Dr. Elio M Rivera
«Entonces María dijo: He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.»
Lucas 1:38, RVR1960
Hay frases de la Biblia que conocemos tan bien que podemos dejar de sentir el peso que tuvieron cuando fueron pronunciadas por primera vez.
Una de ellas es:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
La leemos sabiendo cómo terminó la historia.
Sabemos que José recibió a María.
Sabemos que Dios le habló en sueños.
Sabemos que el matrimonio continuó.
Sabemos que Jesús nació.
Sabemos que María sobrevivió a aquellos acontecimientos y que décadas después continuaba junto a su Hijo.
María no sabía nada de eso cuando respondió a Gabriel.
Cuando aquella joven dijo «hágase conmigo», no estaba leyendo la historia desde el final.
Estaba parada al principio.
Y delante de ella había muchas cosas que todavía no podía ver.

Llegaría el momento en que descubrirían su embarazo
Mateo utiliza una expresión que merece nuestra atención:
«Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).
«Se halló que había concebido».
El embarazo no permanecería invisible.
Durante algún tiempo solamente María conocería lo que estaba ocurriendo dentro de su cuerpo.
Pero llegaría el momento en que aquello se haría evidente.
Su vientre crecería.
Su cuerpo cambiaría.
Y aparecería una pregunta inevitable:
¿Cómo había quedado embarazada una joven desposada antes de comenzar su vida matrimonial con José?
María conocía la respuesta.
Había escuchado a Gabriel:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
Pero conocer la verdad y poder demostrarla eran dos cosas completamente diferentes.
No podía mostrar a Gabriel.
No podía presentar testigos de aquella conversación.
No podía colocar delante de los demás una explicación humana para demostrar una concepción sobrenatural.
Solamente podía decir lo que había sucedido.
Y esperar que le creyeran.
No se trataba simplemente de pasar vergüenza
Para comprender el peso de la decisión de María necesitamos entrar, aunque sea por un momento, en el mundo en el que vivía.
María estaba desposada con José.
Aquello no era exactamente equivalente al noviazgo moderno.
El compromiso matrimonial judío poseía una seriedad jurídica mucho mayor. Por eso Mateo, aun antes de que comenzaran plenamente su vida matrimonial, puede referirse a José como «su marido» y hablar de la posibilidad de que él la dejara.
La Ley de Moisés trataba con enorme severidad la infidelidad sexual durante ese período.
Deuteronomio 22:23-24 contempla el caso de una joven virgen desposada que tuviera voluntariamente relaciones sexuales con otro hombre y establece para aquella transgresión la pena de muerte.
No debemos ir más allá de lo que dicen los Evangelios.
Mateo nunca afirma que María fuera llevada ante los ancianos.
Nunca dice que se organizara un juicio contra ella.
Nunca dice que una multitud recogiera piedras para matarla.
Y las condiciones políticas y judiciales de Judea bajo dominio romano hacían la aplicación de las penas capitales más compleja que una simple lectura de la legislación mosaica.
Pero nada de esto elimina una realidad fundamental:
María pertenecía a una sociedad en la que el adulterio durante el desposorio era considerado una transgresión gravísima.
Por eso su embarazo no representaba solamente el riesgo de algunos comentarios desagradables.
Podía afectar su matrimonio.
Su reputación.
Su lugar dentro de la comunidad.
Su futuro.
Y, dependiendo de cómo se desarrollaran los acontecimientos, podía colocarla frente a consecuencias que ella no podía prever.
Y María dijo sí antes de saber cómo reaccionaría José
Aquí encontramos algo extraordinario.
Cuando María respondió a Gabriel:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra»,
Dios todavía no había hablado con José.
El sueño registrado por Mateo vendría después.
Nosotros sabemos que Dios intervendrá.
María todavía no.
Gabriel no le dijo:
«José comprenderá inmediatamente».
No le prometió:
«Nadie hablará mal de ti».
No le aseguró:
«Tu reputación permanecerá intacta».
No le explicó:
«Cuando José descubra el embarazo, enviaré un ángel para contarle lo sucedido».
