01. ¿Qué espero de un Dios?

Dr. Elio Rivera

Una cosa es afirmar ser Dios; otra muy diferente es demostrarlo

  En la serie anterior examinamos una pregunta extraordinariamente importante: ¿qué afirmó Jesucristo acerca de sí mismo? Estudiamos sus palabras, la manera en que habló de su relación con el Padre, la autoridad que reclamó y aquellas declaraciones que llevaron a quienes lo escuchaban a comprender que Jesús estaba atribuyéndose una identidad que iba mucho más allá de la de un maestro, profeta o líder religioso.

  Pero ahora debemos dar un paso más.

  Porque una cosa es afirmar algo acerca de uno mismo, y otra muy diferente es demostrar que esa afirmación es verdadera.

  Cualquier persona podría afirmar poseer poderes extraordinarios. Alguien podría incluso decir que viene de Dios o que posee autoridad divina. Las palabras, por sí solas, no serían suficientes para demostrarlo.

  Por eso, en esta nueva serie no queremos preguntarnos solamente:

¿Jesús afirmó ser Dios?

  Queremos formular una pregunta todavía más difícil:

¿Pudo demostrarlo?

  Y para responderla necesitamos establecer primero un criterio razonable.

  Supongamos por un momento que todavía no hemos examinado los milagros de Jesús. Supongamos que simplemente nos hacemos esta pregunta:

Si Dios entrara en nuestro mundo y caminara entre nosotros como hombre, ¿qué esperaríamos encontrar en Él?

  ¿Qué debería poder hacer?

  ¿Qué debería conocer?

  ¿Estaría sometido completamente a las mismas limitaciones que nosotros?

  ¿O esperaríamos encontrar en Él capacidades que ningún ser humano posee por naturaleza?

  Antes de examinar a Jesucristo, establezcamos las reglas.

¿Qué significa realmente la palabra Dios?

  Cuando hablamos de Dios en el sentido bíblico, no estamos hablando simplemente de un ser extremadamente poderoso.

  Un ángel puede ser más poderoso que un hombre y, sin embargo, no es Dios. Un gobernante puede ejercer enorme autoridad y tampoco es Dios. Incluso un ser capaz de realizar algo que nosotros no comprendemos no se convierte automáticamente en Dios.

  La Biblia presenta a Dios como el Ser supremo, eterno, creador y sustentador de todo cuanto existe. No recibió la existencia de otro. No pertenece al universo como una criatura más dentro de él. Por el contrario, el universo depende de Él.

  La Escritura comienza con una declaración sencilla y monumental:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1

  Antes de la tierra, antes de los océanos, antes del Sol y las estrellas, antes de cualquier ser humano, Dios ya era.

  Moisés lo expresó de una manera extraordinaria:

“Antes que naciesen los montes
Y formases la tierra y el mundo,
Desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.”

Salmo 90:2

  Por tanto, si alguien afirma poseer naturaleza divina, resulta razonable preguntarnos si encontramos en él características correspondientes a Dios.

¿Cuáles serían esas características?

Primero: esperaríamos que Dios fuera eterno.

  Nosotros tenemos un comienzo. Nacemos, vivimos durante determinado número de años y morimos. Nuestra existencia está limitada por el tiempo.

  Pero Dios no comenzó a existir cuando comenzó el universo.

  Él existía antes.

  Por eso, si Jesucristo realmente posee naturaleza divina, deberíamos encontrar algo extraordinario en la manera en que habla de su propia existencia. ¿Se consideró simplemente un hombre cuyo comienzo ocurrió en Belén, o afirmó una existencia anterior a su nacimiento humano?

  Esa será una de las preguntas que tendremos que investigar.

Segundo: esperaríamos que Dios conociera aquello que nosotros no podemos conocer.

  Nuestro conocimiento es limitado.

  Podemos observar el rostro de una persona, escuchar sus palabras y estudiar su comportamiento, pero no podemos entrar en su mente y conocer con absoluta certeza lo que está pensando.

  Dios, según la Biblia, sí puede hacerlo.

“Pues aún no está la palabra en mi lengua,
Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”

Salmo 139:4

  Si Jesús es quien afirmó ser, entonces sería razonable preguntarnos:

¿Demostró conocer cosas que un hombre ordinario no podía conocer?

  ¿Conoció pensamientos?

  ¿Conoció intenciones escondidas?

  ¿Sabía cosas que nadie le había contado?

Tercero: esperaríamos que Dios conociera el futuro.

  Nosotros podemos hacer predicciones. Podemos estudiar tendencias, calcular probabilidades y anticipar razonablemente algunas cosas.

  Pero no conocemos verdaderamente el futuro.

