Por el Dr. Elio M Rivera
Una noche despejada, lejos de las luces de la ciudad, mire hacia el cielo e intente contar las estrellas.
Una, dos, tres, cuatro…
Al principio parece posible. Pero mientras nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad comienzan a aparecer más y más puntos luminosos. Algunos brillan claramente. Otros apenas pueden distinguirse.
Entonces podríamos pensar que estamos viendo una gran parte de las estrellas que existen.
Pero no es así.
Lo que nuestros ojos alcanzan a observar es solamente una pequeñísima muestra de una población estelar tan enorme que los números comienzan a perder significado.
En este artículo intentaremos comprenderla sin llenar nuestra cabeza de cifras difíciles de imaginar. Porque quizá la mejor manera de entender cuántas estrellas existen no sea solamente contarlas.
Tal vez necesitemos compararlas con cosas que conocemos.

¿Cuántas estrellas podemos ver con nuestros propios ojos?
Comencemos con algo que sí podemos imaginar.
En condiciones excelentes, lejos de las ciudades y con un cielo muy oscuro, el ojo humano puede distinguir alrededor de varios miles de estrellas en todo el cielo.
Pero existe un detalle importante.
Nunca podemos ver todo el cielo al mismo tiempo porque la Tierra bloquea aproximadamente la mitad. Además, algunas estrellas solamente son visibles desde ciertas regiones de nuestro planeta.
Desde un lugar determinado y en una noche determinada, podemos observar a simple vista solamente una parte de esos miles.
Eso ya parece muchísimo.
Pero ahora imaginemos que utilizamos unos buenos binoculares.
Aparecen estrellas que nuestros ojos no podían detectar.
Después utilizamos un telescopio.
Aparecen muchas más.
Utilizamos un telescopio todavía más poderoso.
Aparecen otras.
Y pronto comprendemos algo importante:
La oscuridad que vemos entre las estrellas no significa necesariamente que allí no haya nada. Muchas veces significa simplemente que nuestros ojos no tienen la capacidad de verlo.
Vivimos dentro de una enorme ciudad de estrellas
Nuestro Sol no está solo en el espacio.
Forma parte de una gigantesca agrupación de estrellas llamada Vía Láctea.
La Vía Láctea es nuestra galaxia.
Podemos imaginar una galaxia como una enorme ciudad cósmica que contiene estrellas, gas, polvo y otros objetos unidos por la gravedad.
¿Y cuántas estrellas hay en nuestra galaxia?
No podemos contarlas una por una con absoluta precisión. Existen regiones que son difíciles de observar y estrellas tan débiles que no podemos detectarlas fácilmente. Por eso los astrónomos trabajan con estimaciones.
Se calcula que la Vía Láctea contiene del orden de cientos de miles de millones de estrellas.
Detengámonos allí.
No pasemos rápidamente al siguiente número.
Intentemos imaginarlo.
Nuestro Sol es una estrella.
La estrella que vemos cerca de otra estrella durante la noche es otra.
Y otra.
Y otra.
Ahora siga añadiendo estrellas hasta llegar no a mil, ni a un millón, sino a cientos de miles de millones.
Y todavía no hemos salido de nuestra propia galaxia.
Una comparación con granos de arena
Los números tan grandes son difíciles de comprender, así que hagamos un experimento imaginario.
Tome un puñado de arena.
Mírelo cuidadosamente.
¿Cuántos granitos contiene?
Probablemente no podría contarlos fácilmente. Hay cientos o miles dependiendo del tamaño del puñado y de los granos.
Ahora imagine toda la arena de una playa.
No solamente la que cabe en su mano.
Imagine los granos que están alrededor de sus pies.
Después los que están a diez metros.
Después los que están a cien metros.
Después toda la playa.
Nuestra mente comienza a perder la capacidad de imaginar cada granito individualmente.
Algo semejante ocurre cuando hablamos de estrellas.
Cada estrella es un objeto real.
No son simplemente números escritos en una computadora.
Cada una ocupa un lugar.
Cada una posee características propias.
Muchas son enormes.
Muchas producen cantidades extraordinarias de energía.
Y existen tantas que tenemos que hablar de ellas utilizando miles de millones.

Existen millones de galaxias
Ahora viene la verdadera sorpresa: la Vía Láctea no es la única galaxia
Durante mucho tiempo los seres humanos solamente podían observar una pequeña parte del universo.
Con el desarrollo de telescopios cada vez mejores descubrimos algo extraordinario.
La Vía Láctea no está sola.
Existen enormes cantidades de galaxias más allá de ella.
Y muchas de esas galaxias también contienen millones, miles de millones o incluso cantidades mayores de estrellas.
Pensemos en lo que significa.
Imagine que nuestra galaxia fuera una ciudad con una enorme población de estrellas.
Ahora descubra que esa ciudad no es la única.
Hay otra.
Y otra.
Y otra.
Y después descubrimos que existen cantidades inmensas de esas “ciudades” distribuidas por el universo observable.
Entonces nuestra pregunta cambia.
Ya no preguntamos solamente:
¿Cuántas estrellas hay en la Vía Láctea?
