Por el Dr. Elio M Rivera

  Pocas imágenes del mundo animal transmiten tanta fuerza como la cabeza de un cocodrilo emergiendo lentamente del agua. Su cuerpo permanece casi oculto mientras los ojos y las fosas nasales sobresalen apenas de la superficie. Puede esperar inmóvil durante largos períodos y, cuando llega el momento adecuado, atacar con una rapidez que contrasta profundamente con aquella aparente quietud.

  Sus mandíbulas pueden ejercer una fuerza extraordinaria, sus dientes están preparados para sujetar con firmeza y su cuerpo posee características que le permiten desenvolverse tanto en ambientes acuáticos como terrestres. Todo parece corresponder a la imagen de un formidable depredador.

  Sin embargo, existe otra faceta mucho menos conocida.

  Cuando llega el momento de reproducirse, algunas hembras vigilan cuidadosamente sus nidos. Antes de que las crías terminen de salir del huevo, pueden comenzar a emitir sonidos. La madre responde a esas señales, se aproxima al lugar y puede ayudar a descubrir los huevos. Después, una mandíbula capaz de ejercer una enorme fuerza se convierte en un medio para transportar delicadamente a pequeños cocodrilos hacia el agua.

  La criatura que parece representar únicamente poder revela también una sorprendente capacidad de cuidado.

Cuando una poderosa mandíbula también puede proteger delicadamente una vida

  El libro de Job invita al ser humano a mirar más allá de las apariencias y aprender observando a los animales:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El cocodrilo constituye un magnífico ejemplo. Si solamente observáramos sus dientes y su comportamiento depredador, conoceríamos apenas una parte de su biología.

  Su historia incluye también construcción de nidos, comunicación entre madre y crías, protección y conductas parentales que durante mucho tiempo fueron poco conocidas.

El cocodrilo, un depredador preparado para esperar

  Los cocodrilos son reptiles semiacuáticos pertenecientes al orden Crocodylia. Su anatomía permite permanecer casi completamente sumergidos mientras conservan los ojos, los oídos y las fosas nasales cerca de la superficie.

  Esta disposición resulta especialmente útil para un depredador que depende en gran medida de la sorpresa.

  En lugar de gastar continuamente energía persiguiendo animales, puede permanecer inmóvil y esperar una oportunidad favorable.

  Cuando una presa se aproxima suficientemente, el cuerpo que parecía estar descansando puede responder en un instante.

El cocodrilo, una de las mordidas más poderosas del mundo animal

  Las mediciones realizadas en grandes cocodrilianos han registrado algunas de las mayores fuerzas de mordida conocidas entre los animales vivos.

  Los músculos responsables de cerrar las mandíbulas son extraordinariamente potentes. Esto permite sujetar presas grandes y mantenerlas atrapadas.

  Sin embargo, fuerza no significa ausencia de control.

  Los mismos maxilares que participan en la captura del alimento pueden utilizarse de una manera completamente diferente cuando intervienen las crías.

  Esa capacidad para aplicar una enorme potencia en un contexto y movimientos mucho más cuidadosos en otro constituye uno de los contrastes más interesantes de su comportamiento.

Dientes que se reemplazan durante la vida

  Los dientes del cocodrilo están sometidos a un considerable desgaste. Capturar y manipular presas puede dañarlos o provocar su pérdida.

  El organismo posee un sistema de reemplazo continuo.

  Debajo de los dientes funcionales pueden desarrollarse estructuras que eventualmente ocuparán su lugar. A lo largo de la vida, un individuo puede reemplazar numerosos dientes.

  La dentadura no constituye, por tanto, una herramienta que deba conservarse intacta desde la juventud hasta la vejez. Existe un mecanismo que permite renovarla repetidamente.

Sentir movimientos casi imperceptibles en el agua

  Alrededor de las mandíbulas y otras regiones de la piel existen pequeños órganos sensoriales especializados.

  Estas estructuras pueden detectar cambios mecánicos y movimientos producidos en el agua. Gracias a ellas, el cocodrilo obtiene información sobre aquello que ocurre cerca de su cuerpo incluso cuando la visibilidad es limitada.

  Un animal que se mueve en el agua genera perturbaciones. Para nosotros pueden pasar completamente inadvertidas; para el cocodrilo forman parte de la información disponible sobre su entorno.

  Su mundo sensorial no es idéntico al nuestro.

Ojos preparados para una vida entre dos mundos

  Los ojos también poseen características adecuadas para una existencia semiacuática.

  Una membrana nictitante puede desplazarse sobre el ojo y proporcionar protección mientras el animal se encuentra bajo el agua. Además, la posición elevada de los ojos permite observar el entorno manteniendo gran parte del cuerpo sumergido.

  Cuando el cocodrilo desaparece bajo la superficie, válvulas y estructuras anatómicas ayudan a proteger diferentes aberturas corporales.

  Su cuerpo está preparado para pasar continuamente de un medio a otro.

El nido: donde comienza otra historia

  La reproducción muestra un comportamiento muy diferente al asociado normalmente con estos reptiles.

  Dependiendo de la especie, las hembras pueden construir nidos utilizando vegetación y otros materiales o excavar cavidades en el suelo. Allí depositan los huevos y permanecen relacionadas con el lugar durante el período de incubación.

  Los huevos son vulnerables a depredadores y a condiciones ambientales desfavorables.

  La presencia materna aumenta las posibilidades de que una nueva generación llegue a nacer.

El calor decide algo extraordinario

  En los cocodrilianos, el sexo de las crías no depende únicamente de cromosomas sexuales como ocurre en los seres humanos.

  La temperatura de incubación durante determinados períodos del desarrollo embrionario desempeña un papel fundamental en la determinación sexual.

  Diferentes rangos térmicos pueden favorecer el desarrollo de machos o hembras, aunque el patrón exacto varía entre especies.

  Esto convierte al nido en algo más que un lugar donde los huevos permanecen protegidos. Las condiciones térmicas experimentadas durante el desarrollo pueden influir directamente en una característica fundamental de los animales que nacerán.

Las crías comienzan a llamar antes de nacer

  Uno de los aspectos más fascinantes ocurre cuando se aproxima el momento de la eclosión.

  Las crías pueden producir vocalizaciones mientras todavía se encuentran dentro de los huevos.

  Estos sonidos parecen participar en la sincronización del nacimiento y pueden estimular respuestas de la madre.

  Lo que desde el exterior parece un nido silencioso contiene pequeños reptiles que ya están utilizando señales acústicas.

  La comunicación comienza antes de que hayan visto el mundo exterior.

Una madre que escucha

  Cuando las vocalizaciones anuncian que el nacimiento se aproxima, la hembra puede acercarse al nido y retirar cuidadosamente parte del material que lo cubre.

  En algunas especies se han observado conductas mediante las cuales ayuda a liberar los huevos o facilita el acceso de las crías hacia el exterior.

  Después ocurre una de las escenas más sorprendentes de la vida de estos reptiles.

  Los pequeños necesitan llegar al agua.

  Y la madre puede ayudarles.

El cocodrilo, la misma boca que captura también transporta

  Una cría recién nacida es diminuta en comparación con un cocodrilo adulto.

  La madre puede recoger cuidadosamente a varios pequeños con la boca y transportarlos desde el nido hasta el agua.

  La escena resulta extraordinaria precisamente por el instrumento utilizado.

  Entre enormes dientes capaces de sujetar una presa aparecen pequeños cuerpos que necesitan protección. Los movimientos deben ser suficientemente controlados para trasladarlos sin dañarlos.

  La anatomía no ha cambiado.

  Lo que cambia es la manera de utilizarla.

Fuerza y delicadeza en la misma estructura

  Este contraste permite comprender un principio importante de la biología.

  Una estructura corporal no posee necesariamente una sola función. Las mandíbulas sirven para alimentarse y defenderse, pero también pueden intervenir en el cuidado parental.

  La fuerza disponible no necesita aplicarse siempre en su máxima intensidad.

  Músculos, sistema nervioso y órganos sensoriales permiten controlar el movimiento de acuerdo con las circunstancias.

  La verdadera maravilla no consiste solamente en poseer una mordida poderosa, sino en poder regularla.

La protección puede continuar después del nacimiento

  El cuidado maternal no termina necesariamente cuando las crías alcanzan el agua.

  En diversas especies de cocodrilianos, los pequeños permanecen agrupados durante cierto tiempo y producen vocalizaciones que pueden provocar respuestas de los adultos.

  La madre puede permanecer cerca y reaccionar ante señales de peligro.

  Aunque las crías deberán aprender progresivamente a alimentarse y sobrevivir por sí mismas, comienzan la vida bajo un grado de protección que muchas personas nunca asociarían con un cocodrilo.

Una criatura capaz de comunicarse

  Los cocodrilianos poseen un repertorio acústico más complejo de lo que su apariencia silenciosa podría sugerir.

  Adultos y jóvenes producen diferentes vocalizaciones relacionadas con reproducción, territorialidad, contacto y situaciones de peligro.

  Las llamadas de las crías son especialmente importantes porque muestran que la relación entre madre y descendencia no depende solamente de proximidad física.

  Existe intercambio de información.

  Una madre puede responder porque ha recibido una señal.

Un corazón diferente al de la mayoría de los reptiles

  La anatomía interna también contiene características notables.

  Los cocodrilianos poseen un corazón con cuatro cámaras bien diferenciadas, característica que los distingue de muchos otros reptiles. Además, su circulación incluye conexiones especializadas que permiten modificar determinados patrones de flujo sanguíneo bajo distintas condiciones.

  Estas características resultan particularmente interesantes para un animal que alterna entre respiración aérea y períodos de inmersión.

  Mientras permanece bajo el agua, la fisiología cardiovascular debe responder a circunstancias diferentes de aquellas presentes cuando descansa en tierra.

Permanecer sumergido sin dejar de ser un animal que respira aire

  El cocodrilo posee pulmones y necesita salir a la superficie para respirar.

  Sin embargo, puede permanecer sumergido durante períodos considerables, especialmente cuando se encuentra tranquilo.

  Durante la inmersión disminuyen determinadas actividades metabólicas y ocurren ajustes cardiovasculares que permiten utilizar eficientemente las reservas disponibles.

  No necesita poseer branquias para vivir estrechamente relacionado con el agua. Su organismo utiliza una estrategia completamente distinta.

Una historia que comenzó mucho antes que nosotros

  Los cocodrilianos pertenecen a un linaje antiguo dentro de los arcosaurios, el gran grupo que también incluye a las aves y que en el pasado incluyó a los dinosaurios no avianos.

  Los cocodrilos actuales no son simplemente animales que permanecieron idénticos durante millones de años. Su historia incluye numerosas formas extintas y cambios a lo largo del tiempo.

  Sin embargo, el plan corporal general de los cocodrilianos ha demostrado ser extraordinariamente eficaz para una existencia asociada con ambientes acuáticos.

  Su estudio permite contemplar una de las formas de vida más reconocibles del mundo animal.

No debemos juzgar una criatura solamente por aquello que tememos de ella

  El cocodrilo puede ser peligroso. Su capacidad depredadora es real y debe respetarse.

  Pero conocer solamente esa característica produce una imagen incompleta.

  El mismo animal posee sentidos especializados, comunicación acústica, regulación cardiovascular, comportamiento reproductivo y cuidado parental.

  Una hembra que vigila un nido y responde a las llamadas de sus crías muestra una faceta que contradice la imagen simplificada de una criatura gobernada únicamente por agresión.

  La naturaleza suele ser mucho más compleja que nuestras primeras impresiones.

Una lección escondida detrás de enormes dientes

  El libro de Job declara:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar la biomecánica de la mordida, la determinación sexual dependiente de temperatura ni la fisiología cardiovascular de los cocodrilos. Esas preguntas corresponden a la zoología, la embriología y la fisiología comparada.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar el mundo natural reconociendo la sabiduría presente en él.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El cocodrilo ofrece una magnífica oportunidad para hacerlo. Posee la potencia necesaria para capturar grandes presas, órganos sensoriales capaces de detectar perturbaciones en el agua y un organismo preparado para alternar entre tierra y ambientes acuáticos.

  Pero quizá su imagen más sorprendente no sea la de un depredador atacando.

  Tal vez sea la de una madre inclinándose sobre su nido después de escuchar las llamadas de sus pequeños.

  Allí, la enorme boca se abre. Las crías entran entre dientes que podrían ejercer una fuerza formidable y, sin embargo, son transportadas cuidadosamente hacia el agua.

  Desde la perspectiva bíblica, esa escena nos recuerda que la sabiduría de la creación puede aparecer mediante contrastes inesperados. En el cocodrilo, una de las estructuras más poderosas del mundo animal puede convertirse también en instrumento de protección. Fuerza y delicadeza, aparentemente opuestas, conviven en una misma criatura y nos permiten contemplar otra fascinante manifestación de la sabiduría del Creador.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Entre las ramas de árboles y arbustos vive un reptil cuya apariencia parece reunir varias características difíciles de encontrar en un mismo animal. Sus ojos pueden orientarse de manera notablemente independiente, su lengua puede proyectarse hacia una presa en una fracción de segundo, sus patas están preparadas para sujetarse a las ramas y su piel puede modificar su apariencia mediante mecanismos microscópicos que durante mucho tiempo fueron comprendidos de manera incompleta.

  Ese animal es el camaleón.

  Existen más de doscientas especies pertenecientes a la familia Chamaeleonidae, distribuidas principalmente en África y Madagascar, aunque también aparecen naturalmente en otras regiones. Algunas son pequeñas, mientras otras alcanzan tamaños considerablemente mayores. A pesar de sus diferencias, comparten una serie de características que las convierten en uno de los grupos de reptiles más fascinantes.

  El camaleón demuestra que no es necesario poseer gran tamaño o enorme fuerza para sorprendernos. En él, precisión, percepción visual, locomoción y comunicación se encuentran reunidas en un organismo preparado para desenvolverse entre la vegetación.

El camaleón, una sorprendente combinación de visión, precisión y comunicación

  El libro de Job contiene una invitación particularmente apropiada cuando contemplamos criaturas como esta:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán.”
(Job 12:7)

  Durante siglos, muchas características de los animales fueron conocidas solamente por observación. Actualmente, la anatomía, la fisiología y nuevas tecnologías permiten descubrir los mecanismos que se encuentran detrás de aquello que nuestros ojos contemplan.

  El camaleón constituye un magnífico ejemplo.

Dos ojos que pueden mirar en direcciones diferentes

  Quizá una de sus características más llamativas sea la forma en que utiliza los ojos.

  Cada globo ocular se encuentra cubierto en gran parte por párpados fusionados que dejan solamente una pequeña abertura para la pupila. Además, pueden realizar amplios movimientos.

  Mientras el animal permanece inmóvil sobre una rama, un ojo puede explorar una región del entorno mientras el otro observa otra dirección.

  Esto proporciona un campo visual muy amplio sin necesidad de mover constantemente la cabeza y revelar su posición.

  Sin embargo, cuando aparece una posible presa, ocurre algo diferente.

De explorar el ambiente a calcular un ataque

  Al detectar un insecto, el sistema visual modifica su funcionamiento. Ambos ojos pueden orientarse hacia el objetivo para obtener la información necesaria sobre su posición y distancia.

  En ese momento, la percepción visual se convierte en preparación para una acción extraordinariamente rápida.

  El camaleón necesita calcular dónde se encuentra la presa antes de lanzar su lengua. Un error relativamente pequeño podría hacer que el ataque fracase.

  La visión, por tanto, no funciona aislada. Proporciona información que deberá ser utilizada inmediatamente por el sistema nervioso y muscular.

Una lengua convertida en proyectil

  La lengua del camaleón es una de las estructuras de captura más impresionantes entre los reptiles.

  En numerosas especies puede proyectarse una distancia comparable o incluso superior a la longitud del cuerpo, dependiendo de cómo se realice la medición y de la especie estudiada.

  El movimiento ocurre con enorme rapidez.

  Si dependiera únicamente de la contracción muscular directa, producir semejante aceleración sería difícil. La solución se encuentra en un mecanismo que permite almacenar energía elástica antes del disparo.

  Tejidos especializados asociados con el aparato de la lengua acumulan energía y posteriormente la liberan con rapidez, impulsando la estructura hacia la presa.

  El principio recuerda a un resorte que se carga lentamente y libera su energía de manera repentina.

