Cuando levantamos la mirada hacia el cielo durante una noche oscura, vemos estrellas dispersas sobre la bóveda celeste. Parecen pequeños puntos luminosos separados unos de otros. Sin embargo, esa imagen representa apenas una diminuta fracción de una realidad muchísimo mayor. Nuestro Sol, los planetas y todas las estrellas que podemos distinguir a simple vista pertenecen a una estructura gigantesca llamada galaxia.
Una galaxia es un enorme sistema formado por estrellas, gas, polvo y otros componentes unidos principalmente por la gravedad. Algunas contienen miles de millones de estrellas y las galaxias más grandes pueden contener cantidades todavía mayores. Pero incluso estas enormes estructuras no se encuentran solas: el universo observable contiene una cantidad extraordinaria de galaxias.
Las dimensiones son tan grandes que resulta difícil expresarlas mediante nuestras unidades cotidianas. Por eso los astrónomos utilizan frecuentemente el año luz, la distancia que recorre la luz durante un año. Y aun viajando aproximadamente a trescientos mil kilómetros por segundo, la luz necesita decenas de miles de años para atravesar algunas grandes galaxias.
Contemplar una galaxia significa encontrarnos frente a una escala que desafía nuestra imaginación.

La Tierra se encuentra dentro de una galaxia llamada Vía Láctea.
Nuestro Sol es solamente una de sus innumerables estrellas.
La Vía Láctea es una galaxia espiral barrada, con una estructura central y grandes brazos donde se encuentran estrellas, nubes de gas y regiones de formación estelar.
Su diámetro se estima en aproximadamente cien mil años luz, aunque su estructura exterior es más extensa y compleja.
Esto significa que un rayo de luz necesitaría alrededor de cien mil años para recorrer una distancia comparable al diámetro de su disco principal.
El sistema solar no está situado en el centro de la Vía Láctea.
Se encuentra a unos veintiséis mil años luz del centro galáctico, en una región asociada con el llamado brazo u espolón de Orión.
Nuestro Sol gira alrededor del centro de la galaxia junto con una inmensa cantidad de otras estrellas.
Todo aquello que constituye nuestra experiencia cotidiana —la Tierra, la Luna, los océanos, las montañas y toda la historia humana— ocurre alrededor de una estrella situada en una pequeña región de una estructura inmensamente mayor.
En lugares alejados de las luces de las ciudades puede observarse una banda blanquecina atravesando el cielo.
Esa es la razón por la que nuestra galaxia recibió el nombre de Vía Láctea.
Como estamos dentro de su disco, cuando miramos en determinadas direcciones observamos enormes cantidades de estrellas concentradas a lo largo de nuestra línea de visión.
A simple vista se mezclan formando una franja luminosa.
Estamos contemplando nuestra propia galaxia desde dentro.
Determinar exactamente cuántas estrellas existen en la Vía Láctea es difícil porque no podemos observarlas todas directamente.
Las estimaciones generalmente sitúan su población en cientos de miles de millones de estrellas.
Algunas son mayores que el Sol.
Otras son mucho menores.
Existen estrellas jóvenes, estrellas en etapas intermedias y objetos que representan diferentes fases finales de la vida estelar.
Nuestro Sol es una estrella entre una multitud que nuestra mente apenas puede imaginar.

Aquí las dimensiones se vuelven todavía más sorprendentes.
Durante gran parte de la historia, el ser humano desconocía que existieran otras galaxias semejantes a la nuestra.
Con el desarrollo de telescopios cada vez más poderosos se descubrió que muchos objetos nebulosos observados en el cielo eran, en realidad, galaxias completas situadas muchísimo más lejos.
Cada pequeño punto difuso podía contener cantidades inmensas de estrellas.
El universo conocido comenzó a parecer extraordinariamente mayor.
Una de las galaxias más conocidas es Andrómeda.
Se encuentra aproximadamente a dos millones y medio de años luz de nosotros.
En condiciones muy oscuras puede observarse a simple vista como una pequeña mancha.
Pero esa diminuta mancha es una enorme galaxia.
Cuando la contemplamos, nuestros ojos están recibiendo luz que comenzó su viaje hace alrededor de dos millones y medio de años.
Mirar profundamente hacia el espacio significa también mirar hacia el pasado.
La luz no llega instantáneamente.
Necesita tiempo para viajar.
La luz del Sol tarda aproximadamente ocho minutos y veinte segundos en llegar a la Tierra.
La de las estrellas cercanas tarda años.
La de galaxias lejanas puede tardar millones o miles de millones de años.
Por eso los telescopios funcionan, en cierto sentido, como máquinas para observar el pasado.
Cuanto más lejos miramos, más antigua es la luz que recibimos.
Los astrónomos clasifican las galaxias según diferentes características.
Muchas poseen formas espirales, con brazos que se extienden alrededor de una región central.
Otras son elípticas, con apariencias más redondeadas o alargadas.
También existen galaxias irregulares, que no presentan una estructura sencilla comparable con las anteriores.
La diversidad galáctica es enorme.
Las galaxias espirales se encuentran entre las imágenes más impresionantes obtenidas por los telescopios.
Poseen discos relativamente planos, regiones centrales y brazos espirales.
En esos brazos suelen encontrarse nubes de gas, polvo y numerosas regiones donde se forman estrellas.
Pero los brazos no son estructuras rígidas girando como las aspas de una rueda. La dinámica de una galaxia es mucho más compleja y las estrellas se desplazan dentro de su campo gravitacional.
Una galaxia contiene cantidades enormes de materia distribuidas a través de distancias inmensas.
La gravedad desempeña el papel fundamental de mantener relacionados sus componentes.
Las estrellas orbitan dentro del potencial gravitacional de la galaxia.
Nubes de gas se desplazan.
Cúmulos estelares viajan con ella.
Todo forma parte de una estructura dinámica.
Una galaxia no es una fotografía inmóvil, sino un sistema en movimiento.
En la región central de la Vía Láctea se encuentra un objeto conocido como Sagitario A*.
Las observaciones del movimiento de estrellas cercanas indican la presencia de un objeto extremadamente compacto con una masa de aproximadamente cuatro millones de veces la del Sol.
Se trata de un agujero negro supermasivo.
Y nuestra galaxia no es excepcional en este aspecto. Existen evidencias de agujeros negros supermasivos en los centros de numerosas galaxias.
Las galaxias tampoco están distribuidas simplemente de manera aislada.
La Vía Láctea pertenece a una colección conocida como Grupo Local.
En él se encuentran Andrómeda, la galaxia del Triángulo, las Nubes de Magallanes y numerosas galaxias más pequeñas.
La gravedad mantiene relaciones entre estos sistemas.
Una galaxia pertenece a un grupo; los grupos forman parte de estructuras todavía mayores.
Cuando los astrónomos estudian grandes regiones del universo descubren que las galaxias no están distribuidas uniformemente.
Aparecen agrupadas en cúmulos, filamentos y enormes estructuras, separadas por regiones relativamente vacías.
A gran escala, esta distribución recibe frecuentemente el nombre de red cósmica.
Pasamos así de planetas a sistemas solares, de sistemas solares a galaxias y de galaxias a estructuras que se extienden por distancias extraordinarias.
El ser humano solamente puede observar a simple vista una pequeña parte del universo.
Los telescopios cambiaron esa realidad.
Instrumentos instalados en la Tierra y en el espacio captan diferentes regiones del espectro electromagnético.
No solamente observamos luz visible.
También estudiamos ondas de radio, infrarrojo, ultravioleta, rayos X y otras formas de radiación.
Cada una revela aspectos diferentes del universo.

Algunas de las imágenes astronómicas más impresionantes se obtienen apuntando telescopios hacia regiones que parecen casi vacías.
Después de acumular luz durante largos períodos aparecen numerosos objetos.
Muchos no son estrellas individuales.
Son galaxias.
Cada una puede contener cantidades inmensas de estrellas.
Una pequeña ventana del cielo puede revelar una profundidad difícil de comprender.
No conocemos el número exacto.
Las estimaciones dependen de la profundidad de las observaciones, de qué objetos pueden detectarse y de cómo se extrapolan los datos.
Lo que podemos afirmar con seguridad es que el universo observable contiene una cantidad extraordinariamente grande de galaxias.
Y cada galaxia puede albergar desde millones hasta cientos de miles de millones de estrellas o incluso más, dependiendo de su tamaño.
Las cifras superan rápidamente nuestra capacidad intuitiva.
Hace aproximadamente tres mil años, David levantó los ojos hacia el cielo nocturno.
No tenía telescopio.
No conocía otras galaxias.
No sabía que la Vía Láctea contenía una multitud inmensa de estrellas.
Sin embargo, aquello que podía contemplar fue suficiente para llevarlo a una profunda reflexión:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)
Hoy podemos observar muchísimo más de lo que David contempló.
Y su pregunta parece todavía más impresionante.
El Salmo 147 declara:
“Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres.”
(Salmo 147:4)
Para nosotros contar las estrellas de nuestra propia galaxia resulta prácticamente imposible.
Y nuestra galaxia es solamente una entre una multitud.
Desde la perspectiva bíblica, la inmensidad no disminuye a Dios.
Hace todavía más impresionante la afirmación acerca de su conocimiento.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres.”
(Isaías 40:26)
Existe algo profundamente apropiado en esa invitación.
Levanta los ojos.
Mira.
Observa.
Pregunta.
Estudia.
Cuanto más poderosos se vuelven nuestros instrumentos, más grande parece el escenario que contemplamos.
Contemplar galaxias puede producir una sensación de pequeñez.
Nuestro planeta es pequeño comparado con el Sol.
El Sol es solamente una estrella dentro de la Vía Láctea.
La Vía Láctea es solamente una galaxia entre muchísimas otras.
Podríamos concluir que el ser humano carece de importancia.
Sin embargo, el Salmo 8 llega precisamente a la conclusión contraria.
David contempla la inmensidad y pregunta:
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
Su asombro no surge solamente porque el universo sea grande.
Surge porque el Dios que gobierna semejante inmensidad también conoce al ser humano.
Aquí las dimensiones astronómicas adquieren un significado profundamente personal.
Si Dios solamente fuera capaz de crear lo pequeño, las galaxias serían incomprensibles.
Si solamente se ocupara de lo grande, nosotros seríamos insignificantes.
Pero la revelación bíblica presenta ambas realidades.
El Dios que sostiene los cielos también conoce a cada persona.
Jesús expresó esta atención de una manera extraordinaria:
“Pues aun vuestros cabellos están todos contados.”
(Mateo 10:30)
Galaxias y cabellos.
Lo inmenso y lo diminuto.
Ambos aparecen dentro del conocimiento del Creador.
El Salmo 19 comienza con una de las declaraciones más conocidas de las Escrituras:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Hoy esa frase puede contemplarse desde una perspectiva que los observadores antiguos jamás pudieron imaginar.
Sabemos que detrás de muchos puntos de luz existen estrellas gigantescas.
Sabemos que nuestro Sol pertenece a una galaxia enorme.
Y sabemos que más allá existen incontables sistemas galácticos visibles mediante nuestros instrumentos.
Cada nuevo nivel de observación amplía nuestra percepción de la grandeza del cosmos.
La Biblia no pretende explicar galaxias espirales, espectros electromagnéticos, dinámica galáctica o años luz mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía y la astrofísica.
Pero las Escrituras sí invitan repetidamente al ser humano a levantar los ojos y contemplar los cielos.
La ciencia nos permite hacerlo hoy con una profundidad extraordinaria.
Podemos observar galaxias situadas a distancias enormes. Podemos estudiar la composición de estrellas cuya luz ha viajado durante millones de años. Podemos medir movimientos dentro de nuestra galaxia y descubrir estructuras que nuestros ojos jamás podrían detectar por sí solos.
Y cuanto más lejos observamos, más pequeña parece nuestra posición física dentro del universo.
Desde la perspectiva bíblica, precisamente allí aparece una de las verdades más hermosas de la creación: el Dios cuyo conocimiento alcanza galaxias, estrellas y distancias que nuestra mente apenas puede comprender también conoce nuestra existencia. Las galaxias no solamente nos hablan de inmensidad; nos invitan a contemplar la grandeza, el poder y el extraordinario conocimiento del Creador.
National Radio Astronomy Observatory — radioastronomía y estructura de la Vía Láctea
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Cuando cae la noche y levantamos la mirada hacia un cielo despejado, observamos pequeños puntos luminosos que parecen estar colocados sobre una enorme superficie oscura. Algunos brillan intensamente; otros apenas pueden distinguirse. A simple vista parecen diminutos. Sin embargo, la astronomía ha revelado una realidad extraordinaria: muchos de esos puntos son enormes estrellas, cuerpos celestes capaces de producir cantidades inmensas de energía y emitir luz a través del espacio.
Nuestro propio Sol es una estrella. Debido a su cercanía, podemos sentir su calor y observar cómo su energía sostiene innumerables procesos necesarios para la vida en la Tierra. Las demás estrellas se encuentran tan lejos que, aunque muchas son enormes y extraordinariamente luminosas, desde nuestro planeta parecen simples puntos.
Cuanto más hemos aprendido acerca de ellas, mayor ha sido el asombro. Temperaturas de miles de grados, masas enormes, campos magnéticos, espectros llenos de información y distancias tan grandes que necesitamos unidades especiales para describirlas. Las estrellas nos colocan frente a dimensiones que superan nuestra experiencia cotidiana y convierten el cielo nocturno en una extraordinaria invitación a contemplar la inmensidad de la creación.

Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste (Salmo 8:3-4)
Mucho antes de que existieran telescopios, espectroscopios u observatorios modernos, el rey David contempló el cielo y escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)
David no conocía las dimensiones físicas de las estrellas. No podía medir su temperatura ni determinar su composición química.
Pero comprendió algo que todavía experimentamos.
Contemplar el cielo cambia nuestra percepción de nosotros mismos.
La inmensidad produce humildad.
Durante el día, una estrella domina completamente nuestro cielo.
El Sol parece muy diferente de las estrellas nocturnas solamente porque se encuentra muchísimo más cerca de nosotros.
Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros. En su interior cabrían alrededor de un millón de planetas del volumen de la Tierra, aunque esta comparación es solamente volumétrica.
Sin embargo, el Sol tampoco es una de las estrellas más grandes conocidas.
Existen estrellas considerablemente mayores.
La escala comienza a resultar difícil de imaginar.

Una estrella no posee una superficie sólida semejante a la Tierra.
Está formada principalmente por plasma: materia tan caliente que una parte importante de sus átomos se encuentra ionizada.
En el Sol predominan hidrógeno y helio.
Su enorme gravedad mantiene reunido ese material.
Al mismo tiempo, las altas temperaturas internas producen condiciones donde ocurren reacciones nucleares que liberan cantidades extraordinarias de energía.
La estrella existe mediante un equilibrio entre fuerzas enormes.
En el centro del Sol, la temperatura alcanza aproximadamente quince millones de grados Celsius.
La presión es extraordinaria.
Bajo estas condiciones, núcleos de hidrógeno pueden participar en procesos de fusión nuclear que finalmente producen helio.
Una pequeña parte de la masa involucrada se convierte en energía.
La famosa ecuación de Einstein,
E = mc²
expresa la relación entre masa y energía.
Como la velocidad de la luz elevada al cuadrado representa una cantidad enorme, una pequeña cantidad de masa puede corresponder a una cantidad extraordinaria de energía.
El Sol transforma enormes cantidades de hidrógeno mediante sus procesos nucleares cada segundo.
Como resultado, aproximadamente cuatro millones de toneladas de masa por segundo equivalen a la energía que finalmente es liberada.
La cifra parece gigantesca.
Y lo es.
Sin embargo, la masa total del Sol es tan enorme que esta producción puede mantenerse durante períodos extremadamente prolongados.
Cada segundo, nuestro planeta recibe solamente una diminuta fracción de la energía emitida en todas direcciones.
Esa pequeña fracción es suficiente para sostener gran parte de los procesos energéticos de la superficie terrestre.
La energía producida en las regiones internas del Sol no simplemente atraviesa inmediatamente toda la estrella.
Debe desplazarse a través de capas de materia extraordinariamente densa.
Cuando finalmente alcanza la superficie visible y es emitida hacia el espacio, la radiación puede viajar libremente.
La luz se desplaza a aproximadamente 299,792 kilómetros por segundo en el vacío.
A pesar de esa velocidad extraordinaria, necesita unos ocho minutos y veinte segundos para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.
Cuando sentimos la luz solar, estamos recibiendo energía que salió del Sol varios minutos antes.
Aquí las dimensiones se vuelven todavía más impresionantes.
Después del Sol, el sistema estelar más cercano a nosotros es Alfa Centauri, cuya estrella individual más cercana, Próxima Centauri, se encuentra a aproximadamente 4.24 años luz.
Un año luz no es una medida de tiempo.
Es una medida de distancia.
Representa lo que la luz recorre durante un año: cerca de 9.46 billones de kilómetros.
Multipliquemos esa distancia por más de cuatro y apenas habremos llegado a nuestra vecina estelar más cercana después del Sol.
Este hecho produce una consecuencia fascinante.
Cuando observamos Próxima Centauri, la luz que entra en nuestros ojos comenzó su viaje hace más de cuatro años.
Si observamos una estrella situada a cien años luz, vemos luz que salió de ella hace aproximadamente cien años.
Los telescopios no solamente permiten observar objetos lejanos.
También reciben información que ha estado viajando durante diferentes períodos.
El cielo funciona como un inmenso archivo de luz.
No podemos viajar hasta las estrellas y recoger una muestra.
Sin embargo, podemos estudiar su luz.
Cuando la luz estelar se separa en sus diferentes longitudes de onda aparece un espectro.
Dentro de él existen líneas características relacionadas con determinados elementos químicos.
Los átomos interactúan con la radiación de maneras específicas.
Hidrógeno deja determinadas señales.
Helio deja otras.
Sodio, calcio, hierro y otros elementos producen patrones identificables.
Así podemos conocer parte de la composición de una estrella situada a distancias enormes simplemente estudiando la luz que llega hasta nosotros.
Este principio resulta extraordinario.
Un fotón puede abandonar una estrella, atravesar el espacio y terminar entrando en un telescopio.
La información contenida en esa radiación permite estudiar temperatura, composición, movimiento y otras propiedades del objeto que la produjo.
No podemos tocar la estrella.
Pero podemos interrogar su luz.

Nuestro sol también es una estrella
No todas las estrellas tienen exactamente el mismo color.
Algunas presentan tonalidades más rojizas.
Otras parecen blancas.
Otras muestran tonalidades azuladas.
Estas diferencias están relacionadas, entre otros factores, con la temperatura de sus superficies.
En términos generales, las estrellas azuladas poseen temperaturas superficiales mayores que las rojizas.
Esto puede parecer contrario a nuestra experiencia cotidiana, donde solemos asociar rojo con calor.
Pero la física de la radiación muestra una realidad diferente.
El Sol nos parece enorme porque domina nuestro sistema planetario.
Sin embargo, existen estrellas con radios muchas veces superiores.
Algunas estrellas gigantes y supergigantes alcanzarían dimensiones capaces de extenderse más allá de las órbitas de algunos planetas interiores si fueran colocadas en el centro de nuestro sistema solar.
Las comparaciones exactas dependen de la estrella y de las mediciones disponibles, pero la conclusión general resulta impresionante:
el universo contiene estrellas cuyas dimensiones superan enormemente a la nuestra.
También existen objetos estelares extremadamente compactos.
Las enanas blancas, por ejemplo, pueden contener una cantidad de masa comparable a una fracción importante de la masa del Sol dentro de un volumen aproximadamente semejante al de un planeta como la Tierra.
Las estrellas de neutrones llevan esta idea todavía más lejos.
Pueden contener más masa que el Sol dentro de una esfera de apenas unas decenas de kilómetros de diámetro.
La densidad alcanza valores difíciles de imaginar.
La materia de una estrella de neutrones está comprimida bajo condiciones extremas.
Una pequeña cantidad tendría una masa gigantesca si pudiera mantenerse en esas condiciones fuera de la estrella.
No se trata simplemente de una roca muy pesada.
Estamos hablando de materia sometida a presiones que reorganizan profundamente su estructura.
Las estrellas nos muestran que la materia puede existir bajo condiciones radicalmente diferentes de aquellas que experimentamos sobre la Tierra.
Una estrella contiene cantidades inmensas de materia.
Cada región es atraída gravitacionalmente hacia el centro.
Si solamente existiera gravedad, el material tendería a comprimirse.
Pero la energía y presión generadas en el interior se oponen a esa compresión.
Durante etapas estables, ambos efectos pueden mantenerse en un equilibrio denominado equilibrio hidrostático.
La estrella permanece como una enorme esfera porque fuerzas gigantescas se encuentran continuamente compensándose.
Nuestro Sol no solamente produce luz.
Su gravedad domina dinámicamente el sistema solar.
La Tierra, los demás planetas, asteroides, cometas y numerosos cuerpos permanecen ligados gravitacionalmente al sistema.
La misma ley física que hace caer un objeto hacia el suelo participa en el movimiento de planetas alrededor de una estrella.
Las escalas cambian.
Los principios permanecen.
El Sol tiene un complejo campo magnético.
Su actividad puede producir manchas solares, prominencias, llamaradas y eyecciones de masa coronal.
En ocasiones, partículas y radiación provenientes de esta actividad alcanzan el entorno terrestre.
Cuando partículas cargadas interactúan con el campo magnético y la atmósfera de nuestro planeta pueden producir fenómenos como las auroras.
Una actividad ocurrida a unos ciento cincuenta millones de kilómetros puede terminar produciendo luces sobre nuestros cielos.
A simple vista las estrellas parecen permanecer fijas unas respecto de otras durante una sola noche.
Sin embargo, están en movimiento.
Nuestro planeta gira.
La Tierra se desplaza alrededor del Sol.
El Sol se mueve dentro de la Vía Láctea.
Y las demás estrellas también poseen sus propios movimientos.
El cielo aparentemente inmóvil forma parte de una realidad extraordinariamente dinámica.
El Sol es solamente una estrella dentro de la Vía Láctea.
Las estimaciones actuales sitúan el número de estrellas de nuestra galaxia en decenas o cientos de miles de millones.
No conocemos una cifra exacta.
Pero incluso el límite inferior resulta difícil de imaginar.
Cada estrella que observamos forma parte de una estructura galáctica inmensa.
Más allá existen otras galaxias.
Algunas contienen enormes poblaciones de estrellas.
Los telescopios modernos han permitido observar galaxias situadas a distancias extraordinarias.
Así, la inmensidad no termina cuando contamos las estrellas de nuestra galaxia.
La Vía Láctea es solamente una entre una enorme población de galaxias observables.
Nuestra escala humana comienza a parecer diminuta.
El salmista escribió acerca de Dios:
“Él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres.”
(Salmo 147:4)
Para una persona de la antigüedad, las estrellas visibles ya parecían innumerables.
Hoy conocemos una realidad muchísimo mayor.
Nuestros telescopios revelan estrellas que ningún ojo humano podría distinguir individualmente desde la Tierra.
La afirmación del salmista adquiere entonces una dimensión extraordinaria: aquello que para nosotros resulta imposible de contar individualmente no supera el conocimiento del Creador.
En Génesis encontramos otra escena memorable.
Dios llevó a Abraham afuera y le dijo:
“Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar.”
(Génesis 15:5)
La fuerza de la imagen continúa funcionando miles de años después.
Salga una noche lejos de las luces de una ciudad.
Mire hacia arriba.
Intente contar.
Muy pronto comprenderá la imagen.
Y aquello que vemos a simple vista representa solamente una fracción diminuta de lo que existe.
Los seres humanos han agrupado visualmente estrellas formando constelaciones.
Estas figuras ayudaron históricamente a reconocer regiones del cielo, navegar y organizar observaciones.
Las estrellas que parecen próximas dentro de una constelación no necesariamente se encuentran físicamente cerca unas de otras.
Pueden estar separadas por enormes distancias.
La figura aparece debido a nuestra perspectiva desde la Tierra.
El libro de Job contiene una extraordinaria referencia:
“¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión?”
(Job 38:31)
Las Pléyades continúan siendo uno de los grupos estelares más reconocibles del cielo.
Orión continúa siendo una de las constelaciones más conocidas.
Generaciones enteras han levantado los ojos y observado las mismas regiones celestes mencionadas en este antiguo texto.
Existe aquí una importante lección de perspectiva.
Una estrella puede parecernos un punto diminuto.
No porque sea pequeña.
Sino porque está extraordinariamente lejos.
Nuestros sentidos no siempre revelan directamente las dimensiones reales de aquello que contemplamos.
La ciencia nos proporciona herramientas para mirar más allá de la apariencia.
El Sol emite energía en todas direcciones.
Nuestro planeta recibe solamente la pequeña fracción que cruza su sección frente a esa enorme esfera de radiación.
Aun así, esa energía impulsa el clima, permite la fotosíntesis y sostiene directa o indirectamente gran parte de las cadenas alimentarias.
La estrella que ocupa solamente una pequeña región de nuestro cielo proporciona energía a prácticamente toda la superficie del planeta.
La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente 149.6 millones de kilómetros.
La energía que recibimos depende, entre otros factores, de esa distancia.
La presencia de agua líquida sobre gran parte de nuestro planeta está relacionada con un conjunto de condiciones que incluye energía solar, atmósfera y características orbitales.
Nuestro Sol no es simplemente un objeto hermoso en el cielo.
Forma parte fundamental de las condiciones que permiten nuestra existencia.
El hidrógeno, carbono, oxígeno, calcio, hierro y otros elementos que forman nuestro cuerpo obedecen las mismas leyes físicas que los elementos observados en estrellas y otros objetos celestes.
La espectroscopia demuestra una sorprendente continuidad química entre nuestro mundo y el cosmos.
El hierro que podemos estudiar en un laboratorio produce patrones relacionados con los que identificamos mediante luz procedente de objetos celestes.
Las mismas leyes funcionan aquí y allá.
Esta característica merece detenernos.
Podemos utilizar matemáticas desarrolladas sobre la Tierra para describir órbitas celestes.
Podemos estudiar átomos en un laboratorio y reconocer sus señales en una estrella.
Podemos analizar gravedad, magnetismo y radiación mediante principios que funcionan a escalas enormes.
El universo no es simplemente inmenso.
También presenta un extraordinario grado de orden e inteligibilidad.
Mediante observaciones precisas, los astrónomos pueden medir variaciones en brillo, movimientos y espectros.
Algunas estrellas pulsan.
Otras forman sistemas dobles o múltiples.
Algunas pasan periódicamente frente a otra desde nuestra perspectiva.
Cada comportamiento proporciona información.
El cielo se convierte en un laboratorio donde la luz permite estudiar fenómenos físicos imposibles de reproducir completamente sobre la Tierra.
A pesar de todos los objetos extraordinarios descubiertos, el Sol continúa siendo la estrella que podemos estudiar con mayor detalle.
Podemos observar su superficie, medir oscilaciones, estudiar su espectro y registrar cambios magnéticos.
Comprenderlo ayuda también a comprender otras estrellas.
Pero para nosotros posee una importancia adicional.
Es nuestra estrella.
La vida cotidiana de nuestro planeta está profundamente ligada a ella.
No necesitamos un observatorio para comenzar a maravillarnos.
Basta alejarnos de las luces artificiales y levantar la mirada.
Cada punto luminoso tiene una historia física.
Cada color contiene información.
Cada distancia desafía nuestra imaginación.
Y aquello que nuestros ojos alcanzan a ver constituye solamente una pequeña parte del universo observable.
David contempló el cielo y no terminó hablando solamente de estrellas.
Terminó preguntando acerca del ser humano:
“¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”
(Salmo 8:4)
Esa quizá sea una de las consecuencias más profundas de estudiar astronomía.
Descubrimos cuán enorme es el universo.
Después miramos nuestras manos.
Nuestra casa.
Nuestro planeta.
Nuestra propia vida.
Y comprendemos nuestra pequeñez física.
El Salmo 19 comienza con una de las declaraciones más conocidas de las Escrituras:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
La Biblia no pretende explicar la espectroscopia, la física del plasma, la fusión nuclear o la estructura interna de las estrellas. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la astrofísica.
Las Escrituras nos invitan a contemplar algo diferente: qué significa que exista semejante realidad y qué nos revela acerca del Creador.
Una estrella puede encontrarse tan lejos que su luz necesite años para alcanzarnos. Puede ser cientos de veces más luminosa que nuestro Sol y, aun así, parecer simplemente un punto en el cielo.
Dentro de ella actúan gravedad, presión, campos magnéticos y procesos nucleares. De su luz podemos obtener información acerca de temperatura, movimiento y composición sin haber viajado jamás hasta ella.
Después ampliamos nuestra mirada y descubrimos que el Sol es solamente una estrella entre una cantidad inmensa dentro de la Vía Láctea, y que nuestra galaxia tampoco está sola.
Las dimensiones terminan superando nuestra capacidad intuitiva.
Y precisamente allí las palabras de Isaías adquieren una fuerza extraordinaria:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres.”
(Isaías 40:26)
Desde la perspectiva bíblica, estudiar las estrellas no disminuye el asombro; lo multiplica. Cada nuevo telescopio que alcanza más lejos, cada espectro que revela la composición de una estrella y cada medición que muestra dimensiones mayores nos recuerda que todavía estamos explorando una creación cuya grandeza apenas comenzamos a comprender.
Tal vez por eso una de las mejores maneras de terminar este artículo sea haciendo exactamente lo que Isaías recomendó hace tantos siglos:
Levantar los ojos.
Porque sobre nosotros continúa extendiéndose un cielo lleno de gigantes de luz que, silenciosamente, siguen anunciando la grandeza del Creador.
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Cada mañana ocurre algo tan cotidiano que fácilmente dejamos de maravillarnos. El cielo comienza a iluminarse, la temperatura aumenta, las plantas reciben energía para realizar fotosíntesis y millones de procesos biológicos se ponen en marcha. Todo esto depende de una estrella situada a unos ciento cincuenta millones de kilómetros de nosotros: el Sol.
A simple vista parece un disco brillante suspendido en el cielo. Sin embargo, en realidad es una enorme esfera de plasma cuyo diámetro ronda los 1.39 millones de kilómetros. Su masa representa casi toda la masa del sistema solar y su gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas en sus respectivas órbitas.
Pero su importancia para nosotros va mucho más allá de la astronomía. La energía solar participa en el clima, impulsa el ciclo del agua, permite la fotosíntesis y sostiene directa o indirectamente casi todas las cadenas alimentarias de la superficie terrestre. La vida en nuestro planeta depende profundamente de recibir del Sol una cantidad de energía extraordinariamente precisa y constante.

