08. ¿Por qué Dios no detuvo inmediatamente la rebelión?

Dr. Elio M. Rivera

  Ésta puede ser una de las preguntas más importantes de toda esta sección.

  Si Dios sabía lo que estaba ocurriendo dentro de Lucero…

  si vio crecer su orgullo…

  si conocía sus pensamientos…

  si sabía que estaba intentando influir sobre otros…

  y si tenía poder suficiente para detenerlo…

  ¿por qué no lo hizo inmediatamente?

  ¿Por qué no destruyó al rebelde en el mismo momento en que decidió levantarse contra Él?

  A primera vista, hacerlo parecería lo más sencillo.

  Dios es todopoderoso.

  Lucero era una criatura.

  La diferencia de poder era absoluta.

  Dios podía haber terminado aquella rebelión en un instante.

  Pero imaginemos por un momento lo que habría ocurrido.

  Lucero comienza a expresar sus inconformidades.

  Habla.

  Cuestiona.

  Tal vez algunos comienzan a escucharlo.

  Y de repente, sin juicio visible, sin tiempo para que los demás comprendieran adónde conducían aquellas ideas, sale fuego en medio de Lucero y lo consume delante de toda la creación.

  Silencio.

  Nadie vuelve a cuestionar nada.

  Nadie vuelve a hablar.

  Nadie vuelve a expresar una duda.

  Pero tendríamos que preguntarnos:

  ¿por qué guardarían silencio?

  ¿Porque habían comprendido que Dios era bueno?

  ¿O porque tenían miedo de ser los siguientes?

  Ésa es una diferencia enorme.

  Podemos imaginar las preguntas que podrían haber surgido:

  «¿Qué hizo Lucero para merecer eso?»

  «¿Será verdad lo que estaba diciendo?»

  «¿Por qué Dios no permitió que se explicara?»

  «¿Qué ocurrirá conmigo si algún día pienso algo que a Dios no le agrada?»

  «¿Quién será el siguiente?»

  Y quizá la pregunta más peligrosa de todas:

  «¿Habrá tenido Lucero razón acerca de Dios?»

  La rebelión habría terminado físicamente.

  Pero la duda podría haber permanecido.

  Tal vez para siempre.

Dios no quería obediencia producida por terror

  Esto nos lleva nuevamente al tema de la libertad.

  Si Dios hubiera creado seres capaces de escoger, pero destruyera inmediatamente a cualquiera en el primer instante en que utilizara mal esa libertad, tendríamos que preguntarnos qué clase de libertad sería ésa.

  Técnicamente podrían escoger.

  Pero sabrían que una decisión equivocada significaría destrucción instantánea.

  ¿Eso produciría amor?

  ¿Produciría confianza?

  ¿Produciría verdadera lealtad?

  O produciría miedo.

  Una criatura podría obedecer exteriormente y, sin embargo, vivir aterrorizada interiormente.

  Podría decir:

  «Sí, Dios».

  Pero pensar:

  «No tengo otra opción».

  Eso no es el tipo de relación que hemos venido descubriendo en Dios.

  Dios no quería una creación llena de criaturas que temblaran cada vez que Él apareciera.

  Quería hijos.

  Quería seres capaces de conocerlo.

  Capaces de confiar en Él.

  Capaces de observar su carácter.

  Capaces de escogerlo.

  Y para que esa elección fuera auténtica, la alternativa también tenía que poder mostrarse.

  Lucero había levantado una acusación, aunque no conozcamos cada palabra exacta que utilizó.

  En esencia, su rebelión estaba diciendo:

  «Existe una manera mejor de gobernar que la de Dios».

  «No necesitamos permanecer bajo su autoridad».

  «Podemos decidir por nosotros mismos».

  «Podemos establecer otro gobierno».

  Si Dios hubiera destruido al rebelde antes de que esas ideas mostraran sus consecuencias, alguien podría haber pensado:

  «Quizá Dios lo destruyó porque tenía razón».

  Y eso habría sido terrible.

  No porque Dios necesitara demostrar algo para saber quién era.

  Dios conoce perfectamente su propio carácter.

  Pero sus criaturas libres necesitaban comprenderlo.

  Necesitaban ver.

  Necesitaban comparar.

  Necesitaban llegar a una conclusión que no estuviera basada solamente en el poder de Dios, sino también en la evidencia de su bondad.

  Aquí encontramos una diferencia importantísima:

  Dios podía obligar a sus criaturas a someterse a su poder.

  Pero no podía producir por la fuerza una confianza auténtica sin destruir precisamente aquello que deseaba recibir: una respuesta libre.

  El amor obligado deja de ser amor.

