23. Dos reyes, dos corazones

Dr. Elio M Rivera

 Al final quedaron dos historias.

 Dos reyes.

 Dos maneras completamente diferentes de relacionarse con el poder.

 Uno estaba en Jerusalén.

 El otro había nacido en Belén.

 Herodes vivía rodeado de aquello que los hombres suelen asociar con la grandeza. Tenía palacios, soldados, riquezas, fortalezas y el reconocimiento de Roma. Había aprendido a sobrevivir entre hombres poderosos y a conservar su posición cuando otros perdían la suya.

 Jesús no tenía nada de aquello.

 No nació dentro de un palacio.

 No hubo soldados formados alrededor de su cuna.

 Ningún representante de Roma acudió a reconocerlo.

 No hubo decreto del Senado.

 No hubo coronación.

 Solamente un niño.

 Y, sin embargo, aquellos hombres que llegaron desde Oriente hicieron una pregunta que puso frente a frente las dos historias:

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido?» — Mateo 2:2.

 Herodes había conseguido ser rey.

 Jesús había nacido Rey.

 Uno había necesitado que Roma le entregara una corona.

 El otro había llegado sostenido por una promesa que había comenzado siglos antes.

 Uno pertenecía al mundo del poder.

 El otro pertenecía a la casa de David.

 Y quizá lo más sorprendente sea que Dios permitió que ambos coincidieran en el mismo momento de la historia.

 El Padre sabía quién era Herodes.

 Conocía sus temores.

 Conocía sus sospechas.

 Conocía su necesidad de controlar.

 Conocía lo que había ocurrido dentro de su propia familia.

 Conocía hasta dónde podía llegar cuando sentía amenazada su posición.

 Y precisamente en sus días envió a su Hijo.

 Eso dice mucho acerca de Dios.

 Porque Dios no esperó a encontrar un mundo digno de recibirlo.

 Lo envió al mundo que realmente existía.

 Un mundo de imperios.

 De esclavos.

 De soldados.

 De intrigas.

 De gobernantes inseguros.

 De familias que podían llorar por decisiones tomadas dentro de un palacio.

 Un mundo donde el poder podía utilizarse para proteger al poderoso, aunque otros tuvieran que sufrir.

 A ese mundo llegó el Hijo.

 Dos reyes: Corazones muy diferentes

Y entonces comenzaron a revelarse los dos corazones.

 Herodes recibió la noticia de otro rey y sintió temor.

 El Padre contempló un mundo lleno de hombres como Herodes y sintió compasión.

 Herodes, cuando sintió amenazado lo suyo, intentó conservarlo.

 El Padre, mirando nuestra necesidad, estuvo dispuesto a entregar lo suyo.

 Herodes construyó fortalezas para sentirse seguro.

 El Hijo entró en nuestra vulnerabilidad.

 Herodes levantó palacios.

 Jesús tuvo que ser llevado de un lugar a otro en brazos de sus padres.

 Herodes quería que los hombres reconocieran su grandeza.

 Jesús llegó sin exigir que nadie reconociera la suya.

 Herodes utilizó el miedo para conservar su reino.

 Dios utilizó el amor para acercarse al nuestro.

 Uno se aferraba.

 El otro se entregaba.

 Y mientras más contemplamos las dos historias, más grande se vuelve el contraste.

 Herodes construyó Masada.

 Construyó Herodión.

 Construyó Cesarea.

 Engrandeció el Templo.

 Movió piedras enormes.

 Modificó montañas.

 Levantó fortalezas que todavía pueden contemplarse.

 Parecía capaz de transformar el paisaje.

 Pero nunca consiguió transformar aquello que llevaba dentro.

 Podía levantar muros alrededor de una montaña.

 No podía levantar un muro suficientemente alto alrededor de su miedo.

 Podía llenar cisternas en medio del desierto.

 No podía llenar el vacío que lo obligaba a seguir protegiendo su posición.

 Podía engrandecer la casa de Dios.

 No podía obligar a su corazón a descansar en Dios.

