Dr. Elio M. Rivera
Existe una palabra que parece haberse vuelto extraordinariamente difícil de pronunciar:
Suficiente.
¿Cuándo tenemos suficiente?
¿Cuánto dinero es suficiente?
¿Cuántas cosas?
¿Cuántas propiedades?
¿Cuánto reconocimiento?
¿Cuántos logros?
¿Cuántos viajes?
¿Cuánta ropa?
¿Cuánto poder?
¿Cuántas experiencias?
¿Cuánto necesitamos conseguir para poder detenernos finalmente y decir:
«Estoy satisfecho»?
La respuesta parece ser:
un poco más.
Siempre un poco más.
Conseguimos aquello que durante meses habíamos deseado.
Nos emocionamos.
Lo disfrutamos.
Y después de algún tiempo ocurre algo extraño:
deja de ser suficiente.
Entonces aparece otra meta.
Otra compra.
Otro proyecto.
Otra experiencia.
Otra posición.
Otro reconocimiento.
Otra cosa que necesitamos alcanzar para sentirnos satisfechos.
Y volvemos a correr.
La Biblia describió esta condición humana hace mucho tiempo:

«El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto.»
Eclesiastés 5:10, RVR1960
Observe la palabra:
«no se saciará».
Ese es el problema que estudiaremos en este capítulo.
No solamente querer algo.
Sino desarrollar un corazón que ya no sabe cuándo tiene suficiente.
Así era al principio: el hombre vivía satisfecho
Regresemos nuevamente al Edén.
Dios colocó al hombre dentro de un mundo caracterizado por la abundancia.
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer…»
Génesis 2:9, RVR1960
Observe las palabras.
«Todo árbol delicioso a la vista».
Había belleza.
«Bueno para comer».
Había provisión.
Adán tenía alimento.
Tenía agua.
Tenía un hogar.
Tenía trabajo.
Tenía propósito.
Tenía compañía.
Tenía una mujer a quien amar.
Tenía una creación extraordinaria para disfrutar.
Y, sobre todo:
tenía a Dios.
No encontramos a Adán recorriendo el huerto desesperado porque necesitaba conseguir otro terreno.
No estaba comparando su huerto con el del vecino.
No necesitaba demostrar que tenía más árboles que alguien más.
No necesitaba reconocimiento público.
No necesitaba acumular para sentirse importante.
No necesitaba comprar algo nuevo para sentirse mejor consigo mismo.
Vivía dentro de la provisión de Dios.
Podía disfrutar sin poseerlo todo.
Podía trabajar sin convertir su trabajo en identidad.
Podía contemplar la creación sin necesitar convertir cada cosa que veía en:
«mía».
Había una razón profunda.
Su corazón todavía no estaba vacío.
Vivía en comunión con Aquel para quien había sido creado.
Esto fue lo que hicimos: quisimos algo más
Entonces apareció la serpiente.
Y resulta extraordinario observar la estrategia.
No llevó a Eva primero hacia todo lo que tenía.
Dirigió su atención hacia lo único que no tenía.
Dios había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer…»
Génesis 2:16, RVR1960
¡De todo árbol!
Abundancia.
Pero había uno que Dios había reservado.
Y precisamente allí se concentró la atención.
De repente, todo lo que tenían pareció perder importancia frente a aquello que no tenían.
Qué descripción tan extraordinaria de algo que continúa ocurriendo hasta nuestros días.
Podemos tener cien cosas buenas.
Pero aparece una que no tenemos.
Y comenzamos a mirarla.
A imaginarla.
A desearla.
Hasta que aquello que nos falta comienza a robarnos el disfrute de todo lo que ya tenemos.
Eva vio:
«…que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría…»
Génesis 3:6, RVR1960
Allí aparece algo que acompañaría al hombre durante toda su historia:
quiero algo más.
No bastó el huerto.
No bastaron todos los demás árboles.
No bastó la provisión.
No bastó la abundancia.
Había algo prohibido.
Y ahora:
lo quería.
El pecado no solamente nos alejó de Dios.
También comenzó a alterar nuestra capacidad de estar satisfechos.
Así vivimos ahora: siempre falta algo
Mire nuestro mundo.
Vivimos persiguiendo constantemente la siguiente cosa.
La persona que no tiene casa piensa:
«Cuando tenga mi casa, estaré satisfecho».
La consigue.
Después piensa:
«Necesito una más grande».
Compra el automóvil que deseaba.
