06. La vida dentro de la casa — Comer, vestir, lavar y comenzar otra vez

Texto clave: Proverbios 31:27

“Considera los caminos de su casa, y no come el pan de balde.”

Hay una parte de la historia que casi nunca aparece en los libros.

Sabemos quién gobernaba.

Conocemos las guerras.

Recordamos reyes, emperadores y grandes construcciones.

Pero mientras todo eso ocurría, en miles de casas alguien estaba haciendo algo mucho menos espectacular:

preparando la comida.

Alguien molía el grano.

Alguien lavaba una prenda.

Alguien limpiaba un recipiente.

Alguien remendaba una túnica.

Alguien barría.

Alguien cuidaba a un niño mientras intentaba terminar otra cosa.

Y quizá lo más difícil de aquel trabajo no era solamente el esfuerzo.

Era saber que mañana habría que hacerlo nuevamente.

Porque una familia podía terminar de comer…

pero volvería a tener hambre.

La ropa podía quedar limpia…

pero volvería a ensuciarse.

El piso podía barrerse…

pero el polvo regresaría.

La casa podía quedar ordenada…

hasta que comenzara nuevamente la vida dentro de ella.

Así se sostiene un hogar.

No mediante una gran acción.

Mediante cientos de pequeñas acciones que casi nadie recuerda.

Mujer Galilea moliendo los granos comestibles para preparar el pan

Antes del pan estaba el molino

Imagine una mañana cualquiera.

Hay grano.

Pero todavía no hay pan.

Entre una cosa y la otra hay trabajo.

En los hogares antiguos podían utilizarse molinos manuales de piedra para transformar el cereal en harina.

Ahora no imagine solamente el molino.

Úselo.

Coloque las manos.

Comience el movimiento.

Piedra contra piedra.

Una vez.

Otra.

Y otra.

Al principio no parece demasiado.

Después de varios minutos, los brazos comienzan a sentirlo.

Los hombros participan.

La espalda permanece inclinada.

Se cambia un poco la postura buscando alivio.

Después se continúa.

El sonido se repite.

Piedra contra piedra.

Piedra contra piedra.

El grano va desapareciendo lentamente.

La harina aparece todavía más lentamente.

Y aquí encontramos algo que cualquier persona que haya realizado una tarea repetitiva conoce:

hay un momento en que uno se cansa también de hacer el mismo movimiento.

No solamente se fatigan los músculos.

Se fatiga la paciencia.

Uno quisiera terminar.

Mira cuánto falta.

Todavía falta.

Y continúa.

Quizá ese día amaneció de buen ánimo.

Entonces conversa mientras trabaja.

Tal vez canta.

Quizá escucha a los niños.

El tiempo pasa más rápido.

Pero otro día no.

Durmió mal.

Está preocupada.

Le duele la cabeza.

Tiene poca paciencia.

No tiene ganas de escuchar el molino una vez más.

Pero la familia necesitará comer.

Entonces coloca nuevamente las manos.

Y sigue moliendo.

Hay trabajos que se hacen con alegría.

Y hay días en que se hacen simplemente porque tienen que hacerse.

Mujer Gelilea preparando el pan que comería su familia

Y todavía no había pan

Cuando finalmente hay harina, el trabajo no ha terminado.

Ahora viene la masa.

Harina.

Agua.

Levadura cuando correspondiera.

Las manos comienzan otra vez.

Presionar.

Doblar.

Girar.

Volver a presionar.

La masa se pega.

Las manos se cubren de harina.

Hay que conseguir la consistencia adecuada.

Después esperar.

Preparar el fuego.

Atenderlo.

Cocer.

Y solamente entonces aparece aquello que nosotros compramos terminado:

pan.

Piense en eso la próxima vez que imagine una mesa en Nazaret.

El pan no apareció allí.

Alguien lo llevó hasta ese momento con sus manos.

Y cuando la familia lo partía, en pocos minutos podía desaparecer el resultado de horas de trabajo.

No era injusticia.

Era la función del pan.

Había sido preparado para ser comido.

Pero quien alguna vez ha pasado horas cocinando para una familia conoce esa sensación.

