Dr. Elio M Rivera
Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.
David despertó con un acceso de tos que le produjo un dolor punzante detrás del pecho.
Se incorporó sobre la estera, intentando no despertar a sus hijos. La garganta le ardía y tenía la boca tan seca que le costaba tragar.
Había pasado otra noche casi sin dormir.
Su hijo mayor, aunque comenzaba a recuperarse, había despertado varias veces. David y su esposa se turnaron para darle agua, acomodarle las mantas y acompañarlo hasta que consiguiera descansar.
Ahora, cuando la primera claridad comenzaba a filtrarse por la entrada, escuchó un sonido que lo preocupó.
Su esposa estaba tosiendo.
David volvió la cabeza.
Ella permanecía sentada sobre su estera, con una mano apoyada contra el pecho. Intentó respirar profundamente, pero otro acceso de tos la obligó a inclinarse.
—¿Desde cuándo estás así?
—Desde anoche —respondió con voz ronca.
David se acercó y le tocó la frente.
Estaba caliente.
—También tienes fiebre.
—Quizá sea solamente cansancio.
—No es solamente cansancio.
Ella apartó la mirada.
Durante varios días había atendido al niño enfermo, preparado los alimentos, cuidado a la pequeña y mantenido la casa mientras David trabajaba en Séforis. Apenas había descansado.
Ahora la enfermedad también la había alcanzado.
David observó a su hijo mayor, que dormía cerca de ellos. Su respiración parecía más tranquila y las mejillas habían perdido aquel enrojecimiento que tanto los había preocupado.
Aquello le produjo alivio.
Pero al mirar a su hija menor, todavía dormida junto a su madre, sintió una nueva inquietud.
Los cuatro compartían el mismo espacio, las mismas mantas y el aire de aquella pequeña vivienda.
Si la enfermedad continuaba extendiéndose, pronto no quedaría nadie sano.
Su esposa intentó levantarse.
—Voy a prepararte el pan.
David la sujetó suavemente del brazo.
—Quédate acostada. Yo lo haré.
—Tú también estás enfermo.
—Entonces tendremos que arreglarnos entre los dos.
Ella intentó sonreír, pero volvió a toser.
David buscó el pan que quedaba y separó una porción para llevar consigo. Dejó el resto cerca de su esposa, junto al recipiente de agua.
No era abundante.
Tendría que alcanzar hasta que regresara.
Su hijo mayor abrió los ojos.
—Padre…
David se acercó.
—¿Cómo te sientes?
—Ya no me duele tanto la cabeza.
Le tocó la frente.
La fiebre había disminuido considerablemente.
—Eso es bueno, hijo.
El pequeño miró hacia su madre.
—¿Ahora ella está enferma?
—Sí. Necesita descansar.
El niño permaneció pensativo.
—¿Puedo cuidarla?
David sintió ternura.
—Puedes alcanzarle agua cuando la necesite y ayudar a cuidar a tu hermana.
—Yo puedo hacerlo.
—Lo sé.
Le acarició el cabello y se levantó.
Cuando recogió sus herramientas, una punzada le atravesó la espalda. Tuvo que permanecer inclinado unos instantes antes de enderezarse.
Su esposa lo observó.
—David, hoy deberías quedarte.
Él miró las provisiones.
Después las monedas que todavía conservaban.
—Si consigo trabajo, podremos comprar lo que necesitamos.
Ella no insistió.
Los dos conocían demasiado bien aquella realidad.
David se ajustó la túnica, tomó su bolsa y salió antes de que amaneciera por completo.
Siete kilómetros con fiebre
El aire frío de la madrugada le golpeó el rostro cuando comenzó a caminar hacia Séforis.
Normalmente aquel primer tramo le permitía entrar en calor y despertar completamente. Esa mañana, sin embargo, las piernas parecían resistirse a cada movimiento.
La garganta le ardía y la tos regresaba cada vez que respiraba profundamente.
Intentó mantener el paso acostumbrado.
