Imagine por un momento nuestro Sistema Solar.
Mercurio viaja alrededor del Sol. Venus también. La Tierra completa su recorrido una vez cada año. Más lejos encontramos a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Todos están moviéndose.
Pero surge una pregunta que hasta un niño podría hacerse:

¿Por qué los planetas no salen disparados y se pierden en el espacio?
Y también podríamos preguntar lo contrario:
Si el Sol los atrae, ¿por qué no terminan cayendo sobre él?
La respuesta se encuentra en una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza:
la gravedad.
No podemos ver la gravedad.
Pero podemos observar lo que hace.
Si dejamos caer una pelota, cae al suelo.
Si saltamos, volvemos a bajar.
La Luna permanece en órbita alrededor de la Tierra.
Y los planetas permanecen ligados gravitacionalmente al Sol.
La gravedad es una interacción entre cuerpos que poseen masa. En una explicación sencilla, cuanto mayor es la masa de un cuerpo, mayor puede ser su atracción gravitacional; además, esa atracción disminuye conforme aumenta la distancia.
Y aquí aparece algo extraordinario.
El Sol es, por mucho, el cuerpo más masivo de nuestro Sistema Solar.

El Sol contiene aproximadamente el 99.8 por ciento de la masa del Sistema Solar.
Eso significa que si pudiéramos reunir todo lo que existe en nuestro Sistema Solar —el Sol, los ocho planetas, sus lunas, asteroides, cometas y otros cuerpos— prácticamente toda la masa estaría concentrada en el Sol.
Por eso su influencia gravitacional es enorme.
Su gravedad participa en mantener ligados al sistema desde los grandes planetas hasta numerosos cuerpos mucho más pequeños.
Pero todavía queda nuestra pregunta:
¿por qué no caen los planetas sobre él?
Hagamos un experimento con la imaginación.
Si usted sostiene una pelota y simplemente la suelta, caerá al suelo.
Ahora láncela hacia adelante.
Mientras cae, también avanzará.
Si pudiera lanzarla muchísimo más rápido y la Tierra no tuviera montañas, edificios ni atmósfera que la frenaran, podría imaginar una situación extraordinaria: mientras la pelota cae, la superficie curva de la Tierra también se aleja debajo de ella.
Con suficiente velocidad, la pelota podría continuar cayendo alrededor de la Tierra.
Eso es, de manera simplificada, una órbita.
Los astronautas y los satélites que orbitan nuestro planeta no están fuera del alcance de la gravedad terrestre.
Al contrario.
La gravedad es precisamente una parte esencial de lo que mantiene su trayectoria orbital.

Algo semejante sucede con nuestro planeta.
El Sol atrae gravitacionalmente a la Tierra.
Pero la Tierra posee también una enorme velocidad lateral.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora.
Si desapareciera la atracción gravitacional del Sol, la Tierra ya no continuaría recorriendo su órbita actual: su movimiento tendería a seguir una trayectoria recta. La gravedad solar curva continuamente ese movimiento.
Por eso podemos expresar la idea de una manera que a los niños suele sorprenderles:
La Tierra está cayendo continuamente hacia el Sol, pero se mueve hacia adelante tan rápidamente que continúa cayendo alrededor de él.
NASA utiliza precisamente la combinación de movimiento hacia adelante y atracción gravitacional para explicar de forma sencilla por qué los planetas no chocan con el Sol.
Imaginemos algo imposible: que pudiéramos detener repentinamente el movimiento orbital de la Tierra.
La situación cambiaría por completo.
Ya no tendríamos ese movimiento lateral que permite nuestra órbita actual, mientras que la atracción gravitacional del Sol continuaría actuando.
La Tierra comenzaría a caer hacia el Sol.
Afortunadamente, eso no está ocurriendo.
Nuestro planeta está en movimiento.
Ahora imaginemos lo contrario.
Supongamos que la influencia gravitacional del Sol desapareciera instantáneamente.
La Tierra ya no seguiría curvándose alrededor de él.
Tendería a continuar su movimiento siguiendo una trayectoria aproximadamente recta en la dirección en que viajaba en ese momento. Esta es la idea de inercia que ayuda a explicar el movimiento orbital.
Así podemos comprender las dos partes:
movimiento + gravedad = órbita.
Es una simplificación, pero permite comprender la idea fundamental.
Los planetas no se encuentran todos a la misma distancia del Sol.
Mercurio está mucho más cerca.
Neptuno está muchísimo más lejos.
Y sus velocidades orbitales tampoco son iguales.
Los planetas cercanos al Sol generalmente se desplazan más rápidamente por sus órbitas que los planetas situados a grandes distancias.
Mercurio completa una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente 88 días terrestres.
La Tierra necesita aproximadamente 365 días.
Neptuno tarda alrededor de 165 años terrestres.
¡Imagine esperar 165 años para celebrar un solo cumpleaños si viviéramos utilizando el año de Neptuno!
Cuando dibujamos el Sistema Solar para un niño, normalmente hacemos círculos alrededor del Sol.
Es útil para aprender.
Pero las órbitas reales de los planetas son elipses.
Una elipse se parece a un círculo que ha sido ligeramente estirado, aunque algunas órbitas planetarias son muy cercanas a un círculo.
Johannes Kepler describió matemáticamente estas órbitas, y posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad podía explicar el movimiento planetario que Kepler había descrito.
Hace siglos, Isaac Newton comprendió algo maravilloso.
La fuerza que hace caer un objeto hacia la Tierra y la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes en sus órbitas podían entenderse mediante la misma ley de gravitación.
No necesitábamos una clase de física para las manzanas y otra completamente diferente para los planetas.
La naturaleza podía describirse mediante leyes que funcionaban tanto aquí como en el cielo.
Newton expresó matemáticamente que la fuerza gravitacional depende de las masas de los cuerpos y disminuye con el cuadrado de la distancia que los separa.
Aquello cambió profundamente nuestra comprensión del universo.
Cuando hacemos dibujos escolares, normalmente colocamos el Sol exactamente en el centro y los planetas girando alrededor.
Es una buena aproximación para comenzar.
Pero la realidad es todavía más interesante.
El Sol y los planetas se atraen mutuamente.
Por eso, técnicamente, los cuerpos orbitan alrededor de un centro común de masa, llamado baricentro. Debido a la enorme masa del Sol comparada con la de los planetas, el movimiento solar es mucho menor, pero existe.
Esto nos recuerda algo importante:
el Sistema Solar no es una fotografía inmóvil. Es un sistema dinámico en movimiento.

Ahora alejémonos imaginariamente del Sistema Solar y contemplemos todo junto.
El Sol.
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Lunas.
Asteroides.
Planetas enanos.
Cometas.
Todos moviéndose.
Algunos recorridos necesitan días.
Otros años.
Otros muchísimo más tiempo.
Pero la gravedad relaciona continuamente a los cuerpos del Sistema Solar.
Es como contemplar un gigantesco baile cósmico en el que cada participante continúa su recorrido.
Hoy podemos describir las órbitas mediante matemáticas.
Podemos calcular dónde estará un planeta en determinado momento.
Podemos enviar una nave espacial y hacer que llegue hasta otro mundo.
Incluso podemos utilizar la gravedad de un planeta para modificar la trayectoria y velocidad de una nave.
Todo esto demuestra cuánto hemos aprendido acerca de las leyes que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes.
La ciencia responde extraordinariamente bien preguntas como:
¿Qué fuerza interviene?
¿Cómo cambia el movimiento?
¿Cómo podemos calcular una órbita?
Y para el creyente aparece además otra pregunta:
¿Qué nos provoca descubrir un universo que podemos estudiar mediante leyes tan precisas?
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Isaías no estaba enseñando la ley de gravitación universal.
No hablaba de velocidad orbital, elipses o baricentros.
Su propósito era diferente.
Invitaba al ser humano a mirar hacia arriba y reconocer la grandeza del Creador.
Hoy podemos aceptar esa invitación llevando incluso un telescopio y una calculadora.
Podemos mirar.
Podemos medir.
Podemos estudiar.
Y podemos maravillarnos.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Desde una perspectiva cristiana, la gravedad no compite con Dios.
Descubrir cómo funciona una órbita no elimina al Creador.
Nos permite comprender un poco mejor el funcionamiento de su creación.
Cuando un niño pregunta por qué la Tierra no cae sobre el Sol, podemos explicarle la gravedad y el movimiento.
Y después podemos enseñarle algo todavía más hermoso:
Dios nos ha dado una mente capaz de observar su creación, hacer preguntas y descubrir algunas de las leyes mediante las cuales funciona.
Ahora mismo usted probablemente siente que está quieto.
Quizá está sentado.
Tal vez está acostado.
Pero la Tierra continúa viajando alrededor del Sol.
No escuchamos ese movimiento.
No vemos pasar kilómetros debajo de nuestros pies.
Sin embargo, nuestro planeta continúa recorriendo silenciosamente su órbita.
La gravedad solar sigue actuando.
La Tierra sigue avanzando.
Y el extraordinario viaje continúa.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que contemplemos el Sol, podemos recordar que no solamente nos proporciona luz y energía.
Su enorme masa produce una influencia gravitacional que desempeña un papel central en mantener unido nuestro vecindario planetario.
Una estrella, ocho planetas y una multitud de cuerpos recorriendo el espacio bajo leyes que podemos estudiar, comprender y admirar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya conocimos al Sol, la enorme estrella que ocupa el centro de nuestro Sistema Solar.
Ahora comenzaremos a alejarnos poco a poco de él.
Y el primer mundo que encontramos es un pequeño planeta gris cubierto de cráteres:
Mercurio.

El planeta mercurio
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el planeta más pequeño de nuestro Sistema Solar. Es solamente un poco más grande que nuestra Luna.
A primera vista puede parecer un mundo sencillo.
Rocas.
Cráteres.
Un cielo oscuro.
Nada de océanos.
Nada de bosques.
Nada de grandes nubes.
Sin embargo, cuando comenzamos a estudiarlo descubrimos un planeta lleno de sorpresas.
Mercurio tiene aproximadamente 4,880 kilómetros de diámetro.
Para compararlo, la Tierra tiene alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Mercurio tiene menos de la mitad del diámetro de nuestro planeta.
Nuestra Luna tiene unos 3,475 kilómetros de diámetro, así que Mercurio es solamente un poco mayor que ella.
Imagine tres pelotas.
Una grande representa la Tierra.
Una bastante más pequeña representa Mercurio.
Y otra ligeramente menor representa nuestra Luna.
Así comenzamos a comprender su tamaño.
Aunque es un planeta, existen incluso lunas del Sistema Solar más grandes que Mercurio; Ganímedes, que gira alrededor de Júpiter, es un ejemplo.