Atrapar sin utilizar las manos

  Llegar hasta el insecto representa solamente la mitad del problema. Después hay que sujetarlo.

  La punta de la lengua posee características que favorecen la captura. Su forma y las propiedades adhesivas de la superficie ayudan a mantener la presa unida durante el rápido movimiento de regreso hacia la boca.

  Todo el proceso puede ocurrir en una fracción de segundo.

  Primero interviene la detección visual. Después se calcula la posición, se prepara el aparato lingual, se libera la energía almacenada y finalmente la presa es recuperada.

  Aquello que parece simplemente “sacar la lengua” es en realidad una secuencia biomecánica de notable precisión.

¿Por qué cambia de color un camaleón?

  Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que los camaleones cambian de color exclusivamente para copiar cualquier superficie sobre la que se encuentren.

  La realidad es más interesante.

  El cambio de apariencia puede participar en el camuflaje, pero también se relaciona con la comunicación social, la regulación térmica y diferentes estados fisiológicos.

  Un individuo puede modificar su coloración durante encuentros con otros camaleones, situaciones reproductivas o respuestas ante determinadas condiciones ambientales.

  La piel funciona así como una superficie capaz de transmitir información.

El secreto se encuentra debajo de la piel

  Las investigaciones modernas han revelado que algunos de los cambios de color dependen de células especializadas llamadas iridóforos, que contienen estructuras microscópicas formadas por nanocristales.

  La organización y separación de estos cristales puede modificarse, alterando las longitudes de onda de la luz que son reflejadas.

  Esto significa que determinados colores no dependen solamente de pigmentos químicos, sino también de la manera en que estructuras diminutas interactúan físicamente con la luz.

  La coloración es, en parte, un fenómeno de óptica.

  Una característica visible desde varios metros de distancia depende de una organización que solamente puede apreciarse adecuadamente a escala microscópica.

Colores que también comunican

  Los cambios de coloración pueden transmitir información a otros miembros de la misma especie.

  Durante encuentros entre machos, determinadas tonalidades pueden relacionarse con exhibiciones sociales. En contextos reproductivos, los patrones corporales también pueden proporcionar señales importantes.

  El cuerpo se convierte de esta manera en parte del sistema de comunicación.

  No necesita emitir una voz para enviar un mensaje. Una modificación visual puede hacerlo.

El Sol también influye

  Como otros reptiles, los camaleones son ectotermos. Esto significa que dependen considerablemente de fuentes externas de calor para regular su temperatura corporal.

  El comportamiento desempeña un papel fundamental.

  Pueden desplazarse entre áreas soleadas y sombreadas, modificar la orientación del cuerpo y, en algunas especies, realizar cambios de coloración que pueden influir en la absorción de radiación.

  Mantener una temperatura adecuada resulta indispensable para que los músculos, la digestión y otros procesos fisiológicos funcionen correctamente.

  Una vez más, comportamiento y fisiología se encuentran estrechamente relacionados.

Patas hechas para sujetarse

  Vivir entre ramas presenta desafíos muy diferentes a caminar sobre una superficie plana.

  Los camaleones poseen patas especializadas en las que los dedos se encuentran agrupados de manera que pueden sujetar las ramas desde lados opuestos.

  Esta disposición funciona como una pinza.

  Mientras avanza lentamente, cada extremidad busca un punto seguro antes de transferir el peso del cuerpo.

  Las garras proporcionan agarre adicional sobre superficies irregulares.

  Su locomoción puede parecernos lenta, pero resulta adecuada para un animal que necesita conservar estabilidad mientras se mueve entre estructuras estrechas y a diferentes alturas.

Una cola que funciona como una quinta ayuda

  Muchas especies poseen una cola prensil capaz de enrollarse alrededor de las ramas.

  Esta estructura proporciona un punto adicional de apoyo mientras el animal se desplaza o permanece inmóvil.

  Cuando necesita alcanzar una nueva rama, la cola puede ayudar a estabilizar el cuerpo mientras las extremidades cambian de posición.

  La misma anatomía que parece curiosa cuando observamos al animal fuera de su ambiente adquiere pleno sentido cuando lo vemos desplazarse entre la vegetación.

Moverse sin llamar demasiado la atención

  El camaleón suele desplazarse lentamente y puede realizar movimientos corporales oscilantes.

  Este comportamiento puede ayudar a disminuir la detección visual y, en algunos contextos, hacer que su movimiento se integre con el de hojas y ramas agitadas por el viento.

  Su estrategia de supervivencia no consiste en escapar mediante una velocidad extraordinaria como el guepardo.

  El camaleón utiliza otro camino: pasar inadvertido, observar cuidadosamente y esperar el momento apropiado.

Una estrategia de caza basada en paciencia

  Muchos depredadores persiguen activamente a sus presas. El camaleón puede permanecer durante largos períodos desplazándose lentamente mientras explora visualmente el entorno.

  Cuando detecta un insecto adecuado, comienza una secuencia cuidadosamente coordinada.

  La cabeza se orienta, los ojos determinan la posición y el cuerpo mantiene estabilidad sobre la rama. Solamente entonces ocurre el disparo de la lengua.

  La paciencia disminuye la necesidad de perseguir.

  Una captura eficaz depende más de precisión que de velocidad corporal.

Un mundo observado de otra manera

  Los seres humanos movemos ambos ojos normalmente de manera coordinada y dirigimos la cabeza hacia aquello que queremos observar.

  El camaleón puede explorar su entorno utilizando una estrategia visual distinta.

  Esto nos recuerda algo importante acerca de la naturaleza: nuestros sentidos no representan la única manera posible de percibir el mundo.

  Cada especie recibe una parte de la realidad mediante las capacidades de sus propios órganos sensoriales.

  Existen sonidos que no escuchamos, longitudes de onda que no vemos, sustancias que apenas podemos detectar y formas de percepción muy diferentes a las nuestras.

  La creación es mucho más rica que aquello que nuestros sentidos pueden experimentar directamente.

Una criatura donde varias ciencias se encuentran

  Estudiar un camaleón requiere conocimientos de diferentes disciplinas.

  La óptica ayuda a comprender parte de su coloración. La biomecánica explica el lanzamiento de la lengua. La neurobiología investiga el control de los ojos. La fisiología estudia la regulación térmica y la zoología analiza su comportamiento.

  Aquello que desde lejos parece simplemente un pequeño reptil de colores contiene preguntas capaces de ocupar a investigadores de campos completamente distintos.

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

Mucho más que cambiar de color

  Reducir al camaleón a la capacidad de modificar su color sería perder de vista gran parte de lo que hace especial a este animal.

  Sus ojos exploran un amplio campo visual. El cerebro utiliza esa información para localizar objetivos. La lengua transforma energía almacenada en un movimiento explosivo. Las patas sujetan ramas estrechas y la cola proporciona estabilidad adicional. Al mismo tiempo, la piel participa en comunicación y en la relación del organismo con el ambiente.

  Cada característica responde a necesidades diferentes, pero todas forman parte de una misma forma de vida.

  La Biblia no pretende explicar los nanocristales de los iridóforos ni describir la biomecánica de la lengua. Estas investigaciones corresponden a la física, la zoología y la fisiología.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la naturaleza desde otra perspectiva:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Un camaleón inmóvil sobre una rama puede parecer una criatura sencilla. Sin embargo, detrás de esa quietud existe un sistema visual explorando el entorno, músculos preparados para mantener el equilibrio y un mecanismo de captura capaz de actuar en una fracción de segundo. Incluso los colores de su piel pueden depender de estructuras microscópicas organizadas de tal manera que modifican la interacción con la luz.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos no disminuye el asombro; lo aumenta. El camaleón nos recuerda que algunas de las maravillas de la creación se encuentran escondidas en criaturas pequeñas y silenciosas, donde visión, precisión, física y comportamiento se combinan de una manera que continúa sorprendiendo a quienes se detienen a estudiarlas.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Imagine caminar durante la noche por un terreno aparentemente vacío. Nuestros ojos distinguen apenas algunas formas y, si la oscuridad aumenta, buena parte del paisaje desaparece para nosotros. Sin embargo, muy cerca podría encontrarse un animal recibiendo información que nuestros propios sentidos son incapaces de detectar.

  Las serpientes de cascabel pertenecen a los géneros Crotalus y Sistrurus, un grupo de víboras distribuidas en el continente americano. Son conocidas principalmente por dos características: el cascabel situado al final de la cola y su sistema de veneno. Pero reducirlas únicamente a estos elementos significa ignorar algunas de sus capacidades más fascinantes.

  Detrás de los ojos poseen órganos especializados capaces de detectar radiación infrarroja asociada con objetos más calientes que su entorno. Al mismo tiempo, una lengua bífida recoge partículas químicas del ambiente y las lleva hacia un sistema sensorial localizado dentro de la boca. Si aparece una amenaza, la cola puede producir una señal acústica inconfundible.

  La serpiente de cascabel habita, por tanto, un mundo sensorial diferente al nuestro.

La serpiente de cascabel, un mundo invisible revelado mediante sentidos diferentes a los nuestros

  Los seres humanos tendemos a imaginar que aquello que podemos ver, escuchar, tocar, saborear y oler representa prácticamente toda la realidad que nos rodea.

  No es así.

  Existen formas de energía y señales ambientales que nuestros sentidos no pueden percibir directamente. Necesitamos instrumentos para descubrirlas.

  La Biblia utiliza repetidamente a los animales como una invitación a observar y aprender:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  La serpiente de cascabel constituye un magnífico ejemplo. Para comprender su comportamiento necesitamos preguntarnos primero cómo experimenta ella el ambiente.

Dos pequeñas cavidades con una capacidad sorprendente

  Entre los ojos y las fosas nasales de las víboras de foseta se encuentran dos depresiones conocidas como fosetas loreales.

  A primera vista parecen simples cavidades.

  En realidad contienen órganos sensoriales extraordinariamente sensibles a la radiación infrarroja.

  Todos los objetos cuya temperatura se encuentra por encima del cero absoluto emiten radiación electromagnética. Parte de la energía producida por animales de sangre caliente se encuentra dentro del rango infrarrojo.

  Nosotros no podemos verla.

  La serpiente puede detectarla.

No son exactamente ojos térmicos

  A veces se dice que estas serpientes simplemente “ven el calor”. La expresión resulta útil para comprender la idea general, pero el mecanismo es diferente de la visión producida por los ojos.

  La foseta posee una membrana muy delgada y altamente inervada. Cuando recibe radiación infrarroja procedente del ambiente, se producen diminutos cambios térmicos que activan terminaciones nerviosas especializadas.

  La información viaja hacia el sistema nervioso, donde puede integrarse con otras señales sensoriales.

  El resultado proporciona datos acerca de la localización de fuentes térmicas.

  Una diferencia de temperatura que para nosotros sería completamente invisible puede convertirse en información útil para la serpiente.

Encontrar una presa en la oscuridad

  Muchos pequeños mamíferos mantienen una temperatura corporal considerablemente superior a la del ambiente nocturno.

  Un ratón moviéndose entre piedras puede resultar difícil de localizar visualmente, pero su cuerpo produce un contraste térmico respecto del entorno.

  Las fosetas permiten detectar ese contraste.

  Experimentos han demostrado que la información infrarroja puede contribuir significativamente a localizar y dirigir ataques hacia presas, especialmente cuando la iluminación es limitada.

  Esto no significa que la serpiente dependa exclusivamente de un sentido. La verdadera eficacia aparece cuando diferentes fuentes de información trabajan conjuntamente.

Los ojos también participan

  Las serpientes de cascabel poseen visión funcional y la utilizan junto con otros sistemas.

  La información visual proporciona datos sobre formas, movimiento y condiciones del entorno. Las fosetas aportan información térmica. El sistema químico detecta moléculas y partículas transportadas por el aire o depositadas sobre superficies.

  El cerebro integra esas señales.

  De esta manera, una presa no es simplemente algo que se observa. Puede ser detectada mediante varias características diferentes.

  El ambiente contiene mucha más información de la que nuestros ojos nos permiten apreciar.

La serpiente de cascabel, una lengua que recoge información

  Otra imagen característica de las serpientes es el movimiento constante de la lengua.

  No se trata simplemente de un gesto.

  Cada vez que la lengua sale de la boca, recoge partículas químicas presentes en el aire y sobre las superficies. Después vuelve a entrar y sus puntas se aproximan a las aberturas de un órgano sensorial especializado.

  Este sistema es conocido como órgano vomeronasal u órgano de Jacobson.

  Las moléculas recogidas proporcionan información química acerca del ambiente.

¿Por qué tiene dos puntas?

  La forma bífida de la lengua posee una ventaja adicional.

  Cada extremo puede recoger muestras de regiones ligeramente diferentes. Al comparar la información química recibida desde ambos lados, el sistema nervioso puede obtener pistas sobre la dirección de donde procede una señal.

  En términos sencillos, no solamente puede detectar que existe un rastro químico.

  También puede ayudar a determinar hacia dónde seguirlo.

  Una estructura que parece sencilla funciona como parte de un sofisticado sistema de orientación.

Seguir una presa después del ataque

  En algunas situaciones, una serpiente venenosa puede morder una presa y liberarla en lugar de mantenerla sujetada inmediatamente.

  El animal herido puede desplazarse cierta distancia antes de quedar incapacitado.

  La serpiente necesita entonces localizarlo nuevamente.

  Las señales químicas asociadas con la presa pueden ayudarle a seguir el rastro. Lengua, órgano vomeronasal y comportamiento de búsqueda trabajan conjuntamente durante este proceso.

  El sistema utilizado antes del ataque continúa siendo útil después de él.

El veneno: mucho más que una sustancia peligrosa

  El veneno de las serpientes de cascabel es una mezcla compleja de proteínas, péptidos y enzimas cuya composición varía entre especies, poblaciones e incluso individuos.

  Sus efectos pueden incluir alteraciones de tejidos, coagulación, sistema nervioso y otros procesos fisiológicos, dependiendo del tipo de toxinas presentes.

  Desde la perspectiva biológica, su función principal está relacionada con la captura y procesamiento de presas, aunque también puede servir como mecanismo defensivo.

  El veneno se produce en glándulas especializadas y llega hasta los colmillos mediante conductos.

Colmillos que se pliegan

  Las víboras poseen largos colmillos anteriores capaces de rotar.

  Cuando la boca permanece cerrada, estos se encuentran plegados contra el paladar. Al prepararse para morder, pueden colocarse en posición funcional.

  Durante el ataque penetran en el tejido y permiten introducir el veneno.

  Después regresan a su posición.

  Además, los colmillos pueden ser reemplazados a lo largo de la vida cuando se pierden o dañan.

  Producción de veneno, almacenamiento, conducción y mecanismo de inoculación forman un sistema integrado.

Pero antes de atacar puede aparecer una advertencia

  La característica que da nombre a estas serpientes se encuentra al final de la cola.

  El cascabel está formado por segmentos de queratina conectados entre sí. Cuando músculos especializados mueven rápidamente la cola, estos segmentos chocan y producen el conocido sonido.

  Lo interesante es que esta señal puede evitar un enfrentamiento.

  Una serpiente que advierte de su presencia puede conseguir que un animal grande se aleje sin necesidad de utilizar veneno ni exponerse a sufrir lesiones.

  Desde este punto de vista, el cascabel no es solamente una estructura intimidante.

  También constituye un sistema de comunicación defensiva.

¿Cómo se forma un cascabel?

  Las crías nacen con una estructura terminal especializada en la cola, pero todavía no poseen una serie larga de segmentos capaz de producir el sonido característico de un adulto.

  Cada vez que ocurre una muda, puede añadirse un nuevo segmento.

  Sin embargo, contar los segmentos no permite determinar con precisión la edad del animal. Una serpiente puede mudar más de una vez durante un año y algunas partes del cascabel pueden romperse.

  Por ello, un cascabel grande no funciona como un calendario exacto de su vida.

Producir el sonido requiere una velocidad extraordinaria

  Para generar su característica vibración, la serpiente utiliza músculos especializados capaces de contraerse repetidamente a gran frecuencia.

  El movimiento puede mantenerse durante períodos considerables.

  La fisiología muscular involucrada ha llamado la atención de investigadores porque requiere contracciones rápidas y repetitivas sin que el sistema pierda inmediatamente su capacidad funcional.

