Por el Dr. Elio M Rivera

Una estrella muy especial para nosotros

  Cada mañana ocurre algo tan común que casi dejamos de sorprendernos.

  El cielo comienza a iluminarse.

  La oscuridad desaparece.

  Sentimos calor sobre nuestra piel.

  Las plantas reciben luz.

  Los animales comienzan sus actividades.

  Y todo esto sucede gracias a una estrella situada aproximadamente a 150 millones de kilómetros de la Tierra:

el Sol.

 El solo, nuestra estrella

El Sol es una estrella como muchas de las que vemos durante la noche. Sin embargo, para nosotros es extraordinariamente especial porque es la estrella de nuestro Sistema Solar.

  Su luz y su energía llegan hasta nuestro planeta, pero además su enorme gravedad mantiene a la Tierra y a los demás planetas viajando alrededor de él.

  Sin el Sol, nuestro Sistema Solar sería completamente diferente.

El sol, el gigante de nuestro vecindario

  Cuando observamos el Sol desde la Tierra parece relativamente pequeño.

  Podemos cubrirlo con la punta de un dedo si extendemos el brazo.

  Pero eso ocurre únicamente porque está muy lejos.

  En realidad, el Sol es gigantesco.

  Su diámetro es de aproximadamente:

1.39 millones de kilómetros.

  El diámetro de la Tierra es de unos 12,742 kilómetros.

  Esto significa que el diámetro del Sol es aproximadamente 109 veces mayor que el de nuestro planeta.

  Pero existe una comparación todavía más sorprendente.

  Si pudiéramos vaciar el Sol y colocar Tierras dentro de él, cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra por volumen.

  Imagine nuestro planeta.

  Con todos sus océanos.

  Todos sus continentes.

  Todas sus montañas.

  Y ahora imagine más de un millón de mundos de ese tamaño ocupando el volumen de una sola estrella.

  Así de enorme es el Sol.

El Sol domina el Sistema Solar

  El Sol no solamente es el objeto más grande de nuestro Sistema Solar.

  También concentra aproximadamente el 99.8 % de toda la masa del Sistema Solar.

  Esto resulta muy importante.

  Cuanta más masa posee un objeto, mayor puede ser su influencia gravitacional.

  Por eso el Sol ejerce una poderosa atracción sobre los planetas y muchos otros cuerpos que forman nuestro vecindario espacial.

  Mercurio está ligado gravitacionalmente al Sol.

  Venus también.

  La Tierra también.

  Marte, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno también.

  Incluso mientras usted lee estas palabras, la gravedad del Sol está actuando sobre nuestro planeta.

Entonces, ¿por qué la Tierra no cae dentro del Sol?

  Esta es una pregunta magnífica.

  El Sol atrae a la Tierra mediante la gravedad.

  Entonces, ¿por qué nuestro planeta no termina cayendo sobre él?

  Porque la Tierra también se está moviendo a gran velocidad.

  Nuestro planeta viaja alrededor del Sol aproximadamente a 107,000 kilómetros por hora, aunque la velocidad cambia un poco a lo largo de su órbita.

  La combinación entre su movimiento y la atracción gravitacional del Sol mantiene a la Tierra siguiendo su órbita.

  Podemos imaginarlo, de manera sencilla, como una caída continua alrededor del Sol.

  La Tierra avanza.

  La gravedad la atrae.

  Y el resultado es una órbita.

  Lo mismo sucede con los demás planetas.

Una enorme esfera de gas caliente

  El Sol no posee una superficie sólida como la Tierra.

  Está compuesto principalmente por hidrógeno y helio en estado de plasma.

  En la región que vemos como su “superficie”, llamada fotosfera, la temperatura es de aproximadamente 5,500 grados Celsius.

  Eso ya parece increíblemente caliente.

  Pero en el centro del Sol las temperaturas alcanzan aproximadamente 15 millones de grados Celsius.

  Allí ocurre el proceso que permite al Sol producir enormes cantidades de energía.

Una gigantesca fuente de energía

  En el núcleo del Sol ocurre la fusión nuclear.

  Explicado de manera sencilla, núcleos de hidrógeno terminan formando helio mediante una serie de reacciones.

  Durante este proceso se libera una enorme cantidad de energía.

  Esa energía comienza un largo recorrido desde el interior del Sol hasta finalmente escapar al espacio en forma de radiación.

  Una pequeñísima parte llega hasta nosotros.

  Y esa pequeña parte resulta fundamental para la vida en la Tierra.

La luz que cruza el espacio

  El Sol se encuentra tan lejos que su luz no llega instantáneamente hasta nosotros.

  Aunque la luz viaja aproximadamente a 300,000 kilómetros por segundo, necesita alrededor de:

8 minutos y 20 segundos

  para recorrer la distancia media entre el Sol y la Tierra.

  Esto significa algo curioso.

  Cuando usted contempla el Sol —siempre con la protección adecuada y nunca mirándolo directamente— no lo está viendo exactamente como es en ese instante.

  Está recibiendo luz que salió de él aproximadamente ocho minutos antes.

La energía que mueve nuestro mundo

  La energía solar participa directa o indirectamente en una enorme cantidad de procesos terrestres.

  El Sol calienta los océanos.

  Calienta los continentes.

  Contribuye a producir diferencias de temperatura que participan en el movimiento del aire.

  Su energía impulsa la evaporación del agua.

