Dr. Elio M Rivera
La historia de la redención comenzó a tomar forma desde el momento mismo en que el pecado entró en la experiencia humana.
Adán y Eva habían recibido de Dios vida, comunión, provisión, propósito y un mundo preparado para ellos. Pero la rebelión introdujo algo que hasta entonces no formaba parte de aquella experiencia: separación, culpa, muerte y una deuda frente a la justicia divina.
El hombre había pecado.
Y el pecado tenía consecuencias.
Dios no podía simplemente llamar bueno a lo que era malo ni ignorar la rebelión como si nada hubiera ocurrido. Su amor no anulaba su justicia.
Pero tampoco su justicia anuló su amor.
Desde los primeros capítulos de Génesis comenzó a aparecer una promesa.
Hablando a la serpiente, Dios declaró:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.»
Génesis 3:15, RVR1960
En medio de la caída apareció una esperanza.
Vendría alguien.
Una simiente.
Alguien que enfrentaría aquello que había entrado al mundo por medio del pecado y terminaría venciendo.
Conforme avanzamos por las Escrituras, descubrimos que aquel que vendría a rescatarnos era Jesucristo.
Él vendría para darnos vida.
Vendría para reconciliarnos con Dios.
Vendría para enfrentarse al problema que nosotros no podíamos resolver por nosotros mismos.
Pero el rescate tendría un precio.
La justicia divina no podía ser ignorada.
El pecado debía ser enfrentado.
Y finalmente Jesucristo cargaría sobre sí aquello que nosotros debíamos.
La cruz sería el punto culminante de esa entrega.
Allí sería herido.
Allí derramaría su sangre.
Allí sufriría.
Allí moriría.
Y allí pagaría el precio necesario para abrirnos nuevamente el camino hacia Dios.
Por eso, cuando pensamos en el sacrificio de Jesucristo, casi inmediatamente pensamos en la cruz.
Y con razón.

La cruz fue el sacrificio máximo.
Difícilmente podríamos contemplar una expresión mayor de entrega que ver al Hijo de Dios permitiendo que lo rechazaran, lo humillaran, lo golpearan, lo clavaran en un madero y finalmente entregando su vida por aquellos mismos seres humanos a quienes había venido a rescatar.
Pero aquí aparece una verdad que con frecuencia pasamos por alto.
La cruz no fue el primer sacrificio que Jesucristo hizo por nosotros.
Fue el mayor.
Fue el culminante.
Pero antes de llegar al Calvario ya había comenzado una extraordinaria historia de renuncia.
Antes de los clavos hubo otras cosas que dejó.
Antes de la corona de espinas hubo una gloria que había conocido.
Antes de caminar por los caminos de Galilea había vivido en otra realidad.
Antes de entrar en casas humildes había estado en la presencia del Padre.
Antes de ser rechazado por los hombres había conocido la gloria celestial.
Antes de que los soldados romanos se burlaran de Él, era reconocido en el cielo por quien verdaderamente era.
Y antes de que un pesebre recibiera su cuerpo, Jesucristo había tenido una existencia que no comenzó en Belén.
Por eso, si queremos comprender realmente el sacrificio de Cristo, no podemos comenzar únicamente en la cruz.
Tenemos que retroceder.
Tenemos que preguntarnos:

¿Quién era Jesucristo antes de venir a la Tierra?
¿Dónde vivía?
¿Cómo era su existencia?
¿Qué gloria tenía?
¿Qué relación tenía con el Padre?
¿Qué autoridad poseía?
¿Qué dejó cuando decidió entrar en nuestro mundo?
Porque solamente cuando comprendemos lo que alguien tenía podemos comenzar a valorar lo que estuvo dispuesto a dejar.
Y este será el propósito de los artículos que siguen.
No estudiaremos la eternidad de Jesucristo solamente para conocer más acerca del cielo.
No intentaremos imaginar cosas que la Biblia no revela.
Nos acercaremos únicamente hasta donde las Escrituras nos permitan hacerlo.
Pero cada detalle que encontremos tendrá un propósito mucho más profundo:
conocer a Dios a través de sus acciones.
Porque las acciones revelan el corazón.
Lo que alguien está dispuesto a dejar revela cuánto valora aquello por lo que lo deja.
Y conforme descubramos quién era Jesucristo antes de Belén, dónde vivía, qué tenía y qué gloria conocía, comenzaremos a comprender que su amor por nosotros no se expresó únicamente durante unas horas sobre una cruz.
Su entrega había comenzado mucho antes.
La cruz fue la expresión máxima de ese amor.
Pero antes de la cruz hubo una decisión.
Antes de la decisión hubo una eternidad.
Y antes de estudiar cuánto sufrió Jesucristo al morir por nosotros, necesitamos conocer la vida que estuvo dispuesto a dejar para venir a buscarnos.
Por eso nuestro recorrido comenzará mucho antes de Belén.
Comenzará con una pregunta fundamental:
¿Dónde comienza realmente la historia de Jesucristo?
La respuesta de la Biblia es extraordinaria.
No comienza en un pesebre.
Cuando nuestro mundo comenzó a existir…
Él ya estaba allí.
Libro recomendado

