01. El sábado — Cuando Nazaret se detenía

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Éxodo 20:8-10

“Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios…”

Había un momento de la semana en que algo cambiaba en Nazaret.

No cambiaban las casas.

No desaparecían los campos.

Las herramientas seguían allí.

Los animales continuaban necesitando atención.

El cuerpo seguía siendo el mismo que había trabajado durante los días anteriores.

Pero llegaba el séptimo día.

Y había que detenerse.

Para nosotros, acostumbrados a fines de semana, vacaciones, horarios laborales y días de descanso establecidos por calendarios civiles, puede ser difícil sentir la profundidad de aquella experiencia.

Para Israel, el sábado no había nacido de una conquista laboral.

No era simplemente tiempo libre.

Guardar el sábado y asistir a la sinagoga era la costumbre de la familia de Jesús

Era un mandamiento.

Dios había ordenado trabajar seis días.

Y Dios había ordenado detenerse el séptimo.

Por eso el sábado no comenzaba cuando una persona terminaba todo lo que quería hacer.

Llegaba aunque todavía quedaran cosas pendientes.

Y quizá allí comenzaba una de sus lecciones más profundas.

Durante seis días el hombre trabajaba sobre el mundo.

En el séptimo tenía que reconocer que el mundo podía continuar sin su trabajo.

Antes de descansar había que prepararse

El descanso no eliminaba las necesidades de una casa.

La familia seguiría necesitando alimento.

Los objetos utilizados durante la semana seguían allí.

Había actividades que convenía terminar antes.

Por eso el día previo adquiría importancia.

Los Evangelios mismos utilizan la expresión “día de la preparación” para referirse al tiempo anterior al sábado.

Había que pensar por adelantado.

Terminar.

Organizar.

Preparar.

Aquello debía producir una sensación muy particular conforme avanzaba el día.

Todavía había trabajo, pero ahora existía un límite.

El sol no iba a esperar porque algo hubiera quedado pendiente.

Uno podía imaginar la actividad aumentando conforme se acercaba el final de la jornada.

Lo necesario debía quedar dispuesto.

Las personas regresaban.

Las labores ordinarias llegaban a su fin.

Y poco a poco el ritmo de la población comenzaba a cambiar.

No porque hubiera sonado una sirena.

Porque estaba cayendo el sol.

Para una sociedad sin relojes en las muñecas ni teléfonos indicando cada minuto, el cielo seguía marcando la vida.

La luz disminuía.

Las sombras se alargaban.

El día terminaba.

Y comenzaba el sábado.

Ahora había que dejarlo

Quizá ésta sea la parte que nosotros comprendemos menos.

Descansar cuando todo está terminado es relativamente fácil.

Pero casi nunca está todo terminado.

Siempre existe algo más que podría hacerse.

Otra reparación.

Otro trabajo.

Otra tarea.

Otra oportunidad para producir.

Otro asunto que resolver.

El sábado colocaba un límite.

Hasta aquí.

Las herramientas podían quedar donde estaban.

El campo tendría que esperar.

El trabajo pendiente seguiría pendiente.

Y para una familia que dependía del esfuerzo cotidiano, detenerse era también un acto de confianza.

Porque trabajar un día más podía parecer productivo.

Había alimento que conseguir.

Cosechas que atender.

Negocios que realizar.

Necesidades que cubrir.

Pero el mandamiento no decía:

“Descansa cuando puedas permitírtelo.”

Decía:

“El séptimo día es reposo para Jehová tu Dios.”

Había que soltar.

Quien trabaja mucho conoce lo difícil que puede ser hacerlo.

El cuerpo se sienta…

pero la mente continúa trabajando.

“Me faltó aquello.”

“Mañana debería…”

“Podría haber terminado…”

El sábado enseñaba a detener también esa carrera.

Durante unas horas, el valor de una persona no dependería de cuánto pudiera producir.

Descansaba también quien normalmente tenía menos poder

Hay un detalle extraordinario en el mandamiento.

El descanso no era solamente para el jefe de la casa.

Éxodo dice:

“…no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia…”

—Éxodo 20:10.

El padre descansaba.

Pero también el hijo.

La hija.

El siervo.

La criada.

Incluso los animales utilizados para el trabajo.

Deuteronomio añade una explicación profundamente humana:

“…para que descanse tu siervo y tu criada como tú.”

—Deuteronomio 5:14.

Como tú.

En una sociedad desigual, aquellas dos palabras tenían una fuerza enorme.

El hombre con recursos no podía decir:

“Yo descansaré; tú continúa trabajando para mí.”

Había un límite colocado por Dios incluso sobre el derecho de exigir trabajo a otro.

El sábado llegaba también para el que servía.

Para el trabajador.

Para quien estaba bajo autoridad.

Durante seis días podían existir enormes diferencias sociales.

Pero el séptimo recordaba que todos eran criaturas.

Y las criaturas necesitan detenerse.

El cuerpo también conocía la diferencia

Pensemos ahora en la experiencia física.

