sepulcro se convirtieron en quienes tuvieron que informar que la situación había cambiado.
La piedra estaba removida.
La tumba ya no estaba bajo su control.
Habían pedido una guardia porque temían que el cuerpo desapareciera.
Habían sellado la tumba.
Habían asegurado la piedra.
Y ahora precisamente eso había ocurrido:
La medida diseñada para impedir la desaparición del cuerpo no pudo explicar su ausencia.
Quiero conservar aquí algo que expresé claramente en mi obra.
Los cuatro Evangelios narran aquella mañana desde perspectivas diferentes.
Cuando intenté armonizarlos propuse una secuencia que considero bastante coherente, pero escribí expresamente:
“No puedo asegurar que las cosas sucedieron así.”
Porque el objetivo de mi investigación no era discutir si María llegó unos minutos antes que otra mujer.
Mi objetivo era estudiar:
Y sobre el punto central no existe ambigüedad en mi conclusión.
Aquella mañana:
La piedra había sido removida.
La tumba estaba abierta.
Y Jesucristo ya no estaba dentro.
Pensemos en todo lo estudiado hasta ahora.
Era grande.
Las mujeres sabían que no podían moverla fácilmente.
Había sido sellada.
Había soldados vigilándola.
Los discípulos estaban escondidos.
Y al amanecer:
Esto exige una explicación.
Mateo no atribuye la remoción de la piedra a los discípulos.
Tampoco a las mujeres.
Dice que:
“Un ángel del Señor… removió la piedra.”
En mi libro creo firmemente que esto también resolvió el problema del sello: no fueron los discípulos quienes asumieron la responsabilidad de violar la protección imperial.
Hasta esa mañana, los enemigos de Jesús tenían algo muy poderoso:
Un cadáver dentro de una tumba asegurada.
Después de esa madrugada ya no lo tenían.
Ahora existía otro problema:
Una piedra removida.
Una guardia aterrorizada.
Un sepulcro abierto.
Lienzos en el interior.
Y ningún cuerpo.
La investigación había cambiado para siempre.
Y precisamente por eso nuestro siguiente paso deberá ser examinar el argumento que intentó explicar inmediatamente aquella ausencia:
Mateo 28:1-15.
Marcos 16:1-8.
Lucas 24:1-12.
Juan 20:1-18.
Si este artículo despertó su interés y desea explorar el tema con mayor profundidad, le invitamos a conocer el libro completo, donde encontrará un estudio mucho más amplio y detallado.

Escuche música con propósito:
Explore el Museo al vida y obra de Jesucristo:
Con este artículo comenzamos una nueva etapa de nuestra investigación.
Hasta ahora hemos establecido varias cosas: Jesucristo realmente murió, su cuerpo fue colocado en un sepulcro conocido, la tumba fue cerrada y después asegurada. Ahora debemos examinar una de las primeras explicaciones que surgieron para negar la resurrección:
Mateo registra que ésta fue precisamente la versión que se ordenó difundir después de que la tumba apareció vacía:
“Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Por lo tanto, no estamos inventando una objeción moderna.
La acusación aparece dentro del propio relato.
La pregunta es:
Supongamos por un momento que la resurrección nunca ocurrió.
Supongamos que los discípulos decidieron fabricar toda la historia.
Entonces tendríamos que aceptar que, después de la crucifixión, se reunieron y elaboraron un plan semejante a éste:
Entrar al sepulcro.
Sacar el cadáver.
Esconderlo.
Y después comenzar a proclamar:
No quiero rechazar esta posibilidad simplemente porque no estoy de acuerdo con ella.
Quiero examinarla.
Eso es precisamente lo que hago en mi libro cuando planteo la pregunta de si los discípulos pudieron haber robado el cuerpo e inventado la resurrección. El objetivo de esa sección es expresamente evaluar la teoría del robo del cuerpo de Jesucristo.
Si queremos saber si alguien cometió un delito, una de las primeras preguntas sería:
¿En qué condición se encontraba esa persona?
¿Tenía motivos?
¿Tenía valor para hacerlo?
¿Estaba organizando algo?
¿Esperaba obtener algún beneficio?
Por eso, en mi libro comienzo examinando el estado psicológico de los discípulos durante la crucifixión y después de ella.
Y lo que encontramos no se parece mucho a un grupo de hombres preparando uno de los fraudes más extraordinarios de la historia.
La primera reacción de los discípulos frente al peligro fue muy clara.
Mateo dice:
“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Mateo 26:56
En mi libro señalo precisamente este hecho.
Cuando Jesús fue arrestado en Getsemaní, los discípulos huyeron con pánico.
Éste es un dato importante.
Los hombres que posteriormente tendrían que arriesgarse para robar el cuerpo fueron los mismos que huyeron cuando arrestaron a su Maestro.
Pedro fue uno de los pocos que siguió los acontecimientos a cierta distancia.
Pero cuando comenzaron a relacionarlo con Jesús, su reacción fue negar cualquier relación con Él.
No una vez.
Tres veces.
En mi libro hago énfasis en que Pedro se deslindó completamente de su Maestro cuando sintió que él mismo podía estar en peligro.
Esto nos permite comprender mejor el ambiente de aquellas horas.
No vemos hombres buscando una oportunidad para enfrentarse a las autoridades.
Vemos hombres tratando de evitar ser arrestados.
Marcos describe su condición después de la muerte de Jesús:
“Estaban tristes y llorando.”
Marcos 16:10
Esto también forma parte de los textos que utilizo en mi libro para evaluar la teoría del robo.
Para ellos, la crucifixión no parecía ser el comienzo de un plan.
Parecía ser el final.
Su Maestro había muerto.
Sus expectativas habían sido destruidas.
Y ellos estaban de duelo.
Aquí aparece algo todavía más importante.
Si los discípulos hubieran planeado fabricar una resurrección, esperaríamos que estuvieran preparados para comenzar a anunciarla.
Pero cuando María Magdalena llegó diciendo que había visto a Jesús vivo:
Marcos dice:
“Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.”
Marcos 16:11
Este dato está expresamente incluido en mi libro como parte del análisis de la mentalidad de los discípulos.
Esto es muy difícil de reconciliar con la idea de que ellos mismos habían organizado una falsa resurrección.
Lucas es todavía más fuerte.
Cuando las mujeres regresaron del sepulcro y anunciaron lo ocurrido:
“Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.”
Lucas 24:11
El texto no describe a conspiradores fingiendo sorpresa.
Describe a hombres que inicialmente consideraron increíble la noticia.
En mi libro utilizo precisamente este episodio para señalar que los discípulos fueron tardos para creer.
Juan describe su condición todavía el mismo día de la resurrección:
“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos…”
Juan 20:19
Observe cuidadosamente:
En mi libro resumo el estado emocional de los seguidores de Jesús con tres palabras:
Ésa es la condición del grupo al que posteriormente se acusa de haber organizado el robo del cadáver.
Pensemos entonces en lo que tendría que haber ocurrido.
El viernes:
Huyen.
Pedro niega a Jesús.
Jesús muere.
Ellos quedan devastados.
Después permanecen escondidos por miedo.
Pero, según la teoría del robo, en algún momento entre esos acontecimientos y la madrugada del primer día de la semana, ese grupo se transforma repentinamente.
De hombres aterrorizados pasan a convertirse en hombres dispuestos a arriesgar su vida para robar un cadáver.
Ésa es una transformación que la teoría necesita explicar.
También debemos preguntar por el motivo.
¿Qué beneficio recibirían?
¿Dinero?
¿Poder?
¿Seguridad?
¿Prestigio?
En mi libro rechazo precisamente la idea de que los evangelistas estuvieran buscando poder, reconocimiento o dinero. Por el contrario, señalo que aquello que proclamaron acerca de la resurrección llegó a costar a muchos de ellos posición social e incluso la vida.
Esto no significa, por sí solo, que toda persona que sufre por una creencia necesariamente tenga razón.
Pero sí plantea una cuestión diferente:
¿Por qué inventar conscientemente una mentira que les traería persecución y sufrimiento?
El supuesto fraude tampoco terminaría sacando el cadáver.
Después tendrían que construir toda una historia.
Tendrían que afirmar que habían visto a Jesús vivo.
Tendrían que ponerse de acuerdo.
Tendrían que mantener la historia.
Tendrían que involucrar a otras personas.
Y tendrían que hacerlo durante años sin que alguno de ellos acabara revelando dónde escondieron el cuerpo.
En mi libro digo que semejante operación habría convertido los Evangelios en un fraude extraordinariamente elaborado, porque requeriría coordinar relatos, personajes y detalles alrededor de la resurrección.
Existe además un detalle muy importante.
La primera noticia de la tumba vacía no aparece inicialmente como una proclamación triunfal de los apóstoles.
Proviene de las mujeres.
Y los apóstoles:
No les creyeron.
Esto hace todavía más difícil imaginar un plan previamente organizado.
Si todos estuvieran involucrados en una conspiración, esta reacción tendría que formar parte también del engaño.
Éste es quizá uno de los puntos psicológicos más importantes.
Aunque Jesús había hablado de su resurrección, los discípulos no parecen haber comprendendido plenamente lo que ocurriría.
Después de la crucifixión no los encontramos diciendo:
“Esperemos hasta el tercer día.”
Los encontramos llorando.
Escondidos.
Asustados.
Y después incrédulos cuando escuchan que Jesús está vivo.
En mi libro señalo expresamente que fueron tardos para creer y que no entendieron lo que estaba por ocurrir.
Ésta es la pregunta central de este artículo.
No necesito volver a explicar aquí con detalle la piedra, el sello y la guardia.
Eso ya lo establecimos en la subserie anterior.
Sabemos que la tumba estaba protegida.
Sabemos que acercarse a ella implicaba peligro.
Mi propio libro señala que la combinación de la guardia y el sello hacía doblemente peligroso cualquier intento de robar el cuerpo.
Pero ahora quiero concentrarme únicamente en los hombres que supuestamente debían realizarlo.
¿Realmente estaban preparados?
Imaginemos nuevamente nuestro tribunal.
La acusación dice:
“Los discípulos robaron el cuerpo.”
Entonces comenzaríamos el interrogatorio.
¿No huyeron ustedes cuando arrestaron a Jesús?
Sí.
¿No negó Pedro conocerlo?
Sí.
¿No estaban tristes y llorando después de su muerte?
Sí.
¿No permanecían escondidos por miedo?
Sí.
¿No rechazaron inicialmente el testimonio de María Magdalena?
Sí.
¿No consideraron una locura lo que dijeron las mujeres?
Sí.
Entonces la pregunta sería inevitable:
No estoy diciendo que el estado emocional de los discípulos, por sí solo, demuestre la resurrección.
La investigación no funciona así.
Una sola pieza no resuelve todo el caso.
Pero sí podemos preguntar cuál explicación concuerda mejor con las evidencias.
Y aquí la teoría del robo enfrenta una dificultad importante.
Tiene que convertir a hombres derrotados y temerosos en conspiradores decididos prácticamente de un momento a otro.
Cuando investigamos un acontecimiento no debemos conformarnos con una posibilidad abstracta.
Prácticamente podemos imaginar cualquier cosa.
La pregunta correcta es:
Y los discípulos que encontramos en los relatos inmediatamente después de la crucifixión no parecen estar construyendo un engaño.
Parecen estar enfrentándose al fracaso de todas sus expectativas.
La teoría dice:
Pero al examinar a los supuestos autores del fraude encontramos:
Hombres que huyeron.
Un Pedro que negó conocer a Jesús.
Discípulos tristes y llorando.
Seguidores escondidos por miedo.
Hombres que no creyeron inicialmente que Jesús estuviera vivo.
Y personas que consideraron una locura el primer anuncio de la resurrección. Todo esto forma parte precisamente del argumento psicológico que desarrollo en mi libro contra la teoría del robo.
Por eso no considero que la teoría encaje bien con su comportamiento.
Pero todavía no hemos terminado de examinar la explicación.
Porque según la versión difundida, los discípulos pudieron llevarse el cuerpo por una razón:
Los soldados estaban dormidos.
Y esto nos conduce a una contradicción extraordinaria.
Mateo 26:56.
Mateo 28:11-15.
Marcos 16:9-11.
Lucas 22:54-62.
Lucas 24:8-11.
Juan 20:19.
Libro recomendado

Música recomendada
En los artículos anteriores ya hemos mencionado varias veces esta dificultad, porque aparece inevitablemente cada vez que estudiamos la teoría del robo del cuerpo. Sin embargo, hasta ahora solamente la hemos señalado de paso.
Aquí vale la pena detenernos.
No para repetir nuevamente todo lo relacionado con la piedra, el sello, la disciplina romana o el estado psicológico de los discípulos. Eso ya quedó establecido.
Ahora quiero concentrarme únicamente en una pregunta:
Mateo registra la explicación que comenzó a circular después de que la tumba apareció vacía:
“Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Lea lentamente la frase.
Los discípulos vinieron.
Vinieron de noche.
Entraron al sepulcro.
Se llevaron el cuerpo.
Y todo esto ocurrió:
Aquí aparece un problema lógico que no podemos ignorar.
Imaginemos que aquellos soldados estuvieran declarando ante un tribunal.
El juez pregunta:
—¿Quién robó el cuerpo?
Los soldados responden:
—Los discípulos.
Entonces el juez pregunta:
—¿Los vieron llegar?
Respuesta:
—No. Estábamos dormidos.
—¿Los vieron acercarse a la tumba?
—No.
—¿Los vieron mover la piedra?
—No.
—¿Los vieron entrar?
—No.
—¿Los vieron sacar el cadáver?
—No.
—¿Los vieron marcharse?
—No.
Entonces la siguiente pregunta sería inevitable:
Éste es el centro del problema.
Una persona dormida no puede observar.
No puede identificar rostros.
No puede contar cuántas personas llegaron.
No puede saber qué hicieron.
No puede afirmar quién se llevó algo.
Por lo tanto, si los soldados realmente estaban dormidos, su declaración no podía basarse en lo que ellos habían visto.
Tenía que venir de otro lugar.
Y Mateo explica precisamente de dónde vino.
Éste es el punto nuevo que quiero que quede muy claro.
Mateo no dice que los soldados llegaron a la ciudad diciendo:
“Los discípulos robaron el cuerpo.”
Lo que dice es que primero informaron a los principales sacerdotes de lo que había ocurrido.
Después los sacerdotes y los ancianos se reunieron.
Y entonces:
“Dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:12-13
Observe cuidadosamente:
La explicación fue dada a los soldados.
No surgió de su propio testimonio.
Ellos recibieron una versión que debían repetir.
Si los soldados hubieran dicho:
“Vimos a los discípulos entrar y robar el cuerpo”
tendríamos un testimonio que investigar.
Podríamos preguntar:
¿Cuántos eran?
¿Quiénes estaban allí?
¿A qué hora llegaron?
¿Cómo los reconocieron?
¿Cómo lograron escapar?
Pero eso no fue lo que dijeron.
La historia que debían contar incluía precisamente la afirmación de que estaban dormidos.
Eso significa que no podían haber observado aquello que describían.
Aquí aparece algo muy interesante desde el punto de vista lógico.
La historia intenta explicar por qué los soldados no impidieron el robo:
Porque estaban dormidos.
Pero al mismo tiempo intenta utilizar a esos mismos soldados como fuente para identificar a los ladrones:
Fueron los discípulos.
Las dos afirmaciones no funcionan bien juntas.
Si estaban despiertos, podían identificar a los discípulos.
Pero entonces tendrían que explicar por qué no impidieron el robo.
Si estaban dormidos, podían explicar por qué no lo impidieron.
Pero entonces no podían identificar a los ladrones.
También podemos ir un poco más lejos.
La versión dice:
“Vinieron de noche.”
Pero si los soldados estaban dormidos, ¿cómo sabían a qué hora ocurrió?
Podían despertar y encontrar la tumba abierta.
Podían descubrir que el cuerpo ya no estaba.
Pero no podían saber con certeza cuándo había sucedido.
No podían decir si ocurrió a medianoche.
En la madrugada.
Minutos antes de despertar.
O mientras algunos estaban despiertos y otros dormían.
La precisión de la historia no corresponde con lo que un hombre dormido podía realmente saber.
La versión habla de:
“Sus discípulos.”
Plural.
Pero si nadie los vio, ¿cómo podían saber cuántas personas participaron?
¿Uno?
¿Dos?
¿Cinco?
¿Todos los apóstoles?
La afirmación parece mucho más una acusación dirigida contra un grupo conocido que una observación realizada por testigos.
Incluso aquí tenemos que ser precisos.
Cuando alguien encuentra una tumba vacía, existen varias posibilidades que podrían investigarse.
Alguien pudo trasladar el cuerpo.
Alguien pudo robarlo.
La autoridad pudo moverlo.
El propietario de la tumba pudo intervenir.
Pero la historia no dice simplemente:
“El cuerpo desapareció mientras dormíamos.”
Afirma específicamente:
Esa conclusión va mucho más allá de lo que un hombre dormido podía saber.
La pregunta ya no es solamente:
¿Se quedaron dormidos?
La pregunta más profunda es:
Y el propio texto de Mateo responde:
De los principales sacerdotes y los ancianos.
Ellos elaboraron la versión.
Ellos dieron el dinero.
Ellos dijeron qué debía repetirse.
Éste es un avance importante en nuestra investigación.
Ya no estamos analizando simplemente una explicación débil.
Estamos analizando una explicación que, según Mateo, fue preparada deliberadamente.
Y aquí nuestro caso da un paso más.
Si los soldados simplemente hubieran estado contando lo que realmente vieron, ¿por qué era necesario pagarles?
Mateo dice:
“Dieron mucho dinero a los soldados.”
Esto será nuestro siguiente tema.
Porque ahora aparece una nueva pregunta:
La historia continúa:
“Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.”
Mateo 28:14
Esto nos muestra que los soldados asumían un riesgo al repetir aquella versión.
Los sacerdotes no solamente les dieron una historia.
También dinero.
Y protección.
Así que ya tenemos tres elementos:
Una explicación preparada.
Un pago.
Una promesa de protección.
Esto merece ser investigado mucho más detenidamente.
Volvamos por última vez al tribunal.
—¿Quién robó el cuerpo?
—Los discípulos.
—¿Los vio?
—No.
—¿Estaba despierto?
—No.
—Entonces ¿cómo sabe que fueron ellos?
Silencio.
Ésa es la dificultad central.
Ya habíamos mencionado este argumento en capítulos anteriores.
Pero ahora, al detenernos en él, podemos ver que aporta algo nuevo a la investigación.
No solamente muestra una contradicción lógica.
También nos lleva directamente hacia el origen de la explicación alternativa.
La historia no fue:
“Los soldados vieron a los discípulos robar el cuerpo.”
Fue:
“Los sacerdotes dijeron a los soldados que afirmaran que los discípulos lo habían robado mientras ellos dormían.”
Y eso cambia considerablemente el análisis.
Por eso la pregunta deja de ser únicamente:
“¿Podían los discípulos robar el cuerpo?”
Y empieza a convertirse en otra:
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:1-15.
Libro recomendado

Música recomendada
En los artículos anteriores ya hemos visto que la explicación difundida después de que la tumba apareció vacía tenía un problema serio: los soldados debían afirmar que los discípulos robaron el cuerpo mientras ellos dormían.
Ahora debemos avanzar un paso más.
Porque Mateo no dice simplemente que los soldados regresaron contando esa historia.
Dice algo mucho más comprometedor:
“Y reunidos con los ancianos, y habido consejo, dieron mucho dinero a los soldados…”
Mateo 28:12
Y después añade:
“Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido.”
Mateo 28:15
Aquí aparece una pregunta que merece toda nuestra atención:
Mateo dice que algunos miembros de la guardia fueron a la ciudad y:
“Dieron aviso a los principales sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido.”
Mateo 28:11
Éste es el primer dato importante.
Los soldados llegaron con un informe.
Después de escucharlo, los sacerdotes no simplemente respondieron:
“Muy bien, cuenten exactamente eso.”
Se reunieron con los ancianos.
Tuvieron consejo.
Y después tomaron una decisión.
Mateo continúa:
“Dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:12-13
Observe nuevamente las palabras:
En el artículo anterior vimos la importancia de esta expresión.
La acusación contra los discípulos no aparece en el relato como una conclusión espontánea de los guardias.
Fue una versión que se les indicó repetir.
Y ahora descubrimos algo más:
Su libro utiliza precisamente Mateo 28:11-15 como uno de los textos fundamentales para evaluar la teoría del robo del cuerpo.
El texto dice:
No necesitamos inventar una cantidad que la Biblia no proporciona.
Pero la expresión indica claramente que no estamos hablando de una gratificación insignificante.
Había suficiente interés en lograr que aquella versión circulara como para entregar una suma importante a los soldados.
Esto hace que la pregunta sea todavía más fuerte:
Supongamos que la explicación fuera cierta.
Supongamos que los soldados realmente hubieran sabido que los discípulos llegaron y se llevaron el cuerpo.
Entonces bastaría con decir:
“Cuenten lo que vieron.”
No sería necesario enseñarles una historia.
No sería necesario decirles qué palabras utilizar.
Y, sobre todo:
No sería necesario pagarles para contarla.
Pero Mateo describe exactamente lo contrario.
Hubo consejo.
Hubo dinero.
Hubo instrucciones.
Mateo añade:
“Y ellos, tomando el dinero, hicieron como se les había instruido.”
Mateo 28:15
Esta frase establece una relación directa entre dos cosas:
El pago.
y
La historia que divulgaron.
En otro de sus propios libros usted interpreta este pasaje diciendo expresamente que los soldados estuvieron dispuestos a ser sobornados para divulgar una mentira.
Ese es el planteamiento que su obra hace del texto.
Aquí el relato se vuelve todavía más interesante.
Los sacerdotes dijeron:
“Y si esto lo oyere el gobernador, nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.”
Mateo 28:14
Así que no tenemos solamente dinero.
Tenemos también:
¿Por qué necesitaban protección?
Porque la historia que iban a contar los colocaba en una situación delicada.
Los soldados tendrían que afirmar:
“Estábamos dormidos mientras custodiábamos la tumba.”
En los capítulos anteriores ya estudiamos la disciplina militar y el riesgo asociado con fracasar en una misión oficial.
No necesitamos repetirlo aquí.
Lo importante ahora es observar que los propios sacerdotes parecen anticipar un problema con Pilato.
Por eso dicen:
“Nosotros le persuadiremos.”
Y:
“Os pondremos a salvo.”
La promesa solamente tiene sentido si aquello que los soldados debían decir podía ponerlos en peligro.
Si colocáramos este episodio ante un tribunal, encontraríamos:
“Dieron mucho dinero a los soldados.”
“Decid vosotros…”
“Nosotros le persuadiremos, y os pondremos a salvo.”
Estos tres elementos aparecen juntos en unos cuantos versículos.
Y eso merece ser investigado.
Imaginemos que estamos interrogando a los sacerdotes.
—¿Por qué se reunieron en consejo después del informe de los guardias?
—¿Por qué no simplemente investigaron lo sucedido?
—¿Por qué dieron dinero?
—¿Por qué dijeron a los soldados exactamente qué debían decir?
—¿Por qué prometieron intervenir ante Pilato?
—¿Por qué necesitaban protegerlos?
Estas preguntas no prueban por sí solas la resurrección.
Pero sí revelan que la versión del robo no aparece en Mateo como un informe neutral surgido de testigos independientes.
Hay además una ironía importante.
Antes de la resurrección, los sacerdotes habían dicho:
“No sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten…”
Mateo 27:64
Por eso pidieron una guardia.
Querían impedir exactamente esa posibilidad.
Su libro explica que los sacerdotes tenían un enorme interés en que el cuerpo de Jesús no fuera tocado durante esos días y utilizaron su influencia para asegurar la tumba.
Después, cuando la tumba apareció vacía, la misma explicación que habían tratado de prevenir se convirtió en la historia que ordenaron divulgar.
Aquí podemos avanzar todavía un poco más.
Si realmente estaban convencidos de que los discípulos habían robado el cadáver, existía una respuesta evidente:
Buscar a los discípulos.
Interrogarlos.
Localizar el cuerpo.
Exponerlo públicamente.
Eso habría destruido inmediatamente cualquier anuncio de resurrección.
Pero el relato que estamos estudiando no nos muestra a los sacerdotes produciendo el cadáver.
Nos muestra pagando para difundir una explicación.
Este punto será todavía más importante en el siguiente artículo.
También quiero ser preciso.
El hecho de que Mateo relate un pago a los soldados no constituye, por sí mismo, una demostración completa de la resurrección.
Pero sí afecta seriamente el valor de la explicación alternativa.
Porque ya no estamos frente a:
“Los guardias observaron un robo y lo reportaron.”
Estamos frente a:
“Los guardias recibieron dinero y posteriormente repitieron una versión que les había sido indicada.”
Ésa es una situación completamente diferente.
Mateo termina diciendo:
“Este dicho se ha divulgado entre los judíos hasta el día de hoy.”
Mateo 28:15
Es decir, la versión tuvo circulación.
No quedó encerrada en aquella reunión.
Se convirtió en una explicación pública contra la resurrección.
Pero, según el mismo texto, su origen estuvo relacionado con:
Una reunión.
Un pago.
Una instrucción.
Y una promesa de protección.
Primero preguntamos:
Si estaban dormidos, ¿cómo sabían que fueron los discípulos?
Ahora debemos añadir:
Y aún más:
La explicación comienza a cargar cada vez con más dificultades.
En mi libro no presento el pasaje como un detalle menor.
Forma parte del análisis de la teoría de que los discípulos inventaron la resurrección. El propio texto bíblico utilizado en esa investigación une el dinero, la versión del robo y la protección ofrecida a los soldados.
Por eso considero legítimo detenernos y preguntar qué nos dice este comportamiento.
¿Por qué pagaron a los soldados?
Mateo responde indirectamente mediante la secuencia de los acontecimientos.
Los guardias informaron.
Los sacerdotes se reunieron.
Prepararon una explicación.
Les dijeron qué debían decir.
Les dieron mucho dinero.
Y prometieron protegerlos si el asunto llegaba hasta Pilato.
En la interpretación que usted mismo presenta en otra de sus obras, esto constituye un soborno para divulgar una mentira.
Por eso queda una pregunta difícil de evadir:
Y ahora llegamos a una cuestión todavía más poderosa.
Si los sacerdotes querían terminar definitivamente con la proclamación de la resurrección, existía una manera mucho más sencilla que pagar soldados:
Mateo 27:62-66.
Mateo 28:11-15.
Libro recomendado