La Tierra se encuentra a una distancia media del Sol de aproximadamente 149.6 millones de kilómetros. Esa distancia es tan grande que la luz, viajando a unos 299,792 kilómetros por segundo, tarda alrededor de ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.
Cada vez que sentimos el calor del Sol estamos recibiendo energía que salió de su superficie varios minutos antes.
La distancia importa enormemente. La cantidad de energía recibida disminuye conforme aumenta la separación entre una estrella y un planeta. Por eso las condiciones térmicas de la Tierra dependen, entre otros factores, de su distancia al Sol, de las propiedades de nuestra atmósfera y de la manera en que océanos, continentes y nubes distribuyen la energía.
El Sol no está simplemente “allá arriba”. Forma parte directa de las condiciones físicas que hacen habitable nuestro mundo.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra. Está formado principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
El plasma aparece cuando la materia se encuentra a temperaturas tan altas que numerosos electrones dejan de permanecer ligados de la manera habitual a los núcleos atómicos.
Dentro del Sol, la materia está sometida a temperaturas y presiones enormes. Estas condiciones cambian profundamente su comportamiento.
Lo que observamos desde la Tierra como un disco brillante es únicamente la región exterior visible de una estructura mucho mayor.
En el núcleo solar, la temperatura alcanza aproximadamente quince millones de grados Celsius.
La presión también es extraordinaria.
Bajo estas condiciones, núcleos de hidrógeno participan en reacciones de fusión nuclear que finalmente producen helio.
Durante el proceso, una pequeña fracción de masa se transforma en energía.
La relación entre ambas está expresada en la ecuación:
E = mc²
Una cantidad muy pequeña de masa puede corresponder a una cantidad enorme de energía porque la velocidad de la luz elevada al cuadrado es gigantesca.

Cada segundo, enormes cantidades de hidrógeno participan en reacciones nucleares dentro del Sol.
Como resultado neto, aproximadamente cuatro millones de toneladas de masa por segundo equivalen a la energía liberada.
La cifra resulta difícil de imaginar.
Sin embargo, el Sol posee una masa de aproximadamente dos mil trillones de trillones de kilogramos.
Por eso esa enorme producción energética representa solamente una fracción diminuta de su masa total.
Lo impresionante no es solamente cuánto produce.
Es la estabilidad con la que puede hacerlo.
Toda la enorme masa del Sol ejerce gravedad.
La materia situada en las regiones externas es atraída hacia el centro.
Si solamente existiera esa fuerza, la estrella tendería a comprimirse.
Sin embargo, el interior extremadamente caliente genera presión hacia afuera.
Durante su estado estable, la gravedad y la presión interna mantienen un equilibrio conocido como equilibrio hidrostático.
La estrella permanece unida porque fuerzas extraordinarias se compensan continuamente.
La energía producida en el centro no atraviesa instantáneamente toda la estrella.
En las regiones internas, los fotones interactúan repetidamente con la materia.
Son absorbidos, reemitidos y desviados innumerables veces.
Más hacia el exterior, parte de la energía es transportada mediante movimientos de plasma caliente que asciende mientras material más frío desciende.
Finalmente, la energía alcanza las capas exteriores y puede escapar hacia el espacio como radiación.
El Sol que vemos es el resultado final de procesos que comenzaron muy dentro de la estrella.
La región visible se conoce como fotosfera.
Su temperatura es de aproximadamente cinco mil quinientos grados Celsius.
Aunque nosotros la describimos como superficie, no es una corteza sólida.
Es la región desde la cual gran parte de la luz visible escapa hacia el espacio.
Cuando observamos el Sol mediante instrumentos adecuados, su superficie presenta una textura granulada producida por movimientos del plasma.
Por encima de la fotosfera existen otras regiones, entre ellas la cromosfera y la corona.
La corona se extiende enormes distancias hacia el espacio y presenta un fenómeno que todavía resulta fascinante: puede alcanzar temperaturas de millones de grados, muy superiores a las de la fotosfera visible.
Comprender completamente cómo se calienta la corona continúa siendo un área activa de investigación.
Nuestra estrella más cercana todavía contiene preguntas sin resolver.

El Sol posee un poderoso y complejo campo magnético.
En determinadas regiones aparecen manchas solares, zonas que parecen oscuras porque son algo más frías que sus alrededores.
Estas manchas están asociadas con intensas concentraciones de campo magnético.
La actividad magnética puede producir llamaradas solares y grandes expulsiones de plasma conocidas como eyecciones de masa coronal.
El Sol no es una esfera tranquila de luz.
Es un sistema dinámico.
Cuando partículas cargadas procedentes del Sol llegan al entorno terrestre, interactúan con el campo magnético de nuestro planeta.
La magnetosfera desvía gran parte de ese material.
En regiones próximas a los polos, algunas partículas pueden interactuar con la atmósfera y producir las hermosas auroras.
Una llamarada que ocurre en una estrella situada a ciento cincuenta millones de kilómetros puede terminar creando cortinas de luz sobre nuestro cielo.
La relación entre el Sol y la Tierra no se limita a recibir luz.
Nuestra magnetosfera actúa como una barrera frente a gran parte del viento solar.
La atmósfera también absorbe y filtra diferentes tipos de radiación.
Sin estos sistemas protectores, las condiciones sobre la superficie terrestre serían muy diferentes.
La vida depende no solamente de recibir energía solar, sino también de estar protegida frente a determinados componentes de esa radiación y del flujo de partículas.
El Sol emite energía en muchas longitudes de onda.
Parte corresponde a luz visible.
También existen radiación infrarroja y ultravioleta, además de otras formas.
La atmósfera terrestre absorbe una parte importante de la radiación de alta energía.
El ozono, por ejemplo, reduce considerablemente la cantidad de radiación ultravioleta dañina que alcanza la superficie.
La energía solar llega hasta nosotros después de atravesar un sistema de filtros naturales.
Las plantas poseen moléculas capaces de captar parte de la energía solar.
Mediante la fotosíntesis, utilizan esa energía para producir compuestos químicos a partir de dióxido de carbono y agua.
El proceso libera oxígeno como producto.
La energía almacenada posteriormente puede pasar hacia animales que comen plantas y después hacia otros organismos.
Gran parte de la energía contenida en nuestros alimentos comenzó como luz solar.
Un árbol puede parecer completamente separado del Sol.
Sin embargo, sus hojas captan fotones.
La energía permite construir azúcares.
Esos compuestos contribuyen a formar madera, raíces, flores y frutos.
Un bosque completo representa, en cierto sentido, energía solar transformada en estructuras vivas.
La estrella situada en el cielo participa silenciosamente en la construcción de la biomasa terrestre.
El Sol calienta océanos, lagos y superficies húmedas.
Parte del agua se evapora.
El vapor asciende, se enfría y puede condensarse formando nubes.
Posteriormente cae nuevamente como lluvia o nieve.
Ríos y corrientes devuelven parte de esa agua hacia los océanos.
Sin energía solar, el ciclo hidrológico que abastece de agua dulce a grandes regiones del planeta sería radicalmente distinto.
El Sol no calienta uniformemente toda la superficie terrestre.
El ecuador recibe energía de manera diferente a las regiones polares.
Continentes y océanos también responden de forma distinta al calentamiento.
Estas diferencias contribuyen a producir cambios de presión atmosférica y movimientos de aire.
Por eso gran parte de la circulación atmosférica y del clima está impulsada directa o indirectamente por energía solar.
La energía química presente en materia orgánica tiene, en gran medida, relación con fotosíntesis previa.
Cuando utilizamos madera como combustible, liberamos parte de energía originalmente capturada de la luz.
En este sentido, innumerables procesos energéticos terrestres están ligados al Sol.
Nuestra estrella no solamente ilumina.
Alimenta sistemas enteros.
Demasiada energía produciría condiciones térmicas incompatibles con gran parte de la vida actual.
Muy poca convertiría enormes regiones en ambientes congelados.
La temperatura terrestre depende de múltiples factores, pero el flujo de energía solar constituye uno de los fundamentales.
La existencia de agua líquida sobre grandes regiones de nuestro planeta requiere condiciones cuidadosamente equilibradas.
El Sol participa directamente en ese equilibrio.
Las estaciones no ocurren principalmente porque la Tierra esté mucho más cerca o lejos del Sol durante distintas épocas.
Se producen sobre todo debido a la inclinación del eje terrestre.
Conforme nuestro planeta recorre su órbita, diferentes hemisferios reciben luz con distintos ángulos y duraciones.
Así aparecen verano, otoño, invierno y primavera.
El mismo Sol produce efectos diferentes dependiendo de la geometría de nuestro planeta.
La rotación terrestre crea ciclos de luz y oscuridad.
Muchos organismos poseen relojes biológicos internos asociados con esos ciclos.
Sueño, actividad, secreción hormonal, floración, migración y numerosos procesos pueden responder a la duración del día.
La luz solar no solamente aporta energía.
También funciona como señal temporal.
En los seres humanos, la luz que llega a la retina proporciona información al cerebro acerca del ciclo diario.
Esto ayuda a regular ritmos circadianos relacionados con sueño y vigilia.
La exposición a la luz durante el día participa en mantener sincronizado nuestro reloj interno.
Vivimos biológicamente relacionados con el movimiento aparente del Sol a través del cielo.
Cada mañana parece que el Sol sale por el este, atraviesa el cielo y se oculta por el oeste.
En realidad, gran parte de ese movimiento aparente se debe a la rotación de la Tierra.
Nuestro planeta completa aproximadamente una rotación cada veinticuatro horas.
La experiencia cotidiana de amanecer y atardecer es consecuencia de vivir sobre una esfera en movimiento.
Nuestro planeta se desplaza alrededor del Sol a una velocidad media cercana a treinta kilómetros por segundo.
Eso equivale a más de cien mil kilómetros por hora.
No sentimos directamente esa velocidad porque nosotros, la atmósfera y prácticamente todo lo que nos rodea participamos en el mismo movimiento.
Cada día que vivimos estamos viajando por el espacio.
El Sol se desplaza dentro de la Vía Láctea junto con todo el sistema solar.
Nuestra estrella orbita alrededor de la región central de la galaxia.
Por lo tanto, no existe una Tierra inmóvil alrededor de un Sol completamente inmóvil.
Estamos dentro de un sistema dinámico de movimientos superpuestos.
Podrían colocarse aproximadamente ciento nueve Tierras alineadas a lo largo del diámetro solar.
Por volumen, cabrían alrededor de un millón de Tierras dentro del Sol.
Y aun así, el Sol no es una de las mayores estrellas conocidas.
Esto nos proporciona una perspectiva interesante.
Aquello que domina completamente nuestro cielo es enorme respecto de nuestro planeta, pero forma parte de una realidad estelar mucho mayor.
El Sol no necesita ser la estrella más grande para ser la más importante en nuestra vida.
Es la estrella que calienta nuestros océanos.
La que ilumina nuestros días.
La que permite la fotosíntesis.
La que impulsa gran parte del clima.
La que marca los ciclos cotidianos de innumerables organismos.
Su importancia no depende de superar a todas las demás estrellas.
Depende de su relación con nuestro planeta.
El libro de Génesis declara:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas.”
(Génesis 1:16)
El propósito del texto bíblico no es ofrecer una explicación de física nuclear.
Describe el Sol dentro del orden de la creación y de su función respecto de la Tierra.
Para quien vive sobre nuestro planeta, ninguna otra estrella gobierna visualmente el día como lo hace el Sol.
El Salmo 19 utiliza una poderosa imagen:
“En ellos puso tabernáculo para el sol; y éste, como esposo que sale de su tálamo, se alegra cual gigante para correr el camino.”
(Salmo 19:4-5)
El lenguaje es poético.
Describe aquello que una persona contempla desde la Tierra: la aparición diaria del Sol y su recorrido aparente por el cielo.
Generaciones enteras han observado el mismo amanecer.
Precisamente porque el Sol es tan impresionante, muchas civilizaciones antiguas llegaron a adorarlo.
La perspectiva bíblica es radicalmente diferente.
El Sol no es Dios.
Es creación.
Su grandeza apunta más allá de sí mismo hacia Aquel que lo hizo.
La criatura no reemplaza al Creador.
Ni siquiera podemos observar directamente el disco solar sin protección adecuada para nuestros ojos.
Su brillo es demasiado intenso.
A pesar de encontrarse a ciento cincuenta millones de kilómetros, la energía que llega hasta nosotros puede dañar la retina si se contempla directamente.
Una estrella distante continúa siendo físicamente poderosa sobre nuestro pequeño planeta.
En la Tierra necesitamos enormes instalaciones para producir cantidades relativamente pequeñas de energía mediante reacciones nucleares controladas.
El Sol mantiene naturalmente procesos de fusión en una escala inconcebiblemente mayor.
Esto no significa que funcione como un reactor humano convencional.
Las condiciones físicas son profundamente diferentes.
Pero la comparación ayuda a comprender la magnitud del fenómeno.
Sobre nuestras cabezas existe una fuente de energía cuya potencia supera todo lo que nuestra civilización puede producir.
No necesitamos transportar combustible hasta el Sol.
No encendemos la estrella cada día.
La luz llega continuamente.
Nuestros paneles solares pueden transformar una parte en electricidad.
Las plantas la convierten en energía química.
Los océanos absorben parte como calor.
El planeta entero responde.
Cada amanecer representa la llegada de una corriente gigantesca de energía.
El Salmo 19 comienza declarando:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Conocer el funcionamiento del Sol no disminuye esa afirmación.
La vuelve más impresionante.
David veía una luz poderosa atravesando el cielo.
Nosotros podemos estudiar su masa, temperatura, composición, espectro, campos magnéticos y producción energética.
El conocimiento científico permite contemplar dimensiones que nuestros ojos no pueden percibir directamente.
La Biblia no pretende describir la fusión nuclear, el plasma, el equilibrio hidrostático o la transferencia radiativa. Estas preguntas corresponden a la física solar y a la astrofísica.
Las Escrituras nos invitan a observar la creación y reconocer la sabiduría manifestada en ella.
El salmista escribió:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; la tierra está llena de tus beneficios.”
(Salmo 104:24)
El Sol constituye una magnífica oportunidad para contemplar esas palabras. En su núcleo ocurren reacciones nucleares bajo temperaturas de millones de grados. La energía atraviesa diferentes regiones de la estrella, escapa al espacio y, unos ocho minutos después, una pequeña parte alcanza nuestro planeta.
Esa energía calienta océanos, mueve la atmósfera, participa en el ciclo del agua y permite que las plantas capturen luz para producir alimento. Nuestra atmósfera y campo magnético, a su vez, ayudan a proteger la superficie de componentes potencialmente dañinos procedentes del entorno solar.
Numerosos sistemas distintos terminan conectados con una sola estrella.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta profundamente nuestra admiración. El Sol nos recuerda que la sabiduría del Creador puede contemplarse cada mañana en algo tan familiar que fácilmente dejamos de verlo: una estrella gigantesca situada a una distancia extraordinaria, cuya luz llega hasta un pequeño planeta y contribuye silenciosamente a sostener prácticamente toda la vida que conocemos.
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Cada noche despejada aparece sobre nosotros un objeto familiar que ha acompañado a la humanidad desde tiempos antiguos. A veces se muestra como un delgado arco de luz; otras, como un disco brillante que domina el cielo nocturno. Su presencia ha servido para medir tiempos, orientar calendarios, inspirar poesía y despertar preguntas acerca del mundo que nos rodea. Se trata de la Luna, el único satélite natural de la Tierra.
Aunque desde nuestro planeta parece relativamente cercana y pequeña, la Luna es un mundo completo. Tiene montañas, llanuras, cráteres y enormes regiones cubiertas por polvo y roca. Se encuentra a una distancia media de unos 384,400 kilómetros de la Tierra y tarda poco más de veintisiete días en completar una órbita respecto de las estrellas, aunque el ciclo de fases que observamos dura aproximadamente veintinueve días y medio.
Su importancia no se limita a iluminar las noches. La gravedad lunar participa en las mareas, su movimiento ayuda a organizar ciclos que han acompañado a numerosas culturas y su relación con la Tierra constituye uno de los sistemas más reconocibles del cielo. La Luna no produce su propia luz visible; refleja la luz del Sol y convierte esa iluminación en uno de los espectáculos más hermosos de la noche.

El libro de Génesis declara:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche.”
(Génesis 1:16)
Desde la perspectiva de alguien que observa desde la Tierra, la descripción resulta inmediata. El Sol domina el día y la Luna ocupa un lugar especial durante la noche, aunque también puede verse a veces durante horas diurnas.
La Luna no brilla porque produzca energía como una estrella. Su superficie refleja parte de la luz que recibe del Sol.
Cada fase lunar depende de la posición relativa entre Sol, Tierra y Luna.
Una idea equivocada bastante común es pensar que las fases de la Luna se producen porque la sombra de la Tierra cubre gradualmente su superficie.
Eso solamente ocurre durante un eclipse lunar.
Las fases normales aparecen porque desde la Tierra observamos diferentes proporciones de la mitad lunar iluminada por el Sol.
La Luna siempre tiene aproximadamente una mitad iluminada y otra en oscuridad.
Lo que cambia es cuánto de esa mitad iluminada podemos ver desde nuestra posición.
Cuando la Luna se encuentra aproximadamente entre la Tierra y el Sol, la región iluminada queda mayormente orientada en dirección opuesta a nosotros. Entonces ocurre la Luna nueva y puede resultar difícil observarla.
Conforme avanza en su órbita, aparece una delgada porción iluminada.
Después vemos el cuarto creciente.
Más tarde una parte todavía mayor.
Finalmente, cuando la Tierra se encuentra aproximadamente entre el Sol y la Luna, vemos casi toda la cara iluminada.
Entonces aparece la Luna llena.
Después el proceso ocurre en sentido inverso.
El ciclo completo de fases dura aproximadamente 29.5 días.
Este período ha tenido una importancia enorme en la medición del tiempo.
La palabra “mes” en muchas culturas está históricamente relacionada con ciclos lunares.
Los calendarios hebreos y otros calendarios tradicionales han utilizado la observación lunar para organizar meses y festividades.
Mucho antes de los relojes modernos, el cielo proporcionaba señales regulares.
El Salmo 104 declara:
“Hizo la luna para los tiempos; el sol conoce su ocaso.”
(Salmo 104:19)
La expresión refleja precisamente una de sus funciones más evidentes para el ser humano: proporcionar ciclos observables.
Una persona puede mirar la forma de la Luna y conocer aproximadamente en qué parte del mes lunar se encuentra.
El cielo se convierte así en calendario.
Una de las características más fascinantes de la Luna es que desde la Tierra observamos prácticamente siempre la misma cara.
Esto no significa que la Luna no gire.
Sí gira sobre su propio eje.
Lo extraordinario es que tarda aproximadamente el mismo tiempo en realizar una rotación que en completar una órbita alrededor de la Tierra.
Este fenómeno se conoce como rotación síncrona.
Podemos comprenderlo imaginando a una persona caminando alrededor de otra mientras mantiene siempre el rostro orientado hacia ella.
Para conseguirlo tiene que girar gradualmente mientras recorre el círculo.
La Luna hace algo semejante.
Si no girara sobre sí misma, durante cada órbita veríamos progresivamente todas sus caras.
Como rota una vez durante cada recorrido, la misma región permanece orientada hacia nuestro planeta.
Por esta razón hablamos a veces del “lado oscuro de la Luna”.
La expresión puede resultar engañosa.
La cara que no vemos desde la Tierra también recibe luz solar.
Experimenta día y noche igual que la cara visible.
Lo correcto sería hablar de la cara oculta o cara lejana.
Las naves espaciales permitieron observarla directamente y descubrir un paisaje bastante diferente del lado que vemos habitualmente.

La superficie lunar contiene enormes cantidades de cráteres.
Muchos fueron producidos por impactos de objetos procedentes del espacio.
La Luna carece de una atmósfera densa como la nuestra, por lo que pequeños cuerpos no son frenados o destruidos del mismo modo antes de alcanzar la superficie.
Además, no posee lluvia, ríos ni viento atmosférico capaces de erosionar rápidamente esas marcas.
Por eso numerosos cráteres permanecen claramente visibles.
Las regiones oscuras que podemos distinguir desde la Tierra reciben el nombre de mares lunares, aunque no contienen océanos de agua líquida.
El nombre proviene de antiguos observadores que imaginaron que podían tratarse de grandes masas de agua.
En realidad, son extensas llanuras de roca volcánica más oscura.
Las regiones más claras contienen terrenos montañosos y numerosos cráteres.
A simple vista, esas diferencias producen los patrones que durante siglos inspiraron figuras como “el hombre en la Luna”.
La superficie está cubierta por una capa de material fragmentado conocida como regolito lunar.
Incluye polvo, pequeños fragmentos de roca y material producido por innumerables impactos.
Este polvo posee características que causaron dificultades incluso a los astronautas.
Puede adherirse a superficies, equipos y trajes.
Un paisaje que desde la Tierra parece suave y brillante está cubierto por partículas ásperas y finas.
La Luna posee una exosfera extremadamente tenue, pero nada comparable con la atmósfera terrestre.
Esto produce consecuencias importantes.
No hay aire respirable.
No existen nubes semejantes a las nuestras.
El sonido no puede propagarse por la superficie de la misma manera que en la Tierra porque casi no existe medio gaseoso para transportarlo.
Un astronauta fuera de su nave no escucharía directamente los sonidos externos a través del espacio.
La imagen resulta extraordinaria.
Dos astronautas podrían encontrarse muy cerca sobre la superficie lunar.
Sin sistemas de radio, no escucharían sus voces transmitidas por el aire exterior.
Necesitan comunicación electrónica.
El paisaje lunar no solamente parece silencioso.
Físicamente carece de una atmósfera capaz de transportar sonido de la manera habitual.
La falta de una atmósfera significativa también limita la distribución de calor.
Durante el día lunar, ciertas regiones pueden alcanzar temperaturas muy elevadas.
Durante la noche, pueden descender enormemente.
Un día y una noche lunares duran mucho más que los nuestros, porque el ciclo entre amaneceres sucesivos dura aproximadamente veintinueve días y medio terrestres.
La superficie puede permanecer expuesta al Sol durante períodos prolongados y después pasar largos intervalos en oscuridad.
Sobre la Tierra, el cielo diurno parece azul porque las moléculas de nuestra atmósfera dispersan la luz solar.
En la Luna casi no existe atmósfera para producir ese efecto.
Por eso, incluso con el Sol sobre el horizonte, el cielo aparece negro.
La superficie puede estar brillantemente iluminada mientras sobre ella se extiende una oscuridad casi absoluta.
La gravedad en la superficie lunar es aproximadamente una sexta parte de la gravedad terrestre.
Una persona que pesa sesenta kilogramos de masa continúa teniendo la misma masa en la Luna, pero su peso sería aproximadamente una sexta parte del que experimenta sobre la Tierra.
Por eso los astronautas podían realizar movimientos y saltos que parecerían extraños en nuestro planeta.
La gravedad continúa actuando, pero con menor intensidad.
Una de las influencias más evidentes de la Luna sobre la Tierra ocurre en los océanos.
Su gravedad ejerce una atracción diferente sobre distintas regiones de nuestro planeta.
Esto contribuye a producir las mareas.
El Sol también participa en ellas, pero la Luna posee una influencia especialmente importante debido a su cercanía.
El movimiento periódico del nivel del mar está relacionado con la geometría entre Tierra, Luna y Sol.
La explicación de las mareas es más compleja que decir simplemente que la Luna “jala el agua hacia ella”.
Las diferencias de gravedad a través de la Tierra producen efectos de marea.
De manera simplificada, aparecen regiones de mayor nivel oceánico tanto en el lado aproximadamente orientado hacia la Luna como en el lado opuesto.
Como la Tierra gira dentro de este sistema, muchas costas experimentan ciclos de pleamar y bajamar.
La forma de los continentes y del fondo oceánico modifica enormemente el resultado local.

El eclipse solar
Durante Luna nueva y Luna llena, Sol, Tierra y Luna se encuentran aproximadamente alineados.
Las influencias gravitatorias del Sol y de la Luna sobre las mareas se combinan más fuertemente.
Entonces aparecen las llamadas mareas vivas, con diferencias generalmente mayores entre pleamar y bajamar.
Durante los cuartos lunares, la geometría cambia y aparecen mareas muertas, normalmente menos extremas.
El cielo y los océanos están relacionados mediante gravedad.
La interacción gravitatoria entre la Tierra y la Luna influye en la dinámica de rotación de nuestro planeta.
La presencia de un satélite relativamente grande contribuye a limitar grandes variaciones en la inclinación del eje terrestre.
Esto tiene importancia porque el ángulo del eje influye profundamente en la distribución de la luz solar y en las estaciones.
La Luna no solamente produce una hermosa vista nocturna.
Forma parte de la dinámica física del sistema terrestre.
La Luna es grande en relación con la Tierra comparada con muchos sistemas de planeta y satélite.
Su diámetro es de aproximadamente 3,474 kilómetros, un poco más de una cuarta parte del diámetro terrestre.
Esta proporción contribuye a algunas de las características llamativas de nuestro cielo.
Entre ellas se encuentra uno de los espectáculos más extraordinarios que podemos observar:
los eclipses solares totales.
El diámetro del Sol es aproximadamente cuatrocientas veces mayor que el de la Luna.
Pero el Sol también se encuentra aproximadamente cuatrocientas veces más lejos de nosotros que la Luna.
Como resultado, ambos pueden presentar tamaños aparentes muy semejantes en nuestro cielo.
Durante determinadas alineaciones, la Luna puede cubrir casi exactamente el disco visible del Sol.
Entonces aparece un eclipse solar total.
Durante un eclipse total, la Luna pasa entre la Tierra y el Sol.
Su sombra recorre una región relativamente estrecha de nuestro planeta.
Desde dentro de esa zona, el disco solar queda cubierto y puede hacerse visible la corona exterior del Sol.
El cielo se oscurece.
Las temperaturas pueden descender.
Algunos animales modifican temporalmente su comportamiento.
Una alineación entre tres cuerpos produce uno de los espectáculos más impresionantes de la naturaleza.
Si la Luna pasa regularmente entre la Tierra y el Sol, podría parecer que debería existir un eclipse solar todos los meses.
No ocurre así porque la órbita lunar está inclinada aproximadamente cinco grados respecto del plano de la órbita terrestre alrededor del Sol.
La mayoría de las veces la Luna pasa un poco por encima o por debajo de la alineación exacta.
Solamente cuando las geometrías coinciden apropiadamente ocurre un eclipse.
Durante un eclipse lunar ocurre lo contrario.
La Tierra queda entre el Sol y la Luna.
La sombra terrestre alcanza la superficie lunar.
Durante un eclipse total, la Luna puede adquirir una tonalidad rojiza porque parte de la luz solar atraviesa la atmósfera de nuestro planeta, donde las longitudes de onda más rojizas pueden ser desviadas hacia la sombra.
La atmósfera de la Tierra termina coloreando temporalmente a la Luna.
Aunque la Luna llena parece extraordinariamente brillante en una noche oscura, su superficie refleja solamente una fracción de la luz que recibe.
Su suelo es relativamente oscuro.
El contraste con el cielo nocturno hace que parezca mucho más brillante.
Esto demuestra nuevamente cómo nuestra percepción depende del entorno.
Este punto resulta especialmente hermoso para el enfoque de Cristopedia.
La Luna no genera la luz que admiramos.
La recibe.
Después refleja una parte hacia nosotros.
Su belleza nocturna depende de una fuente situada mucho más lejos: el Sol.
Podemos verla precisamente porque está iluminada.
Durante siglos, las personas solamente pudieron contemplar la Luna desde la Tierra.
El telescopio permitió observar montañas y cráteres con mayor detalle.
Posteriormente llegaron sondas espaciales.
Y el veinte de julio de 1969, la misión Apollo 11 logró que seres humanos caminaran por primera vez sobre su superficie.
Neil Armstrong y Buzz Aldrin descendieron mientras Michael Collins permanecía en órbita.
Como casi no existe atmósfera, lluvia o viento, las huellas dejadas por astronautas no se borran de la manera que ocurriría sobre una playa terrestre.
Pueden ser alteradas por impactos microscópicos y otros procesos, pero no existe erosión meteorológica normal.
Una huella humana puede permanecer sobre el regolito durante períodos extremadamente prolongados.
Las misiones Apollo trajeron a la Tierra cientos de kilogramos de muestras lunares.
Estas rocas permitieron estudiar directamente minerales, composición y características de la superficie.
Lo que durante siglos fue solamente un disco en el cielo llegó finalmente a nuestros laboratorios en forma de muestras físicas.
La ciencia pasó de observar luz reflejada a tocar literalmente material lunar.
A pesar de todo lo aprendido, continúa siendo objeto de investigación.
Misiones modernas han identificado hielo de agua en regiones permanentemente sombreadas cerca de los polos.
Esos depósitos resultan especialmente interesantes para futuras misiones porque el agua podría utilizarse para consumo, producción de oxígeno y posiblemente obtención de hidrógeno para combustible.
Nuestro vecino celeste todavía guarda recursos y preguntas por estudiar.
Ciertos cráteres próximos a los polos poseen regiones que permanecen en sombra permanente debido a la baja inclinación del eje lunar.
Las temperaturas allí pueden ser extremadamente bajas.
Es precisamente en estas regiones donde se han encontrado evidencias importantes de hielo.
Incluso sobre un mundo aparentemente seco, la ubicación y geometría pueden crear condiciones muy distintas.
Aunque la mayoría de nosotros no pensamos diariamente en ella, la Luna participa en numerosos aspectos del mundo que conocemos.
Las mareas afectan ecosistemas costeros.
Su ciclo ha organizado calendarios.
Su luz nocturna influye en el comportamiento de diferentes animales.
Y su presencia ha acompañado innumerables acontecimientos de la historia humana.
Generaciones enteras han contemplado el mismo objeto.
Cuando Abraham miró hacia el cielo, contempló la Luna.
David la observó.
Los profetas la vieron.
Jesús caminó bajo noches iluminadas por ella.
Nosotros levantamos los ojos miles de años después y observamos el mismo satélite.
Existen pocos objetos visibles que conecten de manera tan inmediata a generaciones separadas por siglos.
El Salmo 8 declara:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
(Salmo 8:3-4)
El efecto de contemplarla continúa siendo semejante.
Podemos conocer ahora su diámetro.
Medimos su distancia.
Hemos caminado sobre ella.
Conocemos su gravedad y composición.
Sin embargo, continúa produciendo asombro.
La ciencia no necesita competir con la contemplación.
Saber que la Luna refleja luz solar no hace menos hermoso un claro de luna.
Comprender las mareas no reduce el asombro de observarlas.
Conocer la geometría de un eclipse no impide quedar impresionados cuando el Sol desaparece detrás del disco lunar.
En muchos casos ocurre precisamente lo contrario.
Cuanto más comprendemos, más cosas encontramos para admirar.
La Biblia no pretende explicar la mecánica orbital, la geología lunar o las fuerzas de marea mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la geología planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar la creación y reconocer la sabiduría del Dios que la hizo.
El salmista escribió:
“Tuyos son los cielos, tuya también la tierra; el mundo y su plenitud, tú lo fundaste.”
(Salmo 89:11)
La Luna constituye una hermosa oportunidad para esa contemplación. Se mueve alrededor de nuestro planeta siguiendo una órbita regular. Refleja la luz del Sol, marca un ciclo fácilmente observable, participa gravitacionalmente en las mareas y presenta una geometría extraordinaria que permite espectáculos como los eclipses.
Su superficie está cubierta de montañas, llanuras y cráteres. Su gravedad es menor que la nuestra. Su cielo permanece negro aun durante el día. No posee océanos, bosques ni una atmósfera respirable. Y, sin embargo, desde nuestro planeta aparece cada noche como uno de los objetos más hermosos del cielo.
Desde la perspectiva bíblica, conocer todos estos detalles aumenta nuestra admiración. La Luna nos recuerda que la grandeza de la creación no siempre necesita producir su propia luz. A veces basta con recibirla y reflejarla. Cada noche, ese mundo silencioso situado a cientos de miles de kilómetros continúa iluminando nuestro cielo y recordándonos el orden, la belleza y la sabiduría presentes en la obra del Creador.
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Cuando observamos el cielo nocturno a simple vista, algunos puntos luminosos parecen estrellas, pero se comportan de manera diferente. Cambian lentamente de posición respecto del fondo estelar y siguen trayectorias regulares a lo largo del cielo. Desde tiempos antiguos llamaron la atención de los observadores, y hoy sabemos que varios de esos objetos son planetas, mundos que orbitan alrededor del Sol junto con la Tierra.
Nuestro sistema solar contiene ocho planetas principales: Mercurio, Venus, Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Cada uno posee características extraordinariamente diferentes. Algunos son pequeños y rocosos; otros son gigantes formados principalmente por gases y fluidos. Unos tienen atmósferas densas, otros casi carecen de ellas. Algunos poseen numerosos satélites y otros ninguno conocido.
Lo sorprendente es que todos se encuentran gobernados por las mismas leyes físicas. La gravedad mantiene sus órbitas, la energía del Sol influye de manera diferente según la distancia y cada planeta responde de acuerdo con su masa, composición, atmósfera y movimiento. Ocho mundos profundamente distintos forman parte de un mismo sistema extraordinariamente ordenado.

