Por el Dr. Elio M. Rivera
Desde que el ser humano tiene memoria, ha hablado del bien y del mal. Estas dos palabras aparecen en las conversaciones cotidianas, en los tribunales de justicia, en las leyes de las naciones, en la literatura, en la filosofía y, por supuesto, en la Biblia.
Decimos que es bueno ayudar al necesitado, proteger a los débiles, cumplir la palabra dada y actuar con honestidad. Del mismo modo, afirmamos que es malo asesinar, torturar, abusar de un niño, traicionar la confianza de un amigo o destruir deliberadamente la vida de un inocente.
Pero pocas veces nos detenemos a formular una pregunta fundamental:

El bien y el mal, una realidad en nuestras vidas
¿De dónde provienen el bien y el mal?
Muchos responden que son simplemente el resultado de la educación, de la cultura o de los acuerdos sociales. Sin embargo, esta explicación presenta una dificultad importante.
Si el bien y el mal dependieran únicamente de la opinión de cada persona o de las costumbres de una sociedad, entonces no existiría una moral objetiva. Lo que hoy una mayoría considera bueno, mañana podría considerarlo malo, y viceversa. En ese caso, ningún comportamiento sería realmente correcto o incorrecto; solo existirían preferencias cambiantes.
Pero nuestra experiencia diaria contradice esa idea.
Cuando escuchamos acerca de un genocidio, de la explotación de menores o de la tortura de personas indefensas, no pensamos simplemente: “Esa era la opinión de aquella sociedad”. Decimos que estuvo mal. Y afirmamos que estuvo mal aunque quienes lo cometieron lo aprobaran y aunque millones de personas lo aceptaran.
Esto revela que todos creemos, consciente o inconscientemente, que existe un estándar moral superior a las opiniones humanas.
La Biblia enseña precisamente eso. El bien y el mal no nacen de la voluntad del hombre, sino del carácter de Dios. Él es perfectamente santo, justo, verdadero y bueno. Por ello, aquello que es bueno está en armonía con su naturaleza, mientras que el mal representa todo aquello que se opone a su carácter.
Cuando la sociedad intenta redefinir el bien y el mal según sus propios intereses, inevitablemente termina confundiendo ambos conceptos. El profeta Isaías advirtió este peligro hace más de dos mil setecientos años:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
(Isaías 5:20).
Estas palabras parecen describir muchas situaciones de nuestra propia época. Con frecuencia vemos cómo acciones que antes eran reconocidas como destructivas ahora son presentadas como virtuosas, mientras que principios morales que durante siglos fueron considerados buenos son ridiculizados o rechazados.
Sin un fundamento moral absoluto, cada generación termina definiendo el bien según sus propios deseos.
Sin embargo, Dios no dejó al ser humano sin dirección. Desde el principio le mostró que sus decisiones tienen consecuencias reales y lo llamó a escoger el camino correcto.
“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.”
(Deuteronomio 30:19).
Observe que Dios no presenta el bien y el mal como simples preferencias personales. Son caminos distintos que conducen a resultados distintos. El hombre posee libertad para decidir, pero no libertad para cambiar la naturaleza moral de sus actos.
Esta misma enseñanza aparece repetidamente en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo escribió:
“Aborreced lo malo, seguid lo bueno.”
(Romanos 12:9).
Estas palabras solo tienen sentido si el bien y el mal existen objetivamente. Nadie puede ordenar que se rechace lo malo si cada individuo tiene derecho a inventar su propia moral. Pablo presupone que existe una diferencia real entre ambos porque esa diferencia tiene su origen en Dios.
Esto también explica el funcionamiento de nuestra conciencia. Cuando hacemos el bien experimentamos paz interior; cuando actuamos contra aquello que sabemos correcto, sentimos culpa o remordimiento. La conciencia no crea el bien y el mal; simplemente reconoce la ley moral que Dios escribió en el corazón humano.
Por supuesto, la conciencia puede debilitarse o deformarse por el pecado, la costumbre o la influencia del ambiente. Sin embargo, aun en esos casos continúa existiendo un sentido profundo de responsabilidad moral que lleva al ser humano a justificar sus acciones, a ocultarlas o a intentar silenciar esa voz interior.
Si Dios no existiera, el universo sería moralmente indiferente. Las estrellas seguirían brillando, los planetas continuarían su movimiento y las leyes de la física permanecerían inalterables, sin importar si un hombre salva la vida de un niño o asesina a un inocente. La naturaleza no emitiría ningún juicio moral.
Pero el corazón humano sí lo hace.
Todos sabemos que existen acciones que deben realizarse y otras que nunca deberían cometerse. Esa convicción no puede pesarse, medirse ni explicarse únicamente mediante procesos físicos. Apunta hacia una realidad mucho más profunda: existe una Ley moral porque existe un Legislador moral.
La Biblia identifica claramente a ese Legislador. El Dios que creó el universo es también el Dios que define el bien y el mal. Él no inventa arbitrariamente la moral; la moral refleja su propio carácter santo, justo y perfecto.
Cada vez que distinguimos entre lo correcto y lo incorrecto, cada vez que condenamos la injusticia y admiramos la bondad, estamos reconociendo, aunque muchas veces no lo advirtamos, una verdad que trasciende al ser humano. Estamos respondiendo al testimonio de la ley moral que Dios ha dejado escrita en nuestro corazón.
Por ello, la existencia del bien y del mal constituye una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. No solo vivimos en un universo ordenado; vivimos en un universo moral, gobernado por un Creador cuya justicia permanece para siempre.
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Por el Dr. Elio M. Rivera
Hasta este momento hemos visto que la conciencia constituye una de las evidencias más notables de la existencia de Dios. Todos los seres humanos poseen una capacidad interior para distinguir, aunque sea de manera imperfecta, entre el bien y el mal. Esa voz interior da testimonio de la ley moral que el Creador escribió en el corazón humano.
Sin embargo, surge una pregunta importante.
Si todos poseemos una conciencia, ¿por qué algunas personas parecen no experimentar culpa? ¿Cómo explicar que existan individuos capaces de cometer actos terribles sin mostrar el menor remordimiento? ¿Acaso eso demuestra que la conciencia no existe?
La Biblia responde con una extraordinaria claridad. Enseña que la conciencia existe en todos los seres humanos, pero también afirma que no siempre funciona de la misma manera. Así como un músculo puede fortalecerse o atrofiarse con el tiempo, la conciencia puede desarrollarse, debilitarse, contaminarse o endurecerse dependiendo de las decisiones que una persona tome.
En otras palabras, la conciencia no es estática. Puede ser formada para amar la verdad o acostumbrarse a rechazarla.
