Dr. Elio M. Rivera
Mientras meditaba en todo esto, hubo una pregunta que comenzó a inquietarme profundamente.
Podía comenzar a comprender por qué Dios había permitido que la rebelión mostrara sus consecuencias.
Podía comprender que destruir inmediatamente a Lucero no habría resuelto necesariamente las dudas sembradas acerca del carácter de Dios.
Podía comprender que Dios estaba dando a sus criaturas libertad real, oportunidad para observar, comparar y escoger.
Pero entonces apareció una pregunta mucho más personal:

¿y qué pasa con mi dolor?
¿Qué ocurre con el sufrimiento que yo no escogí?
¿Qué sucede con las heridas que comenzaron cuando todavía era un niño y ni siquiera comprendía lo que estaba ocurriendo?
Porque una de las cosas más terribles del pecado es precisamente ésta:
casi nunca hiere solamente a quien lo comete.
El pecado arrastra.
Alcanza hijos.
Alcanza esposas.
Alcanza esposos.
Alcanza familias.
Alcanza personas que no participaron en la decisión original.
Un hombre puede tomar una decisión pecaminosa y sus hijos vivir durante años las consecuencias.
Una persona puede actuar violentamente y alguien inocente puede llevar una herida durante décadas.
Una generación puede sembrar algo que otra generación tendrá que enfrentar.
Esto hace que el problema del mal sea todavía más doloroso.
Porque existen personas que podrían decir con absoluta razón:
«Yo no provoqué esto».
«Yo no lo escogí».
«Yo solamente lo recibí».
Y durante mucho tiempo ésa fue también una de mis preguntas.
¿Qué hace Dios con ese dolor?
¿Qué hace con los años?
¿Qué hace con las lágrimas?
¿Qué hace con aquello que el pecado de otros depositó dentro de nosotros?
¿Simplemente nos pide que lo olvidemos?
¿Nos dice que no fue importante?
¿Nos pide que finjamos que nunca ocurrió?
No.
La Biblia muestra algo muchísimo más hermoso.

Dios redime el dolor que la maldad puede provocar
No solamente perdona pecados.
Redime historias.
Redime años.
Redime heridas.
Redime lágrimas.
Y puede tomar aquello que nunca debió habernos sucedido y hacer que, sin convertirlo en algo bueno, termine produciendo algo que el mal jamás quiso producir.
Isaías escribió:
«A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado…» (Isaías 61:3, RVR1960).
Observe las palabras.
Ceniza.
Luto.
Angustia.
Dios no niega que existieron.
No dice:
«Nunca hubo cenizas».
No dice:
«Nunca lloraste».
No dice:
«Eso que viviste no fue importante».
Hace algo distinto.
Toma aquello y dice:
«Voy a hacer algo nuevo con ello».
Gloria en lugar de ceniza.
Óleo de gozo en lugar de luto.
Manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.
Eso es redención.
Dios no siempre elimina la historia; transforma lo que la historia hizo en nosotros
Hay cosas que nunca olvidaremos.
Yo puedo recordar acontecimientos de mi vida.
Puedo recordar situaciones.
Puedo recordar personas.
Puedo recordar lo que sentí.
Pero he descubierto algo extraordinario:
recordar no significa necesariamente seguir sangrando.
Hay recuerdos que permanecen, pero ya no gobiernan.
Existen cosas que alguna vez me hicieron llorar y que hoy puedo contar sin volver a destruirme por dentro.
No porque hayan dejado de haber sucedido.
Sucedieron.
No porque hayan estado bien.
No estuvieron bien.
Sino porque Dios puede sanar de tal manera que el recuerdo permanece, pero el dolor pierde su autoridad.
Y esto comenzó a responder mi pregunta.
¿Qué ocurrió con todo aquel dolor?
Dios no lo desperdició.
Comenzó a redimirlo.
Aquello que pudo haberme destruido comenzó a producir compasión.
Aquello que pudo haberme encerrado en mí mismo comenzó a permitirme entender el dolor de otros.
Aquello que alguna vez fue solamente una herida puede convertirse, en las manos de Dios, en un lugar desde donde alguien puede decir a otra persona:
«Te entiendo».
«Yo también lloré».
«Yo también tuve preguntas».
«Yo también pensé que nunca saldría de allí».
«Pero Dios me encontró».
Y entonces el dolor comienza a convertirse en ministerio.
No porque el dolor fuera bueno.
Sino porque Dios es bueno incluso frente a aquello que fue malo.
Ésa es una diferencia que considero indispensable.
No necesitamos llamar bueno al pecado para reconocer que Dios puede vencer sus consecuencias.
No necesitamos decir que Dios produjo la tragedia para reconocer que puede entrar en ella.
