03. El campo y los rebaños — El paisaje que un día se convertiría en parábolas

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 13:3

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

Hay palabras de Jesús que nosotros conocemos como parábolas.

Para sus primeros oyentes eran también escenas de la vida.

Un sembrador salió a sembrar.

Un hombre plantó una viña.

Una semilla cayó entre espinos.

Una higuera no produjo fruto.

Un pastor perdió una oveja.

Un rebaño entró en un redil.

Nosotros abrimos la Biblia para encontrarnos con esas imágenes.

Jesús podía encontrarlas simplemente saliendo al campo.

Los sembradores, una parte importante de la economía Galilea

Nazaret pertenecía a un mundo rural.

Alrededor de las poblaciones de Galilea la tierra era trabajada, las estaciones determinaban actividades y una parte considerable de la vida dependía de aquello que pudiera producir el suelo.

Había trigo.

Cebada.

Viñas.

Olivos.

Higueras.

Había rebaños.

Había hombres que sembraban.

Otros podaban.

Otros cosechaban.

Pastores salían con animales y regresaban con ellos.

El paisaje estaba vivo.

Pero vivir de la tierra significaba también depender de algo que no siempre obedecía al hombre.

Se podía trabajar mucho…

y todavía había que esperar.

La tierra no producía solamente porque alguien lo deseara

El campesino conocía una experiencia que nuestras ciudades modernas nos permiten olvidar.

El alimento comienza mucho antes de aparecer sobre una mesa.

Comienza en la tierra.

Y la tierra exige paciencia.

Primero había que preparar.

Después sembrar.

Luego esperar.

La semilla desaparecía.

Eso debía resultar impresionante incluso después de haberlo visto muchas veces.

Algo que podía comerse se colocaba dentro del suelo.

Se cubría.

Y durante un tiempo parecía perdido.

El campesino no podía abrir la tierra cada mañana para comprobar si la semilla estaba haciendo su trabajo.

Tenía que continuar.

Esperar lluvia.

Observar el cielo.

Mirar el terreno.

Y confiar en un proceso que ocurría debajo de sus pies.

Después aparecía algo verde.

Pequeño.

Frágil.

Todavía no era cosecha.

Era solamente una posibilidad.

Y entre aquella pequeña planta y el alimento que algún día podría recogerse todavía podían ocurrir muchas cosas.

No toda la tierra era igual

Galilea ofrecía tierras productivas, pero el terreno podía variar incluso dentro de una misma zona.

Había suelo bueno.

Había lugares donde la roca se encontraba cerca de la superficie.

Había bordes de caminos endurecidos por el paso.

Había maleza y espinos capaces de competir con lo sembrado.

Eso ayuda a escuchar de otra manera una de las parábolas más conocidas de Jesús.

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

—Mateo 13:3.

Parte de la semilla cayó junto al camino.

Otra parte cayó en pedregales.

Otra entre espinos.

Y otra en buena tierra.

Para nosotros son cuatro categorías que hemos escuchado innumerables veces.

Para un campesino eran cuatro problemas que conocía.

El camino endurecido no recibe fácilmente la semilla.

El suelo poco profundo puede permitir un crecimiento rápido, pero la planta carece de profundidad suficiente.

Los espinos compiten.

La buena tierra produce.

Jesús no necesitó inventar un universo extraño para explicar lo que ocurre dentro del corazón humano.

Tomó un campo.

El sembrador tampoco controlaba todo

Pensemos en el hombre de la parábola.

Sale llevando semilla.

Cada puñado que esparce tiene valor.

No está arrojando algo inútil.

Está colocando en la tierra parte de aquello de lo que espera obtener una cosecha futura.

Camina.

Esparce.

Avanza.

Vuelve a tomar semilla.

Otra vez.

El movimiento se repite.

Pero después de sembrar llega el límite de su poder.

Puede trabajar la tierra.

Puede sembrar.

Puede cuidar.

Pero no puede ordenar a una semilla:

“Crece.”

No puede fabricar lluvia.

No puede decidir la temperatura.

No puede garantizar que cada planta llegue a la cosecha.

El campesino trabaja precisamente en esa frontera extraña entre lo que puede hacer y lo que no puede controlar.

Quizá por eso la agricultura produjo durante siglos personas extraordinariamente conscientes de su dependencia de Dios.

Se hacía todo lo posible.

Y después había que mirar al cielo.

Había años buenos

Entonces llegaba una temporada favorable.

La lluvia había sido suficiente.

El campo respondía.

Las plantas crecían.