  La confianza impuesta deja de ser confianza.

  Y la obediencia producida exclusivamente por terror no demuestra que la criatura haya reconocido la bondad del Rey.

  Solamente demuestra que teme su poder.

A veces necesitamos ver las consecuencias para conocer la verdad

  Hay algo acerca de la libertad humana que todos conocemos por experiencia.

  En ocasiones alguien puede advertirnos.

  Puede explicarnos.

  Puede aconsejarnos.

  Puede mostrarnos las consecuencias de una decisión.

  Y aun así no entendemos plenamente hasta que vivimos sus resultados.

  Un padre puede decir a su hijo:

  «No tomes ese camino».

  El hijo puede pensar que el padre simplemente quiere controlarlo.

  Pero después toma el camino.

  Sufre.

  Pierde.

  Descubre.

  Y años después quizá diga:

  «Ahora entiendo por qué mi padre me lo dijo».

  No porque el padre deseara que sufriera.

  Sino porque hubo cosas que el hijo decidió aprender por experiencia.

  Creo que algo semejante ayuda a comprender por qué Dios permitió temporalmente que la rebelión mostrara sus frutos.

  Lucero estaba haciendo una propuesta.

  La propuesta tenía que ser examinada.

  ¿Qué produce una existencia separada del gobierno de Dios?

  ¿Qué produce el orgullo?

  ¿Qué produce el egoísmo?

  ¿Qué produce la independencia de Dios?

  ¿Qué produce un reino construido alrededor del yo?

  Si Dios simplemente hubiera dicho:

  «Eso es malo»,

  y después hubiera destruido inmediatamente a quien lo propuso, siempre podría permanecer la sospecha:

  «Eso dice Dios porque quiere conservar su poder».

  Pero existe otra posibilidad.

  Permitir que el principio sea visto.

  Permitir que produzca fruto.

  Permitir que las criaturas observen sus consecuencias.

  Y entonces permitirles decidir:

  ¿qué gobierno produce vida?

  ¿y cuál produce destrucción?

  Eso no significa que Dios aprobara lo que Lucero hacía.

  Ésta es una distinción fundamental.

  Permitir temporalmente algo no significa producirlo.

  Permitir temporalmente algo no significa aprobarlo.

  Permitir que una decisión tenga consecuencias no significa desear esas consecuencias.

  Dios podía odiar la rebelión y, sin embargo, permitir durante un tiempo que se manifestara lo que aquella rebelión realmente era.

  Precisamente para que la verdad quedara expuesta.

  Y aquí debo hablar de algo muy personal.

  Cuando observo mi propia vida, existe una diferencia enorme entre conocer intelectualmente que Dios es bueno y haber llegado a esa conclusión después de haber experimentado las consecuencias de decisiones tomadas lejos de Él.

  Hubo momentos de mi vida en los que, de una manera u otra, estuve del lado equivocado.

  Tomé decisiones.

  Viví consecuencias.

  Descubrí lo que puede producir una vida alejada de la voluntad de Dios.

  Y también he visto lo que Dios ha hecho conmigo.

  He visto su misericordia.

  Su paciencia.

  Su restauración.

  Su cuidado.

  Y después de comparar ambos caminos, puedo decir con una convicción que no es solamente teórica:

  Dios es bueno.

  Quiero estar de su lado.

  No quiero el gobierno del enemigo.

  No quiero aquello que su rebelión produce.

  Pero parte de esa convicción nació precisamente porque pude ver la diferencia.

  Pude experimentar consecuencias.

  Pude comparar.

  Pude escoger.

  Y hay decisiones que solamente adquieren verdadero peso cuando sabemos qué estamos escogiendo.

  Tal vez por eso la historia humana se ha convertido, entre muchas otras cosas, en una demostración gigantesca de dos maneras de vivir.

  El gobierno de Dios.

  Y la independencia de Dios.

  La humanidad ha probado prácticamente todas las formas imaginables de gobernarse.

  Imperios.

  Reyes.

  Dictaduras.

  Democracias.

  Revoluciones.

  Ideologías.

  Religiones.

  Sistemas económicos.

  Filosofías.

  Y a través de toda esa historia seguimos viendo la misma realidad:

  cuando el corazón humano se separa de Dios, incluso sus mejores sistemas terminan contaminados por egoísmo, corrupción, violencia, abuso y muerte.

  La criatura puede cambiar las estructuras.

  Pero el problema continúa dentro del corazón.

  No porque todo lo que haga el hombre sea malo.

  La imagen de Dios no desapareció completamente.

  Seguimos siendo capaces de amar.

  Crear.

  Servir.

  Proteger.