No necesitamos creer que Dios deseó nuestra herida para descubrir que puede sanarla.
Dios puede tomar algo que el enemigo quiso utilizar para destruir una vida y convertirlo en una razón para que esa misma vida ayude a muchas otras.
Eso es redención.
David expresó algo semejante:
«Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría» (Salmos 30:11, RVR1960).
No dice que nunca hubo lamento.
Lo hubo.
Pero algo cambió.
El lamento no tuvo la última palabra.
Dios lo convirtió en danza.
Y esa imagen me parece preciosa.
El mismo ser humano que un día lloró puede volver a reír.
La misma persona que estuvo destruida puede levantarse.
La misma historia que parecía terminar en cenizas puede producir una vida nueva.
No volvemos necesariamente a ser quienes éramos antes.
A veces sucede algo más profundo.
Renacemos de las cenizas siendo personas diferentes.
Más sensibles.
Más misericordiosas.
Más conscientes de nuestra necesidad de Dios.
Más capaces de acompañar a otros.
Más convencidas de que la oscuridad no tuvo la última palabra.
Y un día comprendí algo acerca de mi propia historia.
Yo no necesitaba que Dios borrara mi pasado.
Necesitaba que lo redimiera.
Y eso es exactamente lo que comenzó a hacer.
Hoy puedo recordar muchas cosas que ocurrieron.
Pero ya no tienen el mismo poder sobre mí.
Ya no me duelen de la misma manera.
Algunas de aquellas heridas se convirtieron en lugares desde donde puedo hablar.
En razones para servir.
En herramientas para comprender.
En testimonios de que Dios puede entrar donde hubo oscuridad y producir algo diferente.
Y cuando pienso en la eternidad, esa esperanza se hace todavía mayor.
Porque llegará un momento en que no solamente mi corazón estará restaurado.
Todo estará restaurado.
Apocalipsis dice:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).
Observe la promesa.
No solamente aprenderemos a vivir mejor con el dolor.
Llegará un momento en que el dolor mismo dejará de existir.
La historia del pecado tendrá un final.
Y entonces habrá eternidad.
Vida.
Justicia.
Restauración.
Gozo.
Y creo que cuando mire mi historia desde allí, desde un Reino completamente restaurado, muchas de las cosas que hoy todavía no alcanzo a comprender se verán de manera distinta.
No agradeceré el pecado.
No agradeceré la maldad.
No llamaré buena a la injusticia.
Pero sí podré agradecer eternamente a Dios por lo que hizo conmigo a pesar de ella.
Podré mirar hacia atrás y decir:
«Eso quiso destruirme, pero Dios me redimió».
«Eso produjo lágrimas, pero Dios las secó».
«Eso dejó cenizas, pero Dios hizo surgir algo de ellas».
«Eso intentó apartarme de Dios y terminó haciendo que conociera su misericordia».
Ése será el triunfo de la redención.
Entonces, ¿por qué Dios todavía no termina con toda la maldad?
Aquí este tema se conecta directamente con lo que hemos venido estudiando.
Alguien puede decir:
«Si Dios puede terminar el mal, ¿por qué no lo hace hoy mismo?»
Y debemos responder con cuidado.
No porque Dios prefiera el dolor.
No porque disfrute ver sufrir a las personas.
No porque la injusticia le resulte aceptable.
La Escritura muestra exactamente lo contrario.
Dios juzgará el mal.
La injusticia no quedará impune para siempre.
El enemigo no conservará eternamente aquello que ha destruido.
Pero el juicio final también significa que llegará el fin de la oportunidad de arrepentirse.
Y por eso Pedro escribió:
«El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9, RVR1960).
Aquí encontramos algo extraordinario acerca del corazón de Dios.
Mientras nosotros preguntamos:
«¿Por qué no acabas ya con todo esto?»
Dios también está viendo a personas que todavía pueden ser rescatadas.
Personas que hoy están lejos de Él.
Personas que quizá hoy incluso se oponen a Él.
Personas que mañana podrían arrepentirse.
Personas que podrían convertirse en hijos.
En testigos.
En mensajeros de su misericordia.
Pablo fue perseguidor.
Después se convirtió en apóstol.
Pedro negó a Jesús.
Después se levantó como testigo.
La mujer samaritana llegó al pozo con una historia quebrada y regresó a su pueblo hablando de Cristo.
El endemoniado gadareno terminó contando a otros las grandes cosas que Jesús había hecho con él.
Una y otra vez aparece el mismo patrón.
Dios toma personas quebradas.
Las encuentra.
Las restaura.
Y después ellas dicen:
«Yo conocí quién es Él».
Éstos son testigos.
No robots.
No criaturas obligadas a decir que Dios es bueno.
