02. El vino, las fiestas y los excesos

Dr. Elio M Rovera

Séforis — Las pruebas morales que Jesús pudo haber enfrentado

  Había terminado la jornada.

  Los trabajadores recogían sus herramientas, se limpiaban el polvo de las manos y se preparaban para abandonar la obra.

  Pero algunos todavía tenían planes.

  Aquella noche habría una celebración.

  Se hablaba de música, comida, abundante vino y una reunión que posiblemente se prolongaría hasta la madrugada.

  Uno de los hombres comentaba quiénes asistirían. Otro recordaba lo sucedido en una fiesta anterior. Algunos reían mientras hacían planes para encontrarse más tarde.

  Entonces alguien podía dirigirse al joven carpintero de Nazaret:

  —¿Por qué no vienes con nosotros?

  No sabemos si Jesús recibió alguna vez una invitación semejante.

  Pero aquella situación era perfectamente posible dentro del mundo de los trabajadores del siglo primero.

  Las celebraciones, los banquetes y los excesos formaban parte de la sociedad grecorromana.

  Y quienes trabajaban en sus ciudades podían conocer aquellas costumbres sin necesidad de participar en ellas.

  Jesucristo vino a vivir entre hombres que no siempre sabían detenerse cuando comenzaba la diversión.

Las noches de celebración en el mundo romano

  En el mundo grecorromano, los banquetes podían convertirse en acontecimientos sociales importantes.

  Los hombres acomodados organizaban reuniones para recibir invitados, fortalecer relaciones, celebrar acontecimientos y demostrar su posición económica.

  En algunas casas se preparaban espacios especiales para comer y beber.

  Los participantes podían reclinarse alrededor de las mesas mientras los sirvientes distribuían los alimentos.

  Después de la comida comenzaba, en determinados ambientes, una reunión dedicada al vino, la conversación y el entretenimiento.

  Los griegos la conocían como symposion.

  Había música.

  Juegos.

  Conversaciones prolongadas.

  Y ocasiones en que los invitados bebían hasta perder el dominio de sí mismos.

  Los escritores antiguos describieron hombres que terminaban sus celebraciones completamente embriagados.

  Algunos necesitaban ayuda para regresar a sus hogares.

  Otros discutían violentamente.

  Había quienes gastaban cantidades importantes de dinero en una sola noche.

  Y algunos convertían la embriaguez en motivo de orgullo.

  No todas las celebraciones terminaban de esa manera.

  Pero los excesos eran suficientemente conocidos como para aparecer repetidamente en la literatura de la época.

  El desenfreno no era una conducta desconocida ni excepcional en el mundo antiguo.

Dioniso y las celebraciones del mundo pagano

  Entre las divinidades del mundo griego se encontraba Dioniso, relacionado con el vino, la vid y determinadas formas de celebración y exaltación religiosa.

  Los romanos lo asociaban con Baco.

  Su culto tenía una larga historia y había adoptado diferentes manifestaciones en distintas regiones.

  Algunas festividades incluían procesiones, música y danzas.

  Ciertas tradiciones estaban relacionadas con estados de entusiasmo intenso y pérdida de las inhibiciones.

  La literatura y el arte representaban al dios acompañado de personajes festivos, recipientes de vino y escenas de celebración.

  En el mundo romano, el nombre de Baco llegó a relacionarse popularmente con la embriaguez y el desenfreno.

  No todas las ceremonias dedicadas a Dioniso eran iguales, ni podemos afirmar que cada festividad terminara en desorden.

  Pero su presencia cultural era ampliamente conocida.

  Y las noticias sobre aquellas celebraciones podían circular mucho más allá de los lugares donde se realizaban.

  Los comerciantes viajaban.

  Los funcionarios se trasladaban de una ciudad a otra.

  Los trabajadores escuchaban historias de personas procedentes de diferentes regiones.

  Así se difundían las costumbres.

  No era necesario asistir a una festividad para conocer su existencia.

