Dr. Elio M Rivera
Mateo 2:22-23 — “…se fue a la región de Galilea, y vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret…”
El camino finalmente estaba llegando a su término.
Belén había quedado atrás.
También Egipto.
Herodes había muerto.
Judea había quedado descartada ante la presencia amenazante de Arquelao.
José había recibido una nueva advertencia y la familia había cambiado de dirección hacia Galilea.
Después de todo aquello, podríamos esperar que la historia terminara en un lugar extraordinario.
Jerusalén habría parecido apropiada.
Era la ciudad de David.
Allí estaba el templo.
Allí acudían los peregrinos.
Allí se encontraban sacerdotes, maestros y dirigentes religiosos.
Si alguien hubiera tenido que escoger una ciudad adecuada para que creciera el Mesías de Israel, Jerusalén habría parecido una elección comprensible.
O quizá alguna población importante de Galilea.
Pero Mateo escribe:

“…vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret.”
Nazaret.
Después de ángeles, magos, una estrella, Herodes, una huida, Egipto y un largo regreso, el camino terminaba allí.
No en un palacio.
No junto al templo.
No en una ciudad cuyo nombre produjera admiración.
En Nazaret.
En tiempos de Jesús, Nazaret era una población pequeña de Galilea. Las investigaciones arqueológicas muestran una comunidad judía modesta, asentada entre las colinas de la región. No poseía la importancia política de Jerusalén ni aparece como uno de los grandes centros urbanos de aquella época.
Su pequeñez resulta todavía más llamativa por otra razón.
Nazaret no aparece mencionada en el Antiguo Testamento.
No ocupa un lugar destacado en los relatos de los grandes acontecimientos de Israel.
No era la ciudad de los reyes.
No era la ciudad de los sacerdotes.
No era la ciudad del templo.
No era un lugar cuyo nombre pareciera anunciar grandeza.
Y, sin embargo, allí fue llevado el Hijo de Dios.
Hay algo profundamente desconcertante en las elecciones de Dios.
El nacimiento había ocurrido en Belén, la ciudad asociada con David y señalada por el profeta Miqueas.
Pero después del exilio, cuando llegó el momento de establecerse, el camino no terminó entre los grandes.
Terminó entre los pequeños.
Nazaret.
Quizá nosotros habríamos escrito la historia de otra manera.
Después de todo lo que Jesús había aceptado, podríamos haber esperado una especie de compensación.
Había nacido en circunstancias humildes.
Había sido perseguido siendo niño.
Había tenido que salir de su tierra.
Había vivido en Egipto.
Había recorrido nuevamente el camino de regreso.
¿No habría llegado finalmente el momento de darle un lugar digno de quien era?
Pero el Hijo no había venido buscando aquello que los hombres llaman prestigio.
Y por eso aceptó Nazaret.
No necesitaba que el lugar donde viviera anunciara su grandeza.
No necesitaba una ciudad importante para ser importante.
No necesitaba que los hombres admiraran su procedencia para saber quién era.
Su identidad no dependía del lugar que apareciera junto a su nombre.
Y años después una pequeña conversación revelaría cuánto podía pesar aquel nombre en la mente de algunos.
Felipe encontró a Natanael y le anunció:
“Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.”
La respuesta fue inmediata:
“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”
Juan 1:45-46.
Aquella pregunta nos permite escuchar algo que Mateo todavía no explica.
Nazaret no impresionaba.
Y precisamente allí estaba la belleza.
Porque el Hijo de Dios no necesitó rodearse de grandeza humana para demostrar grandeza divina.
El mundo acostumbra colocar a sus grandes hombres en lugares grandes.
Palacios.
Capitales.
Cortes.
Centros de poder.
Dios llevó a su Hijo a Nazaret.
El contraste resulta todavía mayor cuando recordamos de dónde había venido realmente Jesús.
Juan había escrito:
“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
Juan 1:1.
Antes de Nazaret estaba la eternidad.
Antes de aquella pequeña población estaba la gloria que compartía con el Padre.
Antes de las colinas de Galilea estaba Aquel por medio de quien habían sido hechas todas las cosas.
Y ahora el nombre de una pequeña población comenzaría a quedar unido al suyo.
También esto formó parte de su renuncia.
No solamente aceptó un cuerpo.
No solamente aceptó las limitaciones del tiempo y la distancia.
No solamente aceptó Egipto.
No solamente aceptó vivir bajo gobernantes como Herodes y Arquelao.
Aceptó la pequeñez.
Aceptó vivir sin prestigio.
Aceptó que su procedencia pudiera provocar desprecio.
Aceptó que alguien pudiera escuchar el nombre del lugar de donde venía y preguntar:
“¿De Nazaret puede salir algo de bueno?”
El Rey no exigió una ciudad digna de un rey.
El Creador no pidió una residencia digna del Creador.
El Hijo eterno no necesitó que el escenario estuviera a la altura del personaje.
Le bastó Nazaret.
Y quizá aquí comenzamos a descubrir algo acerca del corazón de Jesús que después aparecerá claramente en sus enseñanzas.
La grandeza, para Él, nunca dependería de aquello que impresiona a los hombres.
No necesitaría títulos para saber quién era.
No necesitaría reconocimiento para permanecer seguro de su identidad.
No necesitaría ocupar los primeros lugares.
No necesitaría demostrar constantemente su importancia.
Porque quien sabe verdaderamente quién es puede permitirse ocupar un lugar pequeño.
Jesús sabía quién era.
Por eso Nazaret no podía hacerlo menos.
Jerusalén no habría podido hacerlo más.
El palacio de Herodes no habría añadido nada a su gloria.
Y una pequeña población de Galilea no podía quitársela.
El viaje había terminado.
José había llegado.
María había llegado.
El niño había llegado.
Después de tantos caminos, finalmente había un lugar donde permanecer.
Nazaret.
Todavía no entraremos en aquella casa.
No observaremos todavía cómo transcurrieron los años siguientes.
Esa será otra historia.
Por ahora nos quedamos afuera, contemplando solamente el lugar que el Hijo aceptó.
Un lugar pequeño.
Un lugar sin prestigio.
Un lugar que un día provocaría una pregunta cargada de menosprecio.
Y allí, precisamente allí, el Hijo de Dios permanecería hasta que llegara el momento de manifestarse públicamente.
El mundo esperaba grandeza en lugares grandes.
Dios había llevado al Rey a Nazaret.
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