  Las plantas utilizan la luz solar para realizar la fotosíntesis.

  Y esa fotosíntesis sostiene directa o indirectamente una enorme parte de las cadenas alimentarias de nuestro planeta.

  Cuando vemos crecer un bosque, caer la lluvia o sentimos el viento, estamos observando procesos en los que la energía procedente del Sol desempeña un papel fundamental.

La Tierra está a una distancia extraordinaria

  Nuestro planeta se encuentra, en promedio, aproximadamente a 150 millones de kilómetros del Sol.

  Esa distancia permite que recibamos una cantidad de energía compatible con las condiciones que encontramos en nuestro planeta.

  La Tierra no permanece siempre exactamente a la misma distancia porque su órbita no es un círculo perfecto. Sin embargo, estas variaciones son relativamente pequeñas.

  Más adelante estudiaremos con mayor detalle la posición y las órbitas de los planetas.

  Por ahora basta comprender algo sencillo:

  nuestra vida depende profundamente de la energía de una estrella situada a unos 150 millones de kilómetros de nosotros.

También puede ser peligroso

  El Sol es indispensable, pero eso no significa que toda la energía procedente de él sea inofensiva.

  Produce radiación y fenómenos capaces de afectar nuestro planeta.

  Por eso resulta tan importante la protección que proporciona la atmósfera terrestre y, junto con ella, la magnetosfera frente a determinadas partículas cargadas procedentes del Sol.

  Incluso aquí encontramos una interesante relación entre diferentes partes de nuestro entorno.

  Tenemos una estrella que proporciona energía.

  Tenemos una Tierra situada a una distancia adecuada.

  Y tenemos sistemas terrestres que ayudan a proteger la vida.

  No vivimos dependiendo de una sola condición, sino de muchas funcionando simultáneamente.

El Sol también tiene actividad

  Cuando los científicos observan cuidadosamente el Sol descubren que no es una esfera tranquila e inmóvil.

  En su superficie pueden aparecer manchas solares.

  También ocurren enormes explosiones conocidas como llamaradas solares.

  Y el Sol expulsa continuamente partículas cargadas formando lo que llamamos viento solar.

  En ocasiones, la interacción de partículas solares con el entorno magnético de la Tierra contribuye a producir uno de los espectáculos más hermosos de nuestro cielo:

las auroras.

  Así que incluso un resplandor de colores observado cerca de las regiones polares puede tener su origen en acontecimientos ocurridos en nuestra estrella.

Una estrella que gobierna nuestro vecindario

  Ahora podemos comprender por qué el Sol ocupa un lugar tan importante en esta serie.

  No es simplemente una lámpara gigantesca que ilumina los planetas.

  Es el cuerpo dominante del Sistema Solar.

  Su gravedad ayuda a mantener organizado nuestro sistema planetario.

  Su energía calienta la Tierra.

  Su luz hace posible la fotosíntesis.

  Y alrededor de él viajan ocho planetas y una enorme variedad de cuerpos menores.

  El Sistema Solar recibe precisamente su nombre de esta estrella:

el Sol.

La Biblia y las dos grandes lumbreras

  La Biblia habla desde sus primeras páginas de la importancia de las lumbreras que observamos en nuestro cielo:

“E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche…”
Génesis 1:16

  El propósito de este pasaje no es enseñarnos física solar.

  No explica la fusión nuclear, la gravedad o la temperatura del núcleo.

  Estas son preguntas que podemos investigar mediante la ciencia.

  Pero las Escrituras presentan algo que resulta fundamental para nuestra perspectiva: el Sol forma parte de la creación de Dios.

  No es Dios.

  Es una obra extraordinaria de Dios.

El mismo Sol que contemplaba David

  El salmista escribió:

“En ellos puso tabernáculo para el sol;
Y éste, como esposo que sale de su tálamo,
Se alegra cual gigante para correr el camino.”

Salmo 19:4-5

  David contemplaba el Sol atravesando el cielo.

  Hoy sabemos mucho más acerca de aquella estrella de lo que podía conocer un observador de la antigüedad.

  Conocemos aproximadamente su tamaño.

  Su distancia.

  Su temperatura.

  Su composición.

  Podemos estudiar su luz.

  Podemos observar su superficie con instrumentos especializados.

  Incluso hemos enviado sondas para estudiarlo de cerca.

  Y ese conocimiento no tiene por qué disminuir nuestro asombro.

  Puede aumentarlo.

Una estrella, ocho planetas y un extraordinario sistema

  Piense nuevamente en la escena completa.

  En el centro se encuentra una estrella gigantesca.

  Alrededor de ella viajan los planetas.

  Alrededor de algunos planetas viajan lunas.

  Entre ellos encontramos asteroides y otros cuerpos.

  Todo se mueve.

  Y la gravedad mantiene relacionados a los integrantes de este enorme vecindario.

  Desde la perspectiva bíblica, estudiar ese orden puede convertirse en una oportunidad para contemplar la sabiduría del Creador.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová!
Hiciste todas ellas con sabiduría…”

Salmo 104:24

  El Sol nos proporciona luz cada mañana, pero cuando comenzamos a comprender lo que realmente es, descubrimos algo todavía más extraordinario:

  Esa pequeña esfera brillante que vemos en nuestro cielo es una estrella gigantesca cuya energía y gravedad desempeñan un papel fundamental en el extraordinario Sistema Solar que Dios nos ha permitido llamar hogar.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Organizaciones científicas

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Por el Dr. Elio M Rivera

Dejamos nuestro hogar y continuamos el viaje

  Ya hemos visitado Mercurio, Venus y nuestro propio planeta, la Tierra.

