05. El pan de los trabajadores

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

 

 David despertó con la sensación de que algo había quedado pendiente.

  No era el dolor de la espalda, aunque todavía lo acompañaba. Tampoco eran las manos irritadas por las cuerdas ni las piernas que parecían haber envejecido varios años durante las últimas jornadas.

  Era la herramienta.

  Permanecía junto a su bolsa, exactamente donde la había dejado la noche anterior.

  David la tomó y la acercó a la lámpara.

  Movió cuidadosamente el mango.

  La cabeza metálica cedió ligeramente.

  Frunció el ceño.

  Había esperado que, después de descansar, pudiera encontrar una solución sencilla. Pero la madera estaba demasiado desgastada cerca de la unión.

  Necesitaba reemplazarla.

  —¿Todavía no puedes arreglarla?

  Su esposa estaba junto al lugar donde guardaban el pan.

  David negó con la cabeza.

  —Necesito un pedazo de madera resistente. Si encuentro uno adecuado, puedo preparar otro mango.

  —¿Y cuánto costará?

  David guardó silencio.

  Aquella era precisamente la pregunta que había intentado evitar desde la tarde anterior.

  —Depende de lo que consiga.

  Su esposa se acercó y examinó la herramienta.

  —Entonces no la lleves.

  —Quizá pueda repararla durante el descanso.

  —¿Con qué madera?

  David la miró.

  Ella levantó ligeramente las cejas.

  —Eso pensé.

  Él sonrió con resignación.

  Había trabajado la madera durante años. Sabía preparar un mango, ajustar una unión y reparar una pieza dañada. Pero ni siquiera el mejor artesano podía fabricar una herramienta sin el material necesario.

  Aquel era uno de los problemas de su oficio.

  Los hombres como David eran conocidos como tektones: carpinteros y constructores capaces de trabajar la madera y, según sus habilidades, participar también en obras de piedra. Podían preparar vigas, fabricar puertas, reparar herramientas, levantar estructuras y colaborar en la construcción de viviendas.

  En una aldea como Nazaret, donde nadie podía permitirse contratar a un especialista para cada pequeña necesidad, un buen tekton debía saber resolver muchos problemas con pocas herramientas.

  Pero había algo que ningún conocimiento podía cambiar.

  Si una herramienta se rompía y no había dinero para repararla, el oficio entero podía quedar detenido.

  David dejó la pieza dañada dentro de la bolsa.

  Su esposa comenzó a envolver el alimento que llevaría.

  Él observó que había preparado una porción mayor que los días anteriores.

  —Es demasiado —dijo.

  —Ayer llegaste con mucha hambre.

  —Tú también necesitas comer.

  Ella terminó de envolverlo.

  —Hay suficiente para esta mañana.

  David la observó.

  Conocía aquella respuesta.

  No significaba necesariamente que hubiera abundancia.

  Significaba que ella ya había calculado lo que podían utilizar.

  Y quizá también lo que tendría que dejar de comer.

  —Mírame —le dijo él.

  Su esposa levantó la cabeza.

  David partió el pan en dos porciones.

  Dejó una sobre la superficie cercana.

  —Esto se queda aquí.

  —David…

  —No voy a comer mientras camino sabiendo que tú te quedaste con menos.

  Ella lo contempló durante unos instantes.

  Después tomó el pan.

  No discutió.

  David recogió sus herramientas.

  Antes de salir, se acercó a donde dormían los niños.

  Su hijo mayor tenía una mano extendida sobre las pequeñas piezas de madera con las que habían jugado la noche anterior.

  David acomodó suavemente la tela que lo cubría.

  El niño se movió.

  —¿Padre?

  —Duerme. Todavía es temprano.

  —¿Vas a construir otra casa?

  David sonrió.

  —Eso espero.

  —Cuando regreses, quiero enseñarte la mía.

  —La veré.

  El niño cerró los ojos.

  David permaneció junto a él un instante más.

  Después abrió la puerta.

  El aire frío de la madrugada le rozó el rostro.

  Nazaret todavía dormía.

  Pero él debía comenzar nuevamente el camino hacia Séforis.

