20. El Hijo de Dios convertido en refugiado

Dr. Elio M Rivera

«Y él, despertando, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, y estuvo allá hasta la muerte de Herodes.» — Mateo 2:14–15, RVR1960

 Egipto.

 De todos los lugares donde el Padre podía proteger a su Hijo, resulta sorprendente que permitiera que José lo llevara precisamente allí.

 Para Israel, Egipto no era simplemente otro país.

 Era una tierra cargada de memoria.

 Allí habían vivido sus antepasados. Allí Israel había terminado sometido a esclavitud. Allí Faraón había ordenado la muerte de los niños hebreos. De allí Dios había sacado a su pueblo con mano poderosa.

 Y durante siglos Egipto había representado también uno de los grandes mundos paganos que rodeaban a Israel.

 Sus antiguos templos, sacerdocios e imágenes religiosas habían formado parte de una civilización profundamente marcada por el culto a numerosos dioses. Para el tiempo de Jesús, Egipto había pasado por siglos de dominio persa, griego y finalmente romano. Los antiguos cultos egipcios coexistían con divinidades y costumbres religiosas griegas y romanas.

 También vivían allí numerosos judíos, particularmente en Alejandría, por lo que José y María no necesariamente llegaron a un territorio donde no encontrarían personas de su propio pueblo.

 Pero seguía siendo Egipto.

 Y allí permitió el Padre que llevaran a su Hijo.

 Esto es extraordinario.

 Dios no colocó a Jesús dentro de una burbuja religiosa para impedir que sus ojos contemplaran el mundo de los hombres.

 Lo dejó entrar en él.

 El Hijo de Dios, por medio de quien habían sido hechas todas las cosas, fue llevado en brazos hacia una nación llena de templos levantados a otros dioses.

 El verdadero Dios entró en una tierra donde los hombres adoraban imágenes.

 El Creador atravesó un mundo que había creado innumerables representaciones de sus propias deidades.

 Y no cayó fuego del cielo.

 No fueron destruidos los templos.

 No desaparecieron los ídolos.

 Llegó un niño.

 José huye y llega Egipto

Esto nos permite contemplar algo inmenso acerca del corazón de Dios.

 Cuando el Padre miraba aquel mundo pagano, no veía solamente aquello que estaba mal.

 Veía seres humanos a quienes amaba.

 El paganismo de Egipto no hizo que Dios dijera: «Mi Hijo jamás pondrá sus pies allí».

 Al contrario.

 Permitió que Egipto se convirtiera temporalmente en refugio para su Hijo.

 Qué paradoja.

 La tierra que siglos atrás había sido lugar de esclavitud para los hijos de Israel ahora proporcionaría refugio al Hijo de Dios.

 La tierra de la cual Dios había dicho a Moisés: «Saca de Egipto a mi pueblo», ahora aparece dentro del cumplimiento de otra palabra:

«De Egipto llamé a mi Hijo.» — Mateo 2:15; Oseas 11:1.

 Jesús estaba recorriendo, de una manera extraordinaria, la historia de su pueblo.

 Pero hay algo todavía más conmovedor.

 El Hijo aceptó aquella condición.

 No contempló nuestra vulnerabilidad desde el cielo.

 Entró en ella.

 Tuvo que ser cargado.

 Tuvo que ser alimentado.

 Tuvo que dormir donde sus padres encontraran alojamiento.

 Tuvo que viajar porque un gobernante quería matarlo.

 Vivió fuera de la tierra donde había nacido.

 Dependió humanamente de la obediencia de José y de los cuidados de María.

 El eterno Hijo de Dios conoció desde dentro lo que significa que una familia tenga que abandonar su hogar porque permanecer allí ya no es seguro.

 Y quizá lo más hermoso sea esto:

 Jesús no tuvo miedo de entrar en nuestro mundo.

 No necesitó que la humanidad estuviera limpia antes de acercarse.

 No necesitó que todas las naciones conocieran al verdadero Dios.

 No necesitó que desapareciera la idolatría.

 No necesitó que Roma fuera justa.

 No necesitó que Herodes fuera bueno.

 Vino de todos modos.

 Y cuando Herodes lo obligó a salir de Judea, el Padre no lo escondió fuera del mundo.

 Lo llevó todavía más profundamente dentro de él.

 Eso nos muestra el corazón del Hijo.

 No vino para observar nuestra condición desde una distancia segura.

 Vino a habitarla.

 Y nos muestra también el corazón del Padre.

 El Padre amaba a su Hijo.

 Pero también amaba al mundo al que lo había enviado.

 Por eso resulta tan extraordinaria aquella pequeña familia entrando en Egipto.

 José caminando.

 María cuidando al niño.

 Y Jesús, llevado en brazos entre pueblos, templos, caminos y personas que probablemente no tenían la menor idea de quién acababa de entrar en su tierra.

 El mundo pagano no era un lugar del cual Dios quisiera mantenerse lejos.

 Era precisamente el mundo al que había venido a rescatar.

Referencias

Éxodo 1:8–22; 3:7–10; 12:31–42; Oseas 11:1; Mateo 2:13–15; Juan 1:1–3, 14; 3:16–17.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libros XII–XV. Proporciona contexto sobre la presencia judía en Egipto y las relaciones históricas entre Judea, el mundo helenístico y Egipto.

Filón de Alejandría. Sus escritos constituyen una fuente fundamental para conocer la numerosa y desarrollada comunidad judía de Alejandría durante el período cercano al nacimiento del cristianismo.

Contexto histórico: en tiempos de Jesús, Egipto era provincia romana desde el año 30 a. C. y conservaba una compleja vida religiosa en la que coexistían antiguos cultos egipcios con influencias griegas y romanas, además de importantes comunidades judías.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.