No personas amenazadas para que repitan una declaración.
Son hombres y mujeres que lo experimentaron.
Y eso me parece extraordinariamente importante.
La Biblia está llena de personas que atravesaron dolor, fracaso, pérdida, pecado, persecución, enfermedad, abandono o miedo.
Y cuando conocieron a Dios comenzaron a escribir cosas como:
«Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia» (Salmos 103:8, RVR1960).
¿Quién escribió eso?
No alguien que nunca sufrió.
David conoció miedo.
Traición.
Pérdida.
Persecución.
Pecado.
Consecuencias.
Y aun así llegó a esta conclusión.
Jeremías vivió en medio de la destrucción de su nación y escribió:
«Por la misericordia de Jehová no hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias. Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad» (Lamentaciones 3:22-23, RVR1960).
Observe dónde está escribiendo eso.
En Lamentaciones.
No en una fiesta.
No en una época donde todo estaba funcionando perfectamente.
En medio del dolor.
Y precisamente allí declaró:
«Grande es tu fidelidad».
Eso es un testigo.
Alguien que vio suficiente de Dios para llegar libremente a una conclusión acerca de su carácter.
Y eso es también lo que Dios continúa levantando en nuestra generación.
Testigos.
Personas que puedan decir:
«Estuve perdido y me encontró».
«Estuve destruido y me levantó».
«Viví lejos de Él y descubrí que su camino era mejor».
«Llevé heridas que no provoqué y Él me enseñó que aun eso podía ser redimido».
No somos personas obligadas a decir:
«Dios es bueno».
Somos personas que, después de verlo actuar en nuestras vidas, hemos llegado a creerlo.
Y eso conecta nuevamente con la gran controversia que comenzó con Lucero.
Lucero puso en duda el gobierno de Dios.
La historia está produciendo testigos.
Hombres y mujeres que han probado la independencia.
Que han visto el pecado.
Que han sufrido sus consecuencias.
Que también han experimentado misericordia.
Y que finalmente levantan la voz y dicen:
«Dios es bueno».
No porque nunca hayan sufrido.
Sino porque conocieron a Dios en medio del sufrimiento.
No porque todo lo que ocurrió haya sido bueno.
Sino porque encontraron a un Dios capaz de producir redención en medio de aquello que no lo fue.
Esto no hace pequeño el dolor de las víctimas.
Al contrario.
Le concede tanta importancia que Dios promete justicia.
Promete restauración.
Promete resurrección.
Promete un Reino en el que aquello que nos hirió ya no podrá volver a tocarnos.
Mientras tanto, hace algo sorprendente.
Redime.
Toma cenizas.
Y produce belleza.
Toma luto.
Y derrama óleo de gozo.
Toma lamento.
Y lo transforma en danza.
Toma a una persona quebrada.
La restaura.
Y después la convierte en testigo para otra persona que todavía está llorando.
Creo que ésta es una de las razones por las que Dios todavía tiene testigos sobre la Tierra.
El juicio vendrá.
La justicia vendrá.
El mal terminará.
Pero mientras ese día llega, Dios continúa invitando.
Continúa salvando.
Continúa restaurando.
Continúa levantando hombres y mujeres que puedan decir a otros:
«Yo estuve allí. Conozco el dolor. Pero también conocí a Dios. Y Él fue bueno conmigo».
Ése es un testimonio que ningún argumento puede fabricar.
Nace de una vida.
Nace de una historia.
Nace de haber escogido.
Y quizá al final de todo comprenderemos algo maravilloso.
Lucero quiso demostrar que había una manera mejor de vivir lejos de Dios.
La historia habrá demostrado lo contrario.
El pecado habrá mostrado todo lo que puede destruir.
Y Dios habrá mostrado todo lo que puede redimir.
Entonces la creación podrá contemplar ambos resultados.
La obra del rebelde.
Y la obra del Redentor.
Y la diferencia será imposible de negar.
Uno vino para hurtar, matar y destruir.
El otro vino para dar vida.
Y cuando finalmente estemos en el Reino restaurado de Dios, cuando no haya muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor, nuestras historias no serán monumentos al poder del pecado.
Serán monumentos a algo infinitamente mayor:
el poder de Dios para redimir.
Yo recordaré que hubo dolor.
Pero el dolor ya no me poseerá.
Recordaré que hubo cenizas.
Pero estaré viviendo en aquello que Dios hizo surgir de ellas.
Y quizá entonces podré mirar toda mi historia, desde la eternidad, y decir con una comprensión que hoy todavía no poseo completamente:
«Gracias, Padre. El pecado quiso destruirme, pero tú no permitiste que tuviera la última palabra».
Y ésa será finalmente la respuesta.