El libro de Génesis declara:
“Hizo también las estrellas.”
(Génesis 1:16)
Y el salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Nuestro sistema solar constituye una pequeña región dentro de esa inmensidad. En el centro se encuentra el Sol, que concentra casi toda la masa del sistema. Su gravedad domina el movimiento de los planetas y los mantiene siguiendo trayectorias alrededor de él.
Cada planeta avanza constantemente. No está suspendido inmóvil en el espacio. Se desplaza a grandes velocidades mientras la gravedad solar curva continuamente su trayectoria.
Un planeta posee movimiento hacia adelante, pero al mismo tiempo la gravedad del Sol lo atrae.
El resultado es una órbita.
Podemos imaginarlo de manera sencilla. Si un objeto pudiera lanzarse horizontalmente desde una gran altura con suficiente velocidad, mientras cae la superficie de la Tierra también se curvaría debajo de él. En determinadas condiciones podría continuar cayendo sin alcanzar nunca el suelo.
Eso es, en esencia, una órbita.
Los planetas están continuamente cayendo alrededor del Sol.
Los planetas más cercanos al Sol completan sus órbitas más rápidamente que los que se encuentran lejos.
Mercurio tarda solamente unos ochenta y ocho días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Neptuno tarda alrededor de ciento sesenta y cinco años terrestres.
El significado de “un año” cambia dependiendo del planeta.
Un año no es una cantidad universal de días.
Es el tiempo que un mundo tarda en completar su órbita alrededor de su estrella.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el más pequeño de los ocho planetas principales.
Su superficie está cubierta de numerosos cráteres y recuerda en ciertos aspectos a la Luna.
Posee una atmósfera extremadamente tenue, por lo que no distribuye eficazmente el calor entre el día y la noche.
Las diferencias de temperatura pueden ser enormes.
Durante el día, las regiones iluminadas pueden alcanzar temperaturas muy elevadas. Durante la noche pueden enfriarse intensamente.
Estar cerca del Sol no significa mantener una temperatura uniforme.
Venus es el segundo planeta desde el Sol y posee un tamaño parecido al de la Tierra.
Sin embargo, las semejanzas terminan rápidamente.
Su atmósfera es extremadamente densa y está formada principalmente por dióxido de carbono. Además posee nubes que contienen ácido sulfúrico.
La atmósfera produce un efecto invernadero intensísimo.
Por esta razón, Venus es más caliente que Mercurio, aunque Mercurio se encuentre más cerca del Sol.
La temperatura de un planeta depende de mucho más que su distancia a una estrella.
En la superficie de Venus, la presión atmosférica es aproximadamente noventa veces mayor que la terrestre al nivel del mar.
Una nave que descienda hasta allí debe soportar simultáneamente temperaturas extremadamente altas y una enorme presión.
Las sondas que han llegado a su superficie han funcionado solamente durante tiempos limitados.
Venus demuestra cuánto puede transformar una atmósfera las condiciones de un planeta.
El tercer planeta es nuestro hogar.
La Tierra posee océanos de agua líquida, continentes, atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno, un campo magnético global y una enorme diversidad de ambientes.
Su superficie mantiene condiciones donde el agua puede existir como hielo, líquido y vapor.
Esta característica resulta fundamental para el ciclo hidrológico.
Además, la atmósfera ayuda a distribuir calor y protege la superficie frente a diferentes formas de radiación.
Aproximadamente setenta por ciento de la superficie terrestre está cubierta por océanos.
Desde el espacio, la Tierra aparece predominantemente azul.
El agua participa en la regulación térmica, el transporte de nutrientes y numerosos procesos biológicos.
También interviene en el clima y en la formación de nubes.
Nuestro planeta no es simplemente una esfera rocosa con agua encima.
Es un sistema donde océanos, atmósfera, suelo y vida interactúan continuamente.
Marte recibe su color rojizo principalmente de minerales ricos en hierro presentes en su superficie.
Posee una atmósfera muy tenue, formada sobre todo por dióxido de carbono.
Es un planeta frío.
Sin embargo, su superficie contiene montañas, cráteres, enormes volcanes y sistemas de cañones.
Uno de ellos, Valles Marineris, se extiende miles de kilómetros.
Marte alberga Olympus Mons, un enorme volcán cuya altura supera ampliamente a la del monte Everest medida desde el nivel del mar terrestre.
Su base cubre una región gigantesca.
La gravedad marciana es menor que la terrestre, lo que influye en las dimensiones que pueden alcanzar ciertas estructuras.
Un paisaje que parece desértico contiene algunas de las formaciones geológicas más enormes conocidas entre los planetas.

Después de Marte comienza una región dominada por mundos mucho mayores.
Júpiter es el planeta más grande del sistema solar.
Su masa supera ampliamente la de todos los planetas rocosos combinados.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio y no posee una superficie sólida definida semejante a la terrestre.
A medida que descendemos en su atmósfera, la presión aumenta y los materiales cambian progresivamente de estado.
Una de las características más conocidas de Júpiter es la Gran Mancha Roja.
Es una gigantesca tormenta atmosférica observada durante generaciones.
Sus dimensiones han variado con el tiempo, pero sigue siendo enorme en comparación con muchas tormentas terrestres.
Los vientos y las bandas atmosféricas de Júpiter crean un paisaje dinámico.
El planeta entero parece estar en movimiento.
Júpiter posee también un poderoso campo magnético.
Su magnetosfera se extiende enormes distancias alrededor del planeta.
Las partículas cargadas atrapadas allí pueden producir ambientes intensos de radiación.
Por eso las naves espaciales que lo estudian necesitan considerar condiciones muy diferentes de las encontradas alrededor de la Tierra.
Júpiter posee numerosos satélites.
Entre ellos destacan Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, descubiertos telescópicamente por Galileo en el siglo diecisiete.
Cada uno es un mundo fascinante.
Ío posee una actividad volcánica extraordinaria.
Europa está cubierta por hielo.
Ganímedes es el satélite más grande del sistema solar.
Calisto presenta una superficie fuertemente craterizada.
Un solo planeta puede estar acompañado por una familia completa de mundos.
Saturno es conocido inmediatamente por su espectacular sistema de anillos.
Aunque otros planetas gigantes también poseen anillos, los de Saturno son los más visibles y extensos.
Están formados por innumerables fragmentos de hielo y roca que orbitan alrededor del planeta.
Algunos son diminutos.
Otros alcanzan dimensiones mucho mayores.
A distancia parecen formar superficies continuas, pero en realidad constituyen enormes poblaciones de partículas.
El sistema de anillos se extiende cientos de miles de kilómetros en algunas direcciones, pero su grosor es sorprendentemente pequeño comparado con su diámetro.
Esta proporción produce una estructura extraordinariamente fina.
La gravedad de Saturno y la interacción con algunos satélites ayudan a organizar diferentes regiones y divisiones dentro de los anillos.
El resultado es una de las estructuras más hermosas observables mediante un telescopio.

La densidad media de Saturno es menor que la del agua.
Esto ha dado origen a la popular afirmación de que podría flotar si existiera un océano suficientemente grande.
Naturalmente, semejante océano no existe y la comparación es solamente una manera de expresar su baja densidad media.
Un planeta gigantesco puede ser, en promedio, menos denso que el agua terrestre.
Urano presenta una característica extraordinaria.
Su eje de rotación está inclinado aproximadamente noventa y ocho grados respecto de su órbita.
En términos sencillos, parece girar casi “acostado” mientras se desplaza alrededor del Sol.
Esto produce estaciones muy diferentes de las terrestres.
Durante determinadas regiones de su órbita, uno de sus polos puede permanecer orientado hacia el Sol durante largos períodos.
La atmósfera de Urano contiene hidrógeno, helio y metano.
El metano absorbe parte de la luz roja y contribuye a la característica tonalidad azul verdosa del planeta.
Urano también posee anillos, aunque son mucho más oscuros y menos visibles que los de Saturno.
Además está acompañado por numerosos satélites.
Neptuno es el planeta principal más distante del Sol.
Desde allí, nuestra estrella parecería mucho menos brillante que desde la Tierra.
Sin embargo, su atmósfera es extraordinariamente activa.
Se han medido algunos de los vientos más rápidos conocidos en el sistema solar.
Grandes sistemas de tormentas pueden aparecer y cambiar.
La distancia al Sol no significa ausencia de actividad atmosférica.
La historia del descubrimiento de Neptuno resulta especialmente fascinante.
Los astrónomos observaron que la órbita de Urano presentaba pequeñas diferencias respecto de los cálculos esperados.
Propusieron que la gravedad de otro planeta podía estar afectándolo.
Utilizando matemáticas calcularon aproximadamente dónde debería encontrarse ese mundo desconocido.
Cuando los telescopios fueron dirigidos hacia la región calculada, encontraron Neptuno.
Las matemáticas señalaron hacia un planeta que todavía no había sido identificado visualmente.
Este episodio demuestra algo profundo acerca de la naturaleza.
Las leyes físicas son suficientemente regulares como para permitir inferir la existencia de un objeto invisible a partir de sus efectos gravitatorios.
Podemos observar un movimiento.
Detectar una pequeña diferencia.
Utilizar matemáticas.
Y predecir que debe existir algo más.
El universo no solamente puede contemplarse.
También puede ser investigado racionalmente.
Durante gran parte del siglo veinte, Plutón fue enseñado como el noveno planeta.
Actualmente está clasificado como planeta enano.
No dejó de existir ni se volvió físicamente más pequeño por una decisión humana.
Lo que cambió fue el sistema utilizado para clasificar objetos del sistema solar.
Plutón orbita alrededor del Sol y posee forma aproximadamente esférica, pero comparte su región orbital con numerosos objetos del cinturón de Kuiper y no cumple uno de los criterios utilizados actualmente para los planetas principales.
Los cuatro mundos interiores —Mercurio, Venus, Tierra y Marte— son relativamente pequeños y poseen superficies rocosas.
Júpiter y Saturno son gigantes compuestos principalmente por hidrógeno y helio.
Urano y Neptuno contienen proporciones mayores de sustancias como agua, amoníaco y metano en sus interiores y suelen denominarse gigantes de hielo.
Una sola familia planetaria contiene tipos de mundos extraordinariamente diferentes.
Cada planeta gira sobre su eje a una velocidad diferente.
Por eso la duración del día cambia enormemente.
Júpiter completa una rotación aproximadamente cada diez horas.
Venus gira extremadamente despacio y además en una dirección opuesta a la mayoría de los planetas.
La Tierra posee nuestro conocido ciclo cercano a veinticuatro horas.
“Un día” depende del mundo donde nos encontremos.
Lo mismo ocurre con las órbitas.
Un año mercuriano dura alrededor de ochenta y ocho días terrestres.
Un año de Júpiter dura casi doce años terrestres.
Uno de Neptuno dura alrededor de ciento sesenta y cinco.
Tiempo, tal como lo organizamos mediante días y años, está profundamente relacionado con movimientos astronómicos.
La fuerza que sentiríamos sobre la superficie o región superior de un planeta depende principalmente de su masa y tamaño.
En Marte una persona pesaría mucho menos que en la Tierra.
En Júpiter, aunque no existe una superficie sólida comparable, la gravedad en determinadas regiones atmosféricas sería mayor.
La gravedad no es igual en todos los mundos.
Cada planeta crea su propio entorno gravitatorio.
La Tierra posee una atmósfera rica en nitrógeno y oxígeno.
Venus está dominado por dióxido de carbono.
Marte posee una atmósfera muy tenue también rica en dióxido de carbono.
Júpiter y Saturno están dominados por hidrógeno y helio.
La atmósfera cambia temperatura, presión, vientos y apariencia.
Dos planetas de tamaño similar pueden terminar presentando condiciones radicalmente distintas.
Para comprender un mundo debemos estudiar numerosos sistemas.
Masa.
Gravedad.
Atmósfera.
Campo magnético.
Temperatura.
Rotación.
Órbita.
Satélites.
Ninguna característica aislada explica completamente las condiciones de un planeta.
La realidad aparece cuando todas interactúan.
Los planetas no se mueven aleatoriamente alrededor del Sol.
Sus órbitas pueden describirse matemáticamente.
Johannes Kepler formuló leyes que describen propiedades fundamentales de esas trayectorias.
Posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad permite comprender gran parte de esos movimientos.
Hoy podemos calcular con enorme precisión dónde estará un planeta en determinada fecha.
El cielo presenta regularidad.
Esta precisión tiene consecuencias extraordinarias.
Cuando una agencia espacial envía una nave hacia Marte, Júpiter o Saturno, no apunta simplemente hacia donde ve el planeta en ese momento.
Calcula dónde estará cuando la nave llegue.
El viaje puede durar meses o años.
Sin embargo, las leyes físicas permiten anticipar trayectorias con extraordinaria exactitud.
La exploración espacial depende del orden matemático del sistema solar.
Las naves espaciales incluso pueden aprovechar la gravedad de los planetas mediante maniobras conocidas como asistencias gravitatorias.
Al pasar cerca de un planeta en una trayectoria cuidadosamente calculada, una nave puede cambiar su velocidad y dirección.
Esto permite alcanzar destinos que requerirían cantidades mucho mayores de combustible mediante otros métodos.
La gravedad, que mantiene a los planetas en órbita, también puede convertirse en herramienta de navegación.
Las naves espaciales han permitido contemplar nuestro planeta desde enormes distancias.
Desde allí, la Tierra se vuelve un pequeño punto luminoso.
Continentes, ciudades y fronteras desaparecen.
El planeta entero cabe dentro de una imagen diminuta.
Esta perspectiva produce una sensación semejante a la que experimentó David al contemplar el cielo.
Nos recuerda nuestra pequeñez.
Entre todos los planetas conocidos de nuestro sistema, solamente en la Tierra sabemos con certeza que existe vida.
Nuestro planeta posee agua líquida abundante, atmósfera adecuada, temperatura compatible con innumerables organismos y sistemas de protección y regulación.
La comparación con los demás mundos permite apreciar mejor aquello que normalmente damos por sentado.
Respirar aire.
Beber agua.
Caminar bajo una presión moderada.
Vivir dentro de temperaturas relativamente compatibles con nuestro organismo.
Todo esto parece cotidiano solamente porque nacimos aquí.
Venus muestra lo que puede producir una atmósfera extremadamente densa.
Marte muestra un mundo frío con presión muy baja.
Júpiter revela un planeta gigantesco dominado por fluidos y tormentas.
Saturno nos muestra anillos extraordinarios.
Urano gira casi de lado.
Neptuno posee vientos de enorme velocidad.
Y en medio de ellos se encuentra la Tierra.
La diversidad es extraordinaria.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
(Isaías 40:26)
La invitación resulta especialmente apropiada al estudiar los planetas.
No necesitamos imaginar el cielo como una colección de puntos sin relación.
Podemos observar un sistema.
Cada mundo tiene su recorrido.
Cada uno posee propiedades particulares.
Todos permanecen bajo las mismas leyes.
La Biblia no pretende explicar las leyes de Kepler, desarrollar la gravitación newtoniana o describir la química atmosférica de cada planeta. Estas preguntas pertenecen a la astronomía, la física, la química y la ciencia planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar otra dimensión:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
La ciencia nos permite mirar ese firmamento con herramientas cada vez más precisas.
Descubrimos que Mercurio recorre rápidamente su órbita cerca del Sol. Venus está envuelto en una atmósfera sofocante. La Tierra contiene océanos y vida. Marte posee enormes montañas y cañones. Júpiter domina por su tamaño. Saturno está rodeado de anillos. Urano gira inclinado casi de lado y Neptuno permanece a miles de millones de kilómetros, moviéndose igualmente dentro de una órbita predecible.
El salmista escribió:
“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.”
(Salmo 33:6)
Los planetas constituyen una extraordinaria oportunidad para contemplar esa afirmación.
No son copias unos de otros.
Cada uno posee dimensiones, movimientos, atmósferas y paisajes diferentes. Algunos están acompañados por docenas de satélites. Otros no tienen ninguno. Algunos giran rápidamente y otros tardan meses en completar una rotación. Unos son mundos rocosos y otros gigantescos cuerpos dominados por fluidos.
Sin embargo, todos se encuentran unidos dentro de un mismo sistema gravitatorio.
Sus movimientos pueden calcularse.
Sus órbitas pueden predecirse.
Podemos construir una nave en la Tierra, lanzarla al espacio y, años después, hacer que pase junto a un planeta que habrá recorrido millones de kilómetros desde el momento del lanzamiento.
Ese grado de regularidad resulta extraordinario.
Desde la perspectiva bíblica, comprender los planetas no disminuye nuestra admiración; la aumenta. Los planetas nos recuerdan que la grandeza del Creador puede contemplarse tanto en la diversidad como en el orden: ocho mundos profundamente diferentes, moviéndose a enormes velocidades y distancias, pero formando juntos un sistema cuya precisión puede expresarse mediante las mismas leyes que nuestra mente es capaz de estudiar.
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De vez en cuando, el cielo nocturno presenta un visitante que parece surgir de la oscuridad. Primero puede verse como un punto débil. Después aumenta su brillo y desarrolla una especie de nube alrededor del núcleo. Finalmente aparece una larga cola que puede extenderse por millones de kilómetros. Durante días o semanas, aquel objeto parece cruzar lentamente el cielo antes de volver a alejarse.
Se trata de un cometa, uno de los cuerpos más fascinantes del sistema solar. Está formado por una mezcla de hielo, polvo y materiales rocosos. Cuando permanece lejos del Sol puede parecer relativamente inactivo. Pero al acercarse, el calentamiento modifica profundamente su apariencia y transforma un pequeño núcleo oscuro en una estructura enorme y luminosa.
Lo extraordinario es que esa gran cola no nace porque el cometa esté ardiendo como una antorcha. Se forma porque el calor solar hace que hielos y materiales volátiles pasen al estado gaseoso, liberando polvo y creando una envoltura alrededor del núcleo. Un objeto relativamente pequeño puede producir una estructura visible a distancias enormes simplemente por su interacción con la energía del Sol.

El Salmo declara:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Los cometas forman parte de esa extraordinaria variedad celeste. Durante gran parte de su recorrido pueden permanecer demasiado débiles para ser observados fácilmente. Sin embargo, cuando se aproximan a las regiones interiores del sistema solar, comienzan a cambiar.
La radiación solar calienta su superficie.
Los hielos comienzan a sublimarse, es decir, pasan directamente de sólido a gas.
Ese gas arrastra pequeñas partículas de polvo y crea una nube alrededor del núcleo.
La apariencia del cometa comienza entonces a transformarse.
Cuando vemos un cometa brillante con una cola enorme podemos imaginar un cuerpo gigantesco.
En realidad, el núcleo sólido suele ser mucho menor que la estructura visible que lo rodea.
Muchos núcleos miden solamente unos cuantos kilómetros o decenas de kilómetros de diámetro.
Son cuerpos oscuros, compuestos por hielo, polvo y roca.
La mayor parte de aquello que observamos desde la Tierra no es el núcleo mismo.
Es material liberado alrededor de él.
A medida que el cometa se calienta, el gas y el polvo forman una nube alrededor del núcleo conocida como coma.
Esta región puede crecer hasta alcanzar dimensiones enormes.
No es una atmósfera permanente como la de la Tierra.
Existe principalmente mientras el cometa recibe suficiente energía solar para liberar materiales.
Cuando vuelve a alejarse, la actividad disminuye.
La coma puede desaparecer casi por completo.

Una de las características más impresionantes es la longitud de la cola.
Aunque el núcleo sea relativamente pequeño, el material expulsado puede extenderse millones de kilómetros a través del espacio.
La escala resulta extraordinaria.
Una montaña terrestre mide unos pocos kilómetros de altura.
Una cola cometaria puede superar dimensiones planetarias.
Y, sin embargo, el material está extremadamente disperso.
A menudo imaginamos que la cola funciona como el humo de un automóvil, extendiéndose siempre detrás de la dirección del movimiento.
No ocurre exactamente así.
La orientación depende principalmente del Sol.
La radiación solar y el viento solar empujan material alejándolo de la estrella.
Por eso la cola apunta generalmente en dirección opuesta al Sol, independientemente de hacia dónde se esté moviendo el cometa.
Incluso cuando el cometa ya pasó cerca del Sol y comienza a alejarse, la cola puede parecer situada delante de su movimiento orbital.
Muchos cometas presentan dos componentes principales.
Una cola de polvo, formada por partículas sólidas liberadas desde el núcleo.
Y una cola de iones, formada por gases ionizados que responden al viento solar y al campo magnético transportado por ese flujo de partículas.
Ambas pueden tener formas distintas.
La cola de polvo suele ser más curva.
La cola de iones tiende a extenderse de manera más recta en dirección opuesta al Sol.
Las diferencias físicas también producen diferencias visuales.
La cola de iones puede presentar tonalidades azuladas debido a emisiones de determinados gases ionizados.
La cola de polvo refleja luz solar y suele verse más blanquecina o amarillenta.
Un mismo cometa puede mostrar simultáneamente dos estructuras distintas porque dos tipos de material responden de manera diferente al ambiente espacial.
El Sol no solamente emite luz.
También libera un flujo continuo de partículas cargadas conocido como viento solar.
Cuando estas partículas alcanzan los gases ionizados de un cometa, pueden modificar su movimiento.
La cola iónica revela así algo que nuestros ojos no podrían detectar directamente.
Podemos ver indirectamente el efecto del viento solar a través de la forma de un cometa.
Los cometas orbitan alrededor del Sol, pero muchas de sus trayectorias son muy alargadas.
Esto significa que pueden pasar parte de su recorrido relativamente cerca de nuestra estrella y luego viajar a distancias enormes.
Algunos regresan después de intervalos relativamente cortos.
Otros pueden tardar muchísimo más.
La geometría orbital determina cuándo podremos volver a observarlos.
Uno de los cometas más conocidos es el cometa Halley.
Su órbita lo trae nuevamente a las regiones interiores del sistema solar aproximadamente cada setenta y seis años, aunque el intervalo exacto puede variar.
Ha sido observado por generaciones separadas por siglos.
Registros históricos describen su aparición mucho antes de que se comprendiera correctamente la naturaleza de los cometas.
Hoy podemos calcular su órbita y anticipar su regreso.
Durante mucho tiempo, distintas culturas interpretaron los cometas como señales de acontecimientos extraordinarios.
Parecían impredecibles porque aparecían de repente y cruzaban regiones del cielo donde las estrellas permanecían relativamente estables.
Con el desarrollo de la astronomía comenzó a comprenderse que también obedecen leyes físicas.
Edmond Halley estudió observaciones de distintos años y propuso que varios registros correspondían al mismo cometa regresando periódicamente.
Su predicción resultó correcta.
Aquello que parecía errante tenía una órbita.
Como planetas y asteroides, los cometas están sujetos a la gravedad.
El Sol domina gran parte de su trayectoria, aunque los planetas también pueden modificar sus órbitas mediante interacciones gravitatorias.
Especialmente Júpiter, por su enorme masa, puede alterar significativamente el recorrido de algunos cuerpos pequeños.
El mismo principio que mantiene a la Tierra en órbita también actúa sobre un cometa.
El cielo presenta diversidad, pero las leyes permanecen.
Cada aproximación al Sol tiene consecuencias.
El cometa pierde parte de sus materiales.
Hielo se convierte en gas.
Polvo es expulsado al espacio.
La superficie puede fracturarse y modificarse.
Con suficientes pasos cercanos, algunos cometas pueden perder gran parte de sus componentes volátiles.
La apariencia que vemos es producto de una actividad que consume poco a poco el material del núcleo.
No todos los núcleos permanecen intactos.
Cambios térmicos, rotación, liberación de gases y fuerzas gravitatorias pueden contribuir a fracturas.
En algunos casos, un cometa puede dividirse en varios fragmentos.
Entonces cada fragmento puede continuar temporalmente su propio recorrido.
El cielo puede mostrar el proceso de destrucción de un cuerpo en tiempo real.
Existe un grupo de cometas conocidos como rasantes solares, cuyas órbitas los llevan extremadamente cerca del Sol.
El calor y las fuerzas gravitatorias pueden ser intensos.
Algunos sobreviven al paso.
Otros se fragmentan o desaparecen.
La misma estrella que hace visible al cometa puede también contribuir a destruirlo.
Cuando un cometa viaja alrededor del Sol deja parte de su polvo distribuido a lo largo de su órbita.
Si la Tierra atraviesa una de esas regiones, pequeñas partículas entran en nuestra atmósfera a gran velocidad.
El calentamiento y la interacción con el aire producen trazos luminosos.
Los llamamos meteoros o estrellas fugaces.
Muchas lluvias de meteoros conocidas están asociadas con restos de cometas.
La expresión tradicional puede producir confusión.
Una estrella no está cayendo desde el cielo.
Normalmente observamos una pequeña partícula de polvo o roca entrando en la atmósfera terrestre.
El objeto puede ser diminuto.
Pero viaja a una velocidad tan alta que produce un fenómeno luminoso visible desde grandes distancias.
Una partícula dejada por un cometa puede terminar creando un destello que contemplamos desde la superficie de la Tierra.
El análisis de cometas mediante telescopios, sondas y muestras de polvo ha permitido identificar agua, dióxido de carbono, monóxido de carbono, moléculas orgánicas y diferentes minerales.
Cada cometa puede presentar una composición particular.
Estudiarlos ayuda a comprender mejor la diversidad química existente dentro del sistema solar.
La luz y el material liberado funcionan como fuentes de información.
Mediante espectroscopia, los astrónomos estudian la luz emitida o reflejada por gases y polvo.
Determinadas moléculas producen señales características.
Así pueden identificar componentes presentes en la coma y las colas.
Una vez más, la luz transporta información desde enormes distancias.
Las sondas espaciales han permitido estudiar cometas de cerca.
La misión europea Rosetta, por ejemplo, orbitó alrededor del cometa 67P/Churyumov-Gerasimenko y envió el módulo Philae hacia su superficie.
Las imágenes revelaron un núcleo oscuro, irregular, lleno de acantilados, depresiones y regiones activas.
Aquello que desde la Tierra parecía una pequeña mancha luminosa resultó ser un mundo complejo.
Este contraste resulta fascinante.
La superficie de muchos núcleos refleja poca luz.
Puede ser más oscura que materiales que normalmente consideraríamos negros.
Sin embargo, cuando comienza la actividad, el gas y el polvo alrededor del núcleo reflejan y emiten suficiente luz para hacer visible al cometa.
La brillantez no procede necesariamente de un núcleo luminoso.
Procede de lo que ocurre alrededor de él.
Lejos del Sol, las temperaturas son muy bajas.
Los hielos permanecen estables y el cometa puede estar relativamente inactivo.
Conforme se aproxima, diferentes sustancias comienzan a sublimarse a diferentes temperaturas.
Por eso la actividad puede cambiar gradualmente.
El cometa responde físicamente a la cantidad de energía que recibe.
Un mismo objeto puede parecer completamente diferente dependiendo de dónde se encuentre en su órbita.
Lejos del Sol: un núcleo oscuro.
Más cerca: aparece una coma.
Después: se desarrollan colas.
Al alejarse: la actividad disminuye.
La identidad física permanece, pero su aspecto cambia drásticamente.
La coma y las colas muestran un principio fascinante.
La masa del núcleo puede concentrarse en pocos kilómetros.
Pero el material liberado puede ocupar una región gigantesca.
La densidad es muy baja, pero la extensión enorme.
Pequeñas cantidades de material distribuidas por el espacio pueden producir un espectáculo visible desde millones de kilómetros.
Sí. Como otros cuerpos del sistema solar, algunos cometas pueden cruzar regiones cercanas a la órbita terrestre.
Los astrónomos calculan sus trayectorias para identificar posibles riesgos.
Los impactos grandes son poco frecuentes, pero el estudio de objetos cercanos a la Tierra constituye una parte importante de la astronomía moderna.
Conocer una órbita permite evaluar riesgos con mucha anticipación.
Los telescopios registran la posición de un cometa en diferentes momentos.
A partir de esas mediciones puede calcularse su trayectoria.
Cuantas más observaciones existen, mejor puede estimarse la órbita.
Lo que parece un viajero impredecible puede describirse mediante matemáticas.
El orden permite anticipar el movimiento.
Aunque muchos cometas conocidos tienen órbitas bien calculadas, otros pueden ser descubiertos cuando comienzan a hacerse visibles desde las regiones exteriores.
Por eso observatorios profesionales y astrónomos aficionados continúan buscando nuevos objetos.
Cada descubrimiento añade otro cuerpo al mapa del sistema solar.
Todavía existe mucho por observar.
Esta comparación merece repetirse porque resume gran parte de su belleza.
El núcleo puede tener solamente unos cuantos kilómetros.
La cola puede extenderse millones.
La diferencia entre ambos tamaños es enorme.
Un pequeño cuerpo helado puede producir una estructura visible a escala astronómica.
El libro de Job pregunta:
“¿Conoces tú las ordenanzas de los cielos?”
(Job 38:33)
La astronomía nos permite estudiar parte de esas ordenanzas mediante observación y matemáticas.
Los cometas se mueven.
Los planetas se mueven.
La Tierra se mueve.
Nada de lo que contemplamos está realmente inmóvil.
Sin embargo, esos movimientos siguen regularidades que pueden descubrirse.
Un cometa periódico puede ser visto por personas separadas por décadas.
Los abuelos pueden recordar una aparición.
Una generación posterior puede esperar la siguiente.
En algunos casos, la duración de una vida humana es comparable con el período orbital del objeto.
El cielo se convierte en un puente entre generaciones.