Ahora preguntamos:
¿Cuántas estrellas puede haber en todas esas galaxias juntas?
Un número tan grande que necesitamos comparaciones
Los astrónomos estiman que el universo observable contiene del orden de 10²² a 10²⁴ estrellas, dependiendo de los métodos y suposiciones utilizados.
Esos números probablemente no ayudan demasiado a un niño.
Así que intentemos otra cosa.
Un millón tiene seis ceros:
1,000,000
Mil millones tienen nueve:
1,000,000,000
Pero cuando comenzamos a hablar de cantidades como 10²² estrellas, necesitaríamos escribir un 1 seguido de 22 ceros.
Y algunas estimaciones pueden llegar todavía más arriba.
Nuestro cerebro simplemente no fue diseñado para imaginar fácilmente cantidades semejantes.
Por eso podemos utilizar otra comparación.
Imagine contar estrellas una por una
Supongamos que pudiéramos contar una estrella cada segundo.
Una estrella.
Dos estrellas.
Tres estrellas.
Sin dormir.
Sin comer.
Sin descansar.
Día y noche.
Contar un millón de estrellas de esa manera tardaría aproximadamente once días y medio.
Contar mil millones tardaría más de 31 años.
Ahora recuerde que solamente nuestra galaxia puede contener cientos de miles de millones de estrellas.
Contarlas una por una llevaría miles de años.
Y después tendríamos que comenzar con las estrellas de las demás galaxias.
Aquí comprendemos por qué decir solamente “hay muchísimas estrellas” se queda muy corto.
Cada punto puede esconder algo enorme
Existe otro detalle que hace todo esto todavía más impresionante.
Cuando observamos una fotografía profunda del espacio tomada por un telescopio, podemos encontrar pequeños puntos y manchas luminosas.
Algunas de esas manchas no son estrellas individuales.
Son galaxias enteras.
Imagine mirar una fotografía y señalar un pequeño punto.
Parece insignificante.
Pero ese punto puede representar una galaxia que contiene enormes cantidades de estrellas.
Entonces mire otro punto.
Otra galaxia.
Otro.
Otra galaxia.
Esto cambia completamente nuestra manera de observar las imágenes del universo.
Un pequeño punto ya no necesariamente significa “una estrella”.
Puede significar una enorme población de estrellas tan distante que toda la galaxia ocupa solamente una pequeña parte de la imagen.
¿Podremos saber algún día el número exacto?
Probablemente no podemos dar un número exacto de todas las estrellas que existen.
Los astrónomos trabajan con estimaciones basadas en las galaxias que podemos observar, sus tamaños, luminosidades y las poblaciones de estrellas que contienen.
Además, debemos distinguir entre el universo observable y todo lo que pudiera existir más allá de lo que podemos observar.
Cuando los científicos estiman el número de estrellas, están trabajando con la región del universo que podemos estudiar mediante la luz y otros tipos de información que han podido llegar hasta nosotros.
Por eso es más correcto hablar de estimaciones y no fingir que alguien ha contado todas las estrellas una por una.
La ciencia también consiste en reconocer los límites de lo que podemos medir.
La Biblia hizo una comparación muy interesante
Mucho antes de que existieran telescopios modernos, la Biblia utilizó una comparación que resulta especialmente interesante cuando pensamos en estas enormes cantidades.
“Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar.”
Génesis 15:5, RVR1960
La idea es sencilla y poderosa.
Mira hacia arriba.
Intenta contarlas.
Abraham solamente podía observar las estrellas visibles a simple vista.
Hoy tenemos telescopios que nos permiten ver muchísimo más.
Y cuanto más lejos miramos, más comprendemos lo difícil que sería responder a aquella invitación:
“Cuenta las estrellas, si las puedes contar.”
Lo que para Abraham era una multitud difícil de contar a simple vista, para nosotros se ha convertido en una población cósmica que se expresa con números casi imposibles de imaginar.
Y cada una es una estrella
Aquí podemos perder algo importante si solamente pensamos en números.
Cuando decimos “cientos de miles de millones”, nuestra mente comienza a convertir las estrellas en estadísticas.
Pero recordemos lo aprendido en los artículos anteriores.
Una estrella puede ser una gigantesca esfera de plasma.
Puede contener cantidades enormes de hidrógeno y helio.
Puede alcanzar millones de grados en su interior.
Puede producir cantidades extraordinarias de energía.
Su luz puede viajar durante años antes de llegar hasta nosotros.
Ahora multiplique esa maravilla.
No por diez.
No por mil.
No por un millón.
Sino por cantidades que nuestra mente apenas puede representar.
Entonces comenzamos a comprender la verdadera dimensión de la pregunta:
¿Cuántas estrellas existen?
Cuando los números se convierten en adoración
Existe un versículo que adquiere una dimensión especial después de estudiar estas cantidades.
“Él cuenta el número de las estrellas;
A todas ellas llama por sus nombres.”
Salmo 147:4, RVR1960
Cuando este salmo fue escrito, nadie sabía que nuestra galaxia contenía una población gigantesca de estrellas.
Nadie había observado otras galaxias con telescopios modernos.