Trabajó durante mucho tiempo.

Todos se sientan.

Comen.

Y de pronto alguien pregunta:

“¿Hay más?”

Quizá ése sea uno de los cumplidos más hermosos para quien cocinó.

Y también significa que mañana habrá que volver a empezar.

Mujer galilea cocinando pra su familia

Cocinar era permanecer cerca

El fuego no tenía una temperatura seleccionada con precisión.

Había que conocerlo.

Alimentarlo.

Observarlo.

Demasiado fuerte podía arruinar el alimento.

Demasiado débil retrasaba todo.

Había que acercarse.

Mover algo.

Esperar.

Volver a revisar.

El calor llegaba al rostro.

El humo encontraba los ojos.

Uno parpadeaba.

Se apartaba durante unos segundos.

Después tenía que regresar.

Quizá estaba haciendo calor aquel día y aun así había que estar junto al fuego.

Ésa es otra experiencia que muchos conocen.

Cocinar cuando uno tiene hambre puede ser agradable.

Cocinar cuando uno está cansado es diferente.

Cocinar cuando hace calor y el fuego aumenta todavía más la temperatura es diferente.

Cocinar mientras un niño necesita atención es diferente.

Cocinar mientras alguien pregunta cuánto falta…

también.

Porque el trabajo doméstico casi nunca permite dedicarse a una sola cosa.

Mientras algo se cocina, aparece otra necesidad.

Hay que buscar algo.

Alguien llama.

Un niño necesita ayuda.

Un recipiente se derrama.

El fuego requiere atención.

Otra tarea estaba a medio hacer.

Y por unos momentos todo parece ocurrir al mismo tiempo.

La casa no espera educadamente a que terminemos una cosa antes de presentarnos la siguiente.

Y algunos días salía mal

También debemos permitir que aquella casa sea humana.

No todos los panes debieron quedar perfectos.

No toda comida salió exactamente como se esperaba.

El fuego podía ser demasiado fuerte.

Algo podía quemarse.

Un recipiente podía romperse.

Una preparación podía no resultar bien.

Quizá se calculó mal una cantidad.

Tal vez un alimento comenzó a echarse a perder antes de utilizarlo.

Y cuando los recursos son limitados, un error pesa más.

Hoy podemos tirar algo y comprar otra cosa.

Para una familia con recursos modestos, desperdiciar alimento significaba perder algo que había costado tierra, lluvia, tiempo, trabajo y dinero.

Por eso un accidente pequeño podía producir verdadera frustración.

Imagine mirar en el suelo algo que acaba de derramarse.

Durante unos segundos nadie habla.

Uno sabe cuánto costó conseguirlo.

Pero no existe una tecla para regresar unos segundos.

Hay que recoger.

Limpiar.

Ver qué puede salvarse.

Y continuar.

Había que guardar pensando en mañana

La tierra producía por temporadas.

El hambre, en cambio, llegaba todos los días.

Por eso había que aprender a conservar.

Secar.

Salar.

Fermentar.

Guardar cereales y legumbres.

Producir aceite.

Proteger las reservas.

Un recipiente mal cerrado podía convertirse después en una mala noticia.

Insectos.

Humedad.

Roedores.

Una provisión que parecía segura podía dañarse.

Imagine descubrirlo.

Se abre un recipiente esperando encontrar alimento.

Algo no está bien.

Se mira con más cuidado.

Una parte se ha perdido.

Y aparece esa sensación que conoce cualquiera que ha administrado una casa con recursos limitados:

“Esto lo necesitábamos.”

No era simplemente comida.

Eran días futuros.

Por eso conservar también era una forma de cuidar a la familia.

Comer tampoco terminaba al terminar de comer

Finalmente todos comieron.

El hambre disminuyó.

Algunos se levantan.

Y sobre la mesa —o en el lugar utilizado para comer— queda la evidencia.

Recipientes.

Restos.

Migajas.

Suciedad.

Entonces aparece una de las leyes universales de cualquier hogar:

alguien tiene que limpiar.

El que cocinó quizá también está cansado.

Tal vez quisiera sentarse.