Y poco a poco aparecía aquello por lo que se había trabajado durante meses.

La cosecha.

Ahora había otra clase de urgencia.

Lo que había tardado tanto tiempo en crecer tenía que recogerse.

Había que trabajar mientras era el momento.

El campo podía llenarse de actividad.

Personas cortando.

Recogiendo.

Transportando.

Separando.

Guardando.

El cansancio podía ser enorme, pero era un cansancio diferente.

Había algo delante de los ojos.

La tierra había producido.

La familia podía mirar aquello y saber que parte de su futuro estaba allí.

Y también había años malos

Pero no todas las temporadas terminaban así.

La lluvia podía ser insuficiente.

Una tormenta podía dañar.

Los insectos podían afectar cultivos.

Una planta podía enfermar.

Una producción esperada podía resultar menor.

Y aquí aparece una de las angustias particulares de la vida agrícola:

haber trabajado durante meses y descubrir que el resultado no depende solamente del esfuerzo.

El campesino podía haber hecho su parte.

Haberse levantado temprano.

Trabajado cansado.

Cuidado.

Esperado.

Y aun así recoger menos de lo esperado.

No siempre existe una relación perfecta entre cuánto trabajamos y cuánto recibimos.

Quien vive de la tierra aprende esa verdad muy pronto.

El trigo y la cebada marcaban el paisaje

Los cereales formaban una parte esencial de la alimentación.

Trigo y cebada aparecen continuamente en el mundo bíblico porque pertenecían a la vida real de la población.

Antes del pan había grano.

Antes del grano había espigas.

Antes de las espigas había semilla.

Y antes de la semilla había un hombre caminando sobre un campo.

Esto significa que cuando Jesús hablaba de una cosecha, sus oyentes podían pensar también en meses de trabajo.

Cuando hablaba de sembrar, sabían cuánto costaba hacerlo.

Cuando hablaba de trabajadores enviados a un campo, conocían el esfuerzo.

Y cuando decía:

“A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos”

—Mateo 9:37,

la imagen podía verse.

Un campo listo no espera indefinidamente.

Hay momentos en que el trabajo debe hacerse ahora.

La viña exigía otra clase de paciencia

También estaban las viñas.

Una viña no era simplemente un terreno donde algo crecía por casualidad.

Requería cuidado.

Preparación.

Protección.

Poda.

Tiempo.

El profeta Isaías había utilizado siglos antes precisamente esa imagen:

“Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas…”

—Isaías 5:1-2.

Despedregar.

Preparar.

Plantar.

Esperar.

Una viña representaba inversión y expectativa.

Por eso podía resultar doloroso que después de todo aquel trabajo el resultado no fuera el esperado.

Jesús crecería escuchando las Escrituras hablar de viñas…

mientras vivía en una tierra donde podía comprender perfectamente el trabajo que representaban.

Palabra y paisaje se encontraban.

Una higuera podía convertirse en una promesa

También estaban las higueras.

Un árbol puede parecer algo inmóvil.

Pero quien depende de su fruto lo mira de otra manera.

Observa.

¿Está brotando?

¿Tiene hojas?

¿Habrá fruto?

¿Cuándo estará listo?

La persona que nunca ha esperado una cosecha puede mirar un árbol simplemente porque es hermoso.

Quien espera alimento mira también lo que producirá.

Por eso Jesús pudo utilizar posteriormente una higuera para hablar de fruto, de tiempo, de expectativa y de oportunidad.

Sus oyentes no necesitaban una explicación botánica.

Conocían la experiencia de mirar una planta esperando algo de ella.

Esta es una foto real de los árboles de olivo de lo que un día fue el huerto del Getsemaní

Y estaban los olivos

El olivo pertenecía profundamente al paisaje y a la economía de la región mediterránea.

Su fruto podía convertirse en aceite.

Y el aceite entraba en múltiples dimensiones de la vida.

Alimento.

Preparación de comidas.

Iluminación.

Usos domésticos.

La aceituna que alguien veía sobre un árbol podía terminar meses después dentro de una lámpara iluminando una casa.

Pero entre ambas cosas había trabajo.

Recoger.

Transportar.

Prensar.

Separar.

Almacenar.

El paisaje que rodeaba a una población no era decoración.

Era parte de la supervivencia.

Entre los campos también había rebaños

Y entonces el paisaje comenzaba a moverse.

A cierta distancia podían verse animales.

Ovejas.

Cabras.

Un pastor caminando con ellas.

Quizá para nosotros la imagen resulte tranquila.

Incluso romántica.

