07. ¿Cómo era vivir bajo Herodes?

Dr. Elio M Rivera

 Hasta ahora hemos contemplado Cesarea, Masada, Herodión, palacios, fortalezas y el monumental Templo de Jerusalén.

 Pero había una pregunta que todavía no hemos hecho:

 ¿Quién pagaba todo aquello?

 Porque las piedras no se movían solas.

 Había que pagar trabajadores, transportar materiales, alimentar ejércitos, mantener palacios, sostener funcionarios, construir fortalezas y financiar una corte real.

 Buena parte de aquella grandeza descansaba finalmente sobre la economía del reino.

 Y eso significaba que detrás de los monumentos de Herodes estaban también los impuestos de sus súbditos.

El precio de la grandeza

 Herodes poseía distintas fuentes de ingresos: tierras reales, tributos, impuestos, derechos sobre determinadas actividades económicas y las rentas procedentes de los territorios bajo su autoridad.

 Josefo nos permite comprobar que las cargas fiscales eran suficientemente importantes como para convertirse en una cuestión política.

 En una ocasión, después de un período de dificultades, Herodes redujo una tercera parte de los impuestos de sus súbditos. Josefo señala que lo hizo para aliviar la situación, pero también para recuperar el favor de un pueblo que estaba profundamente descontento con él.

 En otra ocasión posterior volvió a conceder alivio tributario.

 Eso nos permite comprender algo importante.

 Los impuestos no eran un detalle secundario del reinado.

 Formaban parte de la vida cotidiana.

Bajemos ahora del palacio

 Imaginemos por un momento que no somos Herodes.

 No vivimos en Cesarea.

 No tenemos un palacio en Jericó.

 No observamos el mar Muerto desde las terrazas de Masada.

 Somos una familia campesina.

 Tenemos una parcela.

 Sembramos trigo o cebada.

 Quizá tenemos olivos.

 Tal vez algunas vides.

 Dependemos de la lluvia.

 Una mala cosecha no significa que disminuyan nuestras ganancias.

 Puede significar que no haya suficiente comida.

 Y sobre aquella producción existían diferentes obligaciones económicas.

 Había que sostener a la familia. Había obligaciones religiosas propias de la sociedad judía. Existían tributos y cargas relacionadas con el gobierno. Había tasas vinculadas a actividades económicas y comerciales.

 Cada moneda entregada era una moneda que ya no permanecía en la casa.

 Cada parte de la cosecha destinada a obligaciones externas era una parte que la familia no podía consumir, guardar o vender.

 Y mientras tanto, en otros lugares del reino, continuaban levantándose monumentos.

¿Qué ocurría cuando llegaba una crisis?

 Aquí Josefo nos permite acercarnos todavía más a la vida del pueblo.

 Durante el reinado de Herodes ocurrió una terrible escasez.

 Las cosechas fracasaron.

 Las reservas del año anterior comenzaron a agotarse.

 Después volvió a fallar la producción.

 Josefo dice que la necesidad llegó a tal extremo que las personas comenzaron a comer alimentos que normalmente no consumían.

 Pero añade un detalle revelador:

 Herodes también perdió ingresos porque dejó de recibir el tributo procedente de los frutos de la tierra.

 La frase nos permite ver la conexión.

 El campesino cultivaba.

 La tierra producía.

 Parte de aquella producción terminaba alimentando también la maquinaria económica del reino.

 Cuando la tierra dejó de producir, sufrió el campesino.

 Pero también disminuyeron los ingresos del rey.

 Herodes respondió en aquella crisis utilizando sus recursos para conseguir alimento y auxiliar a la población. Ese hecho también debe reconocerse: su gobierno no fue una sucesión uniforme de abusos. En determinados momentos utilizó su riqueza para aliviar calamidades.

 Pero el episodio nos deja ver cuán estrechamente estaban conectados la cosecha del hombre común y el tesoro del rey.

¿Qué pasaba si alguien no pagaba?

 Aquí debemos ser precisos.

 No poseemos un código tributario completo del reino de Herodes que nos permita afirmar que todo campesino incapaz de pagar recibía automáticamente determinado castigo.

 No debemos inventarlo.

 Pero conocemos suficientemente bien el carácter de su gobierno para saber que la resistencia al poder podía tener consecuencias severas.

 Josefo describe un sistema extraordinario de vigilancia durante su reinado.

 Afirma que Herodes procuraba impedir reuniones que pudieran convertirse en focos de oposición y que había informantes y espías tanto en las ciudades como en los caminos.

 Las personas consideradas peligrosas podían ser detenidas.

 Josefo menciona incluso prisioneros llevados a la fortaleza de Hircano y ejecutados, algunos públicamente y otros secretamente.

 Eso significa que la cuestión no era simplemente económica.

 El impuesto existía dentro de un sistema político que tenía capacidad para obligar.

 El campesino no negociaba de igual a igual con el rey.

 El comerciante no decidía voluntariamente cuánto quería contribuir.

 Detrás del recaudador estaba la autoridad.

 Y detrás de la autoridad estaba la fuerza.

El testimonio que dejó el pueblo

 Hay una escena especialmente reveladora.

 Herodes murió.

 Y casi inmediatamente comenzaron a escucharse peticiones que durante su vida habían sido difíciles de expresar.