Nadie podía imaginar las estimaciones que manejan actualmente los astrónomos.
Pero el mensaje del salmista era claro.
La creación que para nosotros parece imposible de contar no sobrepasa el conocimiento de Dios.
Y el siguiente versículo explica precisamente hacia dónde quería llevarnos el escritor:
“Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder;
Y su entendimiento es infinito.”
Salmo 147:5, RVR1960
El salmista no quería solamente enseñarnos algo acerca de las estrellas.
Quería enseñarnos algo acerca de Dios.
Eso es también lo que buscamos en Cristopedia.
Estudiamos la creación para conocerla mejor, pero no queremos detenernos allí.
Queremos que el conocimiento produzca asombro.
Y que el asombro levante nuestra mirada hacia el Creador.
La próxima vez que salga durante una noche despejada, mire hacia arriba.
Quizá pueda observar cientos o algunos miles de estrellas dependiendo de las condiciones y del lugar donde se encuentre.
Después recuerde que son solamente una pequeña muestra de las estrellas de nuestra galaxia.
Después recuerde que nuestra galaxia es solamente una entre una cantidad enorme de galaxias.
Y entonces permita que su imaginación intente viajar un poco más lejos.
Quizá llegue un momento en que los números ya no sean suficientes.
Tal vez entonces comprendamos mejor las palabras de David:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1, RVR1960
A veces estudiamos la creación buscando una cifra y terminamos encontrando una razón para maravillarnos. Las estrellas son uno de esos casos. Cuanto más intentamos contarlas, más grande parece el universo y más pequeña parece nuestra capacidad para comprender completamente la grandeza de lo creado.
Referencias científicas
Libro recomendado:

Escuche música con propósito
En los artículos anteriores comenzamos con una sola estrella. Descubrimos qué es, de qué está hecha, cómo su luz atraviesa enormes distancias y cómo los astrónomos pueden calcular qué tan lejos se encuentra. Después dimos un paso gigantesco y descubrimos que solamente nuestra galaxia contiene una cantidad enorme de estrellas.
Ahora vamos a aumentar nuevamente la escala.
Porque las estrellas no siempre se encuentran solas.
En diferentes regiones de nuestra galaxia existen grupos formados por decenas, cientos, miles e incluso cientos de miles de estrellas relacionadas entre sí por la gravedad.
Los astrónomos los llaman cúmulos estelares.
Imagine por un momento lo que esto significa. Una estrella como nuestro Sol ya es un objeto gigantesco. Ahora imagine cientos o miles de estrellas reunidas en una misma región del espacio.
Estamos comenzando a descubrir que la creación tiene niveles de grandeza.
Primero una estrella.
Después muchas estrellas.
Ahora, verdaderas familias de estrellas.

Las pleyades, un hermoso cumulo estelar
¿Qué es un cúmulo estelar?
Un cúmulo estelar es un grupo de estrellas que se encuentran relacionadas entre sí y que, en muchos casos, se originaron a partir de una misma gran nube de gas y polvo.
No debemos confundir un cúmulo con una constelación.
Cuando miramos una constelación, sus estrellas pueden parecernos cercanas porque desde la Tierra las vemos aproximadamente en la misma dirección. Sin embargo, algunas pueden encontrarse a distancias muy diferentes y no necesariamente forman un verdadero grupo físico.
En un cúmulo sucede algo distinto.
Las estrellas realmente se encuentran agrupadas en una misma región del espacio y tienen una historia relacionada.
Los astrónomos estudian principalmente dos grandes clases de cúmulos estelares:
Los cúmulos abiertos y los cúmulos globulares.
Y son muy diferentes entre sí.
Los cúmulos abiertos: estrellas que viajan juntas
Imagine varias decenas, cientos o algunos miles de estrellas distribuidas en una región del espacio sin formar una esfera muy apretada.
Eso se parece a un cúmulo abierto.
Se llaman abiertos porque sus estrellas se encuentran distribuidas de una manera relativamente suelta. No están amontonadas unas encima de otras y el grupo puede tener una forma irregular.
Estos cúmulos se encuentran principalmente en el disco de nuestra galaxia, la Vía Láctea.
Uno de los ejemplos más conocidos puede observarse incluso sin telescopio.
Son las Pléyades.
Probablemente alguna vez haya visto este pequeño grupo de estrellas. A simple vista, dependiendo de las condiciones del cielo y de la vista de cada persona, pueden distinguirse varias de ellas muy juntas.
Por eso también se las conoce popularmente como las Siete Hermanas.
Pero aquí aparece una sorpresa.
Cuando utilizamos telescopios descubrimos que no estamos viendo solamente siete estrellas. El cúmulo contiene muchas más.
Nuestros ojos solamente distinguen fácilmente algunas de las más brillantes.
Es otro recordatorio de algo que encontraremos continuamente en astronomía:
lo que podemos ver a simple vista es solamente una pequeña parte de lo que realmente existe allí.
Las Pléyades ya eran conocidas en tiempos bíblicos
Las Pléyades son especialmente interesantes para nuestra serie porque aparecen mencionadas en la Biblia.