La Biblia no utiliza el término moderno “cometa” para ofrecer una descripción científica de estos cuerpos, pero sí dirige repetidamente nuestra atención hacia los cielos.
El salmista escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste.”
(Salmo 8:3)
Hoy podemos ampliar esa contemplación.
Además de Luna y estrellas, observamos planetas, asteroides, nebulosas y cometas.
La astronomía moderna nos permite descubrir una diversidad celeste que los antiguos solamente podían contemplar parcialmente.
La Biblia no pretende explicar la sublimación de hielos, el viento solar, la ionización o la mecánica orbital. Estas preguntas corresponden a la astronomía, la física y la ciencia planetaria.
Las Escrituras nos invitan a contemplar el cielo y reconocer orden y grandeza en la creación:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)
Los cometas constituyen una magnífica oportunidad para hacerlo. Un pequeño núcleo de hielo, polvo y roca puede permanecer casi invisible durante gran parte de su recorrido. Después se aproxima al Sol y comienza una transformación extraordinaria.
El calor libera gases.
El polvo se extiende.
Aparece una coma.
El viento solar modela una cola.
La radiación empuja otra.
Un cuerpo oscuro se convierte en uno de los objetos más espectaculares del cielo nocturno.
Después continúa su viaje y vuelve a desaparecer en la distancia.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Los cometas nos recuerdan que incluso los viajeros más pequeños del sistema solar participan de un orden enorme: recorren trayectorias gobernadas por gravedad, responden a la energía del Sol y, durante un breve momento, pueden llenar el cielo con una cola luminosa que parece anunciar silenciosamente la grandeza del Creador.
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En el universo existen regiones donde la gravedad es tan intensa que cambia profundamente la manera en que se comportan la materia, la luz y el tiempo. A esas regiones las llamamos agujeros negros. No son “agujeros” en el sentido común de la palabra, ni vacíos sin contenido. Son objetos extremadamente compactos cuya gravedad puede ser tan intensa que, más allá de cierto límite, ni siquiera la luz puede escapar.
La sola idea resulta difícil de imaginar. La luz es lo más rápido que conocemos, pero un agujero negro puede crear una región donde ninguna trayectoria conduce nuevamente hacia el exterior. Lo que entra suficientemente lejos ya no puede regresar.
Estos objetos no pueden observarse directamente de la misma manera que vemos una estrella o un planeta, porque no emiten luz desde su interior hacia nosotros. Sin embargo, los astrónomos pueden estudiar sus efectos sobre estrellas, gas y radiación que se encuentran alrededor. Lo invisible puede revelarse por lo que hace a aquello que sí podemos observar.

El libro de Job declara:
“¿Conoces tú las ordenanzas de los cielos?”
(Job 38:33)
La gravedad es una de esas realidades que gobiernan tanto objetos cotidianos como sistemas astronómicos. Hace caer una piedra, mantiene a la Luna alrededor de la Tierra y mantiene a los planetas orbitando alrededor del Sol.
Pero en un agujero negro, la gravedad alcanza una intensidad extraordinaria.
Para comprenderlo, debemos pensar en masa concentrada dentro de una región muy pequeña.
Una estrella puede tener una enorme cantidad de materia y aun así no ser un agujero negro.
Lo fundamental es cuánta masa está concentrada y en qué volumen.
Si suficiente masa queda comprimida dentro de un radio muy pequeño, se forma una región desde la cual escapar requeriría una velocidad superior a la de la luz.
Como la luz no puede superar su propia velocidad límite, aparece una frontera física extraordinaria.
Esa frontera recibe el nombre de horizonte de sucesos.
El horizonte de sucesos no es una superficie sólida.
No existe allí una pared.
Es una frontera definida por la geometría del espacio y el tiempo alrededor del agujero negro.
Fuera de ella, todavía existen trayectorias que pueden alejarse.
Dentro de ella, todas las trayectorias posibles hacia el futuro conducen más profundamente hacia el interior.
Una vez cruzado ese límite, regresar hacia fuera ya no es posible.
Normalmente vemos un objeto porque la luz llega hasta él y después viaja hacia nuestros ojos o instrumentos.
En un agujero negro, la luz emitida desde dentro del horizonte no puede escapar.
Por eso el objeto aparece negro.
No porque esté pintado de negro.
Sino porque no puede enviarnos luz desde su interior.
La respuesta es fascinante.
Aunque no veamos directamente el interior, podemos observar lo que ocurre alrededor.
Una estrella puede orbitar algo invisible.
Gas extremadamente caliente puede girar alrededor de una región compacta.
La materia puede emitir rayos X antes de cruzar el horizonte.
También pueden detectarse ondas gravitacionales cuando ciertos objetos compactos interactúan y se fusionan.
Los agujeros negros se revelan por sus efectos.
En el centro de nuestra galaxia existe una fuente compacta conocida como Sagitario A*.
Durante años, los astrónomos siguieron estrellas que se desplazaban a velocidades enormes alrededor de una región aparentemente vacía.
Sus órbitas permitieron calcular la presencia de una masa equivalente a millones de soles concentrada en una región extremadamente pequeña.
La explicación que mejor corresponde a esas observaciones es un agujero negro supermasivo.
La gravedad dejó una firma visible.

Un agujero negro puede parecer completamente oscuro, pero su entorno puede ser extraordinariamente brillante.
Cuando gas y polvo caen hacia él, no necesariamente entran directamente.
Pueden formar un disco de acreción.
Dentro de ese disco, la materia gira a gran velocidad, se comprime y se calienta.
Antes de cruzar el horizonte puede emitir enormes cantidades de energía.
Paradójicamente, algunos de los objetos más negros del universo pueden estar rodeados por algunas de las regiones más luminosas.
La materia que desciende dentro de un intenso campo gravitatorio puede liberar mucha energía.
La gravedad acelera el material.
Las interacciones dentro del disco lo calientan.
La radiación puede alcanzar longitudes de onda visibles, ultravioletas, rayos X y otras regiones del espectro.
El agujero negro no necesita emitir esa luz desde dentro.
La materia alrededor produce la señal.
La teoría de la relatividad general describe la gravedad no simplemente como una fuerza que tira de objetos a distancia.
La masa y la energía modifican la geometría del espacio-tiempo.
Los objetos se mueven siguiendo esa geometría.
En regiones de gravedad intensa, la curvatura se vuelve extrema.
Un agujero negro representa uno de los ejemplos más impresionantes de esa realidad.
La gravedad afecta también al tiempo.
Cerca de una región con gravedad extremadamente intensa, el tiempo transcurre de manera distinta comparado con regiones más alejadas.
Este fenómeno recibe el nombre de dilatación gravitacional del tiempo.
No significa que el tiempo “se detenga” en términos absolutos.
Significa que observadores situados en diferentes campos gravitatorios pueden medir intervalos de tiempo distintos.
El universo es más extraño de lo que nuestra experiencia cotidiana sugiere.

Desde muy lejos, un objeto cayendo hacia un agujero negro parecería desacelerarse visualmente conforme se aproxima al horizonte.
Su luz también se desplazaría hacia longitudes de onda más largas y se volvería cada vez más débil.
Desde la perspectiva del objeto que cae, el cruce del horizonte podría ocurrir en un tiempo finito propio.
Dos observadores pueden describir de manera diferente el mismo acontecimiento sin que exista una contradicción física.
Esto resulta profundamente contraintuitivo.
La gravedad no actúa exactamente con la misma intensidad sobre todas las partes de un objeto extendido.
Si los pies de una persona estuvieran mucho más cerca de un agujero negro que su cabeza, podrían experimentar una fuerza gravitatoria significativamente mayor.
Esa diferencia produce fuerzas de marea.
Cerca de ciertos agujeros negros pequeños, estas diferencias pueden ser tan intensas que un objeto sería estirado longitudinalmente y comprimido lateralmente.
El fenómeno se conoce popularmente como espaguetificación.
Un detalle interesante es que los agujeros negros más grandes pueden tener fuerzas de marea relativamente menos extremas justo en el horizonte que agujeros negros pequeños.
Esto ocurre porque su horizonte puede encontrarse mucho más lejos del centro.
Un agujero negro supermasivo puede tener un horizonte gigantesco.
La intensidad de la diferencia gravitatoria sobre una distancia corta puede ser menor en esa región.
El tamaño importa.
Los astrónomos clasifican varios tipos según su masa.
Existen agujeros negros de masa estelar.
Existen candidatos de masa intermedia.
Y existen agujeros negros supermasivos, con millones o incluso miles de millones de veces la masa del Sol.
Estos últimos suelen encontrarse en regiones centrales de muchas galaxias.
La categoría cambia, pero el principio físico básico permanece.
Muchas galaxias muestran evidencias de albergar agujeros negros supermasivos en sus regiones centrales.
Cuando reciben grandes cantidades de materia, pueden producir actividad extraordinariamente luminosa.
En esos casos hablamos de núcleos galácticos activos.
Algunos son visibles a distancias enormes.
Una región extremadamente pequeña puede producir más radiación que grandes poblaciones de estrellas cercanas.
Los cuásares son algunos de los objetos más luminosos observados en el universo.
Su energía está asociada con materia que cae hacia agujeros negros supermasivos.
El disco de acreción puede alcanzar temperaturas enormes.
La radiación producida puede viajar a través de distancias astronómicas.
Un agujero negro completamente oscuro en su interior puede alimentar un fenómeno luminoso gigantesco alrededor.
Algunos sistemas asociados con agujeros negros generan jets o chorros de partículas extremadamente energéticas.
Estos pueden extenderse distancias enormes desde regiones próximas al agujero negro.
La física exacta involucra campos magnéticos, plasma y rotación.
La materia no sale desde el interior del horizonte.
Los chorros se forman fuera de él, en regiones relacionadas con el disco y campos magnéticos intensos.
Un agujero negro puede rotar.
Cuando lo hace, arrastra parcialmente la geometría del espacio-tiempo alrededor de sí.
Este fenómeno se conoce como arrastre de referencia.
Cerca de un agujero negro rotatorio existe una región llamada ergosfera.
Allí, la propia estructura del espacio-tiempo está tan afectada por la rotación que permanecer completamente inmóvil respecto de objetos distantes deja de ser posible.
En principio, parte de la energía asociada con la rotación de un agujero negro puede transferirse hacia procesos externos.
Los campos magnéticos y el plasma alrededor pueden aprovechar parte de esa energía.
Esto ayuda a explicar cómo algunos sistemas producen chorros extraordinariamente potentes.
La rotación no es un detalle secundario.
Puede cambiar profundamente el entorno.
Cuando dos agujeros negros orbitan entre sí, pierden gradualmente energía orbital mediante emisión de ondas gravitacionales.
Sus órbitas se hacen más pequeñas.
La velocidad aumenta.
Finalmente pueden fusionarse.
El resultado es un agujero negro más grande.
Durante la fusión, el espacio-tiempo mismo produce ondas que se propagan hacia el exterior.
Las ondas gravitacionales fueron predichas por la relatividad general y posteriormente detectadas directamente mediante instrumentos extremadamente sensibles.
Cuando pasan por la Tierra, producen cambios minúsculos en las distancias entre objetos.
Los detectores pueden medir variaciones muchísimo menores que el diámetro de un protón sobre largas distancias instrumentales.
Esto permite escuchar, en cierto sentido, acontecimientos que no vemos con luz.
Durante siglos, la astronomía dependió principalmente de luz.
Después aprendimos a observar radio, infrarrojo, ultravioleta, rayos X y rayos gamma.
Con las ondas gravitacionales apareció otra ventana.
Ahora podemos estudiar acontecimientos en los que el propio espacio-tiempo transporta información.
El universo puede observarse de más de una manera.
En 2019, el Event Horizon Telescope presentó una imagen histórica relacionada con el agujero negro supermasivo de la galaxia M87.
No era una fotografía de la superficie del agujero negro.
Mostraba radiación producida por materia caliente alrededor de una región oscura conocida como la sombra del agujero negro.
Años después se obtuvo también una imagen de la región alrededor de Sagitario A*, en el centro de la Vía Láctea.
La humanidad pudo observar indirectamente la silueta de objetos cuya propia luz no puede salir.
Para conseguir esa imagen fue necesario combinar radiotelescopios distribuidos por distintas regiones del planeta.
Mediante una técnica llamada interferometría de muy larga base, varios instrumentos funcionaron conjuntamente como partes de un telescopio virtual gigantesco.
Ningún radiotelescopio individual tenía resolución suficiente.
La cooperación entre observatorios produjo el resultado.
Un objeto extremadamente lejano requirió una herramienta aproximadamente del tamaño de nuestro planeta.
Las ecuaciones clásicas de la relatividad general predicen una región denominada singularidad, donde determinadas cantidades matemáticas se vuelven extremas.
Sin embargo, esto también señala un límite de nuestras teorías actuales.
No poseemos todavía una teoría completa que combine satisfactoriamente relatividad general y física cuántica bajo todas esas condiciones.
Por eso debemos ser cuidadosos.
La física describe extraordinariamente bien muchos aspectos externos de los agujeros negros, pero lo que ocurre en sus regiones más profundas continúa planteando preguntas fundamentales.
Esto es importante para Cristopedia.
La ciencia es extremadamente poderosa cuando puede medir, probar modelos y comparar predicciones con observaciones.
Pero existen preguntas donde todavía no tenemos una respuesta completa.
Reconocer esas limitaciones no debilita la ciencia.
La hace más rigurosa.
Decir “todavía no sabemos” puede ser una de las afirmaciones más científicas posibles.
Una idea popular equivocada imagina que un agujero negro succiona indiscriminadamente todo lo que existe alrededor.
No es así.
Desde suficiente distancia, su gravedad se comporta como la de cualquier otro objeto con la misma masa.
Si hipotéticamente el Sol pudiera sustituirse por un objeto de la misma masa concentrado en un agujero negro, la Tierra continuaría siguiendo aproximadamente la misma órbita gravitatoria, aunque perdería luz y calor.
El peligro aparece cuando un objeto se aproxima demasiado.
La gravedad disminuye con la distancia.
Una estrella puede orbitar un agujero negro de manera estable sin caer inmediatamente dentro.
Gas puede formar discos.
Otros objetos pueden pasar cerca y continuar su trayectoria.
No existe una aspiración infinita desde cualquier distancia.
Las mismas leyes gravitatorias continúan funcionando.
Desde dentro del horizonte, según la descripción clásica, ni materia ni luz pueden escapar hacia el exterior.
Sin embargo, la física cuántica introduce otro fenómeno conocido como radiación de Hawking.
Esta radiación no consiste en partículas viajando directamente desde dentro del horizonte.
Es un efecto cuántico asociado con campos alrededor del agujero negro.
En principio, significa que un agujero negro puede perder energía extremadamente lentamente.
Para agujeros negros astrofísicos, esta radiación sería demasiado débil para detectarse directamente con nuestra tecnología actual frente a otros fondos de radiación.
El fenómeno resulta principalmente importante desde el punto de vista teórico.
Conecta gravedad, termodinámica y física cuántica.
Un agujero negro no es solamente un problema de astronomía.
También toca algunas de las preguntas más profundas de la física.
Los agujeros negros poseen propiedades termodinámicas.
Pueden asociarse con temperatura y entropía.
La entropía de un agujero negro está relacionada con el área de su horizonte, no simplemente con su volumen.
Este descubrimiento ha producido profundas preguntas acerca de información, espacio y gravedad.
El límite oscuro de un agujero negro resulta estar lleno de significado físico.
Una de las grandes preguntas es el llamado problema de la información de los agujeros negros.
La física cuántica sugiere que la información fundamental no debería destruirse.
Pero si algo cae dentro de un agujero negro y este posteriormente pierde energía, ¿qué ocurre con la información asociada?
Este problema continúa siendo objeto de investigación y debate.
Todavía no existe una respuesta aceptada universalmente en todos sus detalles.
No podemos fabricar un agujero negro astrofísico en un laboratorio y experimentar con él directamente.
Sin embargo, la naturaleza proporciona estos objetos.
Los telescopios, detectores de rayos X, observatorios de radio y detectores gravitacionales permiten estudiar sus efectos.
El universo se convierte en un laboratorio donde existen condiciones que jamás podríamos reproducir completamente en nuestro planeta.
Esta característica recuerda otros descubrimientos astronómicos.
Podemos detectar una masa invisible mediante las órbitas de estrellas.
Podemos inferir la presencia de un horizonte mediante la manera en que se comporta la radiación.
Podemos medir ondas producidas por fusiones distantes.
La observación y las matemáticas permiten investigar objetos que no podemos tocar.
El conocimiento no depende solamente de ver directamente.
La gravedad de un agujero negro también puede desviar la trayectoria de la luz que pasa cerca.
Este fenómeno se conoce como lente gravitacional.
La misma idea aparece alrededor de otros objetos masivos, como galaxias y cúmulos.
En regiones extremas, la curvatura puede producir efectos visuales extraordinarios.
La luz revela la geometría del espacio.
Cerca de un agujero negro existe una región donde la luz puede seguir trayectorias circulares inestables.
Esta zona se relaciona con la llamada esfera de fotones en modelos simples.
Una pequeña perturbación puede hacer que un rayo escape o caiga hacia el interior.
La luz, que normalmente pensamos viajando siempre en línea recta, puede seguir rutas profundamente curvadas por la gravedad.
Si pudiéramos observar uno relativamente cerca con un fondo luminoso, veríamos imágenes distorsionadas.
La luz procedente de objetos situados detrás podría rodear parcialmente al agujero negro.
Regiones del cielo aparecerían curvadas, duplicadas o magnificadas.
No porque el objeto tenga una superficie reflectante.
Sino porque el espacio alrededor ha modificado la trayectoria de la luz.
Algo especialmente impresionante es que fenómenos tan extremos continúan obedeciendo leyes matemáticas.
Podemos calcular órbitas.
Podemos predecir propiedades del horizonte.
Podemos modelar ondas gravitacionales.
Después comparamos esas predicciones con observaciones reales.
En muchos casos coinciden con extraordinaria precisión.
El universo puede ser extremo sin dejar de ser inteligible.
Un agujero negro se define en parte por la incapacidad de la luz para escapar.
Sin embargo, estudiar agujeros negros ha enseñado mucho acerca de la propagación de la luz.
Las imágenes del entorno dependen de cómo los fotones se desplazan dentro de una geometría curva.
Una región negra termina convirtiéndose en una herramienta para comprender óptica, relatividad y estructura del espacio-tiempo.
Al estudiar animales, encontramos criaturas capaces de soportar frío, oscuridad o presión.
Al estudiar astronomía, encontramos escalas todavía mayores.
Planetas enormes.
Vacíos inmensos.
Y regiones donde la gravedad alcanza valores extraordinarios.
La creación no parece limitada a un rango estrecho de posibilidades.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
(Isaías 40:26)
Los agujeros negros representan una de las respuestas más sorprendentes que la astronomía moderna ha encontrado al levantar los ojos y estudiar profundamente el cielo.
No podemos observarlos directamente como vemos la Luna.
Pero vemos estrellas orbitando a su alrededor.
Vemos gas calentándose.
Detectamos rayos X.
Registramos ondas gravitacionales.
Y hemos llegado incluso a obtener imágenes de la sombra producida en la región que los rodea.
La Biblia no pretende explicar horizontes de sucesos, relatividad general, ondas gravitacionales o termodinámica de agujeros negros. Estas preguntas corresponden a la física y a la astronomía.
Las Escrituras nos invitan, sin embargo, a contemplar la inmensidad y reconocer nuestra limitada perspectiva frente a ella.
El salmista escribió:
“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito.”
(Salmo 147:5)
Los agujeros negros constituyen una magnífica oportunidad para meditar en esa diferencia entre lo que hemos logrado comprender y aquello que todavía desconocemos.
Podemos describir matemáticamente una región desde la cual la luz no puede regresar. Podemos observar una estrella orbitando una masa invisible. Podemos medir ondas producidas por la fusión de dos agujeros negros situados a distancias enormes.
Sin embargo, todavía existen preguntas abiertas acerca de lo que ocurre en las condiciones más extremas.
La ciencia avanza.
Nuestros instrumentos mejoran.
Las teorías se refinan.
Y cada nuevo descubrimiento revela tanto conocimiento como nuevas preguntas.
Desde la perspectiva bíblica, esa realidad no disminuye el asombro; lo aumenta. Los agujeros negros nos recuerdan que la creación contiene regiones tan extraordinarias que desafían nuestra intuición: lugares donde la luz queda atrapada, el tiempo se comporta de manera diferente y la geometría del espacio se curva bajo una gravedad extrema.
Y precisamente allí, donde nuestra imaginación encuentra sus límites, continúa siendo apropiada la invitación de Isaías:
“Levantad en alto vuestros ojos.”
Porque incluso aquello que no podemos ver directamente continúa formando parte de un universo lleno de orden, profundidad y maravillas que nos invitan a contemplar la grandeza y sabiduría del Creador.
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Por el Dr. Elio M Rivera
Dos veces al día, aproximadamente, en muchas costas del mundo ocurre una transformación impresionante. El agua avanza sobre playas, cubre rocas y llena estuarios; horas después retrocede y deja expuestas zonas que antes estaban bajo el mar. Este movimiento periódico constituye uno de los fenómenos naturales más conocidos del planeta: las mareas.
Las mareas se producen principalmente por la interacción gravitacional entre la Tierra, la Luna y el Sol. Aunque el Sol posee una masa muchísimo mayor que la Luna, nuestro satélite está mucho más cerca de la Tierra y ejerce una influencia fundamental sobre las mareas.
Pero las mareas no consisten simplemente en que “la Luna jala el agua”. El fenómeno involucra diferencias en la atracción gravitacional, el movimiento del sistema Tierra-Luna, la rotación terrestre, la forma de las costas y la profundidad de los océanos. Cada día, los mares responden a una gigantesca interacción entre cuerpos celestes separados por cientos de miles de kilómetros.

¿Qué es una marea?
La marea es el ascenso y descenso periódico del nivel del mar producido principalmente por fuerzas gravitacionales asociadas con la Luna y el Sol.
Cuando el nivel del agua alcanza una región elevada hablamos de pleamar o marea alta.
Cuando desciende hasta una región mínima hablamos de bajamar o marea baja.
La diferencia vertical entre ambas recibe el nombre de rango de marea.

La Luna es la protagonista principal en la formación de las mareas
La Luna se encuentra aproximadamente a 384,400 kilómetros de la Tierra en promedio.
Su gravedad actúa sobre todo nuestro planeta.
Pero el lado terrestre más cercano a la Luna experimenta una atracción ligeramente mayor que el centro de la Tierra, mientras que el lado más lejano experimenta una atracción algo menor.
Estas diferencias son fundamentales para comprender las mareas.
¿Por qué existen dos mareas altas?
Si la explicación fuera simplemente que la Luna atrae el agua hacia ella, esperaríamos una sola acumulación de agua en el lado que mira hacia la Luna.
Sin embargo, también se produce otra región de marea elevada aproximadamente en el lado opuesto.
Esto se comprende considerando las fuerzas de marea dentro del sistema Tierra-Luna.
La diferencia de atracción gravitacional a través de la Tierra produce dos grandes tendencias de deformación del océano: una hacia el lado lunar y otra hacia el lado opuesto.
La Tierra gira debajo de estas deformaciones
Mientras la Tierra rota, diferentes regiones costeras atraviesan las zonas donde el nivel del océano tiende a ser mayor o menor.
Por eso muchas costas experimentan aproximadamente dos pleamares y dos bajamares cada día lunar.
Sin embargo, el comportamiento real es mucho más complejo debido a continentes, profundidad oceánica y geometría de las cuencas.
No ocurren exactamente a la misma hora cada día
La Luna también se desplaza alrededor de la Tierra.
Mientras nuestro planeta completa una rotación, la Luna ha avanzado un poco en su órbita.
La Tierra necesita girar aproximadamente cincuenta minutos adicionales para volver a presentar el mismo punto hacia la Luna.
Por eso las mareas suelen producirse aproximadamente cincuenta minutos más tarde cada día, aunque las condiciones locales pueden modificar considerablemente los horarios.
El Sol también participa
La gravedad solar también produce mareas.
Aunque la Luna ejerce una influencia mareal mayor debido a su proximidad, la contribución del Sol es suficientemente importante para modificar el rango de las mareas.
Dependiendo de la posición relativa del Sol, la Tierra y la Luna, sus efectos pueden reforzarse o contrarrestarse parcialmente.
Mareas vivas — cuando Sol, Tierra y Luna se alinean
Durante la Luna nueva y la Luna llena, el Sol, la Tierra y la Luna se encuentran aproximadamente alineados.
Las influencias mareales del Sol y la Luna se refuerzan.
Entonces suelen producirse mareas altas más elevadas y mareas bajas más bajas.
Estas se conocen como mareas vivas.
El nombre no significa que el agua esté viva; describe un rango de marea mayor.
Mareas muertas — cuando las fuerzas se contrarrestan parcialmente
Durante los cuartos creciente y menguante, la dirección hacia el Sol y hacia la Luna forma aproximadamente un ángulo recto vista desde la Tierra.
Sus efectos mareales se contrarrestan parcialmente.
Entonces la diferencia entre pleamar y bajamar suele ser menor.
Estas son las llamadas mareas muertas.
La forma de la costa puede amplificar una marea
La influencia astronómica establece el movimiento básico, pero la geografía determina gran parte de lo que observamos localmente.
Una bahía estrecha puede concentrar el agua.
La profundidad modifica el movimiento de las ondas de marea.
La forma de una cuenca puede producir resonancia.
Por eso dos costas relativamente cercanas pueden experimentar mareas muy diferentes.
La Bahía de Fundy — mareas extraordinarias
La Bahía de Fundy, situada entre las provincias canadienses de Nueva Escocia y Nuevo Brunswick, es famosa por poseer algunos de los mayores rangos de marea del mundo.
En determinadas zonas la diferencia entre marea alta y baja puede superar ampliamente los diez metros.
Un lugar que durante la pleamar está cubierto por agua puede quedar horas después completamente expuesto.

Un océano que parece desaparecer
En costas con grandes rangos de marea, embarcaciones que flotaban horas antes pueden terminar descansando sobre el fondo durante la bajamar.
Después el agua regresa.
El paisaje completo cambia varias veces en un solo día.
Para los organismos costeros, esta transformación forma parte de su vida cotidiana.
La zona intermareal — vivir entre dos mundos
La región que queda cubierta durante la marea alta y expuesta durante la baja recibe el nombre de zona intermareal.
Es uno de los ambientes más interesantes del planeta.
Sus organismos deben funcionar bajo condiciones muy diferentes en pocas horas.
En un momento están bajo el agua.
Después quedan expuestos al aire, al Sol, al viento y a cambios de temperatura.
Los organismos necesitan resistir la desecación
Cuando baja la marea, animales marinos pueden quedar temporalmente fuera del agua.
Los percebes cierran sus placas.
Los mejillones mantienen cerradas sus conchas.
Cangrejos buscan refugios.
Anémonas pueden retraerse.
Cada organismo posee mecanismos que le ayudan a conservar humedad hasta que el mar regrese.
Las pozas de marea — pequeños océanos temporales
Entre las rocas pueden quedar depósitos de agua conocidos como pozas de marea.
Dentro de ellas viven pequeños peces, anémonas, crustáceos, moluscos y otros organismos.
Pero las condiciones pueden cambiar rápidamente.
La temperatura aumenta.
El agua se evapora.
La concentración de sal puede cambiar.
Horas después, la siguiente marea renueva nuevamente el ambiente.
Las mareas también transportan alimento
El agua que entra y sale mueve nutrientes, plancton y materia orgánica.
Muchos organismos filtradores aprovechan las corrientes para obtener alimento.
Algunos animales sincronizan sus períodos de actividad con el movimiento del agua.
La marea no solamente modifica el nivel del mar.
También transporta recursos.
Algunos animales siguen un reloj de mareas
Numerosos organismos costeros presentan comportamientos relacionados con los ciclos mareales.
Cangrejos, moluscos, peces y otros animales pueden ajustar alimentación, movimiento o reproducción según las condiciones.
Incluso bajo condiciones de laboratorio, algunos pueden mantener temporalmente ritmos relacionados con las mareas.
El movimiento del océano puede convertirse en parte del reloj biológico de una criatura.
Las mareas influyen en los estuarios
Los estuarios son regiones donde el agua dulce de los ríos se encuentra con agua marina.
Cuando sube la marea, agua salada puede avanzar hacia el interior.
Cuando baja, el flujo cambia.
Esto produce variaciones de salinidad, corrientes y nutrientes.
Numerosos peces y aves dependen de estos ambientes.
¿Puede una marea convertirse en una ola?
En algunos ríos y estuarios, una marea entrante puede formar un frente de agua que avanza río arriba.
Este fenómeno recibe el nombre de macareo o tidal bore.
Puede parecer una ola viajando en dirección contraria al flujo habitual del río.
No ocurre en todas partes; requiere una combinación particular de gran rango de marea y forma del cauce.
La energía de las mareas
El movimiento periódico de enormes cantidades de agua contiene energía.
En algunos lugares se utilizan turbinas y otras tecnologías para producir electricidad mareomotriz.
Una ventaja es que los ciclos astronómicos que producen las mareas son altamente predecibles.
Sin embargo, construir estas instalaciones también puede modificar ecosistemas costeros y requiere evaluaciones ambientales cuidadosas.
Las mareas también afectan lentamente a la Tierra y la Luna
La interacción mareal no solamente mueve océanos.
Las deformaciones producidas en la Tierra generan fricción y transferencia de energía dentro del sistema Tierra-Luna.
Como consecuencia, la rotación terrestre se desacelera extremadamente poco y la Luna se aleja de la Tierra unos centímetros por año, fenómeno que puede medirse mediante técnicas modernas.
La gravedad actúa sin necesidad de contacto
La Luna no toca nuestros océanos.
Está a cientos de miles de kilómetros.
Sin embargo, su presencia contribuye a movimientos de enormes masas de agua.
Esta es una magnífica demostración de la gravedad.
Dos cuerpos pueden interactuar a enormes distancias.
Las mareas son predecibles
Debido a que conocemos los movimientos de la Tierra, la Luna y el Sol, los científicos pueden calcular las mareas con gran precisión para muchos lugares.
Sin embargo, también deben considerar la geografía local.
Por eso existen tablas de mareas específicas para diferentes puertos y costas.
Pescadores, navegantes y comunidades costeras dependen de esta información.
Marea no es lo mismo que tsunami
Aunque ambos modifican el nivel del mar, son fenómenos completamente diferentes.
Las mareas son movimientos periódicos relacionados principalmente con la gravedad de la Luna y el Sol.
Un tsunami generalmente se produce por un desplazamiento repentino de grandes cantidades de agua, frecuentemente relacionado con terremotos submarinos.
Una marea puede predecirse con años de anticipación.
Un tsunami es un acontecimiento extraordinario.
La Biblia menciona los límites del mar
El libro de Job declara:
“¿Quién encerró con puertas el mar, cuando se derramaba saliéndose de su seno… y establecí sobre él mi decreto, le puse puertas y cerrojo?”
(Job 38:8,10)
El lenguaje es poético, pero presenta una imagen poderosa: el enorme océano posee límites y comportamientos establecidos.
Jeremías contempla el movimiento del mar
La Escritura declara:
“¿A mí no me temeréis? dice Jehová… que puse arena por término al mar, por ordenación eterna la cual no quebrantará; se levantarán tempestades, mas no prevalecerán; bramarán sus ondas, mas no lo pasarán.”
(Jeremías 5:22)
Los escritores bíblicos observaron la enorme fuerza del océano y utilizaron sus límites como una imagen del poder y orden de Dios.
La Luna como señal de los tiempos
El Salmo 104 declara:
“Hizo la luna para los tiempos; el sol conoce su ocaso.”
(Salmo 104:19)
La Luna efectivamente está relacionada con ciclos naturales fácilmente observables.
Sus fases siguen un patrón regular y su posición participa en los ciclos de las mareas.
La regularidad permite anticipar lo que ocurrirá.
Un gigantesco reloj natural
Luna nueva.
Cuarto creciente.
Luna llena.
Cuarto menguante.
Mareas vivas.
Mareas muertas.
Pleamar.
Bajamar.
El ciclo continúa una y otra vez.
Desde una pequeña poza entre las rocas hasta un océano entero, innumerables organismos viven siguiendo este movimiento.
Cuando el océano responde a la Luna
La Biblia no pretende explicar gravedad, dinámica oceánica o mecánica orbital mediante lenguaje científico. Estas preguntas corresponden a la física, astronomía y oceanografía.
Sin embargo, estudiar las mareas revela una extraordinaria relación entre fenómenos terrestres y cuerpos celestes. La Luna y el Sol ejercen fuerzas gravitacionales, la Tierra gira, los océanos responden y las costas modifican el resultado.
Desde la perspectiva bíblica, comprender estos mecanismos aumenta nuestra admiración. Las mareas nos recuerdan que la naturaleza funciona mediante relaciones extraordinariamente precisas: mientras la Luna continúa su recorrido sobre nosotros, océanos enteros avanzan y retroceden siguiendo un ciclo que alcanza desde las mayores bahías hasta la más pequeña poza entre las rocas.
Referencias
Escrituras consultadas
Bibliografía científica
Temas científicos consultados
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Explora el museo la vida y obra de Jesucristo:
Mire hacia el cielo durante el día.
Allí está el Sol.
Ahora mire el cielo durante la noche.
Quizá vea la Luna, algunas estrellas y, en ciertas épocas, incluso alguno de los planetas.
Aunque parecen objetos separados, muchos de los cuerpos que vemos en nuestro cielo forman parte de un mismo gran sistema.
Lo llamamos Sistema Solar.

