02. “Toma al niño… y ve” — Otra vez dejarlo todo

Dr. Elio M Rivera

Mateo 2:19-21 — “Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel…”

 La noticia que José había esperado finalmente llegó.

 Herodes había muerto.

 La razón por la que aquella familia había tenido que abandonar su tierra ya no existía. El hombre que había buscado la muerte del niño había desaparecido, y desde Egipto parecía abrirse nuevamente el camino hacia Israel.

 Pero regresar también tenía un precio.

 Mateo no nos dice en qué lugar exacto de Egipto vivieron José, María y Jesús. Tampoco describe la casa que ocuparon, cuánto poseían, quiénes los conocieron ni qué relaciones pudieron establecer durante su estancia. Sería incorrecto llenar esos espacios con detalles que el texto no proporciona.

 Pero hay algo que sí sabemos.

 Tuvieron que marcharse otra vez.

 Otra vez recoger lo necesario.

 Otra vez dejar un lugar.

 Otra vez comenzar un viaje.

 Otra vez enfrentarse al camino.

 La orden que recibió José fue sencilla:

 José en su viaje de regreso a Israel

“Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a tierra de Israel.”

 Y José obedeció.

 Hay algo profundamente conmovedor detrás de esa escena cuando recordamos quién era aquel niño.

 Jesús no había venido al mundo exigiendo estabilidad.

 Desde su nacimiento, su vida había estado marcada por movimientos que Él no necesitaba haber conocido. Nació lejos del lugar donde vivía su familia. Siendo todavía pequeño tuvo que abandonar su tierra ante la amenaza de Herodes. Vivió en Egipto. Y ahora debía emprender el camino de regreso.

 El Hijo de Dios aceptó ser desplazado.

 El Creador de los caminos aceptó recorrerlos.

 El dueño de todas las cosas aceptó llevar consigo solamente aquello que su familia pudiera transportar.

 El que podía estar en cualquier lugar aceptó que José tomara decisiones prácticas sobre rutas, descanso, alimento y seguridad.

 No porque hubiera dejado de ser quien era, sino porque había decidido entrar verdaderamente en nuestra condición humana.

 La encarnación no fue solamente adoptar un cuerpo.

 Fue aceptar las condiciones de la vida humana.

 Distancias.

 Cansancio.

 Cambios.

 Inseguridad.

 Dependencia.

 Desarraigo.

 Jesús pudo haber venido a una familia poderosa que jamás necesitara huir. Pudo haber nacido detrás de murallas protegidas por soldados. Pudo haber llegado al mundo rodeado de las comodidades reservadas para los hijos de los grandes gobernantes.

 No lo hizo.

 Cuando hubo que huir, huyó con su familia.

 Cuando hubo que permanecer en tierra extranjera, permaneció.

 Y cuando llegó el momento de regresar, volvió a ponerse en camino.

 Hay sacrificios que no derraman sangre.

 Hay renuncias que nadie contempla.

 Hay costos que no dejan heridas visibles.

 Abandonar un lugar, comenzar nuevamente, vivir sin controlar las circunstancias, aceptar que la seguridad de hoy puede convertirse mañana en otro viaje también forma parte de la experiencia humana.

 Y Jesús quiso conocerla.

 Muchos años después diría:

 “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:20).

 Aquellas palabras no procederían de alguien que desconociera lo que significaba vivir sin hacer de la comodidad su seguridad.

 De la abundancia del corazón habla la boca.

 Cuando Jesús habló del desprendimiento, de dejarlo todo, de confiar en el Padre y de no hacer de las cosas materiales nuestra seguridad, no estaba hablando desde la comodidad de un palacio.

 Su propia historia había comenzado de otra manera.

 Ahora José tomó al niño y a su madre.

 Egipto quedaba atrás.

 Delante estaba Israel.

 Quizá el camino sería largo. Quizá habría cansancio. Seguramente habría que avanzar jornada tras jornada, como cualquier familia que viajaba en aquel mundo.

Y el Verbo se hizo carne

El que era dueño de todas las cosas aceptó vivir sin aferrarse a ninguna.

El que creó cada lugar de la tierra conoció lo que significaba tener que dejar un lugar.

Primero Belén.

Después Egipto.

Ahora nuevamente el camino.

El Hijo de Dios conoció desde pequeño una experiencia que millones de seres humanos conocerían después:

recoger lo necesario y comenzar otra vez.

Conoció el desarraigo.

Conoció el cambio.

Conoció la incertidumbre del camino.

Conoció lo que significa dejar atrás un lugar que había proporcionado seguridad sin saber completamente cómo sería el siguiente.

El eterno aceptó vivir nuestros días uno después de otro.

El omnipotente aceptó ser llevado por sus padres.

El que conocía perfectamente el futuro aceptó vivir dentro de una familia que tenía que obedecer hoy y esperar para saber qué ocurriría mañana.

No vino a nuestra tierra protegido de las circunstancias que nosotros enfrentamos.

Entró en ellas.

Por eso puede comprender al que ha tenido que dejar su casa.

Al que ha cruzado una frontera.

Al que ha tenido que comenzar nuevamente en una ciudad desconocida.

Al que ha dejado personas atrás.

Al que ha empacado sus pertenencias sin saber cuándo volverá.

Al que ha descubierto que la vida puede cambiar en unos cuantos días y que aquello que parecía permanente puede desaparecer repentinamente.

Jesús conoció el camino.

Conoció la partida.

Conoció el regreso.

Conoció lo que significa que una etapa termine y otra comience.

Y hay algo todavía más extraordinario.

Él no tenía necesidad de experimentar nada de esto.

El cielo era suyo.

La tierra era suya.

Egipto era suyo.

Israel era suyo.

Todos los caminos por los que avanzaba habían sido creados por Él.

Y, sin embargo, aceptó vivir como vivimos nosotros:

un día aquí,

mañana en otro lugar,

dejando algo atrás,

avanzando hacia algo que todavía no vemos.

La encarnación significó mucho más que tener un cuerpo humano.

Significó entrar en nuestra experiencia humana.

En nuestras despedidas.

En nuestros cambios.

En nuestros viajes.

En nuestros comienzos.

En nuestras incertidumbres.

En esos momentos en que no podemos controlar todo lo que sucede y solamente podemos levantarnos y continuar.

José escuchó:

“Levántate, toma al niño y a su madre, y vete…”

Y nuevamente comenzaron a caminar.

Pero aquel niño que iba con ellos era el mismo que había creado el mundo por el que estaban caminando.

El Creador se hizo viajero.

El dueño de todas las cosas vivió como extranjero.

El eterno aceptó nuestros cambios.

El que nunca necesitó comenzar de nuevo aceptó comenzar de nuevo con nosotros.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

 Y mientras avanzaban hacia la tierra de Israel, todavía ignoraban que el regreso no los conduciría exactamente al lugar que podían haber imaginado.

 Herodes había muerto.

 Pero en Judea gobernaba su hijo.

 Y el nombre de Arquelao pronto cambiaría nuevamente el rumbo del viaje.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.