Por el Dr. Elio M Rivera

  Pocas imágenes del mundo animal transmiten tanta fuerza como la cabeza de un cocodrilo emergiendo lentamente del agua. Su cuerpo permanece casi oculto mientras los ojos y las fosas nasales sobresalen apenas de la superficie. Puede esperar inmóvil durante largos períodos y, cuando llega el momento adecuado, atacar con una rapidez que contrasta profundamente con aquella aparente quietud.

  Sus mandíbulas pueden ejercer una fuerza extraordinaria, sus dientes están preparados para sujetar con firmeza y su cuerpo posee características que le permiten desenvolverse tanto en ambientes acuáticos como terrestres. Todo parece corresponder a la imagen de un formidable depredador.

  Sin embargo, existe otra faceta mucho menos conocida.

  Cuando llega el momento de reproducirse, algunas hembras vigilan cuidadosamente sus nidos. Antes de que las crías terminen de salir del huevo, pueden comenzar a emitir sonidos. La madre responde a esas señales, se aproxima al lugar y puede ayudar a descubrir los huevos. Después, una mandíbula capaz de ejercer una enorme fuerza se convierte en un medio para transportar delicadamente a pequeños cocodrilos hacia el agua.

  La criatura que parece representar únicamente poder revela también una sorprendente capacidad de cuidado.

Cuando una poderosa mandíbula también puede proteger delicadamente una vida

  El libro de Job invita al ser humano a mirar más allá de las apariencias y aprender observando a los animales:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El cocodrilo constituye un magnífico ejemplo. Si solamente observáramos sus dientes y su comportamiento depredador, conoceríamos apenas una parte de su biología.

  Su historia incluye también construcción de nidos, comunicación entre madre y crías, protección y conductas parentales que durante mucho tiempo fueron poco conocidas.

El cocodrilo, un depredador preparado para esperar

  Los cocodrilos son reptiles semiacuáticos pertenecientes al orden Crocodylia. Su anatomía permite permanecer casi completamente sumergidos mientras conservan los ojos, los oídos y las fosas nasales cerca de la superficie.

  Esta disposición resulta especialmente útil para un depredador que depende en gran medida de la sorpresa.

  En lugar de gastar continuamente energía persiguiendo animales, puede permanecer inmóvil y esperar una oportunidad favorable.

  Cuando una presa se aproxima suficientemente, el cuerpo que parecía estar descansando puede responder en un instante.

El cocodrilo, una de las mordidas más poderosas del mundo animal

  Las mediciones realizadas en grandes cocodrilianos han registrado algunas de las mayores fuerzas de mordida conocidas entre los animales vivos.

  Los músculos responsables de cerrar las mandíbulas son extraordinariamente potentes. Esto permite sujetar presas grandes y mantenerlas atrapadas.

  Sin embargo, fuerza no significa ausencia de control.

  Los mismos maxilares que participan en la captura del alimento pueden utilizarse de una manera completamente diferente cuando intervienen las crías.

  Esa capacidad para aplicar una enorme potencia en un contexto y movimientos mucho más cuidadosos en otro constituye uno de los contrastes más interesantes de su comportamiento.

Dientes que se reemplazan durante la vida

  Los dientes del cocodrilo están sometidos a un considerable desgaste. Capturar y manipular presas puede dañarlos o provocar su pérdida.

  El organismo posee un sistema de reemplazo continuo.

  Debajo de los dientes funcionales pueden desarrollarse estructuras que eventualmente ocuparán su lugar. A lo largo de la vida, un individuo puede reemplazar numerosos dientes.

  La dentadura no constituye, por tanto, una herramienta que deba conservarse intacta desde la juventud hasta la vejez. Existe un mecanismo que permite renovarla repetidamente.

Sentir movimientos casi imperceptibles en el agua

  Alrededor de las mandíbulas y otras regiones de la piel existen pequeños órganos sensoriales especializados.

  Estas estructuras pueden detectar cambios mecánicos y movimientos producidos en el agua. Gracias a ellas, el cocodrilo obtiene información sobre aquello que ocurre cerca de su cuerpo incluso cuando la visibilidad es limitada.

  Un animal que se mueve en el agua genera perturbaciones. Para nosotros pueden pasar completamente inadvertidas; para el cocodrilo forman parte de la información disponible sobre su entorno.

  Su mundo sensorial no es idéntico al nuestro.

Ojos preparados para una vida entre dos mundos

  Los ojos también poseen características adecuadas para una existencia semiacuática.

  Una membrana nictitante puede desplazarse sobre el ojo y proporcionar protección mientras el animal se encuentra bajo el agua. Además, la posición elevada de los ojos permite observar el entorno manteniendo gran parte del cuerpo sumergido.

  Cuando el cocodrilo desaparece bajo la superficie, válvulas y estructuras anatómicas ayudan a proteger diferentes aberturas corporales.

  Su cuerpo está preparado para pasar continuamente de un medio a otro.

El nido: donde comienza otra historia

  La reproducción muestra un comportamiento muy diferente al asociado normalmente con estos reptiles.

  Dependiendo de la especie, las hembras pueden construir nidos utilizando vegetación y otros materiales o excavar cavidades en el suelo. Allí depositan los huevos y permanecen relacionadas con el lugar durante el período de incubación.

  Los huevos son vulnerables a depredadores y a condiciones ambientales desfavorables.

  La presencia materna aumenta las posibilidades de que una nueva generación llegue a nacer.

El calor decide algo extraordinario

  En los cocodrilianos, el sexo de las crías no depende únicamente de cromosomas sexuales como ocurre en los seres humanos.

  La temperatura de incubación durante determinados períodos del desarrollo embrionario desempeña un papel fundamental en la determinación sexual.

  Diferentes rangos térmicos pueden favorecer el desarrollo de machos o hembras, aunque el patrón exacto varía entre especies.

  Esto convierte al nido en algo más que un lugar donde los huevos permanecen protegidos. Las condiciones térmicas experimentadas durante el desarrollo pueden influir directamente en una característica fundamental de los animales que nacerán.

Las crías comienzan a llamar antes de nacer

  Uno de los aspectos más fascinantes ocurre cuando se aproxima el momento de la eclosión.

  Las crías pueden producir vocalizaciones mientras todavía se encuentran dentro de los huevos.

  Estos sonidos parecen participar en la sincronización del nacimiento y pueden estimular respuestas de la madre.

  Lo que desde el exterior parece un nido silencioso contiene pequeños reptiles que ya están utilizando señales acústicas.

  La comunicación comienza antes de que hayan visto el mundo exterior.

Una madre que escucha

  Cuando las vocalizaciones anuncian que el nacimiento se aproxima, la hembra puede acercarse al nido y retirar cuidadosamente parte del material que lo cubre.

  En algunas especies se han observado conductas mediante las cuales ayuda a liberar los huevos o facilita el acceso de las crías hacia el exterior.

  Después ocurre una de las escenas más sorprendentes de la vida de estos reptiles.

  Los pequeños necesitan llegar al agua.

  Y la madre puede ayudarles.

El cocodrilo, la misma boca que captura también transporta

  Una cría recién nacida es diminuta en comparación con un cocodrilo adulto.

  La madre puede recoger cuidadosamente a varios pequeños con la boca y transportarlos desde el nido hasta el agua.

  La escena resulta extraordinaria precisamente por el instrumento utilizado.

  Entre enormes dientes capaces de sujetar una presa aparecen pequeños cuerpos que necesitan protección. Los movimientos deben ser suficientemente controlados para trasladarlos sin dañarlos.

  La anatomía no ha cambiado.

  Lo que cambia es la manera de utilizarla.

Fuerza y delicadeza en la misma estructura

  Este contraste permite comprender un principio importante de la biología.

  Una estructura corporal no posee necesariamente una sola función. Las mandíbulas sirven para alimentarse y defenderse, pero también pueden intervenir en el cuidado parental.

  La fuerza disponible no necesita aplicarse siempre en su máxima intensidad.

  Músculos, sistema nervioso y órganos sensoriales permiten controlar el movimiento de acuerdo con las circunstancias.

  La verdadera maravilla no consiste solamente en poseer una mordida poderosa, sino en poder regularla.

La protección puede continuar después del nacimiento

  El cuidado maternal no termina necesariamente cuando las crías alcanzan el agua.

  En diversas especies de cocodrilianos, los pequeños permanecen agrupados durante cierto tiempo y producen vocalizaciones que pueden provocar respuestas de los adultos.

  La madre puede permanecer cerca y reaccionar ante señales de peligro.

  Aunque las crías deberán aprender progresivamente a alimentarse y sobrevivir por sí mismas, comienzan la vida bajo un grado de protección que muchas personas nunca asociarían con un cocodrilo.

Una criatura capaz de comunicarse

  Los cocodrilianos poseen un repertorio acústico más complejo de lo que su apariencia silenciosa podría sugerir.

  Adultos y jóvenes producen diferentes vocalizaciones relacionadas con reproducción, territorialidad, contacto y situaciones de peligro.

  Las llamadas de las crías son especialmente importantes porque muestran que la relación entre madre y descendencia no depende solamente de proximidad física.

  Existe intercambio de información.

  Una madre puede responder porque ha recibido una señal.

Un corazón diferente al de la mayoría de los reptiles

  La anatomía interna también contiene características notables.

  Los cocodrilianos poseen un corazón con cuatro cámaras bien diferenciadas, característica que los distingue de muchos otros reptiles. Además, su circulación incluye conexiones especializadas que permiten modificar determinados patrones de flujo sanguíneo bajo distintas condiciones.

  Estas características resultan particularmente interesantes para un animal que alterna entre respiración aérea y períodos de inmersión.

  Mientras permanece bajo el agua, la fisiología cardiovascular debe responder a circunstancias diferentes de aquellas presentes cuando descansa en tierra.

Permanecer sumergido sin dejar de ser un animal que respira aire

  El cocodrilo posee pulmones y necesita salir a la superficie para respirar.

  Sin embargo, puede permanecer sumergido durante períodos considerables, especialmente cuando se encuentra tranquilo.

  Durante la inmersión disminuyen determinadas actividades metabólicas y ocurren ajustes cardiovasculares que permiten utilizar eficientemente las reservas disponibles.

  No necesita poseer branquias para vivir estrechamente relacionado con el agua. Su organismo utiliza una estrategia completamente distinta.

Una historia que comenzó mucho antes que nosotros

  Los cocodrilianos pertenecen a un linaje antiguo dentro de los arcosaurios, el gran grupo que también incluye a las aves y que en el pasado incluyó a los dinosaurios no avianos.

  Los cocodrilos actuales no son simplemente animales que permanecieron idénticos durante millones de años. Su historia incluye numerosas formas extintas y cambios a lo largo del tiempo.

  Sin embargo, el plan corporal general de los cocodrilianos ha demostrado ser extraordinariamente eficaz para una existencia asociada con ambientes acuáticos.

  Su estudio permite contemplar una de las formas de vida más reconocibles del mundo animal.

No debemos juzgar una criatura solamente por aquello que tememos de ella

  El cocodrilo puede ser peligroso. Su capacidad depredadora es real y debe respetarse.

  Pero conocer solamente esa característica produce una imagen incompleta.

  El mismo animal posee sentidos especializados, comunicación acústica, regulación cardiovascular, comportamiento reproductivo y cuidado parental.

  Una hembra que vigila un nido y responde a las llamadas de sus crías muestra una faceta que contradice la imagen simplificada de una criatura gobernada únicamente por agresión.

  La naturaleza suele ser mucho más compleja que nuestras primeras impresiones.

Una lección escondida detrás de enormes dientes

  El libro de Job declara:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar la biomecánica de la mordida, la determinación sexual dependiente de temperatura ni la fisiología cardiovascular de los cocodrilos. Esas preguntas corresponden a la zoología, la embriología y la fisiología comparada.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar el mundo natural reconociendo la sabiduría presente en él.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El cocodrilo ofrece una magnífica oportunidad para hacerlo. Posee la potencia necesaria para capturar grandes presas, órganos sensoriales capaces de detectar perturbaciones en el agua y un organismo preparado para alternar entre tierra y ambientes acuáticos.

  Pero quizá su imagen más sorprendente no sea la de un depredador atacando.

  Tal vez sea la de una madre inclinándose sobre su nido después de escuchar las llamadas de sus pequeños.

  Allí, la enorme boca se abre. Las crías entran entre dientes que podrían ejercer una fuerza formidable y, sin embargo, son transportadas cuidadosamente hacia el agua.

  Desde la perspectiva bíblica, esa escena nos recuerda que la sabiduría de la creación puede aparecer mediante contrastes inesperados. En el cocodrilo, una de las estructuras más poderosas del mundo animal puede convertirse también en instrumento de protección. Fuerza y delicadeza, aparentemente opuestas, conviven en una misma criatura y nos permiten contemplar otra fascinante manifestación de la sabiduría del Creador.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Entre las ramas de árboles y arbustos vive un reptil cuya apariencia parece reunir varias características difíciles de encontrar en un mismo animal. Sus ojos pueden orientarse de manera notablemente independiente, su lengua puede proyectarse hacia una presa en una fracción de segundo, sus patas están preparadas para sujetarse a las ramas y su piel puede modificar su apariencia mediante mecanismos microscópicos que durante mucho tiempo fueron comprendidos de manera incompleta.

  Ese animal es el camaleón.

  Existen más de doscientas especies pertenecientes a la familia Chamaeleonidae, distribuidas principalmente en África y Madagascar, aunque también aparecen naturalmente en otras regiones. Algunas son pequeñas, mientras otras alcanzan tamaños considerablemente mayores. A pesar de sus diferencias, comparten una serie de características que las convierten en uno de los grupos de reptiles más fascinantes.

  El camaleón demuestra que no es necesario poseer gran tamaño o enorme fuerza para sorprendernos. En él, precisión, percepción visual, locomoción y comunicación se encuentran reunidas en un organismo preparado para desenvolverse entre la vegetación.

El camaleón, una sorprendente combinación de visión, precisión y comunicación

  El libro de Job contiene una invitación particularmente apropiada cuando contemplamos criaturas como esta:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán.”
(Job 12:7)

  Durante siglos, muchas características de los animales fueron conocidas solamente por observación. Actualmente, la anatomía, la fisiología y nuevas tecnologías permiten descubrir los mecanismos que se encuentran detrás de aquello que nuestros ojos contemplan.

  El camaleón constituye un magnífico ejemplo.

Dos ojos que pueden mirar en direcciones diferentes

  Quizá una de sus características más llamativas sea la forma en que utiliza los ojos.

  Cada globo ocular se encuentra cubierto en gran parte por párpados fusionados que dejan solamente una pequeña abertura para la pupila. Además, pueden realizar amplios movimientos.

  Mientras el animal permanece inmóvil sobre una rama, un ojo puede explorar una región del entorno mientras el otro observa otra dirección.

  Esto proporciona un campo visual muy amplio sin necesidad de mover constantemente la cabeza y revelar su posición.

  Sin embargo, cuando aparece una posible presa, ocurre algo diferente.

De explorar el ambiente a calcular un ataque

  Al detectar un insecto, el sistema visual modifica su funcionamiento. Ambos ojos pueden orientarse hacia el objetivo para obtener la información necesaria sobre su posición y distancia.

  En ese momento, la percepción visual se convierte en preparación para una acción extraordinariamente rápida.

  El camaleón necesita calcular dónde se encuentra la presa antes de lanzar su lengua. Un error relativamente pequeño podría hacer que el ataque fracase.

  La visión, por tanto, no funciona aislada. Proporciona información que deberá ser utilizada inmediatamente por el sistema nervioso y muscular.

Una lengua convertida en proyectil

  La lengua del camaleón es una de las estructuras de captura más impresionantes entre los reptiles.

  En numerosas especies puede proyectarse una distancia comparable o incluso superior a la longitud del cuerpo, dependiendo de cómo se realice la medición y de la especie estudiada.

  El movimiento ocurre con enorme rapidez.

  Si dependiera únicamente de la contracción muscular directa, producir semejante aceleración sería difícil. La solución se encuentra en un mecanismo que permite almacenar energía elástica antes del disparo.

  Tejidos especializados asociados con el aparato de la lengua acumulan energía y posteriormente la liberan con rapidez, impulsando la estructura hacia la presa.

  El principio recuerda a un resorte que se carga lentamente y libera su energía de manera repentina.

Atrapar sin utilizar las manos

  Llegar hasta el insecto representa solamente la mitad del problema. Después hay que sujetarlo.

  La punta de la lengua posee características que favorecen la captura. Su forma y las propiedades adhesivas de la superficie ayudan a mantener la presa unida durante el rápido movimiento de regreso hacia la boca.

  Todo el proceso puede ocurrir en una fracción de segundo.

  Primero interviene la detección visual. Después se calcula la posición, se prepara el aparato lingual, se libera la energía almacenada y finalmente la presa es recuperada.

  Aquello que parece simplemente “sacar la lengua” es en realidad una secuencia biomecánica de notable precisión.

¿Por qué cambia de color un camaleón?

  Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que los camaleones cambian de color exclusivamente para copiar cualquier superficie sobre la que se encuentren.

  La realidad es más interesante.

  El cambio de apariencia puede participar en el camuflaje, pero también se relaciona con la comunicación social, la regulación térmica y diferentes estados fisiológicos.

  Un individuo puede modificar su coloración durante encuentros con otros camaleones, situaciones reproductivas o respuestas ante determinadas condiciones ambientales.

  La piel funciona así como una superficie capaz de transmitir información.

El secreto se encuentra debajo de la piel

  Las investigaciones modernas han revelado que algunos de los cambios de color dependen de células especializadas llamadas iridóforos, que contienen estructuras microscópicas formadas por nanocristales.

  La organización y separación de estos cristales puede modificarse, alterando las longitudes de onda de la luz que son reflejadas.

  Esto significa que determinados colores no dependen solamente de pigmentos químicos, sino también de la manera en que estructuras diminutas interactúan físicamente con la luz.

  La coloración es, en parte, un fenómeno de óptica.

  Una característica visible desde varios metros de distancia depende de una organización que solamente puede apreciarse adecuadamente a escala microscópica.

Colores que también comunican

  Los cambios de coloración pueden transmitir información a otros miembros de la misma especie.

  Durante encuentros entre machos, determinadas tonalidades pueden relacionarse con exhibiciones sociales. En contextos reproductivos, los patrones corporales también pueden proporcionar señales importantes.

  El cuerpo se convierte de esta manera en parte del sistema de comunicación.

  No necesita emitir una voz para enviar un mensaje. Una modificación visual puede hacerlo.

El Sol también influye

  Como otros reptiles, los camaleones son ectotermos. Esto significa que dependen considerablemente de fuentes externas de calor para regular su temperatura corporal.

  El comportamiento desempeña un papel fundamental.

  Pueden desplazarse entre áreas soleadas y sombreadas, modificar la orientación del cuerpo y, en algunas especies, realizar cambios de coloración que pueden influir en la absorción de radiación.

  Mantener una temperatura adecuada resulta indispensable para que los músculos, la digestión y otros procesos fisiológicos funcionen correctamente.

  Una vez más, comportamiento y fisiología se encuentran estrechamente relacionados.

Patas hechas para sujetarse

  Vivir entre ramas presenta desafíos muy diferentes a caminar sobre una superficie plana.

  Los camaleones poseen patas especializadas en las que los dedos se encuentran agrupados de manera que pueden sujetar las ramas desde lados opuestos.

  Esta disposición funciona como una pinza.

  Mientras avanza lentamente, cada extremidad busca un punto seguro antes de transferir el peso del cuerpo.

  Las garras proporcionan agarre adicional sobre superficies irregulares.

  Su locomoción puede parecernos lenta, pero resulta adecuada para un animal que necesita conservar estabilidad mientras se mueve entre estructuras estrechas y a diferentes alturas.

Una cola que funciona como una quinta ayuda

  Muchas especies poseen una cola prensil capaz de enrollarse alrededor de las ramas.

  Esta estructura proporciona un punto adicional de apoyo mientras el animal se desplaza o permanece inmóvil.

  Cuando necesita alcanzar una nueva rama, la cola puede ayudar a estabilizar el cuerpo mientras las extremidades cambian de posición.

  La misma anatomía que parece curiosa cuando observamos al animal fuera de su ambiente adquiere pleno sentido cuando lo vemos desplazarse entre la vegetación.

Moverse sin llamar demasiado la atención

  El camaleón suele desplazarse lentamente y puede realizar movimientos corporales oscilantes.

  Este comportamiento puede ayudar a disminuir la detección visual y, en algunos contextos, hacer que su movimiento se integre con el de hojas y ramas agitadas por el viento.

  Su estrategia de supervivencia no consiste en escapar mediante una velocidad extraordinaria como el guepardo.

  El camaleón utiliza otro camino: pasar inadvertido, observar cuidadosamente y esperar el momento apropiado.

Una estrategia de caza basada en paciencia

  Muchos depredadores persiguen activamente a sus presas. El camaleón puede permanecer durante largos períodos desplazándose lentamente mientras explora visualmente el entorno.

  Cuando detecta un insecto adecuado, comienza una secuencia cuidadosamente coordinada.

  La cabeza se orienta, los ojos determinan la posición y el cuerpo mantiene estabilidad sobre la rama. Solamente entonces ocurre el disparo de la lengua.

  La paciencia disminuye la necesidad de perseguir.

  Una captura eficaz depende más de precisión que de velocidad corporal.

Un mundo observado de otra manera

  Los seres humanos movemos ambos ojos normalmente de manera coordinada y dirigimos la cabeza hacia aquello que queremos observar.

  El camaleón puede explorar su entorno utilizando una estrategia visual distinta.

  Esto nos recuerda algo importante acerca de la naturaleza: nuestros sentidos no representan la única manera posible de percibir el mundo.

  Cada especie recibe una parte de la realidad mediante las capacidades de sus propios órganos sensoriales.

  Existen sonidos que no escuchamos, longitudes de onda que no vemos, sustancias que apenas podemos detectar y formas de percepción muy diferentes a las nuestras.

  La creación es mucho más rica que aquello que nuestros sentidos pueden experimentar directamente.

Una criatura donde varias ciencias se encuentran

  Estudiar un camaleón requiere conocimientos de diferentes disciplinas.

  La óptica ayuda a comprender parte de su coloración. La biomecánica explica el lanzamiento de la lengua. La neurobiología investiga el control de los ojos. La fisiología estudia la regulación térmica y la zoología analiza su comportamiento.

  Aquello que desde lejos parece simplemente un pequeño reptil de colores contiene preguntas capaces de ocupar a investigadores de campos completamente distintos.

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

Mucho más que cambiar de color

  Reducir al camaleón a la capacidad de modificar su color sería perder de vista gran parte de lo que hace especial a este animal.

  Sus ojos exploran un amplio campo visual. El cerebro utiliza esa información para localizar objetivos. La lengua transforma energía almacenada en un movimiento explosivo. Las patas sujetan ramas estrechas y la cola proporciona estabilidad adicional. Al mismo tiempo, la piel participa en comunicación y en la relación del organismo con el ambiente.

  Cada característica responde a necesidades diferentes, pero todas forman parte de una misma forma de vida.

  La Biblia no pretende explicar los nanocristales de los iridóforos ni describir la biomecánica de la lengua. Estas investigaciones corresponden a la física, la zoología y la fisiología.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la naturaleza desde otra perspectiva:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Un camaleón inmóvil sobre una rama puede parecer una criatura sencilla. Sin embargo, detrás de esa quietud existe un sistema visual explorando el entorno, músculos preparados para mantener el equilibrio y un mecanismo de captura capaz de actuar en una fracción de segundo. Incluso los colores de su piel pueden depender de estructuras microscópicas organizadas de tal manera que modifican la interacción con la luz.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos no disminuye el asombro; lo aumenta. El camaleón nos recuerda que algunas de las maravillas de la creación se encuentran escondidas en criaturas pequeñas y silenciosas, donde visión, precisión, física y comportamiento se combinan de una manera que continúa sorprendiendo a quienes se detienen a estudiarlas.

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Imagine caminar durante la noche por un terreno aparentemente vacío. Nuestros ojos distinguen apenas algunas formas y, si la oscuridad aumenta, buena parte del paisaje desaparece para nosotros. Sin embargo, muy cerca podría encontrarse un animal recibiendo información que nuestros propios sentidos son incapaces de detectar.

  Las serpientes de cascabel pertenecen a los géneros Crotalus y Sistrurus, un grupo de víboras distribuidas en el continente americano. Son conocidas principalmente por dos características: el cascabel situado al final de la cola y su sistema de veneno. Pero reducirlas únicamente a estos elementos significa ignorar algunas de sus capacidades más fascinantes.

  Detrás de los ojos poseen órganos especializados capaces de detectar radiación infrarroja asociada con objetos más calientes que su entorno. Al mismo tiempo, una lengua bífida recoge partículas químicas del ambiente y las lleva hacia un sistema sensorial localizado dentro de la boca. Si aparece una amenaza, la cola puede producir una señal acústica inconfundible.

  La serpiente de cascabel habita, por tanto, un mundo sensorial diferente al nuestro.

La serpiente de cascabel, un mundo invisible revelado mediante sentidos diferentes a los nuestros

  Los seres humanos tendemos a imaginar que aquello que podemos ver, escuchar, tocar, saborear y oler representa prácticamente toda la realidad que nos rodea.

  No es así.

  Existen formas de energía y señales ambientales que nuestros sentidos no pueden percibir directamente. Necesitamos instrumentos para descubrirlas.

  La Biblia utiliza repetidamente a los animales como una invitación a observar y aprender:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  La serpiente de cascabel constituye un magnífico ejemplo. Para comprender su comportamiento necesitamos preguntarnos primero cómo experimenta ella el ambiente.

Dos pequeñas cavidades con una capacidad sorprendente

  Entre los ojos y las fosas nasales de las víboras de foseta se encuentran dos depresiones conocidas como fosetas loreales.

  A primera vista parecen simples cavidades.

  En realidad contienen órganos sensoriales extraordinariamente sensibles a la radiación infrarroja.

  Todos los objetos cuya temperatura se encuentra por encima del cero absoluto emiten radiación electromagnética. Parte de la energía producida por animales de sangre caliente se encuentra dentro del rango infrarrojo.

  Nosotros no podemos verla.

  La serpiente puede detectarla.

No son exactamente ojos térmicos

  A veces se dice que estas serpientes simplemente “ven el calor”. La expresión resulta útil para comprender la idea general, pero el mecanismo es diferente de la visión producida por los ojos.

  La foseta posee una membrana muy delgada y altamente inervada. Cuando recibe radiación infrarroja procedente del ambiente, se producen diminutos cambios térmicos que activan terminaciones nerviosas especializadas.

  La información viaja hacia el sistema nervioso, donde puede integrarse con otras señales sensoriales.

  El resultado proporciona datos acerca de la localización de fuentes térmicas.

  Una diferencia de temperatura que para nosotros sería completamente invisible puede convertirse en información útil para la serpiente.

Encontrar una presa en la oscuridad

  Muchos pequeños mamíferos mantienen una temperatura corporal considerablemente superior a la del ambiente nocturno.

  Un ratón moviéndose entre piedras puede resultar difícil de localizar visualmente, pero su cuerpo produce un contraste térmico respecto del entorno.

  Las fosetas permiten detectar ese contraste.

  Experimentos han demostrado que la información infrarroja puede contribuir significativamente a localizar y dirigir ataques hacia presas, especialmente cuando la iluminación es limitada.

  Esto no significa que la serpiente dependa exclusivamente de un sentido. La verdadera eficacia aparece cuando diferentes fuentes de información trabajan conjuntamente.

Los ojos también participan

  Las serpientes de cascabel poseen visión funcional y la utilizan junto con otros sistemas.

  La información visual proporciona datos sobre formas, movimiento y condiciones del entorno. Las fosetas aportan información térmica. El sistema químico detecta moléculas y partículas transportadas por el aire o depositadas sobre superficies.

  El cerebro integra esas señales.

  De esta manera, una presa no es simplemente algo que se observa. Puede ser detectada mediante varias características diferentes.

  El ambiente contiene mucha más información de la que nuestros ojos nos permiten apreciar.

La serpiente de cascabel, una lengua que recoge información

  Otra imagen característica de las serpientes es el movimiento constante de la lengua.

  No se trata simplemente de un gesto.

  Cada vez que la lengua sale de la boca, recoge partículas químicas presentes en el aire y sobre las superficies. Después vuelve a entrar y sus puntas se aproximan a las aberturas de un órgano sensorial especializado.

  Este sistema es conocido como órgano vomeronasal u órgano de Jacobson.

  Las moléculas recogidas proporcionan información química acerca del ambiente.

¿Por qué tiene dos puntas?

  La forma bífida de la lengua posee una ventaja adicional.

  Cada extremo puede recoger muestras de regiones ligeramente diferentes. Al comparar la información química recibida desde ambos lados, el sistema nervioso puede obtener pistas sobre la dirección de donde procede una señal.

  En términos sencillos, no solamente puede detectar que existe un rastro químico.

  También puede ayudar a determinar hacia dónde seguirlo.

  Una estructura que parece sencilla funciona como parte de un sofisticado sistema de orientación.

Seguir una presa después del ataque

  En algunas situaciones, una serpiente venenosa puede morder una presa y liberarla en lugar de mantenerla sujetada inmediatamente.

  El animal herido puede desplazarse cierta distancia antes de quedar incapacitado.

  La serpiente necesita entonces localizarlo nuevamente.

  Las señales químicas asociadas con la presa pueden ayudarle a seguir el rastro. Lengua, órgano vomeronasal y comportamiento de búsqueda trabajan conjuntamente durante este proceso.

  El sistema utilizado antes del ataque continúa siendo útil después de él.

El veneno: mucho más que una sustancia peligrosa

  El veneno de las serpientes de cascabel es una mezcla compleja de proteínas, péptidos y enzimas cuya composición varía entre especies, poblaciones e incluso individuos.

  Sus efectos pueden incluir alteraciones de tejidos, coagulación, sistema nervioso y otros procesos fisiológicos, dependiendo del tipo de toxinas presentes.

  Desde la perspectiva biológica, su función principal está relacionada con la captura y procesamiento de presas, aunque también puede servir como mecanismo defensivo.

  El veneno se produce en glándulas especializadas y llega hasta los colmillos mediante conductos.

Colmillos que se pliegan

  Las víboras poseen largos colmillos anteriores capaces de rotar.

  Cuando la boca permanece cerrada, estos se encuentran plegados contra el paladar. Al prepararse para morder, pueden colocarse en posición funcional.

  Durante el ataque penetran en el tejido y permiten introducir el veneno.

  Después regresan a su posición.

  Además, los colmillos pueden ser reemplazados a lo largo de la vida cuando se pierden o dañan.

  Producción de veneno, almacenamiento, conducción y mecanismo de inoculación forman un sistema integrado.

Pero antes de atacar puede aparecer una advertencia

  La característica que da nombre a estas serpientes se encuentra al final de la cola.

  El cascabel está formado por segmentos de queratina conectados entre sí. Cuando músculos especializados mueven rápidamente la cola, estos segmentos chocan y producen el conocido sonido.

  Lo interesante es que esta señal puede evitar un enfrentamiento.

  Una serpiente que advierte de su presencia puede conseguir que un animal grande se aleje sin necesidad de utilizar veneno ni exponerse a sufrir lesiones.

  Desde este punto de vista, el cascabel no es solamente una estructura intimidante.

  También constituye un sistema de comunicación defensiva.

¿Cómo se forma un cascabel?

  Las crías nacen con una estructura terminal especializada en la cola, pero todavía no poseen una serie larga de segmentos capaz de producir el sonido característico de un adulto.

  Cada vez que ocurre una muda, puede añadirse un nuevo segmento.

  Sin embargo, contar los segmentos no permite determinar con precisión la edad del animal. Una serpiente puede mudar más de una vez durante un año y algunas partes del cascabel pueden romperse.

  Por ello, un cascabel grande no funciona como un calendario exacto de su vida.

Producir el sonido requiere una velocidad extraordinaria

  Para generar su característica vibración, la serpiente utiliza músculos especializados capaces de contraerse repetidamente a gran frecuencia.

  El movimiento puede mantenerse durante períodos considerables.

  La fisiología muscular involucrada ha llamado la atención de investigadores porque requiere contracciones rápidas y repetitivas sin que el sistema pierda inmediatamente su capacidad funcional.

  Un sonido aparentemente sencillo es el resultado de una maquinaria muscular especializada.

Detectar vibraciones sin tener oídos como los nuestros

  Las serpientes carecen de oído externo y de tímpano como el ser humano.

  Eso no significa que vivan en un mundo completamente silencioso.

  Pueden detectar vibraciones transmitidas a través del suelo y determinadas ondas sonoras mediante estructuras conectadas con el oído interno.

  La mandíbula desempeña un papel importante en la transmisión de vibraciones.

  Nuevamente encontramos una manera diferente de percibir el ambiente.

Un cuerpo que utiliza el calor del exterior

  Como otros reptiles, las serpientes de cascabel son ectotermas.

  Su temperatura corporal depende en gran medida de las condiciones ambientales. Necesitan desplazarse entre lugares más cálidos y más frescos para mantener el organismo dentro de rangos adecuados.

  Pueden exponerse al Sol durante determinados períodos y posteriormente buscar sombra, grietas o refugios cuando la temperatura aumenta demasiado.

  Esta regulación mediante comportamiento afecta digestión, movimiento y otros procesos fisiológicos.

  El animal debe relacionarse continuamente con las condiciones térmicas de su entorno.

El mundo no se percibe de una sola manera

  Para nosotros, observar una habitación significa principalmente utilizar los ojos. Para una serpiente de cascabel, la experiencia sensorial combina información de otra naturaleza.

  Existen señales visuales.

  También hay rastros químicos.

  El suelo transmite vibraciones.

  Los organismos calientes producen contrastes térmicos detectables.

  Cada sistema proporciona una parte diferente del entorno.

  Cuando se integran, construyen una representación que nosotros difícilmente podemos imaginar porque carecemos de varios de esos sentidos.

La tecnología humana intenta hacer algo semejante

  Los seres humanos desarrollamos cámaras térmicas para convertir la radiación infrarroja en imágenes que podamos observar.

  Estos instrumentos se utilizan en medicina, industria, rescate, investigación y numerosas aplicaciones tecnológicas.

  Necesitamos sensores electrónicos porque nuestros ojos no detectan directamente esas longitudes de onda.

  La serpiente posee un órgano biológico que responde a señales térmicas sin necesidad de tecnología externa.

  La comparación no significa que ambos sistemas funcionen de manera idéntica, pero permite apreciar la magnitud de la capacidad sensorial del animal.

