14. No hubo lugar para Él

Dr. Elio M Rivera

«Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón.»
Lucas 2:6-7, RVR1960

 Habían llegado a Belén.

 Pero llegar a la ciudad señalada por la profecía no significaba encontrar allí una recepción preparada.

 Lucas pasa rápidamente de la llegada a una frase sorprendentemente sencilla:

 «Estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento».

 El momento llegó.

 María iba a dar a luz.

 Y entonces aparece una de las frases más conocidas de la historia de Navidad:

 «No había lugar para ellos».

 Lucas no describe una persecución.

 No habla de alguien cerrándoles violentamente una puerta.

 No menciona a un posadero cruel.

 Ni siquiera registra una conversación buscando alojamiento.

 Simplemente informa de una realidad:

 no había lugar.

 Y aquella circunstancia terminó determinando dónde sería colocado Jesús después de nacer.

¿Qué significa realmente «no había lugar en el mesón»?

 Aquí debemos separar cuidadosamente el texto bíblico de algunas imágenes que la tradición ha añadido con el paso de los siglos.

 La palabra griega utilizada por Lucas es katalyma.

 Puede referirse a un lugar de alojamiento o habitación para huéspedes. De hecho, Lucas utiliza posteriormente la misma palabra cuando habla del lugar donde Jesús celebraría la última cena con sus discípulos, traducida allí como «aposento» (Lucas 22:11).

 Esto ha llevado a muchos estudiosos a considerar que Lucas 2:7 no necesariamente describe una posada comercial semejante a un hotel, con un posadero rechazando a José y María.

 Es posible que se tratara de un espacio para huéspedes dentro de una vivienda que ya se encontraba ocupado.

 Las casas sencillas de aquella región podían incluir espacios donde los animales eran resguardados o alimentados, y allí habría pesebres.

 No podemos reconstruir con absoluta certeza la arquitectura de aquella casa ni identificar exactamente quiénes estaban presentes.

 Pero sí conocemos el detalle que Lucas quiso conservar:

 el lugar disponible para colocar al recién nacido fue un pesebre.

Un pesebre no era una cuna

 La palabra puede resultarnos tan familiar que ha perdido parte de su impacto.

 Un pesebre era, sencillamente, un recipiente donde se colocaba alimento para los animales.

 No había sido fabricado para recibir a un bebé.

 No era una cuna ceremonial.

 No pertenecía al mobiliario de una habitación real.

 Era un objeto ordinario de la vida rural.

 María envolvió al niño en pañales.

 Eso era normal.

 Después Lucas añade lo inesperado:

 «Y lo acostó en un pesebre».

 El contraste está allí sin necesidad de adornarlo.

 Gabriel había dicho:

 «Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre» (Lucas 1:32).

 Trono de David.

 Y cuando finalmente nació:

 un pesebre.

 No porque hubiera dejado de ser Rey.

 Sino porque así comenzó su presencia visible entre nosotros.

El primer lugar donde fue acostado decía mucho acerca del reino que traía

 Los reyes humanos suelen proteger la distancia entre ellos y las personas comunes.

 Palacios.

 Guardias.

 Protocolos.

 Salones reservados.

 Accesos restringidos.

 El nacimiento de Jesús presenta algo completamente diferente.

 Un pastor podía acercarse.

 Una persona pobre podía comprender aquel ambiente.

 No era necesario pertenecer a la nobleza.

 No había que atravesar puertas custodiadas por soldados.

 No había que presentar credenciales.

 El niño estaba en un lugar tan sencillo que los ángeles pudieron utilizar precisamente esa circunstancia como señal:

 «Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (Lucas 2:12).

 El pesebre que parecía hablar de carencia terminó convirtiéndose en la señal para encontrarlo.

 Eso es extraordinario.

 Los pastores no recibirían como señal una estrella sobre un palacio.

 Recibirían algo mucho más extraño:

 busquen al niño que está acostado donde comen los animales.

Nadie había preparado aquel lugar para Él

 Aquí aparece otro detalle que merece detenernos.

 El pesebre existía antes de que Jesús llegara.

 Pero no había sido construido pensando en Él.

 Nadie en Belén había dicho meses antes:

 «Preparemos un lugar porque viene el Mesías».

 No encontramos una delegación esperando a José.

 No encontramos autoridades locales organizando su llegada.

 No encontramos sacerdotes aguardando el nacimiento.

 La ciudad continuaba con sus asuntos.

 Y cuando llegó el momento:

 se utilizó lo que había disponible.

 Esto hace que las palabras de Juan adquieran un peso especial.

«En el mundo estaba»

 Juan contempla el mismo acontecimiento desde una perspectiva diferente:

 «En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció» (Juan 1:10).

 Observe la paradoja.

 El mundo por él fue hecho.

 Y ahora:

 el mundo no le conoció.

 Juan no está describiendo solamente un problema de alojamiento en Belén.

 Está presentando algo mucho mayor.

 El Creador podía estar presente dentro de su creación y sus criaturas podían continuar con sus actividades sin reconocerlo.

 El problema no era simplemente que faltara espacio en una habitación.

 Faltaba reconocimiento.

