Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea
David no supo en qué momento había terminado la noche.
La pequeña lámpara se había apagado hacía horas. La casa permanecía sumida en la oscuridad y, a su alrededor, la familia descansaba sobre las esteras extendidas en el suelo.
Todos dormían.
O por lo menos eso parecía.
Su esposa permanecía junto al niño enfermo. La pequeña dormía del otro lado, con una mano extendida sobre la manta de su madre.
David llevaba horas escuchando.
Cada vez que su hijo tosía, abría los ojos.
A veces solamente levantaba la cabeza para comprobar que respiraba con tranquilidad. Otras veces tenía que incorporarse, acercarse a él y tocarle la frente.
La fiebre continuaba.
El niño había pasado una noche inquieta. La tos interrumpía su sueño y, en ocasiones, respiraba con dificultad por la congestión.
David había intentado dormir entre aquellos episodios.
Pero cada vez que comenzaba a perder la conciencia del mundo, escuchaba nuevamente aquella tos.
Entonces volvía a despertarse.
Ahora, cuando una claridad apenas perceptible comenzaba a anunciar el amanecer, comprendió que tendría que levantarse sin haber descansado verdaderamente.
Se incorporó despacio.
La espalda protestó inmediatamente.
Los músculos de los hombros estaban endurecidos y las piernas parecían demasiado pesadas para sostenerlo. Al apoyar los pies sobre el suelo, sintió el ardor de los talones lastimados por las sandalias.
Permaneció sentado unos instantes, con la cabeza inclinada.
Tenía los ojos irritados.
La boca seca.
Y una sensación desagradable de agotamiento que no había experimentado durante las jornadas anteriores.
Miró hacia la entrada.
Allí estaban sus herramientas.
Esperándolo.
David cerró los ojos.
Tenía que salir a trabajar.
La decisión antes del amanecer
Su esposa despertó cuando escuchó el roce de la túnica.
—¿Ya vas a levantarte?
David volvió la cabeza.
—Tengo que prepararme.
Ella se incorporó y observó su rostro.
—David, casi no dormiste.
—Lo sé.
—Te levantaste muchas veces durante la noche. Y ayer regresaste agotado.
Él se inclinó para recoger las sandalias.
—Si salgo ahora, llegaré a tiempo.
Su esposa guardó silencio.
Después miró hacia el niño.
—Quizá deberías quedarte hoy.
David dejó de mover las manos.
Durante unos instantes contempló a su hijo.
El pequeño dormía de costado, con las mejillas enrojecidas y el cabello pegado a la frente. Una de sus manos descansaba sobre la manta.
Parecía tan indefenso.
David sintió un deseo profundo de permanecer allí.
Podría ayudar a cuidarlo.
Podría acompañar a su esposa.
Podría descansar unas horas y recuperar algo de las fuerzas que había perdido.
Pero recordó las monedas que habían contado la noche anterior.
Habían comprado alimento. Todavía necesitaban otras cosas. Y si la fiebre del niño continuaba, quizá tendrían que buscar ayuda.
Todo costaba.
Hasta la enfermedad.
—Si no voy —respondió finalmente—, no habrá jornal.
Su esposa bajó la mirada.
Ambos conocían aquella realidad.
Para hombres como David, carpinteros y constructores que dependían de ser contratados cada jornada, quedarse en casa significaba renunciar al dinero de aquel día.
No existía una paga por cuidar a un hijo enfermo.
Nadie entregaba monedas porque un trabajador hubiera pasado la noche despierto.
Y tampoco había seguridad de que el capataz volviera a contratar a un hombre que faltaba cuando había otros esperando junto a la entrada.
—Pero estás agotado —insistió ella—. Apenas puedes moverte.
David intentó sonreír.
—Cuando comience a caminar, el cuerpo despertará.
—Eso espero.
Ella se levantó para preparar el pan.
David se colocó las sandalias.
Una correa rozó la piel lastimada del talón.
El dolor lo hizo detenerse.
Su esposa lo observó.
—También tienes los pies heridos.
—Podré caminar.
—¿Y trabajar?
David levantó la mirada.
No respondió inmediatamente.
Porque aquella era la pregunta que él mismo había evitado hacerse.
