Cada mañana ocurre algo tan cotidiano que fácilmente dejamos de maravillarnos. El cielo comienza a iluminarse, la temperatura aumenta, las plantas reciben energía para realizar fotosíntesis y millones de procesos biológicos se ponen en marcha. Todo esto depende de una estrella situada a unos ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros: el Sol.
A simple vista parece un disco brillante suspendido en el cielo. Sin embargo, en realidad es una enorme esfera de plasma cuyo diámetro ronda los 1.39 millones de kilómetros. Su masa representa casi toda la masa del sistema solar y su gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas en sus respectivas órbitas.
Pero su importancia para nosotros va mucho más allá de la astronomía. La energía solar participa en el clima, impulsa el ciclo del agua, permite la fotosíntesis y sostiene directa o indirectamente casi todas las cadenas alimentarias de la superficie terrestre. La vida en nuestro planeta depende profundamente de recibir del Sol una cantidad de energía extraordinariamente precisa y constante.

La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente 149.6 millones de kilómetros. Esa distancia es tan grande que la luz, viajando a unos 299,792 kilómetros por segundo, tarda alrededor de ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.
Cada vez que sentimos el calor del Sol estamos recibiendo energía que salió de su superficie varios minutos antes.
La distancia importa enormemente. La cantidad de energía recibida disminuye conforme aumenta la separación entre una estrella y un planeta. Por eso las condiciones térmicas de la Tierra dependen, entre otros factores, de su distancia al Sol, de las propiedades de nuestra atmósfera y de la manera en que océanos, continentes y nubes distribuyen la energía.
El Sol no está simplemente “allá arriba”. Forma parte directa de las condiciones físicas que hacen habitable nuestro mundo.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra. Está formado principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
El plasma aparece cuando la materia se encuentra a temperaturas tan altas que numerosos electrones dejan de permanecer ligados de la manera habitual a los núcleos atómicos.
Dentro del Sol, la materia está sometida a temperaturas y presiones enormes. Estas condiciones cambian profundamente su comportamiento.
Lo que observamos desde la Tierra como un disco brillante es únicamente la región exterior visible de una estructura mucho mayor.
En el núcleo solar, la temperatura alcanza aproximadamente quince millones de grados Celsius.
La presión también es extraordinaria.
Bajo estas condiciones, núcleos de hidrógeno participan en reacciones de fusión nuclear que finalmente producen helio.
Durante el proceso, una pequeña fracción de masa se transforma en energía.
La relación entre ambas está expresada en la ecuación:
E = mc²
Una cantidad muy pequeña de masa puede corresponder a una cantidad enorme de energía porque la velocidad de la luz elevada al cuadrado es gigantesca.

Cada segundo, enormes cantidades de hidrógeno participan en reacciones nucleares dentro del Sol.
Como resultado neto, aproximadamente cuatro millones de toneladas de masa por segundo equivalen a la energía liberada.
La cifra resulta difícil de imaginar.
Sin embargo, el Sol posee una masa de aproximadamente dos mil trillones de trillones de kilogramos.
Por eso esa enorme producción energética representa solamente una fracción diminuta de su masa total.
Lo impresionante no es solamente cuánto produce.
Es la estabilidad con la que puede hacerlo.
Toda la enorme masa del Sol ejerce gravedad.
La materia situada en las regiones externas es atraída hacia el centro.
Si solamente existiera esa fuerza, la estrella tendería a comprimirse.
Sin embargo, el interior extremadamente caliente genera presión hacia afuera.
Durante su estado estable, la gravedad y la presión interna mantienen un equilibrio conocido como equilibrio hidrostático.
La estrella permanece unida porque fuerzas extraordinarias se compensan continuamente.
La energía producida en el centro no atraviesa instantáneamente toda la estrella.
En las regiones internas, los fotones interactúan repetidamente con la materia.
Son absorbidos, reemitidos y desviados innumerables veces.
Más hacia el exterior, parte de la energía es transportada mediante movimientos de plasma caliente que asciende mientras material más frío desciende.
Finalmente, la energía alcanza las capas exteriores y puede escapar hacia el espacio como radiación.
El Sol que vemos es el resultado final de procesos que comenzaron muy dentro de la estrella.
La región visible se conoce como fotosfera.
Su temperatura es de aproximadamente cinco mil quinientos grados Celsius.
Aunque nosotros la describimos como superficie, no es una corteza sólida.
Es la región desde la cual gran parte de la luz visible escapa hacia el espacio.
Cuando observamos el Sol mediante instrumentos adecuados, su superficie presenta una textura granulada producida por movimientos del plasma.
Por encima de la fotosfera existen otras regiones, entre ellas la cromosfera y la corona.
La corona se extiende enormes distancias hacia el espacio y presenta un fenómeno que todavía resulta fascinante: puede alcanzar temperaturas de millones de grados, muy superiores a las de la fotosfera visible.
Comprender completamente cómo se calienta la corona continúa siendo un área activa de investigación.
Nuestra estrella más cercana todavía contiene preguntas sin resolver.

El Sol posee un poderoso y complejo campo magnético.
En determinadas regiones aparecen manchas solares, zonas que parecen oscuras porque son algo más frías que sus alrededores.
Estas manchas están asociadas con intensas concentraciones de campo magnético.
La actividad magnética puede producir llamaradas solares y grandes expulsiones de plasma conocidas como eyecciones de masa coronal.
El Sol no es una esfera tranquila de luz.
Es un sistema dinámico.
Cuando partículas cargadas procedentes del Sol llegan al entorno terrestre, interactúan con el campo magnético de nuestro planeta.
La magnetosfera desvía gran parte de ese material.
En regiones próximas a los polos, algunas partículas pueden interactuar con la atmósfera y producir las hermosas auroras.
Una llamarada que ocurre en una estrella situada a ciento cincuenta millones de kilómetros puede terminar creando cortinas de luz sobre nuestro cielo.
La relación entre el Sol y la Tierra no se limita a recibir luz.
Nuestra magnetosfera actúa como una barrera frente a gran parte del viento solar.
La atmósfera también absorbe y filtra diferentes tipos de radiación.
Sin estos sistemas protectores, las condiciones sobre la superficie terrestre serían muy diferentes.
La vida depende no solamente de recibir energía solar, sino también de estar protegida frente a determinados componentes de esa radiación y del flujo de partículas.
El Sol emite energía en muchas longitudes de onda.
Parte corresponde a luz visible.
También existen radiación infrarroja y ultravioleta, además de otras formas.
La atmósfera terrestre absorbe una parte importante de la radiación de alta energía.
El ozono, por ejemplo, reduce considerablemente la cantidad de radiación ultravioleta dañina que alcanza la superficie.
La energía solar llega hasta nosotros después de atravesar un sistema de filtros naturales.
Las plantas poseen moléculas capaces de captar parte de la energía solar.
Mediante la fotosíntesis, utilizan esa energía para producir compuestos químicos a partir de dióxido de carbono y agua.
El proceso libera oxígeno como producto.
La energía almacenada posteriormente puede pasar hacia animales que comen plantas y después hacia otros organismos.
Gran parte de la energía contenida en nuestros alimentos comenzó como luz solar.
Un árbol puede parecer completamente separado del Sol.
Sin embargo, sus hojas captan fotones.
La energía permite construir azúcares.
Esos compuestos contribuyen a formar madera, raíces, flores y frutos.
Un bosque completo representa, en cierto sentido, energía solar transformada en estructuras vivas.
La estrella situada en el cielo participa silenciosamente en la construcción de la biomasa terrestre.
El Sol calienta océanos, lagos y superficies húmedas.
Parte del agua se evapora.
El vapor asciende, se enfría y puede condensarse formando nubes.
Posteriormente cae nuevamente como lluvia o nieve.
Ríos y corrientes devuelven parte de esa agua hacia los océanos.
Sin energía solar, el ciclo hidrológico que abastece de agua dulce a grandes regiones del planeta sería radicalmente distinto.
El Sol no calienta uniformemente toda la superficie terrestre.
El ecuador recibe energía de manera diferente a las regiones polares.
Continentes y océanos también responden de forma distinta al calentamiento.
Estas diferencias contribuyen a producir cambios de presión atmosférica y movimientos de aire.
Por eso gran parte de la circulación atmosférica y del clima está impulsada directa o indirectamente por energía solar.
La energía química presente en materia orgánica tiene, en gran medida, relación con fotosíntesis previa.
Cuando utilizamos madera como combustible, liberamos parte de energía originalmente capturada de la luz.
En este sentido, innumerables procesos energéticos terrestres están ligados al Sol.
Nuestra estrella no solamente ilumina.
Alimenta sistemas enteros.
Demasiada energía produciría condiciones térmicas incompatibles con gran parte de la vida actual.
Muy poca convertiría enormes regiones en ambientes congelados.
La temperatura terrestre depende de múltiples factores, pero el flujo de energía solar constituye uno de los fundamentales.
La existencia de agua líquida sobre grandes regiones de nuestro planeta requiere condiciones cuidadosamente equilibradas.
El Sol participa directamente en ese equilibrio.
Las estaciones no ocurren principalmente porque la Tierra esté mucho más cerca o lejos del Sol durante distintas épocas.
Se producen sobre todo debido a la inclinación del eje terrestre.
Conforme nuestro planeta recorre su órbita, diferentes hemisferios reciben luz con distintos ángulos y duraciones.
Así aparecen verano, otoño, invierno y primavera.
El mismo Sol produce efectos diferentes dependiendo de la geometría de nuestro planeta.
La rotación terrestre crea ciclos de luz y oscuridad.
Muchos organismos poseen relojes biológicos internos asociados con esos ciclos.
Sueño, actividad, secreción hormonal, floración, migración y numerosos procesos pueden responder a la duración del día.
La luz solar no solamente aporta energía.
También funciona como señal temporal.
En los seres humanos, la luz que llega a la retina proporciona información al cerebro acerca del ciclo diario.
Esto ayuda a regular ritmos circadianos relacionados con sueño y vigilia.
La exposición a la luz durante el día participa en mantener sincronizado nuestro reloj interno.
Vivimos biológicamente relacionados con el movimiento aparente del Sol a través del cielo.
Cada mañana parece que el Sol sale por el este, atraviesa el cielo y se oculta por el oeste.
En realidad, gran parte de ese movimiento aparente se debe a la rotación de la Tierra.
Nuestro planeta completa aproximadamente una rotación cada veinticuatro horas.
La experiencia cotidiana de amanecer y atardecer es consecuencia de vivir sobre una esfera en movimiento.
Nuestro planeta se desplaza alrededor del Sol a una velocidad media cercana a treinta kilómetros por segundo.
Eso equivale a más de cien mil kilómetros por hora.
No sentimos directamente esa velocidad porque nosotros, la atmósfera y prácticamente todo lo que nos rodea participamos en el mismo movimiento.
Cada día que vivimos estamos viajando por el espacio.
El Sol se desplaza dentro de la Vía Láctea junto con todo el sistema solar.
Nuestra estrella orbita alrededor de la región central de la galaxia.
Por lo tanto, no existe una Tierra inmóvil alrededor de un Sol completamente inmóvil.
Estamos dentro de un sistema dinámico de movimientos superpuestos.
Podrían colocarse aproximadamente ciento nueve Tierras alineadas a lo largo del diámetro solar.
Por volumen, cabrían alrededor de un millón de Tierras dentro del Sol.
Y aun así, el Sol no es una de las mayores estrellas conocidas.
Esto nos proporciona una perspectiva interesante.
Aquello que domina completamente nuestro cielo es enorme respecto de nuestro planeta, pero forma parte de una realidad estelar mucho mayor.
El Sol no necesita ser la estrella más grande para ser la más importante en nuestra vida.
Es la estrella que calienta nuestros océanos.
La que ilumina nuestros días.
La que permite la fotosíntesis.
La que impulsa gran parte del clima.
La que marca los ciclos cotidianos de innumerables organismos.
Su importancia no depende de superar a todas las demás estrellas.
Depende de su relación con nuestro planeta.
El libro de Génesis declara:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.”
(Génesis 1:16)
El propósito del texto bíblico no es ofrecer una explicación de física nuclear.
Describe el Sol dentro del orden de la creación y de su función respecto de la Tierra.
Para quien vive sobre nuestro planeta, ninguna otra estrella gobierna visualmente el día como lo hace el Sol.
El Salmo 19 utiliza una poderosa imagen:
“En ellos puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino.”
(Salmo 19:4-5)
El lenguaje es poético.
Describe aquello que una persona contempla desde la Tierra: la aparición diaria del Sol y su recorrido aparente por el cielo.
Generaciones enteras han observado el mismo amanecer.
Precisamente porque el Sol es tan impresionante, muchas civilizaciones antiguas llegaron a adorarlo.
La perspectiva bíblica es radicalmente diferente.
El Sol no es Dios.
Es creación.
Su grandeza apunta más allá de sí mismo hacia Aquel que lo hizo.
La criatura no reemplaza al Creador.
Ni siquiera podemos observar directamente el disco solar sin protección adecuada para nuestros ojos.
Su brillo es demasiado intenso.
A pesar de encontrarse a ciento cincuenta millones de kilómetros, la energía que llega hasta nosotros puede dañar la retina si se contempla directamente.
Una estrella distante continúa siendo físicamente poderosa sobre nuestro pequeño planeta.
En la Tierra necesitamos enormes instalaciones para producir cantidades relativamente pequeñas de energía mediante reacciones nucleares controladas.
El Sol mantiene naturalmente procesos de fusión en una escala inconcebiblemente mayor.
Esto no significa que funcione como un reactor humano convencional.
Las condiciones físicas son profundamente diferentes.
Pero la comparación ayuda a comprender la magnitud del fenómeno.
Sobre nuestras cabezas existe una fuente de energía cuya potencia supera todo lo que nuestra civilización puede producir.
No necesitamos transportar combustible hasta el Sol.
No encendemos la estrella cada día.
La luz llega continuamente.
Nuestros paneles solares pueden transformar una parte en electricidad.
Las plantas la convierten en energía química.
Los océanos absorben parte como calor.
El planeta entero responde.
Cada amanecer representa la llegada de una corriente gigantesca de energía.
El Salmo 19 comienza declarando:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Conocer el funcionamiento del Sol no disminuye esa afirmación.
La vuelve más impresionante.
David veía una luz poderosa atravesando el cielo.
Nosotros podemos estudiar su masa, temperatura, composición, espectro, campos magnéticos y producción energética.
El conocimiento científico permite contemplar dimensiones que nuestros ojos no pueden percibir directamente.
La Biblia no pretende describir la fusión nuclear, el plasma, el equilibrio hidrostático o la transferencia radiativa. Estas preguntas corresponden a la física solar y a la astrofísica.
Las Escrituras nos invitan a observar la creación y reconocer la sabiduría manifestada en ella.
El salmista escribió:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)
El Sol constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras. En su núcleo ocurren reacciones nucleares bajo temperaturas de millones de grados. La energía atraviesa diferentes regiones de la estrella, escapa al espacio y, unos ocho minutos después, una pequeña parte alcanza nuestro planeta.
Esa energía calienta océanos, mueve la atmósfera, participa en el ciclo del agua y permite que las plantas capturen luz para producir alimento. Nuestra atmósfera y campo magnético, a su vez, ayudan a proteger la superficie de componentes potencialmente dañinos procedentes del entorno solar.
Numerosos sistemas distintos terminan conectados con una sola estrella.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta profundamente nuestra admiración. El Sol nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse cada mañana en algo tan familiar que fácilmente dejamos de verlo: una estrella gigantesca situada a una distancia extraordinaria, cuya luz llega hasta un pequeño planeta y contribuye silenciosamente a sostener prácticamente toda la vida que conocemos.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Cada noche despejada aparece sobre nosotros un objeto familiar que ha acompañado a la humanidad desde tiempos antiguos. A veces se muestra como un delgado arco de luz; otras, como un disco brillante que domina el cielo nocturno. Su presencia ha servido para medir tiempos, orientar calendarios, inspirar poesía y despertar preguntas acerca del mundo que nos rodea. Se trata de la Luna, el único satélite natural de la Tierra.
Aunque desde nuestro planeta parece relativamente cercana y pequeña, la Luna es un mundo completo. Tiene montañas, llanuras, cráteres y enormes regiones cubiertas por polvo y roca. Se encuentra a una distancia media de unos 384,400 kilómetros de la Tierra y tarda poco más de veintisiete días en completar una órbita respecto de las estrellas, aunque el ciclo de fases que observamos dura aproximadamente veintinueve días y medio.
Su importancia no se limita a iluminar las noches. La gravedad lunar participa en las mareas, su movimiento ayuda a organizar ciclos que han acompañado a numerosas culturas y su relación con la Tierra constituye uno de los sistemas más reconocibles del cielo. La Luna no produce su propia luz visible; refleja la luz del Sol y convierte esa iluminación en uno de los espectáculos más hermosos de la noche.