Nuestro Sistema Solar es como un enorme vecindario en el espacio. En el centro se encuentra el Sol y alrededor de él viajan los planetas, sus lunas, asteroides y muchos otros cuerpos más pequeños.
Y nosotros vivimos allí.
La Tierra es solamente uno de los mundos que forman parte de esta extraordinaria familia.
En el centro del Sistema Solar se encuentra una estrella enorme:
el Sol.
El Sol es muchísimo más grande que la Tierra. Su diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros.
La Tierra, en comparación, mide aproximadamente 12,742 kilómetros de diámetro.
Imagine una pelota gigantesca y, cerca de ella, una bolita mucho más pequeña.
Algo semejante ocurre cuando comparamos el Sol con nuestro planeta.
Pero el Sol no solamente es grande.
También contiene la mayor parte de la masa de todo el Sistema Solar.
Por eso su gravedad ejerce una enorme influencia sobre los objetos que se encuentran alrededor.
Algunas veces, cuando vemos dibujos del Sistema Solar, parece que los planetas simplemente están colocados alrededor del Sol.
Pero están haciendo algo extraordinario.
Están viajando.
Cada planeta se mueve alrededor del Sol siguiendo un recorrido llamado órbita.
Mercurio viaja alrededor del Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Y mientras usted está leyendo estas palabras, nuestro planeta continúa avanzando silenciosamente por su propia órbita.
No escuchamos motores.
No sentimos vibraciones.
Pero estamos viajando.

Nuestro Sistema Solar posee ocho planetas.
Si comenzamos desde el más cercano al Sol encontramos:
Mercurio.
Venus.
Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Cada uno es diferente.
Mercurio es pequeño y está muy cerca del Sol.
Venus está cubierto por una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee enormes océanos de agua líquida y es nuestro hogar.
Marte tiene un característico color rojizo.
Júpiter es gigantesco.
Saturno posee un espectacular sistema de anillos.
Urano gira de una manera muy peculiar, prácticamente inclinado de lado.
Y Neptuno se encuentra muchísimo más lejos del Sol y posee vientos extraordinariamente intensos.
Ocho planetas.
Ocho mundos muy distintos.
Pero todos forman parte del mismo sistema.
La Tierra tiene una Luna.
Pero no somos los únicos.
Otros planetas poseen también lunas que viajan alrededor de ellos.
Júpiter y Saturno poseen numerosas lunas.
Algunas son pequeñas.
Otras son enormes.
Incluso existen lunas con características extraordinarias que estudiaremos más adelante.
Así que mientras los planetas viajan alrededor del Sol, muchas lunas están viajando alrededor de los planetas.
Imagine todo ese movimiento ocurriendo simultáneamente.
Entre Marte y Júpiter encontramos una región donde existen numerosos asteroides.
Más allá de Neptuno existen también muchos cuerpos helados.
Tenemos planetas enanos como Plutón.
También existen cometas que pueden recorrer órbitas enormes y que, cuando se acercan al Sol, pueden desarrollar espectaculares colas visibles desde la Tierra.
Nuestro Sistema Solar no está compuesto solamente por ocho planetas.
Es un sistema lleno de diferentes clases de cuerpos.
Aquí las distancias comienzan a ser difíciles de imaginar.
La Tierra se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
150 millones de kilómetros del Sol.
Eso ya parece enorme.
Pero Neptuno se encuentra muchísimo más lejos: su distancia media al Sol es de unos 4,500 millones de kilómetros.
Y aun así, existen cuerpos que viajan mucho más lejos.
El Sistema Solar es tan grande que las distancias normales que utilizamos en nuestra vida cotidiana dejan de parecernos útiles.
Una carretera de cien kilómetros nos parece larga.
Pero en el Sistema Solar hablamos de millones y miles de millones de kilómetros.
Aquí aparece algo especialmente interesante.
El Sol ejerce gravedad.
Los planetas se mueven.
Las lunas acompañan a muchos planetas.
Los asteroides siguen sus propios recorridos.
Los cometas viajan por enormes órbitas.
No estamos observando objetos colocados al azar como piedras sobre una mesa.
Estamos contemplando un sistema en movimiento.
Cada cuerpo posee una posición.
Cada uno sigue un recorrido.
Y la gravedad participa constantemente en ese extraordinario movimiento.
Ahora piense en algo.
Dentro de este inmenso Sistema Solar existe una pequeña esfera azul.
Es la Tierra.
Sobre esa esfera existen océanos.
Ríos.
Animales.
Personas.
Y usted.
Estamos viviendo sobre un planeta que viaja alrededor de una estrella acompañado por otros siete planetas y una enorme cantidad de cuerpos menores.
Cuando pensamos solamente en nuestra casa o nuestra ciudad, el mundo puede parecernos muy grande.
Pero cuando contemplamos el Sistema Solar descubrimos que nuestra casa forma parte de algo muchísimo mayor.
Hace miles de años, David contempló el cielo y escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no tenía telescopios espaciales.
No podía enviar naves hacia otros planetas.
No conocía las distancias que hoy podemos calcular.
Simplemente levantaba los ojos y contemplaba.
Nosotros podemos hacer algo más.
Podemos contemplar…
y también medir.
Podemos conocer el tamaño del Sol.
Podemos calcular las órbitas.
Podemos enviar naves a otros planetas.
Podemos fotografiar Júpiter.
Podemos observar los anillos de Saturno.
Podemos estudiar Marte.
Y mientras más conocemos nuestro vecindario espacial, más extraordinario parece.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Esa invitación sigue siendo extraordinaria.
Levante los ojos.
Mire.
Pregunte.
Estudie.
Descubra.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar el universo no significa alejarnos del Creador.
Puede convertirse precisamente en una manera de admirar con mayor profundidad la obra de sus manos.
Hasta ahora solamente hemos abierto la puerta.
Sabemos que existe una estrella en el centro.
Ocho planetas viajan alrededor de ella.
Numerosas lunas acompañan a esos mundos.
También existen asteroides, planetas enanos, cometas y otros cuerpos.
Pero todavía no hemos visitado ninguno.
En los próximos artículos comenzaremos nuestro viaje.
Nos acercaremos primero a esa enorme estrella que domina nuestro vecindario.
Descubriremos su tamaño.
Su energía.
Su gravedad.
Y comprenderemos por qué prácticamente todo nuestro Sistema Solar depende profundamente de ella.
Nuestro próximo destino será:
Y quizá, cuando terminemos este viaje, comprendamos un poco mejor las palabras del salmista:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Porque nuestro Sistema Solar no es solamente nuestro vecindario en el espacio.
Es otra extraordinaria parte de la creación que podemos estudiar para conocer mejor la grandeza de su Creador.
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Escucha música con propósito
Por el Dr. Elio M Rivera
Cada mañana ocurre algo tan común que casi dejamos de sorprendernos.
El cielo comienza a iluminarse.
La oscuridad desaparece.
Sentimos calor sobre nuestra piel.
Las plantas reciben luz.
Los animales comienzan sus actividades.
Y todo esto sucede gracias a una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra:
el Sol.

El solo, nuestra estrella
El Sol es una estrella como muchas de las que vemos durante la noche. Sin embargo, para nosotros es extraordinariamente especial porque es la estrella de nuestro Sistema Solar.
Su luz y su energía llegan hasta nuestro planeta, pero además su enorme gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas viajando alrededor de él.
Sin el Sol, nuestro Sistema Solar sería completamente diferente.

Cuando observamos el Sol desde la Tierra parece relativamente pequeño.
Podemos cubrirlo con la punta de un dedo si extendemos el brazo.
Pero eso ocurre únicamente porque está muy lejos.
En realidad, el Sol es gigantesco.
Su diámetro es de aproximadamente:
1.39 millones de kilómetros.
El diámetro de la Tierra es de unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro del Sol es aproximadamente 109 veces mayor que el de nuestro planeta.
Pero existe una comparación todavía más sorprendente.
Si pudiéramos vaciar el Sol y colocar Tierras dentro de él, cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra por volumen.
Imagine nuestro planeta.
Con todos sus océanos.
Todos sus continentes.
Todas sus montañas.
Y ahora imagine más de un millón de mundos de ese tamaño ocupando el volumen de una sola estrella.
Así de enorme es el Sol.

El Sol no solamente es el objeto más grande de nuestro Sistema Solar.
También concentra aproximadamente el 99.8 % de toda la masa del Sistema Solar.
Esto resulta muy importante.
Cuanta más masa posee un objeto, mayor puede ser su influencia gravitacional.
Por eso el Sol ejerce una poderosa atracción sobre los planetas y muchos otros cuerpos que forman nuestro vecindario espacial.
Mercurio está ligado gravitacionalmente al Sol.
Venus también.
La Tierra también.
Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno también.
Incluso mientras usted lee estas palabras, la gravedad del Sol está actuando sobre nuestro planeta.

Esta es una pregunta magnífica.
El Sol atrae a la Tierra mediante la gravedad.
Entonces, ¿por qué nuestro planeta no termina cayendo sobre él?
Porque la Tierra también se está moviendo a gran velocidad.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora, aunque la velocidad cambia un poco a lo largo de su órbita.
La combinación entre su movimiento y la atracción gravitacional del Sol mantiene a la Tierra siguiendo su órbita.
Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una caída continua alrededor del Sol.
La Tierra avanza.
La gravedad la atrae.
Y el resultado es una órbita.
Lo mismo sucede con los demás planetas.
El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.
En la región que vemos como su “superficie”, llamada fotosfera, la temperatura es de aproximadamente 5,500 grados Celsius.
Eso ya parece increíblemente caliente.
Pero en el centro del Sol las temperaturas alcanzan aproximadamente 15 millones de grados Celsius.
Allí ocurre el proceso que permite al Sol producir enormes cantidades de energía.
En el núcleo del Sol ocurre la fusión nuclear.
Explicado de manera sencilla, núcleos de hidrógeno terminan formando helio mediante una serie de reacciones.
Durante este proceso se libera una enorme cantidad de energía.
Esa energía comienza un largo recorrido desde el interior del Sol hasta finalmente escapar al espacio en forma de radiación.
Una pequeñísima parte llega hasta nosotros.
Y esa pequeña parte resulta fundamental para la vida en la Tierra.
El Sol se encuentra tan lejos que su luz no llega instantáneamente hasta nosotros.
Aunque la luz viaja aproximadamente a 300,000 kilómetros por segundo, necesita alrededor de:
8 minutos y 20 segundos
para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.
Esto significa algo curioso.
Cuando usted contempla el Sol —siempre con la protección adecuada y nunca mirándolo directamente— no lo está viendo exactamente como es en ese instante.
Está recibiendo luz que salió de él aproximadamente ocho minutos antes.
La energía solar participa directa o indirectamente en una enorme cantidad de procesos terrestres.
El Sol calienta los océanos.
Calienta los continentes.
Contribuye a producir diferencias de temperatura que participan en el movimiento del aire.
Su energía impulsa la evaporación del agua.
Las plantas utilizan la luz solar para realizar la fotosíntesis.
Y esa fotosíntesis sostiene directa o indirectamente una enorme parte de las cadenas alimentarias de nuestro planeta.
Cuando vemos crecer un bosque, caer la lluvia o sentimos el viento, estamos observando procesos en los que la energía procedente del Sol desempeña un papel fundamental.
Nuestro planeta se encuentra, en promedio, aproximadamente a 150 millones de kilómetros del Sol.
Esa distancia permite que recibamos una cantidad de energía compatible con las condiciones que encontramos en nuestro planeta.
La Tierra no permanece siempre exactamente a la misma distancia porque su órbita no es un círculo perfecto. Sin embargo, estas variaciones son relativamente pequeñas.
Más adelante estudiaremos con mayor detalle la posición y las órbitas de los planetas.
Por ahora basta comprender algo sencillo:
nuestra vida depende profundamente de la energía de una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros de nosotros.
El Sol es indispensable, pero eso no significa que toda la energía procedente de él sea inofensiva.
Produce radiación y fenómenos capaces de afectar nuestro planeta.
Por eso resulta tan importante la protección que proporciona la atmósfera terrestre y, junto con ella, la magnetosfera frente a determinadas partículas cargadas procedentes del Sol.
Incluso aquí encontramos una interesante relación entre diferentes partes de nuestro entorno.
Tenemos una estrella que proporciona energía.
Tenemos una Tierra situada a una distancia adecuada.
Y tenemos sistemas terrestres que ayudan a proteger la vida.
No vivimos dependiendo de una sola condición, sino de muchas funcionando simultáneamente.
Cuando los científicos observan cuidadosamente el Sol descubren que no es una esfera tranquila e inmóvil.
En su superficie pueden aparecer manchas solares.
También ocurren enormes explosiones conocidas como llamaradas solares.
Y el Sol expulsa continuamente partículas cargadas formando lo que llamamos viento solar.
En ocasiones, la interacción de partículas solares con el entorno magnético de la Tierra contribuye a producir uno de los espectáculos más hermosos de nuestro cielo:
las auroras.
Así que incluso un resplandor de colores observado cerca de las regiones polares puede tener su origen en acontecimientos ocurridos en nuestra estrella.
Ahora podemos comprender por qué el Sol ocupa un lugar tan importante en esta serie.
No es simplemente una lámpara gigantesca que ilumina los planetas.
Es el cuerpo dominante del Sistema Solar.
Su gravedad ayuda a mantener organizado nuestro sistema planetario.
Su energía calienta la Tierra.
Su luz hace posible la fotosíntesis.
Y alrededor de él viajan ocho planetas y una enorme variedad de cuerpos menores.
El Sistema Solar recibe precisamente su nombre de esta estrella:
el Sol.
La Biblia habla desde sus primeras páginas de la importancia de las lumbreras que observamos en nuestro cielo:
“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche…”
Génesis 1:16
El propósito de este pasaje no es enseñarnos física solar.
No explica la fusión nuclear, la gravedad o la temperatura del núcleo.
Estas son preguntas que podemos investigar mediante la ciencia.
Pero las Escrituras presentan algo que resulta fundamental para nuestra perspectiva: el Sol forma parte de la creación de Dios.
No es Dios.
Es una obra extraordinaria de Dios.
El salmista escribió:
“En ellos puso tabernáculo para el sol;
Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.”
Salmo 19:4-5
David contemplaba el Sol atravesando el cielo.
Hoy sabemos mucho más acerca de aquella estrella de lo que podía conocer un observador de la antigüedad.
Conocemos aproximadamente su tamaño.
Su distancia.
Su temperatura.
Su composición.
Podemos estudiar su luz.
Podemos observar su superficie con instrumentos especializados.
Incluso hemos enviado sondas para estudiarlo de cerca.
Y ese conocimiento no tiene por qué disminuir nuestro asombro.
Puede aumentarlo.
Piense nuevamente en la escena completa.
En el centro se encuentra una estrella gigantesca.
Alrededor de ella viajan los planetas.
Alrededor de algunos planetas viajan lunas.
Entre ellos encontramos asteroides y otros cuerpos.
Todo se mueve.
Y la gravedad mantiene relacionados a los integrantes de este enorme vecindario.
Desde la perspectiva bíblica, estudiar ese orden puede convertirse en una oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
El Sol nos proporciona luz cada mañana, pero cuando comenzamos a comprender lo que realmente es, descubrimos algo todavía más extraordinario:
Esa pequeña esfera brillante que vemos en nuestro cielo es una estrella gigantesca cuya energía y gravedad desempeñan un papel fundamental en el extraordinario Sistema Solar que Dios nos ha permitido llamar hogar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Imagine por un momento nuestro Sistema Solar.
Mercurio viaja alrededor del Sol. Venus también. La Tierra completa su recorrido una vez cada año. Más lejos encontramos a Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.
Todos están moviéndose.
Pero surge una pregunta que hasta un niño podría hacerse:

¿Por qué los planetas no salen disparados y se pierden en el espacio?
Y también podríamos preguntar lo contrario:
Si el Sol los atrae, ¿por qué no terminan cayendo sobre él?
La respuesta se encuentra en una de las fuerzas más extraordinarias de la naturaleza:
la gravedad.
No podemos ver la gravedad.
Pero podemos observar lo que hace.
Si dejamos caer una pelota, cae al suelo.
Si saltamos, volvemos a bajar.
La Luna permanece en órbita alrededor de la Tierra.
Y los planetas permanecen ligados gravitacionalmente al Sol.
La gravedad es una interacción entre cuerpos que poseen masa. En una explicación sencilla, cuanto mayor es la masa de un cuerpo, mayor puede ser su atracción gravitacional; además, esa atracción disminuye conforme aumenta la distancia.
Y aquí aparece algo extraordinario.
El Sol es, por mucho, el cuerpo más masivo de nuestro Sistema Solar.

El Sol contiene aproximadamente el 99.8 por ciento de la masa del Sistema Solar.
Eso significa que si pudiéramos reunir todo lo que existe en nuestro Sistema Solar —el Sol, los ocho planetas, sus lunas, asteroides, cometas y otros cuerpos— prácticamente toda la masa estaría concentrada en el Sol.
Por eso su influencia gravitacional es enorme.
Su gravedad participa en mantener ligados al sistema desde los grandes planetas hasta numerosos cuerpos mucho más pequeños.
Pero todavía queda nuestra pregunta:
¿por qué no caen los planetas sobre él?
Hagamos un experimento con la imaginación.
Si usted sostiene una pelota y simplemente la suelta, caerá al suelo.
Ahora láncela hacia adelante.
Mientras cae, también avanzará.
Si pudiera lanzarla muchísimo más rápido y la Tierra no tuviera montañas, edificios ni atmósfera que la frenaran, podría imaginar una situación extraordinaria: mientras la pelota cae, la superficie curva de la Tierra también se aleja debajo de ella.
Con suficiente velocidad, la pelota podría continuar cayendo alrededor de la Tierra.
Eso es, de manera simplificada, una órbita.
Los astronautas y los satélites que orbitan nuestro planeta no están fuera del alcance de la gravedad terrestre.
Al contrario.
La gravedad es precisamente una parte esencial de lo que mantiene su trayectoria orbital.

Algo semejante sucede con nuestro planeta.
El Sol atrae gravitacionalmente a la Tierra.
Pero la Tierra posee también una enorme velocidad lateral.
Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora.
Si desapareciera la atracción gravitacional del Sol, la Tierra ya no continuaría recorriendo su órbita actual: su movimiento tendería a seguir una trayectoria recta. La gravedad solar curva continuamente ese movimiento.
Por eso podemos expresar la idea de una manera que a los niños suele sorprenderles:
La Tierra está cayendo continuamente hacia el Sol, pero se mueve hacia adelante tan rápidamente que continúa cayendo alrededor de él.
NASA utiliza precisamente la combinación de movimiento hacia adelante y atracción gravitacional para explicar de forma sencilla por qué los planetas no chocan con el Sol.
Imaginemos algo imposible: que pudiéramos detener repentinamente el movimiento orbital de la Tierra.
La situación cambiaría por completo.
Ya no tendríamos ese movimiento lateral que permite nuestra órbita actual, mientras que la atracción gravitacional del Sol continuaría actuando.
La Tierra comenzaría a caer hacia el Sol.
Afortunadamente, eso no está ocurriendo.
Nuestro planeta está en movimiento.
Ahora imaginemos lo contrario.
Supongamos que la influencia gravitacional del Sol desapareciera instantáneamente.
La Tierra ya no seguiría curvándose alrededor de él.
Tendería a continuar su movimiento siguiendo una trayectoria aproximadamente recta en la dirección en que viajaba en ese momento. Esta es la idea de inercia que ayuda a explicar el movimiento orbital.
Así podemos comprender las dos partes:
movimiento + gravedad = órbita.
Es una simplificación, pero permite comprender la idea fundamental.
Los planetas no se encuentran todos a la misma distancia del Sol.
Mercurio está mucho más cerca.
Neptuno está muchísimo más lejos.
Y sus velocidades orbitales tampoco son iguales.
Los planetas cercanos al Sol generalmente se desplazan más rápidamente por sus órbitas que los planetas situados a grandes distancias.
Mercurio completa una vuelta alrededor del Sol en aproximadamente 88 días terrestres.
La Tierra necesita aproximadamente 365 días.
Neptuno tarda alrededor de 165 años terrestres.
¡Imagine esperar 165 años para celebrar un solo cumpleaños si viviéramos utilizando el año de Neptuno!
Cuando dibujamos el Sistema Solar para un niño, normalmente hacemos círculos alrededor del Sol.
Es útil para aprender.
Pero las órbitas reales de los planetas son elipses.
Una elipse se parece a un círculo que ha sido ligeramente estirado, aunque algunas órbitas planetarias son muy cercanas a un círculo.
Johannes Kepler describió matemáticamente estas órbitas, y posteriormente Isaac Newton mostró cómo la gravedad podía explicar el movimiento planetario que Kepler había descrito.
Hace siglos, Isaac Newton comprendió algo maravilloso.
La fuerza que hace caer un objeto hacia la Tierra y la fuerza que mantiene a los cuerpos celestes en sus órbitas podían entenderse mediante la misma ley de gravitación.
No necesitábamos una clase de física para las manzanas y otra completamente diferente para los planetas.
La naturaleza podía describirse mediante leyes que funcionaban tanto aquí como en el cielo.
Newton expresó matemáticamente que la fuerza gravitacional depende de las masas de los cuerpos y disminuye con el cuadrado de la distancia que los separa.
Aquello cambió profundamente nuestra comprensión del universo.
Cuando hacemos dibujos escolares, normalmente colocamos el Sol exactamente en el centro y los planetas girando alrededor.
Es una buena aproximación para comenzar.
Pero la realidad es todavía más interesante.
El Sol y los planetas se atraen mutuamente.
Por eso, técnicamente, los cuerpos orbitan alrededor de un centro común de masa, llamado baricentro. Debido a la enorme masa del Sol comparada con la de los planetas, el movimiento solar es mucho menor, pero existe.
Esto nos recuerda algo importante:
el Sistema Solar no es una fotografía inmóvil. Es un sistema dinámico en movimiento.

Ahora alejémonos imaginariamente del Sistema Solar y contemplemos todo junto.
El Sol.
Mercurio.
Venus.
La Tierra.
Marte.
Júpiter.
Saturno.
Urano.
Neptuno.
Lunas.
Asteroides.
Planetas enanos.
Cometas.
Todos moviéndose.
Algunos recorridos necesitan días.
Otros años.
Otros muchísimo más tiempo.
Pero la gravedad relaciona continuamente a los cuerpos del Sistema Solar.
Es como contemplar un gigantesco baile cósmico en el que cada participante continúa su recorrido.
Hoy podemos describir las órbitas mediante matemáticas.
Podemos calcular dónde estará un planeta en determinado momento.
Podemos enviar una nave espacial y hacer que llegue hasta otro mundo.
Incluso podemos utilizar la gravedad de un planeta para modificar la trayectoria y velocidad de una nave.
Todo esto demuestra cuánto hemos aprendido acerca de las leyes que gobiernan el movimiento de los cuerpos celestes.
La ciencia responde extraordinariamente bien preguntas como:
¿Qué fuerza interviene?
¿Cómo cambia el movimiento?
¿Cómo podemos calcular una órbita?
Y para el creyente aparece además otra pregunta:
¿Qué nos provoca descubrir un universo que podemos estudiar mediante leyes tan precisas?
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Isaías no estaba enseñando la ley de gravitación universal.
No hablaba de velocidad orbital, elipses o baricentros.
Su propósito era diferente.
Invitaba al ser humano a mirar hacia arriba y reconocer la grandeza del Creador.
Hoy podemos aceptar esa invitación llevando incluso un telescopio y una calculadora.
Podemos mirar.
Podemos medir.
Podemos estudiar.
Y podemos maravillarnos.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Desde una perspectiva cristiana, la gravedad no compite con Dios.
Descubrir cómo funciona una órbita no elimina al Creador.
Nos permite comprender un poco mejor el funcionamiento de su creación.
Cuando un niño pregunta por qué la Tierra no cae sobre el Sol, podemos explicarle la gravedad y el movimiento.
Y después podemos enseñarle algo todavía más hermoso:
Dios nos ha dado una mente capaz de observar su creación, hacer preguntas y descubrir algunas de las leyes mediante las cuales funciona.
Ahora mismo usted probablemente siente que está quieto.
Quizá está sentado.
Tal vez está acostado.
Pero la Tierra continúa viajando alrededor del Sol.
No escuchamos ese movimiento.
No vemos pasar kilómetros debajo de nuestros pies.
Sin embargo, nuestro planeta continúa recorriendo silenciosamente su órbita.
La gravedad solar sigue actuando.
La Tierra sigue avanzando.
Y el extraordinario viaje continúa.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que contemplemos el Sol, podemos recordar que no solamente nos proporciona luz y energía.
Su enorme masa produce una influencia gravitacional que desempeña un papel central en mantener unido nuestro vecindario planetario.
Una estrella, ocho planetas y una multitud de cuerpos recorriendo el espacio bajo leyes que podemos estudiar, comprender y admirar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Ya conocimos al Sol, la enorme estrella que ocupa el centro de nuestro Sistema Solar.
Ahora comenzaremos a alejarnos poco a poco de él.
Y el primer mundo que encontramos es un pequeño planeta gris cubierto de cráteres:
Mercurio.

El planeta mercurio
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y también el planeta más pequeño de nuestro Sistema Solar. Es solamente un poco más grande que nuestra Luna.
A primera vista puede parecer un mundo sencillo.
Rocas.
Cráteres.
Un cielo oscuro.
Nada de océanos.
Nada de bosques.
Nada de grandes nubes.
Sin embargo, cuando comenzamos a estudiarlo descubrimos un planeta lleno de sorpresas.
Mercurio tiene aproximadamente 4,880 kilómetros de diámetro.
Para compararlo, la Tierra tiene alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Mercurio tiene menos de la mitad del diámetro de nuestro planeta.
Nuestra Luna tiene unos 3,475 kilómetros de diámetro, así que Mercurio es solamente un poco mayor que ella.
Imagine tres pelotas.
Una grande representa la Tierra.
Una bastante más pequeña representa Mercurio.
Y otra ligeramente menor representa nuestra Luna.
Así comenzamos a comprender su tamaño.
Aunque es un planeta, existen incluso lunas del Sistema Solar más grandes que Mercurio; Ganímedes, que gira alrededor de Júpiter, es un ejemplo.