En el libro de Job encontramos esta pregunta:
“¿Podrás tú atar los lazos de las Pléyades,
O desatarás las ligaduras de Orión?”
Job 38:31, RVR1960
Aquellas personas no conocían la naturaleza física de un cúmulo estelar como la conocemos hoy.
Pero podían levantar los ojos y reconocer aquel hermoso grupo de estrellas.
Miles de años después seguimos mirando las mismas Pléyades, pero ahora nuestros telescopios nos permiten descubrir mucho más acerca de ellas.
Sabemos que no son simplemente varios puntos que casualmente parecen estar juntos.
Estamos observando una verdadera agrupación de estrellas.
Las Híades: otra familia cercana
Otro ejemplo importante son las Híades, un cúmulo abierto que se encuentra en dirección de la constelación de Tauro.
Es uno de los cúmulos abiertos más cercanos a nuestro sistema solar y por eso ha sido muy importante para los astrónomos.
Sus estrellas forman en el cielo una figura parecida a una letra V.
Existe aquí un detalle curioso. La brillante estrella Aldebarán parece formar parte de ese grupo cuando lo observamos desde la Tierra.
Pero no pertenece realmente al cúmulo.
Aldebarán se encuentra mucho más cerca de nosotros.
Desde nuestra posición simplemente parece estar junto a las Híades.
Esto nos recuerda lo aprendido cuando estudiamos las distancias estelares.
El cielo tiene profundidad.
Dos estrellas pueden parecer vecinas desde la Tierra y estar separadas por enormes distancias.
Ahora vamos a algo muchísimo más grande
Los cúmulos abiertos son impresionantes.
Pero existe otro tipo de agrupación que lleva nuestra imaginación a una escala completamente diferente.
Se llaman cúmulos globulares.
La palabra globular nos da una pista acerca de su forma.
Imagine una enorme esfera formada por estrellas.
No cientos de estrellas dispersas.
Imagine decenas de miles o cientos de miles de estrellas reunidas por gravedad en una región relativamente compacta.
Cuando observamos uno de estos cúmulos con un telescopio, su región central puede parecer casi cubierta de puntos luminosos.
Hay estrellas hacia arriba.
Estrellas hacia abajo.
Estrellas a la derecha.
Estrellas a la izquierda.
Y mientras nos acercamos visualmente hacia el centro del cúmulo, la concentración aumenta enormemente.
Esto es un cúmulo globular.

Omega Centauri: una multitud difícil de imaginar
Uno de los ejemplos más impresionantes visibles desde la Tierra es Omega Centauri.
A simple vista, bajo buenas condiciones y desde las regiones apropiadas del planeta, puede parecer solamente una pequeña mancha luminosa.
Pero un telescopio revela algo completamente diferente.
Aquella pequeña mancha contiene una enorme población de estrellas.
NASA describe Omega Centauri como uno de los cúmulos globulares más grandes y brillantes de la Vía Láctea, con alrededor de 10 millones de estrellas.
Diez millones.
En el artículo anterior intentamos imaginar cantidades enormes de estrellas. Ahora podemos concentrar nuestra atención en una sola región del cielo.
Imagine contar una estrella cada segundo.
Después otra.
Y otra.
Sin detenerse.
Para contar diez millones necesitaría más de 115 días, contando día y noche sin dormir ni descansar.
Y todas ellas estarían relacionadas con un solo enorme sistema estelar.
Lo que desde lejos puede parecer una pequeña mancha borrosa es, al observarlo mejor, una gigantesca comunidad de estrellas.
¿Cómo sería el cielo dentro de un cúmulo globular?
Aquí podemos permitirnos un pequeño ejercicio de imaginación basado en lo que conocemos de estos sistemas.
Nuestro Sol se encuentra relativamente separado de otras estrellas. La estrella más cercana después del Sol está a más de cuatro años luz.
Pero en las regiones centrales de algunos cúmulos globulares, las estrellas pueden encontrarse muchísimo más próximas unas de otras que las estrellas de nuestro vecindario solar.
Imagine encontrarse en un planeta hipotético dentro de una región semejante, solamente para comprender la escala.
El cielo podría contener muchas más estrellas brillantes que nuestro cielo nocturno.
No sabemos cómo sería exactamente la vista desde cada lugar, pero la idea nos ayuda a comprender cuán densamente poblados pueden encontrarse algunos de estos sistemas.
Un cúmulo globular nos enseña que las estrellas no están distribuidas uniformemente por toda la galaxia. Existen lugares donde están relativamente separadas y otros donde enormes cantidades se concentran en regiones mucho menores.
Dos familias muy diferentes
Ahora podemos comprender la diferencia principal.
Un cúmulo abierto suele contener desde decenas hasta miles de estrellas distribuidas de una manera relativamente suelta. Las Pléyades y las Híades son buenos ejemplos.
Un cúmulo globular, en cambio, puede contener desde decenas de miles hasta millones de estrellas agrupadas en una forma aproximadamente esférica y mucho más compacta.
Pero existe otra diferencia importante.
Los cúmulos abiertos suelen encontrarse en el disco de nuestra galaxia y contienen, en general, poblaciones estelares más jóvenes.