El ideal bíblico es poseer una conciencia limpia, sensible y bien orientada por la verdad de Dios. No significa que la persona sea perfecta, sino que procura vivir con integridad, reconoce sus faltas y busca hacer lo correcto.
El apóstol Pablo escribió:
“Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida.”
(1 Timoteo 1:5).
Observe que Pablo relaciona el amor verdadero con una buena conciencia. Una persona cuya conciencia permanece sensible experimenta dolor cuando hace el mal y alegría cuando actúa conforme a la voluntad de Dios. Esa sensibilidad moral constituye una bendición, no una carga.
La Biblia también habla de creyentes cuya conciencia todavía era inmadura o poco desarrollada. En la iglesia de Corinto existían cristianos que se preocupaban por asuntos relacionados con alimentos ofrecidos a los ídolos. Algunos comprendían que aquellos ídolos no eran dioses verdaderos; otros, sin embargo, todavía sentían conflicto al respecto.
Pablo llamó a esta situación una conciencia débil.
No se trataba de personas rebeldes ni perversas. Simplemente necesitaban crecer en conocimiento y madurez espiritual. Su conciencia requería ser educada por la verdad.
Este principio sigue siendo válido en nuestros días. Muchas personas poseen una conciencia sincera, pero aún necesitan aprender mejor la voluntad de Dios para distinguir correctamente entre aquello que realmente es pecado y aquello que no lo es.
Existe un estado más preocupante.
Cuando una persona persiste en el error, justifica continuamente sus malas acciones o rechaza deliberadamente la verdad, su conciencia comienza a contaminarse.
El apóstol Pablo escribió:
“Todas las cosas son puras para los puros; mas para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidas.”
(Tito 1:15).
Una conciencia contaminada ya no evalúa correctamente las acciones. Lo que antes producía vergüenza comienza a parecer aceptable. El pecado pierde su gravedad y la sensibilidad moral disminuye poco a poco.
Este proceso rara vez ocurre de un día para otro. Generalmente comienza con pequeñas concesiones. Cada vez que una persona ignora la voz de su conciencia, esa voz se debilita un poco más.

La conciencia puede ser educada
La condición más grave descrita por la Biblia es la conciencia cauterizada.
Pablo la describe con estas palabras:
“…por la hipocresía de mentirosos que, teniendo cauterizada la conciencia…”
(1 Timoteo 4:2).
La palabra “cauterizada” evoca la imagen de un tejido que, después de ser quemado repetidamente, pierde sensibilidad.
Algo semejante puede ocurrir en la vida moral. Cuando una persona rechaza una y otra vez la verdad, justifica constantemente el pecado y persiste deliberadamente en el mal, llega un momento en que la conciencia deja prácticamente de reaccionar. No porque haya desaparecido, sino porque ha perdido gran parte de su sensibilidad.
Esto ayuda a explicar por qué algunos criminales parecen actuar sin remordimiento. No nacieron así. Su conciencia fue siendo endurecida por decisiones repetidas de desobediencia, hasta que dejó de responder con la intensidad que alguna vez tuvo.
La enseñanza bíblica acerca de la conciencia constituye una seria advertencia.
Cada decisión que tomamos influye en nuestra sensibilidad moral. Cuando obedecemos la verdad, nuestra conciencia se fortalece. Cuando justificamos el pecado, la debilitamos. Nadie endurece su conciencia de un momento a otro; normalmente es el resultado de muchas decisiones pequeñas tomadas a lo largo del tiempo.
Al mismo tiempo, esta enseñanza nos recuerda la misericordia de Dios. El Señor no solo revela el pecado por medio de la conciencia, sino que también ofrece perdón, restauración y una nueva vida por medio de Jesucristo. Él puede limpiar el corazón, renovar la mente y devolver al creyente una conciencia sensible a su voluntad.
La existencia de distintos estados de la conciencia no contradice que esta sea un testimonio de Dios; por el contrario, confirma lo que la Biblia siempre ha enseñado. La conciencia existe, pero puede ser formada, fortalecida, debilitada o endurecida según la respuesta del ser humano a la verdad.
Así como una brújula puede dañarse sin dejar de haber sido diseñada para señalar el norte, la conciencia puede deformarse sin perder su origen. Su misma existencia continúa recordándonos que fuimos creados por un Dios santo, quien escribió en nuestro interior una ley moral y nos llama a vivir conforme a ella.
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Pocas experiencias son tan universales como la culpa. Todos los seres humanos, tarde o temprano, hemos experimentado ese sentimiento interior que nos dice que hemos hecho algo incorrecto. Puede surgir después de una mentira, una traición, una injusticia o incluso después de haber pronunciado palabras que hirieron profundamente a otra persona.
La culpa no depende únicamente de que alguien descubra nuestras acciones. Muchas veces aparece cuando nadie más sabe lo que hemos hecho. Es una lucha silenciosa que ocurre en lo más profundo del corazón.

La culpa, una realidad en el corazón del ser humano
¿Por qué sucede esto?
Si el ser humano fuera únicamente el resultado de procesos biológicos y químicos, la culpa sería difícil de explicar. Sentir dolor físico tiene una función evidente para la supervivencia; nos advierte de un peligro y protege nuestro cuerpo. Pero la culpa moral pertenece a una dimensión distinta. No es un dolor del cuerpo, sino del alma. No nos avisa que un hueso está roto, sino que hemos quebrantado aquello que sabemos que es correcto.
Esta realidad distingue al ser humano del resto de la creación. Los animales pueden experimentar miedo, estrés o respuestas condicionadas por el aprendizaje, pero no existe evidencia de que experimenten culpa moral. Un león no siente remordimiento por haber cazado una gacela, ni un lobo pide perdón por atacar a otro animal. Actúan conforme a sus instintos.
El ser humano, en cambio, es diferente. Reflexiona sobre sus acciones, reconoce cuando ha actuado mal y, con frecuencia, intenta reparar el daño causado. ¿Por qué? Porque fue creado con conciencia moral y con la capacidad de responder ante un bien y un mal objetivos.
La culpa presupone responsabilidad. Solo puede sentirse culpable quien reconoce, aunque sea de manera inconsciente, que debía haber actuado de otra manera. Y si existe responsabilidad moral, necesariamente existe una ley moral. A su vez, una ley moral presupone la existencia de un Legislador.
La Biblia nos presenta el primer ejemplo de culpa inmediatamente después de la entrada del pecado en el mundo.
Cuando Adán y Eva desobedecieron el mandato de Dios, ocurrió algo sorprendente. Antes de que Dios pronunciara juicio alguno, ellos intentaron esconderse.
“Y oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.”
(Génesis 3:8).
¿Por qué se escondieron? Nadie les había enseñado todavía a sentir vergüenza. Sin embargo, inmediatamente comprendieron que habían hecho algo incorrecto. La culpa apareció como consecuencia de haber violado el mandato de Dios.
