Dr. Elio M Rivera
Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado
—No voy a pagarte lo que acordamos.
El carpintero miró al propietario sin comprender.
Había trabajado durante varios días.
La puerta estaba terminada, las bisagras colocadas y la madera ajustada cuidadosamente al marco.
El dueño había revisado el trabajo mientras se realizaba.
No había presentado ninguna queja.
Pero ahora, cuando había llegado el momento de pagar, parecía encontrar defectos en todas partes.
—La madera no es tan buena como esperaba.
El trabajador intentó explicarle que había utilizado el material solicitado.
—Además, tardaste demasiado.
—Trabajé los días que habíamos convenido.
El propietario hizo un gesto de impaciencia.
—Te daré la mitad. Si no te parece, puedes marcharte.
El hombre contempló la puerta que había construido.
Sabía cuánto esfuerzo le había costado.
También sabía que necesitaba aquel dinero.
La escena es una reconstrucción de una situación laboral posible en la antigüedad.
Pero la injusticia que representa es tan antigua como el trabajo mismo.
Hay personas que consideran que el esfuerzo ajeno vale menos cuando llega el momento de pagarlo.

El mundo de los trabajadores en Séforis
Durante el gobierno de Herodes Antipas, Séforis experimentó una importante etapa de construcción y desarrollo.
Se necesitaban hombres capaces de levantar muros, trabajar la piedra, preparar estructuras de madera, fabricar puertas y realizar reparaciones.
Algunos eran contratados por jornadas.
Otros podían recibir encargos determinados.
También existían supervisores responsables de organizar las cuadrillas y vigilar el avance de las obras.
En ese ambiente, el trabajo dependía tanto de la habilidad como de las relaciones entre las personas.
Un constructor podía ser excelente en su oficio y, sin embargo, encontrar grandes dificultades para recibir lo que le correspondía.
No bastaba con saber trabajar.
También había que tratar con propietarios exigentes, encargados difíciles y compañeros de diferentes caracteres.
Para un hombre que necesitaba sostener a su familia, cada acuerdo económico tenía consecuencias importantes.
El cliente que siempre quería algo más
Imaginemos que un propietario encarga la construcción de una pequeña habitación.
El constructor calcula los materiales.
Explica cuánto tiempo necesitará.
Y acuerda un precio.
Comienza el trabajo.
Pero a los pocos días aparece el dueño.
—Quiero que levantes un poco más este muro.
El constructor acepta realizar la modificación y le explica que necesitará materiales adicionales.
—No puede costar tanto —responde el propietario.
Al día siguiente solicita otra cosa.
Después pide que se modifique la entrada.
Más tarde exige que se agregue una estructura de madera.
Y cuando el trabajador presenta la cuenta, el hombre se indigna.
—¡Eso no fue lo que acordamos!
El problema no consiste en que un cliente solicite cambios.
Consiste en exigirlos y después negarse a reconocer su costo.
Un propietario con suficientes recursos podía permitirse prolongar una discusión.
El trabajador, en cambio, necesitaba cobrar para continuar viviendo.
Aquella desigualdad podía convertirse en una poderosa herramienta de presión.
El cliente tenía una propiedad que deseaba mejorar. El obrero tenía una familia que necesitaba alimentar.
El salario que nunca llegaba
La retención injusta del salario era un problema tan grave que la Ley de Moisés lo condenaba expresamente.
«No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana» (Levítico 19:13, RVR1960).
El mandato tenía una razón profundamente humana.
Muchos jornaleros dependían de lo que ganaban cada día.
Si el patrón retenía el pago, no solamente incumplía un acuerdo.
Podía dejar a una familia sin alimentos.
Pensemos en un hombre que ha trabajado desde el amanecer.
Al caer la tarde se presenta ante el encargado.
Espera recibir su jornal.
Pero escucha una respuesta inesperada:
—Hoy no puedo pagarte. Regresa mañana.
El trabajador insiste.
Tiene que comprar comida antes de volver a casa.
El encargado se molesta.
—Ya te dije que mañana.
El hombre se retira.
Camina hacia su hogar pensando en lo que dirá cuando llegue.
Al día siguiente vuelve a presentarse.
Recibe otra promesa.
Y después otra.
Mientras el encargado encuentra excusas, los hijos del trabajador siguen teniendo hambre.
Por eso Deuteronomio ordenaba:
«En su día le darás su jornal, y no se pondrá el sol sin dárselo; pues es pobre, y con él sustenta su vida» (Deuteronomio 24:15, RVR1960).
