En el capítulo anterior descubrimos algo que cambia considerablemente nuestra manera de entender el trabajo:
Adán trabajaba antes de que existiera el pecado.
Dios lo había colocado en el huerto:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Por tanto, el trabajo no apareció como castigo.
Pero ahora quiero detenerme en algo diferente.
Nosotros solamente conocemos el trabajo dentro de un mundo caído.
Conocemos el cansancio.
La frustración.
Los proyectos que fracasan.
Las cosechas que se pierden.
Las empresas que cierran.
Los empleos que desaparecen.
Los malos jefes.
Los malos empleados.
La competencia.
La injusticia.
Las enfermedades que nos impiden continuar.
Las cosas que se rompen.
El esfuerzo que algunas veces parece no producir resultados.
Y conocemos perfectamente la presión de tener que trabajar para sobrevivir.
Pero Adán comenzó trabajando en condiciones completamente diferentes.
Todavía no existían:
«espinos y cardos».
Todavía Dios no había pronunciado:
«con el sudor de tu rostro comerás el pan».
Todavía la tierra no había sido maldecida.
Entonces surge una pregunta fascinante:
¿cómo sería trabajar en un mundo sin maldición?

Antes de que Adán trabajara, Dios había trabajado
Hay un detalle de Génesis que ahora me parece extraordinariamente hermoso.
Cuando pensamos en el huerto de Edén, solemos imaginar a Adán trabajando en él.
Pero Adán no fue el primero que trabajó allí.
La Biblia dice:
«Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (Génesis 2:8, RVR1960).
Quiero detenerme en una sola palabra:
«plantó».
Génesis no dice solamente que Dios hizo aparecer un huerto.
Dice que:
lo plantó.
Plantar es precisamente colocar aquello que crecerá, establecerlo y disponerlo para que se desarrolle.
Por supuesto, Dios podía haber hecho aparecer todo instantáneamente si así lo hubiera querido.
Pero el lenguaje que el Espíritu Santo escogió para describir aquella acción es profundamente hermoso:
Dios plantó un huerto.
Eso nos permite contemplar una escena que pocas veces imaginamos.
Dios escogiendo qué crecería allí.
Un árbol aquí.
Otro más allá.
Una especie junto a otra.
Vegetación.
Frutos.
Formas.
Alturas.
Espacios.
Aromas.
Sombras.
Colores.
Y agua recorriendo aquel escenario.
No sabemos el orden exacto en que Dios hizo cada cosa y no necesitamos inventarlo.
Pero sí sabemos quién diseñó y plantó aquel jardín.
Dios.
Y el versículo siguiente añade:
«Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer» (Génesis 2:9, RVR1960).
Observe las dos características.
«delicioso a la vista».
Y:
«bueno para comer».
El Jardinero estaba pensando en utilidad.
Pero también estaba pensando en belleza.
El árbol tenía que producir alimento.
Pero Dios quiso además que fuera hermoso.
Eso me conmueve.
Porque antes de encontrar a Adán trabajando, encontramos a su Padre trabajando en el lugar que entregaría a su hijo.
Dios había plantado.
Dios había diseñado.
Dios había hecho crecer.
Dios había preparado.
Y entonces:

«Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Ahora la escena adquiere otro significado.
Dios no puso a Adán frente a un terreno abandonado y le dijo:
«Arréglatelas».
El Padre había comenzado el trabajo.
Después invitó al hijo a participar.
Dios plantó; Adán labró.
Dios diseñó; Adán aprendió a cuidar.
Dios comenzó; Adán recibió algo que podía continuar desarrollando.
Y si Dios se encontraba con ellos, como veremos más adelante en el relato, me parece hermoso imaginar el aprendizaje que podía producirse allí.
El hombre trabajando en aquello que Dios había plantado.
Preguntando.
Aprendiendo.
Descubriendo.
Observando cómo funcionaba la creación.
Y teniendo cerca al propio Creador.