Dios no dejó de ser bueno porque permitió temporalmente que existiera una rebelión.
Su bondad se está revelando también en lo que hace con aquello que la rebelión destruye.
Dios juzgará el mal.
Dios hará justicia.
Dios salvará a todo aquel que quiera venir a Él.
Y mientras llega el día en que haga nuevas todas las cosas, continuará haciendo algo que el enemigo jamás puede impedir cuando una persona pone su vida en sus manos:
convertir cenizas en belleza, lamento en danza y dolor redimido en testimonio de su bondad.
¿Qué puedo aprender de Dios aquí?
Después de observar lo que Dios hace frente al dolor que el pecado ha producido, podemos aprender mucho acerca de quién es Él.
Aprendo que Dios es Redentor.
No siempre evita que experimentemos las consecuencias de vivir en un mundo afectado por el pecado, pero puede tomar aquello que quiso destruirnos y comenzar a restaurarlo. Puede sanar una herida hasta que el recuerdo permanezca, pero el dolor ya no gobierne nuestra vida.
«Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.»
Salmos 147:3, RVR1960
Aprendo que Dios puede transformar lo que el pecado produjo.
Dios no necesita llamar bueno a nuestro sufrimiento para hacer algo bueno con él. Puede tomar cenizas y producir belleza; tomar el luto y derramar óleo de gozo; tomar una historia quebrada y convertirla en testimonio.
«A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.»
Isaías 61:3, RVR1960
Aprendo que Dios puede devolvernos el gozo.
El dolor puede ser real y profundo, pero no necesariamente tiene que acompañarnos para siempre. Dios puede sanar de tal manera que aquello que un día solamente producía lágrimas deje de gobernarnos.
«Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.»
Salmos 30:11, RVR1960
Aprendo que Dios es misericordioso.
Cuando encuentra seres humanos quebrantados, no solamente ve sus errores. Ve personas que todavía pueden ser perdonadas, restauradas y transformadas.
«Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
Salmos 103:8, RVR1960
Aprendo que Dios es paciente.
Una de las razones por las que todavía no ha llegado el juicio final es que todavía existen personas que pueden arrepentirse. Su paciencia no significa indiferencia frente al mal; significa que todavía está dando oportunidad para la salvación.
«El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.»
2 Pedro 3:9, RVR1960
Aprendo que Dios puede hacer que incluso aquello que fue malo termine produciendo algo bueno.
Esto no significa que todas las cosas que nos suceden sean buenas. Significa que el mal no tiene poder suficiente para impedir que Dios trabaje en la vida de quien pone su confianza en Él.
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien.»
Romanos 8:28, RVR1960
Aprendo que Dios no abandona al que sufre.
En medio de nuestra aflicción podemos descubrir al Dios que se acerca, consuela y después puede utilizar incluso nuestra experiencia para ayudarnos a consolar a otros.
«El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación.»
2 Corintios 1:4, RVR1960
Aprendo que Dios es justo.
Su paciencia no significa que el mal quedará sin respuesta. Llegará el momento en que cada injusticia será puesta delante de Él y juzgada justamente.
«Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
Salmos 11:7, RVR1960
Aprendo que Dios es Salvador.
Mientras esperamos ese día, Dios continúa buscando personas. Todavía llama al perdido. Todavía perdona. Todavía restaura. Todavía transforma enemigos en hijos y pecadores en testigos de su misericordia.
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
Y finalmente aprendo que Dios es Restaurador.
El propósito final de Dios no es enseñarnos simplemente a soportar eternamente un mundo quebrantado. Llegará el día en que terminará aquello que el pecado produjo.
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.»
Apocalipsis 21:4, RVR1960
Y entonces declara:
«He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
Apocalipsis 21:5, RVR1960
Así que cuando observo lo que Dios hace frente a aquello que el pecado destruyó, comienzo a conocerlo.
El pecado hiere; Dios sana.
El pecado produce cenizas; Dios puede hacer surgir belleza.
El pecado produce lamento; Dios puede devolvernos la danza.
El pecado separa; Dios busca al perdido.
El pecado produce injusticia; Dios promete justicia.
El pecado produjo muerte; Dios promete resurrección y vida eterna.
Y quizá ésta sea la enseñanza más hermosa de todas:
el pecado puede explicar muchas de las heridas de nuestra historia, pero no tiene derecho a escribir su final.
Si ponemos nuestra vida en las manos de Dios, el Redentor todavía puede escribir los últimos capítulos.
Y cuando finalmente contemplemos nuestra historia desde una creación completamente restaurada, podremos mirar lo que el pecado intentó hacer y después mirar lo que Dios hizo con nosotros.
Entonces tendremos todavía más razones para decir:
Dios es bueno.
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