La Escritura no trataba aquella conducta como una simple diferencia comercial.
La consideraba una injusticia contra alguien vulnerable.
El encargado que se aprovechaba de los obreros
En una construcción grande, el propietario no necesariamente supervisaba personalmente cada tarea.
Podía confiar esa responsabilidad a un encargado.
Un hombre así tenía autoridad para distribuir el trabajo, vigilar los materiales y evaluar el desempeño de los obreros.
Cuando actuaba con justicia, su presencia facilitaba la obra.
Pero si era deshonesto, podía hacer muy difícil la vida de quienes dependían de él.
Imaginemos a un supervisor que favorece a sus amigos.
A ellos les asigna los trabajos menos pesados.
A los demás les exige cargar materiales durante horas.
Si uno de sus favoritos comete un error, lo disculpa.
Si otro trabajador se equivoca, lo humilla delante de todos.
Cuando falta una herramienta, acusa al hombre que menos simpatía le inspira.
Y si alguien protesta, amenaza con despedirlo.
—Hay muchos esperando tu lugar.
El obrero guarda silencio.
No porque el encargado tenga razón.
Sino porque necesita conservar su empleo.
La autoridad, que debería servir para organizar el trabajo, se ha convertido en un instrumento de intimidación.
Y los hombres comienzan a trabajar con temor de cometer cualquier equivocación.
La envidia entre compañeros
No todas las dificultades procedían de los propietarios.
Los propios trabajadores podían convertirse en rivales.
Un carpintero tenía buena reputación.
Sus puertas cerraban correctamente.
Sus estructuras eran firmes.
Los clientes comenzaban a recomendarlo.
Pero otro hombre observaba su éxito con resentimiento.
En lugar de mejorar su propio trabajo, decidió perjudicarlo.
Cuando alguien preguntaba por aquel carpintero, respondía:
—Yo no confiaría en él.
—¿Por qué?
—He escuchado que utiliza madera de mala calidad.
La acusación era falsa.
Pero el rumor comenzaba a circular.
En una sociedad donde la reputación podía determinar quién recibía el siguiente encargo, semejantes palabras podían causar un daño considerable.
También podían producirse robos de herramientas, ocultamiento de materiales o intentos de atribuir a otro los errores de una obra.
No afirmamos que estas escenas ocurrieran en una cuadrilla donde trabajó Jesús.
Son ejemplos de conflictos laborales posibles, construidos a partir de comportamientos humanos conocidos.
Y muestran algo importante: la codicia no siempre consiste en querer más dinero. A veces consiste en desear que otro tenga menos.
El engaño que quedaba escondido en la construcción
Había otra tentación.
Cobrar por un trabajo bien hecho y realizarlo de manera descuidada.
Una piedra mal asentada podía quedar oculta detrás de otras.
Una pieza de madera defectuosa podía instalarse donde el propietario no la examinara.
Un trabajador podía reducir la cantidad de material necesario para quedarse con una parte del dinero.
Al principio, la construcción parecía estar bien.
El cliente pagaba.
El constructor se marchaba.
Pero con el paso del tiempo aparecían las consecuencias.
Una puerta comenzaba a deformarse.
Una estructura perdía firmeza.
O una reparación tenía que realizarse nuevamente.
El engaño había producido una ganancia inmediata, pero había dejado un problema para otra persona.
Resulta interesante recordar que Jesús utilizó posteriormente el lenguaje de la construcción para enseñar acerca de la obediencia.
En Mateo 7:24-27 habló de un hombre prudente que edificó su casa sobre la roca y de otro que construyó sobre la arena.
Cuando llegaron las lluvias, las inundaciones y los vientos, quedó demostrada la diferencia entre ambos fundamentos.
La enseñanza era espiritual.
Pero las imágenes pertenecían al mundo concreto de los edificios, los cimientos y las consecuencias de construir mal.
Jesús hablaba de una realidad que conocían quienes trabajaban con piedra y madera.
El dinero en las enseñanzas de Jesús
Durante su ministerio, Jesús habló frecuentemente de las riquezas.
No solamente de quienes poseían grandes fortunas.
También de las deudas, los administradores, los salarios y la fidelidad en el manejo de los bienes.
En una ocasión declaró:
«Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24, RVR1960).
Estas palabras señalan un peligro que puede manifestarse en cualquier nivel económico.