Los cúmulos globulares contienen algunas de las poblaciones de estrellas más antiguas conocidas de nuestra galaxia y se encuentran distribuidos principalmente alrededor del centro galáctico, en una enorme región aproximadamente esférica llamada halo galáctico.
Así que los cúmulos no solamente son hermosos.
También funcionan como una especie de laboratorio para los astrónomos.
Una familia de estrellas ayuda a comprender cómo funcionan las estrellas
Aquí los cúmulos nos proporcionan algo científicamente muy valioso.
Imagine que quiere comprender cómo cambian los árboles con el paso del tiempo. Podría estudiar árboles aislados, pero sería difícil saber qué diferencias se deben a su edad y cuáles a las condiciones donde crecieron. Ahora imagine encontrar un enorme bosque cuyos árboles comenzaron a crecer aproximadamente durante la misma época. Compararlos sería mucho más útil. Algo semejante sucede con los cúmulos estelares.
Muchas de las estrellas de un cúmulo se formaron aproximadamente durante el mismo período y a partir de material relacionado. Sin embargo, no todas tienen la misma masa. Los astrónomos pueden observarlas y comparar sus características.
Por eso los cúmulos han sido extraordinariamente importantes para comprender las estrellas y probar los modelos científicos acerca de cómo cambian a través del tiempo. En lugar de estudiar solamente una estrella, tenemos una enorme familia que podemos comparar.
Omega Centarui, un cumulo de millones de estrellas
Los cúmulos también nos ayudan a comprender nuestra galaxia
Ahora demos otro paso.
Los cúmulos no están flotando sin relación con nada más.
Forman parte de la Vía Láctea.
Los cúmulos abiertos se encuentran principalmente en el disco galáctico.
Los cúmulos globulares rodean diferentes regiones de nuestra galaxia y muchos se encuentran en su halo.
Al estudiar dónde están y cómo se mueven, los astrónomos obtienen información acerca de la estructura de la propia Vía Láctea.
Así que hemos comenzado con una estrella y poco a poco estamos creciendo.
Una estrella.
Una familia de estrellas.
Una enorme población de cúmulos.
Y todos ellos formando parte de algo todavía mayor:
una galaxia.
Más adelante llegaremos hasta allí.
De siete puntos de luz a millones de estrellas
Piense nuevamente en las Pléyades.
Una persona puede salir durante la noche, levantar los ojos y distinguir solamente un pequeño grupo de estrellas.
Después utiliza unos binoculares y aparecen más.
Utiliza un telescopio y descubre todavía más.
Luego dirige su atención hacia un cúmulo globular que a simple vista parecía una mancha y descubre que puede contener cientos de miles o incluso millones de estrellas.
La lección comienza a repetirse:
la creación suele ser mucho más grande y compleja de lo que parece a simple vista.
Nuestros ojos tienen límites.
Pero podemos construir instrumentos.
Podemos medir.
Podemos investigar.
Y cada vez que aumentamos nuestra capacidad de observar, descubrimos algo que antes permanecía escondido.
Las estrellas que Job podía ver y nosotros podemos estudiar
Volvamos por un momento al libro de Job.
Además de las Pléyades, encontramos otra declaración:
“Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades,
Y los lugares secretos del sur.”
Job 9:9, RVR1960
Quien escribió estas palabras podía contemplar el cielo, reconocer agrupaciones de estrellas y maravillarse ante ellas.
Nosotros podemos mirar algunas de esas mismas regiones.
Pero tenemos una ventaja extraordinaria.
Podemos utilizar telescopios capaces de separar pequeños puntos de luz.
Podemos medir sus distancias.
Podemos estudiar sus movimientos.
Podemos analizar su luz.
Y podemos descubrir que aquello que parecía solamente un pequeño grupo contiene una verdadera población estelar.
Para el creyente, la ciencia no tiene que quitarnos el asombro que sintieron aquellos antiguos observadores del cielo.
Puede hacerlo mucho mayor.
De una estrella a una creación cada vez más grande
Al comenzar esta serie preguntamos qué era una estrella.
Parecía un tema enorme.
Después descubrimos de qué están hechas y cómo podemos estudiar la información contenida en su luz.
Aprendimos a medir sus enormes distancias.
Después preguntamos cuántas existen y nuestra imaginación comenzó a quedarse pequeña.
Ahora hemos descubierto algo nuevo.
Las estrellas pueden formar enormes familias.
Algunas contienen cientos o miles.
Otras contienen cientos de miles.
Algunas pueden alcanzar millones.
Y todas ellas se encuentran dentro de estructuras todavía mayores.
David escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”
Salmo 8:3-4, RVR1960
Quizá comprendamos un poco mejor su asombro.
David veía estrellas.
Nosotros comenzamos a descubrir las enormes estructuras que forman.
Y todavía apenas estamos comenzando nuestro viaje.
Porque si un cúmulo con millones de estrellas parece gigantesco, debemos recordar algo:
un cúmulo estelar es solamente una pequeña parte de una galaxia.
Y nuestra galaxia es solamente una entre las innumerables galaxias que podemos observar.