  La Biblia presenta este conocimiento como una característica extraordinaria de Dios:

“Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho.”
Isaías 46:10

  Entonces tendremos que preguntar:

¿Jesús conoció acontecimientos antes de que sucedieran?

  ¿Predijo solamente cosas generales, o anunció acontecimientos concretos relacionados con personas, circunstancias e incluso con su propia muerte?

Cuarto: esperaríamos que Dios tuviera poder creador.

  Los seres humanos podemos fabricar cosas, pero fabricar y crear no significan exactamente lo mismo.

  Podemos tomar madera y construir una mesa. Podemos tomar metales y fabricar una máquina. Podemos combinar sustancias y producir nuevos materiales.

  Pero siempre comenzamos con algo que ya existe.

  La Biblia atribuye a Dios un poder incomparable:

“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”

Salmo 33:9

  Cuando estudiemos a Jesús tendremos que observar cuidadosamente algunos acontecimientos extraordinarios.

  ¿Qué ocurrió cuando unos cuantos panes alimentaron a miles de personas?

  ¿Qué ocurrió cuando el agua se convirtió en vino?

  ¿Estamos solamente frente a hechos inexplicables, o existen indicios de una autoridad mucho más profunda sobre la materia?

Quinto: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre la naturaleza.

  Podemos estudiar la naturaleza.

  Podemos pronosticar una tormenta.

  Podemos protegernos parcialmente de ella.

  Pero no podemos salir en medio de un huracán y decirle al viento:

“Detente”.

  No podemos ordenar al océano que permanezca quieto.

  Sin embargo, la Biblia presenta a Dios como Señor de la naturaleza:

“Porque habló, e hizo levantar un viento tempestuoso,
Que encrespa sus ondas.”

Salmo 107:25

  Y después declara:

“Cambia la tempestad en sosiego,
Y se apaciguan sus ondas.”

Salmo 107:29

  Esto hace especialmente interesante aquella noche en que Jesús estaba en una barca mientras una violenta tormenta aterrorizaba a sus discípulos.

  La pregunta no será solamente qué ocurrió, sino:

¿Quién tiene autoridad para ordenar al viento y al mar que se detengan?

Sexto: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el mundo físico y la materia.

  Vivimos dentro de un universo que funciona de acuerdo con propiedades físicas extraordinariamente constantes.

  No decidimos cuánto pesaremos gravitacionalmente mañana. No podemos modificar a voluntad la densidad del agua para caminar sobre ella. Tampoco podemos convertir agua en otra sustancia simplemente pronunciando una orden.

  Nosotros estamos sometidos a las condiciones físicas de nuestro mundo.

  Pero si Dios es el Creador de ese mundo, resulta razonable esperar que el Creador no esté limitado frente a su creación de la misma manera que nosotros.

  Esto hará que algunos acontecimientos de la vida de Jesús resulten particularmente interesantes.

  Jesús caminó sobre el agua.

  Transformó agua en vino.

  Multiplicó alimentos.

  No utilizaremos expresiones sensacionalistas ni afirmaremos más de lo que los textos permiten. Simplemente examinaremos los acontecimientos y preguntaremos:

¿Qué clase de autoridad estamos observando?

Séptimo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el cuerpo humano y la enfermedad.

  El cuerpo humano posee una complejidad extraordinaria.

  Cuando un nervio está destruido, cuando un ojo no puede ver, cuando una persona está paralizada o cuando un tejido se encuentra gravemente enfermo, restaurarlo puede requerir medicamentos, cirugía, rehabilitación y tiempo.

  Y aun con toda nuestra medicina, existen daños que no podemos reparar.

  Pero ¿qué esperaríamos del Creador del cuerpo humano?

  La Biblia declara:

“Porque tú formaste mis entrañas;
Tú me hiciste en el vientre de mi madre.”

Salmo 139:13

  Si Dios diseñó y formó el cuerpo humano, sería razonable pensar que tendría autoridad para restaurarlo.

  Por eso examinaremos cuidadosamente algo sorprendente en Jesús: personas ciegas que recuperaron la vista, paralíticos que caminaron, leprosos que fueron limpiados y enfermos que quedaron sanos.

  Y en muchos casos, la restauración fue inmediata.

Octavo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el mundo espiritual.

  La Biblia no presenta solamente una realidad material. También habla de seres espirituales, ángeles y espíritus malignos.

  Si Dios es soberano, entonces ninguna criatura espiritual puede encontrarse por encima de su autoridad.

  Por eso será particularmente importante observar cómo reaccionaban los demonios frente a Jesucristo.

  No solamente lo reconocían.

  Le obedecían.

  Y eso merece ser investigado.

