02. Las fiestas de Israel — Un calendario que hablaba de Dios

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Lucas 2:41

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”

Nosotros dividimos el año de muchas maneras.

Meses.

Cumpleaños.

Vacaciones.

Inicio de clases.

Fechas familiares.

Días de trabajo.

Celebraciones.

Hay acontecimientos que esperamos durante semanas y otros que sabemos que regresarán cuando llegue determinada época.

Israel también vivía dentro de un calendario.

Pero aquel calendario hacía algo extraordinario:

contaba una historia.

Cuando llegaba determinada fecha, el pueblo recordaba.

Cuando llegaba otra, celebraba.

En otra daba gracias.

Había días de descanso.

Sacrificios.

Ofrendas.

Peregrinaciones.

Comidas.

Familias reuniéndose.

Jerusalén recibiendo multitudes.

El año no transcurría simplemente como una sucesión de días.

Una y otra vez, el calendario llevaba al israelita hacia las obras de Dios.

Y Jesús creció dentro de ese calendario.

Había fechas que se esperaban

Un niño aprende el año de una manera distinta a un adulto.

Quizá todavía no comprende calendarios complicados, pero sabe perfectamente cuándo se acerca algo importante.

Escucha hablar a los mayores.

Observa preparativos.

Percibe cambios.

“Ya falta poco.”

“Tenemos que preparar esto.”

“Este año iremos…”

La expectativa comienza antes de que llegue la fecha.

Eso debió formar parte también de la experiencia de los niños judíos.

Las fiestas no aparecían repentinamente.

Se aproximaban.

Y algunas significaban algo extraordinario para una familia de Galilea:

había que viajar.

La Torá había establecido tres grandes fiestas de peregrinación: la fiesta de los panes sin levadura, asociada con la Pascua; la fiesta de las semanas; y la fiesta de los tabernáculos.

“Tres veces cada año aparecerá todo varón tuyo delante de Jehová el Señor…”

—Éxodo 23:17.

Para una familia que vivía lejos de Jerusalén, esas palabras tenían consecuencias prácticas.

Dios había colocado lugares, tiempos y movimiento dentro del calendario de Israel.

Pascua — Recordar que una vez fuimos esclavos

De todas aquellas celebraciones, una debió poseer una fuerza extraordinaria.

La Pascua.

Su historia comenzaba siglos atrás, en Egipto.

Israel había sido esclavo.

Faraón no quería dejarlo salir.

Entonces llegó aquella noche.

El cordero.

La sangre.

La comida preparada con urgencia.

Los panes sin levadura.

Y finalmente la salida.

“Y este día os será en memoria, y lo celebraréis como fiesta solemne para Jehová durante vuestras generaciones…”

—Éxodo 12:14.

Observe las palabras:

“en memoria.”

Cada generación debía recordar algo que le había ocurrido a una generación anterior.

El niño que había nacido siglos después del éxodo crecía dentro de la historia de un pueblo que decía:

Dios nos sacó de Egipto.

Dios nos libertó.

Dios hizo de nosotros un pueblo.

La Pascua impedía que la libertad se convirtiera simplemente en un dato antiguo.

Había que volver a contarla.

En la casa comenzaban los preparativos

Para una familia común, una fiesta religiosa también significaba cosas extraordinariamente prácticas.

Había que organizarse.

Pensar en alimentos.

Preparar lo necesario.

Interrumpir actividades ordinarias.

Y si había viaje, la preparación aumentaba.

¿Qué llevaremos?

¿Qué necesitamos para el camino?

¿Cuánto tardaremos?

¿Con quién viajaremos?

¿Está todo preparado?

Una peregrinación no comenzaba cuando se divisaban los muros de Jerusalén.

Comenzaba días antes dentro de la casa.

Y Lucas nos proporciona un detalle precioso acerca de la familia de Jesús:

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”

—Lucas 2:41.

Todos los años.

No una vez.

No solamente en el episodio de Jesús a los doce años.

Lucas describe una práctica habitual de José y María.

Eso significa que dentro del calendario familiar había una fecha que regresaba y que exigía prepararse nuevamente.

Pascua.

Jerusalén.

Otra vez el camino.

Viajar a Jerusalén no era salir de vacaciones

Aquí debemos abandonar nuestras comodidades modernas.

No había automóvil.

No había carretera asfaltada.

No había una maleta con ruedas deslizándose por el suelo.

Había que recorrer una distancia considerable desde Galilea.

Caminar.

Organizar provisiones.

Encontrar lugares donde descansar.