Desde entonces, la historia de la humanidad ha estado marcada por esa misma experiencia. El hombre intenta ocultar sus faltas, justificarlas o minimizar su gravedad. A veces culpa a otras personas, a las circunstancias o incluso a Dios. Pero la culpa permanece, porque la conciencia continúa dando testimonio de la verdad.
Uno de los ejemplos más conmovedores de toda la Biblia es el del rey David. Después de cometer adulterio con Betsabé y ordenar la muerte de Urías, intentó ocultar su pecado. Sin embargo, cuando fue confrontado por el profeta Natán, reconoció su culpa y escribió uno de los salmos más profundos de arrepentimiento.
“Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí.”
(Salmo 51:3).
David no culpó a la sociedad, ni a su educación, ni a sus circunstancias. Reconoció que había pecado contra Dios. Su conciencia despertó y lo condujo al arrepentimiento.
El apóstol Pablo enseña que esta realidad alcanza a toda la humanidad.
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”
(Romanos 3:23).
La Biblia no afirma que algunas personas sean pecadoras y otras no. Declara que todos hemos quebrantado, en mayor o menor medida, la ley moral de Dios. Por eso todos conocemos la culpa. Todos hemos experimentado el peso de haber actuado en contra de aquello que sabíamos correcto.
Algunas personas intentan silenciar la culpa negando la existencia del bien y del mal. Otras procuran distraerse, justificarse o convencerse de que no existe responsabilidad moral. Sin embargo, estas estrategias no eliminan la realidad de la culpa. Solamente intentan acallar la voz de la conciencia.
La buena noticia del evangelio es que Dios no dejó al ser humano prisionero de su culpa. El mismo Dios que escribió la ley moral en nuestro corazón también proveyó el camino para el perdón. La culpa no fue dada para destruirnos, sino para conducirnos al arrepentimiento y mostrarnos nuestra necesidad de reconciliarnos con Él.
En este sentido, la culpa cumple un propósito semejante al dolor físico. El dolor nos advierte que algo no está bien en nuestro cuerpo; la culpa nos advierte que algo no está bien en nuestra relación con Dios. Ignorar el dolor puede agravar una enfermedad; ignorar la culpa puede endurecer el corazón.
Por ello, la existencia misma de la culpa constituye otro poderoso testimonio de la existencia de Dios. No es simplemente una emoción desagradable ni una construcción cultural. Es la respuesta de una conciencia que reconoce haber transgredido una ley moral objetiva.
Cada vez que el ser humano experimenta culpa, está dando evidencia de una verdad profunda: fue creado responsable ante un Dios santo y justo. Y esa misma culpa señala el camino hacia la esperanza, porque el Legislador también es el Salvador que ofrece perdón a todo aquel que se vuelve a Él con fe y arrepentimiento.
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A lo largo de la historia han existido miles de culturas diferentes. Han cambiado los idiomas, las formas de gobierno, las costumbres, las religiones y las tradiciones. Lo que era habitual en una región podía ser completamente desconocido en otra. Algunas sociedades fueron nómadas; otras construyeron grandes ciudades. Algunas practicaron la monogamia; otras permitieron la poligamia. Las formas de vestir, de alimentarse, de comerciar o de celebrar sus festividades han variado enormemente.
Ante esta diversidad, algunas personas concluyen que no existe una moral universal. Afirman que el bien y el mal dependen únicamente de la cultura y que cada sociedad tiene derecho a definir sus propios valores.
A primera vista, esta idea parece razonable. Sin embargo, cuando examinamos cuidadosamente la historia, descubrimos algo sorprendente.
Aunque las culturas difieren en muchos aspectos, ninguna sociedad ha podido vivir sin principios morales. Todas han desarrollado normas acerca de lo correcto y lo incorrecto. Todas han establecido obligaciones, deberes y responsabilidades. Todas han considerado que algunas conductas merecen aprobación y otras castigo.
Los detalles pueden variar, pero los principios fundamentales aparecen una y otra vez.

Existe una ley moral universal y escrita en el corazón del hombre
En prácticamente todas las civilizaciones encontramos normas que protegen la vida humana, condenan el homicidio injustificado, sancionan el robo, valoran la honestidad, reconocen la importancia de la familia y elogian virtudes como la valentía, la lealtad, la justicia y la compasión.
Por supuesto, ninguna cultura ha aplicado estos principios de manera perfecta. Algunas permitieron la esclavitud, otras practicaron sacrificios humanos y muchas incurrieron en profundas injusticias. Sin embargo, incluso esas sociedades poseían códigos morales internos y distinguían entre acciones consideradas honorables y acciones consideradas vergonzosas.
Lo más interesante es que hoy somos capaces de juzgar incluso a esas mismas culturas. Condenamos la esclavitud, el genocidio, la tortura y el abuso de los inocentes, aunque en determinadas épocas hayan sido aceptados por muchos pueblos.
¿Por qué hacemos ese juicio?
Si la moral dependiera únicamente de cada sociedad, no tendríamos base para afirmar que aquellas prácticas fueron realmente malas. Solo podríamos decir que pertenecían a otra época o a otra cultura. Sin embargo, casi nadie piensa así. La inmensa mayoría reconoce que ciertas acciones fueron injustas, independientemente del momento histórico en que ocurrieron.
Esto revela que existe un estándar moral que trasciende las culturas.
La Biblia ofrece una explicación clara para esta realidad. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Por esa razón, aunque las personas puedan ignorarla, deformarla o desobedecerla, conservan una percepción básica de que existen el bien y el mal.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Observe cuidadosamente lo que Pablo afirma. Está hablando de pueblos que nunca recibieron la Ley de Moisés. Sin embargo, dice que poseen una ley escrita en sus corazones. No significa que conozcan toda la voluntad de Dios, sino que conservan un sentido moral que les permite distinguir, aunque sea de manera imperfecta, entre lo correcto y lo incorrecto.
Esta enseñanza explica por qué la conciencia aparece en todas las culturas conocidas. También explica por qué encontramos principios morales semejantes en civilizaciones que jamás tuvieron contacto entre sí.
La existencia de diferencias culturales no niega la existencia de una ley moral universal. Ocurre algo parecido con los idiomas. Existen miles de lenguas diferentes, pero todas poseen reglas gramaticales que permiten la comunicación. Del mismo modo, las culturas expresan la moral de maneras distintas, pero todas reconocen la necesidad de distinguir entre el bien y el mal.
La ley moral escrita por Dios tampoco elimina la libertad humana. Las personas pueden desobedecerla, justificar el pecado o incluso endurecer su conciencia. La historia está llena de ejemplos de ello. Sin embargo, el hecho de que una ley pueda violarse no significa que deje de existir. Precisamente porque existe una norma objetiva podemos hablar de injusticia cuando alguien la quebranta.