  Ahora continuamos alejándonos del Sol.

  Después de cruzar millones de kilómetros de espacio llegamos al cuarto planeta del Sistema Solar.

  Desde la Tierra puede verse como un pequeño punto rojizo en el cielo nocturno.

  Por eso, desde tiempos antiguos, llamó poderosamente la atención de quienes contemplaban las estrellas.

  Su nombre es:

Marte.

El planeta Marte

  Hoy sabemos que aquel pequeño punto rojo es en realidad un mundo completo, con enormes montañas, volcanes gigantescos, profundos cañones, extensas llanuras, tormentas de polvo y casquetes de hielo en sus polos.

  Y, además, es el único planeta cuya superficie hemos recorrido directamente con vehículos robóticos.

¿Por qué Marte es rojo?

  Marte es conocido como:

“el planeta rojo”.

  Pero ¿por qué tiene ese color?

  La respuesta está principalmente en los minerales de hierro presentes en sus rocas y suelo.

  Esos minerales reaccionaron con oxígeno y formaron óxidos de hierro.

  Es algo parecido a lo que ocurre cuando un objeto de hierro en la Tierra desarrolla herrumbre.

  El polvo rico en óxidos de hierro cubre grandes regiones de Marte y le proporciona su característico color rojizo.

  Incluso desde millones de kilómetros de distancia podemos distinguirlo.

Marte es mucho más pequeño que la Tierra

  El diámetro de Marte es de aproximadamente:

6,779 kilómetros.

  El de la Tierra es de aproximadamente:

12,742 kilómetros.

  Esto significa que el diámetro de Marte es un poco más de la mitad del terrestre.

  También posee mucha menos masa que nuestro planeta.

  Como consecuencia, su gravedad superficial es solamente alrededor del 38 % de la gravedad terrestre.

  Imagine que en la Tierra una persona pesa 50 kilogramos.

  Su masa seguiría siendo la misma en Marte, pero si utilizáramos coloquialmente una báscula calibrada como las terrestres, marcaría un peso equivalente a aproximadamente 19 kilogramos.

  Allí sería mucho más fácil dar grandes saltos.

Un día sorprendentemente parecido al nuestro

  Aquí encontramos algo curioso.

  Aunque Marte es muy diferente de la Tierra, la duración de su día es bastante parecida.

  Un día marciano dura aproximadamente:

24 horas y 39 minutos.

  Los científicos suelen llamar sol a un día marciano.

  Así que cuando una misión lleva, por ejemplo, cien soles trabajando sobre Marte, significa que ha permanecido aproximadamente cien días marcianos sobre el planeta.

Pero su año es mucho más largo

  Marte está más lejos del Sol que la Tierra.

  Su distancia media es de aproximadamente:

228 millones de kilómetros.

  Por eso necesita recorrer una órbita mucho mayor.

  Mientras la Tierra completa una vuelta alrededor del Sol en unos 365 días, Marte necesita aproximadamente:

687 días terrestres.

  Un año marciano dura casi dos años terrestres.

  Si celebráramos nuestros cumpleaños utilizando años marcianos, tendríamos que esperar mucho más entre uno y otro.

Marte también tiene estaciones

  Marte posee un eje inclinado aproximadamente 25 grados, bastante parecido a la inclinación de la Tierra.

  Como consecuencia, también experimenta estaciones.

  Tiene primavera.

  Verano.

  Otoño.

  Invierno.

  Sin embargo, como su año es mucho más largo que el nuestro, sus estaciones también duran más.

  Aquí encontramos una hermosa oportunidad para comparar dos planetas.

  La Tierra y Marte poseen inclinaciones semejantes.

  Ambos tienen estaciones.

  Ambos tienen casquetes polares.

  Y sus días tienen duraciones relativamente parecidas.

  Pero sus condiciones superficiales son profundamente diferentes.

Una atmósfera demasiado tenue para nosotros

  Marte posee atmósfera.

  Pero es muchísimo más tenue que la terrestre.

  Está compuesta principalmente por dióxido de carbono, con pequeñas cantidades de nitrógeno, argón y otros gases.

  La presión atmosférica sobre su superficie es, en promedio, menos del uno por ciento de la presión que experimentamos al nivel del mar en la Tierra.

  Por eso una persona no podría simplemente salir de una nave y comenzar a caminar por Marte.

  Necesitaría protección y un suministro de oxígeno.

  No existe aire respirable para nosotros.

Marte es un mundo frío

  Cuando vemos fotografías de Marte, algunas regiones pueden parecernos desiertos terrestres.

  Pero no debemos dejarnos engañar.

  Marte es frío.

  Su temperatura media superficial es aproximadamente de:

−63 °C.

  Las temperaturas cambian mucho dependiendo del lugar, la hora y la estación.

  En determinadas condiciones cerca del ecuador durante el día pueden subir considerablemente, mientras que durante noches frías y en regiones polares pueden descender muy por debajo de −100 °C.

  Un paisaje que parece un desierto cálido puede ser, en realidad, extraordinariamente frío.

El volcán más grande del Sistema Solar

  Ahora llegamos a una de las maravillas de Marte.

  Sobre su superficie se encuentra:

Olympus Mons

El volcán olimpo

  El Monte Olimpo es el volcán más grande conocido del Sistema Solar.