Quizá por fin comenzó a descansar…

y todavía falta recoger.

Ésta es una clase de cansancio muy particular.

No es el cansancio de una gran tarea.

Es el cansancio de “todavía falta esto.”

Se levanta uno.

Recoge.

Guarda.

Limpia.

Y entonces aparece el polvo.

El polvo siempre regresaba

Nazaret era una población rural.

El polvo entraba con los pies.

Con los animales.

Con el viento.

Se adhería a la ropa.

Se depositaba nuevamente sobre superficies que ya habían sido atendidas.

Los pisos sencillos necesitaban cuidado.

Había que barrer.

Y barrer tiene algo casi cruel cuando el ambiente produce continuamente aquello que uno intenta retirar.

Se barre hoy.

Mañana hay polvo.

Se vuelve a barrer.

Pasado mañana también.

Jesús utilizaría después una imagen que cualquiera de aquellas personas podía comprender:

“¿…no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?”

—Lucas 15:8.

Barre la casa.

No era una imagen poética para quienes lo escuchaban.

Era trabajo.

Tome la escoba.

Inclínese.

Mueva el polvo.

Llegue a las esquinas.

Retire la suciedad.

Termine.

Ahora deje entrar nuevamente a una familia entera.

Alguien entra con polvo en los pies.

Un niño derrama algo.

Se mueve un recipiente.

Entra aire.

Y la casa que estaba limpia comienza lentamente a dejar de estarlo.

Quien mantiene un hogar conoce esa frustración.

Algunas veces uno mira lo que acaba de limpiar y piensa:

“¿Para qué lo hice?”

Porque mañana volverá a ensuciarse.

Pero precisamente ahí está la respuesta.

Se hizo para hoy.

Mujer galilea hilando la ropa de su familia

La ropa era trabajo antes de existir

También había que vestir a la familia.

Y una prenda representaba muchísimo más trabajo del que nosotros vemos cuando compramos ropa terminada.

La lana tenía que obtenerse y prepararse.

El lino atravesaba su propio proceso.

Había que producir hilo.

Hilar.

Tejer.

Confeccionar.

Horas.

Muchas horas.

Por eso la ropa tenía valor.

No se desechaba simplemente porque aparecía una rotura.

Se reparaba.

Imagine ahora una prenda conocida.

Ha acompañado a alguien durante mucho tiempo.

Un día aparece un desgarro.

Hay que atenderlo antes de que se haga mayor.

Aguja.

Hilo.

Buena luz.

La tela entre los dedos.

Pasar.

Jalar.

Volver a pasar.

Cerrar poco a poco la abertura.

No es una gran obra.

Nadie aplaude cuando termina.

Pero mañana esa persona puede volver a utilizar su ropa.

Eso también es cuidar.

Mujeres galileas lavando la ropa de su familia

Y después había que lavarla

Ahora llegamos a una tarea que el cuerpo sí recuerda.

Ropa sucia.

Ropa sudada.

Ropa con polvo.

Y agua que costó conseguir.

Las prendas podían lavarse, frotarse o golpearse para desprender la suciedad utilizando los medios disponibles en aquella época.

Piense primero en una sola prenda mojada.

Pesa más.

Ahora varias.

Las manos trabajan.

Los dedos aprietan.

Las muñecas giran.

Los antebrazos comienzan a cansarse.

Hay que frotar una parte que no quedó limpia.

Otra vez.

Enjuagar.

Escurrir.

Torcer la tela.

Y allí aparecen las manos.

Después de permanecer tiempo en el agua, la piel cambia.

Los dedos se arrugan.

En tiempo frío, el agua puede resultar desagradable.

Las manos pierden calor.

Se sienten rígidas.

Pero la ropa sigue allí.

En tiempo caluroso ocurre otra cosa.

El cuerpo suda mientras está lavando.

La espalda permanece inclinada.

Uno cambia de posición buscando descansar una parte del cuerpo.

Se endereza durante unos segundos.

Coloca una mano en la cintura.

Respira.

Mira lo que falta.

Y vuelve a inclinarse.

Quien alguna vez lavó ropa a mano conoce esa postura.