Además, esta universalidad ayuda a explicar otro fenómeno sorprendente. Cuando ocurre una tragedia que conmueve al mundo —un atentado terrorista, el asesinato de niños, la trata de personas o un acto de extrema crueldad— millones de personas de diferentes países reaccionan con indignación. Hablan idiomas distintos, pertenecen a culturas diferentes y profesan religiones diversas, pero coinciden en afirmar que aquello estuvo mal.
¿Por qué?
Porque, aunque sus costumbres no sean idénticas, todos poseen una conciencia que responde a una misma realidad moral.
La Biblia enseña que esa realidad tiene un origen común. No nace de los gobiernos, de las tradiciones ni de las mayorías. Procede del Dios que creó al ser humano a su imagen y dejó impresa en su corazón una ley moral.
Por ello, la existencia de principios morales compartidos entre culturas constituye otra evidencia significativa de la existencia de Dios. Las diferencias culturales son reales y forman parte de la riqueza de la humanidad, pero debajo de esa diversidad encontramos una verdad constante: el ser humano sabe que existe el bien y el mal, porque el Creador dejó esa huella en lo más profundo de su corazón.
La universalidad de la conciencia no demuestra únicamente que todos somos semejantes; señala hacia un mismo Autor. Así como un mismo artista puede dejar su estilo en muchas obras distintas, Dios dejó en toda la humanidad la marca de su justicia. Esa ley moral, escrita en el corazón del hombre, continúa dando testimonio silencioso de la existencia del Creador.
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A lo largo de esta sección hemos descubierto que la conciencia constituye una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. Ella nos recuerda que existe una diferencia entre el bien y el mal, nos acusa cuando hacemos lo incorrecto y nos aprueba cuando actuamos conforme a aquello que reconocemos como bueno.
Sin embargo, es necesario comprender una verdad fundamental.
La conciencia, por sí sola, no puede salvar al ser humano.
Muchas personas piensan que basta con “seguir su conciencia” para estar bien delante de Dios. Otras creen que una persona será aceptada por el Creador simplemente porque procura hacer el bien o porque intenta vivir de acuerdo con sus convicciones.
La Biblia presenta una realidad diferente.
La conciencia es un testigo, no un juez supremo. Su función consiste en dar testimonio de la ley moral escrita por Dios en el corazón humano, pero no tiene poder para borrar el pecado ni para reconciliar al hombre con su Creador.
El apóstol Pablo explica que la conciencia acusa o defiende nuestras acciones porque revela la existencia de esa ley moral.
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Observe cuidadosamente las palabras de Pablo. La conciencia da testimonio. Señala. Acusa. Defiende. Pero nunca afirma que pueda perdonar.
Su función se parece a la de un espejo.
Cuando una persona se mira en un espejo descubre que tiene el rostro sucio. El espejo cumple perfectamente su propósito al mostrar la realidad. Sin embargo, el espejo no puede limpiar el rostro. Solamente revela la necesidad de hacerlo.
De la misma manera, la conciencia revela nuestra condición moral. Nos muestra que hemos fallado, que hemos pecado y que necesitamos reconciliarnos con Dios. Pero ella misma no puede quitar nuestra culpa.
Por eso la Biblia enseña que todos los seres humanos necesitan algo más que una conciencia sensible. Necesitan el perdón que solamente Dios puede otorgar.
Aquí aparece una de las enseñanzas más hermosas de las Escrituras.
Lo que la conciencia no puede hacer, Cristo sí puede hacerlo.
La carta a los Hebreos explica que los sacrificios del Antiguo Testamento no podían limpiar completamente la conciencia del pecador. Eran una figura que apuntaba hacia una obra mucho mayor.
Esa obra fue realizada por Jesucristo.
“¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?”
(Hebreos 9:14).
Observe la extraordinaria diferencia.
La conciencia revela el pecado.
Cristo limpia la conciencia.
La conciencia muestra la enfermedad.
Cristo ofrece la sanidad.
La conciencia produce convicción.
Cristo ofrece perdón.
Por esta razón, el evangelio no consiste simplemente en enseñar normas morales. Si ese fuera su propósito, bastaría con tener una conciencia bien educada. Pero el problema del ser humano es mucho más profundo. Todos hemos quebrantado la ley moral de Dios y necesitamos ser reconciliados con Él.
La conciencia nos conduce hasta la puerta; Cristo nos abre el camino hacia el Padre.
Esto explica por qué muchas personas experimentan un profundo vacío aun cuando procuran vivir correctamente. La conciencia puede impulsarlas a buscar la verdad, pero solo Jesucristo puede darles la paz que tanto anhelan.
Cuando una persona deposita su fe en Cristo, no desaparece la conciencia. Al contrario, el Espíritu Santo la ilumina, la fortalece y la guía para vivir conforme a la voluntad de Dios. La diferencia es que ya no vive bajo la condenación de una culpa sin esperanza, sino bajo la gracia del Dios que perdona y transforma.
Así, la conciencia cumple uno de los propósitos para los cuales fue dada por Dios. Actúa como una señal colocada en el camino. No es el destino final; indica la dirección correcta. Nos muestra nuestra necesidad de un Salvador y nos conduce hacia Aquel que puede hacer lo que ninguna ley, ninguna filosofía y ningún esfuerzo humano pueden lograr.
Por ello, la conciencia constituye una evidencia de la existencia de Dios, pero también señala hacia la necesidad del evangelio. Nos recuerda que existe un Dios santo que distingue entre el bien y el mal, pero también un Dios misericordioso que, en su infinito amor, envió a su Hijo para perdonar nuestros pecados y limpiar nuestra conciencia.
La creación nos habla del poder de Dios.
El orden del universo nos habla de su sabiduría.
La conciencia nos habla de su justicia.
Y Jesucristo nos revela la grandeza de su amor.
Solo cuando contemplamos estas verdades juntas comprendemos plenamente el mensaje de la Biblia: el Dios que escribió su ley en nuestro corazón es el mismo Dios que, por medio de Cristo, abrió el camino para reconciliarnos con Él y darnos una conciencia limpia, una nueva vida y la esperanza de la vida eterna.
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Existe una evidencia de la conciencia que pocas veces nos detenemos a considerar. No la encontramos en un laboratorio, ni en un tratado de filosofía, ni en un tribunal de justicia. La encontramos todos los días en nuestros propios hijos y nietos.
Basta observar atentamente a un niño pequeño.
Mucho antes de que aprenda a leer, antes de que estudie leyes, filosofía o ética, e incluso antes de comprender plenamente el significado de palabras como justicia, culpa o responsabilidad, comienzan a aparecer en él reacciones morales sorprendentes.
