07. Aprender en medio de una familia numerosa

Dr. Elio M Rivera

El primogénito de Nazaret: siete hijos, una vivienda modesta y las responsabilidades de la vida cotidiana

Una casa donde siempre había algo que hacer

  Nazaret despertaba con las primeras luces del día. En sus viviendas, las familias comenzaban a preparar alimentos, organizar sus labores y atender las necesidades de los niños. El agua debía transportarse, el grano prepararse y las provisiones administrarse cuidadosamente.

  En una de aquellas familias creció Jesús.

  Los Evangelios nos permiten conocer algo que frecuentemente pasa inadvertido cuando estudiamos su preparación: Jesús no fue hijo único. Fue el primogénito de una familia de por lo menos siete hijos.

  Aquella circunstancia tuvo consecuencias prácticas. Una casa con tantos integrantes no era un lugar donde cada persona podía disponer libremente del espacio, del silencio o del tiempo.

  Había responsabilidades compartidas, necesidades simultáneas y diferentes edades conviviendo bajo un mismo techo.

  En ese ambiente transcurrieron los años durante los cuales Jesús creció en sabiduría.

1. El primogénito de María

  Lucas 2:7 identifica a Jesús como el primogénito de María.

  Ser el hijo mayor representaba una posición importante dentro de la familia judía. A medida que los niños crecían, participaban progresivamente en las actividades necesarias para el sostenimiento del hogar.

  La llegada de cada nuevo hermano transformaba la vida familiar. Había otra boca que alimentar, ropa que preparar y un pequeño que necesitaba atención.

  Jesús fue creciendo mientras su familia aumentaba.

  No conocemos la diferencia de edades entre los hermanos, pero resulta razonable considerar que el mayor adquiriera responsabilidades que los pequeños todavía no podían asumir.

  En una sociedad donde gran parte de las tareas se realizaban manualmente, la colaboración de los hijos tenía un valor considerable.

  La posición de Jesús como primogénito no era solamente un título familiar. Lo situaba dentro de una estructura de responsabilidades que evolucionaba conforme alcanzaba mayor edad.

Recreación artística de Jesucristo estudiando en medio de una familia numerosa

2. Siete hijos bajo el mismo techo

  Marcos 6:3 conserva los nombres de cuatro hermanos de Jesús:

  «¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?» (RVR1960).

  Jesús, Jacobo, José, Judas y Simón sumaban cinco varones. La referencia a sus hermanas, en plural, establece la presencia de al menos dos mujeres.

  Por tanto, aquella familia tenía siete hijos como mínimo.

  Siete hijos significaban siete personalidades, distintas necesidades y diferentes etapas de desarrollo.

  Los pequeños requerían cuidados que los mayores ya no necesitaban. Los adolescentes podían realizar trabajos que todavía estaban fuera del alcance de sus hermanos menores.

  No debemos inventar conversaciones ni conflictos entre ellos. Sin embargo, podemos reconocer una realidad propia de cualquier familia numerosa: la convivencia exigía compartir recursos y adaptarse constantemente a las necesidades de los demás.

  Jesús conoció aquella experiencia desde el lugar particular que ocupaba como hermano mayor.

3. ¿Cuánto espacio había en aquella vivienda?

  Las investigaciones arqueológicas realizadas en Nazaret han permitido conocer estructuras domésticas correspondientes al período romano temprano.

  Las viviendas podían incorporar muros de piedra, patios y espacios utilizados para diferentes actividades. Algunas aprovechaban también las características naturales del terreno.

  No se ha establecido con certeza la distribución de la casa específica de Jesús.

  Pero las condiciones materiales de una familia galilea común eran considerablemente diferentes de las de una vivienda moderna.

  No podemos suponer que cada hijo dispusiera de una habitación individual.

  El espacio podía compartirse para dormir, guardar objetos y desarrollar distintas labores.

  Durante el día, los recipientes de almacenamiento, los utensilios y los materiales de trabajo ocupaban parte de las áreas disponibles.

  Por la noche, esos mismos espacios podían utilizarse para descansar.

  Imaginemos, como reconstrucción histórica posible, a varios miembros de la familia preparándose para dormir mientras otros todavía terminaban sus actividades.

  No había necesariamente un lugar reservado para estudiar en silencio.

  El espacio doméstico pertenecía a toda la familia.

4. El trabajo que sostenía el hogar

  Una familia numerosa necesitaba una organización constante.

  Preparar pan podía implicar moler grano, preparar la masa y utilizar un horno o una instalación de cocción disponible.

  Obtener agua exigía desplazarse hasta una fuente o punto de abastecimiento.

  La ropa debía lavarse y repararse. Los alimentos necesitaban almacenarse de manera que pudieran aprovecharse.

  Además, había que atender las obligaciones económicas.

  El Evangelio de Mateo identifica a José como tektōn, término relacionado con el trabajo artesanal y la construcción.

  Marcos aplica ese mismo término a Jesús.

  La familia, por tanto, estaba vinculada a un oficio manual.

  No conocemos sus ingresos ni podemos determinar con exactitud sus condiciones económicas. Pero el trabajo constituía una parte esencial de su vida.

  Y el trabajo familiar no terminaba necesariamente cuando alguien regresaba a casa.

  Las labores domésticas continuaban.

  Los hijos mayores podían contribuir a diferentes actividades según sus capacidades.

  En aquel contexto, disponer de tiempo personal requería acomodarse a las necesidades del hogar.

5. Las interrupciones de una familia numerosa

  Pensemos en una circunstancia sencilla.

  Un joven desea concentrarse en una enseñanza que ha escuchado. Quiere recordarla, examinar su significado o conversar acerca de ella.