Para quien tenía la responsabilidad del rebaño era trabajo.

Los animales necesitaban alimento.

Agua.

Dirección.

Protección.

Había que llevarlos hacia lugares adecuados y evitar que se dispersaran.

El pastor tenía que prestar atención.

Porque una oveja no comprende el valor económico que representa.

No sabe que debe permanecer con el grupo porque pertenece a alguien.

Simplemente puede alejarse.

Y entonces comienza el problema.

Perder una oveja no era una metáfora

Jesús preguntaría después:

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?”

—Lucas 15:4.

Nosotros conocemos inmediatamente la enseñanza espiritual.

Pero antes de llegar allí debemos sentir la escena.

Falta una.

El pastor cuenta.

Mira otra vez.

Quizá busca entre el grupo.

No está.

Ahora tiene que pensar.

¿Dónde la vio por última vez?

¿Se quedó atrás?

¿Tomó otra dirección?

¿Quedó atrapada?

¿Está herida?

La tarde puede estar avanzando.

Y mientras más tiempo pase, mayor puede ser el peligro.

Entonces hay que regresar.

Buscar.

Caminar nuevamente por lugares que ya se recorrieron.

Escuchar.

Mirar.

Una oveja perdida significaba trabajo adicional, preocupación y riesgo.

Cuando Jesús habló de buscar “hasta encontrarla”, sus oyentes comprendían perfectamente la obstinación del pastor.

No era una búsqueda simbólica para él.

Era su animal.

El pastor tenía que conocer el comportamiento del rebaño

Pastorear no consistía simplemente en caminar detrás de animales.

Requería experiencia.

Había que conocer rutas.

Fuentes de agua.

Lugares donde podían alimentarse.

Zonas peligrosas.

Cambios del clima.

Había que observar el estado de los animales.

Un animal que comenzaba a quedarse atrás podía necesitar atención.

El pastor aprendía a detectar aquello que una persona sin experiencia quizá no vería.

Y con el tiempo los animales también podían familiarizarse con quien los conducía.

Por eso Jesús diría:

“Las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca.”

—Juan 10:3.

Y después:

“…las ovejas le siguen, porque conocen su voz.”

—Juan 10:4.

La imagen funciona porque parte de una relación real.

Una voz repetida.

Una presencia conocida.

Una rutina aprendida.

El peligro también formaba parte del trabajo

La noche cambiaba las condiciones.

Había que proteger a los animales.

Los corrales o rediles proporcionaban un lugar donde reunirlos y disminuir el riesgo.

Podían utilizarse recintos construidos o espacios adaptados según el lugar y las circunstancias.

La entrada tenía importancia.

También la vigilancia.

Jesús hablaría de ladrones.

De salteadores.

Del lobo.

Del asalariado que huye.

Del pastor que permanece.

Para sus oyentes, aquellas palabras no pertenecían a un cuento infantil.

Un animal tenía valor.

Perderlo significaba una pérdida.

Y protegerlo podía exigir exponerse.

Por eso cuando Jesús dijo:

“El buen pastor su vida da por las ovejas”

—Juan 10:11,

llevó una imagen conocida hasta su expresión más profunda.

El asalariado podía mirar al rebaño de otra manera

Aquí aparece una observación extraordinariamente humana.

No todos los que cuidan algo lo aman de la misma manera.

El dueño mira:

“Mis ovejas.”

El trabajador contratado puede mirar:

“Las ovejas que debo cuidar.”

Ambos pueden hacer bien su trabajo.

Pero cuando aparece un peligro grave, la diferencia puede hacerse visible.

Jesús dijo:

“Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye…”

—Juan 10:12.

La diferencia no está simplemente en la habilidad.

Está en la relación.

Lo que es mío me duele de otra manera cuando se pierde.

Eso entendía cualquier persona que hubiera cuidado algo propio.

El campo enseñaba paciencia; el rebaño exigía atención

Y aquí las dos partes de este paisaje se unen.

El agricultor tenía que esperar.

El pastor tenía que vigilar.

El agricultor no podía obligar a la semilla a crecer.

El pastor no podía permitir que el rebaño caminara sin dirección.

Uno observaba la tierra.

El otro observaba animales.

Uno conocía el tiempo de sembrar y cosechar.

El otro aprendía cuándo avanzar, detenerse, buscar agua o regresar.

Ambos trabajos requerían algo que nuestra vida moderna frecuentemente intenta eliminar:

permanecer atentos durante mucho tiempo.

No todo sucede inmediatamente.

No todo puede acelerarse.

