12. Queremos justicia… hasta que nosotros somos los acusados

Dr. Elio M Rivera

Texto clave

“Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo.”
Romanos 2:1, RVR1960

  Hay algo profundamente contradictorio en el corazón humano.

  Nos gusta la justicia cuando nosotros somos las víctimas.

  Cuando alguien nos roba, queremos justicia.

  Cuando alguien nos engaña, queremos justicia.

  Cuando alguien difama nuestro nombre, queremos justicia.

  Cuando alguien lastima a nuestros hijos, queremos justicia.

  Cuando contemplamos corrupción, explotación, violencia y abuso de poder, levantamos nuestra voz y preguntamos:

  “¿Por qué nadie hace nada?”

  “¿Dónde está la justicia?”

  Y tenemos razón al reconocer que el mal no debería quedar impune.

  Pero existe otra pregunta mucho más incómoda:

  ¿Qué ocurre cuando la justicia deja de examinar lo que otros nos hicieron y comienza a examinar lo que nosotros hemos hecho?

  Entonces nuestra actitud puede cambiar.

  Queremos justicia para quien nos lastimó.

  Pero queremos comprensión para nosotros.

  Queremos que los demás respondan por sus decisiones.

  Pero cuando se trata de nuestras decisiones, inmediatamente recordamos nuestras circunstancias, nuestras debilidades, nuestras heridas y todas las razones que podrían explicar nuestro comportamiento.

  Para el pecado ajeno pedimos justicia.

  Para el nuestro pedimos misericordia.

  Y allí comenzamos a descubrir uno de los grandes problemas de nuestra relación con la justicia divina.

Queremos justicia hasta que nosotros somos los que seran juzgados

Es fácil reconocer al opresor cuando gobierna una nación

  Imaginemos a un hombre que llega al poder.

  Al principio promete servir.

  Pero poco a poco comienza a utilizar su autoridad para beneficiarse.

  Silencia a quienes lo contradicen.

  Humilla a sus subordinados.

  Se rodea de personas que solamente le dicen lo que quiere escuchar.

  Utiliza recursos que pertenecen a otros para satisfacer sus propios deseos.

  Favorece a sus amigos.

  Castiga a sus enemigos.

  Miente para conservar su posición.

  Y mientras su poder aumenta, también aumenta su capacidad para hacer daño.

  Finalmente oprime a miles o incluso a millones de personas.

  Cuando contemplamos algo semejante, resulta relativamente fácil identificar el problema.

  Decimos:

  “Ese hombre abusó de su poder.”

  “Debe responder por lo que hizo.”

  “Tiene que haber justicia.”

  Pero ahora reduzcamos el tamaño del reino.

  Quitémosle el palacio.

  Quitémosle el ejército.

  Quitémosle los millones de personas bajo su autoridad.

  Y coloquemos a un hombre dentro de su casa.

  Allí también puede existir poder.

  Puede utilizar su posición para intimidar a su esposa.

  Puede humillar a sus hijos.

  Puede exigir respeto mientras él no respeta a nadie.

  Puede controlar mediante el miedo.

  Puede utilizar el dinero para dominar.

  Puede hacer que toda la familia camine con temor para evitar provocarlo.

  Quizá nunca gobernó una nación.

  Pero debemos hacernos una pregunta:

  ¿Puede existir dentro de aquel pequeño reino el mismo deseo de controlar que condenamos cuando lo contemplamos en una escala mucho mayor?

  La cantidad de personas afectadas es diferente.

  La magnitud de las consecuencias puede ser muy diferente.

  Y no debemos equiparar moral o legalmente conductas de gravedad distinta.

  Pero el ejemplo nos obliga a mirar hacia dentro:

  ¿Qué hacemos nosotros con el poder que tenemos?

Quizá nuestro reino sea solamente una oficina.

  Una persona puede indignarse contra los grandes explotadores de la historia y, al mismo tiempo, tratar injustamente a sus trabajadores.

  Puede retrasarles aquello que justamente les corresponde.