  Un sonido aparentemente sencillo es el resultado de una maquinaria muscular especializada.

Detectar vibraciones sin tener oídos como los nuestros

  Las serpientes carecen de oído externo y de tímpano como el ser humano.

  Eso no significa que vivan en un mundo completamente silencioso.

  Pueden detectar vibraciones transmitidas a través del suelo y determinadas ondas sonoras mediante estructuras conectadas con el oído interno.

  La mandíbula desempeña un papel importante en la transmisión de vibraciones.

  Nuevamente encontramos una manera diferente de percibir el ambiente.

Un cuerpo que utiliza el calor del exterior

  Como otros reptiles, las serpientes de cascabel son ectotermas.

  Su temperatura corporal depende en gran medida de las condiciones ambientales. Necesitan desplazarse entre lugares más cálidos y más frescos para mantener el organismo dentro de rangos adecuados.

  Pueden exponerse al Sol durante determinados períodos y posteriormente buscar sombra, grietas o refugios cuando la temperatura aumenta demasiado.

  Esta regulación mediante comportamiento afecta digestión, movimiento y otros procesos fisiológicos.

  El animal debe relacionarse continuamente con las condiciones térmicas de su entorno.

El mundo no se percibe de una sola manera

  Para nosotros, observar una habitación significa principalmente utilizar los ojos. Para una serpiente de cascabel, la experiencia sensorial combina información de otra naturaleza.

  Existen señales visuales.

  También hay rastros químicos.

  El suelo transmite vibraciones.

  Los organismos calientes producen contrastes térmicos detectables.

  Cada sistema proporciona una parte diferente del entorno.

  Cuando se integran, construyen una representación que nosotros difícilmente podemos imaginar porque carecemos de varios de esos sentidos.

La tecnología humana intenta hacer algo semejante

  Los seres humanos desarrollamos cámaras térmicas para convertir la radiación infrarroja en imágenes que podamos observar.

  Estos instrumentos se utilizan en medicina, industria, rescate, investigación y numerosas aplicaciones tecnológicas.

  Necesitamos sensores electrónicos porque nuestros ojos no detectan directamente esas longitudes de onda.

  La serpiente posee un órgano biológico que responde a señales térmicas sin necesidad de tecnología externa.

  La comparación no significa que ambos sistemas funcionen de manera idéntica, pero permite apreciar la magnitud de la capacidad sensorial del animal.

Una criatura que merece algo más que temor

  Las serpientes de cascabel deben tratarse con respeto y mantenerse a distancia. Su mordedura puede constituir una emergencia médica grave.

  Pero reconocer el peligro no exige reducir al animal a una imagen de amenaza.

  También forma parte de los ecosistemas donde vive y participa en relaciones depredador-presa, incluyendo el consumo de pequeños mamíferos.

  Cuando la estudiamos con atención descubrimos órganos sensoriales especializados, complejos mecanismos químicos, sistemas de advertencia y formas de percepción muy diferentes a las nuestras.

  El temor puede alejarnos.

  El conocimiento nos permite comprender.

Una ventana hacia aquello que no podemos percibir

  El libro de Job pregunta:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar la radiación infrarroja ni describir los receptores moleculares de una foseta loreal. Tampoco desarrolla la bioquímica del veneno o la fisiología de los músculos del cascabel. Esas preguntas corresponden a la física, la neurobiología, la zoología y la bioquímica.

  Las Escrituras nos invitan a observar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La serpiente de cascabel amplía nuestra comprensión de lo que significa percibir el mundo. Donde nosotros vemos oscuridad, ella puede recibir información térmica. Donde apenas encontramos un terreno vacío, su lengua puede recoger rastros químicos. Donde nuestros oídos no prestan atención, las vibraciones transmitidas por el suelo proporcionan nuevas señales.

  Y cuando un peligro se aproxima, antes de utilizar sus colmillos puede producir una advertencia que ha llegado a convertirse en uno de los sonidos más reconocibles de la naturaleza.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estas capacidades nos permite contemplar otra dimensión de la diversidad de la creación. La serpiente de cascabel nos recuerda que la realidad es mucho más amplia que aquello que nuestros propios sentidos pueden percibir. Existen señales invisibles para nosotros que otras criaturas están preparadas para detectar, una extraordinaria muestra de la variedad y complejidad presentes en el mundo que Dios creó.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Imagine colocar la palma de la mano contra una pared completamente lisa e intentar sostener todo el peso de su cuerpo sin utilizar pegamento, garras, ventosas ni ninguna otra ayuda. Para nosotros sería imposible. Sin embargo, un pequeño reptil puede subir verticalmente por ciertas superficies, detenerse allí y después continuar hasta desplazarse por un techo con una facilidad sorprendente.

  Ese animal es el geicko.

  Existen más de mil especies de geckos distribuidas principalmente en regiones cálidas del planeta. Algunas viven sobre árboles, otras entre rocas y muchas han aprendido a desenvolverse cerca de construcciones humanas. Aunque existe una enorme diversidad dentro de este grupo, determinadas especies poseen una de las capacidades de adhesión más fascinantes conocidas en los vertebrados.

  El secreto no se encuentra en una sustancia pegajosa.

  Está escondido debajo de sus dedos.

El gecko, una maravilla microscópica debajo de sus patas

  La Biblia invita repetidamente al ser humano a prestar atención incluso a las criaturas pequeñas:

“Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio.”
(Proverbios 6:6)

  El principio resulta interesante cuando observamos al gecko. Una criatura pequeña puede enseñarnos enormes lecciones acerca de física, estructura y movimiento.

  Durante mucho tiempo se intentó comprender cómo conseguía adherirse a superficies aparentemente lisas. Se propusieron diferentes explicaciones: pequeñas ventosas, sustancias pegajosas o algún mecanismo basado únicamente en garras.

  La respuesta resultó ser mucho más extraordinaria.

Lo que parece una pata lisa no lo es

  Si observamos los dedos de determinadas especies de gecko a simple vista, podemos distinguir unas estructuras semejantes a pequeñas láminas.

  Pero necesitamos aumentar considerablemente la imagen para descubrir lo que realmente ocurre.

  Estas regiones están cubiertas por enormes cantidades de estructuras microscópicas semejantes a pelos llamadas setas.

  Cada una es extremadamente pequeña.

  Y todavía no hemos llegado al final.

Una estructura que continúa dividiéndose

  Las setas se ramifican en terminaciones todavía más diminutas conocidas como espátulas.

  Estas estructuras alcanzan dimensiones nanométricas.

  El resultado es una superficie formada por una enorme cantidad de puntos microscópicos capaces de establecer contacto extremadamente cercano con aquello sobre lo que camina el animal.

  La pata que nosotros vemos como una sola estructura es, en realidad, un sistema jerárquico.

  Dedos.

  Láminas.

  Setas.

  Espátulas.

  Cada nivel permite aumentar la superficie efectiva de contacto.

No utiliza pegamento

  Una de las primeras preguntas que surgen es evidente: si el gecko puede quedarse adherido a una pared, ¿produce alguna sustancia pegajosa?

  En las especies con este sistema, la respuesta principal es no.

  La adhesión depende en gran medida de interacciones físicas conocidas como fuerzas de van der Waals.

  Estas fuerzas aparecen debido a interacciones entre moléculas cuando se encuentran extremadamente próximas.

  Individualmente son débiles.

  Pero aquí aparece la clave.

  El gecko posee millones de diminutos puntos capaces de aproximarse extraordinariamente a una superficie. Cuando una enorme cantidad de interacciones débiles actúa simultáneamente, el efecto combinado puede producir una adhesión considerable.

Millones de fuerzas pequeñas producen un gran resultado

  Este principio resulta fascinante porque demuestra cómo una estructura microscópica puede producir consecuencias visibles a escala mucho mayor.

  Una sola seta no podría sostener al animal.

  Una sola espátula mucho menos.

  Pero millones trabajando simultáneamente cambian completamente el resultado.

  El peso se distribuye entre una enorme cantidad de puntos de contacto.

  Lo pequeño, multiplicado y organizado, puede producir algo extraordinario.

Pero pegarse es solamente la mitad del problema

  Supongamos que conseguimos construir una superficie tan adhesiva que puede sostener nuestro cuerpo sobre una pared.

  Inmediatamente aparecería otra dificultad.

  ¿Cómo nos desprenderíamos para dar el siguiente paso?

  Una pata permanentemente pegada sería inútil para caminar.

  El gecko necesita realizar dos acciones aparentemente contradictorias: adherirse con suficiente fuerza para sostenerse y liberarse casi instantáneamente cuando desea moverse.

  La solución depende de la orientación de las estructuras microscópicas.

Adhesión que puede encenderse y apagarse mecánicamente

  Las setas no están distribuidas de cualquier manera. Poseen una orientación determinada.

  Al colocar los dedos sobre una superficie y aplicar fuerzas en ciertos ángulos, aumenta el contacto de las estructuras microscópicas y se produce una fuerte adhesión.

  Cuando modifica el ángulo de los dedos, el contacto disminuye y la pata puede desprenderse.

  El gecko no necesita secretar un pegamento y después disolverlo.

  Controla la adhesión mediante movimiento.

  Esto permite activar y desactivar el sistema en fracciones de segundo mientras corre.

Caminar boca abajo

  La capacidad alcanza su expresión más impresionante cuando el animal se desplaza por un techo.

  En ese momento, prácticamente todo su peso tira en dirección contraria a la superficie.

  Cada pata debe adherirse, soportar una parte de la carga y posteriormente liberarse en el momento preciso.

  El movimiento requiere coordinación entre extremidades, sistema nervioso y mecanismos de adhesión.

  Si todas las patas se desprendieran simultáneamente, el animal caería.

  Por eso, el patrón de locomoción distribuye continuamente el apoyo.

La gravedad sigue funcionando

  Puede parecer que el gecko desafía la gravedad.

  No lo hace.

  La gravedad actúa sobre él exactamente como sobre cualquier otro objeto.

  Lo que posee es un sistema capaz de generar suficiente fuerza de adhesión para contrarrestar temporalmente su peso.

  Este detalle resulta importante porque convierte algo aparentemente misterioso en un magnífico ejemplo de cómo los principios físicos pueden aprovecharse mediante estructuras biológicas.

Una capacidad que depende de la limpieza

  Si una superficie adhesiva tan compleja quedara cubierta rápidamente de polvo, perdería gran parte de su utilidad.

  Sin embargo, las patas de algunos geckos poseen cierto grado de autolimpieza durante la locomoción.

  El movimiento repetido y las diferencias entre las fuerzas que mantienen determinadas partículas adheridas a la pata y aquellas que las mantienen sobre la superficie pueden favorecer su eliminación.

  Esto permite conservar funcionalidad sin que el animal tenga que detenerse continuamente a limpiar cada una de sus estructuras microscópicas.

No todos los geckos utilizan el mismo sistema

  Es importante señalar que no todas las especies poseen almohadillas adhesivas idénticas.

  La familia de los geckos es muy diversa. Algunas especies están especializadas para trepar, mientras otras viven principalmente sobre el suelo y utilizan estrategias diferentes.

  Incluso entre aquellas capaces de adherirse existen variaciones en la forma y organización de las estructuras de los dedos.

  La diversidad muestra diferentes soluciones relacionadas con los ambientes donde vive cada especie.

Pies capaces de trabajar sobre diferentes materiales

  En la naturaleza, un gecko no encuentra paredes de laboratorio perfectamente limpias.

  Se desplaza sobre hojas, troncos, rocas y otras superficies con texturas muy variadas.

  La flexibilidad de las setas permite que enormes cantidades de terminaciones se adapten a pequeñas irregularidades.

  Esta capacidad aumenta el contacto real.

  Una estructura rígida tocaría solamente los puntos más elevados. Millones de elementos flexibles pueden aproximarse a una superficie mucho más compleja.

Los ingenieros comenzaron a observar

  Cuando los científicos comprendieron mejor el funcionamiento de las patas del gecko apareció una pregunta inevitable:

  ¿Podríamos fabricar algo semejante?

  La investigación inspirada en este reptil ha contribuido al desarrollo experimental de adhesivos secos, materiales reutilizables, dispositivos robóticos y sistemas capaces de sujetarse a diferentes superficies.

  Este campo forma parte de lo que se conoce como biomimética o biomímesis: estudiar soluciones presentes en los seres vivos para inspirar nuevas tecnologías.

  En lugar de comenzar únicamente desde una hoja en blanco, los investigadores observan aquello que ya funciona en la naturaleza.

Robots que intentan caminar como un gecko

  Uno de los campos donde esta inspiración resulta especialmente atractiva es la robótica.

  Un robot capaz de adherirse a paredes podría utilizarse para inspeccionar edificios, puentes, instalaciones industriales o lugares peligrosos para los seres humanos.

  Los investigadores han desarrollado materiales sintéticos con microestructuras inspiradas en las setas de los geckos.

  Reproducir el principio no resulta sencillo.

  La pata natural combina dimensiones microscópicas, flexibilidad, orientación, resistencia y control dinámico dentro de una estructura que además debe soportar miles de ciclos de uso.

Una cola que también puede salvarle la vida

  Las patas no constituyen la única característica fascinante de estos reptiles.

  Muchas especies pueden desprender voluntariamente parte de la cola cuando son atacadas por un depredador. Este fenómeno se conoce como autotomía caudal.

  La cola separada puede continuar moviéndose durante un tiempo, desviando la atención del atacante mientras el animal escapa.

  Posteriormente puede crecer una nueva estructura.

  La regeneración no produce necesariamente una copia perfecta de la cola original, pero permite recuperar parte de su función.

Perder una parte para conservar la vida

  La autotomía representa una estrategia sorprendente.

  Una parte del cuerpo puede sacrificarse cuando conservarla pondría en peligro al organismo completo.

  Existen zonas anatómicas preparadas para permitir la separación, mientras mecanismos fisiológicos ayudan a limitar la pérdida de sangre.

  Después comienza un proceso de reparación y regeneración.

  La capacidad ha despertado gran interés científico porque comprender cómo determinados animales regeneran tejidos podría aportar información importante sobre los mecanismos celulares de reparación.

Un reptil que también puede comunicarse mediante sonidos

  A diferencia de muchas otras lagartijas, numerosas especies de gecko producen vocalizaciones.

  Pueden emitir chirridos, llamadas y otros sonidos utilizados en interacciones territoriales, reproductivas o defensivas.

  Esto añade otra dimensión a un animal que normalmente asociamos con movimientos silenciosos sobre paredes.

  Sus relaciones no dependen únicamente de señales visuales o químicas.

Los ojos de la noche

  Muchas especies son nocturnas y poseen sistemas visuales preparados para trabajar bajo niveles reducidos de iluminación.

  Los ojos pueden ser proporcionalmente grandes y las pupilas presentan características que regulan la cantidad de luz que alcanza la retina.

  Algunas investigaciones han mostrado capacidades visuales sorprendentes bajo condiciones donde la visión humana del color se vuelve muy limitada.

  Una criatura activa durante la noche necesita obtener información en circunstancias completamente diferentes de aquellas que enfrentamos durante el día.

Patas, ojos, cola y cerebro trabajando juntos

  La adhesión sería inútil sin un sistema nervioso capaz de controlar cada paso.

  Mientras el gecko corre verticalmente, el cerebro debe coordinar el movimiento de las extremidades, modificar los ángulos de los dedos y mantener el equilibrio.

  Los ojos proporcionan información acerca del camino.

  La cola puede contribuir a la estabilidad en determinadas situaciones.

  Los músculos posicionan cada pata.

  Finalmente, millones de estructuras microscópicas realizan el contacto físico con la superficie.

  Lo que vemos como un pequeño reptil corriendo por una pared es el resultado de todos estos sistemas funcionando simultáneamente.

Una maravilla que nuestros ojos no pueden apreciar

  Si observamos un gecko desde cierta distancia, nunca podremos descubrir el secreto de sus patas.

  Necesitamos un microscopio.

  Y cuando aumentamos la imagen encontramos un principio que aparece repetidamente en el estudio de la naturaleza: muchas de las estructuras más impresionantes permanecen escondidas porque son demasiado pequeñas para nuestros ojos.

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La ciencia nos proporciona herramientas para realizar precisamente esa búsqueda.

  Podemos observar una pata, ampliar su imagen, descubrir las setas, estudiar sus ramificaciones y finalmente analizar las fuerzas físicas que permiten la adhesión.