Un niño de apenas uno o dos años todavía no puede explicar qué es la justicia. Sin embargo, cuando otro niño le arrebata un juguete de las manos, inmediatamente protesta. Llora, señala al otro niño o busca la protección de sus padres. Aunque todavía no pueda expresar su pensamiento con claridad, su reacción comunica algo muy profundo:
“Eso no está bien.”
Lo mismo ocurre cuando recibe un trato desigual. Si a dos hermanos se les ofrece un dulce y solamente uno lo recibe, el otro percibe rápidamente que algo no parece justo. No sabe definir la igualdad ni explicar principios de justicia distributiva, pero ya posee una percepción básica de que ambos deberían ser tratados de manera semejante.
Estas reacciones aparecen mucho antes de que el niño pueda comprender complejos razonamientos morales.
También sucede algo interesante cuando el propio niño hace algo que sabe que no debía hacer.
Imaginemos que, mientras juega en la sala, rompe deliberadamente un adorno. Al escuchar que sus padres se acercan, muchas veces baja la mirada, intenta esconder el objeto roto, evita el contacto visual o busca ocultarse.
¿Por qué actúa así?
No siempre es porque tema un castigo. En muchas ocasiones su conducta revela algo más profundo: comienza a experimentar culpa. Percibe que ha hecho algo incorrecto y procura ocultarlo.
Otro ejemplo muy común ocurre cuando un niño toma una galleta después de que su madre le dijo que esperara. Si al entrar la madre el niño esconde rápidamente la galleta detrás de su espalda o cambia la expresión de su rostro, está manifestando que reconoce, al menos de manera elemental, que ha desobedecido.
Nadie tuvo que darle una conferencia sobre ética para que reaccionara así.
Pensemos también en otra escena cotidiana.
Una niña empuja accidentalmente a su hermanito y lo hace llorar. Al verlo sufrir, muchas veces ella misma comienza a llorar. Se acerca, intenta abrazarlo o acariciarlo. Aunque todavía no puede explicar conceptos como empatía o compasión, reconoce el sufrimiento del otro y desea reparar el daño.
Estas conductas aparecen una y otra vez en hogares de todo el mundo.
Por supuesto, los padres desempeñan un papel fundamental en la formación de la conciencia. Enseñan a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, corrigen malas conductas y fortalecen buenos hábitos. Sin embargo, la educación no crea la conciencia desde la nada. Más bien, desarrolla una capacidad moral que ya comienza a manifestarse desde los primeros años de vida.
La Biblia explica este fenómeno de una manera sencilla. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Esa ley no aparece completamente desarrollada al nacer, pero desde la infancia comienza a hacerse evidente mediante la conciencia.
El apóstol Pablo escribió que aun quienes nunca recibieron la Ley de Moisés poseen “la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia” (Romanos 2:14-15).
Los niños constituyen una ilustración extraordinaria de esta verdad. Antes de conocer las leyes de un país, antes de asistir a la escuela y antes de estudiar la Biblia, ya empiezan a manifestar un sentido elemental de justicia, responsabilidad, culpa y compasión.
Algunos podrían afirmar que todo esto es únicamente el resultado de la educación. Sin duda, la familia influye profundamente en el desarrollo moral. Sin embargo, la educación explica cómo madura la conciencia; no explica por qué existe esa capacidad desde el principio. Un maestro puede enseñar matemáticas porque el ser humano posee la capacidad de razonar. De manera semejante, los padres pueden educar moralmente porque Dios creó al niño con la capacidad de distinguir, progresivamente, entre el bien y el mal.
Esto se observa también cuando los niños reaccionan frente al abuso.
Aunque todavía no comprendan conceptos jurídicos o filosóficos, saben reconocer cuando alguien los trata con crueldad, cuando reciben un trato injusto o cuando una persona les hace daño deliberadamente. Buscan protección, lloran, se aferran a quienes los aman y manifiestan, con el lenguaje propio de su edad, que aquello no debería estar ocurriendo.
Su corazón percibe la injusticia mucho antes de que su mente pueda definirla.
Todo esto constituye una evidencia silenciosa, pero profundamente significativa. Desde los primeros años de la vida humana comienza a manifestarse una conciencia moral que ninguna teoría materialista logra explicar completamente.
La Biblia ofrece la respuesta.
El ser humano no es simplemente un organismo biológico altamente desarrollado. Es una criatura creada a imagen de Dios. Por eso, aun desde la infancia, aparecen las primeras manifestaciones de esa ley moral que el Creador escribió en el corazón humano.
Cada vez que un niño reclama porque considera injusto un trato, siente tristeza por haber desobedecido o intenta reparar el daño que ha causado, estamos contemplando algo mucho más profundo que un simple aprendizaje social. Estamos viendo una de las primeras expresiones de la conciencia, ese testimonio interior que Dios colocó en el ser humano y que continúa señalando, desde los primeros años de la vida, hacia la existencia de un Creador justo y santo.
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Hasta ahora hemos visto que la conciencia nos permite distinguir entre el bien y el mal, experimentar culpa cuando hacemos lo incorrecto y reconocer la existencia de una ley moral escrita en nuestro corazón.
Sin embargo, todavía queda una pregunta profundamente interesante.
Si la moral fuera únicamente una invención humana, ¿por qué admiramos ciertas virtudes en prácticamente todas las culturas?
¿Por qué el amor nos parece admirable?
¿Por qué respetamos la honestidad?
¿Por qué aplaudimos el sacrificio de quien entrega su vida para salvar a otros?
¿Por qué buscamos que nuestras vidas tengan un propósito y un significado?
Estas preguntas revelan una realidad extraordinaria acerca del corazón humano.
Pocas virtudes reciben tanta admiración como el amor.
Nos conmueve una madre que arriesga su vida para salvar a su hijo. Admiramos al bombero que entra en un edificio en llamas para rescatar a un desconocido. Respetamos al médico que permanece junto a sus pacientes durante una epidemia y al misionero que deja las comodidades de su hogar para servir a personas necesitadas.
¿Por qué estas acciones despiertan admiración?
Desde una perspectiva puramente materialista, podrían parecer poco razonables. Quien arriesga su vida por otra persona pone en peligro su propia supervivencia.
Sin embargo, lejos de considerarlo un error, la humanidad suele reconocer ese sacrificio como una de las expresiones más elevadas de la nobleza humana.
La Biblia explica esta realidad porque Dios mismo es amor, y el ser humano fue creado a su imagen. Cuando contemplamos actos de amor genuino, reconocemos un reflejo del carácter del Creador.
Algo semejante ocurre con la honestidad.
Todos deseamos que nuestro médico nos diga la verdad. Esperamos que un juez sea imparcial, que un comerciante no nos engañe y que un amigo cumpla su palabra.
