03. Jerusalén — Lo que veía Jesús cuando llegaba

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Salmo 122:2-3

“Nuestros pies estuvieron
dentro de tus puertas, oh Jerusalén.
Jerusalén, que se ha edificado
como una ciudad que está bien unida entre sí.”

Después de varios días de camino, Jerusalén aparecía.

Y para alguien que venía de Nazaret, el contraste debía ser enorme.

Atrás quedaba una pequeña población de Galilea.

Casas sencillas.

Campos.

Senderos conocidos.

Rostros que se repetían todos los días.

Delante estaba una ciudad.

No necesitamos imaginar lo que Jesús pensó la primera vez que la contempló.

Basta mirar lo que estaba delante de sus ojos.

Murallas.

Puertas.

Torres.

Edificios.

Calles.

Soldados.

Comerciantes.

Sacerdotes.

Animales.

Peregrinos.

Y elevándose sobre todo aquel mundo, el enorme complejo del Templo.

Jesús había llegado a Jerusalén.

Entrar en una ciudad de Jerusalén era entrar en otro mundo

Nazaret no podía preparar completamente a un niño para aquello.

En una pequeña población, la escala de la vida es humana.

Uno puede reconocer a buena parte de quienes encuentra.

Sabe dónde vive determinada familia.

Conoce los caminos.

Reconoce voces.

Sabe quién trabaja en qué.

Jerusalén era diferente.

Especialmente durante una fiesta.

Allí aparecían rostros desconocidos constantemente.

Personas llegadas de Judea.

Galilea.

Otras regiones.

Y judíos procedentes incluso de lugares mucho más lejanos.

Se escuchaban diferentes maneras de hablar.

Había personas mejor vestidas que otras.

Campesinos.

Artesanos.

Comerciantes.

Personas con recursos.

Personas pobres.

Ancianos.

Niños.

Peregrinos cansados que finalmente habían llegado.

Y todos tenían que moverse dentro de un espacio limitado por la ciudad y sus accesos.

Para alguien acostumbrado al ritmo de Nazaret, aquello debía sentirse inmediatamente.

Más gente.

Más ruido.

Más movimiento.

Más de todo.

Las murallas decían que ésta era una ciudad importante

Antes de entrar, Jerusalén ya hablaba mediante su arquitectura.

Las murallas no eran decoración.

En el mundo antiguo significaban defensa.

Control.

Seguridad.

Poder.

Había puertas por donde entraban personas, animales y mercancías.

Había torres.

Había estructuras militares.

Jerusalén no se parecía a una pequeña población rural extendida sobre las colinas.

Era una ciudad protegida.

Y también una ciudad políticamente sensible.

Judea estaba bajo dominio romano.

En los días de la infancia de Jesús, la situación política experimentó cambios importantes tras la muerte de Herodes el Grande; más adelante Judea quedaría bajo administración romana directa.

La presencia del poder imperial formaba parte del mundo de Jerusalén.

No era solamente la ciudad santa.

Era también una ciudad vigilada.

Durante las grandes fiestas, cuando enormes cantidades de judíos se reunían allí, esa vigilancia adquiría todavía mayor importancia para las autoridades.

Religión y política caminaban muy cerca una de la otra.

Y después estaban las calles

Entrar significaba pasar del camino abierto al movimiento de una ciudad.

Había que avanzar entre personas.

Animales.

Cargas.

Mercancías.

Alguien quería pasar.

Otro se detenía.

Una familia intentaba permanecer junta.

Un animal podía bloquear momentáneamente el paso.

Alguien llamaba a otra persona.

Un comerciante ofrecía algo.

Un peregrino preguntaba.

Otro sabía exactamente hacia dónde dirigirse porque había estado allí muchas veces.

El suelo recibía miles de pasos.

Y durante las fiestas, Jerusalén tenía que absorber a una población temporal mucho mayor que la que habitualmente vivía dentro de ella.

Eso significaba presión.

Había que encontrar alojamiento.

Había que conseguir alimento.

Había que comprar determinadas cosas.

Había animales relacionados con los sacrificios.

Había intercambio de dinero.

Había necesidades prácticas producidas simplemente por la presencia de tanta gente.

La peregrinación era una experiencia religiosa.

Pero los peregrinos seguían necesitando comer.

Dormir.

Comprar.

Preguntar.

Pagar.

Encontrar a su familia.

Lo sagrado ocurría en medio de una ciudad real.

Entonces aparecía el Templo de Herodes

Y aquí el contraste con Nazaret alcanzaba otra dimensión.

El Templo que Jesús conoció había sido transformado monumentalmente por el enorme proyecto de Herodes el Grande.