  Se eleva aproximadamente 22 kilómetros sobre el nivel de referencia marciano, dependiendo de cómo se realice la medición.

  El monte Everest alcanza unos 8.8 kilómetros sobre el nivel del mar.

  Olympus Mons es, por tanto, muchísimo más alto.

  Pero su tamaño resulta todavía más difícil de imaginar cuando consideramos su anchura.

  Su enorme estructura volcánica se extiende por cientos de kilómetros.

  Si pudiéramos colocarnos cerca de él, probablemente no lo veríamos como una montaña puntiaguda completa porque sería demasiado grande para abarcarla desde nuestra posición.

  Parecería más bien que el terreno se eleva lentamente hasta perderse en el horizonte.

¿Cómo pudo crecer tanto?

  En la Tierra, las grandes placas de la corteza se mueven.

  Por eso un punto donde asciende magma puede ir formando diferentes volcanes conforme la placa se desplaza.

  Marte no posee actualmente una tectónica de placas global como la terrestre.

  Esto permitió que enormes cantidades de material volcánico se acumularan repetidamente en determinadas regiones.

  El resultado fueron volcanes gigantescos.

  Olympus Mons es el ejemplo más espectacular.

Pero Marte también tiene un cañón gigantesco

  Si sus volcanes son enormes, sus cañones tampoco se quedan atrás.

  Marte posee un gigantesco sistema de cañones llamado:

El valle Marineris

Valles Marineris

  Se extiende aproximadamente 4,000 kilómetros.

  En algunos lugares alcanza alrededor de 200 kilómetros de anchura y profundidades de varios kilómetros.

  Es tan enorme que, si pudiéramos trasladarlo a la Tierra, atravesaría una parte considerable de un continente.

  Nuestro famoso Gran Cañón de Arizona es impresionante.

  Pero Valles Marineris pertenece a otra escala.

¿Fue formado por un río gigantesco?

  No principalmente.

  Aunque existen evidencias de que el agua modificó distintas regiones de Marte, Valles Marineris parece haber comenzado principalmente mediante enormes fracturas y hundimientos de la corteza marciana, relacionados con la gigantesca región volcánica de Tharsis.

  Posteriormente, deslizamientos de tierra, erosión y otros procesos modificaron sus paredes y su interior.

  Es un buen ejemplo de por qué debemos estudiar cuidadosamente un paisaje antes de decidir cómo se formó.

  Algo puede parecer un enorme cañón fluvial…

  sin haberse formado de la misma manera que un cañón terrestre.

Marte posee dos casquetes polares

  Si observamos Marte con suficiente detalle podemos distinguir regiones claras cerca de sus polos.

  Son sus casquetes polares.

  Contienen principalmente hielo de agua permanente, acompañado por dióxido de carbono congelado que aumenta y disminuye según las estaciones.

  Durante el invierno marciano, parte del dióxido de carbono de la atmósfera puede congelarse sobre las regiones polares.

  Cuando llega una estación más cálida, una parte vuelve a convertirse directamente en gas.

  Los polos de Marte cambian con las estaciones.

Hay agua congelada en Marte

  Hoy sabemos que Marte posee hielo de agua.

  Existe en sus regiones polares y también bajo partes de su superficie.

  Además, numerosas estructuras del terreno muestran que en algún momento el agua líquida modificó regiones del planeta.

  Se han identificado antiguos canales, deltas y minerales que normalmente se forman en presencia de agua.

  Esto no significa que Marte esté actualmente cubierto por ríos y lagos.

  No lo está.

  Pero significa que el agua forma parte importante de la historia geológica del planeta.

Tormentas que pueden envolver el planeta

  Marte posee otro fenómeno espectacular:

las tormentas de polvo.

  El polvo marciano es extremadamente fino.

  Los vientos pueden levantarlo y transportarlo por grandes distancias.

  Algunas tormentas son pequeñas y regionales.

  Pero en determinadas ocasiones pueden crecer hasta afectar prácticamente todo el planeta.

  Imagine contemplar desde el espacio cómo un mundo entero comienza a quedar oculto detrás de una gigantesca nube de polvo.

  Eso puede ocurrir en Marte.

El cielo de Marte no se vería como el nuestro

  En la Tierra estamos acostumbrados a un cielo azul.

  En Marte, el abundante polvo suspendido en la atmósfera produce normalmente un cielo de tonos rojizos o amarillentos durante el día.

  Pero cerca del amanecer y del atardecer puede suceder algo sorprendente.

  Alrededor del Sol pueden aparecer tonalidades azuladas.

  Es casi lo contrario de lo que solemos observar en la Tierra, donde nuestro cielo es azul y los atardeceres frecuentemente adquieren tonos rojizos.

Marte tiene dos pequeñas lunas

  Marte no viaja completamente solo.

  Tiene dos pequeñas lunas:

Fobos y Deimos.

  Sus nombres significan aproximadamente “miedo” y “terror” en griego.

  Son muchísimo más pequeñas que nuestra Luna y poseen formas irregulares.

  Fobos es la mayor y orbita extraordinariamente cerca de Marte.

  Deimos es más pequeña y se encuentra más lejos.

  Desde la superficie marciana no parecerían una enorme Luna como la que contemplamos desde la Tierra.

  Serían pequeños compañeros cruzando el cielo.