Los hombres que regresaban

  Cuando David llegó a la construcción, el cielo ya estaba iluminado.

  El ruido de los animales, las voces de los vendedores y los golpes que llegaban desde otras obras anunciaban que la ciudad había despertado.

  Junto a la entrada esperaba un grupo de trabajadores.

  Algunos sostenían bolsas de herramientas.

  Otros conversaban en voz baja.

  Varios miraban continuamente hacia el interior, esperando que apareciera alguien con autoridad para contratarlos.

  David reconoció a Simón.

  El muchacho estaba junto al muro.

  También vio a Joel.

  El joven que había estado a punto de perder una mano durante el traslado de las piedras permanecía sentado, examinándose los dedos.

  David se acercó.

  —Buenos días.

  Joel levantó la cabeza.

  —Buenos días.

  —¿Cómo está esa mano?

  El muchacho la abrió y cerró varias veces.

  —Todavía la tengo.

  David sonrió.

  —Procura conservarla.

  —Rubén ya me lo recordó tres veces.

  —Entonces seguramente lo recordarás.

  Simón soltó una carcajada.

  Joel también sonrió, aunque todavía parecía avergonzado por lo ocurrido.

  David dejó su bolsa junto al muro.

  Observó a los hombres que esperaban.

  Había rostros conocidos.

  Pero también otros que no había visto antes.

  Algunos eran jóvenes.

  Otros tenían el cabello gris y las manos deformadas por años de trabajo.

  Todos habían llegado con la misma esperanza.

  Que alguien necesitara sus servicios.

  Que hubiera suficientes tareas.

  Que al terminar la jornada pudieran llevar algo a sus hogares.

  Natán apareció poco después.

  Llevaba una cuerda de medir enrollada y caminaba con la expresión seria de siempre.

  Observó al grupo.

  —Joel.

  El muchacho se levantó inmediatamente.

  —Simón.

  Simón recogió sus herramientas.

  David sintió una inquietud familiar.

  Había trabajado dos días seguidos.

  Pero aquello no le garantizaba un tercero.

  Natán volvió a mirar a los hombres.

  —David.

  Él se adelantó.

  —Hoy trabajarás con nosotros.

  David sintió que una tensión desaparecía de sus hombros.

  Tres días.

  Tres jornadas consecutivas.

  Aquello comenzaba a parecer una oportunidad verdadera.

  Mientras entraba, observó a los hombres que todavía esperaban.

  Uno de ellos era mayor.

  Tenía el cabello gris, la espalda ligeramente encorvada y una bolsa de herramientas tan gastada que parecía haber sido reparada muchas veces.

  Natán lo reconoció.

  —Efraín. Ven también.

  El hombre se incorporó lentamente.

  David se hizo a un lado para dejarlo pasar.

  —Buenos días —dijo Efraín.

  —Buenos días.

  Caminaron juntos hacia el interior.

  David observó sus manos.

  Eran grandes.

  Los dedos estaban ligeramente torcidos.

  Y las uñas mostraban señales de muchos años de trabajo.

  El hombre caminaba despacio, pero sus ojos recorrían la construcción con la seguridad de quien había pasado gran parte de su vida entre piedras, madera y herramientas.

  David comprendió que aquel hombre tenía algo que él todavía necesitaba adquirir.

  Experiencia.

  Y mucha.

El hombre que conocía las piedras

  La primera tarea de aquella mañana consistía en preparar una sección de la construcción donde debían colocarse varias piezas.

  Natán dividió a los trabajadores.

  Rubén quedó encargado de supervisar el traslado de materiales.

  Joel y Simón ayudarían a despejar el lugar.

  David debía preparar algunos elementos de madera que servirían durante el trabajo.

  Efraín fue enviado a revisar varias piedras que necesitaban ajustes.

  David comenzó a trabajar.

  Después de un rato escuchó golpes breves y regulares cerca de donde estaba.

  Levantó la cabeza.

  Efraín examinaba una piedra.

  No golpeaba con fuerza innecesaria.

  Se detenía.

  Observaba la superficie.

  Volvía a colocar la herramienta.

  Y golpeaba nuevamente.

  Cada movimiento parecía calculado.

