06. El sol no tenía misericordia… y el frío tampoco

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  David abrió los ojos antes del amanecer.

  Durante unos instantes permaneció inmóvil sobre su estera. La espalda le dolía, los hombros parecían endurecidos y tenía una pequeña herida en la palma de la mano derecha que le ardía cada vez que cerraba los dedos.

  Escuchó a su esposa moverse cerca del lugar donde guardaban los alimentos.

  Quiso levantarse inmediatamente.

  Pero su cuerpo no respondió con la rapidez acostumbrada.

  Se incorporó despacio, apoyando una mano sobre el suelo. Sintió una punzada en la parte baja de la espalda.

  Apretó los dientes.

  Otro día de trabajo.

  Otro camino hasta Séforis.

  Y otra jornada cuyo final todavía no conocía.

  Su esposa lo observó mientras preparaba el pan.

  —¿Te duele mucho?

  —Menos que ayer —respondió.

  Ella lo miró con desconfianza.

  —Eso dijiste ayer.

  David sonrió débilmente.

  —Entonces por lo menos soy constante.

  Su esposa no pudo evitar una sonrisa.

  Pero cuando se acercó para entregarle el alimento, notó la forma en que él movía los hombros.

  —No puedes continuar así todos los días.

  David tomó el pan.

  —Mientras haya trabajo, tendré que hacerlo.

  No lo dijo con amargura.

  Era simplemente la realidad de los hombres que vivían de sus manos.

  Los tektones, aquellos carpinteros y constructores que trabajaban la madera y participaban en distintas labores de edificación, no tenían asegurado el jornal de mañana.

  Un día podían preparar vigas o puertas.

  Otro, levantar estructuras, ajustar piezas o colaborar con los hombres que trabajaban la piedra.

  Y cuando no había quien los contratara, tampoco había monedas que llevar a casa.

  Su esposa miró hacia el exterior.

  —Hoy hará mucho calor.

  David siguió la dirección de sus ojos.

  El cielo comenzaba a aclararse.

  —Entonces será mejor salir antes de que amanezca.

  Se inclinó para recoger sus herramientas.

  Fue entonces cuando escuchó una voz adormilada.

  —¡Padre!

  Su hijo mayor estaba junto a la puerta, con el cabello revuelto y los ojos entrecerrados.

  —¿Ya te vas?

  —Sí, hijo.

  —¿Hoy vas a construir otra casa?

  —Hoy trabajaré donde me necesiten.

  El niño se acercó.

  —¿Y cuando regreses terminaremos la mía?

  David recordó las pequeñas piezas de madera que habían dejado junto a la pared.

  —Si todavía me quedan fuerzas.

  El pequeño reflexionó unos instantes.

  Después levantó ambas manos.

  —Yo te prestaré las mías.

  David soltó una carcajada.

  Se agachó, lo abrazó y le acarició el cabello.

  —Entonces seguramente podremos terminarla.

  Salió de la casa sonriendo.

  No imaginaba cuánto desearía escuchar nuevamente aquella voz al terminar el día.

Cuando el sol comenzó a subir

  En Séforis, los trabajadores se reunían junto a la entrada de la construcción.

  Joel observaba el cielo con expresión de disgusto.

  —Hoy vamos a cocernos —murmuró.

  Simón levantó la mirada.

  —Todavía está fresco.

  —Eso es lo peor —respondió Joel—. Te hace creer que tendrás un buen día.

  Rubén, que había escuchado la conversación, soltó una carcajada.

  —Entonces deja de hablar y aprovecha el fresco.

  David se acercó a ellos.

  —Buenos días.

  —Pregúntame al anochecer si fueron buenos —respondió Joel.

  Natán apareció poco después.

  Había trabajo para todos.

  Aquella noticia produjo alivio, aunque ninguno lo expresó abiertamente.

  Los hombres entraron.

  David recibió instrucciones para preparar varias piezas de madera que servirían en una sección de la obra. Joel y Simón ayudarían a trasladar materiales. Rubén supervisaría parte de aquel movimiento.