  Cada nivel revela algo que el anterior no permitía ver.

Cuando lo diminuto produce algo extraordinario

  La Biblia no pretende explicar las fuerzas intermoleculares ni describir estructuras nanométricas. Estas preguntas corresponden a la física, la zoología, la biomecánica y la ciencia de materiales.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El gecko constituye un magnífico ejemplo.

  No posee ventosas. No necesita cubrir sus patas con pegamento. Tampoco desafía las leyes de la física.

  Hace algo mucho más interesante: utiliza esas mismas leyes mediante una estructura organizada a una escala que nuestros ojos no pueden observar directamente.

  Millones de diminutas terminaciones se aproximan a una superficie. Interacciones individualmente débiles actúan conjuntamente. El ángulo de los dedos controla la adhesión y, en el momento apropiado, la pata se libera para comenzar un nuevo paso.

  Desde la perspectiva bíblica, esta extraordinaria combinación de estructura y física constituye otra oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En unas pocas islas de Indonesia vive un reptil que parece pertenecer a otro tiempo. Su cuerpo puede alcanzar varios metros de longitud, sus extremidades terminan en poderosas garras y una larga lengua bífida aparece continuamente entre sus mandíbulas mientras explora el ambiente. No necesita moverse constantemente para encontrar alimento. Parte de la información que busca viaja hasta él transportada por el aire.

  Es el dragón de Komodo (Varanus komodoensis), el lagarto viviente de mayor tamaño conocido.

  Su impresionante apariencia ha contribuido a convertirlo en uno de los reptiles más famosos del planeta. Sin embargo, aquello que realmente sorprende aparece cuando estudiamos cómo funciona su organismo.

  Puede detectar señales químicas del ambiente, seguir rastros durante largas distancias, atacar con dientes especializados y utilizar un sistema de veneno que contribuye a incapacitar a sus presas. Además, las hembras poseen una capacidad reproductiva extraordinaria: bajo determinadas circunstancias pueden producir descendencia sin que haya ocurrido fecundación por un macho.

  El gigante entre los lagartos es mucho más que un animal de gran tamaño.

El dragón de comodo, un gran depredador equipado para encontrar y capturar a sus presas

  El libro de Job contiene una invitación que adquiere un significado especial cuando estudiamos criaturas poco conocidas:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El dragón de Komodo tiene mucho que enseñarnos acerca de sentidos, locomoción, alimentación y reproducción.

  Cada una de estas capacidades forma parte de una estrategia de supervivencia que le permite ocupar una posición dominante dentro de los ecosistemas donde vive.

El lagarto viviente más grande del mundo

  Los grandes machos pueden aproximarse a los tres metros de longitud y alcanzar pesos considerables, aunque existe una importante variación entre individuos.

  Su tamaño lo diferencia inmediatamente de la mayoría de los lagartos.

  Posee un cuello musculoso, extremidades robustas, una cola poderosa y un cuerpo preparado para desplazarse por terrenos difíciles.

  Pero ser grande no garantiza encontrar alimento.

  Antes de capturar una presa hay que localizarla.

  Y allí comienza una de las características más fascinantes del dragón de Komodo.

El dragón de comodo, una lengua que recoge información del ambiente

  El dragón introduce y retira constantemente su larga lengua bífida.

  Este movimiento no está relacionado principalmente con saborear aquello que se encuentra frente a él.

  La lengua recoge partículas químicas suspendidas en el aire o depositadas sobre diferentes superficies.

  Cuando regresa a la boca, transporta esas partículas hacia un órgano sensorial especializado situado en el paladar: el órgano vomeronasal, también conocido como órgano de Jacobson.

  De esta manera, el animal obtiene información química acerca de su entorno.

Oler sin utilizar solamente la nariz

  Los seres humanos asociamos el olfato principalmente con la nariz.

  En el dragón de Komodo, la lengua y el órgano vomeronasal forman una parte fundamental del sistema utilizado para investigar señales químicas.

  Una presa herida, un cadáver o la presencia de otro individuo puede dejar moléculas que el animal puede detectar.

  La lengua funciona como un recolector.

  El órgano vomeronasal analiza parte de esa información.

  El cerebro la interpreta.

  El resultado puede orientar el desplazamiento del animal.

¿Por qué la lengua está dividida en dos?

  La forma bífida posee una ventaja importante.

  Cada punta puede recoger partículas de regiones ligeramente diferentes. Si la concentración de determinadas señales químicas es mayor en un lado que en otro, esa diferencia puede proporcionar información acerca de la dirección que debe seguir.

  El animal no necesita ver aquello que busca.

  Puede seguir un rastro químico.

  Una estructura aparentemente sencilla se convierte así en parte de un sofisticado sistema de orientación.

Encontrar alimento a grandes distancias

  Los dragones de Komodo poseen una notable capacidad para detectar carroña y otras fuentes de alimento.

  Cuando encuentran un rastro favorable pueden desplazarse hacia su origen utilizando información química y otras señales ambientales.

  Esta capacidad resulta especialmente valiosa en territorios donde una fuente importante de alimento puede encontrarse a considerable distancia.

  Un gran depredador necesita energía.

  Encontrar esa energía eficientemente es tan importante como poseer fuerza suficiente para obtenerla.

Dientes diferentes a los nuestros

  Al observar el cráneo de un dragón de Komodo encontramos una dentadura especializada para su forma de alimentación.

  Sus dientes son curvados, comprimidos lateralmente y poseen bordes serrados.

  En lugar de utilizar molares para triturar cuidadosamente el alimento, puede cortar y desgarrar tejidos mediante movimientos de la cabeza y el cuello.

  Los estudios microscópicos han mostrado además características estructurales especializadas en estos dientes.

  La forma de una herramienta está estrechamente relacionada con la función que debe realizar.

Una mordida que es solamente el comienzo

  Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que el dragón de Komodo mataba principalmente gracias a bacterias peligrosas presentes en su boca.

  Las investigaciones modernas modificaron considerablemente esa explicación.

  Actualmente sabemos que posee glándulas de veneno asociadas con la mandíbula inferior.

  Las sustancias producidas participan en los efectos fisiológicos que siguen a la mordida.

  Esto significa que los dientes no trabajan solos.

Un sistema de veneno

  El veneno del dragón contiene diferentes componentes biológicamente activos.

  Algunos pueden favorecer alteraciones relacionadas con la coagulación y la presión sanguínea, contribuyendo al deterioro fisiológico de la presa.

  Al mismo tiempo, los dientes producen heridas importantes y pérdida de sangre.

  El efecto final surge de la combinación de lesión mecánica y acción química.

  Una vez más encontramos un principio que aparece repetidamente en el mundo animal: la eficacia no depende necesariamente de una sola estructura, sino de varios sistemas trabajando conjuntamente.

La boca no necesita funcionar como una jeringa

  El sistema de inoculación no es idéntico al de una serpiente de cascabel.

  El dragón de Komodo no posee los mismos largos colmillos especializados para inyectar veneno profundamente.

  Las secreciones de las glándulas entran en contacto con las heridas producidas durante la mordida.

  La dentadura abre el tejido mientras los compuestos químicos pueden incorporarse a la lesión.

  Dos mecanismos distintos participan en el mismo ataque.

Fuerza acompañada de estrategia

  Aunque puede atacar animales grandes, el dragón de Komodo no depende exclusivamente de perseguirlos durante largas distancias.

  Puede utilizar emboscadas y aproximaciones relativamente discretas.

  Cuando la oportunidad aparece, realiza ataques rápidos.

  Sus extremidades, cuello, mandíbulas y cola participan en diferentes fases del encuentro.

  Un cuerpo grande puede parecer lento cuando está descansando, pero la quietud no debe confundirse con incapacidad para reaccionar rápidamente.

Una cola poderosa

  La larga cola constituye una parte importante de su anatomía.

  Participa en el equilibrio durante la locomoción y puede utilizarse defensivamente.

  Su musculatura forma parte de la potencia general del animal.

  En un organismo de semejante tamaño, mantener estabilidad mientras camina, gira o ataca requiere una distribución adecuada del peso.

  Cabeza, tronco, extremidades y cola forman una unidad mecánica.

Garras preparadas para el terreno

  Cada extremidad termina en fuertes garras.

  Los individuos jóvenes poseen mayores capacidades para trepar que los adultos de gran tamaño y pueden utilizar árboles como parte de su ambiente.

  Conforme aumenta el peso corporal, la vida se vuelve progresivamente más terrestre.

  Las garras continúan siendo útiles para desplazarse, manipular el terreno y participar en diferentes comportamientos.

  El mismo animal experimenta cambios importantes en la manera de utilizar su ambiente conforme crece.

Dragón de comodo joven

Los jóvenes viven un mundo diferente

  La vida de un pequeño dragón de Komodo puede ser muy distinta a la de un adulto.

  Los jóvenes enfrentan incluso el riesgo de ser atacados por individuos mayores de su propia especie.

  Por ello, pasar tiempo en árboles puede proporcionar cierta protección.

  Su dieta también cambia conforme aumenta el tamaño corporal.

  Un animal pequeño busca presas adecuadas para sus capacidades. Un adulto puede enfrentarse a fuentes de alimento considerablemente mayores.

  El crecimiento transforma su papel dentro del ecosistema.

Una digestión preparada para grandes comidas

  Cuando existe disponibilidad de alimento, estos reptiles pueden consumir cantidades importantes en una sola ocasión.

  Su anatomía digestiva permite procesar carne y otras partes de las presas con gran eficiencia.

  Después de una comida abundante, el organismo dedica recursos importantes al proceso digestivo.

  Como otros reptiles ectotermos, la temperatura ambiental influye considerablemente en su metabolismo.

  El comportamiento térmico forma parte de la manera en que administra la energía obtenida.

El Sol participa indirectamente en su actividad

  El dragón de Komodo no mantiene su temperatura corporal exactamente como lo hace un mamífero.

  Es ectotermo.

  Necesita utilizar las condiciones del ambiente para regular gran parte de su temperatura.

  Puede exponerse al Sol para calentarse y buscar lugares más frescos cuando necesita evitar un exceso térmico.

  La temperatura influye sobre movimiento, digestión y otros procesos fisiológicos.

  Su comportamiento diario está relacionado estrechamente con el clima.

Una isla con un gigante

  El dragón de Komodo vive naturalmente en un área geográfica extraordinariamente limitada de Indonesia.

  Su distribución actual incluye Komodo y algunas islas vecinas, además de regiones de Flores.

  Esta restricción geográfica lo hace especialmente vulnerable a cambios ambientales.

  Una especie puede parecer poderosa cuando observamos a un individuo adulto, pero su supervivencia como población depende de factores mucho mayores: disponibilidad de presas, hábitat adecuado, reproducción y estabilidad del ecosistema.

Una sorpresa escondida en la reproducción

  Quizá una de las capacidades más inesperadas del dragón de Komodo fue confirmada científicamente en hembras mantenidas sin acceso a machos.

  Produjeron huevos que dieron origen a crías viables.

  ¿Cómo era posible?

  El fenómeno se conoce como partenogénesis.

Una cría sin fecundación por un macho

  En la reproducción sexual normal, el material genético de una hembra se combina con el de un macho.

  Durante la partenogénesis, el desarrollo embrionario ocurre sin la fecundación convencional por espermatozoides.

  En el dragón de Komodo interviene un mecanismo relacionado con su sistema cromosómico sexual.

  Las aves y muchos reptiles utilizan cromosomas sexuales denominados Z y W. Las hembras de los dragones son ZW y los machos ZZ.

  Mediante determinados procesos celulares, una hembra puede producir descendencia viable sin apareamiento.

La partenogénesis no significa clonación perfecta

  Es importante aclarar que las crías producidas de esta manera no son simplemente copias genéticas idénticas de la madre.

  El mecanismo implica procesos cromosómicos que producen determinadas combinaciones genéticas.

  En el dragón de Komodo, los descendientes viables producidos por este mecanismo son machos ZZ.

  Este fenómeno despertó enorme interés científico porque demuestra una flexibilidad reproductiva inesperada en un gran vertebrado.

Una posible ventaja cuando no hay machos

  En teoría, la partenogénesis podría proporcionar una posibilidad reproductiva cuando una hembra se encuentra aislada y no existen machos disponibles.

  Una hembra podría producir descendientes masculinos y, posteriormente, existir la posibilidad de reproducción sexual.

  Sin embargo, la partenogénesis también implica importantes limitaciones genéticas y no debe entenderse como un sustituto perfecto de la reproducción sexual.

  La diversidad genética continúa siendo fundamental para la salud de las poblaciones.

Una criatura donde cada descubrimiento cambió nuestra comprensión

  La historia científica del dragón de Komodo demuestra por qué debemos estudiar cuidadosamente la naturaleza.

  Durante un tiempo se creyó que las bacterias de su boca explicaban gran parte del efecto de su mordida. Después se descubrió un sistema de veneno mucho más importante de lo que se pensaba.

  Posteriormente, observaciones reproductivas demostraron que algunas hembras podían producir descendencia mediante partenogénesis.

  Cuanto más se investiga al animal, más compleja resulta su biología.

  La ciencia no pierde valor cuando corrige una explicación anterior.

  Precisamente así avanza nuestro conocimiento.

Un depredador que utiliza información antes que fuerza

  Quizá lo más impresionante del dragón de Komodo no sea su tamaño.

  Antes de utilizar dientes, músculos o garras necesita encontrar aquello que busca.

  La lengua recoge señales químicas.

  El órgano vomeronasal las detecta.

  El cerebro compara la información.

  El cuerpo se orienta.

  Después pueden intervenir locomoción, emboscada, dentadura y veneno.

  La fuerza aparece al final de una cadena que comenzó con información.

El gigante nos invita a mirar más profundamente

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  El dragón de Komodo demuestra cuánto puede encontrarse cuando realmente buscamos.

  Lo que desde lejos parece simplemente un enorme lagarto resulta poseer sistemas sensoriales químicos, dientes especializados, glándulas productoras de veneno, estrategias de caza y una biología reproductiva capaz de sorprender incluso a los investigadores.

  La Biblia no pretende describir el órgano vomeronasal, explicar la bioquímica del veneno ni desarrollar los mecanismos cromosómicos de la partenogénesis. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología, la genética y la biología molecular.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la naturaleza reconociendo la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Desde la perspectiva bíblica, el dragón de Komodo constituye otra oportunidad para maravillarnos ante la diversidad de la creación. Su supervivencia depende de mucho más que fuerza. Necesita detectar, interpretar, aproximarse, atacar, alimentarse, regular su temperatura y reproducirse.

  Cada función plantea problemas diferentes y el organismo posee mecanismos para enfrentarlos.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Sobre las oscuras rocas volcánicas de las islas Galápagos descansa un reptil que parece completamente terrestre. Permanece inmóvil bajo el Sol, rodeado de lava endurecida, mientras absorbe el calor necesario para elevar su temperatura corporal. Sus patas terminan en fuertes garras, su piel posee tonalidades oscuras y una cresta recorre parte de su cuerpo.

  Nada en esa primera imagen parece anunciar lo que ocurrirá después.

  La iguana se aproxima a la costa, entra al agua y comienza a nadar.

  No busca escapar de un depredador. Tampoco intenta simplemente cruzar hacia otra roca. Ha entrado al océano para alimentarse.

  La iguana marina de Galápagos (Amblyrhynchus cristatus) constituye un caso extraordinario entre los reptiles actuales. Es el único lagarto marino viviente especializado en obtener alimento dentro del mar. Su supervivencia depende de resolver simultáneamente varios problemas: nadar entre corrientes, permanecer sumergida sin respirar, soportar una rápida pérdida de calor, sujetarse a superficies golpeadas por las olas y eliminar el exceso de sal que inevitablemente entra en su organismo.

  Cada inmersión representa una fascinante combinación de anatomía, fisiología y comportamiento.

La iguana marina de los Galápagos, cuando un reptil terrestre encuentra alimento debajo del mar

  El salmista contempló la inmensidad de los océanos y escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Normalmente imaginamos esos seres como peces, cetáceos, moluscos y otras criaturas claramente acuáticas.

  Pero en Galápagos encontramos algo diferente.

  Un lagarto abandona temporalmente las rocas y entra en ese mundo.

