Dr. Elio M. Rivera
Hasta este momento hemos contemplado lo que los hombres harían con el cuerpo de Jesucristo.
Lo rechazaron.
Lo traicionaron.
Lo golpearon.
Lo escupieron.
Lo flagelaron.
Traspasaron sus manos y sus pies.
Pero ahora llegamos a algo todavía más profundo.
Porque quizá lo peor de la cruz no fue lo que los hombres le hicieron a Jesús.
Llegó un momento en que Cristo comenzó a experimentar aquello para lo cual realmente había venido:
cargar nuestro pecado delante de Dios.

Desde mucho antes estaba escrito, Jesús se convertiría en maldicen y pecado por culpa de todos nosotros
Isaías había anunciado:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Y después añadió:
«Mas Jehová quiso quebrantarlo, sujetándole a padecimiento» (Isaías 53:10).
Más adelante vuelve a decir:
«Llevará las iniquidades de ellos» (Isaías 53:11).
Y finalmente:
«Habiendo él llevado el pecado de muchos» (Isaías 53:12).
Observe la insistencia.
El pecado aparece una y otra vez.
Pero no era su pecado.
Era el nuestro.
Se hizo pecado por nosotros
Aquí necesitamos acudir al Nuevo Testamento porque explica con una claridad extraordinaria lo que estaba sucediendo en la cruz:
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).
Cristo no se convirtió en pecador.
El mismo versículo establece primero:
«no conoció pecado».
Era inocente.
Era santo.
Pero sobre el inocente fue colocada nuestra culpa.
Podemos imaginar, de manera imperfecta, a un hombre completamente inocente entrando en un tribunal.
Sobre la mesa se encuentran miles de expedientes.
Asesinatos.
Mentiras.
Traiciones.
Crueldad.
Injusticias.
Abusos.
Todo aquello pertenece a otros.
Entonces el inocente dice:
«Pongan la deuda sobre mí».
No cometió aquellos delitos.
Pero acepta cargar con la sentencia.
Eso comienza apenas a acercarnos a lo que ocurrió en la cruz.
Se hizo maldición por nosotros
Pablo utiliza una expresión todavía más estremecedora:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13).
Y explica:
«Porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero».
Pablo estaba citando una antigua declaración de Deuteronomio:
«Porque maldito por Dios es el colgado» (Deuteronomio 21:23).
Cristo sabía esto antes de venir.
Sabía que llegaría un momento en que estaría colgado del madero cargando aquello que correspondía a nosotros.
El Santo ocupando el lugar del culpable.
El Bendito cargando la maldición.
El Justo llevando la condenación del injusto.
Entonces ocurrió algo terrible
Los Evangelios registran que alrededor del mediodía:
«Hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena» (Mateo 27:45).
Y cerca de la hora novena Jesús clamó:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mateo 27:46).
Aquellas palabras tampoco aparecieron por primera vez en el Calvario.
Habían sido escritas siglos antes:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Salmo 22:1).
Cristo sabía que llegaría aquella hora.
Pensemos en quién estaba pronunciando esas palabras
Durante toda su existencia, el Hijo había conocido una comunión perfecta con el Padre.
No estamos hablando de dos desconocidos.
No estamos hablando de un hombre que apenas comenzaba a conocer a Dios.
Estamos contemplando al Hijo.
Y ahora, desde la cruz, escuchamos:
«¿Por qué me has desamparado?»
Podemos comprender parcialmente el peso de esto mediante algo humano.
Imagine a un niño que durante toda su vida ha conocido solamente seguridad en los brazos de su padre.
Nunca ha sido abandonado.
Nunca ha dudado de su amor.
Nunca ha conocido una separación.
Y entonces, en el momento más terrible de su existencia, grita buscando a su padre.
Pero no encuentra el consuelo que siempre había conocido.
El ejemplo resulta pequeño frente a lo que estamos contemplando, pero nos permite sentir algo del horror de aquella escena.
Había algo peor que los clavos
Los hombres podían herir su cuerpo.
Pero ahora Cristo estaba cargando nuestro pecado.
Aquello que durante toda la historia había separado al hombre de Dios estaba siendo colocado sobre Él.
Isaías lo había anunciado:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».
Por eso no debemos reducir el Calvario a una ejecución romana.
Si solamente vemos madera, clavos, sangre y dolor, todavía no hemos comprendido completamente la cruz.
Estaba ocurriendo algo que ningún espectador podía ver con sus ojos:
el Cordero estaba cargando la culpa del mundo.
Tratemos de dimensionarlo
Nos cuesta soportar incluso la culpa de nuestros propios errores.
Hay personas que recuerdan algo que hicieron hace veinte años y todavía sienten vergüenza.
Ahora imagine cargar la culpa ajena.
No la de una persona.
Ni la de cien.
Piense en generaciones enteras.
Piense en toda la oscuridad que hemos estudiado en El Imperio de la muerte.
Toda aquella violencia.
Toda aquella crueldad.
Toda aquella mentira.
Toda aquella injusticia.
Toda aquella rebelión.
Y entonces regrese a Isaías:
«Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros».
No podemos comprender plenamente la magnitud espiritual de aquello.
Pero podemos comprender una cosa:
Cristo sabía que ese momento llegaría.
Y aun así vino
Antes de Belén conocía Isaías 53.
Conocía el Salmo 22.
Conocía la maldición relacionada con el madero.
Sabía que no solamente entregarían su cuerpo a una cruz.
Sabía que allí cargaría algo infinitamente más terrible:
nuestro pecado.
Sabía que llegaría aquella oscuridad.
Sabía que de sus labios saldría aquel grito:
«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»
Y aquí quizá llegamos a uno de los puntos más profundos del corazón de Cristo.
Él sabía lo que significaba nuestra salvación.
Para que nosotros pudiéramos ser reconciliados, Él ocuparía nuestro lugar.
Para que nosotros pudiéramos recibir el perdón de Dios, Él cargaría nuestro pecado.
Para librarnos de la maldición, Él se haría maldición por nosotros.
Para abrirnos nuevamente el camino hacia Dios, Él atravesaría aquella hora de desamparo en la cruz.
Los clavos fueron terribles.
La flagelación fue terrible.
La corona fue terrible.
Pero sobre la cruz ocurrió algo todavía mayor.
El que no conoció pecado cargó el nuestro.
El Bendito se hizo maldición por nosotros.
El Hijo clamó: «¿Por qué me has desamparado?»
Y lo más difícil de comprender sigue siendo lo mismo:
Él sabía que aquella hora llegaría antes de venir.
Y aun así vino.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