  Al principio, la mañana transcurrió sin dificultades.

  David disfrutaba el contacto de la madera bajo sus manos. Conocía sus irregularidades, sabía distinguir cuándo debía corregir una superficie y cuándo convenía dejar de golpear.

  Pero el sol comenzó a elevarse.

  Primero desapareció la frescura.

  Después las piedras adquirieron una tibieza desagradable.

  Y finalmente el calor se instaló sobre la construcción.

  David sintió una gota de sudor deslizarse por la frente.

  Se la limpió.

  Poco después apareció otra.

  Y otra más.

  La túnica comenzó a humedecerse entre los hombros.

  El polvo que flotaba alrededor se pegaba a la piel mojada. Una mezcla de tierra y sudor se acumuló en los pliegues del cuello.

  David continuó trabajando.

  Pero el aire parecía haberse detenido.

  No corría viento.

  Las piedras calentadas por el sol devolvían el calor hacia los hombres que trabajaban junto a ellas.

  Cada vez que David se inclinaba, la túnica se adhería a su espalda.

  Cuando se incorporaba, la tela húmeda tiraba de la piel irritada.

  Miró hacia el lugar donde habían dejado el agua.

  Todavía faltaba mucho para el descanso.

El calor que se metía dentro del cuerpo

  Al acercarse el mediodía, David comenzó a sentirse diferente.

  Ya no era solamente incomodidad.

  Tenía la boca seca.

  La lengua parecía pegarse al paladar.

  Y la herramienta, que al amanecer había sostenido con facilidad, comenzaba a pesarle demasiado.

  Se acercó a su recipiente.

  Bebió.

  El agua estaba tibia.

  No le resultó agradable, pero calmó momentáneamente la sed.

  Volvió al trabajo.

  Entonces una gota de sudor le entró en el ojo.

  El ardor fue inmediato.

  Cerró los párpados y trató de limpiarse con una parte de la túnica.

  Fue peor.

  La tela estaba cubierta de polvo.

  Parpadeó repetidamente.

  Las lágrimas le nublaron la vista.

  —¿Qué te ocurre? —preguntó Simón.

  —Sudor en los ojos.

  —Yo ya no sé si estoy sudando o derritiéndome.

  David intentó sonreír.

  Pero al inclinarse nuevamente sobre la madera sintió que el suelo se movía ligeramente.

  Se enderezó.

  El mareo desapareció.

  Volvió a inclinarse.

  Y regresó.

  Esta vez tuvo que apoyar una mano sobre la pieza que estaba trabajando.

  Su corazón latía con rapidez.

  El aire caliente no parecía aliviarle la respiración.

  Natán se acercó.

  —¿Por qué te detuviste?

  David levantó la cabeza.

  —Necesito agua. Me he mareado.

  El encargado lo examinó.

  Observó el rostro enrojecido, el cabello pegado a la frente y la forma en que sostenía su peso sobre la madera.

  —Ve a la sombra.

  —Puedo terminar esta pieza.

  —La pieza puede esperar. Una caída no.

  David no discutió.

  Caminó hasta un muro que proyectaba una estrecha franja de sombra.

  Se sentó.

  La piedra estaba caliente.

  Pero por lo menos el sol había dejado de golpearle directamente la cabeza.

  Bebió despacio.

  Se mojó la nuca.

  Cerró los ojos.

  Escuchaba los golpes de las herramientas y las voces de sus compañeros.

  La construcción seguía avanzando.

  Aquello le produjo una inquietud inesperada.

  Mientras él descansaba, otros hombres continuaban trabajando.

  Y todos necesitaban el jornal.

  Abrió los ojos.

  Miró sus manos.

  Pensó en el pan que su esposa había preparado.

  Y en sus hijos.

  No podía permitirse perder el trabajo.

  Pero tampoco podía permitirse una lesión que le impidiera volver al día siguiente.

  Permaneció sentado hasta que el mareo disminuyó.