No pudo.
La bolsa de herramientas le pesaba sobre el hombro y las correas de las sandalias rozaban los talones lastimados durante las jornadas anteriores.
Al subir una pendiente, sintió un mareo que lo obligó a detenerse.
Apoyó una mano sobre una roca.
Esperó.
El sendero permanecía desierto.
A lo lejos comenzaban a distinguirse las colinas bajo la claridad del amanecer.
David dejó la bolsa en el suelo y se sentó unos instantes.
Se preguntó si realmente conseguiría trabajar.
El día anterior había cometido un error al preparar una pieza de madera. Natán lo había reprendido delante de sus compañeros y le había advertido que necesitaba hombres capaces de concentrarse.
¿Qué pensaría al verlo llegar nuevamente enfermo?
David contempló sus herramientas.
Eran lo único que podía ofrecer.
Su conocimiento.
Sus manos.
Y las fuerzas que todavía le quedaban.
Recogió la bolsa y continuó.
Mientras caminaba, pensó en la enfermedad de su familia.
En Nazaret había personas con experiencia en el cuidado de los enfermos y en el uso de remedios tradicionales. También existían médicos en distintas poblaciones, pero conseguir su ayuda podía exigir desplazamientos y gastos que una familia humilde difícilmente podía afrontar.
David conocía personas que habían pasado varios días con fiebre y después se recuperaban.
También recordaba a otras que habían empeorado inesperadamente.
Aquella incertidumbre le producía más miedo que su propia enfermedad.
Apretó el paso.
Su hijo estaba mejorando.
Tenía que confiar en que los demás también lo harían.
Las manos que todavía podían trabajar
Natán estaba revisando materiales cuando David llegó a la construcción.
Levantó la cabeza.
—¿Otra vez aquí?
David intentó sonreír.
—Mientras haya trabajo.
El encargado lo observó detenidamente.
—Sigues enfermo.
—Estoy mejor que ayer.
Natán frunció el ceño.
—No parece.
David guardó silencio.
El encargado señaló unas piezas de madera.
—Necesito preparar varias uniones para una estructura. Pero no quiero otro error.
David sintió que el rostro se le calentaba.
La reprimenda del día anterior todavía le producía vergüenza.
—No volverá a ocurrir.
Natán lo miró unos instantes.
—Trabaja despacio. Y comprueba las medidas antes de cortar.
David asintió.
Se dirigió al lugar indicado y examinó las piezas.
No eran simples tablas destinadas a cubrir una superficie. Formarían parte de una estructura provisional que debía soportar el peso de trabajadores y materiales durante la construcción.
Una unión mal preparada podía provocar movimientos peligrosos.
David pasó los dedos por la primera pieza.
Reconoció la dirección de las fibras, comprobó los extremos y buscó las pequeñas irregularidades que podían dificultar el ajuste.
Después tomó su cuerda de medir.
Marcó cuidadosamente.
Volvió a comprobar.
Y comenzó a trabajar.
La herramienta avanzó sobre la madera con un sonido familiar.
Pequeñas virutas cayeron al suelo.
David sintió cierta tranquilidad.
Aquello sí lo conocía.
Había aprendido el oficio durante años, trabajando junto a hombres experimentados, cometiendo errores y descubriendo que una pieza mal preparada podía arruinar muchas horas de esfuerzo.
Sus manos sabían distinguir cuándo debía aplicar fuerza y cuándo convenía detenerse.
Sin embargo, esa mañana tuvo que interrumpirse varias veces para toser y beber agua.
Al terminar la primera unión, la examinó detenidamente.
Comprobó sus medidas.
Después la dejó junto a las demás.
Había quedado bien.
Por primera vez aquella mañana, sintió que recuperaba algo de confianza.
La unión que nadie conseguía ajustar
A media mañana surgió un problema en otra sección de la construcción.
Dos trabajadores intentaban colocar una pieza de madera entre varios apoyos.
No conseguían hacerla encajar.
