Dr. Elio M Rivera
Hasta este momento hemos visto al político, al sobreviviente, al constructor y al rey. Hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión y la impresionante transformación del Templo de Jerusalén. Pero antes de entrar en los acontecimientos más oscuros de su vida conviene detenernos y hacer una pregunta diferente:
¿Qué clase de hombre era Herodes por dentro?
No podemos sentarlo frente a un psiquiatra ni aplicarle criterios clínicos modernos. Por eso sería incorrecto afirmar retrospectivamente un diagnóstico médico como si hubiera sido examinado. Sin embargo, sus acciones descritas por las fuentes antiguas son tan numerosas y siguen patrones tan consistentes que permiten reconocer rasgos psicológicos extraordinariamente preocupantes.
Si utilizáramos el lenguaje de la psicología actual, su conducta podría sugerir fuertes rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, acompañados por una necesidad extrema de control. Hacia el final de su vida, además, las fuentes describen un incremento notable de la sospecha y el temor a conspiraciones.
No estamos hablando simplemente de un hombre con mal carácter.
Estamos frente a una combinación potencialmente explosiva.
Los rasgos narcisistas pueden verse en su enorme preocupación por el poder, el prestigio, la grandeza y la permanencia de su nombre. Herodes no se conformaba con gobernar. Construía monumentalmente, cultivaba relaciones con los hombres más poderosos de Roma y protegía ferozmente su condición real.
Sin embargo, detrás de aquella grandeza parece haber existido una profunda inseguridad.

El rey Herodes: El hombre detrás de la corona
Y esto es importante: narcisismo no significa simplemente amarse demasiado. En sus formas patológicas puede existir una necesidad constante de reconocimiento, una autoestima muy vulnerable y una reacción desproporcionada ante aquello que se percibe como humillación, rechazo o amenaza a la propia posición.
En Herodes encontramos repetidamente algo parecido.
Podía tener la corona y seguir sintiéndose amenazado.
Podía poseer el reino y continuar buscando enemigos.
Podía tener el reconocimiento de Roma y preocuparse por quién podía disputarle la legitimidad dentro de Judea.
Los rasgos paranoides resultan todavía más inquietantes. Herodes llegó a sospechar de personas extremadamente cercanas. En su mundo político, además, algunas conspiraciones eran reales; por eso no toda sospecha suya puede calificarse de irracional. Pero el patrón histórico muestra que la sospecha fue penetrando cada vez más profundamente en sus relaciones y decisiones.
Para un hombre así, una persona popular podía convertirse en amenaza.
Un familiar podía convertirse en rival.
Una conversación podía parecer conspiración.
El afecto no garantizaba seguridad.
La sangre tampoco.
Y cuando la sospecha se combina con poder absoluto, el peligro aumenta enormemente, porque el hombre que sospecha posee además los medios para destruir al sospechoso.
Aparecen también conductas compatibles con rasgos antisociales: capacidad para utilizar la violencia extrema, eliminación despiadada de adversarios y subordinación de la vida de otras personas a la conservación de su propio poder. Esto no significa que podamos diagnosticar formalmente un trastorno antisocial de la personalidad; significa que algunas de sus conductas presentan características que hoy reconoceríamos dentro de ese espectro.
Y aquí aparece el elemento que hacía especialmente peligroso a Herodes.
No era un hombre desorganizado ni incapaz.
Todo lo contrario.
Era inteligente.
Era estratégico.
Sabía negociar.
Sabía construir.
Sabía administrar.
Sabía cambiar de alianzas cuando cambiaba el poder político.
Había sobrevivido a revoluciones, invasiones y guerras civiles romanas. Había tratado con hombres como Marco Antonio y Octaviano. Había recuperado un reino y gobernado durante décadas.
Por eso su peligrosidad no procedía solamente de su violencia.
Procedía de la combinación de inteligencia, inseguridad, sospecha, ambición, necesidad de control y poder para actuar.
Un hombre impulsivo puede ser peligroso.
Pero un hombre profundamente desconfiado, extraordinariamente capaz y con soldados, dinero, fortalezas y autoridad para ejecutar sus decisiones podía serlo mucho más.
