Dr. Elio M. Rivera
Existe una idea que he escuchado muchas veces y que, aunque generalmente intenta defender la bondad de Dios, puede terminar presentándolo de una manera que considero equivocada.
Algo malo ocurre.
Una enfermedad.
Una pérdida.
Un accidente.
Una traición.
Una tragedia.
Y alguien dice:
«Dios permitió esto para enseñarte algo».
O incluso:
«Dios hizo que esto sucediera para que conocieras su bondad».
Creo que tenemos que ser muy cuidadosos.
Porque si llevamos esa idea demasiado lejos terminamos construyendo una imagen extraña de Dios.
Sería como imaginar a un padre diciendo:
«Voy a herir a mi hijo para que después, cuando yo lo cure, descubra lo bueno que soy».
Esa imagen no corresponde al Padre que encuentro revelado en Jesucristo.
Dios no necesita destruirnos para después demostrar que sabe restaurarnos.
No necesita enfermarnos para después demostrar que puede consolarnos.
No necesita producir una tragedia para tener una oportunidad de enseñarnos misericordia.
El pecado ya produjo suficiente dolor.
La rebelión ya introdujo suficiente desorden.
Vivimos en una creación que, según Pablo, fue sujetada a corrupción y que todavía gime esperando su restauración.
«Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora» (Romanos 8:22, RVR1960).
Ése es el mundo en el que actualmente vivimos.
Un mundo donde existen enfermedades.
Accidentes.
Violencia.
Injusticia.
Traiciones.
Desastres.
Muerte.
Un mundo donde las decisiones de una persona pueden afectar a muchas otras.
Un mundo donde alguien puede sufrir por algo que nunca escogió.
Y nos guste o no, mientras vivamos dentro de esta creación afectada por el pecado, todos estaremos expuestos de alguna manera a sus consecuencias.
Jesús mismo dijo:

«En el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33, RVR1960).
No dijo:
«Yo voy a producir todas sus aflicciones para enseñarles quién soy».
Dijo que vivimos en un mundo donde la aflicción existe.
Pero inmediatamente añadió:
«pero confiad, yo he vencido al mundo».
Ésa es una diferencia enorme.
Cristo no se presenta como el autor de nuestra destrucción.
Se presenta como aquel a quien podemos acudir cuando la destrucción nos alcanza.
Una cosa es permitir y otra muy distinta producir
Creo que necesitamos recuperar esta distinción.
Que algo ocurra dentro de un mundo que Dios todavía permite existir no significa automáticamente que Dios haya decidido personalmente producir ese acontecimiento.
Dios permite temporalmente que exista un mundo donde las criaturas toman decisiones reales.
Permite que exista una creación todavía no completamente restaurada.
Permite que las consecuencias del pecado sean visibles.
Pero eso no significa que detrás de cada tragedia encontremos a Dios diciendo:
«Yo hice esto».
Algunas cosas son consecuencia directa del pecado de una persona.
Otras son consecuencia de decisiones humanas acumuladas.
Otras pertenecen simplemente a la fragilidad de un mundo que todavía no ha sido restaurado.
Y habrá situaciones en las que sencillamente no sabremos por qué ocurrió algo específico.
Pero considero peligroso atribuir automáticamente a Dios cada tragedia.
Porque podemos terminar haciendo responsable al Médico de la enfermedad que vino a sanar.
Responsable al Libertador de las cadenas que vino a romper.
Responsable al Consolador de las heridas que vino a vendar.
Cuando observamos a Jesús, encontramos algo revelador.
Las personas enfermas se acercaban a Él.
Y Jesús las sanaba.
Los quebrantados se acercaban.
Y Él los restauraba.
Los afligidos se acercaban.
Y Él los consolaba.
Los oprimidos se acercaban.
Y Él los liberaba.
Ésa es la imagen que Jesús nos presenta del Padre.
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9, RVR1960).
Por eso me cuesta aceptar la idea de un Dios que primero destroza deliberadamente a una persona para después acercarse y decir:
«Ahora observa lo misericordioso que soy».