La iguana de los Galápagos, un reptil entre dos ambientes

  La iguana marina pasa gran parte de su vida fuera del agua.

  Descansa sobre rocas, regula su temperatura utilizando el Sol, se reproduce en tierra y necesita respirar aire mediante pulmones.

  Sin embargo, su principal fuente de alimento está constituida por algas marinas.

  Para obtenerlas debe desplazarse hacia zonas intermareales o sumergirse.

  Esto crea un desafío extraordinario porque las características necesarias para vivir sobre una roca caliente no son exactamente las mismas que necesita un animal que entra en las frías aguas alrededor de Galápagos.

Primero necesita calentarse

  Como otros reptiles, la iguana marina es ectoterma.

  No produce y conserva calor corporal de la misma manera que un mamífero. Su temperatura depende considerablemente del ambiente.

  Antes de entrar al océano puede permanecer expuesta al Sol sobre las rocas volcánicas.

  Su coloración relativamente oscura favorece la absorción de radiación solar.

  El calentamiento previo no es un detalle sin importancia.

  Es una preparación para lo que viene después.

Entrar al agua significa comenzar a perder calor

  El agua extrae calor del cuerpo mucho más rápidamente que el aire.

  Para un reptil ectotermo, sumergirse en agua fría representa un problema fisiológico considerable.

  A medida que la temperatura corporal disminuye, el funcionamiento de músculos y otros procesos metabólicos puede verse afectado.

  Por esta razón, la iguana no puede permanecer indefinidamente alimentándose bajo el mar.

  Existe un límite.

  Necesita obtener suficiente alimento antes de enfriarse demasiado.

El cuerpo debe administrar el calor disponible

  Durante la inmersión ocurren ajustes circulatorios que ayudan al organismo a responder a las nuevas condiciones.

  La frecuencia cardíaca puede disminuir y el flujo sanguíneo puede modificarse.

  Esto forma parte de una estrategia que permite conservar recursos mientras permanece sumergida.

  El animal que momentos antes descansaba al Sol se encuentra ahora en un ambiente donde cada minuto favorece la pérdida térmica.

  La alimentación se convierte también en una carrera contra el enfriamiento.

Una cola convertida en instrumento de natación

  Cuando entra al océano, la locomoción cambia.

  Sobre las rocas utiliza sus extremidades para caminar y sujetarse. Dentro del agua, la larga cola comprimida lateralmente adquiere un papel fundamental.

  Movimientos ondulatorios de la cola impulsan el cuerpo hacia adelante.

  Las extremidades pueden mantenerse relativamente próximas al cuerpo durante determinados momentos de la natación.

  El mismo organismo utiliza estrategias diferentes dependiendo del medio en que se encuentra.

Garras para un lugar donde las olas no descansan

  Llegar hasta las algas no resuelve el problema.

  Muchas crecen adheridas a superficies rocosas sometidas al movimiento constante del agua.

  Una corriente podría desprender fácilmente a un animal incapaz de sujetarse.

  Las iguanas marinas poseen fuertes extremidades y garras que les permiten aferrarse a las rocas mientras se alimentan.

  La capacidad resulta especialmente importante en zonas donde las olas producen fuerzas considerables.

  Para comer no basta con llegar.

  Hay que permanecer allí.

Un hocico preparado para alimentarse sobre las rocas

  El hocico relativamente corto y romo facilita el acceso a las algas adheridas a superficies.

  Los dientes poseen características adecuadas para raspar y cortar el material vegetal.

  La cabeza, las mandíbulas y la dentición participan en una dieta muy especializada.

  Mientras otros reptiles buscan insectos, pequeños vertebrados, frutos u hojas terrestres, la iguana marina obtiene recursos directamente de las comunidades de algas del litoral.

Bucear sin branquias

  La iguana marina continúa siendo un animal que respira mediante pulmones.

  Antes de sumergirse debe tomar aire.

  Después necesita administrar el oxígeno disponible hasta regresar a la superficie.

  Durante el buceo se producen respuestas fisiológicas que disminuyen el gasto de determinados sistemas y permiten utilizar de manera eficiente las reservas de oxígeno.

  No necesita convertirse en pez para aprovechar el océano.

  Utiliza una solución completamente diferente.

El problema invisible: la sal

  El océano presenta otro desafío.

  El agua de mar contiene grandes cantidades de sales. Mientras la iguana se alimenta, inevitablemente incorpora sal a su organismo.

  Si esa sal se acumulara continuamente, alteraría el equilibrio interno necesario para que las células funcionen correctamente.

  El animal necesita eliminarla.

  Los riñones por sí solos no constituyen la única solución.

Glándulas especializadas para eliminar el exceso

  Las iguanas marinas poseen glándulas de sal localizadas en la región nasal.

  Estas estructuras extraen del organismo una solución concentrada rica en sales.

  Posteriormente, el material es expulsado a través de las fosas nasales.

  Por eso es común observar a estos animales realizando movimientos que parecen pequeños estornudos.

  Lo que vemos desde fuera es la parte final de un proceso fisiológico fundamental.

Un “estornudo” que mantiene el equilibrio interno

  La escena puede parecer cómica.

  Una iguana descansa sobre una roca y repentinamente expulsa pequeñas gotas o cristales alrededor de la nariz.

  Sin embargo, detrás de ese gesto existe un sistema especializado de osmorregulación.

  El alimento procede del mar.

  La sal entra junto con él.

  Las glándulas la extraen de la sangre.

  Finalmente es expulsada.

  Sin un mecanismo eficaz para manejar esa carga salina, alimentarse dentro del océano produciría un nuevo problema en lugar de resolver el primero.

La iguana de los Galápagos reposando bajo el sol

  Después de alimentarse, la iguana necesita volver a tierra.

  Su temperatura corporal puede haber disminuido considerablemente durante la inmersión.

  Entonces aparece nuevamente una de las imágenes más características de Galápagos: grupos de iguanas extendidas sobre las rocas negras.

  No están simplemente descansando.

  Están recuperando calor.

  El Sol vuelve a convertirse en parte esencial de su fisiología.

La roca volcánica se convierte en una fuente de energía térmica

  Las superficies oscuras absorben radiación solar y pueden calentarse considerablemente.

  La iguana aprovecha estas condiciones mediante su comportamiento.

  Modifica su posición y orientación corporal para controlar la exposición.

  Cuando necesita calentarse, permanece en áreas soleadas. Cuando la temperatura aumenta demasiado, puede cambiar de posición o buscar condiciones más favorables.

  La regulación térmica no depende de un termostato interno como el nuestro.

  Depende en gran medida de decisiones conductuales.

No todas necesitan bucear profundamente

  Existe variación importante entre individuos.

  Las iguanas más pequeñas pueden alimentarse principalmente en zonas intermareales, donde las algas quedan accesibles durante determinadas condiciones de la marea.

  Los individuos grandes poseen mayor capacidad para realizar inmersiones y soportar las exigencias térmicas asociadas con aguas más profundas.

  El tamaño corporal influye en la velocidad con la que se pierde calor.

  Un cuerpo mayor posee ventajas térmicas que pueden ampliar el tiempo disponible bajo el agua.

El tamaño también tiene un costo

  Ser grande permite conservar calor durante más tiempo, pero también aumenta las necesidades energéticas.

  En períodos de abundancia, esto puede no representar un problema.

  Cuando las condiciones oceánicas cambian y disminuye la disponibilidad de algas, la situación puede volverse difícil.

  Las iguanas marinas dependen estrechamente de la productividad de las aguas que rodean las islas.

  Su vida está conectada con procesos oceánicos mucho mayores que ellas.

Cuando el océano cambia

  Fenómenos climáticos como El Niño pueden alterar profundamente las condiciones alrededor de Galápagos.

  El aumento de la temperatura superficial del agua puede reducir el ascenso de aguas frías ricas en nutrientes y modificar las comunidades de algas disponibles.

  Para un animal cuya alimentación depende de esas algas, el efecto puede ser severo.

  Durante eventos intensos se han observado reducciones importantes en las poblaciones de iguanas marinas.

  Una criatura perfectamente capaz de nadar y bucear continúa dependiendo de la compleja red ecológica que produce su alimento.

Una capacidad extraordinaria frente a tiempos difíciles

  Las investigaciones han revelado algo todavía más sorprendente.

  Durante períodos de escasez asociados con fuertes eventos de El Niño, algunas iguanas marinas pueden experimentar reducciones medibles en la longitud corporal.

  Cuando posteriormente mejoran las condiciones alimentarias, pueden recuperar parte del tamaño perdido.

  Este fenómeno es excepcional entre vertebrados adultos y continúa siendo objeto de interés científico.

  Incluso el tamaño corporal puede responder a períodos extremos de disponibilidad energética.

La vida en comunidad ayuda a conservar calor

  Con frecuencia las iguanas descansan muy próximas unas a otras.

  Esta conducta puede proporcionar ventajas relacionadas con la conservación térmica, especialmente durante períodos más frescos.

  El paisaje puede mostrar decenas de cuerpos aparentemente amontonados sobre las rocas.

  Lo que parece desorden posee una función.

  En un ambiente donde obtener y conservar calor resulta fundamental, la proximidad corporal puede ser beneficiosa.

Galápagos: un laboratorio natural extraordinario

  Las islas Galápagos han ocupado un lugar importante en la historia de la investigación biológica debido a su aislamiento y a la presencia de numerosas especies particulares.

  La iguana marina es una de las criaturas más características del archipiélago.

  Su distribución natural se limita a estas islas.

  Esto significa que toda la población mundial depende de un área geográfica relativamente pequeña.

  Su conservación está ligada directamente a la protección de los ecosistemas terrestres y marinos de Galápagos.

Una criatura entre el Sol y el océano

  La vida de la iguana marina está gobernada por una relación fascinante entre dos ambientes.

  En tierra obtiene calor.

  En el mar encuentra alimento.

  Sus pulmones almacenan el aire necesario para la inmersión. La circulación se ajusta. La cola proporciona propulsión. Las garras permiten sujetarse. Los dientes retiran las algas y las glándulas nasales eliminan el exceso de sal.

  Después debe regresar a las rocas y comenzar nuevamente a calentarse.

  Ninguno de estos mecanismos funciona de manera aislada.

Resolver un problema crea otro

  La iguana marina constituye un magnífico ejemplo de integración biológica.

  Encontrar alimento en el océano resuelve una necesidad, pero crea otras.

  Entrar al agua proporciona acceso a las algas, pero produce pérdida de calor.

  Comer alimento marino proporciona energía, pero introduce exceso de sal.

  Bucear permite alcanzar zonas más productivas, pero impide respirar temporalmente.

  Las corrientes conducen hacia el alimento, pero también pueden arrastrar al animal.

  Cada desafío requiere una respuesta diferente.

  Y todas deben funcionar dentro del mismo organismo.

Una invitación a contemplar más profundamente

  El libro de Job declara:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar las glándulas de sal, la fisiología del buceo o los mecanismos de termorregulación de un reptil. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la ecología.

  Las Escrituras sí invitan a observar la naturaleza y reconocer la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La iguana marina proporciona una magnífica oportunidad para hacerlo.

  Un reptil calentado por el Sol entra voluntariamente en aguas que rápidamente disminuyen su temperatura corporal. Nada utilizando su cola, se aferra a las rocas golpeadas por las corrientes, obtiene algas, permanece durante un tiempo sin respirar y regresa a tierra llevando consigo una cantidad de sal que deberá eliminar mediante órganos especializados.

  Después se extiende nuevamente sobre la lava volcánica y comienza a recuperar el calor perdido.

  Desde la perspectiva bíblica, la integración de todas estas capacidades constituye otra expresión de la sabiduría que observamos en la creación. La iguana marina de Galápagos nos recuerda que la vida puede encontrar soluciones extraordinarias incluso donde dos mundos completamente diferentes se encuentran: sobre una roca calentada por el Sol y bajo las frías aguas del océano.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En algunos de los lugares más secos de Norteamérica, donde durante meses puede caer muy poca lluvia y la temperatura del suelo alcanza niveles que resultarían peligrosos para numerosos animales, vive un reptil que parece avanzar sin prisa. No posee la velocidad necesaria para escapar rápidamente del calor, no puede recorrer enormes distancias buscando un río y tampoco cuenta con una reserva de grasa semejante a la de grandes mamíferos del desierto. Sin embargo, la tortuga del desierto ha encontrado otra manera de sobrevivir: administrar cuidadosamente aquello que en su ambiente resulta más difícil de conseguir, el agua.

  Las tortugas del desierto del suroeste de Norteamérica pertenecen al género Gopherus. Entre ellas se encuentran especies adaptadas a regiones áridas donde las lluvias pueden ser escasas e irregulares. Allí, sobrevivir no consiste únicamente en soportar temperaturas elevadas. El verdadero desafío es mantener el equilibrio interno del organismo cuando el agua disponible puede desaparecer durante largos períodos.

  Para conseguirlo, estas tortugas combinan fisiología y comportamiento. Pasan buena parte de su vida protegidas dentro de refugios subterráneos, reducen considerablemente su actividad durante condiciones desfavorables, obtienen agua de las plantas que consumen y poseen una vejiga urinaria capaz de participar de manera importante en la administración de sus reservas hídricas. Cuando finalmente llegan las lluvias, su comportamiento cambia rápidamente y aprovechan una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse durante mucho tiempo.

La tortuga del desierto, administrar cada gota para sobrevivir en una tierra sedienta

  La Biblia describe repetidamente el desierto como un lugar donde la falta de agua determina la vida. El salmista utilizó precisamente esa imagen cuando escribió: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1). Para nosotros, la expresión comunica una necesidad espiritual. Para una criatura que habita realmente esos lugares, la falta de agua constituye además un desafío cotidiano de supervivencia.

  El primer problema que enfrenta la tortuga es la temperatura. Como otros reptiles, es ectoterma, por lo que depende considerablemente de fuentes externas de calor para regular su temperatura corporal. Esto podría parecer una ventaja en un desierto lleno de Sol, pero demasiado calor puede ser tan peligroso como demasiado frío. Permanecer expuesta durante las horas más calientes produciría un aumento excesivo de la temperatura corporal y aceleraría la pérdida de agua.

  La solución no consiste en resistir indefinidamente bajo el Sol, sino en evitarlo. Las tortugas excavan o utilizan refugios subterráneos donde las condiciones son mucho más estables que en la superficie. Mientras el terreno exterior experimenta enormes variaciones térmicas, el interior de una madriguera puede ofrecer temperaturas más moderadas y una humedad relativamente mayor. El refugio funciona así como un pequeño ambiente protector dentro de otro mucho más extremo.

  Esta estrategia modifica nuestra idea de lo que significa estar adaptado al desierto. No siempre consiste en soportar directamente las peores condiciones. En muchas ocasiones, sobrevivir significa saber cuándo no enfrentarlas. La tortuga puede permanecer bajo tierra durante gran parte del día y salir cuando la temperatura se encuentra dentro de un rango más favorable.

  También existen períodos del año en que la actividad disminuye considerablemente. Durante las estaciones desfavorables, permanecer protegida y reducir el metabolismo permite disminuir las necesidades energéticas y la pérdida de agua. Para un animal que no sabe cuándo llegará la próxima lluvia, cada recurso conservado puede convertirse en una ventaja.

Una reserva de agua dentro del cuerpo

  Una de las características fisiológicas más interesantes de estas tortugas se encuentra en su sistema urinario. Su vejiga puede almacenar cantidades importantes de líquido y participar en el equilibrio hídrico durante períodos de sequía. Parte del agua y de determinados solutos pueden ser reabsorbidos cuando el organismo los necesita.

  La vejiga no funciona, por tanto, únicamente como un recipiente para material que será eliminado. En determinadas circunstancias forma parte de una estrategia para conservar recursos.

  Esta característica explica además por qué manipular innecesariamente a una tortuga silvestre puede resultar perjudicial. Cuando se siente amenazada puede vaciar la vejiga como respuesta defensiva. En un ambiente donde conseguir nuevamente esa cantidad de agua puede tomar mucho tiempo, perderla podría colocar al animal en una situación difícil. Aquello que para nosotros parecería una pequeña cantidad puede representar una reserva importante para un organismo que vive rodeado de sequedad.