Durante un tiempo le parece extraordinario.
Después aparece otro modelo.
Y aquel automóvil que meses atrás era un sueño comienza a parecer viejo.
La persona obtiene un ascenso.
Celebra.
Después descubre que alguien ocupa una posición superior.
Ahora quiere esa.
Alguien consigue reconocimiento.
Pero después necesita más reconocimiento.
Consigue seguidores.
Ahora quiere más seguidores.
Obtiene poder.
Ahora necesita conservarlo.
Tiene una propiedad.
Quiere otra.
Tiene dinero.
Quiere más.
Realiza un viaje extraordinario.
Antes de terminarlo ya está pensando en el siguiente.
Nada necesariamente malo existe en tener una casa, viajar, prosperar, construir, disfrutar algo hermoso o alcanzar una meta.
El problema aparece cuando convertimos cada logro en una promesa:
«Cuando consiga esto, finalmente seré feliz».
Y después lo conseguimos…
pero la felicidad prometida dura mucho menos de lo esperado.
Entonces comenzamos nuevamente.
Otra cosa.
Otra meta.
Otra experiencia.
Un poco más.
El problema no está en las cosas; está en el vacío
Por eso este capítulo no es realmente acerca de casas, automóviles o posesiones.
Es acerca del corazón humano.
Podemos intentar llenar un vacío espiritual utilizando cosas materiales.
Pero las cosas materiales nunca fueron diseñadas para llenar un vacío espiritual.
Y cuando utilizamos algo para una función para la cual nunca fue creado, inevitablemente fracasa.
Compramos.
Pero necesitamos volver a comprar.
Conseguimos.
Pero necesitamos volver a conseguir.
Acumulamos.
Pero necesitamos continuar acumulando.
Porque ninguna de aquellas cosas alcanza el lugar profundo que estamos intentando llenar.
Es como intentar apagar la sed bebiendo agua salada.
Bebemos.
Pero seguimos teniendo sed.
Entonces bebemos más.
Y la sed aumenta.
El problema no consiste simplemente en que todavía no conseguimos suficiente.
El problema es que estamos intentando saciarnos con algo que no puede saciarnos.
La comparación hizo todavía más difícil estar satisfechos
Y existe otro elemento.
No solamente queremos más.
Muchas veces queremos más que alguien más.
Puedo estar perfectamente satisfecho con mi casa…
hasta que veo la casa de otro.
Puedo disfrutar mi automóvil…
hasta que alguien llega con uno mejor.
Puedo sentirme satisfecho con mis logros…
hasta que descubro los logros de otra persona.
Entonces dejamos de medir nuestra vida por lo que necesitamos y comenzamos a medirla por lo que otros tienen.
La comparación puede convertir abundancia en pobreza dentro de nuestra mente.
Una persona puede tener muchísimo y sentirse miserable porque alguien tiene más.
Por eso la codicia es tan engañosa.
No dice necesariamente:
«No tienes nada».
Dice:
«Lo que tienes no es suficiente».
Y mientras creamos esa voz, nunca podremos descansar.
Entonces entregamos nuestra vida intentando conseguir más
Aquí aparece nuevamente El imperio de la muerte.
Porque la insatisfacción tiene un precio.
Queremos más.
Entonces trabajamos más.
Nos presionamos más.
Competimos más.
Nos endeudamos más.
Sacrificamos más.
Y podemos terminar entregando cosas irrecuperables para conseguir cosas reemplazables.
Sacrificamos tiempo.
Matrimonio.
Familia.
Sueño.
Paz.
Momentos con nuestros hijos.
Años de nuestra vida.
Todo para conseguir:
más.
Y existe una tragedia particular en esto.
Las cosas pueden recuperarse.
El dinero puede volver a ganarse.
Una propiedad puede reemplazarse.
Un automóvil puede comprarse nuevamente.
Pero hay algo que jamás regresa:
el tiempo.
El hijo que tenía cinco años tendrá diez.
Después quince.
Después veinte.
Y un día se irá.
Podemos descubrir demasiado tarde que mientras acumulábamos cosas para nuestra familia, nos perdimos a nuestra familia.
Por eso Jesús hizo una advertencia:
«Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.»
Lucas 12:15, RVR1960
Qué frase:
«La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee».
Sin embargo, una enorme parte de nuestra sociedad parece vivir exactamente como si consistiera en eso.
Salomón consiguió prácticamente todo
Si queremos saber si tener más finalmente satisface, la Biblia nos presenta un experimento extraordinario.