 Dios estaba allí y el mundo no sabía quién había llegado.

«A lo suyo vino»

 Entonces Juan profundiza todavía más:

 «A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11).

 Estas palabras resumen dolorosamente buena parte de la historia que seguirá.

 No necesitamos llevarlas inmediatamente hasta la cruz para sentir su peso.

 Basta observar lo que comenzará a suceder.

 Jesús hablará en las sinagogas de su pueblo.

 Caminará por sus aldeas.

 Enseñará sus Escrituras.

 Sanará a sus enfermos.

 Alimentará a sus multitudes.

 Entrará en Jerusalén.

 Hablará acerca del Padre.

 Y una pregunta recorrerá continuamente los Evangelios:

 ¿Quién es éste?

 Algunos creerán.

 Otros dudarán.

 Otros se opondrán.

 El problema iniciado en Belén no será simplemente encontrar espacio físico para Jesús.

 Será reconocer quién está delante de ellos.

El verdadero contraste no es entre un palacio y un establo

 A veces contamos la historia de Navidad únicamente mediante contrastes materiales:

 rico y pobre.

 Palacio y pesebre.

 Corona y pañales.

 Pero Juan nos lleva a un contraste mucho más profundo.

 Conocer y no conocer.

 Recibir y no recibir.

 Ése será uno de los grandes conflictos de la vida de Jesús.

 Personas que conocen perfectamente su pueblo pueden no reconocerlo.

 Personas que conocen las Escrituras pueden no comprender quién está delante de ellas.

 Personas que esperan al Mesías pueden no reconocer la manera en que Dios decidió enviarlo.

 Y, paradójicamente, personas que parecían encontrarse muy lejos terminarán acercándose.

 Pastores llegarán.

 Después vendrán extranjeros desde Oriente.

 Simeón lo reconocerá.

 Ana hablará de Él.

 La historia comenzará a dividirse no entre quienes tienen mucho y quienes tienen poco, sino entre quienes reconocen y quienes no reconocen.

Pero Juan no termina diciendo que nadie lo recibió

 Aquí aparece algo fundamental.

 Si termináramos en Juan 1:11, el cuadro sería oscuro:

 «Los suyos no le recibieron».

 Pero el evangelista continúa inmediatamente:

 «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).

 Algunos sí lo recibieron.

 Y esto cambia completamente el sentido de la escena.

 La historia de Jesús no será solamente la historia del rechazo.

 Será también la historia de personas que abrieron los ojos y descubrieron quién estaba delante de ellas.

 No todos responderían igual.

 Desde este momento comenzaremos a encontrarlos.

 Personas completamente diferentes.

 Unos pastores.

 Un anciano llamado Simeón.

 Una mujer llamada Ana.

 Después, unos extranjeros que llegarían desde lejos.

 Cada uno lo encontraría de manera diferente.

 Pero todos tendrían algo en común:

 reconocieron en aquel niño algo que muchos otros no podían ver.

El pesebre hizo visible algo acerca de su corazón

 Jesús no eligió acercarse solamente a quienes podían ofrecerle algo.

 Su primera cama lo colocó, desde el comienzo, dentro del mundo de la gente sencilla.

 No había que ascender socialmente para llegar hasta Él.

 No había que ser importante.

 No había que tener dinero.

 No había que pertenecer a una élite religiosa.

 Los primeros invitados que Lucas nos mostrará trabajando aquella noche ni siquiera estaban dentro de la ciudad.

 Estaban en el campo.

 Eran pastores.

 Y cuando Dios decidió comunicarles cómo podrían reconocer al Salvador, no les dio una descripción de poder.

 Les dio una descripción de humildad:

 «Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre».

 Como si Dios estuviera diciendo:

 No tendrán dificultad para acercarse.

 El Salvador no había venido para hacerse inaccesible.

 Había venido para poder ser encontrado.

La pregunta cambia

 Por eso quizá hemos formulado durante mucho tiempo la pregunta equivocada.

 Preguntamos:

 ¿Por qué nadie le dio un lugar?

 Pero Juan nos obliga a formular otra:

 ¿Qué hacemos cuando Dios está delante de nosotros y no lo reconocemos?

 Porque ésa es la tragedia verdadera de Juan 1.

 No que faltara una habitación.

 Sino que:

 «El mundo no le conoció».

 El pesebre solamente fue el comienzo visible de un problema mucho más profundo.

 Dios podía acercarse extraordinariamente al hombre y el hombre podía continuar viviendo como si Dios no estuviera allí.

 Pero aquella noche algo estaba a punto de cambiar.

 Hasta ese momento, Belén podía ignorar lo que acababa de suceder.

 No por mucho tiempo.

 Porque mientras el niño permanecía acostado en el pesebre, lejos de allí, en los campos, el cielo estaba a punto de abrir el anuncio.

 Dios mismo señalaría quién era aquel niño.

 Y no enviaría primero la noticia a César.

 Ni a Herodes.

 Ni al Sanedrín.

 La enviaría a unos hombres que cuidaban ovejas durante la noche.

 Los primeros invitados estaban a punto de recibir la noticia.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.