El hombre que cayó de rodillas

  David acababa de regresar a su tarea cuando escuchó un golpe diferente.

  No fue el sonido de una herramienta contra la piedra.

  Fue el ruido seco de algo que caía al suelo.

  Después llegó una exclamación.

  —¡Ayúdenme!

  David se volvió.

  Uno de los trabajadores había caído sobre una rodilla.

  Su herramienta permanecía junto a él.

  Tenía la cabeza inclinada y respiraba con dificultad.

  Joel llegó primero.

  —¿Qué te sucede?

  El hombre intentó responder.

  Pero solamente consiguió murmurar:

  —Todo me da vueltas.

  Quiso levantarse.

  Sus piernas no lo sostuvieron.

  Joel lo sujetó por el hombro.

  —No te muevas.

  David se acercó.

  El rostro del trabajador estaba muy enrojecido.

  Tenía los ojos entrecerrados.

  —Hay que sacarlo del sol —dijo.

  Rubén llegó inmediatamente.

  Entre varios ayudaron al hombre a trasladarse hasta un lugar sombreado.

  Le aflojaron la ropa y comenzaron a refrescarle el rostro y el cuello con agua.

  Natán ordenó que alguien permaneciera con él.

  Durante unos instantes, David observó en silencio.

  Había sentido aquellos mismos mareos poco antes.

  La diferencia era que él había conseguido detenerse.

  Aquel hombre no.

  —¿Va a levantarse? —preguntó Simón en voz baja.

  Rubén miró al trabajador.

  —Primero tiene que recuperarse.

  El hombre permaneció en la sombra.

  No regresó al trabajo aquella tarde.

  Natán reunió a los demás.

  —Escúchenme bien. Nadie gana nada si termina debajo de una piedra. Si alguno comienza a marearse, debe avisar.

  Joel bajó la mirada.

  Esta vez no hizo bromas.

  Todos habían visto lo ocurrido.

  El calor ya no era solamente una molestia.

  Se había convertido en un peligro.

El frío que parecía romper los dedos

  Mientras trabajaba aquella tarde, David recordó una mañana completamente diferente.

  Había sido durante una temporada fría, cuando el viento descendía por las colinas y las noches dejaban las piedras heladas.

  Entonces no había deseado sombra.

  Había deseado calor.

  Recordaba haber salido de Nazaret antes del amanecer, con la túnica ajustada al cuerpo y las manos escondidas entre los pliegues de la ropa.

  El viento le golpeaba el rostro.

  Entraba por el cuello.

  Se deslizaba bajo las mangas.

  Y parecía encontrar cada pequeña abertura de su vestimenta.

  David caminaba rápidamente para entrar en calor.

  Pero los pies estaban fríos dentro de las sandalias.

  Las correas rozaban la piel endurecida.

  Y las piedras del camino parecían transmitirle el frío hasta los huesos.

  Al principio intentó mover los dedos.

  Abrió y cerró los puños.

  Se frotó las manos.

  Sopló sobre ellas.

  El alivio duraba apenas unos instantes.

  Cuando llegó al trabajo, sus dedos estaban rígidos.

  Tomó una herramienta.

  El contacto del metal frío le resultó desagradable.

  Necesitaba sostener una pieza de madera con una mano mientras golpeaba con la otra.

  Había realizado aquel movimiento incontables veces.

  Pero esa mañana sus dedos no respondieron con la rapidez acostumbrada.

  La pieza se movió.

  David intentó corregirla.

  Y el golpe cayó sobre uno de sus dedos.

  El dolor fue inmediato.

  Soltó la herramienta.

  Se dobló sobre sí mismo.

  Durante unos instantes no pudo hablar.

  Apretó la mano contra el pecho.

  Sintió una pulsación intensa bajo la uña.

  Un compañero se acercó.

  —¿Te golpeaste?

  David asintió con los dientes apretados.

  —Déjame ver.

  Extendió lentamente la mano.

  El dedo comenzaba a hincharse.