Incluso quienes actúan deshonestamente suelen esperar honestidad de los demás.
Un ladrón no desea ser robado.
Un mentiroso espera que otros le digan la verdad.
Un estafador quiere que el banco proteja su dinero.
Esta aparente contradicción revela que todos reconocemos, en lo más profundo del corazón, el valor de la honestidad.
Las culturas cambian, pero la admiración por el sacrificio permanece.
A lo largo de la historia se han levantado monumentos para recordar a hombres y mujeres que entregaron su vida defendiendo a otros, protegiendo a su familia o sirviendo a su nación.
No toda acción realizada durante una guerra es moralmente correcta. La historia también registra terribles atrocidades que la humanidad condena con razón. Sin embargo, cuando una sociedad honra a un soldado, a un rescatista o a un defensor de los inocentes, no está celebrando la violencia en sí misma. Está reconociendo valores como el valor, la entrega, la protección del débil y el amor al prójimo.
Incluso en los conflictos más difíciles, las personas continúan haciendo juicios morales. Distinguen entre quien protege deliberadamente a los inocentes y quien comete actos de crueldad contra ellos. Esa diferencia demuestra que seguimos apelando a un estándar moral.
Existe otra característica que distingue al ser humano.
No solo queremos vivir.
Queremos saber para qué vivimos.
Desde tiempos antiguos, hombres y mujeres de todas las culturas han buscado responder preguntas como:
¿Por qué existo?
¿Cuál es el propósito de mi vida?
¿Qué tiene verdadero valor?
¿Qué ocurre después de la muerte?
Estas preguntas trascienden la supervivencia biológica. Ningún animal organiza su existencia alrededor del propósito de la vida ni reflexiona acerca del significado de su propia existencia.
El ser humano sí lo hace porque fue creado para conocer a Dios y vivir en comunión con Él.
Otra experiencia universal es el remordimiento.
Después de actuar incorrectamente, muchas personas sienten la necesidad de pedir perdón, reparar el daño o reconciliarse con quien ofendieron.
Aun quienes intentan justificar sus acciones suelen hacerlo precisamente porque saben que necesitan justificarlas.
El remordimiento constituye uno de los testimonios más claros de la conciencia moral.
No es simplemente tristeza por las consecuencias de nuestros actos. Es el reconocimiento de que hemos quebrantado aquello que sabemos que era correcto.
Todas estas realidades apuntan en una misma dirección.
Admiramos el amor.
Valoramos la honestidad.
Reconocemos la nobleza del sacrificio.
Buscamos propósito para nuestra existencia.
Sentimos remordimiento cuando hacemos el mal.
Estas experiencias aparecen una y otra vez en la historia de la humanidad. Ninguna de ellas puede medirse con un microscopio ni pesarse en una balanza, pero todas forman parte de la experiencia humana más profunda.
La Biblia ofrece una explicación coherente.
El Dios que creó el universo también creó al ser humano a su imagen. Por ello, dejó en nuestro corazón no solamente la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, sino también el anhelo de la verdad, la justicia, el amor y el propósito.
Estas virtudes no son simples preferencias culturales ni accidentes de la evolución. Reflejan, aunque de manera imperfecta, el carácter del Creador.
Cada vez que admiramos el amor sacrificial, celebramos la honestidad, buscamos el sentido de la vida o sentimos remordimiento por el pecado, nuestra conciencia vuelve a señalar silenciosamente hacia Dios.
Es como una brújula interior que, aun cuando el ser humano intenta ignorarla, continúa apuntando hacia el Autor de toda verdad, de toda justicia y de todo amor.
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Por el Dr. Elio M. Rivera
A lo largo de esta serie hemos afirmado que la conciencia constituye una de las evidencias más importantes de la existencia de Dios. Sin embargo, surge una pregunta que muchas personas formulan:
Si la conciencia proviene de Dios, ¿por qué algunas personas creen sinceramente que están haciendo lo correcto cuando en realidad están haciendo el mal?
La respuesta de la Biblia es clara.
La conciencia existe, pero no es infalible.
La conciencia es semejante a una brújula. Una brújula bien calibrada señala correctamente el norte. Sin embargo, si se coloca junto a un poderoso imán o sufre un daño, puede indicar una dirección equivocada. El problema no está en la existencia de la brújula, sino en que ha sido alterada.
Algo parecido ocurre con la conciencia humana.
Dios la creó para dar testimonio del bien y del mal, pero el pecado afecta profundamente la capacidad del ser humano para discernir correctamente. Por eso la conciencia necesita ser formada, educada e iluminada por la verdad de Dios.
Ya hemos visto que las Escrituras hablan de una conciencia buena, de una conciencia débil, de una conciencia contaminada e incluso de una conciencia cauterizada. Esto significa que la conciencia puede perder sensibilidad cuando una persona rechaza repetidamente aquello que sabe que es correcto.
Cada vez que justificamos el pecado, ignoramos la verdad o llamamos bueno a lo malo, la voz de la conciencia se debilita un poco más.
Pero este fenómeno no ocurre únicamente en individuos. También puede suceder en pueblos enteros.
Cuando una sociedad comienza a llamar bueno a lo malo
La historia ofrece numerosos ejemplos de sociedades que terminaron aceptando prácticas que hoy consideramos profundamente injustas.
En distintos momentos de la historia, algunos pueblos aprobaron la esclavitud, los sacrificios humanos, la persecución religiosa, la discriminación racial o el exterminio de poblaciones enteras. En aquellos lugares, muchas personas crecieron considerando normales esas prácticas.
Sin embargo, con el paso del tiempo la humanidad llegó a reconocer que aquellas acciones eran moralmente incorrectas.
¿Qué ocurrió?
¿Cambió el bien y el mal?
La Biblia responde que no.
Lo que cambió fue la percepción moral de aquellas sociedades.
La ley de Dios permaneció siendo la misma, pero la conciencia colectiva había sido deformada por años de costumbre, intereses, ideologías y pecado.
Esto demuestra una verdad muy importante.
El hecho de que muchas personas aprueben una conducta no la convierte automáticamente en correcta.
La mayoría puede equivocarse.
La historia lo ha demostrado repetidas veces.
La advertencia de las Escrituras
La Biblia advierte claramente que el ser humano puede llegar a invertir completamente los valores morales.
El profeta Isaías escribió:
“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
(Isaías 5:20).
Estas palabras describen uno de los mayores peligros para cualquier sociedad.
Cuando el bien deja de llamarse bien y el mal comienza a celebrarse, no cambia la realidad moral; cambia el corazón del hombre.
La conciencia no desaparece, pero deja de cumplir correctamente su función.
