11. Las tentaciones de los compañeros

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

El tekton de Nazaret — Las manos que construían Galilea

  El sol había regresado a Séforis.

  Después de varios días de lluvia, la construcción volvía a llenarse de hombres, herramientas y órdenes. Los encargados deseaban recuperar el tiempo perdido, y los trabajadores necesitaban los jornales que no habían podido ganar.

  Natán había advertido que aquella semana sería especialmente exigente.

  Había que revisar los apoyos que se habían asentado sobre el terreno húmedo, retirar los materiales dañados y terminar varias estructuras que permanecían incompletas.

  David agradecía tener trabajo nuevamente.

  Las provisiones de su casa habían disminuido y la cubierta todavía necesitaba una reparación definitiva. Cada moneda que pudiera llevar a Nazaret sería importante.

  Aquella mañana comenzó preparando unas vigas junto a Joel y Simón.

  El trabajo avanzaba con normalidad hasta que escucharon una carcajada al otro lado de los materiales.

  —¡Les aseguro que no quería dejarme salir!

  La voz pertenecía a Malquías.

  Estaba sentado sobre una piedra, rodeado de varios trabajadores. Movía las manos mientras relataba algo que parecía divertir enormemente a sus compañeros.

  —¿Y qué hiciste? —preguntó uno.

  —Le dije que tenía que regresar antes de que amaneciera.

  —¿Y te creyó?

  —¡Claro que no! Pero tampoco quería que me fuera.

  Los hombres comenzaron a reír.

  David continuó trabajando.

  No tenía interés en aquella conversación.

  Sin embargo, pronto descubriría que Malquías no estaba dispuesto a dejarlo al margen.

Las aventuras de Malquías

  Durante el descanso de media mañana, varios trabajadores se reunieron bajo la sombra de un muro.

  David sacó su pan y se sentó cerca de Simón.

  Malquías continuaba relatando sus aventuras.

  —Mi esposa cree que cuando termino de trabajar regreso directamente a casa.

  Uno de los hombres soltó una carcajada.

  —¿Y no sospecha nada?

  —¿Sospechar? —respondió Malquías—. Mientras lleve dinero y no llegue demasiado tarde, no hace preguntas.

  —Algún día te descubrirá —advirtió otro.

  Malquías sonrió.

  —Entonces tendré que inventar una buena explicación.

  Las risas aumentaron.

  Un trabajador llamado Azarías intervino.

  —Yo conozco a una mujer que vive cerca del mercado. Si le llevas un pequeño regalo, te recibe con mucho gusto.

  —¡Escuchen al hombre! —exclamó Malquías—. Parece que tenemos un experto entre nosotros.

  Azarías levantó las manos, fingiendo modestia.

  —Solamente digo que hay maneras agradables de terminar una jornada.

  Otro hombre añadió:

  —Después de cargar piedras todo el día, uno merece divertirse.

  David terminó de masticar y guardó el resto de su pan.

  No quería participar.

  Pero Malquías lo había observado.

  —¿Y tú, David?

  Él levantó la cabeza.

  —¿Yo qué?

  —¿Nunca has tenido una aventura?

  David negó.

  —Estoy casado.

  Malquías abrió los brazos.

  —¡Todos lo sabemos! ¡Yo también!

  Varios hombres comenzaron a reír.

  —Eso no responde mi pregunta —insistió.

  David lo miró tranquilamente.

  —No engaño a mi esposa.

  Malquías soltó una carcajada.

  —¡Escuchen eso! Tenemos entre nosotros a un hombre perfecto.

  —No he dicho que sea perfecto.

  —Entonces, ¿qué sucede? ¿Tu esposa no te deja salir?

  David guardó silencio un instante.

  —Mi esposa confía en mí. No quiero traicionar esa confianza.

  La expresión de Malquías cambió.

  Durante un momento pareció no encontrar una respuesta.

  Después sonrió con desprecio.

  —Hablas como un anciano.

  David se levantó.

  —Tal vez. Pero puedo mirar a mi esposa a los ojos cuando regreso a casa.

  Algunos dejaron de reír.

  Malquías lo observó mientras se alejaba.

  Y no le gustó lo que acababa de escuchar.

Una invitación difícil de rechazar

  Al mediodía, cuando los trabajadores se detuvieron para comer, Azarías se acercó a David.