No sabemos cuáles fueron aquellas conversaciones.
La Biblia no las registra.
Pero la relación sí está allí.
Y eso me permite contemplar el trabajo original de una manera completamente diferente:
el hijo participando en la obra de su Padre.
Quizá allí encontramos una de las definiciones más hermosas del trabajo.
No solamente hacer algo para obtener algo.
Sino participar con Dios en aquello que Él está haciendo.
¿Qué cambió después del pecado?
La diferencia se vuelve evidente cuando colocamos Génesis 2 junto a Génesis 3.
Antes:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Después:
«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida» (Génesis 3:17, RVR1960).
Después aparecen:
«Espinos y cardos» (Génesis 3:18, RVR1960).
Y finalmente:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:19, RVR1960).
Observe cuidadosamente.
Dios no dijo:
«Ahora, como castigo, tendrás que trabajar».
Adán ya trabajaba.
Lo que cambió fue la relación entre el hombre, el trabajo y la creación.
Antes el trabajo tenía propósito.
Después aparece el dolor.
Antes el hombre cultivaba una tierra no maldecida.
Después:
«Maldita será la tierra por tu causa».
Antes cultivaba.
Después la tierra respondería también con:
«espinos y cardos».
El trabajo permaneció.
La resistencia apareció después.
Eso me ayuda a distinguir dos cosas que algunas veces confundimos:
esfuerzo no necesariamente significa sufrimiento.
Podemos esforzarnos haciendo algo que disfrutamos profundamente.
Un artista puede pasar horas pintando.
Un escritor puede pasar horas escribiendo.
Un jardinero puede terminar cansado después de trabajar y, sin embargo, contemplar satisfecho lo que hizo.
Hay esfuerzo.
Pero también hay gozo.
Eclesiastés dice:
«Y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor» (Eclesiastés 3:13, RVR1960).
Eso debió formar parte de la experiencia original de Adán.
Trabajar.
Producir.
Aprender.
Desarrollar.
Y disfrutar el resultado.
Además, Adán no trabajaba principalmente por miedo a morir de hambre.
Dios ya le había dicho:
«De todo árbol del huerto podrás comer» (Génesis 2:16, RVR1960).
Había provisión.
El trabajo tenía entonces una dimensión que nosotros hemos perdido parcialmente.
No era solamente supervivencia.
Era propósito.
Era productividad.
Era aprendizaje.
Era creatividad.
Era administración.
Era gobierno.
Y era participación con Dios.
Imagine ahora trabajar con una creación que no estuviera constantemente resistiéndose.
Nosotros conocemos malezas.
Plagas.
Enfermedades.
Sequías.
Heladas.
Hongos.
Erosión.
Pérdida de cosechas.
Desastres naturales.
Y finalmente conocemos nuestro propio agotamiento.
No quiero afirmar cómo funcionaba cada proceso natural antes de la caída porque Génesis no nos proporciona esos detalles.
Pero algo sí podemos afirmar:
la maldición todavía no existía.
Adán trabajaba una tierra que todavía no había escuchado:
«Maldita será la tierra por tu causa».
¿Qué se sentiría trabajar así?
Sembrar y ver crecer.
Cultivar y producir.
Planear y desarrollar.
Utilizar nuestras capacidades sin estar luchando constantemente contra una creación quebrantada.
Quizá una de las diferencias fundamentales entre aquel mundo y el nuestro fuera ésta:
Adán trabajaba con la creación; nosotros muchas veces tenemos que trabajar contra su resistencia.
Y todavía había muchísimo por hacer.
Porque Dios no había dicho solamente:
«cuida este huerto».
También había dicho:
«llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
El huerto era el comienzo.
Había una Tierra entera por desarrollar.
Imagine el potencial de generaciones de seres humanos inteligentes, sanos, aprendiendo y trabajando en una creación sin maldición.
¿Cuánto podrían haber desarrollado?
¿Cuánto habrían aprendido?