No.
Creo que ocurre algo diferente.
El dolor llega porque vivimos en un mundo herido.
Y entonces Dios dice:
«Llámame».
«Ven a mí».
«Permíteme entrar contigo en esto».
«Déjame mostrarte el camino».
Y cuando lo invocamos, descubrimos quién es Él.
No porque haya provocado la tormenta para presentarse como Salvador.
Sino porque estuvo dispuesto a entrar en la tormenta con nosotros.

Los amigos se conocen en la dificultad
Existe una frase popular que dice:
«Los verdaderos amigos se conocen en los momentos difíciles».
Creo que contiene mucha verdad.
Imagine que estoy atravesando una enfermedad grave.
Algunas personas desaparecen.
Otras se mantienen lejos.
Pero un amigo llega.
Se sienta conmigo.
Me acompaña.
Me ayuda.
Me lleva donde necesito ir.
Ora conmigo.
Permanece cuando todos los demás se fueron.
Después de aquello probablemente diré:
«Ahora sé quién era realmente mi amigo».
Pero sería absurdo pensar:
«Mi amigo tuvo que producir mi enfermedad para demostrarme que era mi amigo».
No.
La enfermedad reveló algo.
No creó la amistad.
La dificultad simplemente produjo el escenario donde pude conocer una dimensión de aquel amigo que quizá antes no conocía.
Creo que muchas veces ocurre exactamente eso con Dios.
La crisis no necesariamente vino de Él.
Pero cuando lo invocamos dentro de ella descubrimos algo acerca de Él.
Descubrimos que permanece.
Que escucha.
Que consuela.
Que dirige.
Que provee.
Que puede sostenernos cuando sentimos que ya no podemos continuar.
Y después podemos decir:
«Conocí a Dios de una manera que antes no lo conocía».
Pero debemos tener cuidado con la conclusión.
No significa:
«Dios produjo mi tragedia para mostrarme quién era».
Significa:
«Cuando la tragedia llegó, descubrí quién era Dios».
Son dos afirmaciones completamente diferentes.
«Todas las cosas ayudan a bien» no significa que todas las cosas sean buenas
Pablo escribió uno de los versículos más conocidos de la Biblia:
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien…» (Romanos 8:28, RVR1960).
Pero observe algo muy importante.
No dice:
«Todas las cosas son buenas».
Tampoco dice:
«Dios produce todas las cosas malas para que después resulten buenas».
Dice que Dios posee la capacidad de hacer que incluso dentro de circunstancias terribles exista un resultado redentor.
Eso habla de su poder.
No de que sea autor del mal.
Una cosa es producir una tragedia.
Otra muy diferente es ser tan poderoso que puede tomar una tragedia que nunca debió suceder y hacer surgir algo bueno en medio de ella.
Eso es lo que Dios hace.
José constituye un ejemplo extraordinario.
Sus hermanos lo odiaron.
Lo vendieron.
Lo separaron de su padre.
Fue llevado como esclavo.
Fue acusado injustamente.
Terminó en prisión.
¿Tenemos que decir que Dios produjo el odio de sus hermanos?
¿Que Dios sembró en ellos los celos?
¿Que Dios quiso la injusticia?
No.
Al final José pudo decir:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20, RVR1960).
Observe la diferencia.
«Vosotros pensasteis mal».
El mal tuvo responsables.
Pero:
«Dios lo encaminó a bien».
Ése es el Dios que estoy intentando describir.
No un Dios que necesita producir el mal.
Un Dios capaz de interceptar el mal y redimir sus consecuencias.
No un Dios que fabrica cenizas.
Un Dios que puede hacer surgir belleza de ellas.
No un Dios que provoca heridas para después ponerse una medalla por sanarlas.
Un Dios que encuentra al herido y dice:
«Déjame ayudarte».
Ésa es una imagen completamente diferente.
Y para mí es muchísimo más coherente con Jesucristo.