Uno de ellos golpeó el extremo con fuerza.
La pieza apenas se movió.
—¡Otra vez! —ordenó.
Su compañero lo detuvo.
—¡Vas a romperla!
—Entonces hay que cortar más.
—¡Ya la cortamos!
La discusión atrajo la atención de Natán.
—¿Qué ocurre aquí?
Los hombres comenzaron a explicarse al mismo tiempo.
Natán levantó una mano.
—¡Silencio!
Examinó la pieza.
Después el espacio donde debía colocarse.
Intentó moverla.
Su expresión se endureció.
El capataz esperaba que aquella sección estuviera terminada antes de que avanzara demasiado el día.
Y estaban perdiendo tiempo.
David observaba desde unos pasos de distancia.
Había notado algo extraño en la manera en que sostenían la madera.
Se acercó.
—Natán, ¿puedo verla?
El encargado volvió la cabeza.
—¿Ya terminaste tus piezas?
—Todavía no. Pero creo que sé por qué ésta no entra.
Uno de los trabajadores soltó una risa breve.
—Pues nosotros llevamos un buen rato intentando descubrirlo.
David no respondió.
Natán se apartó.
—Entonces muéstranos.
David se inclinó para examinar la unión.
No tomó inmediatamente una herramienta.
Primero observó las superficies de contacto.
Después pidió que levantaran ligeramente uno de los extremos.
Los hombres obedecieron.
David pasó los dedos por la madera.
Encontró una pequeña irregularidad.
Pero también descubrió algo más importante.
La pieza estaba siendo presentada con una inclinación incorrecta.
Al intentar introducirla por la fuerza, uno de los extremos se trababa antes de llegar a su posición.
—Aquí está el problema —explicó.
Uno de los trabajadores se acercó.
—Entonces hay que quitar más madera.
David negó con la cabeza.
—Muy poca. Si seguimos cortando sin corregir la posición, debilitaremos la unión.
El hombre frunció el ceño.
—¿Y estás seguro?
David lo miró.
—Déjame intentarlo.
Natán intervino.
—Háganlo como dice.
Retiraron la pieza y la colocaron sobre unos apoyos.
David marcó la zona que necesitaba corrección.
Después comenzó a trabajar.
No hizo grandes cortes.
Retiró pequeñas cantidades de madera y comprobó repetidamente la superficie.
Cuando consideró que estaba lista, levantó la cabeza.
—Ahora.
Los hombres volvieron a colocarla.
David les indicó que elevaran ligeramente uno de los extremos.
La pieza comenzó a entrar.
—¡Eso es! —exclamó uno.
—Espera —ordenó David.
Comprobó nuevamente el contacto.
Después hizo una señal.
Los hombres terminaron de acomodarla.
La unión quedó firme.
Natán la examinó cuidadosamente.
Intentó moverla.
Comprobó su estabilidad.
Después miró a David.
—Bien hecho.
David sintió un alivio profundo.
El encargado volvió a observar la pieza.
—Ayer cortaste madera donde no debías. Hoy evitaste que otros hicieran lo mismo.
David sonrió.
—Ayer aprendí a comprobar dos veces.
Natán dejó escapar una risa breve.
—Entonces procura recordar la lección.
Se alejó para continuar supervisando.
Joel se acercó.
—Parece que todavía sabes utilizar las manos.
—Aunque la cabeza no siempre quiera acompañarlas.
El muchacho soltó una carcajada.
Después examinó la unión.
—¿Cómo supiste lo que estaba mal?
David señaló la superficie de contacto.
—Porque estaban intentando obligar a la madera a entrar donde todavía no podía.
—¿Y eso no funciona?
—A veces puedes conseguirlo a golpes. Pero también puedes romper la pieza o dejar una unión débil.
Joel permaneció pensativo.
David añadió:
—Un buen carpintero no solamente sabe golpear. Primero necesita comprender lo que tiene delante.
El muchacho observó la madera.
—Entonces hay que pensar antes de usar las manos.