Música recomendada
Después de estudiar la teoría de que los discípulos robaron el cuerpo, la contradicción de los soldados dormidos y el dinero entregado para difundir aquella versión, llegamos ahora a una pregunta diferente.
Y quizá sea una de las más difíciles de responder para cualquier explicación que niegue la resurrección:
No necesitamos volver a explicar ampliamente la piedra, el sello, la guardia o el estado psicológico de los discípulos. Todo eso ya quedó establecido.
Ahora debemos concentrarnos exclusivamente en el cadáver.
Porque, si Jesucristo no resucitó, entonces en algún lugar tenía que existir un cuerpo.
Éste es el primer punto que debemos recordar.
La tumba no era desconocida.
José de Arimatea había recibido el cuerpo de Pilato y lo había colocado en su propio sepulcro. Las mujeres observaron dónde quedó. Posteriormente, los principales sacerdotes acudieron a Pilato para pedir que precisamente ese sepulcro fuera asegurado. En mi libro utilizo esta acción para señalar que ellos sabían que Jesús había muerto y sabían dónde reposaba su cadáver.
Por lo tanto, cuando comenzó a proclamarse la resurrección, las autoridades no tenían que preguntarse:
“¿Dónde lo enterraron?”
Sabían dónde había sido colocado.
Los discípulos no comenzaron a predicar simplemente:
“Jesús vive espiritualmente en nuestros corazones.”
Su afirmación era mucho más concreta:
Eso significa que el sepulcro tenía que estar vacío.
Y si no lo estaba, la proclamación podía ser destruida inmediatamente.
Pensemos como los enemigos de Jesús.
Pedro comienza a predicar.
Los discípulos anuncian que Jesucristo está vivo.
La noticia empieza a extenderse.
¿Qué habría sido más eficaz?
¿Discutir con ellos?
¿Amenazarlos?
¿Perseguirlos?
¿Fabricar una explicación acerca de un robo?
No.
Había algo muchísimo más sencillo:
Una sola acción podía derrumbar todo el mensaje.
Abrir la tumba.
Sacar el cuerpo.
Mostrarlo públicamente.
Y decir:
“Aquí está Jesús. No ha resucitado.”
Éste es el punto central.
Si el cuerpo hubiera permanecido disponible, los enemigos de Jesús habrían tenido en sus manos la prueba más poderosa posible contra la resurrección.
No necesitaban construir argumentos teológicos.
No necesitaban demostrar que los discípulos estaban equivocados.
No necesitaban explicar qué había ocurrido aquella madrugada.
Solamente necesitaban producir:
Pero el relato no nos muestra que lo hicieran.
Aceptemos nuevamente la hipótesis.
Supongamos que los discípulos realmente se llevaron el cadáver.
Entonces la respuesta natural de las autoridades sería:
Encontrar el cuerpo.
Investigar a los discípulos.
Arrestarlos.
Interrogarlos.
Determinar dónde habían escondido el cadáver.
Y después presentarlo.
Sin embargo, en mi libro señalo un hecho que considero de enorme importancia: los sacerdotes no llevaron formalmente a los discípulos a juicio por el supuesto robo del cuerpo, y las autoridades romanas no tomaron represalias contra ellos por ese delito.
Recordemos que la acusación era grave.
La tumba había sido asegurada.
Había una guardia.
Existía un sello.
Si los discípulos hubieran sido responsables de violar el sepulcro, no estaríamos ante una travesura menor.
Habría existido un caso contra ellos.
Y en mi libro argumento que, si los sacerdotes o los soldados hubieran podido probar el robo, podían haber llevado a los discípulos ante la justicia y acabar así con el movimiento cristiano.
Aquí aparece otra cuestión muy interesante que desarrollo en mi libro.
Si los sacerdotes acusaban formalmente a los discípulos del robo, habría que realizar una investigación.
Y probablemente habría que llamar como testigos a los soldados que custodiaban la tumba.
Pero esos soldados tendrían que explicar:
Qué vieron.
Cuándo lo vieron.
Cómo supieron que fueron los discípulos.
Y por qué estaban dormidos.
En mi libro señalo precisamente que un juicio podía hacer que la debilidad de aquella historia quedara expuesta.
Esto merece ser observado con cuidado.
Mateo dice que la historia del robo se divulgó.
Entonces existía una explicación verbal:
“Los discípulos se llevaron el cuerpo.”
Pero una explicación verbal no equivale a producir evidencia física.
Podían repetir la acusación muchas veces.
Pero todavía quedaba la misma pregunta:
No estamos hablando de personas indiferentes al movimiento de Jesús.
En su libro usted recalca que los sacerdotes habían dedicado enorme esfuerzo político y religioso a combatirlo. Precisamente por eso se aseguraron de que la tumba quedara protegida y de que el cuerpo no fuera tocado.
Por eso, una vez que los discípulos comenzaron a proclamar que Jesús estaba vivo, aquellos mismos hombres tenían un enorme interés en demostrar lo contrario.
El cadáver habría sido su mejor arma.
Ni siquiera tenían que realizar una gran campaña.
Bastaba con que mostraran el cuerpo a personas confiables.
Bastaba con establecer públicamente que el cadáver seguía existiendo.
Bastaba con demostrar que la tumba no estaba realmente vacía.
Pero la controversia histórica que encontramos gira precisamente alrededor de cómo explicar la ausencia del cuerpo, no alrededor de un cadáver disponible que los discípulos se negaban a reconocer.
Existe aquí una observación muy importante.
Decir:
“Los discípulos robaron el cuerpo”
es una explicación diseñada precisamente para responder a una realidad:
Si hubiera seguido dentro de la tumba, no habría necesidad de inventar una teoría de robo.
Por eso, aun la explicación contraria a la resurrección parte de una situación que necesita ser explicada:
El sepulcro estaba vacío.
Imaginemos lo que habría sucedido si, mientras Pedro anunciaba:
“A este Jesús resucitó Dios…”
los sacerdotes hubieran aparecido con el cadáver.
La proclamación habría terminado.
No habría discusión.
No habría necesidad de persecución.
No habría posibilidad de anunciar una resurrección corporal delante de un cuerpo identificable.
Por eso considero que esta pregunta tiene una enorme fuerza:
También quiero mantener la precisión de toda esta serie.
No poseemos un registro de cada acción que las autoridades realizaron durante aquellos días.
Por lo tanto, no debemos inventar interrogatorios, búsquedas o procedimientos que los textos no describen.
Lo que sí podemos afirmar dentro del argumento desarrollado en mi libro es que no aparece un cuerpo presentado para refutar públicamente la resurrección, y tampoco encontramos allí una acusación judicial efectiva contra los discípulos por haber robado el cadáver.
Eso es lo que debemos evaluar.
Supongamos que estamos examinando el caso.
La acusación afirma:
“Los discípulos robaron el cuerpo.”
Entonces preguntaríamos:
¿Dónde está el cuerpo?
¿Lo recuperaron?
¿A quién arrestaron por el robo?
¿Quién confesó?
¿Dónde fue escondido?
¿Qué guardia identificó personalmente a los discípulos?
¿Por qué no fue presentado públicamente?
Si el cadáver existía, estas preguntas deberían tener alguna respuesta.
La proclamación de la resurrección no desapareció.
Creció.
Los discípulos que anteriormente estaban escondidos comenzaron a hablar públicamente.
En su libro usted señala precisamente el contraste entre la cobardía inicial de los discípulos y el valor que posteriormente mostraron, y lo presenta como otra pieza que exige explicación.
Cuanto más crecía el mensaje, mayor era el motivo de los enemigos para producir una refutación definitiva.
Y ninguna refutación habría sido más definitiva que el cuerpo.
Debemos conservar el método que hemos seguido desde el principio.
Una tumba vacía, por sí sola, no explica automáticamente qué sucedió.
Por eso estamos investigando distintas hipótesis.
Pero cualquier hipótesis que niegue la resurrección tiene que explicar dos cosas:
Por qué el cuerpo desapareció.
y
Por qué los enemigos de Jesús, que tenían enormes motivos para desacreditar la resurrección, no pudieron presentarlo.
La teoría del robo intenta explicar la primera.
Pero inmediatamente abre la segunda.
Si los discípulos hubieran inventado la resurrección mientras el cuerpo de Jesucristo seguía disponible, el cristianismo habría podido ser detenido de una manera extraordinariamente sencilla:
Si los discípulos lo habían robado, las autoridades tenían todos los motivos para perseguirlos, recuperar el cuerpo y presentarlo.
Si el cuerpo había sido trasladado oficialmente, bastaba con decir dónde estaba.
Si alguien más lo había tomado, había que encontrarlo.
Pero el cadáver no aparece como respuesta.
En su libro usted resume este punto sosteniendo que, si sacerdotes o soldados hubieran podido demostrar el robo, podían haber condenado a los discípulos y acabar con el cristianismo desde su nacimiento.
Por eso la pregunta permanece:
La explicación del robo no lo produce.
Los soldados no lo producen.
Los sacerdotes no lo producen.
Las autoridades romanas no lo producen.
Y mientras sus enemigos intentaban explicar su ausencia…
Eso nos lleva directamente al cierre de esta subserie.
Mateo 27:57-66.
Mateo 28:11-15.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-22.
1 Corintios 15:1-8.
Libro recomendado