  Puede humillarlos porque sabe que necesitan el empleo.

  Puede exigirles lo que él mismo nunca estaría dispuesto a soportar.

  Puede aprovecharse de que tienen menos poder para defenderse.

  La Biblia dice:

“No oprimirás al jornalero pobre y menesteroso, ya sea de tus hermanos o de los extranjeros que habitan en tu tierra dentro de tus ciudades.”
Deuteronomio 24:14, RVR1960

  Santiago incluso denuncia la retención injusta del salario:

“He aquí, clama el jornal de los obreros que han cosechado vuestras tierras, el cual por engaño no les ha sido pagado por vosotros; y los clamores de los que habían segado han entrado en los oídos del Señor de los ejércitos.”
Santiago 5:4, RVR1960

  Quizá aquella persona nunca aparecerá en un libro de historia como opresor.

  Pero Dios también observa cómo tratamos a las personas sobre las cuales tenemos alguna ventaja.

Quizá nuestro reino sea un negocio.

  Podemos indignarnos contra la corrupción de millones mientras engañamos por cantidades mucho menores.

  Podemos condenar al funcionario que roba del presupuesto público mientras nosotros alteramos una cuenta, escondemos información, cobramos algo injustamente o intentamos obtener una ventaja mediante engaño.

  La cantidad puede ser incomparablemente menor.

  Pero entonces surge una pregunta incómoda:

  Si somos infieles con poco, ¿qué nos hace estar tan seguros de que seríamos fieles con mucho?

  Jesús dijo:

“El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.”
Lucas 16:10, RVR1960

  Esta declaración debe hacernos pensar.

  Quizá nunca tuvimos acceso a millones.

  Quizá nunca tuvimos autoridad sobre miles.

  Quizá nunca tuvimos el poder necesario para cometer las injusticias que condenamos en otros.

  Pero eso no demuestra automáticamente que nuestro corazón sea mejor.

  Quizá simplemente nunca tuvimos la misma oportunidad.

¿Qué haríamos nosotros si tuviéramos poder absoluto?

  Esta pregunta es incómoda, pero necesaria.

  Es fácil imaginar que nosotros jamás haríamos aquello que hicieron los grandes opresores.

  Pero nunca hemos vivido su situación.

  Nunca hemos tenido poder absoluto.

  Nunca hemos tenido personas obligadas a obedecernos.

  Nunca hemos tenido riquezas prácticamente ilimitadas.

  Nunca hemos vivido rodeados de personas incapaces de contradecirnos.

  Por eso deberíamos ser cuidadosos antes de declarar:

  “Yo jamás sería capaz.”

  Jeremías escribió:

“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
Jeremías 17:9, RVR1960

  Y el versículo siguiente añade:

“Yo Jehová, que escudriño la mente, que pruebo el corazón, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras.”
Jeremías 17:10, RVR1960

  Nosotros conocemos nuestro corazón solamente de manera parcial.

  Dios lo conoce completamente.

  Él sabe quiénes somos cuando nadie nos observa.

  Sabe qué hacemos cuando podemos salirnos con la nuestra.

  Sabe cómo tratamos a quien no puede ofrecernos nada.

  Sabe cómo reaccionamos cuando alguien contradice nuestra voluntad.

  Sabe qué hacemos con las pequeñas parcelas de autoridad que ya tenemos.

  Y quizá esas pequeñas cosas revelan más acerca de nosotros de lo que imaginamos.

El poder no es solamente político.

  Tiene poder el padre sobre un niño pequeño.

  Tiene poder el patrón sobre el trabajador que necesita desesperadamente su salario.

  Tiene poder el maestro sobre el alumno.

  Tiene poder quien administra dinero que pertenece a otros.

  Tiene poder quien conoce un secreto que puede destruir una reputación.

  Tiene poder quien posee información que otra persona necesita.

  Tiene poder quien sabe que alguien depende emocional o económicamente de él.

  Tiene poder quien puede ayudar y decide no hacerlo simplemente porque no obtiene ningún beneficio.