Una criatura que merece algo más que temor

  Las serpientes de cascabel deben tratarse con respeto y mantenerse a distancia. Su mordedura puede constituir una emergencia médica grave.

  Pero reconocer el peligro no exige reducir al animal a una imagen de amenaza.

  También forma parte de los ecosistemas donde vive y participa en relaciones depredador-presa, incluyendo el consumo de pequeños mamíferos.

  Cuando la estudiamos con atención descubrimos órganos sensoriales especializados, complejos mecanismos químicos, sistemas de advertencia y formas de percepción muy diferentes a las nuestras.

  El temor puede alejarnos.

  El conocimiento nos permite comprender.

Una ventana hacia aquello que no podemos percibir

  El libro de Job pregunta:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar la radiación infrarroja ni describir los receptores moleculares de una foseta loreal. Tampoco desarrolla la bioquímica del veneno o la fisiología de los músculos del cascabel. Esas preguntas corresponden a la física, la neurobiología, la zoología y la bioquímica.

  Las Escrituras nos invitan a observar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La serpiente de cascabel amplía nuestra comprensión de lo que significa percibir el mundo. Donde nosotros vemos oscuridad, ella puede recibir información térmica. Donde apenas encontramos un terreno vacío, su lengua puede recoger rastros químicos. Donde nuestros oídos no prestan atención, las vibraciones transmitidas por el suelo proporcionan nuevas señales.

  Y cuando un peligro se aproxima, antes de utilizar sus colmillos puede producir una advertencia que ha llegado a convertirse en uno de los sonidos más reconocibles de la naturaleza.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estas capacidades nos permite contemplar otra dimensión de la diversidad de la creación. La serpiente de cascabel nos recuerda que la realidad es mucho más amplia que aquello que nuestros propios sentidos pueden percibir. Existen señales invisibles para nosotros que otras criaturas están preparadas para detectar, una extraordinaria muestra de la variedad y complejidad presentes en el mundo que Dios creó.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M Rivera

  Imagine colocar la palma de la mano contra una pared completamente lisa e intentar sostener todo el peso de su cuerpo sin utilizar pegamento, garras, ventosas ni ninguna otra ayuda. Para nosotros sería imposible. Sin embargo, un pequeño reptil puede subir verticalmente por ciertas superficies, detenerse allí y después continuar hasta desplazarse por un techo con una facilidad sorprendente.

  Ese animal es el geicko.

  Existen más de mil especies de geckos distribuidas principalmente en regiones cálidas del planeta. Algunas viven sobre árboles, otras entre rocas y muchas han aprendido a desenvolverse cerca de construcciones humanas. Aunque existe una enorme diversidad dentro de este grupo, determinadas especies poseen una de las capacidades de adhesión más fascinantes conocidas en los vertebrados.

  El secreto no se encuentra en una sustancia pegajosa.

  Está escondido debajo de sus dedos.

El gecko, una maravilla microscópica debajo de sus patas

  La Biblia invita repetidamente al ser humano a prestar atención incluso a las criaturas pequeñas:

“Ve a la hormiga, oh perezoso, mira sus caminos, y sé sabio.”
(Proverbios 6:6)

  El principio resulta interesante cuando observamos al gecko. Una criatura pequeña puede enseñarnos enormes lecciones acerca de física, estructura y movimiento.

  Durante mucho tiempo se intentó comprender cómo conseguía adherirse a superficies aparentemente lisas. Se propusieron diferentes explicaciones: pequeñas ventosas, sustancias pegajosas o algún mecanismo basado únicamente en garras.

  La respuesta resultó ser mucho más extraordinaria.

Lo que parece una pata lisa no lo es

  Si observamos los dedos de determinadas especies de gecko a simple vista, podemos distinguir unas estructuras semejantes a pequeñas láminas.

  Pero necesitamos aumentar considerablemente la imagen para descubrir lo que realmente ocurre.

  Estas regiones están cubiertas por enormes cantidades de estructuras microscópicas semejantes a pelos llamadas setas.

  Cada una es extremadamente pequeña.

  Y todavía no hemos llegado al final.

Una estructura que continúa dividiéndose

  Las setas se ramifican en terminaciones todavía más diminutas conocidas como espátulas.

  Estas estructuras alcanzan dimensiones nanométricas.

  El resultado es una superficie formada por una enorme cantidad de puntos microscópicos capaces de establecer contacto extremadamente cercano con aquello sobre lo que camina el animal.

  La pata que nosotros vemos como una sola estructura es, en realidad, un sistema jerárquico.

  Dedos.

  Láminas.

  Setas.

  Espátulas.

  Cada nivel permite aumentar la superficie efectiva de contacto.

No utiliza pegamento

  Una de las primeras preguntas que surgen es evidente: si el gecko puede quedarse adherido a una pared, ¿produce alguna sustancia pegajosa?

  En las especies con este sistema, la respuesta principal es no.

  La adhesión depende en gran medida de interacciones físicas conocidas como fuerzas de van der Waals.

  Estas fuerzas aparecen debido a interacciones entre moléculas cuando se encuentran extremadamente próximas.

  Individualmente son débiles.

  Pero aquí aparece la clave.

  El gecko posee millones de diminutos puntos capaces de aproximarse extraordinariamente a una superficie. Cuando una enorme cantidad de interacciones débiles actúa simultáneamente, el efecto combinado puede producir una adhesión considerable.

Millones de fuerzas pequeñas producen un gran resultado

  Este principio resulta fascinante porque demuestra cómo una estructura microscópica puede producir consecuencias visibles a escala mucho mayor.

  Una sola seta no podría sostener al animal.

  Una sola espátula mucho menos.

  Pero millones trabajando simultáneamente cambian completamente el resultado.

  El peso se distribuye entre una enorme cantidad de puntos de contacto.

  Lo pequeño, multiplicado y organizado, puede producir algo extraordinario.

Pero pegarse es solamente la mitad del problema

  Supongamos que conseguimos construir una superficie tan adhesiva que puede sostener nuestro cuerpo sobre una pared.

  Inmediatamente aparecería otra dificultad.

  ¿Cómo nos desprenderíamos para dar el siguiente paso?

  Una pata permanentemente pegada sería inútil para caminar.

  El gecko necesita realizar dos acciones aparentemente contradictorias: adherirse con suficiente fuerza para sostenerse y liberarse casi instantáneamente cuando desea moverse.

  La solución depende de la orientación de las estructuras microscópicas.

Adhesión que puede encenderse y apagarse mecánicamente

  Las setas no están distribuidas de cualquier manera. Poseen una orientación determinada.

  Al colocar los dedos sobre una superficie y aplicar fuerzas en ciertos ángulos, aumenta el contacto de las estructuras microscópicas y se produce una fuerte adhesión.

  Cuando modifica el ángulo de los dedos, el contacto disminuye y la pata puede desprenderse.

  El gecko no necesita secretar un pegamento y después disolverlo.

  Controla la adhesión mediante movimiento.

  Esto permite activar y desactivar el sistema en fracciones de segundo mientras corre.

Caminar boca abajo

  La capacidad alcanza su expresión más impresionante cuando el animal se desplaza por un techo.

  En ese momento, prácticamente todo su peso tira en dirección contraria a la superficie.

  Cada pata debe adherirse, soportar una parte de la carga y posteriormente liberarse en el momento preciso.

  El movimiento requiere coordinación entre extremidades, sistema nervioso y mecanismos de adhesión.

  Si todas las patas se desprendieran simultáneamente, el animal caería.

  Por eso, el patrón de locomoción distribuye continuamente el apoyo.

La gravedad sigue funcionando

  Puede parecer que el gecko desafía la gravedad.

  No lo hace.

  La gravedad actúa sobre él exactamente como sobre cualquier otro objeto.

  Lo que posee es un sistema capaz de generar suficiente fuerza de adhesión para contrarrestar temporalmente su peso.

  Este detalle resulta importante porque convierte algo aparentemente misterioso en un magnífico ejemplo de cómo los principios físicos pueden aprovecharse mediante estructuras biológicas.

Una capacidad que depende de la limpieza

  Si una superficie adhesiva tan compleja quedara cubierta rápidamente de polvo, perdería gran parte de su utilidad.

  Sin embargo, las patas de algunos geckos poseen cierto grado de autolimpieza durante la locomoción.

  El movimiento repetido y las diferencias entre las fuerzas que mantienen determinadas partículas adheridas a la pata y aquellas que las mantienen sobre la superficie pueden favorecer su eliminación.

  Esto permite conservar funcionalidad sin que el animal tenga que detenerse continuamente a limpiar cada una de sus estructuras microscópicas.

No todos los geckos utilizan el mismo sistema

  Es importante señalar que no todas las especies poseen almohadillas adhesivas idénticas.

  La familia de los geckos es muy diversa. Algunas especies están especializadas para trepar, mientras otras viven principalmente sobre el suelo y utilizan estrategias diferentes.

  Incluso entre aquellas capaces de adherirse existen variaciones en la forma y organización de las estructuras de los dedos.

  La diversidad muestra diferentes soluciones relacionadas con los ambientes donde vive cada especie.

Pies capaces de trabajar sobre diferentes materiales

  En la naturaleza, un gecko no encuentra paredes de laboratorio perfectamente limpias.

  Se desplaza sobre hojas, troncos, rocas y otras superficies con texturas muy variadas.

  La flexibilidad de las setas permite que enormes cantidades de terminaciones se adapten a pequeñas irregularidades.

  Esta capacidad aumenta el contacto real.

  Una estructura rígida tocaría solamente los puntos más elevados. Millones de elementos flexibles pueden aproximarse a una superficie mucho más compleja.

Los ingenieros comenzaron a observar

  Cuando los científicos comprendieron mejor el funcionamiento de las patas del gecko apareció una pregunta inevitable:

  ¿Podríamos fabricar algo semejante?

  La investigación inspirada en este reptil ha contribuido al desarrollo experimental de adhesivos secos, materiales reutilizables, dispositivos robóticos y sistemas capaces de sujetarse a diferentes superficies.

  Este campo forma parte de lo que se conoce como biomimética o biomímesis: estudiar soluciones presentes en los seres vivos para inspirar nuevas tecnologías.

  En lugar de comenzar únicamente desde una hoja en blanco, los investigadores observan aquello que ya funciona en la naturaleza.

Robots que intentan caminar como un gecko

  Uno de los campos donde esta inspiración resulta especialmente atractiva es la robótica.

  Un robot capaz de adherirse a paredes podría utilizarse para inspeccionar edificios, puentes, instalaciones industriales o lugares peligrosos para los seres humanos.

  Los investigadores han desarrollado materiales sintéticos con microestructuras inspiradas en las setas de los geckos.

  Reproducir el principio no resulta sencillo.

  La pata natural combina dimensiones microscópicas, flexibilidad, orientación, resistencia y control dinámico dentro de una estructura que además debe soportar miles de ciclos de uso.

Una cola que también puede salvarle la vida

  Las patas no constituyen la única característica fascinante de estos reptiles.

  Muchas especies pueden desprender voluntariamente parte de la cola cuando son atacadas por un depredador. Este fenómeno se conoce como autotomía caudal.

  La cola separada puede continuar moviéndose durante un tiempo, desviando la atención del atacante mientras el animal escapa.

  Posteriormente puede crecer una nueva estructura.

  La regeneración no produce necesariamente una copia perfecta de la cola original, pero permite recuperar parte de su función.

Perder una parte para conservar la vida

  La autotomía representa una estrategia sorprendente.

  Una parte del cuerpo puede sacrificarse cuando conservarla pondría en peligro al organismo completo.

  Existen zonas anatómicas preparadas para permitir la separación, mientras mecanismos fisiológicos ayudan a limitar la pérdida de sangre.

  Después comienza un proceso de reparación y regeneración.

  La capacidad ha despertado gran interés científico porque comprender cómo determinados animales regeneran tejidos podría aportar información importante sobre los mecanismos celulares de reparación.

Un reptil que también puede comunicarse mediante sonidos

  A diferencia de muchas otras lagartijas, numerosas especies de gecko producen vocalizaciones.

  Pueden emitir chirridos, llamadas y otros sonidos utilizados en interacciones territoriales, reproductivas o defensivas.

  Esto añade otra dimensión a un animal que normalmente asociamos con movimientos silenciosos sobre paredes.

  Sus relaciones no dependen únicamente de señales visuales o químicas.

Los ojos de la noche

  Muchas especies son nocturnas y poseen sistemas visuales preparados para trabajar bajo niveles reducidos de iluminación.

  Los ojos pueden ser proporcionalmente grandes y las pupilas presentan características que regulan la cantidad de luz que alcanza la retina.

  Algunas investigaciones han mostrado capacidades visuales sorprendentes bajo condiciones donde la visión humana del color se vuelve muy limitada.

  Una criatura activa durante la noche necesita obtener información en circunstancias completamente diferentes de aquellas que enfrentamos durante el día.

Patas, ojos, cola y cerebro trabajando juntos

  La adhesión sería inútil sin un sistema nervioso capaz de controlar cada paso.

  Mientras el gecko corre verticalmente, el cerebro debe coordinar el movimiento de las extremidades, modificar los ángulos de los dedos y mantener el equilibrio.

  Los ojos proporcionan información acerca del camino.

  La cola puede contribuir a la estabilidad en determinadas situaciones.

  Los músculos posicionan cada pata.

  Finalmente, millones de estructuras microscópicas realizan el contacto físico con la superficie.

  Lo que vemos como un pequeño reptil corriendo por una pared es el resultado de todos estos sistemas funcionando simultáneamente.

Una maravilla que nuestros ojos no pueden apreciar

  Si observamos un gecko desde cierta distancia, nunca podremos descubrir el secreto de sus patas.

  Necesitamos un microscopio.

  Y cuando aumentamos la imagen encontramos un principio que aparece repetidamente en el estudio de la naturaleza: muchas de las estructuras más impresionantes permanecen escondidas porque son demasiado pequeñas para nuestros ojos.

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La ciencia nos proporciona herramientas para realizar precisamente esa búsqueda.

  Podemos observar una pata, ampliar su imagen, descubrir las setas, estudiar sus ramificaciones y finalmente analizar las fuerzas físicas que permiten la adhesión.

  Cada nivel revela algo que el anterior no permitía ver.

Cuando lo diminuto produce algo extraordinario

  La Biblia no pretende explicar las fuerzas intermoleculares ni describir estructuras nanométricas. Estas preguntas corresponden a la física, la zoología, la biomecánica y la ciencia de materiales.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El gecko constituye un magnífico ejemplo.

  No posee ventosas. No necesita cubrir sus patas con pegamento. Tampoco desafía las leyes de la física.

  Hace algo mucho más interesante: utiliza esas mismas leyes mediante una estructura organizada a una escala que nuestros ojos no pueden observar directamente.

  Millones de diminutas terminaciones se aproximan a una superficie. Interacciones individualmente débiles actúan conjuntamente. El ángulo de los dedos controla la adhesión y, en el momento apropiado, la pata se libera para comenzar un nuevo paso.

  Desde la perspectiva bíblica, esta extraordinaria combinación de estructura y física constituye otra oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En unas pocas islas de Indonesia vive un reptil que parece pertenecer a otro tiempo. Su cuerpo puede alcanzar varios metros de longitud, sus extremidades terminan en poderosas garras y una larga lengua bífida aparece continuamente entre sus mandíbulas mientras explora el ambiente. No necesita moverse constantemente para encontrar alimento. Parte de la información que busca viaja hasta él transportada por el aire.

  Es el dragón de Komodo (Varanus komodoensis), el lagarto viviente de mayor tamaño conocido.

  Su impresionante apariencia ha contribuido a convertirlo en uno de los reptiles más famosos del planeta. Sin embargo, aquello que realmente sorprende aparece cuando estudiamos cómo funciona su organismo.

  Puede detectar señales químicas del ambiente, seguir rastros durante largas distancias, atacar con dientes especializados y utilizar un sistema de veneno que contribuye a incapacitar a sus presas. Además, las hembras poseen una capacidad reproductiva extraordinaria: bajo determinadas circunstancias pueden producir descendencia sin que haya ocurrido fecundación por un macho.

  El gigante entre los lagartos es mucho más que un animal de gran tamaño.

El dragón de comodo, un gran depredador equipado para encontrar y capturar a sus presas

  El libro de Job contiene una invitación que adquiere un significado especial cuando estudiamos criaturas poco conocidas:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El dragón de Komodo tiene mucho que enseñarnos acerca de sentidos, locomoción, alimentación y reproducción.

  Cada una de estas capacidades forma parte de una estrategia de supervivencia que le permite ocupar una posición dominante dentro de los ecosistemas donde vive.

El lagarto viviente más grande del mundo

  Los grandes machos pueden aproximarse a los tres metros de longitud y alcanzar pesos considerables, aunque existe una importante variación entre individuos.

  Su tamaño lo diferencia inmediatamente de la mayoría de los lagartos.

  Posee un cuello musculoso, extremidades robustas, una cola poderosa y un cuerpo preparado para desplazarse por terrenos difíciles.

  Pero ser grande no garantiza encontrar alimento.

  Antes de capturar una presa hay que localizarla.

  Y allí comienza una de las características más fascinantes del dragón de Komodo.

El dragón de comodo, una lengua que recoge información del ambiente

  El dragón introduce y retira constantemente su larga lengua bífida.

  Este movimiento no está relacionado principalmente con saborear aquello que se encuentra frente a él.

  La lengua recoge partículas químicas suspendidas en el aire o depositadas sobre diferentes superficies.

  Cuando regresa a la boca, transporta esas partículas hacia un órgano sensorial especializado situado en el paladar: el órgano vomeronasal, también conocido como órgano de Jacobson.

  De esta manera, el animal obtiene información química acerca de su entorno.

Oler sin utilizar solamente la nariz

  Los seres humanos asociamos el olfato principalmente con la nariz.

  En el dragón de Komodo, la lengua y el órgano vomeronasal forman una parte fundamental del sistema utilizado para investigar señales químicas.

  Una presa herida, un cadáver o la presencia de otro individuo puede dejar moléculas que el animal puede detectar.

  La lengua funciona como un recolector.

  El órgano vomeronasal analiza parte de esa información.

  El cerebro la interpreta.

  El resultado puede orientar el desplazamiento del animal.

¿Por qué la lengua está dividida en dos?

  La forma bífida posee una ventaja importante.

  Cada punta puede recoger partículas de regiones ligeramente diferentes. Si la concentración de determinadas señales químicas es mayor en un lado que en otro, esa diferencia puede proporcionar información acerca de la dirección que debe seguir.

  El animal no necesita ver aquello que busca.

  Puede seguir un rastro químico.

  Una estructura aparentemente sencilla se convierte así en parte de un sofisticado sistema de orientación.

Encontrar alimento a grandes distancias

  Los dragones de Komodo poseen una notable capacidad para detectar carroña y otras fuentes de alimento.

  Cuando encuentran un rastro favorable pueden desplazarse hacia su origen utilizando información química y otras señales ambientales.

  Esta capacidad resulta especialmente valiosa en territorios donde una fuente importante de alimento puede encontrarse a considerable distancia.

  Un gran depredador necesita energía.

  Encontrar esa energía eficientemente es tan importante como poseer fuerza suficiente para obtenerla.

Dientes diferentes a los nuestros

  Al observar el cráneo de un dragón de Komodo encontramos una dentadura especializada para su forma de alimentación.

  Sus dientes son curvados, comprimidos lateralmente y poseen bordes serrados.

  En lugar de utilizar molares para triturar cuidadosamente el alimento, puede cortar y desgarrar tejidos mediante movimientos de la cabeza y el cuello.

  Los estudios microscópicos han mostrado además características estructurales especializadas en estos dientes.

  La forma de una herramienta está estrechamente relacionada con la función que debe realizar.

Una mordida que es solamente el comienzo

  Durante mucho tiempo se popularizó la idea de que el dragón de Komodo mataba principalmente gracias a bacterias peligrosas presentes en su boca.

  Las investigaciones modernas modificaron considerablemente esa explicación.

  Actualmente sabemos que posee glándulas de veneno asociadas con la mandíbula inferior.

  Las sustancias producidas participan en los efectos fisiológicos que siguen a la mordida.

  Esto significa que los dientes no trabajan solos.

Un sistema de veneno

  El veneno del dragón contiene diferentes componentes biológicamente activos.

  Algunos pueden favorecer alteraciones relacionadas con la coagulación y la presión sanguínea, contribuyendo al deterioro fisiológico de la presa.

  Al mismo tiempo, los dientes producen heridas importantes y pérdida de sangre.

  El efecto final surge de la combinación de lesión mecánica y acción química.

  Una vez más encontramos un principio que aparece repetidamente en el mundo animal: la eficacia no depende necesariamente de una sola estructura, sino de varios sistemas trabajando conjuntamente.

La boca no necesita funcionar como una jeringa

  El sistema de inoculación no es idéntico al de una serpiente de cascabel.

  El dragón de Komodo no posee los mismos largos colmillos especializados para inyectar veneno profundamente.

  Las secreciones de las glándulas entran en contacto con las heridas producidas durante la mordida.

  La dentadura abre el tejido mientras los compuestos químicos pueden incorporarse a la lesión.

  Dos mecanismos distintos participan en el mismo ataque.

Fuerza acompañada de estrategia

  Aunque puede atacar animales grandes, el dragón de Komodo no depende exclusivamente de perseguirlos durante largas distancias.

  Puede utilizar emboscadas y aproximaciones relativamente discretas.

  Cuando la oportunidad aparece, realiza ataques rápidos.

  Sus extremidades, cuello, mandíbulas y cola participan en diferentes fases del encuentro.

  Un cuerpo grande puede parecer lento cuando está descansando, pero la quietud no debe confundirse con incapacidad para reaccionar rápidamente.

Una cola poderosa

  La larga cola constituye una parte importante de su anatomía.

  Participa en el equilibrio durante la locomoción y puede utilizarse defensivamente.

  Su musculatura forma parte de la potencia general del animal.

  En un organismo de semejante tamaño, mantener estabilidad mientras camina, gira o ataca requiere una distribución adecuada del peso.

  Cabeza, tronco, extremidades y cola forman una unidad mecánica.

Garras preparadas para el terreno

  Cada extremidad termina en fuertes garras.

  Los individuos jóvenes poseen mayores capacidades para trepar que los adultos de gran tamaño y pueden utilizar árboles como parte de su ambiente.

  Conforme aumenta el peso corporal, la vida se vuelve progresivamente más terrestre.

  Las garras continúan siendo útiles para desplazarse, manipular el terreno y participar en diferentes comportamientos.

  El mismo animal experimenta cambios importantes en la manera de utilizar su ambiente conforme crece.

Dragón de comodo joven

Los jóvenes viven un mundo diferente

  La vida de un pequeño dragón de Komodo puede ser muy distinta a la de un adulto.

  Los jóvenes enfrentan incluso el riesgo de ser atacados por individuos mayores de su propia especie.

  Por ello, pasar tiempo en árboles puede proporcionar cierta protección.

  Su dieta también cambia conforme aumenta el tamaño corporal.

  Un animal pequeño busca presas adecuadas para sus capacidades. Un adulto puede enfrentarse a fuentes de alimento considerablemente mayores.

  El crecimiento transforma su papel dentro del ecosistema.

Una digestión preparada para grandes comidas

  Cuando existe disponibilidad de alimento, estos reptiles pueden consumir cantidades importantes en una sola ocasión.

  Su anatomía digestiva permite procesar carne y otras partes de las presas con gran eficiencia.

  Después de una comida abundante, el organismo dedica recursos importantes al proceso digestivo.

  Como otros reptiles ectotermos, la temperatura ambiental influye considerablemente en su metabolismo.

  El comportamiento térmico forma parte de la manera en que administra la energía obtenida.

El Sol participa indirectamente en su actividad

  El dragón de Komodo no mantiene su temperatura corporal exactamente como lo hace un mamífero.

  Es ectotermo.

  Necesita utilizar las condiciones del ambiente para regular gran parte de su temperatura.

  Puede exponerse al Sol para calentarse y buscar lugares más frescos cuando necesita evitar un exceso térmico.

  La temperatura influye sobre movimiento, digestión y otros procesos fisiológicos.

  Su comportamiento diario está relacionado estrechamente con el clima.

Una isla con un gigante

  El dragón de Komodo vive naturalmente en un área geográfica extraordinariamente limitada de Indonesia.

  Su distribución actual incluye Komodo y algunas islas vecinas, además de regiones de Flores.

  Esta restricción geográfica lo hace especialmente vulnerable a cambios ambientales.

  Una especie puede parecer poderosa cuando observamos a un individuo adulto, pero su supervivencia como población depende de factores mucho mayores: disponibilidad de presas, hábitat adecuado, reproducción y estabilidad del ecosistema.

Una sorpresa escondida en la reproducción

  Quizá una de las capacidades más inesperadas del dragón de Komodo fue confirmada científicamente en hembras mantenidas sin acceso a machos.

  Produjeron huevos que dieron origen a crías viables.

  ¿Cómo era posible?

  El fenómeno se conoce como partenogénesis.

Una cría sin fecundación por un macho

  En la reproducción sexual normal, el material genético de una hembra se combina con el de un macho.

  Durante la partenogénesis, el desarrollo embrionario ocurre sin la fecundación convencional por espermatozoides.

  En el dragón de Komodo interviene un mecanismo relacionado con su sistema cromosómico sexual.

  Las aves y muchos reptiles utilizan cromosomas sexuales denominados Z y W. Las hembras de los dragones son ZW y los machos ZZ.

  Mediante determinados procesos celulares, una hembra puede producir descendencia viable sin apareamiento.

La partenogénesis no significa clonación perfecta

  Es importante aclarar que las crías producidas de esta manera no son simplemente copias genéticas idénticas de la madre.

  El mecanismo implica procesos cromosómicos que producen determinadas combinaciones genéticas.

  En el dragón de Komodo, los descendientes viables producidos por este mecanismo son machos ZZ.

  Este fenómeno despertó enorme interés científico porque demuestra una flexibilidad reproductiva inesperada en un gran vertebrado.

Una posible ventaja cuando no hay machos

  En teoría, la partenogénesis podría proporcionar una posibilidad reproductiva cuando una hembra se encuentra aislada y no existen machos disponibles.

  Una hembra podría producir descendientes masculinos y, posteriormente, existir la posibilidad de reproducción sexual.

  Sin embargo, la partenogénesis también implica importantes limitaciones genéticas y no debe entenderse como un sustituto perfecto de la reproducción sexual.

  La diversidad genética continúa siendo fundamental para la salud de las poblaciones.

Una criatura donde cada descubrimiento cambió nuestra comprensión

  La historia científica del dragón de Komodo demuestra por qué debemos estudiar cuidadosamente la naturaleza.

  Durante un tiempo se creyó que las bacterias de su boca explicaban gran parte del efecto de su mordida. Después se descubrió un sistema de veneno mucho más importante de lo que se pensaba.

  Posteriormente, observaciones reproductivas demostraron que algunas hembras podían producir descendencia mediante partenogénesis.

  Cuanto más se investiga al animal, más compleja resulta su biología.

  La ciencia no pierde valor cuando corrige una explicación anterior.

  Precisamente así avanza nuestro conocimiento.

Un depredador que utiliza información antes que fuerza

  Quizá lo más impresionante del dragón de Komodo no sea su tamaño.

  Antes de utilizar dientes, músculos o garras necesita encontrar aquello que busca.

  La lengua recoge señales químicas.

  El órgano vomeronasal las detecta.

  El cerebro compara la información.

  El cuerpo se orienta.

  Después pueden intervenir locomoción, emboscada, dentadura y veneno.

  La fuerza aparece al final de una cadena que comenzó con información.

El gigante nos invita a mirar más profundamente

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  El dragón de Komodo demuestra cuánto puede encontrarse cuando realmente buscamos.

  Lo que desde lejos parece simplemente un enorme lagarto resulta poseer sistemas sensoriales químicos, dientes especializados, glándulas productoras de veneno, estrategias de caza y una biología reproductiva capaz de sorprender incluso a los investigadores.

  La Biblia no pretende describir el órgano vomeronasal, explicar la bioquímica del veneno ni desarrollar los mecanismos cromosómicos de la partenogénesis. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología, la genética y la biología molecular.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar la naturaleza reconociendo la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  Desde la perspectiva bíblica, el dragón de Komodo constituye otra oportunidad para maravillarnos ante la diversidad de la creación. Su supervivencia depende de mucho más que fuerza. Necesita detectar, interpretar, aproximarse, atacar, alimentarse, regular su temperatura y reproducirse.

  Cada función plantea problemas diferentes y el organismo posee mecanismos para enfrentarlos.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Sobre las oscuras rocas volcánicas de las islas Galápagos descansa un reptil que parece completamente terrestre. Permanece inmóvil bajo el Sol, rodeado de lava endurecida, mientras absorbe el calor necesario para elevar su temperatura corporal. Sus patas terminan en fuertes garras, su piel posee tonalidades oscuras y una cresta recorre parte de su cuerpo.

  Nada en esa primera imagen parece anunciar lo que ocurrirá después.

  La iguana se aproxima a la costa, entra al agua y comienza a nadar.

  No busca escapar de un depredador. Tampoco intenta simplemente cruzar hacia otra roca. Ha entrado al océano para alimentarse.

  La iguana marina de Galápagos (Amblyrhynchus cristatus) constituye un caso extraordinario entre los reptiles actuales. Es el único lagarto marino viviente especializado en obtener alimento dentro del mar. Su supervivencia depende de resolver simultáneamente varios problemas: nadar entre corrientes, permanecer sumergida sin respirar, soportar una rápida pérdida de calor, sujetarse a superficies golpeadas por las olas y eliminar el exceso de sal que inevitablemente entra en su organismo.

  Cada inmersión representa una fascinante combinación de anatomía, fisiología y comportamiento.

La iguana marina de los Galápagos, cuando un reptil terrestre encuentra alimento debajo del mar

  El salmista contempló la inmensidad de los océanos y escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Normalmente imaginamos esos seres como peces, cetáceos, moluscos y otras criaturas claramente acuáticas.

  Pero en Galápagos encontramos algo diferente.

  Un lagarto abandona temporalmente las rocas y entra en ese mundo.

La iguana de los Galápagos, un reptil entre dos ambientes

  La iguana marina pasa gran parte de su vida fuera del agua.

  Descansa sobre rocas, regula su temperatura utilizando el Sol, se reproduce en tierra y necesita respirar aire mediante pulmones.

  Sin embargo, su principal fuente de alimento está constituida por algas marinas.

  Para obtenerlas debe desplazarse hacia zonas intermareales o sumergirse.

  Esto crea un desafío extraordinario porque las características necesarias para vivir sobre una roca caliente no son exactamente las mismas que necesita un animal que entra en las frías aguas alrededor de Galápagos.

Primero necesita calentarse

  Como otros reptiles, la iguana marina es ectoterma.

  No produce y conserva calor corporal de la misma manera que un mamífero. Su temperatura depende considerablemente del ambiente.

  Antes de entrar al océano puede permanecer expuesta al Sol sobre las rocas volcánicas.

  Su coloración relativamente oscura favorece la absorción de radiación solar.

  El calentamiento previo no es un detalle sin importancia.

  Es una preparación para lo que viene después.

Entrar al agua significa comenzar a perder calor

  El agua extrae calor del cuerpo mucho más rápidamente que el aire.

  Para un reptil ectotermo, sumergirse en agua fría representa un problema fisiológico considerable.

  A medida que la temperatura corporal disminuye, el funcionamiento de músculos y otros procesos metabólicos puede verse afectado.

  Por esta razón, la iguana no puede permanecer indefinidamente alimentándose bajo el mar.

  Existe un límite.

  Necesita obtener suficiente alimento antes de enfriarse demasiado.

El cuerpo debe administrar el calor disponible

  Durante la inmersión ocurren ajustes circulatorios que ayudan al organismo a responder a las nuevas condiciones.

  La frecuencia cardíaca puede disminuir y el flujo sanguíneo puede modificarse.

  Esto forma parte de una estrategia que permite conservar recursos mientras permanece sumergida.

  El animal que momentos antes descansaba al Sol se encuentra ahora en un ambiente donde cada minuto favorece la pérdida térmica.

  La alimentación se convierte también en una carrera contra el enfriamiento.

Una cola convertida en instrumento de natación

  Cuando entra al océano, la locomoción cambia.

  Sobre las rocas utiliza sus extremidades para caminar y sujetarse. Dentro del agua, la larga cola comprimida lateralmente adquiere un papel fundamental.

  Movimientos ondulatorios de la cola impulsan el cuerpo hacia adelante.

  Las extremidades pueden mantenerse relativamente próximas al cuerpo durante determinados momentos de la natación.

  El mismo organismo utiliza estrategias diferentes dependiendo del medio en que se encuentra.

Garras para un lugar donde las olas no descansan

  Llegar hasta las algas no resuelve el problema.

  Muchas crecen adheridas a superficies rocosas sometidas al movimiento constante del agua.

  Una corriente podría desprender fácilmente a un animal incapaz de sujetarse.

  Las iguanas marinas poseen fuertes extremidades y garras que les permiten aferrarse a las rocas mientras se alimentan.

  La capacidad resulta especialmente importante en zonas donde las olas producen fuerzas considerables.

  Para comer no basta con llegar.

  Hay que permanecer allí.

Un hocico preparado para alimentarse sobre las rocas

  El hocico relativamente corto y romo facilita el acceso a las algas adheridas a superficies.

  Los dientes poseen características adecuadas para raspar y cortar el material vegetal.

  La cabeza, las mandíbulas y la dentición participan en una dieta muy especializada.

  Mientras otros reptiles buscan insectos, pequeños vertebrados, frutos u hojas terrestres, la iguana marina obtiene recursos directamente de las comunidades de algas del litoral.

Bucear sin branquias

  La iguana marina continúa siendo un animal que respira mediante pulmones.

  Antes de sumergirse debe tomar aire.

  Después necesita administrar el oxígeno disponible hasta regresar a la superficie.

  Durante el buceo se producen respuestas fisiológicas que disminuyen el gasto de determinados sistemas y permiten utilizar de manera eficiente las reservas de oxígeno.

  No necesita convertirse en pez para aprovechar el océano.

  Utiliza una solución completamente diferente.

El problema invisible: la sal

  El océano presenta otro desafío.

  El agua de mar contiene grandes cantidades de sales. Mientras la iguana se alimenta, inevitablemente incorpora sal a su organismo.

  Si esa sal se acumulara continuamente, alteraría el equilibrio interno necesario para que las células funcionen correctamente.

  El animal necesita eliminarla.

  Los riñones por sí solos no constituyen la única solución.

Glándulas especializadas para eliminar el exceso

  Las iguanas marinas poseen glándulas de sal localizadas en la región nasal.