¿Cuánto podrían haber construido?
No lo sabemos.
La historia tomó otro camino.
Pero podemos reconocer el proyecto original:
hijos trabajando dentro del Reino de su Padre.
Cristo también vino a redimir aquello que la maldición dañó
Aquí nuestra investigación comienza a acercarse nuevamente a Cristo.
Porque estamos tratando de comprender qué se perdió para después comprender mejor qué significa redimir.
La caída afectó nuestra relación con Dios.
Afectó nuestro cuerpo.
Afectó nuestras relaciones.
Afectó la creación.
Y Génesis declara explícitamente que afectó también nuestra relación con el trabajo.
Entonces no debería sorprendernos que la obra redentora de Cristo alcance finalmente también esta dimensión de nuestra existencia.
Pablo escribió:
«Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición» (Gálatas 3:13, RVR1960).
Ese pasaje tiene específicamente el contexto de la maldición de la ley, y debemos respetarlo.
Pero la historia completa de la redención nos lleva todavía más lejos.
Porque cuando llegamos al final de Apocalipsis encontramos una declaración extraordinaria:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Eso es restauración.
La Biblia comienza con una creación sin maldición.
Génesis 3 introduce la maldición.
Y Apocalipsis termina declarando:
«no habrá más maldición».
Pero observe lo que ocurre inmediatamente después:
«y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
La maldición desaparece.
El servicio permanece.
Y después:
«y reinarán por los siglos de los siglos» (Apocalipsis 22:5, RVR1960).
Otra vez encontramos lo que vimos al principio.
Servicio.
Propósito.
Gobierno.
Eso significa que Cristo no vino simplemente para liberarnos de hacer cosas.
Vino a restaurar aquello que el pecado corrompió.
Y eso incluye finalmente nuestra relación con el trabajo.
No creo que tengamos que esperar necesariamente hasta Apocalipsis 22 para comenzar a experimentar algo de esa restauración.
Seguimos viviendo en un mundo caído.
Todavía existen malos empleos.
Todavía existen jefes injustos.
Todavía hay explotación.
Todavía existen negocios que fracasan.
Todavía nos cansamos.
Todavía enfrentamos las consecuencias de vivir en una creación que no ha sido completamente restaurada.
Pero Cristo puede comenzar a cambiar nuestra relación con el trabajo ahora.
Puede darnos sabiduría.
Puede abrir puertas.
Puede concedernos favor.
Puede guiarnos.
Puede mostrarnos dónde utilizar nuestras capacidades.
Puede darnos ideas.
Puede permitirnos encontrar trabajos donde podamos servir, producir, crear y bendecir.
Puede incluso tomar situaciones laborales difíciles y utilizarlas para nuestro bien.
No estoy diciendo que todo cristiano tendrá automáticamente un trabajo fácil, sin problemas y extraordinariamente remunerado.
La Biblia no promete eso.
Estoy diciendo algo diferente.
La maldición no tiene que definir para siempre nuestra relación espiritual con el trabajo.
Dios puede y quiere llevarnos hacia una manera de trabajar donde aquello que hacemos recupere propósito.
Donde podamos decir:
«Señor, quiero trabajar contigo».
Y también:
«Quiero hacer esto para ti».
Porque el Nuevo Testamento introduce una perspectiva extraordinaria sobre el trabajo:
puede convertirse en adoración.
Pablo escribió:
«Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Colosenses 3:23, RVR1960).
Y continúa:
«porque a Cristo el Señor servís» (Colosenses 3:24, RVR1960).
Esto puede transformar completamente un empleo.
Quizá mi jefe no sea justo.
Quizá nadie reconozca mi esfuerzo.
Quizá otro reciba el crédito.
Quizá el trabajo sea difícil.
Pero puedo tomar una decisión interior:
«Esto no lo voy a hacer solamente para un hombre. Lo voy a hacer para Cristo».
Entonces cambia para quién trabajo.