Marte, un mundo que hemos recorrido con robots

  Existe algo especialmente emocionante acerca de Marte.

  No solamente lo hemos observado desde lejos.

  Hemos aterrizado allí.

  Hemos colocado instrumentos sobre su superficie.

  Y hemos enviado vehículos capaces de desplazarse por ella.

  Los seres humanos todavía no hemos caminado sobre Marte.

  Pero nuestros robots sí.

  Spirit.

  Opportunity.

  Curiosity.

  Perseverance.

  Y otros exploradores han permitido estudiar directamente rocas, suelo, atmósfera y paisajes marcianos.

  Incluso hemos hecho volar una pequeña aeronave en otro planeta.

  El helicóptero Ingenuity realizó el primer vuelo controlado y motorizado en otro mundo.

  La historia de esas máquinas es tan extraordinaria que merece nuestro siguiente artículo completo.

Marte no es una segunda Tierra

  Algunas imágenes de Marte pueden resultar engañosas.

  Vemos montañas.

  Valles.

  Rocas.

  Dunas.

  Hielo.

  Y podemos pensar:

  “Parece la Tierra”.

  Pero mire las diferencias.

  Su atmósfera es extremadamente tenue.

  No podemos respirar.

  La presión es muy baja.

  Hace mucho frío.

  No existen océanos líquidos sobre su superficie actual.

  La radiación representa un problema importante.

  Y las tormentas pueden llenar la atmósfera de polvo.

  Marte nos recuerda nuevamente que parecerse a la Tierra en algunas características no significa ofrecer las mismas condiciones para la vida humana.

Tres vecinos y tres mundos completamente diferentes

  Ya podemos comparar:

Venus, Tierra y Marte.

  Venus posee una atmósfera extremadamente densa y temperaturas cercanas a 464 °C.

  La Tierra posee océanos líquidos, una atmósfera adecuada para nuestra respiración y una enorme diversidad de vida.

  Marte posee una atmósfera muy tenue y una temperatura media cercana a −63 °C.

  Tres planetas rocosos.

  Tres vecinos.

  Tres ambientes extraordinariamente diferentes.

  Una vez más comprendemos que las condiciones de un planeta dependen de muchos factores actuando simultáneamente.

La creación es mucho más grande que nuestro pequeño mundo

  David escribió:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria…?”

Salmo 8:3-4

  David nunca vio una fotografía de Marte.

  No conoció Olympus Mons.

  Nunca contempló Valles Marineris.

  No sabía que existían casquetes polares en aquel pequeño punto rojizo del cielo.

  Nosotros tenemos el privilegio de conocer cosas que durante miles de años estuvieron fuera del alcance de los seres humanos.

  Y ese conocimiento puede producir humildad.

  Nuestro planeta no es todo lo que existe.

  Vivimos dentro de una creación inmensamente mayor.

La ciencia nos permite explorar

  La Biblia no fue escrita para enseñarnos geología marciana.

  No explica volcanes de Marte, presión atmosférica o temperaturas planetarias.

  Para conocer estas cosas utilizamos la observación, las matemáticas, los telescopios y las naves espaciales.

  Pero para el creyente no existe necesidad de enfrentar ciencia y fe.

  Podemos estudiar cómo funciona Marte…

  y al mismo tiempo maravillarnos ante la inmensidad de la creación.

  El salmista declaró:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”

Salmo 19:1

Un pequeño punto rojo convertido en un mundo

  Durante generaciones, Marte fue simplemente una luz rojiza en el cielo.

  Hoy conocemos montañas que se elevan más de veinte kilómetros.

  Cañones que recorren miles de kilómetros.

  Casquetes de hielo.

  Tormentas gigantescas.

  Dos pequeñas lunas.

  Antiguas señales de actividad del agua.

  Y vehículos construidos por seres humanos recorriendo lentamente su superficie.

  Cada descubrimiento transforma aquel pequeño punto luminoso en algo mucho más extraordinario.

  Y todavía quedan muchas preguntas por responder.

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26

  Marte nos invita precisamente a hacer eso:

  mirar,

  preguntar,

  investigar,

  aprender,

  y maravillarnos.

  Porque incluso un mundo frío y aparentemente desolado puede enseñarnos cuánto nos falta por descubrir acerca del extraordinario Sistema Solar del que formamos parte.

Referencias

Escrituras consultadas

Bibliografía científica

Organizaciones científicas

Libro recomendado

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Actualmente, las bases de datos del Jet Propulsion Laboratory contienen información de más de un millón y medio de asteroides, aunque esa cifra incluye también objetos de otras regiones del Sistema Solar clasificados dentro de sus bases de pequeños cuerpos.

Entre Marte y Júpiter existe una enorme región llena de pequeños mundos

  Nuestro viaje por el Sistema Solar ya nos ha llevado desde los planetas cercanos al Sol hasta los gigantes más distantes.

  Pero entre Marte y Júpiter existe una región muy especial.

  No encontramos allí otro gran planeta.

  Encontramos una enorme cantidad de cuerpos rocosos y metálicos que viajan alrededor del Sol.

  Los llamamos:

asteroides.

Los asteroides

  La mayor concentración de ellos forma una región conocida como:

el cinturón principal de asteroides.

  La mayoría de los asteroides conocidos se encuentran orbitando al Sol entre Marte y Júpiter.

¿Qué es un asteroide?

  Un asteroide es un cuerpo natural que gira alrededor del Sol y que normalmente es mucho más pequeño que un planeta.