  Sacrificarnos por otros.

  Pero también vemos continuamente qué ocurre cuando el yo se convierte en autoridad final.

  Y la historia se convierte en evidencia.

  No solamente de que el pecado hace daño.

  Sino de que separarse de Dios nunca produjo el paraíso prometido por la rebelión.

Dios permitió tiempo porque estaba defendiendo algo más grande que su autoridad

  Aquí encontramos algo que me parece extraordinario.

  Dios no necesitaba defender su trono.

  Nadie podía realmente quitárselo.

  Lucero podía decir:

  «levantaré mi trono».

  Pero no podía dejar de ser criatura.

  La autoridad de Dios nunca estuvo realmente en peligro.

  Lo que sí estaba en peligro era la confianza de sus criaturas.

  Eso era mucho más delicado.

  Un rebelde podía ser destruido en un segundo.

  Pero una duda sembrada dentro de millones de criaturas libres podía permanecer muchísimo tiempo.

  Y el miedo podía conseguir obediencia exterior, pero nunca resolvería aquella duda.

  Por eso creo que Dios hizo algo mucho más difícil que destruir al rebelde.

  Permitió que la verdad se demostrara.

  Permitió que la rebelión desarrollara sus consecuencias.

  Permitió que cada criatura pudiera mirar.

  Pensar.

  Comparar.

  Y escoger.

  Esto puede tomar tiempo.

  A veces mucho tiempo.

  Porque las grandes preguntas acerca del carácter no siempre se responden en un instante.

  Una acusación puede hacerse en segundos.

  Demostrar completamente que es falsa puede tomar años.

  Incluso generaciones.

  Y quizá una historia entera.

  Pero al final la diferencia se vuelve imposible de ignorar.

  Jesús describió al enemigo con palabras muy fuertes:

  «El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).

  Dos obras.

  Dos caminos.

  Dos resultados.

  Uno roba.

  Mata.

  Destruye.

  El otro da vida.

  Y creo que millones de seres humanos podrían dar testimonio de haber descubierto esa diferencia personalmente.

  No solamente porque alguien se las explicó.

  Sino porque la vivieron.

  Por eso creo que si Dios hubiera destruido inmediatamente a Lucero, podía haber terminado la rebelión exterior, pero no necesariamente habría respondido las preguntas que la rebelión había introducido.

  Peor todavía:

  su destrucción inmediata podría haber sido utilizada como aparente evidencia de que Lucero tenía razón.

  «Miren lo que sucede con quien cuestiona a Dios».

  La creación podría haber continuado obedeciendo.

  Pero quizá con una pregunta enterrada profundamente:

  «¿Será Dios realmente bueno?»

  Y Dios no quería gobernar eternamente sobre una familia aterrorizada.

  Quería una creación que lo conociera.

  Que supiera quién era.

  Que pudiera mirar toda la evidencia y decir libremente:

  «Tú eres digno».

  Eso es precisamente lo que encontramos al final de la Escritura.

  No una creación diciendo:

  «Obedecemos porque tenemos miedo».

  Sino criaturas reconociendo voluntariamente el carácter y la justicia de Dios.

  Apocalipsis declara:

  «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos» (Apocalipsis 15:3, RVR1960).

  Observe las palabras:

  «justos».

  «verdaderos».

  La historia ha permitido que el carácter de ambos gobiernos quede expuesto.

  Y eso también ayuda a responder una pregunta dolorosa:

  ¿Por qué continúa existiendo el mal?

  No porque Dios lo ame.

  No porque sea indiferente.

  No porque no tenga poder para terminarlo.

  Sino porque la historia todavía está cumpliendo un propósito.

  Todavía existen personas tomando decisiones.

  Todavía hay personas cambiando de lado.

  Todavía hay seres humanos que estuvieron lejos de Dios y están descubriendo quién es Él.

  Yo soy uno de ellos.

  Y esto cambia profundamente mi manera de mirar la paciencia de Dios.

  Si Dios hubiera terminado toda rebelión en el momento mismo en que apareció, nadie tendría oportunidad de arrepentirse después de rebelarse.

  Pensemos en nosotros mismos.

  ¿Cuántas veces hemos hecho algo contrario a Dios?

  ¿Cuántas veces hemos pecado?

  ¿Cuántas veces hemos actuado egoístamente?

  ¿Cuántas veces hemos rechazado su voluntad?

  ¿Qué habría ocurrido si Dios hubiera establecido como principio:

  «Toda criatura que utilice mal su libertad será destruida inmediatamente»?

  ¿Cuántos de nosotros estaríamos aquí?

  La paciencia de Dios con la rebelión no demuestra indiferencia.

