Dr. Elio M. Rivera
Antes de entrar en el relato de la tentación existe una pregunta que considero indispensable:
¿Qué sabían Adán y Eva acerca de Dios antes de escuchar a la serpiente?
Porque la conversación de Génesis 3 no ocurrió entre una mujer que apenas conocía a Dios y una serpiente que vino a informarle cómo era Él.
Eva ya tenía una historia con Dios.
Adán también.
Lo habían conocido por experiencia.
Habían visto lo que hacía.
Habían escuchado su voz.
Habían recibido sus instrucciones.
Habían vivido rodeados de aquello que Él había preparado.
Y, sobre todo, habían experimentado personalmente cómo los había tratado.
Esto es crucial para comprender lo que sucederá después.
¿Qué habían visto de Dios?
Comencemos reuniendo las piezas que ya hemos estudiado.
Adán abrió los ojos y encontró vida.
No tuvo que ganársela.
Dios se la dio.
«Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente» (Génesis 2:7, RVR1960).
Su primera experiencia de Dios fue recibir.
Recibió existencia.
Recibió vida.
Después encontró un mundo preparado.
Dios había hecho provisión antes de que Adán pudiera pedir absolutamente nada.
Había alimento.
Agua.
Vegetación.
Animales.
Recursos.
Belleza.
Trabajo.
Propósito.
Y un lugar preparado especialmente para él.
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Adán no tuvo que convencer a Dios de que fuera generoso.
La generosidad estaba allí antes que él.
Cuando abrió los ojos, el regalo ya estaba preparado.
Y no se trataba simplemente de sobrevivir.
Génesis dice:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Dios había pensado en lo bueno.
Pero también en lo hermoso.
Había preparado alimento y había creado al hombre con la capacidad de disfrutarlo.
Por tanto, cuando posteriormente la serpiente comience a presentar a Dios como alguien que priva, Eva tendrá que decidir qué creer:
lo que alguien está diciendo acerca de Dios,
o lo que ella misma ha experimentado de Él.
Habían conocido a un Dios que compartía
Adán y Eva tampoco habían conocido a un Dios que conservara todo para sí mismo.
Dios les entregó una parte extraordinaria de su creación.
Les dio responsabilidad.
Les dio autoridad.
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread…» (Génesis 1:28, RVR1960).
Piense en lo que eso significa.
Dios era el propietario de todo.
«De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan» (Salmos 24:1, RVR1960).
Sin embargo, decidió compartir gobierno con sus hijos.
No necesitaba hacerlo.
Podía haber creado seres humanos simplemente para contemplar su creación.
Pero les entregó responsabilidades reales dentro de ella.
Les permitió trabajar.
Administrar.
Aprender.
Crear.
Desarrollar.
Gobernar.
Adán había visto personalmente esa confianza cuando Dios llevó los animales delante de él:
«Y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar; y todo lo que Adán llamó a los animales vivientes, ese es su nombre» (Génesis 2:19, RVR1960).
Dios permitía que su hijo participara.
No hacía todo por él.
Le daba espacio para pensar.
Decidir.
Aprender.
Ejercer la inteligencia que había recibido.
Dios no estaba formando esclavos.
Estaba preparando hijos capaces de gobernar responsablemente.
Habían conocido a un Dios atento a sus necesidades
Existe otro detalle que considero precioso.
Adán no tuvo que acercarse a Dios para reclamar:
«Estoy solo».
Dios lo vio antes.
«Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él» (Génesis 2:18, RVR1960).
Eso le había enseñado algo acerca de su Padre.
Dios observaba.
Dios conocía sus necesidades.
Dios se preocupaba por ellas.
Y Dios actuaba.
Después apareció Eva.
Cuando Adán la vio exclamó:
«Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Génesis 2:23, RVR1960).
El Dios que posteriormente sería acusado indirectamente de estar reteniendo algo bueno había sido precisamente Aquel que había visto lo que le faltaba al hombre y se lo había proporcionado.
Eso no es un detalle menor.
Es evidencia acerca de su carácter.
Adán sabía que Dios daba.
Sabía que Dios compartía.
Sabía que Dios observaba sus necesidades.
Sabía que Dios podía darle algo bueno incluso antes de que él se lo pidiera.
Habían conocido a un Dios que bendecía
Hay algo más.
Las primeras palabras de Dios hacia aquella pareja no comenzaron con una maldición.
Comenzaron con una bendición.
«Y los bendijo Dios» (Génesis 1:28, RVR1960).
Eso fue lo que conocieron.
Bendición.
Después vino:
«Fructificad y multiplicaos».
Expansión.
Propósito.
Dios no apareció en sus vidas como alguien intentando impedirles desarrollarse.
Fue Él quien les dijo que crecieran.
Que se multiplicaran.
Que llenaran la Tierra.
Que gobernaran.
El Dios que conocerían antes de la tentación era un Dios que deseaba su crecimiento.
