01. La primera promesa: la simiente de la mujer

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Génesis 3:15

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
Génesis 3:15, RVR1960

 La historia de la Encarnación no comienza en Nazaret cuando Gabriel apareció delante de María. Tampoco comienza en Belén cuando Jesús fue colocado en un pesebre. Para encontrar su primera señal tenemos que regresar mucho más atrás, hasta las primeras páginas de la Biblia, cuando el pecado acababa de entrar en la experiencia humana.

 Adán y Eva habían desobedecido a Dios.

 Aquello que Dios había advertido había ocurrido. El pecado había entrado, la comunión con Dios había sido quebrantada y la muerte había comenzado su dominio sobre la humanidad.

 El hombre se escondía.

 La mujer había sido engañada.

 La serpiente parecía haber triunfado.

 Pero antes de que Adán y Eva salieran del huerto, Dios pronunció unas palabras extraordinarias.

 En medio del juicio apareció una promesa.

 Y aquella promesa hablaba de alguien que vendría.

La primera señal

 Dios dijo a la serpiente:

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya…»

 Todavía no aparece el nombre de Jesús.

 No se menciona Nazaret.

 No se menciona Belén.

 No se habla todavía de una virgen llamada María.

 No aparece Gabriel.

 No se explica cómo ocurrirá la Encarnación.

 Pero algo ha comenzado.

 Dios anuncia que vendrá alguien.

 Alguien relacionado con la humanidad.

 Alguien descrito de una manera particular:

 «La simiente de la mujer.»

 En ese momento Adán y Eva no podían comprender todo lo que nosotros podemos ver al mirar la historia completa de las Escrituras. Ellos recibieron una promesa todavía envuelta en misterio.

 Pero era suficiente para que naciera una expectativa.

 La historia humana no terminaría con la victoria de la serpiente.

La simiente de la mujer

 La expresión resulta especialmente interesante.

 Dios no dijo simplemente que algún día la humanidad vencería al mal. Habló de una persona que vendría de la mujer y que entraría directamente en conflicto con la serpiente.

 La promesa comienza, por lo tanto, dentro de nuestra propia humanidad.

 El vencedor vendría a nosotros.

 Nacería dentro de la familia humana.

 Muchos siglos después comenzaremos a comprender mejor aquellas palabras.

 Isaías anunciará:

«He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.»
Isaías 7:14, RVR1960

 Después Gabriel aparecerá delante de una joven llamada María y le dirá:

«Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS.»
Lucas 1:31, RVR1960

 Y cuando María pregunte cómo podría suceder aquello, puesto que no conocía varón, Gabriel responderá:

«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.»
Lucas 1:35, RVR1960

 Lo que en Génesis era apenas una promesa comenzaría, siglos después, a revelar su extraordinaria profundidad.

 La simiente de la mujer realmente vendría.

La simiente de la mujer vendría y le pisaría la cabeza al enemigo de la raza humana

Dios no explicó todo desde el principio

 Esto es importante.

 No debemos colocar en Génesis 3:15 todos los detalles que solamente serían revelados posteriormente.

 Adán y Eva no recibieron una explicación completa de la Encarnación. Dios no les explicó todavía la concepción virginal, Belén, el pesebre, la naturaleza humana de Cristo ni la manera exacta en que el Salvador derrotaría al enemigo.

 La revelación vendría progresivamente.

 Primero, Dios dio una promesa.

 Después comenzaría a añadir detalles.

 Vendría de la humanidad.

 Vendría por medio de Abraham.

 Vendría de la tribu de Judá.

 Vendría de la casa de David.

 Una virgen concebiría.

 Sería llamado Emanuel.

 Nacería en Belén.

 Sería llamado Hijo del Altísimo.

 Hasta que finalmente Gabriel pudiera decirle a María:

 «Concebirás en tu vientre.»

 Pero todo comenzó aquí.

 Con la promesa de una simiente.

Una herida y una victoria

 La promesa de Génesis contiene también algo inquietante:

«Esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»

 El que vendría sería herido.

 La victoria tendría un precio.

 Desde la primera promesa acerca del que habría de venir encontramos sufrimiento y triunfo en la misma declaración.

 La serpiente heriría.

 Pero la simiente de la mujer aplastaría su cabeza.

 Una herida en el calcañar no equivale a una herida en la cabeza. La imagen anticipa un conflicto en el cual el vencedor sería herido, pero el enemigo recibiría el golpe decisivo.

 Mucho faltaba todavía para comprender cómo ocurriría.

 Vendrían Abraham, Isaac y Jacob.

 Vendría Judá.

 Vendría David.

 Vendrían los profetas.

 Isaías hablaría del Siervo herido.

 Miqueas señalaría Belén.

 Y finalmente aparecería Juan el Bautista anunciando que alguien venía detrás de él.

 Pero desde el principio Dios ya había declarado que la serpiente no tendría la última palabra.

La Encarnación comienza a asomarse

 Génesis 3:15 todavía no nos explica cómo Dios se haría hombre, pero abre la puerta para comprender por qué la Encarnación sería necesaria.

 La humanidad había caído.

 Y el vencedor entraría en nuestra humanidad.

 El Nuevo Testamento posteriormente lo expresaría con una claridad extraordinaria:

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer…»
Gálatas 4:4, RVR1960

 Observe la expresión:

 «Nacido de mujer.»

 Desde Génesis hasta Gálatas corre una línea que atraviesa toda la historia bíblica.

 En Génesis encontramos:

 «La simiente de la mujer.»

 Y cuando finalmente llegó el cumplimiento del tiempo:

 «Nacido de mujer.»

 La promesa comenzaba a tomar forma.

Alguien vendrá

 Imagine por un momento la escena.

 El huerto había sido contaminado por el pecado. Adán y Eva acababan de descubrir la vergüenza, el temor y las consecuencias de haberse separado de Dios.

 Todo parecía haberse perdido.

 Pero entonces Dios habló.

 Y en medio de las consecuencias del pecado dejó sembrada una esperanza.

 Alguien vendría.

 Todavía no sabían su nombre.

 Todavía no sabían dónde nacería.

 Todavía no sabían cuándo llegaría.

 Todavía no sabían que una joven de Nazaret escucharía la voz de Gabriel.

 Todavía no sabían que el Espíritu Santo vendría sobre ella.

 Todavía no sabían que José recibiría un mensaje mientras dormía.

 Todavía no sabían que una noche unos pastores escucharían a los ángeles.

 Todavía no sabían que un niño sería envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

 Pero sabían algo:

 vendría alguien.

 Y aquel que vendría enfrentaría al enemigo que había introducido el engaño y la muerte en la experiencia humana.

 La primera promesa había sido pronunciada.

 A partir de ese momento, la historia bíblica comenzaría a responder una pregunta:

 ¿Quién es la simiente de la mujer?

 Pasarían generaciones.

 Pasarían siglos.

 Dios añadiría una profecía después de otra.

 La imagen se volvería cada vez más clara.

 Hasta que un día, en una pequeña población llamada Nazaret, un ángel llamado Gabriel se presentaría delante de una joven virgen.

 Y aquello que había comenzado como una misteriosa promesa en el Edén estaría a punto de convertirse en realidad.

 La simiente de la mujer estaba por venir.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.