Viajar con otras personas ofrecía compañía y mayor seguridad.

El camino significaba horas sobre los pies.

Polvo.

Sol.

Cansancio.

Conversaciones.

Paradas.

Dormir fuera de la propia casa.

Levantarse y continuar.

Los adultos podían comprender por qué lo hacían.

Para un niño, además, el viaje debió ser una experiencia.

Salir de Nazaret.

Ver otros lugares.

Encontrar viajeros.

Escuchar diferentes voces.

Observar cómo los caminos recibían más personas conforme se acercaban a Jerusalén.

Porque no era solamente una familia viajando.

Israel estaba subiendo.

Poco a poco aparecían otros peregrinos

Imagine el camino.

Al principio quizá un grupo conocido.

Familiares.

Vecinos.

Personas de poblaciones cercanas.

Después aparecen otros.

Más adelante otros grupos.

Todos llevan una dirección semejante.

Jerusalén.

La sensación debía crecer conforme avanzaban.

Lo que en Nazaret era una celebración conocida ahora comenzaba a sentirse como algo mucho mayor.

Israel no era solamente la pequeña comunidad donde Jesús había crecido.

Había judíos procedentes de otros lugares.

Había diferentes acentos.

Diferentes historias familiares.

Personas que jamás se habían visto.

Pero cuando llegaba la fiesta, compartían una memoria.

Todos pertenecían a la misma historia.

Y finalmente, Jerusalén

Para alguien acostumbrado a una población como Nazaret, Jerusalén debía producir una impresión difícil de olvidar.

La ciudad.

Las construcciones.

Las multitudes.

Y sobre todo:

el templo.

El templo de Jerusalén durante los días de Jesús era una construcción monumental.

Herodes el Grande había iniciado una enorme ampliación del complejo décadas antes.

Para un niño que había crecido entre las construcciones sencillas de Galilea, contemplarlo debía representar un contraste enorme.

Piedra.

Escalinatas.

Patios.

Sacerdotes.

Peregrinos.

Animales destinados al sacrificio.

Movimiento.

Sonidos.

Olores.

Oraciones.

Una multitud mucho mayor de la que podía encontrarse normalmente en Nazaret.

Y en medio de todo aquello estaba una historia que Jesús había escuchado desde pequeño.

El Dios de Israel.

La Pascua.

La liberación.

La alianza.

Jerusalén hacía visible una dimensión de su pueblo que Nazaret por sí sola no podía mostrar.

Pentecostés — La fiesta de las semanas

Después estaba Shavuot, la fiesta de las semanas, que en el mundo griego llegaría a ser conocida como Pentecostés.

La Torá la relacionaba con el ciclo agrícola y las primicias.

“Siete semanas contarás; desde que comenzare a meterse la hoz en las mieses comenzarás a contar las siete semanas.”

—Deuteronomio 16:9.

Aquí el calendario de Dios se encontraba directamente con el campo.

Había sembrado.

Había esperado.

Había llegado la cosecha.

Y ahora había que reconocer algo:

la tierra había producido, pero Israel no debía olvidar de quién procedía finalmente la provisión.

El hombre podía trabajar.

Podía sembrar.

Podía cosechar.

Pero no había creado la tierra.

No había creado la semilla.

No había creado la lluvia.

No había creado el sol.

Por eso la cosecha podía convertirse en gratitud.

La fe de Israel no ocurría solamente cuando algo iba mal.

También enseñaba qué hacer cuando algo había salido bien:

dar gracias.

Tabernáculos — Durante unos días recordar la fragilidad

Después llegaba una de las fiestas más visuales del calendario.

La fiesta de los Tabernáculos.

La Torá ordenaba:

“En tabernáculos habitaréis siete días…”

—Levítico 23:42.

Y explicaba por qué:

“Para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto.”

—Levítico 23:43.

Israel tenía casas.

Pero durante aquella celebración debía recordar un tiempo en que no las tuvo.

Había familias establecidas.

Campos.

Propiedades.

Poblaciones.

Sin embargo, una vez al año la celebración les hacía mirar hacia atrás.

Hubo un tiempo en que nuestros padres vivieron en el desierto.

Hubo un tiempo en que no tenían una ciudad.

No tenían campos establecidos.

No sabían dónde estarían después.

Dependían de Dios.

Qué extraordinaria manera de combatir una ilusión profundamente humana:

pensar que porque ahora tenemos algo, siempre lo hemos tenido y siempre lo tendremos.