No debemos imaginar solamente un edificio.

El complejo ocupaba una enorme plataforma sostenida y ampliada mediante obras extraordinarias de ingeniería y construcción.

Grandes muros de contención.

Patios.

Pórticos.

Escalinatas.

Entradas.

Espacios destinados a diferentes funciones.

Y piedras de dimensiones que todavía hoy impresionan.

Jesús conocía el mundo de la construcción.

Había crecido en una región donde la piedra formaba parte de la vida.

Pero aquí la piedra había sido llevada a una escala monumental.

Años después, sus propios discípulos todavía reaccionarían ante aquello.

Marcos registra que uno de ellos le dijo:

“Maestro, mira qué piedras, y qué edificios.”

—Marcos 13:1.

Eso nos permite comprender algo.

El Templo impresionaba.

No solamente por lo que significaba religiosamente.

También por lo que se veía.

El tamaño.

La arquitectura.

La piedra.

La altura.

La cantidad de personas.

Todo comunicaba importancia.

Había sacerdotes sacrificando animales

Nazaret tenía sinagoga.

Jerusalén tenía Templo.

La diferencia era enorme.

En la sinagoga podían leerse y explicarse las Escrituras, orar y reunirse como comunidad.

En Jerusalén estaba el sistema sacerdotal relacionado con el Templo.

Sacerdotes.

Levitas.

Sacrificios.

Ofrendas.

Purificaciones.

Turnos de servicio.

Actividades que no formaban parte de la experiencia ordinaria de una pequeña sinagoga galilea.

Las vestiduras también diferenciaban funciones.

Había orden.

Jerarquía.

Áreas a las que determinadas personas podían acceder y otras a las que no.

Todo aquello podía verse.

Y también podía escucharse.

Porque el Templo no era silencioso.

Había voces.

Oraciones.

Movimiento.

Animales.

Pasos.

Instrucciones.

Personas entrando y saliendo.

Durante una gran fiesta, la experiencia debía ser intensa.

Y estaban los sacrificios

Para nosotros resulta difícil recuperar esta parte de la experiencia porque vivimos muy lejos culturalmente del sacrificio animal.

Pero para el judaísmo del Templo formaba parte visible de la vida religiosa.

Los animales llegaban vivos.

Eran inspeccionados.

Eran llevados a los lugares correspondientes.

Los sacerdotes realizaban el servicio establecido.

Había sangre.

Fuego.

Humo.

Olores.

El sacrificio no era una palabra escrita en un libro de teología.

Se veía.

Se escuchaba.

Se olía.

Costaba algo.

Un animal que tenía valor dejaba de pertenecer a quien lo había llevado.

En la Pascua, esta realidad adquiría una dimensión todavía mayor por la cantidad de peregrinos y sacrificios vinculados con la celebración.

Jesús creció viendo una religión que involucraba el cuerpo y los sentidos.

Había que caminar hasta Jerusalén.

Había que presentarse.

Había que llevar.

Había que ofrecer.

La fe de Israel estaba escrita en las Escrituras, pero también estaba construida en piedra y representada mediante actos que podían contemplarse.

Alrededor de lo sagrado también había dinero

Donde llegan miles de personas aparecen necesidades.

Y donde existen necesidades aparece comercio.

Jerusalén no era una excepción.

Los peregrinos necesitaban alimentos.

Alojamiento.

Animales.

Productos.

Servicios.

Y para determinadas obligaciones relacionadas con el Templo también existían necesidades monetarias concretas.

Por eso el dinero circulaba.

Había compradores.

Vendedores.

Cambistas.

Personas que podían hacer buenos negocios durante las fiestas.

Aquí comenzaban a convivir dos realidades que años después aparecerían con enorme fuerza en el ministerio de Jesús:

adoración y comercio.

No necesitamos adelantarnos todavía al episodio de la purificación del Templo.

Llegaremos a él en su momento.

Por ahora basta observar.

El niño y después el joven que llegaba desde Nazaret podía ver que alrededor del lugar más sagrado de Israel también existía una economía.

Personas ganaban dinero.

Personas gastaban dinero.

Algunas tenían mucho.

Otras contaban cuidadosamente lo poco que llevaban.

Y dentro de aquella misma ciudad podían encontrarse tanto la magnificencia como la necesidad.

También podía verse el poder

Jerusalén tenía otra característica que Nazaret no poseía en la misma escala.

El poder vivía allí.

Poder religioso.

Poder económico.

Poder político.

El Templo tenía autoridades.

Había familias sacerdotales de enorme influencia.

Existían dirigentes y grupos con distintas interpretaciones religiosas y diferentes grados de autoridad social.