  Era un hombre robusto, de rostro curtido y voz fuerte. Había trabajado en distintas construcciones y conocía lugares donde los jornaleros podían reunirse después de recibir su paga.

  —Esta tarde vamos a celebrar que finalmente regresó el trabajo.

  David levantó la mirada.

  —¿Celebrar?

  —Con vino, comida y buena compañía. Conozco un lugar cerca del mercado.

  —Gracias, pero regresaré a Nazaret.

  Azarías sonrió.

  —No tienes que regresar inmediatamente. Tu esposa puede esperar un poco.

  —Mis hijos también me esperan.

  —¡Precisamente por eso necesitas descansar de ellos de vez en cuando!

  David no respondió.

  Azarías se sentó a su lado.

  —Escucha, hombre. Trabajamos desde que amanece hasta que oscurece. Nos lastimamos las manos, cargamos piedras y soportamos las órdenes de Natán. ¿Y para qué? ¿Para regresar directamente a nuestras casas?

  —Para alimentar a nuestras familias, entre otras cosas.

  —Eso ya lo hacemos. Pero también tenemos derecho a disfrutar.

  David asintió.

  —No estoy en contra de descansar ni de pasar un buen momento.

  Azarías pareció animarse.

  —Entonces ven con nosotros.

  —No quiero gastar mi jornal en vino.

  El hombre lo miró con incredulidad.

  —¿Ni siquiera una parte?

  David recordó las monedas que su esposa había contado durante los días de lluvia.

  La harina que necesitaban.

  El aceite.

  La cubierta deteriorada.

  —Ahora mismo necesitamos ese dinero en casa.

  Azarías hizo un gesto de impaciencia.

  —Siempre habrá algo que comprar. Si esperas a que no tengas preocupaciones, nunca disfrutarás de nada.

  David sonrió ligeramente.

  —Entonces tendré que encontrar otras maneras de disfrutar.

  Azarías se levantó.

  —No sabes lo que te pierdes.

  Cuando se alejó, Simón se acercó.

  Había escuchado parte de la conversación.

  —A mí también me invitaron.

  —¿Y qué respondiste?

  —Que mi madre necesita lo que gane hoy.

  David asintió.

  Simón miró hacia los hombres reunidos.

  —Se burlaron de mí.

  —¿Por qué?

  —Dijeron que vivo como un viejo y que mi madre nunca me dejará casarme.

  David lo observó.

  —Estás cuidando a tu familia. No hay vergüenza en eso.

  Simón bajó la mirada.

  —A veces parece que sí la hay.

El hombre que se burlaba de Dios

  Por la tarde, mientras varios trabajadores acomodaban materiales, Malquías volvió a acercarse.

  Esta vez no estaba solo.

  Azarías y otros dos hombres lo acompañaban.

  —David —llamó—. Nos dicen que no quieres venir porque eres un hombre muy religioso.

  David dejó la herramienta sobre la madera.

  —Tengo mis convicciones.

  Malquías sonrió.

  —¿Y qué dice tu Dios? ¿Que no puedes beber vino?

  —No he dicho eso.

  —Entonces, ¿por qué no vienes?

  —Porque no quiero emborracharme ni gastar lo que necesita mi familia.

  Azarías soltó una risa.

  —Una copa no convierte a nadie en borracho.

  —Es verdad —respondió David—. Pero ustedes no me están invitando solamente a beber una copa.

  Uno de los hombres miró hacia Malquías.

  Había comprendido la respuesta.

  Malquías se cruzó de brazos.

  —También dicen que nunca has estado con otra mujer.

  David sostuvo su mirada.

  —Estoy casado.

  —Otra vez con eso.

  —Porque sigue siendo mi respuesta.

  Malquías se acercó un paso.

  —¿Y quién te vigila cuando estás lejos de Nazaret? ¿Tu esposa? ¿O tu Dios?

  David permaneció callado unos instantes.

  —No necesito que mi esposa me vigile para respetarla.

  Azarías dejó escapar una exclamación burlona.

  —¡Escuchen al maestro!

  Malquías señaló hacia el cielo.

  —Entonces seguramente tu Dios está pendiente de cada cosa que haces.

  —Creo que Dios conoce nuestras obras.

  —¿También cuando nadie nos ve?

  —También.

  Malquías comenzó a reír.

