Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás?”
Habacuc 1:2, RVR1960
Existe una pregunta que probablemente ha acompañado a la humanidad durante miles de años.
Si Dios existe…
Si Dios es bueno…
Si Dios es justo…
Si Dios ve la maldad…
¿por qué algunas veces parece no hacer nada?
¿Por qué permite que una persona injusta continúe haciendo daño?
¿Por qué algunos mentirosos prosperan?
¿Por qué existen personas corruptas que llegan al final de sus vidas aparentemente sin pagar por lo que hicieron?
¿Por qué Dios no interviene inmediatamente?
Estas preguntas no nacieron en nuestra generación.
También las hicieron hombres que aparecen en la Biblia.
Habacuc contempló violencia, injusticia y destrucción a su alrededor y llegó delante de Dios con una pregunta extraordinariamente humana:
“¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás; y daré voces a ti a causa de la violencia, y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan.”
Habacuc 1:2-3, RVR1960
Habacuc estaba observando algo que parecía contradictorio.
Sabía que Dios era justo.
Pero veía injusticia.
Sabía que Dios tenía poder.
Pero veía violencia.
Sabía que Dios podía intervenir.
Pero aparentemente Dios guardaba silencio.
Y preguntó:
“¿Hasta cuándo?”

Cuando el silencio de Dios parece incomprensible
Habacuc no fue el único.
Jeremías preguntó:
“Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?”
Jeremías 12:1, RVR1960
Observe algo muy interesante.
Jeremías comienza diciendo:
“Justo eres tú, oh Jehová.”
Él no había dejado de creer en la justicia de Dios.
Su problema era que no entendía lo que estaba viendo.
Y esa puede ser también nuestra experiencia.
Podemos creer que Dios es justo y, sin embargo, no comprender por qué permite determinada situación.
Pero existe una diferencia enorme entre que Dios no esté actuando de la manera que nosotros esperamos y que Dios no esté viendo lo que sucede.
“Los ojos de Jehová están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos.”
Proverbios 15:3, RVR1960
Dios ve.
Dios conoce.
Y su silencio temporal no significa aprobación.
“Estas cosas hiciste, y yo he callado; pensabas que de cierto sería yo como tú; pero te reprenderé, y las pondré delante de tus ojos.”
Salmo 50:21, RVR1960
El hombre puede interpretar el silencio de Dios equivocadamente.
Puede pensar que si no hubo una consecuencia inmediata, entonces Dios no está preocupado por aquello que hizo.
Pero la Escritura dice:
“Por cuanto no se ejecuta luego sentencia sobre la mala obra, el corazón de los hijos de los hombres está en ellos dispuesto para hacer el mal.”
Eclesiastés 8:11, RVR1960
Que la sentencia no haya llegado todavía no significa que la conducta haya sido aprobada.
Pero ¿realmente queremos que Dios detenga inmediatamente toda la maldad?
Ahora necesitamos hacernos una pregunta mucho más incómoda.
Con frecuencia miramos las noticias, observamos las guerras, la corrupción, los asesinatos, la explotación y las injusticias y preguntamos:
“¿Por qué Dios no detiene toda esta maldad?”
Pero pensemos cuidadosamente en lo que estamos pidiendo.
¿Qué sucedería si Dios decidiera detener toda la maldad hoy?
No solamente los asesinatos.
No solamente las guerras.
No solamente la corrupción de los gobernantes.
No solamente la explotación de los pobres.
Toda la maldad.
Entonces Dios tendría que aplicar inmediatamente su perfecta justicia sobre cada ser humano culpable.
Y allí aparece nuestro problema.
Porque la Biblia no dice:
“Algunos hombres terriblemente malos pecaron”.
Dice:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
Romanos 3:23, RVR1960
Todos.
El opresor.
La víctima.
El gobernante.
El ciudadano.
El rico.
El pobre.
El religioso.
El que señala el pecado de los demás.
Y también nosotros.
Quizá nuestros pecados no aparecen en los periódicos.
Quizá nunca hemos asesinado a nadie.
Quizá nunca hemos gobernado una nación injustamente.
Quizá nunca hemos robado millones.
Pero eso no significa que seamos inocentes delante de Dios.
Pablo escribió:
“Como está escrito: No hay justo, ni aun uno.”
Romanos 3:10, RVR1960
Esto cambia radicalmente la pregunta.
Ya no podemos señalar hacia afuera y decir:
“Dios, detén a todos los malos.”
Tenemos que preguntarnos:
“¿Y qué pasaría conmigo si Dios aplicara hoy, sin demora, toda su justicia?”
Hay pecados que hemos aprendido a considerar pequeños.
Nos escandaliza el asesino, pero podemos guardar odio durante años.
Nos escandaliza el ladrón, pero podemos ser egoístas con aquello que Dios puso en nuestras manos.
Nos indigna el gobernante orgulloso, mientras nosotros mismos podemos vivir buscando reconocimiento, defendiendo nuestro ego y negándonos a reconocer nuestros errores.
Condenamos al mentiroso, pero quizá nosotros exageramos, escondemos información, manipulamos una historia o decimos solamente aquella parte de la verdad que nos beneficia.
Criticamos a quienes explotan a otros, mientras podemos vivir bajo una filosofía silenciosa que dice:
“Mientras yo esté bien, no me importa lo que les suceda a los demás.”
Eso también revela algo acerca del corazón.
La Escritura dice:
“Al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.”
Santiago 4:17, RVR1960
Esto significa que nuestra culpabilidad no consiste solamente en las cosas malas que hicimos.
