Dr. Elio M. Rivera
Jesucristo sabía que sería rechazado.
Sabía que sería traicionado.
Sabía que su cuerpo sería herido.
Sabía que cargaría nuestro pecado.
Pero detrás de todo aquello había una realidad definitiva:
sabía que moriría.
No vino simplemente aceptando el riesgo de perder la vida.
Vino sabiendo que la perdería.
Siglos antes de Belén, Isaías lo había dejado escrito:
«Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes» (Isaías 53:8).
Y al final del mismo capítulo encontramos una declaración todavía más clara:
«Por cuanto derramó su vida hasta la muerte» (Isaías 53:12).

Jesús sabía que seria “cortado de la tierra de los vivientes” Y aun así vino
Isaías no estaba describiendo simplemente sufrimiento.
El Siervo moriría.
Llegaría un momento en que su corazón dejaría de latir.
Su respiración cesaría.
Su cuerpo quedaría sin vida.
Y sería retirado de entre los vivientes.
Cristo sabía que aquel sería el final de su camino terrenal.
Pensemos por un momento en algo sencillo.
Todos sabemos que algún día moriremos.
Pero normalmente no sabemos cuándo, dónde ni cómo.
Eso nos permite levantarnos cada mañana sin estar contemplando constantemente nuestra muerte.
Imagine que usted conociera exactamente el día, el lugar y las circunstancias en que morirá.
Imagine además saber que todavía puede evitarlo.
¿Cómo viviría mientras aquella fecha se aproxima?
Cristo conocía el destino hacia el cual caminaba.
Sabía que entregaría su vida
Isaías utiliza una expresión extraordinaria:
«Derramó su vida hasta la muerte».
No presenta simplemente a alguien sorprendido por la muerte.
Hay entrega.
El Nuevo Testamento nos permite comprenderlo todavía mejor cuando Jesús declara:
«Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo» (Juan 10:17-18).
Esto cambia nuestra manera de contemplar el Calvario.
Jesús no fue solamente una víctima de las circunstancias.
Los hombres participaron voluntariamente en una terrible injusticia y fueron responsables de sus actos.
Pero Cristo había decidido entregar su vida.
Imagine una misión de rescate
Un grupo de personas se encuentra atrapado en una mina.
Existe una manera de abrirles una salida.
Pero el rescatista recibe una advertencia:
«Puedes entrar y abrir la compuerta. Ellos podrán salir. Pero cuando lo hagas, tú quedarás atrapado dentro».
Entonces pregunta:
«¿Voy a morir?»
La respuesta es:
«Sí».
Ahora ya conoce el precio.
Si entra, no podrá decir después que ignoraba las consecuencias.
Y entonces entra.
Las personas comienzan a salir.
Una tras otra atraviesan la puerta que él abrió.
Y él permanece dentro.
Cuando contemplamos una decisión semejante comprendemos que aquella persona consideró la vida de los demás suficientemente valiosa como para entregar la suya.
Eso nos permite mirar nuevamente a Cristo
Isaías había dicho:
«Derramó su vida hasta la muerte».
Él sabía que para sacarnos de nuestra condición tendría que entrar hasta el lugar donde nosotros estábamos:
la muerte.
Y entró.
Su corazón finalmente dejó de latir.
Su cuerpo quedó suspendido sin vida.
Después sería descendido de la cruz.
Otros tendrían que cargarlo.
Lo envolverían.
Y lo colocarían en una tumba.
El Creador de la vida experimentaría realmente la muerte humana.
¿Qué valor debía tener nuestro rescate para Él?
Quizá esta sea la pregunta que debemos hacernos.
Nosotros calculamos el valor de algo por lo que estamos dispuestos a pagar por ello.
Si alguien ofrece diez pesos por un objeto, sabemos aproximadamente cuánto lo valora.
Si ofrece todo lo que posee, comprendemos que para esa persona tiene un valor extraordinario.
Entonces miremos el precio que Cristo estuvo dispuesto a pagar.
No entregó solamente tiempo.
No entregó solamente comodidad.
No entregó solamente posesiones.
No entregó solamente sangre.
Entregó su vida.
Y eso nos dice algo acerca del corazón del Redentor.
Para Él nuestro rescate valía llegar hasta la muerte.
Lo sabía antes de venir
Mucho antes de Belén estaba escrito:
«Fue cortado de la tierra de los vivientes».
Mucho antes de la cruz estaba escrito:
«Derramó su vida hasta la muerte».
Jesucristo sabía que el camino no terminaría con una multitud aplaudiéndolo.
Terminaría con una cruz.
Terminaría con su cuerpo sin vida.
Terminaría con una tumba.
Podía conocer el final antes de comenzar.
Y comenzó de todos modos.
Sabía que moriría.
Sabía por quién moriría.
Sabía por qué moriría.
Y después de conocer el precio completo de nuestro rescate,
decidió venir.
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