  —¡Pobre hombre! ¡Ni siquiera puede divertirse sin pensar que alguien lo está observando!

  Los demás se unieron a las burlas.

  David sintió que el rostro se le calentaba.

  No por vergüenza de su fe.

  Sino por la intención de humillarlo delante de todos.

  —Malquías —respondió—, no te he pedido que vivas como yo. Tampoco necesito que estés de acuerdo conmigo.

  —Entonces no nos juzgues.

  David lo miró sorprendido.

  —No he ido a buscarte para hablar de tus aventuras. Tú viniste a preguntarme por mi vida.

  Aquellas palabras provocaron algunas sonrisas entre los trabajadores.

  Malquías endureció el rostro.

  —Ten cuidado de no creerte mejor que nosotros.

  David recogió su herramienta.

  —No soy mejor que nadie. Pero tampoco voy a hacer algo que considero incorrecto solamente para que ustedes se rían conmigo.

  La conversación terminó cuando Natán ordenó continuar trabajando.

  Malquías se alejó.

  Pero antes de hacerlo murmuró:

  —Ya veremos cuánto dura tanta rectitud.

La prueba de la paciencia

  David intentó concentrarse en su trabajo.

  Tenía que preparar varias piezas antes de que terminara la jornada.

  Sin embargo, las palabras de Malquías continuaban molestándolo.

  No era la primera vez que aquel hombre intentaba provocarlo.

  Días antes habían desaparecido herramientas y alguien había modificado una pieza de madera que estaba bajo su responsabilidad.

  Ahora utilizaba su fe para convertirlo en objeto de burla.

  David sentía deseos de responder con dureza.

  Conocía palabras capaces de avergonzar a Malquías delante de los demás.

  Podía mencionar sus mentiras, su infidelidad y la manera en que se aprovechaba de otros trabajadores.

  Pero sabía que una discusión podía terminar en una pelea.

  Y no estaba dispuesto a perder su trabajo por satisfacer su enojo.

  Joel se acercó mientras preparaba una unión.

  —¿Estás bien?

  David asintió.

  —Solamente estoy cansado de sus comentarios.

  Joel miró hacia Malquías.

  —Le molesta que no hagas lo que él quiere.

  —No comprendo por qué.

  Joel permaneció pensativo.

  —Tal vez porque cuando alguien se niega a participar, los demás comienzan a preguntarse si lo que hacen está bien.

  David lo observó.

  No esperaba aquella reflexión del muchacho.

  —Puede ser.

  Joel sonrió.

  —Mi padre decía que algunos hombres se sienten ofendidos cuando otro consigue vivir sin las cosas que ellos consideran indispensables.

  David volvió a su trabajo.

  Aquella conversación le ayudó a comprender que no necesitaba responder a cada provocación.

  Pero la jornada todavía guardaba una sorpresa.

El jornal sobre la mesa

  Al terminar el día, los trabajadores comenzaron a recoger sus herramientas.

  Natán revisó las tareas realizadas y entregó los pagos correspondientes.

  David recibió sus monedas.

  Las guardó cuidadosamente.

  Habían pasado demasiados días sin trabajo para desperdiciar aquel jornal.

  Cerca de la salida, Malquías y Azarías esperaban a varios compañeros.

  —¡David! —gritó Azarías—. Todavía estás a tiempo.

  David se acercó lo suficiente para responder.

  —Gracias. Tengo que regresar.

  Malquías levantó una pequeña bolsa de monedas.

  —¡Mira! Hoy hay dinero para todos. Una parte será para nuestras esposas y otra para nosotros.

  —Que disfruten la tarde —respondió David.

  Malquías soltó una carcajada.

  —¿Ni siquiera quieres conocer a las mujeres que estarán allí?

  David negó.

  —No.

  —¿Tienes miedo?

  David lo miró.

  —Sí.

  Aquella respuesta sorprendió a los hombres.

  Malquías sonrió con satisfacción.

  —¡Por fin lo reconoce!

  David continuó:

  —Tengo miedo de convertirme en un hombre que lastime a su esposa y después tenga que mentirle para ocultarlo.

  Las risas desaparecieron por un momento.

  Azarías bajó la mirada.

  Malquías apretó la mandíbula.

  —Hablas demasiado.

  David ajustó la bolsa de herramientas sobre su hombro.

  —Solamente respondí tu pregunta.