  David lo contempló durante unos instantes.

  Había visto hombres jóvenes golpear una piedra repetidamente hasta cansarse.

  Efraín parecía conseguir mejores resultados utilizando menos movimientos.

  Cuando terminó una de las piezas, el hombre se enderezó lentamente.

  Apoyó una mano sobre la parte baja de la espalda.

  Permaneció así unos instantes.

  Después tomó otra piedra.

  David se acercó cuando tuvo oportunidad.

  —Trabajas con mucha precisión.

  Efraín levantó la vista.

  —He tenido tiempo para aprender.

  David sonrió.

  —¿Cuántos años llevas en el oficio?

  El hombre miró sus manos.

  —Más de los que quisiera recordar.

  Ambos rieron brevemente.

  Efraín volvió a observar la piedra.

  —Cuando era joven pensaba que trabajar bien significaba golpear más fuerte que los demás.

  Le mostró una pequeña irregularidad.

  —Después aprendí que primero hay que saber dónde golpear.

  David observó cómo colocaba la herramienta.

  Efraín dio un golpe preciso.

  Un fragmento pequeño se desprendió.

  La superficie quedó más uniforme.

  David comprendió lo que quería decir.

  —Con la madera sucede algo semejante.

  —Con casi todo —respondió Efraín.

  El hombre volvió a trabajar.

  David regresó a sus piezas.

  Pero comenzó a observarlo con mayor interés.

  Había algo admirable en aquellos movimientos tranquilos.

  Efraín ya no tenía la fuerza de un hombre joven.

  Sin embargo, poseía una experiencia que no podía adquirirse en unos cuantos meses.

  Y aquella experiencia seguía siendo necesaria.

El descanso

  Cuando Natán anunció una pausa para comer, David sintió que el estómago le respondía inmediatamente.

  Había trabajado desde temprano.

  El hambre se había instalado lentamente, hasta convertirse en una molestia constante.

  Recogió sus herramientas y buscó un lugar donde sentarse.

  Encontró sombra junto a un muro que todavía no estaba terminado.

  Allí se habían reunido varios trabajadores.

  Rubén estaba sentado sobre una piedra grande.

  Joel y Simón se acomodaban cerca de él.

  Efraín había dejado su bolsa en el suelo y descansaba con la espalda apoyada contra el muro.

  David se acercó.

  —¿Hay lugar?

  Rubén señaló una piedra.

  —Si puedes sentarte después de lo de ayer.

  David dejó escapar una risa.

  Se acomodó lentamente.

  Las piernas protestaron al doblarse.

  Rubén lo observó.

  —Mañana dolerá menos.

  —Eso espero.

  —O te acostumbrarás a que duela.

  Simón comenzó a reír.

  Efraín negó con la cabeza.

  —No le hagas caso. Rubén se queja incluso cuando no le duele nada.

  Los hombres rieron.

  Rubén levantó una mano, fingiendo indignación.

  —Yo no me quejo. Solamente digo la verdad.

  David comenzó a sentirse cómodo entre ellos.

  Durante las primeras jornadas había pasado gran parte del tiempo preocupado por demostrar que sabía trabajar.

  Ahora podía sentarse junto a aquellos hombres sin sentir que todos lo estaban examinando.

  Abrió su bolsa.

  Sacó el pan que su esposa había preparado.

  Lo desenvolvió cuidadosamente.

  Había quedado algo aplastado durante el camino.

  David partió un trozo.

  Se lo llevó a la boca.

  El pan estaba seco, pero el hambre lo hacía agradable.

  A su alrededor, los hombres comenzaron a comer.

  Rubén tenía pan y unas pocas aceitunas.

  Joel sacó una pequeña porción de alimento que había envuelto en tela.

  Simón comenzó a comer en silencio.

  Efraín abrió su bolsa y examinó lo que llevaba.

  Durante unos instantes nadie habló demasiado.

  El hambre parecía haber impuesto una tregua.

  Desde otras partes de la construcción continuaban escuchándose golpes aislados.

  Algunos hombres todavía trabajaban.

  Otros buscaban sombra.

  Una mosca se posó sobre la mano de David.

  Él la espantó.

