Por el Dr. Elio M Rivera
La actitud que Jesús enseñó para esperar su regreso
Después de estudiar tantas señales, profecías y acontecimientos relacionados con el regreso de Jesucristo, llegamos inevitablemente a la pregunta más importante de todo este libro.
No es:
¿Cuánto tiempo falta?
Tampoco:
¿Cuál será la próxima señal?
Ni siquiera:
¿Estamos viviendo realmente cerca del fin?
La pregunta verdaderamente importante es mucho más personal:
Si Cristo regresara, ¿estaría yo preparado?
Porque podemos conocer las profecías y no estar preparados.
Podemos estudiar Daniel y Apocalipsis y no estar preparados.
Podemos observar lo que sucede en Israel, seguir los acontecimientos de Jerusalén, estudiar los preparativos relacionados con el Templo y conocer las nuevas tecnologías, y aun así no estar preparados.
Jesús nunca presentó las profecías solamente para satisfacer nuestra curiosidad acerca del futuro.
Quería producir algo en nosotros.
Una manera de vivir.
Una actitud.
Una expectativa.
Una fidelidad constante.
Por eso, cuando habló de su regreso, repitió una palabra una y otra vez:
Velad.
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
Mateo 24:42, RVR1960
No sabemos cuándo.
Jesús dijo que no lo sabríamos.
Pero sí podemos decidir cómo viviremos mientras esperamos.
Las diez vírgenes: no basta saber que el esposo viene
Después de hablar acerca de las señales de su regreso en Mateo 24, Jesús contó varias parábolas.
No fue casualidad.
Después de explicar lo que sucedería, comenzó a enseñar cómo deberían vivir sus seguidores mientras esperaban.
Una de las imágenes más conocidas es la parábola de las diez vírgenes.
“Entonces el reino de los cielos será semejante a diez vírgenes que tomando sus lámparas, salieron a recibir al esposo.”
Mateo 25:1, RVR1960
Todas esperaban al esposo.
Todas tenían lámparas.
Todas formaban parte del grupo que salió a recibirlo.
Todas sabían que vendría.
Y, sin embargo, Jesús estableció una diferencia:
“Cinco de ellas eran prudentes y cinco insensatas.”
Mateo 25:2, RVR1960
La diferencia no estaba en que unas creyeran que el esposo vendría y las otras no.
Todas lo esperaban.
La diferencia estaba en la preparación.
Las prudentes llevaron aceite.
Las insensatas no se prepararon adecuadamente para una espera más larga de lo que quizá imaginaban.
Entonces ocurrió algo extraordinariamente importante:
el esposo tardó.
“Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.”
Mateo 25:5, RVR1960
Esta pequeña expresión contiene una enorme enseñanza para la iglesia.
Jesús sabía que existiría una espera.
Generaciones de cristianos han esperado su regreso.
Los primeros discípulos lo esperaron.
Los cristianos perseguidos del Imperio romano lo esperaron.
Los creyentes de la Edad Media lo esperaron.
Nuestros padres y abuelos lo esperaron.
Nosotros lo esperamos.
Y cada generación enfrenta el mismo peligro:
acostumbrarse a esperar.
El peligro no es solamente dejar de creer; también podemos dejar de esperar
Cuando escuchamos muchas veces que Cristo regresará y pasan los años, algo puede ocurrir lentamente en nuestro corazón.
Seguimos creyendo la doctrina.
Seguimos diciendo que Cristo viene.
Seguimos leyendo los textos.
Pero comenzamos a vivir como si realmente no fuera a ocurrir.
La segunda venida se convierte en una enseñanza correcta dentro de nuestra teología, pero deja de influir en nuestras decisiones cotidianas.
Trabajamos como si Cristo no viniera.
Administramos nuestro dinero como si Cristo no viniera.
Tratamos a las personas como si Cristo no viniera.
Tomamos decisiones como si Cristo no viniera.
Hacemos planes como si esta vida fuera toda la historia.
Precisamente por eso la parábola de las vírgenes resulta tan poderosa.
De repente, en medio de la noche, se escuchó un clamor:
“¡Aquí viene el esposo; salid a recibirle!”
Mateo 25:6, RVR1960
Lo que durante tanto tiempo había sido una promesa se convirtió repentinamente en realidad.
Ya no era:
“Algún día vendrá.”
Ahora era:
“Aquí viene.”
Y entonces quedó revelada la diferencia entre quienes solamente esperaban y quienes estaban preparados para aquello que esperaban.
El siervo fiel y prudente: esperar trabajando
Jesús utilizó otra imagen inmediatamente relacionada con su regreso.
Preguntó:
“¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?”
Mateo 24:45, RVR1960
Aquí encontramos otro aspecto fundamental de la preparación.
Esperar a Cristo no significa quedarse mirando al cielo.
Significa continuar haciendo fielmente aquello que el Señor nos encargó.
El siervo prudente tenía responsabilidades.
Su señor se había ausentado.
No sabía exactamente cuándo regresaría.
Pero sabía qué debía hacer mientras esperaba.
Jesús declaró:
“Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga, le halle haciendo así.”