Y conoce también el momento en que uno toma una prenda empapada e intenta sacar de ella toda el agua posible.

**Torcer.

Apretar.

Escurrir.**

Los brazos lo sienten.

Las manos también.

Después se extiende.

Finalmente está limpia.

Pero todos sabemos lo que ocurrirá.

Alguien volverá a ponérsela.

Caminará.

Trabajará.

Sudará.

Se ensuciará.

Y regresará.

El agua no salia abriendo una llave, alguien tenía que traerla

Había días en que uno no quería hacerlo

Ésta quizá sea la parte más humana.

Había días buenos.

Días en que el cuerpo respondía.

El trabajo avanzaba.

La comida salía bien.

Los niños estaban tranquilos.

Había conversación.

Quizá risas.

El tiempo parecía pasar rápidamente.

Y al terminar, uno podía mirar lo realizado con satisfacción.

Hoy rindió el día.

Pero seguramente también existieron días distintos.

Uno había dormido mal.

Se sentía indispuesto.

Había una preocupación.

Los niños estaban inquietos.

Algo se rompió.

Faltaba algún producto.

El fuego no cooperaba.

Había más ropa de la esperada.

Se acabó algo que todavía se necesitaba.

Y uno miraba alrededor pensando:

“Hoy no puedo con todo.”

Pero algunas cosas no preguntaban.

La familia iba a tener hambre.

La ropa seguía necesitando atención.

Los niños seguían necesitando cuidado.

El recipiente vacío continuaba vacío.

No todo podía posponerse.

Entonces se hacía lo que millones de madres y padres han hecho durante toda la historia.

Se hacía cansado.

Se hacía preocupado.

Se hacía con ganas.

Y algunas veces sin ganas.

Se hacía sintiéndose fuerte.

Y otros días administrando las pocas fuerzas disponibles.

No porque aquellas personas fueran héroes.

Porque alguien tenía que hacerlo.

El trabajo que nadie veía

Gran parte de aquellas labores recaía tradicionalmente sobre las mujeres y muchachas de la familia, aunque la distribución concreta dependía de la edad, las circunstancias y la composición de cada hogar.

Y aquí debemos detenernos.

Porque podemos mirar una casa antigua y llamarla:

“Una vida sencilla.”

Pero sencilla no significa fácil.

Una mujer podía comenzar sus actividades antes de que otros miembros de la familia salieran y todavía estar ocupada cuando regresaran.

Moler.

Amasar.

Cocinar.

Atender niños.

Hilar.

Tejer.

Lavar.

Limpiar.

Guardar.

Reparar.

Administrar lo que había.

Y además hacer algo que nunca aparece en una lista:

pensar en lo que falta.

Queda poco grano.

Esta prenda necesita reparación.

Mañana necesitaremos más agua.

Aquello debe utilizarse antes de que se eche a perder.

Ese niño necesita algo.

Esto debe estar listo para después.

El trabajo doméstico no solamente ocupaba las manos.

También ocupaba la cabeza.

Y muchas veces nadie decía:

“Qué extraordinario lo que hiciste hoy.”

Porque mañana todos esperaban encontrar nuevamente comida, ropa y una casa funcionando.

Pensemos por un momento en María

Aquí podemos mirar a María de una manera diferente.

No solamente como la joven de la anunciación.

No solamente junto al pesebre.

No solamente en las escenas extraordinarias que conservaron los Evangelios.

También como una mujer que vivió durante años dentro de una familia numerosa.

No conocemos la distribución exacta de sus responsabilidades.

No debemos inventarla.

Pero sí sabemos que vivió dentro de aquella realidad doméstica.

Tuvo hijos que criar.

Alimento que administrar.

Una casa que habitar y mantener.

Ropa que atender.

Necesidades que resolver.

Y debieron existir días buenos.

Días en que todo parecía marchar.

Y días pesados.

Días en que el cuerpo estaba cansado antes de terminar.

Días en que una madre probablemente habría agradecido unos minutos sin que nadie necesitara nada.

Eso no disminuye a María.

La hace humana.