David sonrió.
—Eso ayuda bastante.
Una semana que parecía interminable
Los días siguientes fueron difíciles.
David consiguió trabajo durante toda aquella semana. Natán continuó asignándole labores relacionadas con la madera, procurando evitar que realizara los esfuerzos más peligrosos mientras se recuperaba.
Pero las jornadas seguían siendo largas.
La tos persistía y el cansancio se acumulaba porque las noches tampoco le permitían descansar.
En casa, su hijo mayor comenzó a mejorar.
Primero desapareció la fiebre.
Después recuperó el apetito.
Y finalmente volvió a interesarse por las pequeñas construcciones de madera que había comenzado días atrás.
Una tarde David lo encontró sentado junto a la pared, intentando sostener dos piezas que continuamente se caían.
—¿Qué construyes?
El niño levantó la cabeza.
—Una casa más grande.
—¿Para quién?
—Para todos nosotros.
David sonrió.
—Entonces necesitarás buenos cimientos.
El pequeño examinó las piezas.
—¿Me ayudas?
David se sentó junto a él y acomodó una de las maderas.
—Mira. Si la base está torcida, todo lo que pongas encima terminará moviéndose.
El niño observó atentamente.
—Como en tu trabajo.
—Exactamente.
Durante unos minutos jugaron juntos.
Fue uno de los pocos momentos tranquilos de aquella semana.
Pero mientras el niño mejoraba, su madre empeoró.
Una noche despertó con escalofríos intensos.
David se levantó para acercarle agua y acomodarle las mantas.
La pequeña también despertó.
Comenzó a llorar porque quería estar con su madre.
David la levantó.
—Ven conmigo. Mamá necesita descansar.
La niña protestó.
Extendió los brazos hacia su madre.
David comenzó a caminar lentamente por la habitación, hablándole en voz baja.
Le contó que, cuando amaneciera, podrían jugar con la pequeña casa de madera que su hermano estaba construyendo.
La niña continuó llorando durante un rato.
Finalmente apoyó la cabeza sobre su hombro.
David sintió que sus brazos comenzaban a resentir el peso.
Pero siguió caminando hasta que consiguió dormirla.
La acostó cuidadosamente.
Después regresó junto a su esposa.
Apenas había logrado recostarse cuando ella volvió a toser.
Así transcurrió buena parte de la noche.
Y antes de que amaneciera, David tuvo que levantarse para salir hacia Séforis.
Dos días después, la pequeña también comenzó a enfermar.
Primero perdió el apetito.
Después apareció la tos.
Y al caer la tarde tenía fiebre.
David la sostuvo sobre sus piernas mientras su esposa intentaba descansar.
La niña tenía las mejillas calientes y los ojos entrecerrados.
Su hermano mayor se acercó.
—¿También está enferma?
David asintió.
El pequeño observó a su hermana durante unos instantes.
Después le tomó una mano.
—Yo ya me estoy curando —le dijo—. Tú también te vas a curar.
David sintió una emoción profunda.
Había pasado el día escuchando órdenes y el ruido de las herramientas.
Ahora estaba sentado en el suelo, con su hija enferma sobre las piernas, mientras su hijo intentaba consolarla.
No sabía cuánto duraría aquella enfermedad.
Pero deseó con todas sus fuerzas que el niño tuviera razón.
Las noches sobre el suelo
Dormir sobre esteras extendidas en el suelo formaba parte de la vida cotidiana de aquella familia.
En condiciones normales, después de una jornada de trabajo, David podía acostarse y recuperar parte de sus fuerzas.
Pero durante aquellos días la enfermedad convirtió las noches en una sucesión de interrupciones.
Cuando la niña despertaba llorando, su madre intentaba incorporarse.
David la detenía.
—Yo voy.
Le acercaba agua a la pequeña, comprobaba si seguía caliente y permanecía junto a ella hasta que volvía a dormirse.
En ocasiones tenía que levantarla y caminar por la habitación.
