Dr. Elio M Rivera
Mateo 2:22 — “…pero avisado por revelación en sueños, se fue a la región de Galilea.”
José tenía razones para sentir temor.
Herodes había muerto, pero Judea estaba ahora bajo la autoridad de Arquelao. Las noticias que llegaban de aquel territorio no invitaban a una familia con un niño pequeño a instalarse tranquilamente allí.
José podía escuchar rumores.
Podía preguntar a otros viajeros.
Podía observar los caminos.
Podía intentar tomar la mejor decisión posible.
Pero había algo que José no podía hacer:
ver todo lo que estaba delante de ellos.
El Padre sí.
Y volvió a hablar.

José recibe el aviso del ángel
Mateo lo expresa en pocas palabras:
“…avisado por revelación en sueños…”
No era la primera vez.
Cuando José pensó en dejar secretamente a María, Dios habló.
Cuando Herodes buscó al niño para matarlo, Dios habló.
Cuando llegó el momento de abandonar Egipto, Dios habló.
Y ahora, cuando el camino de regreso parecía conducirlos hacia un territorio peligroso, Dios volvió a hablar.
Hay algo profundamente hermoso en esta historia.
El Padre no había evitado que existiera Herodes.
Tampoco había impedido que Arquelao llegara al poder.
No había convertido el mundo en un lugar seguro antes de enviar a su Hijo.
Pero ninguna de aquellas circunstancias estaba fuera de su mirada.
El Padre sabía dónde estaba el peligro.
Sabía quién gobernaba Judea.
Sabía lo que José ignoraba.
Sabía qué camino no debían tomar.
Y sabía hacia dónde debían dirigirse.
Mientras una familia avanzaba por los caminos sin conocer completamente lo que encontraría más adelante, el Padre ya conocía el camino entero.
Y aquí aparece otra dimensión sorprendente de la encarnación.
El Hijo que había vivido eternamente en comunión con el Padre había aceptado venir al mundo como un verdadero niño.
No vemos al pequeño Jesús levantándose para decidir personalmente la ruta.
No vemos al niño explicándole a José dónde estaba Arquelao.
No vemos una manifestación de poder para abrirse camino.
Vemos algo mucho más sencillo.
José recibe una advertencia.
Y José cambia de dirección.
El Hijo de Dios había aceptado que, durante aquella etapa de su vida humana, su seguridad estuviera vinculada al cuidado de las personas a quienes el Padre había confiado su infancia.
José debía escuchar.
José debía levantarse.
José debía tomar al niño.
José debía escoger el camino.
José debía obedecer.
Y Jesús aceptó ser cuidado.
Esto también fue parte de su humillación voluntaria.
El que sostiene todas las cosas aceptó ser sostenido.
El que guía a los hombres aceptó ser llevado.
El que conoce el principio y el fin aceptó vivir una infancia en la que otros tomaban decisiones prácticas acerca de dónde debía estar.
El Todopoderoso aceptó la dependencia propia de un niño.
No porque hubiera perdido su divinidad.
No porque hubiera dejado de ser el Hijo.
Sino porque no fingió hacerse hombre.
Se hizo hombre verdaderamente.
Y hacerse hombre significaba también aceptar aquello que todos nosotros conocimos alguna vez, aunque no podamos recordarlo:
depender de alguien.
Depender de que alguien nos alimentara.
Depender de que alguien nos cubriera.
Depender de que alguien reconociera un peligro.
Depender de que alguien nos llevara lejos de él.
Depender de brazos humanos.
Es difícil imaginar una renuncia mayor cuando recordamos quién era aquel niño.
Pero detrás de aquellos brazos humanos había otros brazos que nunca dejaron de sostenerlo.
Los del Padre.
José no conocía todo.
El Padre sí.
José podía equivocarse.
El Padre podía corregir el rumbo.
José veía el camino inmediato.
El Padre veía el destino.
Por eso esta historia no es solamente la historia de un niño vulnerable.
Es también la historia de un Hijo cuidado por su Padre.
Años después, cuando Jesús comenzara a manifestarse públicamente, aquella confianza aparecería una y otra vez en sus palabras.
Hablaría de hacer la voluntad del Padre.
Hablaría de las obras del Padre.
Hablaría de haber sido enviado por el Padre.
Y llegaría a decir:
“No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.”
Juan 5:30.
Aquella dependencia no significaba inferioridad.
Revelaba una relación.
El Hijo confiaba en el Padre.
Y el Padre cuidaba del Hijo.
Incluso en un mundo donde existían Herodes y Arquelao.
Quizá eso sea precisamente lo extraordinario.
El Padre pudo haber preparado para Jesús un camino donde jamás apareciera un enemigo.
En cambio, permitió que recorriera un mundo verdadero, quebrado y peligroso, pero nunca dejó de acompañar su camino.
La presencia del Padre no siempre significó ausencia de peligro.
Significó que el peligro nunca tendría la última palabra.
Arquelao gobernaba Judea.
José tuvo temor.
Dios habló.
Y el camino cambió.
“…se fue a la región de Galilea.”
Una advertencia.
Una decisión.
Un nuevo rumbo.
Parecía solamente la manera de evitar a un gobernante peligroso.
Pero aquel cambio de camino estaba conduciendo a Jesús hacia el lugar donde transcurriría la siguiente etapa de su vida.
Herodes había enviado a la familia hacia Egipto.
Arquelao impedía su regreso a Judea.
Pero ninguno de los dos estaba escribiendo la historia.
El Padre seguía conduciendo a su Hijo.
Y al final de aquel camino esperaba una pequeña población de Galilea.
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