Y todavía no hemos contado lo peor.
En los capítulos pasados vimos cómo estas características dejaron de ser solamente rasgos de personalidad y comenzaron a tener nombres y rostros.
Aristóbulo.
Hircano.
Mariamne.
Alejandro.
Aristóbulo.
Antípatro.
Personas de su propia familia terminaron atrapadas dentro del mundo de sospechas del rey.
Hasta Augusto llegó a conocer la terrible reputación de la familia de Herodes. Una tradición antigua preservada por Macrobio atribuye al emperador una frase mordaz según la cual era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo. Aunque esta anécdota fue registrada siglos después y no debe tratarse como una transcripción contemporánea, refleja hasta qué punto la crueldad familiar de Herodes llegó a formar parte de su memoria histórica.
Ahora podemos comprender mucho mejor una de las frases más breves y psicológicamente reveladoras del relato de Mateo.
Cuando unos extranjeros llegaron a Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.
Mateo continúa:
«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó…» — Mateo 2:3.
Para cualquier otro hombre aquella pregunta podía haber sido una curiosidad.
Para Herodes tocaba exactamente el punto más sensible de toda su existencia:
su corona.
Él había tenido que conseguirla.
Roma se la había concedido.
Había tenido que conquistar el territorio para ejercerla.
Había pasado años consolidándola.
Había construido fortalezas para protegerla.
Había enfrentado amenazas para conservarla.
Y ahora aquellos hombres no preguntaban dónde estaba alguien que pretendía ser rey.
Preguntaban dónde estaba el que había nacido Rey.
De repente comprendemos por qué Mateo 2 no ocurre en un vacío.
La reacción posterior de Herodes encaja terriblemente bien con el hombre que las fuentes históricas nos permiten conocer.
Pero aquí aparece algo todavía más impresionante que la psicología de Herodes.
La psicología de Herodes nos ayuda a comprender el peligro; la decisión de Dios nos ayuda a comprender su corazón.
Dios Padre sabía perfectamente quién gobernaba Judea.
Conocía aquel palacio.
Conocía aquella corona.
Conocía la inseguridad del rey.
Conocía su capacidad para sospechar.
Conocía su violencia.
Conocía lo que un hombre desesperado por conservar el poder podía llegar a hacer.
Y aun así:
envió a su Hijo.
No esperó a que Herodes muriera.
No esperó a que Judea tuviera un gobernante bondadoso.
No esperó a que Roma desapareciera.
No esperó a que el mundo se convirtiera en un lugar seguro.
El Padre contempló aquel mundo exactamente como era y decidió que había llegado el momento.
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» — Gálatas 4:4.
Eso habla volúmenes acerca del Padre.
Porque mientras más comprendemos quién era Herodes, más extraordinaria resulta la decisión divina.
Dios Padre no envió a su Hijo a un mundo que podía garantizar su seguridad. Lo envió a un mundo que necesitaba desesperadamente su salvación.
Herodes nos muestra hasta dónde puede llegar un corazón dominado por el temor de perder su reino.
El Padre nos mostrará algo completamente diferente:
hasta dónde puede llegar el amor de Dios para recuperar a sus hijos.
Referencias
Mateo 2:1–18; Lucas 1:5; Gálatas 4:4; 1 Samuel 16:7.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Relata extensamente las sospechas de Herodes, conflictos familiares, procesos contra miembros de su familia y ejecuciones ocurridas durante su reinado.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Fuente fundamental para reconstruir la personalidad política de Herodes, sus conflictos, temores, relaciones familiares y últimos años.
Macrobio, Saturnalia, II.4.11. Fuente tardía de la conocida anécdota atribuida a Augusto acerca de Herodes y sus hijos; debe utilizarse como tradición posterior, no como testimonio contemporáneo.
En términos psicológicos modernos, el patrón histórico permite hablar prudentemente de rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, además de una marcada necesidad de control; estos términos describen semejanzas conductuales y no constituyen un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo formal.