  —El frío vuelve torpes hasta a los hombres que conocen su oficio —comentó el trabajador.

  David no respondió.

  Estaba demasiado ocupado esperando que disminuyera el dolor.

  Pero sabía que tenía razón.

  El frío no solamente producía sufrimiento.

  También robaba precisión.

  Un dedo entumecido podía colocarse donde no debía.

  Una mano rígida podía soltar una herramienta.

  Y un pie que había perdido sensibilidad podía calcular mal un paso.

  Recordaba también las mañanas húmedas.

  Cuando las sandalias se mojaban, el frío permanecía pegado a los pies.

  La túnica húmeda se enfriaba sobre las piernas.

  Y el viento parecía atravesar la ropa.

  En ocasiones había intentado atar una cuerda sin conseguir mover correctamente los dedos.

  El nudo se deshacía.

  La cuerda escapaba de sus manos.

  Y debía comenzar nuevamente.

  —¿Cuánto tiempo necesitas para atar eso? —le había reclamado un encargado en cierta ocasión.

  David guardó silencio.

  ¿Qué podía responder?

  Que no sentía bien los dedos.

  Que las manos le dolían.

  Que apenas podía sostener la cuerda.

  Nada de aquello haría desaparecer la tarea.

  Y tampoco llevaría pan a su casa.

  —¡David!

  La voz de Joel lo devolvió al presente.

  El sol seguía castigando las piedras.

  El sudor le corría por la espalda.

  Y la boca estaba seca.

  Durante un instante deseó sentir el viento de aquella mañana fría.

  Después recordó el golpe en el dedo.

  Sonrió con cansancio.

  Ni el calor ni el frío eran buenos compañeros de un trabajador.

Siete kilómetros que parecían interminables

  Cuando Natán anunció el final de la jornada, David sintió un alivio tan grande que tuvo que sentarse unos instantes.

  Joel pasó junto a él.

  —¿Piensas dormir aquí?

  —Estoy intentando recordar cómo se camina.

  —Si descubres una manera de llegar a Nazaret sin usar las piernas, avísame.

  David soltó una risa débil.

  Guardó sus herramientas.

  Recibió su jornal.

  Y emprendió el regreso.

  Pero aquella tarde los siete kilómetros parecían más largos.

  El sol todavía calentaba las piedras.

  Las correas de las sandalias le rozaban los pies hinchados.

  La bolsa de herramientas pesaba sobre el hombro.

  Cambió la correa de posición.

  Después volvió a cambiarla.

  Nada parecía aliviarlo.

  Al subir una pendiente sintió que algo se contraía violentamente en la pantorrilla.

  Se detuvo.

  Apoyó una mano sobre una roca.

  El músculo se endureció.

  David apretó los dientes.

  Esperó.

  Movió lentamente el pie.

  La contracción comenzó a disminuir.

  Permaneció inmóvil unos instantes.

  Miró hacia las colinas.

  Nazaret todavía estaba lejos.

  Bebió el agua que le quedaba.

  Estaba caliente.

  Pero la necesitaba.

  Continuó caminando más despacio.

  Pensó en su casa.

  En el agua para lavarse.

  En la comida.

  En sus hijos.

  Y en la posibilidad de acostarse sin escuchar otra orden.

  Aquellas imágenes lo ayudaron a seguir.

  Sobre todo una.

  La de su hijo mayor levantando ambas manos aquella mañana.

  Yo te prestaré las mías.

  David sonrió.

  Tal vez todavía podrían jugar un momento antes de dormir.

La casa estaba demasiado silenciosa

  Cuando finalmente llegó a Nazaret, algo le pareció extraño.

  Su hijo mayor no salió corriendo a recibirlo.

  Tampoco escuchó la voz de la niña.

  David se detuvo junto a la puerta.

  La casa estaba demasiado silenciosa.

  Entró.

  Su esposa permanecía sentada junto a la estera donde descansaba el niño.

  Tenía una tela húmeda entre las manos.