Finalmente dijo:
—Tendré que hacerlo.
Su esposa terminó de envolver el alimento.
No discutió más.
Pero sus movimientos se volvieron lentos.
David comprendió que también ella tenía miedo.
Se acercó al niño y se arrodilló junto a su estera.
Le acarició suavemente el cabello.
El pequeño abrió los ojos.
—Padre…
David sintió que algo se le apretaba dentro del pecho.
—Aquí estoy, hijo.
—¿Ya te vas?
—Tengo que trabajar.
El niño permaneció mirándolo.
Después preguntó:
—¿Regresarás cuando oscurezca?
David quiso prometerle que volvería temprano.
Quiso decirle que aquella tarde terminarían juntos la pequeña casa de madera.
Pero no sabía cuánto trabajo habría ni a qué hora podría regresar.
—Antes, si puedo.
El niño asintió débilmente.
David permaneció junto a él unos instantes más.
Le acomodó la manta.
Después se levantó.
Su esposa le entregó el pan.
Él tomó sus herramientas y caminó hacia la puerta.
Antes de salir volvió la cabeza.
Su hijo había cerrado los ojos.
La fiebre seguía allí.
Y David tendría que alejarse siete kilómetros sin saber cómo evolucionaría durante el día.
El camino de un hombre desvelado
Nazaret todavía dormía cuando David comenzó a caminar.
El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro y, durante los primeros minutos, le produjo una sensación agradable.
Pero el alivio desapareció pronto.
Las piernas estaban rígidas.
La bolsa de herramientas parecía pesar más que de costumbre.
Y cada paso hacía que las correas de las sandalias rozaran nuevamente sus talones.
David intentó caminar con rapidez.
No pudo mantener el ritmo.
Redujo la marcha.
A su alrededor, las colinas permanecían oscuras. El sendero pedregoso apenas comenzaba a distinguirse bajo la claridad creciente del cielo.
Conocía aquel camino.
Había recorrido sus pendientes, reconocido sus piedras y aprendido dónde convenía apoyar los pies.
Sin embargo, aquella mañana tropezó con una pequeña roca.
El movimiento repentino le produjo una punzada en la espalda.
Se detuvo.
Apoyó una mano sobre la pierna.
Respiró profundamente.
—Ten cuidado —murmuró para sí mismo.
Continuó caminando.
La falta de sueño comenzaba a afectarlo de una manera que le resultaba inquietante.
En ocasiones tenía que parpadear varias veces para mantener los ojos abiertos.
Los pensamientos avanzaban lentamente.
Y cuando intentaba recordar algo, necesitaba concentrarse más de lo acostumbrado.
Pensó en su hijo.
¿Habría vuelto a toser?
¿Seguiría con fiebre?
¿Estaría bebiendo suficiente agua?
Confiaba en su esposa. Sabía que cuidaría al pequeño con toda la atención posible.
Pero aquello no eliminaba su preocupación.
Cada paso lo alejaba de la casa.
Y cuanto más avanzaba, menos podía hacer por su hijo.
En un momento se detuvo y miró hacia atrás.
Nazaret había quedado oculta entre las colinas.
Sintió el impulso de regresar.
Fue tan intenso que durante unos instantes permaneció inmóvil.
Podría volver.
Decirle a su esposa que había cambiado de opinión.
Sentarse junto al niño.
Esperar a que mejorara.
Pero entonces recordó las monedas.
La comida.
La necesidad de conservar su lugar entre los trabajadores.
David apretó la correa de su bolsa.
Volvió a mirar hacia Séforis.
Y continuó.
Aquel camino nunca le había parecido tan largo.
Una mañana que comenzó mal
Natán estaba junto a la entrada cuando David llegó.
Lo observó brevemente.
—Llegaste.
—Sí.
El encargado señaló hacia el interior.
—Necesito que prepares unas piezas de madera.
David sintió alivio.
Había trabajo para él.
No tendría que regresar con las manos vacías.
Entró sin explicar que había pasado la noche despierto. Tampoco mencionó la fiebre de su hijo ni los dolores que lo acompañaban desde Nazaret.
Había conseguido una oportunidad.
Y necesitaba conservarla.
Encontró a Joel preparando materiales.