Y sí, también conocían un límite
Pero dentro de toda aquella abundancia existía una prohibición.
«De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás» (Génesis 2:16-17, RVR1960).
Aquí tenemos que observar las proporciones.
Antes de:
«no comerás»
aparece:
«de todo árbol del huerto podrás comer».
Muchos árboles permitidos.
Un límite.
Y además Dios explicó que aquella decisión tenía consecuencias:
«porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17, RVR1960).
No les escondió el peligro.
Les habló.
Les advirtió.
Y después respetó su capacidad de escoger.
Esto también les había enseñado algo acerca de Dios.
Su Padre establecía límites.
Pero los límites no podían interpretarse aisladamente de todo lo que ya sabían acerca de Él.
Si alguien que toda la vida me ha hecho bien me advierte que algo puede destruirme, tengo por lo menos una razón para pensar:
quizá me lo está diciendo porque me ama.
Ése era precisamente el contexto que existía antes de Génesis 3.
Conocían su presencia
Pero quizá lo más importante no era todo lo que Dios les había dado.
Era Dios mismo.
Habían escuchado su voz.
Conocían su presencia.
Habían recibido enseñanza directamente de Él.
Habían aprendido a trabajar dentro del mundo que Él había preparado.
Y Génesis posteriormente utiliza una expresión extraordinariamente cotidiana:
«Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día» (Génesis 3:8, RVR1960).
Ellos reconocieron su presencia.
Reconocieron su voz.
No preguntaron:
«¿Quién viene?»
Sabían quién era.
Como hemos venido desarrollando, el Edén no era solamente un lugar donde Dios había dejado a dos seres humanos.
Era un lugar de relación.
Ellos conocían al Padre.
Habían convivido con Él.
Habían aprendido de Él.
Habían visto su generosidad expresada a su alrededor.
Por eso, cuando llegue la tentación, no estaremos presenciando simplemente una discusión acerca de una fruta.
Estaremos presenciando algo muchísimo más profundo:
un ataque contra lo que Adán y Eva sabían acerca del carácter de Dios.
Entonces la serpiente tendrá un problema
Y aquí comenzamos a prepararnos para comprender lo que sucederá después.
La serpiente no llegará a un terreno vacío.
Tendrá que competir contra la experiencia que Adán y Eva ya tenían de Dios.
Si quiere convencerlos de que Dios les está quitando algo bueno, tendrá que hacerles olvidar todo lo que les había dado.
Si quiere presentar a Dios como egoísta, tendrá que hacerles olvidar su generosidad.
Si quiere hacerles creer que Dios no desea que alcancen su verdadero potencial, tendrá que hacerles olvidar que fue Dios quien les entregó autoridad sobre la Tierra.
Si quiere hacerles pensar que Dios está ocultándoles algo por motivos egoístas, tendrá que hacerles desconfiar del mismo Ser que había atendido sus necesidades desde que existían.
Y si quiere convencerlos de que el límite era malo, tendrá que conseguir que miren un solo árbol y dejen de mirar todo lo demás.
Ésa será una de las estrategias más extraordinarias de la tentación.
Concentrar la atención en:
lo que no tienes
hasta conseguir que olvides:
todo lo que Dios te ha dado.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora solamente establezcamos el escenario.
¿Qué aprendimos de Dios?
Antes de escuchar una sola acusación de la serpiente, Adán y Eva ya habían tenido suficiente oportunidad para observar cómo era Dios.
Lo habían conocido como Dador de vida.
Como Proveedor.
Como Padre.
Como Maestro.
Como Creador.
Como alguien que compartía.
Como alguien que bendecía.
Como alguien que confiaba responsabilidades.
Como alguien que veía necesidades antes de que fueran expresadas.
Como alguien que daba libertad.
Y también como alguien que establecía límites y advertía de las consecuencias.
No conocían a Dios por rumores.
Lo conocían por experiencia.
Esto hace que la siguiente parte de nuestra historia sea mucho más profunda.
Porque la serpiente no tendrá que convencerlos simplemente de comer algo.
Tendrá que conseguir algo mucho más difícil:
hacer que unos hijos que habían experimentado la bondad de su Padre comenzaran a sospechar de Él.
Y quizá allí encontremos la verdadera esencia de la tentación que estaba a punto de entrar en el Edén.
Hasta ahora hemos estudiado el mundo que Dios preparó, la autoridad que entregó, la libertad que concedió, la vida que proyectó y la relación que estableció con sus hijos.
Pero antes de juzgar lo que sucedió junto al árbol, todavía falta conocer a otro personaje.
Porque la rebelión contra Dios no comenzó con Adán y Eva.
Y ahí entramos a Lucero y la rebelión anterior a Génesis 3.
Me gusta mucho más este orden porque la pregunta final ya no será solamente “¿por qué pecaron?”, sino una mucho más incómoda: después de todo lo que habían conocido, recibido y vivido, ¿por qué decidieron creerle a la serpiente?
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