Música recomendada
Hemos llegado al final de esta parte de nuestra investigación.
Durante varios artículos hemos hecho algo que considero indispensable cuando se estudia la resurrección de Jesucristo: no aceptar una explicación simplemente porque nos resulta conveniente.
Hemos permitido que las explicaciones alternativas entren en nuestro tribunal.
Las hemos escuchado.
Las hemos confrontado con los hechos que ya estudiamos.
Y ahora ha llegado el momento de reunir toda la evidencia.
No quiero pedirle que crea únicamente porque yo creo.
Quiero que observe nuevamente las piezas del caso y se pregunte:
En mi libro llego precisamente a esta etapa reuniendo las conclusiones acumuladas durante la investigación: Jesucristo realmente murió, sus enemigos tenían fuertes motivos para impedir que alguien tocara el cuerpo, los discípulos difícilmente podían haber organizado el robo en el estado en que se encontraban y posteriormente ocurrió una transformación extraordinaria en ellos.
Antes de examinar las hipótesis, recordemos solamente los elementos fundamentales. No volveremos a desarrollar cada uno porque ya dedicamos artículos completos a ellos.
Tenemos un Jesús que fue crucificado y cuya muerte fue comprobada.
Tenemos un cuerpo entregado a José de Arimatea.
Tenemos una tumba conocida.
Tenemos una entrada cerrada.
Tenemos enemigos interesados en que el cuerpo permaneciera allí.
Tenemos una tumba asegurada.
Tenemos una guardia.
Tenemos posteriormente una piedra removida.
Tenemos una tumba vacía.
Tenemos una explicación según la cual los discípulos robaron el cuerpo.
Tenemos dinero entregado a los soldados para divulgar esa explicación.
Tenemos discípulos que inicialmente estaban asustados y ni siquiera creían que Jesús hubiera resucitado.
Y después tenemos a esos mismos discípulos proclamando públicamente:
Todos estos hechos necesitan una explicación.
Ésta fue una de las primeras explicaciones que circularon.
“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron…”
Mateo 28:13
La teoría es sencilla.
Los discípulos llegaron al sepulcro, sacaron el cadáver y posteriormente inventaron la historia de la resurrección.
Pero ya examinamos un problema fundamental:
Cuando Jesús fue arrestado, huyeron.
Pedro lo negó.
Después de la crucifixión estaban tristes.
Permanecían escondidos.
Cuando las mujeres anunciaron que Jesús estaba vivo, no les creyeron.
En mi libro describo su condición en aquellos momentos como la de hombres acobardados, escondidos y desorganizados.
La hipótesis exige que esos mismos hombres se transformaran repentinamente en conspiradores dispuestos a ejecutar una operación extremadamente peligrosa.
Si ellos sabían que Jesús continuaba muerto, entonces también sabían que estaban fabricando una mentira.
Pero la proclamación de la resurrección no les ofreció simplemente comodidad y seguridad.
En mi libro señalo que su mensaje les costó posición social, estabilidad y sufrimiento, y utilizo precisamente ese cambio en su conducta como algo que requiere explicación.
Sufrir por algo no demuestra automáticamente que sea verdadero.
Pero existe una diferencia importante entre morir por algo que uno cree verdadero y sufrir por algo que uno mismo sabe que inventó.
Si los propios discípulos hubieran escondido el cuerpo, ellos conocerían el fraude desde el principio.
Esta hipótesis no explica satisfactoriamente su transformación.
Esta explicación parecía resolver un problema.
¿Cómo pudo alguien sacar el cuerpo mientras había una guardia?
Los soldados estaban dormidos.
Pero entonces apareció inmediatamente otro problema.
Si estaban dormidos:
Un soldado dormido no puede identificar a los ladrones.
No puede afirmar que eran discípulos.
No puede saber cuántos eran.
No puede describir lo que hicieron.
Y no puede ser testigo de un acontecimiento que ocurrió precisamente mientras estaba inconsciente.
Además, Mateo no dice que aquella versión surgiera espontáneamente de ellos. Dice que, después de reunirse los sacerdotes y los ancianos, entregaron dinero a los soldados y les indicaron qué debían decir.
“Decid vosotros: Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
El texto del propio libro coloca juntos el dinero, la historia que debían contar y la promesa de protección si Pilato se enteraba.
Una explicación que necesita utilizar a hombres dormidos como testigos de lo que ocurrió mientras dormían contiene una contradicción evidente.
Esta explicación también la examinamos ampliamente.
Según ella, Jesús no habría resucitado.
Simplemente habría sobrevivido.
Habría perdido el conocimiento en la cruz, despertado dentro de la tumba y posteriormente escapado.
Pero esta hipótesis tiene que enfrentarse con todo lo que estudiamos en la subserie médica.
La flagelación.
La pérdida de sangre.
Los clavos.
La crucifixión.
La comprobación de los soldados.
La herida de la lanza.
La confirmación del centurión.
La preparación funeraria realizada por José y Nicodemo.
Y después tendría que explicar cómo ese hombre consiguió abandonar la tumba.
En mi libro mi conclusión sobre este punto es clara: Jesucristo realmente murió. También señalo que, aun suponiendo que hubiera sobrevivido, habría aparecido ante sus discípulos como un hombre físicamente destruido, no como alguien que había vencido gloriosamente a la muerte.
Imagine a los discípulos viendo a Jesús arrastrándose, cubierto de heridas, incapaz de caminar correctamente y necesitado de cuidados.
La reacción natural no habría sido:
Habría sido:
“¡Necesita un médico!”
Esta posibilidad parece inicialmente más sencilla.
Quizá alguien decidió mover el cadáver de Jesús a otro lugar.
Pero entonces tenemos que preguntar:
¿Las autoridades judías?
¿Los romanos?
¿Algún desconocido?
Y después viene la pregunta todavía más importante:
Si José hubiera trasladado el cuerpo, podía decir dónde estaba.
Si los sacerdotes lo hubieran trasladado, habrían tenido en sus manos la mejor respuesta contra los discípulos.
Si Roma lo hubiera trasladado, podía producirlo.
Y si otra persona lo había tomado, las autoridades tenían poderosos motivos para localizarlo.
Pero ninguna de estas explicaciones produce el cadáver.
En mi libro hago precisamente énfasis en que los enemigos de Jesús no pudieron utilizar un cuerpo ni demostrar judicialmente un robo para acabar con el cristianismo.
La teoría del traslado solamente mueve el problema de lugar.
Todavía tenemos que preguntar:
Llegamos finalmente a la explicación proclamada por los propios discípulos:
Esta hipótesis no necesita negar que Jesús murió.
Lo acepta.
No necesita imaginar que los discípulos ejecutaron un robo.
No necesita convertir a hombres dormidos en testigos.
No necesita encontrar un cadáver trasladado que posteriormente nadie pudo presentar.
Y además comienza a explicar algo que las otras hipótesis dejan prácticamente intacto:
La proclamación cristiana no se limitó a:
“La tumba está vacía.”
Fue:
Pablo conserva una antigua lista de apariciones y escribe que Jesús apareció a Cefas, a los doce, a más de quinientos hermanos a la vez, a Jacobo, a los apóstoles y finalmente a él.
“Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez…”
1 Corintios 15:6
Este elemento forma también parte importante de la conclusión de mi libro.
Una tumba vacía necesita explicación.
Pero una tumba vacía acompañada por personas convencidas de haber encontrado vivo al hombre enterrado allí exige una explicación mucho más amplia.
Antes:
Después:
Valor.
Antes:
Puertas cerradas.
Después:
Predicación pública.
Antes:
No creían a las mujeres.
Después:
Proclamaban la resurrección.
En mi libro planteo expresamente la pregunta acerca de esta transformación: ¿qué hizo que la cobardía de los discípulos se convirtiera repentinamente en un valor extraordinario?
Algo ocurrió.
La pregunta es qué.
Ahora coloquemos las cinco explicaciones delante del jurado.
Los discípulos robaron el cuerpo.
Pero estaban asustados, inicialmente incrédulos y tendrían que haber sostenido conscientemente un fraude.
Los soldados dormían y alguien lo robó.
Pero si dormían, no podían saber quién lo hizo.
Jesús sobrevivió.
Pero ya estudiamos ampliamente la evidencia médica y testimonial de su muerte.
Alguien trasladó el cadáver.
Pero nadie posteriormente lo produjo cuando habría sido extremadamente útil hacerlo.
Finalmente:
Jesús realmente resucitó.
Esta explicación acepta su muerte.
Explica por qué la tumba quedó vacía.
Es consistente con la ausencia posterior del cadáver.
Es consistente con las afirmaciones de apariciones.
Y explica la convicción que transformó a los discípulos.
Éste ha sido el principio de toda esta investigación.
Podemos imaginar muchas posibilidades.
Pero una buena explicación histórica no debe resolver únicamente una pieza.
Debe intentar explicar el mayor número de hechos con el menor número de contradicciones.
Ese principio aparece muy bien expresado también en otro de mis escritos:
Debemos preguntarnos cuál explicación armoniza mejor con todos los hechos.
Ésa es exactamente la pregunta que estamos planteando aquí.
Hemos estudiado:
El lugar.
La tumba.
La piedra.
La evidencia médica.
La lanza.
José de Arimatea.
La guardia.
El sello.
Los discípulos.
Los soldados.
El soborno.
La tumba vacía.
Y la ausencia del cadáver.
Ningún elemento aislado constituye todo el caso.
Pero al reunirlos encontramos una imagen.
Después de estudiar las explicaciones alternativas, mi conclusión no cambia.
No porque sea la explicación que más me agrada.
No porque sea cristiano y tenga obligación de aceptarla.
Sino porque, después de colocar las alternativas frente a las evidencias, considero que es la explicación que mejor sostiene todo el caso.
En mi libro llego a la misma conclusión después de reunir las piezas: la muerte comprobada de Cristo, los esfuerzos realizados para proteger el cuerpo, la imposibilidad que atribuyo al robo por parte de los discípulos, la transformación posterior de éstos y los testimonios de quienes afirmaron haberlo visto vivo.
Ya escuchó la acusación.
Ya escuchó las explicaciones alternativas.
Ya examinó la tumba.
Ya estudió la muerte.
Ya conoció a los supuestos ladrones.
Ya interrogó, figuradamente, a los soldados.
Y ya preguntó dónde estaba el cadáver.
Ahora queda una sola pregunta:
Mi respuesta es firme:
Mateo 27:57-66.
Mateo 28:1-15.
Marcos 16:1-14.
Lucas 24:1-49.
Juan 20:1-29.
Hechos 2:22-36.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Música recomendada
Con este artículo comenzamos una nueva etapa de nuestra investigación.
Hasta ahora nos concentramos principalmente en la muerte de Jesucristo, el sepulcro, la piedra, la guardia, el sello y las explicaciones alternativas para la desaparición del cuerpo.
Ahora cambia completamente la pregunta.
Ya no preguntaremos solamente:
“¿Por qué estaba vacía la tumba?”
Comenzaremos a estudiar:
Y los primeros personajes que debemos examinar son las mujeres que acudieron al sepulcro durante las primeras horas del primer día de la semana.
Éste es probablemente uno de los detalles más importantes.
Las mujeres no se levantaron aquella mañana diciendo:
“Vamos a recibir a Jesús porque hoy resucitará.”
Fueron con un propósito completamente diferente.
Lucas escribe:
“El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas.”
Lucas 24:1
Marcos también dice que María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé compraron especias aromáticas:
“Para ir a ungirle.”
Marcos 16:1
En mi libro utilizo precisamente este dato para mostrar que el objetivo de aquellas mujeres era terminar los preparativos funerarios del cuerpo de Jesucristo.
Iban buscando:
No a un hombre vivo.
Esto también es importante.
Aquellas mujeres no estaban recorriendo Jerusalén intentando recordar dónde habían sepultado a Jesús.
Algunas de ellas habían observado el entierro.
María Magdalena, por ejemplo, estuvo presente cuando el cuerpo fue colocado en el sepulcro. En otro de mis libros señalo que este detalle resulta importante porque ella sabía exactamente dónde había sido sepultado Jesús.
Por lo tanto, la explicación de que simplemente fueron al sepulcro equivocado tiene un problema serio desde el principio.
Los Evangelios describen aquella hora utilizando expresiones ligeramente diferentes.
Mateo habla del amanecer.
Marcos dice que era muy de mañana y que ya había salido el sol.
Juan habla de María Magdalena llegando cuando todavía estaba oscuro.
En mi libro propongo una armonización sencilla: posiblemente dos o más grupos de mujeres se dirigieron hacia el sepulcro desde diferentes lugares, algunas desde Jerusalén y otras desde Betania, y María Magdalena pudo haberse adelantado al grupo.
Pero también escribí algo que considero importante conservar:
Mi propósito no es forzar una cronología donde los Evangelios no nos la proporcionan con precisión.
Lo esencial es comprender los acontecimientos centrales.
Marcos registra una conversación entre ellas:
“Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Esto demuestra nuevamente que no esperaban encontrar la tumba abierta.
Para ellas:
Jesús estaba muerto.
El cuerpo estaba dentro.
La piedra seguía cerrando la entrada.
Su preocupación no era:
“¿Habrá resucitado?”
Era:
Marcos continúa:
“Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:4
Aquí comienza el desconcierto.
La piedra que ellas esperaban encontrar cerrando el sepulcro:
No llegaron para moverla.
No llegaron acompañadas de hombres que pudieran hacerlo.
Cuando llegaron:
ya había sido removida.
Esto es extraordinariamente importante para nuestra investigación.
Una persona que hubiera inventado una historia de resurrección podría estar tentada a presentar a las mujeres diciendo inmediatamente:
“¡Sabíamos que iba a suceder!”
Pero los relatos no hacen eso.
Lucas dice que quedaron:
“Perplejas.”
Marcos dice que:
“Se espantaron.”
Después salieron con:
“Temblor y espanto.”
Las encontramos confundidas, sorprendidas y asustadas.
No parecen personas ejecutando un guion preparado.
Lucas dice:
“Y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.”
Lucas 24:3
Aquí tenemos uno de los momentos decisivos de toda la historia.
Las mujeres habían ido a terminar la preparación funeraria.
Conocían el sepulcro.
Esperaban encontrar el cuerpo.
Entraron.
Y:
Eso es exactamente lo que la explicación histórica debe resolver.
Lucas describe a dos varones con vestiduras resplandecientes que les dijeron:
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.”
Lucas 24:5-6
Marcos registra:
“Buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.”
Marcos 16:6
Mateo conserva una frase semejante:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6
Observe algo importante:
No se les pide ignorar la tumba.
El anuncio está acompañado por una invitación:
“Mirad.”
“Venid, ved.”
Lucas añade algo especialmente significativo:
“Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea…”
Lucas 24:6
Y después:
“Entonces ellas se acordaron de sus palabras.”
Lucas 24:8
No parece que aquellas palabras hubieran dominado sus pensamientos mientras caminaban hacia la tumba.
Tuvieron que ser recordadas.
Eso vuelve a mostrar que no habían llegado anticipando con claridad lo que estaban a punto de encontrar.
Lucas menciona expresamente:
María Magdalena.
Juana.
María madre de Jacobo.
Y añade:
“Y las demás con ellas.”
Marcos menciona además a Salomé.
Por lo tanto, no estamos necesariamente frente a una sola mujer aislada.
Existía un grupo de testigos que participó en los acontecimientos de aquella mañana.
Juan concentra especialmente su relato en María Magdalena.
Ella ve la piedra quitada y corre hacia Pedro y Juan diciendo:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Observe nuevamente su primera conclusión.
No fue:
Fue:
Eso coincide perfectamente con una mujer que llegó esperando encontrar un cadáver y quedó desconcertada al descubrir que había desaparecido.
En mi libro propongo que María Magdalena pudo haberse adelantado al resto del grupo, descubrir primero la tumba abierta y regresar rápidamente para informar a Pedro y Juan antes de escuchar el anuncio completo de los ángeles.
Mientras tanto, las demás mujeres habrían llegado al sepulcro y recibido el mensaje de que Jesús había resucitado.
Ésta es una posible armonización.
No pretendo afirmar que podamos reconstruir cada minuto con absoluta certeza.
Como escribí en mi libro:
Lo importante no es discutir la secuencia exacta de la primera o segunda hora, sino el hecho mismo de la resurrección.
Porque fueron las primeras en enfrentarse con la realidad del sepulcro vacío.
No llegaron buscando una prueba para apoyar una doctrina.
Llegaron para cumplir una obligación funeraria.
Llevaban especias.
Esperaban un cuerpo.
Se preocupaban por una piedra.
Y terminaron encontrando:
La entrada abierta.
La tumba vacía.
Y un anuncio inesperado.
Éste es también un punto importante para la progresión de nuestra nueva subserie.
Una tumba vacía no es exactamente lo mismo que ver a un resucitado.
En este momento de la historia, las mujeres están pasando de:
“Jesús está muerto.”
a
“El cuerpo no está.”
y finalmente a escuchar:
“Ha resucitado.”
Pero todavía falta algo decisivo:
Esto hace que la narración resulte especialmente interesante.
No encontramos una conclusión instantánea construida sobre una sola observación.
Primero:
La piedra removida.
Después:
La tumba vacía.
Luego:
El anuncio de los ángeles.
Después:
Con este artículo comenzamos una nueva etapa de nuestra investigación.
Hasta ahora nos concentramos principalmente en la muerte de Jesucristo, el sepulcro, la piedra, la guardia, el sello y las explicaciones alternativas para la desaparición del cuerpo.
Ahora cambia completamente la pregunta.
Ya no preguntaremos solamente:
“¿Por qué estaba vacía la tumba?”
Comenzaremos a estudiar:
Y los primeros personajes que debemos examinar son las mujeres que acudieron al sepulcro durante las primeras horas del primer día de la semana.
Éste es probablemente uno de los detalles más importantes.
Las mujeres no se levantaron aquella mañana diciendo:
“Vamos a recibir a Jesús porque hoy resucitará.”
Fueron con un propósito completamente diferente.
Lucas escribe:
“El primer día de la semana, muy de mañana, vinieron al sepulcro, trayendo las especias aromáticas que habían preparado, y algunas otras mujeres con ellas.”
Lucas 24:1
Marcos también dice que María Magdalena, María la madre de Jacobo y Salomé compraron especias aromáticas:
“Para ir a ungirle.”
Marcos 16:1
En mi libro utilizo precisamente este dato para mostrar que el objetivo de aquellas mujeres era terminar los preparativos funerarios del cuerpo de Jesucristo.
Iban buscando:
No a un hombre vivo.
Esto también es importante.
Aquellas mujeres no estaban recorriendo Jerusalén intentando recordar dónde habían sepultado a Jesús.
Algunas de ellas habían observado el entierro.
María Magdalena, por ejemplo, estuvo presente cuando el cuerpo fue colocado en el sepulcro. En otro de mis libros señalo que este detalle resulta importante porque ella sabía exactamente dónde había sido sepultado Jesús.
Por lo tanto, la explicación de que simplemente fueron al sepulcro equivocado tiene un problema serio desde el principio.
Los Evangelios describen aquella hora utilizando expresiones ligeramente diferentes.
Mateo habla del amanecer.
Marcos dice que era muy de mañana y que ya había salido el sol.
Juan habla de María Magdalena llegando cuando todavía estaba oscuro.
En mi libro propongo una armonización sencilla: posiblemente dos o más grupos de mujeres se dirigieron hacia el sepulcro desde diferentes lugares, algunas desde Jerusalén y otras desde Betania, y María Magdalena pudo haberse adelantado al grupo.
Pero también escribí algo que considero importante conservar:
Mi propósito no es forzar una cronología donde los Evangelios no nos la proporcionan con precisión.
Lo esencial es comprender los acontecimientos centrales.
Marcos registra una conversación entre ellas:
“Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?”
Marcos 16:3
Esto demuestra nuevamente que no esperaban encontrar la tumba abierta.
Para ellas:
Jesús estaba muerto.
El cuerpo estaba dentro.
La piedra seguía cerrando la entrada.
Su preocupación no era:
“¿Habrá resucitado?”
Era:
Marcos continúa:
“Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.”
Marcos 16:4
Aquí comienza el desconcierto.
La piedra que ellas esperaban encontrar cerrando el sepulcro:
No llegaron para moverla.
No llegaron acompañadas de hombres que pudieran hacerlo.
Cuando llegaron:
ya había sido removida.
Esto es extraordinariamente importante para nuestra investigación.
Una persona que hubiera inventado una historia de resurrección podría estar tentada a presentar a las mujeres diciendo inmediatamente:
“¡Sabíamos que iba a suceder!”
Pero los relatos no hacen eso.
Lucas dice que quedaron:
“Perplejas.”
Marcos dice que:
“Se espantaron.”
Después salieron con:
“Temblor y espanto.”
Las encontramos confundidas, sorprendidas y asustadas.
No parecen personas ejecutando un guion preparado.
Lucas dice:
“Y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.”
Lucas 24:3
Aquí tenemos uno de los momentos decisivos de toda la historia.
Las mujeres habían ido a terminar la preparación funeraria.
Conocían el sepulcro.
Esperaban encontrar el cuerpo.
Entraron.
Y:
Eso es exactamente lo que la explicación histórica debe resolver.
Lucas describe a dos varones con vestiduras resplandecientes que les dijeron:
“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado.”
Lucas 24:5-6
Marcos registra:
“Buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.”
Marcos 16:6
Mateo conserva una frase semejante:
“No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor.”
Mateo 28:6
Observe algo importante:
No se les pide ignorar la tumba.
El anuncio está acompañado por una invitación:
“Mirad.”
“Venid, ved.”
Lucas añade algo especialmente significativo:
“Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea…”
Lucas 24:6
Y después:
“Entonces ellas se acordaron de sus palabras.”
Lucas 24:8
No parece que aquellas palabras hubieran dominado sus pensamientos mientras caminaban hacia la tumba.
Tuvieron que ser recordadas.
Eso vuelve a mostrar que no habían llegado anticipando con claridad lo que estaban a punto de encontrar.
Lucas menciona expresamente:
María Magdalena.
Juana.
María madre de Jacobo.
Y añade:
“Y las demás con ellas.”
Marcos menciona además a Salomé.
Por lo tanto, no estamos necesariamente frente a una sola mujer aislada.
Existía un grupo de testigos que participó en los acontecimientos de aquella mañana.
Juan concentra especialmente su relato en María Magdalena.
Ella ve la piedra quitada y corre hacia Pedro y Juan diciendo:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Observe nuevamente su primera conclusión.
No fue:
“Jesús resucitó.”
Fue:
Eso coincide perfectamente con una mujer que llegó esperando encontrar un cadáver y quedó desconcertada al descubrir que había desaparecido.
En mi libro propongo que María Magdalena pudo haberse adelantado al resto del grupo, descubrir primero la tumba abierta y regresar rápidamente para informar a Pedro y Juan antes de escuchar el anuncio completo de los ángeles.
Mientras tanto, las demás mujeres habrían llegado al sepulcro y recibido el mensaje de que Jesús había resucitado.
Ésta es una posible armonización.
No pretendo afirmar que podamos reconstruir cada minuto con absoluta certeza.
Como escribí en mi libro:
Lo importante no es discutir la secuencia exacta de la primera o segunda hora, sino el hecho mismo de la resurrección.
Porque fueron las primeras en enfrentarse con la realidad del sepulcro vacío.
No llegaron buscando una prueba para apoyar una doctrina.
Llegaron para cumplir una obligación funeraria.
Llevaban especias.
Esperaban un cuerpo.
Se preocupaban por una piedra.
Y terminaron encontrando:
La entrada abierta.
La tumba vacía.
Y un anuncio inesperado.
Éste es también un punto importante para la progresión de nuestra nueva subserie.
Una tumba vacía no es exactamente lo mismo que ver a un resucitado.
En este momento de la historia, las mujeres están pasando de:
“Jesús está muerto.”
a
“El cuerpo no está.”
y finalmente a escuchar:
“Ha resucitado.”
Pero todavía falta algo decisivo:
Esto hace que la narración resulte especialmente interesante.
No encontramos una conclusión instantánea construida sobre una sola observación.
Primero:
La piedra removida.
Después:
La tumba vacía.
Luego:
El anuncio de los ángeles.
Después:
La reacción de los discípulos.
Y finalmente:
Cada etapa agrega una nueva pieza.
Si hubiera que resumir el comportamiento de las mujeres aquella mañana con una sola palabra, probablemente sería:
No esperaban encontrar la tumba abierta.
No sabían cómo mover la piedra.
Se desconcertaron al no encontrar el cuerpo.
Se asustaron ante los mensajeros.
Y tuvieron que recordar las palabras que Jesús había pronunciado.
Eso es precisamente lo que encontramos en los textos que utilizo en mi libro para reconstruir aquella mañana.
Durante las subseries anteriores investigábamos principalmente una ausencia:
El cuerpo no estaba.
Pero ahora comenzamos a encontrarnos con personas que afirmarán algo mucho más extraordinario:
Y la primera persona que merece nuestra atención especial es una mujer que estuvo junto a la cruz, observó dónde fue enterrado Jesús, regresó al sepulcro y finalmente afirmó haber hablado personalmente con Él:
Ese será nuestro siguiente tema.
Mateo 28:1-10.
Marcos 15:47.
Marcos 16:1-8.
Lucas 23:55-56.
Lucas 24:1-12.
Juan 20:1-18.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Dr. Elio M Rivera
En el artículo anterior estudiamos la llegada de las mujeres al sepulcro. Ahora quiero detenerme en una sola persona:
Su experiencia merece un artículo propio porque su reacción ante la tumba vacía nos proporciona un dato extraordinariamente importante para nuestra investigación.
María Magdalena no llegó al sepulcro esperando encontrar a Jesucristo resucitado.
Y cuando descubrió que el cuerpo había desaparecido, tampoco concluyó inmediatamente que Jesús había resucitado.
Pensó algo completamente diferente:
Antes de estudiar aquella madrugada debemos recordar un detalle que ya hemos mencionado, pero que aquí adquiere especial importancia.
María Magdalena había estado presente durante la sepultura.
Marcos dice:
“Y María Magdalena y María madre de José miraban dónde lo ponían.”
Marcos 15:47
Por lo tanto, María no estaba tratando de localizar una tumba que nunca había visto.
Había observado dónde colocaron el cuerpo de Jesús.
En otro de mis libros hago precisamente énfasis en este detalle: María conocía exactamente el lugar donde había sido sepultado el Señor.
Esto es importante porque elimina una explicación demasiado sencilla:
María no llegó accidentalmente a otro sepulcro.
Juan escribe:
“El primer día de la semana, María Magdalena fue de mañana, siendo aún oscuro, al sepulcro; y vio quitada la piedra del sepulcro.”
Juan 20:1
Podemos imaginar aquel momento.
Todavía estaba amaneciendo.
María se acercaba al lugar donde había visto depositar el cuerpo.
Esperaba encontrar la piedra cerrando la entrada.
Pero desde cierta distancia pudo notar algo extraño.
No necesitamos repetir aquí todo lo que ya estudiamos acerca del tamaño de la piedra, el sello y la guardia.
Todo eso pertenece a los artículos anteriores.
Lo que ahora nos interesa es la reacción de María.
Ella ve abierta la entrada.
Y algo ocurre inmediatamente en su mente.
Juan continúa:
“Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús…”
Juan 20:2
María no se quedó tranquilamente examinando todas las posibilidades.
Sus primeras palabras son decisivas:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Quiero detenerme en esta frase.
Porque María no dijo:
No dijo:
“Se cumplió lo que nos había prometido.”
No dijo:
“La tumba está vacía porque venció a la muerte.”
Dijo:
María ve una tumba abierta.
Sabe que dentro debería estar el cadáver.
Y al descubrir que ya no está, concluye que alguien lo trasladó.
Desde su perspectiva, ésa era una explicación mucho más inmediata que una resurrección.
Esto es muy importante para esta subserie.
Estamos comenzando a investigar a los testigos del Resucitado.
Y nuestra primera testigo no aparece predispuesta a creer.
Por el contrario, inicialmente interpreta la evidencia de una manera completamente diferente.
Esto se vuelve todavía más evidente poco después.
Después de que Pedro y Juan fueron al sepulcro y se marcharon, María permaneció afuera llorando.
Cuando más tarde se encontró con alguien a quien inicialmente tomó por el encargado del huerto, todavía dijo:
“Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.”
Juan 20:15
Observe:
Incluso después de encontrar la tumba vacía, María seguía pensando que alguien había trasladado a Jesús. Ese mismo desarrollo aparece también en mis otros escritos sobre María Magdalena.
Si María estuviera participando conscientemente en un fraude para inventar la resurrección, su comportamiento resultaría extraño.
¿Por qué comenzar anunciando que alguien robó o trasladó el cadáver?
¿Por qué llorar?
¿Por qué preguntar dónde lo habían colocado?
¿Por qué seguir buscando un cuerpo muerto?
Su comportamiento refleja algo mucho más sencillo:
Como mencioné anteriormente, los cuatro Evangelios narran aquella mañana desde diferentes perspectivas.
En mi libro propongo como posible armonización que María Magdalena se adelantara al grupo de mujeres, descubriera primero la tumba abierta y regresara rápidamente para informar a Pedro y Juan antes de tener oportunidad de escuchar el anuncio de los ángeles.
Lo expreso como una posibilidad, no como algo que podamos demostrar minuto por minuto.
En el mismo libro soy cuidadoso al decir que no puedo asegurar que la secuencia exacta haya ocurrido de esa manera, aunque me parece coherente.
Lo importante es que el relato de Juan conserva claramente la primera reacción de María:
“Se han llevado al Señor.”
Piense en este detalle.
María llega corriendo ante Pedro y Juan.
¿Qué noticia les lleva?
No:
“He visto a Jesús.”
Eso ocurrirá después.
Su primer informe fue:
Eso provoca la reacción inmediata de Pedro y Juan.
Juan dice:
“Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro.”
Juan 20:3
Ellos mismos quieren comprobarlo.
Hasta ese momento tenemos el testimonio de María:
La piedra está removida.
El cuerpo no está.
Pero inmediatamente entran en escena dos nuevos testigos.
Pedro.
Juan.
Ellos corren hacia el mismo sepulcro.
Esto es importante porque la historia ya no dependerá únicamente de lo que María afirmó haber visto.
Otros irán personalmente a comprobarlo.
Sus palabras son también muy específicas:
“Se han llevado del sepulcro al Señor.”
No existe confusión acerca de quién había sido colocado allí.
María había visto la sepultura.
Regresó al mismo lugar.
Y encontró que Jesús ya no estaba.
En mis escritos sobre María Magdalena destaco precisamente esta continuidad: estuvo cerca durante la crucifixión, observó dónde fue colocado el cuerpo y regresó al mismo sepulcro al amanecer del primer día de la semana.
Aquí debemos ser muy cuidadosos.
En este punto del relato:
Ha demostrado algo mucho más limitado:
El cuerpo que esperaba encontrar ya no estaba allí.
Eso es todo.
Y precisamente por eso la progresión del relato tiene tanta importancia.
Primero encontramos:
Una ausencia.
Después tendremos:
Personas que inspeccionan el sepulcro.
Y finalmente:
Personas que afirman encontrarse con Jesús vivo.
Esto también encaja con el método que hemos seguido durante toda esta serie.
Una tumba vacía puede tener diferentes explicaciones.
Alguien pudo mover el cuerpo.
Alguien pudo robarlo.
Podría existir alguna otra explicación.
Y María inicialmente eligió precisamente una de ellas:
Por eso no estamos construyendo nuestro caso solamente sobre una tumba vacía.
Necesitamos continuar investigando.
Aunque todavía no sabe qué ocurrió, María puede testificar acerca de algo concreto:
Había visto dónde sepultaron a Jesús.
Regresó al mismo sepulcro.
Encontró removida la piedra.
Y el cuerpo que esperaba encontrar había desaparecido.
Eso provocó que inmediatamente buscara a Pedro y Juan.
Posteriormente Juan describe a María llorando fuera del sepulcro.
¿Por qué lloraba?
Ella misma responde:
“Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.”
Juan 20:13
Esto es extraordinariamente importante.
Su dolor no provenía solamente de la muerte de Jesús.
Ahora pensaba que también había perdido su cuerpo.
Ese lamento confirma nuevamente que María todavía no estaba interpretando la tumba vacía como una resurrección.
Éste es quizá el aspecto que más quiero destacar.
María Magdalena terminará diciendo:
Pero no comenzó allí.
Comenzó diciendo:
Entre esas dos frases ocurrió algo.
Y eso será precisamente lo que tendremos que investigar.
Una tumba vacía solamente consiguió confundirla.
La dejó llorando.
La hizo buscar explicaciones.
La hizo correr hacia Pedro y Juan.
La hizo preguntar dónde habían colocado el cuerpo.
Para que María cambiara de:
“Se lo llevaron”
a:
tenía que ocurrir algo más.
Hasta este momento María puede declarar:
“Yo vi dónde lo sepultaron.”
“Regresé a esa tumba.”
“La piedra estaba removida.”
“El cuerpo no estaba.”
Pero todavía falta su testimonio más extraordinario.
Porque poco después aquella mujer que estaba llorando frente a un sepulcro vacío escucharía que alguien pronunciaba su nombre:
Y en ese momento todo cambiaría.
Marcos 15:40-47.
Marcos 16:1-11.
Lucas 24:1-12.
Juan 20:1-18.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
María Magdalena acaba de llegar con una noticia desconcertante:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Hasta ese momento, Pedro y Juan solamente tenían el testimonio de María.
Pero no se quedaron sentados discutiendo si debían creerle.
Y con esto nuestra investigación da otro paso importante, porque la tumba vacía deja de depender únicamente del testimonio de las mujeres. Ahora dos de los discípulos más cercanos a Jesucristo se dirigirán al sepulcro y observarán por sí mismos lo que había ocurrido.
Juan relata:
“Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro.”
Juan 20:3-4
Hay algo profundamente humano en esta descripción.
No caminaron lentamente.
No enviaron a alguien más.
María acababa de decirles que el cuerpo de Jesús había desaparecido.
Necesitaban verlo.
En mi libro reconstruyo precisamente la escena de esta manera: María informa a Pedro y Juan, ambos salen hacia el sepulcro, corren juntos y Juan llega primero.
Juan continúa:
“Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.”
Juan 20:5
Esto es interesante.
Juan había llegado antes.
La entrada estaba abierta.
Podía mirar hacia el interior.
Y desde allí alcanzó a observar algo:
Pero el cuerpo no.
En otro de mis escritos describo precisamente ese momento: Juan llega primero, observa desde la entrada los lienzos, pero permanece afuera hasta que llega Pedro.
Y Pedro hizo exactamente lo que esperaríamos de su personalidad.
Juan dice:
“Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro…”
Juan 20:6
Pedro no se quedó simplemente mirando desde afuera.
Y ahora tenemos a una persona dentro del lugar donde el cuerpo de Jesús había sido depositado.
No está observando desde el camino.
No está aceptando simplemente la palabra de María.
Está inspeccionando personalmente el sepulcro.
El texto continúa:
“…y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.”
Juan 20:6-7
Esto es importante.
El cadáver no estaba.
Pero los materiales funerarios permanecían.
En mi libro este detalle recibe una atención especial: Pedro entra y encuentra los lienzos, mientras el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús se encontraba separado de ellos; posteriormente Juan entra y, al contemplar aquella escena, “vio y creyó”.
Aquí aparece una pregunta que merece consideración.
Si alguien hubiera entrado apresuradamente para robar un cadáver, ¿por qué detenerse a desenvolverlo?
El objetivo de un ladrón sería entrar rápidamente, tomar el cuerpo y salir antes de ser descubierto.
Cada minuto adicional aumentaría el peligro.
Y, sin embargo, el cuerpo había desaparecido mientras:
los lienzos permanecían dentro.
En otro de mis libros planteo precisamente esta dificultad: si alguien hubiera robado el cuerpo, ¿por qué quitar cuidadosamente los lienzos y ocuparse del sudario antes de marcharse?
Éste es uno de los elementos que hacen especialmente interesante el relato de Juan.
La tumba estaba vacía, pero no simplemente vacía.
Había algo que observar.
Los lienzos.
El sudario separado.
La ausencia del cuerpo.
Juan no registra una escena en la que todo hubiera sido arrancado y arrojado fuera del sepulcro.
Por eso la disposición de los materiales funerarios llamó su atención.
Después de Pedro:
“Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro…”
Juan 20:8
Hasta ahora Juan había observado desde afuera.
Ahora entra.
Ve personalmente la misma escena que Pedro.
Y escribe unas palabras extraordinarias:
Estas palabras han llamado particularmente mi atención en mi libro, donde formulo precisamente la pregunta:
No vio todavía a Jesucristo.
Esto es fundamental.
Juan no podía decir todavía:
“Creo porque Jesús está parado delante de mí.”
Eso ocurrirá después.
Lo que vio fue:
Una tumba abierta.
Ningún cuerpo.
Los lienzos dentro.
El sudario separado.
Y algo en aquella combinación comenzó a transformar su manera de comprender lo ocurrido.
Recordemos la reacción inicial de María.
Ella vio la tumba abierta y concluyó:
Juan llegó después.
Pero cuando examinó el interior, su reacción comenzó a ser diferente.
Juan escribe:
La misma tumba vacía que había producido confusión en María comenzó a producir fe en Juan.
¿Por qué?
Porque Juan no estaba observando solamente una ausencia.
Estaba observando la escena que había quedado después de aquella ausencia.
Juan añade inmediatamente una aclaración muy importante:
“Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.”
Juan 20:9
Esto evita que exageremos lo sucedido.
Juan comenzó a creer.
Pero todavía no tenía toda la explicación organizada en su mente.
No había comprendido plenamente las Escrituras acerca de la resurrección.
En mi obra también conservo esta tensión: Juan vio y creyó, pero todavía él y Pedro no comprendían completamente lo que estaba ocurriendo.
Este punto es esencial para el crecimiento de esta subserie.
Pedro y Juan ya podían afirmar:
“Fuimos a la tumba.”
“Entramos.”
“El cuerpo no estaba.”
“Vimos los lienzos.”
Pero todavía no podían afirmar:
“Hemos visto vivo a Jesús.”
Por eso debemos distinguir dos niveles de evidencia.
Primero:
Después:
Pedro y Juan estaban todavía entre esos dos momentos.
Lucas también conserva la reacción de Pedro:
“Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido.”
Lucas 24:12
La palabra importante aquí es:
Pedro no aparece todavía ofreciendo una explicación completa.
Está sorprendido.
Algo había ocurrido.
Pero todavía necesitaba comprender qué.