El muchacho levantó la cabeza.
—Tienes mala cara.
David dejó su bolsa.
—Gracias por decírmelo.
Joel sonrió.
—No es una ofensa. Solamente digo que pareces no haber dormido.
David suspiró.
—Mi hijo está enfermo.
La sonrisa desapareció del rostro de Joel.
—¿Qué tiene?
—Tos y fiebre. Comenzó ayer y pasó una mala noche.
—Entonces tú tampoco dormiste.
David negó con la cabeza.
Joel guardó silencio.
Después dijo:
—Espero que mejore.
—Yo también.
Durante unos instantes ninguno habló.
Joel volvió a sus materiales.
David sacó las herramientas.
Había trabajado la madera durante años. Sabía preparar una pieza, reconocer sus irregularidades y comprobar una medida antes de cortar.
Aquellos movimientos formaban parte de su vida.
Pero esa mañana algo era diferente.
Le costaba concentrarse.
Tenía que comprobar dos veces cosas que normalmente recordaba con facilidad.
En una ocasión buscó una herramienta durante varios instantes, hasta descubrir que estaba junto a su mano.
Se sintió ridículo.
Miró a su alrededor para comprobar que nadie lo hubiera visto.
Después intentó continuar.
Pero el cansancio no desaparecía.
El error que no podía deshacerse
Natán le había encargado preparar varias piezas de madera para una sección de la construcción.
David comprobó las medidas.
Marcó la primera pieza.
La acomodó sobre los apoyos y comenzó a trabajar.
El sonido repetido de la herramienta parecía aumentarle el sueño.
Se detuvo para frotarse los ojos.
Después continuó.
Mientras trabajaba, volvió a pensar en su hijo.
Lo imaginó acostado sobre la estera.
Su esposa inclinada junto a él.
La niña pequeña observando en silencio.
Se preguntó si la fiebre habría aumentado.
Entonces volvió a mirar la madera.
Había perdido por un instante la concentración.
Revisó la marca.
Creyó reconocerla.
Y continuó cortando.
Cuando terminó, dejó la pieza junto a las demás.
Natán llegó poco después.
Examinó el trabajo.
Tomó la pieza recién preparada.
Comprobó su longitud.
Volvió a medir.
Su expresión cambió.
—David.
Él levantó la cabeza.
—¿Sí?
Natán señaló la madera.
—¿Quién te dio esta medida?
David se acercó.
Observó la pieza.
Después buscó la marca original.
Y comprendió.
Había cortado demasiado.
No mucho.
Pero lo suficiente para que aquella pieza ya no sirviera en el lugar previsto.
Sintió que la sangre le subía al rostro.
—Yo…
Natán lo interrumpió.
—Te dije que comprobaras antes de cortar.
—Lo hice.
—Entonces explícame qué ocurrió.
David abrió la boca.
No encontró una respuesta inmediata.
Había comprobado la medida.
Estaba seguro.
Pero también sabía que la pieza era demasiado corta.
Natán levantó la voz.
—La madera cuesta dinero. No podemos desperdiciarla porque un hombre está distraído.
Algunos trabajadores volvieron la cabeza.
Joel dejó de trabajar.
Simón observó la escena desde unos pasos de distancia.
David sintió que la vergüenza le ardía en el rostro.
Quiso explicar que su hijo estaba enfermo.
Que apenas había dormido.
Que había recorrido siete kilómetros con los pies lastimados.
Que le dolía la cabeza y apenas conseguía mantener los ojos abiertos.
Pero nada de aquello devolvería a la madera la parte que había cortado.
—Fue un error mío —admitió.
Natán lo miró fijamente.
—Si tienes la cabeza en otro lugar, no puedes trabajar aquí.
Aquellas palabras le dolieron más que la reprimenda.
David necesitaba aquel trabajo.
Y sabía que Natán podía encontrar otros hombres esperando junto a la entrada.
El encargado señaló las piezas restantes.
—Procura que no vuelva a ocurrir.
Después se alejó.
David permaneció inmóvil.
Le ardían los ojos.
No sabía si por el cansancio, la vergüenza o la rabia que intentaba contener.
Había cometido un error.
Lo reconocía.