Noveno: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre el pecado.

  Esta característica es especialmente importante porque nos lleva más allá de los milagros físicos.

  Los profetas podían anunciar el perdón de Dios, pero Jesús hizo algo que provocó inmediatamente una controversia.

  Dijo a un hombre:

“Hijo, tus pecados te son perdonados.”
Marcos 2:5

  Los escribas comprendieron perfectamente la gravedad de aquella declaración y pensaron:

“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?”
Marcos 2:7

  Precisamente.

  Esa es la pregunta.

Décimo: esperaríamos que Dios tuviera autoridad sobre la vida y la muerte.

  Aquí llegamos probablemente a la frontera más impresionante de todas.

  Podemos combatir una enfermedad.

  Podemos prolongar una vida.

  Podemos reanimar, en circunstancias determinadas, a una persona cuyo corazón acaba de detenerse.

  Pero cuando la muerte se ha establecido definitivamente, el ser humano encuentra una frontera que no puede cruzar.

  Sin embargo, la Biblia declara acerca de Dios:

“Jehová mata, y él da vida.”
1 Samuel 2:6

  Entonces tendremos que observar a Jesús frente a la muerte.

  ¿Qué ocurrió con la hija de Jairo?

  ¿Qué ocurrió con el hijo de la viuda de Naín?

  ¿Y qué ocurrió cuando Jesús se colocó delante de la tumba de un hombre que llevaba cuatro días muerto y gritó:

“¡Lázaro, ven fuera!”?
Juan 11:43

  Pero todavía tendremos que enfrentarnos a una evidencia aún mayor:

¿Qué ocurrió con el propio Jesús después de su muerte?

Ahora tenemos un criterio

  Esto es precisamente lo que necesitábamos establecer antes de continuar.

  No queremos adaptar nuestra definición de Dios a Jesucristo después de conocer los acontecimientos.

  Queremos hacer lo contrario.

  Primero establecemos aquello que razonablemente esperaríamos de Dios y después examinamos a Jesucristo.

  Esperaríamos eternidad.

  Esperaríamos conocimiento que trascienda las limitaciones humanas.

  Esperaríamos conocimiento del futuro.

  Esperaríamos poder creador.

  Esperaríamos autoridad sobre la naturaleza.

  Esperaríamos autoridad sobre la materia y el mundo físico.

  Esperaríamos autoridad sobre el cuerpo humano y la enfermedad.

  Esperaríamos autoridad sobre el mundo espiritual.

  Esperaríamos autoridad sobre el pecado.

  Y esperaríamos, finalmente, autoridad sobre la vida y la muerte.

  Ahora podemos abrir los Evangelios y comenzar nuestra investigación.

  No preguntaremos solamente qué dijo Jesús.

  Preguntaremos qué hizo.

  Y acontecimiento tras acontecimiento iremos colocando la evidencia sobre la mesa.

  Al terminar esta serie regresaremos exactamente al lugar donde comenzamos y formularemos nuevamente la pregunta:

Si Jesús realmente es Dios, ¿hizo aquello que esperaríamos que Dios pudiera hacer?

  Porque si un hombre afirmó una identidad extraordinaria y después manifestó autoridad sobre cosas que ningún ser humano puede controlar —la naturaleza, la materia, la enfermedad, el mundo espiritual, el pecado, la vida y la muerte— entonces sus afirmaciones merecen ser examinadas con toda seriedad.

  En el próximo artículo comenzaremos con algo que ninguno de nosotros puede hacer:

conocer aquello que nadie nos ha dicho.

Referencias bíblicas

  • Génesis 1:1 — “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
  • 1 Samuel 2:6 — “Jehová mata, y él da vida; él hace descender al Seol, y hace subir.”
  • Salmo 33:9 — “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
  • Salmo 90:2 — “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.”
  • Salmo 107:25, 29 — Dios levanta el viento tempestuoso y también cambia “la tempestad en sosiego”.
  • Salmo 139:4 — “Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda.”
  • Salmo 139:13 — “Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre.”
  • Isaías 46:9-10 — Dios declara “lo por venir desde el principio” y aquello que todavía no ha sucedido.
  • Marcos 2:5-12 — Jesús perdona los pecados del paralítico y demuestra su autoridad sanándolo.
  • Marcos 4:35-41 — Jesús reprende al viento y ordena al mar que calle y enmudezca.
  • Juan 2:1-11 — Jesús transforma el agua en vino en las bodas de Caná.
  • Juan 6:1-14 — Jesús alimenta a una multitud utilizando cinco panes y dos peces.
  • Juan 11:1-44 — Jesús resucita a Lázaro después de cuatro días en el sepulcro.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.