El libro de Génesis declara:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche.”
(Génesis 1:16)
Desde la perspectiva de alguien que observa desde la Tierra, la descripción resulta inmediata. El Sol domina el día y la Luna ocupa un lugar especial durante la noche, aunque también puede verse a veces durante horas diurnas.
La Luna no brilla porque produzca energía como una estrella. Su superficie refleja parte de la luz que recibe del Sol.
Cada fase lunar depende de la posición relativa entre Sol, Tierra y Luna.
Una idea equivocada bastante común es pensar que las fases de la Luna se producen porque la sombra de la Tierra cubre gradualmente su superficie.
Eso solamente ocurre durante un eclipse lunar.
Las fases normales aparecen porque desde la Tierra observamos diferentes proporciones de la mitad lunar iluminada por el Sol.
La Luna siempre tiene aproximadamente una mitad iluminada y otra en oscuridad.
Lo que cambia es cuánto de esa mitad iluminada podemos ver desde nuestra posición.
Cuando la Luna se encuentra aproximadamente entre la Tierra y el Sol, la región iluminada queda mayormente orientada en dirección opuesta a nosotros. Entonces ocurre la Luna nueva y puede resultar difícil observarla.
Conforme avanza en su órbita, aparece una delgada porción iluminada.
Después vemos el cuarto creciente.
Más tarde una parte todavía mayor.
Finalmente, cuando la Tierra se encuentra aproximadamente entre el Sol y la Luna, vemos casi toda la cara iluminada.
Entonces aparece la Luna llena.
Después el proceso ocurre en sentido inverso.
El ciclo completo de fases dura aproximadamente 29.5 días.
Este período ha tenido una importancia enorme en la medición del tiempo.
La palabra “mes” en muchas culturas está históricamente relacionada con ciclos lunares.
Los calendarios hebreos y otros calendarios tradicionales han utilizado la observación lunar para organizar meses y festividades.
Mucho antes de los relojes modernos, el cielo proporcionaba señales regulares.
El Salmo 104 declara:
“Hizo la luna para los tiempos; el sol conoce su ocaso.”
(Salmo 104:19)
La expresión refleja precisamente una de sus funciones más evidentes para el ser humano: proporcionar ciclos observables.
Una persona puede mirar la forma de la Luna y conocer aproximadamente en qué parte del mes lunar se encuentra.
El cielo se convierte así en calendario.
Una de las características más fascinantes de la Luna es que desde la Tierra observamos prácticamente siempre la misma cara.
Esto no significa que la Luna no gire.
Sí gira sobre su propio eje.
Lo extraordinario es que tarda aproximadamente el mismo tiempo en realizar una rotación que en completar una órbita alrededor de la Tierra.
Este fenómeno se conoce como rotación síncrona.
Podemos comprenderlo imaginando a una persona caminando alrededor de otra mientras mantiene siempre el rostro orientado hacia ella.
Para conseguirlo tiene que girar gradualmente mientras recorre el círculo.
La Luna hace algo semejante.
Si no girara sobre sí misma, durante cada órbita veríamos progresivamente todas sus caras.
Como rota una vez durante cada recorrido, la misma región permanece orientada hacia nuestro planeta.
Por esta razón hablamos a veces del “lado oscuro de la Luna”.
La expresión puede resultar engañosa.
La cara que no vemos desde la Tierra también recibe luz solar.
Experimenta día y noche igual que la cara visible.
Lo correcto sería hablar de la cara oculta o cara lejana.
Las naves espaciales permitieron observarla directamente y descubrir un paisaje bastante diferente del lado que vemos habitualmente.

La superficie lunar contiene enormes cantidades de cráteres.
Muchos fueron producidos por impactos de objetos procedentes del espacio.
La Luna carece de una atmósfera densa como la nuestra, por lo que pequeños cuerpos no son frenados o destruidos del mismo modo antes de alcanzar la superficie.
Además, no posee lluvia, ríos ni viento atmosférico capaces de erosionar rápidamente esas marcas.
Por eso numerosos cráteres permanecen claramente visibles.
Las regiones oscuras que podemos distinguir desde la Tierra reciben el nombre de mares lunares, aunque no contienen océanos de agua líquida.
El nombre proviene de antiguos observadores que imaginaron que podían tratarse de grandes masas de agua.
En realidad, son extensas llanuras de roca volcánica más oscura.
Las regiones más claras contienen terrenos montañosos y numerosos cráteres.
A simple vista, esas diferencias producen los patrones que durante siglos inspiraron figuras como “el hombre en la Luna”.
La superficie está cubierta por una capa de material fragmentado conocida como regolito lunar.
Incluye polvo, pequeños fragmentos de roca y material producido por innumerables impactos.
Este polvo posee características que causaron dificultades incluso a los astronautas.
Puede adherirse a superficies, equipos y trajes.
Un paisaje que desde la Tierra parece suave y brillante está cubierto por partículas ásperas y finas.
La Luna posee una exosfera extremadamente tenue, pero nada comparable con la atmósfera terrestre.
Esto produce consecuencias importantes.
No hay aire respirable.
No existen nubes semejantes a las nuestras.
El sonido no puede propagarse por la superficie de la misma manera que en la Tierra porque casi no existe medio gaseoso para transportarlo.
Un astronauta fuera de su nave no escucharía directamente los sonidos externos a través del espacio.
La imagen resulta extraordinaria.
Dos astronautas podrían encontrarse muy cerca sobre la superficie lunar.
Sin sistemas de radio, no escucharían sus voces transmitidas por el aire exterior.
Necesitan comunicación electrónica.
El paisaje lunar no solamente parece silencioso.
Físicamente carece de una atmósfera capaz de transportar sonido de la manera habitual.
La falta de una atmósfera significativa también limita la distribución de calor.
Durante el día lunar, ciertas regiones pueden alcanzar temperaturas muy elevadas.
Durante la noche, pueden descender enormemente.
Un día y una noche lunares duran mucho más que los nuestros, porque el ciclo entre amaneceres sucesivos dura aproximadamente veintinueve días y medio terrestres.
La superficie puede permanecer expuesta al Sol durante períodos prolongados y después pasar largos intervalos en oscuridad.
Sobre la Tierra, el cielo diurno parece azul porque las moléculas de nuestra atmósfera dispersan la luz solar.
En la Luna casi no existe atmósfera para producir ese efecto.
Por eso, incluso con el Sol sobre el horizonte, el cielo aparece negro.
La superficie puede estar brillantemente iluminada mientras sobre ella se extiende una oscuridad casi absoluta.
La gravedad en la superficie lunar es aproximadamente una sexta parte de la gravedad terrestre.
Una persona que pesa sesenta kilogramos de masa continúa teniendo la misma masa en la Luna, pero su peso sería aproximadamente una sexta parte del que experimenta sobre la Tierra.
Por eso los astronautas podían realizar movimientos y saltos que parecerían extraños en nuestro planeta.
La gravedad continúa actuando, pero con menor intensidad.
Una de las influencias más evidentes de la Luna sobre la Tierra ocurre en los océanos.
Su gravedad ejerce una atracción diferente sobre distintas regiones de nuestro planeta.
Esto contribuye a producir las mareas.
El Sol también participa en ellas, pero la Luna posee una influencia especialmente importante debido a su cercanía.
El movimiento periódico del nivel del mar está relacionado con la geometría entre Tierra, Luna y Sol.
La explicación de las mareas es más compleja que decir simplemente que la Luna “jala el agua hacia ella”.
Las diferencias de gravedad a través de la Tierra producen efectos de marea.
De manera simplificada, aparecen regiones de mayor nivel oceánico tanto en el lado aproximadamente orientado hacia la Luna como en el lado opuesto.
Como la Tierra gira dentro de este sistema, muchas costas experimentan ciclos de pleamar y bajamar.
La forma de los continentes y del fondo oceánico modifica enormemente el resultado local.

El eclipse solar
Durante Luna nueva y Luna llena, Sol, Tierra y Luna se encuentran aproximadamente alineados.
Las influencias gravitatorias del Sol y de la Luna sobre las mareas se combinan más fuertemente.
Entonces aparecen las llamadas mareas vivas, con diferencias generalmente mayores entre pleamar y bajamar.
Durante los cuartos lunares, la geometría cambia y aparecen mareas muertas, normalmente menos extremas.
El cielo y los océanos están relacionados mediante gravedad.
La interacción gravitatoria entre la Tierra y la Luna influye en la dinámica de rotación de nuestro planeta.
La presencia de un satélite relativamente grande contribuye a limitar grandes variaciones en la inclinación del eje terrestre.
Esto tiene importancia porque el ángulo del eje influye profundamente en la distribución de la luz solar y en las estaciones.
La Luna no solamente produce una hermosa vista nocturna.
Forma parte de la dinámica física del sistema terrestre.
La Luna es grande en relación con la Tierra comparada con muchos sistemas de planeta y satélite.
Su diámetro es de aproximadamente 3,474 kilómetros, un poco más de una cuarta parte del diámetro terrestre.
Esta proporción contribuye a algunas de las características llamativas de nuestro cielo.
Entre ellas se encuentra uno de los espectáculos más extraordinarios que podemos observar:
los eclipses solares totales.
El diámetro del Sol es aproximadamente cuatrocientas veces mayor que el de la Luna.
Pero el Sol también se encuentra aproximadamente cuatrocientas veces más lejos de nosotros que la Luna.
Como resultado, ambos pueden presentar tamaños aparentes muy semejantes en nuestro cielo.
Durante determinadas alineaciones, la Luna puede cubrir casi exactamente el disco visible del Sol.
Entonces aparece un eclipse solar total.
Durante un eclipse total, la Luna pasa entre la Tierra y el Sol.
Su sombra recorre una región relativamente estrecha de nuestro planeta.
Desde dentro de esa zona, el disco solar queda cubierto y puede hacerse visible la corona exterior del Sol.
El cielo se oscurece.
Las temperaturas pueden descender.
Algunos animales modifican temporalmente su comportamiento.
Una alineación entre tres cuerpos produce uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza.
Si la Luna pasa regularmente entre la Tierra y el Sol, podría parecer que debería existir un eclipse solar todos los meses.
No ocurre así porque la órbita lunar está inclinada aproximadamente cinco grados respecto del plano de la órbita terrestre alrededor del Sol.
La mayoría de las veces la Luna pasa un poco por encima o por debajo de la alineación exacta.
Solamente cuando las geometrías coinciden apropiadamente ocurre un eclipse.
Durante un eclipse lunar ocurre lo contrario.
La Tierra queda entre el Sol y la Luna.
La sombra terrestre alcanza la superficie lunar.
Durante un eclipse total, la Luna puede adquirir una tonalidad rojiza porque parte de la luz solar atraviesa la atmósfera de nuestro planeta, donde las longitudes de onda más rojizas pueden ser desviadas hacia la sombra.
La atmósfera de la Tierra termina coloreando temporalmente a la Luna.
Aunque la Luna llena parece extraordinariamente brillante en una noche oscura, su superficie refleja solamente una fracción de la luz que recibe.
Su suelo es relativamente oscuro.
El contraste con el cielo nocturno hace que parezca mucho más brillante.
Esto demuestra nuevamente cómo nuestra percepción depende del entorno.
Este punto resulta especialmente hermoso para el enfoque de Cristopedia.
La Luna no genera la luz que admiramos.
La recibe.
Después refleja una parte hacia nosotros.
Su belleza nocturna depende de una fuente situada mucho más lejos: el Sol.
Podemos verla precisamente porque está iluminada.
Durante siglos, las personas solamente pudieron contemplar la Luna desde la Tierra.
El telescopio permitió observar montañas y cráteres con mayor detalle.
Posteriormente llegaron sondas espaciales.
Y el veinte de julio de 1969, la misión Apollo 11 logró que seres humanos caminaran por primera vez sobre su superficie.
Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron mientras Michael Collins permanecía en órbita.
Como casi no existe atmósfera, lluvia o viento, las huellas dejadas por astronautas no se borran de la manera que ocurriría sobre una playa terrestre.
Pueden ser alteradas por impactos microscópicos y otros procesos, pero no existe erosión meteorológica normal.
Una huella humana puede permanecer sobre el regolito durante períodos extremadamente prolongados.
Las misiones Apollo trajeron a la Tierra cientos de kilogramos de muestras lunares.
Estas rocas permitieron estudiar directamente minerales, composición y características de la superficie.
Lo que durante siglos fue solamente un disco en el cielo llegó finalmente a nuestros laboratorios en forma de muestras físicas.
La ciencia pasó de observar luz reflejada a tocar literalmente material lunar.
A pesar de todo lo aprendido, continúa siendo objeto de investigación.
Misiones modernas han identificado hielo de agua en regiones permanentemente sombreadas cerca de los polos.
Esos depósitos resultan especialmente interesantes para futuras misiones porque el agua podría utilizarse para consumo, producción de oxígeno y posiblemente obtención de hidrógeno para combustible.
Nuestro vecino celeste todavía guarda recursos y preguntas por estudiar.
Ciertos cráteres próximos a los polos poseen regiones que permanecen en sombra permanente debido a la baja inclinación del eje lunar.
Las temperaturas allí pueden ser extremadamente bajas.
Es precisamente en estas regiones donde se han encontrado evidencias importantes de hielo.
Incluso sobre un mundo aparentemente seco, la ubicación y geometría pueden crear condiciones muy distintas.
Aunque la mayoría de nosotros no pensamos diariamente en ella, la Luna participa en numerosos aspectos del mundo que conocemos.
Las mareas afectan ecosistemas costeros.
Su ciclo ha organizado calendarios.
Su luz nocturna influye en el comportamiento de diferentes animales.
Y su presencia ha acompañado innumerables acontecimientos de la historia humana.
Generaciones enteras han contemplado el mismo objeto.
Cuando Abraham miró hacia el cielo, contempló la Luna.
David la observó.
Los profetas la vieron.
Jesús caminó bajo noches iluminadas por ella.
Nosotros levantamos los ojos miles de años después y observamos el mismo satélite.
Existen pocos objetos visibles que conecten de manera tan inmediata a generaciones separadas por siglos.
El Salmo 8 declara:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)
El efecto de contemplarla continúa siendo semejante.
Podemos conocer ahora su diámetro.
Medimos su distancia.
Hemos caminado sobre ella.
Conocemos su gravedad y composición.
Sin embargo, continúa produciendo asombro.
La ciencia no necesita competir con la contemplación.
Saber que la Luna refleja luz solar no hace menos hermoso un claro de luna.
Comprender las mareas no reduce el asombro de observarlas.
Conocer la geometría de un eclipse no impide quedar impresionados cuando el Sol desaparece detrás del disco lunar.
En muchos casos ocurre precisamente lo contrario.
Cuanto más comprendemos, más cosas encontramos para admirar.
La Biblia no pretende explicar la mecánica orbital, la geología lunar o las fuerzas de marea mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la geología planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar la creación y reconocer la sabiduría del Dios que la hizo.
El salmista escribió:
“Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste.”
(Salmo 89:11)
La Luna constituye una hermosa oportunidad para esa contemplación. Se mueve alrededor de nuestro planeta siguiendo una órbita regular. Refleja la luz del Sol, marca un ciclo fácilmente observable, participa gravitacionalmente en las mareas y presenta una geometría extraordinaria que permite espectáculos como los eclipses.
Su superficie está cubierta de montañas, llanuras y cráteres. Su gravedad es menor que la nuestra. Su cielo permanece negro aun durante el día. No posee océanos, bosques ni una atmósfera respirable. Y, sin embargo, desde nuestro planeta aparece cada noche como uno de los objetos más hermosos del cielo.
Desde la perspectiva bíblica, conocer todos estos detalles aumenta nuestra admiración. La Luna nos recuerda que la grandeza de la creación no siempre necesita producir su propia luz. A veces basta con recibirla y reflejarla. Cada noche, ese mundo silencioso situado a cientos de miles de kilómetros continúa iluminando nuestro cielo y recordándonos el orden, la belleza y la sabiduría presentes en la obra del Creador.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Cuando observamos el cielo nocturno a simple vista, algunos puntos luminosos parecen estrellas, pero se comportan de manera diferente. Cambian lentamente de posición respecto del fondo estelar y siguen trayectorias regulares a lo largo del cielo. Desde tiempos antiguos llamaron la atención de los observadores, y hoy sabemos que varios de esos objetos son planetas, mundos que orbitan alrededor del Sol junto con la Tierra.
Nuestro sistema solar contiene ocho planetas principales: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Cada uno posee características extraordinariamente diferentes. Algunos son pequeños y rocosos; otros son gigantes formados principalmente por gases y fluidos. Unos tienen atmósferas densas, otros casi carecen de ellas. Algunos poseen numerosos satélites y otros ninguno conocido.
Lo sorprendente es que todos se encuentran gobernados por las mismas leyes físicas. La gravedad mantiene sus órbitas, la energía del Sol influye de manera diferente según la distancia y cada planeta responde de acuerdo con su masa, composición, atmósfera y movimiento. Ocho mundos profundamente distintos forman parte de un mismo sistema extraordinariamente ordenado.