Durante unos días, la memoria de Israel regresaba a la fragilidad.

Las fiestas también pertenecían a los niños

Quizá aquí encontramos una de las partes más humanas del calendario.

Los adultos comprendían doctrina, historia y mandamientos.

Los niños primero experimentaban.

Veían.

Probaban.

Escuchaban.

Preguntaban.

¿Por qué hacemos esto?

¿Por qué comemos esto?

¿Por qué viajamos?

¿Por qué dejamos nuestra casa?

¿Por qué Jerusalén está llena de gente?

¿Por qué ofrecemos esto?

¿Por qué celebramos?

La Torá había anticipado precisamente esa clase de pregunta.

Respecto de la Pascua decía:

“Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro?, vosotros responderéis…”

—Éxodo 12:26-27.

Eso es extraordinario.

Dios había diseñado una celebración capaz de provocar preguntas.

El niño veía algo diferente.

Preguntaba.

Y entonces el padre contaba la historia.

La fe pasaba de una generación a otra no solamente mediante una explicación formal.

También mediante experiencias que hacían preguntar:

“¿Por qué hacemos esto?”

Había otras fechas que también marcaban el año

El calendario de Israel incluía además otras convocaciones y celebraciones.

El día de Expiación ocupaba un lugar singular de solemnidad y humillación delante de Dios.

La fiesta de las Trompetas marcaba otra santa convocación.

Y para el siglo primero también existían celebraciones surgidas de acontecimientos posteriores de la historia judía.

Entre ellas estaba la fiesta de la Dedicación, Hanukkah.

Sabemos directamente que Jesús conocía aquella celebración porque Juan escribe:

“Celebrábase en Jerusalén la fiesta de la dedicación. Era invierno, y Jesús andaba en el templo por el pórtico de Salomón.”

—Juan 10:22-23.

También estaba Purim, que recordaba la liberación narrada en el libro de Ester.

No todas las fiestas tenían el mismo origen ni las mismas obligaciones.

Pero juntas producían algo extraordinario:

el año tenía memoria.

El tiempo podía enseñar

Ésta quizá sea la idea central.

Nosotros normalmente pensamos que aprendemos mediante palabras.

Israel también aprendía mediante el tiempo.

Llegaba Pascua:

recuerda la liberación.

Llegaban las semanas:

agradece la provisión.

Llegaban los Tabernáculos:

recuerda el desierto.

Llegaba el día de Expiación:

humíllate delante de Dios.

Llegaban otras celebraciones:

recuerda lo que Dios hizo en nuestra historia.

Después el año terminaba.

Y comenzaba otro.

Y las fiestas regresaban.

Otra Pascua.

Otra cosecha.

Otros Tabernáculos.

Los niños del año anterior habían crecido.

Los ancianos estaban un año más viejos.

Quizá alguien que había celebrado con la familia el año anterior ya no estaba.

Habían nacido otros niños.

Y nuevamente se contaba la historia.

Así sobrevivía la memoria.

Jesús creció dentro de aquella memoria

Esto es importante para nuestra serie.

Jesús no apareció a los treinta años dentro de una sociedad religiosa que desconocía.

Había crecido dentro de Israel.

Su vida había estado marcada por sus semanas y también por sus años.

Sábado tras sábado.

Fiesta tras fiesta.

Pascua tras Pascua.

Lucas nos permite mirar especialmente esta última:

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén…”

Podemos imaginar lo que significa la palabra años.

Cuando era pequeño, el camino debía parecer enorme.

Después lo conoció mejor.

Algunas partes comenzaron a resultarle familiares.

Sabía que después de determinado lugar venía otro.

Reconocía caminos.

Paisajes.

Paradas.

Jerusalén dejaba de ser solamente una ciudad de la que hablaban las Escrituras.

Él había estado allí.

Y cada año era diferente porque Él también estaba creciendo.

Un niño escucha de una manera; un hombre comprende de otra

Ésta es otra experiencia que todos conocemos.

Podemos escuchar la misma historia a diferentes edades y descubrir que ya no significa lo mismo.

De niño vemos acontecimientos.

Después comprendemos sacrificios.

Más tarde entendemos pérdidas.

Responsabilidades.

Decisiones.

Dolor.

Una historia no cambió.

Nosotros cambiamos.

Así también las fiestas podían acompañar el crecimiento.

Un niño podía disfrutar el viaje.

Un muchacho comenzar a comprender su significado.

Un adulto sentir el peso de preparar a su propia familia.

El calendario permanecía.

La persona crecía dentro de él.