La progresión de nuestra investigación se vuelve cada vez más interesante.
Las mujeres llegaron.
María Magdalena vio la tumba abierta.
Corrió hacia Pedro y Juan.
Pedro y Juan fueron personalmente.
Juan observó desde la entrada.
Pedro entró.
Juan entró después.
Los dos comprobaron que el cuerpo ya no estaba.
Así que el sepulcro vacío ya no depende de una única persona.
Ya analizamos extensamente la teoría de que alguien se llevó el cadáver, y no necesitamos repetir aquí toda esa discusión.
Pero la presencia de los lienzos agrega una pregunta.
Si un grupo entró para robar el cuerpo:
¿Por qué desenvolverlo allí?
¿Por qué dedicar tiempo a manipular los materiales funerarios?
¿Por qué no tomar el cuerpo como estaba preparado y salir rápidamente?
En mis otros escritos sobre Juan, ésta es precisamente una de las preguntas que utilizo para mostrar por qué aquella escena comenzó a producir en él una conclusión distinta de la de un simple robo.
Quiero regresar a estas palabras porque son probablemente lo más importante de este artículo.
Pero algo que vio dentro del sepulcro comenzó a cambiarlo.
Horas antes estaba enfrentándose a la derrota de la crucifixión.
Ahora encuentra una tumba vacía y una escena que, para él, no parecía corresponder simplemente con el robo de un cadáver.
Y escribe:
Una tumba vacía no bastaba.
Los lienzos tampoco bastaban para responder todas las preguntas.
Pedro todavía estaba maravillado.
Juan comenzaba a creer.
María seguía llorando.
Y ninguno de ellos, en este momento específico del relato, había tenido todavía el encuentro que terminaría transformando definitivamente la situación.
Juan lo expresa de manera sencilla:
Todavía no habían visto al Señor. Esta distinción también aparece claramente en mis escritos posteriores sobre la experiencia de Juan.
Después de inspeccionar el sepulcro:
“Y volvieron los discípulos a los suyos.”
Juan 20:10
Pedro se marchó sorprendido.
Juan se marchó con una fe que comenzaba a despertar.
Pero María Magdalena hizo algo diferente.
Permaneció afuera del sepulcro.
Llorando.
Todavía pensaba que alguien se había llevado el cuerpo.
Y fue precisamente allí, cuando Pedro y Juan ya se habían marchado, donde ocurrió uno de los encuentros más importantes de toda la historia de la resurrección.
La mujer que decía:
“No sé dónde le han puesto”
estaba a punto de escuchar su nombre.
Lucas 24:1-12.
Juan 20:1-10.
En el artículo anterior vimos cómo Pedro y Juan corrieron hacia el sepulcro después de recibir la noticia de María Magdalena. También hemos estudiado ampliamente las distintas explicaciones propuestas para la desaparición del cuerpo de Jesús, incluyendo la teoría del robo. No necesitamos regresar nuevamente a todo aquello.
Ahora quiero detenerme exclusivamente en algo que encontraron dentro del sepulcro.
Porque cuando Pedro y Juan entraron, el cuerpo de Jesucristo había desaparecido, pero algo permanecía allí:
Este detalle podría ser mucho más importante de lo que parece.
Juan no solamente nos dice que vio una tumba vacía. Describe los lienzos, menciona separadamente el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús y, después de contemplar aquella escena, escribe una frase extraordinaria:
¿Qué vio Juan que produjo semejante reacción?
Para comprender la importancia de los lienzos debemos regresar brevemente al momento de la sepultura.
Juan relata que José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo prepararon de acuerdo con las costumbres funerarias judías:
“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40
Por lo tanto, cuando el cuerpo fue colocado dentro del sepulcro no fue simplemente depositado allí sin preparación.
Había sido envuelto.
Los lienzos estaban asociados directamente con el cadáver que José y Nicodemo habían preparado para la sepultura.
Pero cuando Pedro y Juan regresaron al sepulcro el primer día de la semana ocurrió algo extraordinario:
Juan describe la escena:
“Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.”
Juan 20:6-7
Quiero que imaginemos por un momento a Pedro dentro de aquella tumba.
El lugar donde había sido colocado Jesús estaba vacío.
Pero allí estaban los lienzos.
Y allí estaba también el sudario que había estado sobre su cabeza.
No estamos simplemente ante:
“El cadáver desapareció.”
Tenemos una escena que los discípulos podían observar.
Y entonces entró Juan.
El Evangelio continúa:
“Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.”
Juan 20:8
Estas palabras son fundamentales:
Juan todavía no había visto a Jesucristo resucitado.
Jesús todavía no se había presentado delante de él.
No había tocado sus manos.
No había visto su costado.
Sin embargo, algo dentro de aquel sepulcro produjo en Juan una reacción que la simple noticia de María Magdalena no había producido.
María había dicho:
“Se han llevado del sepulcro al Señor.”
Juan entró.
Miró.
Y creyó.
La pregunta inevitable es:
Aquí encontramos una posibilidad que considero extraordinariamente importante.
El texto no dice explícitamente:
“Jesús atravesó los lienzos.”
Por eso no debemos poner esas palabras en boca de Juan.
Pero lo que Juan describe permite considerar seriamente una posibilidad:
En otras palabras:
Nadie tuvo que entrar.
Nadie tuvo que retirar los lienzos de su cuerpo.
Nadie tuvo que liberarlo de sus envolturas funerarias.
Los lienzos quedaron.
El cuerpo resucitado salió.
Y posiblemente eso fue precisamente lo que Juan comprendió cuando contempló aquella escena.
Si Juan hubiera encontrado simplemente una tumba vacía, podía haber llegado a la misma conclusión inicial de María Magdalena:
“Alguien se llevó el cuerpo.”
Pero Juan no escribe eso.
Nos cuenta que vio los lienzos.
Nos habla del sudario.
Y entonces declara:
¿Por qué mencionar los lienzos inmediatamente antes de decir que creyó?
Es razonable pensar que la condición en que quedaron las envolturas funerarias tuvo algo que ver con su conclusión.
En su libro usted mismo se detiene específicamente ante esta cuestión y pregunta por qué Juan, después de entrar en el sepulcro, “vio y creyó”. La escena de los lienzos ocupa un lugar importante dentro de esa investigación.
Aquí debemos distinguir claramente entre el texto y nuestra reconstrucción de la escena.
Juan no nos explica todos sus pensamientos.
Pero podemos plantear la posibilidad.
Quizá Juan entró esperando encontrar señales de que alguien había retirado el cadáver.
Y en lugar de eso encontró las envolturas funerarias todavía allí.
Entonces pudo comprender:
El cuerpo no fue simplemente cargado fuera del sepulcro.
Y una posibilidad comenzó a abrirse ante él:
Aquello que había envuelto un cadáver permanecía dentro de la tumba.
Pero aquel a quien había envuelto:
Esto tiene además una enorme importancia teológica.
La resurrección de Jesucristo no fue una reanimación semejante a la de Lázaro.
Cuando Lázaro salió de su tumba, Juan dice:
“Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.”
Juan 11:44
Y Jesús tuvo que ordenar:
“Desatadle, y dejadle ir.”
Lázaro volvió a la vida que anteriormente tenía.
Todavía salió envuelto.
Necesitó que otras personas lo desataran.
Pero cuando llegamos a la tumba de Jesucristo encontramos una escena diferente.
Los lienzos habían quedado dentro.
Él había salido.
Lázaro salió de la tumba todavía sujeto por sus envolturas funerarias.
Jesucristo dejó las suyas atrás.
Lázaro necesitó ayuda.
Jesucristo no.
Lázaro fue restaurado a su vida mortal.
Jesucristo resucitó para no volver a morir.
Pablo lo expresa de esta manera:
“Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.”
Romanos 6:9
Estamos hablando de algo completamente diferente.
Esta posibilidad acerca de los lienzos se vuelve todavía más interesante cuando continuamos leyendo el Evangelio de Juan.
Horas después, los discípulos estaban reunidos:
“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio…”
Juan 20:19
Una semana después Juan vuelve a señalar:
“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio…”
Juan 20:26
El mismo Evangelio que describe los lienzos dentro de la tumba posteriormente presenta al Jesús resucitado apareciendo entre sus discípulos estando las puertas cerradas.
Esto no significa que Jesús fuera un espíritu sin cuerpo.
Todo lo contrario.
Mostró sus heridas.
Habló.
Fue reconocido.
Podía ser tocado.
Pero su cuerpo resucitado manifestaba propiedades extraordinarias.
Por eso no resulta absurdo considerar que Jesús pudiera haber salido de aquellas envolturas sin que alguien tuviera que desenvolverlo.
Aquí debemos ser muy precisos.
La Biblia no describe el instante físico de la resurrección.
Nadie dentro del sepulcro nos dejó una descripción diciendo:
“Vi cómo el cuerpo atravesó los lienzos.”
Por eso no podemos afirmar el mecanismo como si Juan lo hubiera explicado.
Pero podemos afirmar lo que encontramos:
Jesús había sido envuelto en lienzos.
El cuerpo desapareció.
Los lienzos permanecieron dentro del sepulcro.
Juan observó aquella escena.
Y Juan creyó.
A partir de esos hechos, considero completamente razonable proponer:
Juan incluso se preocupa por decirnos que:
“El sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús”
estaba:
“Enrollado en un lugar aparte.”
¿Por qué conservar ese detalle?
Evidentemente Juan estaba recordando algo específico que había observado dentro de aquella tumba.
No simplemente:
“Jesús no estaba.”
Juan recuerda:
Dónde estaban los lienzos.
Dónde estaba el sudario.
Y después de describirlos dice:
“Vio, y creyó.”
Hay algo profundamente impresionante en esta escena.
Dentro de aquel sepulcro había objetos relacionados con la muerte.
Lienzos funerarios.
Un sudario.
Un lugar preparado para un cadáver.
Pero faltaba precisamente una cosa:
Los instrumentos de la sepultura permanecían.
Pero Jesucristo ya no estaba sujeto a la sepultura.
Esto nos permite considerar otra posibilidad importante.
Muchas veces imaginamos que la piedra tuvo que ser removida para que Jesucristo pudiera salir.
Pero si el cuerpo resucitado de Jesús podía dejar atrás sus envolturas y posteriormente aparecer en lugares con las puertas cerradas, entonces debemos preguntarnos:
Probablemente no.
La piedra removida pudo tener otro propósito:
Las mujeres necesitaban ver.
Pedro necesitaba entrar.
Juan necesitaba observar.
La tumba fue abierta para que los seres humanos pudieran comprobar:
Pedro los vio.
Juan los vio.
Pero para Juan aquella escena produjo algo más.
Juan entró siendo un hombre que todavía estaba intentando comprender qué había sucedido.
Salió habiendo comenzado a creer.
No porque ya hubiera visto al Señor.
No porque alguien lo obligara a aceptar una explicación.
Sino porque observó lo que había quedado dentro del sepulcro.
No sabemos exactamente cómo ocurrió físicamente el instante de la resurrección.
La Biblia no nos permite observar ese segundo.
Pero sí nos permite entrar, por medio del testimonio de Juan, inmediatamente después.
Y lo que encontramos es extraordinario.
El cuerpo que había sido envuelto ya no estaba.
Los lienzos permanecían.
El sudario permanecía.
Y uno de los hombres que conocía personalmente a Jesucristo entró, contempló aquella escena y creyó.
Por eso considero muy probable que Juan estuviera contemplando las envolturas que Jesucristo había dejado atrás al levantarse de entre los muertos.
Nadie necesitó desenvolverlo.
Nadie necesitó liberarlo.
Nadie necesitó abrirle la puerta.
La muerte no pudo retenerlo.
Los lienzos no pudieron sujetarlo.
La tumba no pudo encerrarlo.
Y posiblemente por primera vez, delante de aquellas envolturas vacías, Juan comenzó a comprenderlo:
Juan 11:43-44.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-10.
Juan 20:19-29.
Romanos 6:9.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Hasta este momento hemos seguido cuidadosamente a María Magdalena durante aquella mañana.
La vimos llegar al sepulcro cuando todavía estaba oscuro. La vimos descubrir que la piedra había sido removida. La escuchamos correr hacia Pedro y Juan diciendo:
“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2
Después vimos a Pedro y Juan entrar en la tumba y encontrar los lienzos que habían quedado allí.
Ahora no necesitamos repetir nada de eso.
Porque estamos a punto de cruzar una línea completamente nueva en nuestra investigación.
Hasta ahora hemos estudiado:
Una muerte.
Una sepultura.
Una tumba vacía.
Unos lienzos abandonados.
Pero una tumba vacía, por extraordinaria que sea, todavía necesita una explicación.
Ahora aparece algo diferente:
Y esa persona es María Magdalena.
Después de que Pedro y Juan se marcharon, Juan nos dice:
“Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro…”
Juan 20:11
Ésta es una escena profundamente humana.
Los discípulos se fueron.
María se quedó.
Y lloraba.
No estaba celebrando una resurrección.
No estaba esperando que Jesús apareciera.
Todavía estaba convencida de que alguien había retirado el cadáver.
Su dolor demuestra nuevamente cuál era su expectativa:
Juan continúa:
“Y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro.”
Juan 20:11
Entonces vio dos ángeles vestidos de blanco.
Ellos le preguntaron:
“Mujer, ¿por qué lloras?”
Y María respondió:
“Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.”
Juan 20:13
Observe nuevamente sus palabras.
Incluso en ese momento María no está diciendo:
“Mi Señor ha resucitado.”
Dice:
Todavía está buscando un cadáver.
Juan escribe:
“Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús.”
Juan 20:14
Detengámonos aquí.
María está llorando.
Está frente a una tumba vacía.
Está convencida de que alguien se llevó el cuerpo.
Se vuelve.
Y delante de ella:
Pero no lo reconoce.
Juan no explica completamente la razón.
Podemos imaginar varias posibilidades.
María estaba llorando.
Probablemente no esperaba encontrar vivo a Jesús.
Quizá la apariencia del cuerpo resucitado tenía características diferentes.
Pero no necesitamos especular más de lo necesario.
El texto simplemente dice:
“No sabía que era Jesús.”
Y esto resulta muy importante para nuestra investigación.
María no parece estar viendo lo que deseaba ver.
De hecho:
Entonces Jesús dijo:
“Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?”
Juan 20:15
La pregunta es extraordinaria:
María buscaba a Jesús.
Pero buscaba al Jesús que había sido crucificado.
Buscaba su cuerpo.
Buscaba dónde lo habían colocado.
No sabía que aquel a quien buscaba estaba hablando con ella.
Juan añade:
“Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré.”
Juan 20:15
Esta frase es una de las más importantes de todo el relato.
María está frente a Jesús resucitado y todavía está preguntando:
Esto hace muy difícil describirla como una mujer predispuesta psicológicamente a imaginar una resurrección.
Su interpretación seguía siendo completamente distinta.
Alguien había movido el cadáver.
Quizá aquel hombre sabía dónde estaba.
Y María quería recuperarlo.
Juan escribe:
“Jesús le dijo: ¡María!”
Juan 20:16
Nada más.
Y todo cambió.
No fue un largo discurso.
No fue una explicación teológica.
No fue un argumento.
Jesús simplemente pronunció su nombre.
Y María lo reconoció.
“Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro).”
Juan 20:16
La mujer que segundos antes preguntaba dónde estaba el cadáver ahora sabía quién estaba delante de ella.
Éste es un momento decisivo para nuestra investigación.
Hasta ahora podíamos preguntar:
¿Qué ocurrió con el cuerpo?
Pero María ya no estaba simplemente diciendo:
“El cuerpo desapareció.”
Ahora afirmaba algo completamente diferente:
Ésa es una afirmación histórica mucho más específica.
La tumba vacía podía admitir diferentes explicaciones.
Pero ahora tenemos que explicar también por qué María llegó a convencerse de que había hablado personalmente con Jesucristo después de su muerte.
Vale la pena observar la progresión completa:
Primero vio la piedra removida.
Pensó:
“Se llevaron el cuerpo.”
Después vio la tumba vacía.
Continuó pensando:
“Se llevaron el cuerpo.”
Después habló con los ángeles.
Todavía dijo:
“No sé dónde le han puesto.”
Después vio a Jesús.
Y ni siquiera entonces lo reconoció inmediatamente.
Pensó que era el hortelano.
Solamente cuando Jesús la llamó por su nombre:
Esto no parece el comportamiento de alguien que estaba desesperadamente intentando convencerse de que Jesús había resucitado.
Jesús entonces le dijo:
“No me toques, porque aún no he subido a mi Padre…”
Juan 20:17
La expresión también puede transmitir la idea de no continuar reteniéndolo. No debemos construir demasiado sobre una sola expresión.
Lo importante para nuestra investigación es que el encuentro se presenta como una interacción real entre dos personas.
Jesús habla con María.
María lo reconoce.
Ella responde.
Jesús le da instrucciones.
No estamos simplemente ante una sensación interior.
Jesús continuó:
“…mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios.”
Juan 20:17
María recibió entonces una misión.
Debía regresar a los discípulos.
Pero ahora su mensaje sería completamente diferente del primero.
Esta comparación es extraordinaria.
Al principio de la mañana María corrió hacia los discípulos diciendo:
Después de encontrarse con Jesús regresó diciendo:
Juan escribe:
“Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.”
Juan 20:18
Éste es el cambio que debemos explicar.
Entre esas dos declaraciones existe un acontecimiento.
↓
↓
“He visto al Señor.”
María no cambió de opinión simplemente porque la tumba estaba vacía.
Existe además un detalle que merece atención.
Los Evangelios colocan a mujeres, y particularmente a María Magdalena, en una posición extraordinariamente prominente dentro de los primeros testimonios de la resurrección.
Esto resulta significativo porque en el mundo antiguo el testimonio femenino no siempre recibía la misma consideración pública o jurídica que el masculino.
Si alguien estuviera fabricando una historia buscando hacerla lo más persuasiva posible para aquella sociedad, habría resultado mucho más conveniente colocar inmediatamente a Pedro o a algún personaje masculino prominente como primer testigo.
Pero los Evangelios no modifican la historia para hacerla más conveniente.
También debemos ser claros.
La evidencia de las apariciones no descansará únicamente sobre su testimonio.
Estamos apenas comenzando esta subserie.
Después aparecerán otros testigos.
Pedro.
Los discípulos camino a Emaús.
Los apóstoles reunidos.
Los discípulos en Galilea.
Y finalmente grupos mucho mayores.
Por eso no estamos diciendo:
“María lo afirmó; caso cerrado.”
Estamos diciendo:
Más adelante tendremos oportunidad de estudiar las explicaciones psicológicas de las apariciones.
Pero incluso aquí debemos observar algo.
María no estaba esperando ver vivo a Jesús.
Cuando lo vio:
No lo reconoció.
Cuando Él habló inicialmente:
Todavía no lo reconoció.
Su mente seguía concentrada en localizar un cadáver.
Solamente después ocurrió el reconocimiento.
Y posteriormente su afirmación fue concreta:
Ésta es una diferencia fundamental.
El relato no presenta a María diciendo:
“Sentí su presencia.”
Tampoco:
“Comprendí espiritualmente que su mensaje continuaba vivo.”
Su afirmación es muchísimo más directa:
Juan presenta un encuentro.
Una conversación.
Un reconocimiento.
Y un mensaje que María debía transmitir.
Hasta aquí nuestra investigación había acumulado evidencias alrededor del sepulcro.
Pero ahora aparece una nueva categoría de evidencia:
Esto cambia enormemente el caso.
Porque cualquier explicación alternativa ya no debe responder solamente:
¿Por qué desapareció el cuerpo?
Ahora debe responder también:
Su testimonio es especialmente interesante porque podemos observar cómo cambió su conclusión durante aquella misma mañana.
Comenzó convencida de que Jesús estaba muerto.
Encontró una tumba vacía.
Supuso que alguien había retirado el cadáver.
Lloró.
Buscó el cuerpo.
Vio a Jesús sin reconocerlo.
Lo escuchó pronunciar su nombre.
Y entonces regresó con una declaración completamente nueva:
Para mí, éste es uno de los momentos más hermosos y al mismo tiempo más importantes de toda la investigación sobre la resurrección.
María no fue al sepulcro buscando confirmar aquello que ya creía.
Fue buscando un cadáver.
Y aun delante de la tumba vacía continuó creyendo que alguien se lo había llevado.
La tumba vacía no la convenció.
Los lienzos no aparecen como aquello que finalmente la convenció.
Ni siquiera ver inicialmente a un hombre cerca del sepulcro la convenció, porque pensó que era el hortelano.
Algo finalmente cambió todo:
“¡María!”
Ella reconoció la voz.
“¡Raboni!”
Y aquella mujer que había llegado buscando el cuerpo de un muerto salió de aquel huerto anunciando:
Pero ahora debemos hacer algo muy importante.
No podemos construir todo nuestro caso sobre el testimonio de una sola persona.
Necesitamos preguntar:
Y eso es precisamente lo que continuaremos investigando.
Marcos 16:9-11.
Juan 20:1-18.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
La investigación ha dado un paso decisivo. Ya no estamos estudiando solamente una tumba vacía. María Magdalena afirmó algo mucho más concreto:
“He visto al Señor.”
Juan 20:18
Pero una investigación seria no puede descansar únicamente sobre el testimonio de una persona. Por eso debemos continuar.
¿Qué ocurrió después?
Los Evangelios nos conducen ahora hasta un grupo de hombres que conocieron personalmente a Jesús, caminaron con Él, presenciaron su ministerio y acababan de verlo morir.
Y su estado emocional resulta particularmente importante.
No estaban esperando tranquilamente la llegada del Resucitado.
Juan describe la escena:
“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.”
Juan 20:19
Observe cuidadosamente el escenario.
Era el mismo día en que había sido encontrada la tumba vacía.
María Magdalena ya había anunciado que había visto al Señor.
Y, sin embargo:
Las puertas estaban cerradas.
Los discípulos estaban reunidos.
Tenían miedo.
Esto concuerda con algo que hemos observado repetidamente durante nuestra investigación: los discípulos no aparecen inicialmente como hombres preparados psicológicamente para fabricar una resurrección.
Juan lo expresa de manera extraordinariamente sencilla:
“Vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros.”
Juan 20:19
El hombre que habían visto arrestado.
El hombre que había sido crucificado.
El hombre cuyo cuerpo había sido colocado en una tumba.
Y sus primeras palabras fueron:
Lucas añade un detalle importantísimo:
“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.”
Lucas 24:37
Esto merece nuestra atención.
Los discípulos no reaccionaron inmediatamente diciendo:
“¡Naturalmente! Sabíamos que Jesús iba a resucitar.”
Todo lo contrario.
Pensaron que estaban viendo un espíritu.
Una vez más encontramos resistencia inicial a comprender lo ocurrido.
Eso hace que lo que Jesús hizo después resulte todavía más importante.
Juan continúa:
“Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado.”
Juan 20:20
¿Por qué mostrarles las manos y el costado?
Porque el Jesús que estaba delante de ellos era el mismo Jesús que había sido crucificado.
No simplemente alguien parecido.
No una presencia espiritual indefinida.
No un recuerdo.
Las heridas relacionaban al Resucitado con el Crucificado.
Lucas proporciona todavía más detalles.
Jesús les dijo:
“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”
Lucas 24:39
Estas palabras son extraordinariamente importantes para nuestra investigación.
Jesús mismo dirige la atención hacia la naturaleza de su presencia.
“Mirad.”
“Palpad.”
“Yo mismo soy.”
El relato no presenta a los discípulos experimentando únicamente una sensación interior de que Jesús continuaba espiritualmente con ellos.
Detengámonos en esas palabras.
Si los discípulos estaban aterrorizados porque pensaban estar viendo un espíritu, Jesús responde precisamente a esa interpretación:
“Palpad, y ved.”
Es decir:
Mírenme.
Compruébenlo.
Y después:
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”
Esto coloca la resurrección que describen los Evangelios en una categoría muy concreta.
Ésta es una distinción fundamental.
Los discípulos podían haber conservado el recuerdo de Jesús después de su muerte.
Podían continuar enseñando sus palabras.
Podían decir que su causa seguía viva.
Pero eso no es lo que están afirmando.
Su proclamación fue mucho más radical:
Podía hablar.
Podía ser visto.
Podía mostrar las heridas de la crucifixión.
Podía ser tocado.
Esto también conecta extraordinariamente bien con todo lo que estudiamos en nuestra subserie acerca de la muerte de Jesucristo.
Estudiamos los clavos.
Estudiamos la crucifixión.
Estudiamos la lanza.
Ahora Juan dice:
“Les mostró las manos y el costado.”
No estamos comenzando una historia nueva desconectada de la crucifixión.
Existe continuidad.
El mismo cuerpo que había sido herido:
Lucas añade una frase extraordinariamente humana:
“Y como todavía ellos, de gozo, no lo creían, y estaban maravillados…”
Lucas 24:41
Observe nuevamente la resistencia del relato a presentar una fe fácil.
Habían pasado del miedo al asombro.
La situación parecía demasiado extraordinaria.
Entonces Jesús hizo algo todavía más concreto.
Jesús preguntó:
“¿Tenéis aquí algo de comer?”
Lucas 24:41
Los discípulos le dieron parte de un pez asado y un panal de miel, según el texto de la Reina-Valera 1960.
Lucas continúa:
“Y él lo tomó, y comió delante de ellos.”
Lucas 24:43
¿Por qué conserva Lucas semejante detalle?
Porque refuerza la naturaleza del encuentro.
No estamos leyendo solamente:
“Los discípulos sintieron que Jesús estaba presente.”
El relato afirma:
Aquí comenzamos a acumular algo mucho más fuerte que una tumba vacía.
Los discípulos podían decir:
Lo vimos.
Lo escuchamos.
Nos mostró sus heridas.
Nos invitó a tocarlo.
Comió delante de nosotros.
Esto será importantísimo cuando posteriormente examinemos si las apariciones pudieron ser simplemente alucinaciones o experiencias psicológicas.
Por ahora no necesitamos adelantarnos.
Solamente debemos registrar lo que los Evangelios afirman que ocurrió.
Juan dice:
“Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor.”
Juan 20:20
Observe nuevamente la progresión.
Primero:
Miedo.
Después:
Sorpresa.
Después:
Comprobación.
Finalmente:
No comenzaron con el gozo.
El gozo apareció después de reconocer a quien estaba delante de ellos.
Y aquí aparece un detalle que será extraordinariamente importante.
Juan dice:
“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.”
Juan 20:24
Esto significa que no todos los discípulos compartieron aquella experiencia.
Y precisamente por eso tendremos algo extraordinario para nuestra investigación:
Un discípulo que recibirá el testimonio de sus propios compañeros…
y se negará a creerlo.
Cuando Tomás regresó, los otros discípulos le dijeron:
“Al Señor hemos visto.”
Juan 20:25
Observe cómo comienza a repetirse la misma expresión.
María Magdalena había dicho:
“He visto al Señor.”
Ahora los discípulos dicen:
Ya no tenemos solamente una persona.
Tenemos un grupo.
Hasta este momento podríamos intentar explicar la experiencia de María como algo individual.
Pero ahora aparece un problema mucho mayor para cualquier explicación alternativa.
No tenemos únicamente a María diciendo:
“Lo vi.”
Tenemos a varios discípulos reunidos afirmando:
“Lo vimos.”
Y los relatos describen interacción.
Conversación.
Observación de heridas.
La invitación a tocar.
Y alimento consumido delante de ellos.
Éste es probablemente el avance más importante de este artículo.
Si solamente tuviéramos una tumba vacía, podríamos discutir indefinidamente acerca de qué ocurrió con el cadáver.
Pero el cristianismo no nació simplemente proclamando:
“No sabemos dónde está el cuerpo.”
Nació proclamando:
Ésa es una afirmación completamente diferente.
Jesús les dijo:
“Como me envió el Padre, así también yo os envío.”
Juan 20:21
Los hombres que estaban encerrados por miedo comenzarían poco después a proclamar públicamente aquello que afirmaban haber visto.
Y esto nos lleva nuevamente a la transformación que hemos mencionado durante toda nuestra investigación.
Antes:
Escondidos.
Después:
Predicando públicamente.
Antes:
Miedo.
Después:
Valor.
Antes:
Pensaban que todo había terminado.
Después:
Podemos discutir cuál fue la causa.
Precisamente para eso estamos investigando.
Pero no podemos ignorar el cambio.
Los mismos hombres que habían huido cuando Jesús fue arrestado aparecen después proclamando públicamente que había resucitado.
Y según sus propios testimonios, la explicación era sencilla:
Y esto hace que la historia sea todavía más interesante.
Tomás no estuvo presente.
Sus compañeros le dijeron:
“Al Señor hemos visto.”
Pero Tomás respondió:
“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25
Éste es un regalo extraordinario para nuestra investigación.
Porque ahora tendremos dentro del propio grupo apostólico a un hombre que prácticamente dice:
Tomás quería ver.
Quería comprobar.
Quería tocar.
Y Jesucristo respondería directamente a ese desafío.
La aparición de Jesús a los discípulos representa un enorme avance en el caso de la resurrección.
Ya no tenemos solamente:
Una piedra removida.
Una tumba vacía.
Unos lienzos.
El testimonio de María Magdalena.
Ahora tenemos un grupo de personas afirmando haber tenido un encuentro con Jesucristo.
Y los Evangelios no describen una experiencia vaga.
Describen a Jesús:
Hablando.
Mostrando sus heridas.
Invitándolos a tocarlo.
Comiendo delante de ellos.
Por eso la pregunta para nuestra investigación se vuelve cada vez más exigente.
Ya no basta explicar:
Ahora también tenemos que explicar:
¿Por qué María Magdalena afirmó haberlo visto?
¿Por qué los discípulos reunidos afirmaron lo mismo?
¿Por qué hombres que estaban encerrados por miedo comenzaron posteriormente a proclamar que Jesús estaba vivo?
Y antes de avanzar hacia otros testigos debemos detenernos en uno de los casos más extraordinarios.
Un hombre que conocía personalmente a Jesús.
Un hombre que conocía a los demás apóstoles.
Un hombre que escuchó directamente de ellos:
“Al Señor hemos visto.”
Y respondió:
Lucas 24:36-49.
Juan 20:19-25.
Hechos 1:1-3.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
En el artículo anterior vimos a los discípulos reunidos detrás de puertas cerradas. Jesucristo apareció en medio de ellos, les habló, les mostró sus heridas y los discípulos pudieron afirmar:
“Al Señor hemos visto.”
Juan 20:25
Sin embargo, faltaba uno.
Y precisamente por su ausencia tenemos uno de los testimonios más interesantes de toda la investigación sobre la resurrección.
Porque Tomás no aceptó simplemente lo que sus compañeros le dijeron.
Quiso pruebas.
Quiso ver.
Quiso comprobar personalmente que el hombre que había muerto en la cruz era realmente el mismo que ahora ellos afirmaban haber visto vivo.
Juan dice:
“Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando Jesús vino.”
Juan 20:24
No estamos hablando de un extraño.
Tomás había caminado con aquellos hombres.
Los conocía.
Había compartido con ellos años de ministerio junto a Jesús.
Y ahora todos le estaban diciendo algo extraordinario:
“Al Señor hemos visto.”
Pero Tomás no respondió:
“Si ustedes lo dicen, entonces debe ser cierto.”
Su respuesta fue mucho más dura.
Tomás declaró:
“Si no viere en sus manos la señal de los clavos, y metiere mi dedo en el lugar de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré.”
Juan 20:25
Observe la fuerza de sus palabras:
Tomás establece sus propias condiciones.
No quiere escuchar otro testimonio.
No quiere simplemente que le aseguren que Jesús vive.
Quiere comprobarlo personalmente.
Y lo que exige resulta particularmente importante.
Tomás no dijo simplemente:
“Quiero ver a Jesús.”
Fue mucho más específico.
Quería ver:
La señal de los clavos.
Quería comprobar:
Las heridas de sus manos.
Y quería verificar:
La herida de su costado.
¿Por qué?
Porque Tomás sabía lo que había ocurrido con Jesús.
El hombre que apareciera diciendo ser el Maestro tendría que ser el mismo hombre que había sido crucificado.
Por eso las heridas se convierten en una forma de identificación.
Este detalle es muy importante.
A veces se intenta explicar las apariciones diciendo que los discípulos deseaban tanto volver a ver a Jesús que terminaron creyendo que lo habían visto.
Pero Tomás constituye un problema para una explicación tan sencilla.
Sus compañeros estaban diciéndole:
“Está vivo.”
Y Tomás respondió:
No encontramos a un hombre predispuesto a aceptar cualquier noticia que le devolviera la esperanza.
Encontramos a un escéptico.
Juan continúa:
“Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro, y con ellos Tomás.”
Juan 20:26
Esto significa que Tomás tuvo tiempo para pensar.
Durante esos días estuvo rodeado de personas que afirmaban haber visto a Jesucristo vivo.
No se trataba solamente de María Magdalena.
Sus propios compañeros sostenían que Jesús se había presentado delante de ellos.
Y aun así Tomás permaneció sin aceptar su testimonio.
Entonces ocurrió algo.
Juan dice:
“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros.”
Juan 20:26
Es la segunda vez que Juan menciona específicamente las puertas cerradas.
Como vimos al estudiar los lienzos, el cuerpo resucitado de Jesucristo manifestaba propiedades extraordinarias.
Era un cuerpo real.
Podía ser visto.
Podía ser tocado.
Conservaba las heridas.
Pero ya no parecía estar sujeto a las mismas limitaciones anteriores.
Y esta vez:
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Jesús no ignoró sus dudas.
No lo expulsó del grupo.
No le dijo simplemente:
“Deberías haber creído.”
Se dirigió directamente a él:
“Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”
Juan 20:27
Observe la correspondencia exacta.
Tomás había dicho:
Quiero ver las manos.
Jesús:
“Mira mis manos.”
Tomás había dicho:
Quiero poner mi dedo.
Jesús:
“Pon aquí tu dedo.”
Tomás había dicho:
Quiero comprobar el costado.
Jesús:
“Acerca tu mano, y métela en mi costado.”
Esto conecta nuevamente la resurrección con la crucifixión.
El Jesús que estaba delante de Tomás no era simplemente una figura que se parecía al Maestro.
Las marcas estaban allí.
Las manos que Tomás podía observar eran las manos que habían sido heridas.
El costado que podía comprobar era el costado atravesado después de la crucifixión.
Esto es fundamental:
No estamos hablando de otra persona.
No estamos hablando simplemente de un espíritu.
Existe continuidad entre el cuerpo que murió y el cuerpo que ahora estaba vivo.
Aquí debemos ser precisos.
Jesús lo invitó claramente a hacerlo.
Pero Juan no dice expresamente:
“Entonces Tomás metió su dedo en las heridas.”
Por eso no debemos afirmar como hecho algo que el texto no especifica.
Quizá lo hizo.
Quizá ver a Jesús y escuchar aquellas palabras fue suficiente.
Lo que sí sabemos es cuál fue su reacción inmediata.
Tomás respondió:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28
Qué extraordinario cambio.
Antes:
Ahora:
Tomás pasó de exigir evidencia a realizar una de las confesiones más extraordinarias de todo el Evangelio de Juan.
No dijo solamente:
“Ahora creo que estás vivo.”
Dijo:
Éste es precisamente el valor de Tomás dentro de nuestra investigación.
Tomás no aparece como una persona fácil de convencer.
Tenemos ante nosotros a alguien que inicialmente rechazó incluso el testimonio de sus compañeros.
Podríamos imaginar un interrogatorio:
—Tomás, ¿te dijeron los demás discípulos que habían visto vivo a Jesús?
—Sí.
—¿Les creíste?
—No.
—¿Qué exigiste?
—Ver las heridas.
—¿Qué ocurrió después?
—Jesús apareció delante de mí y me mostró precisamente aquello que había exigido comprobar.
—¿Cuál fue tu conclusión?
Pensemos en cómo ha ido creciendo la evidencia dentro de esta subserie.
Primero las mujeres encontraron la tumba vacía.
Después María Magdalena afirmó haber visto a Jesús.
Después los discípulos reunidos afirmaron:
“Al Señor hemos visto.”
Y ahora aparece alguien dentro del mismo grupo diciendo:
Eso es extraordinariamente valioso.
Porque el propio relato contiene a su escéptico.
Y no elimina su incredulidad para hacer que la historia parezca más perfecta.
La conserva.
También hay algo que personalmente considero hermoso en este relato.
Jesús pudo haber reprendido a Tomás desde la distancia.
Pero regresó.
Se presentó delante de él.
Y prácticamente le dijo:
“Mira mis manos.”
“Pon aquí tu dedo.”
“Acerca tu mano.”
La fe de Tomás no fue presentada como la obligación de creer contra la evidencia.
Jesús respondió a su necesidad de comprobar.
Entonces Jesús dijo:
“Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.”
Juan 20:29
Observe que Jesús mismo relaciona la fe de Tomás con algo concreto:
Tomás se convirtió en creyente porque afirmó encontrarse personalmente frente al Resucitado.
Y aquí aparece una conexión extraordinaria con nosotros.
Tomás pudo ver.
Nosotros vivimos dos mil años después.
No podemos entrar físicamente en aquella habitación.
No podemos pedirle a Jesús que vuelva a aquella noche para repetir la escena delante de nosotros.
Pero sí podemos investigar el testimonio.
Podemos preguntar quién era Tomás.
Podemos observar que inicialmente no creyó.
Podemos estudiar qué afirmó que ocurrió después.
Podemos comparar su testimonio con el de los demás.
Eso es precisamente lo que hemos estado haciendo desde el comienzo de esta serie.
En realidad:
Si todos los discípulos hubieran creído instantáneamente cualquier noticia acerca de la resurrección, podríamos preguntarnos si estaban predispuestos a interpretar cualquier acontecimiento como una aparición.
Pero los Evangelios nos presentan:
Mujeres sorprendidas.
Discípulos que inicialmente no creen.
Hombres asustados.
Y finalmente:
La incredulidad aparece dentro del propio relato.
María reconoció a Jesús cuando pronunció su nombre.
Juan vio los lienzos y comenzó a creer.
Los discípulos reunidos vieron a Jesús, sus manos y su costado.
Tomás exigió una comprobación todavía mayor.
Esto hace que los testimonios no parezcan una reacción psicológica uniforme.
Cada persona llega al convencimiento desde una situación diferente.
Pero todas terminarán haciendo una afirmación central:
Tomás comenzó con una declaración tajante:
No aceptó simplemente el testimonio de María.
No aceptó simplemente el testimonio de Pedro.
No aceptó simplemente el testimonio de sus compañeros.
Exigió comprobar personalmente que aquel que afirmaban haber visto era el mismo Jesús que había sido crucificado.
Ocho días después, según Juan, Jesucristo apareció nuevamente.
Y se dirigió directamente al hombre que había exigido evidencia:
“Pon aquí tu dedo.”
“Mira mis manos.”
“Acerca tu mano.”
“No seas incrédulo, sino creyente.”
La respuesta de Tomás constituye el final perfecto de su historia:
El hombre que había dicho:
“No creeré”
terminó convertido en otro testigo del Resucitado.
Pero nuestra investigación todavía no termina.
Porque las afirmaciones de apariciones no quedaron limitadas a María, Tomás o al pequeño grupo reunido en Jerusalén.
El círculo de testigos iba a hacerse mucho mayor.
