04. Una familia marcada antes de comenzar

Dr. Elio M Rivera

«El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo.»
Mateo 1:18, RVR1960

 Gabriel se había ido.

 María había respondido:

 «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38).

 Pero había alguien que no había estado presente durante aquella conversación.

 José.

 Él no había visto a Gabriel.

 No había escuchado la explicación del ángel.

 No había oído las palabras: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti».

 No había escuchado que aquel niño sería llamado Hijo del Altísimo.

 José solamente tendría delante de él un hecho imposible de ignorar:

 María estaba embarazada.

 Y él sabía que aquel hijo no era suyo.

Cuando el milagro parecía otra cosa

 Mateo describe la situación con enorme sobriedad:

 «Antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo» (Mateo 1:18).

 Nosotros conocemos la última parte de esa frase.

 José inicialmente no.

 Nosotros leemos:

 «del Espíritu Santo».

 José veía:

 un embarazo que no podía explicar.

 Esa diferencia es fundamental para comprender lo que ocurrió.

 Desde la perspectiva de Dios estaba sucediendo uno de los acontecimientos más santos de toda la historia bíblica.

 Desde la perspectiva humana, podía parecer exactamente lo contrario.

 El Hijo de Dios estaba entrando en el mundo.

 Pero su llegada colocaba a María bajo sospecha y a José frente a una decisión dolorosa.

 Aquí encontramos una de las primeras paradojas de la encarnación:

 algo completamente santo podía ser interpretado como algo vergonzoso.

José creyó que había perdido a María

 Mateo nos permite entrar por un momento en el dolor de José:

 «José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente» (Mateo 1:19).

 Es difícil leer esas palabras sin detenerse a pensar en lo que había detrás de ellas.

 José había proyectado una vida con María.

 Había un compromiso entre ellos.

 Existían planes.

 Existía un futuro imaginado.

 Y repentinamente apareció una realidad que parecía destruirlo todo.

 La Biblia no nos dice exactamente qué pensó José ni reproduce las conversaciones que pudo haber tenido con María. No debemos inventarlas.

 Pero su decisión revela que no creía que pudiera continuar con el matrimonio.

 Quería dejarla.

 Y, sin embargo, Mateo añade algo importante acerca de su carácter:

 «No quería infamarla».

 José estaba herido por una situación que no comprendía, pero no estaba buscando destruir a María.

 Incluso antes de recibir la explicación divina encontramos en él una disposición a actuar con misericordia.

María conocía una verdad que todavía no podía demostrar

 La situación de María era igualmente difícil.

 Ella sabía lo que había ocurrido.

 Había escuchado a Gabriel.

 Sabía lo que Dios había hecho.

 Pero conocer la verdad no significaba necesariamente poder demostrarla.

 ¿Cómo podía explicar una concepción virginal?

 ¿Cómo podía pedirle a José que creyera algo que no tenía precedente en su experiencia?

 Las palabras de Gabriel habían sido suficientes para María.

 Pero José necesitaba recibir su propia confirmación.

 Y Dios no lo abandonó en su confusión.

Dios también habló con José

 Mateo dice:

 «Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños» (Mateo 1:20).

 Hay algo profundamente humano en esa pequeña expresión:

 «pensando él en esto».

 José estaba procesando lo sucedido.

 Estaba considerando qué hacer.

 Había llegado incluso a una decisión.

 Entonces Dios intervino.

 El ángel le dijo:

 «José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer».

 José tenía miedo de dar ese paso.

 Pero Dios le estaba pidiendo precisamente que lo diera.

 Y entonces recibió la explicación que necesitaba:

 «Porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».

 Lo que José había interpretado como una razón para separarse de María era, en realidad, una obra de Dios.

 Su percepción de toda la situación tuvo que cambiar en un instante.

 María no le había sido infiel.

 El niño no era resultado de una traición.

 Dios estaba haciendo algo que José jamás habría podido deducir por sí mismo.

«No temas recibir a María»

 Estas palabras merecen atención.

 Dios no solamente le explicó a José lo sucedido.

 Le pidió una decisión.

 «No temas recibir a María tu mujer».

 Recibirla significaba mucho más que creer intelectualmente la explicación.

 José tendría que actuar conforme a ella.

 Tendría que continuar con María.

 Tendría que aceptar al niño.

 Tendría que entrar en una historia que él no había planeado.

 Y posiblemente tendría que vivir con preguntas que no podría responder satisfactoriamente a todo el mundo.

 Nosotros sabemos quién era aquel niño.

 Gabriel lo sabía.

 María lo sabía.

 Ahora José también lo sabía.

 Pero Nazaret no había recibido una aparición angelical colectiva.

 Los demás solamente podrían observar las circunstancias externas.

 Esto permite comprender el verdadero costo de la obediencia de José.

 Creerle a Dios en privado tendría consecuencias en su vida pública.

Una familia que podía ser señalada

 El desposorio judío era un compromiso formal. Mateo incluso llama a José «su marido» antes de que hubieran comenzado plenamente su vida matrimonial.

 Un embarazo aparecido durante ese período podía generar sospechas evidentes.

 La Escritura no nos dice exactamente qué comentarios recibió María ni hasta qué punto la comunidad conoció las circunstancias. No necesitamos inventar una persecución social que el texto no describe.

 La situación por sí sola era suficientemente delicada.

 María podía ser juzgada por algo que no había hecho.