  Bebió agua.

  Estaba tibia.

  Pero le alivió la garganta.

  Después volvió a comer.

  Fue entonces cuando comenzó a conocer verdaderamente a sus compañeros.

Dos ancianos en una casa pequeña

  Efraín había terminado de comer una parte de su pan.

  Guardó cuidadosamente el resto.

  David lo observó.

  —¿No tienes hambre?

  El hombre sonrió.

  —Siempre tengo hambre a esta hora.

  —Entonces come.

  Efraín acomodó el pan dentro de la tela.

  —Lo guardaré para después.

  David no insistió.

  Pero Rubén, que parecía conocerlo desde hacía tiempo, intervino.

  —Efraín guarda comida hasta cuando está dormido.

  El hombre mayor lo miró.

  —Y tú hablas demasiado.

  Simón se rio.

  David también sonrió.

  Efraín terminó de envolver el pan.

  Después explicó que vivía con sus padres.

  David levantó la mirada.

  —¿Tus padres viven todavía?

  —Los dos.

  Había una satisfacción tranquila en su voz.

  —Mi padre ya no puede trabajar. Le cuesta levantarse y caminar. Mi madre todavía hace algunas cosas en casa, pero sus manos le duelen mucho.

  David observó los dedos deformados de Efraín.

  Pensó en lo que significaría envejecer después de tantos años de esfuerzo.

  —¿Tienes hermanos?

  —Tuve dos. Uno murió hace años. El otro vive lejos y tiene su propia familia.

  Efraín tomó un poco de agua.

  —Así que vivimos los tres.

  David permaneció en silencio.

  Había imaginado que aquel hombre trabajaba para sostenerse a sí mismo.

  Ahora comprendía que de su jornal dependían otras dos personas.

  —Mi madre siempre pregunta si comí suficiente —continuó Efraín—. Aunque apenas puede caminar hasta donde guardamos el pan.

  Sonrió al recordarlo.

  —Cuando regreso, lo primero que hace es mirarme las manos. Cree que todavía soy un muchacho y que puedo lastimarme por no tener cuidado.

  Rubén soltó una carcajada.

  —Pues no se equivoca.

  Efraín lo señaló con un dedo.

  —Algún día tú también tendrás mi edad.

  —Eso espero —respondió Rubén.

  La conversación quedó suspendida unos instantes.

  David volvió a mirar el pan que Efraín había guardado.

  Comprendió que quizá no lo reservaba solamente para más tarde.

  No preguntó.

  Había cosas que un hombre podía explicar si deseaba hacerlo.

  Y otras que merecían permanecer en silencio.

  Efraín se acomodó contra el muro.

  Cerró los ojos durante unos instantes.

  Su rostro mostraba arrugas profundas alrededor de la boca.

  David pensó en su propio futuro.

  Si Dios le concedía muchos años, quizá algún día tendría las manos como aquel hombre.

  Y quizá todavía necesitaría salir a trabajar.

  La idea le produjo una inquietud que no había sentido antes.

Los hijos de Rubén

  Rubén terminó una aceituna y escupió discretamente el hueso hacia un lugar apartado.

  Después se limpió los dedos.

  —Efraín mantiene a dos ancianos —dijo—. Yo mantengo a una multitud.

  Simón levantó la cabeza.

  —¿Cuántos hijos tienes?

  Rubén sonrió.

  —Cinco.

  David lo miró con sorpresa.

  —¿Cinco?

  —Y todos comen.

  Los hombres comenzaron a reír.

  Rubén extendió los dedos de una mano.

  —El mayor ya cree que sabe más que yo. El siguiente pregunta por qué tenemos que hacer las cosas como las hacemos. La tercera quiere saberlo todo. Y los dos pequeños…

  Se detuvo.

  Movió la cabeza.

  —Esos dos no dejan nada en su lugar.

  David sonrió.

  Reconocía aquella clase de desorden.

  Rubén continuó hablando.

  Contó que su esposa pasaba buena parte del día preparando comida, cuidando a los pequeños y tratando de mantener la casa en orden.

  El mayor comenzaba a ayudar en algunas tareas.

  Pero todavía necesitaba aprender.