  Estas estructuras extraen del organismo una solución concentrada rica en sales.

  Posteriormente, el material es expulsado a través de las fosas nasales.

  Por eso es común observar a estos animales realizando movimientos que parecen pequeños estornudos.

  Lo que vemos desde fuera es la parte final de un proceso fisiológico fundamental.

Un “estornudo” que mantiene el equilibrio interno

  La escena puede parecer cómica.

  Una iguana descansa sobre una roca y repentinamente expulsa pequeñas gotas o cristales alrededor de la nariz.

  Sin embargo, detrás de ese gesto existe un sistema especializado de osmorregulación.

  El alimento procede del mar.

  La sal entra junto con él.

  Las glándulas la extraen de la sangre.

  Finalmente es expulsada.

  Sin un mecanismo eficaz para manejar esa carga salina, alimentarse dentro del océano produciría un nuevo problema en lugar de resolver el primero.

La iguana de los Galápagos reposando bajo el sol

  Después de alimentarse, la iguana necesita volver a tierra.

  Su temperatura corporal puede haber disminuido considerablemente durante la inmersión.

  Entonces aparece nuevamente una de las imágenes más características de Galápagos: grupos de iguanas extendidas sobre las rocas negras.

  No están simplemente descansando.

  Están recuperando calor.

  El Sol vuelve a convertirse en parte esencial de su fisiología.

La roca volcánica se convierte en una fuente de energía térmica

  Las superficies oscuras absorben radiación solar y pueden calentarse considerablemente.

  La iguana aprovecha estas condiciones mediante su comportamiento.

  Modifica su posición y orientación corporal para controlar la exposición.

  Cuando necesita calentarse, permanece en áreas soleadas. Cuando la temperatura aumenta demasiado, puede cambiar de posición o buscar condiciones más favorables.

  La regulación térmica no depende de un termostato interno como el nuestro.

  Depende en gran medida de decisiones conductuales.

No todas necesitan bucear profundamente

  Existe variación importante entre individuos.

  Las iguanas más pequeñas pueden alimentarse principalmente en zonas intermareales, donde las algas quedan accesibles durante determinadas condiciones de la marea.

  Los individuos grandes poseen mayor capacidad para realizar inmersiones y soportar las exigencias térmicas asociadas con aguas más profundas.

  El tamaño corporal influye en la velocidad con la que se pierde calor.

  Un cuerpo mayor posee ventajas térmicas que pueden ampliar el tiempo disponible bajo el agua.

El tamaño también tiene un costo

  Ser grande permite conservar calor durante más tiempo, pero también aumenta las necesidades energéticas.

  En períodos de abundancia, esto puede no representar un problema.

  Cuando las condiciones oceánicas cambian y disminuye la disponibilidad de algas, la situación puede volverse difícil.

  Las iguanas marinas dependen estrechamente de la productividad de las aguas que rodean las islas.

  Su vida está conectada con procesos oceánicos mucho mayores que ellas.

Cuando el océano cambia

  Fenómenos climáticos como El Niño pueden alterar profundamente las condiciones alrededor de Galápagos.

  El aumento de la temperatura superficial del agua puede reducir el ascenso de aguas frías ricas en nutrientes y modificar las comunidades de algas disponibles.

  Para un animal cuya alimentación depende de esas algas, el efecto puede ser severo.

  Durante eventos intensos se han observado reducciones importantes en las poblaciones de iguanas marinas.

  Una criatura perfectamente capaz de nadar y bucear continúa dependiendo de la compleja red ecológica que produce su alimento.

Una capacidad extraordinaria frente a tiempos difíciles

  Las investigaciones han revelado algo todavía más sorprendente.

  Durante períodos de escasez asociados con fuertes eventos de El Niño, algunas iguanas marinas pueden experimentar reducciones medibles en la longitud corporal.

  Cuando posteriormente mejoran las condiciones alimentarias, pueden recuperar parte del tamaño perdido.

  Este fenómeno es excepcional entre vertebrados adultos y continúa siendo objeto de interés científico.

  Incluso el tamaño corporal puede responder a períodos extremos de disponibilidad energética.

La vida en comunidad ayuda a conservar calor

  Con frecuencia las iguanas descansan muy próximas unas a otras.

  Esta conducta puede proporcionar ventajas relacionadas con la conservación térmica, especialmente durante períodos más frescos.

  El paisaje puede mostrar decenas de cuerpos aparentemente amontonados sobre las rocas.

  Lo que parece desorden posee una función.

  En un ambiente donde obtener y conservar calor resulta fundamental, la proximidad corporal puede ser beneficiosa.

Galápagos: un laboratorio natural extraordinario

  Las islas Galápagos han ocupado un lugar importante en la historia de la investigación biológica debido a su aislamiento y a la presencia de numerosas especies particulares.

  La iguana marina es una de las criaturas más características del archipiélago.

  Su distribución natural se limita a estas islas.

  Esto significa que toda la población mundial depende de un área geográfica relativamente pequeña.

  Su conservación está ligada directamente a la protección de los ecosistemas terrestres y marinos de Galápagos.

Una criatura entre el Sol y el océano

  La vida de la iguana marina está gobernada por una relación fascinante entre dos ambientes.

  En tierra obtiene calor.

  En el mar encuentra alimento.

  Sus pulmones almacenan el aire necesario para la inmersión. La circulación se ajusta. La cola proporciona propulsión. Las garras permiten sujetarse. Los dientes retiran las algas y las glándulas nasales eliminan el exceso de sal.

  Después debe regresar a las rocas y comenzar nuevamente a calentarse.

  Ninguno de estos mecanismos funciona de manera aislada.

Resolver un problema crea otro

  La iguana marina constituye un magnífico ejemplo de integración biológica.

  Encontrar alimento en el océano resuelve una necesidad, pero crea otras.

  Entrar al agua proporciona acceso a las algas, pero produce pérdida de calor.

  Comer alimento marino proporciona energía, pero introduce exceso de sal.

  Bucear permite alcanzar zonas más productivas, pero impide respirar temporalmente.

  Las corrientes conducen hacia el alimento, pero también pueden arrastrar al animal.

  Cada desafío requiere una respuesta diferente.

  Y todas deben funcionar dentro del mismo organismo.

Una invitación a contemplar más profundamente

  El libro de Job declara:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende explicar las glándulas de sal, la fisiología del buceo o los mecanismos de termorregulación de un reptil. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la ecología.

  Las Escrituras sí invitan a observar la naturaleza y reconocer la sabiduría presente en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La iguana marina proporciona una magnífica oportunidad para hacerlo.

  Un reptil calentado por el Sol entra voluntariamente en aguas que rápidamente disminuyen su temperatura corporal. Nada utilizando su cola, se aferra a las rocas golpeadas por las corrientes, obtiene algas, permanece durante un tiempo sin respirar y regresa a tierra llevando consigo una cantidad de sal que deberá eliminar mediante órganos especializados.

  Después se extiende nuevamente sobre la lava volcánica y comienza a recuperar el calor perdido.

  Desde la perspectiva bíblica, la integración de todas estas capacidades constituye otra expresión de la sabiduría que observamos en la creación. La iguana marina de Galápagos nos recuerda que la vida puede encontrar soluciones extraordinarias incluso donde dos mundos completamente diferentes se encuentran: sobre una roca calentada por el Sol y bajo las frías aguas del océano.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En algunos de los lugares más secos de Norteamérica, donde durante meses puede caer muy poca lluvia y la temperatura del suelo alcanza niveles que resultarían peligrosos para numerosos animales, vive un reptil que parece avanzar sin prisa. No posee la velocidad necesaria para escapar rápidamente del calor, no puede recorrer enormes distancias buscando un río y tampoco cuenta con una reserva de grasa semejante a la de grandes mamíferos del desierto. Sin embargo, la tortuga del desierto ha encontrado otra manera de sobrevivir: administrar cuidadosamente aquello que en su ambiente resulta más difícil de conseguir, el agua.

  Las tortugas del desierto del suroeste de Norteamérica pertenecen al género Gopherus. Entre ellas se encuentran especies adaptadas a regiones áridas donde las lluvias pueden ser escasas e irregulares. Allí, sobrevivir no consiste únicamente en soportar temperaturas elevadas. El verdadero desafío es mantener el equilibrio interno del organismo cuando el agua disponible puede desaparecer durante largos períodos.

  Para conseguirlo, estas tortugas combinan fisiología y comportamiento. Pasan buena parte de su vida protegidas dentro de refugios subterráneos, reducen considerablemente su actividad durante condiciones desfavorables, obtienen agua de las plantas que consumen y poseen una vejiga urinaria capaz de participar de manera importante en la administración de sus reservas hídricas. Cuando finalmente llegan las lluvias, su comportamiento cambia rápidamente y aprovechan una oportunidad que quizá no vuelva a presentarse durante mucho tiempo.

La tortuga del desierto, administrar cada gota para sobrevivir en una tierra sedienta

  La Biblia describe repetidamente el desierto como un lugar donde la falta de agua determina la vida. El salmista utilizó precisamente esa imagen cuando escribió: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1). Para nosotros, la expresión comunica una necesidad espiritual. Para una criatura que habita realmente esos lugares, la falta de agua constituye además un desafío cotidiano de supervivencia.

  El primer problema que enfrenta la tortuga es la temperatura. Como otros reptiles, es ectoterma, por lo que depende considerablemente de fuentes externas de calor para regular su temperatura corporal. Esto podría parecer una ventaja en un desierto lleno de Sol, pero demasiado calor puede ser tan peligroso como demasiado frío. Permanecer expuesta durante las horas más calientes produciría un aumento excesivo de la temperatura corporal y aceleraría la pérdida de agua.

  La solución no consiste en resistir indefinidamente bajo el Sol, sino en evitarlo. Las tortugas excavan o utilizan refugios subterráneos donde las condiciones son mucho más estables que en la superficie. Mientras el terreno exterior experimenta enormes variaciones térmicas, el interior de una madriguera puede ofrecer temperaturas más moderadas y una humedad relativamente mayor. El refugio funciona así como un pequeño ambiente protector dentro de otro mucho más extremo.

  Esta estrategia modifica nuestra idea de lo que significa estar adaptado al desierto. No siempre consiste en soportar directamente las peores condiciones. En muchas ocasiones, sobrevivir significa saber cuándo no enfrentarlas. La tortuga puede permanecer bajo tierra durante gran parte del día y salir cuando la temperatura se encuentra dentro de un rango más favorable.

  También existen períodos del año en que la actividad disminuye considerablemente. Durante las estaciones desfavorables, permanecer protegida y reducir el metabolismo permite disminuir las necesidades energéticas y la pérdida de agua. Para un animal que no sabe cuándo llegará la próxima lluvia, cada recurso conservado puede convertirse en una ventaja.

Una reserva de agua dentro del cuerpo

  Una de las características fisiológicas más interesantes de estas tortugas se encuentra en su sistema urinario. Su vejiga puede almacenar cantidades importantes de líquido y participar en el equilibrio hídrico durante períodos de sequía. Parte del agua y de determinados solutos pueden ser reabsorbidos cuando el organismo los necesita.

  La vejiga no funciona, por tanto, únicamente como un recipiente para material que será eliminado. En determinadas circunstancias forma parte de una estrategia para conservar recursos.

  Esta característica explica además por qué manipular innecesariamente a una tortuga silvestre puede resultar perjudicial. Cuando se siente amenazada puede vaciar la vejiga como respuesta defensiva. En un ambiente donde conseguir nuevamente esa cantidad de agua puede tomar mucho tiempo, perderla podría colocar al animal en una situación difícil. Aquello que para nosotros parecería una pequeña cantidad puede representar una reserva importante para un organismo que vive rodeado de sequedad.

  La conservación de agua también depende de la manera en que elimina productos metabólicos. Como muchos reptiles, las tortugas pueden excretar gran parte del nitrógeno en forma de ácido úrico, lo que permite eliminar estos desechos utilizando menos agua que si dependieran principalmente de una orina muy diluida. La química del organismo participa así directamente en la supervivencia.

  El agua también llega a través de los alimentos. Las tortugas consumen diferentes hierbas, flores, hojas y otras plantas disponibles en su ambiente. Cuando la vegetación aparece después de las lluvias, no solamente proporciona energía y nutrientes; contiene también humedad. Alimentarse se convierte al mismo tiempo en una manera de hidratarse.

Cuando finalmente llega la lluvia

  En el desierto, una tormenta puede transformar el paisaje en muy poco tiempo. Depresiones que permanecieron secas durante meses comienzan a acumular agua y la vegetación responde rápidamente. Para la tortuga, estos episodios representan oportunidades que no deben desperdiciarse.

  Se ha observado que las tortugas pueden utilizar depresiones naturales o incluso modificar pequeños espacios del terreno donde se acumula temporalmente el agua de lluvia. Cuando aparece una fuente disponible, pueden beber cantidades considerables. El organismo pasa entonces de una estrategia centrada en conservar a otra centrada en aprovechar.

  Este cambio resulta fundamental. Sobrevivir a la sequía requiere retener agua, pero estar preparado para la lluvia exige reconocer y utilizar rápidamente un recurso temporal. Una tormenta que dura algunas horas puede proporcionar reservas que deberán administrarse durante un período mucho mayor.

  La capacidad de beber cuando existe oportunidad se complementa con la posibilidad de almacenar líquido y reducir posteriormente las pérdidas. Ninguna de estas características sería tan eficaz por sí sola. El verdadero valor aparece cuando funcionan conjuntamente.

  El libro de Job utiliza precisamente la llegada del agua al desierto como una imagen de la providencia divina: “Para hacer llover sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la tierna hierba” (Job 38:26-27). Una lluvia que para nosotros podría parecer insignificante puede iniciar una cadena de acontecimientos de enorme importancia para los organismos que habitan esos lugares.

El caparazón no es solamente una armadura

  La característica más reconocible de cualquier tortuga es su caparazón. Con frecuencia se imagina como si fuera una caja externa dentro de la cual vive el animal, pero anatómicamente forma parte de su propio esqueleto. Las costillas y vértebras se encuentran integradas con esta estructura, creando una arquitectura corporal muy diferente a la de la mayoría de los vertebrados.

  El caparazón proporciona una importante protección frente a depredadores y lesiones. Para un animal que no puede depender de la velocidad como principal mecanismo de escape, disponer de una estructura protectora permanente representa una estrategia completamente distinta.

  Las patas anteriores de las tortugas del desierto son robustas y están preparadas para excavar. Al remover el suelo pueden construir refugios que serán utilizados repetidamente y que, en determinadas circunstancias, también pueden beneficiar a otros animales. Una criatura conocida por su lentitud posee así la fuerza necesaria para modificar físicamente su entorno y crear un espacio donde las condiciones resulten más favorables.

  Estos refugios protegen no solamente del calor. También pueden proporcionar seguridad frente a temperaturas bajas, depredadores y condiciones climáticas extremas. El ambiente subterráneo funciona como una zona de transición entre el organismo y un exterior que cambia constantemente.

La lentitud también puede ser una estrategia

  En el mundo animal solemos admirar la velocidad. Nos sorprende el guepardo porque acelera extraordinariamente, las aves porque vuelan y los peces porque atraviesan el agua. La tortuga del desierto muestra otra posibilidad. En un lugar donde cada movimiento consume energía y puede aumentar la pérdida de agua, vivir lentamente puede resultar beneficioso.

  Su metabolismo es relativamente bajo comparado con el de mamíferos de tamaño semejante. Esto reduce las necesidades energéticas y permite sobrevivir con recursos que aparecen de manera irregular. No necesita mantener constantemente una elevada temperatura corporal mediante una enorme producción interna de calor.

  La estrategia es casi opuesta a la de un mamífero muy activo. En lugar de gastar grandes cantidades de energía para controlar internamente el ambiente corporal, la tortuga utiliza comportamiento, refugios y períodos de actividad cuidadosamente seleccionados.

  Incluso su larga vida se encuentra relacionada con un ritmo biológico diferente. Las tortugas del desierto pueden vivir muchas décadas. Su crecimiento es lento y alcanzar la madurez requiere tiempo. Una criatura que parece hacer todo despacio puede, sin embargo, sobrevivir durante períodos extraordinariamente prolongados.

Una vida construida alrededor de límites

  Cuando contemplamos la tortuga del desierto como un organismo completo, descubrimos que su supervivencia depende de respetar continuamente ciertos límites. No puede permanecer demasiado tiempo bajo temperaturas extremas. No puede desperdiciar agua. No puede gastar energía indefinidamente buscando alimento. No puede depender de que mañana vuelva a llover.

  Por ello utiliza refugios cuando las condiciones son desfavorables, reduce la actividad, conserva líquidos, obtiene humedad de los alimentos y aprovecha intensamente los períodos de lluvia. Su existencia es un ejercicio continuo de administración.

  El resultado es extraordinario. Un vertebrado que necesita agua para cada una de sus células puede vivir en regiones donde ese recurso desaparece de la superficie durante largos períodos. No ha eliminado su necesidad de agua; posee mecanismos que le permiten utilizarla con enorme eficiencia.

  Esto la diferencia incluso de otros habitantes del desierto. El camello, por ejemplo, puede desplazarse grandes distancias y posee mecanismos fisiológicos relacionados con la conservación de agua y la tolerancia a variaciones térmicas. La tortuga utiliza una estrategia distinta: movilidad limitada, metabolismo reducido, refugios subterráneos y una administración extraordinariamente cuidadosa de sus reservas.

La tortuga del desierto, una criatura preparada para esperar

  Quizá una de las mejores palabras para describir la vida de la tortuga del desierto sea esperar. Espera dentro de su refugio mientras el Sol vuelve peligroso el exterior. Espera durante temporadas secas. Espera a que aparezca nueva vegetación. Espera la llegada de una lluvia que transformará temporalmente el paisaje.

  Pero esa espera no significa que el organismo permanezca sin hacer nada. Durante todo ese tiempo continúa regulando cuidadosamente su temperatura, metabolismo, agua y energía. Sobrevivir depende de procesos silenciosos que no podemos observar a simple vista.

  El salmista escribió: “Los ojos de todos esperan en ti, y tú les das su comida a su tiempo” (Salmo 145:15). En el desierto, donde los recursos aparecen por temporadas y las lluvias pueden ser impredecibles, estas palabras adquieren una imagen particularmente poderosa.

  La tortuga no sabe cuándo caerá la próxima tormenta. Sin embargo, cuando llega, su organismo está preparado para aprovecharla. Bebe, se alimenta de la vegetación disponible y almacena recursos que serán importantes cuando el paisaje vuelva a secarse.

Administrar cada gota

  La Biblia no pretende explicar la fisiología renal de los reptiles, la reabsorción de agua desde la vejiga o las ventajas térmicas de una madriguera. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la fisiología y la ecología. Las Escrituras, sin embargo, invitan repetidamente al ser humano a observar la creación y descubrir en ella una sabiduría que se manifiesta incluso en los ambientes más difíciles.

  El salmista escribió: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). La tortuga del desierto constituye una magnífica oportunidad para contemplar esa realidad. Sus refugios la protegen de temperaturas extremas, su metabolismo reduce el gasto de recursos, su alimentación proporciona parte de la humedad que necesita y su fisiología permite conservar agua cuando cada gota resulta valiosa.

  Nada de esto significa que el desierto haya dejado de ser peligroso. Una sequía prolongada continúa representando una amenaza y los cambios ambientales pueden afectar seriamente a sus poblaciones. Precisamente por eso resulta tan impresionante observar los mecanismos que permiten a este reptil sobrevivir en condiciones que serían imposibles para muchas otras criaturas.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos permite contemplar con mayor profundidad la extraordinaria diversidad de la vida. La tortuga del desierto nos recuerda que sobrevivir no siempre depende de correr más rápido, ser más fuerte o encontrar abundancia. A veces depende de algo mucho más silencioso: saber refugiarse, reducir el gasto, esperar el momento apropiado y administrar cuidadosamente cada gota de agua disponible en una tierra sedienta.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques tropicales del sudeste asiático vive un pequeño reptil que puede hacer algo completamente inesperado. Permanece aferrado verticalmente al tronco de un árbol y, cuando necesita desplazarse hacia otro, no siempre desciende hasta el suelo para volver a subir. En determinadas circunstancias se impulsa hacia el vacío, extiende dos amplias membranas a los lados de su cuerpo y comienza a desplazarse por el aire.

  No posee alas como un ave. Tampoco tiene las extremidades anteriores transformadas en alas como los murciélagos. En realidad, ni siquiera realiza un vuelo propulsado. Los lagartos del género Draco, conocidos popularmente como dragones voladores o lagartos voladores, utilizan una estrategia completamente diferente: convierten parte de su caja torácica en el soporte de una superficie que les permite planear entre los árboles.

  La estructura es tan sorprendente como eficaz. Varias costillas se encuentran extraordinariamente alargadas y pueden extenderse lateralmente. Sobre ellas se despliega una membrana de piel denominada patagio. Cuando el animal abre este sistema, aumenta considerablemente la superficie que interactúa con el aire y transforma una caída en un desplazamiento controlado.

  Una estructura que normalmente relacionamos con la protección de los órganos internos participa aquí en algo completamente inesperado. Las costillas se convierten también en parte de un sistema de locomoción aérea.

El lagarto volador, una estructura corporal convertida en un sorprendente sistema de planeo

  La Biblia invita al ser humano a observar con atención la diversidad del mundo natural. El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán” (Job 12:7). El lagarto volador constituye un magnífico ejemplo de cuánto puede descubrirse cuando observamos incluso a las criaturas pequeñas.

  Existen más de cuarenta especies reconocidas dentro del género Draco, distribuidas en diferentes regiones del sur y sudeste de Asia. Son reptiles relativamente pequeños y arborícolas que pasan gran parte de su existencia sobre troncos y ramas. Allí encuentran alimento, territorios y lugares relacionados con la reproducción. Para un animal cuya vida ocurre principalmente a varios metros sobre el suelo, trasladarse de un árbol a otro presenta un problema evidente.

  Descender por un tronco, caminar sobre el suelo y subir nuevamente requiere tiempo y energía. Además, permanecer en el suelo puede exponer a un pequeño lagarto a depredadores diferentes de aquellos que encuentra en las alturas. El planeo proporciona otra posibilidad. Si existe un árbol adecuado a cierta distancia, el animal puede utilizar la gravedad para desplazarse hacia él sin necesidad de recorrer todo el trayecto por tierra.

  El principio físico parece sencillo. Un cuerpo que salta desde una altura comenzará a caer debido a la gravedad. Sin embargo, si aumenta suficientemente su superficie y controla la interacción con el aire, parte de ese descenso puede transformarse en movimiento horizontal. El lagarto continúa perdiendo altura, pero mientras lo hace avanza hacia otro punto del bosque.

  Por esta razón resulta más correcto decir que planea, no que vuela. Un ave o un murciélago puede producir fuerzas aerodinámicas mediante movimientos activos de sus alas y mantener un vuelo propulsado. El Draco depende principalmente de la altura inicial y de la energía potencial asociada con ella. Cada planeo termina finalmente en un punto situado a menor altura que aquel desde donde comenzó.

Costillas que hacen mucho más que proteger

  La característica anatómica central de este sistema se encuentra en varias costillas extraordinariamente alargadas. En la mayoría de los vertebrados pensamos en las costillas como elementos relacionados principalmente con la protección y el soporte del tronco. En los lagartos Draco, algunas de ellas poseen además una función completamente diferente.

  Cuando el animal se encuentra sobre un tronco, las costillas pueden mantenerse relativamente plegadas y la membrana permanece junto al cuerpo. Antes del planeo, músculos especializados rotan y extienden estas estructuras hacia los lados. El patagio se despliega entonces como una superficie aerodinámica sostenida desde el interior.

  Esto significa que la membrana no cuelga simplemente de los costados. Posee un armazón que determina su forma y permite controlar su extensión. Costillas, músculos, articulaciones y piel forman una unidad funcional que puede abrirse cuando el animal necesita desplazarse y cerrarse nuevamente después de aterrizar.

  La capacidad de plegar el sistema resulta tan importante como poder desplegarlo. Una superficie permanentemente extendida dificultaría caminar sobre los troncos, esconderse entre la vegetación y moverse por espacios estrechos. El animal necesita una estructura grande durante unos segundos y un cuerpo relativamente compacto durante el resto del tiempo.

  Cuando observamos el mecanismo completo aparece un principio semejante al encontrado en otras criaturas: una solución útil debe funcionar no solamente durante la acción principal, sino también antes y después de ella.

El lagarto volador, saltar es solamente el comienzo

  Planear eficazmente requiere mucho más que abrir una membrana. El lagarto debe elegir un punto de destino, impulsar su cuerpo desde el tronco, desplegar rápidamente el patagio y mantener una orientación adecuada durante el recorrido. Después necesita modificar su postura conforme se aproxima al árbol donde pretende aterrizar.

  Las extremidades participan en el control del cuerpo durante el planeo y ayudan a manejar la posición del patagio. La cola también contribuye a la estabilidad y a las maniobras. Pequeños cambios en la postura pueden modificar la trayectoria, permitiendo que el animal corrija su dirección mientras atraviesa el espacio entre dos árboles.

  Las investigaciones mediante grabaciones de alta velocidad han permitido estudiar con mayor precisión estas maniobras. El planeo no es simplemente una caída con una membrana abierta. Existe control corporal durante diferentes fases del desplazamiento, incluyendo la preparación para el aterrizaje.

  Esta última parte presenta un problema especialmente importante. Un vuelo que termina golpeando violentamente contra un árbol no sería demasiado útil. Conforme se aproxima a la superficie, el lagarto modifica la orientación de su cuerpo y de las extremidades para reducir el impacto y colocar las patas en posición para sujetarse.

  En cuestión de segundos ha pasado de estar aferrado a un tronco a convertirse en un pequeño planeador y finalmente vuelve a ser un reptil trepador sobre otra superficie vertical.

La física escondida dentro del bosque

  El Draco no necesita comprender las leyes de la aerodinámica para utilizarlas. Su cuerpo interactúa inevitablemente con ellas. El peso lo impulsa hacia abajo mientras el aire que circula alrededor del patagio genera fuerzas que modifican la trayectoria de la caída.

  La relación entre el tamaño corporal y la superficie del patagio es especialmente importante. Los animales pequeños poseen ciertas ventajas para este tipo de locomoción porque su masa es relativamente reducida respecto a la superficie que pueden desplegar. Una membrana suficientemente amplia puede producir un efecto aerodinámico considerable sobre un cuerpo ligero.

  La forma del patagio tampoco es accidental desde el punto de vista funcional. Su geometría, curvatura y orientación influyen en la manera en que el aire se desplaza alrededor del animal. Cambiar la postura modifica esas relaciones y permite cierto control de la trayectoria.

  Aquello que desde lejos parece simplemente una pequeña lagartija saltando entre árboles constituye en realidad un magnífico encuentro entre anatomía y física. El organismo proporciona la estructura; las mismas leyes que gobiernan cualquier objeto en movimiento determinan lo que ocurre después.

Vivir sin necesidad de bajar constantemente al suelo

  El planeo proporciona ventajas importantes para un animal arborícola. Puede permitir desplazamientos más eficientes entre árboles, ayudar a escapar de determinadas amenazas y facilitar el acceso a diferentes zonas de alimentación o territorio.

  Los lagartos Draco consumen principalmente pequeños artrópodos, y varias especies muestran una fuerte asociación con hormigas y termitas. Pasan mucho tiempo desplazándose sobre los troncos mientras buscan alimento y vigilan el entorno. El bosque no es solamente el lugar donde viven; su arquitectura vertical determina gran parte de su comportamiento.

  Los machos pueden utilizar áreas específicas de los árboles como territorios y realizar exhibiciones relacionadas con la reproducción. Muchas especies poseen además una estructura de piel debajo de la garganta conocida como papada o abanico gular, que puede desplegarse y presentar colores llamativos.

  Esta estructura participa en la comunicación visual. El animal que utiliza una membrana lateral para desplazarse por el aire posee otra superficie desplegable para enviar señales a miembros de su propia especie. Una está relacionada principalmente con locomoción; la otra, con comunicación.

  La vida entre árboles exige así capacidades muy diferentes: sujetarse a superficies verticales, detectar alimento, reconocer individuos, defender territorios, encontrar pareja y trasladarse entre lugares separados por espacios abiertos. El planeo es solamente una parte de una forma de vida mucho más amplia.

Un pequeño cuerpo que debe calcular el momento apropiado

  El éxito de cada desplazamiento depende también de decisiones conductuales. La distancia entre árboles, la altura disponible y la posición del punto de aterrizaje determinan si un planeo resulta conveniente. Saltar desde un lugar inadecuado podría dejar al animal sin suficiente altura para alcanzar su objetivo.

  Aunque no realiza cálculos matemáticos conscientes como un ingeniero, su sistema visual y nervioso debe obtener información acerca del entorno y coordinar la respuesta motora apropiada. Los ojos identifican posibles superficies; el cerebro procesa esa información; los músculos producen el salto; las costillas despliegan el patagio y las extremidades ayudan a controlar la trayectoria.

  Una vez más encontramos varios sistemas trabajando de manera simultánea. El patagio por sí solo no sería suficiente. Una membrana sin control neuromuscular no garantizaría un aterrizaje seguro, del mismo modo que músculos y sentidos sin una superficie aerodinámica no permitirían realizar el mismo tipo de desplazamiento.

  El valor se encuentra en la integración.

No es el único animal que ha encontrado esta solución

  El Draco forma parte de un grupo fascinante de animales que utilizan el planeo para desplazarse. Existen mamíferos como las ardillas voladoras y los petauros, anfibios capaces de controlar descensos desde los árboles e incluso serpientes que modifican la forma de su cuerpo para desplazarse por el aire.

  Sin embargo, el lagarto volador utiliza una solución anatómica especialmente llamativa porque el soporte principal del patagio procede de costillas alargadas. Diferentes criaturas pueden enfrentarse al mismo problema —cruzar un espacio entre árboles— mediante estructuras corporales distintas.

  Esta diversidad resulta fascinante. La naturaleza no presenta una única manera de resolver cada desafío. Patagios sostenidos entre extremidades, cuerpos aplanados, membranas interdigitales y costillas extendidas pueden participar en estrategias relacionadas con el desplazamiento aéreo.

  Cada solución utiliza características particulares del organismo que la posee.

Cuando una costilla se convierte en parte de un planeador

  Quizá lo más sorprendente del Draco sea precisamente la transformación funcional de una estructura tan conocida. Todos comprendemos de manera general qué son las costillas y dónde se encuentran. Resulta mucho menos intuitivo imaginar que puedan extenderse lateralmente para sostener una superficie aerodinámica.

  La misma estructura corporal puede cumplir más de una función. Las costillas continúan formando parte del tronco, pero algunas han adquirido proporciones y movilidad que permiten participar directamente en la locomoción.

  Este principio aparece repetidamente cuando estudiamos los seres vivos. Las estructuras no existen aisladas. Huesos, músculos, piel, nervios y comportamiento pueden integrarse de maneras que solamente comprendemos cuando observamos al animal dentro de su ambiente.

  Un Draco conservado e inmóvil puede parecernos simplemente una lagartija extraña con costillas largas. Observarlo lanzarse desde un árbol revela para qué sirve realmente esa arquitectura.

El lagarto volador, una pequeña criatura que utiliza grandes principios

  El salmista escribió: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren” (Salmo 111:2). El lagarto volador muestra cómo una criatura pequeña puede conducirnos hacia preguntas relacionadas con anatomía, biomecánica, aerodinámica y comportamiento.

  La Biblia no pretende explicar la relación entre sustentación y resistencia aerodinámica, calcular el ángulo de planeo de un reptil ni describir la musculatura que mueve sus costillas. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la física y la biomecánica. Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la naturaleza y reconocer la sabiduría que se manifiesta en ella.

  El Salmo 104 declara: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). En un bosque tropical, esa sabiduría puede contemplarse en una criatura de apenas unos centímetros que ha convertido parte de su caja torácica en un sistema capaz de interactuar con el aire.

  El lagarto permanece sobre un tronco. Frente a él existe un espacio vacío y, varios metros más adelante, otro árbol. Entonces se impulsa, despliega las costillas, extiende el patagio y transforma la caída en un recorrido controlado. La cola y las extremidades participan en las correcciones necesarias hasta que finalmente las patas encuentran nuevamente una superficie donde sujetarse.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer la física detrás de ese movimiento no elimina la maravilla; permite apreciarla con mayor profundidad. El lagarto volador nos recuerda que la extraordinaria diversidad de la creación puede manifestarse mediante soluciones completamente inesperadas: un reptil que no posee alas, pero que utiliza sus propias costillas para desplegar una superficie que le permite abandonar un árbol y atravesar el aire hasta alcanzar el siguiente.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En las regiones áridas de Australia vive un pequeño reptil cuya apariencia parece mucho más peligrosa de lo que realmente es. Su cuerpo está cubierto de espinas, su cabeza se confunde entre protuberancias y sus colores se mezclan con los tonos ocres, rojizos y amarillentos del desierto. Su nombre popular, diablo espinoso, parece describir a una criatura formidable. Sin embargo, este pequeño lagarto se alimenta principalmente de hormigas y posee una de las estrategias más sorprendentes conocidas para conseguir algo mucho más importante que una presa: agua.

  El diablo espinoso (Moloch horridus) habita regiones de Australia donde las lluvias pueden ser escasas e irregulares. Para cualquier vertebrado, vivir allí representa un enorme desafío. Cada célula necesita agua, pero encontrar una fuente donde beber puede resultar difícil. La respuesta de este reptil es extraordinaria: no necesita encontrar necesariamente un charco para aprovechar el agua disponible. La arena húmeda, una fina película de agua sobre el suelo, el rocío o la lluvia pueden proporcionar pequeñas cantidades de líquido que su cuerpo es capaz de conducir hacia la boca.

El diablo espinoso, cuando hasta la piel participa en conseguir agua

  El secreto se encuentra entre sus escamas. Allí existe una red de diminutos canales que puede llenarse cuando entra en contacto con agua. Mediante un fenómeno físico conocido como capilaridad, el líquido se distribuye por esos espacios y puede desplazarse por la superficie corporal hasta alcanzar la región de la boca. El animal finalmente lo ingiere. Su piel, por tanto, no funciona simplemente como una cubierta protectora; también participa en un extraordinario sistema para aprovechar un recurso escaso.

  El desierto aparece muchas veces en las Escrituras como una imagen de sed y necesidad. David escribió: “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmo 63:1). Para el diablo espinoso, esa descripción corresponde literalmente al ambiente donde transcurre su vida. Allí no puede depender de encontrar todos los días un estanque o una corriente de agua.