Y Jesús también creció.

Lucas dice:

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”

—Lucas 2:52.

Mientras crecía, las fiestas regresaban.

Hasta que una Pascua sería diferente de todas las demás

Aquí debemos detenernos.

Porque si avanzamos demasiado entraremos en otra historia.

Años después, Jesús volvería a Jerusalén durante la Pascua.

Sus discípulos estarían con Él.

La ciudad volvería a llenarse.

Se prepararían los panes sin levadura.

Las familias recordarían nuevamente la salida de Egipto.

Pero aquella Pascua tendría un significado que sus discípulos todavía no alcanzaban a comprender.

No llegaremos allí todavía.

Nuestro Jesús sigue en Nazaret.

Todavía estamos contemplando los años de crecimiento.

Por ahora basta mirar el calendario de aquella familia.

Seis días y sábado.

Semanas.

Meses.

Estaciones.

Cosechas.

Fiestas.

Y nuevamente otro año.

Pascua.

Pentecostés.

Tabernáculos.

Otras convocaciones y memorias de Israel.

Después comenzaba nuevamente el ciclo.

Pero no era simplemente repetición.

Cada fiesta volvía a colocar delante de una nueva generación la misma pregunta:

¿Recuerdas lo que Dios hizo?

Y así, año tras año, Jesús creció dentro de un pueblo que había aprendido a colocar su historia en el calendario.

El tiempo no solamente pasaba.

El tiempo recordaba.

Una fiesta hablaba de libertad.

Otra de provisión.

Otra de dependencia.

Otra de perdón y reconciliación.

Y cuando llegaba nuevamente la Pascua, una familia de una pequeña población de Galilea comenzaba a prepararse.

José.

María.

Sus hijos.

El camino esperaba.

Jerusalén estaba lejos.

Habría que caminar.

Habría cansancio.

Habría multitudes.

Pero volverían.

Porque aquella historia también era la historia de su pueblo.

Y entre los miembros de aquella familia caminaba Jesús.

El niño que año tras año escuchaba cómo Dios había libertado a Israel.

El muchacho que veía los sacrificios.

El joven que conocía las Escrituras.

El hombre que algún día daría a aquellas antiguas celebraciones una profundidad que sus propios discípulos apenas comenzarían a comprender.

Pero todavía no.

Por ahora dejémoslo caminar con su familia hacia Jerusalén.

Porque antes de que las fiestas de Israel aparecieran en su ministerio,

habían formado parte del calendario de su vida.

Y el Verbo se hizo carne.

El que había establecido las fiestas de Israel entró en el calendario de su pueblo y las vivió entre ellos.

El que había ordenado recordar la liberación de Egipto, celebró la Pascua.

El que había establecido los tiempos, aceptó vivir sujeto al tiempo.

El eterno contó días, semanas y años.

El que había dado a Israel sus fiestas, caminó con su familia hacia Jerusalén para celebrarlas.

Vio los peregrinos.

Entró en la ciudad.

Contempló el templo.

Escuchó las Escrituras y participó de la memoria de su pueblo.

Pero había algo que los demás todavía no podían comprender.

Aquel a quien muchas de aquellas celebraciones finalmente señalaban caminaba entre ellos.

El Legislador había entrado en la historia de los que recibieron la Ley.

El Dios de Israel vivía ahora como un israelita.

El que había dado las fiestas…

vino a celebrarlas con su pueblo.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

El camino hacia Jerusalén

Desde Galilea existían diferentes posibilidades para dirigirse hacia Judea, y los Evangelios muestran que Jesús llegó a atravesar también territorio samaritano. Lucas relata expresamente una ocasión en que, dirigiéndose hacia Jerusalén, entró en una aldea de samaritanos.

Pero hay otra ruta que aparece con una fuerza extraordinaria en los Evangelios:

el camino relacionado con el valle del Jordán, Jericó y la subida final hacia Jerusalén.

Era un camino que Jesús conocía.

En su último viaje hacia Jerusalén, después de anunciar a sus discípulos:

“He aquí subimos a Jerusalén…”

—Lucas 18:31,

el relato lo conduce hacia Jericó.

Allí encuentra al ciego junto al camino.

Después entra en Jericó.

Allí aparece Zaqueo.

Y desde aquella región continúa finalmente hacia Jerusalén.

Jericó no aparece accidentalmente en el relato.

Era una puerta natural para quien se aproximaba a Jerusalén desde el valle del Jordán.

Y desde allí comenzaba una de las partes más exigentes del viaje:

subir hacia las montañas de Judea.