  —Ayer rompieron un recipiente —añadió Rubén.

  David levantó las cejas.

  —¿Los pequeños?

  —¿Quién más?

  Simón se rio.

  Rubén negó con la cabeza.

  —Mi esposa estaba guardando agua. Uno de ellos tropezó, empujó al otro y el recipiente terminó en el suelo.

  David imaginó la escena.

  El agua derramándose.

  Los niños asustados.

  La madre contemplando los pedazos.

  Rubén continuó:

  —Ahora necesito conseguir otro.

  David dejó de sonreír.

  Sabía lo que significaba reemplazar un objeto necesario.

  No era solamente comprar algo nuevo.

  Era decidir qué otra cosa tendría que esperar.

  Rubén tomó el último pedazo de pan.

  —Por eso no me gusta perder días de trabajo.

  Lo dijo sin dramatismo.

  Como quien expresa una verdad conocida.

  David recordó las veces que Rubén había parecido impaciente durante el traslado de las piedras.

  Sus órdenes bruscas.

  Su preocupación por terminar rápidamente.

  Su disgusto cuando alguien retrasaba el trabajo.

  Hasta ese momento había pensado que Rubén era simplemente un hombre difícil.

  Ahora comenzaba a comprenderlo.

  Cinco hijos.

  Una esposa.

  Una casa que mantener.

  Y un recipiente roto que debía reemplazar.

  Cada retraso en la construcción podía convertirse en una preocupación dentro de su hogar.

  David miró sus propias manos.

  También él había llegado a Séforis con necesidades semejantes.

  Y también él sentía impaciencia cuando algo amenazaba su jornal.

El muchacho que todavía aprendía

  Simón había permanecido callado durante buena parte de la conversación.

  David lo observó.

  El joven estaba sentado con las rodillas dobladas, sosteniendo entre los dedos un pequeño trozo de pan.

  Parecía escuchar con atención las historias de los hombres mayores.

  —¿Y tú? —preguntó David—. ¿Tienes familia en Séforis?

  Simón negó con la cabeza.

  Vivía con su madre y dos hermanos menores en una aldea cercana.

  Su padre había muerto hacía algún tiempo.

  Desde entonces había tenido que buscar maneras de contribuir al sostenimiento de la casa.

  Había trabajado en tareas agrícolas y transportando materiales.

  Pero deseaba aprender un oficio que le permitiera conseguir trabajo con mayor regularidad.

  David comprendió de pronto la impaciencia del muchacho.

  No era solamente orgullo.

  Simón necesitaba demostrar que podía ser útil.

  Y necesitaba hacerlo pronto.

  —Mi hermano menor pregunta cuándo podré llevarlo a ver la ciudad —dijo Simón.

  Rubén sonrió.

  —Cuando conozcas mejor los caminos.

  El muchacho respondió con una sonrisa tímida.

  —Le digo que algún día lo traeré.

  David imaginó a un niño esperando escuchar las historias de su hermano mayor.

  Pensó en su propio hijo.

  En las preguntas que le hacía sobre la construcción.

  En su deseo de aprender a trabajar la madera.

  Y sintió una cercanía inesperada con aquel joven.

  Simón todavía no tenía esposa ni hijos.

  Pero también había personas que dependían de él.

  Y también regresaba a casa preguntándose si habría trabajo al día siguiente.

  David tomó un pedazo de su pan.

  Lo partió.

  Le ofreció una porción al muchacho.

  Simón lo miró.

  —Tengo suficiente.

  David observó el pequeño resto que sostenía.

  —Yo también.

  El joven dudó.

  Después aceptó.

  —Gracias.

  David volvió a comer.

  No había hecho nada extraordinario.

  Solamente había compartido un poco de pan.

  Pero sintió que aquella comida los había acercado más que todas las horas de trabajo anteriores.

Las historias que nadie veía

  Durante el resto del descanso, los hombres continuaron conversando.

  Rubén habló de su hijo mayor, que comenzaba a discutir con él porque deseaba tomar sus propias decisiones.

  Efraín recordó una ocasión en que su padre todavía podía acompañarlo al trabajo.

