21. Los niños de Belén

Dr. Elio M Rivera

«Herodes entonces, cuando se vio burlado por los magos, se enojó mucho, y mandó matar a todos los niños menores de dos años que había en Belén y en todos sus alrededores, conforme al tiempo que había inquirido de los magos.» — Mateo 2:16, RVR1960

 Ahora comprendemos lo que significaba vivir en los días de Herodes.

 Hasta este momento hemos hablado de coronas, palacios, fortalezas, política, Roma, genealogías, sospechas y luchas por el poder.

 Pero las decisiones de los poderosos rara vez permanecen encerradas dentro de los palacios.

 A veces terminan entrando en las casas de personas que jamás participaron de ellas.

 Y eso ocurrió en Belén.

 Los padres de aquellos niños no habían viajado a Roma para disputar la corona de Herodes.

 No habían formado un ejército.

 No habían organizado una conspiración.

 No habían preguntado dónde estaba el Rey de los judíos.

 Los niños, mucho menos.

 Eran completamente ajenos al conflicto.

 Pero Herodes había recibido una noticia que amenazaba aquello que más había protegido durante su vida: su trono.

 Y Mateo dice que «se enojó mucho».

 Entonces el miedo, la inseguridad y la necesidad de control que hemos venido observando dejaron de ser solamente características de un gobernante.

 Se convirtieron en una orden.

 «Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron.» — Mateo 2:17–18.

Herodes mandó matar a los niños varones de dos años para abajo que se encontraban en Belén y sus alrededores, utilizando como referencia el tiempo que había averiguado cuidadosamente de los magos.

 Aquí aparece finalmente toda la peligrosidad de aquel hombre.

 Un rey inseguro podía sospechar.

 Un rey enojado podía ordenar.

 Y soldados podían convertir su miedo en sufrimiento para otros.

 Eso era vivir bajo Herodes.

 Podías no conocerlo personalmente.

 Podías no haber entrado jamás en su palacio.

 Podías no tener ninguna aspiración política.

 Podías estar simplemente criando a tu familia en una pequeña población de Judea.

 Y aun así, las decisiones tomadas por un hombre poderoso podían llegar hasta la puerta de tu casa.

 No sabemos exactamente cuántos niños murieron.

 Mateo no proporciona una cifra.

 Belén era una población pequeña, por lo que las estimaciones modernas suelen ser mucho menores que las cifras enormes que posteriormente aparecieron en algunas tradiciones cristianas. Pero debemos tener cuidado de no permitir que la discusión acerca del número disminuya la tragedia.

 Si fueron pocos, cada uno tenía un nombre.

 Cada uno pertenecía a una familia.

 Cada uno tenía una madre que lo había llevado en sus brazos.

 Cada uno tenía una vida que apenas comenzaba.

 Para una madre no existe una tragedia pequeña porque su pueblo sea pequeño.

 Mateo es nuestra fuente antigua para este episodio. Flavio Josefo, quien relata extensamente muchos de los crímenes de Herodes, no menciona la matanza de Belén. Eso no demuestra por sí mismo que no ocurriera. Josefo tampoco pretendió registrar cada muerte ocurrida durante el reinado, y una acción localizada en una pequeña población podía quedar eclipsada dentro de una carrera marcada por ejecuciones de personajes mucho más prominentes políticamente.

 Lo que sí resulta históricamente significativo es que el comportamiento descrito por Mateo corresponde al tipo de gobernante que conocemos por otras fuentes.

 Herodes hizo ejecutar a personas de su propia familia cuando las consideró peligrosas para su posición. Ordenó la muerte de Mariamne, la mujer a quien había amado. Mandó ejecutar a sus hijos Alejandro y Aristóbulo después de acusaciones de conspiración. Poco antes de morir ordenó también la ejecución de Antípatro, otro de sus hijos.

 Josefo incluso relata un episodio estremecedor de los últimos días de Herodes: sabiendo que su muerte probablemente produciría celebración en lugar de duelo, mandó reunir a hombres importantes de Judea en Jericó y ordenó que fueran ejecutados cuando él muriera, para asegurar que hubiera llanto en el país. La orden finalmente no se cumplió.

 Pero haberla concebido nos permite asomarnos nuevamente al hombre.