  En muchísimos casos demuestra misericordia.

  Pedro escribió:

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» (2 Pedro 3:9, RVR1960).

  Dios no está esperando porque no sepa qué hacer.

  Está dando oportunidad.

  Oportunidad para ver.

  Oportunidad para comprender.

  Oportunidad para arrepentirse.

  Oportunidad para escoger.

  Esta vida tiene, entre muchas otras cosas, precisamente esa dimensión.

  Estamos escogiendo.

  Cada uno tendrá que decidir en quién confía.

  Qué gobierno considera bueno.

  Qué voz seguirá.

  Qué clase de reino desea.

  La rebelión de Lucero colocó delante de la creación una alternativa.

  La historia está mostrando sus resultados.

  Y Dios no necesita obligarnos a decir que Él tiene razón.

  Puede permitir que observemos.

  Que comparemos.

  Que vivamos.

  Y que finalmente decidamos.

  Yo he visto suficiente.

  He visto lo que puede hacer el enemigo.

  Y he visto lo que Dios puede hacer con una vida que vuelve a sus manos.

  Por eso mi decisión es cada vez más sencilla:

  quiero estar del lado de Dios.

  No porque tema que me destruya si no lo hago.

  Sino porque después de todo lo que he vivido y observado estoy convencido de que Él es bueno.

  Ésa es una diferencia enorme.

  Y quizá allí encontramos parte de la respuesta a nuestra pregunta.

  ¿Por qué Dios no destruyó inmediatamente a Lucero?

  Porque Dios no estaba intentando producir obediencia mediante terror.

  Estaba permitiendo que la creación pudiera conocer la verdad.

  Que pudiera descubrir adónde conduce la rebelión.

  Que pudiera conocer por experiencia y por evidencia la diferencia entre ambos gobiernos.

  Y que finalmente pudiera escoger libremente.

  Eso no convierte a Dios en autor de la rebelión.

  No convierte a Dios en autor del sufrimiento producido por ella.

  Y tampoco significa que Él permitirá que continúe eternamente.

  La Biblia presenta un momento en que el mal finalmente termina.

  La rebelión tiene fecha de vencimiento.

  El juicio llegará.

  Satanás no gobernará para siempre.

  El sufrimiento no permanecerá para siempre.

  La muerte no permanecerá para siempre.

  Apocalipsis termina presentando precisamente esa realidad.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor…» (Apocalipsis 21:4, RVR1960).

  Y Dios declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5, RVR1960).

  Por tanto, Dios permitió temporalmente la rebelión.

  Pero nunca la aprobó.

  Permitió que mostrara sus consecuencias.

  Pero no permitirá que tenga la última palabra.

  Permitió que criaturas libres escogieran.

  Pero también estableció un día en que aquello que el pecado produjo desaparecerá definitivamente.

  Y quizá entonces toda la creación podrá mirar hacia atrás sin dudas.

  Sin sospechas.

  Sin temor.

  Habiendo visto el resultado completo de ambos caminos.

  Y podrá saber, no porque Dios destruyó inmediatamente a quien lo cuestionó, sino porque toda la historia habrá demostrado la verdad:

  Dios era bueno desde el principio.

  Su gobierno era bueno.

  Sus límites eran buenos.

  Sus advertencias eran buenas.

  Y la criatura nunca encontró una vida mejor separándose de Él.

  Pero todavía nos falta comprender algo.

  La rebelión no permaneció solamente en el mundo espiritual.

  Llegó hasta la Tierra.

  Y cuando llegó, encontró a un hombre y una mujer que también poseían libertad.

  Por eso la siguiente pregunta será inevitable:

  ¿cómo llegó aquella rebelión hasta el mundo de Adán y Eva?

¿Qué puedo aprender de Dios aquí?

  Después de preguntarnos por qué Dios no destruyó inmediatamente a Lucero, descubrimos que la respuesta comienza a mostrarnos algo mucho más importante que la historia de una rebelión: nos permite conocer el carácter de Dios.

  Aprendo que Dios no desea gobernarnos por medio del terror.

  Dios posee poder absoluto, pero no quiere una familia que permanezca a su lado solamente porque tiene miedo de ser destruida. Quiere criaturas que puedan conocerlo, confiar en Él y escogerlo libremente.

  «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!»
  Romanos 8:15, RVR1960

  Aprendo que Dios respeta profundamente la libertad que concedió a sus criaturas.

  La posibilidad de escoger implica también la posibilidad de escoger equivocadamente. Dios advierte, enseña y muestra el camino, pero quiere una respuesta verdadera del corazón.