  Por eso el problema de la opresión no pertenece exclusivamente a reyes, gobernantes o dictadores.

  La pregunta puede llegar hasta nuestra propia puerta:

  ¿Cómo trato a las personas cuando tengo poder sobre ellas?

Somos extraordinariamente buenos para explicar nuestro propio pecado

  Cuando alguien más pierde el control, decimos:

  “Es una persona violenta.”

  Cuando nosotros perdemos el control:

  “Me provocaron.”

  Cuando otro miente:

  “Es un mentiroso.”

  Cuando nosotros mentimos:

  “No tenía alternativa.”

  Cuando alguien es egoísta:

  “Solamente piensa en sí mismo.”

  Cuando nosotros somos egoístas:

  “También tengo que pensar en mis necesidades.”

  Cuando alguien nos ofende:

  “Debe pedir perdón.”

  Cuando nosotros ofendemos:

  “Debería entender lo que yo estaba pasando.”

  Es sorprendente la facilidad con la que podemos convertirnos en fiscales de los demás y abogados defensores de nosotros mismos.

  Pero Dios no juzga de esa manera.

  Pablo escribió:

“Mas sabemos que el juicio de Dios contra los que practican tales cosas es según verdad.”
Romanos 2:2, RVR1960

  Según verdad.

  No según la versión que contamos para quedar bien.

  No según nuestra reputación.

  No según la comparación que hacemos con alguien peor.

  Según verdad.

Jesús llevó la justicia hasta lugares donde nosotros no queríamos llevarla

  Podríamos sentirnos bastante cómodos si la justicia divina solamente examinara asesinatos, robos y grandes crímenes.

  Pero Jesús llevó la mirada mucho más profundamente.

  Dijo:

“Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio.”
Mateo 5:21-22, RVR1960

  Jesús no estaba diciendo que el enojo y el homicidio produzcan necesariamente el mismo daño ni que deban recibir idéntica respuesta en un tribunal humano.

  Estaba penetrando hasta el corazón del hombre.

  Nosotros podemos decir:

  “Nunca he asesinado.”

  Y Jesús pregunta por nuestro enojo.

  Podemos decir:

  “Nunca cometí aquel gran crimen.”

  Y Dios examina nuestro corazón.

  Podemos presentar nuestra impecable reputación pública.

  Y Dios conoce lo que nadie más conoce.

  Entonces nuestra seguridad comienza a desaparecer.

El problema no son solamente las cosas que hicimos

  Jesús llevó nuestra responsabilidad todavía más lejos.

  En la descripción del juicio de Mateo 25 aparecen personas sorprendidas porque dejaron de hacer algo:

“Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis.”
Mateo 25:42-43, RVR1960

  Observe el problema.

  No se les acusa allí de haber robado el alimento.

  Se habla de aquello que no hicieron.

  Esto introduce otra dimensión de nuestra culpabilidad.

  No solamente debemos preguntarnos:

  “¿Qué mal hice?”

  También:

  “¿Qué bien pude hacer y decidí no hacer?”

  Santiago lo expresa directamente:

“Y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.”
Santiago 4:17, RVR1960

  ¿Cuántas oportunidades para amar dejamos pasar?

  ¿Cuántas veces pudimos ayudar y no quisimos?

  ¿Cuántas veces escogimos nuestra comodidad frente a la necesidad de otra persona?

  ¿Cuántas veces sabíamos que debíamos pedir perdón y nuestro orgullo no nos permitió hacerlo?

  ¿Cuántas veces pudimos defender a alguien y preferimos guardar silencio?

  ¿Cuántas veces tuvimos tiempo para nuestros propios intereses, pero no para Dios?

  ¿Cuántas veces tuvimos la oportunidad de enseñar a nuestros hijos la Palabra de Dios y simplemente dejamos pasar los años?

  De pronto, el tribunal comienza a sentirse mucho más cerca.

La justicia que pedíamos para otros también nos alcanza

  Aquí ocurre el gran cambio de perspectiva de nuestra serie.

  Al principio contemplábamos víctimas y victimarios.