La distancia media entre Mercurio y el Sol es de aproximadamente:
58 millones de kilómetros.
Eso parece muchísimo.
Pero recuerde que la Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Mercurio está, por tanto, muchísimo más cerca de nuestra estrella que nosotros.
Desde Mercurio, la luz del Sol tarda aproximadamente tres minutos en llegar.
En la Tierra esperamos alrededor de ocho minutos y veinte segundos.
Mercurio vive mucho más cerca de aquel enorme horno natural que llamamos Sol.
Y eso produce condiciones extraordinarias.
Imagine estar sobre la superficie de Mercurio durante el día.
El Sol aparecería mucho más intenso que desde la Tierra.
En algunas regiones, la temperatura superficial durante el día puede alcanzar aproximadamente:
430 grados Celsius.
Eso equivale a unos 800 grados Fahrenheit.
Es muchísimo más caliente que un horno doméstico.
Una persona no podría sobrevivir allí.
Pero ahora viene algo sorprendente.
Quizá pensaríamos:
“Si Mercurio está tan cerca del Sol, seguramente siempre es extremadamente caliente”.
Pero no.
Durante la noche, algunas regiones de su superficie pueden descender hasta aproximadamente:
−180 grados Celsius.
¿Cómo puede existir semejante diferencia?
Porque Mercurio no posee una atmósfera gruesa como la Tierra capaz de almacenar y distribuir el calor de manera importante. Posee solamente una envoltura extremadamente tenue de partículas denominada exosfera.
Durante el día la superficie recibe directamente la intensa energía solar.
Durante la noche pierde rápidamente gran parte de ese calor hacia el espacio.
Así encontramos uno de los contrastes más extraordinarios entre los planetas:
calor extremo durante el día y frío extremo durante la noche.
Aquí aparece una sorpresa que puede confundirnos.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol.
Sin embargo, no es el planeta más caliente.
Ese título pertenece a Venus.
¿Por qué?
Porque Venus posee una atmósfera extremadamente densa que retiene muchísimo calor mediante un poderoso efecto invernadero.
Mercurio, en cambio, prácticamente carece de una atmósfera capaz de hacer algo semejante.
Esto nos enseña algo que veremos muchas veces durante nuestro recorrido por el Sistema Solar:
la distancia al Sol no es la única característica que determina las condiciones de un planeta.
La atmósfera también importa.
La composición importa.
La rotación importa.
Una cosa se conecta con otra.

Si pudiéramos caminar sobre Mercurio, probablemente algo nos resultaría familiar.
Su superficie recuerda mucho a la Luna.
Está cubierta de:
cráteres,
acantilados,
y enormes cuencas formadas por impactos.
Mercurio no posee una atmósfera gruesa que pueda destruir muchos de los objetos pequeños que llegan desde el espacio, por lo que su superficie conserva una gran cantidad de cráteres.
Cada uno cuenta una historia.
En algún momento, un objeto viajaba por el espacio.
Se encontró con Mercurio.
Impactó.
Y dejó una cicatriz en la superficie.
Uno de los lugares más impresionantes de Mercurio es la cuenca Caloris.
Tiene aproximadamente:
1,525 kilómetros de diámetro.
Imagine un cráter tan enorme que podría cubrir una región completa de un país.
Alrededor de esta gigantesca cuenca existen montañas producidas por el enorme impacto que la formó.
Caloris nos recuerda que los mundos del Sistema Solar también llevan escrita en su superficie una historia de impactos y cambios.
Además de cráteres, encontramos grandes escarpes.
Son como paredes o acantilados que recorren largas distancias.
Se piensa que muchos de ellos están relacionados con la contracción del interior del planeta.
Imagine una fruta que se seca y cuya superficie comienza a arrugarse.
No es exactamente lo mismo, pero la comparación nos ayuda.
Mercurio se enfrió internamente y su superficie desarrolló enormes estructuras que todavía podemos observar.
Mercurio posee otra característica extraordinaria.
Viaja alrededor del Sol mucho más rápido que la Tierra.
Nuestro planeta necesita aproximadamente 365 días para completar una vuelta alrededor del Sol.
Mercurio solamente necesita alrededor de:
88 días terrestres.
Eso significa que si utilizáramos el año de Mercurio para contar nuestras edades, celebraríamos cumpleaños con enorme frecuencia.
Una persona de diez años terrestres habría vivido más de cuarenta años mercurianos.
Mercurio es el planeta que completa su órbita alrededor del Sol más rápidamente.
Aquí aparece otro contraste.
Mercurio viaja rápidamente alrededor del Sol…
pero gira lentamente sobre sí mismo.
Una rotación completa con respecto a las estrellas tarda aproximadamente 59 días terrestres.
Y debido a la relación especial entre esa rotación y su movimiento alrededor del Sol, un ciclo completo desde un mediodía hasta el siguiente —un día solar— dura aproximadamente 176 días terrestres.
Piense en eso.
En la Tierra:
un día dura aproximadamente 24 horas.
En Mercurio:
un día solar dura aproximadamente 176 días terrestres.
El Sol permanecería durante muchísimo tiempo sobre el horizonte.
Después llegaría una noche igualmente prolongada.
Eso ayuda a comprender por qué la superficie puede calentarse y enfriarse de manera tan extrema.

La Tierra posee una Luna.
Marte tiene dos pequeñas lunas.
Júpiter y Saturno poseen muchas.
Pero Mercurio:
no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee anillos.
Es simplemente un pequeño mundo rocoso viajando muy cerca del Sol.
Aquí encontramos algo que sorprendió a los científicos.
A pesar de su pequeño tamaño, Mercurio posee un campo magnético global.
Eso indica que su interior todavía guarda secretos importantes.
Mercurio posee un núcleo metálico extraordinariamente grande en relación con el tamaño total del planeta, y el estudio de su campo magnético ha ayudado a los científicos a comprender mejor su interior. La misión MESSENGER produjo importantes mediciones de este campo y de la composición del planeta.
Esta puede ser una de las mayores sorpresas.
Mercurio está muy cerca del Sol.
Su superficie puede alcanzar temperaturas de cientos de grados.
Y sin embargo…
existe hielo de agua en Mercurio.
¿Cómo es posible?
Cerca de sus polos existen cráteres tan profundos que algunas regiones de su interior nunca reciben directamente la luz del Sol.
Allí las temperaturas permanecen extremadamente bajas.
La misión MESSENGER confirmó que depósitos presentes en las regiones polares están compuestos principalmente por hielo de agua.
En algunos cráteres polares las temperaturas pueden permanecer por debajo de aproximadamente −173 grados Celsius.
Así que un mismo planeta puede poseer regiones abrasadoras…
y lugares suficientemente fríos como para conservar hielo.
Cuando la nave MESSENGER fotografió detalladamente la superficie, encontró miles de extrañas depresiones brillantes conocidas como hollows, o huecos.
Algunos alcanzan aproximadamente 1.6 kilómetros de ancho y decenas de metros de profundidad.
Parecen formarse cuando determinados materiales de la superficie se pierden o volatilizan.
Todavía son objeto de investigación.
Esto nos recuerda algo importante:
aunque hemos enviado naves hasta Mercurio…
todavía no lo sabemos todo.
Mercurio es difícil de estudiar desde la Tierra porque siempre aparece relativamente cerca del Sol en nuestro cielo.
Por eso las naves espaciales han sido fundamentales.
La primera en visitar Mercurio fue Mariner 10, lanzada por NASA en 1973.
Muchos años después llegó MESSENGER.
Esta nave se convirtió en la primera en orbitar Mercurio y permaneció estudiándolo durante más de cuatro años. Investigó su superficie, composición, historia geológica, campo magnético y depósitos de hielo polar.
Cada fotografía permitió conocer un mundo que durante miles de años solamente aparecía como un pequeño punto luminoso en el cielo.
Ahora reunamos lo aprendido.
Mercurio es:
el planeta más cercano al Sol,
el planeta más pequeño,
un mundo cubierto de cráteres,
un lugar donde el día puede superar los 400 °C,
un mundo donde la noche puede descender por debajo de −170 °C,
un planeta sin lunas,
un cuerpo que completa su año en solamente 88 días,
y, sorprendentemente, un lugar donde existe hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados.
Aquello que parecía simplemente una pequeña esfera gris resulta ser un mundo extraordinario.
¿Por qué es importante estudiar Mercurio?
Porque comenzamos a descubrir que los planetas no son copias unos de otros.
Cada mundo posee características distintas.
Tamaño.
Distancia al Sol.
Atmósfera.
Temperatura.
Rotación.
Superficie.
Composición.
Mercurio nos enseña desde el comienzo de nuestro recorrido que cambiar unas pocas características puede producir un mundo completamente diferente.
Y pronto veremos esto todavía con mayor claridad cuando lleguemos a Venus.
El salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante miles de años las personas podían ver Mercurio en el cielo, aunque no podían conocer sus cráteres, temperaturas o depósitos de hielo.
Hoy podemos observarlo mediante telescopios.
Podemos enviar naves.
Podemos medir.
Podemos fotografiar.
Podemos descubrir.
Y desde una perspectiva cristiana, ese conocimiento puede convertirse en una invitación a maravillarnos ante la inmensidad y diversidad de la creación.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Mercurio es solamente el primero de los planetas que visitaremos.
Ya encontramos un pequeño mundo que corre alrededor del Sol, soporta temperaturas extremas, posee una superficie cubierta de cicatrices y conserva hielo escondido en lugares donde nunca llega directamente la luz.
Y todavía nos quedan siete planetas.
Nuestro recorrido apenas comienza.
Desde la perspectiva bíblica, cada nuevo descubrimiento puede recordarnos que la creación es muchísimo más grande y diversa de lo que alcanzamos a contemplar desde nuestra pequeña región de la Tierra.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que vea el cielo cerca del amanecer o del atardecer y sepa que Mercurio se encuentra allí, recuerde:
Ese pequeño punto luminoso es en realidad un mundo de casi cinco mil kilómetros de diámetro, cubierto de cráteres, sometido a temperaturas extremas y viajando alrededor del Sol en solamente 88 días.
El primer pequeño mundo de nuestro viaje por el extraordinario Sistema Solar.
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Escucha música con propósito
Cuando observamos Venus desde la Tierra, puede parecer uno de los objetos más hermosos del cielo.
Brilla intensamente.
A veces aparece poco después de la puesta del Sol.
Otras veces podemos verlo antes del amanecer.
Durante siglos, muchas personas lo han llamado “lucero de la mañana” o “lucero de la tarde”.
Pero detrás de aquel hermoso brillo se esconde uno de los lugares más extremos de todo nuestro Sistema Solar.
Venus está cubierto por una enorme capa de nubes.
Debajo de ellas existe un mundo rocoso, caliente y sometido a una presión extraordinaria.
Es un planeta que nos enseña algo muy importante:
dos mundos pueden tener tamaños parecidos y, sin embargo, poseer condiciones completamente diferentes.

Venus es el segundo planeta desde el Sol.
Mercurio está primero.
Después viene Venus.
Y luego encontramos la Tierra.
La distancia media entre Venus y el Sol es de aproximadamente 108 millones de kilómetros.
La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros.
Eso significa que Venus recibe más energía solar que nuestro planeta.
Pero esa no es la única razón por la que Venus es tan caliente.
La verdadera sorpresa se encuentra en su atmósfera.

Venus tiene aproximadamente 12,104 kilómetros de diámetro.
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Son tamaños bastante parecidos.
Por eso Venus ha sido llamado muchas veces el “gemelo” de la Tierra.
Ambos son planetas rocosos.
Ambos tienen tamaños semejantes.
Ambos poseen una superficie sólida.
Pero cuando observamos sus condiciones…
las semejanzas comienzan a desaparecer.