  «A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida.»
  Deuteronomio 30:19, RVR1960

  Aprendo que Dios no necesita obligarnos a reconocer que Él es bueno.

  Puede permitir que observemos los resultados. Podemos comparar lo que produce la rebelión con lo que produce su gobierno y llegar libremente a nuestra propia conclusión.

  «Gustad, y ved que es bueno Jehová; dichoso el hombre que confía en él.»
  Salmos 34:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es paciente.

  Su paciencia no significa debilidad ni indiferencia frente al mal. Dios da tiempo porque todavía existen personas que pueden arrepentirse, cambiar de dirección y regresar a Él.

  «El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento
  2 Pedro 3:9, RVR1960

  Aprendo que Dios es misericordioso.

  Si Dios destruyera inmediatamente a toda persona en el momento en que utiliza mal su libertad, ninguno de nosotros tendría muchas oportunidades. Su paciencia nos ha permitido arrepentirnos, aprender, regresar y comenzar nuevamente.

  «Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
  Salmos 103:8, RVR1960

  Aprendo que Dios es verdadero y que no teme que examinemos los resultados de su gobierno.

  La rebelión prometió una existencia mejor separada de Dios. La historia está mostrando sus frutos. Al final, la creación podrá comparar ambos caminos y reconocer libremente quién decía la verdad.

  «Grandes y maravillosas son tus obras, Señor Dios Todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los santos.»
  Apocalipsis 15:3, RVR1960

  Aprendo que Dios es justo.

  Que Dios permita temporalmente la existencia del mal no significa que lo apruebe. La paciencia tiene un límite y la Biblia enseña que llegará el momento del juicio.

  «Porque Jehová es justo, y ama la justicia.»
  Salmos 11:7, RVR1960

  Aprendo que Dios distingue entre permitir temporalmente el mal y aprobarlo.

  La rebelión nunca cambió el carácter de Dios. Él continúa amando la justicia y aborreciendo la maldad.

  «Porque tú no eres un Dios que se complace en la maldad; el malo no habitará junto a ti.»
  Salmos 5:4, RVR1960

  Aprendo que Dios quiere salvar antes que destruir.

  Jesucristo mostró de manera extraordinaria esta característica del Padre. Dios no contempla a una humanidad rebelde preguntándose solamente cómo castigarla; también busca cómo rescatar a todo aquel que quiera regresar.

  «Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.»
  Juan 3:17, RVR1960

  Aprendo que Dios es amor.

  Finalmente, detrás de su paciencia, su misericordia, su llamado al arrepentimiento y su deseo de salvar encontramos algo fundamental acerca de su naturaleza.

  «Dios es amor.»
  1 Juan 4:8, RVR1960

  Y aprendo que Dios no permitirá que el mal tenga la última palabra.

  Su paciencia no será eterna porque el sufrimiento tampoco será eterno. Llegará el momento en que la rebelión terminará, la justicia será establecida y aquello que el pecado produjo desaparecerá.

  «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor
  Apocalipsis 21:4, RVR1960

  Y entonces Dios declara:

  «He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
  Apocalipsis 21:5, RVR1960

  Así que cuando observo la manera en que Dios enfrentó la rebelión, comienzo a conocerlo.

  Pudo gobernar mediante el terror, pero escogió permitir una respuesta libre.

  Pudo destruir inmediatamente, pero mostró paciencia.

  Pudo abandonar al rebelde, pero continúa llamando al arrepentimiento a los seres humanos.

  Permitió temporalmente el mal, pero jamás lo llamó bueno.

  Dio tiempo, pero también prometió justicia.

  Permitió que la historia mostrara los resultados de ambos gobiernos, pero prometió que el sufrimiento no será eterno.

  Y al final de la historia, Dios no necesitará obligar a la creación a declarar que Él es bueno.

  Sus criaturas habrán visto.

  Habrán comparado.

  Habrán conocido las consecuencias de la rebelión y también las acciones de Dios.

  Y podrán reconocer libremente:

  «Justos y verdaderos son tus caminos».

  Eso es precisamente lo que estamos buscando en esta investigación.

  No solamente preguntarnos qué dice Dios acerca de sí mismo, sino observar cómo actúa cuando su carácter es puesto a prueba.

  Y lo que comenzamos a descubrir es extraordinario:

  Dios es poderoso, pero no tiránico.

  Es paciente, pero no indiferente.

  Es misericordioso, pero también justo.

  Respeta nuestra libertad, pero no abandona su creación.

  Permite temporalmente la rebelión, pero no permitirá que tenga la última palabra.

  Y sobre todo, sus acciones continúan llevándonos una y otra vez hacia la misma conclusión:

  Dios es bueno.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.