  Al escuchar los pasos de David, levantó la cabeza.

  Él comprendió inmediatamente que algo ocurría.

  —¿Qué pasó?

  Su esposa miró al pequeño.

  —Comenzó a toser durante la mañana.

  David dejó las herramientas en el suelo.

  Se acercó.

  El niño estaba acostado.

  Tenía las mejillas enrojecidas y el cabello húmedo.

  Respiraba por la boca.

  David se arrodilló junto a él.

  —Hijo.

  El pequeño abrió los ojos.

  Lo reconoció.

  Intentó sonreír.

  —Padre.

  Su voz sonaba diferente.

  Más débil.

  David colocó una mano sobre su frente.

  Estaba caliente.

  Demasiado caliente.

  Miró a su esposa.

  —¿Desde cuándo tiene fiebre?

  —Comenzó después de que saliste. Primero solamente tosía. Pensé que se le pasaría.

  El niño volvió a toser.

  La tos era seca y repetida.

  Después respiró profundamente y se acomodó sobre un costado.

  David sintió una preocupación inmediata.

  Había pasado todo el día deseando regresar a casa.

  Ahora el cansancio parecía haber desaparecido de sus pensamientos.

  Solamente podía mirar a su hijo.

  Su esposa le explicó que había intentado darle agua en pequeñas cantidades y mantenerlo cómodo.

  El niño había comido poco.

  Y durante la tarde se había mostrado cada vez más cansado.

  David volvió a tocarle la frente.

  —¿Te duele algo?

  El pequeño asintió débilmente.

  —La cabeza.

  David sintió que algo se le apretaba dentro del pecho.

  Recordó las palabras de aquella mañana.

  Yo te prestaré las mías.

  Su hijo le había ofrecido sus fuerzas para que pudieran jugar al regresar.

  Y ahora apenas tenía fuerzas para levantar la cabeza.

Una noche que no prometía descanso

  David se lavó rápidamente las manos y el rostro.

  El agua arrastró parte del polvo y del sudor acumulados durante la jornada.

  La piel le ardía donde la túnica había rozado durante horas.

  Tenía sed.

  Las piernas le dolían.

  Pero apenas prestó atención a aquellas molestias.

  Regresó junto al niño.

  Su esposa había preparado algo para comer.

  David intentó sentarse.

  Tomó un poco de alimento.

  Masticó.

  Pero no tenía apetito.

  Escuchaba cada tos.

  Cada movimiento.

  Cada cambio en la respiración del pequeño.

  Finalmente dejó la comida.

  Se acercó nuevamente.

  El niño estaba despierto.

  —Padre, ¿mañana vas a trabajar?

  David lo miró.

  No esperaba aquella pregunta.

  —No pienses en eso ahora.

  El niño volvió a toser.

  Después habló en voz baja.

  —Íbamos a terminar mi casa.

  David sintió un nudo en la garganta.

  Miró hacia la pared.

  Allí estaban los pequeños pedazos de madera.

  La construcción que habían comenzado juntos.

  La misma que el niño había cuidado durante varios días.

  David tomó su mano.

  Estaba caliente.

  —La terminaremos cuando te sientas mejor.

  El pequeño cerró los ojos.

  Su esposa se acercó.

  Ambos permanecieron junto a él.

  La niña menor dormía cerca.

  De vez en cuando se movía y volvía a acomodarse.

  La lámpara iluminaba débilmente la habitación.

  David escuchó la tos de su hijo.

  Después un silencio.

  Luego otra tos.

  Se inclinó para observar cómo respiraba.

  Su esposa lo miró.

  —Necesitas descansar.

  David negó con la cabeza.

  —Todavía no.

  Ella conocía aquella expresión.

  Era la misma que aparecía cuando algo preocupaba profundamente a su marido.

  David volvió a tocar la frente del niño.

  Seguía caliente.

  Miró las monedas que había traído de Séforis.

  Había esperado guardar una pequeña parte.

  Quizá reparar alguna cosa de la casa.