Desde el espacio no podemos ver directamente la superficie de Venus con nuestros ojos.
¿Por qué?
Porque el planeta está completamente cubierto por una atmósfera muy espesa y por nubes permanentes.
Estas nubes contienen principalmente pequeñas gotas de ácido sulfúrico.
Debajo de ellas existe una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono.
Imagine una enorme manta gaseosa rodeando completamente un planeta.
Eso es aproximadamente lo que ocurre en Venus.
Pero esta “manta” tiene consecuencias enormes.
Aquí aparece una de las mayores sorpresas.
Mercurio está más cerca del Sol.
Sin embargo, Venus es más caliente que Mercurio.
Su temperatura media superficial es de aproximadamente:
464 °C.
Eso equivale a unos 867 °F.
Es suficientemente caliente como para derretir algunos metales.
Y lo sorprendente es que esa temperatura extrema no ocurre solamente durante el día.
Gran parte de la superficie permanece extraordinariamente caliente tanto de día como de noche.
La respuesta principal se encuentra en su atmósfera.
El dióxido de carbono puede absorber y volver a emitir parte de la radiación infrarroja que intenta escapar desde la superficie.
En Venus este efecto es extraordinariamente intenso.
La energía solar entra.
La superficie se calienta.
El planeta emite energía nuevamente.
Pero la atmósfera extremadamente densa dificulta que esa energía escape con facilidad.
El resultado es un efecto invernadero extremo que mantiene la superficie a temperaturas extraordinariamente elevadas.
Así comprendemos algo importante:
no basta con conocer la distancia de un planeta al Sol.
También debemos conocer su atmósfera.
Venus no solamente es caliente.
Su presión atmosférica en la superficie es aproximadamente 92 veces mayor que la presión que sentimos al nivel del mar en la Tierra.
¿Cómo podemos imaginar algo semejante?
NASA compara esa presión con la que experimentaríamos aproximadamente 900 metros bajo el océano terrestre.
Piense en toda esa agua presionando desde arriba.
Ahora imagine experimentar una presión semejante…
sin estar debajo del agua.
Eso ocurre en la superficie de Venus.
Respire profundamente.
El aire que acaba de respirar contiene principalmente nitrógeno y oxígeno.
Venus es completamente diferente.
Su atmósfera está formada en gran parte por dióxido de carbono y contiene solamente cantidades muy pequeñas de otros gases.
No podríamos respirar allí.
Y aunque lleváramos oxígeno, tendríamos todavía otros problemas:
la temperatura,
la presión,
y las condiciones químicas de su atmósfera.
Venus es un magnífico ejemplo de lo importante que resulta una atmósfera para determinar las condiciones de un planeta.
Durante mucho tiempo, los seres humanos no podían saber con claridad cómo era la superficie.
Las nubes impedían observarla directamente.
Pero el radar puede atravesar esas nubes mucho mejor que la luz visible.
Gracias a observaciones desde naves espaciales, hoy sabemos que Venus posee:
grandes llanuras,
regiones elevadas,
cráteres,
y numerosos volcanes y estructuras volcánicas.
Es un mundo rocoso.
Pero su paisaje ha sido profundamente influido por la actividad geológica.

Venus posee una enorme cantidad de estructuras volcánicas.
Algunas regiones parecen estar cubiertas por extensas llanuras formadas por antiguos flujos de lava.
Los científicos continúan estudiando si existe actividad volcánica actualmente.
Radar e imágenes de distintas misiones han permitido identificar numerosas características que sugieren que Venus ha sido geológicamente muy activo.
Así que debajo de aquellas nubes doradas no encontramos un planeta tranquilo.
Encontramos un mundo transformado por enormes fuerzas internas.
Aquí aparece otra rareza.
Venus gira muy lentamente.
Necesita aproximadamente 243 días terrestres para completar una rotación sobre su eje.
Pero tarda aproximadamente 225 días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Eso significa que:
un día de rotación de Venus dura más que su año.
Parece extraño.
Pero hay todavía otra sorpresa.
La mayoría de los planetas giran sobre su eje en una dirección determinada.
Venus gira en sentido contrario a la mayoría de ellos.
Si pudiéramos permanecer sobre su superficie y ver el Sol a través de las nubes, el movimiento aparente del Sol sería diferente del que observamos en la Tierra.
Es otra característica que hace de Venus un mundo muy peculiar.
La Tierra tiene una Luna.
Marte tiene dos.
Los planetas gigantes poseen muchas.
Venus, en cambio, no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee un sistema de anillos.
Viaja alrededor del Sol acompañado únicamente por los demás cuerpos del Sistema Solar.
Enviar una nave a Venus es relativamente sencillo comparado con hacer que sobreviva sobre su superficie.
Allí encontramos:
temperaturas de alrededor de 464 °C
y
presiones cercanas a 92 veces las de la Tierra.
Los equipos electrónicos no soportan esas condiciones durante mucho tiempo.
A pesar de ello, distintas misiones consiguieron llegar.
La antigua Unión Soviética desarrolló el programa Venera.
Varias de aquellas sondas lograron atravesar la atmósfera y algunas consiguieron funcionar brevemente sobre la superficie.
NASA señala que diez sondas del programa Venera alcanzaron la superficie, aunque las condiciones extremas limitaron enormemente su duración.
Imagínelo.
Una máquina construida en la Tierra viajó millones de kilómetros…
descendió a través de las nubes de otro planeta…
y finalmente se posó sobre un terreno donde la temperatura podía destruirla rápidamente.
Incluso logramos obtener fotografías desde allí.
Las imágenes enviadas por las sondas Venera muestran un paisaje rocoso bajo una iluminación amarillenta.
Ningún ser humano ha caminado allí.
Solamente nuestras máquinas han conseguido contemplar ese mundo desde la superficie.
Esto nos recuerda lo extraordinario de la exploración espacial.
Nuestros ojos no pueden llegar físicamente hasta Venus.
Pero podemos construir instrumentos que viajan en nuestro lugar.
Una razón muy importante es que Venus y la Tierra tienen tamaños similares.
Sin embargo, sus condiciones actuales son radicalmente diferentes.
Estudiar Venus ayuda a los científicos a comprender mejor cómo la atmósfera, la geología y la energía solar interactúan para producir condiciones planetarias distintas.
Esto convierte a Venus en una especie de laboratorio natural.
Tenemos dos planetas rocosos de tamaño parecido…
pero uno posee océanos de agua líquida, temperaturas moderadas y una atmósfera que permite nuestra existencia.
El otro posee calor extremo, presión aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono.
Aquí aparece nuevamente una idea que hemos encontrado muchas veces.
Un planeta no depende solamente de una característica.
Importa su distancia al Sol.
Importa su atmósfera.
Importa su masa.
Importa su rotación.
Importa su composición.
Importa su historia geológica.
Cuando varias de estas características cambian, el resultado puede ser un mundo completamente diferente.
Venus es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.
Piense en dos casas construidas con dimensiones semejantes.
Desde lejos pueden parecer casi iguales.
Pero imagine que una posee:
aire respirable,
agua,
temperatura agradable,
y condiciones para vivir.
Mientras la otra está llena de gases irrespirables, sometida a enorme presión y calentada hasta cientos de grados.
La forma exterior no basta para determinar si una casa es habitable.
Algo semejante ocurre con los planetas.
Ser parecido en tamaño a la Tierra no significa ser parecido a la Tierra en las condiciones que permiten nuestra vida.
Después de visitar Mercurio vimos un mundo sin una atmósfera importante, con diferencias extremas de temperatura.
Ahora llegamos a Venus y encontramos prácticamente el extremo contrario:
una atmósfera enorme.
Una presión extraordinaria.
Y un planeta todavía más caliente.
Entonces miramos nuevamente la Tierra.
Tenemos una atmósfera.
Pero no como la de Venus.
Tenemos un efecto invernadero natural.
Pero no con la intensidad venusina.
Tenemos agua líquida.
Podemos respirar.
Vivimos bajo una presión compatible con nuestro organismo.
Poco a poco comenzamos a descubrir que nuestro planeta posee una combinación muy particular de condiciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Este versículo no pretende describir Venus.
Tampoco explica dióxido de carbono, presión atmosférica o efectos invernadero.
Pero contiene una idea especialmente significativa para esta serie:
la Tierra fue preparada para ser habitada.
Cuando comparamos nuestro planeta con Venus, esas palabras adquieren una profundidad especial.
La ciencia nos permite conocer Venus.
Podemos medir su atmósfera.
Calcular su temperatura.
Estudiar sus volcanes.
Medir su presión.
Observarlo mediante radar.
Enviar naves hacia él.
Y cada descubrimiento nos ayuda a comprender mejor cómo funcionan los planetas.
Desde una perspectiva cristiana, también puede ayudarnos a apreciar de una manera nueva la extraordinaria provisión que encontramos en nuestro propio hogar.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Venus forma parte de esos cielos que contemplamos.
Desde aquí parece solamente un punto extraordinariamente brillante.
Pero ahora sabemos lo que existe detrás de aquella luz.
Un planeta casi del tamaño de la Tierra.
Cubierto completamente por nubes.
Con una atmósfera aplastante.
Una superficie volcánica.
Y temperaturas suficientemente elevadas para hacer imposible nuestra vida.
Aquella pequeña luz del cielo acaba de convertirse en un mundo.
Ya hemos visitado dos planetas.
Mercurio nos mostró lo que ocurre en un pequeño mundo casi sin atmósfera y muy cercano al Sol.
Venus nos muestra algo completamente diferente:
un planeta donde una atmósfera extremadamente densa ha transformado profundamente las condiciones de la superficie.
Y ahora llegamos al tercer planeta.
Una pequeña esfera azul.
Con océanos.
Nubes.
Vida.
Nuestro hogar.
La Tierra.
Y después de haber conocido Mercurio y Venus, quizá podamos mirarla con ojos diferentes.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Venus nos recuerda que no todos los planetas rocosos son iguales.
Y cuanto más conocemos a nuestros vecinos…
más extraordinario comienza a parecernos el mundo que Dios nos ha permitido habitar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya hemos visitado Mercurio, Venus y nuestro propio planeta, la Tierra.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Después de cruzar millones de kilómetros de espacio llegamos al cuarto planeta del Sistema Solar.
Desde la Tierra puede verse como un pequeño punto rojizo en el cielo nocturno.
Por eso, desde tiempos antiguos, llamó poderosamente la atención de quienes contemplaban las estrellas.
Su nombre es:
Marte.