¿Entonces Dios interviene en nuestra vida?
Sí.
Creo profundamente que Dios interviene.
Pero aquí aparece otra verdad que hemos venido desarrollando desde el comienzo.
Dios nos creó para relacionarnos con Él.
No nos creó para ignorarlo mientras Él gobierna cada detalle de nuestra vida como si fuéramos marionetas.
Una y otra vez la Biblia presenta a hombres y mujeres invocando a Dios.
Pidiendo.
Buscando.
Clamando.
Orando.
Y Dios respondiendo.
«Clama a mí, y yo te responderé» (Jeremías 33:3, RVR1960).
Jesús dijo:
«Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7:7, RVR1960).
Santiago escribió:
«No tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2, RVR1960).
No estoy diciendo con esto que Dios carezca de soberanía o que jamás pueda actuar sin una oración previa.
La Escritura muestra claramente que puede hacerlo.
Pero sí encontramos un patrón extraordinariamente consistente:
Dios quiere que sus hijos lo invoquen.
Que lo busquen.
Que lo incluyan.
Que dependan de Él.
Que le pidan ayuda.
Y muchas veces es precisamente cuando lo hacemos que comenzamos a descubrir su intervención.
Llegó la enfermedad.
Clamamos.
Llegó la pérdida.
Clamamos.
Llegó la confusión.
Clamamos.
Llegó una situación que no sabemos resolver.
Clamamos.
Y Dios empieza a mostrarnos caminos.
Personas.
Recursos.
Sabiduría.
Consuelo.
Fuerza.
Dirección.
A veces cambia las circunstancias.
Otras veces nos cambia a nosotros mientras atravesamos las circunstancias.
Y muchas veces hace ambas cosas.
Entonces descubrimos:
«Dios estuvo conmigo».
Pero nuevamente:
no porque Él necesitara fabricar el problema para mostrar su presencia.
Sino porque cuando el problema llegó, nosotros abrimos la puerta de nuestra vida y le pedimos que entrara.
Y entró.
No culpemos a Dios por aquello que el pecado produjo
Esto me parece especialmente importante porque una teología mal formulada puede herir muchísimo a quien ya está sufriendo.
Imagine a una madre que perdió un hijo.
Imagine a alguien que fue abusado.
Imagine a una persona abandonada.
Imagine a alguien que recibió un diagnóstico terrible.
Y entonces alguien se acerca y dice:
«Dios hizo que esto sucediera porque necesitaba enseñarte algo».
Debemos ser extremadamente cuidadosos.
Porque quizá, sin darnos cuenta, estamos haciendo a Dios responsable de aquello de lo que esa persona necesita que Dios la sane.
Jesús nunca necesitó quebrar una pierna para demostrar que podía sanar.
Nunca necesitó producir hambre para demostrar que podía alimentar.
Nunca necesitó crear una tormenta moral dentro de una persona para demostrar que podía liberarla.
Cuando encontró sufrimiento, respondió con misericordia.
Creo que ésa debe ser nuestra referencia.
Vivimos dentro de una guerra moral que comenzó mucho antes que nosotros.
Nacimos en un planeta donde la rebelión ya había dejado profundas consecuencias.
Todos estaremos expuestos a ellas.
Algunas serán resultado de nuestras propias decisiones.
Otras serán consecuencia de decisiones de otras personas.
Y otras pertenecerán simplemente a la condición actual de una creación que todavía gime.
Pero nuestra historia no tiene que terminar allí.
Porque podemos invocar a Dios.
Y cuando lo hacemos, el pecado ya no es el único actor en nuestra historia.
Ahora entra el Redentor.
Entra el Consolador.
Entra el Padre.
Entra aquel que puede tomar algo que estaba destruyendo una vida y comenzar a trabajar hacia la restauración.
Por eso Romanos 8:28 es tan hermoso.
No porque diga que Dios hizo todo lo malo.
Sino porque dice, en esencia:
«Aun esto no está fuera de su capacidad para redimir».
Aun esto.
Aun la pérdida.