Hasta este momento hemos visto al político, al sobreviviente, al constructor y al rey. Hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión y la impresionante transformación del Templo de Jerusalén. Pero antes de entrar en los acontecimientos más oscuros de su vida conviene detenernos y hacer una pregunta diferente:
¿Qué clase de hombre era Herodes por dentro?
No podemos sentarlo frente a un psiquiatra ni aplicarle criterios clínicos modernos. Por eso sería incorrecto afirmar retrospectivamente un diagnóstico médico como si hubiera sido examinado. Sin embargo, sus acciones descritas por las fuentes antiguas son tan numerosas y siguen patrones tan consistentes que permiten reconocer rasgos psicológicos extraordinariamente preocupantes.
Si utilizáramos el lenguaje de la psicología actual, su conducta podría sugerir fuertes rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, acompañados por una necesidad extrema de control. Hacia el final de su vida, además, las fuentes describen un incremento notable de la sospecha y el temor a conspiraciones.
No estamos hablando simplemente de un hombre con mal carácter.
Estamos frente a una combinación potencialmente explosiva.
Los rasgos narcisistas pueden verse en su enorme preocupación por el poder, el prestigio, la grandeza y la permanencia de su nombre. Herodes no se conformaba con gobernar. Construía monumentalmente, cultivaba relaciones con los hombres más poderosos de Roma y protegía ferozmente su condición real.
Sin embargo, detrás de aquella grandeza parece haber existido una profunda inseguridad.
Y esto es importante: narcisismo no significa simplemente amarse demasiado. En sus formas patológicas puede existir una necesidad constante de reconocimiento, una autoestima muy vulnerable y una reacción desproporcionada ante aquello que se percibe como humillación, rechazo o amenaza a la propia posición.
En Herodes encontramos repetidamente algo parecido.
Podía tener la corona y seguir sintiéndose amenazado.
Podía poseer el reino y continuar buscando enemigos.
Podía tener el reconocimiento de Roma y preocuparse por quién podía disputarle la legitimidad dentro de Judea.
Los rasgos paranoides resultan todavía más inquietantes. Herodes llegó a sospechar de personas extremadamente cercanas. En su mundo político, además, algunas conspiraciones eran reales; por eso no toda sospecha suya puede calificarse de irracional. Pero el patrón histórico muestra que la sospecha fue penetrando cada vez más profundamente en sus relaciones y decisiones.
Para un hombre así, una persona popular podía convertirse en amenaza.
Un familiar podía convertirse en rival.
Una conversación podía parecer conspiración.
El afecto no garantizaba seguridad.
La sangre tampoco.
Y cuando la sospecha se combina con poder absoluto, el peligro aumenta enormemente, porque el hombre que sospecha posee además los medios para destruir al sospechoso.
Aparecen también conductas compatibles con rasgos antisociales: capacidad para utilizar la violencia extrema, eliminación despiadada de adversarios y subordinación de la vida de otras personas a la conservación de su propio poder. Esto no significa que podamos diagnosticar formalmente un trastorno antisocial de la personalidad; significa que algunas de sus conductas presentan características que hoy reconoceríamos dentro de ese espectro.
Y aquí aparece el elemento que hacía especialmente peligroso a Herodes.
No era un hombre desorganizado ni incapaz.
Todo lo contrario.
Era inteligente.
Era estratégico.
Sabía negociar.
Sabía construir.
Sabía administrar.
Sabía cambiar de alianzas cuando cambiaba el poder político.
Había sobrevivido a revoluciones, invasiones y guerras civiles romanas. Había tratado con hombres como Marco Antonio y Octaviano. Había recuperado un reino y gobernado durante décadas.
Por eso su peligrosidad no procedía solamente de su violencia.
Procedía de la combinación de inteligencia, inseguridad, sospecha, ambición, necesidad de control y poder para actuar.
Un hombre impulsivo puede ser peligroso.
Pero un hombre profundamente desconfiado, extraordinariamente capaz y con soldados, dinero, fortalezas y autoridad para ejecutar sus decisiones podía serlo mucho más.
Y todavía no hemos contado lo peor.