 Ese era Herodes.

 Por eso la escena de Mateo no presenta a un gobernante que repentinamente se convirtió en alguien diferente.

 Presenta el extremo al que podía llegar un patrón que ya había marcado su vida.

 Y esta vez las víctimas no estaban en el palacio.

 Estaban en Belén.

 Mateo entonces deja de hablar de Herodes y nos lleva hasta las familias.

«Entonces se cumplió lo que fue dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido; Raquel que llora a sus hijos, y no quiso ser consolada, porque perecieron.» — Mateo 2:17–18.

 Observe lo que hace la Biblia.

 No intenta embellecer la escena.

 No dice que las madres no debían llorar.

 No les ofrece una explicación rápida.

 No convierte inmediatamente su sufrimiento en una lección.

 Dice:

 «Grande lamentación, lloro y gemido.»

 Y después añade algo todavía más humano:

 «No quiso ser consolada.»

 Hay dolores para los cuales las palabras llegan demasiado pronto.

 Hay momentos en los que intentar explicar el sufrimiento puede resultar casi ofensivo para quien acaba de sufrirlo.

 La Biblia nunca pretende que vivimos en un mundo donde solamente sufrimos las consecuencias de nuestros propios actos.

 Vivimos en un mundo donde la maldad puede extenderse.

 Una guerra decidida por unos pocos puede sepultar a miles.

 La ambición de un gobernante puede empobrecer una nación.

 La violencia de una persona puede marcar una familia durante generaciones.

 Una decisión tomada en un palacio puede terminar produciendo llanto en una pequeña casa.

 Eso era Belén.

 Y no necesitamos apresurarnos a explicar por qué Dios permitió cada lágrima.

 Mateo no lo hace.

 Simplemente nos deja escuchar a Raquel llorando.

 Pero existe algo que esta serie ya nos permite comprender.

 Cuando preguntamos dónde estaba Dios en un mundo capaz de producir semejante sufrimiento, la respuesta cristiana comienza con algo extraordinario:

 había entrado en ese mismo mundo.

 No contemplaba desde una distancia segura una humanidad que sufría bajo hombres como Herodes.

 Su propio Hijo había nacido en los días de Herodes.

 Dios no nos dio desde lejos una explicación filosófica del dolor.

 Entró en la historia donde el dolor estaba ocurriendo.

 Eso no devuelve aquellos niños a los brazos de sus madres.

 No silencia el llanto de Belén.

 No convierte la tragedia en algo bueno.

 Y no necesitamos fingir que lo hace.

 Las madres lloraron.

 Los hogares quedaron vacíos.

 Herodes continuó siendo Herodes.

 Pero ahora entendemos mejor el mundo al que el Padre estuvo dispuesto a enviar a su Hijo.

 No era un mundo imaginario.

 No era un mundo limpio.

 No era un mundo seguro.

 Era un mundo donde un gobernante podía temer perder su corona y hacer pagar a inocentes por ese temor.

 Era nuestro mundo y el se disponía a redimirlo permitiendo que su Hijo fuera sacrificado en una cruz.

 Y quizá por eso las palabras con las que comenzamos toda esta historia tienen ahora un peso diferente:

 «En los días de Herodes…»

 Al principio parecían solamente una fecha.

 Ahora sabemos lo que podían significar.

Referencias

Jeremías 31:15; Mateo 2:1–18.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XV–XVII; La guerra de los judíos, libro I. Josefo documenta ampliamente la violencia política y familiar del reinado de Herodes, incluidas las ejecuciones de Mariamne, Alejandro, Aristóbulo y Antípatro, además de la orden dada durante sus últimos días respecto de los notables reunidos en Jericó.

Mateo 2:16–18. Es la fuente antigua que registra específicamente la matanza de los niños de Belén. El Evangelio no proporciona el número de víctimas.

Nota histórica: Flavio Josefo no registra este episodio concreto. La ausencia de una referencia en Josefo no permite establecer por sí sola si ocurrió o no; Mateo constituye la fuente textual antigua para el acontecimiento. La pequeña población de Belén hace probable que el número de víctimas haya sido mucho menor que las cifras desarrolladas posteriormente por algunas tradiciones.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.