La distancia media entre Mercurio y el Sol es de aproximadamente:
Eso parece muchísimo.
Pero recuerde que la Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Mercurio está, por tanto, muchísimo más cerca de nuestra estrella que nosotros.
Desde Mercurio, la luz del Sol tarda aproximadamente tres minutos en llegar.
En la Tierra esperamos alrededor de ocho minutos y veinte segundos.
Mercurio vive mucho más cerca de aquel enorme horno natural que llamamos Sol.
Y eso produce condiciones extraordinarias.
Imagine estar sobre la superficie de Mercurio durante el día.
El Sol aparecería mucho más intenso que desde la Tierra.
En algunas regiones, la temperatura superficial durante el día puede alcanzar aproximadamente:
430 grados Celsius.
Eso equivale a unos 800 grados Fahrenheit.
Es muchísimo más caliente que un horno doméstico.
Una persona no podría sobrevivir allí.
Pero ahora viene algo sorprendente.
Quizá pensaríamos:
“Si Mercurio está tan cerca del Sol, seguramente siempre es extremadamente caliente”.
Pero no.
Durante la noche, algunas regiones de su superficie pueden descender hasta aproximadamente:
−180 grados Celsius.
¿Cómo puede existir semejante diferencia?
Porque Mercurio no posee una atmósfera gruesa como la Tierra capaz de almacenar y distribuir el calor de manera importante. Posee solamente una envoltura extremadamente tenue de partículas denominada exosfera.
Durante el día la superficie recibe directamente la intensa energía solar.
Durante la noche pierde rápidamente gran parte de ese calor hacia el espacio.
Así encontramos uno de los contrastes más extraordinarios entre los planetas:
calor extremo durante el día y frío extremo durante la noche.
Aquí aparece una sorpresa que puede confundirnos.
Mercurio es el planeta más cercano al Sol.
Sin embargo, no es el planeta más caliente.
Ese título pertenece a Venus.
¿Por qué?
Porque Venus posee una atmósfera extremadamente densa que retiene muchísimo calor mediante un poderoso efecto invernadero.
Mercurio, en cambio, prácticamente carece de una atmósfera capaz de hacer algo semejante.
Esto nos enseña algo que veremos muchas veces durante nuestro recorrido por el Sistema Solar:
la distancia al Sol no es la única característica que determina las condiciones de un planeta.
La atmósfera también importa.
La composición importa.
La rotación importa.
Una cosa se conecta con otra.

Si pudiéramos caminar sobre Mercurio, probablemente algo nos resultaría familiar.
Su superficie recuerda mucho a la Luna.
Está cubierta de:
cráteres,
acantilados,
y enormes cuencas formadas por impactos.
Mercurio no posee una atmósfera gruesa que pueda destruir muchos de los objetos pequeños que llegan desde el espacio, por lo que su superficie conserva una gran cantidad de cráteres.
Cada uno cuenta una historia.
En algún momento, un objeto viajaba por el espacio.
Se encontró con Mercurio.
Impactó.
Y dejó una cicatriz en la superficie.
Uno de los lugares más impresionantes de Mercurio es la cuenca Caloris.
Tiene aproximadamente:
1,525 kilómetros de diámetro.
Imagine un cráter tan enorme que podría cubrir una región completa de un país.
Alrededor de esta gigantesca cuenca existen montañas producidas por el enorme impacto que la formó.
Caloris nos recuerda que los mundos del Sistema Solar también llevan escrita en su superficie una historia de impactos y cambios.
Además de cráteres, encontramos grandes escarpes.
Son como paredes o acantilados que recorren largas distancias.
Se piensa que muchos de ellos están relacionados con la contracción del interior del planeta.
Imagine una fruta que se seca y cuya superficie comienza a arrugarse.
No es exactamente lo mismo, pero la comparación nos ayuda.
Mercurio se enfrió internamente y su superficie desarrolló enormes estructuras que todavía podemos observar.
Mercurio posee otra característica extraordinaria.
Viaja alrededor del Sol mucho más rápido que la Tierra.
Nuestro planeta necesita aproximadamente 365 días para completar una vuelta alrededor del Sol.
Mercurio solamente necesita alrededor de:
88 días terrestres.
Eso significa que si utilizáramos el año de Mercurio para contar nuestras edades, celebraríamos cumpleaños con enorme frecuencia.
Una persona de diez años terrestres habría vivido más de cuarenta años mercurianos.
Mercurio es el planeta que completa su órbita alrededor del Sol más rápidamente.
Aquí aparece otro contraste.
Mercurio viaja rápidamente alrededor del Sol…
pero gira lentamente sobre sí mismo.
Una rotación completa con respecto a las estrellas tarda aproximadamente 59 días terrestres.
Y debido a la relación especial entre esa rotación y su movimiento alrededor del Sol, un ciclo completo desde un mediodía hasta el siguiente —un día solar— dura aproximadamente 176 días terrestres.
Piense en eso.
En la Tierra:
un día dura aproximadamente 24 horas.
En Mercurio:
un día solar dura aproximadamente 176 días terrestres.
El Sol permanecería durante muchísimo tiempo sobre el horizonte.
Después llegaría una noche igualmente prolongada.
Eso ayuda a comprender por qué la superficie puede calentarse y enfriarse de manera tan extrema.

La Tierra posee una Luna.
Marte tiene dos pequeñas lunas.
Júpiter y Saturno poseen muchas.
Pero Mercurio:
no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee anillos.
Es simplemente un pequeño mundo rocoso viajando muy cerca del Sol.
Aquí encontramos algo que sorprendió a los científicos.
A pesar de su pequeño tamaño, Mercurio posee un campo magnético global.
Eso indica que su interior todavía guarda secretos importantes.
Mercurio posee un núcleo metálico extraordinariamente grande en relación con el tamaño total del planeta, y el estudio de su campo magnético ha ayudado a los científicos a comprender mejor su interior. La misión MESSENGER produjo importantes mediciones de este campo y de la composición del planeta.
Esta puede ser una de las mayores sorpresas.
Mercurio está muy cerca del Sol.
Su superficie puede alcanzar temperaturas de cientos de grados.
Y sin embargo…
existe hielo de agua en Mercurio.
¿Cómo es posible?
Cerca de sus polos existen cráteres tan profundos que algunas regiones de su interior nunca reciben directamente la luz del Sol.
Allí las temperaturas permanecen extremadamente bajas.
La misión MESSENGER confirmó que depósitos presentes en las regiones polares están compuestos principalmente por hielo de agua.
En algunos cráteres polares las temperaturas pueden permanecer por debajo de aproximadamente −173 grados Celsius.
Así que un mismo planeta puede poseer regiones abrasadoras…
y lugares suficientemente fríos como para conservar hielo.
Cuando la nave MESSENGER fotografió detalladamente la superficie, encontró miles de extrañas depresiones brillantes conocidas como hollows, o huecos.
Algunos alcanzan aproximadamente 1.6 kilómetros de ancho y decenas de metros de profundidad.
Parecen formarse cuando determinados materiales de la superficie se pierden o volatilizan.
Todavía son objeto de investigación.
Esto nos recuerda algo importante:
aunque hemos enviado naves hasta Mercurio…
todavía no lo sabemos todo.
Mercurio es difícil de estudiar desde la Tierra porque siempre aparece relativamente cerca del Sol en nuestro cielo.
Por eso las naves espaciales han sido fundamentales.
La primera en visitar Mercurio fue Mariner 10, lanzada por NASA en 1973.
Muchos años después llegó MESSENGER.
Esta nave se convirtió en la primera en orbitar Mercurio y permaneció estudiándolo durante más de cuatro años. Investigó su superficie, composición, historia geológica, campo magnético y depósitos de hielo polar.
Cada fotografía permitió conocer un mundo que durante miles de años solamente aparecía como un pequeño punto luminoso en el cielo.
Ahora reunamos lo aprendido.
Mercurio es:
el planeta más cercano al Sol,
el planeta más pequeño,
un mundo cubierto de cráteres,
un lugar donde el día puede superar los 400 °C,
un mundo donde la noche puede descender por debajo de −170 °C,
un planeta sin lunas,
un cuerpo que completa su año en solamente 88 días,
y, sorprendentemente, un lugar donde existe hielo de agua en cráteres permanentemente sombreados.
Aquello que parecía simplemente una pequeña esfera gris resulta ser un mundo extraordinario.
¿Por qué es importante estudiar Mercurio?
Porque comenzamos a descubrir que los planetas no son copias unos de otros.
Cada mundo posee características distintas.
Tamaño.
Distancia al Sol.
Atmósfera.
Temperatura.
Rotación.
Superficie.
Composición.
Mercurio nos enseña desde el comienzo de nuestro recorrido que cambiar unas pocas características puede producir un mundo completamente diferente.
Y pronto veremos esto todavía con mayor claridad cuando lleguemos a Venus.
El salmista escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante miles de años las personas podían ver Mercurio en el cielo, aunque no podían conocer sus cráteres, temperaturas o depósitos de hielo.
Hoy podemos observarlo mediante telescopios.
Podemos enviar naves.
Podemos medir.
Podemos fotografiar.
Podemos descubrir.
Y desde una perspectiva cristiana, ese conocimiento puede convertirse en una invitación a maravillarnos ante la inmensidad y diversidad de la creación.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Mercurio es solamente el primero de los planetas que visitaremos.
Ya encontramos un pequeño mundo que corre alrededor del Sol, soporta temperaturas extremas, posee una superficie cubierta de cicatrices y conserva hielo escondido en lugares donde nunca llega directamente la luz.
Y todavía nos quedan siete planetas.
Nuestro recorrido apenas comienza.
Desde la perspectiva bíblica, cada nuevo descubrimiento puede recordarnos que la creación es muchísimo más grande y diversa de lo que alcanzamos a contemplar desde nuestra pequeña región de la Tierra.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
La próxima vez que vea el cielo cerca del amanecer o del atardecer y sepa que Mercurio se encuentra allí, recuerde:
Ese pequeño punto luminoso es en realidad un mundo de casi cinco mil kilómetros de diámetro, cubierto de cráteres, sometido a temperaturas extremas y viajando alrededor del Sol en solamente 88 días.
El primer pequeño mundo de nuestro viaje por el extraordinario Sistema Solar.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Cuando observamos Venus desde la Tierra, puede parecer uno de los objetos más hermosos del cielo.
Brilla intensamente.
A veces aparece poco después de la puesta del Sol.
Otras veces podemos verlo antes del amanecer.
Durante siglos, muchas personas lo han llamado “lucero de la mañana” o “lucero de la tarde”.
Pero detrás de aquel hermoso brillo se esconde uno de los lugares más extremos de todo nuestro Sistema Solar.
Venus está cubierto por una enorme capa de nubes.
Debajo de ellas existe un mundo rocoso, caliente y sometido a una presión extraordinaria.
Es un planeta que nos enseña algo muy importante:
dos mundos pueden tener tamaños parecidos y, sin embargo, poseer condiciones completamente diferentes.

Venus es el segundo planeta desde el Sol.
Mercurio está primero.
Después viene Venus.
Y luego encontramos la Tierra.
La distancia media entre Venus y el Sol es de aproximadamente 108 millones de kilómetros.
La Tierra está a unos 150 millones de kilómetros.
Eso significa que Venus recibe más energía solar que nuestro planeta.
Pero esa no es la única razón por la que Venus es tan caliente.
La verdadera sorpresa se encuentra en su atmósfera.

Venus tiene aproximadamente 12,104 kilómetros de diámetro.
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Son tamaños bastante parecidos.
Por eso Venus ha sido llamado muchas veces el “gemelo” de la Tierra.
Ambos son planetas rocosos.
Ambos tienen tamaños semejantes.
Ambos poseen una superficie sólida.
Pero cuando observamos sus condiciones…
las semejanzas comienzan a desaparecer.

Desde el espacio no podemos ver directamente la superficie de Venus con nuestros ojos.
¿Por qué?
Porque el planeta está completamente cubierto por una atmósfera muy espesa y por nubes permanentes.
Estas nubes contienen principalmente pequeñas gotas de ácido sulfúrico.
Debajo de ellas existe una atmósfera compuesta principalmente por dióxido de carbono.
Imagine una enorme manta gaseosa rodeando completamente un planeta.
Eso es aproximadamente lo que ocurre en Venus.
Pero esta “manta” tiene consecuencias enormes.
Aquí aparece una de las mayores sorpresas.
Mercurio está más cerca del Sol.
Sin embargo, Venus es más caliente que Mercurio.
Su temperatura media superficial es de aproximadamente:
464 °C.
Eso equivale a unos 867 °F.
Es suficientemente caliente como para derretir algunos metales.
Y lo sorprendente es que esa temperatura extrema no ocurre solamente durante el día.
Gran parte de la superficie permanece extraordinariamente caliente tanto de día como de noche.
La respuesta principal se encuentra en su atmósfera.
El dióxido de carbono puede absorber y volver a emitir parte de la radiación infrarroja que intenta escapar desde la superficie.
En Venus este efecto es extraordinariamente intenso.
La energía solar entra.
La superficie se calienta.
El planeta emite energía nuevamente.
Pero la atmósfera extremadamente densa dificulta que esa energía escape con facilidad.
El resultado es un efecto invernadero extremo que mantiene la superficie a temperaturas extraordinariamente elevadas.
Así comprendemos algo importante:
no basta con conocer la distancia de un planeta al Sol.
También debemos conocer su atmósfera.
Venus no solamente es caliente.
Su presión atmosférica en la superficie es aproximadamente 92 veces mayor que la presión que sentimos al nivel del mar en la Tierra.
¿Cómo podemos imaginar algo semejante?
NASA compara esa presión con la que experimentaríamos aproximadamente 900 metros bajo el océano terrestre.
Piense en toda esa agua presionando desde arriba.
Ahora imagine experimentar una presión semejante…
sin estar debajo del agua.
Eso ocurre en la superficie de Venus.
Respire profundamente.
El aire que acaba de respirar contiene principalmente nitrógeno y oxígeno.
Venus es completamente diferente.
Su atmósfera está formada en gran parte por dióxido de carbono y contiene solamente cantidades muy pequeñas de otros gases.
No podríamos respirar allí.
Y aunque lleváramos oxígeno, tendríamos todavía otros problemas:
la temperatura,
la presión,
y las condiciones químicas de su atmósfera.
Venus es un magnífico ejemplo de lo importante que resulta una atmósfera para determinar las condiciones de un planeta.
Durante mucho tiempo, los seres humanos no podían saber con claridad cómo era la superficie.
Las nubes impedían observarla directamente.
Pero el radar puede atravesar esas nubes mucho mejor que la luz visible.
Gracias a observaciones desde naves espaciales, hoy sabemos que Venus posee:
grandes llanuras,
regiones elevadas,
cráteres,
y numerosos volcanes y estructuras volcánicas.
Es un mundo rocoso.
Pero su paisaje ha sido profundamente influido por la actividad geológica.

Venus posee una enorme cantidad de estructuras volcánicas.
Algunas regiones parecen estar cubiertas por extensas llanuras formadas por antiguos flujos de lava.
Los científicos continúan estudiando si existe actividad volcánica actualmente.
Radar e imágenes de distintas misiones han permitido identificar numerosas características que sugieren que Venus ha sido geológicamente muy activo.
Así que debajo de aquellas nubes doradas no encontramos un planeta tranquilo.
Encontramos un mundo transformado por enormes fuerzas internas.
Aquí aparece otra rareza.
Venus gira muy lentamente.
Necesita aproximadamente 243 días terrestres para completar una rotación sobre su eje.
Pero tarda aproximadamente 225 días terrestres en completar una vuelta alrededor del Sol.
Eso significa que:
un día de rotación de Venus dura más que su año.
Parece extraño.
Pero hay todavía otra sorpresa.
La mayoría de los planetas giran sobre su eje en una dirección determinada.
Venus gira en sentido contrario a la mayoría de ellos.
Si pudiéramos permanecer sobre su superficie y ver el Sol a través de las nubes, el movimiento aparente del Sol sería diferente del que observamos en la Tierra.
Es otra característica que hace de Venus un mundo muy peculiar.
La Tierra tiene una Luna.
Marte tiene dos.
Los planetas gigantes poseen muchas.
Venus, en cambio, no tiene ninguna luna conocida.
Tampoco posee un sistema de anillos.
Viaja alrededor del Sol acompañado únicamente por los demás cuerpos del Sistema Solar.
Enviar una nave a Venus es relativamente sencillo comparado con hacer que sobreviva sobre su superficie.
Allí encontramos:
temperaturas de alrededor de 464 °C
y
presiones cercanas a 92 veces las de la Tierra.
Los equipos electrónicos no soportan esas condiciones durante mucho tiempo.
A pesar de ello, distintas misiones consiguieron llegar.
La antigua Unión Soviética desarrolló el programa Venera.
Varias de aquellas sondas lograron atravesar la atmósfera y algunas consiguieron funcionar brevemente sobre la superficie.
NASA señala que diez sondas del programa Venera alcanzaron la superficie, aunque las condiciones extremas limitaron enormemente su duración.
Imagínelo.
Una máquina construida en la Tierra viajó millones de kilómetros…
descendió a través de las nubes de otro planeta…
y finalmente se posó sobre un terreno donde la temperatura podía destruirla rápidamente.
Incluso logramos obtener fotografías desde allí.
Las imágenes enviadas por las sondas Venera muestran un paisaje rocoso bajo una iluminación amarillenta.
Ningún ser humano ha caminado allí.
Solamente nuestras máquinas han conseguido contemplar ese mundo desde la superficie.
Esto nos recuerda lo extraordinario de la exploración espacial.
Nuestros ojos no pueden llegar físicamente hasta Venus.
Pero podemos construir instrumentos que viajan en nuestro lugar.
Una razón muy importante es que Venus y la Tierra tienen tamaños similares.
Sin embargo, sus condiciones actuales son radicalmente diferentes.
Estudiar Venus ayuda a los científicos a comprender mejor cómo la atmósfera, la geología y la energía solar interactúan para producir condiciones planetarias distintas.
Esto convierte a Venus en una especie de laboratorio natural.
Tenemos dos planetas rocosos de tamaño parecido…
pero uno posee océanos de agua líquida, temperaturas moderadas y una atmósfera que permite nuestra existencia.
El otro posee calor extremo, presión aplastante y una atmósfera dominada por dióxido de carbono.
Aquí aparece nuevamente una idea que hemos encontrado muchas veces.
Un planeta no depende solamente de una característica.
Importa su distancia al Sol.
Importa su atmósfera.
Importa su masa.
Importa su rotación.
Importa su composición.
Importa su historia geológica.
Cuando varias de estas características cambian, el resultado puede ser un mundo completamente diferente.
Venus es quizá uno de los ejemplos más impresionantes.
Piense en dos casas construidas con dimensiones semejantes.
Desde lejos pueden parecer casi iguales.
Pero imagine que una posee:
aire respirable,
agua,
temperatura agradable,
y condiciones para vivir.
Mientras la otra está llena de gases irrespirables, sometida a enorme presión y calentada hasta cientos de grados.
La forma exterior no basta para determinar si una casa es habitable.
Algo semejante ocurre con los planetas.
Ser parecido en tamaño a la Tierra no significa ser parecido a la Tierra en las condiciones que permiten nuestra vida.
Después de visitar Mercurio vimos un mundo sin una atmósfera importante, con diferencias extremas de temperatura.
Ahora llegamos a Venus y encontramos prácticamente el extremo contrario:
una atmósfera enorme.
Una presión extraordinaria.
Y un planeta todavía más caliente.
Entonces miramos nuevamente la Tierra.
Tenemos una atmósfera.
Pero no como la de Venus.
Tenemos un efecto invernadero natural.
Pero no con la intensidad venusina.
Tenemos agua líquida.
Podemos respirar.
Vivimos bajo una presión compatible con nuestro organismo.
Poco a poco comenzamos a descubrir que nuestro planeta posee una combinación muy particular de condiciones.
El profeta Isaías escribió:
“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
Isaías 45:18
Este versículo no pretende describir Venus.
Tampoco explica dióxido de carbono, presión atmosférica o efectos invernadero.
Pero contiene una idea especialmente significativa para esta serie:
la Tierra fue preparada para ser habitada.
Cuando comparamos nuestro planeta con Venus, esas palabras adquieren una profundidad especial.
La ciencia nos permite conocer Venus.
Podemos medir su atmósfera.
Calcular su temperatura.
Estudiar sus volcanes.
Medir su presión.
Observarlo mediante radar.
Enviar naves hacia él.
Y cada descubrimiento nos ayuda a comprender mejor cómo funcionan los planetas.
Desde una perspectiva cristiana, también puede ayudarnos a apreciar de una manera nueva la extraordinaria provisión que encontramos en nuestro propio hogar.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Venus forma parte de esos cielos que contemplamos.
Desde aquí parece solamente un punto extraordinariamente brillante.
Pero ahora sabemos lo que existe detrás de aquella luz.
Un planeta casi del tamaño de la Tierra.
Cubierto completamente por nubes.
Con una atmósfera aplastante.
Una superficie volcánica.
Y temperaturas suficientemente elevadas para hacer imposible nuestra vida.
Aquella pequeña luz del cielo acaba de convertirse en un mundo.
Ya hemos visitado dos planetas.
Mercurio nos mostró lo que ocurre en un pequeño mundo casi sin atmósfera y muy cercano al Sol.
Venus nos muestra algo completamente diferente:
un planeta donde una atmósfera extremadamente densa ha transformado profundamente las condiciones de la superficie.
Y ahora llegamos al tercer planeta.
Una pequeña esfera azul.
Con océanos.
Nubes.
Vida.
Nuestro hogar.
La Tierra.
Y después de haber conocido Mercurio y Venus, quizá podamos mirarla con ojos diferentes.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Venus nos recuerda que no todos los planetas rocosos son iguales.
Y cuanto más conocemos a nuestros vecinos…
más extraordinario comienza a parecernos el mundo que Dios nos ha permitido habitar.
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Escucha música con propósito
Ya hemos visitado Mercurio, Venus y nuestro propio planeta, la Tierra.
Ahora continuamos alejándonos del Sol.
Después de cruzar millones de kilómetros de espacio llegamos al cuarto planeta del Sistema Solar.
Desde la Tierra puede verse como un pequeño punto rojizo en el cielo nocturno.
Por eso, desde tiempos antiguos, llamó poderosamente la atención de quienes contemplaban las estrellas.
Su nombre es:
Marte.

El planeta Marte
Hoy sabemos que aquel pequeño punto rojo es en realidad un mundo completo, con enormes montañas, volcanes gigantescos, profundos cañones, extensas llanuras, tormentas de polvo y casquetes de hielo en sus polos.
Y, además, es el único planeta cuya superficie hemos recorrido directamente con vehículos robóticos.
Marte es conocido como:
“el planeta rojo”.
Pero ¿por qué tiene ese color?
La respuesta está principalmente en los minerales de hierro presentes en sus rocas y suelo.
Esos minerales reaccionaron con oxígeno y formaron óxidos de hierro.
Es algo parecido a lo que ocurre cuando un objeto de hierro en la Tierra desarrolla herrumbre.
El polvo rico en óxidos de hierro cubre grandes regiones de Marte y le proporciona su característico color rojizo.
Incluso desde millones de kilómetros de distancia podemos distinguirlo.
El diámetro de Marte es de aproximadamente:
6,779 kilómetros.
El de la Tierra es de aproximadamente:
12,742 kilómetros.
Esto significa que el diámetro de Marte es un poco más de la mitad del terrestre.
También posee mucha menos masa que nuestro planeta.
Como consecuencia, su gravedad superficial es solamente alrededor del 38 % de la gravedad terrestre.
Imagine que en la Tierra una persona pesa 50 kilogramos.
Su masa seguiría siendo la misma en Marte, pero si utilizáramos coloquialmente una báscula calibrada como las terrestres, marcaría un peso equivalente a aproximadamente 19 kilogramos.
Allí sería mucho más fácil dar grandes saltos.
Aquí encontramos algo curioso.
Aunque Marte es muy diferente de la Tierra, la duración de su día es bastante parecida.
Un día marciano dura aproximadamente:
24 horas y 39 minutos.
Los científicos suelen llamar sol a un día marciano.
Así que cuando una misión lleva, por ejemplo, cien soles trabajando sobre Marte, significa que ha permanecido aproximadamente cien días marcianos sobre el planeta.
Marte está más lejos del Sol que la Tierra.
Su distancia media es de aproximadamente:
228 millones de kilómetros.
Por eso necesita recorrer una órbita mucho mayor.
Mientras la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol en unos 365 días, Marte necesita aproximadamente:
687 días terrestres.
Un año marciano dura casi dos años terrestres.
Si celebráramos nuestros cumpleaños utilizando años marcianos, tendríamos que esperar mucho más entre uno y otro.
Marte posee un eje inclinado aproximadamente 25 grados, bastante parecido a la inclinación de la Tierra.
Como consecuencia, también experimenta estaciones.
Tiene primavera.
Verano.
Otoño.
Invierno.
Sin embargo, como su año es mucho más largo que el nuestro, sus estaciones también duran más.
Aquí encontramos una hermosa oportunidad para comparar dos planetas.
La Tierra y Marte poseen inclinaciones semejantes.
Ambos tienen estaciones.
Ambos tienen casquetes polares.
Y sus días tienen duraciones relativamente parecidas.
Pero sus condiciones superficiales son profundamente diferentes.
Marte posee atmósfera.
Pero es muchísimo más tenue que la terrestre.
Está compuesta principalmente por dióxido de carbono, con pequeñas cantidades de nitrógeno, argón y otros gases.
La presión atmosférica sobre su superficie es, en promedio, menos del uno por ciento de la presión que experimentamos al nivel del mar en la Tierra.
Por eso una persona no podría simplemente salir de una nave y comenzar a caminar por Marte.
Necesitaría protección y un suministro de oxígeno.
No existe aire respirable para nosotros.
Cuando vemos fotografías de Marte, algunas regiones pueden parecernos desiertos terrestres.
Pero no debemos dejarnos engañar.
Marte es frío.
Su temperatura media superficial es aproximadamente de:
−63 °C.
Las temperaturas cambian mucho dependiendo del lugar, la hora y la estación.
En determinadas condiciones cerca del ecuador durante el día pueden subir considerablemente, mientras que durante noches frías y en regiones polares pueden descender muy por debajo de −100 °C.
Un paisaje que parece un desierto cálido puede ser, en realidad, extraordinariamente frío.
Ahora llegamos a una de las maravillas de Marte.
Sobre su superficie se encuentra:

El volcán olimpo
El Monte Olimpo es el volcán más grande conocido del Sistema Solar.
Se eleva aproximadamente 22 kilómetros sobre el nivel de referencia marciano, dependiendo de cómo se realice la medición.
El monte Everest alcanza unos 8.8 kilómetros sobre el nivel del mar.
Olympus Mons es, por tanto, muchísimo más alto.
Pero su tamaño resulta todavía más difícil de imaginar cuando consideramos su anchura.
Su enorme estructura volcánica se extiende por cientos de kilómetros.
Si pudiéramos colocarnos cerca de él, probablemente no lo veríamos como una montaña puntiaguda completa porque sería demasiado grande para abarcarla desde nuestra posición.
Parecería más bien que el terreno se eleva lentamente hasta perderse en el horizonte.
En la Tierra, las grandes placas de la corteza se mueven.
Por eso un punto donde asciende magma puede ir formando diferentes volcanes conforme la placa se desplaza.
Marte no posee actualmente una tectónica de placas global como la terrestre.
Esto permitió que enormes cantidades de material volcánico se acumularan repetidamente en determinadas regiones.
El resultado fueron volcanes gigantescos.
Olympus Mons es el ejemplo más espectacular.
Si sus volcanes son enormes, sus cañones tampoco se quedan atrás.
Marte posee un gigantesco sistema de cañones llamado:

El valle Marineris
Se extiende aproximadamente 4,000 kilómetros.
En algunos lugares alcanza alrededor de 200 kilómetros de anchura y profundidades de varios kilómetros.
Es tan enorme que, si pudiéramos trasladarlo a la Tierra, atravesaría una parte considerable de un continente.
Nuestro famoso Gran Cañón de Arizona es impresionante.
Pero Valles Marineris pertenece a otra escala.
No principalmente.
Aunque existen evidencias de que el agua modificó distintas regiones de Marte, Valles Marineris parece haber comenzado principalmente mediante enormes fracturas y hundimientos de la corteza marciana, relacionados con la gigantesca región volcánica de Tharsis.
Posteriormente, deslizamientos de tierra, erosión y otros procesos modificaron sus paredes y su interior.
Es un buen ejemplo de por qué debemos estudiar cuidadosamente un paisaje antes de decidir cómo se formó.
Algo puede parecer un enorme cañón fluvial…
sin haberse formado de la misma manera que un cañón terrestre.
Si observamos Marte con suficiente detalle podemos distinguir regiones claras cerca de sus polos.
Son sus casquetes polares.
Contienen principalmente hielo de agua permanente, acompañado por dióxido de carbono congelado que aumenta y disminuye según las estaciones.
Durante el invierno marciano, parte del dióxido de carbono de la atmósfera puede congelarse sobre las regiones polares.
Cuando llega una estación más cálida, una parte vuelve a convertirse directamente en gas.
Los polos de Marte cambian con las estaciones.
Hoy sabemos que Marte posee hielo de agua.
Existe en sus regiones polares y también bajo partes de su superficie.
Además, numerosas estructuras del terreno muestran que en algún momento el agua líquida modificó regiones del planeta.
Se han identificado antiguos canales, deltas y minerales que normalmente se forman en presencia de agua.
Esto no significa que Marte esté actualmente cubierto por ríos y lagos.
No lo está.
Pero significa que el agua forma parte importante de la historia geológica del planeta.
Marte posee otro fenómeno espectacular:
las tormentas de polvo.
El polvo marciano es extremadamente fino.
Los vientos pueden levantarlo y transportarlo por grandes distancias.
Algunas tormentas son pequeñas y regionales.
Pero en determinadas ocasiones pueden crecer hasta afectar prácticamente todo el planeta.
Imagine contemplar desde el espacio cómo un mundo entero comienza a quedar oculto detrás de una gigantesca nube de polvo.
Eso puede ocurrir en Marte.
En la Tierra estamos acostumbrados a un cielo azul.
En Marte, el abundante polvo suspendido en la atmósfera produce normalmente un cielo de tonos rojizos o amarillentos durante el día.
Pero cerca del amanecer y del atardecer puede suceder algo sorprendente.
Alrededor del Sol pueden aparecer tonalidades azuladas.
Es casi lo contrario de lo que solemos observar en la Tierra, donde nuestro cielo es azul y los atardeceres frecuentemente adquieren tonos rojizos.
Marte no viaja completamente solo.
Tiene dos pequeñas lunas:
Fobos y Deimos.
Sus nombres significan aproximadamente “miedo” y “terror” en griego.
Son muchísimo más pequeñas que nuestra Luna y poseen formas irregulares.
Fobos es la mayor y orbita extraordinariamente cerca de Marte.
Deimos es más pequeña y se encuentra más lejos.
Desde la superficie marciana no parecerían una enorme Luna como la que contemplamos desde la Tierra.
Serían pequeños compañeros cruzando el cielo.