  Simón contó que su hermano menor había intentado construir una pequeña carreta utilizando ramas.

  David habló de sus propios hijos.

  Les contó cómo el mayor había reunido pedazos de madera para construir una casa pequeña.

  Y cómo su hija menor había derribado la estructura justo cuando parecía sostenerse.

  Rubén soltó una carcajada tan fuerte que varios trabajadores volvieron la cabeza.

  —Eso hacen los pequeños —dijo—. Uno pasa horas preparando algo y ellos lo destruyen en un instante.

  David sonrió.

  Recordó la risa de su hija.

  El abrazo con que lo había recibido al regresar.

  La manera en que su hijo observaba sus manos cuando trabajaba.

  Durante unos instantes deseó estar en casa.

  No porque quisiera abandonar la construcción.

  Sino porque comprendía cuánto de su vida transcurría lejos de aquellos a quienes más amaba.

  Salía cuando todavía dormían.

  Regresaba cuando el día estaba terminando.

  Y muchas veces apenas tenía fuerzas para escucharlos.

  Sin embargo, necesitaba trabajar precisamente por ellos.

  David miró a sus compañeros.

  Efraín guardaba cuidadosamente lo que quedaba de su alimento.

  Rubén hablaba de sus hijos con una mezcla de cansancio y orgullo.

  Simón escuchaba, todavía con aquella expresión de muchacho que intentaba encontrar su lugar entre los hombres.

  Hasta entonces David había visto principalmente sus cuerpos trabajando.

  Los brazos de Rubén levantando cargas.

  Las manos de Efraín golpeando piedra.

  Los movimientos rápidos de Simón.

  Ahora comenzaba a imaginar lo que ocurría cuando abandonaban la construcción.

  Las casas a las que regresaban.

  Las personas que los esperaban.

  Las conversaciones alrededor de una comida sencilla.

  Las preocupaciones que aparecían cuando faltaba dinero.

  Cada hombre llevaba consigo una historia que no podía verse desde el exterior.

  Y ninguna de aquellas historias terminaba cuando el capataz anunciaba el final de la jornada.

La herramienta de David

  Antes de que terminara el descanso, David recordó la herramienta dañada.

  La sacó de su bolsa.

  Examinó nuevamente el mango.

  Efraín lo observó.

  —¿Qué le ocurrió?

  David se la mostró.

  El hombre mayor la sostuvo cuidadosamente.

  Movió la unión.

  Después examinó la madera.

  —Está demasiado gastada.

  —Pensaba cambiar el mango.

  Efraín asintió.

  —Es lo mejor.

  Rubén se acercó para observar.

  —Si continúas utilizándola así, terminarás golpeándote la mano.

  David guardó silencio.

  Lo sabía.

  Pero necesitaba encontrar una solución que no consumiera demasiado dinero.

  Efraín le devolvió la herramienta.

  —Tengo un pedazo de madera que quizá pueda servirte.

  David levantó la cabeza.

  —¿Dónde?

  —En casa. Lo guardé después de reparar una herramienta mía.

  David sintió esperanza.

  —¿Crees que podrías traerlo?

  —Mañana, si vuelvo a conseguir trabajo.

  Aquellas últimas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

  David había comenzado a olvidar que Efraín tampoco tenía asegurado el siguiente jornal.

  El hombre mayor sonrió ligeramente.

  —Si nos encontramos, lo revisamos.

  David asintió.

  —Te lo agradecería mucho.

  Efraín se acomodó para levantarse.

  —Entre trabajadores tenemos que ayudarnos cuando podemos.

  Rubén observó la herramienta.

  —Y mientras tanto, no la utilices.

  David sonrió.

  —Ya me lo han dicho.

  —Entonces quizá sea verdad.

  Los hombres rieron.

  Poco después, Natán llamó a los trabajadores.

  El descanso había terminado.

  David guardó cuidadosamente la herramienta.

  Se levantó.

  Las piernas estaban rígidas.

  Pero se sentía diferente.

  Había llegado a aquella construcción como un desconocido.

  Ahora comenzaba a tener compañeros cuyos nombres conocía.

  Y cuyas preocupaciones empezaba a comprender.

