El precio de aprender para poder enseñar
Hay algo acerca de la vida de Jesús que merece una consideración mucho más profunda de la que habitualmente le concedemos.
Jesús vino a enseñarnos.
No solamente vino a morir por nuestros pecados.
Vino a mostrarnos al Padre, a revelarnos la verdad, a enseñarnos el camino de la justicia y a conducirnos hacia la vida eterna.
Pero antes de comenzar su ministerio público, vivió durante muchos años en Nazaret.
Y durante aquellos años sucedió algo extraordinario.
El Hijo de Dios creció en sabiduría.
Lucas lo declara expresamente:
«Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52, RVR1960).
No podemos pasar por alto aquellas palabras.
El Verbo eterno, aquel por quien fueron creadas todas las cosas, había asumido una naturaleza verdaderamente humana.
Y en esa humanidad aceptó experimentar el crecimiento y el aprendizaje.
No dejó de ser Dios.
No perdió su naturaleza divina ni su conocimiento divino.
Pero tampoco utilizó su divinidad para convertir su existencia humana en una simple representación.
Aceptó vivir como hombre, con las condiciones y las exigencias propias de la vida humana, sin pecado.
Esto nos lleva a una pregunta que pocas veces nos hacemos:
¿Cuánto esfuerzo humano pudo representar para Jesús prepararse para enseñar las Escrituras?
Los Evangelios no nos revelan sus métodos de estudio, sus horarios ni los maestros humanos que pudieron intervenir en su formación.
Pero sí nos dicen que creció en sabiduría.
Y sabemos que perteneció a una nación en la que las Escrituras se aprendían escuchando, repitiendo, memorizando, preguntando y meditando.
El conocimiento profundo de la Torá no era una tarea insignificante.
Aprender sus palabras requería atención.
Recordar pasajes extensos exigía memoria y constancia.
Comprender su significado demandaba reflexión.
Relacionar diferentes porciones de las Escrituras requería conocimiento.
Y enseñar aquellas verdades a otras personas suponía una responsabilidad todavía mayor.
Ahora pensemos en Jesús.
No solamente como el Maestro que vemos enseñando a las multitudes.
Pensemos en el joven de Nazaret.
En el teckton.
En el hombre que conocía el esfuerzo físico.
En aquel que había vivido sujeto a José y María y que participaba en las responsabilidades de una familia.
Su vida no transcurría en un mundo donde todo estaba dispuesto para facilitarle el estudio.
Vivía en una sociedad donde había que trabajar para conseguir el sustento, donde las obligaciones familiares reclamaban tiempo y donde la vida religiosa exigía participación.
¿Cómo combinó todas aquellas responsabilidades con su crecimiento en sabiduría?
No lo sabemos con exactitud.
Pero vale la pena considerar lo que significaba aprender en aquel mundo.
Imaginemos a un joven trabajador de Galilea.
Ha salido antes del amanecer.
Ha caminado hasta el lugar donde consiguió trabajo.
Durante horas ha levantado piedras, transportado madera, preparado materiales y soportado el calor.
Sus manos están endurecidas.
Le duelen los hombros.
Las piernas comienzan a resentir el esfuerzo.
Cuando finalmente termina la jornada, todavía debe regresar caminando a su casa.
Allí lo esperan las necesidades de su familia.
Debe comer, asearse, atender sus obligaciones y descansar lo suficiente para volver a trabajar al día siguiente.
Pero también desea estudiar las Escrituras.
Cuando la oscuridad cubre la aldea, enciende una pequeña lámpara de aceite.
La luz es escasa.
No tiene una biblioteca llena de libros personales.
Los rollos de las Escrituras son valiosos y no están al alcance de cualquier trabajador.
Por eso escucha, repite, memoriza y procura conservar en su mente las palabras que ha aprendido.
Una vez.
Otra vez.
Y nuevamente.
El cuerpo le pide descanso.
Los ojos comienzan a cerrarse.
Quizá al día siguiente tenga que levantarse antes de que salga el sol.
Pero todavía hay algo que desea comprender.

Esa es una de las realidades que nuestra novela pretende hacer sentir al lector.
No afirmamos que conocemos una noche específica en la que Jesús estudiara bajo una lámpara de aceite después de trabajar.
Tampoco podemos asegurar cuántas horas dedicaba a memorizar las Escrituras ni si alguna vez permaneció desvelado por esa razón.
Pero conocemos las condiciones materiales de la vida de su tiempo, sabemos que trabajó como teckton y que creció en sabiduría.
Por eso, al contemplar las dificultades de un estudiante trabajador de Galilea, podemos aproximarnos al esfuerzo humano que podía implicar aquella preparación.
Y aquí se encuentra algo profundamente conmovedor.