  Por eso resulta tan interesante su estrategia. No necesita introducir la cabeza en un recipiente profundo para beber. Si determinadas regiones de su cuerpo entran en contacto con una superficie suficientemente mojada, el agua puede comenzar a introducirse en los diminutos espacios existentes entre sus escamas. Incluso la humedad líquida retenida entre partículas de arena mojada puede convertirse, bajo condiciones apropiadas, en una fuente aprovechable.

  Es importante distinguir este mecanismo de la absorción de humedad directamente del aire. El diablo espinoso no funciona como una máquina capaz de extraer vapor de agua de una atmósfera seca. Necesita agua en estado líquido, aunque puede encontrarse distribuida en cantidades muy pequeñas sobre el suelo, entre partículas de arena húmeda, en forma de rocío o sobre su cuerpo después de una lluvia.

  Esta diferencia hace que su sistema sea todavía más interesante. En un ambiente árido no siempre existe un charco visible, pero eso no significa que no exista agua disponible. Una pequeña lluvia puede humedecer la arena. El rocío puede depositar diminutas gotas. Una superficie puede conservar una fina película de líquido. El diablo espinoso posee una estructura corporal capaz de aprovechar oportunidades que para muchos otros animales serían insuficientes.

Una red microscópica escondida entre las escamas

  A simple vista, la piel del animal parece únicamente áspera y espinosa. Cuando se estudia con mayor detalle aparece una estructura completamente diferente. Entre las escamas existen canales microscópicos interconectados que forman una red sobre buena parte de la superficie corporal.

  Cuando el agua toca esos canales comienza a desplazarse por ellos mediante capilaridad. Este fenómeno ocurre porque, a escalas pequeñas, las interacciones entre las moléculas del agua y las paredes de un conducto pueden hacer que el líquido avance por espacios estrechos sin necesidad de una bomba mecánica.

  Podemos observar un principio semejante cuando colocamos la esquina de una servilleta de papel sobre una pequeña cantidad de agua. El líquido comienza a desplazarse por el material y termina mojando regiones que nunca tocaron directamente la fuente original. En el diablo espinoso ocurre algo mucho más organizado: la geometría de los espacios entre las escamas permite distribuir el agua y conducirla hacia la boca.

  La importancia de las dimensiones microscópicas es enorme. Si los canales fueran demasiado amplios, las fuerzas capilares no actuarían de la misma manera. Su tamaño, forma y conexión permiten que pequeñas cantidades de líquido se desplacen sobre el cuerpo del animal. Una estructura casi invisible termina participando en la solución de uno de los mayores problemas de la vida en el desierto.

La piel transporta el agua, pero no la absorbe

  En ocasiones se dice que el diablo espinoso “bebe a través de la piel”. Aunque la frase resulta atractiva, puede provocar una idea equivocada. El agua no atraviesa directamente la piel para entrar en la sangre.

  Lo que sucede es todavía más fascinante. La piel funciona como una red de transporte. El agua entra en los pequeños canales existentes entre las escamas, se distribuye sobre la superficie y alcanza las comisuras de la boca. Allí el animal realiza movimientos de mandíbula y deglución que permiten ingerirla.

  Por ejemplo, si determinadas partes de sus patas o vientre permanecen sobre arena suficientemente húmeda, el agua disponible puede entrar en contacto con la red capilar. No es necesario que el animal se encuentre sumergido ni que exista un charco suficientemente profundo para introducir la boca.

  Esta estrategia amplía enormemente las oportunidades disponibles en un ambiente seco. Lo importante no es solamente encontrar mucha agua de una sola vez, sino ser capaz de aprovechar pequeñas cantidades cuando aparecen.

Cuando una fina película puede ser importante

  Para nosotros, una pequeña cantidad de humedad sobre el suelo puede parecer insignificante. Para un animal de tamaño reducido que habita un ambiente desértico, puede representar un recurso valioso.

  Después de una lluvia ligera, el agua puede permanecer temporalmente entre las partículas del suelo. En otras circunstancias pueden formarse gotas de rocío o pequeñas acumulaciones sobre diferentes superficies. Si esa agua entra en contacto con el sistema capilar del animal, existe la posibilidad de transportarla hacia la boca.

  Esto demuestra un principio importante de la supervivencia en ambientes extremos. No siempre gana el organismo capaz de encontrar la mayor cantidad de recursos. También puede tener ventaja aquel que aprovecha eficientemente cantidades que otros no podrían utilizar.

  En el caso del diablo espinoso, una oportunidad pequeña puede multiplicarse gracias a la extensión de la superficie corporal. Diferentes regiones pueden participar en la captación del líquido y la red microscópica lo redistribuye hacia un destino común.

La lluvia transforma temporalmente el desierto

  Cuando finalmente llueve, las condiciones cambian. El suelo se moja, pequeñas depresiones pueden acumular agua y superficies que normalmente permanecen secas quedan cubiertas por una fina capa de líquido.

  Para el diablo espinoso, la lluvia significa mucho más que agua cayendo directamente sobre su cabeza. El cuerpo completo puede entrar en contacto con ella. Las gotas alcanzan las escamas y comienzan a distribuirse mediante la red capilar.

  El libro de Job describe de manera hermosa la llegada del agua a los lugares deshabitados: “Para hacer llover sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para saciar la tierra desierta e inculta, y para hacer brotar la tierna hierba” (Job 38:26-27).

  En un ecosistema árido, una lluvia aparentemente pequeña puede activar procesos extraordinarios. Plantas, insectos y reptiles responden a una oportunidad que quizá dure solamente unas horas o algunos días.

Un especialista en aprovechar cosas pequeñas

  Existe algo particularmente interesante en la vida del diablo espinoso: su alimentación también está basada en aprovechar unidades diminutas. Este reptil consume principalmente pequeñas hormigas, especialmente de ciertos grupos abundantes en las regiones donde vive.

  Puede situarse cerca de las rutas utilizadas por las hormigas y capturarlas repetidamente con la lengua. Una sola hormiga proporciona muy poca energía, pero cientos o incluso miles a lo largo del tiempo representan una fuente significativa de alimento.

  Existe aquí un interesante paralelismo con el agua. Una hormiga parece insignificante y una diminuta cantidad de líquido también. Sin embargo, el organismo está preparado para convertir muchas unidades pequeñas en recursos suficientes para mantener la vida.

  Su supervivencia no depende de encontrar continuamente grandes abundancias. Depende de aprovechar con eficiencia aquello que el ambiente proporciona.

Una apariencia que también contribuye a protegerlo

  Las numerosas espinas que cubren el cuerpo no forman parte principal del mecanismo capilar, pero sí contribuyen a la peculiar apariencia del animal. Su silueta irregular puede dificultar la captura por parte de algunos depredadores, mientras que su coloración ayuda a confundirse con el suelo del desierto.

  Los tonos corporales pueden variar y mezclarse con arena, piedras y vegetación seca. Para un animal relativamente pequeño que no depende de una enorme velocidad para escapar, pasar inadvertido constituye una estrategia importante.

  Además, detrás de la cabeza posee una gran protuberancia espinosa conocida popularmente como cabeza falsa. Cuando se siente amenazado puede inclinar la cabeza verdadera y presentar esta estructura hacia el atacante, alterando su silueta y dificultando la identificación inmediata de una región vulnerable.

  En lugar de enfrentarse mediante fuerza a un depredador mucho mayor, utiliza apariencia, postura, espinas y camuflaje. Su estrategia defensiva es muy diferente de la de una serpiente venenosa o un gran lagarto depredador.

Sobrevivir también significa controlar el calor

  El agua no es el único problema del desierto. La temperatura puede cambiar enormemente durante el día. Como otros reptiles, el diablo espinoso es ectotermo y depende en gran medida de las condiciones externas para regular su temperatura corporal.

  Durante ciertas horas, el suelo puede calentarse hasta niveles peligrosos. En otros momentos, especialmente durante la noche, la temperatura disminuye considerablemente. El reptil modifica su comportamiento, utiliza diferentes zonas del terreno y cambia sus períodos de actividad para permanecer dentro de condiciones adecuadas.

  Esta estrategia también ayuda indirectamente a conservar agua. Evitar las condiciones más extremas reduce el estrés fisiológico y permite administrar mejor los recursos disponibles. Temperatura, actividad, alimentación e hidratación forman parte de una misma vida en equilibrio con el ambiente.

Cuando lo microscópico produce un resultado enorme

  Quizá la característica más fascinante del diablo espinoso sea que la solución a uno de sus mayores problemas se encuentra en estructuras demasiado pequeñas para observarse adecuadamente a simple vista.

  Si contemplamos al animal desde cierta distancia veremos espinas, patas, cabeza y cola. Solamente al estudiar su superficie con instrumentos adecuados descubrimos la red de canales entre las escamas. Allí comienza a revelarse el mecanismo que permite que el agua se desplace.

  El principio recuerda otras maravillas encontradas en la naturaleza. El gecko utiliza millones de estructuras microscópicas para adherirse a determinadas superficies. En el diablo espinoso, pequeños canales permiten aprovechar fuerzas capilares para transportar agua.

  En ambos casos, estructuras diminutas producen resultados visibles a escala del organismo completo.

  El salmista escribió: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren” (Salmo 111:2). La ciencia nos permite realizar precisamente esa búsqueda, observando dimensiones que generaciones anteriores no podían estudiar con el mismo detalle.

Una criatura que incluso inspira a los ingenieros

  El sistema de transporte de agua del diablo espinoso ha despertado interés más allá de la zoología. Investigadores dedicados a la biomimética estudian superficies naturales capaces de recoger y conducir líquidos para comprender principios que podrían utilizarse en nuevos materiales.

  La idea resulta especialmente atractiva en regiones donde el agua es escasa. Si una superficie puede transportar pequeñas cantidades de líquido utilizando únicamente su geometría y propiedades físicas, sin bombas ni mecanismos complejos, el principio podría inspirar diferentes aplicaciones tecnológicas.

  Esto no significa que los ingenieros simplemente copien la piel del animal. Primero necesitan comprender exactamente cómo funciona, determinar qué características son esenciales y después intentar reproducir principios semejantes mediante materiales artificiales.

  Una pequeña lagartija del desierto termina así planteando preguntas relevantes para físicos, biólogos e ingenieros.

Administrar aquello que parece insignificante

  La Biblia no pretende describir la capilaridad entre las escamas del Moloch horridus ni explicar la microestructura de su piel. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la física y la ciencia de materiales. Sin embargo, las Escrituras invitan repetidamente al ser humano a observar la creación y reconocer la sabiduría presente en ella.

  El salmista declaró: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24). El diablo espinoso constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras.

  En un lugar donde el agua puede desaparecer durante largos períodos, este reptil no necesita depender exclusivamente de encontrar un charco. Una lluvia que moja el suelo, una superficie cubierta por una fina película de agua, el rocío o incluso agua retenida entre partículas de arena húmeda pueden convertirse en oportunidades. Cuando el líquido entra en contacto con su piel, una red microscópica puede conducirlo hacia la boca.

  El animal no absorbe mágicamente agua del aire ni la introduce directamente en su cuerpo a través de la piel. El mecanismo es mucho más preciso: su superficie corporal recoge agua líquida disponible y la transporta utilizando las propiedades físicas de la capilaridad hasta el lugar donde puede beberla.

  Desde la perspectiva bíblica, descubrir estas estructuras no disminuye el asombro, sino que permite contemplarlo con mayor profundidad. El diablo espinoso nos recuerda que la sabiduría del Creador también puede manifestarse en aquello que parece insignificante. En una tierra donde cada gota cuenta, hasta los diminutos espacios existentes entre las escamas pueden convertirse en parte de un extraordinario sistema para preservar la vida.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los antiguos lagos del Valle de México vive una criatura que parece conservar para siempre la apariencia de una larva. A ambos lados de su cabeza sobresalen delicadas estructuras semejantes a pequeñas ramas, su rostro parece dibujar una expresión tranquila y su cuerpo alargado se desplaza lentamente bajo el agua. Su aspecto ha convertido al ajolote en uno de los anfibios más reconocibles del mundo, pero aquello que verdaderamente ha fascinado a los científicos se encuentra oculto dentro de su organismo.

  El ajolote mexicano (Ambystoma mexicanum) posee una extraordinaria capacidad de regeneración. Si pierde una extremidad, puede formar nuevamente huesos, músculos, vasos sanguíneos, nervios y piel hasta reconstruir una estructura funcional. Además, los investigadores han descubierto que su capacidad regenerativa se extiende a otros tejidos y partes de órganos, entre ellos estructuras de la médula espinal, el corazón y el sistema nervioso.

  No se trata simplemente de cerrar una herida. El organismo puede iniciar un proceso coordinado mediante el cual células, señales químicas, nervios y tejidos participan en la reconstrucción de aquello que ha sido dañado. Por esta razón, el ajolote se ha convertido en uno de los animales más estudiados del mundo dentro de la investigación sobre regeneración.

El ajolote, Cuando perder una extremidad no significa perderla para siempre

  El salmista escribió: “Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras” (Salmo 139:14). Aunque estas palabras se refieren directamente al ser humano, el estudio de otras criaturas permite contemplar también la extraordinaria complejidad presente en los organismos vivos. Pocos ejemplos resultan tan sorprendentes como observar a un ajolote reconstruir una parte de su cuerpo.

  Cuando un ser humano sufre una lesión importante, nuestro organismo intenta cerrar rápidamente la herida. Se activa la coagulación, aparece una respuesta inflamatoria y posteriormente puede formarse tejido cicatricial. Estos mecanismos son esenciales para protegernos, pero normalmente no reconstruyen una extremidad perdida.

  En el ajolote ocurre algo diferente. Después de una amputación, la herida se cubre rápidamente con células de la epidermis y comienza a formarse una estructura especializada relacionada con el proceso regenerativo. Debajo de esa cubierta se organiza una población de células conocida colectivamente como blastema, fundamental para reconstruir la parte perdida.

  El blastema no es simplemente una masa de tejido creciendo sin dirección. Sus células responden a señales moleculares que contribuyen a determinar qué estructuras deben reconstruirse y dónde deben aparecer. Si se perdió parte de una extremidad, el organismo necesita recuperar la organización correcta de huesos, músculos, nervios, vasos y piel.

  El resultado requiere algo mucho más complejo que producir nuevas células. Las células tienen que saber qué formar y dónde colocarlo.

El ajolote, reconstruir sin perder el plano

  Imaginemos que un edificio sufre daños graves. Conseguir ladrillos nuevos no sería suficiente para restaurarlo. Sería necesario saber dónde estaban las paredes, por dónde pasaban las tuberías, dónde se encontraban las puertas y cómo se conectaba cada elemento con el resto de la construcción.

  Algo semejante ocurre durante la regeneración. Producir millones de células nuevas no bastaría si estas crecieran desordenadamente. El organismo debe conservar información acerca de la posición de los tejidos y utilizar señales que permitan reconstruir la anatomía apropiada.

  Las investigaciones han demostrado que diferentes poblaciones celulares conservan información relacionada con su identidad y ubicación. Durante la regeneración, estas células participan en la formación de los tejidos correspondientes y responden a señales que coordinan el crecimiento.

  Una pata no puede convertirse simplemente en una masa de células. Deben aparecer nuevamente estructuras organizadas en posiciones específicas. El esqueleto necesita una forma determinada, los músculos deben relacionarse correctamente con él, los vasos sanguíneos tienen que proporcionar circulación y los nervios deben alcanzar los nuevos tejidos.

  La regeneración es, por tanto, un problema de información y organización, además de crecimiento.

Los nervios también son indispensables

  Uno de los descubrimientos más interesantes en el estudio de la regeneración es la importancia del sistema nervioso. Los nervios no solamente permiten posteriormente que la extremidad tenga sensibilidad y movimiento; también proporcionan señales necesarias durante el proceso regenerativo.

  Si la conexión nerviosa se altera experimentalmente de determinadas maneras, la regeneración puede verse gravemente afectada. Esto demuestra que reconstruir una extremidad requiere comunicación entre diferentes sistemas del organismo.

  La piel responde a la lesión, las células forman el blastema, los nervios proporcionan señales, los vasos sanguíneos deben desarrollarse y diferentes tejidos comienzan a reorganizarse. Cada elemento participa en una secuencia coordinada.

  Una extremidad completa emerge poco a poco de una región que inicialmente parecía simplemente una herida.

Huesos, músculos, vasos y nervios vuelven a aparecer

  Conforme avanza el proceso, la nueva extremidad adquiere progresivamente su organización. Se forman estructuras esqueléticas, aparecen músculos y tendones, se desarrolla circulación y los nervios penetran nuevamente en los tejidos.

  La nueva extremidad no constituye solamente una copia visual. Debe integrarse funcionalmente con el resto del animal. Los músculos necesitan recibir señales nerviosas, las articulaciones deben permitir movimiento y la circulación tiene que mantener vivos los tejidos recién formados.

  Esto exige coordinación entre numerosos tipos celulares. Cada uno debe multiplicarse en la cantidad apropiada, diferenciarse correctamente y ocupar el lugar necesario.

  Una de las preguntas centrales de la biología regenerativa consiste precisamente en comprender cómo sabe el organismo cuándo detener el crecimiento. Tan importante como comenzar la regeneración es terminarla cuando la estructura apropiada ha sido reconstruida.

La médula espinal también puede repararse

  La capacidad del ajolote no se limita a sus extremidades. También puede regenerar partes de la médula espinal después de determinadas lesiones experimentales.

  Esta característica ha despertado enorme interés porque las lesiones de la médula espinal humana pueden producir daños permanentes. En nuestro organismo, la formación de tejido cicatricial y las características del sistema nervioso adulto limitan enormemente la regeneración de conexiones perdidas.

  El ajolote responde de una manera diferente. Determinadas células pueden proliferar y contribuir a reconstruir estructuras nerviosas mientras se restablece parte de la organización del tejido.

  Comprender estas diferencias constituye uno de los grandes objetivos de la medicina regenerativa. Los científicos no estudian al ajolote porque esperen simplemente copiarlo, sino porque conocer los mecanismos que permiten su regeneración podría revelar principios útiles para comprender por qué los seres humanos tenemos capacidades mucho más limitadas.

Un corazón con capacidad de reparación

  El corazón proporciona otro ejemplo fascinante. Después de determinadas lesiones experimentales, el ajolote puede regenerar tejido cardíaco de una manera mucho más eficaz que los mamíferos adultos.

  En el ser humano, una lesión importante del músculo cardíaco, como la producida durante un infarto, puede dejar tejido cicatricial que no posee la misma capacidad contráctil que el músculo original. El corazón continúa funcionando, pero la región lesionada no vuelve simplemente a convertirse en músculo cardíaco normal.

  El estudio de animales capaces de regenerar tejido cardíaco permite investigar qué señales celulares y moleculares hacen posible una respuesta diferente.

  Una pequeña salamandra mexicana puede así proporcionar pistas para preguntas que afectan a millones de seres humanos.

Una criatura que parece no querer convertirse en adulta

  La regeneración no es la única característica extraordinaria del ajolote. Su propio desarrollo presenta otra particularidad fascinante.

  La mayoría de las salamandras experimentan una metamorfosis. Durante sus etapas juveniles viven en el agua y poseen branquias externas. Posteriormente cambian su anatomía y fisiología para adoptar una forma adulta generalmente más terrestre.

  El ajolote normalmente conserva características larvarias durante toda su vida, incluso después de alcanzar la madurez sexual. Este fenómeno recibe el nombre de neotenia o, en un sentido más amplio, pedomorfosis.

  Por eso los adultos continúan mostrando las características branquias externas que parecen pequeñas ramas a ambos lados de la cabeza.

El ajolote, Tres maneras de obtener oxígeno

  Las branquias externas constituyen uno de los rasgos más hermosos del ajolote. Sus numerosas ramificaciones aumentan la superficie disponible para el intercambio de gases con el agua y están ampliamente irrigadas por vasos sanguíneos.

  Sin embargo, el ajolote no depende exclusivamente de ellas. También puede realizar intercambio gaseoso a través de la piel y posee pulmones funcionales que le permiten subir ocasionalmente a la superficie y tomar aire.

  Esto significa que diferentes estructuras pueden participar en la respiración. Branquias, piel y pulmones contribuyen en distinta medida dependiendo de las condiciones.

  Una vez más encontramos varios sistemas colaborando para resolver una misma necesidad fundamental: proporcionar oxígeno a las células.

Un genoma extraordinariamente grande

  Cuando los científicos secuenciaron el genoma del ajolote encontraron otra sorpresa. Su genoma posee aproximadamente treinta y dos mil millones de pares de bases, alrededor de diez veces más ADN que el genoma humano.

  Esto no significa que el ajolote sea diez veces más complejo que una persona. El tamaño de un genoma no determina directamente la complejidad de un organismo. Gran parte de esa diferencia corresponde a enormes regiones de ADN que no equivalen simplemente a nuevos genes productores de proteínas.

  Sin embargo, disponer de la secuencia genética del ajolote ha proporcionado a los investigadores una herramienta extraordinaria para estudiar los genes y mecanismos relacionados con regeneración, desarrollo y reparación de tejidos.

  La genética permite ahora observar procesos que antes solamente podían describirse mediante anatomía y microscopía.

Un animal que ayuda a estudiar el futuro de la medicina

  El ajolote se ha convertido en un organismo modelo para laboratorios de todo el mundo. Los investigadores estudian cómo responde a una lesión, qué genes se activan, cómo se comunican las células y por qué se produce mucha menos cicatrización en determinados tejidos que en los mamíferos.

  El objetivo no es afirmar que pronto podremos hacer crecer nuevamente una extremidad humana. Existen enormes diferencias entre nuestra biología y la del ajolote, y trasladar descubrimientos de una especie a otra constituye un desafío considerable.

  Sin embargo, cada mecanismo descubierto ayuda a responder preguntas fundamentales. ¿Por qué algunos vertebrados regeneran estructuras que otros solamente cicatrizan? ¿Qué señales permiten a una célula participar en la reconstrucción? ¿Cómo se controla el crecimiento? ¿Qué impide que las células continúen multiplicándose cuando la reparación ha terminado?

  Responder estas preguntas podría contribuir algún día al desarrollo de nuevas estrategias para mejorar la reparación de tejidos humanos.

Una maravilla que está desapareciendo de su hogar

  Existe una paradoja dolorosa alrededor del ajolote. Mientras miles de ejemplares viven en laboratorios y acuarios alrededor del mundo, sus poblaciones silvestres se encuentran en una situación crítica.

  Su hábitat natural se encontraba originalmente en los sistemas lacustres del Valle de México. En la actualidad, las poblaciones silvestres sobreviven principalmente en la zona de Xochimilco, donde enfrentan problemas relacionados con pérdida y modificación del hábitat, contaminación, urbanización y presencia de especies introducidas.

  Una criatura capaz de regenerar extraordinariamente partes de su propio cuerpo no puede reconstruir por sí misma un ecosistema destruido.

  Esta realidad nos recuerda que poseer capacidades biológicas extraordinarias no hace invulnerable a una especie. Los organismos continúan dependiendo del ambiente que proporciona alimento, agua, refugio, condiciones químicas adecuadas y oportunidades para reproducirse.

Regenerar no significa ser inmortal

  La extraordinaria capacidad del ajolote también puede producir otra idea equivocada. El animal no es indestructible ni puede recuperarse de cualquier lesión.

  La regeneración posee límites. La gravedad y ubicación del daño, las condiciones del organismo, infecciones y otros factores pueden determinar si la recuperación es posible.

  Tampoco significa que el ajolote viva indefinidamente. Como cualquier otro organismo, experimenta enfermedad, envejecimiento y finalmente muerte.

  Su capacidad resulta maravillosa precisamente porque ocurre dentro de los límites reales de un organismo vivo.

Cuando sanar significa reconstruir

  El ajolote nos permite observar una diferencia extraordinaria entre dos maneras de responder al daño. Una consiste principalmente en cerrar rápidamente una herida y formar una cicatriz. La otra puede conservar además la posibilidad de reconstruir estructuras complejas.

  Para lograrlo, el organismo debe reconocer que existe una lesión, proteger la zona, activar células apropiadas, proporcionar señales moleculares, mantener comunicación nerviosa, producir nuevos tejidos y finalmente detener el crecimiento cuando la estructura ha sido restaurada.

  Cada paso plantea preguntas extraordinarias.

  Pero quizá la más fascinante sea esta: ¿cómo conserva el organismo la información necesaria para saber qué parte falta y cómo debe reconstruirla?

  Cuanto más profundamente se estudia la regeneración, menos parece un simple proceso de crecimiento. Es un fenómeno de comunicación, información, reconocimiento espacial y coordinación celular.

Una pequeña criatura que continúa enseñándonos

  El libro de Job contiene una invitación extraordinaria: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). El ajolote demuestra hasta qué punto una criatura puede enseñarnos cuando la observamos cuidadosamente.

  La Biblia no pretende explicar la formación del blastema, identificar genes relacionados con la regeneración ni describir las señales moleculares que permiten reconstruir una extremidad. Estas preguntas pertenecen a la genética, la biología celular, la zoología y la medicina regenerativa.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la vida reconociendo la sabiduría manifestada en ella. El salmista escribió: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24).

  El ajolote constituye una extraordinaria oportunidad para hacerlo. Una extremidad puede perderse y, en lugar de limitarse a cerrar la herida, comienza una compleja secuencia de acontecimientos. Las células responden, los nervios proporcionan señales, los tejidos se reorganizan y poco a poco vuelven a aparecer huesos, músculos, vasos sanguíneos, piel y conexiones nerviosas.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos no disminuye la maravilla, sino que permite contemplarla con mayor profundidad. El ajolote nos recuerda que dentro de una pequeña criatura pueden existir capacidades que apenas comenzamos a comprender: mecanismos capaces no solamente de cerrar una herida, sino de reconstruir con extraordinario orden aquello que se había perdido.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques húmedos de América Central y del Sur vive una pequeña rana que posee una característica tan extraordinaria que parece desafiar lo que esperamos encontrar en un vertebrado. Cuando permanece sobre una hoja, su color verde puede confundirse con la vegetación. Pero al observar algunas especies desde abajo ocurre algo sorprendente: parte de su cuerpo es tan transparente que pueden distinguirse órganos internos a través de la piel.

  Son conocidas como ranas de cristal, anfibios pertenecientes a la familia Centrolenidae. Muchas son pequeñas, delicadas y predominantemente nocturnas. La transparencia varía entre especies, pero en algunas la región ventral permite observar estructuras internas que normalmente permanecerían completamente ocultas en otros vertebrados. El fenómeno resulta todavía más fascinante porque investigaciones recientes han descubierto que ciertas ranas pueden aumentar su transparencia mientras descansan mediante un mecanismo extraordinario relacionado con su propia sangre.

  La rana de cristal no es simplemente un animal con piel transparente. Para comprenderla es necesario estudiar conjuntamente piel, pigmentación, músculos, sangre, circulación y comportamiento. Lo que parece una sencilla característica visual resulta ser el producto de varios sistemas trabajando coordinadamente.

La rana de Cristal, cuando podemos mirar parcialmente dentro de un animal vivo

  El salmista escribió: “Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren” (Salmo 111:2). La rana de cristal constituye un magnífico ejemplo de cuánto puede descubrirse cuando una pequeña criatura es observada con detenimiento.

  La transparencia completa resulta difícil en un organismo terrestre porque los tejidos biológicos contienen numerosas estructuras que absorben, reflejan y dispersan la luz. Células, fibras, pigmentos, vasos sanguíneos y diferentes sustancias hacen que nuestros cuerpos sean normalmente opacos.

  Para que un animal sea parcialmente transparente, varios de estos obstáculos deben reducirse. En las ranas de cristal, determinados tejidos poseen características que permiten que una mayor cantidad de luz los atraviese. La piel ventral puede presentar poca pigmentación, mientras que algunos músculos y otros tejidos permiten cierto grado de transmisión luminosa.

  El resultado no convierte a la rana en algo semejante a un cristal perfectamente transparente. Continúa siendo visible. Sin embargo, comparada con la mayoría de los vertebrados terrestres, su capacidad para permitir el paso de la luz resulta extraordinaria.

Un corazón que puede observarse desde fuera

  En algunas especies, mirar la región ventral permite distinguir órganos internos. Dependiendo de la especie y del grado de transparencia pueden observarse estructuras relacionadas con el sistema digestivo, mientras que en determinadas ranas incluso puede apreciarse el corazón.

  Esta característica ha llamado la atención tanto de científicos como de fotógrafos de naturaleza. Contemplar un vertebrado vivo y observar a través de su superficie estructuras que normalmente estarían escondidas produce una impresión difícil de olvidar.

  Sin embargo, existe un problema. Aunque determinados tejidos sean transparentes, la sangre no lo es.

  Los glóbulos rojos contienen hemoglobina, responsable del transporte de oxígeno. La hemoglobina proporciona a la sangre su característica coloración y los vasos llenos de glóbulos rojos pueden hacer que un tejido resulte mucho más visible.

  ¿Cómo puede entonces una rana aumentar su transparencia si necesita mantener sangre circulando por su cuerpo?

  La respuesta descubierta por los investigadores es extraordinaria.

Cuando la sangre parece desaparecer

  En 2022, investigadores publicaron observaciones detalladas sobre la rana de cristal Hyalinobatrachium fleischmanni. Descubrieron que cuando el animal duerme puede retirar de la circulación periférica una gran proporción de sus glóbulos rojos.

  Los glóbulos rojos no desaparecen ni son destruidos.

  Son almacenados temporalmente principalmente dentro del hígado.

  Los investigadores encontraron que durante el descanso estas ranas pueden concentrar aproximadamente entre ochenta y noventa por ciento de sus glóbulos rojos en el hígado, reduciendo considerablemente la cantidad que circula por otros tejidos.

  Al disminuir la presencia de células sanguíneas rojas en la circulación periférica, el cuerpo se vuelve más transparente.

  Cuando la rana despierta y comienza nuevamente su actividad, los glóbulos rojos regresan a la circulación.

Un extraordinario problema fisiológico

  Este mecanismo plantea inmediatamente una pregunta.

  ¿Cómo puede acumularse una cantidad tan grande de células sanguíneas en un órgano sin producir problemas graves?

  En los seres humanos, una concentración anormal de células sanguíneas y una circulación lenta pueden favorecer fenómenos peligrosos relacionados con coagulación y obstrucción vascular. Sin embargo, la rana de cristal puede almacenar temporalmente enormes cantidades de glóbulos rojos y posteriormente liberarlos nuevamente.

  Los investigadores continúan estudiando cómo consigue hacerlo.

  Esta capacidad podría incluso proporcionar información útil para comprender mejor mecanismos relacionados con coagulación, circulación y enfermedades vasculares. Una pequeña rana escondida sobre una hoja puede contener respuestas a preguntas que también interesan a la medicina humana.

El hígado también necesita ocultarse

  Si los glóbulos rojos se concentran en el hígado, podría parecer que simplemente se ha trasladado el problema visual de un lugar hacia otro.

  Sin embargo, algunas ranas de cristal poseen estructuras y tejidos alrededor de determinados órganos que ayudan a reflejar la luz y reducir su visibilidad externa. El hígado de algunas especies está recubierto por una capa reflectante que ayuda a ocultar la sangre acumulada en su interior.

  De esta manera aparecen varios niveles de funcionamiento.

  Los tejidos permiten el paso de parte de la luz. Los glóbulos rojos pueden retirarse temporalmente de buena parte de la circulación periférica. El hígado almacena esas células y estructuras reflectantes ayudan a disminuir la visibilidad de ciertos órganos.

  La transparencia resulta así mucho más compleja de lo que inicialmente parecía.

La rana de Cristal, Dormir sobre una hoja

  Durante el día, muchas ranas de cristal descansan sobre hojas. Su coloración verde coincide con la vegetación y la transparencia de determinadas regiones corporales puede reducir los contrastes producidos por los bordes del animal.

  Esto es importante porque un depredador no necesita necesariamente reconocer la forma completa de una rana. Puede detectar simplemente una silueta que rompe el patrón de la hoja.

  La transparencia parcial permite que parte de la luz y del color procedentes del entorno interactúen con el cuerpo, haciendo que los límites visuales sean menos definidos.

  Los científicos han descrito este fenómeno como una forma particular de camuflaje, en ocasiones denominada transparencia imperfecta o difusión de bordes.

  La rana continúa siendo visible, pero puede resultar más difícil distinguir exactamente dónde termina la hoja y dónde comienza su cuerpo.

La transparencia no funciona sola

  La supervivencia de la rana de cristal no depende únicamente de sus tejidos transparentes. Su coloración dorsal verde también contribuye a mezclarse con las hojas, mientras que su pequeño tamaño y comportamiento nocturno reducen las oportunidades de ser detectada.

  Durante el día puede permanecer relativamente inmóvil. Esta quietud resulta importante porque incluso un excelente camuflaje pierde eficacia cuando el animal comienza a moverse.

  Color, transparencia, posición y comportamiento funcionan conjuntamente.

  Una vez más encontramos un principio que aparece repetidamente cuando estudiamos los seres vivos: una característica extraordinaria alcanza su verdadera utilidad cuando se integra con muchas otras.

La rana de cristal, huevos colocados sobre las hojas

  La reproducción de las ranas de cristal también presenta características fascinantes. Muchas especies depositan sus huevos sobre hojas situadas encima de arroyos y corrientes de agua.

  Los embriones comienzan su desarrollo protegidos dentro de masas gelatinosas adheridas a la vegetación. Cuando llega el momento apropiado, los renacuajos emergen y caen desde las hojas hasta el agua situada debajo.

  Allí continúan su desarrollo.

  Esta estrategia conecta dos ambientes diferentes. Los huevos comienzan su existencia fuera del agua, mientras que los renacuajos necesitan posteriormente llegar hasta ella.

  La ubicación del lugar donde se depositan los huevos resulta, por tanto, fundamental.

Padres que protegen a la siguiente generación

  En varias especies de ranas de cristal se han observado comportamientos de cuidado parental. Dependiendo de la especie, machos o hembras pueden permanecer cerca de los huevos, protegerlos y realizar conductas que ayudan a mantener condiciones apropiadas.

  Algunos padres defienden las puestas frente a pequeños depredadores y competidores. En determinadas especies, los adultos también pueden contribuir a mantener hidratados los huevos mediante contacto corporal.

  Para una criatura tan pequeña, proteger una masa de huevos representa una inversión importante.

  La supervivencia de la siguiente generación no depende únicamente de producir descendencia. En algunas especies incluye vigilancia, selección del lugar y cuidado durante una etapa particularmente vulnerable.

Una vida suspendida entre hojas y agua

  Las ranas de cristal habitan principalmente ambientes húmedos relacionados con bosques y corrientes de agua. Esta combinación resulta esencial para su forma de vida.