Pero también sabía que, en circunstancias normales, difícilmente habría ocurrido.
Joel se acercó.
—¿Estás bien?
David miró la pieza arruinada.
—He desperdiciado madera.
—Todos cometemos errores.
David negó con la cabeza.
—No todos podemos permitirnos cometerlos.
Joel guardó silencio.
Había comprendido.
David tomó la siguiente pieza.
Comprobó la medida.
Volvió a comprobarla.
Y solamente entonces comenzó a trabajar.
Esta vez avanzó despacio.
Con una precaución casi dolorosa.
No quería escuchar nuevamente su nombre pronunciado con aquella severidad.
El grito entre las piedras
A media mañana, un grito interrumpió el trabajo.
David levantó la cabeza.
El sonido había llegado desde una zona donde varios hombres trasladaban bloques de piedra.
Escuchó un segundo grito.
Después, voces apresuradas.
—¡Sujeten eso!
—¡No lo muevan!
Joel dejó inmediatamente su tarea.
—Algo ocurrió.
Ambos caminaron hacia el lugar.
Varios trabajadores rodeaban un bloque de piedra que había quedado inclinado peligrosamente sobre sus apoyos.
Uno de los hombres estaba sentado en el suelo.
Sostenía una pierna entre las manos.
Tenía el rostro contraído por el dolor.
David lo reconoció.
Era Rubén.
El hombre corpulento que había dirigido tantos traslados de materiales. El mismo que hablaba de sus hijos durante los descansos y que parecía capaz de levantar cualquier carga.
Ahora estaba en el suelo.
Y no podía ponerse de pie.
Natán daba órdenes con una urgencia que David nunca le había escuchado.
—¡Nadie toque la piedra hasta que esté asegurada!
Los trabajadores colocaron apoyos y comprobaron que la carga no pudiera desplazarse nuevamente.
David se acercó a Rubén.
—¿Qué ocurrió?
Uno de los hombres respondió:
—Cedió un apoyo. La piedra se movió y Rubén intentó apartarse.
La pierna había recibido un golpe violento contra una pieza de madera.
Rubén respiraba con rapidez.
Tenía la frente cubierta de sudor.
—Ayúdenme a levantarme —pidió.
Un compañero intentó sostenerlo.
Pero apenas movieron la pierna, Rubén lanzó un grito.
—¡No! ¡No la muevan!
Se inclinó hacia adelante.
Apretó los dientes.
Durante unos instantes no pudo hablar.
Natán se agachó junto a él.
—No intentes levantarte.
—Tengo que hacerlo.
—Primero necesitamos que te revisen.
Rubén negó con la cabeza.
Intentó acomodar la pierna.
El dolor lo obligó a detenerse.
David sintió un escalofrío.
Aquel hombre había llegado caminando por sus propios medios.
Había dado órdenes.
Había levantado materiales.
Había trabajado como cualquier otro día.
Y ahora necesitaba ayuda incluso para cambiar de posición.
Simón permanecía cerca, pálido.
Joel miraba la pierna con una expresión de preocupación que David no le había visto antes.
Rubén se cubrió el rostro con una mano.
Durante unos instantes nadie habló.
Después el hombre levantó la cabeza.
—¿Y ahora qué voy a hacer?
David creyó que preguntaba por el dolor.
Pero Rubén no estaba mirando su pierna.
Miraba hacia sus herramientas.
—¿Cuánto tiempo estaré sin trabajar?
Natán respondió con cautela.
—Todavía no sabemos qué tan grave es.
—Tengo que regresar mañana.
—Rubén…
—¡Tengo que trabajar mañana!
Su voz se quebró.
David se quedó inmóvil.
Rubén respiró profundamente.
Después habló con menos fuerza.
—Mi esposa está esperando otro hijo.
David levantó la mirada.
Recordó las conversaciones del descanso. Rubén le había hablado de sus cinco hijos, del ruido de la casa y de las necesidades que nunca terminaban.
Ahora venía otro niño.
—No tenemos suficiente guardado —continuó Rubén—. Si dejo de trabajar, ¿qué van a comer?
Joel se agachó junto a él.
—Ahora necesitas que te atiendan.
Rubén lo miró desesperado.
—¿Y quién llevará el pan mientras tanto?