El libro de Génesis declara:
“Hizo también las estrellas.”
(Génesis 1:16)
Y el salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Nuestro sistema solar constituye una pequeña región dentro de esa inmensidad. En el centro se encuentra el Sol, que concentra casi toda la masa del sistema. Su gravedad domina el movimiento de los planetas y los mantiene siguiendo trayectorias alrededor de él.
Cada planeta avanza constantemente. No está suspendido inmóvil en el espacio. Se desplaza a grandes velocidades mientras la gravedad solar curva continuamente su trayectoria.
Un planeta posee movimiento hacia adelante, pero al mismo tiempo la gravedad del Sol lo atrae.
El resultado es una órbita.
Podemos imaginarlo de manera sencilla. Si un objeto pudiera lanzarse horizontalmente desde una gran altura con suficiente velocidad, mientras cae la superficie de la Tierra también se curvaría debajo de él. En determinadas condiciones podría continuar cayendo sin alcanzar nunca el suelo.
Eso es, en esencia, una órbita.
Los planetas están continuamente cayendo alrededor del Sol.
Los planetas más cercanos al Sol completan sus órbitas más rápidamente que los que se encuentran lejos.
Mercurio tarda solamente unos ochenta y ocho días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Neptuno tarda alrededor de ciento sesenta y cinco años terrestres.
El significado de “un año” cambia dependiendo del planeta.
Un año no es una cantidad universal de días.
Es el tiempo que un mundo tarda en completar su órbita alrededor de su estrella.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el más pequeño de los ocho planetas principales.
Su superficie está cubierta de numerosos cráteres y recuerda en ciertos aspectos a la Luna.
Posee una atmósfera extremadamente tenue, por lo que no distribuye eficazmente el calor entre el día y la noche.
Las diferencias de temperatura pueden ser enormes.
Durante el día, las regiones iluminadas pueden alcanzar temperaturas muy elevadas. Durante la noche pueden enfriarse intensamente.
Estar cerca del Sol no significa mantener una temperatura uniforme.
Venus es el segundo planeta desde el Sol y posee un tamaño parecido al de la Tierra.
Sin embargo, las semejanzas terminan rápidamente.
Su atmósfera es extremadamente densa y está formada principalmente por dióxido de carbono. Además posee nubes que contienen ácido sulfúrico.
La atmósfera produce un efecto invernadero intensísimo.
Por esta razón, Venus es más caliente que Mercurio, aunque Mercurio se encuentre más cerca del Sol.
La temperatura de un planeta depende de mucho más que su distancia a una estrella.
En la superficie de Venus, la presión atmosférica es aproximadamente noventa veces mayor que la terrestre al nivel del mar.
Una nave que descienda hasta allí debe soportar simultáneamente temperaturas extremadamente altas y una enorme presión.
Las sondas que han llegado a su superficie han funcionado solamente durante tiempos limitados.
Venus demuestra cuánto puede transformar una atmósfera las condiciones de un planeta.
El tercer planeta es nuestro hogar.
La Tierra posee océanos de agua líquida, continentes, atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno, un campo magnético global y una enorme diversidad de ambientes.
Su superficie mantiene condiciones donde el agua puede existir como hielo, líquido y vapor.
Esta característica resulta fundamental para el ciclo hidrológico.
Además, la atmósfera ayuda a distribuir calor y protege la superficie frente a diferentes formas de radiación.
Aproximadamente setenta por ciento de la superficie terrestre está cubierta por océanos.
Desde el espacio, la Tierra aparece predominantemente azul.
El agua participa en la regulación térmica, el transporte de nutrientes y numerosos procesos biológicos.
También interviene en el clima y en la formación de nubes.
Nuestro planeta no es simplemente una esfera rocosa con agua encima.
Es un sistema donde océanos, atmósfera, suelo y vida interactúan continuamente.
Marte recibe su color rojizo principalmente de minerales ricos en hierro presentes en su superficie.
Posee una atmósfera muy tenue, formada sobre todo por dióxido de carbono.
Es un planeta frío.
Sin embargo, su superficie contiene montañas, cráteres, enormes volcanes y sistemas de cañones.
Uno de ellos, Valles Marineris, se extiende miles de kilómetros.
Marte alberga Olympus Mons, un enorme volcán cuya altura supera ampliamente a la del monte Everest medida desde el nivel del mar terrestre.
Su base cubre una región gigantesca.
La gravedad marciana es menor que la terrestre, lo que influye en las dimensiones que pueden alcanzar ciertas estructuras.
Un paisaje que parece desértico contiene algunas de las formaciones geológicas más enormes conocidas entre los planetas.

Después de Marte comienza una región dominada por mundos mucho mayores.
Júpiter es el planeta más grande del sistema solar.
Su masa supera ampliamente la de todos los planetas rocosos combinados.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio y no posee una superficie sólida definida semejante a la terrestre.
A medida que descendemos en su atmósfera, la presión aumenta y los materiales cambian progresivamente de estado.
Una de las características más conocidas de Júpiter es la Gran Mancha Roja.
Es una gigantesca tormenta atmosférica observada durante generaciones.
Sus dimensiones han variado con el tiempo, pero sigue siendo enorme en comparación con muchas tormentas terrestres.
Los vientos y las bandas atmosféricas de Júpiter crean un paisaje dinámico.
El planeta entero parece estar en movimiento.
Júpiter posee también un poderoso campo magnético.
Su magnetosfera se extiende enormes distancias alrededor del planeta.
Las partículas cargadas atrapadas allí pueden producir ambientes intensos de radiación.
Por eso las naves espaciales que lo estudian necesitan considerar condiciones muy diferentes de las encontradas alrededor de la Tierra.
Júpiter posee numerosos satélites.
Entre ellos destacan Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, descubiertos telescópicamente por Galileo en el siglo diecisiete.
Cada uno es un mundo fascinante.
Ío posee una actividad volcánica extraordinaria.
Europa está cubierta por hielo.
Ganímedes es el satélite más grande del sistema solar.
Calisto presenta una superficie fuertemente craterizada.
Un solo planeta puede estar acompañado por una familia completa de mundos.
Saturno es conocido inmediatamente por su espectacular sistema de anillos.
Aunque otros planetas gigantes también poseen anillos, los de Saturno son los más visibles y extensos.
Están formados por innumerables fragmentos de hielo y roca que orbitan alrededor del planeta.
Algunos son diminutos.
Otros alcanzan dimensiones mucho mayores.
A distancia parecen formar superficies continuas, pero en realidad constituyen enormes poblaciones de partículas.
El sistema de anillos se extiende cientos de miles de kilómetros en algunas direcciones, pero su grosor es sorprendentemente pequeño comparado con su diámetro.
Esta proporción produce una estructura extraordinariamente fina.
La gravedad de Saturno y la interacción con algunos satélites ayudan a organizar diferentes regiones y divisiones dentro de los anillos.
El resultado es una de las estructuras más hermosas observables mediante un telescopio.

La densidad media de Saturno es menor que la del agua.
Esto ha dado origen a la popular afirmación de que podría flotar si existiera un océano suficientemente grande.
Naturalmente, semejante océano no existe y la comparación es solamente una manera de expresar su baja densidad media.
Un planeta gigantesco puede ser, en promedio, menos denso que el agua terrestre.
Urano presenta una característica extraordinaria.
Su eje de rotación está inclinado aproximadamente noventa y ocho grados respecto de su órbita.
En términos sencillos, parece girar casi “acostado” mientras se desplaza alrededor del Sol.
Esto produce estaciones muy diferentes de las terrestres.
Durante determinadas regiones de su órbita, uno de sus polos puede permanecer orientado hacia el Sol durante largos períodos.
La atmósfera de Urano contiene hidrógeno, helio y metano.
El metano absorbe parte de la luz roja y contribuye a la característica tonalidad azul verdosa del planeta.
Urano también posee anillos, aunque son mucho más oscuros y menos visibles que los de Saturno.
Además está acompañado por numerosos satélites.
Neptuno es el planeta principal más distante del Sol.
Desde allí, nuestra estrella parecería mucho menos brillante que desde la Tierra.
Sin embargo, su atmósfera es extraordinariamente activa.
Se han medido algunos de los vientos más rápidos conocidos en el sistema solar.
Grandes sistemas de tormentas pueden aparecer y cambiar.
La distancia al Sol no significa ausencia de actividad atmosférica.
La historia del descubrimiento de Neptuno resulta especialmente fascinante.
Los astrónomos observaron que la órbita de Urano presentaba pequeñas diferencias respecto de los cálculos esperados.
Propusieron que la gravedad de otro planeta podía estar afectándolo.
Utilizando matemáticas calcularon aproximadamente dónde debería encontrarse ese mundo desconocido.
Cuando los telescopios fueron dirigidos hacia la región calculada, encontraron Neptuno.
Las matemáticas señalaron hacia un planeta que todavía no había sido identificado visualmente.
Este episodio demuestra algo profundo acerca de la naturaleza.
Las leyes físicas son suficientemente regulares como para permitir inferir la existencia de un objeto invisible a partir de sus efectos gravitatorios.
Podemos observar un movimiento.
Detectar una pequeña diferencia.
Utilizar matemáticas.
Y predecir que debe existir algo más.
El universo no solamente puede contemplarse.
También puede ser investigado racionalmente.
Durante gran parte del siglo veinte, Plutón fue enseñado como el noveno planeta.
Actualmente está clasificado como planeta enano.
No dejó de existir ni se volvió físicamente más pequeño por una decisión humana.
Lo que cambió fue el sistema utilizado para clasificar objetos del sistema solar.
Plutón orbita alrededor del Sol y posee forma aproximadamente esférica, pero comparte su región orbital con numerosos objetos del cinturón de Kuiper y no cumple uno de los criterios utilizados actualmente para los planetas principales.
Los cuatro mundos interiores —Mercurio, Venus, Tierra y Marte— son relativamente pequeños y poseen superficies rocosas.
Júpiter y Saturno son gigantes compuestos principalmente por hidrógeno y helio.
Urano y Neptuno contienen proporciones mayores de sustancias como agua, amoníaco y metano en sus interiores y suelen denominarse gigantes de hielo.
Una sola familia planetaria contiene tipos de mundos extraordinariamente diferentes.
Cada planeta gira sobre su eje a una velocidad diferente.
Por eso la duración del día cambia enormemente.
Júpiter completa una rotación aproximadamente cada diez horas.
Venus gira extremadamente despacio y además en una dirección opuesta a la mayoría de los planetas.
La Tierra posee nuestro conocido ciclo cercano a veinticuatro horas.
“Un día” depende del mundo donde nos encontremos.
Lo mismo ocurre con las órbitas.
Un año mercuriano dura alrededor de ochenta y ocho días terrestres.
Un año de Júpiter dura casi doce años terrestres.
Uno de Neptuno dura alrededor de ciento sesenta y cinco.
Tiempo, tal como lo organizamos mediante días y años, está profundamente relacionado con movimientos astronómicos.
La fuerza que sentiríamos sobre la superficie o región superior de un planeta depende principalmente de su masa y tamaño.
En Marte una persona pesaría mucho menos que en la Tierra.
En Júpiter, aunque no existe una superficie sólida comparable, la gravedad en determinadas regiones atmosféricas sería mayor.
La gravedad no es igual en todos los mundos.
Cada planeta crea su propio entorno gravitatorio.
La Tierra posee una atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno.
Venus está dominado por dióxido de carbono.
Marte posee una atmósfera muy tenue también rica en dióxido de carbono.
Júpiter y Saturno están dominados por hidrógeno y helio.
La atmósfera cambia temperatura, presión, vientos y apariencia.
Dos planetas de tamaño similar pueden terminar presentando condiciones radicalmente distintas.
Para comprender un mundo debemos estudiar numerosos sistemas.
Masa.
Gravedad.
Atmósfera.
Campo magnético.
Temperatura.
Rotación.
Órbita.
Satélites.
Ninguna característica aislada explica completamente las condiciones de un planeta.
La realidad aparece cuando todas interactúan.
Los planetas no se mueven aleatoriamente alrededor del Sol.
Sus órbitas pueden describirse matemáticamente.
Johannes Kepler formuló leyes que describen propiedades fundamentales de esas trayectorias.
Posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad permite comprender gran parte de esos movimientos.
Hoy podemos calcular con enorme precisión dónde estará un planeta en determinada fecha.
El cielo presenta regularidad.
Esta precisión tiene consecuencias extraordinarias.
Cuando una agencia espacial envía una nave hacia Marte, Júpiter o Saturno, no apunta simplemente hacia donde ve el planeta en ese momento.
Calcula dónde estará cuando la nave llegue.
El viaje puede durar meses o años.
Sin embargo, las leyes físicas permiten anticipar trayectorias con extraordinaria exactitud.
La exploración espacial depende del orden matemático del sistema solar.
Las naves espaciales incluso pueden aprovechar la gravedad de los planetas mediante maniobras conocidas como asistencias gravitatorias.
Al pasar cerca de un planeta en una trayectoria cuidadosamente calculada, una nave puede cambiar su velocidad y dirección.
Esto permite alcanzar destinos que requerirían cantidades mucho mayores de combustible mediante otros métodos.
La gravedad, que mantiene a los planetas en órbita, también puede convertirse en herramienta de navegación.
Las naves espaciales han permitido contemplar nuestro planeta desde enormes distancias.
Desde allí, la Tierra se vuelve un pequeño punto luminoso.
Continentes, ciudades y fronteras desaparecen.
El planeta entero cabe dentro de una imagen diminuta.
Esta perspectiva produce una sensación semejante a la que experimentó David al contemplar el cielo.
Nos recuerda nuestra pequeñez.
Entre todos los planetas conocidos de nuestro sistema, solamente en la Tierra sabemos con certeza que existe vida.
Nuestro planeta posee agua líquida abundante, atmósfera adecuada, temperatura compatible con innumerables organismos y sistemas de protección y regulación.
La comparación con los demás mundos permite apreciar mejor aquello que normalmente damos por sentado.
Respirar aire.
Beber agua.
Caminar bajo una presión moderada.
Vivir dentro de temperaturas relativamente compatibles con nuestro organismo.
Todo esto parece cotidiano solamente porque nacimos aquí.
Venus muestra lo que puede producir una atmósfera extremadamente densa.
Marte muestra un mundo frío con presión muy baja.
Júpiter revela un planeta gigantesco dominado por fluidos y tormentas.
Saturno nos muestra anillos extraordinarios.
Urano gira casi de lado.
Neptuno posee vientos de enorme velocidad.
Y en medio de ellos se encuentra la Tierra.
La diversidad es extraordinaria.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
(Isaías 40:26)
La invitación resulta especialmente apropiada al estudiar los planetas.
No necesitamos imaginar el cielo como una colección de puntos sin relación.
Podemos observar un sistema.
Cada mundo tiene su recorrido.
Cada uno posee propiedades particulares.
Todos permanecen bajo las mismas leyes.
La Biblia no pretende explicar las leyes de Kepler, desarrollar la gravitación newtoniana o describir la química atmosférica de cada planeta. Estas preguntas pertenecen a la astronomía, la física, la química y la ciencia planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar otra dimensión:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
La ciencia nos permite mirar ese firmamento con herramientas cada vez más precisas.
Descubrimos que Mercurio recorre rápidamente su órbita cerca del Sol. Venus está envuelto en una atmósfera sofocante. La Tierra contiene océanos y vida. Marte posee enormes montañas y cañones. Júpiter domina por su tamaño. Saturno está rodeado de anillos. Urano gira inclinado casi de lado y Neptuno permanece a miles de millones de kilómetros, moviéndose igualmente dentro de una órbita predecible.
El salmista escribió:
“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.”
(Salmo 33:6)
Los planetas constituyen una extraordinaria oportunidad para contemplar esa afirmación.
No son copias unos de otros.
Cada uno posee dimensiones, movimientos, atmósferas y paisajes diferentes. Algunos están acompañados por docenas de satélites. Otros no tienen ninguno. Algunos giran rápidamente y otros tardan meses en completar una rotación. Unos son mundos rocosos y otros gigantescos cuerpos dominados por fluidos.
Sin embargo, todos se encuentran unidos dentro de un mismo sistema gravitatorio.
Sus movimientos pueden calcularse.
Sus órbitas pueden predecirse.
Podemos construir una nave en la Tierra, lanzarla al espacio y, años después, hacer que pase junto a un planeta que habrá recorrido millones de kilómetros desde el momento del lanzamiento.
Ese grado de regularidad resulta extraordinario.
Desde la perspectiva bíblica, comprender los planetas no disminuye nuestra admiración; la aumenta. Los planetas nos recuerdan que la grandeza del Creador puede contemplarse tanto en la diversidad como en el orden: ocho mundos profundamente diferentes, moviéndose a enormes velocidades y distancias, pero formando juntos un sistema cuya precisión puede expresarse mediante las mismas leyes que nuestra mente es capaz de estudiar.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
De vez en cuando, el cielo nocturno presenta un visitante que parece surgir de la oscuridad. Primero puede verse como un punto débil. Después aumenta su brillo y desarrolla una especie de nube alrededor del núcleo. Finalmente aparece una larga cola que puede extenderse por millones de kilómetros. Durante días o semanas, aquel objeto parece cruzar lentamente el cielo antes de volver a alejarse.
Se trata de un cometa, uno de los cuerpos más fascinantes del sistema solar. Está formado por una mezcla de hielo, polvo y materiales rocosos. Cuando permanece lejos del Sol puede parecer relativamente inactivo. Pero al acercarse, el calentamiento modifica profundamente su apariencia y transforma un pequeño núcleo oscuro en una estructura enorme y luminosa.
Lo extraordinario es que esa gran cola no nace porque el cometa esté ardiendo como una antorcha. Se forma porque el calor solar hace que hielos y materiales volátiles pasen al estado gaseoso, liberando polvo y creando una envoltura alrededor del núcleo. Un objeto relativamente pequeño puede producir una estructura visible a distancias enormes simplemente por su interacción con la energía del Sol.