Y sobre todos ellos se extendía una realidad que ningún judío podía olvidar:

Roma.

El imperio estaba presente.

Los impuestos lo recordaban.

Las monedas podían recordarlo.

Los soldados lo recordaban.

Las decisiones políticas lo recordaban.

Israel adoraba al Dios de Abraham, Isaac y Jacob…

pero vivía bajo dominio extranjero.

Durante las grandes fiestas, esa tensión no desaparecía.

Podía intensificarse.

Miles de judíos llegaban a la ciudad para recordar su identidad, su historia y la intervención de Dios en favor de su pueblo.

Y al mismo tiempo el poder romano sabía perfectamente cuántas personas estaban reunidas.

Jerusalén era santa.

Pero no era políticamente inocente.

Nazaret parecía todavía más pequeña desde Jerusalén

Quizá solamente cuando conocemos algo grande comprendemos realmente lo pequeño que era nuestro mundo.

Nazaret tenía unos cuantos cientos de habitantes.

Jerusalén podía reunir durante las fiestas multitudes procedentes de muchos lugares.

Nazaret tenía construcciones sencillas.

Jerusalén tenía edificios monumentales.

Nazaret tenía una sinagoga.

Jerusalén tenía el Templo.

Nazaret vivía principalmente del trabajo rural y artesanal.

Jerusalén concentraba sacerdocio, comercio, peregrinación, administración y poder.

En Nazaret, Jesús podía conocer muchos de los rostros que encontraba.

En Jerusalén podía caminar entre miles de personas que jamás volvería a ver.

Eran dos mundos.

Y Jesús conoció ambos.

No solamente el campo.

También la ciudad.

No solamente al trabajador.

También a quienes tenían autoridad.

No solamente la pequeña economía de una población galilea.

También el comercio que acompañaba a las grandes concentraciones humanas.

No solamente una sinagoga local.

También el Templo de Jerusalén.

Cuando terminaba la fiesta

Después de algunos días, algo comenzaba a cambiar nuevamente.

Los peregrinos se preparaban para regresar.

Las familias recogían sus cosas.

Los grupos comenzaban a salir.

Las mismas puertas que habían recibido multitudes empezaban a despedirlas.

Jerusalén quedaba atrás.

Y comenzaba otra vez el camino.

Para la familia de Jesús significaba regresar a Galilea.

Días de marcha.

Finalmente las colinas conocidas.

Después Nazaret.

La casa.

El trabajo.

La rutina.

La enorme ciudad quedaba lejos.

Pero al año siguiente volverían.

Lucas lo dijo con una frase que ahora comienza a adquirir un peso diferente:

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén…”

—Lucas 2:41.

Jesús no conoció Jerusalén solamente cuando comenzó su ministerio.

La ciudad había formado parte de su mundo desde mucho antes.

Había visto sus murallas.

Había caminado entre sus multitudes.

Había entrado en el Templo.

Había visto sacerdotes.

Sacrificios.

Comercio.

Riqueza.

Pobreza.

Autoridad.

Peregrinos.

Y después había regresado nuevamente a la pequeña Nazaret.

Año tras año.

Y el Verbo se hizo carne

El que había escogido a Jerusalén entró por sus puertas como uno más entre los peregrinos.

El que había dado instrucciones acerca del Templo caminó por sus patios.

El que había establecido el sacerdocio vio a los sacerdotes realizar su servicio.

El que había ordenado los sacrificios contempló cómo eran ofrecidos.

El que era adorado en aquel lugar llegó acompañado por José, María y los demás peregrinos.

Y nadie tuvo que detener la ciudad porque Dios acababa de entrar.

Los comerciantes continuaron vendiendo.

Los sacerdotes continuaron sirviendo.

Los peregrinos continuaron caminando.

Los soldados continuaron vigilando.

La multitud siguió moviéndose.

Y entre ella estaba Él.

El Señor del Templo contempló el Templo.

El Rey entró en su ciudad sin cortejo real.

El Dios de Israel caminó entre Israel sin exigir que las multitudes abrieran paso delante de Él.

El que llenaba los cielos aceptó perderse entre miles de rostros humanos.

Eso también fue la encarnación.

No solamente hacerse hombre.

Sino entrar verdaderamente en nuestro mundo.

Caminar por nuestras calles.

Ver nuestras desigualdades.

Escuchar nuestro ruido.

Moverse entre nuestras multitudes.

Y ocupar un lugar entre nosotros.

Jerusalén podía contemplar un Templo magnífico y pensar en la presencia de Dios.

Pero durante aquellos días ocurrió algo que la ciudad todavía no comprendía:

Aquel a quien el Templo señalaba había entrado por sus puertas.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.