Otras veces se sentaba contra la pared, sosteniéndola sobre las piernas.
Una noche permaneció así durante largo rato.
Su esposa descansaba cerca.
El hijo mayor dormía profundamente.
La pequeña tenía la cabeza apoyada contra su pecho.
David observó la llama de la lámpara.
El aceite estaba disminuyendo.
No quería consumir más del necesario, pero tampoco deseaba permanecer completamente a oscuras mientras la niña continuaba con fiebre.
Esperó un poco más.
Después apagó la lámpara.
La habitación quedó en silencio.
David escuchó la respiración de su hija.
Le acomodó la manta.
Y permaneció sentado, esperando que llegara el sueño.
Pero no consiguió descansar.
Pensaba en la jornada siguiente.
En las piezas que tendría que preparar.
En el camino hasta Séforis.
Y en el temor de cometer un error por falta de concentración.
Algunas horas después, cuando comenzó a aclararse el cielo, tuvo que levantarse nuevamente.
Cuando la enfermedad costaba dinero
La recuperación de la familia fue lenta.
El hijo mayor mejoró primero. Después su esposa comenzó a recuperar las fuerzas, mientras la pequeña continuó enferma algunos días más.
David también tardó en sentirse bien.
Aunque la fiebre desapareció, la tos persistió y las jornadas de trabajo siguieron resultándole difíciles.
Durante aquellos días comprendió que una enfermedad no necesitaba ser mortal para convertirse en una desgracia económica.
Bastaba con que durara demasiado.
Los enfermos necesitaban alimentos, agua, atención y tiempo.
Su esposa había pedido consejo a una mujer de la aldea que tenía experiencia cuidando enfermos.
La mujer acudió a observar a los niños.
Les recomendó mantenerlos cómodos, ofrecerles agua con frecuencia y vigilar cualquier empeoramiento.
También les habló de algunos preparados tradicionales que las familias utilizaban para aliviar molestias.
David agradeció su ayuda.
Pero sabía que aquellos recursos tenían límites.
Si alguno empeoraba, quizá necesitarían buscar a un médico fuera de Nazaret.
Aquello significaría tiempo.
Y dinero.
Cuando finalmente terminó la semana, David se sentó junto a su esposa para contar las monedas.
Había conseguido trabajar todos los días.
Aquello había evitado que la enfermedad se convirtiera también en una falta inmediata de alimentos.
Pero habían necesitado comprar más provisiones y recurrir a la ayuda de otras personas para algunas tareas.
David extendió una tela.
Colocó las monedas sobre ella.
Las contó cuidadosamente.
Después volvió a contarlas.
Su esposa lo observó.
—¿Cuánto tenemos?
David levantó la mirada.
Por primera vez en varios días sonrió con verdadera satisfacción.
—Podemos guardar una parte.
Ella se acercó.
Ambos contemplaron las monedas.
No era una cantidad importante.
Pero representaba algo que habían deseado durante mucho tiempo.
Una pequeña reserva.
Dinero que no tendrían que gastar inmediatamente en alimento.
Su esposa sonrió.
—Quizá podamos comprar algunas cosas que hacen falta en la casa.
David asintió.
Pensó en reparar ciertos utensilios, conseguir mejores provisiones y reservar unas monedas para los días en que Natán no pudiera contratarlo.
Por primera vez desde que había comenzado aquella difícil semana, permitió que sus pensamientos fueran más allá de la siguiente jornada.
Pero aquella tranquilidad duraría poco.
La necesidad que nadie había previsto
Dos días después, mientras David se preparaba para salir, su esposa le mostró una parte de la vivienda.
—Quiero que veas algo.
Lo condujo hasta una zona donde el revestimiento de la cubierta comenzaba a mostrar deterioro.
Durante las últimas lluvias, la humedad había penetrado ligeramente.
No había sido suficiente para provocar un daño importante.
Pero la situación podía empeorar.
David examinó el lugar.