Nadie respondió.
Porque ninguno podía prometerle que habría comida en su casa mientras él se recuperaba.
David sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
Eran las mismas que él había pensado antes del amanecer.
No puedo faltar al trabajo.
Ahora Rubén quizá no tendría la posibilidad de elegir.
Cuando una pierna sostenía a toda una familia
Después de asegurar el lugar, los trabajadores prepararon la manera de trasladar a Rubén sin obligarlo a apoyar peso sobre la pierna.
El hombre intentó colaborar.
Pero cada movimiento le producía dolor.
Cuando finalmente lo retiraron para buscar atención, los demás permanecieron unos instantes en silencio.
David observó el espacio que Rubén había dejado.
Su bolsa seguía allí.
También sus herramientas.
Todo parecía dispuesto para que continuara trabajando.
Pero él ya no podía hacerlo.
Natán ordenó que se reorganizaran las tareas.
La construcción debía continuar.
David regresó a sus piezas de madera.
Sin embargo, no conseguía apartar de su pensamiento el rostro de Rubén.
Una pierna lastimada.
Eso había bastado.
Si la lesión necesitaba varios días de reposo, Rubén perdería esos jornales.
Si tardaba semanas en recuperarse, la situación sería todavía peor.
Y si no recuperaba completamente la fuerza, quizá tendría dificultades para regresar a un trabajo que dependía tanto de su cuerpo.
David observó sus propias piernas.
Le dolían los músculos.
Tenía los talones heridos.
Pero podía mantenerse de pie.
Podía caminar.
Podía sostener una herramienta.
Rubén había salido aquella mañana con la esperanza de regresar con dinero.
Ahora volvería a su casa necesitando que otros lo ayudaran a entrar.
David imaginó a sus hijos corriendo hacia la puerta.
La esposa esperando verlo llegar.
Las preguntas.
El miedo.
Y la incertidumbre de no saber cuánto tiempo permanecería sin trabajar.
Sintió una inquietud profunda.
Los hombres como ellos dependían de su fuerza, su habilidad y su salud.
Sus manos eran su principal riqueza.
Sus piernas les permitían llegar hasta el trabajo.
Y su espalda soportaba el peso de las jornadas.
Pero todo aquello podía perderse en un instante.
Joel se acercó.
—Nunca lo había visto así —murmuró.
David levantó la cabeza.
—Yo tampoco.
Joel miró hacia el lugar por donde habían retirado a Rubén.
—Siempre parece que nada puede derribarlo.
David observó la piedra que había causado el accidente.
—Hoy descubrimos que sí.
Joel permaneció callado.
Después regresó a su tarea.
David tomó nuevamente la herramienta.
Comprobó la medida.
Y continuó trabajando.
Esta vez no solamente temía cometer otro error.
Temía que un momento de descuido pudiera cambiar para siempre la vida de su familia.
La tos que no debía comenzar
Cuando llegó el descanso del mediodía, David buscó un lugar sombreado.
Se sentó lentamente.
Extendió las piernas.
El alivio fue inmediato.
Durante unos instantes permaneció con los ojos cerrados, agradeciendo no tener que sostener su propio peso.
Después sacó el pan que su esposa había preparado.
Lo observó.
Normalmente habría comenzado a comer con apetito.
Pero aquella vez no sintió hambre.
Tenía la cabeza pesada.
Los ojos le ardían.
Y había comenzado a notar una molestia desagradable en la garganta.
Tragó saliva.
Sintió una aspereza.
Pensó que quizá era consecuencia del polvo.
Había pasado la mañana trabajando entre madera y piedra. Las pequeñas partículas flotaban continuamente en el aire y se pegaban al sudor de los trabajadores.
Bebió agua.
Después intentó comer.
Consiguió terminar una parte del pan.
Guardó el resto.
Joel se sentó cerca.
—¿Ya terminaste?
David asintió.
—No tengo mucha hambre.
Joel lo observó con curiosidad.
—Eso sí es extraño.
David intentó sonreír.
Pero sintió un cosquilleo repentino en la garganta.
Tosió.
Se cubrió la boca.
Esperó.
Volvió a toser.
La tos era seca y le produjo una molestia áspera detrás del pecho.