El Salmo declara:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Los cometas forman parte de esa extraordinaria variedad celeste. Durante gran parte de su recorrido pueden permanecer demasiado débiles para ser observados fácilmente. Sin embargo, cuando se aproximan a las regiones interiores del sistema solar, comienzan a cambiar.
La radiación solar calienta su superficie.
Los hielos comienzan a sublimarse, es decir, pasan directamente de sólido a gas.
Ese gas arrastra pequeñas partículas de polvo y crea una nube alrededor del núcleo.
La apariencia del cometa comienza entonces a transformarse.
Cuando vemos un cometa brillante con una cola enorme podemos imaginar un cuerpo gigantesco.
En realidad, el núcleo sólido suele ser mucho menor que la estructura visible que lo rodea.
Muchos núcleos miden solamente unos cuantos kilómetros o decenas de kilómetros de diámetro.
Son cuerpos oscuros, compuestos por hielo, polvo y roca.
La mayor parte de aquello que observamos desde la Tierra no es el núcleo mismo.
Es material liberado alrededor de él.
A medida que el cometa se calienta, el gas y el polvo forman una nube alrededor del núcleo conocida como coma.
Esta región puede crecer hasta alcanzar dimensiones enormes.
No es una atmósfera permanente como la de la Tierra.
Existe principalmente mientras el cometa recibe suficiente energía solar para liberar materiales.
Cuando vuelve a alejarse, la actividad disminuye.
La coma puede desaparecer casi por completo.

Una de las características más impresionantes es la longitud de la cola.
Aunque el núcleo sea relativamente pequeño, el material expulsado puede extenderse millones de kilómetros a través del espacio.
La escala resulta extraordinaria.
Una montaña terrestre mide unos pocos kilómetros de altura.
Una cola cometaria puede superar dimensiones planetarias.
Y, sin embargo, el material está extremadamente disperso.
A menudo imaginamos que la cola funciona como el humo de un automóvil, extendiéndose siempre detrás de la dirección del movimiento.
No ocurre exactamente así.
La orientación depende principalmente del Sol.
La radiación solar y el viento solar empujan material alejándolo de la estrella.
Por eso la cola apunta generalmente en dirección opuesta al Sol, independientemente de hacia dónde se esté moviendo el cometa.
Incluso cuando el cometa ya pasó cerca del Sol y comienza a alejarse, la cola puede parecer situada delante de su movimiento orbital.
Muchos cometas presentan dos componentes principales.
Una cola de polvo, formada por partículas sólidas liberadas desde el núcleo.
Y una cola de iones, formada por gases ionizados que responden al viento solar y al campo magnético transportado por ese flujo de partículas.
Ambas pueden tener formas distintas.
La cola de polvo suele ser más curva.
La cola de iones tiende a extenderse de manera más recta en dirección opuesta al Sol.
Las diferencias físicas también producen diferencias visuales.
La cola de iones puede presentar tonalidades azuladas debido a emisiones de determinados gases ionizados.
La cola de polvo refleja luz solar y suele verse más blanquecina o amarillenta.
Un mismo cometa puede mostrar simultáneamente dos estructuras distintas porque dos tipos de material responden de manera diferente al ambiente espacial.
El Sol no solamente emite luz.
También libera un flujo continuo de partículas cargadas conocido como viento solar.
Cuando estas partículas alcanzan los gases ionizados de un cometa, pueden modificar su movimiento.
La cola iónica revela así algo que nuestros ojos no podrían detectar directamente.
Podemos ver indirectamente el efecto del viento solar a través de la forma de un cometa.
Los cometas orbitan alrededor del Sol, pero muchas de sus trayectorias son muy alargadas.
Esto significa que pueden pasar parte de su recorrido relativamente cerca de nuestra estrella y luego viajar a distancias enormes.
Algunos regresan después de intervalos relativamente cortos.
Otros pueden tardar muchísimo más.
La geometría orbital determina cuándo podremos volver a observarlos.
Uno de los cometas más conocidos es el cometa Halley.
Su órbita lo trae nuevamente a las regiones interiores del sistema solar aproximadamente cada setenta y seis años, aunque el intervalo exacto puede variar.
Ha sido observado por generaciones separadas por siglos.
Registros históricos describen su aparición mucho antes de que se comprendiera correctamente la naturaleza de los cometas.
Hoy podemos calcular su órbita y anticipar su regreso.
Durante mucho tiempo, distintas culturas interpretaron los cometas como señales de acontecimientos extraordinarios.
Parecían impredecibles porque aparecían de repente y cruzaban regiones del cielo donde las estrellas permanecían relativamente estables.
Con el desarrollo de la astronomía comenzó a comprenderse que también obedecen leyes físicas.
Edmond Halley estudió observaciones de distintos años y propuso que varios registros correspondían al mismo cometa regresando periódicamente.
Su predicción resultó correcta.
Aquello que parecía errante tenía una órbita.
Como planetas y asteroides, los cometas están sujetos a la gravedad.
El Sol domina gran parte de su trayectoria, aunque los planetas también pueden modificar sus órbitas mediante interacciones gravitatorias.
Especialmente Júpiter, por su enorme masa, puede alterar significativamente el recorrido de algunos cuerpos pequeños.
El mismo principio que mantiene a la Tierra en órbita también actúa sobre un cometa.
El cielo presenta diversidad, pero las leyes permanecen.
Cada aproximación al Sol tiene consecuencias.
El cometa pierde parte de sus materiales.
Hielo se convierte en gas.
Polvo es expulsado al espacio.
La superficie puede fracturarse y modificarse.
Con suficientes pasos cercanos, algunos cometas pueden perder gran parte de sus componentes volátiles.
La apariencia que vemos es producto de una actividad que consume poco a poco el material del núcleo.
No todos los núcleos permanecen intactos.
Cambios térmicos, rotación, liberación de gases y fuerzas gravitatorias pueden contribuir a fracturas.
En algunos casos, un cometa puede dividirse en varios fragmentos.
Entonces cada fragmento puede continuar temporalmente su propio recorrido.
El cielo puede mostrar el proceso de destrucción de un cuerpo en tiempo real.
Existe un grupo de cometas conocidos como rasantes solares, cuyas órbitas los llevan extremadamente cerca del Sol.
El calor y las fuerzas gravitatorias pueden ser intensos.
Algunos sobreviven al paso.
Otros se fragmentan o desaparecen.
La misma estrella que hace visible al cometa puede también contribuir a destruirlo.
Cuando un cometa viaja alrededor del Sol deja parte de su polvo distribuido a lo largo de su órbita.
Si la Tierra atraviesa una de esas regiones, pequeñas partículas entran en nuestra atmósfera a gran velocidad.
El calentamiento y la interacción con el aire producen trazos luminosos.
Los llamamos meteoros o estrellas fugaces.
Muchas lluvias de meteoros conocidas están asociadas con restos de cometas.
La expresión tradicional puede producir confusión.
Una estrella no está cayendo desde el cielo.
Normalmente observamos una pequeña partícula de polvo o roca entrando en la atmósfera terrestre.
El objeto puede ser diminuto.
Pero viaja a una velocidad tan alta que produce un fenómeno luminoso visible desde grandes distancias.
Una partícula dejada por un cometa puede terminar creando un destello que contemplamos desde la superficie de la Tierra.
El análisis de cometas mediante telescopios, sondas y muestras de polvo ha permitido identificar agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono, moléculas orgánicas y diferentes minerales.
Cada cometa puede presentar una composición particular.
Estudiarlos ayuda a comprender mejor la diversidad química existente dentro del sistema solar.
La luz y el material liberado funcionan como fuentes de información.
Mediante espectroscopia, los astrónomos estudian la luz emitida o reflejada por gases y polvo.
Determinadas moléculas producen señales características.
Así pueden identificar componentes presentes en la coma y las colas.
Una vez más, la luz transporta información desde enormes distancias.
Las sondas espaciales han permitido estudiar cometas de cerca.
La misión europea Rosetta, por ejemplo, orbitó alrededor del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko y envió el módulo Philae hacia su superficie.
Las imágenes revelaron un núcleo oscuro, irregular, lleno de acantilados, depresiones y regiones activas.
Aquello que desde la Tierra parecía una pequeña mancha luminosa resultó ser un mundo complejo.
Este contraste resulta fascinante.
La superficie de muchos núcleos refleja poca luz.
Puede ser más oscura que materiales que normalmente consideraríamos negros.
Sin embargo, cuando comienza la actividad, el gas y el polvo alrededor del núcleo reflejan y emiten suficiente luz para hacer visible al cometa.
La brillantez no procede necesariamente de un núcleo luminoso.
Procede de lo que ocurre alrededor de él.
Lejos del Sol, las temperaturas son muy bajas.
Los hielos permanecen estables y el cometa puede estar relativamente inactivo.
Conforme se aproxima, diferentes sustancias comienzan a sublimarse a diferentes temperaturas.
Por eso la actividad puede cambiar gradualmente.
El cometa responde físicamente a la cantidad de energía que recibe.
Un mismo objeto puede parecer completamente diferente dependiendo de dónde se encuentre en su órbita.
Lejos del Sol: un núcleo oscuro.
Más cerca: aparece una coma.
Después: se desarrollan colas.
Al alejarse: la actividad disminuye.
La identidad física permanece, pero su aspecto cambia drásticamente.
La coma y las colas muestran un principio fascinante.
La masa del núcleo puede concentrarse en pocos kilómetros.
Pero el material liberado puede ocupar una región gigantesca.
La densidad es muy baja, pero la extensión enorme.
Pequeñas cantidades de material distribuidas por el espacio pueden producir un espectáculo visible desde millones de kilómetros.
Sí. Como otros cuerpos del sistema solar, algunos cometas pueden cruzar regiones cercanas a la órbita terrestre.
Los astrónomos calculan sus trayectorias para identificar posibles riesgos.
Los impactos grandes son poco frecuentes, pero el estudio de objetos cercanos a la Tierra constituye una parte importante de la astronomía moderna.
Conocer una órbita permite evaluar riesgos con mucha anticipación.
Los telescopios registran la posición de un cometa en diferentes momentos.
A partir de esas mediciones puede calcularse su trayectoria.
Cuantas más observaciones existen, mejor puede estimarse la órbita.
Lo que parece un viajero impredecible puede describirse mediante matemáticas.
El orden permite anticipar el movimiento.
Aunque muchos cometas conocidos tienen órbitas bien calculadas, otros pueden ser descubiertos cuando comienzan a hacerse visibles desde las regiones exteriores.
Por eso observatorios profesionales y astrónomos aficionados continúan buscando nuevos objetos.
Cada descubrimiento añade otro cuerpo al mapa del sistema solar.
Todavía existe mucho por observar.
Esta comparación merece repetirse porque resume gran parte de su belleza.
El núcleo puede tener solamente unos cuantos kilómetros.
La cola puede extenderse millones.
La diferencia entre ambos tamaños es enorme.
Un pequeño cuerpo helado puede producir una estructura visible a escala astronómica.
El libro de Job pregunta:
“¿Conoces tú las ordenanzas de los cielos?”
(Job 38:33)
La astronomía nos permite estudiar parte de esas ordenanzas mediante observación y matemáticas.
Los cometas se mueven.
Los planetas se mueven.
La Tierra se mueve.
Nada de lo que contemplamos está realmente inmóvil.
Sin embargo, esos movimientos siguen regularidades que pueden descubrirse.
Un cometa periódico puede ser visto por personas separadas por décadas.
Los abuelos pueden recordar una aparición.
Una generación posterior puede esperar la siguiente.
En algunos casos, la duración de una vida humana es comparable con el período orbital del objeto.
El cielo se convierte en un puente entre generaciones.