Hay cosas que solamente se comprenden después de haberlas observado muchas veces.

Jesús vio un mundo que después apareció en sus palabras

No necesitamos imaginar una escena particular diciendo que un día Jesús se sentó exactamente junto a determinado sembrador o acompañó a determinado pastor.

No hace falta.

El mundo rural estaba alrededor.

Y después basta escuchar sus enseñanzas.

Un sembrador salió a sembrar.

Una semilla creció.

Un enemigo sembró cizaña.

La mies estaba lista.

Un hombre tenía una viña.

Otro esperaba fruto de una higuera.

Un grano de mostaza comenzó pequeño.

Un pastor perdió una oveja.

Las ovejas conocían una voz.

Un buen pastor protegía su rebaño.

Las imágenes aparecen una y otra vez.

No suenan como observaciones tomadas de un libro.

Suenan a un mundo conocido.

Años después, alguien volvió a mirar un campo

Imagine ahora a uno de sus oyentes regresando a casa después de escucharlo.

Al día siguiente sale nuevamente.

Ve a un hombre sembrando.

Pero ahora ya no ve solamente semilla.

Recuerda:

“El sembrador salió a sembrar…”

Observa un terreno lleno de espinos.

Y recuerda.

Ve un rebaño pasando.

Escucha la voz del pastor.

Y recuerda:

“Las ovejas oyen su voz…”

Un animal se aleja.

Y recuerda al pastor que salió a buscar lo perdido.

Ésa era parte de la extraordinaria fuerza de las enseñanzas de Jesús.

La lección continuaba después de que Él terminaba de hablar.

El mundo se encargaba de repetirla.

El paisaje se convirtió en un libro abierto

Quizá ahora comprendemos mejor por qué Jesús enseñó de aquella manera.

Durante años había vivido rodeado de un mundo que hablaba mediante imágenes.

La semilla desaparecía en la tierra y después producía.

El terreno revelaba lo que podía recibir.

Los espinos ahogaban.

El árbol era conocido por su fruto.

La cosecha llegaba después de una larga espera.

La oveja podía perderse.

El pastor podía buscarla.

El rebaño aprendía una voz.

Todo aquello era vida ordinaria.

Pero cuando Jesús comenzó a enseñar, tomó esas realidades conocidas y abrió dentro de ellas ventanas hacia verdades mucho mayores.

No necesitó alejar a la gente de su mundo para enseñarles acerca de Dios.

Hizo exactamente lo contrario.

Les pidió que miraran mejor el mundo que ya tenían delante.

El campesino podía regresar a su campo.

El pastor a su rebaño.

La mujer podía mirar la semilla.

El trabajador podía observar la cosecha.

Y algo había cambiado.

Porque después de escuchar a Jesús, aquellas cosas podían recordarles algo más.

Nazaret y Galilea habían estado llenas de esas imágenes durante toda su vida.

Jesús las había visto crecer junto con Él.

Campos.

Semillas.

Espinos.

Viñas.

Higueras.

Olivos.

Pastores.

Ovejas.

Cosechas.

Y cuando llegó el momento de hablar del reino de Dios, no buscó un lenguaje reservado para filósofos.

Miró el mundo de las personas que estaban delante de Él.

Y prácticamente les dijo:

Miren otra vez.

Porque una semilla podía hablarles de Dios.

Una cosecha podía hablarles de Dios.

Una oveja perdida podía hablarles de Dios.

Y hasta la voz de un pastor atravesando los campos podía convertirse en una puerta para comprender el corazón del Padre.

El paisaje que Jesús había conocido durante años terminó convirtiéndose en el lenguaje con el que enseñó verdades eternas.

Y el Verbo se hizo carne

El que hizo producir la tierra aceptó vivir entre quienes tenían que sembrarla y esperar.

Vio al sembrador salir al campo.

La semilla desaparecer bajo la tierra.

Los espinos crecer.

Las viñas producir.

Las cosechas llegar.

Vio rebaños atravesar los campos.

Pastores guiando.

Ovejas siguiendo una voz.

Y alguna que podía perderse.

El Creador de aquel paisaje aceptó contemplarlo durante años con ojos humanos.

Y cuando llegó el momento de hablar del reino de Dios, aquellas imágenes estaban allí.

La semilla.

La cosecha.

La viña.

El pastor.

La oveja.

El paisaje de su vida se convirtió en el lenguaje de sus enseñanzas.

Y el Verbo se hizo carne y vivió rodeado de campos, semillas, cosechas, viñas, pastores y rebaños que un día convertiría en parábolas.Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Libro recomendado

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.