  La conservación de agua también depende de la manera en que elimina productos metabólicos. Como muchos reptiles, las tortugas pueden excretar gran parte del nitrógeno en forma de ácido úrico, lo que permite eliminar estos desechos utilizando menos agua que si dependieran principalmente de una orina muy diluida. La química del organismo participa así directamente en la supervivencia.

  El agua también llega a través de los alimentos. Las tortugas consumen diferentes hierbas, flores, hojas y otras plantas disponibles en su ambiente. Cuando la vegetación aparece después de las lluvias, no solamente proporciona energía y nutrientes; contiene también humedad. Alimentarse se convierte al mismo tiempo en una manera de hidratarse.

Cuando finalmente llega la lluvia

  En el desierto, una tormenta puede transformar el paisaje en muy poco tiempo. Depresiones que permanecieron secas durante meses comienzan a acumular agua y la vegetación responde rápidamente. Para la tortuga, estos episodios representan oportunidades que no deben desperdiciarse.

  Se ha observado que las tortugas pueden utilizar depresiones naturales o incluso modificar pequeños espacios del terreno donde se acumula temporalmente el agua de lluvia. Cuando aparece una fuente disponible, pueden beber cantidades considerables. El organismo pasa entonces de una estrategia centrada en conservar a otra centrada en aprovechar.

  Este cambio resulta fundamental. Sobrevivir a la sequía requiere retener agua, pero estar preparado para la lluvia exige reconocer y utilizar rápidamente un recurso temporal. Una tormenta que dura algunas horas puede proporcionar reservas que deberán administrarse durante un período mucho mayor.

  La capacidad de beber cuando existe oportunidad se complementa con la posibilidad de almacenar líquido y reducir posteriormente las pérdidas. Ninguna de estas características sería tan eficaz por sí sola. El verdadero valor aparece cuando funcionan conjuntamente.

  El libro de Job utiliza precisamente la llegada del agua al desierto como una imagen de la providencia divina: “Para hacer llover sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la tierna hierba” (Job 38:26-27). Una lluvia que para nosotros podría parecer insignificante puede iniciar una cadena de acontecimientos de enorme importancia para los organismos que habitan esos lugares.

El caparazón no es solamente una armadura

  La característica más reconocible de cualquier tortuga es su caparazón. Con frecuencia se imagina como si fuera una caja externa dentro de la cual vive el animal, pero anatómicamente forma parte de su propio esqueleto. Las costillas y vértebras se encuentran integradas con esta estructura, creando una arquitectura corporal muy diferente a la de la mayoría de los vertebrados.

  El caparazón proporciona una importante protección frente a depredadores y lesiones. Para un animal que no puede depender de la velocidad como principal mecanismo de escape, disponer de una estructura protectora permanente representa una estrategia completamente distinta.

  Las patas anteriores de las tortugas del desierto son robustas y están preparadas para excavar. Al remover el suelo pueden construir refugios que serán utilizados repetidamente y que, en determinadas circunstancias, también pueden beneficiar a otros animales. Una criatura conocida por su lentitud posee así la fuerza necesaria para modificar físicamente su entorno y crear un espacio donde las condiciones resulten más favorables.

  Estos refugios protegen no solamente del calor. También pueden proporcionar seguridad frente a temperaturas bajas, depredadores y condiciones climáticas extremas. El ambiente subterráneo funciona como una zona de transición entre el organismo y un exterior que cambia constantemente.

La lentitud también puede ser una estrategia

  En el mundo animal solemos admirar la velocidad. Nos sorprende el guepardo porque acelera extraordinariamente, las aves porque vuelan y los peces porque atraviesan el agua. La tortuga del desierto muestra otra posibilidad. En un lugar donde cada movimiento consume energía y puede aumentar la pérdida de agua, vivir lentamente puede resultar beneficioso.

  Su metabolismo es relativamente bajo comparado con el de mamíferos de tamaño semejante. Esto reduce las necesidades energéticas y permite sobrevivir con recursos que aparecen de manera irregular. No necesita mantener constantemente una elevada temperatura corporal mediante una enorme producción interna de calor.

  La estrategia es casi opuesta a la de un mamífero muy activo. En lugar de gastar grandes cantidades de energía para controlar internamente el ambiente corporal, la tortuga utiliza comportamiento, refugios y períodos de actividad cuidadosamente seleccionados.

  Incluso su larga vida se encuentra relacionada con un ritmo biológico diferente. Las tortugas del desierto pueden vivir muchas décadas. Su crecimiento es lento y alcanzar la madurez requiere tiempo. Una criatura que parece hacer todo despacio puede, sin embargo, sobrevivir durante períodos extraordinariamente prolongados.

Una vida construida alrededor de límites

  Cuando contemplamos la tortuga del desierto como un organismo completo, descubrimos que su supervivencia depende de respetar continuamente ciertos límites. No puede permanecer demasiado tiempo bajo temperaturas extremas. No puede desperdiciar agua. No puede gastar energía indefinidamente buscando alimento. No puede depender de que mañana vuelva a llover.

  Por ello utiliza refugios cuando las condiciones son desfavorables, reduce la actividad, conserva líquidos, obtiene humedad de los alimentos y aprovecha intensamente los períodos de lluvia. Su existencia es un ejercicio continuo de administración.

  El resultado es extraordinario. Un vertebrado que necesita agua para cada una de sus células puede vivir en regiones donde ese recurso desaparece de la superficie durante largos períodos. No ha eliminado su necesidad de agua; posee mecanismos que le permiten utilizarla con enorme eficiencia.

  Esto la diferencia incluso de otros habitantes del desierto. El camello, por ejemplo, puede desplazarse grandes distancias y posee mecanismos fisiológicos relacionados con la conservación de agua y la tolerancia a variaciones térmicas. La tortuga utiliza una estrategia distinta: movilidad limitada, metabolismo reducido, refugios subterráneos y una administración extraordinariamente cuidadosa de sus reservas.

La tortuga del desierto, una criatura preparada para esperar

  Quizá una de las mejores palabras para describir la vida de la tortuga del desierto sea esperar. Espera dentro de su refugio mientras el Sol vuelve peligroso el exterior. Espera durante temporadas secas. Espera a que aparezca nueva vegetación. Espera la llegada de una lluvia que transformará temporalmente el paisaje.

  Pero esa espera no significa que el organismo permanezca sin hacer nada. Durante todo ese tiempo continúa regulando cuidadosamente su temperatura, metabolismo, agua y energía. Sobrevivir depende de procesos silenciosos que no podemos observar a simple vista.

  El salmista escribió: “Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo” (Salmo 145:15). En el desierto, donde los recursos aparecen por temporadas y las lluvias pueden ser impredecibles, estas palabras adquieren una imagen particularmente poderosa.

  La tortuga no sabe cuándo caerá la próxima tormenta. Sin embargo, cuando llega, su organismo está preparado para aprovecharla. Bebe, se alimenta de la vegetación disponible y almacena recursos que serán importantes cuando el paisaje vuelva a secarse.

Administrar cada gota

  La Biblia no pretende explicar la fisiología renal de los reptiles, la reabsorción de agua desde la vejiga o las ventajas térmicas de una madriguera. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la fisiología y la ecología. Las Escrituras, sin embargo, invitan repetidamente al ser humano a observar la creación y descubrir en ella una sabiduría que se manifiesta incluso en los ambientes más difíciles.

  El salmista escribió: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). La tortuga del desierto constituye una magnífica oportunidad para contemplar esa realidad. Sus refugios la protegen de temperaturas extremas, su metabolismo reduce el gasto de recursos, su alimentación proporciona parte de la humedad que necesita y su fisiología permite conservar agua cuando cada gota resulta valiosa.

  Nada de esto significa que el desierto haya dejado de ser peligroso. Una sequía prolongada continúa representando una amenaza y los cambios ambientales pueden afectar seriamente a sus poblaciones. Precisamente por eso resulta tan impresionante observar los mecanismos que permiten a este reptil sobrevivir en condiciones que serían imposibles para muchas otras criaturas.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos permite contemplar con mayor profundidad la extraordinaria diversidad de la vida. La tortuga del desierto nos recuerda que sobrevivir no siempre depende de correr más rápido, ser más fuerte o encontrar abundancia. A veces depende de algo mucho más silencioso: saber refugiarse, reducir el gasto, esperar el momento apropiado y administrar cuidadosamente cada gota de agua disponible en una tierra sedienta.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques tropicales del sudeste asiático vive un pequeño reptil que puede hacer algo completamente inesperado. Permanece aferrado verticalmente al tronco de un árbol y, cuando necesita desplazarse hacia otro, no siempre desciende hasta el suelo para volver a subir. En determinadas circunstancias se impulsa hacia el vacío, extiende dos amplias membranas a los lados de su cuerpo y comienza a desplazarse por el aire.

  No posee alas como un ave. Tampoco tiene las extremidades anteriores transformadas en alas como los murciélagos. En realidad, ni siquiera realiza un vuelo propulsado. Los lagartos del género Draco, conocidos popularmente como dragones voladores o lagartos voladores, utilizan una estrategia completamente diferente: convierten parte de su caja torácica en el soporte de una superficie que les permite planear entre los árboles.

  La estructura es tan sorprendente como eficaz. Varias costillas se encuentran extraordinariamente alargadas y pueden extenderse lateralmente. Sobre ellas se despliega una membrana de piel denominada patagio. Cuando el animal abre este sistema, aumenta considerablemente la superficie que interactúa con el aire y transforma una caída en un desplazamiento controlado.

  Una estructura que normalmente relacionamos con la protección de los órganos internos participa aquí en algo completamente inesperado. Las costillas se convierten también en parte de un sistema de locomoción aérea.

El lagarto volador, una estructura corporal convertida en un sorprendente sistema de planeo

  La Biblia invita al ser humano a observar con atención la diversidad del mundo natural. El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán” (Job 12:7). El lagarto volador constituye un magnífico ejemplo de cuánto puede descubrirse cuando observamos incluso a las criaturas pequeñas.

  Existen más de cuarenta especies reconocidas dentro del género Draco, distribuidas en diferentes regiones del sur y sudeste de Asia. Son reptiles relativamente pequeños y arborícolas que pasan gran parte de su existencia sobre troncos y ramas. Allí encuentran alimento, territorios y lugares relacionados con la reproducción. Para un animal cuya vida ocurre principalmente a varios metros sobre el suelo, trasladarse de un árbol a otro presenta un problema evidente.

  Descender por un tronco, caminar sobre el suelo y subir nuevamente requiere tiempo y energía. Además, permanecer en el suelo puede exponer a un pequeño lagarto a depredadores diferentes de aquellos que encuentra en las alturas. El planeo proporciona otra posibilidad. Si existe un árbol adecuado a cierta distancia, el animal puede utilizar la gravedad para desplazarse hacia él sin necesidad de recorrer todo el trayecto por tierra.

  El principio físico parece sencillo. Un cuerpo que salta desde una altura comenzará a caer debido a la gravedad. Sin embargo, si aumenta suficientemente su superficie y controla la interacción con el aire, parte de ese descenso puede transformarse en movimiento horizontal. El lagarto continúa perdiendo altura, pero mientras lo hace avanza hacia otro punto del bosque.

  Por esta razón resulta más correcto decir que planea, no que vuela. Un ave o un murciélago puede producir fuerzas aerodinámicas mediante movimientos activos de sus alas y mantener un vuelo propulsado. El Draco depende principalmente de la altura inicial y de la energía potencial asociada con ella. Cada planeo termina finalmente en un punto situado a menor altura que aquel desde donde comenzó.

Costillas que hacen mucho más que proteger

  La característica anatómica central de este sistema se encuentra en varias costillas extraordinariamente alargadas. En la mayoría de los vertebrados pensamos en las costillas como elementos relacionados principalmente con la protección y el soporte del tronco. En los lagartos Draco, algunas de ellas poseen además una función completamente diferente.

  Cuando el animal se encuentra sobre un tronco, las costillas pueden mantenerse relativamente plegadas y la membrana permanece junto al cuerpo. Antes del planeo, músculos especializados rotan y extienden estas estructuras hacia los lados. El patagio se despliega entonces como una superficie aerodinámica sostenida desde el interior.

  Esto significa que la membrana no cuelga simplemente de los costados. Posee un armazón que determina su forma y permite controlar su extensión. Costillas, músculos, articulaciones y piel forman una unidad funcional que puede abrirse cuando el animal necesita desplazarse y cerrarse nuevamente después de aterrizar.

  La capacidad de plegar el sistema resulta tan importante como poder desplegarlo. Una superficie permanentemente extendida dificultaría caminar sobre los troncos, esconderse entre la vegetación y moverse por espacios estrechos. El animal necesita una estructura grande durante unos segundos y un cuerpo relativamente compacto durante el resto del tiempo.

  Cuando observamos el mecanismo completo aparece un principio semejante al encontrado en otras criaturas: una solución útil debe funcionar no solamente durante la acción principal, sino también antes y después de ella.

El lagarto volador, saltar es solamente el comienzo

  Planear eficazmente requiere mucho más que abrir una membrana. El lagarto debe elegir un punto de destino, impulsar su cuerpo desde el tronco, desplegar rápidamente el patagio y mantener una orientación adecuada durante el recorrido. Después necesita modificar su postura conforme se aproxima al árbol donde pretende aterrizar.

  Las extremidades participan en el control del cuerpo durante el planeo y ayudan a manejar la posición del patagio. La cola también contribuye a la estabilidad y a las maniobras. Pequeños cambios en la postura pueden modificar la trayectoria, permitiendo que el animal corrija su dirección mientras atraviesa el espacio entre dos árboles.

  Las investigaciones mediante grabaciones de alta velocidad han permitido estudiar con mayor precisión estas maniobras. El planeo no es simplemente una caída con una membrana abierta. Existe control corporal durante diferentes fases del desplazamiento, incluyendo la preparación para el aterrizaje.

  Esta última parte presenta un problema especialmente importante. Un vuelo que termina golpeando violentamente contra un árbol no sería demasiado útil. Conforme se aproxima a la superficie, el lagarto modifica la orientación de su cuerpo y de las extremidades para reducir el impacto y colocar las patas en posición para sujetarse.

  En cuestión de segundos ha pasado de estar aferrado a un tronco a convertirse en un pequeño planeador y finalmente vuelve a ser un reptil trepador sobre otra superficie vertical.

La física escondida dentro del bosque

  El Draco no necesita comprender las leyes de la aerodinámica para utilizarlas. Su cuerpo interactúa inevitablemente con ellas. El peso lo impulsa hacia abajo mientras el aire que circula alrededor del patagio genera fuerzas que modifican la trayectoria de la caída.

  La relación entre el tamaño corporal y la superficie del patagio es especialmente importante. Los animales pequeños poseen ciertas ventajas para este tipo de locomoción porque su masa es relativamente reducida respecto a la superficie que pueden desplegar. Una membrana suficientemente amplia puede producir un efecto aerodinámico considerable sobre un cuerpo ligero.

  La forma del patagio tampoco es accidental desde el punto de vista funcional. Su geometría, curvatura y orientación influyen en la manera en que el aire se desplaza alrededor del animal. Cambiar la postura modifica esas relaciones y permite cierto control de la trayectoria.

  Aquello que desde lejos parece simplemente una pequeña lagartija saltando entre árboles constituye en realidad un magnífico encuentro entre anatomía y física. El organismo proporciona la estructura; las mismas leyes que gobiernan cualquier objeto en movimiento determinan lo que ocurre después.

Vivir sin necesidad de bajar constantemente al suelo

  El planeo proporciona ventajas importantes para un animal arborícola. Puede permitir desplazamientos más eficientes entre árboles, ayudar a escapar de determinadas amenazas y facilitar el acceso a diferentes zonas de alimentación o territorio.

  Los lagartos Draco consumen principalmente pequeños artrópodos, y varias especies muestran una fuerte asociación con hormigas y termitas. Pasan mucho tiempo desplazándose sobre los troncos mientras buscan alimento y vigilan el entorno. El bosque no es solamente el lugar donde viven; su arquitectura vertical determina gran parte de su comportamiento.

  Los machos pueden utilizar áreas específicas de los árboles como territorios y realizar exhibiciones relacionadas con la reproducción. Muchas especies poseen además una estructura de piel debajo de la garganta conocida como papada o abanico gular, que puede desplegarse y presentar colores llamativos.

  Esta estructura participa en la comunicación visual. El animal que utiliza una membrana lateral para desplazarse por el aire posee otra superficie desplegable para enviar señales a miembros de su propia especie. Una está relacionada principalmente con locomoción; la otra, con comunicación.