Juan 20:24-29.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Hasta este punto, nuestra investigación sobre los testigos del Resucitado ha ido creciendo. María Magdalena afirmó haber visto a Jesús vivo. Después se apareció a los discípulos reunidos. Tomás, que inicialmente se negó a creer, terminó confesando:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28
Ahora debemos detenernos en otro detalle que considero extraordinariamente importante.
Los Evangelios no presentan las apariciones de Jesucristo como experiencias vagas, sueños o simples sensaciones espirituales.
Y posteriormente volvió a encontrarse con ellos junto al mar, donde incluso preparó alimento y comió con ellos.
¿Por qué conservar detalles tan cotidianos?
Porque precisamente esos detalles nos ayudan a comprender qué clase de resurrección afirmaban haber presenciado los discípulos.
Lucas relata que cuando Jesús apareció entre los discípulos, ellos estaban asustados:
“Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.”
Lucas 24:37
Éste es el punto de partida.
Ellos mismos consideraron inicialmente una explicación espiritual:
Pero Jesús respondió directamente a esa interpretación:
“Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”
Lucas 24:39
Y después hizo algo todavía más concreto.
Preguntó:
Lucas continúa:
“Entonces le dieron parte de un pez asado, y un panal de miel. Y él lo tomó, y comió delante de ellos.”
Lucas 24:42-43, RVR1960
No pasemos rápidamente sobre esas palabras.
Los discípulos no solamente afirmaron que habían visto una figura.
No dijeron simplemente que habían sentido la presencia de Jesús.
Según Lucas, podían observarlo mientras tomaba alimento y comía frente a ellos.
La escena está construida precisamente en respuesta a su temor de estar viendo un espíritu.
Esto es fundamental para comprender la afirmación cristiana.
La resurrección no significaba simplemente:
“El espíritu de Jesús continúa viviendo.”
Tampoco:
“Sus enseñanzas siguen vivas entre nosotros.”
Ni siquiera:
“Sentimos que Jesús todavía está con nosotros.”
La afirmación de los discípulos era mucho más extraordinaria:
Podían verlo.
Podían escucharlo.
Podían observar sus heridas.
Podían tocarlo.
Y podían verlo comer.
Aquí debemos mantener juntas dos verdades que aparecen en los relatos.
Por una parte, Jesús poseía verdadera corporeidad.
Él mismo dijo:
“Un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.”
Pero, por otra parte, como ya observamos cuando estudiamos los lienzos, el cuerpo resucitado manifestaba propiedades extraordinarias.
Juan relata que Jesús apareció entre los discípulos estando las puertas cerradas.
Por eso no estamos hablando simplemente de un cadáver que recuperó temporalmente sus funciones.
Ya mencionamos esta diferencia al estudiar los lienzos, pero aquí adquiere todavía mayor claridad.
Lázaro volvió a la vida.
Pero posteriormente volvería a morir.
Jesús resucitó en una condición diferente.
Pablo escribe:
“Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.”
Romanos 6:9
El cuerpo era real.
Pero había vencido definitivamente a la muerte.
Después encontramos otra escena extraordinaria.
Esta vez no estamos en Jerusalén.
Estamos junto al mar de Tiberias.
Pedro y varios discípulos habían salido a pescar.
Juan menciona a:
Simón Pedro.
Tomás.
Los hijos de Zebedeo.
Y otros dos discípulos.
Habían trabajado durante la noche.
Y no habían pescado nada.
Juan escribe:
“Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús.”
Juan 21:4
Jesús les preguntó si tenían algo de comer.
Respondieron que no.
Entonces les indicó:
“Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis.”
Juan 21:6
La red se llenó de peces.
Y entonces Juan comprendió:
Cuando Pedro escuchó que era Jesús, reaccionó inmediatamente.
Juan relata que se echó al mar mientras los demás discípulos llegaron en la barca arrastrando la red llena de peces.
Y cuando alcanzaron la orilla encontraron algo que probablemente ninguno esperaba.
“Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.”
Juan 21:9
Pensemos en la escena.
Una playa.
El amanecer.
Una barca.
Una red llena de peces.
Un fuego.
Pan.
Y Jesucristo resucitado esperando a sus discípulos.
Entonces Jesús les dijo:
Juan 21:12
Juan continúa:
“Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado.”
Juan 21:13
No estamos ante una aparición fugaz.
Existe tiempo para reconocerlo.
Existe conversación.
Existe alimento.
Existe interacción entre varias personas.
Y Juan añade:
“Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.”
Juan 21:14
Esto es importante para nuestra investigación.
Una experiencia puramente individual puede intentar explicarse como una percepción particular de una persona.
Pero aquí tenemos una escena compartida.
Varios hombres están presentes.
Pescan.
Llegan a la orilla.
Ven a Jesús.
Escuchan sus instrucciones.
Observan el alimento.
Comen con Él.
Y después Jesús mantiene una conversación extraordinariamente personal con Pedro.
Años después encontramos una declaración especialmente importante.
Cuando Pedro predicó en casa de Cornelio, habló de la resurrección y dijo:
“A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.”
Hechos 10:40-41
Éste es uno de los textos más importantes para este artículo.
Pedro no dijo solamente:
“Creemos que resucitó.”
Dijo:
Ésa es una afirmación extraordinariamente concreta.
Imaginemos nuevamente nuestro tribunal.
—Pedro, ¿afirmas que Jesús estaba vivo después de la crucifixión?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo vi.
—¿Solamente tú?
—No.
—¿Pudiste observarlo de cerca?
—Sí.
—¿Interactuaste con Él?
—Sí.
—¿Fue simplemente una aparición distante?
—No.
La afirmación apostólica no podía ser mucho más concreta.
Más adelante podemos dedicar un artículo completo a la hipótesis de las alucinaciones, porque merece ser examinada con cuidado y sin caricaturizarla.
Pero aquí aparece ya una dificultad evidente.
Los Evangelios no describen simplemente una imagen que apareció durante unos segundos ante una persona emocionalmente alterada.
Describen encuentros en los que Jesús:
Habla.
Responde preguntas.
Muestra heridas.
Invita a ser tocado.
Da instrucciones.
Come delante de ellos.
Prepara alimento.
Entrega pan y pescado.
Y todo esto ocurre ante diferentes personas y en diferentes circunstancias.
Cualquier explicación alternativa tendrá que abarcar todo el conjunto, no solamente una pieza.
En Lucas, el contexto resulta especialmente claro.
Los discípulos pensaban que estaban viendo un espíritu.
Jesús les mostró sus manos y sus pies.
Los invitó a comprobar su corporeidad.
Y después comió delante de ellos.
Por tanto, el alimento forma parte de la respuesta a la pregunta:
La respuesta que Lucas quiere comunicar es inequívoca:
Tampoco debemos separar estas escenas de todo lo que estudiamos anteriormente.
El mismo Jesús que ahora come con los discípulos es aquel cuyo cuerpo había sido entregado a José de Arimatea.
El mismo que había sido colocado dentro del sepulcro.
El mismo cuyas manos habían sido heridas.
El mismo cuyo costado había sido atravesado.
Por eso las heridas continúan siendo visibles.
Jesús podía comer.
Podía ser tocado.
Podía conversar.
Pero ya no estaba simplemente regresando a la existencia que había tenido antes de morir.
La muerte había sido vencida.
El sepulcro había quedado atrás.
Los lienzos habían quedado atrás.
Y Jesús estaba vivo en una condición que sus discípulos nunca habían experimentado anteriormente.
Esto es precisamente lo que hace tan interesante la resurrección desde una perspectiva histórica.
Los primeros cristianos no proclamaron solamente una idea religiosa.
Proclamaron un acontecimiento.
Pedro podía decir:
Juan podía decir:
Tomás podía decir:
María Magdalena podía decir:
Cada nuevo testimonio añade otra pieza.
Observe cómo ha avanzado esta subserie.
Comenzamos con mujeres que iban buscando un cadáver.
Encontraron una tumba vacía.
María Magdalena afirmó posteriormente haber visto a Jesús.
Los discípulos reunidos dijeron haberlo visto.
Tomás pasó de:
“No creeré”
a:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Y ahora encontramos a los discípulos afirmando algo todavía más cotidiano y concreto:
La importancia de estas comidas no está simplemente en el alimento.
Está en aquello que representan.
Los discípulos no describieron al Resucitado como una idea.
No describieron solamente una experiencia interior.
No dijeron simplemente que el espíritu de Jesús continuaba acompañándolos.
Afirmaron que:
Lo vieron.
Lo escucharon.
Observaron sus heridas.
Pudieron tocarlo.
Y comieron con Él.
Pedro resumiría posteriormente su propio testimonio con una frase que merece quedar grabada en nuestra investigación:
Hechos 10:41
La tumba vacía nos obligó a preguntar:
¿Dónde estaba el cuerpo?
Las apariciones nos obligan ahora a formular una pregunta todavía mayor:
Y todavía no hemos llegado al testimonio más numeroso.
Porque Pablo conservaría una afirmación extraordinaria:
Lucas 24:36-43.
Juan 20:19-29.
Juan 21:1-14.
Hechos 10:39-43.
Romanos 6:9.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestra investigación ha ido creciendo progresivamente. Primero encontramos a María Magdalena. Después a los discípulos reunidos. Tomás exigió comprobar personalmente que Jesús estaba vivo. Más tarde encontramos a varios discípulos comiendo con Él.
Pero ahora llegamos a una afirmación de dimensiones completamente diferentes.
El apóstol Pablo escribió:
“Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.”
1 Corintios 15:6
No estamos hablando de una persona.
Ni de dos.
Ni siquiera solamente de los doce.
Y hay una frase dentro de su declaración que hace este testimonio todavía más interesante:
Para comprender la importancia de los quinientos debemos observar el contexto.
Pablo escribe:
“Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.”
1 Corintios 15:3-4
Después comienza a mencionar apariciones:
“Y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez…”
1 Corintios 15:5-6
Posteriormente añade a Jacobo, a todos los apóstoles y finalmente a él mismo.
Esto es importante porque Pablo no presenta la resurrección únicamente como una doctrina que debe aceptarse.
La conecta con:
Personas.
Apariciones.
Testigos.
Detengámonos en el número.
No sabemos exactamente cuántas personas eran.
Pablo no dice quinientas exactamente.
Dice:
“Más de quinientos.”
Tampoco identifica el lugar de esta aparición ni describe las circunstancias en las que ocurrió. La Biblia no nos proporciona esos detalles, por lo que no debemos inventarlos.
Pero sí afirma algo extraordinariamente concreto:
Y Pablo dice que fue:
“A la vez.”
Esto hace que el testimonio sea particularmente interesante.
Pablo no está diciendo que durante muchos años quinientas personas diferentes tuvieron individualmente alguna experiencia relacionada con Jesús.
Dice:
Es decir, según su testimonio, un grupo numeroso estuvo involucrado en una misma aparición.
Eso amplía considerablemente el problema que cualquier explicación alternativa debe resolver.
La respuesta correcta es:
Algunos han relacionado esta aparición con Galilea, donde Jesús había indicado que sus discípulos lo verían.
Mateo registra:
“Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea.”
Mateo 26:32
Y después de la resurrección:
“No temáis; id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan a Galilea, y allí me verán.”
Mateo 28:10
Posteriormente Mateo describe a los discípulos reuniéndose con Jesús en Galilea.
Es posible que la aparición a los quinientos ocurriera allí.
Pero debemos mantener la distinción:
Es una posibilidad.
Pablo no nos dice dónde ocurrió.
Por eso no debemos convertir una posibilidad en un hecho.
Si Pablo hubiera escrito solamente:
“Jesús apareció a más de quinientas personas”
ya tendríamos una afirmación importante.
Pero agregó:
¿Por qué decir eso?
Porque cuando Pablo escribió 1 Corintios, muchas de aquellas personas todavía estaban vivas.
Eso significa que Pablo estaba mencionando un grupo de testigos que pertenecía todavía a la generación de sus lectores.
Éste es uno de los aspectos que más me llaman la atención.
Pablo podía haber dicho:
“Hace mucho tiempo quinientas personas lo vieron, pero ya nadie puede preguntarles.”
No hizo eso.
Prácticamente dice:
No debemos exagerar el argumento diciendo que Pablo proporcionó nombres, domicilios o instrucciones para entrevistarlos, porque no lo hizo.
Pero tampoco debemos minimizar la fuerza de su afirmación.
Estaba escribiendo públicamente acerca de testigos que, según él, todavía podían dar testimonio de aquello que habían vivido.
Imaginemos nuevamente nuestro tribunal.
Un hombre comparece y dice:
“Yo conozco una historia extraordinaria.”
Eso puede ser difícil de comprobar.
Pero ahora imaginemos que dice:
“Más de quinientas personas presenciaron este acontecimiento.”
Y después añade:
La naturaleza de la afirmación cambia.
Pablo estaba escribiendo dentro de una generación en la que, según él mismo afirma, numerosos testigos continuaban vivos.
Si nadie hubiera presenciado aquella aparición, mencionar centenares de testigos contemporáneos habría expuesto su afirmación a ser cuestionada.
Naturalmente no.
Han pasado casi dos mil años.
No poseemos una lista con los nombres de aquellas quinientas personas.
Tampoco conservamos quinientos testimonios escritos independientes.
Debemos ser rigurosos.
Lo que poseemos es el testimonio de Pablo de que aquella aparición colectiva ocurrió.
Y dentro de ese mismo testimonio encontramos una afirmación verificable para sus contemporáneos:
Muchos de los testigos todavía vivían.
Esto también merece consideración.
Pablo no escribe acerca de personajes supuestamente existentes siglos antes de él.
Habla de personas de su propia generación.
Además, introduce esta información diciendo:
“Primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí…”
Es decir, la enseñanza acerca de la muerte, sepultura, resurrección y apariciones de Jesús no aparece presentada como algo que Pablo acababa de inventar mientras escribía a los corintios.
Era algo que ya había recibido y transmitido.
Observe cómo nuestra investigación ha crecido.
Los discípulos:
“Al Señor hemos visto.”
Tomás terminó frente a Jesús diciendo:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Pedro recordaría posteriormente:
“Comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.”
Y ahora Pablo añade:
Ya no estamos investigando solamente una experiencia individual.
Ésta es una pregunta que inevitablemente aparece.
Pero quiero evitar resolverla superficialmente aquí, porque la hipótesis de las alucinaciones merece un artículo propio.
Por ahora solamente registremos el problema.
Cualquier explicación psicológica de las apariciones tendría que considerar que los primeros testimonios cristianos no describen solamente experiencias individuales.
También incluyen experiencias colectivas.
Y la más numerosa mencionada explícitamente por Pablo involucra a:
Más adelante podremos preguntar con mayor profundidad qué sabemos acerca de las alucinaciones y si ese fenómeno explica adecuadamente el conjunto de testimonios.
También debemos reconocer los límites de nuestra información.
Pablo dice:
“Apareció.”
No nos dice cuánto duró la aparición.
No registra qué palabras pronunció Jesús.
No dice si todos hablaron con Él.
No dice si comieron con Él.
No describe la distancia desde la cual lo observaron.
Por eso no debemos llenar esos espacios con imaginación y después presentar nuestra reconstrucción como Escritura.
Tenemos suficiente con lo que Pablo sí afirma:
Regresemos nuevamente a esa pequeña frase:
“De los cuales muchos viven aún.”
Para mí es una de las frases más importantes del pasaje.
Pablo no parece tener temor de afirmar que existían testigos vivos.
No dice:
“Confíen solamente en mí.”
Coloca la afirmación de la resurrección dentro de una comunidad en la que muchas de las personas que él identifica como testigos todavía existían.
Eso no significa que podamos reconstruir hoy cada entrevista que pudo haberse realizado.
Pero históricamente sí significa que Pablo estaba haciendo su afirmación mientras muchos de aquellos a quienes señalaba como testigos todavía vivían.
Después de mencionar a los quinientos, Pablo continúa:
“Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.”
1 Corintios 15:7-8
Esto abre otra parte extraordinaria de nuestra investigación.
Porque Pablo no había sido uno de los discípulos que estaban encerrados detrás de las puertas.
Todo lo contrario.
Pablo había perseguido a los cristianos.
Y posteriormente afirmó:
Tendremos que investigar también ese caso.
Quiero insistir en esto porque constituye uno de los grandes avances de esta subserie.
Al principio nuestra pregunta era:
¿Quién retiró el cuerpo?
Pero después comenzaron las apariciones.
Entonces la pregunta cambió.
Ahora cualquier explicación completa debe responder:
¿Por qué María Magdalena afirmó haberlo visto?
¿Por qué los discípulos afirmaron verlo juntos?
¿Por qué Tomás cambió de incredulidad a confesión?
¿Por qué Pedro afirmó haber comido con Él?
¿Y qué hacemos con la afirmación de Pablo de que:
Una persona puede confundirse.
Una persona puede interpretar incorrectamente algo que vio.
Incluso varios testimonios deben examinarse críticamente.
Pero a medida que aumenta el número de personas y aparecen experiencias compartidas, la explicación también tiene que hacerse suficientemente amplia para abarcar todos esos datos.
No podemos descartar cada testimonio individualmente y pensar que con eso hemos explicado el conjunto.
El testimonio de los más de quinientos representa un punto muy importante dentro de nuestra investigación de la resurrección.
No porque poseamos quinientos documentos independientes.
No los poseemos.
No porque conozcamos los nombres de cada uno.
No los conocemos.
Sino porque tenemos a Pablo afirmando públicamente que Jesucristo:
Y luego añadió algo que sus lectores podían comprender perfectamente:
Pablo estaba poniendo sobre la mesa la existencia de numerosos testigos contemporáneos.
La evidencia ha continuado creciendo.
Comenzamos con una mujer llorando frente a una tumba.
Después encontramos discípulos sorprendidos.
Después un escéptico que exigió pruebas.
Después hombres que afirmaron haber comido con Jesús.
Y ahora:
Pero todavía nos falta examinar a uno de los testigos más extraordinarios de todos.
No porque hubiera seguido a Jesús durante su ministerio.
No porque hubiera estado esperando su resurrección.
Sino precisamente por lo contrario.
Era enemigo de los cristianos.
Los perseguía.
Y terminó diciendo:
Mateo 26:32.
Mateo 28:7-10, 16-20.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
¿Qué ocurrió para transformar de esa manera a los discípulos?
Existe una evidencia de la resurrección que no estaba dentro del sepulcro.
No era la piedra.
No eran los lienzos.
No era el sudario.
Ni siquiera era la tumba vacía.
Esta evidencia comenzó a manifestarse en los propios discípulos.
Porque existe una diferencia extraordinaria entre los hombres que encontramos inmediatamente después de la crucifixión y los hombres que encontramos poco tiempo después proclamando públicamente que Jesucristo había resucitado.
Antes estaban huyendo.
Después estaban predicando.
Antes se escondían.
Después hablaban públicamente.
Antes tenían miedo de ser identificados con Jesús.
Después estaban dispuestos a sufrir por anunciarlo.
La pregunta histórica es inevitable:
Los Evangelios no intentan presentar a los discípulos como héroes.
Cuando Jesús fue arrestado, Marcos dice:
“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Marcos 14:50
Todos huyeron.
Aquellos hombres habían caminado con Jesús durante años.
Habían escuchado sus enseñanzas.
Habían presenciado sus obras.
Pero cuando llegaron los soldados y Jesús fue arrestado:
Éste es el grupo que después tendremos que explicar.
El caso de Pedro resulta todavía más dramático.
Cuando comenzaron a identificarlo como uno de los seguidores de Jesús, Pedro respondió:
“No conozco al hombre.”
Mateo 26:72
Y posteriormente:
“Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre.”
Mateo 26:74
Pensemos en esto.
Pedro no estaba defendiendo públicamente la causa de Jesús.
Estaba intentando separarse de Él.
Tenía miedo.
Y cuando cantó el gallo comprendió lo que había hecho:
“Y saliendo fuera, lloró amargamente.”
Mateo 26:75
Éste es el Pedro anterior a la resurrección.
La muerte de Jesús no produjo inmediatamente una explosión de valentía entre sus discípulos.
Juan nos dice que, aun después de encontrarse vacía la tumba:
“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos…”
Juan 20:19
Las puertas estaban cerradas.
¿Por qué?
Esto es extraordinariamente importante.
No encontramos a un grupo preparando una campaña para convencer al mundo de que Jesús había resucitado.
Encontramos a hombres encerrados.
Esto ya lo hemos mencionado anteriormente y no necesitamos desarrollarlo otra vez, pero forma parte indispensable de la comparación.
Cuando las mujeres regresaron anunciando lo ocurrido:
“Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.”
Lucas 24:11
Marcos también registra que cuando María Magdalena anunció que Jesús vivía:
“Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.”
Marcos 16:11
Por tanto, el punto de partida está bastante claro.
Ahora avancemos.
Llegamos al libro de los Hechos.
Pedro está en Jerusalén.
Pero ahora no está escondiéndose.
No está negando conocer a Jesús.
Está delante de una multitud proclamando:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
¿Qué ocurrió con Pedro?
Éste es el mismo hombre.
La misma ciudad.
El mismo mensaje acerca de Jesús que anteriormente le producía temor.
Pero su conducta ha cambiado radicalmente.
Compare las dos declaraciones.
Antes:
Después:
No estamos hablando de una pequeña modificación en su personalidad.
Estamos observando una transformación extraordinaria.
Pedro pasó de negar su relación con Jesús para protegerse a proclamar públicamente que aquel mismo Jesús había resucitado.
Esto también tiene enorme importancia.
Los discípulos no comenzaron proclamando la resurrección exclusivamente en una región distante donde nadie conociera los acontecimientos.
El libro de Hechos coloca la proclamación pública en:
La ciudad donde Jesús había sido arrestado.
La ciudad donde había sido juzgado.
La ciudad donde había sido crucificado.
La ciudad donde había sido sepultado.
Y allí Pedro declaró:
“Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”
Hechos 2:24
La proclamación tuvo consecuencias.
Pedro y Juan fueron llevados delante de las autoridades.
Se les preguntó con qué poder habían actuado.
Pedro respondió hablando nuevamente de Jesucristo:
“A quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos.”
Hechos 4:10
Éste es el hombre que unas semanas antes había tenido miedo de una criada que lo identificó como discípulo de Jesús.
Ahora está hablando delante de las autoridades.
Hechos registra una reacción extraordinaria:
“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.”
Hechos 4:13
La palabra que llama nuestra atención es:
Valor.
Franqueza.
Libertad para hablar.
El temor que caracterizaba a aquellos hombres después de la crucifixión había sido reemplazado por una seguridad extraordinaria.
Las autoridades:
“Les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18
Aquí tenían una oportunidad perfecta.
Podían callarse.
Podían regresar a sus hogares.
Podían evitar problemas.
Pedro ya sabía hacerlo.
Lo había hecho durante el juicio de Jesús.
Pero esta vez respondió:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Observe cuidadosamente la razón que Pedro ofrece.
No dice:
“Tenemos una filosofía que queremos defender.”
Dice:
La oposición continuó.
Los apóstoles fueron encarcelados.
Posteriormente volvieron a presentarse delante del concilio.
El sumo sacerdote les recordó:
“¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre?”
Hechos 5:28
Y Pedro respondió:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Hechos 5:29
¿Dónde estaba ahora el hombre que había dicho:
“No conozco al hombre”?
Algo había cambiado.
La situación se volvió todavía más seria.
Hechos dice:
“Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad.”
Hechos 5:40
Ahora ya no estamos hablando solamente de amenazas.
La proclamación de la resurrección estaba comenzando a costarles físicamente.
¿Qué hicieron?
El siguiente versículo es impresionante:
“Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre.”
Hechos 5:41
Y después:
“Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Hechos 5:42
Los amenazaron.
Continuaron.
Los encarcelaron.
Continuaron.
Los azotaron.
Continuaron.
Esto exige una explicación.
Aquí quiero hacer una distinción importante.
No necesitamos afirmar que poseemos documentación histórica igualmente sólida sobre la forma exacta en que murió cada uno de los doce apóstoles. Algunas tradiciones sobre sus muertes son antiguas; otras son posteriores y tienen diferentes grados de evidencia.
No necesitamos exagerar el caso.
El Nuevo Testamento ya demuestra algo suficiente:
Fueron amenazados.
Arrestados.
Azotados.
Perseguidos.
Y continuaron proclamando la resurrección.
Además, el Nuevo Testamento registra explícitamente la muerte de Jacobo, hermano de Juan, por orden de Herodes:
“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2
El sufrimiento dejó de ser una posibilidad teórica.
Aquí debemos ser intelectualmente honestos.
A lo largo de la historia muchas personas han estado dispuestas a morir por ideas falsas.
Por tanto, no podemos argumentar:
“Los discípulos sufrieron, por lo tanto la resurrección ocurrió.”
Ese razonamiento sería insuficiente.
Pero existe una diferencia extraordinariamente importante en el caso de los primeros testigos.
Una persona puede morir por una mentira que cree sinceramente que es verdad.
Pero los discípulos estaban proclamando acontecimientos que, según ellos, habían experimentado personalmente.
Decían:
“Lo vimos.”
“Lo escuchamos.”
“Estuvimos con Él.”
“Comimos con Él.”
Si ellos mismos hubieran fabricado deliberadamente la historia, entonces sabrían que era falsa.
Y aquí se encuentra la fuerza del argumento.
Supongamos que alguien muere por una historia religiosa que recibió de otras personas.
Su sacrificio demuestra sinceridad.
Pero no demuestra que personalmente comprobó el acontecimiento original.
El caso de los apóstoles es diferente porque ellos se presentaron como:
Pedro dijo:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
Y también:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
No estaban diciendo:
“Alguien nos contó que Jesús resucitó.”
Estaban diciendo:
Volvamos por un momento a nuestra investigación anterior.
Supongamos que los discípulos hubieran robado el cadáver.
Entonces sabrían perfectamente dónde estaba.
Sabrían que Jesús seguía muerto.
Sabrían que las apariciones eran inventadas.
Sabrían que su predicación era una mentira.
Y sin embargo tendríamos que creer que esos mismos hombres:
Aceptaron amenazas.
Aceptaron cárcel.
Aceptaron azotes.
Continuaron predicando.
Y algunos terminaron muriendo.
¿Para proteger qué?
Eso resulta extraordinariamente difícil de sostener.
No encontramos a los apóstoles enriqueciéndose con la proclamación de la resurrección.
Pedro incluso dijo:
“No tengo plata ni oro.”
Hechos 3:6
El mensaje les produjo oposición, no comodidad.
No parece que la proclamación de la resurrección les ofreciera aquello que normalmente esperaríamos como motivación para mantener conscientemente un fraude:
Poder.
Seguridad.
Prestigio político.
En cambio recibieron:
Amenazas.
Cárcel.
Azotes.
Persecución.
Aquí llegamos al centro del artículo.
Tenemos dos fotografías del mismo grupo.
Jesús es arrestado.
Huyen.
Pedro niega conocerlo.
Jesús muere.
Se esconden.
Cierran las puertas.
Tienen miedo.
No creen inicialmente los primeros informes.
Pedro se levanta públicamente en Jerusalén.
Proclama que Jesús resucitó.
Los apóstoles afirman ser testigos.
Las autoridades los amenazan.
Continúan.
Los encarcelan.
Continúan.
Los azotan.
Continúan.
No tenemos que inventar cuál era su explicación.
Ellos la dieron.
Pedro dijo:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Y cuando intentaron silenciarlos:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Según ellos, la explicación de su transformación era sencilla:
Nuevamente debemos ser cuidadosos.
Un cambio psicológico no demuestra automáticamente un milagro.
Pero una investigación histórica debe preguntarse cuál explicación da mejor cuenta del cambio.
¿Por qué estos hombres llegaron a estar tan convencidos?
¿Por qué proclamaron precisamente la resurrección corporal de Jesús?
¿Por qué mantuvieron esa proclamación cuando comenzó a costarles?
¿Por qué no regresaron a su vida anterior cuando aparecieron las amenazas?
Su transformación se convierte en otra pieza que necesita explicación.
Personalmente, cuando observo todo el cuadro, Pedro me parece uno de los casos más impresionantes.
En una noche escuchamos:
Poco tiempo después:
¿Qué convierte una frase en la otra?
Pedro habría respondido:
Los discípulos no comenzaron como hombres valientes que necesitaban inventar una historia para continuar un movimiento religioso.
Los Evangelios los presentan derrotados.
Huyeron.
Negaron.
Lloraron.
Se escondieron.
Tuvieron miedo.
Y algunos inicialmente se negaron a creer.
Pero después encontramos a esos mismos hombres proclamando públicamente:
Y cuando las autoridades les ordenaron guardar silencio:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Cuando los amenazaron:
Continuaron.
Cuando los encarcelaron:
Continuaron.
Cuando los azotaron:
Continuaron.
El sufrimiento no demuestra por sí mismo que una creencia sea verdadera.
Pero sí nos deja frente a una pregunta extraordinariamente difícil:
Ellos mismos dejaron su respuesta:
No dijeron simplemente:
“Esperamos que esté vivo.”
No dijeron:
“Sentimos que continúa con nosotros.”
Dijeron:
Y estuvieron dispuestos a pagar un precio enorme por continuar diciéndolo.
La transformación de los discípulos no debe estudiarse separada de la tumba vacía, los lienzos y las apariciones. Forma parte del mismo caso.
Porque después de la resurrección no solamente encontramos:
Encontramos también:
Mateo 26:69-75.
Marcos 14:43-50.
Marcos 16:9-14.
Lucas 24:9-12.
Juan 20:19-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 3:1-16.
Hechos 4:1-22.
Hechos 5:17-42.
Hechos 12:1-2.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Hemos llegado a un punto extraordinariamente importante de esta investigación. Después de estudiar la muerte de Jesucristo, la tumba, la piedra, los lienzos y los testimonios de quienes afirmaron haberlo visto vivo, quiero regresar a una pregunta que estuvo presente desde el comienzo de mi investigación:
Porque existe algo que necesita una explicación.
Los hombres que encontramos durante la crucifixión no parecen ser los mismos hombres que encontramos poco tiempo después proclamando públicamente que Jesucristo había resucitado.
Son las mismas personas.
Pero algo ocurrió entre ambos momentos.
Cuando comencé a estudiar profundamente la resurrección, una de las cosas que más llamó mi atención fue precisamente este cambio.
En mi libro escribí acerca de aquellos hombres que escaparon para salvar su vida cuando su Maestro fue arrestado y me hice esta pregunta: ¿cómo pudieron, poco después, estar dispuestos a perderlo todo por el mensaje que proclamaban? Mi conclusión fue que debieron experimentar algo extraordinario que transformó completamente su manera de actuar.
Ahora, después de todo lo que hemos estudiado, podemos regresar a aquella pregunta con muchas más evidencias delante de nosotros.
Cuando arrestaron a Jesucristo:
“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Mateo 26:56
No permanecieron defendiendo a Jesús.
No enfrentaron a los soldados.
Pedro lo siguió a cierta distancia, pero cuando fue reconocido como uno de sus discípulos terminó negándolo.
Y después de la crucifixión encontramos nuevamente a los discípulos:
Juan dice que estaban reunidos con las puertas cerradas:
“…por miedo de los judíos…”
Juan 20:19
Éste es exactamente el estado psicológico que describo en mi libro: habían huido con pánico, Pedro había negado a Jesús, eran tardos para creer que resucitaría y permanecían escondidos por miedo.
Esto es fundamental.
No tenemos a un grupo de hombres encerrados esperando emocionados que llegara el tercer día.
Cuando las mujeres anunciaron que Jesús estaba vivo:
“Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.”
Lucas 24:11
En mi libro lo expreso de una manera muy directa: cuando María Magdalena regresó anunciando que había visto al Señor, ellos no creyeron y continuaron con miedo a las autoridades que habían llevado a Jesús a la muerte.
Éste es nuestro punto de partida.
Ahora avancemos solamente unas semanas.
Estamos en Jerusalén.
La misma ciudad donde Jesús había sido crucificado.
Y Pedro se levanta públicamente diciendo:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
Detengámonos.
¿Pedro?
¿El hombre que había negado conocer a Jesús?
¿El hombre que había tenido miedo de ser identificado como uno de sus discípulos?
Ahora está diciendo públicamente:
Éste es el problema histórico que debemos explicar.
En Juan 20 encontramos:
Puertas cerradas.
Miedo.
En Hechos encontramos:
Predicación pública.
Valor.
Antes:
“No conozco al hombre.”
Después:
“A este Jesús resucitó Dios.”
Antes:
Después:
¿Qué ocurrió entre esos dos momentos?
Podríamos pensar que quizá los discípulos se volvieron valientes porque las circunstancias mejoraron.
Pero no fue así.
Las mismas autoridades comenzaron a perseguirlos.
Pedro y Juan fueron arrestados.
Fueron interrogados.
Se les ordenó que dejaran de hablar acerca de Jesús.
Y respondieron:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Ésta es una frase extraordinaria.
No dijeron:
“No podemos dejar de repetir lo que alguien nos contó.”
Dijeron:
Los arrestaron.
Continuaron hablando.
Los amenazaron.
Continuaron hablando.
Después fueron azotados y nuevamente recibieron la orden de guardar silencio.
Pero Hechos dice:
“Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Hechos 5:42
Por eso no podemos explicar su transformación diciendo simplemente:
“Con el paso del tiempo recuperaron el ánimo.”
No.
Su nueva conducta los estaba colocando nuevamente en peligro.
Y ellos lo sabían.
Al final de mi investigación vuelvo a señalar que “la cobardía de los discípulos, de un momento a otro se convierte en un valor inusitado”, y planteo inmediatamente la pregunta:
Esa pregunta no debe responderse superficialmente.
Algo ocurrió capaz de transformar profundamente la convicción de aquellos hombres.
La tumba vacía ciertamente fue importante.
Pero no parece suficiente.
María Magdalena encontró la tumba vacía y pensó que alguien había retirado el cadáver.
Pedro entró y quedó maravillado.
Por tanto, una tumba vacía podía producir:
Preguntas.
Confusión.
Sorpresa.
Pero todavía necesitamos algo que explique la convicción posterior.
Para Juan fueron extraordinariamente importantes.
Entró.
Observó la escena.
Y:
“Vio, y creyó.”
Juan 20:8
Como estudiamos, considero muy probable que Juan comprendiera que Jesús había salido de aquellas envolturas funerarias y las había dejado allí.
Pero incluso esto todavía no explica por sí solo todo lo que ocurrió después.
Porque los discípulos hicieron una afirmación mucho más específica.
No dijeron solamente:
“Encontramos una tumba vacía.”
Dijeron:
Y aquí todas las piezas que hemos estudiado durante esta subserie comienzan a unirse.
María Magdalena:
Los discípulos reunidos:
Tomás comenzó diciendo:
“Si no viere… no creeré.”
Y terminó diciendo:
Pedro posteriormente afirmó:
“…nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.”
Hechos 10:41
Y Pablo conserva el testimonio de que Jesús:
“…apareció a más de quinientos hermanos a la vez…”
1 Corintios 15:6
Ahora tenemos una posible explicación para la transformación.
Esto es fundamental.
Nosotros podemos investigar si su testimonio es verdadero.
Podemos someterlo a preguntas.
Podemos estudiar explicaciones alternativas.
Eso es precisamente lo que hemos hecho.
Pero no debemos cambiar la explicación que ellos mismos dieron acerca de su convicción.
Los discípulos no dijeron:
“Después de pensarlo mucho decidimos que probablemente Jesús había resucitado.”
Dijeron:
Imagine nuevamente a Pedro.
La última noche antes de la crucifixión:
“No conozco al hombre.”
Después de la resurrección:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
¿Qué pudo producir semejante cambio?
Según Pedro:
Y esto coincide exactamente con la conclusión que expreso en mi libro: aquellos hombres hicieron lo que hicieron porque debieron ser testigos de un acontecimiento extraordinario, y el acontecimiento al que me refiero es la resurrección de Jesucristo.
Aquí debemos hacer una distinción importante.
Una persona puede estar profundamente convencida de algo y estar equivocada.
Por tanto, el simple hecho de que los discípulos fueran valientes no demuestra automáticamente que Jesús resucitó.
Pero sí demuestra algo que debemos explicar:
Y en su caso existe una diferencia importante.
No estaban defendiendo solamente una creencia recibida de generaciones anteriores.
Se presentaban como testigos directos.
Éste es un punto muy importante.
Una persona puede morir por una mentira que cree verdadera.
Eso ha sucedido muchas veces en la historia.
Pero si los discípulos inventaron deliberadamente la resurrección, entonces ellos sabían que era falsa.
Si escondieron el cadáver, sabían dónde estaba.
Si inventaron las apariciones, sabían que Jesús nunca se les había presentado.
Si fabricaron las conversaciones, sabían que jamás habían ocurrido.
Y entonces tendríamos que explicar por qué hombres que anteriormente huyeron para salvar su vida comenzaron después a aceptar persecución por una historia que ellos mismos sabían falsa.
Ésa es una explicación muchísimo más difícil.
No parece que la proclamación de la resurrección les ofreciera una vida más fácil.
Encontramos:
Amenazas.
Arrestos.
Azotes.
Persecución.
Mi libro señala precisamente esta disposición de los primeros discípulos a perder propiedades, estabilidad social e incluso afrontar la muerte por el mensaje de la resurrección.
Esto no prueba por sí solo que cada una de sus afirmaciones fuera verdadera.
Pero hace extremadamente difícil sostener que todo fue simplemente una mentira conscientemente inventada por ellos.
Después de todo lo que hemos estudiado, regresemos finalmente a nuestra pregunta:
¿La desaparición del cadáver?
Eso produjo inicialmente confusión.
¿Una historia inventada?
Eso difícilmente explica su disposición posterior a sufrir por algo que ellos mismos sabrían falso.
¿Un rumor?
Ellos afirmaron mucho más que haber escuchado rumores.
¿Una esperanza religiosa?
Inicialmente ni siquiera creyeron a quienes anunciaron la resurrección.
Entonces:
Ellos dijeron que Jesucristo:
Se presentó delante de ellos.
Les habló.
Les mostró sus heridas.