  Quizá comprar lo que necesitaban para los próximos días.

  Ahora pensaba en buscar ayuda si la fiebre continuaba.

  Y en lo que costaría.

  Pero el dinero no era lo que más le preocupaba.

  Era la posibilidad de que su hijo empeorara.

  Durante la jornada había sentido que el calor le robaba las fuerzas.

  Había visto a un trabajador caer de rodillas.

  Había caminado kilómetros con los pies doloridos.

  Y había deseado llegar a casa para descansar.

  Ahora estaba sentado junto a su hijo enfermo.

  Y habría dado cualquier cosa por cambiar su cansancio por la salud del pequeño.

El hombre que no podía dormir

  La noche avanzó.

  El niño consiguió dormir durante algunos momentos.

  Después volvió a despertar tosiendo.

  David se levantaba cada vez que lo escuchaba.

  Su esposa también.

  Ambos se turnaron para permanecer cerca de él.

  En una ocasión, David se sentó junto a la puerta.

  Necesitaba respirar aire fresco.

  La noche estaba tranquila.

  Desde las colinas llegaba una brisa suave.

  El calor del día había comenzado a desaparecer.

  David apoyó la espalda contra el muro.

  Sintió inmediatamente el dolor de los músculos.

  Las manos estaban ásperas.

  Los pies todavía le ardían.

  Y la cabeza parecía pesarle.

  Cerró los ojos.

  Por un instante estuvo a punto de dormirse.

  Entonces escuchó toser al niño.

  Abrió los ojos.

  Se levantó.

  Y regresó al interior.

  Su esposa estaba junto al pequeño.

  David se arrodilló a su lado.

  Le acarició el cabello.

  El niño abrió ligeramente los ojos.

  —¿Padre?

  —Aquí estoy.

  El pequeño volvió a cerrarlos.

  David permaneció allí.

  No sabía cuánto duraría aquella enfermedad.

  No sabía si al día siguiente podría salir a trabajar.

  No sabía si Natán lo contrataría nuevamente.

  Y tampoco sabía cuánto dinero necesitarían si su hijo no mejoraba.

  Pero en aquel momento ninguna de esas preguntas tenía respuesta.

  Solamente podía permanecer junto a él.

  Su esposa apoyó una mano sobre su hombro.

  David levantó la mirada.

  Ambos estaban cansados.

  Ambos tenían miedo.

  Y ambos intentaban no mostrarlo delante del niño.

  La lámpara comenzaba a consumir el aceite.

  Afuera, Nazaret dormía.

  David miró hacia sus herramientas, colocadas junto a la puerta.

  Dentro de unas horas tendría que decidir si salía nuevamente hacia Séforis.

  Sus manos todavía dolían por el trabajo.

  Su espalda estaba agotada.

  Y los pies parecían no haberse recuperado del camino.

  Pero todo aquel sufrimiento le pareció pequeño cuando volvió a tocar la frente caliente de su hijo.

  Había pasado el día luchando contra el sol.

  Había recordado mañanas en que el frío parecía romperle los dedos.

  Y ahora enfrentaba algo contra lo que sus herramientas no podían ayudarlo.

  Podía trabajar la madera. Podía mover piedras. Podía soportar el calor y el frío.

  Pero no podía ordenar que la fiebre abandonara el cuerpo de su hijo.

  David permaneció despierto.

  Y cuando la oscuridad comenzó a palidecer detrás de las colinas, todavía estaba sentado junto al pequeño.

  El nuevo día se acercaba.

  Con sus caminos.

  Sus jornales inciertos.

  Sus herramientas.

  Y una pregunta que David no sabía cómo responder:

  ¿Cómo salir a buscar el pan cuando el corazón le pedía quedarse junto a su hijo?

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).

   Y aquel Verbo se hizo carne y quizás mucha veces quizo quedarse en casa d descansar pero no pudo porque la necesidades de su hogar no s elo permitían.

Continuara en el capitulo 7

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.