02. La bestia espantosa y terrible

Dr. Elio M Rivera

«Después de esto miraba yo en las visiones de la noche, y he aquí la cuarta bestia, espantosa y terrible y en gran manera fuerte; y tenía unos dientes grandes de hierro; devoraba y desmenuzaba, y las sobras hollaba con sus pies…» — Daniel 7:7, RVR1960

 Siglos antes del nacimiento de Jesús, Daniel había contemplado una sucesión de imperios. Babilonia, Medo-Persia y Grecia ocuparían su lugar en la historia. Después aparecería una cuarta potencia tan diferente y aterradora que el profeta no encontró un animal conocido con el cual compararla.

 La llamó simplemente «espantosa y terrible y en gran manera fuerte».

 Tenía dientes de hierro.

 Devoraba.

 Desmenuzaba.

 Pisoteaba.

 Era Roma.

 Y cuando el Hijo de Dios llegó al mundo, aquella bestia ya estaba extendiendo su sombra sobre Judea.

¿Como era vivir dentro de la cuarta bestia? (La crucifixión un método que buscaba establecer terror en las personas para que nos rebelaran)

 Roma había construido uno de los sistemas de dominio más formidables de la antigüedad. Sus legiones habían sometido pueblos, derribado resistencias y colocado extensos territorios bajo una misma autoridad. El Mediterráneo estaba rodeado de posesiones romanas y los caminos permitían mover mercancías, funcionarios y, cuando era necesario, soldados.

 Roma había traído orden.

 Pero detrás de aquel orden había una advertencia que todos comprendían:

 Roma debía ser obedecida.

 Su dominio no descansaba solamente sobre leyes y administración. Detrás de la ley estaba el soldado. Detrás del gobernador estaba la legión. Y detrás de la rebelión podía estar la muerte.

 Roma podía ser generosa con quienes cooperaban con ella y despiadada con quienes desafiaban su autoridad.

 La crucifixión se convirtió en una de las imágenes más aterradoras de ese poder. No bastaba con matar al condenado. Su cuerpo podía permanecer expuesto públicamente mientras agonizaba. Era una ejecución, pero también una advertencia.

 El mensaje era imposible de ignorar:

 esto puede sucederle a quien desafíe el poder de Roma.

La paz sostenida por el miedo

 El período iniciado bajo Augusto sería recordado como la Pax Romana, la paz romana.

 Y aquella paz tuvo beneficios reales. Disminuyeron las grandes guerras civiles que habían desgarrado Roma. Los caminos fueron más seguros en muchas regiones. El comercio pudo extenderse. Las ciudades prosperaron y viajar por grandes extensiones del imperio se hizo más viable.

 Pero para los pueblos conquistados aquella paz tenía otro rostro.

 Era paz mientras Roma conservara el control.

 Los pueblos podían mantener muchas de sus costumbres. Las autoridades locales podían continuar gobernando. Incluso podían conservar cierta autonomía.

 Mientras no desafiaran a Roma.

 Cuando esa línea se cruzaba, la bestia enseñaba los dientes.

 Y Judea conocía esos dientes.

Dos mil cruces

 Poco después de la muerte de Herodes, Judea explotó en disturbios. Roma respondió enviando al gobernador de Siria, Publio Quintilio Varo, con fuerzas militares para recuperar el control.

 Flavio Josefo relata lo que sucedió después.

 Varo entró en Jerusalén, investigó quiénes habían participado en la rebelión y ordenó castigar a los responsables.

 Entonces ocurrió algo difícil incluso de imaginar:

 aproximadamente dos mil hombres fueron crucificados.

 Dos mil.

 No escondidos dentro de una prisión.

 Crucificados.

 Para comprender lo que aquello significaba tendríamos que imaginar caminos y lugares públicos convertidos en escenarios de muerte; familias buscando a sus hijos, esposos o padres; hombres agonizando mientras otros pasaban frente a ellos.

 Cada cruz comunicaba el mismo mensaje:

 Roma está aquí.

 Josefo conserva el dato de que Varo castigó a los participantes y crucificó aproximadamente a dos mil. Aquello ocurrió después de la muerte de Herodes, pero pertenece al mismo mundo político en el que Jesús acababa de nacer.

 Daniel había utilizado una expresión terrible:

«devoraba y desmenuzaba».

 Ahora podemos comenzar a comprender por qué.

Herodes era parte de aquel sistema

 Y aquí aparece Herodes.

 Roma no necesitaba administrar directamente cada territorio conquistado. Podía gobernar mediante dirigentes locales cuya supervivencia política dependiera del imperio.

 Herodes era uno de ellos.

 Josefo relata que el Senado romano lo declaró rey y que Marco Antonio explicó que convenía a los intereses romanos tener a Herodes gobernando Judea. Después salió del Senado acompañado por Antonio y César. Su corona estaba profundamente vinculada al poder de Roma.

 Esto significa que cuando un habitante de Judea contemplaba a Herodes, no estaba viendo solamente a un hombre.