La Biblia no utiliza el término moderno “cometa” para ofrecer una descripción científica de estos cuerpos, pero sí dirige repetidamente nuestra atención hacia los cielos.
El salmista escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste.”
(Salmo 8:3)
Hoy podemos ampliar esa contemplación.
Además de Luna y estrellas, observamos planetas, asteroides, nebulosas y cometas.
La astronomía moderna nos permite descubrir una diversidad celeste que los antiguos solamente podían contemplar parcialmente.
La Biblia no pretende explicar la sublimación de hielos, el viento solar, la ionización o la mecánica orbital. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la ciencia planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar el cielo y reconocer orden y grandeza en la creación:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Los cometas constituyen una magnífica oportunidad para hacerlo. Un pequeño núcleo de hielo, polvo y roca puede permanecer casi invisible durante gran parte de su recorrido. Después se aproxima al Sol y comienza una transformación extraordinaria.
El calor libera gases.
El polvo se extiende.
Aparece una coma.
El viento solar modela una cola.
La radiación empuja otra.
Un cuerpo oscuro se convierte en uno de los objetos más espectaculares del cielo nocturno.
Después continúa su viaje y vuelve a desaparecer en la distancia.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los cometas nos recuerdan que incluso los viajeros más pequeños del sistema solar participan de un orden enorme: recorren trayectorias gobernadas por gravedad, responden a la energía del Sol y, durante un breve momento, pueden llenar el cielo con una cola luminosa que parece anunciar silenciosamente la grandeza del Creador.
Libro recomendado

Escuche música con propósito:
Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Mire hacia el cielo durante el día.
Allí está el Sol.
Ahora mire el cielo durante la noche.
Quizá vea la Luna, algunas estrellas y, en ciertas épocas, incluso alguno de los planetas.
Aunque parecen objetos separados, muchos de los cuerpos que vemos en nuestro cielo forman parte de un mismo gran sistema.
Lo llamamos Sistema Solar.

Nuestro Sistema Solar es como un enorme vecindario en el espacio. En el centro se encuentra el Sol y alrededor de él viajan los planetas, sus lunas, asteroides y muchos otros cuerpos más pequeños.
Y nosotros vivimos allí.
La Tierra es solamente uno de los mundos que forman parte de esta extraordinaria familia.
En el centro del Sistema Solar se encuentra una estrella enorme:
el Sol.
El Sol es muchísimo más grande que la Tierra. Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros.
La Tierra, en comparación, mide aproximadamente 12,742 kilómetros de diámetro.
Imagine una pelota gigantesca y, cerca de ella, una bolita mucho más pequeña.
Algo semejante ocurre cuando comparamos el Sol con nuestro planeta.
Pero el Sol no solamente es grande.
También contiene la mayor parte de la masa de todo el Sistema Solar.
Por eso su gravedad ejerce una enorme influencia sobre los objetos que se encuentran alrededor.
Algunas veces, cuando vemos dibujos del Sistema Solar, parece que los planetas simplemente están colocados alrededor del Sol.
Pero están haciendo algo extraordinario.
Están viajando.
Cada planeta se mueve alrededor del Sol siguiendo un recorrido llamado órbita.
Mercurio viaja alrededor del Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Y mientras usted está leyendo estas palabras, nuestro planeta continúa avanzando silenciosamente por su propia órbita.
No escuchamos motores.
No sentimos vibraciones.
Pero estamos viajando.

Nuestro Sistema Solar posee ocho planetas.
Si comenzamos desde el más cercano al Sol encontramos:
Mercurio.
Venus.
Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Cada uno es diferente.
Mercurio es pequeño y está muy cerca del Sol.
Venus está cubierto por una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee enormes océanos de agua líquida y es nuestro hogar.
Marte tiene un característico color rojizo.
Júpiter es gigantesco.
Saturno posee un espectacular sistema de anillos.
Urano gira de una manera muy peculiar, prácticamente inclinado de lado.
Y Neptuno se encuentra muchísimo más lejos del Sol y posee vientos extraordinariamente intensos.
Ocho planetas.
Ocho mundos muy distintos.
Pero todos forman parte del mismo sistema.
La Tierra tiene una Luna.
Pero no somos los únicos.
Otros planetas poseen también lunas que viajan alrededor de ellos.
Júpiter y Saturno poseen numerosas lunas.
Algunas son pequeñas.
Otras son enormes.
Incluso existen lunas con características extraordinarias que estudiaremos más adelante.
Así que mientras los planetas viajan alrededor del Sol, muchas lunas están viajando alrededor de los planetas.
Imagine todo ese movimiento ocurriendo simultáneamente.
Entre Marte y Júpiter encontramos una región donde existen numerosos asteroides.
Más allá de Neptuno existen también muchos cuerpos helados.
Tenemos planetas enanos como Plutón.
También existen cometas que pueden recorrer órbitas enormes y que, cuando se acercan al Sol, pueden desarrollar espectaculares colas visibles desde la Tierra.
Nuestro Sistema Solar no está compuesto solamente por ocho planetas.
Es un sistema lleno de diferentes clases de cuerpos.
Aquí las distancias comienzan a ser difíciles de imaginar.
La Tierra se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
150 millones de kilómetros del Sol.
Eso ya parece enorme.
Pero Neptuno se encuentra muchísimo más lejos: su distancia media al Sol es de unos 4,500 millones de kilómetros.
Y aun así, existen cuerpos que viajan mucho más lejos.
El Sistema Solar es tan grande que las distancias normales que utilizamos en nuestra vida cotidiana dejan de parecernos útiles.
Una carretera de cien kilómetros nos parece larga.
Pero en el Sistema Solar hablamos de millones y miles de millones de kilómetros.
Aquí aparece algo especialmente interesante.
El Sol ejerce gravedad.
Los planetas se mueven.
Las lunas acompañan a muchos planetas.
Los asteroides siguen sus propios recorridos.
Los cometas viajan por enormes órbitas.
No estamos observando objetos colocados al azar como piedras sobre una mesa.
Estamos contemplando un sistema en movimiento.
Cada cuerpo posee una posición.
Cada uno sigue un recorrido.
Y la gravedad participa constantemente en ese extraordinario movimiento.
Ahora piense en algo.
Dentro de este inmenso Sistema Solar existe una pequeña esfera azul.
Es la Tierra.
Sobre esa esfera existen océanos.
Ríos.
Animales.
Personas.
Y usted.
Estamos viviendo sobre un planeta que viaja alrededor de una estrella acompañado por otros siete planetas y una enorme cantidad de cuerpos menores.
Cuando pensamos solamente en nuestra casa o nuestra ciudad, el mundo puede parecernos muy grande.
Pero cuando contemplamos el Sistema Solar descubrimos que nuestra casa forma parte de algo muchísimo mayor.
Hace miles de años, David contempló el cielo y escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no tenía telescopios espaciales.
No podía enviar naves hacia otros planetas.
No conocía las distancias que hoy podemos calcular.
Simplemente levantaba los ojos y contemplaba.
Nosotros podemos hacer algo más.
Podemos contemplar…
y también medir.
Podemos conocer el tamaño del Sol.
Podemos calcular las órbitas.
Podemos enviar naves a otros planetas.
Podemos fotografiar Júpiter.
Podemos observar los anillos de Saturno.
Podemos estudiar Marte.
Y mientras más conocemos nuestro vecindario espacial, más extraordinario parece.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Esa invitación sigue siendo extraordinaria.
Levante los ojos.
Mire.
Pregunte.
Estudie.
Descubra.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar el universo no significa alejarnos del Creador.
Puede convertirse precisamente en una manera de admirar con mayor profundidad la obra de sus manos.
Hasta ahora solamente hemos abierto la puerta.
Sabemos que existe una estrella en el centro.
Ocho planetas viajan alrededor de ella.
Numerosas lunas acompañan a esos mundos.
También existen asteroides, planetas enanos, cometas y otros cuerpos.
Pero todavía no hemos visitado ninguno.
En los próximos artículos comenzaremos nuestro viaje.
Nos acercaremos primero a esa enorme estrella que domina nuestro vecindario.
Descubriremos su tamaño.
Su energía.
Su gravedad.
Y comprenderemos por qué prácticamente todo nuestro Sistema Solar depende profundamente de ella.
Nuestro próximo destino será:
Y quizá, cuando terminemos este viaje, comprendamos un poco mejor las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Porque nuestro Sistema Solar no es solamente nuestro vecindario en el espacio.
Es otra extraordinaria parte de la creación que podemos estudiar para conocer mejor la grandeza de su Creador.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Cada mañana ocurre algo tan común que casi dejamos de sorprendernos.
El cielo comienza a iluminarse.
La oscuridad desaparece.
Sentimos calor sobre nuestra piel.
Las plantas reciben luz.
Los animales comienzan sus actividades.
Y todo esto sucede gracias a una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra:
el Sol.

El solo, nuestra estrella
El Sol es una estrella como muchas de las que vemos durante la noche. Sin embargo, para nosotros es extraordinariamente especial porque es la estrella de nuestro Sistema Solar.
Su luz y su energía llegan hasta nuestro planeta, pero además su enorme gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas viajando alrededor de él.
Sin el Sol, nuestro Sistema Solar sería completamente diferente.

Cuando observamos el Sol desde la Tierra parece relativamente pequeño.
Podemos cubrirlo con la punta de un dedo si extendemos el brazo.
Pero eso ocurre únicamente porque está muy lejos.
En realidad, el Sol es gigantesco.
Su diámetro es de aproximadamente:
1.39 millones de kilómetros.
El diámetro de la Tierra es de unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro del Sol es aproximadamente 109 veces mayor que el de nuestro planeta.
Pero existe una comparación todavía más sorprendente.
Si pudiéramos vaciar el Sol y colocar Tierras dentro de él, cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra por volumen.
Imagine nuestro planeta.
Con todos sus océanos.
Todos sus continentes.
Todas sus montañas.
Y ahora imagine más de un millón de mundos de ese tamaño ocupando el volumen de una sola estrella.
Así de enorme es el Sol.

El Sol no solamente es el objeto más grande de nuestro Sistema Solar.
También concentra aproximadamente el 99.8 % de toda la masa del Sistema Solar.
Esto resulta muy importante.
Cuanta más masa posee un objeto, mayor puede ser su influencia gravitacional.
Por eso el Sol ejerce una poderosa atracción sobre los planetas y muchos otros cuerpos que forman nuestro vecindario espacial.
Mercurio está ligado gravitacionalmente al Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno también.
Incluso mientras usted lee estas palabras, la gravedad del Sol está actuando sobre nuestro planeta.

Esta es una pregunta magnífica.
El Sol atrae a la Tierra mediante la gravedad.
Entonces, ¿por qué nuestro planeta no termina cayendo sobre él?
Porque la Tierra también se está moviendo a gran velocidad.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora, aunque la velocidad cambia un poco a lo largo de su órbita.
La combinación entre su movimiento y la atracción gravitacional del Sol mantiene a la Tierra siguiendo su órbita.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una caída continua alrededor del Sol.
La Tierra avanza.
La gravedad la atrae.
Y el resultado es una órbita.
Lo mismo sucede con los demás planetas.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
En la región que vemos como su “superficie”, llamada fotosfera, la temperatura es de aproximadamente 5,500 grados Celsius.
Eso ya parece increíblemente caliente.
Pero en el centro del Sol las temperaturas alcanzan aproximadamente 15 millones de grados Celsius.
Allí ocurre el proceso que permite al Sol producir enormes cantidades de energía.
En el núcleo del Sol ocurre la fusión nuclear.
Explicado de manera sencilla, núcleos de hidrógeno terminan formando helio mediante una serie de reacciones.
Durante este proceso se libera una enorme cantidad de energía.
Esa energía comienza un largo recorrido desde el interior del Sol hasta finalmente escapar al espacio en forma de radiación.
Una pequeñísima parte llega hasta nosotros.
Y esa pequeña parte resulta fundamental para la vida en la Tierra.
El Sol se encuentra tan lejos que su luz no llega instantáneamente hasta nosotros.
Aunque la luz viaja aproximadamente a 300,000 kilómetros por segundo, necesita alrededor de:
8 minutos y 20 segundos
para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.
Esto significa algo curioso.
Cuando usted contempla el Sol —siempre con la protección adecuada y nunca mirándolo directamente— no lo está viendo exactamente como es en ese instante.
Está recibiendo luz que salió de él aproximadamente ocho minutos antes.
La energía solar participa directa o indirectamente en una enorme cantidad de procesos terrestres.
El Sol calienta los océanos.
Calienta los continentes.
Contribuye a producir diferencias de temperatura que participan en el movimiento del aire.
Su energía impulsa la evaporación del agua.
Las plantas utilizan la luz solar para realizar la fotosíntesis.
Y esa fotosíntesis sostiene directa o indirectamente una enorme parte de las cadenas alimentarias de nuestro planeta.
Cuando vemos crecer un bosque, caer la lluvia o sentimos el viento, estamos observando procesos en los que la energía procedente del Sol desempeña un papel fundamental.
Nuestro planeta se encuentra, en promedio, aproximadamente a 150 millones de kilómetros del Sol.
Esa distancia permite que recibamos una cantidad de energía compatible con las condiciones que encontramos en nuestro planeta.
La Tierra no permanece siempre exactamente a la misma distancia porque su órbita no es un círculo perfecto. Sin embargo, estas variaciones son relativamente pequeñas.
Más adelante estudiaremos con mayor detalle la posición y las órbitas de los planetas.
Por ahora basta comprender algo sencillo:
nuestra vida depende profundamente de la energía de una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros de nosotros.
El Sol es indispensable, pero eso no significa que toda la energía procedente de él sea inofensiva.
Produce radiación y fenómenos capaces de afectar nuestro planeta.
Por eso resulta tan importante la protección que proporciona la atmósfera terrestre y, junto con ella, la magnetosfera frente a determinadas partículas cargadas procedentes del Sol.
Incluso aquí encontramos una interesante relación entre diferentes partes de nuestro entorno.
Tenemos una estrella que proporciona energía.
Tenemos una Tierra situada a una distancia adecuada.
Y tenemos sistemas terrestres que ayudan a proteger la vida.
No vivimos dependiendo de una sola condición, sino de muchas funcionando simultáneamente.
Cuando los científicos observan cuidadosamente el Sol descubren que no es una esfera tranquila e inmóvil.
En su superficie pueden aparecer manchas solares.
También ocurren enormes explosiones conocidas como llamaradas solares.
Y el Sol expulsa continuamente partículas cargadas formando lo que llamamos viento solar.
En ocasiones, la interacción de partículas solares con el entorno magnético de la Tierra contribuye a producir uno de los espectáculos más hermosos de nuestro cielo:
las auroras.
Así que incluso un resplandor de colores observado cerca de las regiones polares puede tener su origen en acontecimientos ocurridos en nuestra estrella.
Ahora podemos comprender por qué el Sol ocupa un lugar tan importante en esta serie.
No es simplemente una lámpara gigantesca que ilumina los planetas.
Es el cuerpo dominante del Sistema Solar.
Su gravedad ayuda a mantener organizado nuestro sistema planetario.
Su energía calienta la Tierra.
Su luz hace posible la fotosíntesis.
Y alrededor de él viajan ocho planetas y una enorme variedad de cuerpos menores.
El Sistema Solar recibe precisamente su nombre de esta estrella:
el Sol.
La Biblia habla desde sus primeras páginas de la importancia de las lumbreras que observamos en nuestro cielo:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche…”
Génesis 1:16
El propósito de este pasaje no es enseñarnos física solar.
No explica la fusión nuclear, la gravedad o la temperatura del núcleo.
Estas son preguntas que podemos investigar mediante la ciencia.
Pero las Escrituras presentan algo que resulta fundamental para nuestra perspectiva: el Sol forma parte de la creación de Dios.
No es Dios.
Es una obra extraordinaria de Dios.
El salmista escribió:
“En ellos puso tabernáculo para el sol;
Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.”
Salmo 19:4-5
David contemplaba el Sol atravesando el cielo.
Hoy sabemos mucho más acerca de aquella estrella de lo que podía conocer un observador de la antigüedad.
Conocemos aproximadamente su tamaño.
Su distancia.
Su temperatura.
Su composición.
Podemos estudiar su luz.
Podemos observar su superficie con instrumentos especializados.
Incluso hemos enviado sondas para estudiarlo de cerca.
Y ese conocimiento no tiene por qué disminuir nuestro asombro.
Puede aumentarlo.
Piense nuevamente en la escena completa.
En el centro se encuentra una estrella gigantesca.
Alrededor de ella viajan los planetas.
Alrededor de algunos planetas viajan lunas.
Entre ellos encontramos asteroides y otros cuerpos.
Todo se mueve.
Y la gravedad mantiene relacionados a los integrantes de este enorme vecindario.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar ese orden puede convertirse en una oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
El Sol nos proporciona luz cada mañana, pero cuando comenzamos a comprender lo que realmente es, descubrimos algo todavía más extraordinario:
Esa pequeña esfera brillante que vemos en nuestro cielo es una estrella gigantesca cuya energía y gravedad desempeñan un papel fundamental en el extraordinario Sistema Solar que Dios nos ha permitido llamar hogar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Imagine por un momento nuestro Sistema Solar.
Mercurio viaja alrededor del Sol. Venus también. La Tierra completa su recorrido una vez cada año. Más lejos encontramos a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Todos están moviéndose.
Pero surge una pregunta que hasta un niño podría hacerse:

¿Por qué los planetas no salen disparados y se pierden en el espacio?
Y también podríamos preguntar lo contrario:
Si el Sol los atrae, ¿por qué no terminan cayendo sobre él?
La respuesta se encuentra en una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza:
la gravedad.
No podemos ver la gravedad.
Pero podemos observar lo que hace.
Si dejamos caer una pelota, cae al suelo.
Si saltamos, volvemos a bajar.
La Luna permanece en órbita alrededor de la Tierra.
Y los planetas permanecen ligados gravitacionalmente al Sol.
La gravedad es una interacción entre cuerpos que poseen masa. En una explicación sencilla, cuanto mayor es la masa de un cuerpo, mayor puede ser su atracción gravitacional; además, esa atracción disminuye conforme aumenta la distancia.
Y aquí aparece algo extraordinario.
El Sol es, por mucho, el cuerpo más masivo de nuestro Sistema Solar.

El Sol contiene aproximadamente el 99.8 por ciento de la masa del Sistema Solar.
Eso significa que si pudiéramos reunir todo lo que existe en nuestro Sistema Solar —el Sol, los ocho planetas, sus lunas, asteroides, cometas y otros cuerpos— prácticamente toda la masa estaría concentrada en el Sol.
Por eso su influencia gravitacional es enorme.
Su gravedad participa en mantener ligados al sistema desde los grandes planetas hasta numerosos cuerpos mucho más pequeños.
Pero todavía queda nuestra pregunta:
¿por qué no caen los planetas sobre él?
Hagamos un experimento con la imaginación.
Si usted sostiene una pelota y simplemente la suelta, caerá al suelo.
Ahora láncela hacia adelante.
Mientras cae, también avanzará.
Si pudiera lanzarla muchísimo más rápido y la Tierra no tuviera montañas, edificios ni atmósfera que la frenaran, podría imaginar una situación extraordinaria: mientras la pelota cae, la superficie curva de la Tierra también se aleja debajo de ella.
Con suficiente velocidad, la pelota podría continuar cayendo alrededor de la Tierra.
Eso es, de manera simplificada, una órbita.
Los astronautas y los satélites que orbitan nuestro planeta no están fuera del alcance de la gravedad terrestre.
Al contrario.
La gravedad es precisamente una parte esencial de lo que mantiene su trayectoria orbital.

Algo semejante sucede con nuestro planeta.
El Sol atrae gravitacionalmente a la Tierra.
Pero la Tierra posee también una enorme velocidad lateral.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora.
Si desapareciera la atracción gravitacional del Sol, la Tierra ya no continuaría recorriendo su órbita actual: su movimiento tendería a seguir una trayectoria recta. La gravedad solar curva continuamente ese movimiento.
Por eso podemos expresar la idea de una manera que a los niños suele sorprenderles:
La Tierra está cayendo continuamente hacia el Sol, pero se mueve hacia adelante tan rápidamente que continúa cayendo alrededor de él.
NASA utiliza precisamente la combinación de movimiento hacia adelante y atracción gravitacional para explicar de forma sencilla por qué los planetas no chocan con el Sol.
Imaginemos algo imposible: que pudiéramos detener repentinamente el movimiento orbital de la Tierra.
La situación cambiaría por completo.
Ya no tendríamos ese movimiento lateral que permite nuestra órbita actual, mientras que la atracción gravitacional del Sol continuaría actuando.
La Tierra comenzaría a caer hacia el Sol.
Afortunadamente, eso no está ocurriendo.
Nuestro planeta está en movimiento.
Ahora imaginemos lo contrario.
Supongamos que la influencia gravitacional del Sol desapareciera instantáneamente.
La Tierra ya no seguiría curvándose alrededor de él.
Tendería a continuar su movimiento siguiendo una trayectoria aproximadamente recta en la dirección en que viajaba en ese momento. Esta es la idea de inercia que ayuda a explicar el movimiento orbital.
Así podemos comprender las dos partes:
movimiento + gravedad = órbita.
Es una simplificación, pero permite comprender la idea fundamental.
Los planetas no se encuentran todos a la misma distancia del Sol.
Mercurio está mucho más cerca.
Neptuno está muchísimo más lejos.
Y sus velocidades orbitales tampoco son iguales.
Los planetas cercanos al Sol generalmente se desplazan más rápidamente por sus órbitas que los planetas situados a grandes distancias.
Mercurio completa una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente 88 días terrestres.
La Tierra necesita aproximadamente 365 días.
Neptuno tarda alrededor de 165 años terrestres.
¡Imagine esperar 165 años para celebrar un solo cumpleaños si viviéramos utilizando el año de Neptuno!
Cuando dibujamos el Sistema Solar para un niño, normalmente hacemos círculos alrededor del Sol.
Es útil para aprender.
Pero las órbitas reales de los planetas son elipses.
Una elipse se parece a un círculo que ha sido ligeramente estirado, aunque algunas órbitas planetarias son muy cercanas a un círculo.
Johannes Kepler describió matemáticamente estas órbitas, y posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad podía explicar el movimiento planetario que Kepler había descrito.
Hace siglos, Isaac Newton comprendió algo maravilloso.
La fuerza que hace caer un objeto hacia la Tierra y la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes en sus órbitas podían entenderse mediante la misma ley de gravitación.
No necesitábamos una clase de física para las manzanas y otra completamente diferente para los planetas.
La naturaleza podía describirse mediante leyes que funcionaban tanto aquí como en el cielo.
Newton expresó matemáticamente que la fuerza gravitacional depende de las masas de los cuerpos y disminuye con el cuadrado de la distancia que los separa.
Aquello cambió profundamente nuestra comprensión del universo.
Cuando hacemos dibujos escolares, normalmente colocamos el Sol exactamente en el centro y los planetas girando alrededor.
Es una buena aproximación para comenzar.
Pero la realidad es todavía más interesante.
El Sol y los planetas se atraen mutuamente.
Por eso, técnicamente, los cuerpos orbitan alrededor de un centro común de masa, llamado baricentro. Debido a la enorme masa del Sol comparada con la de los planetas, el movimiento solar es mucho menor, pero existe.
Esto nos recuerda algo importante:
el Sistema Solar no es una fotografía inmóvil. Es un sistema dinámico en movimiento.

Ahora alejémonos imaginariamente del Sistema Solar y contemplemos todo junto.
El Sol.
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Lunas.
Asteroides.
Planetas enanos.
Cometas.
Todos moviéndose.
Algunos recorridos necesitan días.
Otros años.
Otros muchísimo más tiempo.
Pero la gravedad relaciona continuamente a los cuerpos del Sistema Solar.
Es como contemplar un gigantesco baile cósmico en el que cada participante continúa su recorrido.
Hoy podemos describir las órbitas mediante matemáticas.
Podemos calcular dónde estará un planeta en determinado momento.
Podemos enviar una nave espacial y hacer que llegue hasta otro mundo.
Incluso podemos utilizar la gravedad de un planeta para modificar la trayectoria y velocidad de una nave.
Todo esto demuestra cuánto hemos aprendido acerca de las leyes que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes.
La ciencia responde extraordinariamente bien preguntas como:
¿Qué fuerza interviene?
¿Cómo cambia el movimiento?
¿Cómo podemos calcular una órbita?
Y para el creyente aparece además otra pregunta:
¿Qué nos provoca descubrir un universo que podemos estudiar mediante leyes tan precisas?
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Isaías no estaba enseñando la ley de gravitación universal.
No hablaba de velocidad orbital, elipses o baricentros.
Su propósito era diferente.
Invitaba al ser humano a mirar hacia arriba y reconocer la grandeza del Creador.
Hoy podemos aceptar esa invitación llevando incluso un telescopio y una calculadora.
Podemos mirar.
Podemos medir.
Podemos estudiar.
Y podemos maravillarnos.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Desde una perspectiva cristiana, la gravedad no compite con Dios.
Descubrir cómo funciona una órbita no elimina al Creador.
Nos permite comprender un poco mejor el funcionamiento de su creación.
Cuando un niño pregunta por qué la Tierra no cae sobre el Sol, podemos explicarle la gravedad y el movimiento.
Y después podemos enseñarle algo todavía más hermoso:
Dios nos ha dado una mente capaz de observar su creación, hacer preguntas y descubrir algunas de las leyes mediante las cuales funciona.
Ahora mismo usted probablemente siente que está quieto.
Quizá está sentado.
Tal vez está acostado.
Pero la Tierra continúa viajando alrededor del Sol.
No escuchamos ese movimiento.
No vemos pasar kilómetros debajo de nuestros pies.
Sin embargo, nuestro planeta continúa recorriendo silenciosamente su órbita.
La gravedad solar sigue actuando.
La Tierra sigue avanzando.
Y el extraordinario viaje continúa.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que contemplemos el Sol, podemos recordar que no solamente nos proporciona luz y energía.
Su enorme masa produce una influencia gravitacional que desempeña un papel central en mantener unido nuestro vecindario planetario.
Una estrella, ocho planetas y una multitud de cuerpos recorriendo el espacio bajo leyes que podemos estudiar, comprender y admirar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya conocimos al Sol, la enorme estrella que ocupa el centro de nuestro Sistema Solar.
Ahora comenzaremos a alejarnos poco a poco de él.
Y el primer mundo que encontramos es un pequeño planeta gris cubierto de cráteres:
Mercurio.

El planeta mercurio
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el planeta más pequeño de nuestro Sistema Solar. Es solamente un poco más grande que nuestra Luna.
A primera vista puede parecer un mundo sencillo.
Rocas.
Cráteres.
Un cielo oscuro.
Nada de océanos.
Nada de bosques.
Nada de grandes nubes.
Sin embargo, cuando comenzamos a estudiarlo descubrimos un planeta lleno de sorpresas.
Mercurio tiene aproximadamente 4,880 kilómetros de diámetro.
Para compararlo, la Tierra tiene alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Mercurio tiene menos de la mitad del diámetro de nuestro planeta.
Nuestra Luna tiene unos 3,475 kilómetros de diámetro, así que Mercurio es solamente un poco mayor que ella.
Imagine tres pelotas.
Una grande representa la Tierra.
Una bastante más pequeña representa Mercurio.
Y otra ligeramente menor representa nuestra Luna.
Así comenzamos a comprender su tamaño.
Aunque es un planeta, existen incluso lunas del Sistema Solar más grandes que Mercurio; Ganímedes, que gira alrededor de Júpiter, es un ejemplo.

La distancia media entre Mercurio y el Sol es de aproximadamente:
58 millones de kilómetros.
Eso parece muchísimo.
Pero recuerde que la Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Mercurio está, por tanto, muchísimo más cerca de nuestra estrella que nosotros.
Desde Mercurio, la luz del Sol tarda aproximadamente tres minutos en llegar.
En la Tierra esperamos alrededor de ocho minutos y veinte segundos.
Mercurio vive mucho más cerca de aquel enorme horno natural que llamamos Sol.
Y eso produce condiciones extraordinarias.
Imagine estar sobre la superficie de Mercurio durante el día.
El Sol aparecería mucho más intenso que desde la Tierra.
En algunas regiones, la temperatura superficial durante el día puede alcanzar aproximadamente:
430 grados Celsius.
Eso equivale a unos 800 grados Fahrenheit.
Es muchísimo más caliente que un horno doméstico.
Una persona no podría sobrevivir allí.
Pero ahora viene algo sorprendente.
Quizá pensaríamos:
“Si Mercurio está tan cerca del Sol, seguramente siempre es extremadamente caliente”.
Pero no.
Durante la noche, algunas regiones de su superficie pueden descender hasta aproximadamente:
−180 grados Celsius.
¿Cómo puede existir semejante diferencia?
Porque Mercurio no posee una atmósfera gruesa como la Tierra capaz de almacenar y distribuir el calor de manera importante. Posee solamente una envoltura extremadamente tenue de partículas denominada exosfera.
Durante el día la superficie recibe directamente la intensa energía solar.
Durante la noche pierde rápidamente gran parte de ese calor hacia el espacio.
Así encontramos uno de los contrastes más extraordinarios entre los planetas:
calor extremo durante el día y frío extremo durante la noche.
Aquí aparece una sorpresa que puede confundirnos.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol.
Sin embargo, no es el planeta más caliente.
Ese título pertenece a Venus.
¿Por qué?
Porque Venus posee una atmósfera extremadamente densa que retiene muchísimo calor mediante un poderoso efecto invernadero.
Mercurio, en cambio, prácticamente carece de una atmósfera capaz de hacer algo semejante.
Esto nos enseña algo que veremos muchas veces durante nuestro recorrido por el Sistema Solar:
la distancia al Sol no es la única característica que determina las condiciones de un planeta.
La atmósfera también importa.
La composición importa.
La rotación importa.
Una cosa se conecta con otra.