En los siguientes capítulos veremos cómo estas características dejaron de ser solamente rasgos de personalidad y comenzaron a tener nombres y rostros.
Aristóbulo.
Hircano.
Mariamne.
Alejandro.
Aristóbulo.
Antípatro.
Personas de su propia familia terminarían atrapadas dentro del mundo de sospechas del rey.
Hasta Augusto llegó a conocer la terrible reputación de la familia de Herodes. Una tradición antigua preservada por Macrobio atribuye al emperador una frase mordaz según la cual era preferible ser el cerdo de Herodes que su hijo. Aunque esta anécdota fue registrada siglos después y no debe tratarse como una transcripción contemporánea, refleja hasta qué punto la crueldad familiar de Herodes llegó a formar parte de su memoria histórica.
Ahora podemos comprender mucho mejor una de las frases más breves y psicológicamente reveladoras del relato de Mateo.
Cuando unos extranjeros llegaron a Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.
Mateo continúa:
«Oyendo esto, el rey Herodes se turbó…» — Mateo 2:3.
Para cualquier otro hombre aquella pregunta podía haber sido una curiosidad.
Para Herodes tocaba exactamente el punto más sensible de toda su existencia:
su corona.
Él había tenido que conseguirla.
Roma se la había concedido.
Había tenido que conquistar el territorio para ejercerla.
Había pasado años consolidándola.
Había construido fortalezas para protegerla.
Había enfrentado amenazas para conservarla.
Y ahora aquellos hombres no preguntaban dónde estaba alguien que pretendía ser rey.
Preguntaban dónde estaba el que había nacido Rey.
De repente comprendemos por qué Mateo 2 no ocurre en un vacío.
La reacción posterior de Herodes encaja terriblemente bien con el hombre que las fuentes históricas nos permiten conocer.
Pero aquí aparece algo todavía más impresionante que la psicología de Herodes.
La psicología de Herodes nos ayuda a comprender el peligro; la decisión de Dios nos ayuda a comprender su corazón.
Dios Padre sabía perfectamente quién gobernaba Judea.
Conocía aquel palacio.
Conocía aquella corona.
Conocía la inseguridad del rey.
Conocía su capacidad para sospechar.
Conocía su violencia.
Conocía lo que un hombre desesperado por conservar el poder podía llegar a hacer.
Y aun así:
envió a su Hijo.
No esperó a que Herodes muriera.
No esperó a que Judea tuviera un gobernante bondadoso.
No esperó a que Roma desapareciera.
No esperó a que el mundo se convirtiera en un lugar seguro.
El Padre contempló aquel mundo exactamente como era y decidió que había llegado el momento.
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo…» — Gálatas 4:4.
Eso habla volúmenes acerca del Padre.
Porque mientras más comprendemos quién era Herodes, más extraordinaria resulta la decisión divina.
Dios Padre no envió a su Hijo a un mundo que podía garantizar su seguridad. Lo envió a un mundo que necesitaba desesperadamente su salvación.
Herodes nos muestra hasta dónde puede llegar un corazón dominado por el temor de perder su reino.
El Padre nos mostrará algo completamente diferente:
hasta dónde puede llegar el amor de Dios para recuperar a sus hijos.
Referencias
Mateo 2:1–18; Lucas 1:5; Gálatas 4:4; 1 Samuel 16:7.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII. Relata extensamente las sospechas de Herodes, conflictos familiares, procesos contra miembros de su familia y ejecuciones ocurridas durante su reinado.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Fuente fundamental para reconstruir la personalidad política de Herodes, sus conflictos, temores, relaciones familiares y últimos años.
Macrobio, Saturnalia, II.4.11. Fuente tardía de la conocida anécdota atribuida a Augusto acerca de Herodes y sus hijos; debe utilizarse como tradición posterior, no como testimonio contemporáneo.
En términos psicológicos modernos, el patrón histórico permite hablar prudentemente de rasgos narcisistas, paranoides y antisociales, además de una marcada necesidad de control; estos términos describen semejanzas conductuales y no constituyen un diagnóstico psiquiátrico retrospectivo formal.
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