  La vida entre árboles exige así capacidades muy diferentes: sujetarse a superficies verticales, detectar alimento, reconocer individuos, defender territorios, encontrar pareja y trasladarse entre lugares separados por espacios abiertos. El planeo es solamente una parte de una forma de vida mucho más amplia.

Un pequeño cuerpo que debe calcular el momento apropiado

  El éxito de cada desplazamiento depende también de decisiones conductuales. La distancia entre árboles, la altura disponible y la posición del punto de aterrizaje determinan si un planeo resulta conveniente. Saltar desde un lugar inadecuado podría dejar al animal sin suficiente altura para alcanzar su objetivo.

  Aunque no realiza cálculos matemáticos conscientes como un ingeniero, su sistema visual y nervioso debe obtener información acerca del entorno y coordinar la respuesta motora apropiada. Los ojos identifican posibles superficies; el cerebro procesa esa información; los músculos producen el salto; las costillas despliegan el patagio y las extremidades ayudan a controlar la trayectoria.

  Una vez más encontramos varios sistemas trabajando de manera simultánea. El patagio por sí solo no sería suficiente. Una membrana sin control neuromuscular no garantizaría un aterrizaje seguro, del mismo modo que músculos y sentidos sin una superficie aerodinámica no permitirían realizar el mismo tipo de desplazamiento.

  El valor se encuentra en la integración.

No es el único animal que ha encontrado esta solución

  El Draco forma parte de un grupo fascinante de animales que utilizan el planeo para desplazarse. Existen mamíferos como las ardillas voladoras y los petauros, anfibios capaces de controlar descensos desde los árboles e incluso serpientes que modifican la forma de su cuerpo para desplazarse por el aire.

  Sin embargo, el lagarto volador utiliza una solución anatómica especialmente llamativa porque el soporte principal del patagio procede de costillas alargadas. Diferentes criaturas pueden enfrentarse al mismo problema —cruzar un espacio entre árboles— mediante estructuras corporales distintas.

  Esta diversidad resulta fascinante. La naturaleza no presenta una única manera de resolver cada desafío. Patagios sostenidos entre extremidades, cuerpos aplanados, membranas interdigitales y costillas extendidas pueden participar en estrategias relacionadas con el desplazamiento aéreo.

  Cada solución utiliza características particulares del organismo que la posee.

Cuando una costilla se convierte en parte de un planeador

  Quizá lo más sorprendente del Draco sea precisamente la transformación funcional de una estructura tan conocida. Todos comprendemos de manera general qué son las costillas y dónde se encuentran. Resulta mucho menos intuitivo imaginar que puedan extenderse lateralmente para sostener una superficie aerodinámica.

  La misma estructura corporal puede cumplir más de una función. Las costillas continúan formando parte del tronco, pero algunas han adquirido proporciones y movilidad que permiten participar directamente en la locomoción.

  Este principio aparece repetidamente cuando estudiamos los seres vivos. Las estructuras no existen aisladas. Huesos, músculos, piel, nervios y comportamiento pueden integrarse de maneras que solamente comprendemos cuando observamos al animal dentro de su ambiente.

  Un Draco conservado e inmóvil puede parecernos simplemente una lagartija extraña con costillas largas. Observarlo lanzarse desde un árbol revela para qué sirve realmente esa arquitectura.

El lagarto volador, una pequeña criatura que utiliza grandes principios

  El salmista escribió: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren” (Salmo 111:2). El lagarto volador muestra cómo una criatura pequeña puede conducirnos hacia preguntas relacionadas con anatomía, biomecánica, aerodinámica y comportamiento.

  La Biblia no pretende explicar la relación entre sustentación y resistencia aerodinámica, calcular el ángulo de planeo de un reptil ni describir la musculatura que mueve sus costillas. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la física y la biomecánica. Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la naturaleza y reconocer la sabiduría que se manifiesta en ella.

  El Salmo 104 declara: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). En un bosque tropical, esa sabiduría puede contemplarse en una criatura de apenas unos centímetros que ha convertido parte de su caja torácica en un sistema capaz de interactuar con el aire.

  El lagarto permanece sobre un tronco. Frente a él existe un espacio vacío y, varios metros más adelante, otro árbol. Entonces se impulsa, despliega las costillas, extiende el patagio y transforma la caída en un recorrido controlado. La cola y las extremidades participan en las correcciones necesarias hasta que finalmente las patas encuentran nuevamente una superficie donde sujetarse.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer la física detrás de ese movimiento no elimina la maravilla; permite apreciarla con mayor profundidad. El lagarto volador nos recuerda que la extraordinaria diversidad de la creación puede manifestarse mediante soluciones completamente inesperadas: un reptil que no posee alas, pero que utiliza sus propias costillas para desplegar una superficie que le permite abandonar un árbol y atravesar el aire hasta alcanzar el siguiente.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En las regiones áridas de Australia vive un pequeño reptil cuya apariencia parece mucho más peligrosa de lo que realmente es. Su cuerpo está cubierto de espinas, su cabeza se confunde entre protuberancias y sus colores se mezclan con los tonos ocres, rojizos y amarillentos del desierto. Su nombre popular, diablo espinoso, parece describir a una criatura formidable. Sin embargo, este pequeño lagarto se alimenta principalmente de hormigas y posee una de las estrategias más sorprendentes conocidas para conseguir algo mucho más importante que una presa: agua.

  El diablo espinoso (Moloch horridus) habita regiones de Australia donde las lluvias pueden ser escasas e irregulares. Para cualquier vertebrado, vivir allí representa un enorme desafío. Cada célula necesita agua, pero encontrar una fuente donde beber puede resultar difícil. La respuesta de este reptil es extraordinaria: no necesita encontrar necesariamente un charco para aprovechar el agua disponible. La arena húmeda, una fina película de agua sobre el suelo, el rocío o la lluvia pueden proporcionar pequeñas cantidades de líquido que su cuerpo es capaz de conducir hacia la boca.

El diablo espinoso, cuando hasta la piel participa en conseguir agua

  El secreto se encuentra entre sus escamas. Allí existe una red de diminutos canales que puede llenarse cuando entra en contacto con agua. Mediante un fenómeno físico conocido como capilaridad, el líquido se distribuye por esos espacios y puede desplazarse por la superficie corporal hasta alcanzar la región de la boca. El animal finalmente lo ingiere. Su piel, por tanto, no funciona simplemente como una cubierta protectora; también participa en un extraordinario sistema para aprovechar un recurso escaso.

  El desierto aparece muchas veces en las Escrituras como una imagen de sed y necesidad. David escribió: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1). Para el diablo espinoso, esa descripción corresponde literalmente al ambiente donde transcurre su vida. Allí no puede depender de encontrar todos los días un estanque o una corriente de agua.

  Por eso resulta tan interesante su estrategia. No necesita introducir la cabeza en un recipiente profundo para beber. Si determinadas regiones de su cuerpo entran en contacto con una superficie suficientemente mojada, el agua puede comenzar a introducirse en los diminutos espacios existentes entre sus escamas. Incluso la humedad líquida retenida entre partículas de arena mojada puede convertirse, bajo condiciones apropiadas, en una fuente aprovechable.

  Es importante distinguir este mecanismo de la absorción de humedad directamente del aire. El diablo espinoso no funciona como una máquina capaz de extraer vapor de agua de una atmósfera seca. Necesita agua en estado líquido, aunque puede encontrarse distribuida en cantidades muy pequeñas sobre el suelo, entre partículas de arena húmeda, en forma de rocío o sobre su cuerpo después de una lluvia.

  Esta diferencia hace que su sistema sea todavía más interesante. En un ambiente árido no siempre existe un charco visible, pero eso no significa que no exista agua disponible. Una pequeña lluvia puede humedecer la arena. El rocío puede depositar diminutas gotas. Una superficie puede conservar una fina película de líquido. El diablo espinoso posee una estructura corporal capaz de aprovechar oportunidades que para muchos otros animales serían insuficientes.

Una red microscópica escondida entre las escamas

  A simple vista, la piel del animal parece únicamente áspera y espinosa. Cuando se estudia con mayor detalle aparece una estructura completamente diferente. Entre las escamas existen canales microscópicos interconectados que forman una red sobre buena parte de la superficie corporal.

  Cuando el agua toca esos canales comienza a desplazarse por ellos mediante capilaridad. Este fenómeno ocurre porque, a escalas pequeñas, las interacciones entre las moléculas del agua y las paredes de un conducto pueden hacer que el líquido avance por espacios estrechos sin necesidad de una bomba mecánica.

  Podemos observar un principio semejante cuando colocamos la esquina de una servilleta de papel sobre una pequeña cantidad de agua. El líquido comienza a desplazarse por el material y termina mojando regiones que nunca tocaron directamente la fuente original. En el diablo espinoso ocurre algo mucho más organizado: la geometría de los espacios entre las escamas permite distribuir el agua y conducirla hacia la boca.

  La importancia de las dimensiones microscópicas es enorme. Si los canales fueran demasiado amplios, las fuerzas capilares no actuarían de la misma manera. Su tamaño, forma y conexión permiten que pequeñas cantidades de líquido se desplacen sobre el cuerpo del animal. Una estructura casi invisible termina participando en la solución de uno de los mayores problemas de la vida en el desierto.

La piel transporta el agua, pero no la absorbe

  En ocasiones se dice que el diablo espinoso “bebe a través de la piel”. Aunque la frase resulta atractiva, puede provocar una idea equivocada. El agua no atraviesa directamente la piel para entrar en la sangre.

  Lo que sucede es todavía más fascinante. La piel funciona como una red de transporte. El agua entra en los pequeños canales existentes entre las escamas, se distribuye sobre la superficie y alcanza las comisuras de la boca. Allí el animal realiza movimientos de mandíbula y deglución que permiten ingerirla.

  Por ejemplo, si determinadas partes de sus patas o vientre permanecen sobre arena suficientemente húmeda, el agua disponible puede entrar en contacto con la red capilar. No es necesario que el animal se encuentre sumergido ni que exista un charco suficientemente profundo para introducir la boca.

  Esta estrategia amplía enormemente las oportunidades disponibles en un ambiente seco. Lo importante no es solamente encontrar mucha agua de una sola vez, sino ser capaz de aprovechar pequeñas cantidades cuando aparecen.

Cuando una fina película puede ser importante

  Para nosotros, una pequeña cantidad de humedad sobre el suelo puede parecer insignificante. Para un animal de tamaño reducido que habita un ambiente desértico, puede representar un recurso valioso.

  Después de una lluvia ligera, el agua puede permanecer temporalmente entre las partículas del suelo. En otras circunstancias pueden formarse gotas de rocío o pequeñas acumulaciones sobre diferentes superficies. Si esa agua entra en contacto con el sistema capilar del animal, existe la posibilidad de transportarla hacia la boca.

  Esto demuestra un principio importante de la supervivencia en ambientes extremos. No siempre gana el organismo capaz de encontrar la mayor cantidad de recursos. También puede tener ventaja aquel que aprovecha eficientemente cantidades que otros no podrían utilizar.

  En el caso del diablo espinoso, una oportunidad pequeña puede multiplicarse gracias a la extensión de la superficie corporal. Diferentes regiones pueden participar en la captación del líquido y la red microscópica lo redistribuye hacia un destino común.

La lluvia transforma temporalmente el desierto

  Cuando finalmente llueve, las condiciones cambian. El suelo se moja, pequeñas depresiones pueden acumular agua y superficies que normalmente permanecen secas quedan cubiertas por una fina capa de líquido.

  Para el diablo espinoso, la lluvia significa mucho más que agua cayendo directamente sobre su cabeza. El cuerpo completo puede entrar en contacto con ella. Las gotas alcanzan las escamas y comienzan a distribuirse mediante la red capilar.

  El libro de Job describe de manera hermosa la llegada del agua a los lugares deshabitados: “Para hacer llover sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la tierna hierba” (Job 38:26-27).

  En un ecosistema árido, una lluvia aparentemente pequeña puede activar procesos extraordinarios. Plantas, insectos y reptiles responden a una oportunidad que quizá dure solamente unas horas o algunos días.

Un especialista en aprovechar cosas pequeñas

  Existe algo particularmente interesante en la vida del diablo espinoso: su alimentación también está basada en aprovechar unidades diminutas. Este reptil consume principalmente pequeñas hormigas, especialmente de ciertos grupos abundantes en las regiones donde vive.

  Puede situarse cerca de las rutas utilizadas por las hormigas y capturarlas repetidamente con la lengua. Una sola hormiga proporciona muy poca energía, pero cientos o incluso miles a lo largo del tiempo representan una fuente significativa de alimento.

  Existe aquí un interesante paralelismo con el agua. Una hormiga parece insignificante y una diminuta cantidad de líquido también. Sin embargo, el organismo está preparado para convertir muchas unidades pequeñas en recursos suficientes para mantener la vida.

  Su supervivencia no depende de encontrar continuamente grandes abundancias. Depende de aprovechar con eficiencia aquello que el ambiente proporciona.

Una apariencia que también contribuye a protegerlo

  Las numerosas espinas que cubren el cuerpo no forman parte principal del mecanismo capilar, pero sí contribuyen a la peculiar apariencia del animal. Su silueta irregular puede dificultar la captura por parte de algunos depredadores, mientras que su coloración ayuda a confundirse con el suelo del desierto.

  Los tonos corporales pueden variar y mezclarse con arena, piedras y vegetación seca. Para un animal relativamente pequeño que no depende de una enorme velocidad para escapar, pasar inadvertido constituye una estrategia importante.

  Además, detrás de la cabeza posee una gran protuberancia espinosa conocida popularmente como cabeza falsa. Cuando se siente amenazado puede inclinar la cabeza verdadera y presentar esta estructura hacia el atacante, alterando su silueta y dificultando la identificación inmediata de una región vulnerable.

  En lugar de enfrentarse mediante fuerza a un depredador mucho mayor, utiliza apariencia, postura, espinas y camuflaje. Su estrategia defensiva es muy diferente de la de una serpiente venenosa o un gran lagarto depredador.

Sobrevivir también significa controlar el calor

  El agua no es el único problema del desierto. La temperatura puede cambiar enormemente durante el día. Como otros reptiles, el diablo espinoso es ectotermo y depende en gran medida de las condiciones externas para regular su temperatura corporal.

  Durante ciertas horas, el suelo puede calentarse hasta niveles peligrosos. En otros momentos, especialmente durante la noche, la temperatura disminuye considerablemente. El reptil modifica su comportamiento, utiliza diferentes zonas del terreno y cambia sus períodos de actividad para permanecer dentro de condiciones adecuadas.

  Esta estrategia también ayuda indirectamente a conservar agua. Evitar las condiciones más extremas reduce el estrés fisiológico y permite administrar mejor los recursos disponibles. Temperatura, actividad, alimentación e hidratación forman parte de una misma vida en equilibrio con el ambiente.

Cuando lo microscópico produce un resultado enorme

  Quizá la característica más fascinante del diablo espinoso sea que la solución a uno de sus mayores problemas se encuentra en estructuras demasiado pequeñas para observarse adecuadamente a simple vista.

  Si contemplamos al animal desde cierta distancia veremos espinas, patas, cabeza y cola. Solamente al estudiar su superficie con instrumentos adecuados descubrimos la red de canales entre las escamas. Allí comienza a revelarse el mecanismo que permite que el agua se desplace.

  El principio recuerda otras maravillas encontradas en la naturaleza. El gecko utiliza millones de estructuras microscópicas para adherirse a determinadas superficies. En el diablo espinoso, pequeños canales permiten aprovechar fuerzas capilares para transportar agua.

  En ambos casos, estructuras diminutas producen resultados visibles a escala del organismo completo.

  El salmista escribió: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren” (Salmo 111:2). La ciencia nos permite realizar precisamente esa búsqueda, observando dimensiones que generaciones anteriores no podían estudiar con el mismo detalle.

Una criatura que incluso inspira a los ingenieros

  El sistema de transporte de agua del diablo espinoso ha despertado interés más allá de la zoología. Investigadores dedicados a la biomimética estudian superficies naturales capaces de recoger y conducir líquidos para comprender principios que podrían utilizarse en nuevos materiales.