La creación continúa creciendo delante de nuestros ojos.
Primero vimos una estrella.
Después vimos millones.
Ahora descubrimos que pueden reunirse en enormes familias.
Y mientras la escala aumenta, vuelve a escucharse la invitación de Isaías:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960
Cuanto más lejos levantamos nuestros ojos, más grande descubrimos que es la creación. Y cuanto más grande descubrimos que es la creación, más razones encontramos para maravillarnos ante su Creador.
Referencias científicas
Referencias bíblicas
Libro recomendado:

Hasta ahora hemos hablado de estrellas como si la palabra “estrella” describiera objetos más o menos parecidos entre sí. Pero ha llegado el momento de descubrir algo que cambia por completo nuestra manera de mirar el cielo.
Las estrellas pueden tener tamaños extraordinariamente diferentes.
Nuestro Sol es gigantesco comparado con la Tierra. En su interior cabrían aproximadamente 1.3 millones de planetas del tamaño de la Tierra, si imagináramos solamente una comparación por volumen.
Eso ya resulta difícil de comprender.
Pero el Sol no es una de las estrellas más grandes.
Existen estrellas cuyo tamaño hace que nuestro enorme Sol comience a parecer pequeño.
Los astrónomos conocen estrellas gigantes y supergigantes, verdaderos colosos del cielo cuyas dimensiones son tan enormes que necesitamos comparaciones para comenzar a imaginarlas.
Hoy conoceremos algunas.
Y comenzaremos con una estrella que probablemente usted pueda encontrar en el cielo.
Busquemos primero a Betelgeuse
Durante ciertas épocas del año podemos reconocer fácilmente una de las constelaciones más famosas: Orión.
Tres estrellas casi alineadas forman lo que muchas personas llaman el cinturón de Orión.
Cerca de uno de los extremos superiores de la figura encontramos una estrella con una tonalidad anaranjada o rojiza.
Es Betelgeuse.

Betelgeuse es una supergigante roja.
Y aquí la palabra “supergigante” no es una exageración para hacerla parecer interesante. Es una clasificación utilizada por los astrónomos.
Betelgeuse tiene un radio de cientos de veces el radio del Sol, aunque su tamaño exacto no es completamente fijo ni sencillo de determinar porque sus capas exteriores son extensas y variables.
Si Betelgeuse ocupara el lugar del sol así se vería el sistema solar
Los números son impresionantes, pero hagamos algo mejor.
Intentemos imaginarla.
Si Betelgeuse ocupara el lugar del Sol
Imagine que pudiéramos quitar nuestro Sol y colocar a Betelgeuse exactamente en su lugar.
La Tierra se encuentra a unos 150 millones de kilómetros del Sol.
Marte está más lejos.
Júpiter todavía más.
Ahora coloque a Betelgeuse en el centro del sistema solar.
Dependiendo del valor utilizado para estimar su tamaño en un momento determinado, sus capas exteriores se extenderían aproximadamente hasta la región del cinturón de asteroides o cerca de la órbita de Júpiter.
Eso significa que Mercurio quedaría dentro de la estrella.
Venus también.
La Tierra también.
Marte también.
Y la superficie visible de aquel coloso estaría muchísimo más lejos de donde actualmente se encuentra la superficie del Sol.
Esta comparación nos permite comprender algo que un número por sí solo difícilmente puede transmitir.
Una sola estrella puede ocupar una región comparable a una gran parte de nuestro sistema solar interior.
Y Betelgeuse no es la única.
Ahora miremos hacia el otro lado de Orión
Orión contiene otro coloso.
En uno de los extremos inferiores de la constelación encontramos una estrella muy brillante llamada Rigel.
A simple vista, Betelgeuse y Rigel parecen simplemente dos puntos luminosos.
Pero son muy diferentes.
Betelgeuse tiene una tonalidad rojiza.
Rigel parece azulada o blanco azulada.
La diferencia de color nos proporciona una pista importante.
Rigel tiene una superficie muchísimo más caliente que Betelgeuse.
Rigel es una supergigante azul y su radio es de alrededor de 70 veces el del Sol, según las estimaciones astronómicas.
Aquí encontramos algo interesante.
Betelgeuse puede ser mucho más grande en radio que Rigel, pero Rigel tiene una temperatura superficial considerablemente mayor.
Esto nos enseña que cuando estudiamos estrellas no debemos confundir tres cosas:
tamaño, temperatura y luminosidad.
Una estrella puede ser enorme y relativamente más fría en su superficie.
Otra puede ser menor en tamaño, pero mucho más caliente.
Y ambas pueden producir cantidades extraordinarias de energía.
¿Por qué Betelgeuse es roja y Rigel es azul?
Aquí podemos utilizar algo que aprendimos anteriormente.
El color de una estrella contiene información acerca de su temperatura superficial.
Betelgeuse tiene una temperatura superficial de aproximadamente 3,500 grados Celsius.
Eso sigue siendo increíblemente caliente.
Pero Rigel supera aproximadamente los 11,000 grados Celsius en su superficie.
Por eso sus colores son diferentes.
La estrella rojiza es más fría en su superficie.