Después subió cuidadosamente para observar la cubierta desde arriba.
Encontró una sección donde el material de protección se había desgastado.
Necesitaría repararla antes de que llegaran nuevas precipitaciones.
Su esposa lo observó desde abajo.
—¿Es grave?
David permaneció unos instantes examinando la superficie.
—Todavía no. Pero si esperamos demasiado, puede serlo.
Descendió.
Se limpió las manos.
Y comenzó a calcular lo que necesitaría.
Podría conseguir parte de los materiales en la aldea.
Otros tendrían que comprarlos.
Además, tendría que dedicar tiempo a preparar la reparación.
Su esposa comprendió inmediatamente lo que estaba pensando.
—Tendremos que utilizar parte de lo que guardamos.
David asintió.
—Sí.
Miró hacia las esteras donde dormían.
Imaginó una noche de lluvia, con agua penetrando desde la cubierta y mojando las mantas.
Los niños despertando sobre el suelo húmedo.
Su esposa intentando encontrar un lugar seco donde acostarlos.
Después de tantos días de enfermedad, no podía permitirlo.
Tomó las monedas que habían separado.
Retiró una parte.
Las sostuvo durante unos instantes.
Su esposa colocó una mano sobre su brazo.
—Podremos volver a guardar cuando haya más trabajo.
David sonrió débilmente.
Había escuchado aquellas palabras muchas veces.
Pero no había otra solución.
Guardó las monedas restantes.
Recogió sus herramientas.
Y salió hacia Séforis.
El constructor de dos mundos
Aquella jornada David trabajó preparando una estructura de madera para una construcción destinada a personas con recursos muy superiores a los suyos.
Los muros habían sido levantados cuidadosamente.
Las piezas debían encajar con precisión.
Los materiales llegaban en cantidades que él difícilmente podía imaginar utilizando en su propia vivienda.
Había hombres dedicados exclusivamente a transportar piedra.
Otros preparaban madera.
Algunos revisaban medidas.
Y varios supervisaban que el trabajo avanzara conforme a lo previsto.
David observó una de las secciones terminadas.
Pensó en su casa de Nazaret.
En la cubierta deteriorada.
En las monedas que acababa de separar para repararla.
Y en las esteras donde su familia había pasado tantos días enferma.
Aquella diferencia le produjo una sensación extraña.
Pasaba sus jornadas construyendo espacios para personas que podían pagar materiales costosos y contratar a numerosos trabajadores.
Mientras tanto, él debía calcular cuidadosamente cuánto podía gastar para proteger su propia vivienda de la lluvia.
No sintió odio hacia quienes tenían más.
Pero comprendió con claridad la distancia que existía entre sus vidas.
Natán se acercó para revisar su trabajo.
Examinó una unión.
Después otra.
Finalmente asintió.
—Estas piezas están bien preparadas.
David agradeció el comentario.
Continuó trabajando.
Sus manos se movían con seguridad.
Había aprendido a reconocer la madera, respetar sus fibras y calcular dónde debía retirar material sin debilitar una pieza.
Podía observar una superficie irregular e imaginar cómo transformarla para que cumpliera su función.
Aquella habilidad era el resultado de años de aprendizaje.
Y de incontables jornadas en las que había terminado con las manos doloridas, los hombros agotados y los pies lastimados.
David sintió orgullo de su oficio.
No era un hombre rico.
No poseía grandes propiedades.
Ni podía asegurar que habría trabajo la semana siguiente.
Pero era un tekton.
Un carpintero y constructor que conocía su oficio.
Y aquel conocimiento le permitía alimentar a su familia.
Mientras preparaba otra pieza, pensó en su hijo mayor.
Recordó las pequeñas construcciones de madera que tanto le gustaba hacer.
La curiosidad con que observaba sus herramientas.
Y las preguntas que le hacía cuando trabajaban juntos.
Quizá algún día aprendería aquel oficio.
David deseó que entonces pudiera vivir con menos preocupaciones.