El planeta Marte
Hoy sabemos que aquel pequeño punto rojo es en realidad un mundo completo, con enormes montañas, volcanes gigantescos, profundos cañones, extensas llanuras, tormentas de polvo y casquetes de hielo en sus polos.
Y, además, es el único planeta cuya superficie hemos recorrido directamente con vehículos robóticos.
Marte es conocido como:
“el planeta rojo”.
Pero ¿por qué tiene ese color?
La respuesta está principalmente en los minerales de hierro presentes en sus rocas y suelo.
Esos minerales reaccionaron con oxígeno y formaron óxidos de hierro.
Es algo parecido a lo que ocurre cuando un objeto de hierro en la Tierra desarrolla herrumbre.
El polvo rico en óxidos de hierro cubre grandes regiones de Marte y le proporciona su característico color rojizo.
Incluso desde millones de kilómetros de distancia podemos distinguirlo.
El diámetro de Marte es de aproximadamente:
6,779 kilómetros.
El de la Tierra es de aproximadamente:
12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro de Marte es un poco más de la mitad del terrestre.
También posee mucha menos masa que nuestro planeta.
Como consecuencia, su gravedad superficial es solamente alrededor del 38 % de la gravedad terrestre.
Imagine que en la Tierra una persona pesa 50 kilogramos.
Su masa seguiría siendo la misma en Marte, pero si utilizáramos coloquialmente una báscula calibrada como las terrestres, marcaría un peso equivalente a aproximadamente 19 kilogramos.
Allí sería mucho más fácil dar grandes saltos.
Aquí encontramos algo curioso.
Aunque Marte es muy diferente de la Tierra, la duración de su día es bastante parecida.
Un día marciano dura aproximadamente:
24 horas y 39 minutos.
Los científicos suelen llamar sol a un día marciano.
Así que cuando una misión lleva, por ejemplo, cien soles trabajando sobre Marte, significa que ha permanecido aproximadamente cien días marcianos sobre el planeta.
Marte está más lejos del Sol que la Tierra.
Su distancia media es de aproximadamente:
228 millones de kilómetros.
Por eso necesita recorrer una órbita mucho mayor.
Mientras la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol en unos 365 días, Marte necesita aproximadamente:
687 días terrestres.
Un año marciano dura casi dos años terrestres.
Si celebráramos nuestros cumpleaños utilizando años marcianos, tendríamos que esperar mucho más entre uno y otro.
Marte posee un eje inclinado aproximadamente 25 grados, bastante parecido a la inclinación de la Tierra.
Como consecuencia, también experimenta estaciones.
Tiene primavera.
Verano.
Otoño.
Invierno.
Sin embargo, como su año es mucho más largo que el nuestro, sus estaciones también duran más.
Aquí encontramos una hermosa oportunidad para comparar dos planetas.
La Tierra y Marte poseen inclinaciones semejantes.
Ambos tienen estaciones.
Ambos tienen casquetes polares.
Y sus días tienen duraciones relativamente parecidas.
Pero sus condiciones superficiales son profundamente diferentes.
Marte posee atmósfera.
Pero es muchísimo más tenue que la terrestre.
Está compuesta principalmente por dióxido de carbono, con pequeñas cantidades de nitrógeno, argón y otros gases.
La presión atmosférica sobre su superficie es, en promedio, menos del uno por ciento de la presión que experimentamos al nivel del mar en la Tierra.
Por eso una persona no podría simplemente salir de una nave y comenzar a caminar por Marte.
Necesitaría protección y un suministro de oxígeno.
No existe aire respirable para nosotros.
Cuando vemos fotografías de Marte, algunas regiones pueden parecernos desiertos terrestres.
Pero no debemos dejarnos engañar.
Marte es frío.
Su temperatura media superficial es aproximadamente de:
−63 °C.
Las temperaturas cambian mucho dependiendo del lugar, la hora y la estación.
En determinadas condiciones cerca del ecuador durante el día pueden subir considerablemente, mientras que durante noches frías y en regiones polares pueden descender muy por debajo de −100 °C.
Un paisaje que parece un desierto cálido puede ser, en realidad, extraordinariamente frío.
Ahora llegamos a una de las maravillas de Marte.
Sobre su superficie se encuentra:

El volcán olimpo
El Monte Olimpo es el volcán más grande conocido del Sistema Solar.
Se eleva aproximadamente 22 kilómetros sobre el nivel de referencia marciano, dependiendo de cómo se realice la medición.
El monte Everest alcanza unos 8.8 kilómetros sobre el nivel del mar.
Olympus Mons es, por tanto, muchísimo más alto.
Pero su tamaño resulta todavía más difícil de imaginar cuando consideramos su anchura.
Su enorme estructura volcánica se extiende por cientos de kilómetros.
Si pudiéramos colocarnos cerca de él, probablemente no lo veríamos como una montaña puntiaguda completa porque sería demasiado grande para abarcarla desde nuestra posición.
Parecería más bien que el terreno se eleva lentamente hasta perderse en el horizonte.
En la Tierra, las grandes placas de la corteza se mueven.
Por eso un punto donde asciende magma puede ir formando diferentes volcanes conforme la placa se desplaza.
Marte no posee actualmente una tectónica de placas global como la terrestre.
Esto permitió que enormes cantidades de material volcánico se acumularan repetidamente en determinadas regiones.
El resultado fueron volcanes gigantescos.
Olympus Mons es el ejemplo más espectacular.
Si sus volcanes son enormes, sus cañones tampoco se quedan atrás.
Marte posee un gigantesco sistema de cañones llamado:

El valle Marineris
Se extiende aproximadamente 4,000 kilómetros.
En algunos lugares alcanza alrededor de 200 kilómetros de anchura y profundidades de varios kilómetros.
Es tan enorme que, si pudiéramos trasladarlo a la Tierra, atravesaría una parte considerable de un continente.
Nuestro famoso Gran Cañón de Arizona es impresionante.
Pero Valles Marineris pertenece a otra escala.
No principalmente.
Aunque existen evidencias de que el agua modificó distintas regiones de Marte, Valles Marineris parece haber comenzado principalmente mediante enormes fracturas y hundimientos de la corteza marciana, relacionados con la gigantesca región volcánica de Tharsis.
Posteriormente, deslizamientos de tierra, erosión y otros procesos modificaron sus paredes y su interior.
Es un buen ejemplo de por qué debemos estudiar cuidadosamente un paisaje antes de decidir cómo se formó.
Algo puede parecer un enorme cañón fluvial…
sin haberse formado de la misma manera que un cañón terrestre.
Si observamos Marte con suficiente detalle podemos distinguir regiones claras cerca de sus polos.
Son sus casquetes polares.
Contienen principalmente hielo de agua permanente, acompañado por dióxido de carbono congelado que aumenta y disminuye según las estaciones.
Durante el invierno marciano, parte del dióxido de carbono de la atmósfera puede congelarse sobre las regiones polares.
Cuando llega una estación más cálida, una parte vuelve a convertirse directamente en gas.
Los polos de Marte cambian con las estaciones.
Hoy sabemos que Marte posee hielo de agua.
Existe en sus regiones polares y también bajo partes de su superficie.
Además, numerosas estructuras del terreno muestran que en algún momento el agua líquida modificó regiones del planeta.
Se han identificado antiguos canales, deltas y minerales que normalmente se forman en presencia de agua.
Esto no significa que Marte esté actualmente cubierto por ríos y lagos.
No lo está.
Pero significa que el agua forma parte importante de la historia geológica del planeta.
Marte posee otro fenómeno espectacular:
las tormentas de polvo.
El polvo marciano es extremadamente fino.
Los vientos pueden levantarlo y transportarlo por grandes distancias.
Algunas tormentas son pequeñas y regionales.
Pero en determinadas ocasiones pueden crecer hasta afectar prácticamente todo el planeta.
Imagine contemplar desde el espacio cómo un mundo entero comienza a quedar oculto detrás de una gigantesca nube de polvo.
Eso puede ocurrir en Marte.
En la Tierra estamos acostumbrados a un cielo azul.
En Marte, el abundante polvo suspendido en la atmósfera produce normalmente un cielo de tonos rojizos o amarillentos durante el día.
Pero cerca del amanecer y del atardecer puede suceder algo sorprendente.
Alrededor del Sol pueden aparecer tonalidades azuladas.
Es casi lo contrario de lo que solemos observar en la Tierra, donde nuestro cielo es azul y los atardeceres frecuentemente adquieren tonos rojizos.
Marte no viaja completamente solo.
Tiene dos pequeñas lunas:
Fobos y Deimos.
Sus nombres significan aproximadamente “miedo” y “terror” en griego.
Son muchísimo más pequeñas que nuestra Luna y poseen formas irregulares.
Fobos es la mayor y orbita extraordinariamente cerca de Marte.
Deimos es más pequeña y se encuentra más lejos.
Desde la superficie marciana no parecerían una enorme Luna como la que contemplamos desde la Tierra.
Serían pequeños compañeros cruzando el cielo.

Existe algo especialmente emocionante acerca de Marte.
No solamente lo hemos observado desde lejos.
Hemos aterrizado allí.
Hemos colocado instrumentos sobre su superficie.
Y hemos enviado vehículos capaces de desplazarse por ella.
Los seres humanos todavía no hemos caminado sobre Marte.
Pero nuestros robots sí.
Spirit.
Opportunity.
Curiosity.
Perseverance.
Y otros exploradores han permitido estudiar directamente rocas, suelo, atmósfera y paisajes marcianos.
Incluso hemos hecho volar una pequeña aeronave en otro planeta.
El helicóptero Ingenuity realizó el primer vuelo controlado y motorizado en otro mundo.
La historia de esas máquinas es tan extraordinaria que merece nuestro siguiente artículo completo.
Algunas imágenes de Marte pueden resultar engañosas.
Vemos montañas.
Valles.
Rocas.
Dunas.
Hielo.
Y podemos pensar:
“Parece la Tierra”.
Pero mire las diferencias.
Su atmósfera es extremadamente tenue.
No podemos respirar.
La presión es muy baja.
Hace mucho frío.
No existen océanos líquidos sobre su superficie actual.
La radiación representa un problema importante.
Y las tormentas pueden llenar la atmósfera de polvo.
Marte nos recuerda nuevamente que parecerse a la Tierra en algunas características no significa ofrecer las mismas condiciones para la vida humana.
Ya podemos comparar:
Venus, Tierra y Marte.
Venus posee una atmósfera extremadamente densa y temperaturas cercanas a 464 °C.
La Tierra posee océanos líquidos, una atmósfera adecuada para nuestra respiración y una enorme diversidad de vida.
Marte posee una atmósfera muy tenue y una temperatura media cercana a −63 °C.
Tres planetas rocosos.
Tres vecinos.
Tres ambientes extraordinariamente diferentes.
Una vez más comprendemos que las condiciones de un planeta dependen de muchos factores actuando simultáneamente.
David escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David nunca vio una fotografía de Marte.
No conoció Olympus Mons.
Nunca contempló Valles Marineris.
No sabía que existían casquetes polares en aquel pequeño punto rojizo del cielo.
Nosotros tenemos el privilegio de conocer cosas que durante miles de años estuvieron fuera del alcance de los seres humanos.
Y ese conocimiento puede producir humildad.
Nuestro planeta no es todo lo que existe.
Vivimos dentro de una creación inmensamente mayor.
La Biblia no fue escrita para enseñarnos geología marciana.
No explica volcanes de Marte, presión atmosférica o temperaturas planetarias.
Para conocer estas cosas utilizamos la observación, las matemáticas, los telescopios y las naves espaciales.
Pero para el creyente no existe necesidad de enfrentar ciencia y fe.
Podemos estudiar cómo funciona Marte…
y al mismo tiempo maravillarnos ante la inmensidad de la creación.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante generaciones, Marte fue simplemente una luz rojiza en el cielo.
Hoy conocemos montañas que se elevan más de veinte kilómetros.
Cañones que recorren miles de kilómetros.
Casquetes de hielo.
Tormentas gigantescas.
Dos pequeñas lunas.
Antiguas señales de actividad del agua.
Y vehículos construidos por seres humanos recorriendo lentamente su superficie.
Cada descubrimiento transforma aquel pequeño punto luminoso en algo mucho más extraordinario.
Y todavía quedan muchas preguntas por responder.
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Marte nos invita precisamente a hacer eso:
mirar,
preguntar,
investigar,
aprender,
y maravillarnos.
Porque incluso un mundo frío y aparentemente desolado puede enseñarnos cuánto nos falta por descubrir acerca del extraordinario Sistema Solar del que formamos parte.
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Escucha música con propósito
Nuestro viaje comenzó cerca del Sol.
Visitamos Mercurio, un pequeño mundo cubierto de cráteres.
Después llegamos a Venus, oculto bajo una atmósfera extraordinariamente densa.
Pasamos por la Tierra, nuestro hogar.
Y finalmente recorrimos Marte, con sus volcanes, cañones y desiertos rojizos.
Pero ahora todo cambia.
Dejamos atrás los pequeños planetas rocosos y llegamos al quinto planeta desde el Sol:
Júpiter es el planeta más grande de todo el Sistema Solar. Su tamaño es tan extraordinario que, si pudiéramos imaginarlo como una enorme esfera hueca, dentro de su volumen cabrían aproximadamente mil Tierras.