La estrella azulada es mucho más caliente.
Nuestro Sol, con una temperatura superficial cercana a 5,500 grados Celsius, se encuentra entre ellas.
Imagine las tres juntas.
Betelgeuse: rojiza y gigantesca.
El Sol: mucho menor y con una temperatura intermedia.
Rigel: azulada, enorme y mucho más caliente en su superficie.
Tres estrellas.
Tres mundos físicos extraordinariamente diferentes.
¿Qué significa realmente “gigante”?
Aquí necesitamos aclarar algo.
Los astrónomos no llaman gigante a una estrella solamente porque sea grande.
Las palabras gigante y supergigante describen clases de estrellas relacionadas con sus características físicas y con la etapa en que se encuentran.
Nuestro Sol pertenece actualmente a lo que se llama secuencia principal. Allí se encuentran las estrellas que producen energía principalmente mediante la fusión de hidrógeno en sus regiones centrales.
Cuando ciertas estrellas cambian internamente, también pueden cambiar enormemente de tamaño.
Sus regiones exteriores pueden expandirse.
Entonces una estrella puede convertirse en gigante.
Las estrellas de mayor masa pueden llegar a etapas de supergigante.
Por eso no debemos imaginar que todas las estrellas nacen con el aspecto que tienen cuando las observamos.
Las estrellas atraviesan diferentes etapas.
Y esas etapas pueden producir cambios extraordinarios.

Betelgeuse, el sol y Rigel
Comparemos el Sol con una gigante roja
Imagine una pelota de aproximadamente un centímetro que representa al Sol.
En esa misma escala, una supergigante como Betelgeuse no sería otra pelotita ligeramente mayor.
Tendríamos que representarla con un objeto cuyo diámetro podría alcanzar varios metros, dependiendo del tamaño de Betelgeuse que adoptemos para la comparación.
La diferencia sería evidente inmediatamente.
El Sol parecería una pequeña canica junto a un objeto enorme.
Ahora recuerde algo.
Nuestra pequeña “canica” representa un Sol real cuyo diámetro es de aproximadamente 1.39 millones de kilómetros.
Es decir, comenzamos con algo gigantesco y después descubrimos algo muchísimo mayor.
Así funciona muchas veces la astronomía.
Cuando pensamos que ya comprendimos lo que significa la palabra “grande”, aparece algo que nos obliga a cambiar nuestra escala.
Antares: el corazón rojizo del Escorpión
Betelgeuse no está sola entre estos gigantes.
Existe otra famosa supergigante roja llamada Antares.
Se encuentra en la constelación de Escorpio y puede reconocerse por su fuerte tonalidad rojiza.
Su nombre tiene una historia interesante. Antares significa aproximadamente “rival de Ares”, el nombre griego del dios asociado con Marte. Recibió ese nombre porque su color rojizo puede recordar al planeta Marte.
Pero Antares es completamente diferente de un planeta.
Es una estrella enorme.
Su radio se estima en varios cientos de veces el del Sol.
Nuevamente necesitamos regresar a nuestro sistema solar para comprenderlo.
Si colocáramos una estrella semejante donde se encuentra nuestro Sol, varias de las órbitas de los planetas interiores quedarían dentro de ella.
Aquella pequeña estrella rojiza que vemos desde la Tierra es, en realidad, un objeto de dimensiones difíciles de imaginar.
Deneb: una luz extraordinaria desde muy lejos
Existe otro coloso que nos enseña algo diferente.
Se llama Deneb y forma parte de la constelación del Cisne.
Deneb está muchísimo más lejos que muchas de las estrellas brillantes que reconocemos fácilmente en el cielo y, sin embargo, podemos verla a simple vista.
¿Por qué?
Porque es extraordinariamente luminosa.
Una estrella puede parecernos brillante por dos razones principales.
Puede estar relativamente cerca.
O puede producir una cantidad enorme de luz.
Deneb pertenece al segundo caso.
Aunque se encuentra a una distancia enorme, su extraordinaria luminosidad permite que su luz todavía sea visible desde nuestro planeta.
Esto nos recuerda nuevamente que nuestros ojos pueden engañarnos acerca del verdadero tamaño o poder de una estrella.
Un pequeño punto no significa una estrella pequeña.
Puede significar una estrella gigantesca situada increíblemente lejos.
Una estrella no necesita parecer grande para ser gigantesca
Esta idea es fundamental.
Betelgeuse parece un punto.
Rigel parece un punto.
Antares parece un punto.
Deneb parece un punto.
Si no conociéramos sus distancias y propiedades, podríamos pensar que son pequeñas luces.
Pero la distancia comprime visualmente lo gigantesco hasta convertirlo en un punto.
Imagine un automóvil alejándose por una carretera recta.
Al principio puede verlo claramente.
Después parece pequeño.
Más tarde apenas puede distinguirlo.
El automóvil no se hizo pequeño.
Se alejó.
Con las estrellas ocurre lo mismo, pero en una escala muchísimo mayor.
Por eso aprender sus verdaderas dimensiones cambia nuestra manera de mirar el cielo.