Salomón tuvo recursos para probarlo.
Él mismo cuenta:
«Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas…»
Eclesiastés 2:4, RVR1960
Construyó.
Plantó.
Acumuló.
Tuvo posesiones.
Riquezas.
Entretenimiento.
Placer.
Poder.
Prestigio.
Y dijo:
«No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan…»
Eclesiastés 2:10, RVR1960
Imagine eso.
Prácticamente:
Lo vi. Lo quise. Lo conseguí.
Si la satisfacción definitiva pudiera comprarse, Salomón estaba en condiciones de encontrarla.
Pero después de contemplar todo aquello declaró:
«Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos… y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu…»
Eclesiastés 2:11, RVR1960
Había conseguido más.
Pero «más» no había conseguido llenar el corazón.
No culpemos a Dios por una carrera que Él nunca nos pidió correr
Entonces aparece nuevamente una de las grandes enseñanzas de esta serie.
Dios no creó al hombre para vivir permanentemente insatisfecho.
No diseñó nuestra existencia como una carrera interminable donde tenemos que superar al vecino para sentir que valemos algo.
No nos dijo que nuestra identidad dependería del tamaño de nuestra casa.
No determinó nuestro valor por el automóvil que conducimos.
No dijo que nuestra importancia dependería de cuántas personas conocen nuestro nombre.
No nos creó para sacrificar nuestra salud, familia y paz intentando demostrar que tenemos éxito.
Nosotros construimos gran parte de ese mundo.
Y después terminamos agotados intentando sobrevivir dentro de él.
Nos comparamos.
Competimos.
Codiciamos.
Acumulamos.
Nos endeudamos.
Nos presionamos.
Y después preguntamos:
¿Por qué no tengo paz?
Quizá porque estamos buscando satisfacción precisamente donde Dios nunca dijo que la encontraríamos.
Cristo es la esperanza: volver a aprender la palabra «suficiente»
Entonces apareció Jesucristo.
Y en medio de una humanidad corriendo detrás de más, comenzó a enseñar algo completamente diferente.
Habló de tesoros que no pueden perderse.
Habló de un Padre que conoce nuestras necesidades.
Habló de buscar primero el Reino de Dios.
Habló de una vida cuyo valor no depende de las posesiones.
Y dijo:
«…la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.»
Cristo vino a devolvernos algo que habíamos perdido:
la capacidad de encontrar nuestra plenitud nuevamente en Dios.
Pablo aprendería esa libertad y escribiría:
«He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación.»
Filipenses 4:11, RVR1960
Observe:
«He aprendido».
El contentamiento puede aprenderse.
Podemos volver a disfrutar lo que tenemos sin ser atormentados por lo que nos falta.
Podemos volver a mirar nuestra casa y agradecerla sin compararla.
Podemos disfrutar una comida.
Nuestra familia.
Nuestros amigos.
Nuestro trabajo.
Un día tranquilo.
Una conversación.
Un amanecer.
Podemos trabajar y prosperar sin convertir la acumulación en el propósito de nuestra existencia.
Podemos tener mucho sin que lo mucho nos tenga a nosotros.
Y también podemos atravesar temporadas de poco sin creer que hemos perdido nuestro valor.
Porque Cristo comienza a llevarnos nuevamente hacia aquello que el hombre tenía antes de la caída:
Dios en el centro y las cosas alrededor.
Ese es el orden correcto.
El problema comenzó cuando quitamos a Dios del centro e intentamos llenar aquel espacio con cosas.
No caben.
Nunca cabrán.
Por eso quizá una de las grandes victorias sobre El imperio de la muerte ocurre cuando un ser humano finalmente puede mirar lo que Dios ha puesto en sus manos, respirar profundamente y pronunciar una palabra que el mundo casi ha olvidado:
«Suficiente».
Tengo cosas que todavía deseo alcanzar.
Tengo proyectos.
Tengo sueños.
Puedo continuar creciendo.
Puedo trabajar.
Puedo construir.
Pero mi felicidad no comenzará cuando consiga la siguiente cosa.
Puedo vivir hoy.
Puedo agradecer hoy.
Puedo amar hoy.
Puedo disfrutar hoy.
Porque finalmente comprendí que aquello que mi corazón buscaba desesperadamente detrás de tantas cosas no era otra cosa.
Era volver a casa.
Era volver a la fuente.
Era volver a Dios.
Y para eso vino Jesucristo:
para llevarnos de regreso.
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