María recibió una promesa acerca del niño.
Pero no recibió una explicación detallada acerca de cómo Dios resolvería todas las consecuencias que aquella concepción podía producir en su propia vida.
Y aun así respondió:
«Hágase conmigo».
José efectivamente no lo comprendió
Lo que María podía temer realmente sucedió.
José descubrió el embarazo.
Y no entendió.
Mateo dice:
«José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).
Estas palabras nos permiten comprender retrospectivamente el tamaño de la decisión de María.
La situación fue tan seria que José decidió dejarla.
Él no había recibido todavía la explicación celestial.
Desde su perspectiva, algo había sucedido que hacía imposible continuar como si nada hubiera ocurrido.
Y aquí aparece una palabra particularmente importante:
«No quería infamarla».
¿Infamarla por qué?
Porque hacer pública la situación podía exponerla.
La palabra misma nos permite contemplar el peligro social que existía alrededor de María.
José decidió manejar aquello discretamente porque no quería convertirla en objeto de exposición pública.
Incluso antes de conocer la verdad, hubo misericordia en su reacción.
Pero para María debió existir un período en el cual ella sabía que obedecer a Dios podía significar perder al hombre con quien esperaba formar su hogar.
«Hágase conmigo» adquiere ahora otro significado
Volvamos entonces a Nazaret.
Volvamos al momento en que Gabriel todavía está delante de ella.
María acaba de escuchar:
«Concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo» (Lucas 1:31).
Ella pregunta:
«¿Cómo será esto? pues no conozco varón» (Lucas 1:34).
Gabriel le explica que será obra de Dios.
Y entonces María responde.
Ahora podemos escuchar sus palabras de otra manera.
«Hágase conmigo».
Mi cuerpo queda en las manos de Dios.
Mi futuro queda en las manos de Dios.
Mi compromiso con José queda en las manos de Dios.
Mi reputación queda en las manos de Dios.
Las explicaciones que tendré que dar quedan en las manos de Dios.
Las consecuencias que todavía no puedo ver quedan en las manos de Dios.
«He aquí la sierva del Señor».
María no estaba diciendo que comprendía todo.
Estaba diciendo que confiaba en Dios aun sin comprender todo.
Ella aceptó antes de recibir garantías
Esto distingue la fe de María de una obediencia condicionada.
Es relativamente sencillo obedecer cuando conocemos de antemano el resultado.
Cuando sabemos que nadie nos rechazará.
Cuando sabemos que nuestra seguridad está garantizada.
Cuando conocemos cada paso del camino.
María no recibió ese privilegio.
Dios no le mostró toda la historia antes de pedirle una respuesta.
Ella no sabía todavía que terminaría viajando embarazada hacia Belén.
No sabía dónde nacería exactamente el niño.
No sabía que unos pastores aparecerían contando que habían visto ángeles.
No sabía que Simeón tomaría al niño en sus brazos y después le anunciaría que una espada atravesaría su propia alma.
No sabía que Herodes buscaría al niño para matarlo.
No sabía que tendría que levantarse y abandonar su tierra rumbo a Egipto.
No sabía cuándo podría regresar.
Y ni siquiera sabía todavía cómo reaccionaría José.
Dios no le entregó el mapa.
Le dio una palabra.
Y María confió en quien había pronunciado aquella palabra.
Dios no impidió que la obediencia tuviera un precio
Hay algo todavía más profundo.
Dios podía haber realizado todo de una manera que evitara cualquier posibilidad de sospecha.
Podía haber hablado primero con José.
Podía haber proporcionado testigos.
Podía haber anunciado públicamente lo ocurrido.
Podía haber rodeado el acontecimiento de señales imposibles de negar.
Pero no lo hizo así.
La encarnación comenzó silenciosamente.
Gabriel.
María.
Una promesa.
Una concepción sobrenatural.
Y después una joven que tendría que vivir con las consecuencias visibles de algo invisible que Dios había hecho dentro de ella.
Dios finalmente intervino para hablar con José.
Pero no evitó que existiera primero un período de incertidumbre y dolor.