¿Cómo puede existir algo tan grande sin deshacerse?
Aquí podemos recuperar una idea que aprendimos al comenzar nuestra serie.
La gravedad desempeña un papel fundamental.
Una supergigante contiene una cantidad enorme de masa. Su propia gravedad atrae la materia hacia su interior, mientras diferentes formas de presión contribuyen a sostener sus capas.
Pero las supergigantes no son objetos completamente tranquilos.
Pueden presentar enormes movimientos en sus capas exteriores.
Pueden perder materia hacia el espacio.
Pueden pulsar.
Pueden experimentar cambios de brillo.
Betelgeuse, por ejemplo, es también una estrella variable.
Así comenzamos a descubrir que los temas que hemos estudiado anteriormente están conectados.
La composición.
La luz.
La temperatura.
El brillo.
La distancia.
La variabilidad.
El tamaño.
Cada nueva característica nos permite construir una imagen más completa de lo que realmente es una estrella.
El día que Betelgeuse sorprendió a los astrónomos
Entre finales de 2019 y principios de 2020, Betelgeuse disminuyó notablemente su brillo.
El acontecimiento llamó mucho la atención.
Algunas personas se preguntaron si estaba a punto de explotar.
Las observaciones posteriores ayudaron a mostrar una historia mucho más interesante.
Betelgeuse expulsó material y se produjo una enorme nube de polvo que bloqueó parte de la luz que llegaba hasta nosotros, contribuyendo al gran oscurecimiento observado.
Esto permitió a los astrónomos estudiar procesos que ocurrían en las capas exteriores de una supergigante.
Una estrella situada a cientos de años luz experimentó un enorme cambio.
Su luz atravesó el espacio.
Llegó hasta nuestros telescopios.
Y nosotros pudimos investigar lo sucedido.
Nuevamente, la creación estaba enviando información.
Ahora hagamos crecer nuestra imaginación
Piense en nuestro planeta.
La Tierra nos parece enorme.
Podemos viajar durante horas en avión y todavía no haber cruzado un continente.
Ahora coloque más de un millón de Tierras dentro del volumen del Sol.
El Sol comienza a parecernos gigantesco.
Después reduzca mentalmente ese Sol hasta convertirlo en una pequeña esfera y colóquelo junto a una supergigante roja.
Ahora el Sol comienza a parecer pequeño.
Y después recuerde que esa supergigante es solamente una estrella.
Existen muchísimas estrellas.
Existen cúmulos estelares.
Existen galaxias.
Y nuestra galaxia contiene una enorme población de estrellas de tamaños y características diferentes.
Estamos avanzando en crescendo.
Cada paso nos obliga a ampliar nuestra imaginación.
Cuando la palabra “grande” deja de ser suficiente
La Biblia fue escrita mucho antes de que pudiéramos calcular el diámetro de Betelgeuse o medir la temperatura de Rigel.
Pero sus autores conocían perfectamente el sentimiento que produce levantar los ojos hacia un cielo lleno de estrellas.
David escribió:
“Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza;
Y su grandeza es inescrutable.”
Salmo 145:3, RVR1960
La palabra inescrutable nos habla de algo cuya grandeza no podemos llegar a abarcar completamente.
Resulta interesante leer esas palabras después de intentar imaginar una supergigante.
Podemos escribir su diámetro.
Podemos calcular su temperatura.
Podemos medir aproximadamente su distancia.
Pero convertir esos números en algo que nuestra mente realmente pueda imaginar es mucho más difícil.
Y si una sola estrella puede producir semejante sensación, pensemos nuevamente en las palabras de Isaías:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960
Isaías no nos invita solamente a mirar.
Nos invita a pensar en quién creó estas cosas.
Para Cristopedia, allí está el propósito de estudiar las supergigantes.
No queremos terminar el artículo diciendo solamente que Betelgeuse es enorme, que Rigel es caliente o que Antares es rojiza.
Queremos permitir que esos conocimientos aumenten nuestra capacidad de asombro.
La Tierra es enorme para nosotros.
El Sol hace que la Tierra parezca pequeña.
Las supergigantes hacen que nuestro Sol parezca pequeño.
Y una supergigante continúa siendo solamente una estrella entre la enorme población de nuestra galaxia.
Entonces las palabras del salmista adquieren una nueva dimensión:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1, RVR1960
La próxima vez que encuentre a Betelgeuse, Rigel, Antares o Deneb en el cielo, recuerde que está viendo solamente un pequeño punto porque se encuentra a una distancia enorme.
Detrás de aquel punto existe un coloso.
Una estrella de dimensiones difíciles de imaginar.
Y quizá entonces descubramos que la astronomía puede hacer algo más que enseñarnos nombres y números. Puede enseñarnos nuevamente a asombrarnos.
Porque cuando una sola estrella puede hacer que nuestro gigantesco Sol parezca pequeño, comenzamos a comprender que todavía estamos muy lejos de haber agotado las maravillas de la creación. Y mientras la creación crece delante de nuestros ojos, nuestra mirada vuelve una vez más hacia el Creador.
Referencias científicas
Referencias bíblicas
Libro recomendado:

Escuche música con propósito