Romanos 1: el deterioro de la conciencia
El apóstol Pablo describe este proceso con extraordinaria claridad en el primer capítulo de Romanos.
Explica que los seres humanos conocieron a Dios por medio de la creación, pero decidieron rechazar ese conocimiento.
En lugar de honrar al Creador, comenzaron a sustituir la verdad por la mentira.
Como consecuencia, su manera de pensar se fue oscureciendo progresivamente.
“Profesando ser sabios, se hicieron necios.”
(Romanos 1:22).
Este deterioro no ocurrió de un día para otro.
Fue el resultado de rechazar repetidamente la verdad.
Cuando una persona o una sociedad insiste durante mucho tiempo en justificar el pecado, la conciencia pierde sensibilidad y termina considerando aceptable aquello que Dios declara incorrecto.
La verdad no cambia con las mayorías
Vivimos en una época en la que con frecuencia se afirma que la moral depende únicamente de las preferencias personales o de las decisiones de la mayoría.
Sin embargo, la historia demuestra que las mayorías también pueden equivocarse.
Hubo generaciones que aprobaron la esclavitud.
Otras justificaron la persecución religiosa.
Algunas celebraron guerras injustas o sistemas profundamente opresivos.
El hecho de que millones de personas estuvieran de acuerdo nunca convirtió esas acciones en moralmente correctas.
La verdad no depende del número de quienes la aceptan.
Del mismo modo, la ley moral de Dios no cambia porque cambien las opiniones humanas.
La necesidad de una referencia superior
Precisamente por esa razón, la conciencia necesita una referencia que esté por encima de las culturas, de las ideologías y de las modas.
Esa referencia es la Palabra de Dios.
Las Escrituras no sustituyen la conciencia; la iluminan.
La corrigen cuando se desvía.
La fortalecen cuando se debilita.
La despiertan cuando comienza a endurecerse.
Y la orientan hacia la verdad revelada por el Creador.
Por ello, la posibilidad de que la conciencia se equivoque no constituye una objeción contra la existencia de Dios. Al contrario, confirma la enseñanza bíblica de que el ser humano fue creado con una ley moral, pero que el pecado ha afectado profundamente todas las áreas de su vida.
La conciencia sigue siendo una extraordinaria evidencia del Creador, pero necesita ser guiada por la verdad de Aquel que la puso en nuestro corazón.
Cuando una persona permite que Dios transforme su manera de pensar, la conciencia recupera progresivamente la sensibilidad para distinguir con claridad entre el bien y el mal. Pero cuando una sociedad rechaza continuamente esa verdad, corre el peligro de perder su rumbo moral y de llamar bueno a aquello que destruye la dignidad del ser humano.
Por eso, la respuesta no consiste en eliminar la conciencia ni en redefinir la moral según las preferencias de cada generación. La verdadera solución consiste en volver al Dios que escribió su ley en nuestro corazón y que, por medio de su Palabra, continúa guiando al ser humano por el camino de la verdad, la justicia y la vida.
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Por el Dr. Elio M. Rivera
Uno de los hechos más interesantes del debate sobre la existencia de Dios es que las personas que niegan su existencia también hablan continuamente de moral.
Con frecuencia escuchamos expresiones como:
”Eso es injusto.”
”Todos los seres humanos tienen derechos.”
”La discriminación está mal.”
”Debemos proteger a los más débiles.”
”La corrupción es inmoral.”
”La tortura nunca debería permitirse.”
Estas afirmaciones no son exclusivas de quienes creen en Dios. También las encontramos en personas que se consideran ateas, agnósticas o no religiosas.
Esto nos lleva a una pregunta muy interesante.
¿Por qué ocurre esto?
Antes de responder, conviene aclarar algo muy importante.
La Biblia nunca enseña que un ateo sea incapaz de actuar con bondad, honestidad o compasión. La experiencia demuestra lo contrario. Existen personas no creyentes que aman profundamente a su familia, ayudan a los necesitados, defienden la justicia y realizan grandes sacrificios por los demás.
Los cristianos no sostienen que la moral sea exclusiva de quienes creen en Dios.
Lo que la Biblia afirma es algo diferente.
Todo ser humano fue creado a imagen de Dios y posee una conciencia que da testimonio de la ley moral escrita en su corazón. Esa realidad alcanza tanto al creyente como al no creyente.
Por eso, aun quienes niegan la existencia del Creador continúan distinguiendo entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia…”
(Romanos 2:14-15).
Observe que Pablo no limita esta afirmación a quienes creen en Dios. Habla de la humanidad en general. La conciencia continúa dando testimonio de la ley moral, aun cuando una persona no reconozca el origen de esa ley.
Aquí aparece una cuestión profundamente filosófica.
Cuando alguien afirma que la tortura de un niño es objetivamente mala, que la esclavitud fue una injusticia o que todo ser humano posee una dignidad que debe ser respetada, está haciendo algo más que expresar una preferencia personal.
Está afirmando que esas cosas son verdaderamente correctas o incorrectas.
No está diciendo simplemente: “A mí no me gustan.”
Está diciendo: “Eso está mal.”
Esa diferencia es muy importante.
Si la moral fuera únicamente una cuestión de gustos personales o de costumbres sociales, nadie tendría derecho a condenar objetivamente las acciones de otra cultura o de otra época. Solo podría decir que piensa diferente.
Sin embargo, prácticamente nadie razona de esa manera.
Cuando contemplamos un genocidio, la trata de personas, el abuso infantil o la tortura, no afirmamos simplemente que esas prácticas nos desagradan. Decimos que son injustas y que nunca debieron ocurrir.
Ese lenguaje presupone que existe una diferencia objetiva entre el bien y el mal.
La Biblia ofrece una explicación coherente para esta experiencia universal.
Dios creó al ser humano con una conciencia capaz de reconocer, aunque sea imperfectamente, la ley moral escrita en su corazón. Por ello, creyentes y no creyentes pueden coincidir en muchas convicciones morales fundamentales.
Esto no significa que todos estén de acuerdo en cada decisión ética. Existen profundas diferencias acerca de numerosos temas. Sin embargo, el hecho de que casi todos utilicemos continuamente palabras como justicia, derechos, deber, responsabilidad, dignidad y culpa demuestra que vivimos como si existiera una moral objetiva.
Y precisamente ahí surge la gran pregunta.
¿Cuál es el fundamento último de esa moral objetiva?
La Biblia responde que ese fundamento no se encuentra en las mayorías, en los gobiernos ni en las preferencias personales.
Se encuentra en Dios.
Él es el Legislador cuya naturaleza santa, justa y buena constituye el fundamento de toda obligación moral.
Por esa razón, la existencia de personas moralmente sensibles que no creen en Dios no contradice la enseñanza bíblica. Más bien, confirma lo que las Escrituras han afirmado desde hace siglos: la ley moral fue escrita en el corazón humano.