 Detrás de su trono estaba Roma.

 Detrás de Roma estaban las legiones.

 Y detrás de las legiones estaba la capacidad de aplastar una rebelión.

 Herodes podía utilizar esa estructura de poder para mantener su reino. Josefo conserva incluso las acusaciones presentadas después de su muerte por representantes judíos ante Augusto: describieron un reinado marcado, según ellos, por muertes, pobreza, sufrimiento y tiranía.

 La cuarta bestia no gobernaba únicamente mediante emperadores.

 También podía gobernar mediante hombres como Herodes.

Un mundo acostumbrado a la muerte

 Y no debemos imaginar que la violencia terminaba en las fronteras de Judea.

 Roma era una sociedad profundamente atravesada por la esclavitud. Hombres, mujeres y niños podían convertirse en propiedad de otros seres humanos. Las guerras alimentaban los mercados de esclavos. Personas conquistadas podían terminar trabajando en casas, campos, talleres y minas o siendo utilizadas como entretenimiento.

 La vida humana podía tener precio.

 Los enemigos podían convertirse en mercancía.

 Los rebeldes podían convertirse en ejemplo.

 Los pueblos conquistados podían convertirse en contribuyentes.

 Y sobre todo aquello se levantaban templos, monumentos, palacios, anfiteatros y ciudades impresionantes.

 Ese era el mundo que contemplaba el cielo.

 Un mundo brillante por fuera y profundamente herido por dentro.

 Un mundo capaz de producir filosofía, poesía, arquitectura y leyes extraordinarias y, al mismo tiempo, esclavizar seres humanos y levantar cruces junto a los caminos.

 Ese fue el mundo al que llegó el Hijo de Dios.

¿Qué aprendemos del corazón de Dios?

 Aquí está quizá lo más sorprendente de este capítulo.

 ¿Qué merecía un mundo así?

 Daniel había visto la bestia.

 Dios estaba viendo lo que la bestia hacía.

 Veía la sangre.

 Veía las guerras.

 Veía los esclavos.

 Veía las cruces.

 Veía a los poderosos utilizar seres humanos para conservar sus tronos.

 Veía también a Herodes.

 Dios habría sido justo si hubiera respondido solamente con juicio.

 Pero ocurrió algo completamente inesperado.

 Dios respondió enviando a su Hijo.

 «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…» (Juan 3:16).

 Eso transforma la manera de contemplar Belén.

 Jesús no llegó porque había encontrado una humanidad digna de recibirlo.

 No llegó porque Roma se hubiera arrepentido.

 No llegó porque los poderosos hubieran dejado de matar.

 No llegó porque el mundo hubiera aprendido misericordia.

 Llegó precisamente porque no la había aprendido.

 Frente a un imperio que sabía conquistar, Dios envió gracia.

 Frente a hombres que sabían esclavizar, Dios envió libertad.

 Frente a gobernantes que sabían destruir, Dios envió misericordia.

 Frente a una humanidad que había perfeccionado instrumentos para producir muerte, Dios envió vida.

 Y esto nos permite comenzar a conocer el corazón del Hijo.

 Él no fue enviado a un lugar protegido de la maldad humana.

 Entró voluntariamente en nuestro mundo.

 Respiraría el aire de aquel imperio.

 Caminaría por sus caminos.

 Vería sus soldados.

 Viviría entre personas sometidas a sus autoridades.

 La cuarta bestia estaba allí.

 Pero en lugar de enviar otra bestia para destruirla, Dios envió algo que Roma jamás habría considerado una amenaza.

 Un niño.

 No venía todavía levantando un ejército.

 No venía reclamando un palacio.

 No venía rodeado de soldados.

 Venía trayendo aquello que aquel mundo necesitaba desesperadamente y que ninguna legión podía imponer:

 gracia y misericordia.

 Quizá eso sea lo más extraordinario que aprendemos del corazón de Dios en aquellos días.

 Cuando la humanidad le mostró a Dios hasta dónde podía llegar su crueldad, Dios comenzó a mostrarnos hasta dónde estaba dispuesto a llegar su amor.

Referencias bíblicas

Daniel 2:31–45; Daniel 7:7, 17, 23; Lucas 1:5; Lucas 2:1–7; Juan 1:14–17; Juan 3:16–17; Gálatas 4:4.

Referencias históricas

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XIV. Relata el respaldo romano al nombramiento de Herodes como rey y señala que Marco Antonio presentó su reinado como conveniente para los intereses de Roma.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Relata la intervención de Varo después de la muerte de Herodes y la crucifixión de aproximadamente dos mil participantes en los disturbios.

Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro II. Conserva las acusaciones presentadas ante Augusto contra el gobierno de Herodes, en las que sus opositores describieron asesinatos, empobrecimiento y graves sufrimientos durante su reinado.

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XV. Describe los tributos, ejércitos y relaciones políticas mediante los cuales Herodes gobernaba dentro del sistema de poder romano.

Libro recomendado

Música recomendada

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.