 José podía ser juzgado por recibirla.

 Y el niño crecería dentro de aquella familia.

 Antes de que Jesús pronunciara una sola palabra, su presencia ya estaba alterando la vida de quienes habían decidido recibirlo.

José también tuvo que decir sí

 En Lucas encontramos el consentimiento de María expresado con palabras:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 Mateo nos muestra la respuesta de José de otra manera.

 No registra un discurso.

 Registra una acción:

 «Y despertando José del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mateo 1:24).

 José dijo sí obedeciendo.

 No pidió otra señal.

 No exigió una explicación pública que protegiera su reputación.

 No esperó hasta que todos comprendieran.

 Se levantó y recibió a María.

 Y al recibir a María, recibió también al niño que ella llevaba dentro.

 Ese acto cambiaría el resto de su vida.

El Hijo de Dios entró en una familia humana

 Aquí aparece una nueva dimensión de la encarnación.

 Dios no solamente decidió que su Hijo tuviera un cuerpo humano.

 Decidió que entrara en una familia humana.

 Jesús tendría una madre que lo llevaría en su vientre.

 Y tendría a José, quien asumiría públicamente la responsabilidad de recibirlo, protegerlo y criarlo dentro de su hogar.

 El Hijo de Dios aceptó entrar en esa estructura de dependencia.

 El que posteriormente sería reconocido como Maestro sería primero enseñado dentro de una casa.

 El que alimentaría multitudes tendría primero que ser alimentado.

 El que protegería a sus discípulos tendría primero que ser protegido.

 El que un día cargaría con otros aceptó primero ser cargado por otros.

 Esto nos muestra hasta dónde llegó la encarnación.

 Cristo no quiso observar nuestra experiencia humana desde afuera.

 Entró en ella.

Antes de nacer ya conocía el rechazo

 Hay además algo conmovedor detrás de esta historia.

 Jesús todavía no había nacido y ya su llegada estaba rodeada de incomprensión.

 No porque hubiera hecho algo malo.

 No porque María hubiera hecho algo malo.

 Sino porque aquello que Dios estaba haciendo era tan extraordinario que podía ser malinterpretado.

 Este patrón aparecerá nuevamente durante su vida.

 Haría el bien y sería acusado.

 Sanaría y algunos cuestionarían sus acciones.

 Expulsaría demonios y algunos atribuirían su poder a una fuente maligna.

 Diría la verdad y sería llamado blasfemo.

 Finalmente sería condenado siendo inocente.

 Todavía faltaban décadas para todo aquello.

 Pero desde antes de su nacimiento aparece una realidad que lo acompañará:

 la verdad acerca de Jesús no siempre coincidirá con lo que los hombres piensen acerca de Él.

Dios confió a su Hijo a dos personas dispuestas a obedecer

 María había dicho:

 «Hágase conmigo conforme a tu palabra».

 José:

 «Hizo como el ángel del Señor le había mandado».

 Dos respuestas diferentes.

 La misma disposición.

 Obedecer.

 Dios estaba formando alrededor de Jesús una familia cuyo comienzo no estaría basado en comodidad, prestigio o facilidad.

 Comenzaría con fe.

 María tendría que confiar en Dios cuando no podía explicar completamente su situación a los demás.

 José tendría que confiar en Dios cuando lo que veía parecía contradecir lo que ahora se le pedía creer.

 Y juntos tendrían que recibir al niño.

 No sabían todavía acerca del viaje que les esperaba.

 No sabían que tendrían dificultades al llegar a Belén.

 No sabían que hombres extranjeros aparecerían algún día buscando al niño.

 No sabían que Herodes intentaría matarlo.

 No sabían que tendrían que huir a Egipto.

 Dios no les mostró todo aquello antes de pedirles obediencia.

 Les mostró el siguiente paso.

 Y ambos lo dieron.

Una familia marcada por recibirlo

 Así comenzó la familia terrenal en la que crecería Jesucristo.

 No comenzó rodeada de aplausos.

 Comenzó con una joven que tuvo que confiar en Dios.

 Con un hombre que tuvo que creer algo humanamente extraordinario.

 Con preguntas que ellos no habían buscado.

 Con planes personales que tuvieron que cambiar.

 Y con un niño cuya sola presencia ya estaba transformando sus vidas antes de nacer.

 Esto revela también algo acerca del corazón de Cristo.

 No escogió entrar en nuestra humanidad desde una posición protegida de sus dificultades.

 Aceptó nacer dentro de una familia que tendría que enfrentar incertidumbre, incomprensión, desplazamiento y posteriormente persecución.

 No pidió una familia poderosa que pudiera abrirle las puertas de los palacios.

 No pidió una posición social que lo protegiera.

 Entró en un hogar sostenido, desde el principio, por la confianza en Dios y la obediencia.

 Pero todavía quedaba una pregunta extraordinaria.

 José sabía ahora de dónde procedía aquel embarazo.

 Gabriel había dicho a María quién sería aquel niño.

 Sin embargo, todavía debemos detenernos ante el misterio central de lo que estaba ocurriendo dentro de ella.

 ¿Qué significaban realmente aquellas palabras?

 «Lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es».

 Porque no estamos solamente ante la historia de una familia extraordinaria.

 Estamos llegando al corazón mismo de la encarnación:

 ¿quién era aquel que se estaba formando en el vientre de María?

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.