El planeta Jupiter
Estamos entrando en un mundo completamente diferente.
El diámetro ecuatorial de Júpiter es de aproximadamente:
La Tierra mide alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Júpiter es aproximadamente once veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine colocar once Tierras una junto a otra.
Aproximadamente esa distancia necesitaríamos para atravesar Júpiter de un lado al otro por su ecuador.
Pero el tamaño se vuelve todavía más impresionante cuando pensamos en volumen.
Más de mil planetas del tamaño de la Tierra podrían ocupar aproximadamente el volumen de Júpiter.
Nuestro planeta, que para nosotros parece gigantesco, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a este coloso.

Júpiter no solamente es grande.
También posee una enorme masa.
De hecho, tiene más masa que todos los demás planetas del Sistema Solar juntos.
Eso significa que su influencia gravitacional es extraordinaria.
A su alrededor viajan numerosas lunas.
También posee anillos débiles y una compleja región magnética.
Júpiter es tan importante gravitacionalmente que constituye casi un pequeño sistema dentro del propio Sistema Solar.
Más adelante estudiaremos sus lunas con mayor detalle.
Quizá alguien imagine:
“Si Júpiter es tan grande, entonces debe ser como una Tierra enorme”.
Pero no.
Júpiter pertenece a una clase de planetas que llamamos gigantes gaseosos.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio, los mismos elementos que dominan la composición del Sol.
No tiene una superficie sólida como aquella sobre la que caminamos en la Tierra.
Cuando observamos Júpiter, estamos viendo principalmente las partes superiores de una atmósfera extraordinariamente profunda.
No de la manera en que aterrizamos sobre Marte.
Una nave que descendiera hacia Júpiter atravesaría capas de gas cada vez más densas.
La presión aumentaría.
La temperatura cambiaría.
Y el material se comprimiría cada vez más.
No encontraríamos simplemente un suelo rocoso donde colocar unas ruedas.
Júpiter es un mundo muy diferente a los primeros cuatro planetas que visitamos.
Esto nos recuerda nuevamente algo importante:
los planetas no son copias unos de otros.

Cuando vemos una fotografía de Júpiter encontramos inmediatamente algo característico:
sus bandas.
Franjas blancas.
Marrones.
Naranjas.
Rojizas.
Todas rodeando el planeta.
Estas franjas son enormes sistemas de nubes y corrientes atmosféricas. Las zonas más oscuras suelen llamarse cinturones y las más claras zonas.
No son pinturas sobre una superficie sólida.
Estamos observando una atmósfera en continuo movimiento.

Las bandas de Júpiter están relacionadas con poderosas corrientes de aire.
Algunas se mueven hacia el este.
Otras hacia el oeste.
Esas corrientes forman enormes chorros atmosféricos que rodean el planeta.
Donde diferentes corrientes se encuentran pueden aparecer turbulencias, remolinos y gigantescas tormentas.
Por eso, cuando observamos Júpiter de cerca, descubrimos una atmósfera que parece casi una enorme pintura en movimiento.
Ahora encontramos una característica que parece difícil de creer.
Júpiter es el planeta más grande…
pero también posee el día más corto de todos los planetas.
Completa una rotación en aproximadamente:
En la Tierra necesitamos unas 24 horas.
Júpiter gira completamente sobre sí mismo antes de que haya transcurrido medio día terrestre.
Imagine un planeta once veces más ancho que la Tierra girando en menos de diez horas.
Es una velocidad extraordinaria.
Júpiter no es una esfera perfectamente redonda.
Su rápida rotación hace que se ensanche alrededor del ecuador y se comprima ligeramente cerca de los polos.
Podemos imaginar una pelota muy blanda girando rápidamente.
El centro tendería a sobresalir un poco.
Algo parecido ocurre con Júpiter.
Incluso su forma nos recuerda que estamos contemplando un planeta en movimiento.
Aunque Júpiter gira rápidamente sobre sí mismo, viaja mucho más lentamente alrededor del Sol que la Tierra.
Se encuentra a una distancia media de aproximadamente:
Eso es más de cinco veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
Júpiter necesita aproximadamente 11.86 años terrestres para completar una vuelta alrededor de nuestra estrella.
Así que un niño que acabara de celebrar su cumpleaños número doce en la Tierra habría vivido aproximadamente un solo año joviano.
Júpiter está muchísimo más lejos del Sol que nosotros.
En las regiones superiores de sus nubes, la temperatura media ronda aproximadamente:
−110 °C.
Pero esa cifra no describe todo el planeta.
Mientras descendemos hacia regiones más profundas, la presión y la temperatura aumentan considerablemente.
Júpiter es un mundo de extremos.
Las famosas nubes de Júpiter contienen diferentes sustancias.
En sus regiones superiores encontramos principalmente nubes relacionadas con amoníaco, además de agua y otros compuestos en distintas profundidades.
Las diferencias químicas, de temperatura, altura y dinámica atmosférica ayudan a producir los distintos colores que observamos.
Lo que desde lejos parece una sencilla franja marrón puede ser en realidad parte de un enorme sistema atmosférico que se extiende miles de kilómetros.

Existe una característica de Júpiter tan famosa que merece su propio artículo:
Es una enorme tormenta que ha sido observada durante siglos.
Actualmente tiene aproximadamente 1.3 veces el diámetro de la Tierra, aunque históricamente llegó a ser considerablemente mayor.
Piense en eso.
Una sola tormenta suficientemente grande para contener aproximadamente a nuestro planeta.
En el siguiente artículo la estudiaremos con calma, porque detrás de esa mancha rojiza existe una de las historias meteorológicas más fascinantes del Sistema Solar.
La Gran Mancha Roja es la más famosa.
Pero no está sola.
Las fotografías de Júpiter muestran numerosos remolinos.
Óvalos blancos.
Tormentas oscuras.
Regiones turbulentas.
Pequeños ciclones.
Aunque “pequeño” puede resultar una palabra engañosa cuando hablamos de Júpiter.
Muchas estructuras atmosféricas que parecen diminutas en una fotografía podrían cubrir regiones enormes de la Tierra.
Júpiter también posee un campo magnético extraordinariamente poderoso.
Alrededor del planeta existe una gigantesca región dominada por ese campo llamada magnetosfera.
Partículas cargadas quedan atrapadas dentro de ella y producen cinturones de radiación muy intensos, capaces de representar un serio desafío para las naves espaciales.
Esto significa que explorar Júpiter no consiste solamente en sobrevivir a grandes distancias.
Las máquinas también deben soportar un ambiente de radiación extremo.
Al igual que la Tierra, Júpiter posee auroras cerca de sus polos.
Pero las jovianas pueden ser extraordinariamente poderosas.
Partículas cargadas interactúan con su campo magnético y con su atmósfera, produciendo regiones luminosas alrededor de los polos.
Desde determinadas longitudes de onda, estas auroras aparecen como enormes anillos de luz.
Así encontramos otra semejanza con nuestro planeta…
pero llevada a una escala gigantesca.
Cuando pensamos en anillos imaginamos inmediatamente a Saturno.
Pero Júpiter también posee un sistema de anillos.
Son mucho más débiles y difíciles de observar.
Están formados principalmente por pequeñas partículas de polvo.
No poseen el espectacular aspecto de los anillos de Saturno, pero nos recuerdan que Júpiter es más complejo de lo que parece a primera vista.

Júpiter está rodeado por una gran cantidad de lunas.
Entre ellas encontramos cuatro especialmente famosas, descubiertas por Galileo Galilei en 1610:
Ío.
Europa.
Ganímedes.
Calisto.
Las llamamos lunas galileanas.
Cada una es un mundo extraordinario.
Ío posee una intensa actividad volcánica.
Europa tiene una superficie helada y fuertes evidencias de un océano de agua líquida debajo.
Ganímedes es la luna más grande de todo el Sistema Solar, incluso mayor que Mercurio.
Júpiter posee actualmente más de cien lunas reconocidas oficialmente, aunque el número puede cambiar conforme se descubren y confirman nuevos objetos.
Imagine la escena.
Un planeta gigantesco.
Numerosas lunas orbitándolo.
Un sistema de anillos.
Un poderoso campo magnético.
Tormentas enormes.
Todo viajando alrededor del Sol.
Por eso, estudiar Júpiter puede sentirse como estudiar un pequeño sistema planetario dentro del Sistema Solar.