Aun el fracaso.
Aun aquello que alguien hizo contra ti.
Aun los años que parecen perdidos.
Aun las lágrimas.
Si ponemos nuestra vida en sus manos, Dios puede trabajar dentro de una historia rota y llevarla hacia un lugar que jamás habría podido alcanzar por sí sola.
Ésa es grandeza.
No provocar destrucción para después arreglarla.
Sino ser capaz de entrar en una destrucción que Él no necesitó producir y vencerla.
Y quizá por eso muchos de nosotros hemos llegado a decir que Dios es bueno.
No porque Él produjo nuestro dolor.
Sino porque lo conocimos allí.
Porque cuando todos los demás se fueron, permaneció.
Cuando no sabíamos qué hacer, encontramos dirección.
Cuando estábamos destruidos, encontramos misericordia.
Cuando pensamos que nuestra historia había terminado, descubrimos que todavía podía escribir otro capítulo.
El dolor no demostró que Dios fuera bueno.
Lo que Dios hizo en medio del dolor nos mostró su bondad.
Y esa diferencia, para mí, cambia todo.
Por tanto, cuando observamos sus acciones, comenzamos a conocerlo.
Aprendemos que Dios es bueno porque hace el bien.
¿Que podemos aprender de Dios aquí?
«Bueno es Jehová para con todos, y sus misericordias sobre todas sus obras.»
Salmos 145:9, RVR1960
Aprendemos que Dios es misericordioso porque tiene misericordia.
«Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia.»
Salmos 103:8, RVR1960
Aprendemos que Dios es paciente porque da oportunidad para arrepentirnos.
«El Señor no retarda su promesa… sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.»
2 Pedro 3:9, RVR1960
Aprendemos que Dios es justo porque no permitirá que el mal permanezca para siempre.
«Porque Jehová es justo, y ama la justicia; el hombre recto mirará su rostro.»
Salmos 11:7, RVR1960
Aprendemos que Dios es Salvador porque busca al perdido.
«Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Lucas 19:10, RVR1960
Aprendemos que Dios es Consolador porque se acerca al que sufre.
«El cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones.»
2 Corintios 1:4, RVR1960
Aprendemos que Dios sana al quebrantado.
«Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.»
Salmos 147:3, RVR1960
Aprendemos que Dios escucha cuando lo invocamos.
«Clama a mí, y yo te responderé.»
Jeremías 33:3, RVR1960
Aprendemos que Dios es nuestro ayudador.
«He aquí, Dios es el que me ayuda; el Señor está con los que sostienen mi vida.»
Salmos 54:4, RVR1960
Aprendemos que Dios es Redentor porque puede tomar aquello que el pecado destruyó y producir algo nuevo de nuestras cenizas.
«A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar del espíritu angustiado.»
Isaías 61:3, RVR1960
Aprendemos que Dios puede transformar nuestro dolor en gozo.
«Has cambiado mi lamento en baile; desataste mi cilicio, y me ceñiste de alegría.»
Salmos 30:11, RVR1960
Y aprendemos que Dios es Restaurador porque su propósito final no es dejar a su creación herida para siempre, sino hacer nuevas todas las cosas.
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.»
Apocalipsis 21:4, RVR1960
Y después Dios mismo declara:
«He aquí, yo hago nuevas todas las cosas.»
Apocalipsis 21:5, RVR1960
Así que nuestra conclusión no nace solamente de una afirmación.
Observamos lo que Dios hace y descubrimos quién es.
El pecado destruye.
Dios restaura.
El dolor produce lágrimas.
Dios consuela.
La herida quebranta.
Dios sana.
El hombre se pierde.
Dios busca y salva.
La rebelión produjo muerte.
Dios ofrece vida.
Las cenizas hablan de lo que se perdió.
Dios todavía puede hacer surgir belleza de ellas.
Y cuando finalmente observamos todas estas acciones juntas, comenzamos a descubrir el retrato que la Biblia nos presenta de Él:
Dios es bueno.
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