Mateo 24:46, RVR1960
Observe la última expresión:
“le halle haciendo así.”
No simplemente hablando de su regreso.
No calculando cuándo volvería.
No abandonando sus responsabilidades para esperar.
Haciendo.
Trabajando.
Sirviendo.
Cumpliendo.
Siendo fiel.
La preparación bíblica es activa.
¿Qué quisiera estar haciendo cuando Cristo regresara?
Esta parábola nos permite formular una pregunta muy práctica.
Si supiéramos que Jesucristo regresará mañana, ¿qué cambiaríamos hoy?
¿Existe alguien a quien deberíamos perdonar?
¿Existe algún pecado que deberíamos abandonar?
¿Existe alguna conversación que necesitamos tener?
¿Existe algo que Dios nos pidió hacer y hemos estado posponiendo?
¿Existe alguna persona a quien deberíamos hablarle de Cristo?
¿Existe algo que necesitamos poner en orden?
Si la respuesta es sí, surge una segunda pregunta:
¿Por qué esperar hasta mañana?
El siervo prudente no comenzó a ser fiel cuando escuchó al señor llegando.
Ya era fiel antes de que regresara.
Esa es la verdadera preparación.
El siervo que pensó: “Mi señor tarda en venir”
Pero Jesús presentó también el contraste.
“Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor tarda en venir…”
Mateo 24:48, RVR1960
Observe dónde comenzó el problema:
“dijere en su corazón…”
El señor todavía existía.
El siervo todavía pertenecía a la casa.
El regreso todavía ocurriría.
Lo que cambió fue la actitud del siervo.
“Mi señor tarda en venir.”
Y esa convicción comenzó a modificar su conducta.
Maltrató a otros.
Abandonó su responsabilidad.
Comenzó a vivir como si nunca tuviera que rendir cuentas.
Aquí encontramos una verdad espiritual extraordinariamente importante:
lo que creemos acerca del regreso de Cristo termina influyendo en nuestra manera de vivir.
Cuando olvidamos que tendremos que rendir cuentas, resulta más fácil vivir solamente para nosotros mismos.
Cuando recordamos que el Señor regresará, nuestras decisiones adquieren una perspectiva diferente.
Los talentos: esperar utilizando lo que Dios nos confió
Jesús contó entonces otra parábola.
Un hombre que debía viajar entregó sus bienes a sus siervos.
A uno dio cinco talentos.
A otro dos.
A otro uno.
Y se fue.
Después encontramos una expresión fundamental:
“Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos.”
Mateo 25:19, RVR1960
Otra vez aparece la espera.
“Después de mucho tiempo…”
Pero también aparece algo más:
“arregló cuentas con ellos.”
La vida cristiana no consiste solamente en esperar que Cristo venga.
Consiste en administrar fielmente aquello que nos entregó hasta que venga.
Nuestro tiempo.
Nuestras capacidades.
Nuestros recursos.
Nuestras oportunidades.
Nuestra influencia.
Nuestro conocimiento.
Nuestros años.
Nuestra vida.
No todos recibimos lo mismo.
Pero todos hemos recibido algo.
Y la pregunta no será cuánto recibió otra persona.
La pregunta será:
¿Qué hice con aquello que Dios puso en mis manos?
Prepararse no significa vivir con miedo
Después de estudiar las profecías del fin, alguien podría terminar este libro sintiendo temor.
Ese no debería ser el resultado.
Jesús no contó estas parábolas para que sus discípulos despertaran cada mañana aterrorizados preguntándose:
“¿Será hoy?”
Las contó para que pudieran despertar cada mañana diciendo:
“Si fuera hoy, quiero que me encuentre siendo fiel.”
Existe una enorme diferencia.
El miedo paraliza.
La esperanza moviliza.
El miedo nos hace mirar obsesivamente los acontecimientos.
La esperanza nos permite levantar la cabeza.
Por eso Jesús declaró:
“Cuando estas cosas comiencen a suceder, erguíos y levantad vuestra cabeza, porque vuestra redención está cerca.”
Lucas 21:28, RVR1960
Para quien pertenece a Cristo, su regreso no es solamente una amenaza de juicio.
Es también una promesa.
Nuestro Rey regresa.
Velar no significa interpretar cada noticia
Debemos aclarar algo después de todo lo estudiado en este libro.
Velar no significa convertir cada acontecimiento mundial en una profecía.
No significa identificar a cada dirigente importante como el anticristo.
No significa pensar que cada nueva tecnología es la marca de la bestia.
No significa poner fechas.
No significa abandonar nuestras responsabilidades.
Velar significa vivir conscientes de que Cristo puede regresar y nosotros pertenecemos a él.
Por eso la vigilancia bíblica es profundamente práctica.
Velar es mantener nuestra relación con Dios.
Velar es permanecer fieles a su Palabra.
Velar es amar.
Velar es perdonar.
Velar es servir.
Velar es obedecer.
Velar es administrar correctamente lo que Dios nos confió.
Velar es continuar haciendo nuestra tarea aunque el Señor parezca tardar.