Diferentes naves han visitado Júpiter.
Pioneer.
Voyager.
Galileo.
Cassini pasó cerca durante su viaje hacia Saturno.
New Horizons también utilizó Júpiter durante su recorrido hacia Plutón.
Y desde 2016, la nave Juno ha estudiado Júpiter desde una órbita especialmente diseñada para investigar su interior, atmósfera, gravedad y campo magnético.
Gracias a estas misiones hemos podido acercarnos a las nubes y observar detalles que desde la Tierra serían imposibles.
La misión Juno ha revelado que las famosas bandas atmosféricas no son simplemente una capa superficial.
Las corrientes asociadas con ellas penetran aproximadamente 3,000 kilómetros hacia el interior del planeta.
Eso significa que aquello que vemos desde fuera forma parte de estructuras atmosféricas muchísimo más profundas.
Una vez más, las apariencias esconden un mundo mucho más complejo.
Piense ahora en todo lo que está ocurriendo.
Júpiter gira en menos de diez horas.
Sus bandas atmosféricas se desplazan en direcciones diferentes.
Tormentas gigantescas giran dentro de ellas.
Decenas de lunas recorren sus órbitas.
Partículas cargadas circulan dentro de su enorme magnetosfera.
Y mientras todo eso ocurre, el planeta completo continúa viajando alrededor del Sol.
No estamos observando una gran esfera inmóvil.
Estamos contemplando uno de los sistemas más dinámicos del Sistema Solar.
Coloque mentalmente ambos planetas juntos.
La Tierra parece grande para nosotros.
Tiene océanos.
Miles de millones de seres humanos.
Pero junto a Júpiter parece una pequeña esfera azul.
Júpiter podría contener aproximadamente mil Tierras por volumen.
Y entonces podemos comprender un poco mejor la pregunta del salmista:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
La creación modifica nuestra percepción de tamaño.
Nos recuerda que somos pequeños.
Pero también que poseemos una mente capaz de estudiar cosas muchísimo mayores que nosotros.
Las Escrituras no nos dicen cuántas bandas posee Júpiter.
No hablan de hidrógeno metálico.
No mencionan su rápida rotación.
No describen la Gran Mancha Roja.
Estas preguntas pertenecen a la astronomía, la física y la ciencia planetaria.
Pero la Biblia sí invita repetidamente al ser humano a contemplar el cielo.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Hoy podemos contemplar aquello con herramientas que los antiguos jamás imaginaron.
Telescopios.
Espectrómetros.
Radiotelescopios.
Naves espaciales.
Y cámaras viajando alrededor de otro planeta.
…más pequeñas parecen algunas cosas que nos preocupan.
Júpiter es tan grande que una tormenta del tamaño de la Tierra puede parecer solamente una pequeña mancha sobre sus nubes.
Sus sistemas meteorológicos se extienden miles de kilómetros.
Sus lunas forman una familia enorme.
Su campo magnético domina una región gigantesca del espacio.
Y aun así, Júpiter es solamente un planeta.
Uno de ocho.
Alrededor de una estrella.
Dentro de una galaxia inmensa.
Esta escala puede producir asombro.
Y para el creyente puede convertirse también en adoración.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Cuando levantamos ahora los ojos hacia Júpiter, sabemos algo que Isaías no podía observar directamente.
Aquel punto luminoso contiene un mundo gigantesco.
Un planeta once veces más ancho que la Tierra.
Con nubes que forman enormes bandas.
Tormentas que pueden durar generaciones.
Lunas viajando alrededor.
Y un día que termina en menos de diez horas.
Conocer esos datos no disminuye el asombro.
Lo aumenta.
Nuestro primer encuentro con Júpiter nos ha mostrado al gigante.
Pero dejamos deliberadamente una de sus maravillas para el siguiente artículo.
Una enorme tormenta rojiza.
Visible desde hace siglos.
Más grande que nuestro planeta.
Una estructura que ha cambiado de tamaño, forma y comportamiento mientras los científicos la observan.
Nuestro siguiente destino será:
Y quizá entonces comprenderemos todavía mejor por qué este gigante es uno de los mundos más impresionantes de todo nuestro Sistema Solar.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
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Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Júpiter, el planeta más grande, con sus enormes bandas de nubes y tormentas gigantescas.
Ahora viajamos todavía más lejos del Sol.
Y encontramos uno de los mundos más hermosos que podemos contemplar con un telescopio:

El planeta Saturno
Desde lejos parece una enorme esfera amarillenta rodeada por delicados anillos.
Pero aquellos anillos no son simplemente un adorno.
Son un gigantesco sistema formado por incontables partículas de hielo y roca que viajan alrededor del planeta.
Saturno es el sexto planeta desde el Sol y el segundo más grande de nuestro Sistema Solar, solamente superado por Júpiter.

Saturno tiene un diámetro ecuatorial aproximado de:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que Saturno es aproximadamente nueve veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine una pelota pequeña que representa la Tierra.
Ahora coloque junto a ella otra esfera nueve veces más ancha.
Comenzamos así a comprender el tamaño de este gigante.
Saturno es tan grande que, por volumen, dentro de él cabrían más de setecientas Tierras.
Nuestro planeta, que para nosotros parece enorme, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a Saturno.
Al igual que Júpiter, Saturno pertenece al grupo de los gigantes gaseosos.
Está formado principalmente por:
hidrógeno
y
helio.
Estos son también los dos elementos principales presentes en el Sol.
Saturno no posee una superficie sólida como la Tierra o Marte.
Si una nave descendiera hacia él, penetraría en gases que se volverían progresivamente más densos. Más abajo encontraría presiones y temperaturas tan extremas que la nave terminaría siendo destruida.
Así que no podríamos simplemente aterrizar sobre Saturno, bajar una escalera y comenzar a caminar.
Aquí encontramos una característica muy curiosa.
Aunque Saturno es gigantesco, su densidad promedio es extraordinariamente baja para un planeta.
De hecho, su densidad media es menor que la del agua.
Esto ha producido una comparación famosa.
Si pudiéramos encontrar un océano suficientemente gigantesco —algo obviamente imposible— Saturno sería menos denso que el agua y tendería a flotar.
No significa que Saturno sea ligero en términos absolutos.
Su masa es enorme.
Significa que toda esa enorme cantidad de materia está distribuida dentro de un volumen gigantesco.
Saturno se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
Eso equivale a unas 9.5 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
La luz solar necesita alrededor de:
para viajar desde el Sol hasta Saturno.
Recuerde que la luz solamente tarda unos ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.
Cuando llegamos a Saturno estamos entrando verdaderamente en las regiones exteriores de nuestro Sistema Solar.
La enorme distancia de Saturno significa también que su recorrido alrededor del Sol es muchísimo mayor que el nuestro.
Saturno necesita aproximadamente:
para completar una sola órbita.
Imagine a un niño que nace en la Tierra.
Para cuando Saturno complete su primera vuelta alrededor del Sol, aquella persona estaría acercándose a los treinta años.
Ese sería solamente:
un año saturniano.
Aquí aparece un contraste fascinante.
El año de Saturno es extremadamente largo…
pero su día es muy corto.
Saturno completa aproximadamente una rotación en:
Eso significa que en el tiempo que nosotros vivimos un solo día terrestre, Saturno puede girar más de dos veces.
Un planeta nueve veces más ancho que la Tierra girando en menos de once horas.
Es difícil imaginar semejante movimiento.
Debido a su rápida rotación, Saturno no es una esfera perfecta.
Se encuentra ligeramente ensanchado alrededor del ecuador y aplanado cerca de los polos.
Podríamos compararlo, de manera muy sencilla, con una pelota blanda que gira muy rápidamente.
El movimiento contribuye a modificar su forma.
Incluso mirando la silueta del planeta podemos encontrar señales de que Saturno está girando continuamente.
Podríamos hablar durante mucho tiempo del planeta.
Pero Saturno posee algo que lo hace inmediatamente reconocible:
Júpiter también tiene anillos.
Urano tiene anillos.
Neptuno también.
Pero ninguno posee un sistema tan brillante y espectacular como el de Saturno.
Cuando Galileo Galilei observó Saturno mediante un telescopio en 1610 no logró comprender claramente qué estaba viendo. La tecnología de su época no permitía resolver bien los anillos; durante las décadas siguientes, observaciones mejores ayudaron a entender la verdadera naturaleza de aquella extraña apariencia.

Cuando vemos una fotografía podemos imaginar que alrededor de Saturno existe una enorme lámina sólida.
No es así.
Los anillos están formados por incontables fragmentos separados.
Principalmente hielo de agua.
También existe roca, polvo y otros materiales mezclados con las partículas heladas.
Algunas partículas son diminutas, incluso comparables con granos de polvo o arena.
Otras pueden tener el tamaño de una casa.
Y existen estructuras mucho mayores dentro del complejo sistema.
Cada fragmento está viajando alrededor de Saturno.
Los anillos son movimiento.
Imagine colocar una enorme cantidad de partículas de hielo alrededor de un planeta.
Cada una obedece a la gravedad.
Cada una posee una velocidad.
Cada una recorre su propia órbita.
Las partículas situadas más cerca de Saturno se mueven de manera diferente a las que están más lejos.
Y cuando observamos todas juntas desde lejos…
parecen formar anillos continuos.
Es algo parecido a observar desde lejos una carretera llena de automóviles.
Desde mucha distancia podría parecer una franja continua.
Pero al acercarnos descubriríamos miles de objetos individuales.

Esta es quizá una de las características más difíciles de imaginar.
El sistema principal de anillos se extiende a enormes distancias alrededor de Saturno.
NASA señala que el sistema de anillos puede alcanzar aproximadamente 282,000 kilómetros desde el planeta, mientras que gran parte de los anillos principales tiene un espesor vertical típico cercano a solamente 10 metros.
Piense en la comparación.
Cientos de miles de kilómetros de extensión…
pero en muchas regiones apenas unos pocos metros de grosor.
Es como una gigantesca hoja extraordinariamente fina alrededor de un planeta.
Cuando lo observamos desde lejos parece un único sistema.
Pero al acercarnos aparecen diferentes regiones.
Los principales anillos brillantes reciben letras:
A.
B.
C.
Además existen otros más débiles:
D, E, F y G.
Algunos son muy brillantes.
Otros apenas pueden observarse.
Algunos contienen muchísima materia.
Otros son tenues y dispersos.
El sistema es mucho más complejo de lo que puede apreciar un pequeño telescopio.
Entre dos de los anillos principales existe una región especialmente conocida:

Cassini y su encuentro con Saturno
Se encuentra entre los anillos A y B y tiene aproximadamente 4,700 kilómetros de anchura.
Pero tampoco está completamente vacía.
Contiene partículas.
Simplemente posee una concentración mucho menor que las regiones brillantes situadas a ambos lados.
La gravedad de algunas lunas influye sobre las partículas y ayuda a producir estructuras y separaciones dentro de los anillos. Por ejemplo, la luna Mimas participa mediante resonancias gravitacionales en la estructura de la División de Cassini.
Saturno posee pequeñas lunas que interactúan directamente con los anillos.
Algunas reciben el nombre de lunas pastoras.
¿Por qué?
Porque su gravedad ayuda a mantener y modificar determinadas regiones de partículas, casi como un pastor que mantiene organizado un rebaño.
Pandora y Prometeo, por ejemplo, interactúan con el estrecho anillo F.
Otras pequeñas lunas producen ondas y estructuras dentro de los propios anillos.
Aquí vemos nuevamente algo que aparece una y otra vez en nuestro viaje:
gravedad + movimiento = estructura.
Cuando Cassini estudió los anillos con enorme detalle encontró estructuras conocidas como propellers, o hélices.
No son hélices verdaderas.
Se producen cuando pequeños cuerpos dentro de los anillos alteran gravitacionalmente las partículas que pasan cerca de ellos.
Aparecen patrones que pueden extenderse miles de kilómetros.
Un pequeño objeto puede modificar una región enorme de partículas a su alrededor.
Una vez más, la gravedad está trabajando silenciosamente.
Podríamos imaginar los anillos como una superficie perfectamente plana.
Pero Cassini descubrió que no siempre lo son.
Durante el equinoccio de Saturno, cuando la luz solar incidía casi de lado sobre los anillos, algunas estructuras proyectaron largas sombras.
Eso permitió descubrir acumulaciones y perturbaciones que se elevaban kilómetros por encima del plano principal de los anillos.
Imagine eso.
Un sistema que desde lejos parece una línea perfecta…
pero de cerca posee ondas, grumos, lunas pequeñas y estructuras gigantescas.
Gran parte de su brillo se debe al hielo.
El hielo de agua refleja muy bien la luz solar.
Por eso Saturno puede ofrecer esa apariencia blanca, plateada y dorada que vemos en numerosas fotografías.
Las pequeñas diferencias de color entre distintas regiones pueden revelar diferentes cantidades de otros materiales mezclados con el hielo.
Lo que para nuestros ojos simplemente parece hermoso también contiene información química.
Esta pregunta todavía no posee una respuesta completamente definitiva.
Una posibilidad es que gran parte del material provenga de antiguas lunas, cometas u otros cuerpos que fueron fragmentados por impactos o por las poderosas fuerzas gravitacionales cerca de Saturno.
Existen diferentes modelos acerca de cuándo y cómo se originaron.
Y aquí es importante recordar algo:
cuando los científicos todavía están investigando una pregunta, debemos decirlo.
No necesitamos presentar como certeza aquello que continúa siendo objeto de estudio.
Eso también forma parte de hacer buena ciencia.
Cassini descubrió que el sistema es todavía más dinámico.
Algunas lunas reciben partículas procedentes de los anillos.
Y algunas lunas aportan material a ellos.
Un ejemplo extraordinario es Encélado.
Esta pequeña luna expulsa al espacio vapor de agua y partículas de hielo desde fracturas cerca de su polo sur.
Parte de ese material contribuye a alimentar el enorme y tenue anillo E de Saturno.
Así que algunas partes de los anillos están relacionadas directamente con actividad que ocurre sobre una luna.
Saturno tiene su eje inclinado aproximadamente 26.7 grados.
Y los anillos se encuentran aproximadamente en el plano de su ecuador.
A medida que Saturno recorre su larga órbita, cambia el ángulo desde el cual nosotros observamos los anillos.
Algunas veces aparecen ampliamente abiertos.
Otras veces los vemos casi completamente de canto.
Cuando esto ocurre pueden parecer tan delgados que casi desaparecen para ciertos telescopios.
Los anillos no desaparecieron.
Cambió nuestra perspectiva.
La inclinación de su eje significa que Saturno experimenta estaciones, al igual que la Tierra.
Pero recuerde:
un año de Saturno dura casi treinta años terrestres.
Por eso cada estación puede durar aproximadamente siete años terrestres.
Imagine pasar siete años en primavera.
Después siete años en verano.
Después otros siete aproximadamente en otoño.
Y finalmente un larguísimo invierno.
Saturno posee otra característica que parece sacada de una película.
Cerca de su polo norte existe una enorme corriente atmosférica con forma aproximada de:
Seis lados.
Una figura geométrica gigantesca dentro de la atmósfera de un planeta.
La misión Cassini obtuvo imágenes detalladas de esta corriente y permitió estudiarla durante años.
No es una estructura sólida.
Es un patrón atmosférico.
Otra demostración de lo extraño y diverso que puede ser el clima de otros mundos.
Aunque sus colores suelen parecer más suaves que los de Júpiter, Saturno también posee tormentas poderosas.
Cassini observó una gigantesca tormenta en el hemisferio norte durante 2010 y 2011 que llegó a extenderse alrededor del planeta durante meses.
Así que debajo de aquella tranquila apariencia dorada existe una atmósfera activa.
Nubes.
Vientos.
Tormentas.
Todo en movimiento.
Saturno está acompañado por una extraordinaria cantidad de lunas.
Algunas son diminutas.
Otras son mundos enormes.
Dos destacan especialmente:
Titán
y
Encélado.
Titán posee una atmósfera espesa y lagos y mares de hidrocarburos sobre su superficie.
Encélado posee un océano global de agua líquida debajo de una corteza de hielo y expulsa parte de ese material hacia el espacio.
Por eso no intentaremos estudiar aquí toda la familia de Saturno.
Las lunas merecen su propio capítulo.
Gran parte de lo que hoy sabemos acerca de Saturno se debe a una misión extraordinaria:
Fue un proyecto conjunto de NASA, la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Italiana.
Cassini llegó al sistema de Saturno en 2004 y pasó trece años estudiando el planeta, sus anillos y sus lunas.
Tomó cientos de miles de imágenes.
Atravesó diferentes regiones del sistema.
Estudió los anillos desde ángulos nunca vistos.
Y transformó nuestra comprensión de Saturno.
Al final de su misión, los ingenieros hicieron algo extraordinariamente atrevido.
Cassini realizó 22 inmersiones a través de la región situada entre Saturno y sus anillos interiores.
Aquello permitió realizar mediciones extremadamente precisas de la gravedad, el campo magnético, la atmósfera y la masa de los anillos.
Después, el 15 de septiembre de 2017, Cassini entró deliberadamente en la atmósfera de Saturno y terminó su misión.
La nave desapareció.
Pero los datos que reunió continúan siendo estudiados.
Saturno puede observarse a simple vista desde la Tierra.
Para nuestros ojos parece simplemente un punto luminoso.
Pero coloque un telescopio delante de sus ojos…
y aparece algo extraordinario.
Una esfera.
Anillos.
Lunas.
Después enviamos naves.
Y descubrimos millones de partículas.
Huecos.
Ondas.
Pequeñas lunas.
Tormentas.
Un hexágono.
Océanos ocultos dentro de algunos satélites.
Cada vez que miramos más cerca encontramos más complejidad.
Hay algo especial en Saturno.
No solamente queremos comprenderlo.
También es hermoso.
Sus anillos producen una de las imágenes más elegantes de todo el Sistema Solar.
Y esto nos recuerda que estudiar científicamente algo hermoso no destruye su belleza.
Podemos saber que los anillos están hechos principalmente de hielo.
Podemos calcular sus órbitas.
Podemos medir su espesor.
Podemos estudiar las fuerzas que forman sus divisiones.
Y todavía podemos mirar Saturno y decir:
¡qué extraordinario!
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no podía observar los anillos de Saturno como nosotros.
A simple vista veía solamente otro punto luminoso.
Nosotros tenemos telescopios.
Cámaras.
Espectrómetros.
Naves espaciales.
Podemos acercarnos a aquel pequeño punto y descubrir un mundo gigantesco rodeado por miles de estructuras de hielo.
Para el creyente, cada nueva escala de observación puede convertirse en una nueva razón para maravillarse.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Saturno constituye una magnífica invitación a hacerlo.
Levante los ojos.
Allí existe un planeta aproximadamente nueve veces más ancho que la Tierra.
A unos 1,400 millones de kilómetros del Sol.
Girando en menos de once horas.
Rodeado por un sistema de anillos compuesto principalmente por hielo.
Acompañado por una gran familia de lunas.
Y todo ello continúa moviéndose mientras nosotros realizamos nuestras actividades cotidianas.
Ahora resumamos nuestro encuentro.
Saturno es:
el segundo planeta más grande del Sistema Solar,
un gigante compuesto principalmente de hidrógeno y helio,
un mundo sin una superficie sólida verdadera,
un planeta que gira en unas 10.7 horas,
un mundo cuyo año dura casi treinta años terrestres,
y el dueño del sistema de anillos más espectacular que conocemos entre los planetas.
Pero quizá lo más sorprendente sea esto:
desde lejos sus anillos parecen sencillos.
Cuando nos acercamos descubrimos miles de millones de partículas, divisiones, pequeñas lunas, ondas y estructuras moldeadas continuamente por la gravedad.
Algo que parecía solamente hermoso resulta también extraordinariamente complejo.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje por Saturno todavía no termina.
Porque alrededor de este gigante viajan mundos que merecen ser conocidos por sí mismos.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Saturno y su extraordinaria familia de anillos y lunas.
Ahora nos alejamos muchísimo más del Sol.
Y llegamos al séptimo planeta:

El planeta Urano
A primera vista parece una tranquila esfera azul verdosa.
No muestra las enormes bandas de Júpiter.
No posee los espectaculares anillos brillantes de Saturno.
Pero Urano guarda una característica que lo convierte en uno de los planetas más extraños de nuestro Sistema Solar:
gira prácticamente acostado sobre un costado.
Su eje de rotación está inclinado aproximadamente 98 grados respecto de su órbita. En lugar de girar como una pelota casi vertical, parece rodar alrededor del Sol.
Ponga una pelota sobre una mesa.
Imagine una línea atravesándola de arriba hacia abajo.
Esa línea representa su eje.
La Tierra también gira alrededor de un eje.
Nuestro planeta está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Urano es completamente diferente.
Su inclinación es tan grande que uno de sus polos puede quedar orientado casi directamente hacia el Sol durante parte de su larguísimo recorrido orbital.
Es como si alguien hubiera tomado el planeta…
lo hubiera inclinado hasta acostarlo…
y después lo hubiera puesto a girar.
Esta es una pregunta que todavía no podemos responder con completa seguridad.
Una explicación propuesta es que, durante la historia temprana del planeta, Urano pudo experimentar una interacción o un gran impacto que modificó profundamente su orientación.
También existen modelos más recientes que estudian otras posibilidades gravitacionales.
Pero debemos decirlo claramente:
todavía no conocemos con certeza toda la historia de cómo Urano terminó girando de esa manera.
Y eso también forma parte de la ciencia.
No todo está resuelto.
Todavía existen preguntas esperando mejores respuestas.

Aunque parece pequeño cuando lo observamos desde la Tierra, Urano es enorme.
Su diámetro ecuatorial es de aproximadamente:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Urano es aproximadamente cuatro veces más ancho que nuestro planeta.
Por volumen podrían caber alrededor de 63 Tierras dentro de Urano.
Imagine nuestro planeta entero.
Ciudades.
Y después imagine decenas de mundos de ese tamaño ocupando aproximadamente el volumen de una sola esfera.
Urano pertenece verdaderamente al reino de los gigantes.
Júpiter y Saturno son conocidos como gigantes gaseosos.
Urano, junto con Neptuno, suele clasificarse como un:
Eso no significa que sea simplemente una gigantesca bola de hielo congelado.
El nombre se refiere a que su interior contiene una proporción importante de materiales como agua, amoníaco y metano, además de hidrógeno y helio, sometidos a presiones y temperaturas extraordinarias.
Así que incluso entre los planetas gigantes encontramos diferencias importantes.
No como aterrizamos en la Tierra, la Luna o Marte.
Urano no posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual una nave pudiera simplemente colocar sus patas.
Si descendiera, atravesaría primero su atmósfera.
Los gases serían cada vez más densos.
La presión aumentaría enormemente.
Y finalmente encontraríamos materiales sometidos a condiciones extremas.
Una nave convencional no podría continuar indefinidamente.
Urano es un mundo para atravesar con instrumentos, no para caminar sobre una superficie ordinaria.
Una de las características más hermosas del planeta es su color.
Urano suele verse azul verdoso o cian.
¿De dónde viene ese color?
Su atmósfera contiene principalmente hidrógeno y helio, pero también posee una pequeña cantidad de metano.
El metano absorbe parte de la luz roja procedente del Sol y deja que otras longitudes de onda se reflejen con mayor facilidad.
El resultado contribuye al característico tono azulado del planeta.
Una pequeña cantidad de una sustancia puede cambiar completamente la apariencia de un mundo gigantesco.
Las primeras fotografías de Voyager 2 mostraron a Urano como una esfera relativamente uniforme.
Parecía casi sin rasgos.
Durante años pudo dar la impresión de ser uno de los planetas más tranquilos.
Pero telescopios modernos como Hubble y James Webb han mostrado nubes, tormentas y cambios relacionados con las estaciones.
Así que aquella esfera azul aparentemente sencilla…
también posee meteorología.
Nubes.
Vientos.
Cambios estacionales.
Otra vez descubrimos que cuanto más nos acercamos, más compleja resulta la creación.
La atmósfera de Urano puede alcanzar velocidades de viento de cientos de kilómetros por hora.
Aunque el planeta recibe relativamente poca energía solar debido a su enorme distancia, su atmósfera continúa mostrando movimientos y estructuras dinámicas.
Este es uno de los aspectos fascinantes de los planetas gigantes:
no necesitamos una superficie sólida para tener “clima”.
Los gases mismos pueden formar enormes sistemas meteorológicos.
Urano se encuentra muy lejos del Sol.
Su distancia media es de aproximadamente:
Eso es cerca de 19 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
A semejante distancia recibe muchísimo menos energía solar que nuestro planeta.
En algunas regiones superiores de su atmósfera se han registrado temperaturas cercanas a:
lo que convierte a Urano en uno de los mundos planetarios más fríos del Sistema Solar.
Imagine un frío tan intenso que nuestras experiencias invernales más severas parecerían cálidas en comparación.