  Los adultos utilizan la vegetación, mientras que los renacuajos necesitan ambientes acuáticos. La humedad ayuda además a mantener las condiciones necesarias para la piel de los anfibios y para el desarrollo de los huevos.

  Una modificación importante del bosque o de la calidad del agua puede afectar varias etapas de su ciclo vital simultáneamente.

  Por ello, algunas especies son especialmente sensibles a la pérdida de hábitat, contaminación y alteración de los cursos de agua.

La piel de un anfibio es mucho más que una cubierta

  La piel de los anfibios desempeña funciones muy diferentes a las de nuestra propia piel. Puede participar en intercambio gaseoso, balance hídrico, protección y comunicación visual.

  En las ranas de cristal se añade otra característica extraordinaria: determinadas regiones poseen propiedades ópticas que permiten un grado considerable de transparencia.

  Esto significa que una estructura de apenas una fracción del grosor de nuestro cuerpo debe cumplir simultáneamente diferentes necesidades. Tiene que actuar como frontera frente al ambiente, participar en procesos fisiológicos y poseer propiedades que modifican la manera en que la luz interactúa con el animal.

  Lo que parece una simple película transparente es en realidad un tejido vivo.

Transparencia sin dejar de estar vivo

  Convertir un objeto inanimado en transparente puede ser relativamente sencillo. El vidrio permite el paso de la luz porque su estructura posee determinadas propiedades físicas.

  Un organismo vivo presenta un problema completamente diferente.

  Necesita células, vasos sanguíneos, proteínas, órganos y tejidos. Necesita transportar oxígeno, nutrientes y productos metabólicos. Cada una de esas estructuras puede interferir con el paso de la luz.

  La rana de cristal demuestra que es posible mantener un cuerpo vertebrado funcional y, al mismo tiempo, reducir significativamente la visibilidad de determinadas estructuras.

  La transparencia no sustituye a la fisiología. Tiene que coexistir con ella.

Una criatura que puede enseñar algo a la medicina

  El descubrimiento de que ciertas ranas de cristal almacenan temporalmente gran parte de sus glóbulos rojos ha despertado especial interés científico.

  Los investigadores desean comprender cómo pueden concentrar tantas células sanguíneas sin desencadenar consecuencias peligrosas y cómo vuelven posteriormente a incorporarlas a la circulación.

  Comprender estos mecanismos podría proporcionar nuevas pistas para estudiar procesos relacionados con coagulación sanguínea y circulación.

  Todavía queda mucho por descubrir, y sería incorrecto afirmar que la rana posee una solución inmediata para enfermedades humanas. Sin embargo, la historia de la medicina demuestra que estudiar mecanismos presentes en otros organismos puede revelar principios biológicos inesperados.

  Una pequeña rana centroamericana podría enseñarnos algo acerca de nuestra propia sangre.

La maravilla aumenta cuando podemos verla

  El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). La rana de cristal constituye una hermosa expresión de esa invitación.

  Durante mucho tiempo los seres humanos podían observar su transparencia. Hoy disponemos de microscopía, técnicas de imagen y métodos experimentales que permiten investigar qué ocurre con su sangre mientras duerme.

  Cada nuevo nivel de observación revela otra capa de complejidad.

  Primero descubrimos una piel parcialmente transparente. Después comprendemos que la sangre representa un obstáculo para esa transparencia. Finalmente descubrimos que algunas especies pueden retirar temporalmente gran parte de sus glóbulos rojos de la circulación y almacenarlos dentro del hígado.

  Cuanto más profundamente observamos, más preguntas aparecen.

Una ventana hacia la sabiduría del Creador

  La Biblia no pretende describir las propiedades ópticas de los tejidos, explicar el comportamiento de los glóbulos rojos durante el sueño ni desarrollar los mecanismos fisiológicos que regulan la coagulación. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la fisiología, la óptica y la biología celular.

  Las Escrituras responden a otra dimensión de nuestra contemplación de la naturaleza. El salmista escribió: “¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios” (Salmo 104:24).

  Desde la perspectiva bíblica, la rana de cristal forma parte de esa extraordinaria diversidad de criaturas. Podemos estudiar científicamente cómo funciona su organismo sin convertir las explicaciones sobre su origen en el propósito del artículo. Lo observable ya resulta suficientemente fascinante: tejidos que permiten el paso de la luz, sangre que cambia temporalmente su distribución, un hígado capaz de almacenar enormes cantidades de glóbulos rojos y un comportamiento que aprovecha esas características mientras el animal descansa sobre una hoja.

  Allí, escondida entre la vegetación de un bosque húmedo, una pequeña rana nos permite contemplar algo extraordinario: un vertebrado vivo cuyo cuerpo puede volverse parcialmente transparente sin dejar de mantener los complejos procesos necesarios para conservar la vida.

  Desde la perspectiva de Cristopedia, conocer cada uno de estos mecanismos nos lleva nuevamente al mismo punto: cuanto más profundamente examinamos la creación, más razones encontramos para maravillarnos ante el conocimiento y la sabiduría del Dios que la hizo. Como declara la Escritura: “Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia” (Proverbios 3:19).

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques fríos de Norteamérica ocurre cada invierno algo que parece incompatible con la vida. Debajo de hojas secas y restos vegetales, una pequeña rana puede quedar expuesta a temperaturas inferiores al punto de congelación. Poco a poco comienza a formarse hielo alrededor de su cuerpo y también en algunos espacios internos. Su corazón deja de latir, la respiración se detiene y durante un tiempo el animal muestra muy pocas señales visibles de actividad.

  Si algo semejante ocurriera en un ser humano, las consecuencias serían devastadoras. La formación de hielo puede romper estructuras celulares, alterar membranas y producir graves daños en los tejidos. Sin embargo, la rana de madera (Lithobates sylvaticus) posee mecanismos fisiológicos que le permiten tolerar una congelación parcial y recuperar posteriormente sus funciones cuando aumenta nuevamente la temperatura.

  La rana no permanece completamente congelada como un bloque sólido. Una parte importante del agua corporal puede convertirse en hielo, principalmente fuera de las células, mientras mecanismos bioquímicos ayudan a mantener protegidos los espacios celulares donde la formación de cristales sería especialmente peligrosa. Su supervivencia depende de controlar dónde se forma el hielo, proteger las células y mantener reservas suficientes para reanudar la actividad cuando llega el deshielo.

La rana de madera, cuando el invierno parece detener la vida

  El libro de Job describe con admiración el frío y la formación del hielo:

“¿De qué vientre salió el hielo? Y la escarcha del cielo, ¿quién la engendró? Las aguas se endurecen a manera de piedra, y se congela la faz del abismo.”
(Job 38:29-30)

  Para muchos animales, la llegada de temperaturas bajo cero requiere buscar refugios donde el agua corporal no llegue a congelarse. Algunos migran, otros utilizan madrigueras profundas y muchas especies reducen considerablemente su actividad. La rana de madera posee una estrategia diferente: puede tolerar que parte del hielo realmente se forme.

  Esta capacidad no significa que el frío deje de representar un peligro. El organismo solamente puede sobrevivir dentro de determinados límites de temperatura, duración y proporción de congelación. Lo extraordinario es que posee respuestas fisiológicas capaces de convertir una situación normalmente destructiva en un estado temporal del cual puede recuperarse.

El verdadero peligro de congelarse

  El agua constituye gran parte del cuerpo de los animales. Se encuentra dentro de las células, alrededor de ellas y formando parte de la sangre y otros líquidos corporales. Cuando el agua se congela aumenta su organización en estructuras cristalinas, y estos cristales pueden producir daños físicos.

  La formación de hielo dentro de una célula resulta particularmente peligrosa. Puede alterar membranas, proteínas y estructuras internas necesarias para mantener la vida. Por ello, la rana necesita limitar cuidadosamente dónde ocurre la congelación.

  Durante el descenso de temperatura, el hielo comienza principalmente en los líquidos extracelulares. Conforme parte del agua externa se transforma en hielo, aumenta la concentración de sustancias disueltas en el líquido que todavía permanece sin congelar. Esto modifica el movimiento del agua entre el interior y el exterior de las células.

  Una parte del agua sale entonces de las células, ayudando a reducir la posibilidad de que se formen grandes cristales de hielo dentro de ellas.

  La rana pierde temporalmente agua celular, pero evita un problema mucho más peligroso.

El hígado libera una enorme cantidad de glucosa

  Cuando comienza la congelación ocurre una de las respuestas más importantes del organismo. El hígado transforma rápidamente sus reservas de glucógeno en glucosa y libera grandes cantidades hacia la sangre.

  La glucosa se distribuye después hacia diferentes tejidos.

  Normalmente pensamos en este azúcar principalmente como combustible energético. En la rana de madera cumple además una función extraordinaria como crioprotector, es decir, una sustancia que ayuda a proteger las células durante la congelación.

  Al aumentar considerablemente su concentración, la glucosa modifica las propiedades de los líquidos celulares, favorece la retención de agua dentro de las células y ayuda a estabilizar membranas y proteínas.

  Una molécula utilizada habitualmente para obtener energía participa ahora en la protección frente al hielo.

La glucosa funciona como un anticongelante biológico, pero no impide todo el hielo

  A veces se compara la glucosa con el anticongelante utilizado en un automóvil. La comparación ayuda a comprender parte de su función, pero existe una diferencia importante.

  La rana no evita completamente que su cuerpo se congele.

  Si eso ocurriera, hablaríamos de una estrategia destinada simplemente a mantener líquidos todos sus tejidos. En realidad, permite que cierta cantidad de hielo se forme mientras protege las células más vulnerables.

  Por ello resulta más correcto pensar en la glucosa como una sustancia que limita los daños asociados con la congelación, en lugar de imaginar que mantiene todo el organismo líquido.

  El sistema no lucha simplemente contra el hielo. Lo controla.

También interviene la urea

  La glucosa no trabaja sola. Otro compuesto que puede aumentar en la rana de madera antes y durante los períodos fríos es la urea.

  En muchos animales la urea se conoce principalmente como un producto derivado del metabolismo que finalmente debe eliminarse. Sin embargo, en esta rana puede acumularse y contribuir también a la protección de los tejidos.

  La combinación de diferentes moléculas ayuda a mantener la estabilidad celular durante condiciones que normalmente resultarían extremadamente dañinas.

  Una vez más, una sustancia puede cumplir funciones diferentes dependiendo del contexto fisiológico.

El corazón puede dejar de latir

  A medida que progresa la congelación, la circulación disminuye.

  Finalmente, el corazón puede detenerse.

  La rana deja también de realizar los movimientos respiratorios habituales.

  Durante este estado el metabolismo se reduce enormemente y muchas funciones que normalmente asociamos inmediatamente con la vida quedan suspendidas o disminuidas a niveles muy bajos.

  Esto no significa que las células estén muertas. Permanecen en un estado de actividad reducida, utilizando los recursos disponibles con enorme economía.

  La capacidad de disminuir el metabolismo es fundamental porque durante la congelación no existe una circulación normal capaz de llevar continuamente oxígeno y nutrientes hacia todos los tejidos.

Vivir temporalmente con muy poco oxígeno

  El cerebro, los músculos y otros órganos deben tolerar condiciones que serían peligrosas para muchos vertebrados.

  Cuando la circulación se detiene, disminuye drásticamente el transporte de oxígeno. Las células necesitan entonces modificar su metabolismo y reducir sus demandas energéticas.

  Diversos sistemas bioquímicos ayudan a limitar daños durante este período de baja disponibilidad de oxígeno.

  La supervivencia depende, por tanto, de mucho más que evitar que las células se rompan por el hielo. El organismo también debe soportar temporalmente un funcionamiento cardiovascular y respiratorio extremadamente reducido.

El cuerpo se convierte parcialmente en hielo

  En condiciones apropiadas, una proporción considerable del agua corporal de la rana puede congelarse.

  El hielo aparece principalmente en espacios extracelulares y determinadas cavidades, mientras las células permanecen protegidas por los cambios osmóticos y la presencia de sustancias crioprotectoras.

  El animal se vuelve rígido.

  No salta.

  No come.

  Su respiración deja de ser visible y el corazón puede permanecer detenido.

  Desde el exterior parece que la vida se ha apagado.

  Pero dentro de sus tejidos continúan existiendo células protegidas y mecanismos preparados para responder cuando las condiciones cambien.

Entonces llega el deshielo

  Cuando la temperatura del ambiente aumenta, el hielo comienza a derretirse.

  Este momento resulta tan delicado como la congelación.

  El agua debe regresar gradualmente hacia los compartimentos apropiados, las concentraciones químicas deben normalizarse y los órganos necesitan reiniciar sus funciones sin sufrir daños por cambios demasiado abruptos.

  La circulación comienza a recuperarse y el corazón vuelve a latir. Posteriormente se restablecen la respiración y otros procesos fisiológicos.

  Con el paso del tiempo, la rana recupera movilidad.

  El animal que parecía completamente inmóvil vuelve a desplazarse.

Despertar exige coordinación

  Reanudar las funciones corporales no consiste simplemente en calentar el animal.

  Durante la congelación ocurrieron cambios importantes en el agua corporal, la concentración de glucosa, la circulación y el metabolismo. El organismo debe revertirlos de manera ordenada.

  La sangre vuelve a distribuirse. Las células recuperan agua. Los productos metabólicos acumulados necesitan procesarse y los tejidos deben recibir nuevamente oxígeno.

  La recuperación requiere coordinación entre hígado, corazón, vasos sanguíneos, riñones, sistema nervioso y células de todo el organismo.

  Sobrevivir a la congelación exige tanto un mecanismo para entrar en ese estado como otro para salir de él.

El lugar donde pasa el invierno también importa

  La rana de madera suele pasar el invierno protegida debajo de hojas, materia vegetal y otros refugios cercanos a la superficie del suelo.

  Esto puede parecer peligroso porque esos lugares pueden alcanzar temperaturas inferiores al punto de congelación. Sin embargo, la capa de hojas y, posteriormente, la nieve pueden proporcionar cierto aislamiento frente a condiciones todavía más extremas.

  La elección del refugio forma parte de la estrategia.

  La fisiología posee límites, y el comportamiento ayuda a mantener al animal dentro de ellos.

  Una rana capaz de tolerar congelación continúa necesitando un ambiente adecuado para sobrevivir al invierno.

Una preparación que comienza antes del frío extremo

  La capacidad para pasar el invierno no aparece repentinamente cuando el primer cristal de hielo toca el cuerpo.

  Cambios estacionales en metabolismo, reservas energéticas y sustancias protectoras preparan al organismo para las condiciones que se aproximan.

  El hígado necesita disponer de glucógeno suficiente para liberar rápidamente la glucosa necesaria. Otros tejidos modifican su fisiología y el metabolismo general comienza a ajustarse.

  La supervivencia depende de estar preparado antes de que llegue el momento crítico.

Congelarse sin convertirse completamente en hielo

  Existe una diferencia importante entre la rana de madera y un organismo completamente congelado.

  No toda el agua corporal se transforma en hielo. Ciertas regiones permanecen líquidas y las células mantienen componentes internos necesarios para conservar su viabilidad.

  El objetivo fisiológico no es congelar todo el cuerpo de manera uniforme, sino tolerar una proporción considerable de hielo mientras se evita la cristalización destructiva en lugares sensibles.

  Este equilibrio es fundamental.

  Demasiada congelación puede resultar mortal. Muy poca protección celular también.

  La vida se mantiene dentro de límites precisos.

Una pequeña rana capaz de vivir muy al norte

  La rana de madera posee una amplia distribución en América del Norte y puede encontrarse en regiones donde los inviernos son intensos. Algunas poblaciones habitan áreas de Alaska y Canadá sometidas a períodos prolongados de frío.

  Los investigadores han descubierto que la tolerancia puede variar entre poblaciones según las condiciones donde viven. Algunas son capaces de soportar temperaturas y períodos de congelación más exigentes que otras.

  Esto permite estudiar cómo diferentes factores fisiológicos contribuyen a la supervivencia en ambientes fríos.

  La rana se ha convertido así en un importante modelo para comprender criobiología, metabolismo y tolerancia a condiciones extremas.

Lo que esta rana puede enseñar a la medicina

  Comprender cómo determinados tejidos sobreviven períodos con circulación reducida y bajas temperaturas resulta interesante para varias áreas de investigación médica.

  La preservación de órganos para trasplantes, por ejemplo, enfrenta un problema fundamental: los tejidos comienzan a deteriorarse cuando dejan de recibir sangre y oxígeno.

  Estudiar animales capaces de reducir drásticamente su metabolismo y tolerar períodos de congelación puede proporcionar información acerca de mecanismos celulares protectores.

  Esto no significa que los científicos puedan congelar actualmente a una persona y despertarla posteriormente como ocurre con la rana. La fisiología humana es completamente diferente y la congelación de nuestro organismo produciría daños graves.

  El valor científico consiste en comprender principios celulares que algún día podrían contribuir a mejorar métodos de preservación de tejidos y órganos.

Una estrategia diferente a escapar del invierno

  Muchas criaturas responden al frío buscando temperaturas más cálidas. Algunas aves migran grandes distancias y numerosos mamíferos utilizan madrigueras o desarrollan gruesas capas aislantes.

  La rana de madera muestra otra posibilidad.

  No necesita escapar completamente del hielo.

  Su organismo está preparado para tolerarlo dentro de ciertos límites.

  Esta diversidad de estrategias hace que el estudio de la creación resulte especialmente fascinante. Ante un mismo desafío ambiental, diferentes criaturas poseen soluciones completamente distintas.

La maravilla ocurre dentro de las células

  A simple vista, una rana congelada puede parecer solamente un pequeño cuerpo rígido bajo las hojas.

  La verdadera historia ocurre a escala microscópica.

  El agua cambia de compartimento. La glucosa aumenta rápidamente. Las membranas celulares necesitan conservar su integridad. Las proteínas deben continuar siendo funcionales y el metabolismo tiene que reducirse sin apagarse de manera irreversible.

  Miles de millones de células enfrentan simultáneamente el mismo desafío.

  Después, cuando aumenta la temperatura, todos esos procesos deben comenzar a revertirse.

  Lo extraordinario no es solamente que la rana sobreviva.

  Es la cantidad de mecanismos que deben funcionar correctamente para hacerlo posible.

Una criatura que nos invita a contemplar

  El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). La rana de madera constituye una magnífica respuesta a esa invitación.

  La Biblia no pretende describir crioprotectores, explicar el movimiento osmótico del agua o analizar el metabolismo celular durante la congelación. Estas preguntas corresponden a disciplinas como la zoología, la bioquímica y la fisiología.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a reconocer la sabiduría presente en aquello que observamos:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La rana de madera nos permite contemplar esa sabiduría en un lugar inesperado. Cuando el invierno llega, parte de su agua corporal se convierte en hielo, el corazón puede detenerse y la respiración queda suspendida. Sin embargo, el hígado libera grandes cantidades de glucosa, las células modifican su contenido de agua, el metabolismo disminuye y los tejidos permanecen protegidos dentro de límites cuidadosamente regulados.

  Cuando vuelve el calor, el proceso comienza a invertirse. El hielo se derrite, la circulación se restablece, el corazón recupera su actividad y el pequeño anfibio vuelve a moverse entre las hojas del bosque.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos no elimina el asombro; lo aumenta. La rana de madera nos recuerda que incluso bajo el hielo pueden existir sistemas extraordinarios preparados para preservar la vida. Donde nuestros ojos ven un pequeño cuerpo inmóvil, en su interior ocurre una compleja coordinación de química, fisiología y regulación que nos permite contemplar otra maravillosa expresión de la sabiduría del Creador.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Perder una pata sería una lesión permanente para la mayoría de los vertebrados. Huesos, músculos, nervios, vasos sanguíneos y piel desaparecerían juntos, y aunque la herida pudiera cicatrizar, la extremidad no volvería a formarse. Sin embargo, entre las salamandras encontramos una capacidad que ha fascinado durante generaciones a médicos y biólogos: muchas especies pueden regenerar extremidades perdidas y reparar diversos tejidos complejos.

  Lo extraordinario no consiste simplemente en que vuelva a crecer algo donde antes existía una pata. Para reconstruir una extremidad funcional deben reaparecer diferentes tejidos en posiciones precisas. El hueso necesita recuperar su estructura, los músculos deben organizarse alrededor de él, los vasos sanguíneos tienen que irrigar los nuevos tejidos, los nervios deben establecer conexiones y la piel finalmente debe cubrir la región reconstruida.

  Una salamandra no posee solamente la capacidad de producir células nuevas. Su organismo conserva y utiliza información que permite organizar esas células hasta reconstruir una estructura compleja. Esa diferencia convierte la regeneración en uno de los fenómenos más impresionantes de la biología.

La salamandra, cerrar una herida no es lo mismo que reconstruir lo perdido

  Cuando una persona sufre una herida, el cuerpo pone inmediatamente en marcha mecanismos para detener el sangrado, combatir microorganismos y cerrar la región dañada. La inflamación, la formación de nuevos vasos y la producción de tejido cicatricial forman parte de un extraordinario sistema de reparación.

  Pero reparar una herida y regenerar una extremidad completa son procesos muy diferentes. Nuestro organismo puede cerrar el lugar donde ocurrió una amputación, pero no reconstruye normalmente una nueva mano o una nueva pierna.

  Muchas salamandras responden de otra manera. Después de perder una extremidad, la superficie de la lesión comienza a cubrirse rápidamente con células epidérmicas. Se forma entonces una estructura especializada denominada epidermis de la herida, que posteriormente participa en las señales necesarias para la regeneración.

  Debajo de ella comienza a organizarse una población de células que formará una estructura conocida como blastema.

  Allí comienza una de las partes más extraordinarias del proceso.

La salamandra, un anfibio que se regenera asi mismo

El blastema — donde comienza la reconstrucción

  El blastema puede parecer inicialmente una pequeña masa de células en el extremo de la extremidad lesionada. Sin embargo, dentro de esa región se está preparando la reconstrucción de una estructura completa.

  Células procedentes de diferentes tejidos participan en el proceso. Algunas modifican su estado, otras proliferan y diversas poblaciones celulares contribuyen posteriormente a reconstruir los tejidos correspondientes.

  Pero multiplicar células no sería suficiente.

  Si únicamente existiera crecimiento, podría producirse una masa desorganizada. Para formar una nueva extremidad es necesario establecer posiciones, proporciones y relaciones entre diferentes estructuras. La salamandra necesita reconstruir únicamente aquello que falta.

  Si la lesión ocurre en una región determinada de la extremidad, el organismo no comienza necesariamente todo desde el principio. Existe información posicional que contribuye a determinar qué estructuras deben volver a formarse a partir del lugar donde ocurrió la lesión.

¿Cómo sabe el cuerpo qué parte falta?

  Esta pregunta constituye uno de los aspectos más fascinantes de la regeneración.

  Imaginemos que un edificio pierde únicamente sus pisos superiores. Para repararlo correctamente no sería suficiente disponer de cemento, acero y trabajadores. Sería necesario conocer qué parte desapareció y cómo debe conectarse con aquello que permanece.

  La salamandra enfrenta un desafío semejante.

  Las células situadas alrededor de la lesión poseen información molecular relacionada con su posición dentro de la extremidad. Durante la regeneración, diferentes señales permiten coordinar qué estructuras necesitan reconstruirse.

  No basta con producir hueso. Debe producirse el hueso apropiado, en el lugar apropiado y con la orientación apropiada. Lo mismo ocurre con músculos, nervios, tendones, vasos sanguíneos y piel.

  Por eso la regeneración es también un problema de información biológica.

Primero crecer, después organizar

  Las células del blastema comienzan a proliferar y la nueva estructura aumenta progresivamente de tamaño. Después aparecen regiones que darán origen a diferentes componentes de la extremidad.

  Se desarrollan nuevamente elementos esqueléticos. Los músculos recuperan su distribución. Los vasos sanguíneos penetran en los tejidos que están creciendo y los nervios comienzan a establecer conexiones.

  Si se está reconstruyendo una pata, finalmente aparecen también los dedos correspondientes.

  Todo esto debe ocurrir conservando proporciones adecuadas.

  Una extremidad funcional requiere que sus componentes encajen entre sí. Una articulación necesita superficies compatibles. Un músculo debe insertarse en lugares apropiados para producir movimiento. Los nervios tienen que alcanzar tejidos específicos y los vasos necesitan distribuir sangre a toda la región.

  El organismo no está fabricando piezas independientes.

  Está reconstruyendo un sistema.

Los nervios son indispensables

  Uno de los descubrimientos más importantes sobre la regeneración de las salamandras es que los nervios desempeñan un papel fundamental.

  Podríamos imaginar que primero aparece una nueva extremidad y posteriormente los nervios simplemente crecen dentro de ella. Sin embargo, la realidad es más interesante. Las señales procedentes de los nervios participan activamente en el mantenimiento y crecimiento del blastema.

  Cuando experimentalmente se elimina una cantidad suficiente de inervación de una extremidad lesionada, la regeneración puede detenerse o resultar gravemente afectada.

  Esto demuestra nuevamente que ningún componente trabaja de manera aislada.

  Las células regenerativas necesitan señales. Los nervios participan en esas señales. La epidermis especializada también interviene. Diferentes moléculas reguladoras coordinan proliferación y organización.

  La regeneración emerge de la comunicación entre múltiples sistemas.

Los vasos sanguíneos también deben regresar

  Cada nuevo tejido necesita oxígeno y nutrientes. Por ello, conforme la extremidad crece también debe reconstruirse su red vascular.

  Los vasos sanguíneos penetran progresivamente en las regiones regeneradas y permiten mantener vivas las nuevas células. Finalmente deben conectarse con la circulación existente.

  El desafío es enorme. Una pata no puede reconstruirse únicamente desde el exterior hacia adentro. Huesos, músculos, vasos y nervios necesitan desarrollarse de manera coordinada mientras cambia continuamente el tamaño de la estructura.

  El resultado final debe integrarse con el resto del cuerpo como una parte funcional.

El crecimiento también necesita saber cuándo detenerse

  Existe otro problema que muchas veces pasa inadvertido.

  Comenzar a crecer es solamente la mitad del desafío.

  La salmandra, un organismo que también sabe cuando detener su proceso regenerativo.

  Si las células continuaran multiplicándose indefinidamente, la regeneración no produciría una extremidad normal. El crecimiento necesita reducirse cuando se alcanza la forma y el tamaño apropiados.

  Esto significa que el sistema debe regular tanto la producción de nuevos tejidos como el momento en que esa producción deja de ser necesaria.

  Inicio, crecimiento, diferenciación, organización y terminación forman parte de un mismo proceso.

No solamente pueden regenerar patas

  Las capacidades regenerativas de las salamandras no se limitan a sus extremidades. Dependiendo de la especie, pueden reparar o regenerar diferentes tejidos y estructuras en grados sorprendentes.

  Entre ellas se encuentran partes de la cola, médula espinal, mandíbula y determinados tejidos del ojo. Algunas especies han sido especialmente estudiadas por su capacidad para reparar tejido cardíaco.

  No todas las salamandras poseen exactamente las mismas capacidades ni todos los tejidos responden de manera idéntica. Por ello, los científicos comparan especies y órganos para comprender qué mecanismos comparten y cuáles son particulares.

  Esta diversidad proporciona numerosos modelos para investigar cómo un vertebrado puede responder a lesiones que en otros animales dejarían daños permanentes.

Una médula espinal capaz de repararse

  Las lesiones de la médula espinal representan uno de los grandes desafíos de la medicina humana. Cuando determinadas conexiones nerviosas son destruidas, nuestro sistema nervioso central posee una capacidad limitada para reconstruirlas.

  Algunas salamandras pueden responder de manera muy diferente.

  Después de ciertas lesiones, células asociadas con la médula espinal pueden proliferar y participar en la reconstrucción del tejido. Nuevas conexiones pueden establecerse y determinadas funciones recuperarse.

  Comprender cómo ocurre esto resulta de enorme interés para la neurobiología.

  Los científicos buscan conocer qué señales permiten a las células nerviosas crecer, qué mecanismos limitan la cicatrización y cómo se reconstruye un ambiente favorable para restablecer conexiones.

Incluso el corazón puede mostrar una extraordinaria capacidad de reparación

  El músculo cardíaco humano posee una capacidad regenerativa muy limitada después de lesiones importantes. Cuando una región extensa resulta dañada, parte de ella puede ser sustituida por tejido cicatricial.

  En algunas salamandras, la respuesta puede incluir una reparación mucho más regenerativa.

  Células cardíacas pueden participar en procesos que ayudan a reconstruir tejido lesionado, mientras la organización del corazón se restablece de una manera que continúa sorprendiendo a los investigadores.

  La pregunta médica resulta inevitable: ¿qué mecanismos permiten a estos animales realizar algo que nuestro organismo hace de manera mucho más limitada?

Por qué la medicina estudia a las salamandras

  Los científicos no investigan estos animales porque esperen simplemente copiar su capacidad y conseguir inmediatamente que una persona regenere una pierna.

  El objetivo es comprender los principios.

  ¿Qué señales activan la regeneración? ¿Cómo responden las células? ¿Cómo se evita una cicatriz que bloquee el proceso? ¿Cómo saben los tejidos qué deben reconstruir? ¿Qué función cumplen los nervios? ¿Cómo se controla la proliferación celular? ¿Qué señales indican que ha llegado el momento de detener el crecimiento?

  Cada respuesta puede proporcionar información valiosa para la medicina regenerativa.

  Quizá algunos de estos conocimientos contribuyan en el futuro a mejorar la reparación de nervios, músculos, piel, corazón u otros tejidos humanos. Sin embargo, todavía existe una enorme distancia entre comprender un mecanismo presente en una salamandra y aplicarlo de manera segura en pacientes.

Regeneración no significa inmortalidad

  La extraordinaria capacidad regenerativa de las salamandras tampoco significa que sean indestructibles.

  Existen límites. La gravedad de una lesión, su ubicación, el estado del animal, infecciones y otros factores pueden afectar el resultado.

  Una salamandra puede morir por heridas graves, enfermedades o condiciones ambientales desfavorables.

  La regeneración no elimina la fragilidad de la vida. Representa una extraordinaria capacidad de reparación dentro de límites biológicos determinados.

La piel también participa desde el comienzo

  Los anfibios poseen una piel particularmente importante para su fisiología. No es simplemente una cubierta externa. Participa en intercambio de sustancias, balance de agua y, en muchas especies, respiración cutánea.

  Durante la regeneración, la epidermis que cubre rápidamente la herida desempeña además funciones relacionadas con las señales que mantienen el proceso regenerativo.

  Esto demuestra nuevamente que una estructura puede realizar diferentes funciones dependiendo de las circunstancias.

  La misma piel que separa al organismo del ambiente participa también en la preparación de una región donde comenzará la reconstrucción.

Una orquesta celular trabajando sin director visible

  Observar la regeneración de una salamandra es contemplar coordinación.

  Las células necesitan comunicarse mediante señales químicas. Los genes apropiados deben activarse y otros reducir su actividad. Los nervios proporcionan señales. Los vasos sanguíneos vuelven a desarrollarse. Los tejidos recuperan su identidad y finalmente la extremidad adquiere nuevamente su forma.

  Ninguna célula individual posee por sí sola una pata completa.

  El resultado aparece porque millones de células trabajan siguiendo información y señales dentro de un sistema organizado.

  Podríamos comparar el fenómeno con una orquesta. Cada instrumento produce solamente una parte, pero cuando todos siguen una misma estructura musical aparece algo que ninguno podría producir individualmente.

  En la salamandra, esa coordinación se desarrolla a nivel celular y molecular.

Una pequeña criatura que plantea enormes preguntas

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán.”
(Job 12:7)

  Las salamandras demuestran cuánto podemos aprender al seguir esa invitación.

  Durante siglos, una extremidad regenerada podía contemplarse únicamente como una curiosidad. Actualmente, microscopía, genética, biología celular y técnicas modernas de imagen permiten observar lo que ocurre dentro de los tejidos.

  Cada nuevo descubrimiento hace aparecer preguntas todavía más profundas.

  ¿Cómo conserva una célula información acerca de su posición? ¿Cómo reconoce el organismo qué parte falta? ¿Cómo coordinan sus acciones millones de células? ¿Por qué determinadas especies poseen capacidades regenerativas tan extraordinarias mientras otras las poseen de manera mucho más limitada?

  La ciencia continúa investigando estas preguntas.

Cuando sanar significa reconstruir

  El salmista escribió:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La Biblia no pretende describir el blastema, explicar las señales moleculares de los nervios ni identificar los genes que participan en la regeneración. Estas preguntas corresponden a la zoología, la genética, la fisiología y la medicina regenerativa.

  Pero las Escrituras sí nos invitan a contemplar la naturaleza y reconocer en ella sabiduría, orden y propósito.

  La salamandra proporciona una oportunidad extraordinaria para hacerlo. Después de perder una extremidad, su organismo no se limita a cerrar la herida. Comienza una secuencia cuidadosamente coordinada. La superficie queda protegida, aparece el blastema, las células proliferan, los nervios proporcionan señales, los vasos regresan y diferentes tejidos comienzan a organizarse.

  Poco a poco reaparecen huesos, músculos, vasos sanguíneos, nervios y piel.

  Y finalmente ocurre algo igualmente importante: el crecimiento se detiene.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer cada uno de estos mecanismos aumenta nuestra admiración. La salamandra nos recuerda que sanar puede significar mucho más que cerrar una herida. Dentro de una pequeña criatura existe la capacidad de reconocer aquello que se ha perdido, movilizar diferentes sistemas y reconstruir ordenadamente una estructura completa.

  Cuanto más profundamente contemplamos ese proceso, más apropiadas parecen las palabras de la Escritura:

“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
(Proverbios 3:19)

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En lo alto de los bosques tropicales de Asia vive una rana capaz de realizar algo que parece imposible para un anfibio. Cuando necesita desplazarse desde una rama elevada, puede lanzarse al vacío, extender sus cuatro extremidades y abrir ampliamente sus enormes patas palmeadas. En lugar de caer directamente hacia el suelo, su cuerpo comienza a desplazarse hacia adelante mientras controla el descenso hasta alcanzar otra rama, un tronco o la vegetación situada varios metros más abajo.

  Se las conoce popularmente como ranas voladoras, aunque en realidad no vuelan como las aves o los murciélagos. No poseen alas ni producen un vuelo propulsado. Lo que hacen es planear, utilizando la forma de su cuerpo, las membranas existentes entre sus dedos y la posición de sus extremidades para aumentar la superficie que interactúa con el aire.