¿Cómo debería encontrarme Cristo?
Imagine por un momento que supiéramos que hoy será un día completamente normal.
Nos levantaremos.
Desayunaremos.
Trabajaremos.
Atenderemos nuestras responsabilidades.
Contestaremos mensajes.
Haremos compras.
Visitaremos personas.
Regresaremos a casa.
Nada parecerá extraordinario.
Y entonces Cristo regresa.
¿Cómo quisiera que lo encontrara?
¿Sirviendo?
¿Perdonando?
¿Amando a mi familia?
¿Cumpliendo mi responsabilidad?
¿Ayudando a alguien?
¿Compartiendo el evangelio?
¿Trabajando honradamente?
¿Orando?
¿Viviendo aquello que digo creer?
Quizá esa sea una manera mucho más saludable de esperar la segunda venida que pasar nuestros días intentando descubrir fechas.
Con las lámparas encendidas
Jesús utilizó todavía otra hermosa expresión:
“Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese…”
Lucas 12:35-36, RVR1960
Lámparas encendidas.
La imagen es sencilla.
Preparados.
Atentos.
Esperando.
Pero viviendo.
El cristiano no necesita retirarse del mundo para esperar a Cristo.
Puede estudiar.
Puede trabajar.
Puede casarse.
Puede tener hijos.
Puede construir una casa.
Puede iniciar un proyecto.
Puede plantar un árbol.
Puede hacer planes para el futuro.
Puede disfrutar las bendiciones que Dios le concede.
Pero debe hacerlo con la lámpara encendida.
Consciente de que todo lo que posee es temporal.
Consciente de que su verdadera ciudadanía está en los cielos.
Consciente de que un día verá a su Señor.
No preparado porque soy perfecto, sino porque pertenezco a Cristo
Llegados a este punto debemos evitar una conclusión equivocada.
Estar preparado no significa alcanzar una vida absolutamente perfecta antes del regreso de Jesucristo.
Si esa fuera la condición, ninguno de nosotros podría esperar su venida con esperanza.
Nuestra salvación descansa en la gracia de Dios y en la obra de Jesucristo.
El evangelio no dice:
“Hazte perfecto para que Cristo pueda recibirte.”
Nos llama a arrepentirnos, creer en Jesucristo y seguirle.
La obediencia no compra nuestra salvación.
Es la respuesta de una vida que ha sido entregada a Cristo.
Por eso la pregunta fundamental no es:
¿He cometido algún error?
Todos los hemos cometido.
La pregunta es:
¿A quién pertenece mi vida?
Quizá esta sea la verdadera preparación
Después de todo lo que hemos estudiado, podríamos resumir la enseñanza de Jesús de una manera extraordinariamente sencilla.
Como las vírgenes prudentes:
Mantén tu lámpara preparada.
Como el siervo fiel:
Continúa haciendo lo que tu Señor te encargó.
Como los siervos de los talentos:
Utiliza fielmente aquello que Dios puso en tus manos.
Como los hombres que esperan a su señor:
Mantén tu lámpara encendida.
No necesitas conocer el día.
Necesitas estar preparado.
No necesitas interpretar cada noticia.
Necesitas permanecer fiel.
No necesitas vivir con miedo.
Necesitas vivir con esperanza.
Si Cristo regresara hoy…
Hemos llegado al final de una larga investigación.
Miramos hacia Israel.
Miramos hacia Jerusalén.
Miramos hacia las antiguas profecías.
Miramos hacia la ciencia.
Miramos hacia la tecnología.
Miramos hacia las comunicaciones.
Miramos hacia la economía mundial.
Miramos hacia los acontecimientos que parecen estar preparando un escenario extraordinario.
Pero ahora debemos dejar de mirar el escenario por un momento.
Ha llegado el momento de mirarnos a nosotros mismos.
Porque cuando Jesucristo regrese, la pregunta más importante no será cuánto sabíamos acerca de la profecía.
Será qué hicimos con aquello que sabíamos.
Quizá no podamos responder:
¿Cuándo regresará Cristo?
Pero sí podemos responder otra pregunta:
¿Cómo quiero que me encuentre cuando regrese?
Quiero que me encuentre creyendo.
Quiero que me encuentre sirviendo.
Quiero que me encuentre amando.
Quiero que me encuentre perdonando.
Quiero que me encuentre obedeciendo.
Quiero que me encuentre utilizando aquello que puso en mis manos.
Quiero que me encuentre con la lámpara encendida.
Quiero que me encuentre esperando.
No aterrorizado.
No escondido.
No obsesionado con fechas.
Sino fiel.
Porque quizá las palabras más hermosas que alguien podría escuchar al terminar esta espera sean aquellas que Jesús colocó en labios del señor de la parábola:
“Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor.”
Mateo 25:21, RVR1960
Después de estudiar tantas señales, tal vez todo puede reducirse finalmente a esto:
Cristo prometió regresar.
No sabemos cuándo.
Pero mientras esperamos, sabemos exactamente qué debemos hacer:
mantener nuestras lámparas encendidas y permanecer fieles hasta que él venga.
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