Si pudiéramos caminar sobre Mercurio, probablemente algo nos resultaría familiar.
Su superficie recuerda mucho a la Luna.
Está cubierta de:
cráteres,
acantilados,
y enormes cuencas formadas por impactos.
Mercurio no posee una atmósfera gruesa que pueda destruir muchos de los objetos pequeños que llegan desde el espacio, por lo que su superficie conserva una gran cantidad de cráteres.
Cada uno cuenta una historia.
En algún momento, un objeto viajaba por el espacio.
Se encontró con Mercurio.
Impactó.
Y dejó una cicatriz en la superficie.
Uno de los lugares más impresionantes de Mercurio es la cuenca Caloris.
Tiene aproximadamente:
1,525 kilómetros de diámetro.
Imagine un cráter tan enorme que podría cubrir una región completa de un país.
Alrededor de esta gigantesca cuenca existen montañas producidas por el enorme impacto que la formó.
Caloris nos recuerda que los mundos del Sistema Solar también llevan escrita en su superficie una historia de impactos y cambios.
Además de cráteres, encontramos grandes escarpes.
Son como paredes o acantilados que recorren largas distancias.
Se piensa que muchos de ellos están relacionados con la contracción del interior del planeta.
Imagine una fruta que se seca y cuya superficie comienza a arrugarse.
No es exactamente lo mismo, pero la comparación nos ayuda.
Mercurio se enfrió internamente y su superficie desarrolló enormes estructuras que todavía podemos observar.
Mercurio posee otra característica extraordinaria.
Viaja alrededor del Sol mucho más rápido que la Tierra.
Nuestro planeta necesita aproximadamente 365 días para completar una vuelta alrededor del Sol.
Mercurio solamente necesita alrededor de:
88 días terrestres.
Eso significa que si utilizáramos el año de Mercurio para contar nuestras edades, celebraríamos cumpleaños con enorme frecuencia.
Una persona de diez años terrestres habría vivido más de cuarenta años mercurianos.
Mercurio es el planeta que completa su órbita alrededor del Sol más rápidamente.
Aquí aparece otro contraste.
Mercurio viaja rápidamente alrededor del Sol…
pero gira lentamente sobre sí mismo.
Una rotación completa con respecto a las estrellas tarda aproximadamente 59 días terrestres.
Y debido a la relación especial entre esa rotación y su movimiento alrededor del Sol, un ciclo completo desde un mediodía hasta el siguiente —un día solar— dura aproximadamente 176 días terrestres.
Piense en eso.
En la Tierra:
un día dura aproximadamente 24 horas.
En Mercurio:
un día solar dura aproximadamente 176 días terrestres.
El Sol permanecería durante muchísimo tiempo sobre el horizonte.
Después llegaría una noche igualmente prolongada.
Eso ayuda a comprender por qué la superficie puede calentarse y enfriarse de manera tan extrema.

La Tierra posee una Luna.
Marte tiene dos pequeñas lunas.
Júpiter y Saturno poseen muchas.
Pero Mercurio:
no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee anillos.
Es simplemente un pequeño mundo rocoso viajando muy cerca del Sol.
Aquí encontramos algo que sorprendió a los científicos.
A pesar de su pequeño tamaño, Mercurio posee un campo magnético global.
Eso indica que su interior todavía guarda secretos importantes.
Mercurio posee un núcleo metálico extraordinariamente grande en relación con el tamaño total del planeta, y el estudio de su campo magnético ha ayudado a los científicos a comprender mejor su interior. La misión MESSENGER produjo importantes mediciones de este campo y de la composición del planeta.
Esta puede ser una de las mayores sorpresas.
Mercurio está muy cerca del Sol.
Su superficie puede alcanzar temperaturas de cientos de grados.
Y sin embargo…
existe hielo de agua en Mercurio.
¿Cómo es posible?
Cerca de sus polos existen cráteres tan profundos que algunas regiones de su interior nunca reciben directamente la luz del Sol.
Allí las temperaturas permanecen extremadamente bajas.
La misión MESSENGER confirmó que depósitos presentes en las regiones polares están compuestos principalmente por hielo de agua.
En algunos cráteres polares las temperaturas pueden permanecer por debajo de aproximadamente −173 grados Celsius.
Así que un mismo planeta puede poseer regiones abrasadoras…
y lugares suficientemente fríos como para conservar hielo.
Cuando la nave MESSENGER fotografió detalladamente la superficie, encontró miles de extrañas depresiones brillantes conocidas como hollows, o huecos.
Algunos alcanzan aproximadamente 1.6 kilómetros de ancho y decenas de metros de profundidad.
Parecen formarse cuando determinados materiales de la superficie se pierden o volatilizan.
Todavía son objeto de investigación.
Esto nos recuerda algo importante:
aunque hemos enviado naves hasta Mercurio…
todavía no lo sabemos todo.
Mercurio es difícil de estudiar desde la Tierra porque siempre aparece relativamente cerca del Sol en nuestro cielo.
Por eso las naves espaciales han sido fundamentales.
La primera en visitar Mercurio fue Mariner 10, lanzada por NASA en 1973.
Muchos años después llegó MESSENGER.
Esta nave se convirtió en la primera en orbitar Mercurio y permaneció estudiándolo durante más de cuatro años. Investigó su superficie, composición, historia geológica, campo magnético y depósitos de hielo polar.
Cada fotografía permitió conocer un mundo que durante miles de años solamente aparecía como un pequeño punto luminoso en el cielo.
Ahora reunamos lo aprendido.
Mercurio es:
el planeta más cercano al Sol,
el planeta más pequeño,
un mundo cubierto de cráteres,
un lugar donde el día puede superar los 400 °C,
un mundo donde la noche puede descender por debajo de −170 °C,
un planeta sin lunas,
un cuerpo que completa su año en solamente 88 días,
y, sorprendentemente, un lugar donde existe hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados.
Aquello que parecía simplemente una pequeña esfera gris resulta ser un mundo extraordinario.
¿Por qué es importante estudiar Mercurio?
Porque comenzamos a descubrir que los planetas no son copias unos de otros.
Cada mundo posee características distintas.
Tamaño.
Distancia al Sol.
Atmósfera.
Temperatura.
Rotación.
Superficie.
Composición.
Mercurio nos enseña desde el comienzo de nuestro recorrido que cambiar unas pocas características puede producir un mundo completamente diferente.
Y pronto veremos esto todavía con mayor claridad cuando lleguemos a Venus.
El salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante miles de años las personas podían ver Mercurio en el cielo, aunque no podían conocer sus cráteres, temperaturas o depósitos de hielo.
Hoy podemos observarlo mediante telescopios.
Podemos enviar naves.
Podemos medir.
Podemos fotografiar.
Podemos descubrir.
Y desde una perspectiva cristiana, ese conocimiento puede convertirse en una invitación a maravillarnos ante la inmensidad y diversidad de la creación.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Mercurio es solamente el primero de los planetas que visitaremos.
Ya encontramos un pequeño mundo que corre alrededor del Sol, soporta temperaturas extremas, posee una superficie cubierta de cicatrices y conserva hielo escondido en lugares donde nunca llega directamente la luz.
Y todavía nos quedan siete planetas.
Nuestro recorrido apenas comienza.
Desde la perspectiva bíblica, cada nuevo descubrimiento puede recordarnos que la creación es muchísimo más grande y diversa de lo que alcanzamos a contemplar desde nuestra pequeña región de la Tierra.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que vea el cielo cerca del amanecer o del atardecer y sepa que Mercurio se encuentra allí, recuerde:
Ese pequeño punto luminoso es en realidad un mundo de casi cinco mil kilómetros de diámetro, cubierto de cráteres, sometido a temperaturas extremas y viajando alrededor del Sol en solamente 88 días.
El primer pequeño mundo de nuestro viaje por el extraordinario Sistema Solar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Cuando observamos Venus desde la Tierra, puede parecer uno de los objetos más hermosos del cielo.
Brilla intensamente.
A veces aparece poco después de la puesta del Sol.
Otras veces podemos verlo antes del amanecer.
Durante siglos, muchas personas lo han llamado “lucero de la mañana” o “lucero de la tarde”.
Pero detrás de aquel hermoso brillo se esconde uno de los lugares más extremos de todo nuestro Sistema Solar.
Venus está cubierto por una enorme capa de nubes.
Debajo de ellas existe un mundo rocoso, caliente y sometido a una presión extraordinaria.
Es un planeta que nos enseña algo muy importante:
dos mundos pueden tener tamaños parecidos y, sin embargo, poseer condiciones completamente diferentes.

Venus es el segundo planeta desde el Sol.
Mercurio está primero.
Después viene Venus.
Y luego encontramos la Tierra.
La distancia media entre Venus y el Sol es de aproximadamente 108 millones de kilómetros.
La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros.
Eso significa que Venus recibe más energía solar que nuestro planeta.
Pero esa no es la única razón por la que Venus es tan caliente.
La verdadera sorpresa se encuentra en su atmósfera.

Venus tiene aproximadamente 12,104 kilómetros de diámetro.
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Son tamaños bastante parecidos.
Por eso Venus ha sido llamado muchas veces el “gemelo” de la Tierra.
Ambos son planetas rocosos.
Ambos tienen tamaños semejantes.
Ambos poseen una superficie sólida.
Pero cuando observamos sus condiciones…
las semejanzas comienzan a desaparecer.

Desde el espacio no podemos ver directamente la superficie de Venus con nuestros ojos.
¿Por qué?
Porque el planeta está completamente cubierto por una atmósfera muy espesa y por nubes permanentes.
Estas nubes contienen principalmente pequeñas gotas de ácido sulfúrico.
Debajo de ellas existe una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono.
Imagine una enorme manta gaseosa rodeando completamente un planeta.
Eso es aproximadamente lo que ocurre en Venus.
Pero esta “manta” tiene consecuencias enormes.
Aquí aparece una de las mayores sorpresas.
Mercurio está más cerca del Sol.
Sin embargo, Venus es más caliente que Mercurio.
Su temperatura media superficial es de aproximadamente:
464 °C.
Eso equivale a unos 867 °F.
Es suficientemente caliente como para derretir algunos metales.
Y lo sorprendente es que esa temperatura extrema no ocurre solamente durante el día.
Gran parte de la superficie permanece extraordinariamente caliente tanto de día como de noche.
La respuesta principal se encuentra en su atmósfera.
El dióxido de carbono puede absorber y volver a emitir parte de la radiación infrarroja que intenta escapar desde la superficie.
En Venus este efecto es extraordinariamente intenso.
La energía solar entra.
La superficie se calienta.
El planeta emite energía nuevamente.
Pero la atmósfera extremadamente densa dificulta que esa energía escape con facilidad.
El resultado es un efecto invernadero extremo que mantiene la superficie a temperaturas extraordinariamente elevadas.
Así comprendemos algo importante:
no basta con conocer la distancia de un planeta al Sol.
También debemos conocer su atmósfera.
Venus no solamente es caliente.
Su presión atmosférica en la superficie es aproximadamente 92 veces mayor que la presión que sentimos al nivel del mar en la Tierra.
¿Cómo podemos imaginar algo semejante?
NASA compara esa presión con la que experimentaríamos aproximadamente 900 metros bajo el océano terrestre.
Piense en toda esa agua presionando desde arriba.
Ahora imagine experimentar una presión semejante…
sin estar debajo del agua.
Eso ocurre en la superficie de Venus.
Respire profundamente.
El aire que acaba de respirar contiene principalmente nitrógeno y oxígeno.
Venus es completamente diferente.
Su atmósfera está formada en gran parte por dióxido de carbono y contiene solamente cantidades muy pequeñas de otros gases.
No podríamos respirar allí.
Y aunque lleváramos oxígeno, tendríamos todavía otros problemas:
la temperatura,
la presión,
y las condiciones químicas de su atmósfera.
Venus es un magnífico ejemplo de lo importante que resulta una atmósfera para determinar las condiciones de un planeta.
Durante mucho tiempo, los seres humanos no podían saber con claridad cómo era la superficie.
Las nubes impedían observarla directamente.
Pero el radar puede atravesar esas nubes mucho mejor que la luz visible.
Gracias a observaciones desde naves espaciales, hoy sabemos que Venus posee:
grandes llanuras,
regiones elevadas,
cráteres,
y numerosos volcanes y estructuras volcánicas.
Es un mundo rocoso.
Pero su paisaje ha sido profundamente influido por la actividad geológica.