  Se despidió y comenzó el camino hacia Nazaret.

  No sabía qué harían aquellos hombres durante la noche.

  Pero había decidido lo que él haría con su jornal.

La esposa que esperaba

  Cuando David llegó a casa, su esposa estaba preparando la comida.

  Los niños jugaban cerca de la entrada.

  Su hija corrió hacia él y se abrazó a sus piernas.

  David dejó las herramientas y la levantó.

  Su hijo mayor se acercó inmediatamente.

  —¿Trabajaste todo el día?

  —Todo el día.

  —¿Y mañana también?

  David sonrió.

  —Eso espero.

  Su esposa observó su expresión.

  —¿Ocurrió algo?

  David dejó a la pequeña sobre el suelo.

  Después sacó las monedas y las colocó junto a ella.

  —Algunos compañeros me invitaron a salir después del trabajo.

  —¿A dónde?

  —A beber vino y buscar mujeres.

  Su esposa levantó la mirada.

  David le contó las conversaciones y las burlas que había soportado.

  Ella escuchó en silencio.

  Cuando terminó, permaneció pensativa.

  —¿Te molestaron mucho?

  —Más de lo que esperaba.

  —¿Por qué?

  David se sentó.

  —Porque no se conformaban con que yo dijera que no. Querían que me sintiera avergonzado de respetarte.

  Su esposa observó las monedas.

  Después lo miró.

  —¿Y qué les dijiste?

  David sonrió ligeramente.

  —Que no necesito que me vigiles para serte fiel.

  Ella bajó la mirada.

  Durante unos instantes no respondió.

  Después tomó su mano.

  —Gracias.

  David la observó.

  —No tienes que agradecerme que cumpla mi palabra.

  —Lo sé —respondió ella—. Pero me alegra saber que puedo confiar en ti incluso cuando estás lejos.

  David apretó suavemente sus dedos.

  Había pasado la jornada rodeado de hombres que consideraban la fidelidad una debilidad.

  Ahora estaba sentado frente a la mujer que había compartido con él la pobreza, la enfermedad, las noches sin dormir y las preocupaciones por sus hijos.

  No necesitaba buscar aventuras para encontrar algo valioso.

  Lo tenía delante.

El hombre que escuchó en silencio

  Al día siguiente, mientras David preparaba unas piezas, Azarías se acercó.

  Esta vez estaba solo.

  —Quiero preguntarte algo.

  David levantó la cabeza.

  —Dime.

  Azarías miró alrededor para asegurarse de que Malquías no estuviera cerca.

  —Ayer dijiste que tenías miedo de lastimar a tu esposa.

  —Sí.

  El hombre permaneció callado.

  Después habló con una seriedad que David no le había conocido.

  —Mi esposa descubrió hace tiempo que estuve con otra mujer.

  David dejó la herramienta.

  Azarías continuó:

  —Todavía vivimos juntos. Pero ya no confía en mí.

  Miró sus manos.

  —Cuando salgo de casa, me pregunta adónde voy. Cuando regreso tarde, cree que estoy mintiendo. Y aunque le diga la verdad, piensa que intento engañarla.

  David lo escuchó.

  —¿Has intentado recuperar su confianza?

  Azarías soltó una risa amarga.

  —No sé cómo.

  David permaneció pensativo.

  —Quizá puedas comenzar dejando de hacer aquello que la lastimó.

  Azarías bajó la mirada.

  —No es tan sencillo.

  —No he dicho que lo sea.

  Durante unos instantes solamente se escuchó el ruido de las herramientas.

  Después Azarías levantó la cabeza.

  —Ayer pensé que eras un hombre orgulloso.

  David lo observó.

  —¿Y ahora?

  —Ahora creo que quizá tienes algo que yo perdí.

  David no respondió.

  Azarías se alejó lentamente.

  Y aquella conversación dejó en David una impresión mucho más profunda que todas las burlas del día anterior.

  Porque detrás de las carcajadas de algunos hombres también podían esconderse hogares heridos, esposas desconfiadas y familias que sufrían en silencio.

Y el Verbo fue hecho carne

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Y aquel Verbo fue hecho carne y creció y trabajó en una sociedad donde existían la inmoralidad sexual, la embriaguez, las burlas y las presiones de unos hombres sobre otros.

Continuará en el capitulo 12

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.