Jesús no estaba preparándose para alcanzar fama, obtener reconocimiento o conseguir una posición entre los maestros de Israel.
Había venido para cumplir la voluntad de su Padre.
Había venido a enseñarnos.
Había venido a salvarnos.
Y aceptó voluntariamente recorrer el camino de una existencia humana verdadera.
No consideró indigno vivir bajo las condiciones de la nación en la que nació.
No consideró indigno obedecer a sus padres.
No consideró indigno trabajar con sus manos.
No consideró indigno crecer en sabiduría.
¡El Hijo de Dios aceptó todo aquello!
Y lo hizo por nosotros.
El Maestro que nos dejó el ejemplo
El apóstol Pablo escribió:
«Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido» (2 Timoteo 2:24, RVR1960).
Estas palabras fueron dirigidas a Timoteo y describen las cualidades que deben caracterizar a quienes sirven enseñando la verdad.
Pero nos recuerdan un principio fundamental.
Enseñar las cosas de Dios es una responsabilidad demasiado grande para tomarla a la ligera.
No basta con desear hablar delante de otras personas.
No basta con tener entusiasmo.
No basta con repetir algunas frases religiosas.
Quien pretende guiar a otros necesita conocer aquello que enseña, comprender las Escrituras y desarrollar la madurez necesaria para transmitirlas con fidelidad.
Jesús fue el ejemplo supremo de un Maestro cuya enseñanza y cuya vida estaban perfectamente unidas.
No enseñó una obediencia que él mismo rechazara practicar.
No llamó a otros a la humildad mientras vivía buscando privilegios.
No enseñó el servicio mientras se negaba a servir.
No exigió una fidelidad que él mismo no estuviera dispuesto a demostrar.
Y cuando llegó el momento de enseñar públicamente, las multitudes descubrieron una autoridad extraordinaria.
Pero antes de aquel momento habían transcurrido muchos años.
Años de infancia.
Años de crecimiento.
Años de vida familiar.
Años de trabajo.
Años en los que su humanidad se desarrolló verdaderamente.
No conocemos todos los acontecimientos de aquellos años.
Sin embargo, no debemos reducirlos a un simple tiempo de espera.
Jesús no apareció repentinamente a los treinta años para comenzar a vivir como hombre. Había vivido como hombre desde su nacimiento.
Y todo formó parte de su entrega voluntaria.
¿Por qué aceptó semejante humillación?
Porque nos amó.
Esta es la verdad que deseo que permanezca en el corazón del lector durante toda la novela.
Jesús pudo haber venido manifestando su gloria.
Pudo haber sido reconocido inmediatamente por todos como el Señor del universo.
Pero el camino que escogió fue diferente.
Nació en humildad.
Creció en una familia.
Vivió bajo la Ley.
Conoció las necesidades humanas.
Trabajó.
Experimentó cansancio.
Aprendió la obediencia por lo que padeció, como declara Hebreos 5:8.
Y finalmente entregó su vida en la cruz.
El apóstol Pablo escribió:
«…se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
Pero aquella obediencia hasta la muerte estuvo precedida por una vida de obediencia.
El Calvario fue la culminación de su sacrificio redentor, no el comienzo de su disposición a humillarse.
Por eso, cuando pensemos en Jesús trabajando bajo el sol de Galilea, recordemos que no estaba allí por casualidad.
Cuando contemplemos su vida familiar, recordemos que aceptó voluntariamente vivir sujeto a sus padres.
Y cuando consideremos su crecimiento en sabiduría, recordemos que el Hijo eterno aceptó experimentar el desarrollo propio de una verdadera vida humana.
No vino a tomar atajos para evitar nuestra condición. Vino a asumirla para redimirnos.
Aquel que enseñaría acerca del amor vivió por amor.
Aquel que hablaría de obediencia obedeció.
Aquel que enseñaría a servir tomó forma de siervo.
Y aquel que nos llamaría a seguirlo recorrió primero el camino de la humillación.
Por eso escribimos esta novela.
Para que, acompañando a Yosef en sus años de estudio, trabajo, cansancio, sacrificio y preparación, podamos comprender mejor las condiciones humanas del mundo en que vivió Jesús.
No porque Yosef represente exactamente su vida.
Sino porque su historia nos permitirá acercarnos a una realidad que muchas veces hemos pasado por alto.
El Hijo de Dios no solamente aceptó morir por nosotros. También aceptó vivir verdaderamente como uno de nosotros.
Y si algo debe acompañarnos mientras recorremos estas páginas, es esta verdad:
Jesús no tomó a la ligera su misión de enseñarnos, servirnos y salvarnos. Toda su vida terrenal fue una expresión de su obediencia al Padre y de su amor por nosotros.
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Museo Vida y Obra de Jesucristo — Cristopedia