Existe algo especialmente emocionante acerca de Marte.
No solamente lo hemos observado desde lejos.
Hemos aterrizado allí.
Hemos colocado instrumentos sobre su superficie.
Y hemos enviado vehículos capaces de desplazarse por ella.
Los seres humanos todavía no hemos caminado sobre Marte.
Pero nuestros robots sí.
Spirit.
Opportunity.
Curiosity.
Perseverance.
Y otros exploradores han permitido estudiar directamente rocas, suelo, atmósfera y paisajes marcianos.
Incluso hemos hecho volar una pequeña aeronave en otro planeta.
El helicóptero Ingenuity realizó el primer vuelo controlado y motorizado en otro mundo.
La historia de esas máquinas es tan extraordinaria que merece nuestro siguiente artículo completo.
Algunas imágenes de Marte pueden resultar engañosas.
Vemos montañas.
Valles.
Rocas.
Dunas.
Hielo.
Y podemos pensar:
“Parece la Tierra”.
Pero mire las diferencias.
Su atmósfera es extremadamente tenue.
No podemos respirar.
La presión es muy baja.
Hace mucho frío.
No existen océanos líquidos sobre su superficie actual.
La radiación representa un problema importante.
Y las tormentas pueden llenar la atmósfera de polvo.
Marte nos recuerda nuevamente que parecerse a la Tierra en algunas características no significa ofrecer las mismas condiciones para la vida humana.
Ya podemos comparar:
Venus, Tierra y Marte.
Venus posee una atmósfera extremadamente densa y temperaturas cercanas a 464 °C.
La Tierra posee océanos líquidos, una atmósfera adecuada para nuestra respiración y una enorme diversidad de vida.
Marte posee una atmósfera muy tenue y una temperatura media cercana a −63 °C.
Tres planetas rocosos.
Tres vecinos.
Tres ambientes extraordinariamente diferentes.
Una vez más comprendemos que las condiciones de un planeta dependen de muchos factores actuando simultáneamente.
David escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
David nunca vio una fotografía de Marte.
No conoció Olympus Mons.
Nunca contempló Valles Marineris.
No sabía que existían casquetes polares en aquel pequeño punto rojizo del cielo.
Nosotros tenemos el privilegio de conocer cosas que durante miles de años estuvieron fuera del alcance de los seres humanos.
Y ese conocimiento puede producir humildad.
Nuestro planeta no es todo lo que existe.
Vivimos dentro de una creación inmensamente mayor.
La Biblia no fue escrita para enseñarnos geología marciana.
No explica volcanes de Marte, presión atmosférica o temperaturas planetarias.
Para conocer estas cosas utilizamos la observación, las matemáticas, los telescopios y las naves espaciales.
Pero para el creyente no existe necesidad de enfrentar ciencia y fe.
Podemos estudiar cómo funciona Marte…
y al mismo tiempo maravillarnos ante la inmensidad de la creación.
El salmista declaró:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Durante generaciones, Marte fue simplemente una luz rojiza en el cielo.
Hoy conocemos montañas que se elevan más de veinte kilómetros.
Cañones que recorren miles de kilómetros.
Casquetes de hielo.
Tormentas gigantescas.
Dos pequeñas lunas.
Antiguas señales de actividad del agua.
Y vehículos construidos por seres humanos recorriendo lentamente su superficie.
Cada descubrimiento transforma aquel pequeño punto luminoso en algo mucho más extraordinario.
Y todavía quedan muchas preguntas por responder.
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Marte nos invita precisamente a hacer eso:
mirar,
preguntar,
investigar,
aprender,
y maravillarnos.
Porque incluso un mundo frío y aparentemente desolado puede enseñarnos cuánto nos falta por descubrir acerca del extraordinario Sistema Solar del que formamos parte.
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Escucha música con propósito
Nuestro viaje comenzó cerca del Sol.
Visitamos Mercurio, un pequeño mundo cubierto de cráteres.
Después llegamos a Venus, oculto bajo una atmósfera extraordinariamente densa.
Pasamos por la Tierra, nuestro hogar.
Y finalmente recorrimos Marte, con sus volcanes, cañones y desiertos rojizos.
Pero ahora todo cambia.
Dejamos atrás los pequeños planetas rocosos y llegamos al quinto planeta desde el Sol:
Júpiter es el planeta más grande de todo el Sistema Solar. Su tamaño es tan extraordinario que, si pudiéramos imaginarlo como una enorme esfera hueca, dentro de su volumen cabrían aproximadamente mil Tierras.

El planeta Jupiter
Estamos entrando en un mundo completamente diferente.
El diámetro ecuatorial de Júpiter es de aproximadamente:
La Tierra mide alrededor de 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Júpiter es aproximadamente once veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine colocar once Tierras una junto a otra.
Aproximadamente esa distancia necesitaríamos para atravesar Júpiter de un lado al otro por su ecuador.
Pero el tamaño se vuelve todavía más impresionante cuando pensamos en volumen.
Más de mil planetas del tamaño de la Tierra podrían ocupar aproximadamente el volumen de Júpiter.
Nuestro planeta, que para nosotros parece gigantesco, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a este coloso.

Júpiter no solamente es grande.
También posee una enorme masa.
De hecho, tiene más masa que todos los demás planetas del Sistema Solar juntos.
Eso significa que su influencia gravitacional es extraordinaria.
A su alrededor viajan numerosas lunas.
También posee anillos débiles y una compleja región magnética.
Júpiter es tan importante gravitacionalmente que constituye casi un pequeño sistema dentro del propio Sistema Solar.
Más adelante estudiaremos sus lunas con mayor detalle.
Quizá alguien imagine:
“Si Júpiter es tan grande, entonces debe ser como una Tierra enorme”.
Pero no.
Júpiter pertenece a una clase de planetas que llamamos gigantes gaseosos.
Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio, los mismos elementos que dominan la composición del Sol.
No tiene una superficie sólida como aquella sobre la que caminamos en la Tierra.
Cuando observamos Júpiter, estamos viendo principalmente las partes superiores de una atmósfera extraordinariamente profunda.
No de la manera en que aterrizamos sobre Marte.
Una nave que descendiera hacia Júpiter atravesaría capas de gas cada vez más densas.
La presión aumentaría.
La temperatura cambiaría.
Y el material se comprimiría cada vez más.
No encontraríamos simplemente un suelo rocoso donde colocar unas ruedas.
Júpiter es un mundo muy diferente a los primeros cuatro planetas que visitamos.
Esto nos recuerda nuevamente algo importante:
los planetas no son copias unos de otros.

Cuando vemos una fotografía de Júpiter encontramos inmediatamente algo característico:
sus bandas.
Franjas blancas.
Marrones.
Naranjas.
Rojizas.
Todas rodeando el planeta.
Estas franjas son enormes sistemas de nubes y corrientes atmosféricas. Las zonas más oscuras suelen llamarse cinturones y las más claras zonas.
No son pinturas sobre una superficie sólida.
Estamos observando una atmósfera en continuo movimiento.

Las bandas de Júpiter están relacionadas con poderosas corrientes de aire.
Algunas se mueven hacia el este.
Otras hacia el oeste.
Esas corrientes forman enormes chorros atmosféricos que rodean el planeta.
Donde diferentes corrientes se encuentran pueden aparecer turbulencias, remolinos y gigantescas tormentas.
Por eso, cuando observamos Júpiter de cerca, descubrimos una atmósfera que parece casi una enorme pintura en movimiento.
Ahora encontramos una característica que parece difícil de creer.
Júpiter es el planeta más grande…
pero también posee el día más corto de todos los planetas.
Completa una rotación en aproximadamente:
En la Tierra necesitamos unas 24 horas.
Júpiter gira completamente sobre sí mismo antes de que haya transcurrido medio día terrestre.
Imagine un planeta once veces más ancho que la Tierra girando en menos de diez horas.
Es una velocidad extraordinaria.
Júpiter no es una esfera perfectamente redonda.
Su rápida rotación hace que se ensanche alrededor del ecuador y se comprima ligeramente cerca de los polos.
Podemos imaginar una pelota muy blanda girando rápidamente.
El centro tendería a sobresalir un poco.
Algo parecido ocurre con Júpiter.
Incluso su forma nos recuerda que estamos contemplando un planeta en movimiento.
Aunque Júpiter gira rápidamente sobre sí mismo, viaja mucho más lentamente alrededor del Sol que la Tierra.
Se encuentra a una distancia media de aproximadamente:
Eso es más de cinco veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
Júpiter necesita aproximadamente 11.86 años terrestres para completar una vuelta alrededor de nuestra estrella.
Así que un niño que acabara de celebrar su cumpleaños número doce en la Tierra habría vivido aproximadamente un solo año joviano.
Júpiter está muchísimo más lejos del Sol que nosotros.
En las regiones superiores de sus nubes, la temperatura media ronda aproximadamente:
−110 °C.
Pero esa cifra no describe todo el planeta.
Mientras descendemos hacia regiones más profundas, la presión y la temperatura aumentan considerablemente.
Júpiter es un mundo de extremos.
Las famosas nubes de Júpiter contienen diferentes sustancias.
En sus regiones superiores encontramos principalmente nubes relacionadas con amoníaco, además de agua y otros compuestos en distintas profundidades.
Las diferencias químicas, de temperatura, altura y dinámica atmosférica ayudan a producir los distintos colores que observamos.
Lo que desde lejos parece una sencilla franja marrón puede ser en realidad parte de un enorme sistema atmosférico que se extiende miles de kilómetros.

Existe una característica de Júpiter tan famosa que merece su propio artículo:
Es una enorme tormenta que ha sido observada durante siglos.
Actualmente tiene aproximadamente 1.3 veces el diámetro de la Tierra, aunque históricamente llegó a ser considerablemente mayor.
Piense en eso.
Una sola tormenta suficientemente grande para contener aproximadamente a nuestro planeta.
En el siguiente artículo la estudiaremos con calma, porque detrás de esa mancha rojiza existe una de las historias meteorológicas más fascinantes del Sistema Solar.
La Gran Mancha Roja es la más famosa.
Pero no está sola.
Las fotografías de Júpiter muestran numerosos remolinos.
Óvalos blancos.
Tormentas oscuras.
Regiones turbulentas.
Pequeños ciclones.
Aunque “pequeño” puede resultar una palabra engañosa cuando hablamos de Júpiter.
Muchas estructuras atmosféricas que parecen diminutas en una fotografía podrían cubrir regiones enormes de la Tierra.
Júpiter también posee un campo magnético extraordinariamente poderoso.
Alrededor del planeta existe una gigantesca región dominada por ese campo llamada magnetosfera.
Partículas cargadas quedan atrapadas dentro de ella y producen cinturones de radiación muy intensos, capaces de representar un serio desafío para las naves espaciales.
Esto significa que explorar Júpiter no consiste solamente en sobrevivir a grandes distancias.
Las máquinas también deben soportar un ambiente de radiación extremo.
Al igual que la Tierra, Júpiter posee auroras cerca de sus polos.
Pero las jovianas pueden ser extraordinariamente poderosas.
Partículas cargadas interactúan con su campo magnético y con su atmósfera, produciendo regiones luminosas alrededor de los polos.
Desde determinadas longitudes de onda, estas auroras aparecen como enormes anillos de luz.
Así encontramos otra semejanza con nuestro planeta…
pero llevada a una escala gigantesca.
Cuando pensamos en anillos imaginamos inmediatamente a Saturno.
Pero Júpiter también posee un sistema de anillos.
Son mucho más débiles y difíciles de observar.
Están formados principalmente por pequeñas partículas de polvo.
No poseen el espectacular aspecto de los anillos de Saturno, pero nos recuerdan que Júpiter es más complejo de lo que parece a primera vista.

Júpiter está rodeado por una gran cantidad de lunas.
Entre ellas encontramos cuatro especialmente famosas, descubiertas por Galileo Galilei en 1610:
Ío.
Europa.
Ganímedes.
Calisto.
Las llamamos lunas galileanas.
Cada una es un mundo extraordinario.
Ío posee una intensa actividad volcánica.
Europa tiene una superficie helada y fuertes evidencias de un océano de agua líquida debajo.
Ganímedes es la luna más grande de todo el Sistema Solar, incluso mayor que Mercurio.
Júpiter posee actualmente más de cien lunas reconocidas oficialmente, aunque el número puede cambiar conforme se descubren y confirman nuevos objetos.
Imagine la escena.
Un planeta gigantesco.
Numerosas lunas orbitándolo.
Un sistema de anillos.
Un poderoso campo magnético.
Tormentas enormes.
Todo viajando alrededor del Sol.
Por eso, estudiar Júpiter puede sentirse como estudiar un pequeño sistema planetario dentro del Sistema Solar.

Diferentes naves han visitado Júpiter.
Pioneer.
Voyager.
Galileo.
Cassini pasó cerca durante su viaje hacia Saturno.
New Horizons también utilizó Júpiter durante su recorrido hacia Plutón.
Y desde 2016, la nave Juno ha estudiado Júpiter desde una órbita especialmente diseñada para investigar su interior, atmósfera, gravedad y campo magnético.
Gracias a estas misiones hemos podido acercarnos a las nubes y observar detalles que desde la Tierra serían imposibles.
La misión Juno ha revelado que las famosas bandas atmosféricas no son simplemente una capa superficial.
Las corrientes asociadas con ellas penetran aproximadamente 3,000 kilómetros hacia el interior del planeta.
Eso significa que aquello que vemos desde fuera forma parte de estructuras atmosféricas muchísimo más profundas.
Una vez más, las apariencias esconden un mundo mucho más complejo.
Piense ahora en todo lo que está ocurriendo.
Júpiter gira en menos de diez horas.
Sus bandas atmosféricas se desplazan en direcciones diferentes.
Tormentas gigantescas giran dentro de ellas.
Decenas de lunas recorren sus órbitas.
Partículas cargadas circulan dentro de su enorme magnetosfera.
Y mientras todo eso ocurre, el planeta completo continúa viajando alrededor del Sol.
No estamos observando una gran esfera inmóvil.
Estamos contemplando uno de los sistemas más dinámicos del Sistema Solar.
Coloque mentalmente ambos planetas juntos.
La Tierra parece grande para nosotros.
Tiene océanos.
Miles de millones de seres humanos.
Pero junto a Júpiter parece una pequeña esfera azul.
Júpiter podría contener aproximadamente mil Tierras por volumen.
Y entonces podemos comprender un poco mejor la pregunta del salmista:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”
Salmo 8:3-4
La creación modifica nuestra percepción de tamaño.
Nos recuerda que somos pequeños.
Pero también que poseemos una mente capaz de estudiar cosas muchísimo mayores que nosotros.
Las Escrituras no nos dicen cuántas bandas posee Júpiter.
No hablan de hidrógeno metálico.
No mencionan su rápida rotación.
No describen la Gran Mancha Roja.
Estas preguntas pertenecen a la astronomía, la física y la ciencia planetaria.
Pero la Biblia sí invita repetidamente al ser humano a contemplar el cielo.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
Hoy podemos contemplar aquello con herramientas que los antiguos jamás imaginaron.
Espectrómetros.
Radiotelescopios.
Naves espaciales.
Y cámaras viajando alrededor de otro planeta.
…más pequeñas parecen algunas cosas que nos preocupan.
Júpiter es tan grande que una tormenta del tamaño de la Tierra puede parecer solamente una pequeña mancha sobre sus nubes.
Sus sistemas meteorológicos se extienden miles de kilómetros.
Sus lunas forman una familia enorme.
Su campo magnético domina una región gigantesca del espacio.
Y aun así, Júpiter es solamente un planeta.
Uno de ocho.
Alrededor de una estrella.
Dentro de una galaxia inmensa.
Esta escala puede producir asombro.
Y para el creyente puede convertirse también en adoración.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Cuando levantamos ahora los ojos hacia Júpiter, sabemos algo que Isaías no podía observar directamente.
Aquel punto luminoso contiene un mundo gigantesco.
Un planeta once veces más ancho que la Tierra.
Con nubes que forman enormes bandas.
Tormentas que pueden durar generaciones.
Lunas viajando alrededor.
Y un día que termina en menos de diez horas.
Conocer esos datos no disminuye el asombro.
Lo aumenta.
Nuestro primer encuentro con Júpiter nos ha mostrado al gigante.
Pero dejamos deliberadamente una de sus maravillas para el siguiente artículo.
Una enorme tormenta rojiza.
Visible desde hace siglos.
Más grande que nuestro planeta.
Una estructura que ha cambiado de tamaño, forma y comportamiento mientras los científicos la observan.
Nuestro siguiente destino será:
Y quizá entonces comprenderemos todavía mejor por qué este gigante es uno de los mundos más impresionantes de todo nuestro Sistema Solar.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
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Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Júpiter, el planeta más grande, con sus enormes bandas de nubes y tormentas gigantescas.
Ahora viajamos todavía más lejos del Sol.
Y encontramos uno de los mundos más hermosos que podemos contemplar con un telescopio:

El planeta Saturno
Desde lejos parece una enorme esfera amarillenta rodeada por delicados anillos.
Pero aquellos anillos no son simplemente un adorno.
Son un gigantesco sistema formado por incontables partículas de hielo y roca que viajan alrededor del planeta.
Saturno es el sexto planeta desde el Sol y el segundo más grande de nuestro Sistema Solar, solamente superado por Júpiter.

Saturno tiene un diámetro ecuatorial aproximado de:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros.
Esto significa que Saturno es aproximadamente nueve veces más ancho que nuestro planeta.
Imagine una pelota pequeña que representa la Tierra.
Ahora coloque junto a ella otra esfera nueve veces más ancha.
Comenzamos así a comprender el tamaño de este gigante.
Saturno es tan grande que, por volumen, dentro de él cabrían más de setecientas Tierras.
Nuestro planeta, que para nosotros parece enorme, se vuelve pequeño cuando lo colocamos junto a Saturno.
Al igual que Júpiter, Saturno pertenece al grupo de los gigantes gaseosos.
Está formado principalmente por:
hidrógeno
y
helio.
Estos son también los dos elementos principales presentes en el Sol.
Saturno no posee una superficie sólida como la Tierra o Marte.
Si una nave descendiera hacia él, penetraría en gases que se volverían progresivamente más densos. Más abajo encontraría presiones y temperaturas tan extremas que la nave terminaría siendo destruida.
Así que no podríamos simplemente aterrizar sobre Saturno, bajar una escalera y comenzar a caminar.
Aquí encontramos una característica muy curiosa.
Aunque Saturno es gigantesco, su densidad promedio es extraordinariamente baja para un planeta.
De hecho, su densidad media es menor que la del agua.
Esto ha producido una comparación famosa.
Si pudiéramos encontrar un océano suficientemente gigantesco —algo obviamente imposible— Saturno sería menos denso que el agua y tendería a flotar.
No significa que Saturno sea ligero en términos absolutos.
Su masa es enorme.
Significa que toda esa enorme cantidad de materia está distribuida dentro de un volumen gigantesco.
Saturno se encuentra, en promedio, aproximadamente a:
Eso equivale a unas 9.5 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
La luz solar necesita alrededor de:
para viajar desde el Sol hasta Saturno.
Recuerde que la luz solamente tarda unos ocho minutos y veinte segundos en llegar hasta nosotros.
Cuando llegamos a Saturno estamos entrando verdaderamente en las regiones exteriores de nuestro Sistema Solar.
La enorme distancia de Saturno significa también que su recorrido alrededor del Sol es muchísimo mayor que el nuestro.
Saturno necesita aproximadamente:
para completar una sola órbita.
Imagine a un niño que nace en la Tierra.
Para cuando Saturno complete su primera vuelta alrededor del Sol, aquella persona estaría acercándose a los treinta años.
Ese sería solamente:
un año saturniano.
Aquí aparece un contraste fascinante.
El año de Saturno es extremadamente largo…
pero su día es muy corto.
Saturno completa aproximadamente una rotación en:
Eso significa que en el tiempo que nosotros vivimos un solo día terrestre, Saturno puede girar más de dos veces.
Un planeta nueve veces más ancho que la Tierra girando en menos de once horas.
Es difícil imaginar semejante movimiento.
Debido a su rápida rotación, Saturno no es una esfera perfecta.
Se encuentra ligeramente ensanchado alrededor del ecuador y aplanado cerca de los polos.
Podríamos compararlo, de manera muy sencilla, con una pelota blanda que gira muy rápidamente.
El movimiento contribuye a modificar su forma.
Incluso mirando la silueta del planeta podemos encontrar señales de que Saturno está girando continuamente.
Podríamos hablar durante mucho tiempo del planeta.
Pero Saturno posee algo que lo hace inmediatamente reconocible:
Júpiter también tiene anillos.
Urano tiene anillos.
Neptuno también.
Pero ninguno posee un sistema tan brillante y espectacular como el de Saturno.
Cuando Galileo Galilei observó Saturno mediante un telescopio en 1610 no logró comprender claramente qué estaba viendo. La tecnología de su época no permitía resolver bien los anillos; durante las décadas siguientes, observaciones mejores ayudaron a entender la verdadera naturaleza de aquella extraña apariencia.

Cuando vemos una fotografía podemos imaginar que alrededor de Saturno existe una enorme lámina sólida.
No es así.
Los anillos están formados por incontables fragmentos separados.
Principalmente hielo de agua.
También existe roca, polvo y otros materiales mezclados con las partículas heladas.
Algunas partículas son diminutas, incluso comparables con granos de polvo o arena.
Otras pueden tener el tamaño de una casa.
Y existen estructuras mucho mayores dentro del complejo sistema.
Cada fragmento está viajando alrededor de Saturno.
Los anillos son movimiento.
Imagine colocar una enorme cantidad de partículas de hielo alrededor de un planeta.
Cada una obedece a la gravedad.
Cada una posee una velocidad.
Cada una recorre su propia órbita.
Las partículas situadas más cerca de Saturno se mueven de manera diferente a las que están más lejos.
Y cuando observamos todas juntas desde lejos…
parecen formar anillos continuos.
Es algo parecido a observar desde lejos una carretera llena de automóviles.
Desde mucha distancia podría parecer una franja continua.
Pero al acercarnos descubriríamos miles de objetos individuales.

Esta es quizá una de las características más difíciles de imaginar.
El sistema principal de anillos se extiende a enormes distancias alrededor de Saturno.
NASA señala que el sistema de anillos puede alcanzar aproximadamente 282,000 kilómetros desde el planeta, mientras que gran parte de los anillos principales tiene un espesor vertical típico cercano a solamente 10 metros.
Piense en la comparación.
Cientos de miles de kilómetros de extensión…
pero en muchas regiones apenas unos pocos metros de grosor.
Es como una gigantesca hoja extraordinariamente fina alrededor de un planeta.
Cuando lo observamos desde lejos parece un único sistema.
Pero al acercarnos aparecen diferentes regiones.
Los principales anillos brillantes reciben letras:
A.
B.
C.
Además existen otros más débiles:
D, E, F y G.
Algunos son muy brillantes.
Otros apenas pueden observarse.
Algunos contienen muchísima materia.
Otros son tenues y dispersos.
El sistema es mucho más complejo de lo que puede apreciar un pequeño telescopio.
Entre dos de los anillos principales existe una región especialmente conocida:

Cassini y su encuentro con Saturno
Se encuentra entre los anillos A y B y tiene aproximadamente 4,700 kilómetros de anchura.
Pero tampoco está completamente vacía.
Contiene partículas.
Simplemente posee una concentración mucho menor que las regiones brillantes situadas a ambos lados.
La gravedad de algunas lunas influye sobre las partículas y ayuda a producir estructuras y separaciones dentro de los anillos. Por ejemplo, la luna Mimas participa mediante resonancias gravitacionales en la estructura de la División de Cassini.
Saturno posee pequeñas lunas que interactúan directamente con los anillos.
Algunas reciben el nombre de lunas pastoras.
¿Por qué?
Porque su gravedad ayuda a mantener y modificar determinadas regiones de partículas, casi como un pastor que mantiene organizado un rebaño.
Pandora y Prometeo, por ejemplo, interactúan con el estrecho anillo F.
Otras pequeñas lunas producen ondas y estructuras dentro de los propios anillos.
Aquí vemos nuevamente algo que aparece una y otra vez en nuestro viaje:
gravedad + movimiento = estructura.
Cuando Cassini estudió los anillos con enorme detalle encontró estructuras conocidas como propellers, o hélices.
No son hélices verdaderas.
Se producen cuando pequeños cuerpos dentro de los anillos alteran gravitacionalmente las partículas que pasan cerca de ellos.
Aparecen patrones que pueden extenderse miles de kilómetros.
Un pequeño objeto puede modificar una región enorme de partículas a su alrededor.
Una vez más, la gravedad está trabajando silenciosamente.
Podríamos imaginar los anillos como una superficie perfectamente plana.
Pero Cassini descubrió que no siempre lo son.
Durante el equinoccio de Saturno, cuando la luz solar incidía casi de lado sobre los anillos, algunas estructuras proyectaron largas sombras.
Eso permitió descubrir acumulaciones y perturbaciones que se elevaban kilómetros por encima del plano principal de los anillos.
Imagine eso.
Un sistema que desde lejos parece una línea perfecta…
pero de cerca posee ondas, grumos, lunas pequeñas y estructuras gigantescas.
Gran parte de su brillo se debe al hielo.
El hielo de agua refleja muy bien la luz solar.
Por eso Saturno puede ofrecer esa apariencia blanca, plateada y dorada que vemos en numerosas fotografías.
Las pequeñas diferencias de color entre distintas regiones pueden revelar diferentes cantidades de otros materiales mezclados con el hielo.
Lo que para nuestros ojos simplemente parece hermoso también contiene información química.
Esta pregunta todavía no posee una respuesta completamente definitiva.
Una posibilidad es que gran parte del material provenga de antiguas lunas, cometas u otros cuerpos que fueron fragmentados por impactos o por las poderosas fuerzas gravitacionales cerca de Saturno.
Existen diferentes modelos acerca de cuándo y cómo se originaron.
Y aquí es importante recordar algo:
cuando los científicos todavía están investigando una pregunta, debemos decirlo.
No necesitamos presentar como certeza aquello que continúa siendo objeto de estudio.
Eso también forma parte de hacer buena ciencia.
Cassini descubrió que el sistema es todavía más dinámico.
Algunas lunas reciben partículas procedentes de los anillos.
Y algunas lunas aportan material a ellos.
Un ejemplo extraordinario es Encélado.
Esta pequeña luna expulsa al espacio vapor de agua y partículas de hielo desde fracturas cerca de su polo sur.
Parte de ese material contribuye a alimentar el enorme y tenue anillo E de Saturno.
Así que algunas partes de los anillos están relacionadas directamente con actividad que ocurre sobre una luna.
Saturno tiene su eje inclinado aproximadamente 26.7 grados.
Y los anillos se encuentran aproximadamente en el plano de su ecuador.
A medida que Saturno recorre su larga órbita, cambia el ángulo desde el cual nosotros observamos los anillos.
Algunas veces aparecen ampliamente abiertos.
Otras veces los vemos casi completamente de canto.
Cuando esto ocurre pueden parecer tan delgados que casi desaparecen para ciertos telescopios.
Los anillos no desaparecieron.
Cambió nuestra perspectiva.
La inclinación de su eje significa que Saturno experimenta estaciones, al igual que la Tierra.
Pero recuerde:
un año de Saturno dura casi treinta años terrestres.
Por eso cada estación puede durar aproximadamente siete años terrestres.
Imagine pasar siete años en primavera.
Después siete años en verano.
Después otros siete aproximadamente en otoño.
Y finalmente un larguísimo invierno.
Saturno posee otra característica que parece sacada de una película.
Cerca de su polo norte existe una enorme corriente atmosférica con forma aproximada de:
Seis lados.
Una figura geométrica gigantesca dentro de la atmósfera de un planeta.
La misión Cassini obtuvo imágenes detalladas de esta corriente y permitió estudiarla durante años.
No es una estructura sólida.
Es un patrón atmosférico.
Otra demostración de lo extraño y diverso que puede ser el clima de otros mundos.
Aunque sus colores suelen parecer más suaves que los de Júpiter, Saturno también posee tormentas poderosas.
Cassini observó una gigantesca tormenta en el hemisferio norte durante 2010 y 2011 que llegó a extenderse alrededor del planeta durante meses.
Así que debajo de aquella tranquila apariencia dorada existe una atmósfera activa.
Nubes.
Vientos.
Tormentas.
Todo en movimiento.
Saturno está acompañado por una extraordinaria cantidad de lunas.
Algunas son diminutas.
Otras son mundos enormes.
Dos destacan especialmente:
Titán
y
Encélado.
Titán posee una atmósfera espesa y lagos y mares de hidrocarburos sobre su superficie.
Encélado posee un océano global de agua líquida debajo de una corteza de hielo y expulsa parte de ese material hacia el espacio.
Por eso no intentaremos estudiar aquí toda la familia de Saturno.
Las lunas merecen su propio capítulo.
Gran parte de lo que hoy sabemos acerca de Saturno se debe a una misión extraordinaria:
Fue un proyecto conjunto de NASA, la Agencia Espacial Europea y la Agencia Espacial Italiana.
Cassini llegó al sistema de Saturno en 2004 y pasó trece años estudiando el planeta, sus anillos y sus lunas.
Tomó cientos de miles de imágenes.
Atravesó diferentes regiones del sistema.
Estudió los anillos desde ángulos nunca vistos.
Y transformó nuestra comprensión de Saturno.
Al final de su misión, los ingenieros hicieron algo extraordinariamente atrevido.
Cassini realizó 22 inmersiones a través de la región situada entre Saturno y sus anillos interiores.
Aquello permitió realizar mediciones extremadamente precisas de la gravedad, el campo magnético, la atmósfera y la masa de los anillos.
Después, el 15 de septiembre de 2017, Cassini entró deliberadamente en la atmósfera de Saturno y terminó su misión.
La nave desapareció.
Pero los datos que reunió continúan siendo estudiados.
Saturno puede observarse a simple vista desde la Tierra.
Para nuestros ojos parece simplemente un punto luminoso.
Pero coloque un telescopio delante de sus ojos…
y aparece algo extraordinario.
Una esfera.
Anillos.
Lunas.
Después enviamos naves.
Y descubrimos millones de partículas.
Huecos.
Ondas.
Pequeñas lunas.
Tormentas.
Un hexágono.
Océanos ocultos dentro de algunos satélites.
Cada vez que miramos más cerca encontramos más complejidad.
Hay algo especial en Saturno.
No solamente queremos comprenderlo.
También es hermoso.
Sus anillos producen una de las imágenes más elegantes de todo el Sistema Solar.
Y esto nos recuerda que estudiar científicamente algo hermoso no destruye su belleza.
Podemos saber que los anillos están hechos principalmente de hielo.
Podemos calcular sus órbitas.
Podemos medir su espesor.
Podemos estudiar las fuerzas que forman sus divisiones.
Y todavía podemos mirar Saturno y decir:
¡qué extraordinario!
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David no podía observar los anillos de Saturno como nosotros.
A simple vista veía solamente otro punto luminoso.
Nosotros tenemos telescopios.
Cámaras.
Espectrómetros.
Naves espaciales.
Podemos acercarnos a aquel pequeño punto y descubrir un mundo gigantesco rodeado por miles de estructuras de hielo.
Para el creyente, cada nueva escala de observación puede convertirse en una nueva razón para maravillarse.
Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Saturno constituye una magnífica invitación a hacerlo.
Levante los ojos.
Allí existe un planeta aproximadamente nueve veces más ancho que la Tierra.
A unos 1,400 millones de kilómetros del Sol.
Girando en menos de once horas.
Rodeado por un sistema de anillos compuesto principalmente por hielo.
Acompañado por una gran familia de lunas.
Y todo ello continúa moviéndose mientras nosotros realizamos nuestras actividades cotidianas.
Ahora resumamos nuestro encuentro.
Saturno es:
el segundo planeta más grande del Sistema Solar,
un gigante compuesto principalmente de hidrógeno y helio,
un mundo sin una superficie sólida verdadera,
un planeta que gira en unas 10.7 horas,
un mundo cuyo año dura casi treinta años terrestres,
y el dueño del sistema de anillos más espectacular que conocemos entre los planetas.
Pero quizá lo más sorprendente sea esto:
desde lejos sus anillos parecen sencillos.
Cuando nos acercamos descubrimos miles de millones de partículas, divisiones, pequeñas lunas, ondas y estructuras moldeadas continuamente por la gravedad.
Algo que parecía solamente hermoso resulta también extraordinariamente complejo.
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje por Saturno todavía no termina.
Porque alrededor de este gigante viajan mundos que merecen ser conocidos por sí mismos.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar continúa.
Ya dejamos atrás a Saturno y su extraordinaria familia de anillos y lunas.
Ahora nos alejamos muchísimo más del Sol.
Y llegamos al séptimo planeta:

El planeta Urano
A primera vista parece una tranquila esfera azul verdosa.
No muestra las enormes bandas de Júpiter.
No posee los espectaculares anillos brillantes de Saturno.
Pero Urano guarda una característica que lo convierte en uno de los planetas más extraños de nuestro Sistema Solar:
gira prácticamente acostado sobre un costado.
Su eje de rotación está inclinado aproximadamente 98 grados respecto de su órbita. En lugar de girar como una pelota casi vertical, parece rodar alrededor del Sol.
Ponga una pelota sobre una mesa.
Imagine una línea atravesándola de arriba hacia abajo.
Esa línea representa su eje.
La Tierra también gira alrededor de un eje.
Nuestro planeta está inclinado aproximadamente 23.4 grados.
Urano es completamente diferente.
Su inclinación es tan grande que uno de sus polos puede quedar orientado casi directamente hacia el Sol durante parte de su larguísimo recorrido orbital.
Es como si alguien hubiera tomado el planeta…
lo hubiera inclinado hasta acostarlo…
y después lo hubiera puesto a girar.
Esta es una pregunta que todavía no podemos responder con completa seguridad.
Una explicación propuesta es que, durante la historia temprana del planeta, Urano pudo experimentar una interacción o un gran impacto que modificó profundamente su orientación.
También existen modelos más recientes que estudian otras posibilidades gravitacionales.
Pero debemos decirlo claramente:
todavía no conocemos con certeza toda la historia de cómo Urano terminó girando de esa manera.
Y eso también forma parte de la ciencia.
No todo está resuelto.
Todavía existen preguntas esperando mejores respuestas.