 Cuando Arquelao, su hijo, apareció ante el pueblo, la multitud comenzó a pedir cambios.

 ¿Una de sus peticiones?

 Que redujera los pagos anuales.

 Otros pidieron que liberara a las numerosas personas que Herodes había encarcelado.

 Y otros solicitaron que eliminara impuestos que consideraban gravosos sobre las operaciones de compra y venta.

 Eso es tremendamente revelador.

 El rey había muerto y una de las primeras preocupaciones del pueblo fue:

 bájanos las cargas.

 Las piedras de Herodión podían hablar de la grandeza de Herodes.

 Las calles de Cesarea podían hablar de su visión.

 Masada podía hablar de su ingeniería.

 El Templo podía hablar de su ambición arquitectónica.

 Pero el pueblo también tenía una historia que contar.

El reino del rey Herodes, un reino donde se cobraban grandes impuestos

 Y no era solamente el dinero.

 Josefo describe un ambiente de vigilancia.

 Herodes sabía que muchos de sus súbditos no lo aceptaban plenamente. Por eso observaba cuidadosamente cualquier posible foco de oposición.

 Según Josefo, llegó a utilizar informantes para conocer lo que se decía y hacía. Las reuniones podían despertar sospechas. Las críticas podían resultar peligrosas.

 Eso cambia nuestra imagen de las calles.

 Porque ahora podemos imaginar algo más que mercados y peregrinos.

 Podemos imaginar conversaciones pronunciadas en voz baja.

 Preguntas que quizá era mejor no hacer.

 Opiniones que convenía reservar para personas de confianza.

 Un reino puede tener magníficos edificios y, al mismo tiempo, ciudadanos que miden sus palabras.

Dos mundos dentro del mismo reino

 Así aparecía una contradicción impresionante.

 Arriba estaban los palacios.

 Abajo estaban las casas.

 Arriba estaban los banquetes.

 Abajo estaba el campesino esperando la cosecha.

 Arriba estaban las enormes construcciones.

 Abajo estaban quienes contribuían a sostener el sistema que podía realizarlas.

 Herodes podía mostrar a los visitantes extranjeros ciudades impresionantes.

 Pero una madre judía probablemente medía la grandeza de un reino de otra manera:

 ¿tenemos suficiente para comer?

 Un padre podía hacer otra pregunta:

 ¿cuánto de mi cosecha permanecerá finalmente en mi casa?

 Un comerciante:

 ¿cuánto tendré que pagar para vender lo que tengo?

 Y quien estaba descontento con el gobierno quizá tendría otra preocupación:

 ¿quién está escuchando?

¿Qué aprendemos del corazón de Dios?

 Aquí aparece algo hermoso que fácilmente se pierde cuando estudiamos la historia.

 Los historiadores suelen recordar a los grandes.

 Herodes.

 Augusto.

 Marco Antonio.

 Los generales.

 Los gobernadores.

 Sabemos sus nombres porque ellos construyeron ciudades, dirigieron ejércitos y dejaron inscripciones.

 Pero la Biblia comienza a dirigir nuestra mirada hacia personas que los grandes relatos políticos apenas habrían mencionado.

 Un sacerdote anciano llamado Zacarías.

 Su esposa Elisabet.

 Una joven llamada María.

 Un carpintero llamado José.

 Pastores que trabajaban durante la noche.

 Gente común.

 Y precisamente entre esa gente decidió Dios comenzar a revelar lo que estaba haciendo.

 Eso nos enseña algo acerca de su corazón.

 Dios veía los palacios de Herodes.

 Pero también veía las casas pequeñas.

 Veía las cuentas del reino.

 Pero también veía la mesa de una familia.

 Veía las grandes piedras que subían hacia el Templo.

 Pero también conocía al trabajador que las movía.

 Veía al rey.

 Pero nunca perdió de vista al pueblo.

 Y cuando decidió enviar a su Hijo, no lo colocó dentro del palacio de Herodes.

 Lo puso entre ellos.

 Entre los que trabajaban.

 Entre los que pagaban.

 Entre los que obedecían órdenes emitidas por hombres que jamás conocerían personalmente.

 Entre aquellos cuyos nombres nunca aparecerían en los grandes libros de historia.

 Quizá esa sea una de las revelaciones más hermosas de estos primeros capítulos:

 el Dios que gobierna la historia tiene ojos para la gente que la historia casi nunca recuerda.

Referencias bíblicas

Lucas 1:5–38; Lucas 2:1–20; Salmo 10:14; Salmo 12:5; Salmo 34:15; Isaías 57:15.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Josefo relata las dificultades económicas producidas por la escasez, la pérdida de ingresos tributarios de Herodes, sus medidas de socorro y la reducción de una tercera parte de determinados impuestos. También describe la vigilancia del reino, los informantes, restricciones y severos castigos contra quienes eran considerados peligrosos.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Después de la muerte de Herodes, el pueblo pidió a Arquelao alivio de los pagos anuales, liberación de numerosos prisioneros y eliminación de gravámenes considerados severos sobre las ventas. El mismo libro permite apreciar la magnitud de los ingresos de los territorios herodianos.

Livius, “Herod the Great”. Síntesis histórica del sistema económico herodiano, sus proyectos constructivos, administración y fuerte carga fiscal sobre sus súbditos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.