  Entre las más conocidas se encuentra la rana voladora de Wallace (Rhacophorus nigropalmatus), habitante de bosques del sudeste asiático. Sus enormes patas palmeadas parecen desproporcionadas cuando el animal permanece inmóvil sobre una rama. Pero cuando salta desde las alturas se descubre la función extraordinaria de esas estructuras: las mismas patas que le permiten sujetarse a la vegetación se convierten en superficies aerodinámicas capaces de ayudarle a controlar una caída.

La rana voladora, cuando una pata se convierte en una superficie para planear

  El libro de Job contiene una invitación extraordinaria: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). La rana voladora constituye un magnífico ejemplo de cuánto puede aprenderse observando una criatura aparentemente sencilla.

  Una rana común posee membranas entre los dedos principalmente relacionadas con el desplazamiento en el agua. En las ranas planeadoras, esas membranas pueden alcanzar dimensiones extraordinarias. Cuando los dedos se separan, el tejido existente entre ellos se extiende y forma una superficie considerable.

  Pero las patas no trabajan solas. Durante el salto, la rana extiende las extremidades hacia los lados, aplana su postura y utiliza diferentes regiones de su cuerpo para aumentar la resistencia al aire. Algunas especies presentan además pliegues de piel en las extremidades que incrementan todavía más la superficie disponible.

  El resultado es un organismo que durante unos instantes cambia completamente la manera en que interactúa con el aire.

  No aparecen alas. El cuerpo que ya posee se reorganiza para cumplir temporalmente otra función.

La rana voladora, caer y planear son cosas diferentes

  Si una rana ordinaria salta desde una rama elevada, la gravedad acelera su cuerpo hacia el suelo. La resistencia del aire disminuye parcialmente esa aceleración, pero el desplazamiento continúa siendo principalmente vertical.

  La rana voladora modifica esa relación.

  Al extender sus extremidades y superficies palmeadas aumenta el área expuesta al aire. La interacción entre el cuerpo y el flujo de aire genera fuerzas que reducen la velocidad de descenso y permiten transformar parte de la caída en desplazamiento horizontal.

  La gravedad continúa actuando. La rana sigue perdiendo altura y finalmente debe aterrizar. Sin embargo, mientras desciende puede recorrer una distancia horizontal considerable.

  Por eso es importante utilizar correctamente la palabra planeo. Un murciélago puede batir sus alas y producir continuamente las fuerzas necesarias para mantenerse y avanzar en el aire. La rana depende de la altura desde la cual comienza el salto.

  La altura funciona como una reserva de energía que puede utilizar durante el descenso.

Cuatro pequeñas superficies trabajando simultáneamente

  La anatomía de la rana presenta una diferencia interesante respecto de muchos animales planeadores. No depende de una única membrana grande situada a los lados del cuerpo. Buena parte de su control procede de cuatro superficies distribuidas alrededor del organismo: sus patas ampliamente palmeadas.

  Esto proporciona posibilidades extraordinarias para modificar la posición durante el descenso.

  Una pequeña variación en la orientación de una pata puede cambiar la manera en que el aire ejerce fuerza sobre esa región. Al modificar simultáneamente diferentes extremidades, el animal puede realizar correcciones en su trayectoria.

  El principio recuerda, en cierta manera, las superficies de control de una aeronave. No porque la rana posea pequeñas alas mecánicas, sino porque diferentes superficies pueden cambiar su orientación respecto del aire y alterar el movimiento.

  La coordinación necesaria ocurre en fracciones de segundo.

La rana voladora, los dedos deben abrirse en el momento apropiado

  Las membranas solamente funcionan como superficies amplias cuando los dedos están extendidos.

  Por eso el sistema muscular y nervioso también resulta fundamental. Antes y durante el salto, la rana debe separar los dedos, extender las extremidades y mantener una postura apropiada.

  La piel proporciona la superficie. Los huesos de los dedos proporcionan soporte. Los músculos controlan la posición y el sistema nervioso coordina el movimiento.

  Ninguna de estas características aislada produciría el mismo resultado.

  Una membrana grande con dedos incapaces de extenderse sería poco útil. Dedos largos sin suficiente membrana tampoco proporcionarían la misma superficie. Y ambos elementos sin coordinación neuromuscular no permitirían controlar eficazmente el descenso.

  El planeo aparece cuando diferentes estructuras funcionan como un sistema.

El aterrizaje puede ser más difícil que el salto

  Lanzarse desde una rama solamente inicia el problema.

  La rana también debe llegar de manera segura a otra superficie.

  Conforme se aproxima a un tronco o a una rama, necesita modificar la posición de las extremidades para controlar el descenso y prepararse para el impacto. Sus patas extendidas ayudan a disminuir la velocidad, mientras los dedos se encuentran preparados para establecer contacto con la superficie.

  Muchas ranas arborícolas poseen discos adhesivos en los extremos de los dedos. Estas estructuras ayudan a sujetarse a hojas, ramas y otras superficies.

  Así, una secuencia que comenzó con las patas funcionando como superficies aerodinámicas termina con los mismos miembros participando en el aterrizaje y la sujeción.

  En cuestión de segundos, una extremidad puede intervenir en salto, planeo, frenado y adhesión.

Patas capaces de sujetarse a las hojas

  La vida en los árboles presenta desafíos diferentes a la vida sobre el suelo. Una superficie puede ser vertical, inclinada, estrecha o incluso moverse con el viento. Además, las hojas de un bosque tropical suelen estar mojadas.

  Los discos de los dedos de muchas ranas arborícolas poseen una estructura especializada que favorece la adhesión. La superficie está formada por células organizadas en patrones microscópicos y una fina película de líquido puede participar en las fuerzas que permiten mantener el contacto.

  Esto resulta especialmente importante después de un planeo.

  No serviría de mucho atravesar varios metros por el aire si el animal no pudiera sujetarse cuando alcanza la siguiente superficie.

  Una vez más, diferentes características adquieren sentido cuando se contemplan conjuntamente.

Una vida lejos del suelo

  Las ranas voladoras pasan gran parte de su existencia entre árboles y vegetación elevada. Allí encuentran alimento, protección y lugares relacionados con la reproducción.

  Permanecer en las alturas también permite utilizar el planeo como una forma eficiente de desplazamiento. Descender completamente por un árbol, recorrer el suelo y subir nuevamente por otro requeriría un trayecto mucho mayor.

  Desde una posición elevada existe otra posibilidad: utilizar el espacio existente entre los árboles.

  El bosque deja entonces de ser solamente una superficie horizontal. Para la rana es un ambiente tridimensional compuesto por diferentes niveles, ramas, hojas y espacios abiertos.

  Su anatomía le permite utilizar ese mundo vertical de una manera extraordinaria.

Incluso la reproducción ocurre sobre los árboles

  Algunas ranas del género Rhacophorus presentan además comportamientos reproductivos fascinantes. En diferentes especies, los huevos pueden depositarse dentro de nidos de espuma construidos sobre vegetación situada encima de cuerpos de agua.

  La espuma ayuda a proporcionar un ambiente húmedo y protector durante las primeras etapas del desarrollo.

  Cuando los renacuajos alcanzan una fase apropiada, terminan llegando al agua situada debajo, donde continúan su desarrollo.

  Esta estrategia conecta nuevamente las alturas del bosque con el ambiente acuático que los anfibios necesitan durante parte de su ciclo de vida.

  El lugar elegido para construir el nido resulta fundamental. Demasiado lejos del agua y los renacuajos tendrían dificultades para alcanzarla; una posición adecuada permite que la gravedad participe también en esta etapa de la vida.

La gravedad no siempre es un enemigo

  Uno de los aspectos más interesantes de la rana voladora es la manera en que utiliza una fuerza que podría representar un peligro.

  La gravedad inevitablemente atrae al animal hacia abajo. Desde una gran altura, una caída descontrolada podría producir lesiones.

  Pero cuando el cuerpo posee superficies apropiadas, esa misma caída puede transformarse en desplazamiento.

  La rana no elimina la gravedad.

  La utiliza.

  Su posición elevada proporciona la energía inicial. Después, la anatomía corporal modifica la manera en que esa energía se convierte en movimiento.

  El resultado es una magnífica interacción entre biología y física.

No necesita comprender aerodinámica para utilizarla

  La rana no calcula matemáticamente su trayectoria. No conoce conceptos como resistencia, presión o sustentación. Sin embargo, su cuerpo está sujeto exactamente a las mismas leyes físicas que estudian los ingenieros.

  La forma del animal, su masa, la superficie de las membranas, la posición de las extremidades y la velocidad del aire respecto de su cuerpo determinan lo que ocurrirá durante cada salto.

  Una pequeña modificación de postura puede cambiar la trayectoria.

  Esto demuestra algo fascinante acerca de los organismos vivos. La anatomía funciona dentro de las leyes físicas del universo. Huesos, músculos y membranas pueden organizarse de maneras capaces de aprovechar esas leyes para resolver problemas concretos.

  En la rana voladora, el problema consiste en atravesar el espacio existente entre los árboles sin poseer alas.

Una solución diferente al mismo problema

  La rana voladora resulta especialmente interesante cuando la comparamos con otras criaturas planeadoras.

  El lagarto Draco, por ejemplo, utiliza membranas sostenidas por costillas extraordinariamente alargadas. Las ardillas voladoras poseen una membrana entre las extremidades anteriores y posteriores. Algunas serpientes arborícolas pueden modificar la forma de su cuerpo mientras se desplazan por el aire.

  La rana utiliza otra solución.

  Extiende sus extremidades y convierte sus grandes patas palmeadas en superficies que ayudan a controlar el descenso.

  Diferentes criaturas pueden enfrentarse a un problema semejante utilizando estructuras completamente distintas.

  Esta diversidad constituye una de las características más fascinantes de la creación.

Una pequeña criatura gobernando una caída

  A simple vista, el salto dura solamente unos segundos.

  Sin embargo, durante ese breve intervalo ocurren muchas cosas simultáneamente. Los ojos identifican el entorno. El sistema nervioso coordina la postura. Los músculos extienden las extremidades. Los dedos separan las membranas. El aire comienza a ejercer fuerzas sobre las superficies desplegadas y la rana realiza ajustes mientras desciende.

  Finalmente aparece el lugar de aterrizaje.

  Las extremidades cambian nuevamente de función. Las superficies que ayudaron a planear participan ahora en el frenado, mientras los dedos se preparan para sujetarse.

  Una acción que parece sencilla depende de visión, sistema nervioso, músculos, esqueleto, piel y estructuras adhesivas trabajando coordinadamente.

Cuando no tener alas no impide atravesar el aire

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La rana voladora proporciona una magnífica oportunidad para realizar esa búsqueda. Su organismo puede estudiarse desde la zoología, la anatomía, la biomecánica y la física.

  La Biblia no pretende describir las fuerzas aerodinámicas que actúan sobre una rana ni calcular la trayectoria de su planeo. Estas preguntas corresponden a las ciencias naturales. Las Escrituras, sin embargo, invitan repetidamente al ser humano a observar las criaturas y reconocer la sabiduría manifestada en ellas.

  El Salmo 104 declara:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La rana voladora constituye un hermoso ejemplo. No posee las alas de un ave ni las membranas alares de un murciélago. Posee el cuerpo de un anfibio: cuatro extremidades, dedos, membranas interdigitales, músculos y piel. Sin embargo, la combinación de esas estructuras permite realizar algo extraordinario.

  Desde una rama elevada, la pequeña rana se impulsa hacia el vacío. Sus patas se abren, los dedos se separan y las membranas se extienden. El cuerpo adopta una postura diferente y la caída comienza a transformarse en un recorrido controlado entre los árboles.

  Unos segundos después alcanza otra superficie, extiende las patas y vuelve a sujetarse a la vegetación.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender la física detrás de ese movimiento no disminuye la maravilla; permite apreciarla con mayor profundidad. La rana voladora nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse incluso en una pequeña criatura que, sin poseer una sola ala, ha sido equipada con las estructuras necesarias para lanzarse desde un árbol y utilizar el aire para llegar al siguiente.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques templados y húmedos del sur de Sudamérica vive una pequeña rana cuya apariencia podría hacerla pasar inadvertida entre las hojas del suelo. Su cuerpo presenta tonos marrones, verdes y ocres, y su cabeza termina en una característica prolongación puntiaguda que contribuye a darle un aspecto semejante al de una hoja. Sin embargo, lo verdaderamente extraordinario de la rana de Darwin no se encuentra en su camuflaje, sino en la manera en que protege a la siguiente generación.

  En la rana de Darwin del sur (Rhinoderma darwinii), el macho participa directamente en el desarrollo de sus crías utilizando una estructura que normalmente asociaríamos con otra función: el saco vocal. Después de que la hembra deposita los huevos y estos comienzan a desarrollarse, el macho recoge a los embriones en una etapa determinada y los introduce en su saco vocal. Allí permanecen protegidos mientras completan gran parte de su desarrollo.

  El saco que normalmente ayuda a producir y amplificar sonidos se convierte temporalmente en un lugar donde una nueva generación puede continuar formándose. Una estructura relacionada con la comunicación pasa a desempeñar también una extraordinaria función de protección paternal.

La rana de Darwin, una pequeña rana escondida entre las hojas

  La rana de Darwin habita principalmente bosques del sur de Chile y zonas adyacentes de Argentina. Es un animal pequeño que pasa gran parte de su vida cerca del suelo, entre hojas, musgos y vegetación.

  Su apariencia resulta especialmente apropiada para ese ambiente. El contorno puntiagudo de su cabeza y su coloración pueden hacer que, cuando permanece inmóvil, resulte difícil distinguirla de una hoja caída.

  Esta característica es importante porque una rana de pocos centímetros posee numerosos enemigos potenciales. Permanecer inadvertida puede resultar más efectivo que intentar enfrentarse a animales mucho mayores.

  Su estrategia defensiva depende en buena medida de algo aparentemente sencillo: no ser vista.

  Pero cuando llega el período reproductivo aparece otra faceta completamente diferente de este pequeño anfibio.

Todo comienza con los huevos

  A diferencia de muchas ranas que depositan sus huevos directamente en el agua, la rana de Darwin puede colocarlos sobre el suelo húmedo del bosque, entre vegetación y hojarasca.

  La humedad resulta fundamental. Los huevos de los anfibios carecen de la cáscara dura característica de las aves y necesitan condiciones que eviten una pérdida excesiva de agua.

  Después de la puesta, los embriones comienzan a desarrollarse dentro de sus envolturas gelatinosas.

  El macho permanece relacionado con la puesta durante este período. No recoge inmediatamente los huevos recién depositados. Espera hasta que los embriones han alcanzado una etapa apropiada de desarrollo.

  Entonces comienza uno de los comportamientos parentales más extraordinarios conocidos entre los anfibios.

La rana de Darwin, el padre recoge a sus futuras crías

  Cuando los embriones están suficientemente desarrollados y comienzan a mostrar movimiento dentro de los huevos, el macho los introduce en su boca.

  Pero no se los está comiendo.

  Desde la boca pasan hacia su saco vocal.

  Esta estructura está normalmente relacionada con la producción de sonidos. En muchas ranas, el macho utiliza el saco vocal como una cámara resonante que ayuda a amplificar sus llamadas durante el cortejo y la comunicación.

  En la rana de Darwin, esa misma región corporal adquiere durante la reproducción una función completamente diferente.

  Se convierte en una cámara de protección para las crías.

Un saco vocal convertido en refugio

  Una vez dentro, las crías continúan desarrollándose protegidas en el saco vocal del padre.

  En Rhinoderma darwinii, los renacuajos pueden completar allí su metamorfosis. En lugar de salir inmediatamente para desarrollarse libremente en un estanque, permanecen dentro del macho durante una etapa considerable de su crecimiento.

  El saco vocal se expande para alojarlos.

  La transformación resulta sorprendente. Una estructura relativamente pequeña puede distenderse hasta ocupar una región considerable del cuerpo del padre mientras contiene múltiples crías.

  Durante ese tiempo, el macho lleva literalmente consigo a la siguiente generación.

No es simplemente una bolsa

  Podría parecer que el saco vocal funciona únicamente como un recipiente donde se guardan los renacuajos, pero la realidad fisiológica es más interesante.

  Las crías necesitan condiciones apropiadas de humedad, intercambio gaseoso y protección mientras continúan desarrollándose. El ambiente interno del saco proporciona condiciones que permiten atravesar esta etapa extraordinaria.

  Investigaciones sobre la especie han mostrado además una estrecha relación entre los tejidos del saco vocal y los renacuajos durante el desarrollo.

  Esto convierte el fenómeno en algo mucho más complejo que transportar pequeños animales dentro de una cavidad.

  Existe una interacción fisiológica entre el padre y las crías que continúa siendo objeto de investigación científica.

Respirar mientras se lleva una familia dentro

  El saco vocal se encuentra asociado anatómicamente con la región de la garganta. Cuando contiene renacuajos, su enorme expansión modifica temporalmente el espacio disponible dentro del cuerpo.

  El padre continúa necesitando respirar, alimentarse, desplazarse y protegerse.

  Esto exige una extraordinaria compatibilidad entre la función reproductiva y las necesidades normales del organismo.

  El cuerpo no puede simplemente detener sus demás funciones mientras las crías se desarrollan.

  Respiración, circulación, movimiento y cuidado parental tienen que coexistir.

De renacuajo a pequeña rana

  Dentro del saco vocal ocurre una transformación notable.

  Los embriones que ingresaron todavía en una etapa temprana continúan desarrollándose. Aparecen y se desarrollan las extremidades, cambia la anatomía, se reorganizan diferentes sistemas corporales y progresivamente adquieren la forma característica de una rana.

  La metamorfosis de un anfibio constituye por sí misma un fenómeno extraordinario.

  Un renacuajo posee una anatomía adaptada a una determinada etapa de vida. Conforme avanza el desarrollo, diferentes tejidos cambian profundamente. Las extremidades adquieren protagonismo, se reorganizan estructuras relacionadas con alimentación y respiración y finalmente aparece la forma juvenil de la rana.

  En esta especie, una parte importante de ese proceso ocurre dentro del padre.

La rana de Darwin y el momento que las crías salen de la boca del macho

Entonces llega el momento de salir

  Cuando las pequeñas ranas han completado el desarrollo necesario, abandonan finalmente el saco vocal.

  El padre abre la boca y las pequeñas crías emergen al exterior.

  La imagen resulta extraordinaria: pequeñas ranas completamente formadas aparecen desde la boca de un macho que durante semanas las ha llevado protegidas dentro de su cuerpo.

  El saco vocal puede entonces recuperar progresivamente su condición habitual.

  Una estructura que temporalmente había sido transformada en refugio vuelve a desempeñar principalmente su función relacionada con la comunicación.

Una estructura, dos funciones extraordinariamente diferentes

  Este aspecto hace especialmente interesante a la rana de Darwin.

  En muchas ranas, el saco vocal permite que el sonido producido durante las llamadas se amplifique. El aire entra en el saco y este se expande como una cámara resonante.

  Pero en Rhinoderma darwinii la misma estructura debe poseer características que permitan otra función completamente distinta.

  Durante un período sirve para comunicarse.

  Durante otro puede alojar organismos vivos en desarrollo.

  Esto exige flexibilidad, irrigación sanguínea, capacidad de expansión y una anatomía compatible con ambas funciones.

  Una misma estructura corporal participa tanto en llamar a una pareja como en proteger posteriormente a la descendencia.

El sorprendente cuidado paternal entre los animales

  Cuando pensamos en el cuidado de las crías solemos imaginar primero a una madre. Sin embargo, la naturaleza contiene numerosos ejemplos de machos que desempeñan funciones importantes en la protección de su descendencia.

  El caballito de mar macho transporta embriones dentro de una bolsa especializada. Algunas aves macho participan intensamente en la incubación y alimentación. Determinados peces protegen huevos y alevines.

  La rana de Darwin proporciona uno de los ejemplos más sorprendentes.

  El padre no se limita a permanecer cerca de los huevos.

  Los introduce dentro de su propio cuerpo y los transporta durante una parte fundamental de su desarrollo.

  Para una criatura tan pequeña, el compromiso fisiológico es considerable.

Protección en una etapa vulnerable

  Los huevos y renacuajos de los anfibios pueden ser extremadamente vulnerables. Insectos acuáticos, peces, otros anfibios y numerosos depredadores pueden alimentarse de ellos.

  Además, cambios en temperatura, humedad y calidad del agua pueden afectar su supervivencia.

  Transportar las crías dentro del saco vocal modifica completamente este escenario.

  Durante esa etapa, los pequeños quedan físicamente protegidos por el cuerpo del padre. No se encuentran expuestos de la misma manera a numerosos peligros externos.

  El padre se convierte literalmente en su refugio.

Pero proteger a las crías también tiene un costo

  El cuidado parental requiere recursos.

  Transportar varios renacuajos modifica el cuerpo del macho y puede afectar actividades normales. El espacio ocupado por el saco vocal expandido es considerable en relación con el pequeño tamaño del animal.

  Además, mientras protege a las crías, el macho debe continuar evitando depredadores y manteniendo sus propias funciones fisiológicas.

  La protección de una nueva generación nunca es gratuita.

  Requiere tiempo, energía y, en este caso, incluso espacio dentro del propio organismo.

Una segunda maravilla: parecer una hoja

  El extraordinario sistema reproductivo podría hacernos olvidar otra característica fascinante de esta rana.

  Su apariencia constituye un excelente ejemplo de camuflaje.

  La cabeza posee una prolongación nasal que produce una silueta poco habitual. Combinada con el cuerpo pequeño y la coloración variable, puede hacer que el animal se confunda entre hojas muertas y vegetación del suelo.

  Cuando permanece inmóvil, sus contornos pueden resultar difíciles de reconocer.

  Esto adquiere todavía mayor importancia cuando un macho está transportando a sus crías.

  Protegerse a sí mismo significa también proteger a todos los pequeños que lleva dentro.

Un animal que depende de un bosque saludable

  La extraordinaria estrategia de la rana de Darwin no la hace invulnerable.

  Estos anfibios dependen de ambientes húmedos y bosques donde las condiciones permitan su alimentación, reproducción y supervivencia.

  Las alteraciones del hábitat y las enfermedades de anfibios representan amenazas importantes. Especial preocupación ha producido la quitridiomicosis, una enfermedad causada por un hongo que ha afectado gravemente poblaciones de anfibios alrededor del mundo.

  La rana de Darwin del sur continúa existiendo, pero enfrenta importantes desafíos de conservación.

  Su historia también posee un capítulo especialmente triste. Otra especie estrechamente relacionada, la rana de Darwin del norte (Rhinoderma rufum), no ha sido confirmada durante décadas y es considerada probablemente extinta.

  Esto nos recuerda que incluso los sistemas biológicos más extraordinarios dependen de un ambiente donde puedan funcionar.

Una criatura pequeña con una enorme responsabilidad

  El macho de la rana de Darwin mide solamente unos pocos centímetros.

  Sin embargo, durante el período reproductivo lleva dentro de sí algo de enorme importancia: la siguiente generación.

  Primero vigila el desarrollo de los embriones. Después los recoge. Su saco vocal se expande y los pequeños continúan allí su transformación.

  Finalmente, cuando están preparados, salen convertidos en diminutas ranas.

  Desde el huevo hasta la pequeña rana aparece una cadena de acontecimientos que requiere sincronización entre el desarrollo de las crías y la fisiología del padre.

Cuando la fuerza se expresa protegiendo

  La naturaleza ofrece muchas imágenes de fuerza. Un león utiliza músculos y mandíbulas. Un águila emplea garras poderosas. Un cocodrilo posee una mordida extraordinaria.

  Pero existen otras expresiones igualmente impresionantes.

  La rana de Darwin muestra una relacionada con proteger.

  Su extraordinaria característica no consiste en derrotar a un adversario ni alcanzar grandes velocidades. Consiste en utilizar su propio cuerpo para proporcionar refugio a criaturas vulnerables.

  Para Cristopedia, este aspecto resulta especialmente hermoso porque la Biblia presenta repetidamente el cuidado de la vida como una expresión del carácter de Dios.

  El salmista escribió:

“Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo.”
(Salmo 104:27)

Una estructura extraordinariamente bien aprovechada

  Al estudiar esta rana encontramos nuevamente un principio que aparece una y otra vez en los seres vivos: las estructuras corporales pueden participar en sistemas extraordinariamente integrados.

  El saco vocal no existe aislado. Está relacionado con boca, garganta, musculatura, circulación y respiración. Durante la reproducción debe además interactuar con organismos que se encuentran desarrollándose en su interior.

  Todo tiene que ocurrir manteniendo vivo al padre y permitiendo simultáneamente el desarrollo de las crías.

  Una modificación en cualquiera de esos componentes podría comprometer el sistema completo.

  La verdadera maravilla no se encuentra únicamente en cada parte, sino en la coordinación entre ellas.

Preguntar a las criaturas

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán… ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo?”
(Job 12:7, 9)

  La rana de Darwin constituye una magnífica criatura para responder a esa invitación.

  La ciencia puede estudiar las dimensiones del saco vocal, observar el desarrollo de los renacuajos, analizar los tejidos que los rodean y documentar el comportamiento del padre. Cada descubrimiento permite comprender con mayor precisión cómo funciona este extraordinario sistema.

  La Biblia no pretende describir la fisiología reproductiva de Rhinoderma darwinii. Esa tarea corresponde a la zoología, la fisiología y la biología del desarrollo. Las Escrituras nos proporcionan otra perspectiva: contemplar el mundo viviente reconociendo en él orden, propósito y sabiduría.

Un padre que se convierte en refugio

  El Salmo 104 declara:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La rana de Darwin representa una de esas pequeñas maravillas que fácilmente podrían pasar inadvertidas. Escondida entre hojas húmedas del bosque, apenas mide unos centímetros. No posee la fuerza de un elefante, la velocidad de un guepardo ni la majestuosidad de una ballena.

  Sin embargo, cuando observamos cuidadosamente su reproducción encontramos algo extraordinario.

  Los huevos comienzan su desarrollo sobre el suelo húmedo. El padre espera. Cuando llega el momento apropiado, recoge los embriones y los introduce en su saco vocal. Allí los protege mientras continúan desarrollándose hasta que finalmente pequeñas ranas completamente formadas salen al exterior.

  Una estructura diseñada para proyectar un sonido se convierte temporalmente en una cámara para proteger la vida.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos detalles solamente aumenta el asombro. La rana de Darwin nos recuerda que la grandeza de la creación no siempre se encuentra en aquello que es enorme o poderoso. Algunas veces puede descubrirse en un pequeño padre escondido entre las hojas, llevando dentro de sí a sus crías hasta que estén preparadas para enfrentar el mundo.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En algunos de los lugares más secos de la Tierra ocurre algo extraordinario bajo nuestros pies. Mientras la superficie parece completamente deshabitada, el suelo está caliente y durante meses apenas cae una gota de agua, un anfibio permanece oculto bajo tierra. Su actividad se ha reducido drásticamente, su metabolismo funciona al mínimo y una cubierta protectora ayuda a disminuir la pérdida de agua. Puede permanecer así durante largos períodos, esperando una señal que transformará completamente su mundo: la llegada de la lluvia.

  Diversos sapos y ranas de regiones áridas poseen estrategias para sobrevivir temporadas prolongadas enterrados. Entre los ejemplos más impresionantes se encuentran algunas ranas excavadoras australianas y otros anfibios de ambientes desérticos y semiáridos. Su desafío resulta especialmente interesante porque los anfibios poseen una piel permeable y dependen estrechamente del agua. A primera vista, el desierto parecería uno de los peores lugares posibles para ellos.

  Sin embargo, estos animales combinan comportamiento, fisiología y características de la piel para enfrentar largos períodos de sequía. Excavan, se entierran, reducen enormemente su actividad y algunas especies forman alrededor de su cuerpo una cubierta que disminuye la pérdida de agua. Cuando la superficie deja de ofrecer condiciones apropiadas para vivir, el animal convierte el suelo en refugio y el tiempo en parte de su estrategia.

Un anfibio viviendo donde casi no hay agua

  La relación entre los anfibios y el agua es profunda. Su piel carece de la protección impermeable que encontramos en muchos reptiles y puede perder agua con relativa facilidad. Además, numerosas especies necesitan ambientes acuáticos para reproducirse y completar sus primeras etapas de desarrollo.

  Por eso encontrar anfibios en regiones áridas plantea una pregunta fascinante: ¿cómo puede sobrevivir un animal tan dependiente del agua en un lugar donde pueden transcurrir meses sin lluvias importantes?

  Parte de la respuesta consiste en no permanecer expuesto.

  Cuando las condiciones comienzan a deteriorarse, algunas especies excavan utilizando principalmente las patas posteriores y penetran en el suelo hasta alcanzar una profundidad donde la temperatura y la humedad son más estables que en la superficie.

  Unos cuantos centímetros de tierra pueden representar una enorme diferencia.

La rana del desierto, cuando el suelo se convierte en refugio

  La superficie de un desierto puede calentarse intensamente durante el día y perder rápidamente humedad. Debajo del suelo, las condiciones cambian.

  La radiación solar ya no alcanza directamente al animal, la temperatura fluctúa menos y el aire contenido entre las partículas del suelo puede conservar mayor humedad.

  El sapo o la rana excavadora aprovecha ese microambiente.

  La tierra que desde nuestra perspectiva parece únicamente suelo seco se convierte en una barrera contra el calor y la deshidratación.

  Esta estrategia demuestra un principio que aparece repetidamente en la naturaleza: sobrevivir a una condición extrema no siempre significa resistirla directamente. En ocasiones, la solución consiste en encontrar un lugar donde esa condición sea menos intensa.

No es simplemente dormir

  Una vez enterrado, el animal entra en un estado conocido como estivación.

  La estivación posee ciertas semejanzas con otros estados de reducción metabólica, pero está relacionada especialmente con períodos de calor, sequía o falta de recursos.

  Durante este tiempo disminuyen enormemente el movimiento y diferentes procesos fisiológicos. El organismo necesita consumir la menor cantidad posible de sus reservas porque no sabe exactamente cuándo regresarán las condiciones favorables.

  No está simplemente descansando.

  Está administrando cuidadosamente sus recursos para sobrevivir durante un período en el que comer, desplazarse y permanecer activo resultarían demasiado costosos.

Reducir el metabolismo para ganar tiempo

  Cada célula necesita energía para mantenerse viva. Incluso cuando un animal permanece inmóvil, continúa gastando recursos en procesos fundamentales.

  Por ello, una de las claves de la estivación consiste en disminuir la velocidad de muchas funciones metabólicas.

  El consumo energético puede reducirse considerablemente. La actividad muscular prácticamente desaparece, el procesamiento de nutrientes disminuye y diferentes rutas bioquímicas modifican su funcionamiento.

  Las reservas acumuladas antes de enterrarse adquieren entonces enorme importancia.

  Si el organismo mantuviera su metabolismo habitual, agotaría rápidamente sus recursos. Al reducirlo, la misma cantidad de energía puede sostenerlo durante un período mucho mayor.

  En términos sencillos, el animal cambia de vivir activamente a mantenerse vivo con el menor gasto posible.

El problema más peligroso: perder agua

  Ahorrar energía no sería suficiente.

  En un ambiente seco, el mayor desafío continúa siendo conservar agua.

  La piel de los anfibios participa en importantes intercambios con el ambiente, pero esa misma característica puede favorecer la pérdida de líquido. Durante una sequía prolongada, perder pequeñas cantidades diariamente terminaría siendo mortal.

  Algunas ranas excavadoras poseen una solución extraordinaria.

  Mientras permanecen enterradas pueden desprender sucesivamente capas superficiales de la piel y acumularlas alrededor del cuerpo. Estas capas forman una especie de envoltura o capullo protector.

  No se trata de una bolsa fabricada con material externo.

  La propia superficie del animal contribuye a producir la barrera que lo rodeará.

Un capullo construido con su propia piel

  En determinadas especies, la cubierta puede estar formada por numerosas capas de células y secreciones.

  Su función principal es reducir la pérdida de agua hacia el ambiente.

  El animal permanece dentro de esta envoltura durante la estivación mientras su metabolismo funciona a niveles muy reducidos.

  La comparación con una barrera protectora resulta apropiada: el objetivo es disminuir la velocidad con que el agua corporal escapa hacia el suelo y el aire circundante.

  Una característica que normalmente parecería insignificante —la renovación de las capas externas de la piel— se convierte en parte de un sistema para sobrevivir durante la sequía.

Cada gota se vuelve importante

  El agua almacenada dentro del organismo debe administrarse cuidadosamente.

  Los riñones, la vejiga y otros sistemas participan en el equilibrio hídrico. En algunas especies, la vejiga puede contener cantidades importantes de agua que pueden ser reutilizadas por el organismo cuando las condiciones lo requieren.

  Esto resulta especialmente útil durante períodos prolongados sin acceso a nuevas fuentes.

  El animal no puede permitirse eliminar agua de la misma manera que lo haría durante una temporada húmeda.

  Su fisiología cambia de prioridad.

  Ahora el objetivo consiste en conservar.

Incluso los productos de desecho representan un problema

  Cuando un animal metaboliza proteínas y otros nutrientes se producen compuestos nitrogenados que deben manejarse adecuadamente.

  El problema es que eliminarlos normalmente requiere agua.

  Durante una sequía prolongada, gastar grandes cantidades de líquido simplemente para excretar productos metabólicos sería una estrategia peligrosa.

  Los anfibios estivadores realizan ajustes en el metabolismo y manejo de estos compuestos. En algunas especies puede acumularse urea en los líquidos corporales.

  La urea no solamente permite manejar nitrógeno; su acumulación también puede contribuir al equilibrio osmótico y ayudar al organismo a conservar agua.

  Una sustancia que podría parecer únicamente un desecho adquiere así otra función dentro de la estrategia de supervivencia.

El corazón continúa, pero todo se hace más lentamente

  A diferencia de la rana de madera durante determinados estados de congelación, el corazón del anfibio estivador no necesita detenerse completamente.

  Continúa existiendo circulación y actividad fisiológica.

  Pero muchas funciones se reducen enormemente.

  El animal necesita suficiente circulación para mantener vivos sus tejidos, transportar sustancias y conservar el equilibrio interno, pero no necesita mantener el mismo nivel de actividad que cuando está saltando, cazando o reproduciéndose.

  La vida continúa en una especie de modo de ahorro extremo.

La rana del desierta, y entonces llega la lluvia

  Durante meses, el paisaje puede parecer prácticamente inmóvil.

  Después ocurre algo extraordinario.

  Llegan las lluvias.

  El agua penetra en el suelo. La humedad aumenta. Cambian la temperatura y las condiciones químicas alrededor del refugio.

  El animal comienza a responder.

  Su metabolismo aumenta progresivamente, rompe o elimina la cubierta protectora y excava hacia la superficie.