Y quizá permite que millones de mujeres que han sostenido silenciosamente una casa puedan mirarla y reconocer algo de su propia experiencia.

Y Jesús creció mirando todo aquello

Jesús vio ese mundo desde dentro.

Vio que el pan tenía una historia antes de llegar a la mesa.

Que la ropa no aparecía sola.

Que una casa limpia había requerido manos.

Que alimentar a muchas personas exigía esfuerzo.

Que las pequeñas cosas consumían horas.

Vio el trabajo que rara vez recibía reconocimiento.

Y años después, cuando comenzó a enseñar, habló con una naturalidad extraordinaria de ese mundo.

Una mujer mezclando levadura con harina.

Otra encendiendo una lámpara y barriendo su casa para encontrar una moneda.

Un vestido que necesita remiendo.

Lámparas que requieren aceite.

Pan.

Sal.

Vino.

Hambre.

Banquetes.

No entraremos todavía en el significado de esas enseñanzas.

Pero resulta difícil ignorar algo:

Jesús hablaba el idioma de la vida cotidiana.

Sus ejemplos olían a pan.

Tenían polvo.

Incluían lámparas, ropa, monedas, harina y trabajo.

No hablaba de la existencia humana como alguien que solamente la hubiera observado desde lejos.

Había crecido dentro de ella.

Al final del día

Ahora regresemos por última vez a aquella casa.

Hay harina sobre una superficie.

Una olla ha estado sobre el fuego.

Queda algo por guardar.

Una prenda está secándose.

Otra necesita reparación.

Alguien acaba de limpiar una parte de la casa.

Un niño vuelve a pasar por allí.

Una persona tiene hambre.

Otra está cansada.

Y quien preparó la comida también quisiera sentarse.

Finalmente el pan aparece delante de la familia.

Lo parten.

Comen.

Y en pocos minutos comienza a desaparecer aquello que costó tanto preparar.

Pero observe ahora a quien trabajó.

Quizá allí existe una satisfacción que compensa una parte del cansancio.

Están comiendo.

La familia tiene alimento.

La ropa que ayer estaba sucia vuelve a estar utilizable.

La prenda rota está reparada.

Lo que pudo conservarse está guardado.

La casa está habitable.

Ninguna de esas cosas cambiará la historia del Imperio romano.

Ningún historiador escribirá sobre ellas.

Pero esa noche una familia puede acostarse porque alguien hizo durante el día cientos de cosas pequeñas.

Y quizá ésa sea la grandeza escondida de la vida doméstica.

Mañana el polvo regresará.

Mañana alguien volverá a tener hambre.

Mañana habrá algo que lavar.

Algo que guardar.

Algo que reparar.

Algo que recoger.

Pero eso no significa que el trabajo de hoy haya sido inútil.

Significa que la vida continúa necesitando cuidado.

Dentro de ese mundo creció Jesús.

Y durante años vio de cerca algo que todavía hoy sostiene millones de hogares:

personas que hacen lo necesario aunque nadie las vea,

aunque estén cansadas,

aunque ese día no tengan ganas,

aunque mañana tengan que repetirlo.

Porque amar a una familia no siempre se expresa diciendo algo extraordinario.

Algunas veces se expresa de una manera mucho más sencilla:

preparando otra vez el pan.

Y el Verbo se hizo carne

El que alimenta a toda la creación aceptó vivir en una casa donde alguien tenía que preparar el pan.

El que viste los campos aceptó usar ropa que había que lavar, secar y reparar.

El que no necesita nada aceptó vivir entre las pequeñas necesidades que regresaban todos los días.

Comer.

Limpiar.

Lavar.

Guardar.

Reparar.

Y mañana, comenzar otra vez.

Durante años, Jesús vivió viendo manos que trabajaban para que una familia pudiera seguir adelante.

Así conoció desde dentro esa forma silenciosa de amor que pocas veces recibe aplausos: hacer lo necesario porque alguien a quien amamos lo necesita.

Y el Verbo se hizo carne y habitó en una casa donde había que preparar el pan, lavar la ropa, limpiar el polvo y comenzar otra vez al día siguiente.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.