La tarde entre piedras y madera

  El trabajo continuó bajo un sol intenso.

  David ayudó a preparar varias piezas que debían colocarse en una sección de la construcción.

  Natán supervisaba el avance.

  Rubén dirigía el movimiento de materiales.

  Joel y Simón transportaban herramientas y ayudaban donde se les necesitaba.

  Efraín continuaba ajustando piedras.

  Durante la tarde, David comenzó a observar pequeños cambios en la manera en que trabajaban juntos.

  Rubén ya no necesitaba explicarle cada movimiento.

  Cuando una carga debía trasladarse, David comprendía rápidamente dónde colocarse.

  Joel comenzó a esperar las indicaciones antes de aplicar fuerza.

  Y Efraín, cuando encontraba una dificultad, llamaba a David para que observara la posición de alguna pieza de madera.

  No eran grandes acontecimientos.

  Pero hacían que el trabajo avanzara con mayor facilidad.

  En una ocasión Natán se acercó para revisar una tarea.

  Observó las piezas preparadas.

  Después miró a los hombres.

  —Así está bien. Continúen.

  Rubén sonrió discretamente.

  David también sintió satisfacción.

  Había algo agradable en trabajar con personas que comenzaban a comprenderse sin necesidad de discutir cada movimiento.

  Sin embargo, la jornada seguía siendo pesada.

  El calor aumentó durante la tarde.

  David sintió que la espalda comenzaba a dolerle nuevamente.

  La túnica estaba húmeda.

  Tenía sed.

  Y todavía faltaba trabajo.

  En un momento de descanso breve, observó a Efraín enderezarse lentamente.

  El hombre mayor apoyó una mano sobre la rodilla.

  Su rostro mostró una expresión de dolor.

  David se acercó.

  —¿Estás bien?

  Efraín respiró profundamente.

  —Las piernas ya no obedecen como antes.

  David miró hacia Natán.

  —¿Necesitas sentarte?

  El hombre negó con la cabeza.

  —Dentro de un momento.

  Después volvió a su tarea.

  David lo observó.

  Pensó en sus padres ancianos.

  En la casa donde lo esperaban.

  Y en la razón por la que continuaba trabajando a pesar de su edad.

  Aquella imagen permaneció en su pensamiento durante el resto de la tarde.

El camino compartido

  Al terminar la jornada, David recibió su jornal.

  Guardó las monedas.

  Después recogió sus herramientas.

  Cuando salió de la construcción, encontró a Simón cerca de la entrada.

  El muchacho estaba ajustando una correa de su bolsa.

  —¿Vas hacia Nazaret? —preguntó.

  —Sí.

  —Caminaré contigo hasta el cruce.

  David asintió.

  Comenzaron a andar.

  La ciudad continuaba llena de movimiento.

  Algunos comerciantes recogían sus mercancías.

  Los animales avanzaban entre las personas.

  Desde una vivienda llegaba el olor de comida recién preparada.

  David sintió hambre nuevamente.

  Simón caminaba a su lado.

  Durante un rato hablaron de la construcción.

  Después el muchacho mencionó a su madre.

  Había prometido llevarle algo que necesitaban para la casa.

  David lo escuchó.

  Recordó las monedas que llevaba guardadas.

  También él tenía cosas que comprar.

  Y una herramienta que reparar.

  Al llegar al cruce, Simón se detuvo.

  —Mañana intentaré llegar temprano.

  —Yo también.

  El muchacho levantó una mano.

  David continuó solo.

  El camino hacia Nazaret se extendía entre las colinas.

  La luz del atardecer comenzaba a suavizarse.

  David sintió el cansancio de la jornada.

  Pero también una tranquilidad que no había experimentado durante los primeros días.

  Había conocido a hombres que compartían sus preocupaciones.

  Hombres que también necesitaban trabajar.

  Que también tenían familias.

  Que también se preguntaban cuánto duraría aquella oportunidad.

  Por primera vez, el camino de regreso le pareció menos solitario.

El pan que esperaba en casa

  Cuando llegó a Nazaret, sus hijos lo recibieron cerca de la vivienda.