Aunque parece pequeño cuando lo observamos desde la Tierra, Urano es enorme.
Su diámetro ecuatorial es de aproximadamente:
La Tierra tiene unos 12,742 kilómetros de diámetro.
Eso significa que Urano es aproximadamente cuatro veces más ancho que nuestro planeta.
Por volumen podrían caber alrededor de 63 Tierras dentro de Urano.
Imagine nuestro planeta entero.
Ciudades.
Y después imagine decenas de mundos de ese tamaño ocupando aproximadamente el volumen de una sola esfera.
Urano pertenece verdaderamente al reino de los gigantes.
Júpiter y Saturno son conocidos como gigantes gaseosos.
Urano, junto con Neptuno, suele clasificarse como un:
Eso no significa que sea simplemente una gigantesca bola de hielo congelado.
El nombre se refiere a que su interior contiene una proporción importante de materiales como agua, amoníaco y metano, además de hidrógeno y helio, sometidos a presiones y temperaturas extraordinarias.
Así que incluso entre los planetas gigantes encontramos diferencias importantes.
No como aterrizamos en la Tierra, la Luna o Marte.
Urano no posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual una nave pudiera simplemente colocar sus patas.
Si descendiera, atravesaría primero su atmósfera.
Los gases serían cada vez más densos.
La presión aumentaría enormemente.
Y finalmente encontraríamos materiales sometidos a condiciones extremas.
Una nave convencional no podría continuar indefinidamente.
Urano es un mundo para atravesar con instrumentos, no para caminar sobre una superficie ordinaria.
Una de las características más hermosas del planeta es su color.
Urano suele verse azul verdoso o cian.
¿De dónde viene ese color?
Su atmósfera contiene principalmente hidrógeno y helio, pero también posee una pequeña cantidad de metano.
El metano absorbe parte de la luz roja procedente del Sol y deja que otras longitudes de onda se reflejen con mayor facilidad.
El resultado contribuye al característico tono azulado del planeta.
Una pequeña cantidad de una sustancia puede cambiar completamente la apariencia de un mundo gigantesco.
Las primeras fotografías de Voyager 2 mostraron a Urano como una esfera relativamente uniforme.
Parecía casi sin rasgos.
Durante años pudo dar la impresión de ser uno de los planetas más tranquilos.
Pero telescopios modernos como Hubble y James Webb han mostrado nubes, tormentas y cambios relacionados con las estaciones.
Así que aquella esfera azul aparentemente sencilla…
también posee meteorología.
Nubes.
Vientos.
Cambios estacionales.
Otra vez descubrimos que cuanto más nos acercamos, más compleja resulta la creación.
La atmósfera de Urano puede alcanzar velocidades de viento de cientos de kilómetros por hora.
Aunque el planeta recibe relativamente poca energía solar debido a su enorme distancia, su atmósfera continúa mostrando movimientos y estructuras dinámicas.
Este es uno de los aspectos fascinantes de los planetas gigantes:
no necesitamos una superficie sólida para tener “clima”.
Los gases mismos pueden formar enormes sistemas meteorológicos.
Urano se encuentra muy lejos del Sol.
Su distancia media es de aproximadamente:
Eso es cerca de 19 veces la distancia media entre la Tierra y el Sol.
A semejante distancia recibe muchísimo menos energía solar que nuestro planeta.
En algunas regiones superiores de su atmósfera se han registrado temperaturas cercanas a:
lo que convierte a Urano en uno de los mundos planetarios más fríos del Sistema Solar.
Imagine un frío tan intenso que nuestras experiencias invernales más severas parecerían cálidas en comparación.

La luz viaja a una velocidad extraordinaria.
Aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.
Desde el Sol hasta la Tierra necesita alrededor de ocho minutos.
Pero para alcanzar Urano necesita aproximadamente:
dependiendo de la posición del planeta en su órbita.
Cuando la luz solar alcanza las nubes de Urano, ha viajado miles de millones de kilómetros por el espacio.
Aunque Urano es gigantesco, gira rápidamente.
Completa una rotación aproximadamente cada:
Así que su día es bastante más corto que el terrestre.
Imagine despertar por la mañana…
y antes de que hayan pasado nuestras veinticuatro horas, Urano ya habría completado una vuelta entera sobre sí mismo.
Aquí encontramos el contraste.
Un día dura solamente unas 17 horas.
Pero una vuelta completa alrededor del Sol necesita aproximadamente:
Piense en eso.
Una persona podría nacer…
crecer…
formar una familia…
envejecer…
y Urano quizá todavía no habría completado una segunda vuelta alrededor del Sol durante toda su vida.
Ahora combine dos características:
Urano tarda aproximadamente 84 años terrestres en dar una vuelta alrededor del Sol.
Y está prácticamente acostado de lado.
El resultado son estaciones extraordinarias.
Cada estación puede durar alrededor de:
Durante determinadas partes de su órbita, una región polar puede quedar orientada hacia el Sol durante años, mientras la otra permanece alejada de él.
Compare eso con nuestras estaciones.
Unos meses de primavera.
Unos meses de verano.
Unos meses de otoño.
Unos meses de invierno.
En Urano hablamos de décadas.
Imagine que llega la primavera cuando un niño nace.
Y esa primavera continúa…
cuando aprende a caminar.
cuando comienza la escuela.
cuando llega a la adolescencia.
y todavía sigue cuando alcanza la edad adulta.
Solo entonces comenzaría aproximadamente la siguiente estación.
Las escalas temporales de otros planetas pueden ser tan sorprendentes como sus tamaños.

Cuando pensamos en anillos recordamos inmediatamente a Saturno.
Pero Saturno no es el único.
Urano posee un sistema de anillos oscuros y relativamente tenues.
No son tan brillantes ni tan espectaculares como los saturnianos, pero forman parte importante del planeta. Voyager 2 descubrió dos anillos adicionales durante su encuentro de 1986, y observaciones posteriores han permitido estudiar mejor todo el sistema.
Gracias a instrumentos modernos, incluso los anillos más débiles pueden aparecer alrededor de la esfera azul del planeta.
Recuerde que Urano está prácticamente acostado.
Sus anillos están alineados aproximadamente con su ecuador.
Por eso todo el sistema parece inclinado:
el planeta,
su eje,
sus anillos,
y las órbitas de muchas de sus principales lunas.
Visualmente es uno de los sistemas planetarios más peculiares que conocemos.
Urano posee numerosas lunas.
Entre las más grandes encontramos:
Titania.
Oberón.
Umbriel.
Ariel.
Miranda.
Son mundos helados y rocosos con cráteres, fracturas y paisajes extraordinarios.
Oberón, por ejemplo, está fuertemente cubierto de cráteres y posee una composición aproximada de hielo y roca.
Miranda muestra algunos de los terrenos más extraños observados en una luna.
Sin embargo, no nos detendremos demasiado aquí.
Nuestro objetivo es conocer al planeta.
La rareza de Urano no termina con su inclinación.
También posee un campo magnético.
Pero ese campo está inclinado y desplazado respecto del centro del planeta de una manera mucho más marcada que el de la Tierra.
Cuando Voyager 2 pasó por Urano descubrió un campo magnético sorprendente y una magnetosfera compleja.
Esto significa que incluso las regiones invisibles alrededor del planeta poseen una geometría extraordinaria.

Aquí aparece algo que quizá sorprenda.
Hemos enviado numerosas misiones a Marte.
Varias naves han visitado Júpiter.
Cassini pasó años alrededor de Saturno.
Pero Urano solamente ha sido visitado de cerca por una nave espacial:
Su máximo acercamiento ocurrió el 24 de enero de 1986. Fue el primer objeto construido por seres humanos en visitar Urano y, hasta ahora, sigue siendo el único que lo ha estudiado directamente durante un sobrevuelo.
Voyager 2 pasó a unos 81,800 kilómetros de las cimas visibles de las nubes de Urano.
Durante el encuentro envió miles de imágenes y grandes cantidades de información sobre el planeta, sus anillos, lunas, atmósfera y campo magnético.
También descubrió diez lunas nuevas y dos anillos nuevos.
Piense en lo extraordinario.
Una máquina pasó por allí hace décadas…
y todavía seguimos analizando lo que aprendió.
Aunque ninguna otra nave ha regresado todavía, no hemos dejado de estudiar Urano.
El telescopio espacial Hubble observa sus nubes y estaciones.
El telescopio espacial James Webb ha obtenido imágenes extraordinarias de sus anillos, nubes y regiones polares.
Cada nueva generación de instrumentos consigue extraer más información de aquel lejano punto azul.
Urano nos enseña algo hermoso acerca de estudiar el Sistema Solar.
Cuando comenzamos, quizá pensamos que un planeta simplemente:
gira,
recorre una órbita,
y tiene forma redonda.
Pero después encontramos un planeta casi acostado.
Con estaciones que duran décadas.
Con anillos oscuros.
Con una atmósfera azulada.
Y con un campo magnético sorprendentemente inclinado.
La realidad suele resultar mucho más interesante que nuestra primera imaginación.
Porque cada planeta posee una combinación particular de características.
Júpiter tiene sus enormes bandas y la Gran Mancha Roja.
Saturno posee sus extraordinarios anillos.
Urano presenta una inclinación extrema y una composición interior diferente.
Neptuno, que visitaremos después, posee otra personalidad completamente distinta.
No estamos viajando entre copias.
Estamos visitando mundos individuales.
La Biblia declara:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
El salmista no estaba describiendo científicamente a Urano.
No conocía su metano.
Sus anillos.
Su inclinación.
Su período orbital.
Estas cosas las hemos descubierto mediante observación científica.
Pero para el creyente, la diversidad que encontramos en los cielos puede convertirse en una nueva razón para admirar al Creador.
A veces podemos cometer un error.
Pensamos que para que algo resulte maravilloso debe parecerse a la Tierra.
Pero Urano no tiene océanos azules como los nuestros.
No tiene continentes verdes.
No posee aire que podamos respirar.
No fue hecho para que nosotros pudiéramos caminar sobre él.
Y sin embargo resulta extraordinario.
Su importancia científica está precisamente en mostrarnos otra manera en que puede existir un planeta.
Si pudiéramos observar Urano a simple vista bajo condiciones excepcionales, apenas parecería un punto diminuto.
Pero sabemos lo que realmente existe allí.
Una esfera de unos 51,000 kilómetros de diámetro.
Casi cuatro veces más ancha que la Tierra.
Situada a miles de millones de kilómetros del Sol.
Girando prácticamente sobre un costado.
Rodeada por anillos.
Acompañada por lunas.
Y completando una vuelta alrededor del Sol cada 84 años.
Una vez más, el tamaño aparente nos engaña.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Hoy podemos hacer precisamente eso.
Levantar nuestros ojos.
Preguntar.
Construir telescopios.
Enviar naves.
Medir.
Comparar.
Y continuar descubriendo.
Para una perspectiva cristiana, la ciencia no disminuye el asombro.
Puede ampliarlo.
Urano sigue siendo uno de los grandes mundos poco explorados del Sistema Solar.
Una sola nave lo ha visitado de cerca.
Eso significa que quedan enormes preguntas acerca de su interior, atmósfera, magnetosfera, lunas y origen de su extraordinaria inclinación.
Quizá futuras generaciones enviarán una nave capaz de permanecer allí durante años.
Quizá algún niño que lea hoy acerca de Urano participe mañana en una misión semejante.
La exploración todavía continúa.
Resumamos lo que acabamos de encontrar.
Urano es:
el séptimo planeta desde el Sol,
un gigante de hielo aproximadamente cuatro veces más ancho que la Tierra,
un mundo azul verdoso debido en parte al metano de su atmósfera,
un planeta que gira aproximadamente cada 17 horas,
un mundo cuyo año dura alrededor de 84 años terrestres,
un planeta con anillos y numerosas lunas,
y, sobre todo, un mundo cuyo eje está inclinado aproximadamente 98 grados.
Urano parece rodar alrededor del Sol.
Y esa sola característica produce algunas de las estaciones más extrañas entre los planetas.
David escribió:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Nuestro viaje todavía tiene otro gran planeta esperándonos.
Muchísimo más lejos.
Azul.
Frío.
Y azotado por algunos de los vientos más extraordinarios conocidos en el Sistema Solar.
Nuestro siguiente destino será:
Libro recomendado

Escucha música con propósito
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.

El planeta Neptuno
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.

Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.

Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.

Triton, una de las lunas de Neptuno
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.

A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
NASA Science — Neptune Facts. Datos sobre tamaño, distancia, atmósfera, rotación, órbita, lunas, anillos y características generales de Neptuno.
NASA — Ice Giant Resources. Información sobre los vientos extremos de Neptuno y sus velocidades superiores a 2,000 km/h.
NASA — Voyager at Neptune. Imágenes y observaciones de la atmósfera, nubes y tormentas obtenidas durante el encuentro de 1989.
NASA Science — Voyager 2. Historia de la única nave que ha visitado Urano y Neptuno.
NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
NASA/ESA/CSA — James Webb Space Telescope. Observaciones recientes del sistema de anillos y de varias lunas de Neptuno.
Por el Dr. Elio M Rivera
Nuestro viaje por el Sistema Solar nos ha llevado cada vez más lejos del Sol.
Pasamos junto a los pequeños planetas rocosos.
Conocimos al gigantesco Júpiter.
Contemplamos los extraordinarios anillos de Saturno.
Y visitamos Urano, el extraño planeta que gira prácticamente acostado.
Ahora continuamos todavía más lejos.
Finalmente llegamos al octavo planeta del Sistema Solar y al más distante de los ocho planetas reconocidos:
Neptuno.
Es un mundo oscuro, frío y azulado situado a miles de millones de kilómetros de nosotros. Pero detrás de su tranquila apariencia existen algunas de las condiciones atmosféricas más violentas conocidas entre los planetas: los vientos de Neptuno pueden superar los 2,000 kilómetros por hora.
Si pudiéramos contemplar Neptuno desde una nave espacial, veríamos una gran esfera azulada suspendida en la oscuridad.
Pero no se deje engañar por su tamaño aparente.
Neptuno tiene aproximadamente 49,500 kilómetros de diámetro, casi cuatro veces el diámetro de la Tierra. Es el cuarto planeta más grande por diámetro y pertenece, junto con Urano, al grupo conocido como gigantes de hielo.
Imagine colocar cuatro Tierras una junto a otra.
Eso nos proporciona una idea aproximada de la anchura de Neptuno.
Nuestro planeta es enorme para nosotros.
Pero nuevamente descubrimos que existen mundos muchísimo mayores.
La Tierra se encuentra, en promedio, a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Neptuno está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol, unas treinta veces más lejos que la Tierra.
Intentemos imaginar esa distancia.
La luz del Sol llega a la Tierra en unos ocho minutos.
Para alcanzar Neptuno necesita alrededor de cuatro horas.
La misma luz que ilumina nuestra mañana debe continuar viajando durante miles de millones de kilómetros antes de alcanzar aquel lejano planeta.
No resulta extraño que Neptuno sea un mundo tan frío y oscuro.
Cuanto más lejos se encuentra un planeta del Sol, mayor es generalmente el recorrido que debe completar alrededor de nuestra estrella.
Neptuno necesita aproximadamente:
165 años terrestres
para completar una sola órbita.
Piense en lo que significa.
Un niño podría nacer…
crecer…
envejecer…
y vivir toda una larga vida…
sin ver a Neptuno completar siquiera una vuelta alrededor del Sol.
Desde que Neptuno fue descubierto en 1846, el planeta apenas ha completado poco más de una órbita alrededor del Sol.
Aunque su año es extraordinariamente largo, Neptuno gira rápidamente sobre sí mismo.
Un día neptuniano dura aproximadamente:
16 horas.
Así encontramos otro de esos contrastes que aparecen constantemente en nuestro Sistema Solar.
Un año puede durar más de un siglo terrestre…
mientras un día dura menos que el nuestro.
El planeta gira rápidamente mientras avanza lentamente por su gigantesca órbita.
El característico color de Neptuno está relacionado en parte con el metano presente en su atmósfera.
Su atmósfera está formada principalmente por hidrógeno y helio, con una cantidad menor de metano. El metano absorbe con mayor eficacia determinadas longitudes de onda rojizas de la luz, contribuyendo a la apariencia azulada del planeta. Sin embargo, NASA señala que el color exacto de Neptuno probablemente depende también de otros componentes y procesos atmosféricos.
Esto resulta fascinante.
Una sustancia presente en cantidades relativamente pequeñas puede contribuir a cambiar la apariencia de un planeta entero.
A pesar de su hermoso color, Neptuno no es una enorme Tierra azul.
No posee océanos superficiales donde pudiéramos navegar.
Tampoco posee una superficie sólida claramente definida sobre la cual pudiéramos aterrizar y caminar.
Es un gigante de hielo.
Debajo de su atmósfera existe una enorme región de materiales calientes y densos relacionados con agua, metano y amoníaco, sometidos a presiones extraordinarias. Más profundamente se piensa que existe un núcleo denso.
Una nave que descendiera hacia Neptuno encontraría gases cada vez más densos, presiones crecientes y condiciones finalmente destructivas.
Neptuno recibe muy poca energía solar comparado con la Tierra.
Su temperatura media en las regiones atmosféricas donde se utiliza una referencia comparable es cercana a:
−200 °C.
Nuestro congelador doméstico podría estar alrededor de −18 °C.
Las regiones frías de la Tierra pueden descender muchísimo más.
Pero Neptuno pertenece a otra categoría.
Estamos hablando de un mundo situado tan lejos del Sol que la cantidad de energía solar disponible es solamente una pequeña fracción de la que recibimos nosotros.
Aquí podríamos pensar:
“Si Neptuno está tan lejos del Sol y hace tanto frío, probablemente su atmósfera está casi inmóvil”.
Pero ocurre exactamente lo contrario.
Neptuno posee los vientos más rápidos conocidos entre los planetas del Sistema Solar.
En determinadas regiones pueden superar:
2,000 kilómetros por hora.
Eso es más rápido que la velocidad del sonido en el aire terrestre bajo condiciones ordinarias.
Imagine nubes y gases desplazándose a velocidades que ningún huracán terrestre puede alcanzar.
Esta es precisamente una de las preguntas fascinantes de Neptuno.
El Sol proporciona muy poca energía a semejante distancia.
Sin embargo, Neptuno también libera energía procedente de su interior.
Esa energía interna, combinada con su rápida rotación y la dinámica de su atmósfera, ayuda a mantener un sistema meteorológico extraordinariamente activo. NASA describe al planeta como frío y oscuro, pero al mismo tiempo azotado por vientos supersónicos.
Una vez más aprendemos que no podemos comprender un planeta estudiando solamente una característica.
La distancia importa.
La atmósfera importa.
La rotación importa.
El calor interno importa.
Todo interactúa.
Cuando la nave Voyager 2 pasó cerca de Neptuno en 1989 descubrió una gigantesca tormenta oscura.
Fue llamada:
la Gran Mancha Oscura.
Recordaba en cierta manera a la famosa Gran Mancha Roja de Júpiter, aunque se trataba de un fenómeno diferente.
Era un enorme sistema atmosférico en movimiento dentro de las nubes de Neptuno. Voyager 2 también observó nubes blancas brillantes que cambiaban con rapidez.
Pero ocurrió algo sorprendente después.
Cuando el telescopio espacial Hubble observó Neptuno años después, aquella gran tormenta que Voyager 2 había fotografiado ya no estaba.
Había desaparecido.
Después se observaron otras manchas oscuras en diferentes épocas.
Esto demostró que la atmósfera de Neptuno es muy dinámica.
Las tormentas pueden aparecer.
Cambiar.
Desplazarse.
Y desaparecer.
No estamos observando un mundo congelado e inmóvil.
Estamos contemplando una atmósfera activa a miles de millones de kilómetros del Sol.
Voyager 2 observó nubes brillantes semejantes a cirros terrestres que podían formarse y desaparecer en períodos de apenas varias horas o decenas de horas.
Imagine contemplar un planeta desde una nave espacial.
Tomar una fotografía.
Esperar unas horas.
Y descubrir que algunas de sus estructuras atmosféricas ya han cambiado.
El clima no pertenece solamente a la Tierra.
Otros planetas poseen sus propios sistemas meteorológicos, y Neptuno lleva esos fenómenos a extremos extraordinarios.
Saturno tiene los anillos más espectaculares.
Pero Neptuno también está rodeado por un sistema de anillos oscuros y tenues.
Son difíciles de observar desde la Tierra.
Voyager 2 confirmó claramente su existencia durante su encuentro con el planeta, y décadas después el telescopio espacial James Webb consiguió obtener una de las imágenes más claras de esos anillos desde el sobrevuelo de Voyager.
No son anillos brillantes como los de Saturno.
Pero allí están.
Incluso en las regiones más lejanas del sistema planetario encontramos estructuras organizadas por gravedad y movimiento.
Neptuno posee actualmente 16 lunas conocidas.
La mayor de todas ellas se llama:
Tritón.
Y Tritón es tan extraño que fácilmente podría merecer un artículo propio.
Es una gran luna helada.
Su temperatura superficial ronda aproximadamente −235 °C.
Y además gira alrededor de Neptuno en dirección contraria a la rotación del planeta, algo extraordinario para una luna de semejante tamaño.
Cuando Voyager 2 fotografió Tritón descubrió algo inesperado.
A pesar de su enorme frío, existían chorros que expulsaban material helado varios kilómetros sobre su superficie.
Imagine la escena.
Una luna congelada.
A miles de millones de kilómetros del Sol.
Con material elevándose desde la superficie.
Aquello que parecía un mundo completamente inmóvil escondía actividad.
Nuestro Sistema Solar continúa enseñándonos a no juzgar un mundo solamente por su apariencia.
La historia de Neptuno posee algo especial.
Urano no se movía exactamente como los astrónomos esperaban.
Parecía existir algo cuya gravedad estaba alterando ligeramente su movimiento.
Los matemáticos estudiaron esas diferencias y calcularon aproximadamente dónde debía encontrarse otro planeta.
Después los astrónomos dirigieron sus telescopios hacia aquella región.
Y allí estaba Neptuno.
El planeta fue identificado en 1846.
En cierto sentido, Neptuno fue encontrado primero mediante matemáticas y gravedad, y después mediante el telescopio.
Esta es una de las historias más hermosas de la astronomía.
Una fuerza invisible reveló la existencia de un mundo que todavía no habíamos visto claramente.
Piense en esto.
Los científicos no podían viajar hasta Neptuno.
No podían tocarlo.
No podían observarlo detalladamente.
Pero conocían cómo debía comportarse aproximadamente Urano.
Cuando encontraron pequeñas diferencias, comenzaron a preguntar:
¿Existe algo más tirando gravitacionalmente de él?
Las matemáticas señalaron una región del cielo.
El telescopio confirmó la existencia del planeta.
Es un ejemplo extraordinario del poder de estudiar las leyes que gobiernan la creación.
A pesar de todo lo que sabemos, solamente una nave espacial ha visitado Neptuno de cerca:
Voyager 2.
Llegó hasta el planeta en agosto de 1989.
Había comenzado su viaje desde la Tierra en 1977.
Durante años atravesó el Sistema Solar.
Visitó Júpiter.
Saturno.
Urano.
Y finalmente llegó hasta Neptuno, su último encuentro planetario.
Después continuó su camino hacia las regiones exteriores del dominio solar.
Antes de Voyager 2, Neptuno era principalmente una pequeña esfera azul observada a enorme distancia.
La nave reveló:
tormentas,
nubes,
anillos,
lunas,
un campo magnético,
y una atmósfera extraordinariamente dinámica.
Un solo sobrevuelo transformó nuestra comprensión de un planeta entero.
Esto nos recuerda cuánto puede cambiar nuestro conocimiento cuando conseguimos mirar un poco más cerca.
Voyager 2 pasó rápidamente.
No permaneció años orbitando Neptuno como Cassini hizo alrededor de Saturno.
No tenemos rovers.
No tenemos módulos de aterrizaje.
No hemos enviado otra nave que permanezca estudiándolo desde cerca.
Por eso todavía existen muchas preguntas acerca de:
su interior,
sus tormentas,
su campo magnético,
sus anillos,
y sus lunas.
Neptuno sigue siendo uno de los grandes mundos pendientes de una exploración mucho más profunda.
Piense nuevamente en la escala.
Desde la Tierra, Neptuno resulta difícil de observar sin instrumentos.
Pero aquel pequeño punto es en realidad una esfera de casi 50,000 kilómetros de diámetro.
Está aproximadamente a 4,500 millones de kilómetros del Sol.
Su día dura unas 16 horas.
Su año dura alrededor de 165 años terrestres.
Sus temperaturas rondan los −200 °C en las regiones atmosféricas de referencia.
Y sus vientos pueden superar 2,000 kilómetros por hora.
Una pequeña luz…
esconde un mundo gigantesco.
Ahora hemos llegado hasta el último de los ocho grandes planetas.
Piense en lo que hemos encontrado.
Mercurio es pequeño y abrasado por el Sol.
Venus está oculto bajo una atmósfera extremadamente densa.
La Tierra posee océanos y una extraordinaria diversidad de vida.
Marte es frío, rojizo y posee enormes volcanes y cañones.
Júpiter es gigantesco y turbulento.
Saturno está rodeado por espectaculares anillos.
Urano gira prácticamente acostado.
Y Neptuno posee algunos de los vientos más veloces conocidos entre los planetas.
Ocho mundos.
Un mismo Sistema Solar.
Y una diversidad extraordinaria.
David escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1
David nunca vio Neptuno.
El planeta ni siquiera había sido identificado en su época.
Pero hoy nosotros podemos mirar muchísimo más lejos.
Podemos utilizar telescopios.
Podemos emplear matemáticas.
Podemos enviar naves.
Podemos medir los vientos de un planeta situado a miles de millones de kilómetros.
Desde una perspectiva cristiana, conocer más acerca de la creación no disminuye el asombro.
Puede aumentarlo.
El profeta Isaías escribió:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26
Es una invitación extraordinaria.
Levantar los ojos.
Mirar.
Preguntar.
Estudiar.
Descubrir.
No conocemos todo acerca de Neptuno.
Pero conocemos mucho más que las generaciones anteriores.
Y quizá las generaciones futuras conocerán muchísimo más que nosotros.
Neptuno está extraordinariamente lejos.
Sin embargo, podemos calcular su órbita.
Podemos conocer la duración de su año.
Podemos estudiar su atmósfera.
Podemos predecir dónde estará.
Y su propia existencia fue descubierta en parte porque los movimientos planetarios podían estudiarse matemáticamente.
Para el creyente, resulta hermoso contemplar un universo que puede ser investigado mediante orden, regularidad y leyes comprensibles.
El salmista expresó:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24
Neptuno se encuentra casi en el límite de nuestro recorrido por los grandes planetas.
Frío.
Azul.
Distante.
Azotado por vientos supersónicos.
Rodeado por anillos y lunas.
Y todavía lleno de secretos.
Nuestro viaje nos ha llevado miles de millones de kilómetros desde el Sol, pero todavía no hemos llegado al final del Sistema Solar.
Más allá de Neptuno nos esperan mundos pequeños, helados y regiones extraordinariamente distantes.
La exploración continúa.
Génesis 1:14-18.
Salmo 8:3-4.
Salmo 19:1-6.
Salmo 104:24.
Isaías 40:26.
de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.
Ingersoll, A. P. Planetary Climates. Princeton University Press.
NASA Science — Neptune Facts. Datos sobre tamaño, distancia, atmósfera, rotación, órbita, lunas, anillos y características generales de Neptuno.
NASA — Ice Giant Resources. Información sobre los vientos extremos de Neptuno y sus velocidades superiores a 2,000 km/h.
NASA — Voyager at Neptune. Imágenes y observaciones de la atmósfera, nubes y tormentas obtenidas durante el encuentro de 1989.
NASA Science — Voyager 2. Historia de la única nave que ha visitado Urano y Neptuno.
NASA Science — Neptune Exploration. Historia de la exploración y observaciones modernas del planeta.
NASA/ESA/CSA — James Webb Space Telescope. Observaciones recientes del sistema de anillos y de varias lunas de Neptuno.
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