Joel dejó de comer.
—¿Desde cuándo estás tosiendo?
David bebió otro poco de agua.
—Acaba de comenzar.
—Tu hijo también tiene tos.
David levantó la mirada.
Durante unos instantes ninguno habló.
La posibilidad apareció entre ambos sin necesidad de explicarla.
David volvió a tragar saliva.
La garganta seguía irritada.
—Quizá solamente sea el polvo —murmuró.
Joel no pareció convencido.
—¿Y el dolor de cabeza?
—No dormí.
—¿Y esa cara?
David intentó bromear.
—Siempre he tenido la misma.
Joel sonrió apenas.
Pero después se puso serio.
—Deberías descansar.
David bajó la mirada.
—Eso mismo me dijo mi esposa esta mañana.
—Entonces quizá deberías escucharla.
David contempló a los hombres que comenzaban a levantarse.
El descanso estaba terminando.
Pronto Natán volvería a distribuir las tareas.
—No puedo perder el jornal.
Joel guardó silencio.
Después se incorporó.
—Por lo menos no intentes demostrar que eres más fuerte que todos.
David asintió.
Recogió sus herramientas.
Y regresó al trabajo.
Pero mientras caminaba sintió una inquietud nueva.
Su hijo estaba enfermo.
Y ahora él comenzaba a presentar los mismos síntomas.
Cuando el cuerpo comenzó a rendirse
Durante la tarde, David comprendió que algo no estaba bien.
La molestia de la garganta aumentó.
Comenzó a toser con mayor frecuencia.
Al principio conseguía continuar trabajando después de cada episodio.
Pero pronto tuvo que detenerse.
La tos aparecía inesperadamente, obligándolo a inclinarse y esperar hasta recuperar la respiración.
También comenzó a sentir frío.
Aquello le resultó extraño.
El sol todavía calentaba la construcción.
Los demás hombres sudaban.
Pero David experimentó un escalofrío que le recorrió la espalda.
Se frotó los brazos.
Intentó continuar.
Poco después volvió a sentirlo.
Esta vez el temblor le llegó hasta las piernas.
Miró hacia el cielo.
No había viento frío.
Comprendió que aquella sensación venía de su propio cuerpo.
Se tocó la frente.
No pudo determinar si tenía fiebre.
Sus manos estaban ásperas y el rostro todavía húmedo de sudor.
Volvió al trabajo.
Pero la fuerza parecía abandonarlo lentamente.
Una herramienta que normalmente manejaba sin dificultad comenzó a resultarle pesada.
Los brazos se cansaban rápidamente.
La espalda le dolía.
Y cada vez que se inclinaba sentía una presión desagradable dentro de la cabeza.
Natán pasó cerca.
Observó que David se había detenido.
—¿Otra vez?
David levantó la mirada.
El encargado señaló las piezas que faltaban.
—Necesitamos terminar.
David intentó responder.
Pero comenzó a toser.
La tos fue tan intensa que tuvo que inclinarse y apoyarse sobre una pieza de madera.
Natán esperó.
Cuando terminó, lo examinó con mayor atención.
—¿Estás enfermo?
David respiró profundamente.
—Creo que estoy comenzando.
Natán miró hacia las piezas pendientes.
Después volvió a observarlo.
—¿Desde cuándo te sientes así?
—Desde hace un rato.
—Esta mañana cometiste un error. Ahora apenas puedes sostenerte.
David sintió temor.
Pensó que lo enviaría a casa.
Y que quizá no volvería a contratarlo.
—Puedo terminar —respondió.
Natán permaneció callado.
Observó sus manos.
Su respiración.
El rostro cansado.
Finalmente señaló una tarea menos exigente.
—Ayuda allí. Nada de cargar piedras ni preparar piezas que requieran medidas delicadas.
David asintió.
—Gracias.
—Y si empeoras, me lo dices. No quiero otro accidente.
David recogió sus cosas.
Se trasladó lentamente hacia el lugar indicado.
Agradecía que Natán no lo hubiera despedido.
Pero comprendía que su cuerpo estaba comenzando a fallarle.
Y todavía faltaban varias horas para terminar la jornada.
El jornal más difícil
La tarde pareció interminable.