  El mayor quiso mostrarle algo que había preparado con los pedazos de madera.

  David dejó las herramientas y se inclinó para observarlo.

  La pequeña estructura se sostenía mejor que la tarde anterior.

  El niño sonrió orgulloso.

  —Mira, padre. Ya no se cae.

  David examinó las piezas.

  —Has aprendido.

  El niño levantó la cabeza.

  —Como tú.

  David sintió una ternura profunda.

  Le acarició el cabello.

  Después entró en la casa.

  Su esposa estaba preparando la comida.

  El olor del pan llenaba la habitación.

  David dejó las monedas donde acostumbraban contarlas.

  Ella las observó.

  —¿Hubo trabajo otra vez?

  —Sí.

  Su esposa sonrió.

  David se sentó.

  Durante la comida les contó algunas cosas de sus compañeros.

  Habló de Efraín, el hombre mayor que mantenía a sus padres.

  De Rubén y sus cinco hijos.

  Y de Simón, que ayudaba a su madre y a sus hermanos.

  Su esposa lo escuchó con atención.

  —Todos tienen alguien por quien trabajar —comentó.

  David asintió.

  —Eso parece.

  Después le habló de la herramienta.

  Le explicó que Efraín quizá podría conseguirle un pedazo de madera para preparar un mango nuevo.

  Su esposa pareció aliviada.

  —Entonces tal vez no tengamos que gastar tanto.

  —Tal vez.

  David no quiso asegurarlo.

  Todavía debía comprobar que la madera fuera adecuada.

  Pero aquella posibilidad les permitía conservar una pequeña esperanza.

  Después de comer, los niños comenzaron a jugar.

  David permaneció sentado observándolos.

  Su esposa recogió algunas cosas.

  La casa estaba tranquila.

  Durante unos instantes, David recordó la conversación junto al muro de la construcción.

  El pan compartido.

  Las risas.

  Las historias familiares.

  Y la manera en que Efraín había guardado cuidadosamente una parte de su comida.

  Pensó en aquel hombre regresando a una casa donde lo esperaban dos ancianos.

  En Rubén entrando en una vivienda llena de voces infantiles.

  Y en Simón llevando a su madre lo que había conseguido durante el día.

  David miró a su propia familia.

  Comprendió que todos ellos estaban unidos por algo más profundo que el trabajo.

  Cada mañana salían de sus casas porque había personas que dependían de ellos.

  Y cada tarde regresaban esperando haber conseguido lo suficiente para continuar.

  Su hijo mayor se acercó con la pequeña construcción de madera.

  David la tomó.

  La examinó.

  Después se la devolvió.

  —Mañana podemos intentar hacerla más grande.

  El niño sonrió.

  —¿Cuando regreses?

  David sintió una pequeña punzada de incertidumbre.

  No sabía a qué hora regresaría.

  Ni siquiera sabía si encontraría trabajo.

  Pero observó el rostro esperanzado de su hijo.

  —Cuando regrese —respondió.

  El niño volvió a jugar.

  David permaneció sentado.

  La luz de la lámpara iluminaba suavemente la habitación.

  Su esposa se acercó y se sentó junto a él.

  Durante unos instantes ninguno habló.

  David sintió el cansancio en las piernas.

  La espalda le dolía.

  Las manos estaban ásperas.

  Pero había comida en la casa.

  Sus hijos estaban bien.

  Y aquella noche podía descansar.

  Antes de acostarse, colocó sus herramientas junto a la puerta.

  Separó la que necesitaba reparación.

  La observó durante unos instantes.

  Después recordó las palabras de Efraín:

  Entre trabajadores tenemos que ayudarnos cuando podemos.

  David apagó la lámpara.

  Se acostó junto a su familia.

  Y mientras el sueño comenzaba a vencerlo, comprendió que aquel día no solamente había ganado unas monedas.

  Había comenzado a encontrar amigos entre hombres que, como él, salían cada mañana a buscar el pan de quienes amaban.

Y aquel Verbo se hizo carne y habito entre nosotros.

Y aquel verbo se hizo carne y también tuvo que relacionarse con otros trabajadores en el lugar que laboraba.

Continuará en el capítulo 6.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.