  Muchos están formados principalmente por roca.

  Otros contienen cantidades importantes de metales.

  Algunos poseen mezclas de diferentes materiales.

  No todos son iguales.

  Existen asteroides oscuros.

  Otros reflejan más luz.

  Algunos son casi redondos.

  Muchos tienen formas irregulares que recuerdan enormes papas flotando en el espacio.

  La palabra “asteroide” puede hacernos imaginar una pequeña piedra.

  Pero sus tamaños son extraordinariamente variados.

Desde enormes cuerpos hasta pequeñas rocas

  Algunos asteroides tienen cientos de kilómetros de diámetro.

  Otros solamente miden unos cuantos metros.

  NASA señala que Vesta alcanza aproximadamente 530 kilómetros de diámetro, mientras que existen asteroides conocidos de menos de 10 metros.

  Imagine la diferencia.

  Un cuerpo puede ser suficientemente grande para contener montañas y enormes cráteres…

  mientras otro podría caber dentro de un pequeño vecindario.

  Y ambos reciben el nombre de asteroide.

¿Cuántos conocemos?

  Cada año se descubren nuevos objetos.

  Por eso el número cambia constantemente.

  No todos ellos pertenecen al cinturón principal entre Marte y Júpiter.

  Existen también asteroides cercanos a la Tierra, asteroides que comparten regiones orbitales con planetas y muchos otros grupos.

  Por eso es mejor imaginar el cinturón no como el único lugar donde existen asteroides…

  sino como la región donde se concentra una enorme población de ellos.

¿Es peligroso atravesar el cinturón?

  Las películas de ciencia ficción algunas veces muestran naves intentando pasar entre enormes rocas que chocan unas con otras.

  Una roca pasa por arriba.

  Otra por abajo.

  La nave apenas consigue atravesar.

  Pero el cinturón real no se parece mucho a eso.

  Los asteroides están distribuidos por una región gigantesca.

  Las distancias entre ellos suelen ser enormes.

  Por eso numerosas naves espaciales han atravesado el cinturón de asteroides sin tener que esquivar constantemente rocas.

  No es una pared sólida de piedras.

  Es una región inmensa del espacio donde numerosos cuerpos recorren sus propias órbitas.

Todos están viajando

  Cada asteroide se mueve alrededor del Sol.

  La gravedad solar mantiene sus órbitas.

  Algunos completan sus recorridos más rápidamente.

  Otros tardan más.

  Sus órbitas no son idénticas.

  Algunas son más circulares.

  Otras son más alargadas.

  Algunas están inclinadas respecto del plano donde viajan la mayoría de los planetas.

  Otra vez encontramos la misma idea que hemos visto durante todo nuestro viaje:

el Sistema Solar está en movimiento.

  Incluso las pequeñas rocas viajan.

¿Por qué existe un cinturón entre Marte y Júpiter?

  Júpiter posee una enorme influencia gravitacional.

  Su presencia afecta las órbitas de numerosos cuerpos pequeños cercanos a su región.

  En el cinturón encontramos zonas donde ciertos tipos de órbita son menos comunes debido a resonancias gravitacionales, especialmente con Júpiter.

  Podemos imaginar una resonancia como una pequeña influencia que se repite una y otra vez.

  Cada empujón puede parecer pequeño.

  Pero cuando se repite durante muchas órbitas puede modificar considerablemente la trayectoria de un objeto.

  Así, incluso desde millones de kilómetros de distancia, la gravedad del gigantesco Júpiter participa en la organización del cinturón.

¿Podrían todos los asteroides formar otro planeta?

  Podemos pensar:

  “Si juntáramos todos esos asteroides, quizá formaríamos un planeta gigantesco”.

  Pero ocurre algo sorprendente.

  La masa total de todos los asteroides es menor que la masa de nuestra Luna.

  Eso significa que aunque el cinturón ocupa una región enorme, la cantidad total de materia es relativamente pequeña cuando la comparamos con un planeta.

  Desde lejos parece una región llena de cuerpos.

  Pero el espacio entre ellos es enorme.

Ceres: el gigante del cinturón

  Entre todos los objetos del cinturón existe uno especialmente importante:

Ceres.

  Ceres es el objeto más grande del cinturón principal y actualmente está clasificado como planeta enano.

  Tiene aproximadamente:

940 kilómetros de diámetro.

  Eso lo hace muchísimo mayor que la mayoría de los asteroides.

  Su gravedad fue suficiente para darle una forma aproximadamente esférica.

  Por eso Ceres no es simplemente “otra roca grande”.

  Posee características que lo colocan en una categoría especial.

Ceres fue descubierto hace más de dos siglos

  El astrónomo Giuseppe Piazzi descubrió Ceres en 1801.

  Al principio se pensó que podía ser un planeta.

  Después, conforme comenzaron a descubrirse otros cuerpos en la misma región, fue considerado durante mucho tiempo un asteroide.

  En 2006 fue clasificado como planeta enano.

  La manera en que clasificamos los objetos puede cambiar cuando obtenemos nueva información.

  La ciencia aprende.

  Compara.

  Corrige categorías.

  Y continúa investigando.

Ceres contiene mucho hielo y agua

  La nave Dawn permitió estudiar Ceres con enorme detalle.

  Los científicos encontraron evidencias de materiales relacionados con agua y abundante hielo.

  También observaron regiones muy brillantes formadas por depósitos de sales.