Pero sabía que nadie podía prometer semejante cosa.
El regreso a una casa que volvía a vivir
Cuando David regresó a Nazaret aquella tarde, escuchó risas antes de llegar a la puerta.
Se detuvo.
Reconoció la voz de su hijo mayor.
Después escuchó a la pequeña.
Sintió una alegría inmediata.
Entró.
Los niños estaban sentados sobre el suelo, jugando con los pedazos de madera.
Su esposa se encontraba cerca, preparando parte de la comida.
Todavía parecía cansada.
Pero su rostro había recuperado algo de color.
David dejó las herramientas.
Su hija levantó la cabeza.
—¡Padre!
Se levantó y corrió hacia él.
David se inclinó para recibirla.
La pequeña lo abrazó.
Él la sostuvo cuidadosamente.
Le tocó la frente.
Ya no estaba caliente.
Sintió un alivio tan grande que permaneció abrazándola unos instantes más.
Su hijo mayor se acercó.
—Ya terminamos la casa.
David miró hacia el suelo.
La pequeña construcción de madera se sostenía sobre varias piezas cuidadosamente acomodadas.
No era perfecta.
Algunas uniones estaban torcidas.
Y una parte parecía demasiado alta.
Pero se mantenía en pie.
David se sentó junto a ellos.
La examinó con atención.
—Han trabajado mucho.
El niño sonrió orgulloso.
—Mi hermana ayudó.
David miró a la pequeña.
Ella asintió con entusiasmo.
—Yo puse ésta.
Señaló una pieza que sobresalía ligeramente.
David sonrió.
—Entonces es una construcción de los dos.
Los niños comenzaron a hablar al mismo tiempo.
Le explicaron cómo habían colocado las piezas.
Cuáles se habían caído.
Y cómo habían conseguido sostenerlas.
David los escuchó.
Todavía tenía tos.
La espalda le dolía.
Y sentía el cansancio acumulado de una semana difícil.
Pero aquella tarde no deseaba acostarse inmediatamente.
Quería permanecer sentado junto a ellos.
Escuchar sus voces.
Verlos jugar.
Y disfrutar la tranquilidad de una casa donde la fiebre finalmente comenzaba a desaparecer.
Las manos que sostenían una familia
Después de comer, David salió unos momentos al exterior.
El cielo comenzaba a oscurecer.
Una brisa suave recorría la aldea.
Se sentó junto a la entrada y extendió las manos sobre las rodillas.
Las observó bajo la luz que todavía quedaba.
Tenía pequeñas cicatrices.
La piel estaba endurecida.
Algunas uñas conservaban marcas antiguas de golpes.
Los dedos mostraban las señales de muchos años de trabajo.
David abrió y cerró las manos lentamente.
Habían preparado uniones delicadas en Séforis.
Habían sostenido herramientas bajo el sol.
Habían temblado durante las noches de fiebre.
Y habían acariciado la frente caliente de sus hijos.
Ahora tendrían que reparar la cubierta de su propia casa.
Durante el día construía para otros.
Al regresar, continuaba sosteniendo la vida de su familia.
Desde el interior escuchó la voz de su hijo.
—¡Padre! ¡Ven a ver!
David sonrió.
Se levantó lentamente.
Todavía le dolían las piernas y sentía la espalda resentida por la jornada.
Pero entró.
Sus hijos estaban sanos, su esposa recuperaba las fuerzas y aquella pequeña casa volvía a llenarse de alegría.
Sin embargo, mientras se sentaba junto a ellos, recordó algo que Natán había mencionado antes de terminar el trabajo.
Al día siguiente comenzarían una nueva sección de la construcción.
Sería más exigente.
Y el capataz quería que avanzaran rápidamente.
David miró sus manos.
Habían resistido una semana de enfermedad.
Ahora tendrían que enfrentar una nueva prueba.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
El Verbo se hizo carne y regresó a su casa con los pies y las piernas adoloridos, la espalda fatigada y las manos cansadas después de trabajar.
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