David tenía frío y calor al mismo tiempo.
La piel estaba húmeda.
Pero de vez en cuando sentía escalofríos.
Le dolía la cabeza.
Los ojos estaban irritados.
Y la tos aparecía cada vez que intentaba respirar profundamente.
Trabajó con lentitud.
Tuvo que detenerse varias veces para beber agua.
En una ocasión se sentó porque sintió que las piernas no respondían con firmeza.
Simón se acercó.
—¿Quieres que te ayude?
David levantó la mirada.
El muchacho parecía sinceramente preocupado.
—Estoy bien.
Pero apenas terminó de decirlo, volvió a toser.
Simón permaneció junto a él.
—No pareces estar bien.
David sonrió débilmente.
—Entonces tendré que mejorar mi apariencia.
El joven soltó una risa breve.
Después lo ayudó a terminar la tarea.
David agradeció su compañía.
No estaba acostumbrado a necesitar ayuda para cosas que normalmente podía hacer solo.
Aquello le producía una vergüenza silenciosa.
Sin embargo, también comprendía que, sin Simón, quizá no habría conseguido terminar.
Cuando Natán anunció finalmente el final de la jornada, David sintió un alivio profundo.
Había conseguido trabajar.
Había cometido un error.
Había recibido una reprimenda.
Había visto a Rubén quedar incapacitado para continuar.
Y ahora él mismo estaba enfermo.
Pero recibiría su jornal.
Guardó las monedas cuidadosamente.
Después recogió las herramientas.
El peso de la bolsa le produjo una molestia inmediata en el hombro.
Miró hacia el camino.
Siete kilómetros.
Todavía tenía que recorrer siete kilómetros para llegar a casa.
El regreso de un hombre enfermo
David salió de Séforis cuando el sol comenzaba a descender.
El aire era más fresco que durante la tarde.
Normalmente aquella brisa le resultaba agradable.
Pero ahora le producía escalofríos.
Se ajustó la túnica.
Comenzó a caminar.
Las piernas estaban pesadas.
El dolor de cabeza aumentaba con cada paso.
Y la garganta le ardía.
Tosió varias veces.
Cada episodio lo obligaba a detenerse.
En una ocasión apoyó una mano sobre una roca.
Se inclinó.
Esperó a recuperar la respiración.
Después continuó.
El camino parecía mucho más largo.
Las colinas se extendían frente a él.
El cielo comenzaba a cambiar de color.
Y David sentía que avanzaba demasiado despacio.
Pensó en Rubén.
En la pierna lastimada.
En la desesperación de aquel hombre al comprender que quizá no podría trabajar durante varios días.
David miró sus propias piernas.
Todavía podía caminar.
Pero apenas tenía fuerzas.
Se preguntó qué ocurriría si al día siguiente amanecía peor.
¿Podría recorrer nuevamente aquel camino?
¿Podría sostener una herramienta?
¿Podría concentrarse lo suficiente para no cometer otro error?
No encontró respuestas.
Solamente siguió caminando.
Cuando finalmente distinguió las primeras viviendas de Nazaret, sintió un alivio profundo.
Estaba cerca.
Pronto podría acostarse.
Pero entonces recordó que su hijo continuaba enfermo.
Y aceleró el paso cuanto le permitieron las piernas.
Dos enfermos bajo el mismo techo
Su esposa estaba cerca de la entrada cuando David llegó.
Al verlo, se acercó inmediatamente.
—¿Qué te pasó?
David intentó responder.
Pero comenzó a toser.
Ella se detuvo.
Lo observó con preocupación.
—David…
Él dejó las herramientas en el suelo.
—Creo que también me estoy enfermando.
Su esposa le tocó la frente.
Después el cuello.
Su expresión cambió.
—Tienes fiebre.
David cerró los ojos unos instantes.
No necesitaba que se lo confirmaran.
Sentía el cuerpo extraño.
Pesado.
Dolorido.
Como si el cansancio de muchos días hubiera caído sobre él de una sola vez.
—¿Cómo está el niño? —preguntó.
Su esposa miró hacia el interior.
—Todavía tiene fiebre.
David sintió que el poco ánimo que le quedaba desaparecía.
Entró.