Eso también forma parte de la historia.
La obediencia de María no la introdujo inmediatamente en una vida más sencilla.
La introdujo en una historia mucho más grande que ella.
Y esa historia tendría un precio.
El Hijo comenzó a costarle algo antes de nacer
Aquí encontramos una verdad conmovedora.
María comenzó a pagar un precio por recibir a Jesús antes incluso de poder sostenerlo entre sus brazos.
Todavía no había escuchado su llanto.
No había visto su rostro.
No había sentido sus manos.
Pero su presencia ya estaba cambiando su vida.
Recibir al Hijo significaba permitir que Dios alterara los planes que ella había imaginado.
Significaba aceptar preguntas que quizá no podría contestar de una manera que todos creyeran.
Significaba confiar en que Dios cuidaría de consecuencias que ella todavía no podía controlar.
Y, sin embargo, no encontramos a María intentando negociar las condiciones.
Encontramos:
«He aquí la sierva del Señor».
María no sabía todavía que Dios estaba preparando a José
Y aquí aparece algo hermoso acerca del Padre.
Mientras María enfrentaba una situación que no podía resolver por sí misma, Dios ya sabía lo que haría con José.
María no podía entrar en los pensamientos de aquel hombre.
No podía producir un sueño.
No podía enviar un ángel.
No podía obligarlo a creer.
Pero Dios podía.
Cuando José estaba pensando dejarla, Dios intervino:
«José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es» (Mateo 1:20).
María había colocado su futuro en las manos de Dios.
Y Dios comenzó a actuar en un lugar al que ella no podía llegar:
el corazón y la conciencia de José.
Ella no podía defenderse completamente.
Dios habló por ella.
Ella no podía convencer a José del milagro.
Dios se lo reveló.
Ella no podía garantizar que José permaneciera a su lado.
Dios le dijo:
«No temas recibir a María».
Esto no significa que Dios eliminara todas las dificultades que vendrían después.
No lo hizo.
Pero significa que María no estaba sola dentro de las consecuencias de su obediencia.
Dos obediencias comenzaron a formar un hogar
Primero María:
«Hágase conmigo conforme a tu palabra».
Después José:
«Hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).
María obedeció sin saber todavía qué haría José.
José obedeció después de recibir de Dios la explicación que necesitaba.
Y así, alrededor del niño que todavía estaba en el vientre, comenzaron a encontrarse dos personas que habían decidido creerle a Dios aunque hacerlo alterara profundamente sus vidas.
Ese sería el hogar humano en el que entraría Jesucristo.
No un hogar construido alrededor de comodidad.
Un hogar construido alrededor de obediencia.
El precio de decir sí
Ahora podemos volver por última vez a las palabras de aquella joven.
«He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra».
Ya no parecen una frase sencilla.
María no sabía cuánto costaría aquel sí.
No sabía qué perdería.
No sabía qué conservaría.
No sabía quién la comprendería.
No sabía quién podría señalarla.
No sabía todavía que José decidiría inicialmente dejarla.
Mucho menos sabía todo lo que ocurriría después.
Pero sabía algo.
Dios había hablado.
Y para María eso fue suficiente para colocar su vida en sus manos.
La encarnación comenzó, por tanto, rodeada de entrega.
El Hijo estuvo dispuesto a venir.
Y María estuvo dispuesta a recibirlo.
No porque conociera anticipadamente el precio completo.
Sino porque confiaba en Aquel que la había llamado.
Y mientras su cuerpo comenzaba silenciosamente a albergar al Hijo de Dios, María entraba también en una historia de la que ya no tendría control absoluto.
Su reputación podía ser cuestionada.
Su matrimonio podía desaparecer.
Su futuro podía cambiar.
Y la Ley de su pueblo mostraba cuán grave podía considerarse una aparente infidelidad durante el desposorio.
Pero ella había respondido:
«Hágase conmigo».
Tal vez esa sea una de las dimensiones más profundas de su respuesta.
María no dijo sí porque Dios le hubiera prometido que obedecer no dolería.
Dijo sí antes de saber cuánto podría costarle.
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