  El sapo que parecía haber desaparecido del ecosistema emerge nuevamente.

La rana de desierto y su mecanimso de apariamiento

El desierto puede transformarse en cuestión de horas

  Una lluvia intensa puede cambiar rápidamente un paisaje árido.

  Depresiones secas comienzan a llenarse. Aparecen charcos temporales. Los insectos incrementan su actividad y diferentes animales abandonan sus refugios.

  Para los anfibios excavadores comienza una carrera contra el tiempo.

  El agua disponible puede desaparecer nuevamente con rapidez.

  Ahora deben alimentarse, encontrar pareja, reproducirse y completar las etapas necesarias antes de que las altas temperaturas y la evaporación eliminen nuevamente los cuerpos de agua temporales.

  Meses de espera pueden desembocar en unos pocos días de extraordinaria actividad.

La reproducción no puede esperar demasiado

  Los machos comienzan a emitir llamadas para atraer a las hembras.

  Un lugar que durante meses permaneció silencioso puede llenarse repentinamente con el sonido de numerosos anfibios.

  Las hembras depositan sus huevos en el agua temporal.

  Pero existe un problema evidente.

  El charco no permanecerá allí para siempre.

  Por eso, en diversas especies de ambientes áridos, el desarrollo de huevos y renacuajos puede ocurrir con notable rapidez. Necesitan alcanzar etapas que les permitan abandonar el ambiente acuático antes de que este desaparezca.

  El reloj comienza a correr desde el momento en que cae la lluvia.

Esperar meses para aprovechar unos pocos días

  Esta diferencia entre el tiempo de espera y el período de actividad resulta fascinante.

  El animal puede permanecer enterrado durante una gran parte de la temporada seca, reduciendo metabolismo y conservando recursos.

  Después, cuando aparecen las condiciones apropiadas, debe cambiar rápidamente.

  Sale del suelo.

  Busca alimento.

  Se reproduce.

  Recupera reservas.

  Y cuando el ambiente comienza nuevamente a secarse, se prepara para regresar bajo tierra.

  Su vida está organizada alrededor de ciclos de espera y oportunidad.

¿Cómo sabe que ha llegado el momento de salir?

  Los anfibios enterrados pueden responder a diferentes señales ambientales relacionadas con las lluvias.

  El aumento de humedad del suelo constituye una señal importante. También pueden intervenir cambios de temperatura y vibraciones producidas por el agua al golpear y penetrar el terreno.

  El animal no necesita ver las nubes.

  Está bajo tierra.

  Sin embargo, su organismo puede detectar que el ambiente situado alrededor de él está cambiando.

  Cuando varias condiciones alcanzan niveles apropiados, comienza la salida.

Un reloj que no depende de un calendario

  En regiones donde las lluvias son irregulares, depender exclusivamente de una fecha sería poco útil.

  La lluvia puede adelantarse o retrasarse.

  Lo importante es reconocer las condiciones reales del ambiente.

  Por eso resulta tan interesante la capacidad del animal para responder a señales físicas inmediatas.

  No sale simplemente porque ha transcurrido determinado número de días.

  Sale cuando el mundo que lo rodea comienza a indicar que existe nuevamente una oportunidad para vivir activamente.

Cuando esperar también es una estrategia

  En nuestra imaginación, sobrevivir suele asociarse con hacer algo: correr, luchar, buscar alimento o escapar.

  Estos anfibios muestran una estrategia completamente diferente.

  A veces sobrevivir significa no gastar.

  No moverse innecesariamente.

  No utilizar las reservas antes de tiempo.

  No perder agua.

  Esperar.

  El organismo reduce sus funciones hasta niveles compatibles con la supervivencia y permanece preparado para responder cuando regresen las condiciones apropiadas.

El desierto y la provisión de agua

  La Biblia utiliza frecuentemente el desierto para mostrar la importancia del agua. El profeta Isaías escribió:

“Porque aguas serán cavadas en el desierto, y torrentes en la soledad.”
(Isaías 35:6)

  En un ambiente árido, estas palabras adquieren una dimensión especialmente poderosa.

  Una sola lluvia puede despertar una comunidad entera de organismos que permanecía oculta.

  El agua no simplemente moja el suelo.

  Activa la vida.

Una criatura preparada para la escasez y para la abundancia

  Lo extraordinario del sapo del desierto no es únicamente su capacidad para soportar sequía.

  También debe estar preparado para responder rápidamente cuando llega el agua.

  Su fisiología necesita funcionar en dos condiciones casi opuestas.

  Durante la sequía: reducir metabolismo, conservar agua, permanecer enterrado y utilizar lentamente las reservas.

  Durante la lluvia: aumentar actividad, desplazarse, alimentarse y reproducirse.

  El mismo organismo pasa de una economía extrema a una intensa actividad en un período relativamente corto.

  Sobrevivir requiere saber conservar cuando hay escasez y aprovechar cuando llega la oportunidad.

La ciencia descubre lo que ocurre bajo nuestros pies

  Si observáramos solamente la superficie durante la temporada seca podríamos concluir que los anfibios han desaparecido.

  La investigación científica permite descubrir otra realidad.

  Bajo el suelo existen organismos vivos cuyo metabolismo se encuentra enormemente reducido. Sus tejidos continúan funcionando, sus reservas están siendo administradas y mecanismos fisiológicos ayudan a conservar agua.

  Lo que parece ausencia de vida puede ser simplemente vida esperando.

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  Pocas criaturas ilustran de manera tan hermosa esa invitación.

Esperando la lluvia

  El Salmo 104 declara:

“Todos ellos esperan en ti, para que les des su comida a su tiempo.”
(Salmo 104:27)

  La Biblia no pretende explicar la reducción metabólica, la acumulación de urea o las propiedades de la piel durante la estivación. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la bioquímica.

  Pero las Escrituras sí nos invitan a contemplar la naturaleza y reconocer la sabiduría manifestada en ella:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El sapo del desierto constituye un magnífico ejemplo. Un anfibio, precisamente uno de los grupos de animales que más estrechamente asociamos con el agua, puede vivir en regiones donde la lluvia desaparece durante largos períodos.

  Cuando llega la sequía, excava. El suelo lo protege del calor extremo. Su actividad disminuye. Su metabolismo se reduce. En algunas especies, capas producidas por su propia piel forman una cubierta que ayuda a conservar agua. Las reservas acumuladas mantienen sus células mientras espera.

  Después llega la lluvia.

  La humedad penetra en la tierra y el pequeño animal responde. Sale nuevamente a la superficie, se alimenta y participa en una explosión de actividad reproductiva antes de que el agua vuelva a desaparecer.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El sapo del desierto nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse incluso debajo de una tierra aparentemente seca y sin vida. Allí permanece una pequeña criatura, protegida, utilizando cuidadosamente sus recursos y esperando pacientemente el momento en que una nueva lluvia transforme otra vez el desierto.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En los bosques húmedos, muchas veces basta mirar una hoja para descubrir algo sorprendente. Una pequeña rana puede permanecer adherida a una superficie casi vertical, desplazarse por una rama delgada o detenerse sobre una hoja mojada sin resbalar. A simple vista parece que sus dedos estuvieran pegados, pero cuando se estudian con detalle aparece un sistema mucho más interesante.

  Las llamadas ranas arborícolas incluyen numerosas especies adaptadas a vivir entre hojas, troncos y ramas. Algunas pertenecen a la familia Hylidae, aunque existen grupos arborícolas en distintas regiones del mundo. Muchas poseen en los extremos de los dedos unas almohadillas ensanchadas que les permiten sujetarse a superficies donde una pata ordinaria perdería fácilmente el contacto.

  Estas almohadillas no funcionan como ventosas simples. Su eficacia depende de la combinación de microestructuras, una fina capa de líquido, fuerzas de adhesión y un control preciso de los dedos. La rana puede sujetarse, desplazarse y desprenderse repetidamente sin quedar pegada de manera permanente.

La rana arborícola Cuando una pequeña pata vence a la gravedad

  El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). Una rana arborícola adherida a una hoja representa una magnífica invitación a hacerlo.

  La gravedad actúa continuamente sobre su cuerpo y lo empuja hacia abajo. Si la superficie está inclinada, vertical o incluso parcialmente invertida, la rana necesita producir fuerzas suficientes para evitar deslizarse o caer.

  Sus dedos poseen almohadillas terminales relativamente amplias en comparación con el tamaño de las extremidades. Esta mayor superficie distribuye el peso y permite establecer contacto con una región más extensa de la hoja o rama.

  Sin embargo, el tamaño de la almohadilla es solamente el comienzo.

Una superficie que parece lisa, pero no lo es

  Cuando se observa una almohadilla digital mediante microscopía, aparece una textura formada por células especializadas separadas por diminutos canales.

  La superficie no funciona como una placa completamente lisa. Posee una organización microscópica que permite mantener contacto con el sustrato y manejar la fina película de líquido existente entre la pata y aquello sobre lo que camina.

  Esa humedad resulta importante.

  A diferencia del gecko, que utiliza principalmente un sistema de adhesión seca basado en millones de estructuras microscópicas, muchas ranas arborícolas dependen en gran medida de adhesión húmeda.

  La fina película de líquido ayuda a generar fuerzas que mantienen la almohadilla en contacto con la superficie.

El agua no siempre hace resbalar

  Nuestra experiencia cotidiana nos enseña que una superficie mojada puede ser resbaladiza. En la rana arborícola ocurre algo más complejo.

  Una cantidad adecuada de líquido puede favorecer la adhesión mediante fuerzas capilares y tensión superficial. La película de humedad existente entre la almohadilla y la hoja contribuye a mantener ambas superficies próximas.

  Esto funciona mejor cuando la cantidad de líquido se mantiene dentro de determinados límites.

  Demasiada agua podría dificultar la adhesión. Por eso las microestructuras y canales de las almohadillas ayudan a redistribuir el exceso y mantener zonas de contacto apropiadas.

  La pata no utiliza simplemente humedad.

  La administra.

Microcanales que ayudan a controlar el líquido

  Los pequeños espacios existentes entre las células de las almohadillas permiten que parte del agua o mucosidad se desplace.

  Esto puede ayudar a eliminar exceso de líquido de determinadas regiones y mantener una película suficientemente fina para conservar el contacto.

  El principio resulta especialmente útil en un bosque húmedo, donde las hojas pueden encontrarse cubiertas de agua después de una lluvia.

  Una rana incapaz de manejar esa humedad perdería gran parte de su capacidad para desplazarse precisamente en el ambiente donde vive.

  La superficie de los dedos está preparada para trabajar en condiciones que cambiarían continuamente la fricción de una pata ordinaria.

La mucosidad también participa

  Las glándulas de la piel pueden producir secreciones que contribuyen a mantener húmedas las almohadillas.

  Esta fina película no funciona como un pegamento que se endurece. Permanece líquida y participa en las fuerzas físicas que mantienen el contacto.

  La rana puede utilizar sus dedos una y otra vez sin dejar grandes cantidades de material pegajoso detrás.

  Esto resulta fundamental para un animal que necesita moverse rápidamente entre hojas y ramas.

  Una pata demasiado adhesiva sería casi tan inútil como una que no pudiera sujetarse.

Adherirse y despegarse en cada paso

  Para caminar, la rana necesita realizar dos acciones opuestas.

  Primero debe adherirse con suficiente fuerza para soportar parte del peso corporal.

  Después debe liberar la pata para moverla hacia el siguiente punto.

  El control muscular permite modificar la forma y el ángulo de los dedos, reduciendo la fuerza de adhesión cuando necesita desprenderse.

  Esto demuestra nuevamente que una estructura eficaz no depende únicamente de materiales.

  También necesita control.

  Almohadillas, articulaciones, músculos y sistema nervioso trabajan conjuntamente en cada paso.

Subir por un tronco no es igual que caminar por el suelo

  Sobre una superficie horizontal, gran parte del peso se apoya directamente hacia abajo. En una superficie vertical, la gravedad tiende a hacer que el animal se deslice.

  La rana necesita entonces generar fuerzas paralelas y perpendiculares a la superficie.

  Sus extremidades adoptan posturas que aumentan la estabilidad y distribuyen la carga entre diferentes dedos.

  Cada pata puede ajustarse de manera independiente.

  Mientras una mantiene el cuerpo, otra busca el siguiente punto de apoyo.

  El desplazamiento se convierte en una secuencia cuidadosamente coordinada.

Una hoja puede moverse mientras la rana está sobre ella

  La vida arbórea presenta otra dificultad.

  Las superficies no permanecen inmóviles.

  Una rama puede doblarse, una hoja puede oscilar con el viento y una gota de agua puede modificar repentinamente las condiciones de contacto.

  La rana debe responder continuamente a estos cambios.

  Sus ojos y sistema vestibular proporcionan información sobre la posición del cuerpo, mientras los músculos ajustan la tensión de las extremidades.

  La adhesión no es una propiedad pasiva.

  Forma parte de un sistema dinámico de equilibrio.

La rana arborícola, los dedos también permiten saltar con seguridad

  Muchas ranas arborícolas no solamente trepan.

  También saltan entre ramas y hojas.

  Durante el aterrizaje, las almohadillas deben establecer contacto rápidamente y generar suficiente adhesión para evitar que el animal resbale.

  El impacto aumenta temporalmente las fuerzas que actúan sobre las patas.

  Por eso la coordinación entre salto y adhesión resulta fundamental.

  Una estructura que funciona perfectamente mientras la rana está quieta también debe responder en fracciones de segundo durante un aterrizaje.

Una pata pequeña resolviendo un problema grande

  El tamaño reducido de estas ranas proporciona ciertas ventajas.

  Cuanto menor es la masa corporal, menos fuerza total se necesita para sostener el organismo.

  Pero esto no elimina la necesidad de un sistema especializado.

  La rana necesita desplazarse por superficies donde la fricción puede ser baja y la humedad elevada.

  Las almohadillas permiten transformar áreas pequeñas de los dedos en sistemas de contacto altamente eficaces.

  Lo interesante no es solamente que sean grandes respecto al dedo, sino cómo están organizadas a escala microscópica.

La piel también debe respirar y conservar agua

  Los anfibios poseen una piel muy diferente a la nuestra.

  En muchas especies participa en intercambio gaseoso y balance hídrico. Esto significa que las almohadillas de los dedos forman parte de un órgano que ya cumple funciones fisiológicas importantes.

  La piel debe mantenerse suficientemente húmeda para realizar determinadas funciones, pero al mismo tiempo necesita soportar la fricción y el contacto repetido con hojas, ramas y corteza.

  La superficie de los dedos representa una especialización dentro de un tejido ya complejo.

  Una vez más encontramos múltiples funciones reunidas en una misma estructura.

Un bosque tridimensional

  Para una rana arborícola, el bosque no es simplemente un terreno cubierto de árboles.

  Es un ambiente compuesto por múltiples niveles.

  Existen ramas superiores, hojas, huecos, troncos verticales y espacios abiertos entre diferentes estructuras.

  Vivir allí requiere moverse en más de una dirección.

  La rana puede subir, bajar, saltar y desplazarse lateralmente por superficies estrechas.

  Sus patas adhesivas amplían enormemente las regiones que puede utilizar.

La adhesión también ayuda a escapar

  Cuando aparece un depredador, la capacidad para desplazarse rápidamente por superficies complicadas puede convertirse en una ventaja importante.

  Una rana puede saltar hacia una hoja inclinada, adherirse, cambiar de dirección y continuar hacia otra rama.

  La estructura del bosque proporciona rutas que serían difíciles para animales incapaces de sujetarse a superficies estrechas o verticales.

  La protección no depende únicamente del camuflaje.

  También depende de poder utilizar el ambiente de maneras que otros animales no pueden.

El color y la adhesión trabajan juntos

  Muchas ranas arborícolas poseen colores verdes, amarillos o marrones que pueden integrarse visualmente con hojas y ramas.

  Cuando permanecen inmóviles, el camuflaje disminuye la probabilidad de ser detectadas.

  Si necesitan escapar, las almohadillas permiten utilizar superficies cercanas sin perder tiempo buscando únicamente terreno horizontal.

  Una característica ayuda a evitar ser vista.

  La otra ayuda a moverse cuando ya ha sido descubierta.

  La supervivencia depende de la combinación.

La rana arborícola, una estructura que también inspira tecnología

  Las patas de las ranas arborícolas han llamado la atención de investigadores interesados en adhesivos, materiales y robótica.

  Diseñar una superficie capaz de adherirse en ambientes húmedos resulta difícil.

  Muchos pegamentos pierden eficacia cuando existe agua entre dos superficies.

  Las ranas muestran que una combinación de microestructuras, canales y películas líquidas puede producir adhesión controlable.

  Los ingenieros estudian estos mecanismos para desarrollar materiales que puedan sujetarse a superficies húmedas o funcionar en condiciones donde otros sistemas fallarían.

La naturaleza como fuente de preguntas

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  Una pequeña almohadilla digital constituye un magnífico ejemplo.

  A simple vista vemos solamente un dedo ensanchado.

  Con un microscopio aparecen patrones celulares y pequeños canales.

  Después la física permite estudiar tensión superficial, capilaridad, fricción y fuerzas de contacto.

  Finalmente, la fisiología muestra cómo músculos y sistema nervioso controlan toda la estructura.

  Cada nivel revela una nueva dimensión.

Mucho más que una ventosa

  La rana arborícola no se adhiere simplemente porque posea una “ventosa” en cada dedo.

  Su sistema es más sofisticado.

  Las almohadillas proporcionan superficie. Las microestructuras ayudan a mantener el contacto. El líquido contribuye a la adhesión. Los canales regulan su distribución y los músculos permiten desprender cada dedo cuando llega el momento de avanzar.

  Todo esto ocurre mientras el animal mantiene el equilibrio sobre superficies que pueden ser pequeñas, inclinadas y mojadas.

  La aparente sencillez de una rana pegada a una hoja oculta una extraordinaria combinación de anatomía y física.

Una criatura preparada para vivir sobre las hojas

  El libro de Job declara:

“¿Quién no entiende por todas estas cosas que la mano de Jehová hizo esto?”
(Job 12:9)

  La Biblia no pretende describir las propiedades de tensión superficial ni las microestructuras de las almohadillas digitales. Estas preguntas pertenecen a la zoología, la física y la biomecánica.

  Las Escrituras nos invitan a contemplar las criaturas y reconocer la sabiduría presente en ellas:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La rana arborícola proporciona una magnífica oportunidad para hacerlo.

  Sus pequeñas patas pueden sujetar el peso del cuerpo sobre una hoja inclinada. La superficie permanece húmeda sin perder completamente la capacidad de adherirse. Los dedos ajustan el contacto, los músculos controlan el desprendimiento y el sistema nervioso coordina cada movimiento mientras la rama se dobla o la hoja se mueve.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. La rana arborícola nos recuerda que incluso una pequeña almohadilla situada en la punta de un dedo puede contener una extraordinaria combinación de estructura, física y control, suficiente para permitir que una diminuta criatura convierta las hojas, las ramas y los troncos verticales en caminos por los que puede desplazarse con seguridad.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio Rivera

  En los bosques húmedos de África central vive una rana que parece romper todas las proporciones que normalmente asociamos con los anfibios. Su cuerpo puede alcanzar un tamaño impresionante, sus patas son poderosas y su peso supera ampliamente al de la mayoría de las ranas conocidas. Se trata de la rana Goliat (Conraua goliath), considerada la rana más grande del mundo.

  Su tamaño ya sería suficiente para convertirla en una criatura fascinante. Sin embargo, investigaciones recientes han revelado algo todavía más sorprendente: los adultos pueden modificar físicamente su entorno para preparar lugares donde depositar y proteger sus huevos. En algunos sitios, retiran hojas, piedras y otros materiales; en otros, aprovechan depresiones naturales o pequeñas áreas asociadas con corrientes de agua. Una rana gigantesca utiliza su fuerza no solamente para desplazarse, sino también para construir espacios relacionados con la siguiente generación.

La rana Goliat, cuando el tamaño también puede convertirse en herramienta

  La Biblia invita repetidamente al ser humano a observar la creación con atención. El libro de Job declara: “Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán” (Job 12:7). La rana Goliat constituye un magnífico ejemplo de cuánto puede descubrirse cuando una criatura aparentemente conocida es estudiada con mayor profundidad.

  Los adultos pueden alcanzar más de treinta centímetros de longitud corporal si se mide desde el hocico hasta la parte posterior del tronco, y sus patas extendidas aumentan todavía más esa dimensión. Algunos ejemplares pueden pesar varios kilogramos. Esa masa corporal exige músculos, huesos y articulaciones capaces de soportar esfuerzos muy superiores a los de una rana pequeña.

  Sus grandes patas posteriores participan en saltos y desplazamientos potentes. También le permiten moverse entre rocas y corrientes rápidas donde otras especies tendrían más dificultades. El tamaño, por tanto, no es solamente una curiosidad visual; condiciona la manera en que el animal se relaciona con su ambiente.

Vivir junto al agua en movimiento

  La rana Goliat habita principalmente regiones asociadas con ríos y arroyos de aguas limpias y bien oxigenadas. Estos ambientes presentan ventajas, pero también desafíos. La corriente puede ser fuerte, el sustrato irregular y los lugares apropiados para la reproducción no siempre abundan.

  Los huevos y renacuajos de un anfibio necesitan condiciones específicas. Demasiada corriente podría dispersarlos o arrastrarlos. Un lugar demasiado expuesto podría aumentar el riesgo de depredación. Por eso la elección del sitio de reproducción resulta fundamental.

  Aquí aparece una de las características más extraordinarias de esta especie.

La rana, Goliat, preparar el lugar antes de que lleguen las crías

  Investigadores han documentado sitios donde las ranas Goliat modifican el entorno antes o durante la reproducción. Pueden retirar hojas, pequeñas ramas, piedras y otros materiales de determinadas zonas cercanas al agua.

  En algunos casos, crean o acondicionan pequeñas depresiones relacionadas con el cauce. En otros, aprovechan espacios naturales que ofrecen protección frente a la corriente.

  El resultado es un lugar más definido donde pueden depositarse los huevos.

  Esta conducta transforma físicamente el ambiente inmediato. No se trata simplemente de encontrar un sitio adecuado, sino de mejorarlo.

Mover piedras no es una tarea pequeña

  Algunas de las piedras encontradas alrededor de estos sitios pueden tener tamaños considerables en relación con el cuerpo del animal.

  Esto ha llevado a los investigadores a pensar que la gran fuerza de la rana puede desempeñar un papel importante en la construcción o acondicionamiento de los lugares reproductivos.

  Una rana pequeña tendría dificultades para realizar movimientos semejantes.

  La rana Goliat, en cambio, posee masa corporal y musculatura suficientes para modificar materiales que resultarían demasiado pesados para muchos otros anfibios.

  Su tamaño se convierte así en parte de una conducta relacionada con la reproducción.

Una conexión entre fuerza y cuidado

  La imagen resulta especialmente interesante porque solemos asociar la fuerza con defensa, competencia o captura de alimento.

  Aquí aparece otra posibilidad.

  La fuerza física también puede utilizarse para preparar un lugar donde una nueva generación tenga mejores condiciones para comenzar su desarrollo.

  Esto no significa que la rana construya con un plan consciente semejante al de un ser humano. Significa que su comportamiento incluye acciones capaces de modificar el entorno de una manera funcional.

  La biología del animal y su conducta trabajan juntas.

La rana Goliat, huevos que necesitan protección

  Los huevos de los anfibios carecen de una cáscara dura como la de las aves. Están rodeados por capas gelatinosas y dependen de condiciones húmedas para desarrollarse.

  Esto los hace vulnerables a desecación, corrientes fuertes, cambios bruscos de temperatura y depredadores.

  Un sitio preparado en una zona protegida puede reducir algunos de estos riesgos.

  Pequeñas diferencias en profundidad, velocidad del agua o cobertura pueden influir de manera importante en la supervivencia de los embriones.

  La construcción del lugar no es, por tanto, un detalle sin consecuencias.

Los renacuajos continúan la historia

  Después de la eclosión, los renacuajos comienzan una etapa acuática.

  Su anatomía es muy diferente a la del adulto. Poseen cola, se alimentan de manera distinta y dependen completamente del agua.

  Con el tiempo, ocurren profundos cambios corporales. Aparecen las extremidades, cambia el aparato digestivo y la forma del cuerpo se transforma progresivamente hasta adquirir la estructura de una rana juvenil.

  Esta metamorfosis constituye uno de los procesos más fascinantes entre los vertebrados.

  En la rana Goliat, todo comienza en un sitio que puede haber sido previamente modificado por los adultos.

Un gigante que también necesita condiciones delicadas

  El enorme tamaño de la rana adulta podría hacernos pensar que se trata de una especie especialmente resistente.

  Sin embargo, su ciclo de vida depende de condiciones ambientales muy específicas.

  Necesita agua limpia, refugio, alimento y lugares adecuados para reproducirse. Las alteraciones en los ríos, la pérdida de bosque y otras modificaciones del ambiente pueden afectar directamente a sus poblaciones.

  Una criatura grande puede continuar siendo ecológicamente vulnerable.

  Su tamaño no elimina su dependencia del entorno.

Una anatomía preparada para saltar y nadar

  Las patas posteriores de la rana Goliat son largas y musculosas.

  En tierra permiten realizar saltos potentes. En el agua participan en la propulsión y ayudan al animal a desplazarse contra o a través de las corrientes.

  La musculatura debe generar suficiente fuerza para mover un cuerpo considerablemente pesado.

  Huesos, tendones y articulaciones distribuyen esas fuerzas mientras el sistema nervioso coordina cada movimiento.

  Aquello que vemos como un salto es el resultado visible de una compleja secuencia mecánica.

El tamaño también exige más energía

  Un cuerpo grande necesita una cantidad importante de alimento para mantenerse.

  La rana Goliat consume distintos tipos de presas, incluyendo insectos y otros pequeños animales.

  Su tamaño le permite aprovechar recursos que quedarían fuera del alcance de especies más pequeñas.

  Pero esa ventaja también implica mayores necesidades energéticas.

  Cada beneficio fisiológico trae consigo nuevos desafíos.

Una criatura que modifica su entorno

  La conducta constructora de la rana Goliat resulta especialmente interesante porque muestra que los anfibios pueden participar activamente en la configuración de su hábitat inmediato.

  No construye una presa como el castor ni un nido elaborado como ciertas aves.

  Sin embargo, retirar materiales y acondicionar una zona representa una forma real de modificación ambiental.

  El comportamiento puede cambiar físicamente el lugar donde vivirán los huevos y renacuajos.

  Una pequeña intervención puede producir grandes consecuencias para la siguiente generación.

Mucho más que ser la rana más grande

  Durante mucho tiempo, la fama de la rana Goliat se concentró principalmente en su tamaño.

  Pero el estudio de su comportamiento ha revelado una historia más interesante.

  No basta con medirla.

  Hay que observar lo que hace.

  El animal puede utilizar su fuerza para desplazarse, escapar, nadar y modificar lugares asociados con la reproducción.

  La verdadera maravilla aparece cuando tamaño y comportamiento se contemplan juntos.

Una nueva generación comienza con preparación

  En muchas especies, el cuidado parental se manifiesta alimentando o protegiendo directamente a las crías.

  En la rana Goliat, parte del beneficio puede comenzar antes.

  Preparar el sitio cambia las condiciones en las que los huevos serán depositados y los renacuajos comenzarán su desarrollo.

  Esto demuestra que proteger una nueva generación puede tomar formas muy diferentes.

  No siempre significa cargar a las crías sobre el cuerpo.

  A veces significa preparar el lugar donde vivirán.

La creación nos invita a mirar más allá de lo evidente

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  La rana Goliat confirma lo importante que resulta esa búsqueda.

  A simple vista vemos un anfibio enorme.

  Cuando investigamos su anatomía descubrimos un cuerpo preparado para mover gran masa.

  Cuando estudiamos su comportamiento aparece una capacidad para modificar el entorno.

  Y al observar la reproducción entendemos que esas acciones pueden beneficiar directamente a sus crías.

  Cada nivel añade una nueva dimensión.

Fuerza utilizada para preparar vida

  La Biblia no pretende describir la biomecánica de la rana Goliat ni explicar científicamente la construcción de sus sitios reproductivos. Estas preguntas corresponden a la zoología, la ecología y la fisiología.

  Las Escrituras, sin embargo, invitan al ser humano a contemplar la vida y reconocer sabiduría en sus múltiples formas.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  La rana Goliat constituye una magnífica oportunidad para contemplar esa realidad. Su enorme tamaño la distingue inmediatamente, pero su historia se vuelve más profunda cuando descubrimos que la fuerza de ese cuerpo puede utilizarse para modificar el ambiente donde comenzará una nueva generación.

  Unas piedras son movidas.

  Una zona queda despejada.

  Los huevos encuentran un lugar más apropiado.

  Los renacuajos comienzan allí su desarrollo.

  Desde la perspectiva bíblica, esa combinación de fuerza, comportamiento y reproducción nos permite observar otra expresión de la sabiduría presente en la creación. La rana Goliat nos recuerda que la grandeza no siempre consiste solamente en ser grande. A veces se manifiesta en utilizar la fuerza para preparar un espacio donde una nueva vida pueda comenzar.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

El proteo — vivir en un mundo sin luz

  En las profundidades de ciertas cavernas del sur de Europa existe un ambiente donde la luz prácticamente ha desaparecido. El agua corre silenciosamente entre rocas calizas, la temperatura permanece relativamente estable y encontrar alimento puede resultar difícil. Allí vive una salamandra acuática de cuerpo alargado, piel pálida y branquias externas rojizas que parece pertenecer a un mundo completamente diferente al nuestro: el proteo (Proteus anguinus).

  Este anfibio habita exclusivamente aguas subterráneas de sistemas kársticos de regiones de Eslovenia, Croacia, Bosnia y Herzegovina e Italia. Pasa toda su vida en el agua y conserva características juveniles como las branquias externas aun después de alcanzar la madurez. Sus ojos están muy reducidos y cubiertos por piel, pero esto no significa que viva desconectado de su ambiente. Por el contrario, posee distintos sistemas sensoriales que le permiten percibir sustancias químicas, vibraciones e incluso débiles campos eléctricos en el agua.

  El proteo nos recuerda que ver no es la única manera de conocer el mundo. Donde nuestros ojos resultarían prácticamente inútiles, otros sentidos pueden proporcionar información suficiente para encontrar alimento, reconocer el entorno y desplazarse por pasajes completamente oscuros.

Cuando vivir no requiere ver

  El salmista escribió:

“Aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz.”
(Salmo 139:12)

  Para nosotros, la oscuridad limita profundamente nuestra capacidad para orientarnos. Necesitamos luz para reconocer obstáculos, identificar alimento y determinar hacia dónde movernos. Dentro de una caverna sin iluminación, pronto dependeríamos de instrumentos externos.

  El proteo utiliza una estrategia distinta. Aunque sus ojos son rudimentarios y se encuentran cubiertos por piel, la cabeza posee diversos órganos sensoriales especializados. Estudios anatómicos y fisiológicos han identificado mecanorreceptores, quimiorreceptores y electrorreceptores que proporcionan información procedente del agua y de los organismos que se encuentran a su alrededor.

  Su mundo no está vacío simplemente porque carezca de luz. Está lleno de señales que nosotros apenas percibiríamos.

Encontrar alimento mediante señales químicas

  En aguas completamente oscuras, localizar una pequeña presa mediante la vista sería imposible. El proteo posee un sistema químico altamente sensible que le permite detectar sustancias disueltas en el agua.

  Las cavidades nasales y otros órganos quimiosensoriales reciben moléculas procedentes del ambiente. Esto permite reconocer señales asociadas con pequeños crustáceos y otros organismos de los que se alimenta.

  Una presa que no puede verse continúa dejando un rastro químico.

  El agua transporta esas moléculas y el animal puede utilizarlas para orientarse hacia su origen. De esta manera, un sentido que para nosotros tiene un papel relativamente secundario puede convertirse en una herramienta fundamental para encontrar alimento.

Sentir movimientos en el agua

  El proteo también puede percibir vibraciones y movimientos producidos en el ambiente acuático.

  Una criatura pequeña que se desplaza modifica ligeramente el agua alrededor de ella. Las corrientes también generan señales mecánicas y el movimiento de otros animales produce perturbaciones que pueden propagarse.

  Órganos sensoriales especializados ayudan al proteo a detectar parte de esa información.

  Lo que nosotros consideraríamos una cueva silenciosa contiene un paisaje lleno de movimientos microscópicos.

  Cada vibración puede proporcionar información acerca de lo que ocurre más allá del alcance inmediato del cuerpo.

Detectar electricidad bajo el agua

  Una de las capacidades más sorprendentes del proteo es su sensibilidad a campos eléctricos débiles.

  Investigaciones experimentales han identificado órganos ampulares especializados y han demostrado respuestas conductuales y nerviosas ante campos eléctricos presentes en el agua. Estos receptores pueden detectar señales extraordinariamente pequeñas.

  Todos los organismos vivos producen pequeñas diferencias eléctricas como consecuencia de la actividad de sus células. Músculos y nervios funcionan mediante cambios eléctricos, y en el agua algunas de estas señales pueden propagarse a corta distancia.

  El proteo posee sensores capaces de responder a fenómenos completamente invisibles para nosotros.

  Esto amplía todavía más su percepción del ambiente. Información química, vibraciones y campos eléctricos pueden combinarse para construir una representación del mundo sin depender principalmente de la visión.

Branquias que permanecen durante toda la vida

  Otra característica inconfundible del proteo son las branquias externas situadas a ambos lados de la cabeza.

  Estas estructuras poseen numerosas ramificaciones que aumentan la superficie disponible para el intercambio gaseoso. Su color rojizo se debe a la abundante irrigación sanguínea que permite captar oxígeno disuelto en el agua.

  A diferencia de muchos anfibios que transforman profundamente su aparato respiratorio al alcanzar la edad adulta, el proteo conserva sus branquias externas durante toda la vida.

  También posee pulmones, aunque la respiración acuática mediante las branquias y la piel desempeña un papel fundamental en su existencia subterránea.

  La anatomía permite que un anfibio maduro continúe viviendo completamente dentro del agua.

Una piel casi sin pigmento

  La piel del proteo posee una coloración muy pálida, a veces rosada debido a los vasos sanguíneos visibles debajo de la superficie.

  En un ambiente permanentemente oscuro, la apariencia externa adquiere una importancia muy diferente de la que tendría para un animal expuesto continuamente a la luz.

  La piel continúa cumpliendo funciones fundamentales relacionadas con protección, intercambio de sustancias y respiración cutánea.

  Aquello que parece simplemente una cubierta delicada forma parte de un órgano fisiológicamente activo.