Después de varios días de trabajo, despertar sabiendo que aquella jornada sería diferente debía sentirse.

No había que comenzar exactamente la misma rutina.

El hombre acostumbrado a tomar sus herramientas podía dejarlas.

El cuerpo que había cargado, caminado, cortado, sembrado, construido o transportado podía disminuir el esfuerzo.

Las manos descansaban.

La espalda descansaba.

Los pies descansaban.

Para alguien que trabajaba físicamente seis días, eso no era una idea teológica abstracta.

El descanso se sentía en el cuerpo.

Quizá había músculos doloridos de la semana.

Alguna molestia en las manos.

Cansancio acumulado.

Y ahora no había que volver inmediatamente a exigirles lo mismo.

El sábado decía al cuerpo:

Hoy no.

Y quizá por unas horas una persona podía descubrir cuánto cansancio llevaba encima precisamente porque finalmente se había detenido.

Eso nos ocurre todavía.

Hay veces que solamente cuando descansamos descubrimos lo agotados que estábamos.

La comida también podía sentirse diferente

La familia tenía que comer.

Pero el día no debía convertirse en otra jornada ordinaria de trabajo doméstico.

Por eso parte de la preparación anterior tenía sentido.

No necesitamos inventar para la familia de Jesús un menú específico ni trasladar hacia ella todas las costumbres sabáticas documentadas en épocas posteriores.

Basta comprender lo esencial.

Había alimento.

Había familia.

Había tiempo.

Y algo que durante la semana podía hacerse apresuradamente podía ahora experimentarse de otra manera.

Comer sin tener que regresar inmediatamente al trabajo cambia una comida.

Uno puede permanecer.

Hablar.

Escuchar.

Los niños están allí.

Los adultos también.

No todos tienen que salir corriendo hacia una obligación.

Para una familia numerosa, seguramente seguía existiendo movimiento.

Los niños no dejaban de ser niños porque fuera sábado.

Podía haber ruido.

Conversaciones.

Pequeñas diferencias.

Cansancio.

La santidad del día no convertía una casa humana en una escena perfecta.

Pero el ritmo era otro.

Había tiempo para estar.

También estaba la sinagoga

Ya hemos entrado anteriormente en ella, por lo que no necesitamos repetir cómo funcionaba.

Aquí basta recordar una frase de Lucas:

“Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el día de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre…”

—Lucas 4:16.

El sábado tenía una dimensión comunitaria y religiosa.

La Escritura era escuchada.

La comunidad se reunía.

Israel recordaba quién era y quién era su Dios.

Pero sería un error reducir todo el sábado a la asistencia a la sinagoga.

El día era más grande que la reunión.

Era tiempo apartado.

Desde su comienzo hasta su final, el ritmo ordinario había sido interrumpido.

No debemos llenar Nazaret con costumbres posteriores

Aquí necesitamos hacer una pausa histórica importante.

Cuando hoy estudiamos el sábado judío encontramos una tradición enormemente rica y detallada.

El judaísmo rabínico desarrolló extensas discusiones acerca de qué constituía trabajo, qué estaba permitido, qué estaba prohibido y cómo debía observarse el día.

Muchas de esas tradiciones son fundamentales para comprender el judaísmo posterior.

Pero no podemos tomar automáticamente todo ese desarrollo y colocarlo dentro de la casa de José y María como si pudiéramos demostrar que cada práctica posterior se observaba exactamente de la misma manera en Nazaret durante la infancia de Jesús.

En los días de Jesús ya existían interpretaciones y debates acerca de la observancia del sábado.

Los propios Evangelios lo demuestran.

Pero el judaísmo del siglo primero no debe reconstruirse simplemente copiando hacia atrás toda la codificación rabínica de siglos posteriores.

Para nuestra historia es suficiente permanecer sobre terreno firme:

el sábado era santo.

Se descansaba del trabajo ordinario.

La comunidad se reunía.

Las Escrituras ocupaban un lugar central.

Y el día pertenecía a Dios.

Eso ya transforma completamente la semana.

El sábado también contaba una historia

Deuteronomio añade otra razón para guardarlo.

Israel debía recordar:

“Acuérdate que fuiste siervo en tierra de Egipto, y que Jehová tu Dios te sacó de allá…”

—Deuteronomio 5:15.

Esto cambia el significado del descanso.

Israel había sido un pueblo esclavo.

Y el esclavo conoce una realidad terrible:

su tiempo no le pertenece.

Otro decide cuándo trabaja.

Otro decide cuándo termina.

Otro obtiene el beneficio de su esfuerzo.

Pero Dios había sacado a Israel de Egipto.

Ahora, una vez por semana, el pueblo entero detenía su trabajo.

El descanso se convertía también en memoria de libertad.

Ya no eran esclavos de Faraón.

Tenían un Dios que podía ordenarles trabajar…

y también un Dios que podía ordenarles descansar.

Qué diferencia con los dioses que solamente exigen.

El Dios de Israel había colocado descanso dentro de su ley.