 Y al final, aquel hombre que había intentado controlar tantas cosas terminó tendido sobre una cama, incapaz de controlar su propio cuerpo.

 Ni sus fortalezas pudieron ayudarlo.

 Ni Roma.

 Ni sus riquezas.

 Ni sus médicos.

 Ni sus soldados.

 Todavía intentó controlar una última cosa: las lágrimas que acompañarían su muerte.

 Quiso asegurarse de que Judea llorara cuando él muriera.

 Ni siquiera eso consiguió.

 Herodes murió.

 Sus órdenes terminaron.

 Sus soldados recibieron órdenes de otros.

 Su reino fue repartido.

 Sus palacios quedaron atrás.

 Y la corona que había protegido durante tantos años tuvo que quedarse en este mundo.

 Pero en alguna parte estaba aquel niño.

 El niño al que había temido.

 El niño por quien unos extranjeros habían preguntado.

 El niño que había tenido que salir de su tierra.

 El niño que había vivido por un tiempo en Egipto.

 Herodes murió.

 El niño permaneció.

 Y quizá solamente entonces podemos comprender la enorme diferencia entre aquellos dos reyes.

 No estaba únicamente en sus coronas.

 Estaba en sus corazones.

 Uno veía el poder como algo que debía conservar.

 El otro no necesitó aferrarse a ninguna demostración exterior de grandeza.

 Uno necesitaba eliminar aquello que amenazaba su posición.

 El otro había aceptado entrar vulnerable en un mundo peligroso.

 Uno quería que el mundo girara alrededor de su trono.

 El otro entró silenciosamente en el mundo que había venido a alcanzar.

 Herodes nos mostró lo que puede ocurrir cuando el corazón de un hombre queda dominado por el miedo de perder.

 Jesús comenzaba a mostrarnos algo completamente diferente:

 cómo es el corazón de Dios cuando ama.

 Y allí podemos terminar.

 No necesitamos avanzar todavía.

 No necesitamos llegar a Nazaret.

 No necesitamos escuchar todavía sus enseñanzas.

 No necesitamos contemplar sus milagros.

 No necesitamos adelantar ninguna otra página de su historia.

 Basta quedarnos por un momento mirando aquella escena.

 Un palacio comienza a quedar en silencio.

 Un rey acaba de morir.

 En alguna parte, una familia recibe la noticia de que el peligro ha terminado.

 José.

 María.

 Y el niño.

 Herodes había pasado su vida intentando asegurarse de que nadie le quitara su reino.

 Jesús apenas comenzaba la suya.

 Y detrás de aquel niño estaba el Padre.

 El Padre que había visto la oscuridad del mundo y no se alejó.

 El Padre que conocía a Herodes y aun así envió a su Hijo.

 El Padre que conocía Roma y aun así envió a su Hijo.

 El Padre que conocía Egipto y aun así permitió que su Hijo entrara allí.

 El Padre que escuchó el llanto de Belén.

 El Padre que contempló nuestro mundo tal como realmente era.

 Y decidió acercarse.

 Tal vez esa sea la revelación más grande de toda esta historia.

 Para conocer el corazón de Herodes, basta observar cuánto estuvo dispuesto a destruir para conservar aquello que amaba.

 Para comenzar a conocer el corazón de Dios, basta observar hasta dónde estuvo dispuesto a enviar a su Hijo para recuperar aquello que amaba.

 Dos reyes.

 Dos corazones.

 Uno construyó su vida alrededor del temor de perder su reino.

 El otro entró en nuestro mundo porque el Padre no quería perdernos a nosotros.

Referencias

2 Samuel 7:12–16; Miqueas 5:2; Mateo 1:1; 2:1–23; Lucas 1:32–33; Gálatas 4:4–5; Juan 1:9–14; 3:16–17.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XIV–XVII; La guerra de los judíos, libro I. Estas obras proporcionan el contexto histórico del ascenso, reinado, construcciones, conflictos familiares y muerte de Herodes que acompaña el relato evangélico.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.