La luz viaja a una velocidad extraordinaria.
Aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.
Desde el Sol hasta la Tierra necesita alrededor de ocho minutos.
Pero para alcanzar Urano necesita aproximadamente:
dependiendo de la posición del planeta en su órbita.
Cuando la luz solar alcanza las nubes de Urano, ha viajado miles de millones de kilómetros por el espacio.
Aunque Urano es gigantesco, gira rápidamente.
Completa una rotación aproximadamente cada:
Así que su día es bastante más corto que el terrestre.
Imagine despertar por la mañana…
y antes de que hayan pasado nuestras veinticuatro horas, Urano ya habría completado una vuelta entera sobre sí mismo.
Aquí encontramos el contraste.
Un día dura solamente unas 17 horas.
Pero una vuelta completa alrededor del Sol necesita aproximadamente:
Piense en eso.
Una persona podría nacer…
crecer…
formar una familia…
envejecer…
y Urano quizá todavía no habría completado una segunda vuelta alrededor del Sol durante toda su vida.
Ahora combine dos características:
Urano tarda aproximadamente 84 años terrestres en dar una vuelta alrededor del Sol.
Y está prácticamente acostado de lado.
El resultado son estaciones extraordinarias.
Cada estación puede durar alrededor de:
Durante determinadas partes de su órbita, una región polar puede quedar orientada hacia el Sol durante años, mientras la otra permanece alejada de él.
Compare eso con nuestras estaciones.
Unos meses de primavera.
Unos meses de verano.
Unos meses de otoño.
Unos meses de invierno.
En Urano hablamos de décadas.
Imagine que llega la primavera cuando un niño nace.
Y esa primavera continúa…
cuando aprende a caminar.
cuando comienza la escuela.
cuando llega a la adolescencia.
y todavía sigue cuando alcanza la edad adulta.
Solo entonces comenzaría aproximadamente la siguiente estación.
Las escalas temporales de otros planetas pueden ser tan sorprendentes como sus tamaños.

Cuando pensamos en anillos recordamos inmediatamente a Saturno.
Pero Saturno no es el único.
Urano posee un sistema de anillos oscuros y relativamente tenues.
No son tan brillantes ni tan espectaculares como los saturnianos, pero forman parte importante del planeta. Voyager 2 descubrió dos anillos adicionales durante su encuentro de 1986, y observaciones posteriores han permitido estudiar mejor todo el sistema.
Gracias a instrumentos modernos, incluso los anillos más débiles pueden aparecer alrededor de la esfera azul del planeta.
Recuerde que Urano está prácticamente acostado.
Sus anillos están alineados aproximadamente con su ecuador.
Por eso todo el sistema parece inclinado:
el planeta,
su eje,
sus anillos,
y las órbitas de muchas de sus principales lunas.
Visualmente es uno de los sistemas planetarios más peculiares que conocemos.
Urano posee numerosas lunas.
Entre las más grandes encontramos:
Titania.
Oberón.
Umbriel.
Ariel.
Miranda.
Son mundos helados y rocosos con cráteres, fracturas y paisajes extraordinarios.
Oberón, por ejemplo, está fuertemente cubierto de cráteres y posee una composición aproximada de hielo y roca.
Miranda muestra algunos de los terrenos más extraños observados en una luna.
Sin embargo, no nos detendremos demasiado aquí.
Nuestro objetivo es conocer al planeta.
La rareza de Urano no termina con su inclinación.
También posee un campo magnético.
Pero ese campo está inclinado y desplazado respecto del centro del planeta de una manera mucho más marcada que el de la Tierra.
Cuando Voyager 2 pasó por Urano descubrió un campo magnético sorprendente y una magnetosfera compleja.
Esto significa que incluso las regiones invisibles alrededor del planeta poseen una geometría extraordinaria.

Aquí aparece algo que quizá sorprenda.
Hemos enviado numerosas misiones a Marte.
Varias naves han visitado Júpiter.
Cassini pasó años alrededor de Saturno.
Pero Urano solamente ha sido visitado de cerca por una nave espacial:
Su máximo acercamiento ocurrió el 24 de enero de 1986. Fue el primer objeto construido por seres humanos en visitar Urano y, hasta ahora, sigue siendo el único que lo ha estudiado directamente durante un sobrevuelo.
Voyager 2 pasó a unos 81,800 kilómetros de las cimas visibles de las nubes de Urano.
Durante el encuentro envió miles de imágenes y grandes cantidades de información sobre el planeta, sus anillos, lunas, atmósfera y campo magnético.
También descubrió diez lunas nuevas y dos anillos nuevos.
Piense en lo extraordinario.
Una máquina pasó por allí hace décadas…
y todavía seguimos analizando lo que aprendió.
Aunque ninguna otra nave ha regresado todavía, no hemos dejado de estudiar Urano.
El telescopio espacial Hubble observa sus nubes y estaciones.
El telescopio espacial James Webb ha obtenido imágenes extraordinarias de sus anillos, nubes y regiones polares.
Cada nueva generación de instrumentos consigue extraer más información de aquel lejano punto azul.
Urano nos enseña algo hermoso acerca de estudiar el Sistema Solar.
Cuando comenzamos, quizá pensamos que un planeta simplemente:
gira,
recorre una órbita,
y tiene forma redonda.
Pero después encontramos un planeta casi acostado.
Con estaciones que duran décadas.
Con anillos oscuros.
Con una atmósfera azulada.
Y con un campo magnético sorprendentemente inclinado.
La realidad suele resultar mucho más interesante que nuestra primera imaginación.
Porque cada planeta posee una combinación particular de características.
Júpiter tiene sus enormes bandas y la Gran Mancha Roja.
Saturno posee sus extraordinarios anillos.
Urano presenta una inclinación extrema y una composición interior diferente.
Neptuno, que visitaremos después, posee otra personalidad completamente distinta.
No estamos viajando entre copias.
Estamos visitando mundos individuales.
La Biblia declara:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
El salmista no estaba describiendo científicamente a Urano.
No conocía su metano.
Sus anillos.
Su inclinación.
Su período orbital.
Estas cosas las hemos descubierto mediante observación científica.
Pero para el creyente, la diversidad que encontramos en los cielos puede convertirse en una nueva razón para admirar al Creador.
A veces podemos cometer un error.
Pensamos que para que algo resulte maravilloso debe parecerse a la Tierra.
Pero Urano no tiene océanos azules como los nuestros.
No tiene continentes verdes.
No posee aire que podamos respirar.
No fue hecho para que nosotros pudiéramos caminar sobre él.
Y sin embargo resulta extraordinario.
Su importancia científica está precisamente en mostrarnos otra manera en que puede existir un planeta.
Si pudiéramos observar Urano a simple vista bajo condiciones excepcionales, apenas parecería un punto diminuto.
Pero sabemos lo que realmente existe allí.
Una esfera de unos 51,000 kilómetros de diámetro.
Casi cuatro veces más ancha que la Tierra.
Situada a miles de millones de kilómetros del Sol.
Girando prácticamente sobre un costado.
Rodeada por anillos.
Acompañada por lunas.
Y completando una vuelta alrededor del Sol cada 84 años.
Una vez más, el tamaño aparente nos engaña.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Hoy podemos hacer precisamente eso.
Levantar nuestros ojos.
Preguntar.
Construir telescopios.
Enviar naves.
Medir.
Comparar.
Y continuar descubriendo.
Para una perspectiva cristiana, la ciencia no disminuye el asombro.
Puede ampliarlo.
Urano sigue siendo uno de los grandes mundos poco explorados del Sistema Solar.
Una sola nave lo ha visitado de cerca.
Eso significa que quedan enormes preguntas acerca de su interior, atmósfera, magnetosfera, lunas y origen de su extraordinaria inclinación.
Quizá futuras generaciones enviarán una nave capaz de permanecer allí durante años.
Quizá algún niño que lea hoy acerca de Urano participe mañana en una misión semejante.
La exploración todavía continúa.
Resumamos lo que acabamos de encontrar.
Urano es:
el séptimo planeta desde el Sol,
un gigante de hielo aproximadamente cuatro veces más ancho que la Tierra,
un mundo azul verdoso debido en parte al metano de su atmósfera,
un planeta que gira aproximadamente cada 17 horas,
un mundo cuyo año dura alrededor de 84 años terrestres,
un planeta con anillos y numerosas lunas,
y, sobre todo, un mundo cuyo eje está inclinado aproximadamente 98 grados.
Urano parece rodar alrededor del Sol.
Y esa sola característica produce algunas de las estaciones más extrañas entre los planetas.
David escribió:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje todavía tiene otro gran planeta esperándonos.
Muchísimo más lejos.
Azul.
Frío.
Y azotado por algunos de los vientos más extraordinarios conocidos en el Sistema Solar.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.

El planeta Neptuno
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.

Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.

Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.

Triton, una de las lunas de Neptuno
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.

A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
NASA Science — Neptune Facts. Datos sobre tamaño, distancia, atmósfera, rotación, órbita, lunas, anillos y características generales de Neptuno.
NASA — Ice Giant Resources. Información sobre los vientos extremos de Neptuno y sus velocidades superiores a 2,000 km/h.
NASA — Voyager at Neptune. Imágenes y observaciones de la atmósfera, nubes y tormentas obtenidas durante el encuentro de 1989.
NASA Science — Voyager 2. Historia de la única nave que ha visitado Urano y Neptuno.
NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
NASA/ESA/CSA — James Webb Space Telescope. Observaciones recientes del sistema de anillos y de varias lunas de Neptuno.
Por el Dr. Elio M Rivera
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.
Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.
Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.
A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
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NASA Science — Voyager 2. Historia de la única nave que ha visitado Urano y Neptuno.
NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
NASA/ESA/CSA — James Webb Space Telescope. Observaciones recientes del sistema de anillos y de varias lunas de Neptuno.
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