Puedo trabajar con integridad.
Con excelencia.
Con honestidad.
Con gratitud.
Con responsabilidad.
No porque mi jefe lo merezca.
Porque Cristo lo merece.
Pablo lo llevó todavía más lejos:
«Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios» (1 Corintios 10:31, RVR1960).
«Hacedlo todo».
También trabajar.
Entonces el escritorio puede convertirse en altar.
El taller puede convertirse en altar.
La cocina puede convertirse en altar.
El campo puede convertirse en altar.
La oficina puede convertirse en altar.
La empresa puede convertirse en un lugar donde honramos a Dios.
No porque el lugar sea perfecto.
Sino porque la persona para quien finalmente estamos trabajando ha cambiado.
Y creo que allí comienza a romperse algo de la maldición.
Quizá Dios cambie nuestro trabajo.
Quizá abra otra puerta.
Quizá nos dé una idea.
Quizá nos permita emprender.
Quizá cambie nuestras circunstancias.
Pero algunas veces hará primero algo todavía más profundo:
cambiará al trabajador.
Y aquello que antes solamente producía amargura puede comenzar a convertirse en servicio.
Aquello que solamente era obligación puede adquirir propósito.
Aquello que hacíamos solamente por dinero puede convertirse también en una oportunidad para glorificar a Dios.
Y aun dentro de circunstancias injustas, Dios puede tomar lo que parecía una maldición y utilizarlo para producir bendición.
Pablo escribió:
«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28, RVR1960).
Eso también es redención.
¿Qué aprendimos de Dios?
Este capítulo añade una pieza preciosa al retrato que estamos construyendo.
Antes de que Adán trabajara:
Dios plantó.
Antes de pedirle que cuidara:
Dios preparó.
Antes de entregarle una responsabilidad:
Dios comenzó la obra.
Puedo imaginar a Dios plantando aquel jardín.
Un árbol.
Después otro.
Pensando en fruto.
Pensando en belleza.
Pensando en sombra.
Pensando en aromas.
Pensando en colores.
Pensando en aquellos hijos que pronto caminarían entre lo que Él estaba plantando.
Y después entregándoles aquel lugar y permitiéndoles participar.
Eso me muestra a un Dios trabajador.
Un Dios creativo.
Un Dios que disfruta producir belleza.
Un Dios que no solamente hace cosas para sus hijos, sino que los invita a trabajar con Él.
Y después de la caída encuentro algo todavía más hermoso.
El mismo Dios que vio cómo el pecado convirtió el trabajo en dolor, sudor, frustración y resistencia no abandonó a sus hijos dentro de la maldición.
Cristo vino.
Y la historia terminará exactamente donde el corazón del Padre quería llevarla:
«Y no habrá más maldición» (Apocalipsis 22:3, RVR1960).
Pero seguiremos sirviendo.
Seguiremos teniendo propósito.
Seguiremos reinando.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea:
«¿Cómo puedo dejar de trabajar?»
Sino:
«¿Cómo puedo volver a trabajar con mi Padre?»
¿Cómo puedo hacer de mi profesión una adoración?
¿Cómo puedo utilizar lo que sé para servir?
¿Cómo puedo desarrollar aquello que Dios puso en mis manos?
¿Cómo puedo hacer mi trabajo:
«como para el Señor»?
Porque quizá una de las cosas que Cristo quiere restaurar en nosotros es precisamente ésta:
que el trabajo deje de ser solamente aquello que hacemos para sobrevivir…
y vuelva a convertirse en parte del propósito para el cual fuimos creados.
El Padre plantando.
El hijo cultivando.
Ambos participando en el mismo proyecto.
Quizá así comenzó el trabajo.
Y cuando finalmente desaparezca toda maldición, descubriremos hasta dónde podía llegar aquella idea que comenzó en un jardín:
los hijos de Dios trabajando, creando, sirviendo y gobernando junto a su Padre, para su gloria y dentro de su Reino.
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