Un cuerpo preparado para desplazarse entre grietas

  El proteo posee un cuerpo largo y delgado, con extremidades pequeñas. Para desplazarse por el agua utiliza movimientos ondulatorios del tronco y la cola.

  Esta forma resulta apropiada para moverse entre espacios estrechos, grietas y corrientes subterráneas.

  Las patas participan en determinadas maniobras, pero la propulsión principal puede recordar el movimiento de una anguila.

  En un sistema de cavernas lleno de irregularidades, un cuerpo estrecho proporciona acceso a lugares donde un animal más voluminoso tendría dificultades.

Cuando encontrar alimento puede tomar mucho tiempo

  Una de las características más difíciles de la vida subterránea es la escasez de alimento.

  Las plantas no pueden realizar fotosíntesis allí donde no existe luz, por lo que gran parte de la energía disponible dentro de las cavernas debe llegar desde otros lugares. Materia orgánica transportada por el agua y pequeños animales constituyen recursos que pueden aparecer de manera irregular.

  El proteo posee un metabolismo notablemente bajo comparado con muchos anfibios de superficie, y su actividad espontánea también puede ser reducida. Este funcionamiento de bajo consumo ayuda a conservar energía cuando el alimento es escaso.

  En lugar de gastar grandes cantidades de energía buscando constantemente alimento, su organismo puede funcionar con una economía extraordinaria.

Comer cuando hay alimento y conservar cuando falta

  Cuando encuentra una fuente abundante, el proteo puede consumir alimento y almacenar parte de la energía en forma de lípidos y glucógeno.

  Durante períodos de escasez, esas reservas pueden utilizarse progresivamente mientras disminuye todavía más la actividad metabólica.

  Esta capacidad resulta esencial en un ambiente donde no existe garantía de encontrar alimento todos los días.

  La estrategia consiste en aprovechar cuando existe abundancia y gastar lentamente cuando llega la escasez.

  Nuevamente aparece un principio que observamos en otras criaturas de ambientes extremos: sobrevivir depende tanto de conseguir recursos como de administrarlos.

Una vida que transcurre lentamente

  El metabolismo reducido del proteo también se relaciona con un ritmo de vida extraordinariamente pausado.

  Puede pasar largos períodos con muy poco movimiento y los estudios de campo han mostrado que determinados individuos permanecen durante años en áreas muy pequeñas. Su comportamiento refleja un ambiente donde desplazarse constantemente podría significar gastar energía sin obtener suficiente beneficio.

  La quietud no es incapacidad.

  Es economía.                    

  Cuando las condiciones cambian o aparece alimento, el animal puede responder. Durante el resto del tiempo, conservar energía resulta una estrategia eficaz.

¿Cómo puede vivir tanto tiempo con tan poca energía?

  El proteo también ha llamado la atención por su longevidad excepcional para un anfibio de su tamaño. Estudios realizados en poblaciones mantenidas bajo observación han indicado vidas que pueden extenderse durante muchas décadas, un fenómeno que ha despertado interés entre investigadores del envejecimiento.

  Lo sorprendente es que no posee una temperatura corporal elevada ni un metabolismo intenso. Su organismo funciona lentamente, con bajos requerimientos energéticos.

  Los científicos continúan investigando cómo mantiene sus tejidos durante períodos tan prolongados y qué mecanismos participan en su longevidad.

  Una criatura escondida bajo tierra puede así proporcionar nuevas preguntas acerca del mantenimiento y envejecimiento de los organismos vivos.

Conservar características juveniles durante la edad adulta

  El proteo alcanza la madurez reproductiva sin experimentar la transformación corporal completa que observamos en muchos otros anfibios.

  Conserva las branquias externas y una forma corporal acuática durante toda su existencia.

  Esta característica recibe el nombre de neotenia o pedomorfosis.

  El fenómeno resulta especialmente interesante porque demuestra que alcanzar la capacidad reproductiva no exige necesariamente abandonar todas las estructuras asociadas con etapas tempranas del desarrollo.

  El organismo adulto continúa utilizando eficazmente características que le permiten permanecer dentro del agua.

Reproducirse en completa oscuridad

  La reproducción también debe ocurrir sin depender de señales visuales.

  Los proteos utilizan señales químicas y conductuales para reconocerse. Los machos pueden establecer territorios reproductivos y comunicarse con las hembras mediante mecanismos adecuados para un mundo donde la vista tiene poca importancia.

  Los huevos son depositados en lugares protegidos del ambiente acuático.

  Desde sus primeras etapas, la nueva generación comienza su existencia en la misma oscuridad donde viven los adultos.

  No necesita esperar a que aparezca la luz.

Un mundo que nosotros apenas podemos imaginar

  Nuestra experiencia está profundamente dominada por la visión. Abrimos los ojos y obtenemos inmediatamente información sobre distancias, formas, colores y movimiento.

  El proteo nos muestra que un vertebrado puede construir su relación con el ambiente de otra manera.

  Puede seguir señales químicas.

  Puede percibir vibraciones.

  Puede responder a débiles campos eléctricos.

  Su sistema nervioso combina información procedente de sentidos que para nosotros tienen poca importancia o que sencillamente no poseemos.

  La oscuridad no elimina la información.

  Simplemente cambia la manera en que debe obtenerse.

Cuando nuestros sentidos no son la medida de todo

  El estudio del proteo nos obliga a reconocer una realidad fascinante: los seres humanos solamente percibimos una fracción de las señales físicas que existen alrededor de nosotros.

  No vemos radiación infrarroja con nuestros ojos. No detectamos campos eléctricos débiles como ciertos animales. Nuestro sentido químico bajo el agua está muy lejos de poseer la sensibilidad encontrada en algunas criaturas acuáticas.

  Necesitamos construir instrumentos para detectar buena parte de esas señales.

  Otros organismos poseen receptores biológicos especializados.

  La creación contiene, por tanto, mundos sensoriales muy diferentes dentro del mismo planeta.

Una criatura completamente dependiente del agua subterránea

  La especialización del proteo para vivir dentro de cavernas también lo hace dependiente de la calidad de esos sistemas acuáticos.

  La contaminación que penetra desde la superficie puede llegar hasta las aguas subterráneas. Sustancias químicas utilizadas en agricultura, residuos y modificaciones del sistema hídrico pueden afectar un hábitat que desde fuera parece completamente aislado.

  El proteo está considerado una especie vulnerable y es objeto de programas de protección e investigación.

  Una criatura capaz de sobrevivir en completa oscuridad y soportar largos períodos de escasez continúa dependiendo de algo muy sencillo: agua limpia.

La oscuridad está llena de señales

  El libro de Job declara:

“¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar, y has andado escudriñando el abismo?”
(Job 38:16)

  Durante gran parte de la historia humana, las cavernas profundas fueron precisamente lugares que apenas podíamos explorar. Hoy disponemos de instrumentos capaces de estudiar animales que pasan toda su vida en esos ambientes.

  La ciencia puede examinar sus órganos sensoriales, registrar señales nerviosas, medir su metabolismo y analizar la estructura interna de su cabeza mediante técnicas tridimensionales. Esos estudios han confirmado que el proteo posee sistemas no visuales especializados que le permiten desenvolverse en completa oscuridad.

  Cada nuevo descubrimiento demuestra que lo que parecía un mundo vacío estaba lleno de información.

Vivir donde nunca amanece

  La Biblia no pretende describir los electrorreceptores del proteo, explicar su metabolismo o analizar la estructura de sus branquias. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la neurobiología.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la vida y reconocer en ella sabiduría:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El proteo constituye una magnífica oportunidad para hacerlo. Vive en un ambiente donde nosotros apenas podríamos orientarnos. Sus ojos desempeñan un papel muy reducido, pero otros sentidos proporcionan la información necesaria. Las sustancias disueltas en el agua revelan la presencia de alimento, las vibraciones anuncian movimiento y débiles señales eléctricas pueden ser detectadas por órganos especializados.

  Al mismo tiempo, sus branquias permiten obtener oxígeno del agua, su cuerpo alargado facilita el desplazamiento entre grietas y un metabolismo de bajo consumo ayuda a sobrevivir donde la comida puede ser escasa.

  Todo esto ocurre lejos de nuestra mirada.

  No hay amaneceres.

  No existen hojas iluminadas por el Sol.

  No hay estrellas ni horizonte.

  Sin embargo, allí continúa la vida.

  Desde la perspectiva bíblica, el proteo nos recuerda que la sabiduría del Creador no se manifiesta solamente en los lugares que podemos contemplar fácilmente. También puede encontrarse escondida bajo nuestros pies, en las aguas silenciosas de una caverna, donde una pequeña salamandra ha sido equipada con sentidos capaces de revelar un mundo que para nosotros permanecería completamente oscuro.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

Organizaciones y recursos científicos

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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:

Por el Dr. Elio M rivera

  En las aguas tranquilas de manglares, estuarios y ríos del sudeste asiático y otras regiones cercanas vive un pequeño pez que posee una manera extraordinaria de conseguir alimento. Nada lentamente cerca de la superficie mientras observa las ramas y hojas situadas fuera del agua. Allí puede encontrarse un insecto descansando, aparentemente fuera de su alcance.

  El pez no puede trepar hasta la rama ni perseguir a su presa por el aire. Sin embargo, dispone de otra estrategia. Se coloca debajo del insecto, orienta cuidadosamente su cuerpo, aproxima la boca a la superficie y dispara un potente chorro de agua. Si alcanza el objetivo, el insecto pierde el equilibrio, cae al agua y el pez lo captura rápidamente.

  Se trata del pez arquero, nombre utilizado para diferentes especies de la familia Toxotidae. Su capacidad resulta mucho más compleja de lo que inicialmente parece. Para derribar una presa necesita localizarla fuera del agua, calcular correctamente su posición a pesar de la refracción de la luz, orientar el disparo, producir un chorro suficientemente potente y anticipar dónde caerá el insecto para llegar antes que otros peces.

  Una pequeña acción que dura apenas unos instantes requiere visión, física, coordinación muscular, aprendizaje y precisión trabajando conjuntamente.

El pez arquero un organismo que caza presas de otro mundo

  El pez arquero enfrenta un problema poco común. Él permanece bajo el agua, pero muchas de sus presas están en el aire.

  Esto significa que sus ojos deben observar objetos a través de la superficie que separa dos medios diferentes.

  Cuando la luz pasa del aire al agua cambia de velocidad y dirección. Este fenómeno se conoce como refracción.

  Nosotros mismos podemos observarlo introduciendo parcialmente un lápiz dentro de un vaso con agua. El lápiz parece doblarse precisamente porque la luz cambia de dirección al atravesar la superficie.

  Para el pez arquero, este fenómeno no es una curiosidad de laboratorio.

  Es un problema que necesita resolver cada vez que apunta hacia una presa.

El pez arquero, calculando donde se encuentra su presa

El insecto no está exactamente donde parece

  Cuando el pez observa un insecto situado sobre una rama, la luz procedente de esa presa atraviesa primero el aire y después entra en el agua.

  Al cambiar de dirección, puede modificar la posición aparente del objeto.

  Si el pez simplemente disparara hacia donde parece encontrarse el insecto sin compensar correctamente esa diferencia, podría fallar.

  Por eso su sistema visual y su comportamiento permiten responder a la geometría creada por la refracción.

  El desafío aumenta cuando la presa no está directamente encima del pez, porque el efecto óptico depende del ángulo desde el cual se observa.

  Antes de lanzar una sola gota, el pez ya enfrenta un problema de óptica.

Una posición puede simplificar el problema

  Existe una manera de reducir la dificultad producida por la refracción.

  Cuando el pez puede colocarse aproximadamente debajo de la presa y observarla con un ángulo cercano a la perpendicular respecto de la superficie, la desviación de la luz disminuye.

  Los peces arqueros pueden utilizar posiciones favorables para realizar sus disparos.

  Sin embargo, también son capaces de alcanzar objetivos desde distintos ángulos, lo que demuestra que su capacidad no depende exclusivamente de situarse directamente debajo del insecto.

  Los experimentos han mostrado que estos peces pueden aprender relaciones entre posiciones, distancias y trayectorias.

  No estamos observando solamente una boca que expulsa agua.

  Estamos observando un sistema sensorial capaz de guiar esa acción.

¿Cómo fabrica el pez una pistola de agua?

  El mecanismo utilizado para disparar es extraordinariamente sencillo en apariencia.

  Dentro de la boca existe un surco relacionado con el paladar. La lengua puede colocarse de manera que contribuya a formar un conducto estrecho.

  Al cerrar las estructuras apropiadas y comprimir rápidamente el agua dentro de la cavidad bucal, el pez dirige el líquido hacia el exterior.

  La boca funciona temporalmente como una pequeña boquilla.

  El resultado es un chorro dirigido hacia el objetivo.

  Pero producir agua hacia arriba no sería suficiente. El chorro necesita conservar suficiente cohesión y fuerza para alcanzar al insecto y hacerlo caer.

El chorro se vuelve más poderoso mientras avanza

  Esta es una de las características más sorprendentes del sistema.

  Los investigadores descubrieron que el pez arquero no necesariamente expulsa toda el agua exactamente a la misma velocidad. Puede modificar el flujo durante el disparo de manera que el agua emitida posteriormente viaje más rápido que parte del agua expulsada anteriormente.

  Las porciones posteriores comienzan entonces a alcanzar a las anteriores.

  Como resultado, una cantidad mayor de agua puede concentrarse cerca del extremo del chorro cuando llega a la presa.

  El efecto incrementa la fuerza del impacto.

  Es una solución extraordinaria: el pez no depende solamente de producir un chorro fuerte; controla la dinámica del agua para concentrar el golpe cerca del objetivo.

La distancia también importa

  No es lo mismo derribar un insecto situado muy cerca de la superficie que alcanzar uno colocado bastante más arriba.

  Conforme aumenta la distancia, el agua pierde velocidad, la gravedad modifica su trayectoria y pequeñas imprecisiones en el ángulo producen errores mayores.

  El pez necesita ajustar su disparo.

  Estudios experimentales han demostrado que puede modificar características del chorro según la distancia del objetivo.

  Esto significa que el comportamiento no consiste en repetir siempre exactamente el mismo movimiento.

  El disparo se adapta a las circunstancias.

Una boca utilizada como herramienta

  La boca de un pez normalmente se relaciona con capturar y procesar alimento, mover agua hacia las branquias y otras funciones.

  En el pez arquero aparece una posibilidad adicional.

  La misma cavidad bucal participa en la construcción de una herramienta hidráulica temporal.

  Lengua, paladar, músculos y agua trabajan juntos para producir el disparo.

  No existe una estructura semejante a un arma separada del cuerpo.

  El propio sistema oral se convierte durante unos instantes en un mecanismo capaz de proyectar agua con precisión.

Pero acertar al insecto es solamente la mitad del problema

  Imaginemos que el pez dispara correctamente.

  El insecto cae.

  Todavía no ha terminado la competencia.

  Otros peces pueden encontrarse cerca y también intentar capturarlo.

  Por eso el arquero necesita reaccionar inmediatamente.

  En cuanto la presa comienza a caer, el pez puede iniciar un movimiento rápido hacia el punto donde espera que llegue al agua.

  Esto introduce otro problema fascinante.

  Ahora necesita anticipar dónde caerá el insecto.

El pez arquero es capaz de predecir dónde caerá la presa

  Investigaciones experimentales han demostrado que los peces arqueros pueden iniciar movimientos hacia el lugar esperado de caída en un tiempo extraordinariamente breve.

  La posición inicial del insecto y su trayectoria proporcionan información que permite orientar la respuesta.

  El pez no necesita esperar hasta que la presa toque el agua para comenzar a perseguirla.

  Puede anticiparse.

  Esto aumenta considerablemente sus posibilidades de llegar primero.

  La capacidad resulta especialmente importante cuando varios peces están esperando debajo de la misma rama.

Ver un objeto en movimiento

  Los peces arqueros también han llamado la atención de neurobiólogos porque poseen capacidades visuales notables.

  No solamente disparan hacia insectos inmóviles. Pueden aprender a responder a diferentes formas y movimientos, distinguir objetivos y ajustar su comportamiento según lo observado.

  El cerebro necesita procesar rápidamente información visual procedente de un ambiente situado fuera del agua.

  Después debe transformar esa información en órdenes musculares precisas.

  Los ojos detectan.

  El cerebro procesa.

  El cuerpo se orienta.

  La boca dispara.

  Y todo sucede en cuestión de instantes.

La superficie del agua funciona como una ventana

  Desde debajo del agua, el mundo exterior presenta una apariencia muy diferente.

  Debido a las propiedades de la refracción, un pez puede observar una región del mundo situado sobre la superficie dentro de un campo visual comprimido conocido en óptica como ventana de Snell.

  Árboles, cielo, ramas e insectos aparecen dentro de esa ventana visual.

  Para nosotros puede resultar extraño imaginar el mundo desde esa perspectiva.

  Para el pez arquero es su ambiente cotidiano.

  Su sistema visual funciona dentro de esas condiciones y le permite localizar objetivos situados fuera de su propio medio.

Aprender observando a otros

  Una de las capacidades más interesantes demostradas experimentalmente en peces arqueros es el aprendizaje.

  Investigadores han observado que determinados individuos pueden mejorar su desempeño con la experiencia. Incluso existen experimentos en los que peces que observaron a otros realizar una tarea posteriormente mejoraron su capacidad para resolverla.

  Esto demuestra que el comportamiento del pez arquero posee una flexibilidad mayor de la que podríamos esperar de un animal con un cerebro relativamente pequeño.

  La experiencia modifica su desempeño.

  La precisión puede mejorar.

  El animal aprende.

Un cerebro pequeño no significa una tarea sencilla

  Con frecuencia tendemos a relacionar inteligencia exclusivamente con el tamaño del cerebro.

  El pez arquero nos invita a ser más cuidadosos.

  Su sistema nervioso necesita resolver tareas específicas con enorme eficacia. Debe procesar imágenes procedentes de fuera del agua, coordinar movimientos y ajustar el comportamiento según diferentes circunstancias.

  No significa que piense matemáticamente acerca de la refracción o calcule ecuaciones de trayectoria.

  No necesita hacerlo.

  Su sistema nervioso produce respuestas apropiadas a las condiciones físicas que encuentra.

  La capacidad de resolver una tarea no exige comprender conscientemente las leyes que la describen.

El pez no conoce la ley de Snell

  Los seres humanos necesitaron estudiar óptica para describir matemáticamente cómo cambia la dirección de la luz al atravesar dos medios.

  La relación se expresa mediante la conocida ley de Snell.

  El pez arquero obviamente no conoce esa ecuación.

  Sin embargo, su comportamiento funciona dentro de las mismas leyes físicas.

  Esto hace especialmente fascinante su estudio.

  La física describe las reglas.

  La anatomía y fisiología del pez le permiten actuar correctamente dentro de ellas.

Cuando la biología y la física trabajan juntas

  Para derribar un solo insecto deben intervenir numerosos componentes.

  El ojo necesita captar correctamente la luz.

  El sistema nervioso debe interpretar la posición del objetivo.

  Los músculos orientan el cuerpo.

  La lengua y el paladar forman el conducto.

  Los músculos de la boca generan presión.

  El agua sale con una velocidad controlada.

  El chorro atraviesa el aire.

  La presa recibe el impacto.

  Después, el pez calcula rápidamente hacia dónde dirigirse para capturarla.

  Ningún componente aislado explica el comportamiento completo.

  La maravilla aparece cuando todos trabajan juntos.

Una pequeña lección sobre aquello que creemos sencillo

  Desde la orilla podríamos observar al pez lanzar agua y pensar que se trata simplemente de un curioso truco.

  La ciencia permite mirar más profundamente.

  Primero aparece la refracción.

  Después la orientación visual.

  Luego la biomecánica de la boca.

  A continuación la dinámica del chorro.

  Finalmente encontramos predicción, competencia y aprendizaje.

  Una conducta de pocos segundos contiene varias áreas completas de estudio científico.

  El salmista escribió:

“Grandes son las obras de Jehová, buscadas de todos los que las quieren.”
(Salmo 111:2)

  El pez arquero demuestra cuánto puede encontrarse cuando realmente comenzamos a buscar.

Un cazador que utiliza el agua como herramienta

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán; a las aves de los cielos, y ellas te lo mostrarán.”
(Job 12:7)

  También podríamos mirar hacia los peces.

  La Biblia no pretende explicar la refracción, describir la dinámica de fluidos o analizar el sistema visual del pez arquero. Estas preguntas corresponden a la óptica, la zoología, la neurobiología y la biomecánica.

  Las Escrituras, sin embargo, nos invitan a contemplar las criaturas y reconocer la sabiduría presente en ellas:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El pez arquero constituye un magnífico ejemplo. Vive debajo de la superficie, pero encuentra parte de su alimento por encima de ella. Sus ojos observan a través de dos medios diferentes. Su sistema nervioso responde a los efectos de la refracción. Su boca transforma agua en un proyectil controlado y la dinámica del chorro ayuda a concentrar el impacto sobre una presa diminuta.

  Después de acertar todavía debe reaccionar. El insecto comienza a caer y el pez se dirige rápidamente hacia el lugar donde espera encontrarlo.

  Todo puede ocurrir en apenas unos segundos.

  Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos no disminuye el asombro; lo aumenta. El pez arquero nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse incluso en un pequeño pez que mira hacia una rama, localiza un insecto desde debajo del agua y convierte unas cuantas gotas en una herramienta extraordinariamente precisa para conseguir su alimento.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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Por el Dr. Elio M Rivera

  En las aguas costeras de muchas regiones del mundo vive un pez cuya apariencia ya resulta sorprendente. Su cabeza recuerda vagamente a la de un pequeño caballo, nada en posición vertical y utiliza una cola prensil para sujetarse a plantas, corales y otras estructuras del fondo marino. Sin embargo, la característica más extraordinaria del caballito de mar no está en su forma, sino en su reproducción.

  En estos peces ocurre algo poco común entre los vertebrados: la hembra deposita sus huevos dentro de una bolsa especializada situada en el cuerpo del macho. Allí permanecen protegidos mientras continúan su desarrollo. El padre regula condiciones internas importantes y, cuando llega el momento apropiado, contracciones musculares expulsan al exterior a decenas o incluso cientos de pequeñas crías.

  La nueva generación no simplemente se desarrolla cerca del padre. Durante un período fundamental de su existencia, crece dentro de una estructura corporal especializada del macho.

El caballito de mar, una de las formas de reproducción más sorprendentes del océano

  El salmista contempló la inmensidad de los mares y escribió:

“He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.”
(Salmo 104:25)

  Entre esos seres pequeños encontramos al caballito de mar, una criatura que demuestra hasta qué punto la reproducción puede adoptar formas distintas dentro del mundo animal.

  El proceso comienza con el encuentro entre macho y hembra. En diferentes especies se observan comportamientos de cortejo que incluyen cambios de coloración, movimientos coordinados y períodos en los que ambos individuos nadan próximos entre sí.

  Estas interacciones ayudan a sincronizar el momento reproductivo.

El cabillot de mar, tiene una bolsa preparada para recibir los huevos

  El macho posee una estructura conocida como bolsa incubadora o bolsa de cría, situada en la región ventral de su cuerpo.

  Durante el apareamiento, la hembra utiliza un órgano especializado para transferir los huevos hacia el interior de esa bolsa. Allí ocurre la fecundación y comienza el desarrollo.

  La hembra ha producido los huevos.

  Pero será el macho quien los llevará.

  La bolsa no funciona simplemente como un bolsillo donde los embriones permanecen almacenados. Su interior posee una abundante irrigación sanguínea y tejidos especializados que participan activamente en las condiciones necesarias para el desarrollo.

Un ambiente cuidadosamente regulado

  Una vez dentro de la bolsa, los embriones necesitan mucho más que protección física.

  Necesitan oxígeno.

  Necesitan mantener un equilibrio adecuado de sales y agua.

  Necesitan condiciones químicas compatibles con su crecimiento.

  Los tejidos de la bolsa participan en estas funciones.

  Investigaciones fisiológicas han mostrado que durante la gestación masculina ocurren cambios importantes en la vascularización y en la actividad de genes relacionados con transporte de sustancias, intercambio gaseoso y regulación osmótica.

  El padre no funciona únicamente como recipiente.

  Su organismo participa activamente en el mantenimiento del ambiente donde se desarrollan las crías.

Respirar dentro del padre

  Los embriones necesitan oxígeno desde las primeras etapas de desarrollo.

  El interior de la bolsa posee una red de vasos sanguíneos que permite el intercambio de gases entre los tejidos del padre y el ambiente que rodea a los embriones.

  A medida que las crías crecen, sus necesidades también aumentan.

  El sistema circulatorio del macho debe mantener condiciones suficientes para satisfacer esa demanda.

  De esta manera, la circulación paterna se convierte temporalmente en parte del sistema que sostiene a la nueva generación.

El desafío de vivir en agua salada

  El medio marino presenta otro problema.

  Los organismos necesitan mantener concentraciones internas de sales dentro de determinados límites. Una alteración excesiva podría afectar el funcionamiento celular.

  Los tejidos de la bolsa ayudan a regular gradualmente las condiciones osmóticas durante el desarrollo.

  Cuando los embriones se encuentran en etapas tempranas, el ambiente interno puede diferir considerablemente del agua de mar exterior. Conforme se aproxima el nacimiento, las condiciones pueden modificarse y preparar progresivamente a las crías para la vida independiente.

  Esta transición resulta fundamental.

  Los pequeños no deben pasar repentinamente de un ambiente protegido a otro completamente distinto sin ninguna preparación fisiológica.

Un padre que cambia durante el embarazo

  La gestación produce cambios visibles y fisiológicos en el macho.

  La bolsa aumenta de tamaño conforme las crías crecen. El abdomen adquiere un aspecto más voluminoso y los tejidos internos experimentan modificaciones asociadas con el mantenimiento de los embriones.

  Esto exige energía.

  El padre continúa necesitando alimentarse, nadar, evitar depredadores y mantener sus propias funciones mientras lleva dentro a numerosos descendientes.

  La reproducción representa, por tanto, una inversión importante.

Una estrecha relación entre padre y crías

  El desarrollo dentro de la bolsa ha sido comparado en algunos aspectos funcionales con ciertos procesos encontrados durante la gestación de mamíferos, aunque los mecanismos no son idénticos.

  Existe intercambio de gases, regulación de líquidos y una relación fisiológica entre los tejidos del padre y los embriones.

  Sin embargo, es importante no exagerar la comparación.

  El caballito de mar sigue siendo un pez y su sistema reproductivo posee características propias.

  Lo fascinante es que una estructura especializada ha asumido funciones suficientes para permitir que decenas o cientos de embriones completen allí una parte decisiva de su desarrollo.

Cada cría se desarrolla dentro de un espacio limitado

  Dentro de la bolsa, los embriones continúan creciendo y adquiriendo progresivamente la forma característica de los caballitos de mar.

  Se desarrollan las estructuras corporales, los órganos internos y los sistemas necesarios para la vida independiente.

  El espacio disponible es limitado.

  Esto significa que el número de crías, el tamaño de la especie y la capacidad de la bolsa deben mantener una relación funcional.

  En algunas especies pueden desarrollarse varias decenas de jóvenes.

  En otras, el número puede alcanzar cientos o incluso superar esa cifra.

El nacimiento de las crías del caballito de mar

El nacimiento comienza con contracciones

  Cuando llega el momento del nacimiento, el macho experimenta fuertes contracciones musculares.

  La bolsa comienza a expulsar las pequeñas crías hacia el exterior.

  El proceso puede requerir numerosos movimientos y durar un período considerable dependiendo de la cantidad de descendientes.

  Una tras otra, pequeñas versiones del adulto aparecen en el agua.

  La escena resulta extraordinaria.

  Un pez macho que durante semanas llevó a la nueva generación dentro de su cuerpo termina liberándola mediante un proceso semejante, en algunos aspectos visuales, a un parto.

Pequeños pero preparados para nadar

  Las crías nacen ya con la forma básica característica de un caballito de mar.

  Son extremadamente pequeñas, pero poseen estructuras que les permiten comenzar una vida independiente.

  A diferencia de muchos mamíferos, no reciben posteriormente un cuidado prolongado por parte del padre.

  Una vez liberadas, deben alimentarse y evitar depredadores por sí mismas.

  La protección paterna fue intensa durante la gestación.

  Después del nacimiento, comienza una etapa completamente diferente.

La independencia tiene un precio

  Producir muchas crías no significa que todas llegarán a la edad adulta.

  Los caballitos de mar recién nacidos enfrentan numerosos peligros. Son pequeños, pueden ser arrastrados por corrientes y constituyen presas potenciales para muchos animales.

  Necesitan encontrar alimento rápidamente.

  La elevada producción de crías ayuda a compensar estas dificultades.

  Una estrategia reproductiva puede proporcionar gran protección durante una etapa y, sin embargo, dejar a los jóvenes expuestos posteriormente a las condiciones naturales del ambiente.

Una cola que funciona como ancla

  La reproducción no es la única característica extraordinaria de estos peces.

  El caballito de mar posee una cola prensil capaz de enrollarse alrededor de plantas, corales, esponjas y otras estructuras.

  Esta capacidad resulta importante porque su forma de nadar es muy diferente de la mayoría de los peces.

  Puede sujetarse a un soporte y permanecer relativamente estable aunque exista cierto movimiento del agua.

  La cola funciona como un punto de anclaje.

Una armadura en lugar de escamas comunes

  El cuerpo del caballito de mar está rodeado por placas óseas organizadas en anillos.

  Esto le proporciona una estructura externa relativamente rígida.

  Su cuerpo no posee la flexibilidad típica de muchos otros peces, pero esa protección se combina con una cola especializada y una forma particular de locomoción.

  La anatomía completa corresponde a una manera de vivir distinta.

Nadar de pie

  Otra de sus características más reconocibles es la postura vertical.

  Mientras la mayoría de los peces se desplazan horizontalmente, el caballito de mar mantiene la cabeza por encima del tronco.

  Utiliza una pequeña aleta dorsal que se mueve rápidamente para generar propulsión, mientras las aletas pectorales ayudan a controlar la dirección y estabilidad.

  No es un nadador rápido.

  Su estrategia depende más de precisión, camuflaje y capacidad para sujetarse que de perseguir presas a gran velocidad.

Un cazador que casi no se mueve

  Los caballitos de mar se alimentan principalmente de pequeños crustáceos y otros organismos diminutos.

  Pueden permanecer casi inmóviles mientras esperan.

  Cuando una presa se aproxima, la cabeza realiza un movimiento rápido y la boca tubular produce una succión que atrae al pequeño organismo.

  La captura ocurre en una fracción de segundo.

  Un animal de movimientos aparentemente lentos puede poseer un mecanismo de alimentación extraordinariamente rápido.

Ojos que pueden observar diferentes direcciones

  Los ojos del caballito de mar también poseen una notable movilidad.

  Pueden orientarse en diferentes direcciones y explorar el entorno mientras el cuerpo permanece relativamente inmóvil.

  Esta capacidad ayuda a detectar alimento y amenazas.

  El animal puede vigilar una región mientras examina otra.

  La visión se integra así con una estrategia de caza basada en esperar el momento apropiado.

Camuflarse sin necesidad de escapar

  Muchas especies pueden presentar coloraciones que ayudan a integrarse con algas, corales y vegetación marina.

  Algunas poseen además prolongaciones corporales que rompen visualmente la silueta.

  Para un animal que nada lentamente, evitar ser detectado representa una estrategia importante.

  En lugar de depender principalmente de la velocidad, utiliza inmovilidad, forma y coloración.

  La protección comienza antes de que aparezca la necesidad de huir.

Una pareja coordinada

  En diferentes especies se han observado vínculos reproductivos que pueden mantenerse durante determinados períodos.

  Machos y hembras realizan interacciones de cortejo que ayudan a coordinar el momento en que los huevos serán transferidos.

  Esto resulta especialmente importante porque el macho necesita estar fisiológicamente preparado para recibirlos.

  La bolsa no puede simplemente utilizarse en cualquier momento.

  Su condición cambia durante el ciclo reproductivo.

  La sincronización entre ambos individuos forma parte del éxito de la reproducción.

Un sistema en el que cada uno cumple una función diferente

  La hembra produce y transfiere los huevos.

  El macho los recibe y lleva durante el desarrollo.

  Ambos participan de maneras distintas.

  Esta distribución resulta especialmente interesante porque rompe nuestras expectativas acerca de la reproducción.

  No existe una única forma de proteger la nueva vida entre los animales.

  En algunas especies, la madre realiza la mayor parte del cuidado.

  En otras, ambos padres participan.

  Y en el caballito de mar, el macho posee una estructura corporal especializada para llevar a los embriones.

Una bolsa que exige varios sistemas trabajando juntos

  La bolsa de cría solamente puede funcionar porque diferentes sistemas participan simultáneamente.

  Los vasos sanguíneos proporcionan intercambio.

  Los tejidos controlan agua y sales.

  El sistema muscular participa posteriormente en el nacimiento.

  Las señales hormonales regulan diferentes etapas del proceso.

  Al mismo tiempo, el macho mantiene respiración, circulación, alimentación y locomoción.

  Una sola estructura visible depende de numerosos procesos internos.

Cuando la reproducción se convierte en una responsabilidad paterna

  El libro de Job declara:

“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, y ellas te enseñarán.”
(Job 12:7)

  El caballito de mar demuestra cuánto puede aprenderse observando la diversidad de la vida.

  La Biblia no pretende describir los mecanismos osmóticos de una bolsa incubadora ni explicar la fisiología reproductiva de los peces. Estas preguntas corresponden a la zoología, la fisiología y la biología del desarrollo.

  Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a reconocer la sabiduría presente en las criaturas:

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)

  El caballito de mar constituye una magnífica oportunidad para hacerlo.

  La hembra deposita sus huevos en una bolsa especializada del macho. Allí comienza una etapa durante la cual el padre proporciona protección y mantiene condiciones internas apropiadas mientras las crías continúan desarrollándose.

  Después llega el momento del nacimiento.

  El cuerpo del macho se contrae y pequeñas crías comienzan a salir hacia el océano.

  La misma criatura que días antes nadaba lentamente entre algas lleva ahora dentro de sí a toda una nueva generación.

  Desde la perspectiva bíblica, conocer estos mecanismos aumenta nuestra admiración. El caballito de mar nos recuerda que la protección de la nueva vida puede manifestarse de maneras completamente inesperadas. En este pequeño pez, el padre no solamente participa en la reproducción: su propio cuerpo se convierte temporalmente en el lugar donde sus crías permanecen protegidas hasta estar preparadas para comenzar su vida en el océano.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Investigación científica especializada

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