Dr. Elio M Rivera
El hombre que había construido palacios, fortalezas y ciudades estaba muriendo.
Herodes había sobrevivido durante décadas a enemigos, conspiraciones, guerras, invasiones y cambios en Roma. Había conocido a algunos de los hombres más poderosos de su generación. Había visto caer a Marco Antonio y había conseguido conservar el favor de Augusto. Había eliminado enemigos y también miembros de su propia familia cuando creyó que amenazaban su corona.
Había sobrevivido a casi todos.
Pero ahora había aparecido un enemigo al que no podía ejecutar.
Su propio cuerpo.
Flavio Josefo nos dejó una descripción extraordinariamente detallada de los últimos días del rey.
Herodes comenzó a padecer una enfermedad terrible.
Tenía fiebre.
Una comezón insoportable recorría su cuerpo.
Sufría dolores intestinales.
Sus pies se encontraban hinchados por acumulación de líquido.
Su abdomen estaba inflamado.
Tenía dificultad para respirar y necesitaba permanecer incorporado para conseguir hacerlo.
Sufría convulsiones.
Su aliento era desagradable.
Y Josefo añade el detalle más espantoso: sus genitales comenzaron a sufrir putrefacción y aparecieron gusanos.
El hombre que había vestido ropas reales y habitado algunos de los palacios más extraordinarios de Oriente estaba siendo destruido lentamente por su propio organismo.
Siglos después, médicos han intentado reconstruir retrospectivamente qué enfermedad pudo producir semejante conjunto de síntomas. Una evaluación presentada en una conferencia clinicopatológica histórica propuso enfermedad renal crónica complicada por gangrena de Fournier, una infección destructiva de los tejidos genitales. Otra publicación médica ha sugerido una explicación diferente relacionada con enfermedad renal y posible esquistosomiasis.
No podemos saberlo con certeza.
Pero sí sabemos algo.

Herodes estaba muriendo de una manera espantosa.
Y él lo sabía.
Todavía luchó.
Buscó médicos.
Probó tratamientos.
Viajó hasta las aguas termales de Callírroe, al otro lado del Jordán, esperando encontrar alivio.
Sus médicos intentaron sumergir su cuerpo en aceite caliente. Josefo dice que durante el procedimiento sus ojos se volvieron y pareció morir. Sus sirvientes comenzaron a gritar.
Herodes reaccionó.
Todavía estaba vivo.
Pero el hombre que durante toda su existencia había luchado por sobrevivir comenzaba a comprender que esta vez no iba a ganar.
Regresó a Jericó.
Y allí ocurrió algo que quizá revela su corazón mejor que muchas de las cosas que había hecho durante su reinado.
Herodes comenzó a pensar en su propio funeral.
Sabía que mucha gente no lo amaba.
Sabía incluso que su muerte podía producir alivio.
Y aquello parecía insoportable para él.
Había conseguido que los hombres lo obedecieran durante su vida.
Ahora quería controlar cómo reaccionarían cuando estuviera muerto.
Entonces concibió un último plan.
Josefo relata que ordenó convocar a hombres prominentes procedentes de diferentes lugares de la nación. La convocatoria no era una invitación que pudieran rechazar tranquilamente: desobedecerla podía costarles la vida.
Llegaron a Jericó.
Y Herodes hizo que fueran encerrados en el hipódromo.
Aquellos hombres probablemente no comprendían todavía para qué habían sido reunidos.
Entonces el rey llamó a su hermana Salomé y a su esposo Alexas.
Herodes sabía que le quedaba poco tiempo.
Y les dio una orden aterradora.
Cuando él muriera, debían rodear el hipódromo con soldados.
Antes de anunciar públicamente su muerte, los hombres encerrados allí debían ser ejecutados.
¿Por qué?
Porque Herodes estaba convencido de que el pueblo no lloraría sinceramente por él.
Entonces decidió fabricar el duelo.
Si nadie quería llorar por Herodes, haría que miles lloraran por sus propios familiares.
Así, mientras su cadáver estuviera siendo preparado para el funeral, habría llanto por toda Judea.
Josefo presenta al propio Herodes reconociendo amargamente que su muerte sería recibida con alegría por muchos. Por eso quería asegurarse de que su funeral estuviera acompañado por un dolor que ningún otro rey hubiera recibido.