  Queríamos que Dios hiciera justicia.

  Preguntábamos por qué permitía tanta maldad.

  Nos alegraba descubrir que algún día ninguna injusticia quedaría definitivamente olvidada.

  Pero entonces la luz de la justicia comenzó a acercarse.

  Primero iluminó a los grandes criminales.

  Después a los opresores.

  Después al hombre que abusa del pequeño poder que posee.

  Después al egoísta.

  Después al orgulloso.

  Después al mentiroso.

  Después nuestros pensamientos.

  Después nuestras palabras.

  Después nuestras omisiones.

  Hasta que finalmente esa luz llegó a nosotros.

  Y descubrimos que también estábamos dentro del tribunal.

  Pablo resume nuestra condición:

“¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.”
Romanos 3:9, RVR1960

  Y pocos versículos después:

“No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960

  Ya no podemos señalar cómodamente hacia afuera.

  Nosotros también necesitamos responder delante de Dios.

Cuando somos los acusados comenzamos a comprender la misericordia

  Mientras creemos que la justicia solamente es para los demás, la misericordia puede parecernos demasiado indulgente.

  Pero cuando descubrimos nuestra propia culpabilidad, comenzamos a verla de otra manera.

  El fariseo de la parábola de Jesús podía señalar:

“Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres…”
Lucas 18:11, RVR1960

  El publicano ni siquiera quería levantar los ojos al cielo.

  Solamente decía:

“Dios, sé propicio a mí, pecador.”
Lucas 18:13, RVR1960

  ¿Qué cambió?

  Uno estaba contemplando los pecados de otros.

  El otro estaba contemplando el suyo.

  Y cuando una persona finalmente comprende su propia condición, deja de acercarse al tribunal de Dios exigiendo solamente:

  “¡Justicia!”

  Ahora aparece otra palabra:

  “Misericordia.”

  Porque si Dios aplicara justicia perfecta y nosotros tuviéramos que presentarnos únicamente con nuestra propia justicia, ¿quién podría permanecer?

  El salmista hizo precisamente esa pregunta:

“JAH, si mirares a los pecados, ¿quién, oh Señor, podrá mantenerse?”
Salmo 130:3, RVR1960

  La respuesta resulta incómodamente evidente.

  Por eso el versículo siguiente se vuelve precioso:

“Pero en ti hay perdón, para que seas reverenciado.”
Salmo 130:4, RVR1960

Ahora tenemos un problema mucho más grande

  Hemos llegado a un punto decisivo.

  Dios es perfectamente justo.

  La maldad no puede quedar eternamente impune.

  Habrá juicio.

  Y nosotros hemos descubierto que también somos culpables.

  Entonces ya no estamos estudiando un problema filosófico.

  Estamos estudiando nuestro problema.

  Queríamos un Juez perfectamente justo.

  Lo tenemos.

  Queríamos que conociera toda la verdad.

  La conoce.

  Queríamos que ninguna maldad pudiera esconderse de Él.

  Ninguna puede.

  Queríamos que nadie pudiera comprarlo, engañarlo o escapar de su tribunal.

  Nadie puede.

  Todo parecía maravilloso…

  hasta que descubrimos que nosotros también teníamos que comparecer delante de Él.

  Ahora necesitamos algo que quizá al principio de la serie no comprendíamos.

  Necesitamos justicia para el mal que se cometió.

  Pero también necesitamos misericordia para nosotros.

  Y aparentemente tenemos un problema imposible:

  ¿Cómo puede un Dios perfectamente justo perdonar a personas verdaderamente culpables sin convertir su tribunal en un lugar de impunidad?

  ¿Cómo puede absolver al culpable y continuar siendo justo?

  ¿Cómo puede mantenerse la justicia y, al mismo tiempo, salvarse al pecador?

  Aquí comenzamos a acercarnos al corazón del Evangelio.

  Porque la respuesta de Dios no consistió en fingir que nuestra deuda nunca existió.

  La respuesta finalmente nos llevará hasta la Cruz.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.