Jesús creció dentro de ese ritmo

Ahora podemos mirar nuevamente hacia Nazaret.

Una semana.

Después otra.

Y otra.

Seis días.

Sábado.

Seis días.

Sábado.

Años enteros marcados por ese ritmo.

Jesús conoció la experiencia de trabajar…

y detenerse.

De hacer…

y dejar de hacer.

De producir…

y descansar.

De reunirse con su pueblo.

De escuchar las Escrituras.

De compartir el tiempo con la familia.

El sábado no apareció repentinamente en su vida cuando comenzó su ministerio.

Lucas puede escribir “conforme a su costumbre” porque pertenecía al mundo en el que había crecido.

Y precisamente por eso resulta tan significativo lo que ocurrirá después.

Un día Jesús hará una pregunta diferente

Durante su ministerio surgirán conflictos acerca del sábado.

Sus discípulos arrancarán espigas.

Jesús sanará.

Algunos observarán.

Otros acusarán.

Se discutirá qué puede hacerse y qué no.

Pero cuando eso ocurra, debemos recordar algo.

Jesús no estará hablando como un extranjero que desprecia una tradición que no conoce.

Habrá vivido el sábado durante toda su vida.

Conocerá su mandamiento.

Su propósito.

Su lugar dentro de Israel.

Por eso podrá llevar la discusión hasta el corazón mismo del asunto:

“El día de reposo fue hecho por causa del hombre, y no el hombre por causa del día de reposo.”

—Marcos 2:27.

Qué frase tan extraordinaria después de pensar en el trabajador cansado.

En el jornalero.

En la madre de familia.

En el siervo.

En el animal de trabajo.

En el hombre que lleva seis días usando su cuerpo para producir.

El sábado fue hecho por causa del hombre.

Dios conocía la necesidad humana de detenerse.

Y después volvía a caer el sol

Finalmente el día comenzaba a terminar.

La luz cambiaba otra vez.

Habían pasado horas sin la rutina habitual.

El cuerpo había descansado.

La familia había compartido tiempo.

La comunidad se había reunido.

Las Escrituras habían sido escuchadas.

Pero el sábado no detenía el mundo para siempre.

Llegaba su final.

Y delante estaba nuevamente la vida.

Las herramientas seguían donde habían quedado.

El campo seguía allí.

Había cosas pendientes.

Volverían las responsabilidades.

Otra semana comenzaría.

Pero algo había ocurrido.

Durante un día entero, Israel había hecho algo profundamente contrario a la ansiedad humana:

había dejado de producir.

Y el mundo no había terminado.

La tierra había seguido girando.

Las semillas habían continuado debajo del suelo.

Los árboles habían permanecido en los campos.

Dios había seguido siendo Dios.

Tal vez ésa sea una de las imágenes más hermosas de la vida que Jesús conoció en Nazaret.

Durante seis días las manos trabajaban.

Y cada séptimo día se abrían.

Soltaban las herramientas.

Dejaban lo pendiente.

Descansaban.

No porque ya no hubiera nada por hacer.

Sino porque existía algo más importante que hacer:

recordar que el hombre no fue creado solamente para trabajar.

Había sido creado también para Dios.

Y así, semana tras semana, Nazaret volvía a detenerse.

Hasta que caía nuevamente el sol.

Entonces comenzaba otra semana.

Y otra vez se escuchaban pasos.

Herramientas.

Animales.

Trabajo.

La vida continuaba.

Pero seis días después volvería a llegar el sábado.

Y otra vez, por mandato de Dios,

habría que soltarlo todo.

Y el Verbo se hizo carne.

El que había establecido el sábado para Israel, vino a vivir entre nosotros y lo guardó.

El que había ordenado al hombre detener sus manos y recordar a Dios, también dejó las herramientas al llegar el séptimo día.

El Señor del sábado conoció el descanso del sábado.

Entró en la sinagoga.

Escuchó las Escrituras.

Compartió aquel día con su familia y con su pueblo.

No observó desde el cielo la vida que había ordenado a Israel.

Descendió y vivió dentro de ella.

El Legislador se hizo hombre.

El Señor entró en el calendario de su pueblo.

El eterno aceptó vivir contando días y semanas.

Y el que era Señor del sábado, guardó el sábado entre nosotros.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

Y el Verbo se hizo carne

El que había establecido el sábado para Israel vino a vivir dentro de él.

El que había ordenado trabajar seis días y detenerse el séptimo también aceptó detener sus manos.

Llegaba el sábado.

Las herramientas quedaban.

El trabajo esperaba.

El cuerpo descansaba.

La familia tenía tiempo.

La comunidad se reunía.

Las Escrituras eran escuchadas.

El Legislador se hizo hombre.

El Señor entró en el calendario de su pueblo.

El Eterno aceptó vivir contando días y semanas.

Y durante años, cada séptimo día, el Señor del sábado vivió aquello que Él mismo había dado a Israel.

Y el Verbo se hizo carne y guardó entre nosotros el sábado que Él mismo había establecido.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.