  Pero un hermano menor necesita ayuda.

  Su padre solicita colaboración.

  Hay una tarea pendiente antes de que termine el día.

  La actividad intelectual debe interrumpirse.

  No afirmamos que una escena específica de esta naturaleza ocurriera en la vida de Jesús. Los Evangelios no conservan esos detalles.

  Sin embargo, representa una dificultad característica de los hogares numerosos.

  Las responsabilidades no siempre podían programarse.

  Un niño podía enfermar inesperadamente. Podía faltar algún alimento. Una actividad doméstica podía requerir más tiempo del previsto.

  El aprendizaje debía encontrar oportunidades dentro de esas circunstancias.

  Esta es una diferencia fundamental entre estudiar en condiciones de aislamiento y hacerlo mientras se participa activamente en una familia.

  La concentración requiere tiempo.

  Y el tiempo, dentro de un hogar numeroso, es un recurso compartido.

6. «Estaba sujeto a ellos»

  Lucas conserva una declaración decisiva acerca de la conducta de Jesús dentro de su familia.

  «Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos». (Lucas 2:51, RVR1960).

  Jesús obedecía a María y José.

  Aquella obediencia tenía implicaciones concretas.

  Si sus padres le asignaban una responsabilidad apropiada para su edad, debía atenderla. Si necesitaban su colaboración, no podía considerar que sus propios intereses lo colocaban automáticamente por encima de la vida familiar.

  El evangelista no describe las instrucciones que recibió ni las tareas que realizó.

  Pero sí presenta su sujeción como una característica de aquellos años.

  Esto resulta especialmente significativo al considerar su extraordinaria inteligencia.

  Jesús no utilizó su capacidad intelectual como motivo para desentenderse de la autoridad de sus padres.

  Su crecimiento en sabiduría y su obediencia familiar ocurrieron simultáneamente.

7. Cuando los hermanos no comprendían

  La convivencia familiar contiene una dimensión que merece especial atención.

  Conocer a una persona desde su infancia no significa comprender plenamente su identidad, sus convicciones o su misión.

  Durante el ministerio público de Jesús, Juan escribió:

  «Porque ni aun sus hermanos creían en él». (Juan 7:5, RVR1960).

  Esta declaración pertenece a una etapa posterior y no debe trasladarse automáticamente a la infancia.

  Sin embargo, revela que la relación familiar no produjo de inmediato una comprensión completa de Jesús.

  Sus hermanos lo habían conocido dentro de la vida ordinaria.

  Para ellos, Jesús era también alguien con quien compartían una historia familiar.

  Más adelante, Hechos 1:14 presenta a sus hermanos reunidos con los discípulos después de la resurrección.

  Y Jacobo llegaría a ocupar un lugar destacado en la iglesia de Jerusalén.

  Aquella evolución recuerda que las relaciones familiares de Jesús tuvieron una historia propia, más compleja de lo que podemos reconstruir.

8. Encontrar tiempo para aprender

  ¿Cómo pudo Jesús desarrollar su conocimiento de las Escrituras mientras participaba en aquella vida familiar?

  No conocemos sus horarios.

  Pero podemos identificar las oportunidades que ofrecía el ambiente judío: las reuniones religiosas, las celebraciones, las conversaciones y las enseñanzas escuchadas dentro de la comunidad.

  El aprendizaje no dependía exclusivamente de permanecer sentado durante largas horas frente a un texto.

  Una cuestión podía examinarse durante una conversación. Una enseñanza escuchada podía continuar siendo objeto de reflexión posteriormente.

  Sin embargo, el interés por aprender no eliminaba las responsabilidades domésticas.

  Y aquí encontramos el verdadero desafío.

  Jesús debía crecer intelectualmente mientras también crecía como hijo y hermano.

  No existían dos vidas separadas: una dedicada exclusivamente al conocimiento y otra reservada para la familia.

  Era una sola vida humana, con diferentes responsabilidades.

  Los Evangelios no permiten reconstruir cómo distribuyó su tiempo, pero sí muestran que su formación produjo resultados extraordinarios.

Conclusión. La sabiduría que creció dentro de un hogar

  La vida familiar de Jesús merece ocupar un lugar importante en nuestra comprensión de su preparación.

  Fue el primogénito de María, creció entre hermanos y hermanas y vivió bajo la autoridad de sus padres.

  Las condiciones materiales de Nazaret no ofrecían necesariamente comodidad, privacidad o silencio permanente.

  Había actividades que realizar y personas cuyas necesidades debían atenderse.

  Su inteligencia excepcional no lo eximió de aquellas circunstancias.

  Tampoco su condición de Hijo de Dios lo apartó de la experiencia de convivir con una familia humana.

  Jesús desarrolló su conocimiento mientras aceptaba las responsabilidades de ser hijo y hermano.

  Cuando posteriormente enseñó a las multitudes, aquellas personas escuchaban a un hombre que conocía verdaderamente la vida doméstica: la colaboración, la obediencia, el trabajo compartido y las exigencias de convivir con otros.

  Su preparación no había ocurrido fuera de la existencia humana, sino dentro de ella.

  Y aquel Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

  Aceptó compartir su tiempo, su espacio y su vida con los miembros de una familia numerosa.

Continuamos con el capítulo 8, manteniendo una extensión aproximada de 1,200 palabras, sin repetir lo desarrollado sobre la familia numerosa ni sobre la formación intelectual de Jesús.

Aquí el protagonista será el trabajo mismo: las herramientas, los materiales, el esfuerzo físico, las jornadas y el cansancio. El objetivo es que el lector comprenda algo extraordinario: el Maestro que enseñaría a Israel conoció primero la vida de un trabajador manual.

 

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.