Es difícil imaginar un final que retrate mejor al hombre.
Había pasado la vida intentando controlar su reino.
Había intentado controlar a sus adversarios.
Había intentado controlar a su familia.
Había intentado controlar quién podía acercarse a su corona.
Y ahora, cuando ya no podía controlar su propio cuerpo, intentó controlar incluso las lágrimas que se derramarían después de su muerte.
Pero todavía faltaba una tragedia familiar.
Su hijo Antípatro permanecía prisionero.
Josefo relata que, atormentado por sus dolores, Herodes llegó a tomar un cuchillo con el que acostumbraba cortar una manzana y pareció intentar herirse. Su primo Acme lo detuvo y se produjo un gran grito en el palacio.
Antípatro escuchó el tumulto.
Pensó que su padre había muerto.
Creyó que finalmente había llegado su oportunidad y trató de conseguir que el carcelero lo liberara.
El carcelero se negó y comunicó lo ocurrido.
Herodes todavía no había muerto.
Cuando recibió la noticia, ordenó la ejecución de Antípatro.
Uno de sus propios hijos murió apenas unos días antes que él.
Después llegó el final.
El hombre que había sido proclamado rey por Roma, que había levantado fortalezas sobre montañas, que había construido un puerto dentro del mar y engrandecido el Templo de Jerusalén, finalmente murió en Jericó.
Josefo sitúa su muerte después de un reinado de treinta y siete años desde su proclamación por los romanos y treinta y cuatro desde la conquista efectiva de Jerusalén. Tradicionalmente su muerte se fecha en 4 a. C.
Y entonces ocurrió algo que Herodes ya no pudo controlar.
Salomé y Alexas no cumplieron su última orden de sangre.
Antes de anunciar públicamente la muerte del rey, abrieron el hipódromo y dejaron libres a los hombres que estaban encerrados allí.
No hubo matanza.
Herodes había intentado gobernar incluso las lágrimas de su propio funeral.
Pero muerto ya no podía obligar a nadie.
Y quizá aquí termina verdaderamente la historia del poder de Herodes.
Pasó décadas buscando seguridad.
Consiguió una corona.
No fue suficiente.
Consiguió el respaldo de Roma.
No fue suficiente.
Construyó fortalezas.
No fue suficiente.
Eliminó rivales.
No fue suficiente.
Acumuló riquezas.
No fue suficiente.
Levantó monumentos.
No fue suficiente.
Intentó controlar su familia.
No fue suficiente.
Y finalmente intentó controlar lo que los hombres sentirían cuando él ya no estuviera.
Tampoco pudo hacerlo.
El poder pudo darle obediencia, pero nunca pudo darle seguridad.
Pudo obligar a los hombres a inclinarse, pero no pudo obligarlos a amarlo.
Pudo ordenar la muerte de otros, pero no pudo ordenar que la muerte se alejara de él.
Y mientras Herodes agonizaba intentando conservar hasta el último fragmento de control, en alguna parte había un niño al que años antes había intentado destruir.
Herodes había tenido palacios.
El niño había tenido que huir.
Herodes había tenido soldados.
El niño había sido cargado por José.
Herodes había tenido una corona.
El niño ninguna.
Pero finalmente el hombre que parecía poseerlo todo murió.
Y el niño permaneció.
La historia comenzaba a responder silenciosamente una pregunta que Herodes nunca pudo resolver:
¿quién de los dos poseía realmente el reino?
Referencias
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII, capítulos 6–8. Describe extensamente la enfermedad final de Herodes, sus tratamientos, la convocatoria de los principales hombres de Judea, su encierro, la orden de ejecutarlos después de su muerte, el episodio de Antípatro y la liberación final de los prisioneros.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I, capítulos 33–34. Contiene un relato paralelo de la enfermedad, el viaje a Callírroe y la orden relacionada con los hombres encerrados en el hipódromo.
Interpretación médica moderna: médicos que estudiaron retrospectivamente la descripción de Josefo han propuesto enfermedad renal crónica complicada por gangrena de Fournier; existen otras hipótesis médicas, por lo que no puede establecerse un diagnóstico definitivo dos mil años después.
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