Un camino que Jesús conocía bien

Hay otra evidencia todavía más hermosa.

Cuando Jesús quiso contar la historia que nosotros conocemos como el buen samaritano, escogió un camino concreto:

“Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó…”

—Lucas 10:30.

No dijo simplemente:

“Un hombre viajaba.”

Mencionó Jerusalén.

Mencionó Jericó.

Y mencionó también un peligro que sus oyentes podían comprender:

“…cayó en manos de ladrones…”

Era un camino real.

Una geografía real.

Un peligro comprensible.

Sacerdotes y levitas podían recorrer aquella ruta porque Jericó estaba vinculada también con población sacerdotal relacionada con Jerusalén.

Jesús utiliza el camino con una naturalidad que revela cuánto pertenecía al mundo conocido por Él y por sus oyentes.

Por eso, al reconstruir las peregrinaciones desde Galilea, podemos contemplar seriamente esta ruta.

Desde Nazaret, los viajeros podían dirigirse hacia el valle del Jordán, avanzar hacia el sur y llegar finalmente a la región de Jericó.

Y entonces comenzaba la subida.

De Jericó a Jerusalén

Aquí el viaje cambiaba.

Jericó se encuentra profundamente hundida en el valle del Jordán, mientras Jerusalén está situada en las montañas de Judea.

Eso significa que el peregrino no solamente tenía kilómetros por delante.

Tenía que subir.

Y subir después de varios días caminando no debía sentirse igual que comenzar descansado.

El paisaje se hacía más árido.

El terreno ascendía.

Los pies llevaban kilómetros acumulados.

Las piernas ya habían trabajado durante días.

Pero ahora ocurría algo psicológico que cualquier viajero comprende:

Jerusalén estaba cerca.

Quizá el cuerpo estaba más cansado que al salir de Nazaret.

Pero la meta comenzaba a sentirse.

Paso a paso, la elevación aumentaba.

Jericó iba quedando atrás.

El camino continuaba entre las montañas de Judea.

Y precisamente en este trayecto que después Jesús utilizaría para hablar del hombre herido, del sacerdote, del levita y del samaritano, generaciones de viajeros conocieron lo que significaba avanzar entre ambas ciudades.

Entonces comprendemos mejor una expresión bíblica que hemos leído tantas veces:

“Subieron a Jerusalén.”

No era solamente una manera religiosa de hablar.

Había que subir.

El niño que conoció el camino

No podemos afirmar qué ocurrió en cada viaje particular de la infancia de Jesús.

Pero Lucas sí nos dice algo extraordinario:

“Iban sus padres todos los años a Jerusalén en la fiesta de la pascua.”

—Lucas 2:41.

Todos los años.

Eso significa caminos repetidos.

Paisajes que dejaban de ser desconocidos.

Lugares que comenzaban a resultar familiares.

Un niño puede hacer una ruta una vez y mirar todo con sorpresa.

Pero cuando vuelve a hacerla…

y después otra vez…

empieza a conocerla.

Sabe que todavía falta.

Reconoce lugares.

Recuerda dónde fue difícil la vez anterior.

Comienza a comprender las distancias.

Y cuando años después Jesús habló de caminos, viajeros, ladrones, sacerdotes, levitas y personas que iban de Jerusalén a Jericó, no estaba construyendo sus enseñanzas sobre una geografía imaginaria.

Hablaba de un mundo real.

Un mundo de caminos que había recorrido.

Y el Verbo se hizo carne

El que había escogido a Jerusalén como ciudad de su templo aceptó recorrer los caminos para llegar hasta ella.

El que había creado las montañas de Judea las subió con sus propios pies.

El que hizo el valle del Jordán caminó por aquella tierra.

El que conocía cada piedra del camino aceptó sentir la distancia paso a paso.

El eterno supo lo que significaba mirar hacia adelante y descubrir que todavía faltaba camino.

Y cuando llegó a Jericó, Jerusalén todavía estaba arriba.

Había que subir.

El Señor del templo no apareció repentinamente dentro de sus atrios.

Llegó como peregrino.

Caminando.

Cansándose.

Avanzando con los demás.

Subiendo hacia la ciudad donde su pueblo iba a encontrarse con Dios.

Y había algo que los peregrinos que caminaban junto a Él todavía no podían comprender:

el Dios que buscaban en Jerusalén caminaba por el mismo camino que ellos.

El que había dicho a Israel que subiera a celebrar delante de Él…

ahora subía con Israel.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.