También existen ocasiones en que sabíamos hacer el bien y decidimos no hacerlo.
También pecamos por egoísmo.
Pablo describe una actitud completamente contraria al corazón egoísta:
“No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.”
Filipenses 2:4, RVR1960
¿Cuántas veces hemos hecho exactamente lo contrario?
Primero yo.
Mi comodidad.
Mi dinero.
Mi tiempo.
Mis necesidades.
Mis planes.
Y mientras nosotros estemos bien, el sufrimiento de los demás puede parecernos lejano.
Quizá nunca oprimimos una nación.
Pero eso no significa que el egoísmo no exista dentro de nosotros.
También pecamos de orgullo.
El orgullo no necesita un palacio ni un ejército.
Puede vivir perfectamente dentro de una persona común.
Puede aparecer cuando creemos que siempre tenemos la razón.
Cuando no sabemos pedir perdón.
Cuando despreciamos a otra persona.
Cuando creemos que somos moralmente superiores.
Cuando observamos el pecado ajeno y pensamos:
“Yo jamás sería capaz de hacer algo semejante.”
La Escritura advierte:
“Antes del quebrantamiento es la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu.”
Proverbios 16:18, RVR1960
Quizá deberíamos tener cuidado antes de mirar desde lejos a los grandes opresores de la historia y convencernos de que nosotros somos completamente diferentes.
No sabemos qué haríamos si tuviéramos su poder.
No sabemos qué revelaría nuestro corazón si nadie pudiera contradecirnos.
No sabemos cómo actuaríamos si tuviéramos dinero ilimitado, autoridad absoluta y personas obligadas a obedecernos.
Jesús enseñó que el problema de la maldad no comienza solamente en los gobiernos o en los sistemas.
También comienza dentro del ser humano:
“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez.”
Marcos 7:21-22, RVR1960
El problema está mucho más cerca de nosotros de lo que quisiéramos admitir.
Y existen pecados de omisión que pueden tener consecuencias enormes.
Pensemos, por ejemplo, en nuestros hijos.
Dios ordenó a Israel:
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.”
Deuteronomio 6:6-7, RVR1960
¿Qué sucede cuando una generación recibe la Palabra de Dios y decide no enseñarla a la siguiente?
Quizá alimentamos a nuestros hijos.
Los vestimos.
Les damos educación.
Nos preocupamos por su futuro profesional.
Les dejamos bienes.
Pero podemos descuidar algo que, desde la perspectiva bíblica, tiene valor eterno:
enseñarles a conocer a Dios y su Palabra.
El libro de Jueces registra una consecuencia estremecedora:
“Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel.”
Jueces 2:10, RVR1960
Una generación puede recibir una herencia espiritual y fracasar en transmitirla.
Y eso también debe hacernos examinarnos delante de Dios.
Entonces debemos tener mucho cuidado cuando pedimos juicio inmediato.
Cuando decimos:
“Dios debería acabar ahora mismo con toda la maldad.”
Quizá no hemos considerado completamente lo que eso significaría.
Porque si Dios terminara hoy con el tiempo de paciencia y comenzara inmediatamente el juicio definitivo, también terminaría el tiempo de oportunidad para arrepentirse y recibir salvación.
Pedro explica por qué Dios todavía espera:
“El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.”
2 Pedro 3:9, RVR1960
Ahora la espera comienza a verse diferente.
Nosotros preguntábamos:
“¿Por qué Dios no los juzga?”
Y quizá deberíamos añadir:
“Gracias, Dios, porque todavía estás dando tiempo.”
Porque ese tiempo no solamente lo necesitan ellos.
También lo necesitamos nosotros.
El tiempo de gracia es también nuestra oportunidad
Esto nos impide convertir esta serie en un estudio sobre “la maldad de los demás”.
No estamos sentados en las bancas del tribunal observando cómo Dios juzga a los malos.
Nosotros también necesitamos misericordia.
Juan escribió:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.”
1 Juan 1:8, RVR1960
Y añadió:
“Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros.”
1 Juan 1:10, RVR1960
Por eso nadie debería terminar este artículo sintiéndose moralmente superior.
La pregunta no es solamente:
“¿Por qué Dios permite que aquella persona mala continúe viviendo?”
También podríamos preguntarnos:
“¿Por qué Dios me ha dado a mí otro día?”
Otro día para corregir.
Otro día para pedir perdón.
Otro día para perdonar.
Otro día para abandonar aquello que sabemos que está mal.
Otro día para enseñar a nuestros hijos.
Otro día para dejar el egoísmo.
Otro día para humillarnos.
Otro día para reconciliarnos.
Otro día para arrepentirnos.
Otro día para acercarnos a Dios.
Pablo escribió:
“¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”
Romanos 2:4, RVR1960
Entonces quizá el aparente silencio de Dios no sea una señal de debilidad.
Quizá sea una manifestación extraordinaria de paciencia.
Dios ve la maldad.
Dios no está de acuerdo con ella.
Dios ha establecido un día de juicio.
Pero todavía llama.
Todavía perdona.
Todavía transforma.
Todavía salva.
Todavía hay tiempo.
Y ahora podemos comprender por qué debemos tener muchísimo cuidado antes de interpretar la paciencia de Dios como aprobación.
Porque cada día de paciencia no significa que Dios cambió su definición del pecado.
Significa que, por ahora, la puerta del arrepentimiento continúa abierta.
Y eso nos lleva directamente al siguiente tema:
La paciencia de Dios no significa aprobación.
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