Séforis y las costumbres de las ciudades

  Séforis estaba vinculada con el gobierno de Herodes Antipas y con las actividades económicas de Galilea.

  Durante aquellos años se desarrollaron construcciones que pudieron requerir numerosos trabajadores.

  Una ciudad de esa importancia ofrecía oportunidades para el contacto entre personas de diferentes ocupaciones y posiciones sociales.

  Había propietarios, comerciantes, constructores, carpinteros y personas relacionadas con la administración.

  En ese ambiente podían circular noticias acerca de celebraciones, banquetes y costumbres de otras ciudades.

  Mucho tiempo después de la vida de Jesús, una residencia de Séforis fue decorada con un mosaico que representa escenas relacionadas con Dioniso.

  Aquel hallazgo muestra que esa tradición cultural llegó a tener presencia artística en la ciudad.

  Sin embargo, pertenece a una época posterior y no demuestra que durante la juventud de Jesús se celebraran allí bacanales.

  Nuestra investigación no necesita afirmar semejante cosa.

  Lo importante es que Séforis formaba parte de un mundo donde las fiestas, los banquetes y los excesos eran realidades conocidas.

  Y si Jesús acudió allí para trabajar, pudo haber tenido contacto con personas familiarizadas con esas costumbres.

Los preparativos de una gran fiesta

  Imaginemos una residencia importante de Séforis.

  Su propietario ha decidido organizar una celebración.

  Los invitados llegarán al caer la tarde.

  Durante el día hay movimiento.

  Los sirvientes preparan los espacios.

  Se transportan recipientes de vino.

  Llegan alimentos.

  Se acomodan muebles.

  Algunos trabajadores realizan reparaciones antes de que comience la reunión.

  Entre ellos podría encontrarse un carpintero contratado para reparar una puerta, colocar una estructura de madera o acondicionar alguna parte de la vivienda.

  Mientras trabaja, escucha las conversaciones.

  Los preparativos anuncian que aquella noche habrá una gran celebración.

  Quizá los sirvientes comentan cuánto vino se ha comprado.

  Tal vez alguien recuerda lo ocurrido en una reunión anterior.

  Otro espera que los invitados sean generosos.

  Y alguno expresa su deseo de participar cuando termine el trabajo.

  Un trabajador podía conocer el ambiente de una fiesta mucho antes de que llegaran los invitados.

  No tenía que asistir.

  No necesitaba permanecer hasta la madrugada.

  Bastaba con trabajar en el lugar donde se preparaba.

  Si Jesús realizó trabajos en viviendas de personas acomodadas, pudo haber conocido situaciones semejantes.

  No sabemos si ocurrió, pero corresponde a las circunstancias que podían presentarse en la vida de un constructor.

«Ven con nosotros»

  Ahora pensemos en los propios compañeros de trabajo.

  Los hombres han terminado una semana agotadora.

  Han recibido su salario.

  Algunos desean regresar a casa.

  Otros proponen reunirse para beber.

  Uno conoce un lugar.

  Otro asegura que habrá música.

  Un tercero comienza a insistir para que nadie falte.

  —Vamos, hemos trabajado toda la semana.

  —Mañana descansaremos.

  —No seas tan serio.

  Las invitaciones podían parecer amistosas.

  Pero también podían convertirse en presiones.

  Un hombre que prefería retirarse podía encontrar compañeros empeñados en convencerlo.

  Algunos quizá interpretaban su negativa como una ofensa.

  Otros podían insistir hasta convertir la invitación en una prueba de aceptación dentro del grupo.

  Estas escenas son reconstrucciones de situaciones sociales posibles, no recuerdos conservados sobre Jesús.

  Pero reflejan una realidad humana que existía entonces y continúa existiendo.

  La presión para participar en los excesos de otros no comenzó en nuestra generación.

  Si Jesús trabajó entre los obreros de Séforis, pudo haber recibido invitaciones semejantes.