Los invitó a comprobar que era Él.
Comió con ellos.
Se apareció repetidamente.
Y por eso proclamaron:
Esta subserie comenzó preguntando qué ocurrió después de encontrar la tumba vacía.
Ahora tenemos la respuesta que dieron los primeros cristianos.
No dijeron simplemente:
“Encontramos vacía la tumba y supusimos que había resucitado.”
Su afirmación fue:
Y eso explica por qué la transformación de los discípulos ocupa un lugar tan importante en mi investigación.
En las primeras páginas de mi libro me preguntaba cómo aquellos hombres que habían escapado por su vida pudieron poco después estar dispuestos a perderlo todo por su mensaje. Allí mismo llegué a la conclusión que posteriormente me llevó a investigar toda la evidencia: algo extraordinario tuvo que haber ocurrido en sus vidas.
Ahora hemos recorrido el camino completo.
Antes de la resurrección encontramos:
Después encontramos:
Entre ambos momentos encontramos:
Para mí, ésa es la explicación que mejor encaja con la transformación.
No fue simplemente que recuperaron el ánimo.
No fue simplemente que decidieron mantener vivo el recuerdo de su Maestro.
No fue simplemente que necesitaban continuar un movimiento que parecía haber terminado.
Y cuando intentaron silenciarlos, respondieron:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Ahí está, para mí, una de las piezas más poderosas de todo el caso.
La resurrección no solamente dejó:
Una tumba vacía.
Dejó algo igualmente difícil de explicar:
Hombres que pasaron del miedo al valor.
De esconderse a predicar.
De huir a permanecer firmes.
De no creer…
Mateo 26:56, 69-75.
Lucas 24:9-12, 36-43.
Juan 20:1-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-20.
Hechos 5:17-42.
Hechos 10:39-41.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Hemos llegado al final de nuestra investigación.
Durante esta serie no comenzamos diciendo simplemente:
Fuimos avanzando pregunta por pregunta.
Examinamos los documentos.
Visitamos, por medio de los relatos, los lugares relacionados con la crucifixión y la sepultura.
Estudiamos médicamente la muerte de Jesucristo.
Entramos al sepulcro.
Observamos la piedra.
Examinamos la guardia.
Estudiamos el sello.
Investigamos la teoría del robo.
Escuchamos a los testigos.
Y finalmente observamos la transformación extraordinaria de los discípulos.
Ahora no quiero añadir una nueva evidencia.
Quiero hacer algo diferente:
Porque una investigación no debe decidirse por una sola pieza. El verdadero peso del caso aparece cuando descubrimos que diferentes evidencias, procedentes de diferentes momentos y diferentes personas, comienzan a apuntar en la misma dirección.
Durante esta serie hemos utilizado muchas veces la imagen de un juicio.
Ahora imaginemos que ha terminado la presentación de las pruebas.
Los documentos están sobre la mesa.
Los testigos ya declararon.
Las explicaciones alternativas fueron escuchadas.
La defensa y la acusación ya tuvieron oportunidad de presentar sus argumentos.
Y el juez dice:
Eso es exactamente lo que haremos.
Nuestra investigación comenzó preguntando si los Evangelios podían ser tratados como documentos históricos.
Lucas.
Juan.
Además tenemos otros escritos del Nuevo Testamento, entre ellos las cartas de Pablo.
No estamos investigando una historia que solamente fue transmitida oralmente durante siglos antes de ser escrita.
Tenemos documentos antiguos que hacen afirmaciones concretas acerca de la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo.
En mi libro comienzo precisamente la recapitulación final diciendo que conocemos la resurrección por los escritos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y que estos documentos pueden ser considerados como parte de la evidencia de un caso.
Eso no significa que debamos aceptar automáticamente todo lo que dicen.
Significa que:
La historia no ocurre en una tierra imaginaria.
Jerusalén existe.
El lugar de la crucifixión estaba fuera de la ciudad.
El sepulcro estaba cerca.
Había un huerto.
José de Arimatea poseía una tumba nueva.
Durante esta serie examinamos esos lugares y la clase de sepulcros utilizados en el siglo primero.
En mi libro considero importante que los lugares asociados con la crucifixión y la sepultura concuerden con el contexto descrito por los Evangelios.
La resurrección no fue proclamada como algo ocurrido en un mundo mítico.
Fue situada:
Éste era uno de los puntos que teníamos que establecer antes de hablar siquiera de una resurrección.
Porque si Jesús no murió, entonces no resucitó.
Solamente sobrevivió.
Por eso estudiamos:
La flagelación.
La pérdida de sangre.
Los clavos.
La crucifixión.
La dificultad respiratoria.
La lanza.
La comprobación de los soldados.
La confirmación del centurión.
Y finalmente la entrega del cuerpo a José de Arimatea.
Mi conclusión en el libro es directa:
Este punto es extraordinariamente importante.
Los principales sacerdotes no eran personas que desearan la resurrección.
Tampoco Pilato tenía interés en fabricar un acontecimiento que posteriormente provocara problemas políticos y religiosos.
Los enemigos de Jesús querían:
Y después querían:
Por eso fueron ante Pilato.
Pidieron protección.
Aseguraron el sepulcro.
Colocaron una guardia.
Sellaron la piedra.
En mi libro señalo precisamente que sacerdotes y autoridades tenían fuertes intereses en asegurarse tanto de la muerte de Jesús como de que nadie pudiera retirar posteriormente su cuerpo.
Ya estudiamos ampliamente este punto, así que no necesitamos desarrollarlo nuevamente.
Solamente recordemos la escena:
Una piedra.
Un sello.
Una guardia.
Los propios enemigos habían anticipado la posibilidad de que alguien robara el cuerpo.
Y precisamente por eso tomaron medidas para impedirlo.
Este punto tiene una enorme importancia porque después apareció una explicación:
Pero la tumba había sido protegida precisamente para evitar eso.
Ya estudiamos su estado psicológico.
Huyeron cuando arrestaron a Jesús.
Pedro lo negó.
Después de la crucifixión estaban escondidos.
Tenían miedo.
Cuando las mujeres anunciaron que Jesús estaba vivo, inicialmente no les creyeron.
En mi libro utilizo precisamente su temor como uno de los argumentos contra la posibilidad de que aquellos hombres hubieran organizado el robo del cadáver.
No encontramos a hombres esperando la oportunidad de fabricar una resurrección.
Encontramos hombres:
Después llegó el primer día de la semana.
Las mujeres regresaron.
La piedra estaba removida.
El cuerpo no estaba.
Pedro y Juan fueron personalmente.
Entraron.
Comprobaron la ausencia del cuerpo.
La discusión posterior no fue:
“¿Está Jesús todavía dentro de la tumba?”
La discusión fue:
Y eso es una diferencia enorme.
Pedro y Juan no encontraron solamente una tumba vacía.
Encontraron los lienzos.
Encontraron el sudario.
Y Juan registró una frase extraordinaria:
Como estudiamos, considero muy probable que Juan comprendiera que Jesucristo había salido de aquellas envolturas funerarias y las había dejado allí.
No puedo decir que el Evangelio describa el mecanismo físico exacto de ese instante.
Pero sí puedo decir lo que el texto presenta:
El cuerpo no estaba.
Los lienzos sí.
Y aquello produjo en Juan una reacción diferente.
Dedicamos toda una subserie a esta explicación.
¿Robaron los discípulos el cuerpo?
¿Superaron la guardia?
¿Violaron el sello?
¿Movieron la piedra?
¿Lo hicieron sin ser descubiertos?
¿Y después mantuvieron durante el resto de sus vidas una historia que ellos mismos sabían falsa?
En mi libro concluyo que la teoría del robo resulta muy difícil de sostener frente al conjunto de circunstancias que rodeaban la tumba.
La versión difundida fue:
“Sus discípulos vinieron de noche, y lo hurtaron, estando nosotros dormidos.”
Mateo 28:13
Y ya hicimos la pregunta:
Pero además descubrimos que aquella explicación:
Fue preparada.
Fue pagada.
Y vino acompañada de una promesa de protección ante Pilato.
Eso debilita seriamente su valor como testimonio independiente.
Ésta me parece una de las preguntas más sencillas de todo el caso.
Cuando los discípulos comenzaron a proclamar en Jerusalén:
¿Qué necesitaban hacer sus enemigos para detener el movimiento?
Mostrar el cadáver.
Nada habría sido más efectivo.
No necesitaban largas discusiones.
No necesitaban persecuciones.
No necesitaban una teoría alternativa.
Solamente necesitaban decir:
Pero el cuerpo no fue presentado.
Mi libro también señala que no encontramos a los sacerdotes llevando formalmente a los discípulos a juicio por el supuesto robo ni a las autoridades romanas castigándolos por ese delito.
Entonces la investigación dejó de centrarse solamente en una tumba vacía.
María Magdalena dijo:
Los discípulos dijeron:
Tomás se negó inicialmente a creer y exigió ver las heridas.
Después terminó diciendo:
Los discípulos afirmaron haber comido con Jesús.
Y Pablo escribió que se apareció:
En la recapitulación de mi libro incluyo precisamente el testimonio de más de quinientas personas como una de las piezas que deben considerarse al evaluar la resurrección.
Aquí encontramos nuevamente uno de los argumentos que originalmente me llevó a investigar todo este asunto.
Los hombres que estaban escondidos:
Salieron.
Los hombres que tenían miedo:
Predicaron.
Pedro, que había negado a Jesucristo:
Lo proclamó públicamente.
Y cuando comenzaron las amenazas:
No se callaron.
En mi libro resumo este cambio diciendo que la cobardía de los discípulos se convirtió repentinamente en un valor extraordinario y vuelvo a preguntar:
Aquí debemos mantener una distinción que ya explicamos.
Una persona puede sufrir e incluso morir por algo falso que cree verdadero.
Por eso el sufrimiento de los discípulos, por sí solo, no demuestra la resurrección.
Pero ellos afirmaban ser:
Si hubieran inventado conscientemente la historia, sabrían que era falsa.
Y sin embargo encontramos a aquellos hombres soportando amenazas, arrestos, azotes y persecución mientras continuaban diciendo:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Mi libro incluye precisamente su disposición a perder seguridad y estabilidad por proclamar la resurrección como parte del conjunto de evidencias.
Ahora llegamos a algo fundamental.
Podríamos intentar discutir cada evidencia por separado.
Quizá alguien diga:
“Una tumba vacía no demuestra una resurrección.”
Estoy de acuerdo.
Otro podría decir:
“Un hombre transformado no demuestra un milagro.”
También estoy de acuerdo.
Otro podría decir:
“Un testimonio puede equivocarse.”
Ciertamente.
Pero nuestro caso no está construido sobre una sola de esas cosas.
Necesitamos una explicación que pueda abarcar:
La muerte comprobada.
La sepultura.
La tumba conocida.
La protección del sepulcro.
La desaparición del cuerpo.
Los lienzos.
La imposibilidad de producir el cadáver.
Los testimonios de apariciones.
La incredulidad inicial de algunos discípulos.
La transformación posterior.
Y la disposición de aquellos hombres a sufrir por aquello que afirmaban haber visto.
Una buena explicación no puede resolver solamente una pieza y abandonar las demás.
Al final de mi libro reúno estos mismos elementos: los documentos, los lugares, la muerte real de Jesucristo, los intereses de quienes querían asegurar su muerte, el problema de la teoría del robo, la transformación de los discípulos, los numerosos testigos y la disposición posterior de los primeros cristianos a mantener su proclamación a pesar del costo.
Ésa es la razón por la que considero tan importante llegar ahora al veredicto.
Imagine nuevamente la mesa de nuestro tribunal.
Sobre ella están:
Los Evangelios.
La crucifixión.
La comprobación de la muerte.
José de Arimatea.
La tumba.
La piedra.
La guardia.
El sello.
La tumba vacía.
Los lienzos.
La explicación pagada a los soldados.
La ausencia del cadáver.
María Magdalena.
Pedro.
Juan.
Tomás.
Los discípulos reunidos.
Los más de quinientos.
La transformación de aquellos hombres.
Ahora no mire una evidencia.
Ésa será la pregunta decisiva.
No:
“¿Puedo imaginar alguna explicación alternativa para una pieza?”
Sino:
Eso es mucho más difícil.
Porque cada explicación que estudiamos anteriormente resolvía un problema y abría otro.
El robo explicaba la tumba vacía, pero no explicaba adecuadamente el estado de los discípulos, la guardia, los testimonios posteriores ni su transformación.
La supervivencia explicaba una aparición, pero chocaba con la evidencia médica de la muerte y con el estado en que habría quedado Jesucristo.
El traslado del cuerpo explicaba la ausencia, pero dejaba sin explicar por qué nadie lo presentó posteriormente.
Y así sucesivamente.
Durante toda esta serie le he pedido al lector que no llegue demasiado rápido a una conclusión.
Primero había que investigar.
Primero había que escuchar.
Primero había que permitir que las evidencias fueran acumulándose.
Eso ya ocurrió.
Ahora sí podemos formular la pregunta para la que llevamos preparándonos desde el principio:
Ése será nuestro siguiente artículo.
Mateo 27:50-66.
Mateo 28:1-15.
Lucas 24:1-49.
Juan 19:30-42.
Juan 20:1-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-20.
Hechos 10:39-41.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Durante toda esta serie hemos utilizado repetidamente la imagen de un tribunal. No porque la resurrección pueda reproducirse hoy delante de un juez, sino porque un tribunal trabaja de una manera que resulta muy útil para nuestra investigación: escucha testimonios, examina documentos, considera circunstancias, compara explicaciones y finalmente pregunta cuál conclusión explica mejor el conjunto de los hechos.
En el artículo anterior colocamos toda la evidencia sobre la mesa. Ahora debemos hacer algo más difícil:
La pregunta ya no es simplemente:
“¿Existen evidencias?”
La pregunta es:
Pensemos por un momento en cómo funciona una investigación judicial.
Un juez o un jurado normalmente no estuvieron presentes cuando ocurrió el hecho que están investigando.
No presenciaron personalmente el accidente.
No estuvieron allí cuando ocurrió un asesinato.
No vieron con sus propios ojos el momento exacto del delito.
Sin embargo, pueden llegar a una conclusión examinando:
Documentos.
Testimonios.
Evidencia física.
Motivaciones.
Conductas posteriores.
Contradicciones.
Y explicaciones alternativas.
Eso es precisamente lo que hemos hecho con la resurrección.
Tenemos los relatos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Tenemos además las cartas del Nuevo Testamento, especialmente las de Pablo, que también hablan de la muerte y resurrección de Jesucristo.
En mi libro señalo precisamente que estos escritos pueden ser examinados como documentos dentro de un caso y forman parte de la evidencia que debe considerarse.
No estamos diciendo que un documento sea verdadero simplemente porque existe.
Pero sí significa que el tribunal tiene:
Los Evangelios sitúan los hechos en lugares reales.
El lugar de la crucifixión.
Un huerto cercano.
Un sepulcro nuevo.
Una tumba conocida por las personas que participaron en la sepultura.
En mi libro considero importante que el escenario geográfico concuerde con lo descrito en los Evangelios.
El tribunal no está investigando un acontecimiento situado en un mundo mitológico.
Está investigando una afirmación colocada dentro de la historia.
Éste sería probablemente uno de los primeros interrogatorios.
Porque sin muerte no existe resurrección.
Por eso dedicamos una subserie completa a estudiar esta cuestión.
La crucifixión.
La flagelación.
La pérdida de sangre.
Los clavos.
La lanza.
Los soldados.
El centurión.
Pilato.
José de Arimatea.
Nicodemo.
Mi conclusión en el libro es que Jesucristo realmente murió y que varias personas pudieron comprobarlo.
Por tanto, la teoría del simple desmayo ya llega al tribunal con un problema enorme.
En una investigación moderna sería muy importante preguntar:
Aquí tenemos una secuencia bastante clara.
José de Arimatea pidió el cuerpo a Pilato.
Pilato recibió confirmación de la muerte.
José recibió el cadáver.
José y Nicodemo lo prepararon.
Lo colocaron dentro de un sepulcro conocido.
Las mujeres observaron dónde quedó.
La entrada fue cerrada.
Y posteriormente los enemigos de Jesús pidieron que la tumba fuera asegurada.
Eso constituye una cadena de acontecimientos que cualquier explicación alternativa tiene que romper en algún punto.
Éste sería un dato muy importante para el jurado.
Los principales sacerdotes no tenían ningún interés en ayudar a crear una historia de resurrección.
Todo lo contrario.
Ellos mismos pidieron que la tumba fuera vigilada.
Querían impedir que alguien robara el cadáver.
Mi libro recalca precisamente que sacerdotes y autoridades tenían fuertes razones para asegurarse de que Jesús estuviera muerto y de que nadie pudiera retirar posteriormente el cuerpo.
Eso hace difícil sostener que la desaparición del cadáver fue consecuencia de una indiferencia general.
Éste sería uno de los hechos centrales del caso.
La discusión posterior no gira alrededor de si Jesús seguía dentro del sepulcro.
Gira alrededor de por qué ya no estaba.
Los propios enemigos difundieron una explicación:
“Los discípulos lo robaron.”
Esa explicación presupone que:
En un tribunal, una explicación no se acepta simplemente porque sea posible imaginarla.
Debe ser coherente.
¿Los discípulos tenían oportunidad?
¿Tenían valor?
¿Podían superar las medidas de seguridad?
¿Podían mover la piedra sin ser descubiertos?
¿Podían mantener después un fraude que ellos mismos sabían falso?
En mi libro concluyo que la teoría del robo choca particularmente con el temor y la desorganización de los discípulos y con las medidas tomadas alrededor del sepulcro.
Supongamos que los soldados comparecen.
El interrogatorio sería muy sencillo:
—¿Quién robó el cuerpo?
—Los discípulos.
—¿Los vieron?
—No. Estábamos dormidos.
Entonces:
Éste es un problema lógico real.
Pero además Mateo dice que la versión fue indicada a los soldados después de que los sacerdotes y ancianos se reunieron, les dieron dinero y prometieron protegerlos si Pilato se enteraba.
Eso no elimina automáticamente toda posibilidad de robo.
Pero debilita seriamente el valor de esa historia como testimonio independiente.
Ahora imaginemos que el juicio se traslada a Jerusalén poco después.
Los discípulos comienzan a proclamar:
¿Qué tendría que hacer la oposición para destruir el caso inmediatamente?
Presentar el cuerpo.
Nada podría ser más efectivo.
Pero el cadáver no aparece como refutación.
En la recapitulación de mi libro señalo incluso que no encontramos a los sacerdotes llevando formalmente a los discípulos ante las autoridades por el supuesto robo ni a Roma tomando represalias contra ellos por ese delito.
La pregunta para el jurado sería inevitable:
Pedro y Juan encontraron el sepulcro vacío.
Pero también encontraron los lienzos.
Y Juan escribió:
“Vio, y creyó.”
Como ya estudiamos, considero muy probable que Juan interpretara aquella escena como evidencia de que Jesucristo había salido de sus envolturas funerarias y las había dejado allí.
El texto no explica el mecanismo físico exacto de la resurrección, pero sí presenta:
Cuerpo ausente.
Lienzos presentes.
Juan creyendo al contemplar la escena.
Eso constituye otra pieza que el tribunal debe considerar.
Hasta aquí todavía podríamos discutir únicamente acerca de una desaparición.
Pero entonces cambia completamente el caso.
Los discípulos:
Tomás, que inicialmente se negó a creer, termina diciendo:
Pedro afirma después:
“Comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos.”
Y Pablo afirma que Jesús apareció:
En la conclusión de mi libro, el testimonio de más de quinientas personas forma expresamente parte del conjunto de evidencias que considero importante.
Y aquí ocurre algo interesante.
María inicialmente pensó que alguien se había llevado el cuerpo.
Los discípulos no creyeron inmediatamente a las mujeres.
Tomás dijo:
“No creeré.”
No tenemos un grupo que acepta cualquier rumor sin resistencia.
Tenemos personas que llegaron a la convicción por diferentes caminos.
Ahora el jurado observa la conducta posterior.
Antes de la resurrección:
Huyeron.
Pedro negó conocer a Jesús.
Se escondieron.
Tuvieron miedo.
Después:
Predicaron públicamente.
Aceptaron amenazas.
Fueron arrestados.
Fueron azotados.
Y continuaron proclamando la resurrección.
Mi libro hace precisamente esta comparación y pregunta por qué la cobardía de aquellos hombres se convirtió tan rápidamente en un valor extraordinario.
Aquí el tribunal debe ser justo.
Una persona puede estar sinceramente equivocada.
Muchas personas han sufrido por ideas falsas.
Por eso no podemos decir simplemente:
“Sufrieron, entonces la resurrección es verdadera.”
Pero los discípulos no afirmaban únicamente una doctrina que alguien les había enseñado.
Afirmaban:
Si ellos hubieran inventado conscientemente la resurrección, sabrían que era mentira.
Por eso su disposición a sufrir no demuestra por sí sola que la resurrección ocurrió, pero sí es evidencia muy fuerte de que ellos estaban convencidos de haber visto a Jesús vivo.
Ahora el tribunal comienza a compararlas.
Pero la evidencia de su muerte resulta demasiado fuerte, y un Jesús destrozado por la crucifixión difícilmente habría producido la convicción de haber vencido gloriosamente a la muerte. Éste es exactamente uno de los argumentos de mi libro.
Pero entonces tenemos que explicar su temor, las medidas de seguridad, la historia contradictoria de los soldados, la ausencia posterior del cadáver y la disposición de los discípulos a sufrir por algo que ellos mismos sabrían falso.
Entonces debemos preguntar quién lo hizo y por qué nadie lo presentó cuando comenzó la predicación pública de la resurrección.
Entonces tenemos que explicar no solamente a una persona, sino múltiples encuentros, experiencias colectivas y el testimonio de más de quinientos a la vez según Pablo.
Cada explicación alternativa parece resolver alguna pieza.
Pero el tribunal no está juzgando una pieza.
Aquí debemos evitar fingir que estamos realmente en un tribunal moderno aplicando una regla procesal específica.
No podemos decir literalmente:
“Un juez contemporáneo necesariamente dictaría tal sentencia.”
Eso sería afirmar demasiado.
Estamos utilizando el tribunal como un método de razonamiento.
La pregunta correcta sería:
Y para mí, la respuesta es clara.
Si Jesucristo realmente resucitó:
Su muerte sigue siendo real.
Su tumba puede quedar vacía.
Los lienzos pueden permanecer dentro.
El cadáver no puede ser presentado.
María puede afirmar haberlo visto.
Los discípulos pueden afirmar lo mismo.
Tomás puede pasar de la incredulidad a la fe.
Pedro puede afirmar haber comido con Él.
Pablo puede hablar de más de quinientos testigos.
Y la transformación de los discípulos tiene una causa suficientemente poderosa.
La hipótesis de la resurrección no necesita negar aquellas piezas.
Después de toda esta investigación, mi respuesta es:
No porque poseamos una fotografía del instante exacto en que Jesucristo salió de la tumba.
No porque cada una de las evidencias sea absolutamente irresistible por sí sola.
Sino porque cuando el conjunto se examina cuidadosamente, considero que la resurrección proporciona la explicación más coherente de todas las piezas.
Esto coincide con la conclusión de mi libro: documentos, testimonios, muerte comprobada, circunstancias de la tumba, dificultades de la teoría del robo, testigos y transformación de los discípulos forman un caso acumulativo que respalda la afirmación de que Jesucristo realmente resucitó.
Imaginemos que el juez vuelve a la sala.
Todo está en silencio.
Los documentos fueron examinados.
Los testigos fueron escuchados.
Las explicaciones alternativas fueron consideradas.
Y ahora llega el momento de responder la pregunta que dio origen a toda esta serie:
Después de estudiar el caso, mi veredicto es:
Pero aquí sucede algo diferente de lo que ocurriría en cualquier otro juicio.
Normalmente, cuando el juez pronuncia el veredicto, el caso termina.
En este caso:
Porque si Jesucristo realmente resucitó, entonces ya no estamos estudiando solamente un acontecimiento ocurrido hace dos mil años.
Estamos enfrentándonos con una persona que afirmó ser el Hijo de Dios, murió, y venció la muerte.
Y entonces la pregunta deja de ser únicamente histórica.
Se vuelve personal.
Mateo 27:50-66.
Mateo 28:1-20.
Lucas 24:1-49.
Juan 19:30-42.
Juan 20:1-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 4:1-20.
Hechos 10:39-43.
1 Corintios 15:3-8.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Durante toda esta serie hemos hecho preguntas difíciles.
¿Murió realmente Jesucristo?
¿Quién comprobó su muerte?
¿Dónde fue colocado su cuerpo?
¿Quién podía entrar en la tumba?
¿Podían los discípulos robarlo?
¿Qué significaban la piedra, la guardia y el sello?
¿Por qué apareció vacía la tumba?
¿Qué encontraron Pedro y Juan dentro?
¿Quiénes afirmaron haber visto vivo a Jesús?
¿Y qué pudo transformar a aquellos hombres aterrorizados en testigos dispuestos a sufrir por lo que proclamaban?
Finalmente pusimos toda la evidencia sobre la mesa y preguntamos si la resurrección podría soportar una investigación seria.
Mi conclusión es clara:
En mi libro llego precisamente a esa afirmación: “Cristo está vivo y esto no es un mito.” También invito al lector a hablar con Él y comprobar personalmente que aquel que estuvo muerto ahora vive.
Pero aquí ocurre algo extraordinario.
Si Jesucristo resucitó, ya no podemos cerrar el expediente, guardar los documentos y marcharnos como si hubiéramos investigado solamente un acontecimiento antiguo.
Porque un Cristo resucitado exige una respuesta.
Supongamos por un momento que nuestra conclusión hubiera sido diferente.
Si Jesucristo hubiera muerto y permanecido en una tumba, podríamos estudiar su vida como estudiamos la vida de cualquier gran personaje del pasado.
Podríamos admirar sus enseñanzas.
Podríamos analizar su influencia.
Podríamos visitar los lugares relacionados con su existencia.
Y finalmente cerrar el libro.
Porque el personaje pertenecería al pasado.
Pero si Jesucristo resucitó:
Está vivo.
Y eso cambia completamente la naturaleza de nuestra investigación.
Jesús realizó afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo.
Dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.”
Juan 11:25
También dijo:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6
Y declaró:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”
Juan 3:16
Si Jesús hubiera permanecido muerto, podríamos discutir indefinidamente acerca de esas afirmaciones.
Pero la resurrección coloca sobre ellas una confirmación extraordinaria.
Después de todo lo estudiado, existen respuestas que ya no me parecen suficientes.
No basta decir:
“Jesús fue un buen hombre.”
No basta:
“Fue un gran maestro.”
Ni siquiera:
“Sus enseñanzas han ayudado a muchas personas.”
Porque si realmente murió y resucitó, entonces debemos enfrentarnos con una afirmación mucho mayor:
Esa es también la convicción expresada en otros escritos suyos, donde invita al lector a comprobar personalmente si Jesucristo vive y concluye que quien cree en Él y lo recibe puede convertirse en hijo de Dios.
Durante la investigación podíamos mantener cierta distancia.
Podíamos decir:
“Examinemos primero.”
Eso era correcto.
Podíamos cuestionar.
Podíamos comparar.
Podíamos buscar contradicciones.
Podíamos colocar explicaciones alternativas sobre la mesa.
Pero después de llegar a una conclusión, aparece necesariamente una nueva pregunta:
Porque una verdad puede investigarse intelectualmente y aun así nunca permitirse que toque nuestra vida.
Tal vez llegó hasta aquí pensando que la resurrección era solamente una historia religiosa.
Quizá nunca había examinado realmente las evidencias.
O quizá siempre creyó, pero nunca había considerado por qué creía.
No importa desde dónde comenzó.
Lo importante es dónde se encuentra ahora.
Ya vio el caso.
Ya escuchó los testimonios.
Ya examinó las explicaciones alternativas.
Ahora la pregunta no es:
“¿Qué cree el autor?”
La pregunta es:
Aquí mi libro da un paso que considero absolutamente fundamental.
No termina solamente con evidencia histórica.
Invita a comprobar personalmente si Jesucristo está vivo.
La invitación es sencilla:
En el libro escribo que quien quiera comprobar que Jesucristo vive puede dirigirse a Él en oración, y presento las promesas de Jesús acerca de responder a quienes creen y piden en su nombre.
No estoy diciendo que una emoción sustituya la evidencia que hemos estudiado.
Todo lo contrario.
Hemos dedicado una serie completa a examinar la evidencia.
Ahora, después de la investigación, llega la experiencia personal.
El mensaje del Evangelio nunca termina simplemente diciendo:
“Jesús resucitó. Fin.”
La resurrección conduce a una invitación.
Juan escribió:
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”
Juan 1:12
Observe la palabra:
No se trata solamente de aceptar que Jesús existió.
Ni solamente de aceptar intelectualmente que resucitó.
La invitación es a recibirlo.
En sus propios escritos, este llamado final aparece acompañado de algo que no debemos omitir: fe y arrepentimiento. Usted invita al lector a acudir a Jesucristo, creer en Él y arrepentirse de sus pecados.
Eso también corresponde con la predicación apostólica.
Pedro dijo:
“Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados…”
Hechos 2:38
El Cristo resucitado no vino solamente para demostrar que podía vencer la muerte.
Vino para salvar.
Del pecado.
De la separación de Dios.
De una vida vivida sin Él.
Y finalmente:
Por eso la resurrección no es solamente la gran victoria de Jesucristo.
Es también la base de la esperanza cristiana.
Pedro escribió:
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.”
1 Pedro 1:3
Porque nuestro Salvador está vivo.
Al principio de su libro usted plantea precisamente esa inquietud: después de observar la pasión de los primeros cristianos, comenzó a preguntarse si nosotros podríamos examinar los acontecimientos de tal manera que llegáramos a ser, en cierto sentido, testigos de la resurrección dos mil años después.
Eso es lo que hemos intentado hacer.
No estuvimos físicamente en Jerusalén.
No corrimos con Pedro y Juan.
No entramos personalmente en la tumba.
No estuvimos en aquella habitación cuando Jesús mostró sus manos.
Pero pudimos examinar:
Los documentos.
Los lugares.
Los testimonios.
Las circunstancias.
Las explicaciones alternativas.
Y llegamos al final.
Nadie puede hacerlo por usted.
Yo puedo decirle cuál es el mío.
Pero usted tiene que responder personalmente.
Quizá su respuesta sea:
“Todavía tengo preguntas.”
Entonces continúe investigando.
Pregunte.
Busque.
Lea los Evangelios.
Examine las evidencias.
No tenga miedo de las preguntas.
Pero tampoco utilice las preguntas como una manera de evitar eternamente una conclusión.
Entonces la pregunta cambia.
Si Jesucristo realmente está vivo:
¿Continuará viviendo como si no existiera?
¿Lo admirará desde lejos?
¿Lo reducirá a un personaje histórico?
¿O responderá a su invitación?
No necesita palabras complicadas.
No necesita una ceremonia especial para comenzar.
En sus propios escritos usted insiste precisamente en esto: la invitación puede comenzar simplemente inclinando el rostro, hablando con Jesucristo y pidiéndole que intervenga en la vida del lector.
Puede decirle con sus propias palabras:
“Señor Jesús, si realmente estás vivo, quiero conocerte. Creo que moriste y resucitaste. Perdona mis pecados. Entra en mi vida. Muéstrame quién eres y enséñame a seguirte.”
No es la perfección de las palabras lo que importa.
Es la sinceridad con la que usted se acerca.
Dos mil años después, aquella tumba continúa formulando la misma pregunta.
No simplemente:
“¿Dónde está el cuerpo?”
Sino:
Para María Magdalena significó pasar de llorar delante de una tumba a anunciar:
Para Tomás significó pasar de:
“No creeré”
a:
“¡Señor mío, y Dios mío!”
Para Pedro significó pasar de:
“No conozco al hombre”
a:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
La resurrección cambió sus vidas.
En el cierre de su libro usted no deja al lector únicamente con una conclusión académica. Afirma que Jesucristo prometió acompañar a los suyos y termina invitando a hablar con Él porque “el que estuvo muerto, ahora está vivo”.
Ése es también el lugar correcto para terminar esta serie.
No en la tumba.
No en la cruz.
No siquiera únicamente en el tribunal.
Pilato formuló una pregunta que, sin imaginarlo, sigue resonando a través de la historia:
“¿Qué, pues, haré de Jesús, llamado el Cristo?”
Mateo 27:22
Pilato tuvo que responderla.
Los sacerdotes tuvieron que responderla.
Pedro tuvo que responderla.
Tomás tuvo que responderla.
María Magdalena tuvo que responderla.
Y ahora:
Después de todos los artículos.
Después de toda la evidencia.
Después de escuchar a los testigos.
Después de examinar la tumba.
Después de considerar las alternativas.
Sólo queda una pregunta:
Mi deseo es que no termine esta serie simplemente diciendo:
“Fue interesante.”
Quisiera que termine preguntándole personalmente:
Porque el mensaje de la resurrección no termina diciendo:
Termina proclamando:
Mateo 27:22.
Juan 1:12.
Juan 3:16.
Juan 11:25-26.
Juan 14:6, 12-14.
Juan 20:24-29.
Hechos 2:32, 38.
Hechos 4:20, 33.
Hechos 10:40-41.
Romanos 10:9-13.
1 Pedro 1:3.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Cuando escuchamos que un arqueólogo ha descubierto la tumba de un personaje histórico, una ciudad antigua o los restos de una embarcación que desapareció hace siglos, es importante hacernos una pregunta: ¿cómo saben los investigadores que realmente encontraron lo que dicen haber encontrado?
En muchos casos no existe una placa con un nombre, ni una inscripción que identifique inequívocamente el lugar. Los arqueólogos tienen que reconstruir los acontecimientos utilizando las evidencias disponibles.
Y una de esas evidencias son precisamente los documentos antiguos.
Un investigador puede comenzar con el relato escrito por una persona que vivió en aquella época o que conoció los acontecimientos. Después puede dirigirse al lugar descrito y comparar ese testimonio con la geografía, la topografía, las construcciones, los objetos encontrados y las características propias de aquel período.
Cuando el documento antiguo describe determinadas características y estas aparecen en el lugar investigado, tenemos una coincidencia. Cuando son varias las características que coinciden, la evidencia acumulada se hace cada vez más difícil de ignorar.
Un ejemplo interesante ocurrió con la búsqueda de los posibles restos de la Santa María, la embarcación utilizada por Cristóbal Colón que naufragó durante su primer viaje.
Los investigadores consideraron documentos históricos relacionados con aquel acontecimiento y compararon sus descripciones con la topografía y la geografía del lugar. Además, examinaron restos y objetos que podían corresponder a la época del naufragio.
Observe algo importante: la investigación comenzó tomando seriamente un documento antiguo y preguntando si lo que decía aquel documento coincidía con lo que podía encontrarse físicamente.
Ese procedimiento nos proporciona varios elementos que pueden formar parte de una investigación histórica y arqueológica:
No se trata simplemente de encontrar un objeto y ponerle un nombre. Se trata de comparar el testimonio histórico con la evidencia física.
Tenemos otro ejemplo todavía más cercano al período en que vivió Jesucristo.
Los escritos de Flavio Josefo, historiador judío del siglo primero, fueron fundamentales para la búsqueda de la tumba del rey Herodes. Josefo había dejado escrito que Herodes fue sepultado en el Herodión.
Los arqueólogos buscaron allí y encontraron evidencias que consideraron compatibles con la tumba de un personaje de enorme importancia y riqueza. Sin embargo, como señalé anteriormente, no fue necesario encontrar una inscripción que dijera: «Aquí está sepultado el rey Herodes» para tomar seriamente la identificación. Los escritos de Josefo proporcionaron el marco histórico y geográfico desde el cual interpretar lo encontrado.
Si podemos utilizar los escritos de Flavio Josefo para buscar la tumba de Herodes, y podemos utilizar documentos antiguos para intentar identificar una embarcación de Cristóbal Colón, ¿por qué tendríamos que descalificar automáticamente los Evangelios cuando investigamos los lugares relacionados con Jesucristo?
¿Por qué un documento antiguo merece ser considerado evidencia histórica hasta que descubrimos que ese documento forma parte de la Biblia?
Ese criterio no sería justo.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron acerca de acontecimientos, personas y lugares concretos. Mencionaron ciudades, gobernantes, caminos, montañas, edificios y características geográficas. Y cuando describieron la sepultura de Jesucristo, también proporcionaron información acerca del lugar.
Por lo tanto, tenemos todo el derecho de hacer con los Evangelios exactamente lo que se hace con otras fuentes antiguas:
Leer lo que dicen, identificar las características que describen, acudir al lugar y comparar el relato con la evidencia existente.
No debemos descartar la Biblia antes de comenzar la investigación. Debemos permitir que sea examinada.
Los relatos bíblicos proporcionan características concretas.
Juan declara:
«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)
Mateo añade que José de Arimatea:
«…lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.»
(Mateo 27:60)
Por tanto, si queremos investigar el lugar de la sepultura de Jesucristo, no estamos buscando a ciegas.
Tenemos un documento antiguo que nos proporciona características que podemos investigar.
Buscamos un lugar relacionado con la crucifixión.
Buscamos un huerto.
Buscamos un sepulcro excavado en la roca.
Buscamos una tumba correspondiente al período adecuado.
Buscamos evidencias de que era un sepulcro nuevo.
Buscamos una entrada que pudiera cerrarse mediante una gran piedra.
Y entonces hacemos lo mismo que haríamos con cualquier otro acontecimiento histórico: comparamos el documento con el lugar.
No estoy diciendo que debamos aceptar una identificación simplemente porque queremos que sea verdadera. Estoy diciendo exactamente lo contrario: investiguémosla.
Tomemos los Evangelios.
Leamos cuidadosamente lo que dicen.
Vayamos al lugar.
Observemos la geografía.
Estudiemos la topografía.
Examinemos la tumba.
Revisemos las evidencias arqueológicas.
Y después hagamos la pregunta:
Eso es precisamente lo que haremos en el próximo artículo.
Examinaremos la Tumba del Huerto. Veremos sus características, su ubicación, el huerto, la cisterna, el canal frente al sepulcro y otras evidencias existentes en el lugar. Y utilizando fotografías tomadas allí, compararemos punto por punto lo que encontramos con aquello que los Evangelios describieron.
Después de examinar la evidencia, que sea el lector quien juzgue si las coincidencias pueden simplemente ser ignoradas.
Libro recomendado