Un hombre rico puede aprovecharse de sus trabajadores.
Pero un trabajador también puede engañar a sus clientes.
Un encargado puede retener dinero ajeno.
Y un compañero puede perjudicar a otro para conseguir un contrato.
La codicia no pertenece exclusivamente a una clase social.
Aparece cuando el deseo de obtener una ganancia se vuelve más importante que la justicia.
Jesús también enseñó:
«El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto» (Lucas 16:10, RVR1960).
Una cuenta honesta.
Un salario entregado a tiempo.
Un trabajo realizado correctamente.
Una promesa cumplida.
Esas decisiones pueden parecer pequeñas.
Pero revelan el carácter de una persona.
Los hombres que esperaban ser contratados
Una de las parábolas de Jesús comienza con una escena que los trabajadores de Galilea podían comprender inmediatamente.
Un propietario sale temprano para contratar obreros para su viña.
Más tarde vuelve a salir y encuentra a otros hombres que todavía esperan trabajo.
Les pregunta por qué permanecen desocupados.
Ellos responden:
«Porque nadie nos ha contratado» (Mateo 20:7, RVR1960).
Detrás de aquellas palabras existe una realidad económica.
Los hombres necesitaban trabajar.
Habían salido de sus hogares esperando conseguir una oportunidad.
Pero las horas transcurrían y nadie los contrataba.
Cada momento que pasaba reducía sus posibilidades de llevar dinero a casa.
La parábola enseña acerca del reino de los cielos y de la generosidad del propietario.
Sin embargo, utiliza un escenario familiar para quienes dependían de un jornal.
Jesús sabía hablar del trabajo con una sencillez extraordinaria.
Sus oyentes podían imaginar inmediatamente a aquellos hombres esperando en la plaza.
El carpintero que conoció la vida de los trabajadores
Cuando recuerdo que Jesús fue conocido como carpintero, sus enseñanzas sobre el dinero adquieren para mí una profundidad especial.
Pienso en las jornadas que debió dedicar a su oficio.
En las herramientas que utilizaba.
En los materiales que debía preparar.
En el esfuerzo necesario para terminar correctamente un encargo.
Y en las relaciones humanas que acompañaban cualquier trabajo.
Si acudió a Séforis, pudo haber encontrado propietarios justos y agradecidos.
También pudo haber conocido clientes exigentes, encargados difíciles y compañeros interesados únicamente en su propio beneficio.
No sabemos qué disputas económicas, si alguna, enfrentó personalmente.
Pero el mundo laboral de su época conocía esos problemas.
Y Jesús vivió verdaderamente dentro de aquella sociedad.
No apareció ante las multitudes sin haber conocido primero las responsabilidades de la vida ordinaria.
Durante años fue reconocido por un oficio.
El Hijo de Dios aceptó ganarse el sustento mediante el trabajo de sus manos.
La honestidad que ninguna riqueza podía comprar
He conocido clientes que reciben un trabajo y después buscan cualquier excusa para no pagarlo.
Personas que cambian las condiciones cuando la obra ya está avanzada.
Que exigen más de lo contratado.
Y que consideran que el tiempo de los demás no merece respeto.
También he visto trabajadores que prometen algo que saben que no van a cumplir.
Que cobran por materiales que nunca utilizaron.
O que abandonan una obra después de recibir dinero.
Cuando pienso en esas experiencias y recuerdo los años de Jesús como carpintero, comprendo mejor la importancia de sus enseñanzas sobre la fidelidad.
En un mundo donde algunos hombres estaban dispuestos a engañar por unas cuantas monedas, Él vivió en perfecta obediencia al Padre.
No necesitó enriquecerse a costa de otros.
No necesitó aprovecharse de la debilidad ajena.
Ni convertir el dinero en el propósito de su existencia.
Su vida entera estuvo gobernada por una fidelidad absoluta.
Y eso hace todavía más extraordinaria la realidad de su encarnación.
Aquel que poseía todas las riquezas del cielo aceptó vivir como un trabajador entre los hombres.
Conoció el esfuerzo de las manos.
La responsabilidad de cumplir una tarea.
Y el mundo donde tantas personas luchaban diariamente por conseguir su sustento.
El dinero podía determinar quién contrataba y quién necesitaba trabajar. Pero jamás determinó la fidelidad del Hijo de Dios.
Reduce aún más las escenas repetidasSepara con más claridad hechos y reconstrucción
“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)
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