El niño estaba acostado sobre su estera.
La pequeña permanecía cerca, jugando en silencio con algunos objetos.
David se arrodilló junto a su hijo.
Le tocó la frente.
Seguía caliente.
El pequeño abrió los ojos.
—Padre.
David intentó sonreír.
—Aquí estoy.
El niño observó su rostro.
Después preguntó:
—¿Tú también estás enfermo?
David no esperaba aquella pregunta.
—Solamente estoy cansado.
Pero comenzó a toser antes de terminar de hablar.
El niño lo miró con seriedad.
—Tienes mi tos.
David sintió una ternura dolorosa.
Le acarició el cabello.
—Parece que sí.
Su esposa se acercó.
Le pidió que se lavara y descansara.
David obedeció.
Se quitó las sandalias.
Los pies estaban doloridos.
Al sentarse sobre la estera, sintió una molestia intensa en la espalda.
Se recostó lentamente.
Por primera vez en todo el día pudo dejar de sostener el peso de su cuerpo.
Cerró los ojos.
Pero la tos regresó.
Se incorporó.
Esperó.
Después volvió a acostarse.
Su esposa se sentó cerca.
Tenía dos enfermos que cuidar.
Y una niña pequeña que también necesitaba atención.
David la observó.
Comprendió que la jornada de ella tampoco había terminado.
El miedo al amanecer
Aquella noche, la familia volvió a acostarse sobre sus esteras, unas junto a otras.
El niño permaneció cerca de su madre.
David se acomodó a poca distancia.
La pequeña dormía entre mantas.
La lámpara proyectaba una luz tenue sobre las paredes.
David tenía fiebre.
Lo comprendió cuando comenzó a sentir escalofríos a pesar de estar cubierto.
Los músculos le dolían.
La garganta estaba irritada.
Y cada vez que tosía sentía una molestia en el pecho.
Su esposa le acercó agua.
David bebió.
Después volvió a recostarse.
Durante unos instantes permaneció mirando el techo.
Recordó la reprimenda de Natán.
La madera cortada incorrectamente.
El accidente de Rubén.
Las palabras desesperadas del trabajador herido.
No puedo quedarme en casa.
David cerró los ojos.
Ahora comprendía aquellas palabras con una intensidad nueva.
Si al día siguiente amanecía con más fiebre, quizá no podría salir.
Y si no salía, no habría jornal.
Pero si intentaba trabajar en aquellas condiciones, podía cometer otro error.
O sufrir un accidente.
O lastimar a alguien.
Su esposa observó que continuaba despierto.
—¿En qué piensas?
David tardó en responder.
—En mañana.
Ella miró las herramientas junto a la puerta.
Comprendió.
—Primero necesitamos que tú y el niño mejoren.
David asintió.
Pero sabía que la necesidad de dinero no desaparecería mientras ellos descansaban.
La lámpara comenzó a apagarse.
La casa quedó lentamente en oscuridad.
El niño tosió.
David también.
Durante unos instantes, los dos sonidos se alternaron en la habitación.
Su esposa permaneció despierta, escuchándolos.
David extendió una mano.
Encontró la mano pequeña de su hijo.
La sostuvo suavemente.
El niño abrió los ojos.
—¿Padre?
—Aquí estoy.
El pequeño apretó débilmente sus dedos.
David sintió que se le humedecían los ojos.
Había pasado el día luchando contra el sueño, el cansancio, el dolor y el temor de perder su trabajo.
Pero ahora, acostado sobre el suelo junto a su familia, comprendía que había algo todavía más difícil.
No era solamente estar enfermo. Era estar enfermo y saber que otros dependían de que uno pudiera levantarse.
Afuera, Nazaret dormía.
Las colinas permanecían oscuras.
Y en Séforis, las piedras, las maderas y las herramientas esperaban una nueva jornada.
David cerró los ojos.
No sabía si tendría fuerzas para levantarse cuando llegara el amanecer.
Pero había una pregunta que le preocupaba todavía más:
¿Qué ocurriría con su familia si un día su cuerpo dejaba de permitirle trabajar?
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y tambie tuvo que saber manejar su vida laboral con los problemas familiares que se presentaban día a día.
Continua en el capítulo 8
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