Antes de visitar cualquier lugar que afirme estar relacionado con la sepultura y resurrección de Jesucristo, debemos hacer algo muy sencillo: leer primero los documentos antiguos y permitir que ellos nos digan qué debemos buscar.
No debemos comenzar con una tumba y tratar después de acomodar el relato bíblico a ella. El procedimiento debe ser exactamente al contrario.
Primero estudiemos los Evangelios.
¿Qué dicen acerca del lugar donde fue sepultado Jesús? ¿Dónde estaba? ¿Cómo era? ¿Quién era su propietario? ¿Era una tumba antigua o nueva? ¿Estaba excavada en la tierra o en la roca? ¿Cómo se cerraba? ¿Era posible entrar en ella? ¿Qué podían observar las personas desde su entrada?
Sorprendentemente, los Evangelios proporcionan muchos detalles.
El primer dato es extraordinariamente importante. Jesucristo no fue sepultado en algún lugar distante de Jerusalén. Juan establece una relación geográfica directa entre el lugar de la crucifixión y el lugar de la sepultura:
«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)
Observe cuidadosamente las palabras utilizadas por Juan:
«En el lugar donde había sido crucificado…»
Por lo tanto, si buscamos históricamente la tumba de Jesucristo, una de las primeras condiciones que debemos establecer es su proximidad al lugar de la crucifixión.
La cruz y la tumba no estaban separadas por una gran distancia. Según Juan, en el mismo lugar donde Jesús había sido crucificado había un huerto, y dentro de ese huerto se encontraba el sepulcro.
Este segundo detalle reduce todavía más nuestra búsqueda.
No estamos buscando simplemente cualquier sepulcro antiguo de Jerusalén.
Estamos buscando una tumba situada dentro de un huerto.
Juan lo dice expresamente:
«…había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo…»
(Juan 19:41)
Esto significa que el entorno también forma parte de la evidencia.
Si pretendemos identificar un lugar como posible escenario de la sepultura de Jesucristo, debemos preguntarnos si existen evidencias de que aquel sitio pudo haber funcionado como un huerto en la antigüedad.
Los Evangelios repiten un detalle que difícilmente puede considerarse accidental: el sepulcro era nuevo.
Juan declara:
«…un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)
Lucas confirma el mismo dato:
«Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie.»
(Lucas 23:53)
Esto es sumamente importante.
No se trataba de una antigua tumba familiar llena de sepulturas utilizadas durante generaciones. Los Evangelios afirman específicamente que nadie había sido colocado anteriormente en ella.
Por lo tanto, una posible tumba de Jesús debería presentar características compatibles con un sepulcro nuevo o escasamente utilizado en aquel momento.
Mateo proporciona otro dato que permite comprender por qué Jesús terminó siendo sepultado allí.
«Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.»
(Mateo 27:57-58)
El sepulcro no pertenecía a Jesús ni a su familia. Pertenecía a José de Arimatea, un hombre rico que decidió entregar su propia tumba para sepultarlo.
Mateo continúa:
«Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña…»
(Mateo 27:59-60)
Aquí aparece una característica fundamental:
La tumba estaba labrada en la roca.
Mateo afirma que José había «labrado» el sepulcro en la peña.
Marcos confirma este detalle:
«José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús… y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña…»
(Marcos 15:43, 46)
Lucas vuelve a decir:
«…lo puso en un sepulcro abierto en una peña…»
(Lucas 23:53)
Tenemos, por lo tanto, tres testimonios que coinciden en una característica física muy concreta:
No era una tumba excavada simplemente en la tierra. Era un sepulcro trabajado directamente en la roca.
Mateo nos proporciona otra característica física:
«…y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.»
(Mateo 27:60)
Marcos también afirma:
«…y puso una piedra a la entrada del sepulcro.»
(Marcos 15:46)
Y cuando las mujeres se dirigieron hacia la tumba el domingo por la mañana, había algo que les preocupaba:
«Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.»
(Marcos 16:3-4)
El texto no habla de una pequeña roca que pudiera retirarse fácilmente.
Marcos enfatiza:
«Era muy grande.»
Por consiguiente, otra característica que debemos buscar es una tumba cuya entrada pudiera ser cerrada mediante una piedra de considerable tamaño.
Otro detalle que a veces pasa inadvertido es que la tumba tenía suficiente espacio interior para que varias personas pudieran entrar.
Marcos relata:
«Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.»
(Marcos 16:5)
Observe que las mujeres entraron en el sepulcro.
No estaban simplemente observando una pequeña cavidad desde el exterior.
Juan proporciona todavía más información. Cuando Pedro y Juan llegaron al lugar, Juan relata:
«Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí.»
(Juan 20:5-6)
Tenemos aquí dos detalles físicos interesantes.
Primero, era posible entrar dentro del sepulcro.
Segundo, para mirar hacia su interior, Juan tuvo que bajarse.
Esto nos proporciona información acerca de la propia entrada.
Los Evangelios también indican que dentro de la tumba podía identificarse claramente el lugar donde había sido colocado el cuerpo de Jesucristo.
Marcos declara:
«Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.»
(Marcos 16:6)
El ángel podía señalar físicamente «el lugar en donde le pusieron».
Juan proporciona un detalle todavía más extraordinario:
«Y vieron a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.»
(Juan 20:12)
Por lo tanto, dentro del sepulcro existía un espacio suficientemente definido para distinguir la cabecera y los pies del lugar donde había reposado el cuerpo.
Si reunimos exclusivamente la información proporcionada por los Evangelios, obtenemos una descripción bastante específica.
La tumba de Jesucristo:
Estas no son características que nosotros hayamos inventado.
Están escritas en los Evangelios.
Y fueron escritas muchos siglos antes de que nosotros llegáramos al lugar.
En el artículo anterior vimos cómo los documentos antiguos pueden utilizarse para orientar una investigación histórica y arqueológica. Ahora hemos hecho exactamente eso con los Evangelios.
Ya tenemos nuestra descripción.
Ya sabemos qué debemos buscar.
Por lo tanto, no necesitamos modificar las características de una tumba para hacerlas coincidir con la Biblia. El procedimiento correcto es exactamente el contrario:
Tomemos las características que los Evangelios establecieron desde el principio y comparemos con ellas el lugar que tenemos delante.
Existe en Jerusalén una tumba excavada en la roca, situada en un lugar conocido actualmente como la Tumba del Huerto.
La pregunta que debemos hacernos ahora es inevitable:
Eso es precisamente lo que examinaremos en el siguiente artículo.
Y esta vez no solamente tendremos palabras.
Iremos al lugar, observaremos las evidencias y veremos las fotografías.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
En el capítulo anterior dejamos que los Evangelios nos dijeran cómo era el lugar donde Jesucristo fue sepultado. Ahora ha llegado el momento de hacer algo diferente: salir del texto y dirigirnos al lugar.
Si los Evangelios pueden ser utilizados como documentos históricos, entonces sus afirmaciones también pueden ser examinadas. No tenemos que conformarnos únicamente con creer que existió un sepulcro. Podemos preguntarnos si existe en Jerusalén un lugar cuyas características geográficas, topográficas y físicas correspondan con aquello que Mateo, Marcos, Lucas y Juan describieron hace casi dos mil años.
Existe un lugar conocido actualmente como la Tumba del Huerto. Se encuentra fuera de los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén y muy cerca de una formación rocosa conocida como el Monte de la Calavera. En el lugar existe una tumba excavada en la roca y evidencias relacionadas con la existencia de un antiguo huerto.
He tenido el privilegio de visitar personalmente este lugar, caminar por él, entrar en la tumba y fotografiar muchas de sus características. Por esta razón, en este capítulo no quiero limitarme a describir lo que otros han dicho. Quiero llevar al lector conmigo y mostrarle lo que yo mismo pude observar.
A través de las siguientes fotografías examinaremos la entrada del sepulcro, su interior, el lugar destinado para colocar un cuerpo, la altura de la entrada, el canal existente frente a la tumba, el espacio exterior, la cisterna del antiguo huerto y la extraordinaria proximidad del lugar conocido como el Monte de la Calavera.
Después compararemos estas características con aquello que dicen los Evangelios.
No le pido al lector que llegue a una conclusión antes de examinar la evidencia. Pero tampoco considero justo descartar este lugar simplemente porque la fuente histórica que estamos utilizando es la Biblia.
Tenemos el relato. Tenemos el lugar. Y tenemos las fotografías.
Ahora pongamos las tres cosas una al lado de la otra y hagamos una pregunta:
Veamos la evidencia.