Muchas personas reconocen la existencia de esa ley antes de reconocer al Autor que la escribió.
Es parecido a contemplar una pintura extraordinaria sin conocer todavía el nombre del artista. La belleza de la obra continúa señalando hacia quien la realizó, aunque el observador todavía ignore su identidad.
De la misma manera, cada vez que una persona —creyente o no creyente— defiende la justicia, condena la crueldad, protege al inocente o afirma la dignidad de todo ser humano, está apelando a una realidad moral que trasciende las opiniones individuales.
La Biblia identifica el origen de esa realidad.
El Dios que creó el universo también escribió su ley en el corazón del hombre. Por eso la conciencia continúa hablando a toda la humanidad. Algunos reconocen inmediatamente la voz del Legislador. Otros escuchan la ley antes de descubrir a quien la promulgó. Pero, en ambos casos, la conciencia sigue señalando silenciosamente hacia el mismo Dios justo, santo y verdadero.
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A lo largo de esta sección hemos recorrido un camino fascinante. Comenzamos observando una realidad que todos experimentamos: la existencia de la conciencia. Después descubrimos que todos hablamos de justicia, que distinguimos entre el bien y el mal, que experimentamos culpa cuando actuamos incorrectamente y que, desde los primeros años de la vida, los niños comienzan a manifestar un sorprendente sentido de lo justo y de lo injusto.
También vimos que la conciencia puede fortalecerse o endurecerse, que las culturas presentan diferencias importantes, pero conservan principios morales fundamentales, y que la conciencia, aunque señala nuestro pecado, no tiene poder para perdonarlo. Esa obra pertenece únicamente a Jesucristo.
Ahora podemos formular la gran pregunta que resume toda esta serie:
¿Qué nos dice realmente la existencia de la conciencia?
La respuesta de la Biblia es clara.
La conciencia constituye uno de los testimonios más profundos de la existencia de Dios.
Pensemos por un momento en algo muy sencillo.
Cuando encontramos una ley, inmediatamente suponemos que alguien la estableció. Ninguna ley aparece por sí sola. Toda constitución presupone un legislador. Todo reglamento supone una autoridad que lo promulgó. Todo código de justicia implica la existencia de alguien con autoridad para definir lo correcto y lo incorrecto.
Lo mismo ocurre con la ley moral.
Cada vez que hablamos de deber, responsabilidad, justicia, culpa o inocencia, estamos reconociendo la existencia de una norma moral. Y toda norma moral plantea inevitablemente una pregunta:
¿Quién la estableció?
Si el universo fuera únicamente materia, energía y procesos naturales sin propósito, no existiría ninguna obligación moral objetiva. Las estrellas seguirían su curso, los planetas continuarían girando y las leyes de la física permanecerían inalterables, pero conceptos como justicia, deber, dignidad, culpa o responsabilidad carecerían de fundamento.
Sin embargo, el ser humano vive como si esas realidades fueran verdaderas.
Condenamos el asesinato aunque ocurra lejos de nosotros.
Defendemos al inocente aunque no lo conozcamos.
Admiramos el sacrificio y la generosidad.
Rechazamos la crueldad y la traición.
Nos sentimos culpables cuando hacemos el mal.
Esperamos justicia cuando somos víctimas de una injusticia.
Todo esto revela que existe una ley moral que trasciende nuestros gustos personales y las opiniones cambiantes de las sociedades.
La Biblia afirma que esa ley tiene un origen.
No nació en los parlamentos.
No fue creada por los filósofos.
No surgió por consenso entre las naciones.
Procede del carácter mismo de Dios.
Él es santo, justo, bueno y verdadero. Por esa razón, la moral no depende de las preferencias humanas. Refleja la naturaleza del Creador.
El profeta Isaías declaró:
“Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará.”
(Isaías 33:22).
Este versículo reúne de manera extraordinaria todo lo que hemos estudiado.
Dios es el Juez, porque conoce perfectamente el bien y el mal.
Es el Legislador, porque la ley moral tiene su origen en Él.
Y también es el Salvador, porque el mismo Dios que establece la justicia ofrece misericordia al pecador por medio de Jesucristo.
Aquí encontramos una diferencia fundamental entre la cosmovisión bíblica y cualquier explicación puramente materialista del ser humano.
El materialismo puede describir procesos químicos y biológicos. Puede estudiar el funcionamiento del cerebro, las emociones y la conducta humana. Pero no puede explicar satisfactoriamente por qué existe una obligación moral objetiva ni por qué todos distinguimos entre aquello que es y aquello que debe ser.
La Biblia sí ofrece una respuesta coherente.
Existe una ley moral porque existe un Legislador moral.
Existe justicia porque existe un Dios justo.
Existe culpa porque hemos quebrantado su ley.
Y existe esperanza porque ese mismo Dios, en su inmenso amor, proveyó un Salvador.
La conciencia, entonces, no es un accidente de la evolución ni una simple construcción cultural. Es una de las huellas más profundas que Dios dejó en el corazón humano. Es una voz silenciosa que nos recuerda diariamente que fuimos creados para vivir conforme a la verdad, la justicia y el amor de nuestro Creador.
Tal vez podamos ignorarla durante algún tiempo. Podemos intentar justificar nuestras acciones o procurar silenciarla. Pero allí continúa, llamándonos una y otra vez, recordándonos que somos responsables delante de Aquel que conoce perfectamente nuestro corazón.
Por eso, la conciencia constituye mucho más que un fenómeno psicológico. Es un testigo permanente de la existencia de Dios.
Al contemplar el universo descubrimos el poder del Creador.
Al estudiar el extraordinario diseño de la naturaleza admiramos su sabiduría.
Y al escuchar la voz de nuestra conciencia encontramos una evidencia aún más cercana: el Dios que hizo las galaxias también escribió su ley en el corazón del ser humano.
La conciencia no pronuncia su nombre, pero señala hacia Él.
No puede ofrecer perdón, pero nos muestra que lo necesitamos.
No puede salvarnos, pero nos conduce hacia Aquel que sí puede hacerlo.
Por eso, cada vez que la conciencia distingue entre el bien y el mal, cada vez que nos impulsa a hacer justicia, cada vez que nos acusa cuando pecamos y cada vez que anhela lo correcto, está dando un testimonio silencioso, constante y universal de la existencia del Gran Legislador.
Ese Legislador no es una fuerza impersonal ni una idea filosófica. Es el Dios vivo y verdadero, revelado en las Sagradas Escrituras, el Creador del universo, el Juez justo de toda la humanidad y, por medio de Jesucristo, el único Salvador que puede perdonar nuestros pecados, limpiar nuestra conciencia y reconciliarnos con Él para siempre.
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