Venus posee una enorme cantidad de estructuras volcánicas.
Algunas regiones parecen estar cubiertas por extensas llanuras formadas por antiguos flujos de lava.
Los científicos continúan estudiando si existe actividad volcánica actualmente.
Radar e imágenes de distintas misiones han permitido identificar numerosas características que sugieren que Venus ha sido geológicamente muy activo.
Así que debajo de aquellas nubes doradas no encontramos un planeta tranquilo.
Encontramos un mundo transformado por enormes fuerzas internas.
Aquí aparece otra rareza.
Venus gira muy lentamente.
Necesita aproximadamente 243 días terrestres para completar una rotación sobre su eje.
Pero tarda aproximadamente 225 días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Eso significa que:
un día de rotación de Venus dura más que su año.
Parece extraño.
Pero hay todavía otra sorpresa.
La mayoría de los planetas giran sobre su eje en una dirección determinada.
Venus gira en sentido contrario a la mayoría de ellos.
Si pudiéramos permanecer sobre su superficie y ver el Sol a través de las nubes, el movimiento aparente del Sol sería diferente del que observamos en la Tierra.
Es otra característica que hace de Venus un mundo muy peculiar.
La Tierra tiene una Luna.
Marte tiene dos.
Los planetas gigantes poseen muchas.
Venus, en cambio, no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee un sistema de anillos.
Viaja alrededor del Sol acompañado únicamente por los demás cuerpos del Sistema Solar.
Enviar una nave a Venus es relativamente sencillo comparado con hacer que sobreviva sobre su superficie.
Allí encontramos:
temperaturas de alrededor de 464 °C
y
presiones cercanas a 92 veces las de la Tierra.
Los equipos electrónicos no soportan esas condiciones durante mucho tiempo.
A pesar de ello, distintas misiones consiguieron llegar.
La antigua Unión Soviética desarrolló el programa Venera.
Varias de aquellas sondas lograron atravesar la atmósfera y algunas consiguieron funcionar brevemente sobre la superficie.
NASA señala que diez sondas del programa Venera alcanzaron la superficie, aunque las condiciones extremas limitaron enormemente su duración.
Imagínelo.
Una máquina construida en la Tierra viajó millones de kilómetros…
descendió a través de las nubes de otro planeta…
y finalmente se posó sobre un terreno donde la temperatura podía destruirla rápidamente.
Incluso logramos obtener fotografías desde allí.
Las imágenes enviadas por las sondas Venera muestran un paisaje rocoso bajo una iluminación amarillenta.
Ningún ser humano ha caminado allí.
Solamente nuestras máquinas han conseguido contemplar ese mundo desde la superficie.
Esto nos recuerda lo extraordinario de la exploración espacial.
Nuestros ojos no pueden llegar físicamente hasta Venus.
Pero podemos construir instrumentos que viajan en nuestro lugar.
Una razón muy importante es que Venus y la Tierra tienen tamaños similares.
Sin embargo, sus condiciones actuales son radicalmente diferentes.
Estudiar Venus ayuda a los científicos a comprender mejor cómo la atmósfera, la geología y la energía solar interactúan para producir condiciones planetarias distintas.
Esto convierte a Venus en una especie de laboratorio natural.
Tenemos dos planetas rocosos de tamaño parecido…
pero uno posee océanos de agua líquida, temperaturas moderadas y una atmósfera que permite nuestra existencia.
El otro posee calor extremo, presión aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono.
Aquí aparece nuevamente una idea que hemos encontrado muchas veces.
Un planeta no depende solamente de una característica.
Importa su distancia al Sol.
Importa su atmósfera.
Importa su masa.
Importa su rotación.
Importa su composición.
Importa su historia geológica.
Cuando varias de estas características cambian, el resultado puede ser un mundo completamente diferente.
Venus es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.
Piense en dos casas construidas con dimensiones semejantes.
Desde lejos pueden parecer casi iguales.
Pero imagine que una posee:
aire respirable,
agua,
temperatura agradable,
y condiciones para vivir.
Mientras la otra está llena de gases irrespirables, sometida a enorme presión y calentada hasta cientos de grados.
La forma exterior no basta para determinar si una casa es habitable.
Algo semejante ocurre con los planetas.
Ser parecido en tamaño a la Tierra no significa ser parecido a la Tierra en las condiciones que permiten nuestra vida.
Después de visitar Mercurio vimos un mundo sin una atmósfera importante, con diferencias extremas de temperatura.
Ahora llegamos a Venus y encontramos prácticamente el extremo contrario:
una atmósfera enorme.
Una presión extraordinaria.
Y un planeta todavía más caliente.
Entonces miramos nuevamente la Tierra.
Tenemos una atmósfera.
Pero no como la de Venus.
Tenemos un efecto invernadero natural.
Pero no con la intensidad venusina.
Tenemos agua líquida.
Podemos respirar.
Vivimos bajo una presión compatible con nuestro organismo.
Poco a poco comenzamos a descubrir que nuestro planeta posee una combinación muy particular de condiciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Este versículo no pretende describir Venus.
Tampoco explica dióxido de carbono, presión atmosférica o efectos invernadero.
Pero contiene una idea especialmente significativa para esta serie:
la Tierra fue preparada para ser habitada.
Cuando comparamos nuestro planeta con Venus, esas palabras adquieren una profundidad especial.
La ciencia nos permite conocer Venus.
Podemos medir su atmósfera.
Calcular su temperatura.
Estudiar sus volcanes.
Medir su presión.
Observarlo mediante radar.
Enviar naves hacia él.
Y cada descubrimiento nos ayuda a comprender mejor cómo funcionan los planetas.
Desde una perspectiva cristiana, también puede ayudarnos a apreciar de una manera nueva la extraordinaria provisión que encontramos en nuestro propio hogar.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Venus forma parte de esos cielos que contemplamos.
Desde aquí parece solamente un punto extraordinariamente brillante.
Pero ahora sabemos lo que existe detrás de aquella luz.
Un planeta casi del tamaño de la Tierra.
Cubierto completamente por nubes.
Con una atmósfera aplastante.
Una superficie volcánica.
Y temperaturas suficientemente elevadas para hacer imposible nuestra vida.
Aquella pequeña luz del cielo acaba de convertirse en un mundo.
Ya hemos visitado dos planetas.
Mercurio nos mostró lo que ocurre en un pequeño mundo casi sin atmósfera y muy cercano al Sol.
Venus nos muestra algo completamente diferente:
un planeta donde una atmósfera extremadamente densa ha transformado profundamente las condiciones de la superficie.
Y ahora llegamos al tercer planeta.
Una pequeña esfera azul.
Con océanos.
Nubes.
Vida.
Nuestro hogar.
La Tierra.
Y después de haber conocido Mercurio y Venus, quizá podamos mirarla con ojos diferentes.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Venus nos recuerda que no todos los planetas rocosos son iguales.
Y cuanto más conocemos a nuestros vecinos…
más extraordinario comienza a parecernos el mundo que Dios nos ha permitido habitar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar ya nos ha llevado a dos mundos extraordinarios.
Mercurio nos mostró un pequeño planeta casi sin atmósfera, cubierto de cráteres y sometido a enormes cambios de temperatura.
Después visitamos Venus.
Allí encontramos casi lo contrario: una atmósfera extremadamente densa, una presión enorme y temperaturas suficientemente altas para hacer imposible nuestra vida.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Y llegamos al tercer planeta:

Esta vez no estamos observando un mundo extraño desde una nave espacial.
Estamos contemplando nuestro hogar.
Y después de haber conocido un poco a Mercurio y Venus, algunas cosas que siempre nos parecieron normales comienzan a resultar extraordinarias.
La Tierra tiene aproximadamente:
12,742 kilómetros de diámetro.
No es el planeta más grande del Sistema Solar.
Júpiter es muchísimo mayor.
Tampoco es el más pequeño.
Mercurio es considerablemente menor.
La Tierra ocupa una posición intermedia entre los mundos rocosos.
Pero cuando observamos nuestro planeta desde el espacio existe algo que inmediatamente llama la atención:
es azul.
Eso ocurre porque alrededor del 71 % de su superficie está cubierta por agua.
Océanos inmensos.
Mares.
Lagos.
Ríos.
Hielo.
El agua forma parte de prácticamente todos los ambientes de nuestro planeta.

La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente:
150 millones de kilómetros.
Mercurio está mucho más cerca.
Venus también está más cerca.
Marte, nuestro siguiente vecino, se encuentra más lejos.
Esta distancia tiene consecuencias muy importantes porque determina parte de la cantidad de energía solar que recibe nuestro planeta.
Si estuviéramos considerablemente más cerca del Sol, recibiríamos más energía.
Si estuviéramos considerablemente más lejos, recibiríamos menos.
Pero la distancia no trabaja sola.
Aquí aparece nuevamente una idea que veremos muchas veces:
un planeta funciona como un sistema.
Respire profundamente.
Acaba de utilizar una de las características más importantes de nuestro planeta.
La Tierra posee una atmósfera compuesta principalmente por nitrógeno y oxígeno.
El nitrógeno representa aproximadamente el 78 %.
El oxígeno constituye alrededor del 21 %.
También existen pequeñas cantidades de otros gases.
Esta atmósfera permite algo que para nosotros resulta tan normal que casi nunca pensamos en ello:
respirar.
Pero hace mucho más.
Participa en la regulación de la temperatura.
Transporta vapor de agua.
Permite la formación de nubes.
Produce vientos.
Participa en el clima.
Y ayuda a proteger la superficie frente a determinadas formas de radiación procedentes del Sol y del espacio.
Aquí podemos hacer una comparación interesante.
Mercurio posee solamente una envoltura extremadamente tenue.
Venus posee una atmósfera enormemente densa.
La Tierra tiene una atmósfera muy diferente de ambas.
En Mercurio, el calor puede escapar rápidamente durante la larga noche.
En Venus, una atmósfera dominada por dióxido de carbono produce un efecto invernadero extremo.
En la Tierra existe un efecto invernadero natural que ayuda a mantener temperaturas compatibles con el agua líquida y con la vida que conocemos.
Esto nos permite comprender algo muy sencillo:
tener atmósfera no es suficiente.
También importa qué atmósfera tiene un planeta.

Hasta ahora, quizá la característica más evidente de nuestro hogar sea el agua.
La Tierra posee océanos líquidos sobre su superficie.
Esto requiere condiciones adecuadas de temperatura y presión.
Demasiado frío y el agua se congela.
Demasiado calor y aumenta considerablemente su evaporación.
Pero en nuestro planeta encontramos agua en sus tres estados:
sólido, líquido y gaseoso.
Hielo en las montañas y regiones polares.
Agua líquida en océanos, lagos y ríos.
Y vapor de agua en la atmósfera.
Además, el agua está circulando continuamente.
Se evapora.
Forma nubes.
Cae como lluvia o nieve.
Alimenta ríos.
Regresa al océano.
Y el ciclo vuelve a comenzar.
La Tierra completa aproximadamente una rotación cada 24 horas.
Ese movimiento produce la sucesión que conocemos desde que nacimos:
día y noche.
Una parte del planeta queda iluminada por el Sol.
Después la rotación la lleva hacia la oscuridad.
Durante el día la superficie recibe energía.
Durante la noche comienza a perder parte de ella.
Nuestros cuerpos responden también a este ritmo.
Dormimos.
Despertamos.
Trabajamos.
Descansamos.
Muchos animales y plantas también organizan sus actividades alrededor del ciclo de luz y oscuridad.

El eje terrestre, la maravilla que permite las estaciones del año
Nuestro planeta tampoco gira completamente derecho.
Su eje está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Mientras la Tierra viaja alrededor del Sol, esa inclinación modifica la manera en que diferentes regiones reciben la luz solar.
Así aparecen nuestras estaciones:
primavera, verano, otoño e invierno.
No se producen principalmente porque durante el verano estemos mucho más cerca del Sol.
La inclinación del eje es la razón principal.
Una característica aparentemente pequeña termina influyendo en el clima, la agricultura, la duración de los días y numerosos ciclos naturales.
La Tierra posee una compañera:
la Luna.
Está, en promedio, aproximadamente a 384,400 kilómetros de nosotros.
Su gravedad participa en las mareas de nuestros océanos.
Además, la Luna contribuye a limitar grandes variaciones de la inclinación del eje terrestre durante largos períodos.
Otra vez encontramos una conexión.
La Luna influye en el eje.
El eje influye en las estaciones.
Las estaciones modifican la cantidad de energía solar que reciben distintas regiones.
Y esa energía participa en el clima.
Una cosa se relaciona con otra.
La Tierra posee suficiente masa para producir una importante atracción gravitacional.
Gracias a ella permanecemos sobre la superficie.
Los océanos permanecen ligados al planeta.
La atmósfera también permanece gravitacionalmente unida a la Tierra.
La lluvia cae.
Los ríos descienden.
Nuestros músculos y huesos funcionan permanentemente bajo esta gravedad.
Aquella fuerza invisible participa continuamente en nuestra vida.
La Tierra tiene también un campo magnético global.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una enorme región invisible alrededor de nuestro planeta.
Este campo interactúa con las partículas cargadas procedentes del Sol y ayuda a desviar muchas de ellas.
Cuando algunas partículas solares interactúan con la atmósfera cerca de las regiones polares, podemos contemplar las extraordinarias:
Luces verdes, rojas y violetas moviéndose sobre el cielo nocturno.
Un hermoso espectáculo producido por la interacción entre nuestro planeta y su estrella.
La Tierra no es un océano completo.
Aproximadamente el 29 % de su superficie corresponde a tierra firme.
Allí encontramos:
montañas,
praderas,
ríos,
lagos,
suelos fértiles,
y una enorme diversidad de ambientes.
Los continentes modifican los vientos.
Las montañas influyen en la lluvia.
Los ríos transportan agua.
Los suelos permiten el crecimiento de plantas.
Y las plantas sostienen innumerables formas de vida.
Aquí encontramos la característica que resulta más importante para nosotros.
Mire alrededor.
Aves.
Insectos.
Animales.
Personas.
En los océanos existe vida.
En los bosques existe vida.
En los desiertos existe vida.
En las montañas existe vida.
Incluso encontramos organismos viviendo en ambientes que para nosotros resultarían extremos.
La Tierra posee una extraordinaria diversidad de seres vivos ocupando prácticamente todos los ambientes donde las condiciones lo permiten.
Sería demasiado sencillo decir:
“La Tierra tiene vida porque tiene agua.”
El agua es indispensable.
Pero necesita determinadas temperaturas.
Las temperaturas dependen, entre otras cosas, de la energía solar y de la atmósfera.
La atmósfera está relacionada con la gravedad del planeta.
La rotación participa en la distribución del calor.
La inclinación produce estaciones.
La Luna influye sobre las mareas y sobre la estabilidad del eje.
El campo magnético interactúa con el viento solar.
Los océanos almacenan y transportan calor.
Los continentes participan en el clima y en el ciclo del agua.
De pronto comprendemos algo:
la Tierra no depende de una sola característica favorable.
Depende de muchas condiciones funcionando simultáneamente.
Ahora coloquemos mentalmente juntos los tres primeros planetas.
Pequeño.
Casi sin atmósfera.
Temperaturas extremadamente variables.
Una superficie llena de cráteres.
Casi del tamaño de la Tierra.
Atmósfera extremadamente densa.
Presión enorme.
Temperaturas de alrededor de 464 °C.

Océanos líquidos.
Atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno.
Temperaturas compatibles con los organismos que conocemos.
Un ciclo continuo del agua.
Continentes.
Luna.
Campo magnético.
Y una enorme diversidad de vida.
Tres mundos rocosos.
Relativamente próximos entre sí.
Y sin embargo…
completamente diferentes.
Podríamos pasar muchos artículos hablando solamente de la Tierra.
De hecho, hemos dedicado una serie completa a estudiar sus montañas, océanos, atmósfera, agua, gravedad, rotación, inclinación, Luna y otras características.
Por eso aquí no repetiremos todo aquel recorrido.
Nuestro propósito es simplemente mirar a la Tierra desde fuera, como uno de los planetas del Sistema Solar.
Y compararla con sus vecinos.
Cuando hacemos eso, nuestro hogar comienza a parecer todavía más extraordinario.
El profeta Isaías escribió unas palabras especialmente apropiadas cuando contemplamos nuestro planeta:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Isaías no estaba describiendo la composición de nuestra atmósfera.
No estaba calculando 150 millones de kilómetros hasta el Sol.
No hablaba de campos magnéticos ni de inclinación axial.
Su propósito era otro.
Pero para el creyente resulta hermoso leer:
“para que fuese habitada la creó”.
Hoy podemos estudiar científicamente numerosas características que participan precisamente en hacer habitable nuestro planeta.
Tenemos satélites que observan la Tierra.
Medimos las temperaturas.
Estudiamos los océanos.
Observamos las nubes.
Seguimos huracanes.
Medimos el campo magnético.
Estudiamos la atmósfera.
Conocemos la composición de las rocas.
Podemos mirar nuestro planeta desde el espacio.
Y existe algo especialmente emocionante en aquellas fotografías.
Allí está toda nuestra historia humana.
Cada ciudad.
Cada hogar.
Cada montaña que hemos escalado.
Cada océano que hemos cruzado.
Cada persona que conocemos.
Todo sobre una pequeña esfera azul flotando en la inmensidad.
El salmista escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David contemplaba el cielo desde la Tierra.
Nosotros hemos tenido la oportunidad de hacer algo que él jamás pudo hacer:
mirar la Tierra desde el cielo.
Y aquella imagen ha permitido a generaciones enteras contemplar nuestro hogar de una manera nueva.
Una esfera azul.
Cubierta por una atmósfera finísima.
Rodeada por la oscuridad del espacio.
Llena de vida.
Hasta ahora hemos visitado:
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Ahora continuaremos alejándonos del Sol.
Dejaremos atrás nuestro hogar.
Cruzaremos el espacio entre las órbitas.
Y llegaremos a otro pequeño mundo rocoso.
Un planeta cubierto de polvo rojizo.
Con enormes volcanes.
Gigantescos cañones.
Casquetes polares.
Y robots construidos en la Tierra recorriendo su superficie.
Nuestro siguiente destino será:
Pero antes de marcharnos, mire nuevamente nuestro planeta.
Océanos.
Continentes.
Nubes.
Atmósfera.
Agua.
Vida.
Y recuerde las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría;
La tierra está llena de tus beneficios.”
Salmo 104:24
Después de conocer a nuestros primeros vecinos planetarios, quizá podamos comprender un poco mejor algo que normalmente damos por sentado:
vivimos en un hogar verdaderamente extraordinario.
Libro recomendado

Escucha música con propósito