  Ceres es un mundo mucho más complejo de lo que su pequeño tamaño podría hacernos imaginar.

  No es simplemente una piedra seca viajando entre Marte y Júpiter.

Vesta: un mundo profundamente marcado por impactos

  El otro gran protagonista del cinturón es:

Vesta.

  Vesta es el segundo cuerpo más masivo del cinturón principal y representa casi el 9 % de la masa total de sus asteroides.

  Tiene aproximadamente:

530 kilómetros de diámetro.

  Es mucho menor que Ceres.

  Pero sigue siendo gigantesco comparado con la mayoría de los asteroides.

Vesta posee una enorme cicatriz

  Cuando la nave Dawn llegó a Vesta descubrió un mundo cubierto de cráteres.

  En su región sur existe una gigantesca cuenca de impacto conocida como Rheasilvia.

  El impacto que la produjo fue extraordinariamente poderoso.

  Lanzó materiales desde Vesta hacia el espacio.

  Algunos fragmentos terminaron recorriendo el Sistema Solar.

  Incluso se han identificado meteoritos encontrados en la Tierra cuya composición indica que proceden de Vesta.

  Así que es posible sostener en nuestras manos una pequeña piedra que comenzó su historia en un asteroide situado entre Marte y Júpiter.

Una misma nave visitó Vesta y Ceres

  NASA lanzó en 2007 una nave llamada:

Dawn.

  Su misión fue extraordinaria.

  Primero viajó hasta Vesta.

  Llegó en 2011 y permaneció orbitándolo durante más de un año.

  Después encendió nuevamente sus motores y viajó hasta Ceres.

  Llegó allí en 2015.

  Dawn se convirtió en la primera nave que orbitó un cuerpo del cinturón principal y posteriormente en la primera que visitó un planeta enano.

  Una sola máquina terrestre estudió dos mundos completamente diferentes.

Ceres y Vesta no son iguales

  Esto es especialmente interesante.

  Ambos se encuentran en la misma región.

  Ambos son grandes comparados con muchos otros asteroides.

  Pero son muy diferentes.

  Vesta es un cuerpo predominantemente rocoso y diferenciado que recuerda en algunos aspectos a los planetas rocosos interiores.

  Ceres contiene una proporción mucho mayor de materiales relacionados con agua y sustancias volátiles.

  Juntos representan cerca del 40 % de la masa del cinturón principal, aunque físicamente son mundos muy distintos.

  Una vez más encontramos diversidad.

También existen asteroides metálicos

  No todos los grandes asteroides se parecen a Ceres o Vesta.

  Un ejemplo extraordinario es:

Psyche.

  Se trata de un gran asteroide rico en metales situado dentro del cinturón principal.

  Tiene una forma irregular y alcanza aproximadamente 280 kilómetros en su dimensión mayor.

  NASA envió una misión llamada también Psyche para estudiarlo.

  ¿Por qué?

  Porque los asteroides metálicos pueden ayudarnos a investigar materiales y procesos que resultan difíciles de observar directamente en el interior de los planetas rocosos.

  Una roca aparentemente pequeña puede convertirse en una ventana científica hacia procesos profundos del Sistema Solar.

Algunos asteroides tienen sus propias lunas

  Otra sorpresa.

  Los planetas no son los únicos cuerpos que pueden tener satélites.

  Algunos asteroides también poseen pequeñas lunas.

  Por ejemplo, cuando la nave Lucy pasó junto al pequeño asteroide Dinkinesh en 2023, descubrió que tenía una pequeña luna llamada Selam.

  Imagine eso.

  Un pequeño asteroide…

  con otro pequeño cuerpo orbitándolo.

  Incluso a estas escalas la gravedad continúa formando sistemas.

¿Asteroide, meteoro o meteorito?

  Estas palabras se confunden con frecuencia.

  Podemos explicarlas de manera sencilla.

  Un asteroide es un cuerpo rocoso o metálico que viaja por el espacio alrededor del Sol.

  Si un pequeño fragmento entra en la atmósfera terrestre y produce una brillante estela, observamos un meteoro.

  Y si parte de ese material sobrevive al viaje a través de la atmósfera y alcanza el suelo, lo llamamos meteorito.

  Una misma roca puede recibir nombres diferentes dependiendo de dónde se encuentre y de lo que esté ocurriendo con ella.

Algunos asteroides se acercan a la Tierra

  No todos permanecen dentro del cinturón principal.

  Existen objetos cuyas órbitas los llevan a regiones relativamente cercanas a nuestro planeta.

  Los conocemos como asteroides cercanos a la Tierra, o NEAs por sus siglas en inglés.

  Por eso los astrónomos observan continuamente el cielo.

  Calculan órbitas.

  Descubren objetos.

  Y estudian si alguno podría representar un riesgo futuro.

  NASA mantiene sistemas específicos para estudiar acercamientos y riesgos de impacto.

  Estudiar asteroides no es solamente curiosidad.

  También puede ayudarnos a proteger nuestro planeta.

Ya hemos aterrizado sobre asteroides

  Las naves espaciales no solamente han pasado cerca.

  Hemos conseguido orbitar y hasta aterrizar sobre pequeños cuerpos.

  El asteroide Eros fue el primero en ser orbitado por una nave y también el primero sobre el cual una nave espacial realizó un aterrizaje.

  Otras misiones han recogido muestras de asteroides y las han traído hasta la Tierra.