Fotografía 1. Entrada a la Tumba del Huerto.
Fotografía tomada durante mi visita a Jerusalén, junto al señalamiento que indica el acceso a la Tumba del Huerto. A partir de aquí iniciaremos nuestro recorrido por el lugar y examinaremos sus principales características.

Fotografía 2. Vista frontal de la Tumba del Huerto.
Aquí podemos observar la tumba directamente excavada en la roca, una de las características que los Evangelios señalan acerca del sepulcro donde fue colocado el cuerpo de Jesús.

Fotografía 3. La entrada al sepulcro.
Aquí podemos apreciar de cerca la entrada de la Tumba del Huerto, excavada directamente en la roca. Sus dimensiones permiten comprender mejor el relato de Juan, quien tuvo que inclinarse para mirar dentro del sepulcro (Juan 20:5).

Fotografía 4. Interior de la Tumba del Huerto.
Esta fotografía permite apreciar el espacio interior del sepulcro y su altura, mostrando que varias personas pueden permanecer dentro de él, tal como los Evangelios describen a varias personas entrando y observando el interior de la tumba.

Fotografía 5. El lugar destinado para el cuerpo.
Aquí puede observarse uno de los espacios excavados en la roca para colocar un cuerpo. Su forma alargada permite visualizar mejor la descripción de Juan, quien menciona «la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto» (Juan 20:12). Un detalle particularmente interesante es que la zona correspondiente a la cabeza parece haber sido ampliada posteriormente, como si el espacio original hubiera resultado insuficiente para la persona que debía ser colocada allí. A partir de la longitud resultante se ha estimado que el cuerpo para el cual fue acondicionado este espacio habría medido aproximadamente 1.80 metros de estatura.

Fotografía 6. Una entrada que obliga a inclinarse.
Esta fotografía permite apreciar claramente la altura de la entrada del sepulcro. Para entrar o salir es necesario inclinarse, un detalle que concuerda notablemente con Juan cuando dice que «bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí» (Juan 20:5).

Fotografía 7. Es necesario inclinarse para mirar dentro.
En esta fotografía muestro personalmente que, para mirar al interior de la tumba desde la entrada, es necesario inclinarse, exactamente como lo describe Juan: «Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí» (Juan 20:5).

Fotografía 8. El gran canal frente a la tumba.
Aquí puede observarse el amplio canal excavado frente a la entrada del sepulcro, lo suficientemente grande como para haber alojado una piedra de gran tamaño. Este detalle resulta especialmente interesante al compararlo con los Evangelios, que señalan que la entrada de la tumba fue cerrada con una gran piedra.

Fotografía 9. La magnitud de la piedra que pudo cerrar el sepulcro.
En esta fotografía puede apreciarse el gran espacio semicircular junto a la entrada, relacionado con el recorrido que habría podido seguir una enorme piedra de cierre. Para tener una referencia de escala, yo mido 1.92 metros, y aun así mi figura se ve pequeña frente a la dimensión de esta estructura. Esto ayuda a visualizar mejor la expresión de Marcos: «la piedra… era muy grande» (Marcos 16:4).

Fotografía 10. Ejemplo de una piedra utilizada para cerrar una tumba.
Esta piedra no pertenece originalmente a la Tumba del Huerto; se muestra únicamente como referencia para que el lector pueda visualizar el tipo de gran piedra que podía utilizarse para cerrar la entrada de una sepultura en aquella época. Así resulta más fácil comprender la preocupación de las mujeres: «¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?» (Marcos 16:3).

Fotografía 11. La gran cisterna del huerto.
Esta fotografía muestra el interior de la enorme cisterna utilizada para almacenar agua, una evidencia importante de que el lugar funcionó como huerto y necesitaba una reserva considerable para el riego. Esto resulta especialmente significativo al recordar que Juan afirma que junto al lugar de la crucifixión había un huerto (Juan 19:41).

Fotografía 12. Entrada a la cisterna del huerto.
Aquí puede observarse la abertura de acceso a la gran cisterna utilizada para almacenar agua. Esta estructura ayuda a comprender que el lugar necesitaba una importante reserva de agua, algo totalmente coherente con la existencia de un huerto, tal como lo describe Juan 19:41.

Fotografía 13. El Gólgota, a muy corta distancia de la Tumba del Huerto.
Desde la zona de la Tumba del Huerto puede observarse, a escasos metros, la formación rocosa conocida como el Monte de la Calavera. En la pared de piedra se distinguen claramente formas que recuerdan las cuencas de los ojos y la nariz de una calavera, razón por la cual este lugar ha sido relacionado con el Gólgota. Esta cercanía resulta especialmente significativa porque Juan afirma que en el lugar donde Jesús había sido crucificado había un huerto, y en el huerto un sepulcro (Juan 19:41).

Fotografía 14. La ventana y el espacio frente al sepulcro.
En la parte superior derecha de la entrada puede observarse una pequeña ventana que permite el paso de la luz al interior de la tumba, haciendo posible distinguir lo que hay dentro aun con iluminación natural. Además, frente al sepulcro existe un espacio suficientemente amplio para que varias personas permanecieran allí, compatible con la presencia de una guardia vigilando la entrada, tal como relata Mateo 27:65-66.
Después de recorrer el lugar y comparar sus características con los relatos de los Evangelios, llega el momento de hacer lo mismo que hemos venido haciendo a lo largo de esta investigación: poner la evidencia sobre la mesa y juzgarla.
Los Evangelios nos dijeron qué debíamos buscar. No inventamos las características después de encontrar la tumba. La descripción estaba escrita desde hace casi dos mil años.
La Biblia afirma que Jesucristo fue crucificado fuera de la ciudad (Hebreos 13:12; Juan 19:20). La Tumba del Huerto se encuentra fuera de los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Juan nos dijo que en el lugar donde Jesús fue crucificado había un huerto, y que dentro de ese huerto había un sepulcro (Juan 19:41). En este lugar encontramos una tumba situada en un área que presenta evidencias de haber sido utilizada como huerto, entre ellas una enorme cisterna destinada al almacenamiento de agua.
Los Evangelios dijeron que el sepulcro había sido excavado en la roca (Mateo 27:60; Marcos 15:46; Lucas 23:53). La tumba que tenemos delante está excavada directamente en la roca.
Nos dijeron que la entrada fue cerrada con una gran piedra, y Marcos enfatiza que aquella piedra «era muy grande» (Marcos 16:4). Frente a esta tumba existe un gran canal asociado con un sistema de cierre mediante piedra, y el tamaño del área nos permite comprender perfectamente la magnitud que podía alcanzar una piedra semejante.
Juan escribió que, para mirar dentro del sepulcro, tuvo que inclinarse (Juan 20:5). Yo mismo pude comprobar y fotografiar que para mirar desde la entrada hacia el interior de esta tumba es necesario inclinarse.
Los Evangelios describen personas entrando en el sepulcro (Marcos 16:5; Juan 20:6). Como muestran nuestras fotografías, existe suficiente espacio en su interior para que varias personas permanezcan allí.
Juan incluso menciona a dos ángeles sentados, «el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto» (Juan 20:12). Dentro de esta tumba puede observarse claramente el espacio destinado a colocar un cuerpo, con lugar a ambos extremos.
Además, frente al sepulcro existe suficiente espacio para la presencia de varias personas, algo perfectamente compatible con el relato de Mateo acerca de la guardia colocada para custodiar la tumba (Mateo 27:62-66).
Entonces, ¿qué hacemos con toda esta evidencia?
Tenemos una tumba excavada en la roca. Tenemos un lugar asociado con un antiguo huerto. Tenemos una gran cisterna para almacenar agua. Tenemos una entrada baja que obliga a inclinarse para mirar. Tenemos espacio suficiente en el interior. Tenemos un lugar destinado para colocar un cuerpo. Tenemos evidencias relacionadas con un sistema de cierre mediante una gran piedra. Tenemos espacio frente al sepulcro para una guardia. Tenemos, a muy corta distancia, la formación rocosa tradicionalmente conocida como el Monte de la Calavera. Y todo este conjunto se encuentra fuera de los muros de la Ciudad Vieja de Jerusalén.
¿Significa esto que podemos colocar una placa arqueológica que diga: «Se ha demostrado científicamente que esta fue, sin ninguna posibilidad de duda, la tumba de Jesucristo»?
No necesitamos afirmar más de lo que la evidencia permite.
Pero tampoco debemos afirmar menos.
Las coincidencias entre este lugar y la descripción de los Evangelios son numerosas y extraordinariamente interesantes.
Por eso, después de haber estado personalmente en este lugar, caminar por él, entrar en la tumba, observar sus características y compararlas con los relatos bíblicos, considero que existen razones serias para tomar la Tumba del Huerto como candidata al lugar de la sepultura de Jesucristo.
Y aquí volvemos al principio de nuestra investigación.
Si utilizamos documentos antiguos para localizar ciudades, barcos, palacios y tumbas de personajes históricos, ¿por qué habríamos de negarnos a utilizar los Evangelios para investigar los lugares relacionados con Jesucristo?
Yo no le pido al lector que acepte mi conclusión simplemente porque yo la afirmo.
Le he mostrado el texto. Le he mostrado el lugar. Le he mostrado las fotografías.
Ahora observe nuevamente la evidencia.
Compárela con los Evangelios.
Y juzgue usted mismo.
Libro recomendado

Escucha música con propósito