  La idea resulta especialmente atractiva en regiones donde el agua es escasa. Si una superficie puede transportar pequeñas cantidades de líquido utilizando únicamente su geometría y propiedades físicas, sin bombas ni mecanismos complejos, el principio podría inspirar diferentes aplicaciones tecnológicas.

  Esto no significa que los ingenieros simplemente copien la piel del animal. Primero necesitan comprender exactamente cómo funciona, determinar qué características son esenciales y después intentar reproducir principios semejantes mediante materiales artificiales.

  Una pequeña lagartija del desierto termina así planteando preguntas relevantes para físicos, biólogos e ingenieros.

Administrar aquello que parece insignificante

  La Biblia no pretende describir la capilaridad entre las escamas del Moloch horridus ni explicar la microestructura de su piel. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la física y la ciencia de materiales. Sin embargo, las Escrituras invitan repetidamente al ser humano a observar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella.

  El salmista declaró: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). El diablo espinoso constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras.

  En un lugar donde el agua puede desaparecer durante largos períodos, este reptil no necesita depender exclusivamente de encontrar un charco. Una lluvia que moja el suelo, una superficie cubierta por una fina película de agua, el rocío o incluso agua retenida entre partículas de arena húmeda pueden convertirse en oportunidades. Cuando el líquido entra en contacto con su piel, una red microscópica puede conducirlo hacia la boca.

  El animal no absorbe mágicamente agua del aire ni la introduce directamente en su cuerpo a través de la piel. El mecanismo es mucho más preciso: su superficie corporal recoge agua líquida disponible y la transporta utilizando las propiedades físicas de la capilaridad hasta el lugar donde puede beberla.

  Desde la perspectiva bíblica, descubrir estas estructuras no disminuye el asombro, sino que permite contemplarlo con mayor profundidad. El diablo espinoso nos recuerda que la sabiduría del Creador también puede manifestarse en aquello que parece insignificante. En una tierra donde cada gota cuenta, hasta los diminutos espacios existentes entre las escamas pueden convertirse en parte de un extraordinario sistema para preservar la vida.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los antiguos lagos del Valle de México vive una criatura que parece conservar para siempre la apariencia de una larva. A ambos lados de su cabeza sobresalen delicadas estructuras semejantes a pequeñas ramas, su rostro parece dibujar una expresión tranquila y su cuerpo alargado se desplaza lentamente bajo el agua. Su aspecto ha convertido al ajolote en uno de los anfibios más reconocibles del mundo, pero aquello que verdaderamente ha fascinado a los científicos se encuentra oculto dentro de su organismo.

  El ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum) posee una extraordinaria capacidad de regeneración. Si pierde una extremidad, puede formar nuevamente huesos, músculos, vasos sanguíneos, nervios y piel hasta reconstruir una estructura funcional. Además, los investigadores han descubierto que su capacidad regenerativa se extiende a otros tejidos y partes de órganos, entre ellos estructuras de la médula espinal, el corazón y el sistema nervioso.

  No se trata simplemente de cerrar una herida. El organismo puede iniciar un proceso coordinado mediante el cual células, señales químicas, nervios y tejidos participan en la reconstrucción de aquello que ha sido dañado. Por esta razón, el ajolote se ha convertido en uno de los animales más estudiados del mundo dentro de la investigación sobre regeneración.

El ajolote, Cuando perder una extremidad no significa perderla para siempre

  El salmista escribió: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras” (Salmo 139:14). Aunque estas palabras se refieren directamente al ser humano, el estudio de otras criaturas permite contemplar también la extraordinaria complejidad presente en los organismos vivos. Pocos ejemplos resultan tan sorprendentes como observar a un ajolote reconstruir una parte de su cuerpo.

  Cuando un ser humano sufre una lesión importante, nuestro organismo intenta cerrar rápidamente la herida. Se activa la coagulación, aparece una respuesta inflamatoria y posteriormente puede formarse tejido cicatricial. Estos mecanismos son esenciales para protegernos, pero normalmente no reconstruyen una extremidad perdida.

  En el ajolote ocurre algo diferente. Después de una amputación, la herida se cubre rápidamente con células de la epidermis y comienza a formarse una estructura especializada relacionada con el proceso regenerativo. Debajo de esa cubierta se organiza una población de células conocida colectivamente como blastema, fundamental para reconstruir la parte perdida.

  El blastema no es simplemente una masa de tejido creciendo sin dirección. Sus células responden a señales moleculares que contribuyen a determinar qué estructuras deben reconstruirse y dónde deben aparecer. Si se perdió parte de una extremidad, el organismo necesita recuperar la organización correcta de huesos, músculos, nervios, vasos y piel.

  El resultado requiere algo mucho más complejo que producir nuevas células. Las células tienen que saber qué formar y dónde colocarlo.

El ajolote, reconstruir sin perder el plano

  Imaginemos que un edificio sufre daños graves. Conseguir ladrillos nuevos no sería suficiente para restaurarlo. Sería necesario saber dónde estaban las paredes, por dónde pasaban las tuberías, dónde se encontraban las puertas y cómo se conectaba cada elemento con el resto de la construcción.

  Algo semejante ocurre durante la regeneración. Producir millones de células nuevas no bastaría si estas crecieran desordenadamente. El organismo debe conservar información acerca de la posición de los tejidos y utilizar señales que permitan reconstruir la anatomía apropiada.

  Las investigaciones han demostrado que diferentes poblaciones celulares conservan información relacionada con su identidad y ubicación. Durante la regeneración, estas células participan en la formación de los tejidos correspondientes y responden a señales que coordinan el crecimiento.

  Una pata no puede convertirse simplemente en una masa de células. Deben aparecer nuevamente estructuras organizadas en posiciones específicas. El esqueleto necesita una forma determinada, los músculos deben relacionarse correctamente con él, los vasos sanguíneos tienen que proporcionar circulación y los nervios deben alcanzar los nuevos tejidos.

  La regeneración es, por tanto, un problema de información y organización, además de crecimiento.

Los nervios también son indispensables

  Uno de los descubrimientos más interesantes en el estudio de la regeneración es la importancia del sistema nervioso. Los nervios no solamente permiten posteriormente que la extremidad tenga sensibilidad y movimiento; también proporcionan señales necesarias durante el proceso regenerativo.

  Si la conexión nerviosa se altera experimentalmente de determinadas maneras, la regeneración puede verse gravemente afectada. Esto demuestra que reconstruir una extremidad requiere comunicación entre diferentes sistemas del organismo.

  La piel responde a la lesión, las células forman el blastema, los nervios proporcionan señales, los vasos sanguíneos deben desarrollarse y diferentes tejidos comienzan a reorganizarse. Cada elemento participa en una secuencia coordinada.

  Una extremidad completa emerge poco a poco de una región que inicialmente parecía simplemente una herida.

Huesos, músculos, vasos y nervios vuelven a aparecer

  Conforme avanza el proceso, la nueva extremidad adquiere progresivamente su organización. Se forman estructuras esqueléticas, aparecen músculos y tendones, se desarrolla circulación y los nervios penetran nuevamente en los tejidos.

  La nueva extremidad no constituye solamente una copia visual. Debe integrarse funcionalmente con el resto del animal. Los músculos necesitan recibir señales nerviosas, las articulaciones deben permitir movimiento y la circulación tiene que mantener vivos los tejidos recién formados.

  Esto exige coordinación entre numerosos tipos celulares. Cada uno debe multiplicarse en la cantidad apropiada, diferenciarse correctamente y ocupar el lugar necesario.

  Una de las preguntas centrales de la biología regenerativa consiste precisamente en comprender cómo sabe el organismo cuándo detener el crecimiento. Tan importante como comenzar la regeneración es terminarla cuando la estructura apropiada ha sido reconstruida.

La médula espinal también puede repararse

  La capacidad del ajolote no se limita a sus extremidades. También puede regenerar partes de la médula espinal después de determinadas lesiones experimentales.

  Esta característica ha despertado enorme interés porque las lesiones de la médula espinal humana pueden producir daños permanentes. En nuestro organismo, la formación de tejido cicatricial y las características del sistema nervioso adulto limitan enormemente la regeneración de conexiones perdidas.

  El ajolote responde de una manera diferente. Determinadas células pueden proliferar y contribuir a reconstruir estructuras nerviosas mientras se restablece parte de la organización del tejido.

  Comprender estas diferencias constituye uno de los grandes objetivos de la medicina regenerativa. Los científicos no estudian al ajolote porque esperen simplemente copiarlo, sino porque conocer los mecanismos que permiten su regeneración podría revelar principios útiles para comprender por qué los seres humanos tenemos capacidades mucho más limitadas.

Un corazón con capacidad de reparación

  El corazón proporciona otro ejemplo fascinante. Después de determinadas lesiones experimentales, el ajolote puede regenerar tejido cardíaco de una manera mucho más eficaz que los mamíferos adultos.

  En el ser humano, una lesión importante del músculo cardíaco, como la producida durante un infarto, puede dejar tejido cicatricial que no posee la misma capacidad contráctil que el músculo original. El corazón continúa funcionando, pero la región lesionada no vuelve simplemente a convertirse en músculo cardíaco normal.

  El estudio de animales capaces de regenerar tejido cardíaco permite investigar qué señales celulares y moleculares hacen posible una respuesta diferente.

  Una pequeña salamandra mexicana puede así proporcionar pistas para preguntas que afectan a millones de seres humanos.

Una criatura que parece no querer convertirse en adulta

  La regeneración no es la única característica extraordinaria del ajolote. Su propio desarrollo presenta otra particularidad fascinante.

  La mayoría de las salamandras experimentan una metamorfosis. Durante sus etapas juveniles viven en el agua y poseen branquias externas. Posteriormente cambian su anatomía y fisiología para adoptar una forma adulta generalmente más terrestre.

  El ajolote normalmente conserva características larvarias durante toda su vida, incluso después de alcanzar la madurez sexual. Este fenómeno recibe el nombre de neotenia o, en un sentido más amplio, pedomorfosis.

  Por eso los adultos continúan mostrando las características branquias externas que parecen pequeñas ramas a ambos lados de la cabeza.

El ajolote, Tres maneras de obtener oxígeno

  Las branquias externas constituyen uno de los rasgos más hermosos del ajolote. Sus numerosas ramificaciones aumentan la superficie disponible para el intercambio de gases con el agua y están ampliamente irrigadas por vasos sanguíneos.

  Sin embargo, el ajolote no depende exclusivamente de ellas. También puede realizar intercambio gaseoso a través de la piel y posee pulmones funcionales que le permiten subir ocasionalmente a la superficie y tomar aire.

  Esto significa que diferentes estructuras pueden participar en la respiración. Branquias, piel y pulmones contribuyen en distinta medida dependiendo de las condiciones.

  Una vez más encontramos varios sistemas colaborando para resolver una misma necesidad fundamental: proporcionar oxígeno a las células.

Un genoma extraordinariamente grande

  Cuando los científicos secuenciaron el genoma del ajolote encontraron otra sorpresa. Su genoma posee aproximadamente treinta y dos mil millones de pares de bases, alrededor de diez veces más ADN que el genoma humano.

  Esto no significa que el ajolote sea diez veces más complejo que una persona. El tamaño de un genoma no determina directamente la complejidad de un organismo. Gran parte de esa diferencia corresponde a enormes regiones de ADN que no equivalen simplemente a nuevos genes productores de proteínas.

  Sin embargo, disponer de la secuencia genética del ajolote ha proporcionado a los investigadores una herramienta extraordinaria para estudiar los genes y mecanismos relacionados con regeneración, desarrollo y reparación de tejidos.

  La genética permite ahora observar procesos que antes solamente podían describirse mediante anatomía y microscopía.

Un animal que ayuda a estudiar el futuro de la medicina

  El ajolote se ha convertido en un organismo modelo para laboratorios de todo el mundo. Los investigadores estudian cómo responde a una lesión, qué genes se activan, cómo se comunican las células y por qué se produce mucha menos cicatrización en determinados tejidos que en los mamíferos.

  El objetivo no es afirmar que pronto podremos hacer crecer nuevamente una extremidad humana. Existen enormes diferencias entre nuestra biología y la del ajolote, y trasladar descubrimientos de una especie a otra constituye un desafío considerable.

  Sin embargo, cada mecanismo descubierto ayuda a responder preguntas fundamentales. ¿Por qué algunos vertebrados regeneran estructuras que otros solamente cicatrizan? ¿Qué señales permiten a una célula participar en la reconstrucción? ¿Cómo se controla el crecimiento? ¿Qué impide que las células continúen multiplicándose cuando la reparación ha terminado?

  Responder estas preguntas podría contribuir algún día al desarrollo de nuevas estrategias para mejorar la reparación de tejidos humanos.

Una maravilla que está desapareciendo de su hogar

  Existe una paradoja dolorosa alrededor del ajolote. Mientras miles de ejemplares viven en laboratorios y acuarios alrededor del mundo, sus poblaciones silvestres se encuentran en una situación crítica.

  Su hábitat natural se encontraba originalmente en los sistemas lacustres del Valle de México. En la actualidad, las poblaciones silvestres sobreviven principalmente en la zona de Xochimilco, donde enfrentan problemas relacionados con pérdida y modificación del hábitat, contaminación, urbanización y presencia de especies introducidas.

  Una criatura capaz de regenerar extraordinariamente partes de su propio cuerpo no puede reconstruir por sí misma un ecosistema destruido.

  Esta realidad nos recuerda que poseer capacidades biológicas extraordinarias no hace invulnerable a una especie. Los organismos continúan dependiendo del ambiente que proporciona alimento, agua, refugio, condiciones químicas adecuadas y oportunidades para reproducirse.

Regenerar no significa ser inmortal

  La extraordinaria capacidad del ajolote también puede producir otra idea equivocada. El animal no es indestructible ni puede recuperarse de cualquier lesión.

  La regeneración posee límites. La gravedad y ubicación del daño, las condiciones del organismo, infecciones y otros factores pueden determinar si la recuperación es posible.

  Tampoco significa que el ajolote viva indefinidamente. Como cualquier otro organismo, experimenta enfermedad, envejecimiento y finalmente muerte.

  Su capacidad resulta maravillosa precisamente porque ocurre dentro de los límites reales de un organismo vivo.

Cuando sanar significa reconstruir

  El ajolote nos permite observar una diferencia extraordinaria entre dos maneras de responder al daño. Una consiste principalmente en cerrar rápidamente una herida y formar una cicatriz. La otra puede conservar además la posibilidad de reconstruir estructuras complejas.

  Para lograrlo, el organismo debe reconocer que existe una lesión, proteger la zona, activar células apropiadas, proporcionar señales moleculares, mantener comunicación nerviosa, producir nuevos tejidos y finalmente detener el crecimiento cuando la estructura ha sido restaurada.

  Cada paso plantea preguntas extraordinarias.

  Pero quizá la más fascinante sea esta: ¿cómo conserva el organismo la información necesaria para saber qué parte falta y cómo debe reconstruirla?

  Cuanto más profundamente se estudia la regeneración, menos parece un simple proceso de crecimiento. Es un fenómeno de comunicación, información, reconocimiento espacial y coordinación celular.

Una pequeña criatura que continúa enseñándonos

  El libro de Job contiene una invitación extraordinaria: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). El ajolote demuestra hasta qué punto una criatura puede enseñarnos cuando la observamos cuidadosamente.

  La Biblia no pretende explicar la formación del blastema, identificar genes relacionados con la regeneración ni describir las señales moleculares que permiten reconstruir una extremidad. Estas preguntas pertenecen a la genética, la biología celular, la zoología y la medicina regenerativa.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la vida reconociendo la sabiduría manifestada en ella. El salmista escribió: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24).

  El ajolote constituye una extraordinaria oportunidad para hacerlo. Una extremidad puede perderse y, en lugar de limitarse a cerrar la herida, comienza una compleja secuencia de acontecimientos. Las células responden, los nervios proporcionan señales, los tejidos se reorganizan y poco a poco vuelven a aparecer huesos, músculos, vasos sanguíneos, piel y conexiones nerviosas.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos no disminuye la maravilla, sino que permite contemplarla con mayor profundidad. El ajolote nos recuerda que dentro de una pequeña criatura pueden existir capacidades que apenas comenzamos a comprender: mecanismos capaces no solamente de cerrar una herida, sino de reconstruir con extraordinario orden aquello que se había perdido.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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