  Esto permite colocar material extraterrestre dentro de laboratorios y estudiarlo con instrumentos muchísimo más grandes y precisos que los que podemos enviar en una nave.

Pequeños cuerpos con grandes historias

  Un asteroide puede parecer poco impresionante junto a Júpiter.

  Júpiter mide más de cien mil kilómetros de diámetro.

  Algunos asteroides apenas miden unos metros.

  Pero el tamaño no determina cuánto podemos aprender de algo.

  Estas pequeñas rocas guardan información acerca de los materiales que forman nuestro Sistema Solar.

  Sus superficies muestran impactos.

  Sus minerales revelan composición.

  Sus órbitas muestran la influencia de la gravedad.

  Y algunos poseen agua, metales o pequeñas lunas.

  Un objeto pequeño puede contener una enorme cantidad de información.

Un cinturón que no es una barrera

  Ahora imagine nuevamente la región entre Marte y Júpiter.

  No piense en una pared de rocas chocando constantemente.

  Imagine un espacio gigantesco.

  Dentro de él viajan innumerables cuerpos.

  Algunos grandes.

  Muchísimos pequeños.

  Cada uno siguiendo una órbita alrededor del Sol.

  Ceres viaja.

  Vesta viaja.

  Psyche viaja.

  Millones de cuerpos continúan recorriendo silenciosamente el espacio.

  Y en medio de ellos existe muchísimo espacio vacío.

La Biblia habla de un cielo ordenado

  El salmista escribió:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1

  El salmista no conocía el cinturón de asteroides.

  No había visto Ceres.

  No conocía Vesta.

  No poseía naves capaces de atravesar el Sistema Solar.

  Pero hoy nosotros podemos contemplar mucho más.

  Podemos descubrir cuerpos tan pequeños que apenas reflejan una mínima cantidad de luz.

  Podemos calcular sus órbitas.

  Podemos acercarnos a ellos.

  Podemos fotografiarlos.

  Incluso podemos traer pequeñas muestras hasta la Tierra.

La creación también puede estudiarse en las cosas pequeñas

  Cuando pensamos en la grandeza de la creación solemos imaginar objetos gigantescos.

  El Sol.

  Júpiter.

  Saturno.

  Las estrellas.

  Pero la creación no solamente produce asombro por lo grande.

  También puede hacerlo por lo pequeño.

  Una roca de pocos kilómetros puede viajar durante años alrededor del Sol.

  Puede tener una luna.

  Puede conservar enormes cráteres.

  Puede contener metales.

  Puede ayudarnos a comprender procesos que afectan a planetas enteros.

  La escala cambia.

  El asombro permanece.

Levantad en alto vuestros ojos

  Isaías escribió:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
Isaías 40:26

  Hoy podemos levantar los ojos y saber que entre Marte y Júpiter existe una región poblada por una extraordinaria variedad de pequeños cuerpos.

  No podemos ver la mayoría a simple vista.

  Pero están allí.

  Moviéndose.

  Girando.

  Interactuando gravitacionalmente.

  Esperando ser descubiertos y estudiados.

  Desde una perspectiva cristiana, el hecho de que todavía existan tantas cosas por conocer puede convertirse en una invitación a seguir explorando la obra del Creador.

Una región llena de pequeños mundos

  Resumamos nuestro viaje.

  El cinturón principal de asteroides se encuentra entre Marte y Júpiter.

  Está formado por una enorme población de cuerpos rocosos, metálicos y otros materiales.

  Sus tamaños varían enormemente.

  Ceres es el mayor objeto del cinturón y está clasificado como planeta enano.

  Vesta es el segundo cuerpo más masivo de la región y alcanza unos 530 kilómetros de diámetro.

  Otros, como Psyche, poseen una importante riqueza metálica.

  Y todavía seguimos descubriendo cuerpos nuevos.

  Nuestro Sistema Solar no está formado solamente por ocho grandes planetas.

  Entre ellos existe todo un mundo de objetos menores que también obedecen a la gravedad, siguen órbitas y forman parte de un sistema extraordinariamente complejo.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
Salmo 104:24

  Hasta una pequeña roca viajando silenciosamente alrededor del Sol puede recordarnos que todavía queda muchísimo por descubrir.

Referencias

Escrituras consultadas

  • Salmo 19:1.
  • Salmo 104:24.
  • Salmo 111:2.
  • Isaías 40:26.

Bibliografía científica

  • de Pater, I. & Lissauer, J. J. Planetary Sciences. Cambridge University Press.
  • Bottke, W. F. et al. Estudios sobre dinámica y poblaciones de asteroides.
  • Bennett, J. et al. The Cosmic Perspective. Pearson.

Organizaciones y misiones científicas

  • NASA Science — Asteroids. Información general sobre los asteroides y el cinturón principal entre Marte y Júpiter.
  • NASA Science — Asteroid Facts. Información sobre tamaños, composición y características generales de los asteroides.
  • NASA Science — Ceres. Datos sobre el planeta enano Ceres y su ubicación en el cinturón principal.
  • NASA Science — Vesta. Información sobre Vesta y su importancia dentro del cinturón de asteroides.
  • NASA — Dawn Mission. Exploración de Vesta y Ceres mediante una misma nave espacial.
  • NASA/JPL Solar System Dynamics. Base de datos y seguimiento orbital de asteroides y otros pequeños cuerpos del Sistema Solar.

Libro recomendado

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