  Y si las recibió, tuvo que responder desde las convicciones que gobernaban su vida.

Cuando la diversión se convertía en desorden

  Las consecuencias de la embriaguez eran conocidas desde mucho antes del nacimiento de Jesús.

  Los hombres podían perder el juicio.

  Decir cosas que después lamentaban.

  Provocar discusiones.

  Insultar a sus compañeros.

  Desperdiciar sus recursos.

  O terminar incapacitados para cumplir sus responsabilidades al día siguiente.

  En el ambiente de los trabajadores, aquello podía tener consecuencias especialmente graves.

  Un trabajador de la construcción necesitaba conservar su fuerza y su habilidad.

  Debía utilizar herramientas.

  Transportar materiales.

  Trabajar sobre estructuras.

  Y realizar tareas que exigían atención.

  Presentarse completamente agotado después de una noche de excesos podía aumentar el riesgo de cometer errores o sufrir accidentes.

  Además, muchos trabajadores dependían de ingresos modestos.

  Una noche de gastos desmedidos podía consumir recursos necesarios para varios días.

  Las consecuencias no siempre terminaban cuando concluía la fiesta.

  Podían acompañar al hombre hasta su hogar.

  Y alcanzar a su familia.

El mundo que Jesús conoció

  Durante sus años de juventud, Jesús vivió en una sociedad donde las celebraciones formaban parte de la vida cotidiana.

  Conoció la alegría de las reuniones familiares.

  Conoció las costumbres de su pueblo.

  Y, como habitante de Galilea, vivió en una región relacionada con el mundo más amplio del Mediterráneo.

  Los Evangelios muestran posteriormente que asistía a comidas y celebraciones.

  Pero también declaran que jamás pecó.

  «Sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15, RVR1960).

  Aquella afirmación abarca toda su existencia humana.

  También los años anteriores a su ministerio público.

  No sabemos cuántas invitaciones recibió durante su juventud.

  No conocemos todas las conversaciones que escuchó.

  No podemos reconstruir cada ambiente donde trabajó.

  Pero sabemos que vivió entre hombres reales, en una sociedad donde existían la embriaguez y los excesos.

  Y permaneció sin pecado.

Lo que pudo haber significado para el carpintero de Nazaret

  Cuando pienso en Jesús trabajando como carpintero y constructor, me resulta difícil imaginar que el mundo de sus compañeros estuviera completamente separado de aquellas costumbres.

  Los hombres hablaban de lo que hacían.

  Comentaban las fiestas.

  Contaban sus experiencias.

  Hacían invitaciones.

  Y compartían relatos de acontecimientos ocurridos en otros lugares.

  Un trabajador podía enterarse de una celebración sin asistir a ella.

  Podía conocer los excesos de sus compañeros sin imitarlos.

  Podía recibir una invitación sin aceptarla.

  Y podía mantenerse firme aun cuando otros consideraran extraña su conducta.

  No afirmamos que Jesús participara en los preparativos de una fiesta determinada en Séforis.

  Ni que presenciara una celebración dedicada a Baco.

  Ni que un compañero intentara emborracharlo.

  Pero aquellas posibilidades nos ayudan a comprender el ambiente moral en el que pudo desenvolverse.

  Jesucristo no vino a vivir entre hombres que siempre dominaban sus deseos.

  Vino a un mundo donde algunos buscaban en el exceso una forma de diversión.

  Donde las celebraciones podían prolongarse hasta perder toda moderación.

  Donde el vino podía convertirse en el centro de una noche de desenfreno.

  Y donde la presión de los compañeros podía empujar a otros a participar.

  Si Jesús encontró aquellas situaciones durante sus años de trabajo, permaneció fiel al Padre.

  Porque su santidad no comenzó cuando salió de Nazaret para predicar.

  Había caracterizado toda su vida.

  En un mundo donde muchos hombres se dejaban dominar por los excesos, el Hijo de Dios permaneció sin pecado.

“Y aquel verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Juan 1: 14)

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.